lunes 25 de mayo de 2009

El demonio y el fraude (publicado originalmente el 22/5/09 en www.lapoliticaonline.com)

Ahora que nos decepciona un influenza A que mata menos que la gripe común y mientras esperamos que algún crimen en la zona norte favorezca los exabruptos de los vecinos inseguros, sólo nos quedan las encuestas, especialmente las de la provincia de Buenos Aires, pues la única notica relevante en el plano galáctico es si el demonio Kirchner gana o no. Ya sabemos que los medios opositores dirán, el lunes 29 de junio, que el ex presidente perdió pues más del 50 porciento no lo votó, pero también sabemos que las lecturas de los resultados son mucho más complejas. Independientemente de ello y restringiéndonos a la “fría” estadística, el propio Clarín se hizo eco el domingo 17/5 de unas ocho encuestas en las que Kirchner lidera con una diferencia de entre 4 y 8 puntos aproximadamente.
Esta coincidencia resulta importante pues todas las consultoras, las que trabajan para el gobierno y las que no, coinciden en asegurar la ventaja del ex presidente. Incluso el propio de Narváez reconoció que están “unos puntos atrás”. Así, a contramano de los que presurosamente hablan del fin inminente de la era K y de aquellos ungidos celestiales que se autoproclaman representantes de lo que la gente cree en la calle, parece que Kirchner puede ser la primera minoría holgadamente y si bien difícilmente pueda mantenerse en 2011, probablemente esté en condiciones de preparar una retirada fuertemente condicionante del gobierno que vendrá. Por lo pronto digamos que, todavía falta mucho para el 28 de junio y que el resultado está abierto. Habrá chicanas, operaciones y todos tendrán su as en la manga. Ese es el juego de la política de estos tiempos y no habrá mucha sorpresa. (Seguir leyendo esta nota aquí)

domingo 17 de mayo de 2009

Sobre la polémica de las candidaturas de corte plebiscitario (publicado originalmente el 17/5/09 en Miradas al Sur)

A pocas horas de haberse cerrado las listas, el tema que vuelve a cobrar fuerza una vez desaparecido el dengue, (quizás atacado por el Influenza, virus que, a su vez, habría eliminado a todos los pobres y con ellos a la inseguridad), es el de las candidaturas testimoniales. En buena medida no se trata de una estrategia inédita aunque se debe reconocer que aparece un elemento sorprendente: se trataría de la primera vez en que masivamente un conjunto de candidatos se postulan para cargos anunciando, de antemano, que, en caso de obtenerlos, no van a asumirlos pues ya ocupan otro tipo de funciones a las que no piensan renunciar.
Para ser más precisos, a lo largo de toda la historia de los plebiscitos desde el origen de la civilización humana ha habido “candidaturas testimoniales” al momento en que un referente apoya abiertamente y pide que se vote a x persona. Todas las fotos de campaña en las que el candidato menos conocido aparece abrazado al hombre más representativo del partido es una forma en la que éste aparece como un aval y en el que la imagen testimonia este apoyo. Sin ir más lejos, la propia Carrió es una candidata testimonial al aparecer en un cómodo tercer lugar detrás de dos figuras como mínimo, carentes de carisma. Pero la líder de la Coalición Cívica no ocupa cargos como sí lo ocupan Solá y Michetti quienes decidieron renunciar al compromiso asumido para volver a someterse a la decisión ciudadana, algo que en el caso del ex Secretario de Agricultura de Menem, resulta bastante insólito, pues se renuncia a un cargo para volver a presentarse al mismo casi como si él desconfiara de sus propios méritos y tuviera que reasegurarse que la gente lo quiere ocupando esa banca. También es particular el caso de Michetti pues se renuncia al segundo cargo máximo en el ejecutivo de la Ciudad para ocupar una banca en la que el poder se divide por 257.
Pero un análisis por separado merece la postura oficialista pues ha hecho de este tipo de candidaturas testimoniales una estrategia de campaña, en alguna medida, independiente de las coyunturas de cada región.
Las candidaturas testimoniales, son, sin duda, una consecuencia de la ausencia de nombres propios y figuras nuevas que puedan obtener un apoyo masivo, algo que, desde ya, sufren todos los partidos. Pero en el caso del oficialismo, es también no sólo una forma de testear la lealtad de una tropa que padece una veleidad muy poco encomiable, sino el fruto del desgaste que recibió el gobierno el año pasado y que lo lleva a plebiscitar su gestión. Se podrá pensar que el kirchnerismo no tiene otra alternativa que jugar esta carta, algo que probablemente sea cierto. Pero también es verdad que no hay necesidad de exponerse a una deslegitimación de hecho tras haber sido elegidos en elecciones limpias hace poco más de un año y medio.
Sin embargo, con todo, hay un aspecto positivo en este tipo de candidaturas y que resulta probablemente paradójico, pues cuando un candidato anuncia que a pesar de postularse no va a asumir está diciendo “no importan los nombres, importa el proyecto”. En este sentido, la coyuntura política y las necesidades del gobierno ponen sobre la mesa una discusión clásica de la teoría política y los sistemas representativos, esto es: ¿se votan hombres o se votan programas? Esta pregunta es la que se encuentra detrás de la controversia en torno a la decisión de Cobos de rechazar la 125. Es decir, un hombre elegido por la ciudadanía, a la hora de representarla, ¿debe obedecer lo que su propia conciencia le dicta o la propuesta que presentó y por la que fue elegido? Desde cierta visión republicana y aristócrata, el pueblo gobierna a través de sus representantes porque éstos saben mejor que el propio pueblo lo que es bueno para éste. Elegimos candidatos por su capacidad para decidir lo mejor en cada circunstancia y no para que traslade a algunos de los poderes de la República un mandato popular específico. Pero desde otro punto de vista, el representante debe ser un simple emisario, un heraldo del mandato de un pueblo que por razones de practicidad deposita en una persona sus intenciones para que sean expresadas dentro de las instituciones. En este sentido, las candidaturas testimoniales parecen tener una naturaleza jánica y paralelamente a que desnudan la carencia de nuevas figuras y se exponen a la absurda situación de candidatos que anuncian su no asunción, lleva, a un electorado demasiado proclive a posarse en figuras de alta exposición mediática cuyo eje programático de gobierno es el rezongo constante, a interrogarse acerca de cuál es el plan de Gobierno que se encuentra detrás del candidato que sonríe y se pasea en cadena nacional privada con promesas y paquetes con grandes moños de colores que, una vez que se agitan, demuestran estar profundamente vacíos.

