viernes, 21 de diciembre de 2012

Un remedio en busca de su enfermedad (publicado el 20/12/12 en Veintitrés


Como sucede en todos los países donde rigen modelos republicanos liberales con una democracia de partidos, existen períodos de gracia en los que el gobierno que asume tiene cierto margen de maniobra antes de que arrecien las críticas y comience un natural desgaste. En el período de democracia ininterrumpida que acaba de cumplir 29 años esto le sucedió a todos los gobiernos salvo al de Kirchner, que asumió con un raquítico 22% y luego fue, desde el poder formal, constituyendo un poder real que se fue materializando en las urnas en 2005 y 2007.
A Alfonsín, la primavera le duró hasta 1987, a Menem, las críticas le llovieron pronto ante su insospechada política neoliberal pero su crisis en las urnas le llegó recién transitado su segundo mandato; la debacle de De la Rúa comenzó con la renuncia de Chacho Álvarez y la fractura en la alianza de poder, y en el primer mandato de CFK, el conflicto con las patronales del campo erosionó su figura en pocos meses, algo que no le sucedió a ningún gobierno democrático argentino. De estas crisis ningún gobierno se pudo reponer salvo el de CFK que tras tocar su piso electoral en 2009 arrasó en las elecciones de 2011.
Ahora bien, en un sistema bipartidista, que el oficialismo pierda apoyo genera naturalmente que el partido de la oposición crezca y que se genere una situación de alternancia, pero está claro que ese mapa ya no es descriptivo de la Argentina desde 2001. Hoy la UCR está completamente desdibujada y sólo mantiene cierta preeminencia en armados locales, especialmente intendencias en algunas provincias. En cuanto al PJ, el partido como tal también viene sufriendo los embates de la crisis de la representación política y si bien es el sello del partido de gobierno mantiene su fuerza a partir de gobernadores de algunas provincias pero debe convivir con las nuevas formas orgánicas que el kirchnerismo propone a través de la Cámpora y Kolina entre otros.
Pero más allá del internismo que crecerá luego de 2013, el kirchnerismo mantiene un liderazgo claro que mantiene encolumnada a la tropa y goza de un apoyo muy alto de alrededor de un 40% de la sociedad. Con esta base de votos, la oposición no parece tener mucho espacio para disputar el poder real aun cuando el gobierno pueda cometer errores en gestión o simplemente sufrir el desgaste propio de todo oficialismo.
A su vez, si se analiza lo sucedido en este primer año de CFK, probablemente se alcen voces críticas que superen aquel 46% que se opuso en 2011, y sin embargo no aparecen en la oposición figuras capaces de disputar ese espacio. ¿Por qué sucede esto? No hay una única respuesta y probablemente lo que más se adecue a la realidad es una lista larga de dificultades pero me voy a centrar en un aspecto, en algún sentido, paradójico, porque se trata de un tipo de discurso frecuentemente adjudicado al kirchnerismo y señalado como dañino, y que, sin embargo, viene siendo adoptado por el sector no kirchnerista cada vez con más radicalidad. Me refiero a lo que podría denominarse “discurso refundacional” pues se suele oír que uno de los problemas de la Argentina es que cada gobierno tiene pretensiones refundacionales, es decir, asume el poder y en ese mismo instante marca un corte tajante con todo lo anterior como si la historia comenzara con cada nueva administración. ¿Pero es esto así? Creo que en parte sí pero hay que contextualizar la respuesta. Centrándome en los últimos 29 años, parece razonable que los gobiernos se hayan visto en la necesidad de adoptar una épica y una práctica refundacional, justamente, porque su llegada fue producto de crisis precedentes que de una manera u otra dejaron al país en una situación de anomia y fractura que ponía en serio riesgo la unidad y la soberanía. Alfonsín asume después de la dictadura más sangrienta y la sola convicción de que debía imponerse el Estado de Derecho marcaba un punto de inicio. No había nada que rescatar de ese período oscuro y la ruptura debía ser total. Menem, por su parte, llega a la presidencia en medio de una hiperinflación generada por un golpe de mercado a Alfonsín. Si bien no es comparable el aspecto refundacional que supone el paso de una dictadura a un Estado de Derecho, podría decirse que simbólicamente la necesidad de acabar con la inflación hizo que Menem presentara su modelo neoliberal como una modernización que debía acabar con la “Argentina del atraso”. El gobierno de De la Rúa no pudo/no supo/no quiso realizar el corte que se imponía a un modelo que había partido a la Argentina con casi 25% de desocupación y la mitad de la población bajo la línea de pobreza, de manera tal que, para nuestro análisis, es sólo una continuidad de la década menemista. El interregno del no votado Duhalde buscó y logró una cierta estabilidad que evidentemente fue percibido por la sociedad como un matiz a un modelo que no acababa de languidecer hasta que la asunción de Kirchner retomó la idea de refundación con una retórica anti Consenso de Washington, una política económica keynesiana y algunos hitos como la política de derechos humanos y el descabezamiento de la Corte suprema adicta al menemismo. Esta última refundación es la vigente en la actualidad y la que se ha intentado profundizar en los sucesivos gobiernos de CFK. En resumen, 1983, 1989 y 2003 (como eco de 2001), son años en que se produce el corte con una situación de crisis cuya salida implicaba de un modo u otro, un quiebre. La pregunta, entonces, ahora es, ¿acaso la oposición no está abusando de un discurso rupturista en un contexto de ausencia de crisis? Dicho de otra manera, el espectro antikirchnerista desde Quebracho a Macri adopta un relato infantil de oposicionismo burdo, y constituye su identidad como lo otro del kirchnerismo. Algunos lo hacen por izquierda y otros por derecha pero lo importante para ellos es plantarse como contrarios al kirchnerismo, negarle sus aciertos y prometer un giro de 180 grados. Lo hacen mientras se quejan de que no existan pactos de La Moncloa, es decir, lo hacen desde la retórica consensualista de la continuidad, de las políticas de Estado a largo plazo, de los acuerdos básicos que constituyan un bloque homogéneo de ganadores y perdedores ad infinitum. Y esa es la paradoja, pues patalean contra las épicas refundacionales al tiempo que prometen la propia, aquella que será lo absolutamente otro del kirchnerismo. En resumidas cuentas, son los líderes de una prédica antikirchnerista refundacional en un contexto de ausencia de crisis, es decir, en un momento en el que buena parte de la ciudadanía apoya el modelo vigente y muchos de los que lo rechazan exigirían la continuidad de lo que, juzgan, son algunos aciertos de este gobierno. Expresado en términos médicos, la oposición posee una suerte de remedio obsoleto, una cajita en stock para una enfermedad que hoy no existe. Es curioso, porque la situación desesperante se da cuando existe una enfermedad y no se tiene el remedio. Aquí es a la inversa: se tiene el remedio pero no se consigue la enfermedad, lo cual es, quizás, aún más desesperante. Y porque han creado un remedio que no acepta dosis, el kirchenrismo es frecuentemente presentado como un cáncer, como esa suerte de maldad que se extirpa completa o te mata. Es un remedio antikirchnerista para una sociedad que al menos por ahora desea kirchnerismo o una variante poskirchnerista que mantenga muchos de los avances innegables que en esta última década se han logrado.