viernes, 12 de junio de 2026

Adorni: el negocio difícil de explicar (Ft. Indio Solari) [editorial del 13.6.26 en No estoy solo]

 

Pasó la muerte del indio, como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás, y en el breve interregno que separa el dolor de miles de personas y el reemplazo del mundo por la pelota que más nos gusta, vuelve Adorni al centro jodiendo a todo Cristo y más. Lo hace con una presentación de declaración jurada digna del General Alais, acogiéndose al régimen simplificado surgido de la ley de inocencia fiscal que el propio oficialismo impulsó, y esbozando una explicación pública que hizo sentir boludo al más boludo. Venía rápido y se le soltó el patín al que era rey de esta jungla. Fin. 

Adorni no hizo su fortuna de nuevo rico transando Vulcan rojas en portuñol. Sus tugurios no son de frontera territorial sino de frontera moral: un negocio tan dulce y simple como el de la función pública. Los que vienen a romper al Estado, están enamorados de lo que intentan destruir.

Lo cierto es que, de repente, aparecieron unos bitcoins modelo 2018 que había olvidado declarar equivalentes a 500.000 USD y ese billete que pide a grito que lo gaste comenzó a gastarse justo cuando se hizo funcionario. Veneno paciente y bellos milagros; un negocio difícil de explicar y fácil de enseñar.

El caprichoso sostenimiento de Adorni cuando es evidente que su explicación no cierra, permite, con razón, todo tipo de especulaciones. El vago de mil caravanas que hace 3 meses está a punto de quedar a pie, continúa a pesar de que había salidas elegantes: el propio Milei fingiendo ética afirmando que Manu es inocente pero un gobierno moral debe sobreactuar y apartar a todo funcionario sospechado hasta que se aclare. O el propio Adorni afirmando ser inocente, pero apartándose porque lo que importa es el rumbo del gobierno y no los hombres. Puertas adentro, asusta un poco ver los cambios de Adorni y, salvo la pareja presidencial, nadie pone las manos en el fuego por él. Un par de promesas imprudentes habrían bastado para convencer a Milei pero no a Patricia, el mejor testigo que se puede contradecir.

Ahora bien, ¿por qué hace particular daño el caso Adorni al gobierno? Para entenderlo necesitamos algunas sutilezas. Por supuesto que Milei llega al gobierno por una promesa de mejoramiento económico pero el eje central fue una construcción moral en torno a la casta. Nosotros versus ellos y ellos son la casta, la política, el Estado. Paquete completo. El propio Adorni con del Río afirma que ahorró en negro como todos los argentinos para escapar a la política, cuando debía decir del Estado y de la ley. No podía esperarse una mejor argumentación ni un mejor curso de vida para quien nunca fue un listo de pesos, siempre un listo de centavos.

Pero hay más: en su delirio mesiánico, (sí, mi amor, la libertad es fanática), Milei dobla la apuesta y pretende erigirse como un líder moral porque el capitalismo mismo sería el sistema de la moralidad. (¿Estará pensando el presidente en reemplazar la Constitución por la Torá?) Aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye, pero no me hago ilusiones porque evidentemente habrá una tribuna que escucha, con extrañamiento, pero algo escuchará, quizás en uno de esos usuales trips to Gringolandia.

Sin embargo, hay un efecto indeseado de este tipo de construcción y es que dirige la mirada a la coherencia antes que a los resultados. En otras palabras, si el gobierno se bajase de su atalaya de superioridad moral, podría jugar a Juan Domingo Perdón, al líder posmo falible que se equivoca porque es como uno, pero mostrar resultados, por ejemplo, la baja de la inflación: “no podemos garantizar la ausencia de corrupción, porque nuestra superioridad estética nos hace más lindos que prudentes, pero conceptualmente el sistema es el correcto y da sus frutos”.   

Pero cuando el eje es la superioridad moral, importan menos los resultados que la coherencia entre palaras y actos. Es más, el sostenimiento del apoyo a Milei se basa, en buena parte, en gente que no ha visto resultados, pero cree en el gobierno, en su eficacia y en su coherencia. Solo así se puede entender el apoyo mayoritario a un gobierno que ganó prometiendo ajuste y que en su primera declaración dijo “No hay plata”.

La hipocresía deja entonces de ser un defecto secundario y se convierte en una refutación del propio relato. El viejo artilugio, también inspirado en la religión, de sacrificio hoy para recompensa futura, fue el anzuelo que se mordió una vez más, pero los resultados no llegan o al menos no se distribuyen en la magnitud esperada. El hígado crece, el cerebro envejece y hay algo muy raro en mi plato, es la sensación de muchos de los votantes que ya no esperan o que esperan con menos paciencia.  

Los escándalos de corrupción que se suceden, entonces, minan ese relato pretendidamente diferenciador que funcionó como exculpatorio al menos los primeros dos años: no tienen experiencia, se equivocan, pero son buena gente, especialmente comparados con “los otros”, los Orkos. Si dejan de ser “buena gente” solo serán evaluados por los resultados. ¿Acaso Adorni cree que puede lograr identificación con su votante cuando le dice que ahorró en negro como él pero que el resultado de ese ahorro fue de 500.000 usd que omitió declarar para no pagar impuestos?

Todo lo contrario, la sensación será de indignación y la preocupante percepción de que quizás hayamos sufrido cosas mejores que estas; que lo anterior, al fin de cuentas, no estaba tan mal; o que el mismo día que este tipo nos mea en todas partes sin hacer espuma, porque está en el gobierno, CFK cumple un año presa en una causa repleta de irregularidades. Hasta un gorila mínimamente racional podría ver ahí una doble vara y recordar el mantra K de Violencia es mentir. Si tomando como eje la superioridad moral, el gobierno viene perdiendo adhesión sistemáticamente en los últimos meses, es porque tampoco está ofreciendo la alternativa de una administración que muestra resultados para grandes mayorías. Y sí, claro, un corazón, en este caso el del votante mileísta, no se endurece porque sí.    

La administración Milei se parece demasiado a Milei, algo presumible en quien no ha sido capaz de comprender la diferencia entre la persona y la investidura. El mejor ejemplo, fue el silencio ante el evento de la muerte del Indio Solari. Es cierto que no hizo ninguna declaración miserable como los Majul, los Trebuq o los Márquez de la vida, caricaturas ya de sí mismos, pero como presidente, unas mínimas palabras (aunque sean hipócritas o formales) para acompañar a una importante cantidad de argentinos que se conmovieron por el suceso, hubieran demostrado un presidente capaz de salirse de sí para asumir el cargo que ostenta. Quizás el presidente considere que lo mejor de su piel es que no lo deja huir. Me permito dudar al respecto.

Para concluir, si el gobierno persiste caprichosamente en el sostenimiento de Adorni y se suceden los escándalos de corrupción o, como mínimo, las evidentes contradicciones éticas de funcionarios que aborrecen del Estado pero se aprovechan de él para obtener todo tipo de prebendas, solo le quedará mostrar resultados. Paradójicamente, caerá en eso que siempre le han criticado al peronismo cuando lo reducen a una maquinaria administrativa que se sostiene solo en el “roban pero hacen”.

El punto es que allí se derrumbará el edificio de la diferenciación con todas las experiencias que le precedieron. Ya no habrá un somos distintos, somos mejores, venimos a refundar; más bien habrá que contentarse con un somos iguales pero bajamos la inflación. Veremos si alcanza, pero sin duda quedará expuesto esto de que todos somos gentes del pasado y la alucineta es que nadie quiere volver a ser como antes.

     

La hipótesis Bregman: ¿posibilidad o síntoma? (editorial del 7.6.26 en No estoy solo)

 

Que Miriam Bregman tiene imagen positiva; que debería ser la vice de Axel; que tendría una intención de voto de dos dígitos… En las últimas semanas, medios tradicionales y redes se hicieron eco de un presunto fenómeno que, los más optimistas, no tardaron en equipararlo al de Milei. En este caso no se trataría de un outsider sin partido, pero sí de la referente de una postura radical y extrema que, de repente, y ante un eventual escenario de crisis de representación (al menos en la oposición) podría devenir competitiva. Para un partido trotskista sería un escenario jamás visto. Sin embargo, se razona, si ganó un anarcocapitalista, casi que la Argentina se merecería una trotskista. ¿No?

Ahora bien, ¿esta hipótesis Bregman es una hipótesis realista o más bien el síntoma de un escenario que, en silencio, susurra verdades incómodas?

Hay quienes ven en Bregman una suerte de neozamorismo y algo de sentido tiene la comparación especialmente si interpretamos que Milei no es la figura de la pospolítica que emergió como consecuencia del “que se vayan todos” sino la mutación final de la crisis. En otras palabras, Milei no sería lo nuevo, sino el último político, (que ya no cree en la política).

Fukuyamistamente hablando, el fin de la historia argentina ocurrió en 2001 y de ahí en más lo que vendría serían simplemente diversas manifestaciones de un contrato social roto, por arriba, abajo, derecha o izquierda. Bregman sería una hija del mismo proceso como lo fue Zamora con su 12% en CABA allá por el año 2003. Esa es una lectura posible, aunque habría que ser justos y reconocer que durante buena parte de la “década ganada” existió una recomposición de la política, un “resurgir de la historia”. Pero se trataría de la anomalía en una partida que ya estaba resuelta en 2001.

