viernes, 13 de marzo de 2026

Maquiavelo vive, señor presidente (editorial del 7.3.26 en No estoy solo)

 

La última apertura de sesiones trascendió por las respuestas agresivas que les dispensó el presidente a los opositores. Para ser justos, presumimos que Milei respondió con su violencia característica a un clima también agresivo. Todos esperamos cierta templanza en un presidente, pero también la esperamos de los legisladores. Si el presidente aprovechó su micrófono para fustigar sin que se oyeran las respuestas, también hay que decir que no pocos legisladores utilizaron la escena para hacer sus performances como buenos militantes de redes.

Dicho esto, como suele ocurrir en la Argentina, el énfasis estuvo puesto en las (malas) formas y no en el contenido del discurso que fue en la misma línea de su intervención en enero último en Davos, al menos en el espíritu ya que el registro y las audiencias son distintas.

Asimismo, si nos enfocamos en la estructura del discurso como un profesor que evalúa los primeros pasos de un alumno, habría que decir que ambos, el de Davos, y el de apertura de las sesiones, adolecieron del mismo defecto. La idea principal es enunciada al inicio y luego se pierde en disquisiciones y en un desfile algo infantil de citas sueltas de muchos autores, como suelen hacer los universitarios que recién comienzan y pretenden simular lecturas que no tienen.

El de Davos fue un gran comienzo, muy estimulante, aunque como necrológica, algo extemporánea: “Maquiavelo ha muerto”. Asimismo, en el del 1 de marzo, en los primeros minutos de su alocución, el presidente hace una afirmación potente y decreta “la moral como política de Estado”. Dado que, repito, ambos discursos estuvieron mal estructurados y lamentablemente no se retomaron al final estas ideas, nos aventuramos a deducir su significado y a arriesgar que hay una continuidad entre ellos.

Suponemos que cuando el presidente afirma que Maquiavelo ha muerto quiere decir que ha llegado el momento de volver a asociar la moral con la política. Como ustedes saben, cualquier versión de manual, indicaría que el gran aporte de Maquiavelo, aquel que, para algunos, significó el nacimiento de la Ciencia Política como disciplina, fue romper con 2000 años de Filosofía que, desde Platón, entendían que el buen gobernante era aquel que se manejaba con virtud y, conociendo el Bien, gobernaba con Justicia. Así, la figura del Filósofo Rey en Platón, acompañada de su idea organicista y conservadora de la sociedad donde cada uno debe cumplir el rol asignado por naturaleza, era en aquel momento una directa afrenta contra la dinámica popular y asamblearia de la democracia directa ateniense en la cual los cualquiera, seleccionados por sorteo, gobernaban por sobre los más preparados.

Maquiavelo rompe con todo esto: el príncipe no debe gobernar para el Bien, sino que lo que debe es mantener el estado de cosas, es decir, su poder. Mejor si lo hace siendo virtuoso y con buenas leyes. Pero como esto no siempre es posible, lo que se debe privilegiar son sus intereses en pos de alcanzar sus fines. De hecho, Maquiavelo redefine la Virtú para indicar que lo que hace al príncipe efectivamente virtuoso no es actuar siempre guiado por las virtudes clásicas, sino adquirir una flexibilidad moral para poder adaptar su accionar a sus objetivos. De allí se siguen algunos pasajes clásicos pero que en general van en la misma línea: si no se puede actuar como Hombre hay que actuar como Bestia; si es necesario ser cruel al principio, hay que serlo; sería bueno ser temido y amado, pero, si hay que elegir, es preferible, sobre todo, ser temido, etc.

Maquiavelo es más complejo, pero digamos que, en cualquier manual introductorio, la primera imagen con la que se lo asocia es esta que dio lugar al adjetivo “maquiavélico”. Dado que Milei es bastante afecto a las lecturas binarias muy poco sutiles, es probable que, entonces, trace un paralelo entre Maquiavelo y la política como terreno de la inmoralidad, de lo cual se sigue que el “Maquiavelo ha muerto” equivaldría a algo así como el fin de la política (quizás habría que decir “de los políticos” o “del Estado intervencionista”) y el “regreso” a una administración tecnocrática basada en la moral sin que nadie sepa bien de qué se trata eso.

Para apoyar esta interpretación está el resto del discurso de Davos donde en una exposición entre chatgepetista, rincondelvaguista y cebeceísta que parecía dirigida a una tribuna retrógrada que discute autores que ya nadie discute, Milei dice haber demostrado que el dilema entre eficiencia y justicia es falso ya que el mercado no solo es más eficiente en términos de productividad sino también es más justo, y que vivir en una dinámica de mercado libre nos hace mejores personas.

De aquí que entendamos que hay una continuidad con el discurso de la apertura de sesiones porque allí se habla de “La moral como política de Estado”, lo cual, en efecto argumentativo de pendiente resbaladiza/pseudo silogismo podría verse más o menos así: como nosotros seguimos a rajatabla las políticas de libremercado y estas políticas han demostrado ser más eficientes y justas, por lo tanto, las políticas públicas y los resultados de las mismas serán siempre moralmente buenas, a diferencia de lo que ocurría cuando esas políticas públicas las llevaban adelante “los políticos” en los tiempos en los que Maquiavelo estaba vivo, esto es, hasta Enero de 2026, caso similar al de William Shakespeare que, tras vivir más de 450 años murió por el Covid19, como todos recordarán.

