viernes, 17 de abril de 2015

La filosofía de la comunidad organizada (publicada en Revista 23 el 9 y el 16 de abril de 2015)

Este jueves 9 de abril se cumplieron 66 años de aquel mítico discurso de Juan Domingo Perón en el I Congreso Nacional de Filosofía, realizado en Mendoza. Las palabras que el por entonces presidente de la nación incluyera allí, pasarían a la posteridad bajo el título “La Comunidad organizada” y conformarían un texto fundacional del justicialismo el mismo año en que se lograba la reforma constitucional.
Aquel congreso fue especial no solo por el momento histórico en el que se realizó sino por la asistencia de figuras de renombre internacional, entre ellos, Karl Löwith, Nicola Abbagnano, Francisco Miró Quesada, José Vasconcelos y Hans-Georg Gadamer. Por otra parte, si bien no pudieron asistir, Benedetto Croce, Nicolai Hartmann, Karl Jaspers, Gabriel Marcel, Bertrand Russell, Ludwig Klages y Julián Marías fueron algunos de los filósofos, de inmenso prestigio internacional, que participaron enviando ponencias a un Congreso que contaría con el inusual cierre de un Presidente de la Nación.
Sobre el discurso de Perón, que duró casi una hora, se ha hablado bastante, incluso poniendo en tela de juicio que haya sido escrito por él pues si bien el líder justicialista tenía lecturas y una cultura muy por encima de la media de los gobernantes, enfrentar a la elite académica en “su territorio” parecía una tarea temeraria. Con todo, a favor de la autoría de Perón está el hecho de la desmedida cantidad de citas, muchas de ellas imprecisas o descontextualizadas, y una cierta afección a la exposición maniquea de algunos tópicos caros a la historia de la filosofía, errores propios de quien no es un experto y acude a ese recurso de forma ad hoc y en función del perfil del auditorio. En orden de aparición, la lista de filósofos citados por Perón, es la siguiente: Demócrito, Parménides, Platón, Sócrates, Anaximandro, Protágoras, Santo Tomás, Spinoza, Descartes, Voltaire, Leibniz, Empédocles, Hobbes, Aristóteles, Spencer, Humboldt, Hegel, D´Alembert, Antístenes, Kant, Fichte, Berkeley, Bergson, Schelling, Heidegger, Kierkegaard, Keyserling, Klages, Vico, Maquiavelo, Grocio, Montesquieu, Rousseau. Y como si esto no alcanzase, Perón también refiere a figuras históricas o referentes de otras disciplinas, a saber: Alejandro Magno, Hesíodo, Victor Hugo, Comte, Darwin, Eurípides y Rabindranath Tagore.       
Asimismo, los estudiosos de la historia de las ideas discuten acerca de cuál pudo haber sido la influencia del filósofo argentino Carlos Astrada en este discurso de Perón. Hay quienes afirman que en El Mito gaucho, publicado por Astrada en 1948 (es decir, antes que virase hacia posiciones marxistas y maoístas tal como se expresa en la segunda edición, allá por 1964), está preanunciada la argumentación que Perón utilizaría para defender su idea de tercera posición. Pero el alto nivel especulativo de aquel texto y la virulenta crítica al cristianismo con ademanes nietzscheanos de Astrada incluso durante su adscripción abierta al peronismo, merece, como mínimo, matizar esa hipótesis más allá de que el sesgo de los invitados al Congreso pudiera dar la pauta de un triunfo de la línea existencialista astradiana en detrimento de los defensores de la tradición tomista.
Yendo específicamente al discurso, las primeras líneas revelan aspectos a tomar en cuenta. Por un lado, vinculado a lo anterior, Perón aclara que no tiene la pretensión de hacer filosofía pura y, por otro lado, hace una analogía con Alejandro Magno (discípulo de Aristóteles) para marcar la relación entre el hombre que toma las decisiones, y la filosofía, relación, por cierto, repleta de antecedentes desde aquel “Siglo de Pericles” hasta nuestros tiempos. Sobre este punto, lo primero que uno recuerda es a Maquiavelo y su relación con los Medici, pero ya Platón en su Carta VII mostraba que la relación entre la filosofía y el poder formal y real, venía de mucho tiempo antes (más allá de que las peripecias por las que tuvo que pasar el discípulo de Sócrates en su viaje a Siracusa a pedido de Dión, demostró los riesgos que se asumen cuando alguien decide hablar con la verdad frente al poderoso).    
