viernes, 13 de marzo de 2026

¿Para qué renovar el peronismo? (editorial del 14.3.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás comenzábamos una nota tomando una cita del filósofo reaccionario Joseph de Maistre aceptando su error de diagnóstico acerca de la revolución francesa: no se trataba de un acontecimiento sino de una era. Lo hacíamos para trazar un paralelo con Milei y afirmar que su irrupción no era un exabrupto pasajero sino más bien el desenlace que coronaba una época. No es este el espacio donde indagar sobre este punto, pero frente a los que, por ejemplo, tras la sanción de la reforma laboral, indicaban que Milei estaba rompiendo el último dique de la Argentina peronista, desde aquí consideramos que ese dique ya se había roto mucho antes. Milei no sería, entonces, la causa de una transformación sino el efecto de lo ya acaecido.    

Si nuestra hipótesis es correcta y Milei es una era antes que un acontecimiento circunstancial, surge la siempre revisitada pregunta alrededor de qué debe hacer el peronismo. La pregunta tiene varias aristas, pero siempre se interpreta esa pregunta desde una perspectiva electoral. Así el interrogante acerca de qué debe hacer el peronismo se transforma en qué debe hacer el peronismo para ganar, aspecto más que relevante si se toma en cuenta que el espacio perdió siete de las últimas nueve elecciones. Ahí empezamos con el “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede…” y todos los juegos de palabras de aquellos que creen que la política se reduce a comunicación y, sobre todo, a aquellos que entienden que ganar es sumar dirigentes presuntamente propietarios de votos. Es la política de la lista de verdulero como suma directa: “yo tengo 20, vos tenés 10, vos 5, vos 3…. Y así sumamos hasta llegar a 40. Y listo. Se gana la elección. Así sucedió con Alberto Fernández, pero habría que decir que pareció más la excepción que la regla y es una dinámica que, lamentablemente, acaba siendo funcional a la extorsión de las minorías o los proyectos unipersonales como los de Grabois, etc.: como la diferencia entre ganar y perder a veces no llega a cinco puntos, los que tienen esos cinco puntos los venden a precio oro. Algo parecido ocurrió esta semana con la visita de Pichetto a Cristina o las fantasías de un gran frente “Anti Milei” con una flexibilidad inversamente proporcional a su coherencia.

A propósito, un par de semanas atrás, Carlos Pagni citaba interesadamente una nota que se había publicado en la revista Panamá en diciembre pasado firmada por Juan José Amondarain y Luciano Chiconi titulada “¿Es posible una renovación del peronismo?”

Digo “interesadamente” porque la nota indica que la única posibilidad de renovación del peronismo sería aceptar “un consenso social en favor de un orden ortodoxo para la macroeconomía argentina”, es decir, el peronismo que mejor le sienta a los que no son peronistas.

Según los autores, “No hay verdadero espíritu renovador mientras la dirigencia peronista no salga a afirmar públicamente que está en contra de: la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

 

Además, agregan que para ganar la elección el peronismo debería “enterrar la reivindicación del proceso 2005-23 que la sociedad rechaza”, que la prioridad del peronismo debe ser la producción y la creación de empleo privado por sobre el “redistribucionismo” y que, entre otras cosas, el peronismo debe reasumir su rol reformista, de partido formador de orden económico y de disciplinamiento social capaz de ajustar cuando sea necesario, como así también de establecer alianzas con los sectores más modernos de la economía.

 

Por último, para los autores, adherir a este presunto nuevo consenso social del orden ortodoxo en la macroeconomía no sería una, digamos, decisión ideológica, sino algo más complicado aún, esto es, una condición pre-política “de su renovación para volver a ser un factor de poder, para volver a la sociedad y volver a gobernar”.

 

Desde mi punto de vista, el texto da en el eje en un aspecto que aquí venimos mencionando hasta el hartazgo desde hace años: fue la última gestión de Alberto Fernández y Cristina Kirchner la que operó la segunda fase de la desorganización de la vida que había diagnosticado la propia CFK durante la administración Macri: con una inflación de más del 200% no hay orden posible, ni proyecto ni nada. La subestimación del efecto inflacionario sobre la subjetividad y, para decirlo más fácil, sobre el día a día, es algo que el kirchnerismo/peronismo/progresismo continúa sin comprender. Y lo dijimos también acá: la campaña de Massa llamaba al voto racional pero, ¿qué era más racional? ¿Votar al ministro del 200% o al “loco” que decía que la iba a llevar a 0 con una motosierra? Las urnas hablaron.

Agreguemos a esto los elementos de la “batalla cultural”, aquella que creó fracturas sociales donde no las había; el confundir la cultura popular con el lumpenaje; un antipunitivismo zonzo, sectario y lejos del padecer cotidiano del pueblo; el reemplazo de los trabajadores como columna vertebral por “nuevas identidades” de laboratorio palermitano, etc., etc., y la pregunta que sobreviene es cómo ese espacio pudo haber seguido siendo competitivo. 

Dicho esto, y aun cuando, como también venimos diciendo aquí desde hace años utilizando la figura del joker como emblema del “individuo roto” acelerado por el efecto de la pandemia, no parece tan claro que la “era mileista” se caracterice por ese presunto consenso social de orden ortodoxo macroeconómico. Y lo digo desde el lugar de quien considera que algunas de las medidas de ese presunto nuevo orden eran y son necesarias incluso con los efectos colaterales visibles. Porque para decirlo sin ambigüedades: no se puede vivir con inflación. Son contados con los dedos de una mano los países que viven con inflación. En este sentido, medidas de índole, llamemos, “fiscalista”, son necesarias sin que eso suponga necesariamente irse a la cama abrazado a los libros de los Chicago Boys. Incluso los últimos años de CFK con una inflación al 25%, aun cuando las paritarias acompañasen, no se puede permitir. Dicho esto, que la condición de posibilidad de la renovación del peronismo sea abjurar del proceso 2005-2023 (curioso recorte, por no decir insólitamente duhaldista), es desconocer las virtudes, incluso en términos ortodoxos, de la gestión Kirchner y, con sus bemoles, de lo que se suele llamar “la década ganada” aun cuando a esa década quizás le sobre algún añito.

Menos se puede compartir esta idea de que este nuevo orden social en favor de un modelo ortodoxo macroeconómico es una condición prepolítica que los autores hacen equivalente al consenso democrático que el peronismo tuvo que “admitir” después de la derrota del 83.

Aunque en los últimos años se han revitalizado discusiones que parecían saldadas, el consenso democrático es afortunadamente profundo a tal punto que incluye a tipos como Milei. El presunto consenso ortodoxo en lo económico no, incluso cuando, como dijimos, el mileismo sea una era y el peronismo le siga hablando a una ciudadanía cuya configuración no entiende ni representa.

Fragmentación, destrucción del tejido social, reconfiguración del capitalismo y de la esfera del trabajo bajo gobiernos que en los últimos 10 años no gestionaron bien, entre otras cosas, han generado individuos rotos incapaces de ser representados o, lo que es peor, cuya representación más cabal es una más que justificada ira. No hay ningún consenso ahí y aunque hay que admitir que los autores bien se encargan en señalar que el consenso al que refieren no sería “ideológico” en el sentido de suponer que la mayoría de la Argentina se hizo libertaria, parecería más bien que estamos frente a un fenómeno distinto que quizás, justamente, se caracterice por la fragmentación de necesidades e identidades antes que por los consensos.

