miércoles, 8 de abril de 2026

Una utopía contra la economía de la atención (publicado el 6.4.26 en www.theobjective.com)

 

Ni metales preciosos, ni carbón ni petróleo. Ni siquiera la información. La última metamorfosis del capitalismo tiene como principal objeto de intercambio un factor determinante para definir lo que somos: nuestra atención. Frente a los estímulos constantes de nuestro Smartphone nos queda sucumbir o, en el mejor de los casos, resistir atados al mástil como Ulises. De aquí que en su flamante El canto de las sirenas. Cómo la atención se ha convertido en nuestro bien más amenazado (Taurus), el filósofo, analista político y reconocido presentador estadounidense, Chris Hayes, utilice la mítica historia de la Odisea para ofrecer un diagnóstico y también un atisbo de salida.

Para comenzar, el autor hace una necesaria distinción entre información y atención ya que muchas veces ambos aspectos suelen confundirse. Sin embargo, la diferencia es clara: vivimos en una era de la información y, justamente, por ello, el bien más preciado no es la información en sí sino la atención. De hecho, la atención es lo más importante porque es aquello que nos permite sobrevivir frente a la sobreestimulación de información. Este elemento es central porque también deja ver una diferencia esencial para la dinámica del mercado: la información es, digamos, infinita, replicable. Estamos inundados de ésta. La atención, en cambio, es un bien escaso. De ahí su valor. Esto significa que hemos devenido seres multitasking, que las grandes tecnológicas han llevado al extremo su capacidad de estimularnos para que pasemos todo nuestro día conectados y, sin embargo, aun así, hay un límite porque no podemos prestar la misma atención a muchas cosas a la vez y porque en algún momento el sueño nos vence. Algún trasnochado de Silicon Valley imaginará un Hombre del futuro capaz de sobreponerse a estas limitaciones, pero, al menos hoy, esto es imposible.

Ahora bien, ¿es esta “economía de la atención” algo novedoso? Al fin de cuentas, podría decirse que, desde tiempos inmemoriales, los hombres buscamos la atención. Hayes lo reconoce. Incluso menciona con buen tino el ejemplo de la política donde, finalmente, los líderes, con sus características propias y a su manera, han buscado siempre la atención del electorado. Sin embargo, estamos arribando al final de un largo proceso en el que el diferencial es que esa atención se ha mercantilizado, es decir, se ha estandarizado y se ha convertido en un bien intercambiable con un valor de mercado. Para el autor, el proceso es análogo al que describe Marx con la mercantilización del trabajo asalariado y con la alienación que produjo en el trabajador transformarse en un simple engranaje de una maquinaria en la que el producto final le pertenece al dueño de la fábrica. Esa sensación de extrañamiento es la misma que nos aparece cuando notamos que las últimas horas las hemos pasado viendo videos de gatitos y goles en Tik Tok.

Otra distinción fundamental que ofrece Hayes gira en torno a lo que serían tres tipos de atención. En primer lugar, la atención voluntaria, aquella que depende de nosotros y que hace un recorte de toda aquella información que consideramos indigna de atención para focalizarnos en lo que nos interesa. Pensemos, por ejemplo, cuando nos acercamos al interlocutor en una fiesta repleta de bullicio y nos enfocamos en lo que nos dice aislándonos del entorno.

La segunda sería la involuntaria, la cual, por oposición, es una atención que no depende de nosotros. En el mismo ejemplo, un mozo cayendo con 10 copas de vino y su consecuente ruido estruendoso, probablemente llamaría nuestra atención distrayéndonos del foco que voluntariamente habíamos elegido.

Por último, se encontraría la atención social, la más interesante y central para comprender el funcionamiento de la economía de la atención. Es social porque refiere a la posibilidad de que el objeto de atención sea otra persona, tanto desde un tercero hacia nosotros, como desde nosotros a un tercero. En el ejemplo de la fiesta se daría cuando, de repente, oímos nuestro nombre en una conversación ajena o cuando miramos a alguien. Con menciones a Freud, Hayes considera que esta atención social es indispensable para todo ser humano desde que se encuentra en los brazos de su madre por el simple hecho de que los humanos somos seres sociales. El autor, incluso, refuerza esta idea con la clásica interpretación de Alexandre Kojeve sobre la Dialéctica del amo y el esclavo de Hegel en la que se expone la relevancia de la lucha por ser reconocido por un otro, y haciendo mención a la imagen del Tío Sam interpelándonos con su dedo.

Sin embargo, claro está, las redes sociales han motivado una transformación profunda de esta atención social porque la han amplificado hacia desconocidos como nunca en la historia. Todos podemos devenir virales por un mensaje o por un video, casi siempre, desafortunado, y, a su vez, somos los consumidores de la viralización del día, es decir, pasamos horas enteras con nuestra atención social puesta allí. Queremos ver y que nos vean, y medimos nuestro éxito gracias a los Likes si bien la relación es asimétrica: un comentario negativo puede arruinar la satisfacción de 1000 pulgares arriba.

