La última apertura de sesiones
trascendió por las respuestas agresivas que les dispensó el presidente a los
opositores. Para ser justos, presumimos que Milei respondió con su violencia
característica a un clima también agresivo. Todos esperamos cierta templanza en
un presidente, pero también la esperamos de los legisladores. Si el presidente
aprovechó su micrófono para fustigar sin que se oyeran las respuestas, también
hay que decir que no pocos legisladores utilizaron la escena para hacer sus
performances como buenos militantes de redes.
Dicho esto, como suele ocurrir en
la Argentina, el énfasis estuvo puesto en las (malas) formas y no en el
contenido del discurso que fue en la misma línea de su intervención en enero
último en Davos, al menos en el espíritu ya que el registro y las audiencias
son distintas.
Asimismo, si nos enfocamos en la
estructura del discurso como un profesor que evalúa los primeros pasos de un
alumno, habría que decir que ambos, el de Davos, y el de apertura de las
sesiones, adolecieron del mismo defecto. La idea principal es enunciada al
inicio y luego se pierde en disquisiciones y en un desfile algo infantil de
citas sueltas de muchos autores, como suelen hacer los universitarios que
recién comienzan y pretenden simular lecturas que no tienen.
El de Davos fue un gran comienzo,
muy estimulante, aunque como necrológica, algo extemporánea: “Maquiavelo ha
muerto”. Asimismo, en el del 1 de marzo, en los primeros minutos de su
alocución, el presidente hace una afirmación potente y decreta “la moral como
política de Estado”. Dado que, repito, ambos discursos estuvieron mal
estructurados y lamentablemente no se retomaron al final estas ideas, nos
aventuramos a deducir su significado y a arriesgar que hay una continuidad
entre ellos.
Suponemos que cuando el
presidente afirma que Maquiavelo ha muerto quiere decir que ha llegado el
momento de volver a asociar la moral con la política. Como ustedes saben,
cualquier versión de manual, indicaría que el gran aporte de Maquiavelo, aquel
que, para algunos, significó el nacimiento de la Ciencia Política como
disciplina, fue romper con 2000 años de Filosofía que, desde Platón, entendían
que el buen gobernante era aquel que se manejaba con virtud y, conociendo el
Bien, gobernaba con Justicia. Así, la figura del Filósofo Rey en Platón,
acompañada de su idea organicista y conservadora de la sociedad donde cada uno
debe cumplir el rol asignado por naturaleza, era en aquel momento una directa
afrenta contra la dinámica popular y asamblearia de la democracia directa
ateniense en la cual los cualquiera, seleccionados por sorteo, gobernaban por
sobre los más preparados.
Maquiavelo rompe con todo esto: el
príncipe no debe gobernar para el Bien, sino que lo que debe es mantener el
estado de cosas, es decir, su poder. Mejor si lo hace siendo virtuoso y con
buenas leyes. Pero como esto no siempre es posible, lo que se debe privilegiar
son sus intereses en pos de alcanzar sus fines. De hecho, Maquiavelo redefine
la Virtú para indicar que lo que hace
al príncipe efectivamente virtuoso no es actuar siempre guiado por las virtudes
clásicas, sino adquirir una flexibilidad moral para poder adaptar su accionar a
sus objetivos. De allí se siguen algunos pasajes clásicos pero que en general
van en la misma línea: si no se puede actuar como Hombre hay que actuar como
Bestia; si es necesario ser cruel al principio, hay que serlo; sería bueno ser
temido y amado, pero, si hay que elegir, es preferible, sobre todo, ser temido,
etc.
Maquiavelo es más complejo, pero
digamos que, en cualquier manual introductorio, la primera imagen con la que se
lo asocia es esta que dio lugar al adjetivo “maquiavélico”. Dado que Milei es
bastante afecto a las lecturas binarias muy poco sutiles, es probable que,
entonces, trace un paralelo entre Maquiavelo y la política como terreno de la
inmoralidad, de lo cual se sigue que el “Maquiavelo ha muerto” equivaldría a
algo así como el fin de la política (quizás habría que decir “de los políticos”
o “del Estado intervencionista”) y el “regreso” a una administración
tecnocrática basada en la moral sin que nadie sepa bien de qué se trata eso.
Para apoyar esta interpretación
está el resto del discurso de Davos donde en una exposición entre chatgepetista,
rincondelvaguista y cebeceísta que parecía dirigida a una tribuna retrógrada
que discute autores que ya nadie discute, Milei dice haber demostrado que el dilema
entre eficiencia y justicia es falso ya que el mercado no solo es más eficiente
en términos de productividad sino también es más justo, y que vivir en una
dinámica de mercado libre nos hace mejores personas.
De aquí que entendamos que hay
una continuidad con el discurso de la apertura de sesiones porque allí se habla
de “La moral como política de Estado”, lo cual, en efecto argumentativo de
pendiente resbaladiza/pseudo silogismo podría verse más o menos así: como
nosotros seguimos a rajatabla las políticas de libremercado y estas políticas
han demostrado ser más eficientes y justas, por lo tanto, las políticas
públicas y los resultados de las mismas serán siempre moralmente buenas, a
diferencia de lo que ocurría cuando esas políticas públicas las llevaban
adelante “los políticos” en los tiempos en los que Maquiavelo estaba vivo, esto
es, hasta Enero de 2026, caso similar al de William Shakespeare que, tras vivir
más de 450 años murió por el Covid19, como todos recordarán.