Como interrogante final, me preguntaría, a su vez, qué quedaría del peronismo si, repito la cita, su versión renovada se manifiesta en contra de “la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

Y lo planteo, insisto, aun sintiéndome parte de los que cree algo de este “consenso” es necesario. Sin embargo, seamos buenos con nosotros mismos: podemos estar en contra de la inflación, pero las tarifas subsidiadas (de manera racional y no como se hizo), las retenciones (al fin de cuentas, sostenidas por gobierno no peronistas también), una escala progresiva de impuestos que eventualmente los aumente para algunos sectores, etc., no son una mala palabra y, ponerlos en la misma lista que el cepo, el déficit fiscal, la emisión monetaria y la inflación misma sin más, le hace un flaco favor a la complejidad. 

Para cerrar, en todo caso, si el peronismo asumiera como tal esta agenda, incluso cabría preguntarse el para qué. Y no se trata de un planteo ingenuo ni idealista. Aquí entendemos muy bien que en política hay que ganar y que los puros están para ser fumados. Quizás allí sí esté el verdadero consenso: hay que ganar pero si ganás sin saber para qué, sin molestar, burocratizado, sobreideologizado, gobernando para que nadie se enoje y absorbiendo la agenda de tu adversario como inevitable, lo más probable es que gobiernes mal y la ciudadanía te castigue.

¿Pero de qué consenso hablamos si el peor gobierno peronista estuvo a 3 puntos de ganar en primera vuelta en 2023?

Milei es una era y el peronismo debe renovarse. Pero renovarse solo para ganar, no sirve.   

El regreso de Byung-Chul Han: Dios no murió. El que está muerto eres tú (publicado el 10.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.

 

 

 

Maquiavelo vive, señor presidente (editorial del 7.3.26 en No estoy solo)

 

La última apertura de sesiones trascendió por las respuestas agresivas que les dispensó el presidente a los opositores. Para ser justos, presumimos que Milei respondió con su violencia característica a un clima también agresivo. Todos esperamos cierta templanza en un presidente, pero también la esperamos de los legisladores. Si el presidente aprovechó su micrófono para fustigar sin que se oyeran las respuestas, también hay que decir que no pocos legisladores utilizaron la escena para hacer sus performances como buenos militantes de redes.

Dicho esto, como suele ocurrir en la Argentina, el énfasis estuvo puesto en las (malas) formas y no en el contenido del discurso que fue en la misma línea de su intervención en enero último en Davos, al menos en el espíritu ya que el registro y las audiencias son distintas.

Asimismo, si nos enfocamos en la estructura del discurso como un profesor que evalúa los primeros pasos de un alumno, habría que decir que ambos, el de Davos, y el de apertura de las sesiones, adolecieron del mismo defecto. La idea principal es enunciada al inicio y luego se pierde en disquisiciones y en un desfile algo infantil de citas sueltas de muchos autores, como suelen hacer los universitarios que recién comienzan y pretenden simular lecturas que no tienen.

El de Davos fue un gran comienzo, muy estimulante, aunque como necrológica, algo extemporánea: “Maquiavelo ha muerto”. Asimismo, en el del 1 de marzo, en los primeros minutos de su alocución, el presidente hace una afirmación potente y decreta “la moral como política de Estado”. Dado que, repito, ambos discursos estuvieron mal estructurados y lamentablemente no se retomaron al final estas ideas, nos aventuramos a deducir su significado y a arriesgar que hay una continuidad entre ellos.

Suponemos que cuando el presidente afirma que Maquiavelo ha muerto quiere decir que ha llegado el momento de volver a asociar la moral con la política. Como ustedes saben, cualquier versión de manual, indicaría que el gran aporte de Maquiavelo, aquel que, para algunos, significó el nacimiento de la Ciencia Política como disciplina, fue romper con 2000 años de Filosofía que, desde Platón, entendían que el buen gobernante era aquel que se manejaba con virtud y, conociendo el Bien, gobernaba con Justicia. Así, la figura del Filósofo Rey en Platón, acompañada de su idea organicista y conservadora de la sociedad donde cada uno debe cumplir el rol asignado por naturaleza, era en aquel momento una directa afrenta contra la dinámica popular y asamblearia de la democracia directa ateniense en la cual los cualquiera, seleccionados por sorteo, gobernaban por sobre los más preparados.

Maquiavelo rompe con todo esto: el príncipe no debe gobernar para el Bien, sino que lo que debe es mantener el estado de cosas, es decir, su poder. Mejor si lo hace siendo virtuoso y con buenas leyes. Pero como esto no siempre es posible, lo que se debe privilegiar son sus intereses en pos de alcanzar sus fines. De hecho, Maquiavelo redefine la Virtú para indicar que lo que hace al príncipe efectivamente virtuoso no es actuar siempre guiado por las virtudes clásicas, sino adquirir una flexibilidad moral para poder adaptar su accionar a sus objetivos. De allí se siguen algunos pasajes clásicos pero que en general van en la misma línea: si no se puede actuar como Hombre hay que actuar como Bestia; si es necesario ser cruel al principio, hay que serlo; sería bueno ser temido y amado, pero, si hay que elegir, es preferible, sobre todo, ser temido, etc.

Maquiavelo es más complejo, pero digamos que, en cualquier manual introductorio, la primera imagen con la que se lo asocia es esta que dio lugar al adjetivo “maquiavélico”. Dado que Milei es bastante afecto a las lecturas binarias muy poco sutiles, es probable que, entonces, trace un paralelo entre Maquiavelo y la política como terreno de la inmoralidad, de lo cual se sigue que el “Maquiavelo ha muerto” equivaldría a algo así como el fin de la política (quizás habría que decir “de los políticos” o “del Estado intervencionista”) y el “regreso” a una administración tecnocrática basada en la moral sin que nadie sepa bien de qué se trata eso.

Para apoyar esta interpretación está el resto del discurso de Davos donde en una exposición entre chatgepetista, rincondelvaguista y cebeceísta que parecía dirigida a una tribuna retrógrada que discute autores que ya nadie discute, Milei dice haber demostrado que el dilema entre eficiencia y justicia es falso ya que el mercado no solo es más eficiente en términos de productividad sino también es más justo, y que vivir en una dinámica de mercado libre nos hace mejores personas.

De aquí que entendamos que hay una continuidad con el discurso de la apertura de sesiones porque allí se habla de “La moral como política de Estado”, lo cual, en efecto argumentativo de pendiente resbaladiza/pseudo silogismo podría verse más o menos así: como nosotros seguimos a rajatabla las políticas de libremercado y estas políticas han demostrado ser más eficientes y justas, por lo tanto, las políticas públicas y los resultados de las mismas serán siempre moralmente buenas, a diferencia de lo que ocurría cuando esas políticas públicas las llevaban adelante “los políticos” en los tiempos en los que Maquiavelo estaba vivo, esto es, hasta Enero de 2026, caso similar al de William Shakespeare que, tras vivir más de 450 años murió por el Covid19, como todos recordarán.

Habiendo tantos intersticios por donde ingresar, la tentación es extendernos más de la cuenta. Pero no sucumbiremos a ello y haremos foco en dos aspectos. El primero, a nivel nacional: tal como se vio en el cruce con los opositores, las agresiones de Milei (probablemente también la de los opositores que no se escucharon), apuntaban a un orden moral, no político. En resumidas cuentas, la crítica era “ustedes son ladrones”. Otro grupo de críticas, bastante arrogante, por cierto, tenía que ver con la continua desacreditación de los (no) saberes de sus adversarios. Sobre eso simplemente decir que aun cuando pueda ser cierto que el nivel intelectual de parte de la oposición deja mucho que desear, ni quienes secundan a Milei ni el propio presidente parecen ser luminarias, por cierto. En el mejor de los casos, Milei ha demostrado ser un mediocre profesor universitario sin antecedentes en investigación y con un nivel de comprensión de las lecturas bastante limitado. Pero volviendo a la cuestión que nos concierne, a CFK no le dice “ignorante”: le dice “chorra”.