Otro elemento a destacar de esas primeras líneas es que Perón observa la necesidad de desarrollar las ideas que sustentan la tercera posición de la doctrina justicialista y que, a decir del General, están incorporadas en la, por aquellos años flamante, Constitución que reemplazaba a aquella de sesgo liberal inspirada en el pensamiento de Alberdi.       
La idea de tercera posición, generalmente desprestigiada y vista como mero pragmatismo y estrategia, tenía en Perón fundamentos claros y aparecía como el intento original de superar la división de un mundo que enfrentaba al capitalismo con el comunismo en una tensión que llegaría hasta 1989. Pero Perón va mucho más allá de la coyuntura de esa primera mitad del siglo para hacer una lectura de los 2500 años de filosofía occidental con varias particularidades y encarando nociones centrales de la filosofía política como las definiciones de Verdad, Hombre, Estado, democracia y lucha de clases, en el marco de una Filosofía de la Historia. Sin embargo, el principal motor para avanzar hacia la tercera posición pareciera ser el de la superación de una serie de tópicos que a lo largo de la historia de la filosofía han aparecido en forma de dilemas, a saber: espíritu o materia, e individuo o comunidad. Tomando este último, según Perón, ha llegado el momento de avanzar en una doctrina que pueda conjugar el individualismo y la mirada comunitaria. En esta línea, por momentos, realiza una lectura hegeliana que se puede observar en varios elementos pues aun sin hablar de una dialéctica que lo comprometería con una mirada de la política como confrontación y tensión, para Perón, al igual que para el autor de la Fenomenología del Espíritu, en los griegos se halla el momento de prevalencia de la comunidad por sobre el individuo, una igualdad abstracta en torno a la comunidad que no da lugar a la individualidad. Sería el momento de lo que Benjamin Constant, allá por 1819 llamaba “libertad de los antiguos”, caracterizada por ser un tipo de libertad como autonomía, es decir, una libertad vinculada a la pertenencia comunitaria y a la decisión mayoritaria en el marco de las asambleas ciudadanas. Con Hegel, Perón dirá que hay que valorar ese costado comunitario de los griegos pero hay que agregarle un espacio para lo individual, y aquí se observa una lectura bastante controvertida de la historia de las ideas porque aquel elemento estrictamente individualista que con Hegel aparece en la modernidad, el presidente argentino se lo atribuye al cristianismo en un pasaje que vale la pena transcribir:
“Una fuerza que clavase en la plaza pública como una lanza de bronce las máximas de que no existe la desigualdad innata entre los seres humanos, que la esclavitud es una institución oprobiosa y que emancipase a la mujer; una fuerza capaz de atribuir al Hombre la posesión de un alma sujeta al cumplimiento de fines específicos superiores a la vida material, estaba llamada a revolucionar la existencia de la humanidad. El cristianismo, que constituyó la primera gran revolución, la primera liberación humana, podría rectificar felizmente las concepciones griegas. Pero esa rectificación se parecía mejor a una aportación”. Podría escribirse un libro entero dando razones para poner en tela de juicio la afirmación de que el cristianismo vino a emancipar a la mujer o a acabar con la esclavitud, pero más interesante es que Perón observa en la mirada cristiana un componente individualista que en general se suele pasar por alto. Dicho de otra manera, le atribuye al cristianismo la “creación” del alma como rasgo central en el proceso de individuación, y poner el acento en un libre albedrío que luego adoptaría rasgos particulares en la modernidad. De esta manera, para Perón, rescatables valores de la Edad Media fueron degradados por los siglos de violencia instituidos durante el renacimiento y la modernidad gracias a la mutación de ese individualismo espiritual que se había forjado siglos atrás. ¿Por qué? Porque la modernidad no trajo consigo la individualidad sino la sustitución de lo espiritual por lo material, vicio que compartirían por igual tanto capitalistas como comunistas y que estaría a la base de los conflictos de las sociedades en las que vivimos. (continuará)          


