viernes, 18 de mayo de 2007

Del síntoma de una elección a la elección de un síntoma

Parecería que el país estuviera al borde del estallido social: conflicto docente en Santa Cruz con agresión física a una ministra de la nación; conflicto docente en Neuquen con un docente muerto y un gobernador en jaque; eterno pronóstico de desastre aéreo; amenaza de huelga realizada desde distintos gremios, entre ellos los camioneros, por lo que podría darse, entre otras cosas, que no se recolectara la basura en la ciudad de Buenos Aires; el primer caso de corrupción en el gobierno de Kirchner que ya le costó la cabeza a dos funcionarios; paro de los trabajadores del subte; furia de pasajeros de la ex línea Roca que ante la interrupción de un servicio destrozan la estación; ola de asaltos; zonas liberadas donde actúan narcos peruanos; manifestaciones y cortes de calle minúsculos por doquier y Boca que no gana. La lista puede seguir. Este fue sólo un mínimo repaso de las principales noticias trágicas de la última semana. Si hubiera saqueos, algún lector desprevenido supondría estar leyendo una crónica del 2001 y el 2002 (aunque en esa época Boca sí ganaba, con lo cual se demuestra que los malos momentos de Boca no son una variable explicativa que pueda dar cuenta del estallido del país y que fue mencionado sólo en tono de broma para exacerbar algunos ánimos).
Y sin embargo, a pesar de todo esto no sólo el país no estalla sino que las encuestas (aun la de los opositores al gobierno) dan un triunfo arrasador de cualquier candidato oficial (pingüino o pingüina) a nivel nacional. ¿Por qué la gente vota a un gobierno que parece escapársele el país de las manos? Hay varias opciones pero, adrede, voy a simplificar: la primera podría ser que la gente sea idiota; otra podría ser que la gente crea que al gobierno no se le está yendo el país de las manos y que, en la balanza, este gobierno tenga más a su favor que en contra (sumado a que no hay oposición seria con capacidad para estar al frente del país). Tengo la sensación que se trata de este último caso. Equivocada o no, alterada por el bienestar económico o por lo que sea, la mayoría de la ciudadanía argentina ve con buenos ojos, en términos generales, la administración de Kirchner. Claro que la inseguridad preocupa y también algún brote de corrupción pero esto no alcanza para desnivelar la balanza. Sin embargo, los hechos mencionados existen y voy a detenerme en algunos de ellos, particularmente, en las protestas de los gremios por aumento de sueldo.
Por suerte ha salido de los medios, y ya no es parte del background ideológico del gobierno, la idea de que el aumento de sueldo trae inflación. Eso es un paso adelante. Asimismo, existe un compromiso de este gobierno, y que se viene cumpliendo en los últimos años, de reabrir la mesa de las negociaciones salariales todos los años con el fin de lograr recuperar el terreno perdido en lo que a salarios se refiere. Si bien estamos lejos del ideal, los sueldos en blanco han aumentado en promedio más que la inflación.
La pregunta que surge entonces es: ¿por qué hay tantos conflictos? La respuesta creo que tiene que ver con algo que llamaré “Síntoma de una elección”. Me refiero a ese pensamiento típicamente cortoplacista de una buena parte de la cultura argentina que podría resumirse en el siguiente apotegma: “presionemos ahora que hay elecciones y nos van a dar lo que pidamos”. No es una razonamiento muy elaborado pero refleja fielmente la realidad. Ningún gobierno quiere conflicto en vísperas de una elección: por ello pondrá el mayor énfasis por solucionar lo antes posible cualquier inconveniente. Teniendo en cuenta que se trata de un gobierno con superavit fiscal, la manera de solucionarlo se encuentra a mano.
Pero quisiera que no se malinterprete lo que digo y que no se concluya que el accionar de los grupos que razonan como se indicó más arriba sea condenable moralmente. No creo que sea así y quien esté en desacuerdo conmigo debería considerar la historia reciente de nuestro país: años de postergación de clases trabajadoras, de sueldos congelados y de ampliación de la brecha entre ricos y pobres. Es decir, los gremios saben que hay que aprovechar los momentos de debilidad de los gobiernos y/o empresarios y al fin de cuentas de esto se trata el juego del poder.
