Hace algo más de un año, cuando,
en un febrero tranquilo, se conocía una estafa a cielo abierto llamada LIBRA,
escribíamos en este espacio que el presidente Milei había quedado en una
situación incómoda: o asumía haber sido engañado y con ello demostraba una
profunda ignorancia en un tema en el que se jacta de ser un gran conocedor, o
asume su complicidad y con ello se expone a un juicio penal y político. En
aquel momento usábamos una metáfora zoológica de esas que le agradan al primer
mandatario: o no cede en su narcisismo y asume las consecuencias de ser el león
que se las sabe todas, o salva su gobierno reconociendo ser un mandril ciego
que “no la vio”.
Con menos eufemismos, meses más
tarde, la excanciller Diana Mondino, incomodada en una entrevista con AlJazeera
acababa aceptando que el presidente era “idiota o corrupto”. Y tenía razón. En
el caso LIBRA no hay un tercer camino posible, aunque quizás podría entenderse
por tal que la disyunción no sea excluyente y estemos frente a alguien que
pueda ser ambas cosas a la vez.
Las nuevas revelaciones no son
concluyentes, pero suman una enorme cantidad de indicios en favor de la
hipótesis de una trama de corrupción que lo involucraría, más allá de que no
corresponde descartar que haya sido simplemente un idiota útil y que la ronda
frenética de llamados posteriores al hecho estuvieran vinculados a salir airoso
de, como mínimo, un error infantil.
Sumemos a esto el caso Adorni y
recordemos que todo esto se da en las dos semanas posteriores a un discurso en
el que el presidente habló de La Moral
como política de Estado, referencia grandilocuente que, como el mismo Milei
anticipó días después, será el título de su próximo libro. No descartemos,
igualmente, que sea un libro de humor, especialmente si lleva prólogo de su
hermana y los Menem.
A propósito de moral, o más bien,
de morales, posémonos ahora en el jefe de gabinete que supo ser vocero por sus
supuestos dotes oratorios o, para ser justos, por su capacidad para defender lo
que sea de una gestión, algo que han hecho todos los voceros, por cierto,
algunos con más suerte que otros (recordemos si no el triste papel de Gabriela
Cerruti). La situación me remonta a ese teatro del absurdo de Ionesco, en
particular a Las Sillas y a la figura
de El Gran Orador. Para quienes no lo recuerden: dos ancianos en un salón dicen
esperar a El Gran Orador para lo cual convocan a la comunidad. Se la pasan
acomodando las sillas mientras esperan a los invitados. Pero surge un detalle: los
asistentes son invisibles. Finalmente, se produce el gran momento: El Gran Orador
arriba, se lo ve perfectamente, en este caso. Sin embargo, cuando pretende dar
el discurso, se traba, dice incoherencias, balbucea y nadie entiende lo que
dice entre esa audiencia de sillas vacías y testigos únicos porque, por cierto,
la pareja de ancianos que había preparado todo ya se había arrojado por la
ventana.
En este sentido, ver hocicar a un
hombre tan soberbio y mediocre como Adorni; ser testigos del modo en que
intentó salpicar para todos lados; la forma en que se desdijo; el señalamiento
a una supuesta invitación del presidente, luego de presidencia; el desliz del
“deslomamiento”; la tesis conspiranoica de ser víctima de la interna para, tras
todo ese raid, al final, pedir perdón, mientras, al momento de escribir estas
líneas, seguimos esperando la factura del vuelo privado a Punta del Este, ha
sido todo un espectáculo. Mejor aun cuando la audiencia no era invisible sino
toda la ciudadanía a la cual Adorni daba lecciones de moral desde su púlpito y
desde su cuenta de Twitter abusando de la ironía, recurso que se agradece solo
en gente inteligente. Verlo buscando tapar lo que no se puede tapar en una gira
incesante de declaraciones con medios amigos, despertaba hasta ternura. El
hombre que impuso en Twitter la palabra “FIN” como sentencia y prueba
concluyente de verdad, estuvo embarcado en una maraña de aclaraciones que,
paradójicamente, no terminaba nunca.