                                      Segunda parte

En la columna de la semana anterior, en ocasión de cumplirse 66 años del discurso de Perón en el I Congreso Nacional de Filosofía realizado en Mendoza, retomábamos las principales categorías expuestas allí para indagar en las fuentes filosóficas de las que se sirvió el líder del justicialismo para construir el texto que luego sería publicado bajo el título La Comunidad Organizada. Para los que no pudieron leer la revista, se avanzó en el modo en que Perón se servía de dilemas clásicos de la historia de la filosofía como “individuo versus comunidad”, o “lo material versus lo espiritual”, para construir lo que él consideraría la “tercera posición”. Más específicamente, Perón entendía que había que superar la disputa entre comunismo y capitalismo pues, en el primero, la prevalencia de lo colectivo acababa coartando el desarrollo de la libertad individual y, en el segundo, la exacerbación del impulso egoísta llevaba al Hombre a un olvido de su pertenencia colectiva. En este sentido, Perón retoma la idea hegeliana, de inspiración clásica, de pasar del “yo al nosotros” pero advierte que el filósofo alemán cometió el error de deificar al Estado. Frente a ello, Perón afirma hacia el final de su discurso: “Lo que nuestra filosofía intenta establecer al emplear el término armonía es, cabalmente, el sentido de plenitud de la existencia. Al principio hegeliano de realización del yo en el nosotros, apuntamos a la necesidad de que ese “nosotros” se realice y perfeccione en el yo”. Vale la pena hacer énfasis en este punto porque algunos incluyen al peronismo en la tradición de las propuestas totalitarias con un Estado ubicuo, o en la línea de los populismos que avanzan sobre las libertades individuales. Sin embargo, el planteo de Perón parece bastante más complejo y tiene como eje central la idea de armonizar. Y justamente, si de armonía se trata, se puede destacar que a diferencia del marxismo clásico, en este discurso, Perón se ocupa específicamente de mostrar que el peronismo no cree en la lucha de clases, pues toda lucha supone violencia e inestabilidad. En este sentido, es interesante, más allá de que muchos podrán decir que el accionar de Perón tendió a una división de la sociedad, señalar algunas diferencias interesantes con el kirchnerismo. Pues “discurso contra discurso”, el kirchnerismo, abrevando en las lecturas que desde la izquierda contemporánea se han hecho de autores marxistas pero también de autores que bien lejos se encontraban de esta tradición, entiende que lo esencial de la política es la disputa y que lejos de una inestabilidad paralizante, la lucha es el motor democrático. Por supuesto que esta lucha no es una lucha existencial si no que se da en el marco de las reglas de la democracia, pero es una disputa al fin. En este punto, parece haber interesantes divergencias entre los actuales herederos de Perón y la mirada del líder, al menos tal como éste la expone en La Comunidad Organizada.
Pero el énfasis en la armonía también aparece como antídoto para el dilema que ya habíamos mencionado en este mismo espacio la semana pasada. Me refiero a la tensión entre lo espiritual y lo material y a la particular interpretación que realiza Perón afirmando que el cristianismo introdujo la dimensión individual que la antigüedad había pasado por alto y fue la modernidad la que hizo, de la individualidad fuertemente espiritual relacionada con Dios, un egoísmo materialista.       
Es más, este materialismo no solo está a la base del capitalismo sino también del comunismo y, por ello, otras de las armonizaciones por las que la tercera posición de Perón aboga, es la de los valores espirituales con el progreso material.
