viernes, 13 de marzo de 2026

El regreso de Byung-Chul Han: Dios no murió. El que está muerto eres tú (publicado el 10.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.

 

 

 

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