Si Bregman es un síntoma más de la crisis de representación de los últimos 5 lustros, también es un síntoma de la deriva ideológica del kirchnerismo, especialmente de su militancia, aquella que entroniza a CFK y le hace su “Good Bye, Lenin” proyectando la Casa Rosada en San José 1111, pero la escucha bastante poco. Porque hace tiempo que cuesta encontrar las diferencias entre un militante K y un trosko. Se disputan la misma agenda y el juego es a ver quién es cada vez más radical. Por cierto, esto no ha ocurrido porque el trotskismo haya cedido hacia el centro. Es el kirchnerismo en su versión progresista el que se ha acercado allí y el que ha llevado al debate público y a las redes una interna digna de asambleas de facultades de Filo y Sociales.

¿Cómo ha ocurrido esto? La explicación quizás no sea tan compleja: el trotskismo, más allá de su retórica alrededor de los trabajadores, ha abrazado la agenda progresista importada de la interpretación puritana que las universidades estadounidenses hicieron de ciertos autores franceses en un proceso que, por mencionar un hito, habría comenzado en el mayo del 68. Y lo mismo ha hecho el peronismo en su variante kirchnerista: de la patria grande y la reivindicación del “pueblo” a la autopercepción de identidades; de la redistribución al reconocimiento; de la justicia social al performativo de Butler; de la lucha en las calles a regular los lenguajes de odio en las redes.

Se da así una gran paradoja: los dos bandos se disputan la atalaya moral de la vanguardia de izquierda abrazando una agenda directamente funcional a la fragmentación identitaria del neoliberalismo y el capitalismo aceleracionista. Y sin embargo duermen tranquilos porque lo hacen en nombre del bien que lucha contra el mal.

Bregman obtuvo 9% en su última elección, un muy buen resultado que se explica por el corte de boleta existente que afectó al candidato del espacio popular. Y claro que no es lo mismo, pero con Bregman podría darse una suerte de revancha progresista en un sentido bastante particular. Me refiero a que votar a Bregman presidente, equivaldría a votar con la misma irresponsabilidad que votó el electorado de Macri y Bullrich por Milei. El progre no se ha permitido ser irresponsable todavía: es el que te moraliza y te dice “no le hagas el juego a la derecha” y se traga todos los sapos (especialmente los que cocina CFK). Por eso, necesita patear el tablero y hacer su aporte para que, eventualmente, todo vuele por el aire. La derecha lo ha hecho sin culpa y claramente orientada por su gorilismo; ahora le tocaría a la izquierda, impulsada por su lucha contra el fascismo (que, parece, siempre es de derecha), y, por qué no, también por su gorilismo. Porque, digámoslo: el trotskismo y el progresismo han sido siempre profundamente antiperonistas más allá de que los hados y las circunstancias los hayan encontrado en espacios comunes de tanto en tanto.

Sin embargo, y para ser justos, si fuese verdad (me permito dudarlo) que hubiera una opción trotskista competitiva, habría que dedicarle unas líneas al peronismo más tradicional que se deja psicopatear por la progresía pero que, al mismo tiempo, ofrece candidatos patéticos, conservadores y acomodaticios. Un Iorio gritando “Bregman existe por ustedes” de la misma manera que Milei existió por el desastre del último gobierno, no estaría muy alejado de la verdad.     

Gente con ánimo conspirativo sospecha que levantar a Bregman es una estrategia del kirchnerismo duro para esmerilar a Kicillof. Desconozco si es el caso, aunque esas alquimias suelen irse de las manos, tal como ocurrió con Milei. Mientras tanto, si un eventual fracaso de Milei extendiera los coletazos del 2001, no sería descabellado imaginar un nuevo 2003 donde la lógica indicaría que, máxime si no hay PASO, se podría ir a hacia una fragmentación total con candidatos que no superen los 25 puntos. Cuesta imaginar que siendo Kicillof candidato, Bregman pueda soñar con un balotaje, al menos si lo que pretendemos es analizar antes que expresar deseos. ¿O será que se busca quitarle votos a Kicillof por izquierda para luego presentarle un candidato moderado apoyado por CFK para que lo venza? Del otro lado, la cosa no viene simple tampoco: ¿pega un nuevo salto Bullrich para ser candidata a presidente y dividir el voto de la derecha, o se contenta con ser la candidata a Jefe de Gobierno en CABA y esperar su turno presidencial en 2031 con la edad bastante al límite?

No cerremos la puerta a nada. Al fin de cuentas, vivimos en Argentina. Pero la hipótesis Bregman huele más a fantasía palermitana que a realidad concreta. Con todo, su aparición en el escenario no es azarosa pues expresa un síntoma: el de un 2001 que decretó nuestro fin de la historia, el de la deriva ideológica del kirchnerismo (y el trotskismo), y el de la necesidad de esgrimir el derecho a votar irresponsablemente que un sector progresista de la sociedad añora por lo bajo. Si la derecha tuvo su Joker, ¿por qué la izquierda no buscaría tener el propio?

  

 

lunes, 1 de junio de 2026

¿Un peronismo para el mundo de la IA? (30.5.26)

 

En el momento justo y con el escenario dispuesto para una lectura resistente a la ambigüedad, León XIV publica su primera encíclica a 135 años de la Rerum Novarum, aquella que, de la mano de, justamente, León XIII, inaugurara lo que se conoce como la Doctrina Social de la Iglesia. Con Cristopher Olah, uno de los fundadores de Anthropic como invitado especial y apenas algunas semanas después de un enfrentamiento abierto con Trump, el papa se posa en las Rerum Novarum de hoy, esto es, en las “nuevas cosas nuevas”, especialmente, en la que plantea un desafío antropológico para el Hombre: la IA.

En este mismo espacio ya he analizado parágrafo por parágrafo el texto y estoy seguro que han podido leer al menos un resumen del mismo, probablemente, de manera paradójica, creado por IA, de modo que dedicaré solo algunas líneas para refrescar algunos conceptos para luego posicionarme en lo que ha sido pasado prácticamente por alto: me refiero a una lección que puede ser abrazada desde Argentina en tanto la encíclica debe leerse como un documento de reivindicación de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, esto es, aquella que fue la base del peronismo. En tiempos donde el Movimiento está completamente desnortado y fragmentado, la máxima autoridad de la Iglesia considera que los principios que le sirvieron de fundamento son aquellos que deben guiar el avance de la IA.

Para comenzar, revisemos los pasajes que han circulado: no se trata de un documento contra la IA ni contra la tecnología en general, aunque, si bien se aclara que depende de su uso, también se resalta que una tecnología nunca es neutral. Algo más original fue aquel pasaje acerca de la cuestión de los límites que, leído en el momento en que se están desarrollando los Enhanced Games, cobra una significación especial. León XIV se pregunta por qué todo lo que representa un límite (incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad) es visto como un defecto a corregir, en lugar de pensarlo como parte inherente de lo humano.

También resultó interesante la manera en que entró de lleno en la cuestión de la moralidad advirtiendo que no alcanza con que se nos garantice una IA, digamos, “moral”, en el sentido de que los ingenieros se comprometan a construir sistemas virtuosos, sino que discutamos cuál es el código ético, cuál es la moral que los ingenieros incluirán. Si no lo hacemos, dice la encíclica, corremos el riesgo de que la moral del ingeniero o de la compañía se presente como una moral universal. Asimismo, se deja en claro que, para la Iglesia, la IA no tiene conciencia moral y jamás podrá ser una inteligencia humana porque no inhiere en un cuerpo.

No han faltado pasajes que habrán molestado a Milei, como aquel que indica que, en la era de la robótica, no se puede confiar en la eficacia de la teoría del derrame o, mucho más interesante, agudo y actual, lo que parece ser una afrenta directa contra Trump y Palantir, especialmente a la luz de la propuesta que la empresa hizo circular y que no era otra cosa que un resumen del libro La República tecnológica, de Alexander Karp, cofundador de Palantir junto a Peter Thiel: hay que desarmar a la IA, es decir, sustraerla de la lógica armamentística. Por si no queda claro, el texto agrega que “desarmar” significa romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar, esto es, exactamente lo que planteaba Karp cuando llamaba a un nuevo proyecto Manhattan donde el Software reemplazaría a la energía atómica y debería estar al servicio de Estados Unidos si es que se pretende sostener la hegemonía lograda tras la segunda guerra mundial.  

Por último, una interesante discusión acerca del vínculo entre democracia y verdad. Aunque hay mucho dicho al respecto, León XIV considera que la democracia es un instrumento de participación en el bien común y que sin verdad no hay democracia, sino el mero pragmatismo donde lo útil reemplaza a lo bueno. Nada nuevo en este punto, pero lo curioso es que aquí no hay ninguna referencia bíblica. Por el contrario, se cita a Hannah Arendt: “el desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hanna Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino “las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (…) y la distinción entre lo verdadero y lo falso””.

Evaluar la política argentina de los últimos años en esta línea sería todo un hallazgo: no se trataría de la grieta creada por los convencidos, sino una grieta transversal entre gente a la que todavía le importan los hechos, y gente a la que no. Por si hace falta, aclararlo, subrayo la palabra “transversal”, antes de que algún zonzón crea que solo la derecha es la que está “fuera” de la realidad.

Pero pasemos ahora a la segunda parte de estas líneas, aquella que, les decía, probablemente sea algo más original: el capítulo 1 de la encíclica habla de los aportes de los distintos papas a la Doctrina Social; el 2 habla de los principios de la Doctrina; el resto es la aplicación de esos principios a “las cosas nuevas” de hoy. Ahora bien, ¿tienen algo para decir aquellos principios que fueron fundamentales hace 135 años y que luego fueron la columna vertebral del peronismo? Para León XIV, sin dudas, a tal punto que considera que esos principios deben ser vistos no como un conjunto estático de conceptos sino como criterios generales para discernir y juzgar, un horizonte a partir del cual poder orientarse en un vertiginoso avance que cada vez más a menudo planteará nuevas preguntas.