Habiendo tantos intersticios por donde ingresar, la tentación es extendernos más de la cuenta. Pero no sucumbiremos a ello y haremos foco en dos aspectos. El primero, a nivel nacional: tal como se vio en el cruce con los opositores, las agresiones de Milei (probablemente también la de los opositores que no se escucharon), apuntaban a un orden moral, no político. En resumidas cuentas, la crítica era “ustedes son ladrones”. Otro grupo de críticas, bastante arrogante, por cierto, tenía que ver con la continua desacreditación de los (no) saberes de sus adversarios. Sobre eso simplemente decir que aun cuando pueda ser cierto que el nivel intelectual de parte de la oposición deja mucho que desear, ni quienes secundan a Milei ni el propio presidente parecen ser luminarias, por cierto. En el mejor de los casos, Milei ha demostrado ser un mediocre profesor universitario sin antecedentes en investigación y con un nivel de comprensión de las lecturas bastante limitado. Pero volviendo a la cuestión que nos concierne, a CFK no le dice “ignorante”: le dice “chorra”.

Asimismo, el problema de la moralización de la política ha sido trabajado por muchos autores, siendo quizás el más relevante Carl Schmitt. Para decirlo en pocas líneas, cuando la disputa se formula en términos morales y uno de los contendientes afirma actuar en nombre del Bien o de la Humanidad, el enemigo deja de ser un adversario político legítimo y pasa a ser concebido como inhumano o criminal. Esa es, en buena medida, la crítica de Schmitt al universalismo liberal: al presentarse como encarnación de valores universales, solo representa valores históricos particulares y transforma el conflicto político en una cruzada moral. Milei se la pasa hablando de las ideas de la libertad pero para correr a su adversario de la cancha lo llama “chorro”. No discute las ideas en tanto tal. Dice que quien defiende las ideas contrarias a las de él es un inmoral. Ni siquiera le permite la posibilidad de estar equivocado. Simplemente lo saca de la discusión pública.

Asimismo, entendemos que él, al fin de cuentas, un cruzado moralista que cree representar un plan trascendente (y no lo afirmo peyorativamente… Solo describo), jamás podría aceptarlo, pero su accionar y el de su gobierno han demostrado ser mucho más maquiavélico del que se suponía, al menos en el sentido de la vulgata que expusimos anteriormente. Podrá decírsele de todo a Milei pero aun tensando las normas de la república, aunque siempre dentro de ella, gobernó y fue capaz de avanzar con una innumerable cantidad de leyes sin tener nunca mayoría absoluta en las cámaras. Cometió un sinfín de errores infantiles, especialmente en 2025, pero en líneas generales logró trasformaciones que gobiernos anteriores no pudieron alcanzar incluso con mucho más apoyo político. Por cierto, no los logró como el Filósofo Rey sino con las armas de la política, las buenas y las malas.       

Por último, para hablar del plano internacional, ya en el discurso de Davos era evidente que el viejo modelo de las relaciones internacionales surgido tras la segunda guerra mundial ha volado por el aire, tal como reconoció el propio primer ministro canadiense. Hay muchos autores que han teorizado esto, pero el actual escenario mundial parece explicarse mucho más en términos maquiavélicos, al menos en el sentido de actores cuyas decisiones no están guiadas por la moralidad sino por el sostenimiento en el poder y/o el intento de reconfigurar un orden mundial en el que, pareciera, las grandes potencias van a tener vía libre para imponer, por la fuerza, sus intereses geopolíticos. Probablemente también lo tenían con el mundo gobernado por el “sistema de reglas” pero digamos que llevábamos mucho tiempo sin ver semejantes acciones sin guardar las formas, ni siquiera con un intento falso de justificación como en su momento fue el invento de las armas de destrucción masivas, etc.  Ahora se actúa y el fundamento es la razón de Estado cuyo límite puede ser la moral personal de quien toma la decisión. Este es un tiempo inestable e incierto, pero, sin dudas, menos hipócrita que el inmediatamente anterior.

En síntesis, en el plano de las relaciones internacionales, la versión de manual de Maquiavelo está más viva que nunca, de modo que no puedo imaginar más que caras de extrañamiento entre los asistentes a Davos al escuchar que Maquiavelo había muerto. La figura de la muerte del intelectual italiano no podía ser más extemporánea en ese sentido. Y en el plano interno, la presunta muerte del autor de El príncipe no solo contradice los modos en que astutamente la administración Milei ha logrado salir a flote, sino que sería una mala noticia para la democracia porque los conflictos se deben dirimir políticamente.

Trazar una distinción moral entre nosotros y ellos, no hace mejor a los primeros. Más bien, solo pretende la eliminación de los segundos. 

 

 

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