jueves, 5 de julio de 2012

El otro en la identidad cristinista (publicado el 5/7/12 en Veintitrés)


Los días que rodearon al acto que encabezó Hugo Moyano en Plaza de Mayo estuvieron plagados de análisis que especulaban acerca de quién ganaba y quién perdía en este enfrentamiento entre el líder de camioneros y el gobierno nacional. Se hicieron los cálculos de cuánto sumaban las adhesiones por izquierda y por derecha que recibió aquel líder que supo oponerse a la complicidad de esa dirigencia sindical que tarareaba la marcha mientras apoyaba la flexibilización laboral, y en cuánto podía verse debilitado el gobierno. Puesto que se ha hablado hasta el hartazgo de estos aspectos sólo diré que seguramente los dos pierden algo. Por un lado, Moyano conserva poder de daño pero sigue siendo un intragable trasto para la mayoría de los opositores, y su credibilidad ha caído estrepitosamente entre los que apoyan el modelo kirchnerista e incluso entre buena parte de los trabajadores que otrora se sentían representados por el padre de Pablo. Por otro lado, el kirchnerismo pierde un aliado importante en la calle y por sobre todo un vínculo simbólico clave en momentos donde la oposición parece querer encaramarse detrás de la construcción de un peronismo de derecha que complementa una liturgia reaccionaria, con el deseo mítico de un tiempo circular que repita, en colores, el enfrentamiento entre la burocracia sindical y los “imberbes” que fueron expulsados de la plaza por un Perón presentado como el “león herbívoro” que excita las fantasías de los republicanos y conciliadores de hoy.    
Sin embargo, los matices se imponen especialmente del lado del gobierno porque parece claro que éste preveía este enfrentamiento y viene tratando de generar una fuerza que pueda disputar la calle sin prescindir, a su vez, de una buena parte del sindicalismo. En otras palabras, aquel acto de Vélez en que bajo el lema “Unidos y Organizados” se reunió a La Cámpora y Kolina entre otros, con los principales movimientos sociales, fue el bautismo del Cristinismo “Pos Kirchner”, y el núcleo en el que serán bien recibidos los seguidores de la CTA de Yasky y los gremios que dentro de la CGT entiendan que la lógica de disputa de Moyano los está empujando al abismo.             
Ahora bien, esta nueva fisonomía merece, sin duda, algunas reflexiones. La primera tiene que ver con lo que considero que es el modo en que se constituye políticamente el kirchnerismo.
Pidiendo disculpas por la autorreferencialidad, en mi último libro, El Adversario (2012), una de las hipótesis centrales es que el kirchnerismo como tal recién comenzó a tomar forma en 2008, paradójicamente, en los meses en que se encaminaba a su peor resultado electoral. Dicho de otro modo, el kirchnerismo, no apareció aquel 25 de mayo de 2003 sino que comenzó a adquirir la fisonomía actual durante el conflicto con las patronales agropecuarias y el grupo Clarín. Allí se fracturó buena parte de una alianza heterogénea que incluía a un sector de gobernadores radicales y a buena parte de referentes peronistas de centro y centro derecha, lo cual redundó en la pérdida del apoyo de un importante sector de las capas medias de los centro urbanos además de, claro está, casi todos aquellos hombres y mujeres que, vinculados al campo, entendieron que sus intereses se veían afectados.
Ese 2008 fue entonces el inicio de la constitución de una identidad que sigue lejos de ser “pura” o libre de tensiones internas pero que se fue transformando en un polo más coherente de atracción, algo que se profundizó durante 2009 y todo el proceso que derivó en la sanción de la Ley de Medios. No hace falta citar autores, hacer clínica psicoanalítica o remitir a complejas dialécticas hegelianas para entender que este proceso de construcción kirchnerista estuvo marcado, entonces, por la aparición de un otro. Así es que puede entenderse que el “nosotros” kirchnerista apareció con fuerza en el momento en que identificó aquello que se le oponía. En otras palabras, se necesitó reconocer al adversario, dar cuenta de quién estaba del otro lado y qué intereses perseguía para poder reconocer con claridad qué elementos eran constitutivos de la identidad kirchnerista. Justamente, no es casual que desde allí comience una interesantísima construcción política que incluye la irrupción de la juventud como sujeto político, la reivindicación de los ideales de los 70 aunque sin posibilidad alguna de apelación a la violencia, y la labor de intelectuales e historiadores revisionistas que intentaron reconstruir los vasos comunicantes del fenómeno kirchnerista en el marco de la siempre polémica narrativa histórica.       