La dignidad inalienable de la persona; el bien común; el destino universal de los bienes y su consecuente función social de la propiedad; el principio de subsidiariedad; la justicia social; la solidaridad. Con esta lista de principios, el papa entiende que hay un corpus robusto para dar el debate público.

Por ejemplo, es desde el concepto de dignidad que la encíclica se opone al transhumanismo y su utopía de mejoramiento o superación de la especie en esa suerte de híbrido humano-máquina porque se entiende que se establecerían allí nuevas jerarquías sociales (y hasta biológicas, ¿por qué no?) que, de alguna manera, supondrían tomar a personas como medios y no como fines en sí. 

Y es por la idea de bien común, concepto central en el cristianismo y que se encontraba presente ya en autores como Aristóteles, que podemos afirmar que el todo es más que la suma de las partes, que somos seres sociales que solo nos podemos realizar en comunidad y que no se puede pensar en una IA que esté al servicio de unos pocos o de los intereses personales de sus propietarios; asimismo, a partir del destino universal de los bienes, es decir, el principio por el cual se sostiene que los bienes de la tierra (el suelo, el agua, el aire, los recursos naturales) han sido brindados por Dios a todos los hombres y no para acaparamiento de unos pocos, se va a seguir uno de los pasajes más sorprendentes. Es que, recordemos, de aquí se sigue que, para la Doctrina Social de la Iglesia, tal como se podía observar en la Constitución peronista del 49, la propiedad privada será respetada pero no es inviolable en tanto tiene, por sobre todo, una función social. Sí, ya se lo imaginan: dolor Milei.

El punto es que el papa incluye en la lista de bienes a las patentes, los algoritmos, las plataformas digitales, las infraestructuras tecnológicas, los datos. Si por pereza e incomprensión, a Francisco lo llamaban comunista, a León XIV lo bautizarán directamente como El Anticristo (dolor Peter Thiel, en este caso).

Pero aún hay más: del principio de subsidiariedad, ese que el progrerío que responde con “más Estado” a cualquier problemática social, nunca entendió o no quiso entender a pesar de que se reivindica peronista y es un principio central de la doctrina, se agrega un nuevo elemento a la polémica. Para quien no lo tenga tan fresco, el principio de subsidiariedad indica que aquello que pueda ser resuelto por personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser realizado por instancias superiores y, por tal, entiéndase, el Estado. Efectivamente, es un eje de la Doctrina Social y del peronismo que el Estado no debe estar en todo y que debe “justificar” su intervención. La controversia gira aquí en que, para León XIV, ese “nivel superior” ya no es el Estado sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre condiciones de la vida común. De la subsidiariedad se sigue ahora una exigencia de responsabilidad y formas reales de participación no solo como control sobre los estados sino también sobre los privados (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos…).

Por último, según el papa, la justicia social nos permite entender que las injusticias no nacen solo de decisiones equivocadas de los individuos sino también de estructuras y sistemas económicos y culturales que producen desigualdad, además de funcionar como un freno hacia nuevas formas de exclusión sobre personas o pueblos a los que se les niega el acceso a tecnologías o comunidades a las que se las expone a una vigilancia invasiva y a algoritmos que reproducen prejuicios. Justamente, en este sentido, el principio de solidaridad “obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos”, esto es, personas de carne y hueso explotados y precarizados que, desde algún sótano del mundo, por sueldos miserables, teclean y hacen click para sostener y entrenar los sistemas que los reemplazarán.

A propósito, un párrafo para un tema del cual no se habla mucho y que, para la encíclica (y para el peronismo), resulta central: el trabajo.

El texto recoge lo que parece harto evidente: la posibilidad cierta de que la IA reemplace el trabajo de una enorme cantidad de gente. Naturalmente, esto plantea un primer interrogante acerca de cómo sostener económicamente a esa gran masa de desempleados. Pero en lugar de hablar de subsidios, ingreso universal, etc., la encíclica plantea que la importancia del trabajo excede la remuneración. Dicho de otra manera, reducir el trabajo a “horas vendidas” a cambio de un salario, es no comprender el rol del trabajo para nuestra identidad y para nuestra condición humana. Suponer que este problema se resuelve solo con dinero que, eventualmente, pudiera salir de subir impuestos a los grandes ganadores del modelo, supone un enfoque demasiado básico ante tanta complejidad. 

Para finalizar, la encíclica tiene pasajes donde rechaza argumentos sin demasiada fundamentación. A saber, aun cuando la discusión acerca del “límite” vaya en la dirección correcta, al fin de cuentas, el progreso de la humanidad ha sido también un progreso realizado contra sus propios límites, por ejemplo, en lo que respecta a condiciones o expectativa de vida. Bienvenido, por cierto. ¿Por qué esto sería diferente? Puede haber razones para fundamentarlo, pero habría que explicitarlas. Un segundo aspecto, en este caso más controvertido, gira alrededor de la cuestión de la autoconciencia. La Iglesia nunca podría aceptar una IA autoconsciente o con conciencia moral por razones de principios. Pero incluso cuando tenemos buenas razones para rechazar este aspecto también por razones científicas, será difícil para los tiempos que vienen, evitar que los usuarios realicen esa separación tajante entre lo humano o lo artificial, probablemente porque esa separación, en algún punto, ya no tendrá sentido.

En cuanto a lo que puede tocar a la Argentina, como les indicaba en un inicio, la encíclica aplica los principios que luego abrazará el peronismo, al nuevo orden tecnológico. En algunos casos lo hace mejor, en otros casos no tanto, por ejemplo, cuando extiende el principio de subsidiariedad como un límite más allá de los Estados, o cuando se incluye en el destino universal de los bienes a los algoritmos, etc. Con todo, ante tanto posmodernismo, tanta liquidez, hay allí un esfuerzo por recuperar una interpretación del mundo, una referencia.

Que en el ámbito local, frente a la hiperideologización exitosa planteada por Milei, la estrategia del peronismo sea resignarse, esconderse y avergonzarse, más que ejercicio de sana actualización representa un largo proceso de descomposición.

Soy escéptico respecto al futuro. No sé lo que viene e intuyo que será tan novedoso que necesitará categorías inimaginables para enfrentarlo. Así que el mundo no se ha vuelto peronista y es muy probable que Perón no nos esté esperando en el futuro, pero, mientras tanto, aun con debilidades y contradicciones, esos principios quizás tengan todavía algo para decir.      

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Milei, la ira de Dios (editorial del 23.5.26 en No estoy solo)


“Yo soy la ira de Dios. ¿Quién más está conmigo?” Esas son las últimas palabras de Klaus Kinski personificando a Lope de Aguirre en la famosa película dirigida por Werner Herzog, y lanzada en 1972, Aguirre, la ira de Dios.

Sin pretensiones de rigor histórico, el reconocido director alemán se inspira en la expedición que, allá por el año 1560, llega hasta el Amazonas en búsqueda del mítico El Dorado, la ciudad de oro. Como se puede ver en la película, a lo largo del trayecto, Aguirre instiga el asesinato de Pedro de Ursúa y envía una carta a Felipe II donde dice desconocer el dominio español y se declara en insurrección. Las crónicas indican que, además, llega hasta la isla de Margarita, siembra el terror, avanza contra las autoridades españolas y, acorralado, decide matar a su propia hija para evitar que sea violada por la turba. Finalmente, Aguirre acaba ejecutado por sus propios hombres en Barquisimeto. Su cuerpo fue descuartizado y su cabeza exhibida como trofeo.

Como les indicaba anteriormente, a Herzog no le interesa contar toda la historia sino exponer la catábasis, el viaje al infierno del protagonista en su delirio mesiánico rodeado de hambre, muerte, enfermedad y locura. No se trata, entonces, de una película histórica sino de un viaje metafísico hacia la descomposición. En este sentido, como una tragedia griega, el final ya lo sabemos todos y es lo que menos importa.

La película viene a cuento porque se trata de una metáfora extraordinaria para exponer los procesos de deriva política, la megalomanía y el fracaso de los proyectos totalizantes encarnados en el líder.

En este sentido, un primer aspecto a resaltar es el contexto salvaje del Amazonas, la forma en que la expedición, con sus caballos y sus “atuendos extraños”, chocan con el entorno, como una artificialidad trasplantada, objetos que no pertenecen a ese espacio. La realidad mostraba que el proyecto era delirante e imposible de alcanzar, como la propia ciudad de El Dorado. Pero Aguirre había perdido el contacto con la realidad. De hecho, en una imagen que, en algún punto daba indicios de lo que Herzog ensayaría en Fitzcarraldo tratando de trasladar un barco a través de la montaña sin efectos especiales, hacia el final se observa a la tripulación y al propio Aguirre vivir lo que parece ser un delirio colectivo cuando observan una embarcación colgando de un árbol.

Así, el descenso de Aguirre es la lenta pero inexorable consecuencia de una deriva política, de un proyecto que nunca fue otro que sí mismo y que no encuentra compañeros en el camino sino súbditos; el compañero de hoy es solo el traidor de mañana; las lealtades son siempre circunstanciales puesto que, el pobre Aguirre, ni siquiera tiene hermana. Conforme el viaje avanza y la descomposición se hace evidente, se observa que el poder en sí es un poder que ya no administra nada, sino solo un ego. Si el resto obedece es solo por costumbre y cobardía.  Prefieren obedecer al loco antes que no obedecer a nadie porque lo que necesitan es  obedecer.