domingo 3 de mayo de 2009

La ola "eticista": una República de ángeles (publicado originalmente el 3/5/09 en Miradas al Sur)

En el contexto de la crisis de representatividad por la que atraviesa la Argentina no puede sorprender que los meses previos a las elecciones se encuentren atravesados por acusaciones hacia los principales referentes del oficialismo, algo que, lamentablemente, luego se traslada a la política en general promoviendo la idea de que ésta es una actividad que sólo sirve para beneficio de una casta de privilegiados. Este descrédito de lo político y del Estado tan propio del paradigma emergente del consenso de Washington, parece haber cedido terreno como receta económica tras la crisis de las hipotecas, pero buena parte de su espíritu se mantiene vigente en el plano cultural. De hecho, la discusión en torno a las principales acciones del gobierno en el último año y medio, resucitó vetustos principios del liberalismo conservador en el que cualquier cobro de impuestos o tasa aduanera vulnera los derechos individuales y donde toda acción del Estado que suponga ir un paso más allá de una mera administración tecnocrática, debe ser estigmatizada.
Desde el discurso de los principales referentes de la oposición y desde la lógica del movilero y el videograph, la idea de un gobierno corrupto se manifestó últimamente en compulsivas alusiones a “la caja”: debemos oponernos a todo lo que el gobierno proponga porque, en el fondo, este matrimonio mantiene una extraña relación fetichista con el dinero. Así, el “son todos unos ladrones” se transformó en una variable explicativa y en el principio por el cual toda política estaría invalidada a priori.
Frente a este escenario, parece que el problema de la Argentina no son las políticas implementadas o la falta de políticas sino el hecho de que no haya gente honesta en la gestión pública. El país se divide, entonces, entre una sociedad civil de trabajadores honestos y vecinos auténticos, y una clase política creada por generación espontánea a la que una vez en el poder se le inocula el virus corruptor.
La honestidad como condición suficiente para hacer buena política tuvo sus primeros atisbos en la aventura de votar a Zamora hace algunos años pero luego fue transformada en slogan de campaña y en eje programático de la Coalición Cívica. No importa qué piense, ni qué proyecto de país promueva cada ciudadano que quiera hacer política: lo que importa es que sea honesto. Así la nueva asepsia ideológica sepulta por anacrónica la vieja dicotomía derecha-izquierda, y crea una nueva: gobernantes morales o inmorales.
Es digno de análisis este tipo de discurso máxime cuando va de la mano de una justificada obsesión por la calidad institucional y un conjunto de profecías obstétricas acerca de una República para la cual los escarpines parecen tejidos por la Penélope mitológica.
Así debe observarse que la gran ironía de este discurso es que resulta por momentos incompatible a punto tal que la idea de “contrato moral” puede ser vista como un oxímoron. Dicho de otra manera, la idea de contrato entre iguales, tan propia de la modernidad, como fundamento del origen y la legitimidad del Estado, tiene entre sus muchas virtudes la de suponer que aun siendo los hombres individuos aislados, egoístas, malos por naturaleza y con concepciones de la buena vida que pueden entrar en conflicto, es posible que éstos elijan delegar algunos de sus derechos para conformar un Estado y un sistema jurídico. Es decir, dado que no podemos exigirles a todos los hombres que sean buenos, debemos pensar que aun así es posible conformar una sociedad justa con instituciones acordes. Esta prescindencia de la bondad y de las características morales de las personas es la que hace interesante, plausible y fuerte al contrato político. ¿Acaso puede decirse que las instituciones de un país son estables si necesitan de hombres buenos para poder funcionar? Es más, si las instituciones dependieran tanto de los hombres que las encarnan, esa debilidad redundaría en que éstas puedan ser utilizadas caprichosamente para un accionar muy poco ético aunque en el marco de la estricta legalidad. Son estas paradojas las que hacen que se esputen consignas republicanas al mismo tiempo que se cae en el personalismo más burdo por el cual “sólo nuestro partido de ángeles podrá dar a luz el futuro de la Argentina”.
Lo que el discurso moralista o “eticista” de la política no parece registrar es que el día en que su propuesta se efectivice y todos seamos hombres morales, buenos, solidarios y honestos no va a hacer falta ni Estado, ni gobierno. Toda institución se desnudará obsoleta y pieza de museo de un pasado en que los hombres no estaban de acuerdo en muchos aspectos y se empecinaban en crear, como diría Borges, esos espectros artificiales que son los Estados con un insólito sistema representativo que siempre caía en manos de una aristocracia de diablos. Por ello, me temo que en el momento en que todos nos transformemos en estos ángeles que nuestra República parece requerir, cualquier institución será obsoleta y la idea de contrato devendrá tan absurda como jugar un ajedrez en solitario.