viernes, 13 de marzo de 2026

¿Para qué renovar el peronismo? (editorial del 14.3.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás comenzábamos una nota tomando una cita del filósofo reaccionario Joseph de Maistre aceptando su error de diagnóstico acerca de la revolución francesa: no se trataba de un acontecimiento sino de una era. Lo hacíamos para trazar un paralelo con Milei y afirmar que su irrupción no era un exabrupto pasajero sino más bien el desenlace que coronaba una época. No es este el espacio donde indagar sobre este punto, pero frente a los que, por ejemplo, tras la sanción de la reforma laboral, indicaban que Milei estaba rompiendo el último dique de la Argentina peronista, desde aquí consideramos que ese dique ya se había roto mucho antes. Milei no sería, entonces, la causa de una transformación sino el efecto de lo ya acaecido.    

Si nuestra hipótesis es correcta y Milei es una era antes que un acontecimiento circunstancial, surge la siempre revisitada pregunta alrededor de qué debe hacer el peronismo. La pregunta tiene varias aristas, pero siempre se interpreta esa pregunta desde una perspectiva electoral. Así el interrogante acerca de qué debe hacer el peronismo se transforma en qué debe hacer el peronismo para ganar, aspecto más que relevante si se toma en cuenta que el espacio perdió siete de las últimas nueve elecciones. Ahí empezamos con el “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede…” y todos los juegos de palabras de aquellos que creen que la política se reduce a comunicación y, sobre todo, a aquellos que entienden que ganar es sumar dirigentes presuntamente propietarios de votos. Es la política de la lista de verdulero como suma directa: “yo tengo 20, vos tenés 10, vos 5, vos 3…. Y así sumamos hasta llegar a 40. Y listo. Se gana la elección. Así sucedió con Alberto Fernández, pero habría que decir que pareció más la excepción que la regla y es una dinámica que, lamentablemente, acaba siendo funcional a la extorsión de las minorías o los proyectos unipersonales como los de Grabois, etc.: como la diferencia entre ganar y perder a veces no llega a cinco puntos, los que tienen esos cinco puntos los venden a precio oro. Algo parecido ocurrió esta semana con la visita de Pichetto a Cristina o las fantasías de un gran frente “Anti Milei” con una flexibilidad inversamente proporcional a su coherencia.

A propósito, un par de semanas atrás, Carlos Pagni citaba interesadamente una nota que se había publicado en la revista Panamá en diciembre pasado firmada por Juan José Amondarain y Luciano Chiconi titulada “¿Es posible una renovación del peronismo?”

Digo “interesadamente” porque la nota indica que la única posibilidad de renovación del peronismo sería aceptar “un consenso social en favor de un orden ortodoxo para la macroeconomía argentina”, es decir, el peronismo que mejor le sienta a los que no son peronistas.

Según los autores, “No hay verdadero espíritu renovador mientras la dirigencia peronista no salga a afirmar públicamente que está en contra de: la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

 

Además, agregan que para ganar la elección el peronismo debería “enterrar la reivindicación del proceso 2005-23 que la sociedad rechaza”, que la prioridad del peronismo debe ser la producción y la creación de empleo privado por sobre el “redistribucionismo” y que, entre otras cosas, el peronismo debe reasumir su rol reformista, de partido formador de orden económico y de disciplinamiento social capaz de ajustar cuando sea necesario, como así también de establecer alianzas con los sectores más modernos de la economía.

 

Por último, para los autores, adherir a este presunto nuevo consenso social del orden ortodoxo en la macroeconomía no sería una, digamos, decisión ideológica, sino algo más complicado aún, esto es, una condición pre-política “de su renovación para volver a ser un factor de poder, para volver a la sociedad y volver a gobernar”.

 

Desde mi punto de vista, el texto da en el eje en un aspecto que aquí venimos mencionando hasta el hartazgo desde hace años: fue la última gestión de Alberto Fernández y Cristina Kirchner la que operó la segunda fase de la desorganización de la vida que había diagnosticado la propia CFK durante la administración Macri: con una inflación de más del 200% no hay orden posible, ni proyecto ni nada. La subestimación del efecto inflacionario sobre la subjetividad y, para decirlo más fácil, sobre el día a día, es algo que el kirchnerismo/peronismo/progresismo continúa sin comprender. Y lo dijimos también acá: la campaña de Massa llamaba al voto racional pero, ¿qué era más racional? ¿Votar al ministro del 200% o al “loco” que decía que la iba a llevar a 0 con una motosierra? Las urnas hablaron.

