El protagonista está mirando la TV, llega el momento de los
comerciales y aparece una publicidad de Coca Cola que reza lo siguiente: “Hola,
soy Bob. El vocero de Coca Cola. Hoy he venido a pedirles que sigan comprando
Coca Cola. Estoy seguro de que la beben hace años y si aún lo disfrutan les
recuerdo que la compren otra vez pronto. Básicamente es agua marrón azucarada.
No hemos cambiado los ingredientes así que no puedo contarles nada al respecto,
aunque cambiamos un poco la lata… verán que los colores son distintos y que
agregamos el oso polar para los niños. Coca Cola tiene mucho azúcar y como toda
bebida calórica puede causar obesidad en niños y adultos que no siguen una
dieta saludable. Eso es todo. Es Coca Cola. Es muy famosa. Todos la conocen.
Soy Bob. Trabajo para Coca Cola y les pido que no dejen de comprarla. Eso es
todo”.
¿Se imaginan un comercial donde alguien pretenda vendernos un
producto con ese descaro? En realidad, es una de las primeras escenas de una
película de Ricky Gervais del año 2009. Su nombre es The invention of lying y su trama es interesantísima. Se trata de
un mundo en el que todos dicen la verdad. Nadie miente. Sin embargo, lo que
parece ser una sociedad ideal, libre de Fake
news, no es tal porque un mundo en el que todos dicen la verdad puede ser
muy cruel. Sin ir más lejos, en la película, el protagonista tiene una cita a
ciegas, llega hasta la puerta de la casa de ella y se da el siguiente diálogo:
“-Hola.
-Hola.
-Llegaste temprano. Me estaba masturbando.
-Eso me hace pensar en tu vagina. Soy Mark. ¿Cómo estás?
-En este momento un poco frustrada. También deprimida y
pesimista sobre nuestra cita de esta noche. Soy Anna. Entra. Espera ahí
[señalando el sillón]. Terminaré de arreglarme. Mientras tanto, quizás notes
que sigo algo excitada e intente terminar de masturbarme sin que me oigas.
-Ahora me siento incómodo por haber llegado temprano.
-Sí, me decepciona que así sea y no tengo muchas expectativas
por lo de hoy pero la idea de estar sola el resto de mi vida nos asusta a mi
madre y a mí por igual”.
Este es uno de los tantos ejemplos que muestra muy bien la
película y, si no la vieron, les sugiero que lo hagan. Claro que todo cambia
cuando el protagonista, por una cuestión fortuita, acaba mintiendo. Sí, la
primera vez que alguien miente. ¿Qué sucedería si alguien mintiese en un mundo
donde todos dicen la verdad? La pregunta viene al caso porque si el mentiroso
tiene buen corazón puede comenzar a realizar un montón de mentiras piadosas a
gente que lo necesita. Por ejemplo, puede decirle a la pareja que se iba a
separar que son tal para cual y que, gracias a ese mensaje, la disposición de
ellos cambie y vivan felices; puede mirar a los ojos a la mujer creyente que
estaba por morir y decirle que la espera el cielo y la salvación eterna para
que ella esté tranquila; al idiota que todos desprecian le puede hacer creer
que sus afirmaciones son valiosas, etc. Y ahí aparece un punto clave porque en
una sociedad donde todos dicen la verdad, todos creen. Y solo en una sociedad
en la que todos creen puede haber mentiras piadosas que funcionen como tal. En
otras palabras, aunque resulte una obviedad, para que la mentira cumpla su
función, el mentido debe creer que se le está diciendo la verdad. De aquí que
la credulidad sea vital.
En la película, como les decía, el único hombre capaz de
mentir no utiliza ese poder que en un mundo de crédulos podría hacer estragos.
Más bien lo utiliza para ayudar y cuando tiene la posibilidad de usar la
mentira para seducir a su amor no correspondido, decide decir la verdad porque
lo que busca es un amor basado en ésta. Ahí se da cuenta que la mentira no le
puede servir siempre o que construir una relación basándose en la mentira no garantiza
cimientos sólidos.
Pero el experimento mental que propone Gervais me llevó a
trazar puentes con la realidad y hacerme algunas preguntas. La principal gira,
naturalmente, en torno a la cuestión de la verdad, tema filosófico si los hay.