La megalomanía de Aguirre, por otra parte, se observa en que, ante la adversidad, redobla la apuesta: la tripulación muere, no hay comida, la barca se dirige hacia ninguna parte, como el proyecto de Aguirre, hay traiciones internas y enemigos externos, pero Aguirre no cesa y dice que va a conquistar un espacio de tierra mayor a la extensión de España. Cuanto más evidente es el fracaso, más grita y más avanza. Volver atrás no sería una decisión sensata sino una defección para consigo mismo.

Asimismo, hay algo que trabaja bien la película y que es cierto clima alucinatorio, el cual remite a la atmósfera de Apocalypse Now. No solo la escena del barco colgando del árbol, sino la relación con los indios. Salvo una escena de contacto directo, los indios no aparecen nunca en escena: son solo flechas que provienen de la selva profunda. Cada vez que las flechas alcanzan algún tripulante, Aguirre ordena disparar su cañón hacia algún lugar indefinido de la selva porque nunca puede entender de donde vienen esas flechas. El propio Herzog nos deja escenas donde lo único que se ve son flechas volando como si no tuvieran origen. La desesperación es total y profundiza la paranoia que no cesa ni con la purga interior contra cualquier miembro de la tripulación que osara poner en tela de juicio la decisión del líder.

Llegando al final, el clima es cada vez más asfixiante ayudado por el entorno del Amazonas. Pero es como si la naturaleza, la barbarie, se fuera cerrando sobre lo que pretendía ser un proyecto civilizatorio (la tripulación lleva, como no podía ser de otra manera, un sacerdote para evangelizar a los salvajes), clave que está presente en nuestra historia desde Sarmiento hasta la mirada sobre el peronismo y el antiperonismo como encarnando cada uno de los polos. 

Pero volvamos a la escena final. Kinski está sobre la balsa en el medio del río. Toda la tripulación ha muerto. Se dice que la escena fue grabada así de manera fortuita porque a Herzog se le va de las manos la idea original, y la balsa que navega a la deriva se llena de monitos descontrolados (no eran mandriles, por cierto, sino monitos ardilla). Es allí cuando Kisnki toma a uno de ellos en la mano y pronuncia “Yo soy la ira de Dios. ¿Quién más está conmigo?” para luego arrojar al monito al agua. El que pretendía conquistarlo todo, está solo discurseando ante monos; el Rey de la nada se ha quedado sin súbditos y, reducido a una condición animal, es el líder de un mundo que no existe y que nunca había existido más que como proyecto de una mente febril. La voluntad de dominio devino aislamiento. El destino, al menos en la película, ni siquiera le depara una muerte épica: su lucha fue contra los subordinados (que en la vida real finalmente lo terminan ejecutando, por cierto); rodeado de animales la máscara del conquistador cae y deja ver la caricatura patética. 

El Dorado no llega ni llegará. Ya no hay poder. Solo inercia. La clase magistral queda reservada a unos monitos que no la entenderán y con los que acabará peleándose. No sabemos si es el final de un hombre, de su autocontrol, de una ideología o de un sistema. La balsa va… la ira de Dios (y de la Argentina) está sola, a la deriva. 

 

 

 

 


El peronismo vive (es la sociedad que representaba la que no existe más) {editorial del 16.5.26 en No estoy solo}

 

Algunos meses atrás, a propósito del nuevo libro del filósofo de origen coreano Byung-Chul Han, Sobre Dios, resumíamos el eje del texto a partir de su idea más potente: no es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Vinculado a la siempre anunciada inminente muerte del peronismo, esa inversión de los términos producida por Han me llevó a preguntarme, en términos análogos, si, más que una muerte del peronismo, la llegada y permanencia de Milei expresaba que lo que ha muerto es la sociedad a la que el peronismo representaba.      

Si esta hipótesis es correcta, lo que estamos analizando como causa, sería más bien el efecto de un proceso subterráneo que pocos supieron/quisieron ver. La ley laboral aprobada este verano, por ejemplo, no sería el puntapié para el inicio de una nueva Argentina, digamos, en la que los trabajadores “ya no tienen derechos”, sino la expresión, en la letra de la ley, de lo que en buena medida venía ocurriendo, esto es: cada vez son menos los trabajadores formales que gozan de esos derechos. De aquí que cayera en saco roto una campaña bajo el lema “vienen por tus derechos” dirigida a ciudadanos que carecían de los mismos. Y algo peor: no solo esa campaña fue vista con impavidez por los presuntos destinatarios, sino que fue interpretada como lo que probablemente haya sido: un slogan que hablaba de “derechos” para no hablar de “prebendas”, llevada adelante por quienes, justamente, no querían perderlas. Ya es un lugar común pero cuando la gran mayoría de los argentinos tiene más de un trabajo porque el trabajo ya no garantiza dejar la pobreza; cuando los sindicatos a duras penas son capaces de resistir un fenómeno que, en alguna medida, los trasciende y tiene que ver con las transformaciones que el nuevo capitalismo impuso en el mundo del trabajo (por no hablar de lo que vendría ahora con la IA), es difícil que un discurso que hable de los trabajadores como columna vertebral represente algo (o represente mayorías).   

Algo parecido podría decirse de la exigencia del fin de la inflación, que a quien más jode es al que no llega a fin de mes y no a quien, con capacidad de ahorro, puede anticipar gastos. Seamos buenos: la inflación no es un problema en el mundo. Solo un selecto grupo de países de tercer o cuarto orden la padece. Adjudicarlo a empresarios malignos es cándido y ofende la inteligencia, no porque Argentina carezca de ellos, sino, justamente, porque empresarios hijos de puta hay en todo el mundo, pero solo hay inflación en Argentina. Por cierto, el problema ya existía con CFK, más allá de que las paritarias, como mínimo, emparejaran. La gente así lo entendió y lo entendió antes que el peronismo, al menos antes que el sector que ha hegemonizado al peronismo y cree que defender a CFK es no exponer que también había problemas que no necesariamente obedecían a “Los Buitres”. 

En la misma línea, la necesidad de una política de seguridad más punitivista como respuesta al flagelo de la inseguridad y la violencia social, tampoco es el origen de un proyecto distópico diseñado por Milei y Peter Thiel, sino un reclamo mayoritario de los sectores populares que son quienes más la sufren.

Por último, y la lista no es exhaustiva, claro, los denominados “planes sociales” no eran criticados solo por la derecha y la clase media tilinga. También eran mal vistos por los laburantes que asocian ingresos con esfuerzo y con trabajo; también con el mérito, por cierto, para horror del mundo progre que quiere convencerlos de que la meritocracia es fascista y de que la única carrera que debemos correr es la carrera por demostrar quién es más víctima de algo. Por cierto, estos valores se hicieron carne en los sectores populares por el peronismo y no por leer a Max Weber y el espíritu del protestantismo.  

¿Que la sociedad haya cambiado supone que las políticas públicas y el discurso hiperideologizado de Milei cesarán en su intento de moldearla o seguir transformándola en la línea de su pensamiento? Claro que no y, en todo caso, si puede lograrlo es algo que se verá con el tiempo. A lo que voy es a que si ese discurso hoy puede permear en un importante sector de la población, es porque existió una transformación previa que fue la condición de posibilidad para la llegada de Milei. Entonces, es cierto que en su delirio místico el presidente tiene pretensiones refundacionales, pero, ayudado por el fracaso de los dos gobiernos inmediatamente anteriores, en especial, el que le precedió, el “que venga cualquiera” como reemplazo del “que se vayan todos”, fue el sentimiento que se canalizó a través de Milei, es decir, fue un sentimiento previo a su arribo a la administración. De aquí que llame la atención cuando uno escucha “vienen a destruir la Argentina”. Es probable que así sea, pero semejante título no debe hacernos olvidar que la Argentina ya estaba “bastante” destruida. Claro que merecería más elaboración, pero como síntesis: cuando en plena pandemia, el gobierno del Frente de Todos lanza el IFE para aquellos ciudadanos que no recibían ingresos/ayudas estatales formales, y, de repente, aparecen casi 10 millones de personas a exigirlo, es difícil seguir sosteniendo que sos el gobierno del Estado presente, pero, sobre todo, es de miope no darse cuenta que algo está roto y que el modelo de sociedad al que ese discurso pretendía interpelar, ya no existe más. 

A tal punto podría decirse que la sociedad ha cambiado, que fue especialmente el progresismo quien más impulsó una ingeniería social basada en la idea de que “todo es cultural” y de que, cuando la ideología y la realidad chocan, la que debe adaptarse es la realidad. A esta altura, y con todo lo transitado, es casi un episodio menor, pero recordemos que había sectores que, desde oficinas del Estado, es decir, de arriba hacia abajo, intentaban imponer que debíamos hablar con la E y que, en caso de no hacerlo, estábamos contra los derechos humanos.  

Para finalizar, de lo dicho hasta aquí parece seguirse un llamamiento al surgimiento de un ala, llamemos, “liberal” del peronismo. Pero no es el caso, o no es la única interpretación posible. Entre la rigidez ideológica y la genuflexión absoluta al estado de cosas con fines electorales, hay un sinfín de caminos intermedios. El propio Perón entendía que, aunque sin renunciar a los principios, la doctrina debía actualizarse.

De modo que, si de llamamiento se trata, en todo caso, que sea una apelación a tratar, primeramente, de comprender el mundo y comprender la sociedad a la que se pretende representar. Esto no supone ser vehículos de unos valores de mierda o aceptar que los valores de una sociedad son buenos per se. De hecho, la representación, para bien o para mal, no es un espejo de los representados, tiene también un resto que permite al representante proponer, guiar y, eventualmente, transformar, idealmente, a través de la persuasión.

