domingo, 20 de enero de 2013

Con el enemigo adentro (publicado el 17/1/13 en Veintitrés)

En diversos análisis de la política argentina existe un tópico recurrente, al menos, en el último lustro, a saber: el kirchnerismo es una fuerza que se constituye estableciendo un enemigo, un otro con el cual confrontar. Tal descripción es más o menos compartida por todo el arco opositor pero no le resulta incómoda a los propios kirchneristas. Esto significa que hay cierto acuerdo en la descripción aunque no, claro está, en la valoración, pues mientras para los críticos este espíritu confrontativo divide al país, para los kirchneristas se trata de la natural consecuencia de lo político y del avance democrático contra los intereses de las clases privilegiadas. Así, para los primeros, el progreso de una comunidad se da a través del consenso, de un acuerdo básico entre los diferentes sectores que conforman la sociedad; para los segundos, en cambio, esa idea de consenso esconde una defensa del statu quo pues los sectores más aventajados difícilmente cedan sus privilegios amablemente sentados en una mesa.

Claro que, en la discusión pública, las posturas de unos y otros se han ido radicalizando y muchos consensualistas entienden que ese espíritu confrontativo sólo puede explicarse a través del asiduamente citado jurista alemán Carl Schmitt, un feroz crítico de la tradición liberal de Immanuel Kant y Hans Kelsen, que afirma que el edificio jurídico estatal no puede explicarse por la existencia de una Norma Fundamental, pues anterior a ella hay una decisión política que establece que ésa es la norma desde la cual adquiere validez el derecho. Dicho más fácil, la existencia de la ley supone la existencia de una decisión anterior a la misma ley. Esta idea da lugar a lo que se conoce justamente como “tradición decisionista” y muestra que en el origen del Estado y del Derecho no hay acuerdo sino poder. De aquí que no se encontrarán individuos iguales pactando voluntariamente una Constitución con la que todos acuerdan sino un sujeto, o un grupo, que impone las condiciones y la presenta como fruto de un acuerdo.
Ahora bien, cuando Schmitt afirma que esa decisión originaria es política está diciendo que su esencia es el establecimiento de una separación entre amigo y enemigo. Esto quiere decir que esa primera decisión es fundante de una fractura, establece un límite, marca un nosotros y un ellos. Sé que al lector no familiarizado con esta terminología le puede resultar difícil pero confíe en mí. Avance un poco más pues lo que Schmitt dice es más o menos simple: para crear una comunidad política hay que naturalmente trazar un límite que distingue a esta comunidad de las otras. Es decir, tienen que existir las otras para que la nuestra tenga unidad. Pasa con cualquier agrupamiento desde un partido político, una hinchada de fútbol o un grupo de amigos: somos nosotros y no somos ellos; y nos reconocemos como un nosotros en la medida en que también nos damos cuenta que no somos parte de ellos.
Los críticos de Schmitt le pasan la factura de su siempre controvertido vínculo con el nazismo y la decisión de exiliarse en la España de Franco, pero además indican que la lógica amigo-enemigo puede justificar los principales genocidios del siglo XX pues la lucha contra el enemigo es una lucha existencial, a muerte y el enemigo está afuera de la comunidad (por ejemplo, el Estado de Francia) pero también puede estar adentro (el judío, en Alemania). Porque para Schmitt, el enemigo amenaza la unidad de la comunidad y su existencia, y por eso se lo combate.
Volviendo a la cotidianeidad de la política vernácula, desde esta columna y en mi libro El Adversario, indiqué que adjudicarle al kirchnerismo una lógica schmittiana era un despropósito y que la distinción amigo-enemigo no es el único desenlace posible de una mirada no consensualista de la política. Incluso, hay una línea de izquierda neomarxista lacaniana que retoma aspectos de Schmitt y que, aunque entiende que la confrontación es esencial a lo político, considera que ésta se debe dirimir dentro del ámbito democrático y en el marco de las instituciones republicanas.
Pero una vez aceptado que el kirchnerismo es confrontativo y que admitiría que una de las consecuencias de la política es una sucesión de fracturas dentro de la sociedad (aunque desde mi punto de vista, insisto, lo hace siempre dentro de los límites de la democracia y no en la línea schmittiana), la pregunta que quisiera hacerme es si, en algún sentido, la propuesta consensualista no se constituye también a partir de un cierto tipo de división.
Para ello me serviré de la lectura que Hannah Arendt hace de Jean Jacques Rousseau en Sobre la Revolución para así, de paso, recordar al autor de El contrato social que en 2012 fue homenajeado en todo el mundo al cumplirse 300 años de su natalicio. Según Arendt, Rousseau (al igual que Schmitt) entiende que la conformación de la unidad de la comunidad política depende de la identificación de un enemigo exterior, algo que ha sido el eje vertebrador del nacionalismo francés y de los diferentes tipos de nacionalismos durante el siglo XIX y XX. Sin embargo cree que Rousseau da un paso más y realiza una suerte de introspección colectiva para preguntarse acerca de cuál es el enemigo interno de la comunidad. Y aquí la respuesta es completamente distinta a la que daría Schmitt porque, según Arendt, Rousseau no encuentra al enemigo en un grupo religioso, sexual o ideológico minoritario sino en cada una de los hombres que conforman la comunidad. Dicho de otra manera, cuando Rousseau retoma la tradición clásica de la democracia directa y asamblearia y resuelve la cuestión de la legitimidad del cuerpo político en términos de “voluntad general”, realiza una serie de afirmaciones altamente controvertidas pues la falta de unanimidad en una determinada decisión sólo se explica porque hay sujetos que priorizan su interés particular al de la comunidad. Es decir, quien va en contra de la voluntad general en realidad está equivocado o, mejor dicho, es alguien que piensa desde un punto de vista egoísta. Porque la voluntad general apunta a un bien común indivisible y no es el resultado de una simple adición de los intereses de cada uno de los que participan en la Asamblea.
Según esta interpretación, entonces, Rousseau encuentra la columna vertebral de la comunidad en un enemigo interno que está presente en cada uno de los sujetos y que se opone a la voluntad general. Ser ciudadano es, así, una rebelión constante contra las inclinaciones particulares y el interés egoísta que habita en cada uno de nosotros.
Dicho esto, cabe concluir estas líneas con una reflexión algo paradójica. Porque finalmente el kirchnerismo encuentra su identidad en esa disputa con un otro real o ficcionado pero acepta esa condición como inherente a la política. La mayoría de sus críticos, en cambio, quieren participar de la cosa pública con una mirada de consensos y acuerdos mientras ni siquiera han podido resolver ese desgarramiento interno que hace que en cada intervención aflore su interés particular antes que esa mirada superadora de la individualidad denominada, ni más ni menos que, voluntad general.