La pregunta que surge, entonces, es si estamos frente a una situación similar a la de 2008, es decir, a un conflicto al interior del gobierno que encuentra ese otro que acabará constituyendo una nueva identidad kirchnerista o, al menos, robusteciendo los principales lineamientos de la fisonomía actual.
La respuesta definitiva es difícil y será aplazada pero, con todo, esbozaré alguna hipótesis preliminar. En primer lugar, nunca me gustó hablar de identidades puras pero daría la sensación que en la construcción política de CFK (no así en la de su marido) Moyano era algo ajeno y circunstancial, lo cual no quiere decir, como se aclaraba anteriormente, que el kirchnerismo actual busque prescindir de la pata sindical. Pero sin duda, a diferencia del peronismo clásico, el cristinismo entiende que su construcción no puede tener como única columna vertebral a los trabajadores. Tal comprensión no resulta arbitraria sino que desde mi punto de vista se apoya no sólo en la calidad de los hombres que están al frente de la dirigencia sindical y el rol que la CGT ha tenido en la Argentina, sino en una visión más omnicomprensiva que toma en cuenta los avatares y las inmensas transformaciones que el capitalismo ha sufrido en los últimos 40 años. La discusión acerca de si esto implica una evolución respecto del peronismo clásico no me parece correcta pues supondría la posibilidad de comparar contextos inconmensurables sin dar lugar a que quizás, ambas construcciones políticas fueran las adecuadas para su horizonte histórico particular.     
 En segundo lugar, bien cabe sumergirse en otro terreno complejo y vinculado al anterior. Esto es, ¿se podría haber mantenido ese frente cuyo vínculo era estratégico e incluía identidades e intereses heterogéneos o existió una decisión de acelerar los tiempos y “depurar” al movimiento? Segunda pregunta difícil que merece nuevo aplazamiento pero daría la sensación que esta nueva etapa perfila a un cristinismo al que no le temblará el pulso al momento de ir contra aquellos aliados que sea por razones de construcción de poder territorial o por fines electorales, fueron necesarios en determinado momento pero que no acompañarían, tanto por razones ideológicas como por aspiraciones personales, los nuevos pasos del gobierno. Por ello, en esta nueva etapa, el cristinismo pos Kirchner parece ir acentuando esa idea de formar un gran movimiento de centroizquierda. Tal movimiento está enmarcado en la tradición nacional y popular, aunque también incluye elementos de liberalismo político y de cierta tradición democrática, al tiempo que busca constituirse, por fuera del aparato del PJ y de las vetustas estructuras de la conducción sindical, a partir de identidades múltiples que incluyen referentes de trabajadores con un punto de vista más plural y sectores de clase media que pueden enmarcarse en una cosmovisión progresista.
Así, quizás, el cristinismo esté avanzando en un proceso que a simple vista parece paradójico pero que puede no serlo. Me refiero a que, por un lado, trata de ir puliendo y dándole unidad a una identidad en construcción que, a su vez, es esencialmente plural. Y, por otro lado, busca, en una misma acción, tanto tener la capacidad de actuar centrífugamente con aquellos que no acompañarán la radicalización del modelo, como constituir una fuerza centrípeta que atraiga sectores heterogéneos que pueden verse representados por un movimiento cuya complejidad resulta una novedad en la historia argentina.           

3 comentarios:

Rafael Bustos dijo...

Sin ser peronista, voté a este gobierno precisamente desde el conflicto con el campo. Ese Otro no me hizo dudar en un principio. Ahora... creo que no es válido y se hace un abuso del discurso en pos de constituír ese otro opositor. Y ¿hasta que punto ese otro nos constituye en una identidad? qué tipo de identidad se genera de ese modo... EEUU y la URSS vencieron al Nazismo en la segunda guerra mundial... ¿se puede hablar de identidad?. Rafael Bustos

pancho dijo...

me gusta lo que escribiste, para mi cristina esta 10 o mas pasos adelante que todos, por eso soy kirchnerista y nunca dejare de serlo

tb dijo...

el otro es un negro malagradecido que nunca tuvo tanto y se queja, o es gorila, o es borracho y desvarìa,
yo por lo menos vine sobrio.