Lo que sí me parece criticable es la radicalidad de algunas protestas. Y , por favor, con esto no quiero caer en esos trillados discursos que dicen “estamos de acuerdo con el contenido de su protesta pero no con la forma”. Yo estoy de acuerdo con el contenido de la protesta y muchas veces con la forma. En otras palabras, la protesta o las huelgas son mecanismos de presión. Si éstas no se hacen visibles difícilmente sean exitosas porque el trabajador siempre lleva las de perder y lo único que tiene a mano es el derecho a protestar. Pero tengo la sensación de que algunas medidas se han radicalizado en el sentido de que han comenzado por el extremo. Por ejemplo, ¿hace falta agredir a una funcionaria pública (algo que no se hizo ni siquiera con muchos funcionarios menemistas) para ganar visibilidad? ¿Hace falta parar el subte un día entero generando un caos en la ciudad? ¿Hace falta parar con la recolección de basura una semana?, etc., etc. Se me retrucará que estos conflictos vienen de larga data y que esta es la última consecuencia. Tal vez esto sea así pero la radicalidad no tiene que ver con la duración temporal de una protesta. La radicalidad es una elección que no puede estar siempre justificada y temo que generalmente se pasa por alto lo que yo llamaría la “responsabilidad de la protesta”. La responsabilidad de la protesta supone la necesidad de sopesar costos y beneficios no sólo hacia el interior del grupo que protesta sino también con relación al grupo de los afectados. El razonamiento sería más o menos así, ¿es justo que mi lucha pueda generar tales y tales consecuencias hacia el resto de mis conciudadanos? Está claro que no existe una medida objetiva para sopesar entre las diferentes alternativas y que la respuesta tampoco es la que daría algún comunicador políticamente correcto que dijera “los derechos de uno terminan donde empiezan los derechos de los demás”. Pongo ejemplos: ¿no es una medida bastante radicalizada cortar todos los pasos que unen Argentina y Uruguay como medida de protesta por las papeleras? Sin embargo no creo que sea un exceso cortar algunos pasos algunas horas. Se sigue de esto que el corte de ruta en Entre Ríos es una media que busca visibilidad. Esa medida puede dejarse llevar por la radicalidad (viniendo a agredir a los que suben al Buquebús en Bs .As) o no. Pero la radicalidad es una opción aunque no la única. Otro ejemplo: ¿no es una medida bastante radicalizada cortar el subte todo el día cuando podría hacerse por algunas horas, con cortes programados y tal vez no en horas pico? Ejemplos hay cientos y si bien puede ser controvertido juzgar cuándo una medida se torna radical (y se justifica que así sea) parece haber algunos casos donde una inmensa mayoría puede acordar.
Pero hay otro fenómeno que me interesa señalar y es el que utilicé en el juego de palabras del título. Me refiero a “la elección de un síntoma”. Con esto retomo la lista de sucesos que aparentemente tienen al país al borde del abismo. Y aquí hago hincapié en el rol de los medios. Está claro que en vísperas de elecciones las contribuciones económicas de algunos candidatos hacen que quede de manifiesto la inclinación para nada inocente de algunos comunicadores. Pero también hay una lógica de venta del medio explicable tal vez por razones psicológicas o hasta genéticas de aquellos que los consumimos, y se vincula con la “compulsión a la tragedia”. Esta compulsión de los argentinos a consumir tragedia es lo que hace que el recorte que realizan los medios sea siempre el de las malas noticias, en este caso, las que surgen del “síntoma de las elecciones” y otros fenómenos de naturaleza estrictamente escabrosa. De hecho, no estoy haciendo ningún descubrimiento si afirmo que una mala noticia vende más que una buena pero algunos medios parecen estar exagerando esta opción. Así, un noticiero se construye con dos a tres noticias que hablen mal del gobierno, un accidente de tránsito con imágenes con sangre, dos o tres comentarios de asaltos a empresarios y a ancianos, un joven ignorante que hable de Boca, de River y de la legión Argentina de Gaudio y compañía, y una linda mujer ignorante que hable de Brad Pitt y de por cuánto se ha asegurado las nalgas Jennifer López. No hay noticias buenas. Las noticias buenas son sólo las que proveen golpes bajos y aquellas que implican el costado etnográfico de las “historias de vida” (el milagro de Juancito que estaba enfermo y ahora sanó, o el milagro del viejo Omar que a pesar de ser pobre ayuda a un hogar de perros sarnosos). Todas las demás son malas noticias de un país que a cada momento parece arder pero que nunca termina de hacerlo. Un país que transita entre síntomas y elecciones.
Pero nada de esto debe importarnos porque si a pesar de todo esto, el país objetivamente marcha mejor, como los indicadores reales parecen indicar, no nos queda otra que creer en lo que el ex presidente Duhalde dijo hace algunos años: “la Argentina es un país condenado al éxito”.

1 comentario:

Juan Francisco dijo...

muy bueno!

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