Habiendo tantos intersticios por
donde ingresar, la tentación es extendernos más de la cuenta. Pero no
sucumbiremos a ello y haremos foco en dos aspectos. El primero, a nivel
nacional: tal como se vio en el cruce con los opositores, las agresiones de
Milei (probablemente también la de los opositores que no se escucharon), apuntaban
a un orden moral, no político. En resumidas cuentas, la crítica era “ustedes
son ladrones”. Otro grupo de críticas, bastante arrogante, por cierto, tenía
que ver con la continua desacreditación de los (no) saberes de sus adversarios.
Sobre eso simplemente decir que aun cuando pueda ser cierto que el nivel
intelectual de parte de la oposición deja mucho que desear, ni quienes secundan
a Milei ni el propio presidente parecen ser luminarias, por cierto. En el mejor
de los casos, Milei ha demostrado ser un mediocre profesor universitario sin
antecedentes en investigación y con un nivel de comprensión de las lecturas
bastante limitado. Pero volviendo a la cuestión que nos concierne, a CFK no le
dice “ignorante”: le dice “chorra”.
Asimismo, el problema de la
moralización de la política ha sido trabajado por muchos autores, siendo quizás
el más relevante Carl Schmitt. Para decirlo en pocas líneas, cuando la disputa
se formula en términos morales y uno de los contendientes afirma actuar en
nombre del Bien o de la Humanidad, el enemigo deja de ser un adversario
político legítimo y pasa a ser concebido como inhumano o criminal. Esa es, en
buena medida, la crítica de Schmitt al universalismo liberal: al presentarse
como encarnación de valores universales, solo representa valores históricos
particulares y transforma el conflicto político en una cruzada moral. Milei se
la pasa hablando de las ideas de la libertad pero para correr a su adversario
de la cancha lo llama “chorro”. No discute las ideas en tanto tal. Dice que
quien defiende las ideas contrarias a las de él es un inmoral. Ni siquiera le
permite la posibilidad de estar equivocado. Simplemente lo saca de la discusión
pública.
Asimismo, entendemos que él, al
fin de cuentas, un cruzado moralista que cree representar un plan trascendente
(y no lo afirmo peyorativamente… Solo describo), jamás podría aceptarlo, pero
su accionar y el de su gobierno han demostrado ser mucho más maquiavélico del
que se suponía, al menos en el sentido de la vulgata que expusimos anteriormente.
Podrá decírsele de todo a Milei pero aun tensando las normas de la república,
aunque siempre dentro de ella, gobernó y fue capaz de avanzar con una
innumerable cantidad de leyes sin tener nunca mayoría absoluta en las cámaras.
Cometió un sinfín de errores infantiles, especialmente en 2025, pero en líneas
generales logró trasformaciones que gobiernos anteriores no pudieron alcanzar
incluso con mucho más apoyo político. Por cierto, no los logró como el Filósofo
Rey sino con las armas de la política, las buenas y las malas.
Por último, para hablar del plano
internacional, ya en el discurso de Davos era evidente que el viejo modelo de
las relaciones internacionales surgido tras la segunda guerra mundial ha volado
por el aire, tal como reconoció el propio primer ministro canadiense. Hay
muchos autores que han teorizado esto, pero el actual escenario mundial parece
explicarse mucho más en términos maquiavélicos, al menos en el sentido de
actores cuyas decisiones no están guiadas por la moralidad sino por el
sostenimiento en el poder y/o el intento de reconfigurar un orden mundial en el
que, pareciera, las grandes potencias van a tener vía libre para imponer, por
la fuerza, sus intereses geopolíticos. Probablemente también lo tenían con el
mundo gobernado por el “sistema de reglas” pero digamos que llevábamos mucho
tiempo sin ver semejantes acciones sin guardar las formas, ni siquiera con un
intento falso de justificación como en su momento fue el invento de las armas
de destrucción masivas, etc. Ahora se
actúa y el fundamento es la razón de Estado cuyo límite puede ser la moral
personal de quien toma la decisión. Este es un tiempo inestable e incierto,
pero, sin dudas, menos hipócrita que el inmediatamente anterior.
En síntesis, en el plano de las
relaciones internacionales, la versión de manual de Maquiavelo está más viva
que nunca, de modo que no puedo imaginar más que caras de extrañamiento entre
los asistentes a Davos al escuchar que Maquiavelo había muerto. La figura de la
muerte del intelectual italiano no podía ser más extemporánea en ese sentido. Y
en el plano interno, la presunta muerte del autor de El príncipe no solo
contradice los modos en que astutamente la administración Milei ha logrado
salir a flote, sino que sería una mala noticia para la democracia porque los
conflictos se deben dirimir políticamente.
Trazar una distinción moral entre
nosotros y ellos, no hace mejor a los primeros. Más bien, solo pretende la
eliminación de los segundos.
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