Ni metales preciosos, ni carbón
ni petróleo. Ni siquiera la información. La última metamorfosis del capitalismo
tiene como principal objeto de intercambio un factor determinante para definir
lo que somos: nuestra atención. Frente a los estímulos constantes de nuestro
Smartphone nos queda sucumbir o, en el mejor de los casos, resistir atados al
mástil como Ulises. De aquí que en su flamante El canto de las sirenas. Cómo la atención se ha convertido en nuestro
bien más amenazado (Taurus), el filósofo, analista político y reconocido
presentador estadounidense, Chris Hayes, utilice la mítica historia de la
Odisea para ofrecer un diagnóstico y también un atisbo de salida.
Para comenzar, el autor hace una
necesaria distinción entre información y atención ya que muchas veces ambos
aspectos suelen confundirse. Sin embargo, la diferencia es clara: vivimos en
una era de la información y, justamente, por ello, el bien más preciado no es
la información en sí sino la atención. De hecho, la atención es lo más
importante porque es aquello que nos permite sobrevivir frente a la sobreestimulación
de información. Este elemento es central porque también deja ver una diferencia
esencial para la dinámica del mercado: la información es, digamos, infinita,
replicable. Estamos inundados de ésta. La atención, en cambio, es un bien
escaso. De ahí su valor. Esto significa que hemos devenido seres multitasking, que las grandes
tecnológicas han llevado al extremo su capacidad de estimularnos para que
pasemos todo nuestro día conectados y, sin embargo, aun así, hay un límite
porque no podemos prestar la misma atención a muchas cosas a la vez y porque en
algún momento el sueño nos vence. Algún trasnochado de Silicon Valley imaginará
un Hombre del futuro capaz de sobreponerse a estas limitaciones, pero, al menos
hoy, esto es imposible.
Ahora bien, ¿es esta “economía de
la atención” algo novedoso? Al fin de cuentas, podría decirse que, desde
tiempos inmemoriales, los hombres buscamos la atención. Hayes lo reconoce.
Incluso menciona con buen tino el ejemplo de la política donde, finalmente, los
líderes, con sus características propias y a su manera, han buscado siempre la
atención del electorado. Sin embargo, estamos arribando al final de un largo
proceso en el que el diferencial es que esa atención se ha mercantilizado, es
decir, se ha estandarizado y se ha convertido en un bien intercambiable con un
valor de mercado. Para el autor, el proceso es análogo al que describe Marx con
la mercantilización del trabajo asalariado y con la alienación que produjo en el
trabajador transformarse en un simple engranaje de una maquinaria en la que el
producto final le pertenece al dueño de la fábrica. Esa sensación de
extrañamiento es la misma que nos aparece cuando notamos que las últimas horas
las hemos pasado viendo videos de gatitos y goles en Tik Tok.
Otra distinción fundamental que
ofrece Hayes gira en torno a lo que serían tres tipos de atención. En primer
lugar, la atención voluntaria,
aquella que depende de nosotros y que hace un recorte de toda aquella
información que consideramos indigna de atención para focalizarnos en lo que
nos interesa. Pensemos, por ejemplo, cuando nos acercamos al interlocutor en
una fiesta repleta de bullicio y nos enfocamos en lo que nos dice aislándonos
del entorno.
La segunda sería la involuntaria, la cual, por oposición, es
una atención que no depende de nosotros. En el mismo ejemplo, un mozo cayendo
con 10 copas de vino y su consecuente ruido estruendoso, probablemente llamaría
nuestra atención distrayéndonos del foco que voluntariamente habíamos elegido.