Si la atención era un medio para el reconocimiento, hoy se trata de un fin en sí mismo y si esto lo llevamos a la política y a la forma en que se estructura el debate público, el resultado es dramático y peligroso.

Es que, según Hayes, ya no hay reglas en el régimen atencional como solía haber, por ejemplo, en los debates públicos entre candidatos hace una década atrás. En otras palabras, antes existía cierto orden: había un tema, un turno para hablar, un turno para responder. Hoy es completamente diferente y cualquier debate emula la lógica de Twitter: mucha gente hablando a la vez de cosas distintas buscando simplemente llamar la atención. No importa la persuasión ni el debate ni los discursos. Para Hayes, quien mejor ha entendido esta lógica es Donald Trump, experto en interrupciones y un gran agitador de temas que siempre mantiene la centralidad de la agenda pública por buenas o malas razones.

Hayes no encuentra otra metáfora para definir este fenómeno que la de un Estado fallido donde se impone el que grita más fuerte o el que tiene más poder. Y algo peor: si es que todavía existe un régimen atencional con reglas, se trata de las reglas que dictan las grandes compañías tecnológicas y no los Estados ni la sociedad civil. Así, hoy en día, la libertad de expresión está en manos de unos multimillonarios que, como señores feudales, gobiernan un territorio (digital) en el que aplican a sus usuarios normas de conducta y castigos por infracciones con la única finalidad de monetizar la atención.

Hacia el final, el capítulo más opaco del libro, algo, por cierto, que se ve cada vez más a menudo en este tipo de ensayos, probablemente, por mandato de los editores: se supone que a todo diagnóstico le corresponde una solución y que los lectores la estamos esperando. Y es allí cuando se observa que es más fácil diagnosticar que curar. En el caso de Hayes, la propuesta para salir de la dinámica mercantilizada de la atención es utópica en la peor de las acepciones: recuperar tecnologías obsoletas como las de los video casetes y los viejos videoclub, volver a comprar vinilos, leer diarios en papel y utilizar las redes sociales solo para contactar con viejos conocidos. Asimismo, en la línea del último libro de Jonathan Haidt, tal como ocurriera recientemente en España, limitar el acceso de los menores a Internet y, también, por qué no, limitar el tiempo que los propios adultos pasan navegando. Aun cuando reconoce que su propuesta puede sonar “hípster”, considera que estas tecnologías, por él mismo denominadas “obsoletas”, volverán a ser un gran negocio en el futuro en la medida en que más y más personas comprendan la conducta predatoria sobre nuestra atención llevada adelante por las grandes tecnológicas.

Si exceptuamos el último capítulo, El canto de las Sirenas es un libro interesante, bien fundamentado y con las referencias intelectuales justas para una lectura amena cuya precisión para el diagnóstico hubiera merecido más realismo al momento de plantear una salida.

 

¿Hacia una derecha Woke? (editorial del 4.4.26 en No estoy solo)

 

Algunos días atrás, me topé con una publicación de un bloguero llamado Lorenzo Warby acerca de lo que serían las tres grandes falsedades fundacionales del progresismo de izquierda.

El texto tiene un sesgo claro y una lectura lineal por momentos, cuando, por ejemplo, traza una continuidad directa entre el marxismo clásico y el wokismo (lo cual para nosotros es un error), pero el resumen que él hace puede servir de disparador para preguntarnos hasta qué punto, en la Argentina, el progresismo se ha basado en esos principios. Argumentaré que efectivamente éste ha sido el caso pero que, además, ha sido tal el triunfo cultural de esa agenda, que la derecha vernácula misma ha salido a disputar apelando a (casi) las mismas presuntas falsedades fundacionales.

Para no seguir con los rodeos, Warby menciona la creencia del Hombre entendido como una tabula rasa, una visión de las dinámicas sociales dominadas por el conflicto y, por último, una relación activista con la información, como las tres grandes presuntas falsedades fundacionales. ¿Qué entendemos por cada una de ellas?

La cuestión de la naturaleza humana entendida como una tabula rasa tiene una larga historia filosófica que se puede remontar a la disputa entre racionalistas y empiristas acerca de la existencia de ideas innatas. Traído a nuestros días, y dicho sin los suficientes matices, que el Hombre sea una tabula rasa supone que viene al mundo “vacío”, esto es, que no habría una “determinación genética”, sino que seríamos seres eminentemente sociales. Esto significa que no existe algo así como una “naturaleza humana” dada por la biología y que el Hombre habría sido moldeado por la sociedad. Así, el ser humano de ayer y de hoy sería resultado del capitalismo, el supremacismo blanco, la heteronormatividad, el patriarcado, etc., de lo cual se sigue que un “Hombre nuevo” es posible si cambiamos la sociedad y sus valores. 

Esto conectaría con la segunda presunta falsedad, esto es, la de la sociedad y lo político entendido esencialmente como conflicto que Warby atribuye exclusivamente a una lectura marxista de la historia pasando por alto que lecturas similares se pueden encontrar en tradiciones muy diversas. Pero, en este caso, lo mismo da: podrá ser la disputa entre amigos y enemigos, adversarios, burgueses y proletarios… lo cierto es que estamos aquí frente a una mirada de lo social y lo político que se distingue de la tradición organicista que podemos remontar a Platón y a Aristóteles y que está presente en perspectivas actualmente liberales y conservadoras que entienden a la sociedad y la política como la búsqueda de consensos y armonía. 

