Algunos meses atrás comenzábamos una nota tomando una cita del filósofo
reaccionario Joseph de Maistre aceptando su error de diagnóstico acerca de la
revolución francesa: no se trataba de un acontecimiento sino de una era. Lo
hacíamos para trazar un paralelo con Milei y afirmar que su irrupción no era un
exabrupto pasajero sino más bien el desenlace que coronaba una época. No es este
el espacio donde indagar sobre este punto, pero frente a los que, por ejemplo, tras
la sanción de la reforma laboral, indicaban que Milei estaba rompiendo el
último dique de la Argentina peronista, desde aquí consideramos que ese dique
ya se había roto mucho antes. Milei no sería, entonces, la causa de una
transformación sino el efecto de lo ya acaecido.
Si nuestra hipótesis es correcta y Milei es una era antes que un
acontecimiento circunstancial, surge la siempre revisitada pregunta alrededor
de qué debe hacer el peronismo. La pregunta tiene varias aristas, pero siempre
se interpreta esa pregunta desde una perspectiva electoral. Así el interrogante
acerca de qué debe hacer el peronismo se transforma en qué debe hacer el
peronismo para ganar, aspecto más que relevante si se toma en cuenta que el
espacio perdió siete de las últimas nueve elecciones. Ahí empezamos con el “Con
Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede…” y todos los juegos de palabras
de aquellos que creen que la política se reduce a comunicación y, sobre todo, a
aquellos que entienden que ganar es sumar dirigentes presuntamente propietarios
de votos. Es la política de la lista de verdulero como suma directa: “yo tengo
20, vos tenés 10, vos 5, vos 3…. Y así sumamos hasta llegar a 40. Y listo. Se
gana la elección. Así sucedió con Alberto Fernández, pero habría que decir que
pareció más la excepción que la regla y es una dinámica que, lamentablemente,
acaba siendo funcional a la extorsión de las minorías o los proyectos
unipersonales como los de Grabois, etc.: como la diferencia entre ganar y
perder a veces no llega a cinco puntos, los que tienen esos cinco puntos los
venden a precio oro. Algo parecido ocurrió esta semana con la visita de
Pichetto a Cristina o las fantasías de un gran frente “Anti Milei” con una
flexibilidad inversamente proporcional a su coherencia.
A propósito, un par de semanas atrás, Carlos Pagni citaba interesadamente
una nota que se había publicado en la revista Panamá en diciembre pasado
firmada por Juan José Amondarain y Luciano Chiconi titulada “¿Es posible una
renovación del peronismo?”
Digo “interesadamente” porque la nota indica que la única posibilidad de renovación
del peronismo sería aceptar “un consenso social en favor de un orden ortodoxo
para la macroeconomía argentina”, es decir, el peronismo que mejor le sienta a
los que no son peronistas.
Según los autores, “No hay
verdadero espíritu renovador mientras la dirigencia peronista no salga a
afirmar públicamente que está en contra de: la inflación, el déficit fiscal, la
emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas
subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica
que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.
Además, agregan que para ganar la elección el
peronismo debería “enterrar la reivindicación del proceso 2005-23 que la
sociedad rechaza”, que la prioridad del peronismo debe ser la producción y la
creación de empleo privado por sobre el “redistribucionismo” y que, entre otras
cosas, el peronismo debe reasumir su rol reformista, de partido formador de
orden económico y de disciplinamiento social capaz de ajustar cuando sea
necesario, como así también de establecer alianzas con los sectores más
modernos de la economía.
Por último, para los
autores, adherir a este presunto nuevo consenso social del orden ortodoxo en la
macroeconomía no sería una, digamos, decisión ideológica, sino algo más
complicado aún, esto es, una condición pre-política “de su renovación para volver a ser un factor de
poder, para volver a la sociedad y volver a gobernar”.
Desde mi punto de vista, el texto da en el eje en un aspecto que aquí
venimos mencionando hasta el hartazgo desde hace años: fue la última gestión de
Alberto Fernández y Cristina Kirchner la que operó la segunda fase de la
desorganización de la vida que había diagnosticado la propia CFK durante la
administración Macri: con una inflación de más del 200% no hay orden posible,
ni proyecto ni nada. La subestimación del efecto inflacionario sobre la
subjetividad y, para decirlo más fácil, sobre el día a día, es algo que el
kirchnerismo/peronismo/progresismo continúa sin comprender. Y lo dijimos
también acá: la campaña de Massa llamaba al voto racional pero, ¿qué era más
racional? ¿Votar al ministro del 200% o al “loco” que decía que la iba a llevar
a 0 con una motosierra? Las urnas hablaron.