Asimismo, el problema de la moralización de la política ha sido trabajado por muchos autores, siendo quizás el más relevante Carl Schmitt. Para decirlo en pocas líneas, cuando la disputa se formula en términos morales y uno de los contendientes afirma actuar en nombre del Bien o de la Humanidad, el enemigo deja de ser un adversario político legítimo y pasa a ser concebido como inhumano o criminal. Esa es, en buena medida, la crítica de Schmitt al universalismo liberal: al presentarse como encarnación de valores universales, solo representa valores históricos particulares y transforma el conflicto político en una cruzada moral. Milei se la pasa hablando de las ideas de la libertad pero para correr a su adversario de la cancha lo llama “chorro”. No discute las ideas en tanto tal. Dice que quien defiende las ideas contrarias a las de él es un inmoral. Ni siquiera le permite la posibilidad de estar equivocado. Simplemente lo saca de la discusión pública.

Asimismo, entendemos que él, al fin de cuentas, un cruzado moralista que cree representar un plan trascendente (y no lo afirmo peyorativamente… Solo describo), jamás podría aceptarlo, pero su accionar y el de su gobierno han demostrado ser mucho más maquiavélico del que se suponía, al menos en el sentido de la vulgata que expusimos anteriormente. Podrá decírsele de todo a Milei pero aun tensando las normas de la república, aunque siempre dentro de ella, gobernó y fue capaz de avanzar con una innumerable cantidad de leyes sin tener nunca mayoría absoluta en las cámaras. Cometió un sinfín de errores infantiles, especialmente en 2025, pero en líneas generales logró trasformaciones que gobiernos anteriores no pudieron alcanzar incluso con mucho más apoyo político. Por cierto, no los logró como el Filósofo Rey sino con las armas de la política, las buenas y las malas.       

Por último, para hablar del plano internacional, ya en el discurso de Davos era evidente que el viejo modelo de las relaciones internacionales surgido tras la segunda guerra mundial ha volado por el aire, tal como reconoció el propio primer ministro canadiense. Hay muchos autores que han teorizado esto, pero el actual escenario mundial parece explicarse mucho más en términos maquiavélicos, al menos en el sentido de actores cuyas decisiones no están guiadas por la moralidad sino por el sostenimiento en el poder y/o el intento de reconfigurar un orden mundial en el que, pareciera, las grandes potencias van a tener vía libre para imponer, por la fuerza, sus intereses geopolíticos. Probablemente también lo tenían con el mundo gobernado por el “sistema de reglas” pero digamos que llevábamos mucho tiempo sin ver semejantes acciones sin guardar las formas, ni siquiera con un intento falso de justificación como en su momento fue el invento de las armas de destrucción masivas, etc.  Ahora se actúa y el fundamento es la razón de Estado cuyo límite puede ser la moral personal de quien toma la decisión. Este es un tiempo inestable e incierto, pero, sin dudas, menos hipócrita que el inmediatamente anterior.

En síntesis, en el plano de las relaciones internacionales, la versión de manual de Maquiavelo está más viva que nunca, de modo que no puedo imaginar más que caras de extrañamiento entre los asistentes a Davos al escuchar que Maquiavelo había muerto. La figura de la muerte del intelectual italiano no podía ser más extemporánea en ese sentido. Y en el plano interno, la presunta muerte del autor de El príncipe no solo contradice los modos en que astutamente la administración Milei ha logrado salir a flote, sino que sería una mala noticia para la democracia porque los conflictos se deben dirimir políticamente.

Trazar una distinción moral entre nosotros y ellos, no hace mejor a los primeros. Más bien, solo pretende la eliminación de los segundos. 

 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

¿Y si Messi fuese trumpista? (editorial de No estoy solo del 8.3.26)

 

La enésima comparación entre Maradona y Messi esta vez apareció por razones políticas: Messi secundó, estrechó la mano y sonrió frente a Trump como capitán del equipo campeón en una velada que el presidente estadounidense utilizó políticamente en medio de esta guerra incipiente con final abierto.

Que la comparación se enfoque en razones políticas demuestra que la disputa futbolística parece estar saldada: aun cuando técnicamente sean monstruos los dos, las estadísticas, la permanencia y los campeonatos parecen inclinar la balanza hacia el actual jugador del Inter de Miami. Se dirá que era otro fútbol, que Maradona siempre jugó en equipos que ni por asomo se pueden comparar al Barcelona y al PSG de Messi, y eso es cierto y vale como atenuante. En todo caso, es lo que menos importa, pero lo menciono porque aun si fuese cierto que futbolísticamente hablando Messi parece haber destronado al DIOS de todas las generaciones que soplaron más de 40 velitas, lo que le da a Maradona un aura distinta excede lo futbolístico. A propósito, perdón por la autorreferencia, quisiera reproducir un pasaje de un texto del año 2018 titulado, justamente, Por qué Messi no puede ser Maradona: 

“Habría que decir que más que un dios, Maradona es un héroe trágico, aquel ser con cualidades sobrenaturales que lucha contra un destino inexorable que le depara gran sufrimiento. El héroe trágico es una figura del límite, que desafía a la ley y al poder constituido y que se ve sometido a todo tipo de pruebas que va superando hasta configurarse en un gran hombre. Pero también debe padecer, debe ser el chivo expiatorio de una audiencia que representa a una polis que necesita catarsis. Y es que nos purgamos y nos liberamos a través del sufrimiento de Maradona. En este sentido, se equivocan quienes creen que Maradona es héroe por lo hecho en el 86 o por la victoria del sur contra el poderoso norte italiano. Se hace héroe cuando comete su error trágico, aquel que lo hace caer en desgracia. En otras palabras, se hace héroe porque es campeón, pero también porque pierde la final en el 90 con el tobillo destrozado y porque su doping dio positivo en Italia y en Estados Unidos; se hace héroe porque sus excesos lo llevaron a padecer problemas físicos que lo tuvieron al borde la muerte, y se hace héroe porque siempre fue popular y desafió, a veces mejor y a veces peor, con mayor o menor lucidez, al poder (…).  

(…) Messi no es un héroe trágico sino más bien una figura de la corrección lo cual, por favor, no debe entenderse necesariamente como una valoración negativa. Y es que Messi no opina de política, es un buen padre y esposo, se casó con la noviecita del barrio, es tímido, participa de jornadas solidarias oenegistas, se cuida en las comidas y su historia de superación personal y física se hizo gracias a los mejores especialistas europeos. Asimismo, los problemas que Messi tiene con la ley no generan identificación ni catarsis porque las mayorías, naturalmente, no pueden identificarse con una presunta evasión impositiva millonaria ni el descubrimiento de este tipo de infracciones supone para el infractor tragedia alguna. (…) Y si, como decía Jorge Luis Borges, el argentino es individuo antes que ciudadano, es profundamente anti estatalista y entiende a la ley como una limitación a esa libertad individual, tenemos buenas razones para comprender por qué Maradona resulta representativo de la idiosincrasia argentina, mucho más que Messi (…)

Para concluir, digamos que Messi no puede ser Maradona porque le falta la dimensión trágica mucho más que el gol que le permita a Argentina salir campeón mundial. Esa es la gran paradoja. Lo que no le perdonamos a Messi, lo que le exigimos, entonces, no es tanto el éxito con la selección argentina sino su sufrimiento, su caída, su fracaso. Lo que no le perdonamos a Messi es la ausencia de padecimiento. Esa es la razón por la que Messi no puede ser Maradona”.

Insisto en que aquel artículo fue escrito en 2018 y valió la pena reproducirlo en extenso, además, porque allí se indicaba que a Messi no le faltaba el gol decisivo para ser Maradona. De hecho, cuatro años después lo conseguiría y, sin embargo, al menos un sector de la sociedad, la que generacionalmente se encuentra vinculada emocionalmente a DIOS, sigue encontrando allí una diferencia que, evidentemente, no es “futbolística”.