Pero el primer paso es comprender lo que se quiere representar. Si esto no sucede, el peronismo podrá continuar, pero le seguirá hablando a una sociedad que ya no existe más.      

Liderazgo mileísta: ¿populismo o vanguardia? (editorial del 9.5.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás se publicó en español un pequeño libro, Fascismo y populismo, de Antonio Scurati, profesor de literatura comparada en la universidad de Milán y reconocido por ser el autor de la saga en la cual se basó la extraordinaria serie Mussolini, el hijo del siglo. 

A propósito del debate actual alrededor de las nuevas derechas y esa tendencia de algunos sectores de denominarlas fascistas o neofascistas, la hipótesis de Scurati es que estos nuevos emergentes, antes que fascismo, lo que habrían heredado de Mussolini sería su populismo. Scurati menciona siete características del populismo y, en alguna ocasión, en este mismo espacio, nos hemos servido de ellas para argumentar, justamente, que en Milei hay populismo, pero no fascismo. Sin embargo, hay una característica en particular sobre la que quisiera detenerme porque, en ella, la figura de Milei no encaja o, en todo caso, se trata de un elemento que bien supondría algunas reflexiones.

Me refiero al nuevo tipo de liderazgo que habría inaugurado Mussolini, esto es, un liderazgo que guía a las masas, ya no por ponerse al frente de ellas sino por acompañarlas. De hecho, Mussolini se autodefinía como “el hombre del después”, en el sentido de que llegaba a los acontecimientos políticos una vez sucedidos, luego de la determinación popular. 

Esta idea de no ir por delante se entiende mejor con la caracterización que hace Scurati del Mussolini más joven que diferiría de aquel de los años 30 y 40 que ya posee una concepción del hombre nuevo, un programa articulado, etc. Para el Mussolini “original”, el líder “no tiene ni debe tener ideas propias, carece de convicciones irrenunciables, no guarda fidelidad, no guarda lealtad, carece de estrategias a largo plazo, no guía a las masas hacia una meta lejana y elevada, que él atisba, pero las masas no ven. Muy al contrario, ese líder solo conoce tácticas y ninguna estrategia, solo oportunidades y ninguna convicción, solo praxis y ninguna teoría”.

Evidentemente esta descripción no hace justicia con Milei pues el actual presidente parece ser exactamente lo contrario: tiene ideas que defiende dogmáticamente, tiene una concepción de la fidelidad que le hace sostener personajes que no lo merecerían, su estrategia de transformación es a largo plazo y refundacional, guía a las masas hacia metas que rozan lo místico, privilegia la estrategia antes que la táctica y se abraza a la convicción y a la teoría antes que a las oportunidades y a la praxis. Por supuesto que podría haber contraejemplos (y los hay) pero digamos que, siguiendo la caracterización que hace Scurati, el accionar de Milei pareciera ser casi el opuesto al del joven populista Mussolini.

Ahora bien, claro está, la gran paradoja en este sentido es que, con ello, Milei reproduce el tipo de liderazgo propio de las vanguardias de izquierdas que, aun cuando contaban con antecedentes previos, aparecen con claridad durante la época leninista: son los intelectuales organizados los que “desde afuera” guían a las masas de trabajadores y al pueblo hacia la emancipación. Esta herencia fue muy clara en las guerrillas latinoamericanas de los años 60 y 70 y permanece en aquellos espacios de centroizquierda tan afectos a la ingeniería social y a esgrimir una supuesta superioridad tanto moral e intelectual por abrazar a quien se autoperciba víctima y/o haber pisado una universidad.

Al igual que las vanguardias, entonces, Milei no es “el hombre del después” sino, justamente, “el que llega antes”, es el león, el que lidera, más allá de que por razones psicológicas hay buenas razones para suponer una dependencia, quizás hasta patológica, con la hermana. Pero nadie vota a la hermana sino a él y la vanguardia de Milei es, al igual que la de las izquierdas, tanto moral como intelectual, más allá de que cada vez le cueste más sostener ambas. Porque, moralmente hablando, los escándalos ANDIS, LIBRA, el de “el profe” Espert y, ahora, el de Manuel “Cascada” Adorni, hacen que cada alusión del presidente a la presunta superioridad de su moral sea vista como un ejercicio hipócrita; en cuanto al punto de vista intelectual, como alguna vez mencionamos aquí también, el escándalo LIBRA, que lo obliga a reconocer, o bien que ha sido cómplice de una estafa, o bien a aceptar que no sabe nada de criptos, esto es, de lo que supuestamente sabe, supuso una herida potente que se acrecienta en la medida en que la economía y el modelo empieza a mostrar fatiga y amesetamiento, para decirlo con generosidad. Esto será particularmente problemático si se cumple con el “principio electoral” de que la gente no vota dos veces el mismo activo. En este caso, refiero al activo de la baja de la inflación que pudo haber sido valorado en 2025 pero quizás no lo sea ya en 2027, especialmente si queda estacionado en un número de entre 2 y 3% mensual.     

Milei no sería así el “hombre del después” sino que la gente, el pueblo, sería la que ha llegado después a las ideas de la libertad que al líder esclarecido ya le habían sido reveladas. Esto supondría que ha sido el pueblo el que se identificó con Milei y no a la inversa. Por cierto, creo que es así porque vio en él el representante de lo desquiciado y, sobre todo, del azote, de la revancha. “Este tipo está roto, tiene bronca y quiere romper todo como yo”. No se trataba de estar mejor, sino de que los supuestos responsables de que yo esté mal, lo paguen. El tipo que supone que la redistribución es un robo, fue votado para que redistribuya el castigo de ser argentino, de aquí que lo de Adorni pegue en el eje: el votante puede permitir una continuidad temporal de la malaria, pero lo que no va a admitir es la existencia de nuevos privilegiados “con la suya”. El voto plebeyo que acompañó a Milei puede seguir comprando expectativas subido a la retórica individualista del rendimiento y el esfuerzo, pero no aceptará el afano o, en todo caso, no aceptará que alguien afane tan boludamente, que no es lo mismo, pero es igual. A su vez, desde aquí, agregamos algunos requisitos más: un toque de inteligencia, un esfuerzo por el buen gusto y algo del orden de la sorpresa. Porque no se puede pretender tanta impunidad siendo tan soberbio y no se puede ser tan tilingo, tan grasa, para, con la primera guita (presuntamente afanada), ponerte pelo, arreglarle los dientes a tu mujer, ir a vivir al country, construir una cascada en tu casa, y viajar a Punta y a New York para comprar carteras y trajes caros en una suma que, algunos estiman, rondaría los 800.000 USD. No, hay que dejar pasar una, al menos.

Retomando el eje de estas líneas, podría decirse que el estadista es aquel que es capaz de manejar los dos tipos de liderazgos y reconocer en qué momento ser el líder que debe llegar antes y cuándo ser el líder que camina detrás del pueblo. Supondría un artículo aparte, pero presidentes que sobrevinieron después de grandes crisis, Alfonsín, Menem y Kirchner, por ejemplo, tuvieron algo de eso, independientemente de cómo hayan finalizado sus mandatos. El más cercano, Kirchner, necesitaba sin duda interpretar el momento histórico, la necesidad de la gente, dejarse llevar; sin embargo, al mismo tiempo, adoptó una agenda que no estaba en la primera línea de reivindicaciones y, desde allí, construyó un espacio que, digamos, prácticamente dominó la política argentina por 20 años. Fue el hombre del después pero también el que desde adelante dijo “hay que ir por acá” y la gente lo siguió. Este punto es clave, porque contra la retórica populista, tampoco es cierto que el pueblo quiera simplemente un líder que lo siga. También quiere un proyecto, una meta, una propuesta, una guía. Las dos cosas son ciertas. Si el líder solo hace lo que quiere el pueblo, no solo puede caer en la demagogia barata, sino que puede llegar a ser visto como una figura reemplazable; pero si solo es una vanguardia esclarecida, la soledad, la paranoia y los amigos del poder, hacen que el líder olvide que hay momentos donde tiene que volver a caminar detrás de la gente.

El actual gobierno lleva dos meses enfrascado torpemente en el caso Adorni, figura menor que solo se sostiene por el apoyo de los hermanos a cargo de la administración. Es difícil pedirle a Milei que camine detrás de la gente o que, al menos, escuche lo que se vive en el día a día. Pero, de vez en cuando, el líder de vanguardia debe al menos girar la cabeza y ver si hay alguien acompañando sus ideas detrás. No sea cosa que, de tan convencido por su causa y su misión, el día que recuerde girar la cabeza, observe que la gente ha quedado allá, bien lejos, y que los únicos que lo han acompañado son su hermana y unos perros clonados con nombres de economistas.    