Agreguemos a esto los elementos de la “batalla cultural”, aquella que creó fracturas sociales donde no las había; el confundir la cultura popular con el lumpenaje; un antipunitivismo zonzo, sectario y lejos del padecer cotidiano del pueblo; el reemplazo de los trabajadores como columna vertebral por “nuevas identidades” de laboratorio palermitano, etc., etc., y la pregunta que sobreviene es cómo ese espacio pudo haber seguido siendo competitivo. 

Dicho esto, y aun cuando, como también venimos diciendo aquí desde hace años utilizando la figura del joker como emblema del “individuo roto” acelerado por el efecto de la pandemia, no parece tan claro que la “era mileista” se caracterice por ese presunto consenso social de orden ortodoxo macroeconómico. Y lo digo desde el lugar de quien considera que algunas de las medidas de ese presunto nuevo orden eran y son necesarias incluso con los efectos colaterales visibles. Porque para decirlo sin ambigüedades: no se puede vivir con inflación. Son contados con los dedos de una mano los países que viven con inflación. En este sentido, medidas de índole, llamemos, “fiscalista”, son necesarias sin que eso suponga necesariamente irse a la cama abrazado a los libros de los Chicago Boys. Incluso los últimos años de CFK con una inflación al 25%, aun cuando las paritarias acompañasen, no se puede permitir. Dicho esto, que la condición de posibilidad de la renovación del peronismo sea abjurar del proceso 2005-2023 (curioso recorte, por no decir insólitamente duhaldista), es desconocer las virtudes, incluso en términos ortodoxos, de la gestión Kirchner y, con sus bemoles, de lo que se suele llamar “la década ganada” aun cuando a esa década quizás le sobre algún añito.

Menos se puede compartir esta idea de que este nuevo orden social en favor de un modelo ortodoxo macroeconómico es una condición prepolítica que los autores hacen equivalente al consenso democrático que el peronismo tuvo que “admitir” después de la derrota del 83.

Aunque en los últimos años se han revitalizado discusiones que parecían saldadas, el consenso democrático es afortunadamente profundo a tal punto que incluye a tipos como Milei. El presunto consenso ortodoxo en lo económico no, incluso cuando, como dijimos, el mileismo sea una era y el peronismo le siga hablando a una ciudadanía cuya configuración no entiende ni representa.

Fragmentación, destrucción del tejido social, reconfiguración del capitalismo y de la esfera del trabajo bajo gobiernos que en los últimos 10 años no gestionaron bien, entre otras cosas, han generado individuos rotos incapaces de ser representados o, lo que es peor, cuya representación más cabal es una más que justificada ira. No hay ningún consenso ahí y aunque hay que admitir que los autores bien se encargan en señalar que el consenso al que refieren no sería “ideológico” en el sentido de suponer que la mayoría de la Argentina se hizo libertaria, parecería más bien que estamos frente a un fenómeno distinto que quizás, justamente, se caracterice por la fragmentación de necesidades e identidades antes que por los consensos.

Como interrogante final, me preguntaría, a su vez, qué quedaría del peronismo si, repito la cita, su versión renovada se manifiesta en contra de “la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

Y lo planteo, insisto, aun sintiéndome parte de los que cree algo de este “consenso” es necesario. Sin embargo, seamos buenos con nosotros mismos: podemos estar en contra de la inflación, pero las tarifas subsidiadas (de manera racional y no como se hizo), las retenciones (al fin de cuentas, sostenidas por gobierno no peronistas también), una escala progresiva de impuestos que eventualmente los aumente para algunos sectores, etc., no son una mala palabra y, ponerlos en la misma lista que el cepo, el déficit fiscal, la emisión monetaria y la inflación misma sin más, le hace un flaco favor a la complejidad. 

Para cerrar, en todo caso, si el peronismo asumiera como tal esta agenda, incluso cabría preguntarse el para qué. Y no se trata de un planteo ingenuo ni idealista. Aquí entendemos muy bien que en política hay que ganar y que los puros están para ser fumados. Quizás allí sí esté el verdadero consenso: hay que ganar pero si ganás sin saber para qué, sin molestar, burocratizado, sobreideologizado, gobernando para que nadie se enoje y absorbiendo la agenda de tu adversario como inevitable, lo más probable es que gobiernes mal y la ciudadanía te castigue.

¿Pero de qué consenso hablamos si el peor gobierno peronista estuvo a 3 puntos de ganar en primera vuelta en 2023?

Milei es una era y el peronismo debe renovarse. Pero renovarse solo para ganar, no sirve.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario