viernes, 18 de febrero de 2011

Verticales y horizontales (publicado originalmente el 17/2/11 en Veintitrés)

La detención del “Momo” Venegas, más conocido por, como mínimo, su incapacidad para proteger de la explotación a los trabajadores a los que dice representar y por su estrecho vínculo con el ex presidente Duhalde, generó un nuevo capítulo en esta carrera hacia las elecciones 2011 que, después de las tomas del indoamericano, había disfrutado de un enero en relativa calma.
Sobre este punto, aclaremos lo trillado: los editorialistas hegemónicos intentan sacar tajada y presentan la detención como un efecto de la arbitrariedad y la dictadura kirchnerista para afirmar que el gobierno no respeta las instituciones, se inmiscuye en el poder judicial y persigue políticamente a los opositores. Sin embargo, horas más tarde, la liberación es vista como rasgo de debilidad y de ausencia de conducción. Nada demasiado nuevo en este sentido pues la histeria que llena minutos de micrófonos y cámaras como así también hojas de periódico, oscila todo el tiempo entre el agite del fantasma ubicuo del régimen totalitario en el cual se habría convertido el kirchnerismo y un mensaje optimista en el que se decreta la decadencia del modelo y se intenta insuflar en todo el espectro anti k un ánimo triunfalista más voluntario que realista. En ambos casos, tales ideas se manifiestan en sendos libros de periodistas famosos algunos de los cuales pasaron del estante de los libros de política al de ciencia ficción. De Thomas Hobbes a Ray Bradbury sin escalas.
Pero el sentido de esta nota no es deconstruir las falacias en las que se erige un discurso interesado que se traviste de análisis sesudo, ni señalar cosas obvias como el hecho de que no resulta casual que los líderes sindicales estén en la mira justo cuando en el horizonte próximo está la discusión salarial. En todo caso, creación de expectativas inflacionarias y ataque deslegitimador a los representantes de los trabajadores son dos caras de la misma puja distributiva, lo cual, claro está, no significa que la inflación sea un delirio ni que los sindicalistas sean unos carmelitas descalzas.
Sin embargo, este episodio quizás sea la ocasión de discutir algunos puntos centrales de la política en Argentina, al menos la de los últimos 70 años y la que parece próxima a venir. Para ser precisos, el disparador no fue la detención en sí misma del máximo exponente de la UATRE sino dos declaraciones que rodearon el hecho. La primera es la del propio doctor Duhalde, candidato del orden que amenazó con el desorden si la justicia mantenía detenido a su amigo. Justamente, la boca del ex presidente, en lo que más que una descripción pareció ser una amenaza, indicó, palabras más palabras menos, que la detención del Momo Venegas es un golpe al corazón del peronismo y que si se golpea al peronismo, éste reaccionará.
La segunda declaración que me resultó inspiradora fue la del comunicado de la CGT, ya no del sector aliado al duhaldismo sino de aquel más cercano al kirchnerismo. Más allá de que se comenta que hubo una profunda discusión, la CGT representada por Moyano salió, con reflejos rápidos, a defender a Venegas aduciendo que su detención no era otra cosa que un ataque al sindicalismo y a los trabajadores en general.
Y aquí es que podemos unir las dos declaraciones en algo que resulta casi indiscutible, esto es, la relación quizás, esencial, entre el peronismo y el sindicalismo. Claro que no se trata de hacer una genealogía del vínculo, de sus continuidades y de sus rupturas, sino más bien pensar qué relación hay entre el sindicalismo y esta línea del peronismo que es el kirchnerismo.
Algo parece quedar claro y que nadie se ofenda: el sindicalismo se sintió tocado y realizó una gran demostración de corporativismo. La máxima, entonces, rezaría más o menos así: “Venegas puede ser duhaldista, pero es uno de los nuestros”.
En esto, habrá que reconocerlo, tienen razón los que afirman que esta reacción en bloque de todo el sindicalismo parece una advertencia ante posibles ataques, sea de la justicia, sea del poder político, al resto de los representantes de los trabajadores.
El punto aquí es lo que vendrá pues está claro que estas líneas no intentan caer en esa vulgata liberal que retorna eternamente una y otra vez, con un semblante de espanto ante las promesas del “fifty-fifty”. Más bien se trata de pensar el siempre conflictivo vínculo entre sindicalismo y peronismo y yo agregaría, el vínculo con un tercer invitado muchas veces expulsado de la lista de comensales: el progresismo.
Tales relaciones son inherentes al peronismo desde sus orígenes, esto es, cómo conciliar una estructura verticalista pensada desde el punto de vista de las jerarquías militares, con las pretensiones más horizontales de participación democrática. En todo caso, el peronismo ha sido el espacio que mayor ampliación y derechos de ciudadanía ha otorgado pero eso no lo convierte en un movimiento horizontal. Es más, podría pensarse que la condición de posibilidad de la idea de movimiento como un espacio que trasciende lo partidario para incluir numerosas manifestaciones sociales heterogéneas, es la unidad detrás de un liderazgo, llámese Perón, Menem, Kirchner o CFK. Es esta característica la que puede resultar controvertida para muchos jóvenes que encuentran en el kirchnerismo un espacio para actuar políticamente sobre la realidad. Y sin embargo, sería irresponsable desde estas líneas sugerir que el kirchnerismo, en tanto “pata izquierda” del movimiento peronista debiera desembarazarse de la rémora jerárquica de algunas anquilosadas estructuras sindicales pues no deja de ser cierto que una CGT debilitada sólo favorece a las grandes corporaciones dueñas del capital, esto es, los verdaderos enemigos de un modelo redistributivo.
En este sentido, cabe pensar qué base de sustentación y de fuerza le quedaría al gobierno si con la verborragia políticamente correcta propia de los utopistas que saben que les resultará imposible llegar al poder, exigimos que hoy mismo se quite de encima el aparato del PJ y la CGT.
La cuestión central, entonces, es que la maravillosa demostración de afecto espontáneo y apartidario que apareció tanto en los festejos del bicentenario como el día la muerte de Kirchner, resulta determinante para ampliar la base de legitimidad por encima de ese “piso histórico” del 30% peronista pero su inorganicidad no permitiría sostener un gobierno frente a los embates de estructuras profundamente verticalistas como las corporaciones económicas. Dicho de otro modo, la ideal estructuración horizontal de la sociedad y de una política estricta de iguales es algo deseable pero seguramente sucumbiría en la mesa de un Magnetto, un Biolcatti o un Ratazzi.
Estratégicamente, esta discusión no tiene sentido darla en un año eleccionario especialmente en el contexto donde las hienas acechan pero quizás merezca una revisión tras un hipotético triunfo de CFK en 2011. Al fin de cuentas, la controversia que se intenta instalar entre Scioli y Sabatella en torno a las colectoras es la tensión entre sectores de derecha más verticalistas y ortodoxos, y otros de izquierda más horizontales. Sin embargo, y esto es lo complejo y lo dificultoso del análisis, ambos forman parte del mismo modelo kirchnerista que a su vez parece cargar con muchas de las virtudes y los defectos del peronismo. Qué sucederá y qué fisonomía adoptará el kirchnerismo tras el hipotético triunfo de 2011 y sin sucesión a la vista, será cuestión a analizar el año que viene. Por ahora y como siempre, la historia tiene final abierto pero seguramente, el cuadriculado del poder que transforma y enfrenta a los poderes económicos, aun con sus territorios y con sus diferencias, necesitará, al menos por ahora, tanto de los verticales como de los horizontales.