Esta semana fueron muchos los que dijeron “Falta Maradona” o imaginaron lo que hubiera hecho Maradona en esa situación. Naturalmente es un contrafáctico, pero Maradona era impredecible y presentarlo como una figura del Bien que siempre estuvo del lado correcto es faltar a la verdad y no comprender ese carácter trágico que nos permitió identificarnos con él. Maradona fue Fidel pero también fue Menem; fue la villa y Doña Tota con las nenas pero también las excentricidades, la impunidad y los caprichos de nuevo rico, etc. La lista de contradicciones puede continuar hasta el infinito. Pero, y si fuera incoherente, ¿cuál sería el problema? Para puristas están los neomoralistas Woke.  

Los eventos de las polémicas cambian, pero las posturas alrededor de los mismos no. Bastó la foto de Messi para volver a escuchar la cantinela de “la figura pública debe comprometerse”, ese costado sacrificial que los dirigentes del kirchnerismo le exigían a todo el mundo, salvo a ellos mismos. Y algún sector residual de esa militancia salió como policía del compromiso, o policía de la moral, lo que es lo mismo, a decir lo que Messi tenía que hacer. Los más condescendientes lo subestimaron afirmando que Messi es un muchacho con limitaciones al que no se le puede pedir más que jugar al fútbol; otros también lo perdonaron pero por el contexto, esto es, una cita con el presidente de Estados Unidos a la que no sería buena idea negarse. Para otros, directamente, fue casi una complicidad… una demostración de su condición de presunto desclasado… (llegué a escuchar que estaba manchándose las manos con sangre en la voz de un editorialista que siempre pone voz seria, como si estuviese diciendo algo interesante).

Quizás alguna vez le pregunten y él indique si alguna de estas opciones representa la verdad, pero, ¿y si Messi, con sus limitaciones, claro, porque no es un analista político, estuviese de acuerdo con Trump como lo está buena parte de los estadounidenses? ¿Exigimos que los ídolos tomen partido o exigimos que los ídolos tomen partido por la ideología que nos gusta a nosotros? ¿Se pide compromiso o adhesión? Cuando Francella osa opinar algo de política lo destrozan; cuando Oscar Martínez o la dupla Cohn y Duprat estrenan una nueva película casi que son juzgados como traidores a la patria.  

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que no todos viven ni piensan como nosotros? La politización de todo detrás de ese mantra vacuo de “todo es político” es una mierda y muchos de los que lo repiten, además de hacerlo hipócritamente, ni siquiera saben bien qué quiere decir. Hay cosas politizables y otras no. Trazar esa distinción incluso podría jerarquizar aquello politizable para que no todo sea lo mismo, para que no toda discusión sea una disputa existencial.

Por cierto, ¿por qué exigimos tanto si todo nuestro aporte a las causas nobles es indignarnos mandando un mensaje por Facebook o discutiendo en un grupo de Whatsapp? ¿Qué hacemos nosotros por la Justicia Social en el mundo? Se dirá que desde su lugar Messi puede influir de un modo que casi nadie podría hacer. Por supuesto. Pero, ¿eso supone que él tiene la obligación de hacerlo y sobre todo la obligación de hacerlo como nosotros queramos? ¿A quién se le ocurre que para que Messi sea un ídolo popular tiene que estar en el Garraham y troskearse jugando un partido en FATE?

Por cierto, no quisiera que se interprete esto como otra de las líneas argumentativas que he leído por ahí: no hay que criticar al ídolo popular que es Messi porque eso nos aleja de la gente y vamos a tener Milei hasta el 2100.

Frente a ello diría: no somos tan importantes. Nuestros comentarios en redes apenas si llegan a un puñado de personas y se olvidarán mañana. No sos un estratega. Sos, y somos, unos boludos que jugamos a la estrategia como si nuestra palabra pesara. Pero no. Criticá tranquilo que hasta puede ayudarte a pensar y salir del maniqueísmo zonzo. En este caso en particular, no creo que haya razones para criticar a Messi, pero si considerás que sí las hay, adelante. No le estás haciendo el juego a la derecha y si la derecha gana no es por tus comentarios sino porque la progresía devino una secta que gobierna mal cuando le toca, que moraliza la vida y que no puede plantear un horizonte de expectativas. Así que si tenés algo inteligente para decir, no te lo ahorres.   

Y de paso, si sos progresista, hacete preguntas incómodas, de esas que no son fáciles de responder en vez de levantar tanto el dedo. Yo te ayudo: ¿es estar a favor de Maduro condenar su “Extracción”? No. Pero sería bueno también plantearse que por ser progre no tenés que bancar a Maduro y que incluso si sos chavista podrías decir “che, lo que está pasando en Venezuela está mal”, aun cuando los que están en frente quizás sean peores. Lo mismo podría decirse de lo que sucedió en Bolivia con Evo Morales e incluso aquí con Cristina: ¿podemos criticar a los líderes que por no saber delegar o por múltiples errores allanaron el camino a gobiernos de derecha? ¿Decirlo es hacerle el juego al “fascismo”? ¿Por oponernos a Trump vamos a defender el régimen de Irán? Puede ser, pero lo curioso es que todos los que defienden el gobierno de Irán no vivirían allá ni dos días. Y no me vengan con “defendemos al pueblo de Irán”. ¿Qué carajo sabemos nosotros lo que quiere el pueblo de Irán si la información está completamente sesgada y si ni siquiera somos capaces de comprender qué quiere el pueblo argentino? Lo mismo sucede con la hipocresía alrededor de Cuba. Todos tenemos el afiche del Che pero nadie viviría en la isla con los sueldos de la isla. Y no se trata de la chicana de “si sos comunista, andá a vivir a…”. Se trata de ser dignos y reconocernos en nuestras contradicciones y miserias. Esas que queremos ocultar cada vez que nos miramos en el espejo; esas que nos apuramos en señalar cada vez que se trata del otro.    

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Therians: el progresismo como farsa (publicado el 17.2.26 en www.disidentia.com)

 

En distintas partes de Sudamérica, en los últimos días, asistimos entre risueños e indignados a la moda de los Therians, personas que se identifican como animales. Como, evidentemente, el fenómeno atrae la atención de las audiencias, no hubo canal o portal que no cubriera la noticia, en la mayoría de los casos invitando a alguno de ellos para exponerlos entre la sorna y la incredulidad. Asimismo, como los fenómenos estúpidos suelen agotarse pronto, no faltaron ya noticias de Therians que presuntamente habrían mordido humanos, Therians atacados por perros o Therians que se han presentado a veterinarias por moquillo. Algunos llaman generosamente “tribu urbana” a lo que parece ser una travesura adolescente de esas que siempre hubo y de esas de las que todos hemos participado alguna vez, aunque quizás no sea ni eso y se evapore pronto como todo en un mundo cada vez más digital.

Con todo, el caso de los Therians me pareció interesante porque indirectamente pone sobre la mesa una discusión central en estos últimos años de batalla cultural: los límites de la autopercepción como criterio para determinar la identidad. Para decirlo más fácil, desde hace más de una década, la irrupción de la nueva ola feminista queer trajo consigo una vorágine de nuevas legislaciones alrededor de la identidad haciendo énfasis en la autopercepción como elemento incontrovertible. El argumento era que el Estado ejercía distintas formas de violencia cuando pretendía legislar desde una perspectiva presuntamente objetiva y determinar desde afuera lo que una persona es, independientemente de lo que esa persona considera ser. Denunciando que esa “objetividad” de las instituciones y sus representantes no era tal, lo único que quedó como criterio disponible fue la más estricta subjetividad. Dependiendo de los países la situación llegó a tales extremos que, con complicidad de los progenitores, se ha tomado como válido e incontrovertible lo que chicos o adolescentes dicen ser impidiendo cualquier tipo de intervención de especialistas. Claro que, si fueran Therians y se pusieran una máscara y una cola artificial para saltar por la calle no habría problema; el inconveniente es cuando esa decisión es tomada en un momento de la vida en la que la identidad se está construyendo y cuando las consecuencias de un mal diagnóstico o una “autopercepción equivocada” son irreversibles gracias a la conducta predatoria de clínicas con interés económico que promueven cirugías u hormonizaciones, y a, en muchos casos, padres sobreideologizados que proyectan en sus chicos sus ansias de ser “distintos”.   