 

 

 

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

La tragedia de Adorni (editorial del 2.5.26 en No estoy solo)

 

Tras varias semanas de mutismo, el Jefe de Gabinete expuso ante el Congreso. Sin apartarse de la letra escrita y bajo la amenaza implícita de retirarse en caso de sentirse agraviado, Adorni cumplió el objetivo de sostener su altanería (como presunto atributo de fortaleza) al tiempo de presumir y mostrar el apoyo de los hermanos a cargo de la administración. Con todo, la reivindicación personal apoyada en la verdad y/o una aclaración de todos los puntos oscuros que la justicia investiga deberán aguardar porque, en ese sentido, el Jefe de Gabinete no ha aportado prueba alguna sino solo la negación de las acusaciones (en algunos casos a pesar de que ya hay pruebas públicas que lo desmienten). La puesta en escena me remitía al Teatro y, dentro de él, al Teatro del Absurdo de, por ejemplo, una obra que habíamos citado aquí algunas semanas atrás: Las sillas de Ionesco. Allí una pareja de ancianos que vive en una isla aguarda el acontecimiento de la llegada de El Gran Orador que viene a traer un mensaje trascendental para la humanidad. Ofrecen un salón para que los presuntos invitados lo escuchen, repleto de sillas, pero resulta que los invitados son invisibles de modo que todo está dispuesto para la gran exposición frente a un auditorio vacío. A diferencia de Godot, el Gran Orador llega y, llenos de satisfacción, antes del comienzo del discurso, los ancianos se arrojan por la ventana. Sin embargo, cuando el Gran Orador pretende hablar no puede articular palabra, tartamudea, emite sonidos incoherentes. Las interpretaciones de la obra son abiertas, pero podría afirmarse que Ionesco nos quiere decir que el gran mensaje a ser legado es la incomunicación, el vacío, el sinsentido.

El Congreso de la Nación estaba repleto de oficialistas y opositores pero la ciudadanía hubiera dejado las sillas vacías, quizás, justamente, porque en gran medida permanece invisible para el gobierno, pero sobre todo, porque no le interesa lo que pueda decir Adorni, probablemente, porque, para bien o para mal, ya ha sido juzgado y, sobre todo, porque está ocupada en asuntos más importantes.

Mencionamos a la célebre obra de Beckett al pasar y es cierto que de allí también podría haber surgido una lectura posible aplicable a este caso en el sentido de que en Esperando a Godot se habla porque no hay nada que decir, pero también porque no se puede callar.

Sin embargo, donde quizás haya más material para trabajar sea en las tragedias griegas. En un rápido repaso de memoria, se me aparecen algunas categorías esenciales para comprenderla. La más conocida, trabajada por Aristóteles y cuyo sentido llega hasta nuestros días es el de la Catarsis: en la identificación con el padecimiento del héroe trágico se generaba una expiación del malestar en la audiencia, de aquí que, al final de la obra, los asistentes se retiraran “purificados”. Eran tiempos donde grandes obras reemplazaban a los chantas influencers del mindfulness. Sin embargo, la puesta en escena de Adorni más bien funcionó como una catarsis personal y/o del gobierno puesto que lo está fallando es la identificación del electorado con el cuestionado y, según las encuestas, en buena medida, con el gobierno todo. En una muestra más de cerrazón y de ruptura con la dinámica de la calle, el gobierno cree haber obtenido un triunfo por haber logrado que el vocero pudiera hablar, sin tomar en cuenta que solo puede hacerlo con toda la protección institucional de su investidura. Sin embargo, el vocero no puede caminar por una calle “normal” ni puede ser entrevistado por un periodista que, influido por el demonio, abrace el hábito de la repregunta. En el mutismo del vocero (devenido Jefe de Gabinete) se observa un gobierno que no puede hablar y que, en tanto tal, es “hablado”. O lo que es peor, en su Armada Brancaleone de funcionarios, quien probablemente sea el más capacitado para hacerlo, Santiago Caputo, decide permanecer en las sombras mientras resiste los embates de “la jefa” y “la jefa” no puede articular oraciones con sujeto y predicado. El gobierno, entonces, es hablado por la oposición o por unos monigotes patéticos que intentan defenderlo en medios amigos, en el mejor de los casos, exhibiendo manuales de gorilismo que ya eran vetustos en el 55. Pensar que toda la comunicación pasa por mensajes unidireccionales en redes, o eventuales “domadas” a usuarios anónimos, no es la prueba de la comprensión del nuevo estilo de comunicación; más bien demuestra la incapacidad de comprender que ese nuevo estilo tiene mucho de burbuja.      

Dicho esto, hay otro elemento que aparece en las tragedias griegas que es el del Miasma. El término llega hasta nuestros días, aunque no es demasiado usado. La definición de diccionario refiere a un efluvio maligno o una emanación fétida que en siglos atrás se consideraba como causante de enfermedades por ser propias de cuerpos enfermos, materias orgánicas en descomposición, aguas estancadas.

En el mundo griego de la tragedia el miasma es más una cuestión moral que física y se puede entender como una mancha del espíritu que en muchos casos se trasmitía de generación en generación o salpicaba a toda una familia. 

Los cancelados de hoy son “el miasma”, como lo fueron los leprosos, y en las tragedias griegas se puede mencionar, entre muchos otros, el caso del episodio narrado en Edipo en Colono de Sófocles, donde Edipo, parricida e incestuoso busca un lugar donde poder asentarse sus últimos años de vida y es rechazado constantemente por estar impuro, por ser el miasma. Ya en Edipo Rey, había sido señalado como el origen de la peste de Tebas. Pero ahora, tras haberse arrancado los ojos y haber cometido los peores pecados, es un cuerpo contaminante que debe ser expulsado de la comunidad. El miasma es la manzana podrida que pudre a las demás, por eso hay que apartarlo.

Es cierto que en Edipo en Colono luego hay un giro y que gracias a una profecía que indica que el lugar donde muera Edipo florecerá de prosperidad, se sigue luego una especie de competencia para lograr que el infecto perezca en la tierra propia, pero justamente ese giro completa la metáfora que me interesa compartir. Una vez muerto políticamente (probablemente ya lo esté, pero se confirmará cuando dé un eventual paso al costado), el gobierno hará uso de “la muerte de Adorni” buscando mostrar frente a la sociedad lo indefendible: el presunto carácter moral de la administración y ante la pregunta de por qué se lo sostuvo tanto, se responderá “porque esperábamos la resolución de la justicia”; o mejor aún, harán renunciar al propio Adorni afirmando que, a pesar de ser inocente, decide dar un paso al costado para no afectar al gobierno. Conmovedor.

Pero lo más interesante son los efectos iniciales del miasma ya que éste supone contaminación que desordena el lazo comunitario y fractura la unidad de la administración, pues no son pocos los que observan que la situación es insostenible y que, si la imagen del gobierno decae, es, en una parte, responsabilidad de sostener a un tipo al que se le denuncia haberse reapropiado de todos los vicios de la casta: contratos con amigos en la TV Pública; viajes y contratos para la mujer; turismo en familia con un costo de miles de dólares pagados en efectivo; departamentos comprados con dinero de unas viejas que no le cobran interés… y todo eso con unos ingresos que no pueden justificar nunca ese nivel de vida para alguien que, al inicio de la administración tenía un departamentito, andaba en subte y, a duras penas, iniciaba el tratamiento para el pelo.

En la medida que el miasma no sea apartado, la contaminación continuará, afectando la credibilidad del gobierno, porque aunque pueda parecer haber salido airoso tras tantas semanas de silencio, su palabra contamina y amplifica la crisis. Y nótese que ni siquiera está en juego la verdad, pues, de hecho, hay que ser justos y afirmar que Adorni es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Por cierto, los indicios en su contra son demasiados, pero aun en el hipotético caso que él lograra, al menos, resoluciones favorables en la justicia, su ciclo está cumplido, si bien, es cierto, en política nunca hay que retirar a nadie, especialmente después de que la gente haya votado una lista encabezada por un señor que tuvo que renunciar por haber sido presuntamente financiado por narcos.

Adorni hoy solo produce contagio del miasma, performativamente hablando es ineficaz porque, o no puede hablar o cuando habla no genera credibilidad, y para colmo de males, en el gobierno no logran encontrar un sustituto que reemplace el silencio o el rechazo del jefe de Gabinete.

En síntesis, quiero terminar estas líneas con algo disruptivo que no se debe hacer, pero ustedes sabrán disculparme. Se trata de un poema al cual siempre me dirige la memoria cada vez que me cruzo con la palabra Miasma. Pertenece al libro Persuasión de los días de Oliverio Girondo, se llama “Ejecutoria del Miasma”, y dice así:

Este clima de asfixia que impregna los pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.
Este miasma corrupto,
que insufla en nuestros poros
apetencias de pulpo,
deseos de vinchuca,
no surge,
ni ha surgido
de estos conglomerados de sucia hemoglobina,
cal viva,
soda cáustica,
hidrógeno,
pis úrico,
que infectan los colchones,
los techos,
las veredas,
con sus almas cariadas,
con sus gestos leprosos.
Este olor homicida,
rastrero,
ineludible,
brota de otras raíces,
arranca de otras fuentes.

A través de años muertos,
de atardeceres rancios,
de sepulcros gaseosos,
de cauces subterráneos,
se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,
los detritus hediondos,
las corrosivas visceras,
las esquirlas podridas que dejaron el crimen,
la idiotez purulenta,
la iniquidad sin sexo,
el gangrenoso engaño;
hasta surgir al aire,
expandirse en el viento
y tornarse corpóreo;
para abrir las ventanas,
penetrar en los cuartos,
tomarnos del cogote,
empujarnos al asco,
mientras grita su inquina,
su aversión,
su desprecio,
por todo lo que allana la acritud de las horas,
por todo lo que alivia la angustia de los días.

lunes, 27 de abril de 2026

¿Y si Peter Thiel y Palantir tuvieran (algo de) razón? (publicado el 25.4.26 en www.disidentia.com]

 

Pánico moral. Palantir ha publicado una suerte de Manifiesto de 22 puntos, un diagnóstico que es, a la vez, una propuesta de reorganización del mundo. Para ser justos, estos nuevos mandamientos no son más que un resumen del libro escrito por Alex Karp, junto a Nicholas Zamiska, titulado, La República Tecnológica, el cual ya había sido publicado en inglés a principios de 2025. ¿Por qué tan escándalo ahora? Desconozco. Una hipótesis es que la gente ya no lee libros, de modo que hizo falta un resumen viralizable. Triste, pero probablemente real.