Por último, se encontraría la
atención social, la más interesante y
central para comprender el funcionamiento de la economía de la atención. Es
social porque refiere a la posibilidad de que el objeto de atención sea otra
persona, tanto desde un tercero hacia nosotros, como desde nosotros a un
tercero. En el ejemplo de la fiesta se daría cuando, de repente, oímos nuestro
nombre en una conversación ajena o cuando miramos a alguien. Con menciones a Freud,
Hayes considera que esta atención social es indispensable para todo ser humano
desde que se encuentra en los brazos de su madre por el simple hecho de que los
humanos somos seres sociales. El autor, incluso, refuerza esta idea con la
clásica interpretación de Alexandre Kojeve sobre la Dialéctica del amo y el esclavo de Hegel en la que se expone la
relevancia de la lucha por ser reconocido por un otro, y haciendo mención a la
imagen del Tío Sam interpelándonos con su dedo.
Sin embargo, claro está, las
redes sociales han motivado una transformación profunda de esta atención social
porque la han amplificado hacia desconocidos como nunca en la historia. Todos
podemos devenir virales por un mensaje o por un video, casi siempre,
desafortunado, y, a su vez, somos los consumidores de la viralización del día,
es decir, pasamos horas enteras con nuestra atención social puesta allí.
Queremos ver y que nos vean, y medimos nuestro éxito gracias a los Likes si bien la relación es asimétrica:
un comentario negativo puede arruinar la satisfacción de 1000 pulgares arriba.
Si la atención era un medio para
el reconocimiento, hoy se trata de un fin en sí mismo y si esto lo llevamos a
la política y a la forma en que se estructura el debate público, el resultado
es dramático y peligroso.
Es que, según Hayes, ya no hay
reglas en el régimen atencional como solía haber, por ejemplo, en los debates
públicos entre candidatos hace una década atrás. En otras palabras, antes
existía cierto orden: había un tema, un turno para hablar, un turno para
responder. Hoy es completamente diferente y cualquier debate emula la lógica de
Twitter: mucha gente hablando a la vez de cosas distintas buscando simplemente
llamar la atención. No importa la persuasión ni el debate ni los discursos.
Para Hayes, quien mejor ha entendido esta lógica es Donald Trump, experto en
interrupciones y un gran agitador de temas que siempre mantiene la centralidad
de la agenda pública por buenas o malas razones.
Hayes no encuentra otra metáfora
para definir este fenómeno que la de un Estado fallido donde se impone el que
grita más fuerte o el que tiene más poder. Y algo peor: si es que todavía
existe un régimen atencional con reglas, se trata de las reglas que dictan las
grandes compañías tecnológicas y no los Estados ni la sociedad civil. Así, hoy
en día, la libertad de expresión está en manos de unos multimillonarios que,
como señores feudales, gobiernan un territorio (digital) en el que aplican a
sus usuarios normas de conducta y castigos por infracciones con la única
finalidad de monetizar la atención.
Hacia el final, el capítulo más
opaco del libro, algo, por cierto, que se ve cada vez más a menudo en este tipo
de ensayos, probablemente, por mandato de los editores: se supone que a todo
diagnóstico le corresponde una solución y que los lectores la estamos
esperando. Y es allí cuando se observa que es más fácil diagnosticar que curar.
En el caso de Hayes, la propuesta para salir de la dinámica mercantilizada de
la atención es utópica en la peor de las acepciones: recuperar tecnologías
obsoletas como las de los video casetes y los viejos videoclub, volver a
comprar vinilos, leer diarios en papel y utilizar las redes sociales solo para
contactar con viejos conocidos. Asimismo, en la línea del último libro de Jonathan
Haidt, tal como ocurriera recientemente en España, limitar el acceso de los
menores a Internet y, también, por qué no, limitar el tiempo que los propios
adultos pasan navegando. Aun cuando reconoce que su propuesta puede sonar
“hípster”, considera que estas tecnologías, por él mismo denominadas
“obsoletas”, volverán a ser un gran negocio en el futuro en la medida en que
más y más personas comprendan la conducta predatoria sobre nuestra atención
llevada adelante por las grandes tecnológicas.
Si exceptuamos el último
capítulo, El canto de las Sirenas es
un libro interesante, bien fundamentado y con las referencias intelectuales
justas para una lectura amena cuya precisión para el diagnóstico hubiera
merecido más realismo al momento de plantear una salida.