Ningún Therian lo ha planteado en estos términos, pero lo que está de fondo es: ¿si un varón puede afirmar ser una mujer y viceversa, por qué un humano no podría afirmar ser un animal? O lo que es más curioso: ¿por qué los Therians nos parecen ridículos pero, si osamos poner en tela de juicio el criterio de la autopercepción en materia de género, corremos el riesgo de la cancelación permanente y de pasar a pertenecer automáticamente al bando de los fachos del mundo?

En este mismo espacio, unos cuantos años atrás, nos habíamos hecho eco del documental de Netflix, The Rachel Divide, en el que una activista por los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, visiblemente blanca, planteaba por qué se puede transicionar el género pero no la raza o la etnia. En su caso, se había descubierto que, para pertenecer a su grupo de activistas, Rachel Dolezal se había inventado un pasado con ancestros negros y una historia de persecución. La mentira salió a la luz y Rachel fue expulsada de su espacio. Sin embargo, aunque aceptó haber mentido, juró sentirse transracial e intentó probarlo con los años y años de compromiso con la causa. El paralelismo entre lo transgénero y lo transracial no fue el delirio de una noche afiebrada ni una excusa para salir del paso ante el escarnio público. Se trata de una consecuencia bastante obvia pues, al fin de cuentas, si el sexo/género es político y la biología no juega ningún rol, lo mismo podría decirse de la raza/etnia. De hecho, casi al mismo tiempo, en 2017, la investigadora Rebecca Tuvel del Rhodes College de Tennessee, enviaba a Hypatia, una de las revistas más importantes en temática feminista, un artículo titulado “In defense of transracialism”, generando un escándalo que llevó a un pedido de disculpas públicas de la revista, renuncias de algunos de sus editores, una sumatoria de firmas exigiendo el retiro del artículo, etc.  

Más allá de los enojos, lo cierto es que lo planteado por Tuvel con solidez argumental es una de las consecuencias naturales de una sobreideologizada y falsada idea adoptada por el progresismo conocida como la “tabula rasa”. Dicho sin matices, se trata de la presuposición de que los seres humanos venimos “vacíos” al mundo y que es la sociedad la que nos moldea. Así, lo único que restaría es promover una ingeniería social que reformatee a estos seres llamados humanos para los cuales la biología no juega ningún rol y ya. Si varias décadas atrás todavía debíamos escuchar a los deterministas biológicos afirmando que la biología lo explicaba todo para de allí derivar toda serie de prejuicios sociales contra determinadas poblaciones, hoy el péndulo se pasa al otro lado para alcanzar a una serie de deterministas sociales para los cuales la palabra biología es de derecha, cualquier etiqueta es violencia y la objetividad es fascista. De la evidencia de que la biología no puede explicarlo todo, pasamos a defender la absurda idea de que la biología no explica nada, de modo que podemos ser lo que queramos con el solo hecho de proponérnoslo.

En síntesis, lo que probablemente no sea más que un fenómeno pasajero con alguna posibilidad de extenderse gracias a la viralización y al consumo irónico, expone, sin desearlo, las enormes dificultades que el progresismo posee para defender algunas de las propuestas radicales y minoritarias que han fracturado sociedades enteras y provocado una reacción que por sí misma no puede explicar las buenas performances de candidatos de derecha a lo largo del mundo, pero que ha servido para que fuerzas que permanecían dispersas puedan unificarse detrás de una agenda común. Si abrazar ese wokismo capaz de sacrificar la realidad en pos de una idea, puede ser visto como una tragedia, la irrupción de los Therians quizás anuncie un nuevo tiempo: el del progresismo como farsa.

Los dilemas filosóficos detrás de Pluribus (publicado el 12.2.26 en www.cualia.es)

 

Una suerte de virus extraterrestre logra ingresar a la Tierra e infecta a todos los seres humanos, exceptuando 13 individuos que, por razones misteriosas o “errores del sistema”, han permanecido indemnes sin comprender lo que sucede ni las razones de su condición. Entre ellas se encuentra la protagonista de esta historia, Carol Sturka, una escritora de renombre que, en el proceso de infección masiva, observa morir a su pareja.

Hablamos de Pluribus, la nueva exitosa serie de Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad y Better Call Saul, quien regresa con nueve episodios de alrededor de una hora en un final que promete continuidad y que, naturalmente, no adelantaremos.

Más allá de algunos innecesarios guiños woke y algún que otro capítulo “de más”, Gilligan se las ingenia para introducir una serie de conflictos de tipo filosóficos que nos gustaría explorar.

La primera pista la tenemos en el particular nombre de la serie: Pluribus, palabra que proviene del latín y que forma parte del famoso lema histórico de los Estados Unidos, E pluribus unum, “de muchos, uno”, una declaración de principios para comprender la dinámica de un Estado Federal que debe construir una unidad a partir de una multiplicidad.

En la serie, esta tensión entre lo individual y lo colectivo es el núcleo de la misma pues los humanos infectados (es decir, los millones de sobrevivientes al evento original, excepto 13 personas) forman una conciencia común compartida. Esto significa que han perdido la individualidad, su yo, su libre albedrío y hablan siempre en plural. Además, al estar conectados poseen el conocimiento de cada una de las conciencias y, podría colegirse de ahí, la totalidad del conocimiento humano hasta la fecha. En distintas disciplinas se suele hablar del fenómeno de una mente colmena aunque también podríamos estar frente a lo que algunos llaman Singularidad, esto es, un salto cualitativo de la evolución humana, ligado a la aceleración producida por la IA, cuyo resultado final derivaría en la utópica idea de una suerte de gran computadora a la cual estaríamos conectados a través de nuestras conciencias. Sea uno u otro caso, o quizás los dos, lo cierto es que desde allí se construye la primera incomodidad de la serie.

Es que, a contramano de las clásicas invasiones extraterrestres, los infectados son felices, no conocen la maldad, dicen siempre la verdad, trabajan mancomunadamente con una eficacia encomiable, son absolutamente serviciales con las 13 personas “sanas”, no soportan la violencia y son estrictamente recelosas del cuidado del ambiente (no comen animales vivos y hasta esperan que las frutas caigan del árbol para consumirlas).

Se trata de una pérdida del yo que le debe más a Un mundo feliz de Huxley que a 1984 de Orwell. Es decir, más pastilla Soma que tortura en la habitación 101; más seducción vía poder suave que imposición a través de un poder fuerte, algo así como el estado de la geopolítica mundial antes de la irrupción del segundo mandato de Trump. Esta apuesta por la seducción se observa en el hecho de que los humanos infectados buscan convencer a los 13 “errores” de que se unan a la conciencia universal por los beneficios que eso supone y no por coacción, y esa tensión incluye incluso a la protagonista que, al menos en un principio, es de las pocas que reacciona agresivamente frente a lo que, entiende, es una invasión que atenta contra la libertad humana. De aquí la pregunta: ¿estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad en pos de la felicidad? Asimismo, ¿estamos dispuestos a sacrificar nuestra identidad para pertenecer a la mayoría, por el solo hecho de que no podemos soportar la soledad que implica ser “un otro”?