Debo confesar que dentro del universo de mi burbuja algorítmica los comentarios críticos fueron tales que leí y releí los 22 puntos y lo comparé con el libro bajo la suposición de que debía estar pasando por alto algo importante. Los más benevolentes hablaban directamente de la exposición de un plan Tecnofascista para dominar el mundo, con tanta mala suerte que este plan coincidía con la visita a Argentina de Peter Thiel, cofundador de Palantir junto a Karp, para, entre otras cosas, reunirse con el presidente Milei.

Los que en las últimas semanas fueron expertos en estrechos de Ormuz y geopolítica ahora advertían sobre un plan de control y aniquilación que Palantir habría iniciado tiempo atrás en su trabajo en conjunto con el Estado americano incluyendo genocidios varios y que, en Argentina, vendría a complementar la supuesta necesidad de represión requerida por el gobierno, que ganó las elecciones hace seis meses, para llevar adelante un plan de mayor ajuste.

Es cierto que Palantir, probablemente la empresa de ciberseguridad más importante del mundo, ha estado implicada, desde hace años, en acciones tanto afuera como dentro de Estados Unidos cuyos resultados han sido, para ser muy generosos, controversiales persecuciones y asesinatos tanto selectivos como masivos; también es cierto que Peter Thiel no ha perdido ocasión de mostrar todo su libertarianismo y, en su momento, haber apoyado a Trump, además de haberse hecho reconocido por sus controvertidas tesis acerca de la bondad de los monopolios y la incompatibilidad entre capitalismo y democracia. Pero al posarnos sobre los 22 puntos y refrendarlos con el libro, nada de esto resulta tan claro. Es más, hasta podría decirse que, aunque provocador y descarnado, el libro expone una serie de verdades incómodas que más que indignación deberían llevar, al menos en un principio, a una reflexión.

No hay espacio aquí para trabajar cada uno de los puntos así que me centraré en los que considero más relevantes. El primero, por ejemplo, habla de una deuda moral de Silicon Valley para con los intereses nacionales y la defensa de EEUU. Para Karp, quien al igual que Thiel, tiene formación filosófica, las consecuencias del mayo del 68 han generado una casta de ingenieros individualistas y liberales, reacios a vincularse con el Estado, cuya mirada de los avances tecnológicos se restringió a cómo crear algoritmos capaces de atraer atención y vender publicidad. Esta camada de innovadores que solo innovaban para ellos mismos, son lo opuesto a aquel famoso proyecto Manhattan que derivó en la creación de la bomba atómica y que mostraba cómo la ciencia y la defensa de los intereses nacionales debían ir de la mano. 

Lejos de estar llamando a un retiro hacia el ámbito privado y a una mirada libertaria, la cual, en todo caso, aparece solamente cuando se crítica a la “casta” de funcionarios que quebrarían cualquier empresa entre su ineficacia y los sueldos millonarios que reciben, el manifiesto convoca a participar, a hacerse cargo, a abandonar la comodidad idiota (entendida en sentido clásico) de la ciudadanía en su conjunto y de los ingenieros de Silicon Valley en particular. A ello refiere cuando sugiere el regreso del servicio militar obligatorio (para que no recaiga el peso y el dolor de una guerra solo en los voluntarios sino en el conjunto de los ciudadanos) y cuando le recuerda a Silicon Valley que si ellos han podido ser tan exitosos emprendedores ha sido porque han vivido en un clima de libertad garantizado por un Occidente victorioso, sí, ese que probablemente ellos mismos, abrazando ideales del progresismo de izquierda, critican a rabiar. En este sentido, Karp les espeta que ellos pueden ser pacifistas porque antes alguien no lo fue y porque ese alguien ganó la guerra y lanzó la bomba atómica. La afirmación es controversial y provocadora, pero eso no significa que sea enteramente falsa.

A propósito del poder atómico y su capacidad disuasiva, Karp indica que se trata de una era que está llegando a su fin. El futuro ya no está en el Hardware, “los fierros” (tanques, soldados, misiles, aviones, barcos, etc.), sino en el Software, los sistemas capaces de procesar información y guiar esos “fierros”. De aquí que sea imperioso, si se quiere mantener la posición hegemónica de Estados Unidos, ganar esta “otra guerra” y posicionarse a la vanguardia de la aplicación de IA para los sistemas de defensa, del mismo modo que se estuvo a la vanguardia en la creación de la bomba atómica. Seguramente esto sea verdad, si bien no se puede dejar de soslayo que, curiosamente, ese Software es el que Palantir vende y el que le ha deparado contratos millonarios con distintos espacios de la administración estadounidense en una unidad entre gobierno y corporación pocas veces vista.

Por cierto, uno de los puntos más controvertidos apunta a la necesidad de fortalecer las fuerzas militares de Alemania y Japón. El Manifiesto refiere al error de la “Castración” de estos dos países tras la segunda guerra mundial, lo cual, entre otras cosas, habría traído como consecuencia que los dos grandes rivales de EE.UU. hoy, según Karp, Rusia y China, no tengan oponente para sus sueños imperialistas.  

Si pasamos de la política exterior a la seguridad interior, el Manifiesto tiene algo para decir, pero, naturalmente, la sombra de los asesinatos llevados adelante por ICE con la ayuda del Software de Palantir, supone, como mínimo, incluir allí un asterisco y, sobre todo, unas cuantas explicaciones. Sin embargo, de la idea de mejorar el control de la seguridad interior no se sigue el tecnofascismo. Por supuesto que, sabemos, la tensión entre seguridad y libertad está siempre presente, pero parece bastante hipócrita denunciar tecnofascismo mientras miramos por la cámara de seguridad que instalamos en casa y formamos parte de la guardia de vecinos que vigilan la cuadra. Nadie está justificando la barbarie policial o la violencia institucional, pero hasta el más progre hipergarantista en público, en privado quiere que le protejan la propiedad privadita.

Por último, menudo escándalo porque Karp osa decir, palabras más, palabras menos, que hay culturas que han hecho avances vitales y maravillosos, mientras que otras han sido regresivas y mediocres. Todos sabemos que eso no se puede decir públicamente porque el relativismo lo aprendemos en primer año de la universidad y, con buen tino, claro, nos interrogaría acerca de cuáles son los criterios para determinar una valoración superior de unas civilizaciones sobre otras. Pero, aquí, una vez más, en privado las cosas son distintas.   Así que saquémonos las caretas: habrá mucha gente molesta de manera convencida, pero hay muchos otros que están de acuerdo con Karp y no lo pueden decir. Por ello, seamos buenos con nosotros mismos; seamos incorrectos y corriendo el eje de la valoración y la comparación, para que ningún relativista zonzo la tenga tan fácil, digamos que parece posible acordar que hay aspectos de nuestra cultura que no están presentes en otras y que consideramos valiosos. ¿No es cierto? Y lo más interesante: no los consideramos valiosos simplemente porque son nuestros valores sino porque nos resultan buenos y valiosos en sí. Si no lo queremos llamar “superiores” no digamos nada. Digamos simplemente que son valores con los cuales estamos comprometidos y que cuando observamos que no están presentes en otras culturas, nos sirven como criterio para ejercer una crítica: la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, la libertad de culto, los derechos humanos, la democracia, los balances republicanos, etc., son todos elementos occidentales de los cuales podemos estar orgullosos y que seguramente servirán como faro para criticar a todas aquellas culturas donde por tu género, tu raza, tu objeto de deseo, tu cultura, tu lengua, tu religión, etc., podés ser tratado como un ciudadano de segunda; donde podés ir preso si criticás al poder; donde no se respetan los derechos que, pertenecerían a todos los humanos en tanto tales; donde no se vota y hay dictadores en lugar de instituciones republicanas. ¿No podemos defender estos valores? ¿Defenderlos nos hace etnocentristas y tecnofascistas? Yo diría que no defenderlos nos transformaría en imbéciles.   

Dicho esto, permítaseme algunos comentarios críticos. En primer lugar, como se indicó anteriormente, aun cuando el libro está bien escrito y bien fundamentado, es imposible no pensarlo como un elaborado producto de marketing, una pieza sofisticada de batalla cultural que también es, al mismo tiempo, un folleto de venta: el mundo que viene necesita el producto que solo yo puedo vender.   

En segundo lugar: aunque no es falso que las armas nucleares funcionaron de manera disuasiva y que el temor y la desconfianza mutua lograron un inestable equilibrio, pero equilibrio al fin, resulta reduccionista explicar los “80 años de paz” por ese solo factor. Es que tras el 45, pasaron algunas cosas más que el equilibrio atómico entre potencias: aunque hoy estuviera desacreditado, la conciencia mundial tras la atrocidad, la creación de un sistema de reglas internacional, probablemente hipócrita e injusto, pero sistema de reglas al fin, y todo un orden institucional novedoso fue parte esencial del proceso. Obviar ese aspecto, es funcional a la interpretación estrictamente belicista del equilibrio.