Ahora bien, de conciliar este tipo de aspectos debe ocuparse el gobierno y, para ello, tanto éste como el Estado y el pueblo deben estar organizados. De eso se trata, finalmente, la Comunidad Organizada si bien para profundizar algo más en este punto haya que remitirse a un breve artículo que Perón publicara bajo el seudónimo “Descartes”, en noviembre de 1951, en el diario Democracia. Allí, frente a los que asemejan el peronismo al fascismo, el líder justicialista deja bien en claro que el pueblo debe organizarse independientemente del Estado y del Gobierno y que no hay posibilidad de misión común sin esa organización popular. Las tres patas, entonces, esto es, un gobierno que marca el objetivo, la finalidad, un Estado al servicio de la ejecución de ese plan de Gobierno, y un pueblo organizado, es la condición de posibilidad de consecución del objetivo de  conciliar las tensiones producidas por las polaridades antes mencionadas.
A su vez, se sigue de esto, por supuesto, una mirada del Estado que generaría el escándalo de la perspectiva liberal para la cual éste debe ser prescindente y neutral en lo que respecta a ideales de vida pues se asume que son asuntos a resolver en la esfera de lo privado. Esta perspectiva acerca del rol de lo estatal se evidencia también en el pensamiento del, quizás, principal ideólogo de la Constitución de 1949, Arturo Sampay, que en su libro La crisis del Estado de Derecho liberal burgués, afirma que el  Estado es “un ente de cultura y una estructurante forma de vida, como tal, una realidad social que lo es en la historia y a quien informa un contenido de finalidad. A esta estructura social-histórica la formulan, la soportan y la sustancializan hombres de vida conjunta, que obran y hacen de acuerdo a un sistema ideal conformado por la visión del mundo y de la persona que ellos poseen, consciente o inconscientemente, como una verdad absoluta”. 
De las palabras de Sampay se sigue toda una lectura en clave de teología política que no tenemos el espacio para profundizar aquí pero que fue la base desde la cual se han realizado a lo largo de todo el siglo XX importantes críticas, especialmente desde sectores del pensamiento católico, a la neutralidad liberal. Si volvemos a hacer la comparación con el kirchnerismo, podría decirse que éste acordaría con la necesidad de un Estado comprometido con una determinada cosmovisión del mundo o al menos denunciaría que la neutralidad de los Estados liberales es solo presunta ya que la decisión de ser prescindente supone ya tomar posición e impulsar una determinada concepción del mundo. Donde sí cabría mencionar diferencias es en esa mirada de Sampay, y que por momentos se desliza en Perón, de vincular a Dios, la política y la Verdad con el Estado. En este punto, el kirchnerismo, quizás por ser hijo de otra época, asume valores del republicanismo y del liberalismo político que desvinculan la cuestión de la Verdad (y de Dios) de la política y del Estado especialmente cuando los kirchneristas afirman que la propia es solo una mirada entre otras y que las verdades son relativas.
Para finalizar, La Comunidad Organizada también toma posición respecto al Hombre. En este punto, Perón hace propia la mirada aristotélica tan presente en la tradición tomista a la que el mismo Sampay adscribía. Se trata de la idea de que el Hombre es un zoon politikon, un animal político, esto es, un ser social por naturaleza y que, en tanto tal, no puede realizarse por fuera del colectivo al que pertenece. Aquí, una vez más, el contrapunto con la visión de la modernidad es claro ya que a partir del siglo XVII, más allá de las enormes diferencias entre los autores, el Hombre se transforma en un sujeto que posee un conjunto de derechos independientemente de cualquier pertenencia colectiva en tanto es visto como un individuo cuyo carácter moral y racional se encuentra definido previamente a toda interacción con un otro.
Dejando de lado la discusión acerca de la rigurosidad filosófica en el uso de determinados autores y más allá de interpretaciones, como mínimo, controvertidas de lo que podría denominarse una suerte de Filosofía de la Historia llevada adelante por Perón, lo cierto es que discursos como éstos nos muestran que la política y la filosofía tienen mucho para decirnos y para decirse, y que frente a las ofertas electorales construidas en los set de televisión, existen en la Argentina construcciones políticas con una enorme riqueza de ideas y con pretensión de erigirse en formaciones coherentes con principios claros. Esta columna le dedicó el espacio al justicialismo pero hay otras miradas que abrevan en tradiciones distintas igualmente interesantes. Se trata de tener la predisposición a indagar y a no dejarse llevar por los que todo lo reducen a la superficie del más banal aquí y ahora.