Asimismo, el énfasis en la moral
dejó expuesto su costado más vulnerable. La semana pasada decíamos que el
riesgo de sustituir la política por la moral era la invalidación del adversario
político y la renuncia a todo debate de ideas pues el otro no es alguien que
piensa distinto, incluso de manera equivocada, sino simplemente un inmoral. La
disputa política, así, es sustituida por una lucha entre el Bien y el Mal. Y,
por cierto, habiendo tantos fundamentalismos en el mundo, no es un buen momento
para agregar uno.
Pero el segundo aspecto del
énfasis en el discurso moralista es cuando queda expuesta una doble moral. Es
casi de manual: si vas a moralizar, el culo debe estar limpio. Si no… es
preferible callar. Aquí vemos señores acusar de chorros a políticos mientras
acumulan y acumulan indicios en su contra por presunta corrupción. Y la
realidad a veces es ansiosa y da lecciones demasiado rápidas. Olvidemos,
entonces, lo de “La moral como política de Estado” pero no porque estemos
construyendo el edificio de la verdadera moral contra los hipócritas. Ese
delirio místico se lo dejamos a Carrió.
Más bien, quisiera plantearlo
incluso en términos más cínicos: háganlo al menos por razones estéticas. Sí,
efectivamente, aquellos que con dudoso sentido del gusto afirmaron ser
estéticamente superiores que el zurdaje, deberían recuperar ese espíritu de la
belleza para aplicar a sus presuntas fechorías. Sean un poquito más refinados.
Porque estamos dispuestos a
aceptarles que roben, pero no a que sean tan idiotas, quizás porque, al fin de
cuentas, son nuestros representantes y eso habla también de nosotros. Pero un
poco de buen gusto, un sentido de la forma para el afano: no una estafa a cielo
abierto que se conocería en cuestión de horas con un montón de masivos bro detrás de una computadora
salvándose para toda la vida a costa de miles de crédulos en las mieles de la
guita fácil que no se hace laburando. Eso no. Como tampoco debería ocurrir, si
se comprueba, un retorno con dinero de discapacitados. Argentina se ha caracterizado
por poseer señores ladrones, saqueadores sistemáticos que pueden andar con la
frente en alto. Esto es otra cosa… Esto es muy berreta.
Y si no es por estética que sea
por pudor. Ustedes conocen la historia: en
el famoso mito, Zeus le pide a Epimeteo que reparta cualidades entre las
diferentes especies para garantizar su supervivencia en pie de igualdad. Pero
hete aquí que, al llegar al Hombre, Epimeteo se da cuenta que ya había
repartido todo y no había quedado nada. Es ahí donde interviene Prometeo, su
hermano, y le roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres y así
garantizar su protección. Sin embargo, el mito continúa porque, dueños del
fuego, los hombres no cesaron en sus disputas internas. Esto es, poseían el
elemento central de la civilización, pero no podían vivir en sociedad. De aquí
que Zeus esta vez llame a Hermes para que distribuya entre los hombres dos
cualidades para poder vivir juntos: el sentido de justicia y el sentido del
pudor.
Sentido de justicia no tienen, de
modo que, al menos, abrácense a la posibilidad de sostener el pudor. Nadie pide
una vida ascética pero sí algo del orden de la sobriedad. Si se van a llevar la
guita al menos tengan perfil bajo y háganlo con algo de vergüenza. Del desastre
del último gobierno de Alberto y Cristina, llegaron ustedes. Imaginen lo que
vendrá después del desastre de ustedes. Así que un poco de vergüenza, al menos,
como la que tendríamos todos en su lugar. Y lo más importante: no renuncien tan
tempranamente a la inteligencia. Háganlo por ustedes mismos. Háganlo también
por nosotros.
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