En tercer lugar, es cierto que no podemos pasar por alto que lo que dice Karp lo dice un americano pensando en aplicarlo a EE.UU., lo cual tiene una connotación completamente diferente porque se trata de un nacionalismo que, al menos en alguna de sus vertientes, es claramente imperialista, ¿pero está mal decir que la tecnología, la ciencia y la investigación debieran estar comprometidos con los intereses nacionales o, al menos, ser parte de un proyecto de país? Aquí estamos muy acostumbrados a investigadores universitarios que son muy de izquierda, pero luego levantan la bandera del individualismo más recalcitrante cuando le exigen al Estado que subsidie investigaciones que resultan irrelevantes para el conjunto de la sociedad. Nadie afirma que el sistema ideal sea aquel en el que el Estado decida qué se debe investigar y qué no, pero tiene sentido, especialmente para una mirada, llamemos, justicialista de la sociedad, que exista un mínimo vínculo entre aquello que se investiga y los intereses de la comunidad. No se puede ser peronista para pedir subsidios y liberal para elegir los contenidos de la investigación.

Por último, aun en esa jerga belicista que para un argentino resulta ajena, y por supuesto, exponiendo un realismo crudo y descarnado, Karp no está equivocado cuando afirma que Estados Unidos no es el único lanzado en la carrera de las “nuevas armas”, de modo que, si no la hacen ellos, la harán los otros. Se trata del mismo dilema que atravesó la previa a la creación de la bomba atómica y que tan bien explica la obra de teatro Copenhague girando alrededor de los dilemas éticos que se le plantean a Bohr y Heisenberg de uno y del otro lado de la trinchera. Ya sabemos cómo termina esa lógica, sabemos también que es una mierda y que si hubiera cooperación en lugar de desconfianza se podrían poner límites, pero plantearlo, especialmente si se lo analiza desde la perspectiva de una potencia y no desde un país periférico, tiene algún sentido.

El tiempo dirá si este Manifiesto modelará el mundo que viene. Lo que no puede hacerse es acudir a la construcción de villanos favoritos y encontrar fascismo en todo aquello que no nos gusta. De hecho, La República Tecnológica de Karp tiene, además de prejuicios, intereses y afirmaciones controversiales, aseveraciones sensatas que incluso podrían ser abrazadas por quienes defienden ideas nacionalistas, justicialistas e iliberales, de ellas que priorizan lo colectivo por sobre lo individual.

El mundo va muy rápido. En lugar de indignarse velozmente, lo que hay que acelerar son las reflexiones que nos permitan pensar modelos de país. Llegados a este punto, quizás estemos en condiciones de ofrecer alguna alternativa.       

Todos somos fascistas (para la generación que viene) [editorial del 18.4.26 en No estoy solo]

 

Seguramente habrá sido un proceso largo y paulatino pero un día nos dimos cuenta que ya a nadie le interesaba entender el mundo. Y no es que se siguieran a Marx para tratar de transformarlo; más bien, de lo que se trataba era simplemente de confirmarlo, suponiendo por tal, reafirmar la manera en que cada uno de nosotros interpreta ese mundo. Sobra la bibliografía con estudios acerca de los sesgos y el modo en que los prejuicios operan en nuestra interacción con la realidad y podría decirse que se trata de una verdad harto evidente. Sin embargo, actuamos como si no fuera así, como si a través nuestro se expresara la verdad, la neutralidad, la objetividad.

El escenario es más dramático cuando el algoritmo ya es lo suficiente preciso para darnos a cada uno el mundo que deseamos: todos ya leemos nuestro diario de Yrigoyen y nuestras conversaciones son ficciones, una apariencia de intercambio que es más persuasiva en la medida en que los monólogos no se superpongan, fenómeno cada vez menos frecuente, por cierto.

Milei se cae porque el pueblo ya no lo soporta; perdió Orbán y es el fin de la derecha; los iraníes están ganando la guerra; los kukas no vuelven más; la inflación es un fenómeno estrictamente monetario; vivimos una infectadura… No hay diferencia entre análisis y deseos. La verdad “se milita”; “donde hay un sueño, nace un derecho”; “hechos en lugar de interpretaciones”, dice el intérprete oficial que arriba por sus propios medios a las mismas conclusiones a las que siempre arriba el Gobierno que lo pauta. 

No importa si Milei tiene los mismos números de aprobación que cuando ganó la última elección; si el sucesor de Orbán pertenecía a su partido hasta hace un par de años y solo se diferencia de él en su discurso anticorrupción; si es evidente que aunque los planes de Trump no se hayan realizado en su totalidad, faltamos a la verdad si decimos que está “perdiendo la guerra” cuando su poder de destrucción ha quedado de manifiesto; si los kukas que no volvían más volvieron en 2019 y te ganaron en primera vuelta; si el gobierno reconoce que la inflación crece por otras razones, o si la palabra “infectadura”, lejos de describir las restricciones a la circulación durante la pandemia, solo sirve como un preciso identificador de imbéciles.

Nada de esto importa, pero sí arroja una curiosidad: estamos muy seguros de nuestras posiciones, pero todo el tiempo tenemos que estar consumiendo las noticias que confirmen que estábamos en lo cierto. La predisposición a ser convencidos por una mirada alternativa es cosa del pasado; todo argumento opuesto al nuestro es una agresión. Y, claro está, nos da ansiedad.

Lo paradójico es que somos los herederos de los filósofos de la sospecha, aceptamos toda teoría, cuanto más conspirativa mejor, porque nos hace, supuestamente, más sagaces y dudamos de todo menos de una sola cosa: nosotros mismos. Todo debe ser puesto en tela de juicio; hasta lo más claro esconde algo por detrás que hay que develar; pero nosotros no; nosotros somos transparentes, cristalinos, espejos de lo real. Todo el mundo puede ser manipulado menos nosotros, especialmente cuando se trata de la identidad. Allí nadie se equivoca: el Hombre del siglo XXI vive en la Matrix para todo menos al momento de saber quién es, que es lo único que importa o que, sin duda, importa más que lo que hace. Podríamos decirlo así, incluso: lo que hace ya está determinado por lo que es. Por ello para saber si es bueno o es malo no importan las acciones, sino si es hombre o mujer, blanco o negro, heterosexual u homosexual, de izquierda o de derecha, etc.

Además, somos muy especiales a punto tal que consideramos vivir en tiempos igualmente especiales, para bien o para mal. Por ejemplo, creemos que todo empezó con Internet y las redes sociales: antes no había odio, ni polarización, ni violencia; antes la gente no era boluda, votaba bien y nunca decía estupideces. Incluso antes de la posverdad, no existía la mentira y previo a la aparición de la IA, los desempeños escolares eran ejemplares.

Sin embargo, y a pesar de que, por pertenecer a las generaciones actuales, disponemos de la mayor cantidad de información, con archivos que no encontraríamos ni en la Biblioteca de Babel, somos la generación con menor perspectiva histórica. No importa si somos de izquierda, centro o derecha, este presente absoluto sin historia explica la creencia de que los males del mundo empezaron con Internet, como así también que aquello que se considera “pasado” debe ser evaluado con la moral del presente. ¿Resulta contradictorio decir que se vive en un presente absoluto y al mismo tiempo mencionar al pasado? No, justamente porque el pasado solo está allí como una extensión del presente y esa es la razón por la cual se cree que puede ser evaluado por nuestra cosmovisión actual. El pasado es algo que pasó antes pero que es presente. Será gracioso cuando las generaciones por venir piensen lo mismo y nos evalúen a nosotros con la moral de ellos. Allí podremos comprobar esto de que todos somos fascistas para la generación que viene.

Como ya no hay pasado, un evento repetido puede ser visto como novedoso. De aquí que, además, estemos diariamente decretando vivir en un tiempo original donde a cada momento pasan cosas increíbles. Lo lamentamos por nuestros abuelos, pero a cada instante somos testigos de hechos que consideramos históricos. Es tanta la excepcionalidad que hemos perdido la noción de normalidad: los cisnes son todos negros o de colores, pero si aparece uno blanco habrá que sospechar. Borges decía que era absurda la existencia de los diarios porque eso suponía que había hechos dignos de ser mencionados cada 24 horas, demanda excesiva para una realidad que tiene que ocuparse de muchas cosas. Por ello indicaba que los periódicos debían ser “imperiódicos” y aparecer cuando haya algo importante para comunicar: una guerra, un descubrimiento, la publicación de un gran libro. Para nosotros, en cambio, los diarios ya nacen viejos y nuestros “periódicos” son plataformas que se actualizan constantemente. En general no dicen nada ni aportan novedad alguna. Pero compiten por llegar primero, aunque más no sea, llegar primero a noticias que no son tales, a eventos que, de tan triviales, les haríamos un favor si los omitiéramos.   

A propósito, esta semana se publicó una encuesta de Giaccobe y Asociados donde se consultaba cuál era el gobierno más corrupto desde el regreso de la democracia: ganó el de Cristina con el 44,4%, seguido por el de Milei con 31,3%. Allá a los lejos quedó el impoluto gobierno de Menem con 8,4%. Giaccobe tuvo que salir a explicar que, en realidad, la gente no vota la consigna, solo elige su principal enemigo del presente: los antiperonistas eligen a CFK como la más corrupta y los kirchneristas hacen lo propio con Milei. Una prueba más de que el pasado no existe sino como extensión del presente y un aporte decisivo a preguntarnos para qué carajo se hace una encuesta tan zonza. Con todo, digamos, hay cierta coherencia: Giaccobe y Asociados es la misma consultora que desde 1995 hace, para Perfil, la encuesta de los 100 personajes más influyentes del año que, en el 2025, como siempre, arrojó resultados elocuentes, a saber: Jonatan Viale es más influyente que Teresa de Calcuta y Xi Jinping; Jesús es menos influyente que Corina Machado y Adorni le saca 37 puestos de diferencia a quien debe ser un influencer o un participante de Gran Hermano cuyo nombre es Jorge Luis Borges.