Sin embargo, algunas pequeñas perlitas al paso abren más interrogantes: por ejemplo, uno de los grandes problemas de los miembros de la mente colmena es el aburrimiento. Ya lo saben todo de todos. De aquí que le imploran a la escritora que avance con un libro nuevo. ¿No podrá ser éste, al menos, uno de los conflictos del futuro? Cuando la IA ya sea una suerte de extensión de nuestros cuerpos biológicos, lo sabremos todo, pero, ¿qué espacio quedará para el descubrimiento, ese gran motor del Hombre, y en qué ocuparemos nuestro tiempo? Incluso quienes avizoran un futuro inmediato en el que la IA elimine buena parte de los trabajos y proponen como solución, por izquierda, algún tipo de Renta Básica Universal o quienes, por derecha, imaginan alguna generosa contribución filantrópica de los dueños de las compañías que se beneficiaron con los avances tecnológicos, lo que pocos se atreven a enfocar es el problema del ocio y de qué va a hacer toda esa gente con tiempo libre y, eventualmente, ciertas necesidades básicas satisfechas. ¿Bastará con seguir creando mecanismos que atraigan la atención para escrolear infinitamente o estaremos frente a un nuevo e impredecible tipo humano que ya no estará estructurado alrededor del trabajo y la necesidad? ¿Algo bueno podrá salir de este escenario?

Pero detengámonos unas líneas más en la cuestión político-social. Hay bibliotecas enteras y autores clásicos que han tematizado la posibilidad de sociedades armónicas, sea estructuradas “naturalmente”, sea estructuradas por consensos racionales. Sin embargo, no son pocos los que denuncian estas perspectivas como conservadoras y meros artificios para justificar el statu quo. Frente a ello, otra ingente cantidad de libros y autores entiende que el conflicto está en el centro de la política y de las relaciones sociales. De aquí la pregunta: ¿es deseable una comunidad sin conflicto donde todos sonrían y la menor rabieta de algunos de los 13 pueda llevar al hospital a los sensibles seres unidos bajo la misma conciencia? La metáfora es útil para una actualidad en que hay generaciones enteras, algunas en edad de gobernar ya, que se caracterizan por su fragilidad y su condición de “cristal”.

Por último, ¿cómo funcionaría una sociedad en la que la gente es incapaz de mentir? Algo en esa línea había ensayado Ricky Gervais, en The invention of Lying, mostrando hasta qué punto una vida sin mentira sería no solo imposible sino mucho más infeliz y dañina. En Pluribus, la imposibilidad de mentir, más la ingenuidad de los cooptados, los deja a merced del espíritu despótico de, al menos, una parte de los 13 anómalos, algunos de los cuales aprovechan para acceder a todo tipo de beneficios, privilegios y excesos.

El éxito de la serie augura al menos una segunda temporada, si bien el propio director se encargó de aclarar que no será durante 2026 sino, en el mejor de los casos, hacia fines de 2027. Más allá del camino que adopte la trama, habrá que esperar para saber si los capítulos que vienen ofrecerán algunas respuestas a los dilemas aquí planteados.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

El libro negro de Sam Altman y el ChatGPT (publicado el 26.1.26 en www.theobjective.com)

 

Allá por el año 2013, Sam Altman, el CEO de OpenAI, la empresa responsable de ChatGPT, retomaba una afirmación atribuida a Qi Lu para indicar que los emprendedores con más éxito no se dedican a crear empresas sino religiones, pero que, en un momento dado, crear una empresa es la forma más fácil de crear una religión.

Si pensamos en las grandes compañías tecnológicas y la ambición totalizante de los egos de sus CEO, la frase no parece del todo desmedida, y así intenta acreditarlo Karen Hao, probablemente la periodista que más conoce OpenAI y que, tras una investigación de siete años, publica El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (Península).

A pesar de ofrecer un minucioso detrás de la escena de la empresa desde 2019, el texto pretende ser más que un trabajo corporativo para convertirse, según la propia autora, en una reflexión sobre el poder que toma como punto de partida el modo en que lo que parecía una ambición científica devino una cruzada ideológica en pos de rédito económico y satisfacción de ambiciones personales.

El libro de Hao se puede leer como un thriller y empieza describiendo el episodio del intento de destitución de Altman, allá por fines del año 2023, momento en el que el protagonista era una suerte de niño mimado de la prensa con una fama que nada tenía que envidiarle a la de Taylor Swift. Con los conspiradores debiendo dar marcha atrás, Altman regresa de manera triunfal para coronar un largo proceso desde aquel origen en el que OpenAI aparecía como un gesto altruista de un conjunto de chicos tan ricos como idealistas, hasta el formato actual en el que el valor de la empresa aumenta día a día y la competencia por el desarrollo de la IA es salvaje.

De hecho, cabe recordar que, en un principio, OpenAI había sido fundada por un grupo de expertos de distintas disciplinas, entre los que se encontraban Altman y Elon Musk, quienes donarían 1000 millones de dólares cada uno, patrocinados, a su vez, por multimillonarios como Peter Thiel. Originalmente, el proyecto suponía desarrollar la llamada Inteligencia artificial general sin ánimo de lucro sino como un legado en beneficio de la humanidad. Esto suponía el compromiso de hacer públicos los detalles de las investigaciones, fomentando la participación democrática en una tecnología de cuya gestión depende el futuro de la humanidad. Esta “apertura”, de aquí el nombre OpenAI, pronto quedaría en una mera declaración de principios pues, según Hao, aquellos ideales originales se fueron erosionando rápidamente. Es que, al episodio del intento de destitución de Altman, le antecedió la renuncia de Musk en 2018, lo cual, para la autora, significó la demostración fehaciente de que el proyecto altruista era solo una fachada.

La ida de Musk, el héroe de la infancia de Altman, supuso también el retiro de su dinero, y ese agujero económico fue la excusa perfecta para una reestructuración que implicaba la división de la empresa y el acuerdo con un nuevo gran inversor: Microsoft.

“A lo largo de los 4 años siguientes, OpenAI se convirtió en todo lo que había dicho que no sería (…) comercializando agresivamente productos como ChatGPT y tratando de conseguir valoraciones sin precedentes”.

La competitividad, la reserva, y el aislamiento eran las nuevas características de la empresa que reemplazarían a la transparencia, el sacrificio altruista y la colaboración.

Aunque el trabajo es más bien periodístico, especialmente en las últimas páginas, Hao deja ver su propia mirada acerca de una pregunta que ella considera central, esto es, cómo gestionar la IA.

Para dar cuenta de ese interrogante, la autora propone romper con el relato hegemónico de Silicon Valley para afirmar que la IA es una tecnología cuyo destino no está escrito y que, más allá de sus rasgos impredecibles y autónomos, depende demasiado de la ideología de sus creadores, los vaivenes de la moda y las formas de comercialización. Lejos de una postura, digamos “ludita”, Hao no reniega de la IA sino de sus características actuales, las cuales no son el resultado inexorable de un tipo de tecnología, sino el corolario de una infinita cantidad de decisiones políticas subjetivas de quienes la promueven. En otras palabras, las futuras generaciones no están determinadas a padecer una IA construida en base a consumos ingentes de datos y recursos naturales, violación de la privacidad y trabajo precario.

Esta concepción es la que lleva a la autora a incluir en el título del libro la palabra imperio:

“A lo largo de los años, solamente he encontrado una metáfora capaz de resumir la naturaleza de los máximos exponentes del juego de poder de la IA: los imperios. Durante la larga época del colonialismo europeo, los imperios se adueñaron y extrajeron recursos que no eran de su propiedad y explotaron a los pueblos sometidos para extraer, cultivar y refinar dichos recursos”.

