No es que Dios haya muerto. El
que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.
Ese es el potente inicio del
último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han,
titulado Sobre Dios (Paidós), un
texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el
misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.
Aun con las repeticiones a las
que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques
a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención
es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre
actual de acceder a Dios.
La razón es sencilla: la
principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la
disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling
perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No
hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15
segundos, mensajes de voz breves y ya.
De hecho, Han entiende a la
oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una
escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la
sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no
podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar
con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No
sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que
habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout
y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera
coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando
nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una
razón para la revolución sino una causa para la depresión.
Nada se sustrae a esta lógica.
Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de
maratonear series. Para Han, este
fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia
del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad
inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder
comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre
de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie
no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos
encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.
Pero incluso la espiritualidad
misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria
del mindfulness que reduce la
espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como
un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del
régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como
sucediera con el protestantismo.
La segunda causa de esta
imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya
clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es
donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta
mística más controversial y enigmática: la descreación.
La descreación es un llamamiento
a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión
y unidad al creador. Si somos criaturas
surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de
la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una
“consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de
Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los
34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.
Este proceso de abandono del yo
le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos:
la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera
la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la
autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo
a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de
los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que
soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo
y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional,
que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a
cambio.
La tercera y última de las causas
que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al
principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que
considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido
el que ha matado a Dios.
Si ya no soportamos el silencio
es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el
ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse
mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una
atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.
Tras algunas reflexiones sobre la
belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la
necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una
vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros
tiempos, mucho más cercano a El mundo
feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad,
que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro
tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad,
produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría
donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien
tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda
la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para
regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La
combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras
generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte
de las fracturas sociales de la actualidad.
Por último, exento de cualquier
sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización
y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone
una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la
digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones
para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo
más de sutileza.
A manera de evaluación final,
para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos
de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe
estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De
hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos
ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento
que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia
corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira
contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un
sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un
libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar,
dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias,
podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un
texto religioso que a uno filosófico.
Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso
vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos
preguntas filosóficas que mandamientos.
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