Por último, la tercera presunta falsedad refería a la relación activista que el progresismo establecía con la información y la realidad. Una vez más, Warby la atribuye exclusivamente a una mirada marxista que bien se puede resumir en la famosa frase marxiana que indica que, más que tratar de comprender el mundo, de lo que se trata es de transformarlo. Algo así como una prioridad de lo ideológico-revolucionario sobre lo, llamemos, “cognoscitivo”.

Llegados a este punto y más allá de si se acuerda o no con el autor respecto de que estos principios serían “grandes falsedades”, la pregunta sería si el progresismo en Argentina ha abrazado estos principios y la respuesta es, sin duda, afirmativa.

El ejemplo de la política alrededor de “lo trans” con la autopercepción como criterio evidencia en buena medida el apoyo a esta mirada del humano como una tabula rasa, más allá de que a veces se acepte como justificación de “lo trans” una suerte de identidad original e innata que la cultura heteropatriarcal y/o la “violencia de la medicina institucional” habrían desviado de su cauce. Pero lo cierto es que la idea de que cada uno puede ser lo que quiere con solo autopercibirlo se lleva muy bien con la suposición de que los humanos somos una página en blanco escrita por la cultura.

El conflicto como eje de lo político y lo social también fue abrazado por el progresismo kirchnerista aunque se trata de una idea que originalmente no se encuentra en el peronismo. No sabemos si fueron 20, pero las verdades del progresismo en este punto estuvieron más cerca de Laclau. Sin caer en la tontera de que fue el kirchnerismo el que “creó la grieta” o el que abrazó a Carl Schmitt con su lógica amigo-enemigo, boludez repetida hasta el hartazgo por los particulares liberales argentinos, más antiperonistas que republicanos, es cierto que la mirada K acerca de lo social se apoyó, especialmente a partir de 2008, en la lógica del “Nosotros contra Ellos”, dinámica que con el tiempo sirvió para identificar a una minoría (de Nosotros) y a una mayoría (de Ellos).

Por último, la cuestión de la relación activista con la información: que si la ideología no describe la realidad, lo que hay que hacer es cambiar la realidad en lugar de la ideología, fue parte de una controversia infinita, especialmente alrededor de lo que se llamó “periodismo militante” en plena disputa entre el gobierno y Clarín, una suerte de seisieteochización mal entendida, al menos, en parte.

Recuerdo haber trabajado esa idea, y perdón por la autorreferencia, en mi libro Quinto poder, allá por 2014, y afirmar que si por periodismo militante íbamos a entender publicar la información que favorece al gobierno que nos gusta y ocultar el resto, eso no era periodismo, pero, sobre todo, no era ni ético ni inteligente. En todo caso, se puede decir “desde donde se habla” y advertir que la objetividad plena es inalcanzable, pero de ahí no se debería seguir tapar la realidad que no nos gusta, administrando la información según los intereses del partido. Parece lo mismo, pero no lo es. Muchos todavía no lo entienden (o no lo quieren entender).

Dicho esto, lo más curioso es que ha sido también la derecha la que, en buena medida, también ha transitado por estas presuntas falsedades. Exceptuando particularmente la primera, es decir, aun cuando probablemente no acepten la idea de la tabula rasa, es cierto que han abrazado la segunda (basta escuchar y leer a Agustín Laje retomando las nociones de Laclau para construir un gran espacio de derecha) y la tercera, esto es, una suerte de mirada “militante” sobre la realidad, aquella que es sagrada siempre y cuando no se les oponga. Al fin de cuentas, haber tomado como bandera la idea de la “batalla cultural” supone, en alguna medida, aceptar una idea de la política como conflicto y reducirla a una cuestión de “comunicación”, de relato determinado por la narrativa hegemónica que es necesario disputar en un mundo que ya no ofrece hechos sino solo interpretaciones.

Dejando de lado la cuestión de si estamos frente a “falsedades”, [al fin de cuentas se podría hablar de verdad o falsedad solo respecto de la primera (con evidencia científica que muestra que ni la biología ni la cultura pueden explicar, por sí mismas, qué es el Hombre), mientras que la segunda y la tercera serían enfoques ideológicos controvertidos, probablemente equivocados, pero ni verdaderos ni falsos], lo cierto es que se trata de un enfoque que el progresismo logró imponer. La mejor demostración es que la derecha tuvo que reinventarse y jugar con (casi) todas esas categorías para volver a ser competitivo electoralmente y disputar sentido.

Si esta interpretación es correcta, acusar a la derecha de fascista y de pregonar posturas delirantes y “realidades alternativas” no sería la mejor idea, especialmente cuando vemos cuánto en común tiene esa derecha con ese progresismo de izquierda impotente que sentó las bases para que, hoy, la derecha se pavonee dándole una buena dosis de su propia medicina.