Hoy en día, OpenAI, practica una ciencia “cerrada” y coopta los talentos especializados cautivándolos gracias a la influencia de su cosmovisión hegemónica, religiosa, para volver a la cita inicial de Altman; pero también centraliza el capital, algo más que atendible si tenemos en cuenta que Altman apoya la mirada de Thiel acerca del valor positivo de los monopolios contra la superstición de las bondades de la competencia; y, como si esto fuera poco, está avanzando a pasos acelerados hacia un lugar que probablemente ni los mismos ingenieros de la compañía tienen demasiado claro.

En este escenario, Hao propone ir por el camino exactamente contrario: hacer ciencia pública, liberar los datos que “secuestran” las grandes tecnológicas, redistribuir las inversiones que reciben y educar a los usuarios para reducir la influencia que el modelo Silicon Valley ha impuesto.

Mucho más cerca del idealismo, las buenas intenciones y abundantes lugares comunes, la propuesta de Hao es lo más opaco de un libro que si evitara la tentación de ofrecer un modelo alternativo, destacaría como el gran trabajo periodístico que demostró ser a lo largo de la casi totalidad de sus páginas.

 

 

¿Cerebros de izquierda y de derecha? La era de la neuropolítica (publicado el 8.1.26 en www.theobjective.com)

 

¿Hay cerebros de derecha y cerebros de izquierda? Las investigaciones al respecto abundaron durante décadas y, en general, expresaban el reduccionismo biologicista de la época. Con el avance científico, estas pretensiones se actualizaron detrás de la búsqueda de “el gen de” y, con las posibilidades tecnológicas asociadas a la neurociencia, parecemos estar frente a un nuevo impulso, aunque no exento de los prejuicios de antaño.

Es en este contexto que la joven psicóloga y neurocientífica multipremiada, Leor Zmigrod, nos ofrece El cerebro ideológico (Paidós), un libro que recoge el resultado de sus investigaciones y, a pesar de ser el primero de su cosecha personal, ya ha sido traducido a más de quince idiomas.

“Nos adentraremos en el cerebro ideológico con el microscopio de un científico, la preocupación de un filósofo, la confianza de un humanista y la empatía e imaginación de un ciudadano comprometido, con la esperanza de que en los contrastes que existen entre la apertura de pensamiento y el odio, la revisión y la tradición, las pruebas y los destinos impuestos, descubramos también cómo es el cerebro libre, auténtico y tolerante”.

Zmigrod es parte de esa generación que no puede explicar el primer triunfo de Trump y el Brexit, entre otros tantos resultados que sacudieron la hegemonía del discurso progresista. No casualmente ella confiesa que, por esos años, se interesó por lo que ella llama “el pensamiento ideológico”, y se propuso analizarlo con la combinación de los métodos de la terapia cognitiva y las posibilidades que brindan los escáneres para la neurociencia. Por cierto, su propuesta es ambiciosa a punto tal que pretende crear una nueva ciencia denominada neuropolítica.

Zmigrod, como buena neurocientífica, considera que lo mental es biológico, pero agrega, además, que lo biológico está moldeado por lo político. Al menos así lo indica en la primera parte de su libro, si bien luego matizará esa afirmación.

Ahora bien, ¿qué sería un cerebro ideológico? Según Zmigrod, se trata del tipo de cerebro que poseen los nacionalistas, los que creen en distintas religiones, los racistas, los conservadores, la extrema derecha, la extrema izquierda, etc.

Llegados a este punto, no se puede más que advertir, como mínimo, cierta carencia de lecturas filosóficas de varias décadas y una llamativa candidez. En otras palabras, la autora considera que puede haber cerebros y, por tanto, personas “no ideológicas”, las cuales, según su definición, se esfuerzan por alcanzar la humildad intelectual y están siempre dispuestas a actualizar sus creencias a la luz de las pruebas, además de ser escépticas en materia religiosa. Estas personas se parecen demasiado al estereotipo del occidental liberal, republicano, globalista, cientificista y anticlerical. Todo lo otro es “ideológico”; todo lo otro es “lo extremo”.

Y, claro está, al momento de las “pruebas”, lo esperable: según la autora, la rigidez ideológica tiene consecuencias sobre la percepción humana, la cognición, la fisiología e incluso los procesos neuronales. Así, por ejemplo, Zmigrod dice haber probado que las personas con mayor capacidad de adaptación son las que en materia ideológica son más abiertas y plurales, de lo cual se sigue que la rigidez cognitiva se traduce en rigidez ideológica, aquella que poseerían los cerebros de nacionalistas, extremistas, religiosos, etc.

En este punto, extrema izquierda y derecha son cognitivamente similares: les cuesta adaptarse, inventar, cambiar esquemas. ¿Cuáles serían los más flexibles? ¿Los del centro? Sí, pero…

“Los individuos más flexibles son los no partidistas cuyo apoyo se inclina hacia la izquierda al tiempo que se resisten a unir sus identidades con un partido político concreto”.

La definición parece describir las preferencias políticas de la autora, antes que el resultado de un estudio serio. 

No conforme con ello, Zmigrod agrega que los individuos violentos con otros grupos y propensos al sacrificio individual (los dispuestos a morir por una causa política, social o religiosa) también muestran mayor rigidez cognitiva. 

Aunque nunca se habla de resultados concluyentes sino de tendencias o correlaciones generales, Zmigrod dice haber probado la conexión entre la mayor rigidez y una menor concentración de dopamina en la corteza prefrontal, el centro de la toma de decisiones del cerebro, y de allí infiere una “prueba” de la conexión entre biología e ideología. Pero hay más: los políticamente más conservadores tienden a parpadear con más fuerza ante ruidos amenazadores, de lo cual se seguiría que nuestros cuerpos también estarían influidos por la ideología, tal como se puede ver también en la excitación fisiológica que se produjo cuando personas de extrema izquierda y extrema derecha fueron expuestos a videos de contenido político.

Por último, párrafo aparte merece la amígdala de los conservadores. Efectivamente, la autora menciona el estudio que habría descubierto que la amígdala derecha de las personas conservadoras solía ser más grande que la de los liberales; o ese otro estudio que probaría que el tamaño de la amígdala funcionaría como predictor del nivel de justificación del statu quo.

¿Alcanzaría con medir el tamaño de la amígdala, entonces, para saber a quién vota el señor x? En un principio, Zmigrod parece dar a entender que la ideología modifica el cerebro y la respuesta fisiológica pero ahora pareciera estar indicando lo contrario, esto es, que es la biología la que explica por qué una persona abraza una determinada ideología.

Llegados a este punto, y para evitar la acusación de un reduccionismo biologicista, Zmigrod va a matizar su postura para indicar lo que todos más o menos sabemos: la biología genera predisposiciones, condiciones necesarias, pero no suficientes. Es el ambiente, la cultura, el entorno en el que trascurre la vida del individuo, lo que hace el resto. Una persona con rigidez cognitiva, criada en un entorno progresista y flexible podría modificar las características traídas “de fábrica” y viceversa. La interacción entre los campos es constante.

Hacia el final, el libro abandona la perspectiva más descriptiva para abrazar una suerte de activismo y poner a la neuropolítica al servicio del diseño de sociedades donde las soluciones, que Zmigrod llama “ideológicas”, no sean las únicas opciones posibles. Así, esta nueva ciencia tendría dos mandatos: impulsar una filosofía opuesta a todo dogma y crear un cerebro “antiideológico”.

Zmigrod no abunda en los modos en que podría alcanzarse ello. Suponemos que, o bien a través de la manipulación genética, o bien a través de algún tipo de ingeniería social que modifique el ambiente para luego incidir en la biología. En todo caso, son hipótesis sobre una propuesta que podrá ser un éxito editorial en materia de divulgación pero que es poco original, es bastante imprecisa en el uso de algunos conceptos, y cae una y otra vez en una serie de presupuestos sobre los cuales la reflexión filosófica alrededor de la ciencia ya se ha pronunciado demasiadas veces.