Sin entrar en precisiones técnicas, digamos que hay muchas definiciones de
verdad pero la clásica que aún pertenece a cierto sentido común es la conocida
como “verdad como correspondencia”. Esto es, la verdad surge de la relación de
correspondencia entre lo que se dice y lo que es, entre lenguaje y realidad.
Hay verdad si alguien afirma que tengo un reloj en la muñeca y efectivamente
tengo un reloj en la muñeca. Si falta el lenguaje o falta la realidad, no hay
verdad.
¿Y qué sucede hoy? Sucede que nadie se atreve a decir que
algo es verdad porque los dos elementos esenciales de la verdad, el lenguaje y
la realidad, están puestos en tela de juicio.
De hecho hoy el eufemismo reemplaza a la búsqueda de
precisión porque ya no se busca describir sino que lo que se pretende es no
ofender. El lenguaje se ha desvinculado de la tarea del conocer para ser un promotor
de moral pública. No es que antes no lo fuera pero ahora parece ser ésa su
función exclusivamente. Claro que aquí no defendemos una posición positivista
decimonónica burda, ni neopositivista, por la cual creamos que es posible
encontrar un lenguaje que describa el esqueleto de la realidad tal cual es.
Pero de advertir que es imposible hallar un lenguaje perfecto que describa las
cosas tal cual son, no se sigue que el lenguaje sea incapaz de transmitir conocimiento
y que su única función sea no ofender.
Asimismo, lo que llamábamos “realidad” es ahora la invención
de una perspectiva individual. Tantas realidades como individuos. La
objetividad devino fascista. Y una vez más: no hace falta caer en una posición
radicalizada por la cual se indique que existe un único mundo y que las
perspectivas individuales no juegan ningún papel. Pero de ahí no se sigue que
la realidad sea lo que el capricho subjetivo determine.
A propósito, leía hace poquito un caso de un joven que se
autodenomina “transespecie” y que se hizo una operación por la que se incrustó
dos aletas en el cráneo a partir de lo cual dice tener percepciones especiales
y no sentirse 100% humano. ¿Por qué no podemos decirle que está equivocado o que,
en todo caso, él puede decir y sentirse como quiera, pero la realidad es que él
no es un transespecie sino un humano? ¿Acaso puede ofenderse? Quizás sí pero a veces las subjetividades se
equivocan, mal que le pese al posmodernismo.
Tenemos entonces un lenguaje que no pretende describir y una
realidad a merced de los caprichos subjetivos. ¿Dónde podríamos encontrar la
verdad en un escenario así? Lo curioso es que la creencia no ha desaparecido.
La gente sigue creyendo. No hay verdad pero cree. O en todo caso no hay grandes
verdades sino microverdades en las que se cree, al menos un rato, hasta que
otra microverdad la reemplaza. Así, lo otro del mundo donde todos dicen la
verdad y todos creen, es un mundo donde todo es mentira pero donde hay creencia
y por eso pueden operar las mentiras piadosas y se nos exige que las llevemos
adelante todo el tiempo. Así, se nos obliga a utilizar mentiras piadosas con la
esperanza de que un día, quizás, olvidemos que lo son.
Como muestra la película, un mundo donde todos dicen la
verdad no es un mundo deseable. Es, más bien, un lugar donde todos seríamos muy
crueles y donde todo estaría a la vista. Agregaría yo, además, que ese mundo
tampoco es posible porque la verdad es también una construcción. Pero es una
construcción sobre una mínima base común y no sobre el capricho subjetivo
porque por más que así lo deseamos, en general, el mundo no se comporta como
nosotros queremos. Es así. A veces es una injusticia producto de las formas que
tenemos de vincularnos los humanos cuando, por ejemplo, sabemos que cada vez
hay más desigualdad. Pero a veces no. A veces la naturaleza juega. Si sos
humano, no tienes alas y tampoco puedes vivir bajo el agua ni eres inmortal. Lo
siento. Afirmar lo contrario no hará a esa afirmación verdadera por la sencilla
razón de que es falsa. El lenguaje crea realidad pero no hace magia. La
performatividad tiene límites.
Entonces nadie quiere el mundo donde todos dicen la verdad.
Pero el mundo donde todos dicen mentiras piadosas no nos debe hacer olvidar
que, aunque piadosas, hay algunas afirmaciones que son, lisa y llanamente,
mentiras.
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