Agreguemos a esto los elementos de la “batalla cultural”, aquella que creó
fracturas sociales donde no las había; el confundir la cultura popular con el
lumpenaje; un antipunitivismo zonzo, sectario y lejos del padecer cotidiano del
pueblo; el reemplazo de los trabajadores como columna vertebral por “nuevas
identidades” de laboratorio palermitano, etc., etc., y la pregunta que
sobreviene es cómo ese espacio pudo haber seguido siendo competitivo.
Dicho esto, y aun cuando, como también venimos diciendo aquí desde hace
años utilizando la figura del joker como emblema del “individuo roto” acelerado
por el efecto de la pandemia, no parece tan claro que la “era mileista” se
caracterice por ese presunto consenso social de orden ortodoxo macroeconómico.
Y lo digo desde el lugar de quien considera que algunas de las medidas de ese
presunto nuevo orden eran y son necesarias incluso con los efectos colaterales visibles.
Porque para decirlo sin ambigüedades: no se puede vivir con inflación. Son
contados con los dedos de una mano los países que viven con inflación. En este
sentido, medidas de índole, llamemos, “fiscalista”, son necesarias sin que eso
suponga necesariamente irse a la cama abrazado a los libros de los Chicago
Boys. Incluso los últimos años de CFK con una inflación al 25%, aun cuando las
paritarias acompañasen, no se puede permitir. Dicho esto, que la condición de
posibilidad de la renovación del peronismo sea abjurar del proceso 2005-2023
(curioso recorte, por no decir insólitamente duhaldista), es desconocer las
virtudes, incluso en términos ortodoxos, de la gestión Kirchner y, con sus
bemoles, de lo que se suele llamar “la década ganada” aun cuando a esa década
quizás le sobre algún añito.
Menos se puede compartir esta idea de que este nuevo orden social en favor
de un modelo ortodoxo macroeconómico es una condición prepolítica que los
autores hacen equivalente al consenso democrático que el peronismo tuvo que
“admitir” después de la derrota del 83.
Aunque en los últimos años se han revitalizado discusiones que parecían
saldadas, el consenso democrático es afortunadamente profundo a tal punto que
incluye a tipos como Milei. El presunto consenso ortodoxo en lo económico no,
incluso cuando, como dijimos, el mileismo sea una era y el peronismo le siga
hablando a una ciudadanía cuya configuración no entiende ni representa.
Fragmentación, destrucción del tejido social, reconfiguración del
capitalismo y de la esfera del trabajo bajo gobiernos que en los últimos 10
años no gestionaron bien, entre otras cosas, han generado individuos rotos
incapaces de ser representados o, lo que es peor, cuya representación más cabal
es una más que justificada ira. No hay ningún consenso ahí y aunque hay que
admitir que los autores bien se encargan en señalar que el consenso al que
refieren no sería “ideológico” en el sentido de suponer que la mayoría de la
Argentina se hizo libertaria, parecería más bien que estamos frente a un
fenómeno distinto que quizás, justamente, se caracterice por la fragmentación
de necesidades e identidades antes que por los consensos.
Como interrogante final, me preguntaría, a su vez, qué quedaría del
peronismo si, repito la cita, su versión renovada se manifiesta en contra de “la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria,
las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo
cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a
la crisis económica terminal de 2023”.
Y lo planteo, insisto, aun sintiéndome parte de los que
cree algo de este “consenso” es necesario. Sin embargo, seamos buenos con
nosotros mismos: podemos estar en contra de la inflación, pero las tarifas
subsidiadas (de manera racional y no como se hizo), las retenciones (al fin de
cuentas, sostenidas por gobierno no peronistas también), una escala progresiva
de impuestos que eventualmente los aumente para algunos sectores, etc., no son
una mala palabra y, ponerlos en la misma lista que el cepo, el déficit fiscal,
la emisión monetaria y la inflación misma sin más, le hace un flaco favor a la
complejidad.
Para cerrar, en todo caso, si el peronismo asumiera como
tal esta agenda, incluso cabría preguntarse el para qué. Y no se trata de un
planteo ingenuo ni idealista. Aquí entendemos muy bien que en política hay que
ganar y que los puros están para ser fumados. Quizás allí sí esté el verdadero
consenso: hay que ganar pero si ganás sin saber para qué, sin molestar, burocratizado,
sobreideologizado, gobernando para que nadie se enoje y absorbiendo la agenda
de tu adversario como inevitable, lo más probable es que gobiernes mal y la
ciudadanía te castigue.
¿Pero de qué consenso hablamos si el peor gobierno
peronista estuvo a 3 puntos de ganar en primera vuelta en 2023?
Milei es una era y el peronismo debe renovarse. Pero
renovarse solo para ganar, no sirve.
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