 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Grabois, lumpenaje y burocracia kirchnerista (editorial del 27.12.25 en No estoy solo)

 

Los últimos días del año sorprendieron con una escalada de conflictos en los municipios de Quilmes y Lanús. Los primeros, reivindicados por Juan Grabois, fueron protagonizados por miembros de una agrupación a la que éste pertenecía y giraron en torno de una ordenanza municipal que, entre otras cosas, buscaba regular la actividad de los trapitos; en el caso del municipio gobernado por Julián Álvarez, manifestantes del Movimiento Evita de Lanús lideraron un reclamo por mejores condiciones laborales, prendieron fuego un árbol de navidad y generaron incidentes varios. Que los conflictos hayan sucedido en días consecutivos contra dos municipios gobernados por La Cámpora y azuzados por agrupaciones que están en la vereda opuesta en la interna peronista, impulsó acusaciones cruzadas, especialmente entre Mayra Mendoza y Grabois.

No hay espacio aquí para desarrollar todo el proceso que derivó en el surgimiento de los movimientos sociales, los piqueteros y lo que se intenta denominar “economía popular”, sin que nadie sepa bien de qué se trata eso, pero sin duda que, para un espacio como el peronismo, cuya columna vertebral ha sido el movimiento de los trabajadores organizado, los coletazos del neoliberalismo, dejando fuera del sistema a millones de personas, obligó a ampliar la mirada y los conceptos.

A su vez, no se trató solo de un problema del peronismo: el Estado, incluso en administraciones como las de Macri o Milei, continuó con políticas de ayuda social a sectores vulnerables que, en el mejor de los casos, subsisten con empleos precarios e informales (no olvidemos que, sin ir más lejos, el gobierno de Milei mejoró en términos reales las partidas de la ayuda social y que al Movimiento Evita y al propio Grabois se los acusó, con razón, de pactar con Carolina Stanley).

En la medida en que el peso de estas organizaciones fue creciendo y la dinámica del piquete se transformó en parte del paisaje cotidiano, desde el kirchnerismo, en general, se encuadraron esas manifestaciones como parte del derecho a la protesta, mientras que desde la derecha se hizo énfasis en dinámicas clientelísticas y en la necesidad de garantizar la libre circulación. Aunque en Argentina todos los debates permanecen abiertos, hay que reconocer que la evidencia fue abrumadora a favor del gobierno de Milei en este punto: los piquetes se acabaron cuando el Estado cortó los mecanismos de financiación directa e indirecta que esas agrupaciones y sus dirigentes recibían del dinero de los contribuyentes. Era más fácil que cagar a palos a todo el mundo: había que cortar el chorro de guita y ya. Se acabaron los piquetes. Sonará triste pero la derecha tuvo razón en este punto.

Otra cosa es el elemento simbólico y esa romantización del lumpenaje que el kirchnerismo y sectores de izquierda reivindican. A favor de ellos, habría que decir que se trata en parte de un fenómeno mundial: ser (presuntamente) marginal, comportarse de ese modo y cantar como tal es cool y aspiracional, supone abrazar una identidad recia, sufriente y antisistema cuando el propio sistema devino antisistema. No es la única contradicción del modelo hegemónico: pensemos si no en ese doble movimiento que presenta a las mujeres como víctimas esenciales a la vez que empoderadas para poder decir con Shakira “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”.

En el caso del peronismo en particular, la romantización llegó a tal punto que se realizaron maniqueas contraposiciones entre una supuesta cultura solidaria y de buenos valores existente en las villas, frente a la siempre demonizada y supuestamente hiperindividualista clase media, por cierto, aquella en la que podemos encontrar una importante base electoral del kirchnerismo, especialmente si pensamos en algunas franjas profesionales de entre 35 y 50 años. Aquí no sabemos cuál fue el huevo o la gallina pero lo cierto es que el propio peronismo adoptó como tal la caricatura que la oposición gorila hizo de él, y acabó tergiversando todo: el que no labura es siempre una víctima; la meritocracia es mala palabra; los delincuentes no tienen responsabilidad porque son hijos de la desigualdad; la masculinidad es tóxica; la heterosexualidad es violencia; criticar que se gasta más de lo que entra es de derecha; la inflación no es un problema, etc. Aquí estamos lejos de defender la imagen nostálgica del peronismo como respuesta sagrada a los problemas del presente, pero, ¿a quién se le puede ocurrir que eso es peronismo? Sí, efectivamente, solo se le puede ocurrir a un antiperonista y a alguien que reivindica el peronismo, pero no entiende lo que es.

A propósito, veía un recorte de una entrevista a Juan Grabois hecha por Tomás Rebord en el que el primero se autopercibía (SIC) como “un humanista revolucionario con influencias peronistas, cristianas, de distintas corrientes teológicas, marxistas, autonomistas, aceleracionistas”. Por suerte aclaró que quizás no estaba caracterizando bien el término aceleracionista cuando Rebord lo interrumpió diciendo que no podía ser todo eso y aceleracionista a la vez, pero digamos que Grabois es capaz de encarnarlo casi todo, incluso tradiciones o perspectivas cuyo significado es incapaz de explicar.

El comentario acerca de Grabois quedaría en la mera anécdota si no fuera el propio kirchnerismo el que le diera espacio a pesar de estar demostrando en todo momento que, con un poco de poder, arrasará lo poco que queda de éste, y no lo digo por estos hechos menores en las municipalidades, sino porque en Grabois aparece la apuesta de una radicalidad outsider por izquierda, lo opuesto a Milei pero que comparte con el ultralibertario esto de ser alguien de afuera que, ante la institucionalización y burocratización de los pibes que venían por la liberación, encarna el que viene a patear el tablero por izquierda, tal como Milei lo hizo por derecha. El kirchnerismo lo levantó para joderlo a Massa, le dio más de lo que merecía en las últimas listas y ahora Grabois les está tocando la puerta en un proceso que era más que previsible. Y, sobre todo, está corriendo por izquierda a La Cámpora, especialista en correr por izquierda. Lo hace desde una posición pseudo troska, sobreactuando la liberación de “compañeros” tras un par de horas en cana por hacer quilombo, tratando de garcas a los exjóvenes de La Cámpora y creando el oxímoron de “trabajadores cuidacoches”. Pero en ese escenario, La Cámpora tiene que salir a defender la propiedad privada y los derechos del vecinito que no quiere más extorsiones de unos tipos que presentan como laburo cobrarte por dejar tu auto en la vía pública. Se trata de un cambio que yo celebro y una muestra de la responsabilidad que supone gobernar un municipio, pero si lo hiciera Jorge Macri lo acusarían de crear una ciudad para pocos y de utilizar una pedagogía de la crueldad.

En los próximos dos años veremos si Grabois, promovido por el kirchnerismo, acaba deglutiéndolo acusándolo de ser una casta de burócratas que creció bajo el paraguas de contratos y cajas. No le va a faltar razón en buena medida. También veremos si los electores acabarán abrazando ese mejunje de tradiciones y valores que Grabois dice encarnar aunque no pueda ni siquiera explicar bien de qué se trata y quizás solo sea el disfraz detrás del cual se esconda un proyecto político personal basado en una voluntad de poder con delirios místicos y en formato misión divina. Se trata de la misma lógica que expresa Milei de modo que no debería extrañar que ese eventual enfrentamiento ya no se dé en términos políticos sino en términos morales: el Bien contra el Mal.

¿Hace falta decir que cuando la moral reemplaza a la política las cosas terminan mal? La seguimos el año que viene. Tengan todos un muy buen 2026.