lunes, 23 de enero de 2023

Confesiones de un villano del clima (publicado el 19/1/23 en www.disidentia.com)

 

Cuál es el tamaño de mi casa; en qué década se construyó; cuál es la fuente de calefacción; si tengo aire acondicionado; si mi edificio tiene acceso a electricidad de fuentes ecológicas; si intento reducir el uso de electricidad; cuántas personas viven en casa; cuántas mascotas tengo; si soy propietario de más de una propiedad y cuál sería el tamaño de las mismas.

 

Cuántos viajes hago en avión; si tengo coche propio; si realizo la práctica de compartir el coche; si tomo taxis, ferrys o transporte público; si me muevo a pie o en bicicleta.

 

Si como carne vacuna; si soy vegetariano; si compro productos de temporada y de origen local; si desperdicio comida; si uso plástico; si consumo aceite de palma; si hago muchas compras; si compro de segunda mano; si regalo o vendo artículos usados; si reciclo; si compenso mi huella de carbono donando dinero a proyectos que reducen las emisiones de CO2…

 

Estas son algunas de las preguntas que aparecen en un test que realicé para conocer mi huella de carbono (www.calculadora-co2.climatehero.me), esto es, la manera en que mis actividades individuales contribuyen o no al calentamiento global. Al finalizar dicho examen el resultado arrojaría si soy un “Villano”, un “Farsante”, un “Amigo” o un “Héroe” del clima. Naturalmente, debo confesarlo, obtuve el título de “Villano” y se me indicó que para poder transformarme en “Héroe” mi vida debería cambiar radicalmente, esto es: debía ser propietario de un único departamento más viejo, más chico y convivir junto a más personas y mascotas que no emitan flatulencias; debería reducir mi consumo de electricidad o, en su defecto, vincularlo a fuentes ecológicas. Además, debería dejar de viajar en avión, en barco y en taxis para moverme a pie, en bicicleta o, en su defecto, en transporte público. Por último, debería abandonar mi dieta de carnes para devenir vegetariano, consumir productos de temporada y origen local, dejar el plástico, reciclar, no comprar productos nuevos sino de segunda mano y, sobre todo, claro está, lavar la culpa por mi villanía aportando dinero a alguna ONG que se encargue de recordarme lo poco que hago por salvar el mundo.    

 

Esta propuesta me recordó el texto “They Killed Their Mother: Avatar as Ideological Symptom”, del crítico británico Mark Fisher, publicado allá por el 2010, acerca de la primera entrega de Avatar. Allí se acusa a esta película de ser un “ecosermón” y de ofrecer una demostración cabal de los discursos anticapitalistas que curiosamente provienen de los entornos y las empresas más capitalistas. Así, por ejemplo, no es casual observar una película de la corporación Disney con un discurso anticorporaciones, o productos que hacen del antimarketing un marketing fenomenal y exitoso. Seguramente filmar una película como Avatar supone acrecentar la huella de carbono que daña al planeta pero, en todo caso, dejemos ese asunto para otro momento pues me interesa centrarme en otro aspecto que señala Fisher. Esto es, la recurrencia a una salida “primitivista”. Efectivamente, si repasamos cuál sería el modo de salvar el mundo, la propuesta pareciera la de un retorno a míticas comunidades originarias que viven colectivamente y que son reacias a los valores de la modernidad.

 

Esto está presente en lo que se conoce como “discursos colapsistas” y/o “decrecentistas” que, como su nombre indica, afirman que es inminente un colapso civilizacional y que la salida está en un “decrecimiento”, es decir, abandonar el paradigma moderno del crecimiento y el progreso hacia unas formas de vida que algunos las ubican entre la práctica ascética y el retorno a cosmovisiones ancestrales de pueblos remotos.

 

De hecho, alguna vez lo mencionamos en este espacio, hasta existe una serie francesa llamada El Colapso, lanzada apenas antes de la pandemia que, inspirada en estas ideas, nos plantea distintos escenarios catastróficos en los que se puede ver desde jóvenes de clase media que acaban robando un supermercado ante la escasez de toallitas femeninas, y una aldea en la que dos grupos se enfrentan por las raciones de comida; hasta una central de energía que no se puede mantener por la falta de combustible, y un hogar de ancianos que es saqueado y donde el único enfermero realiza un suicidio asistido a su paciente favorita antes de que muera de hambre. Si bien la corriente colapsista suele referirse a colapsos múltiples de todo orden, el último capítulo de la serie da a entender que el colapso ha sido ambiental y que los ambientalistas radicalizados finalmente tenían razón.

 

Ahora bien, quienes no vivimos en países del primer mundo asistimos a un test como el mencionado y a series como El colapso con una sensación de ajenidad y distancia que seguramente no es la adecuada pero que existe.

 

Es que no deja de ser extraño que quienes viajan y viajaron en avión nos digan que ahora debemos dejar de hacerlo; que quienes tienen el dinero para costearse una dieta vegana nos digan a quienes vivimos en países donde la carne vacuna es un bien cultural y económico, que debemos abandonarla, etc. En términos generales, digamos que es curioso que los países que ocupan hoy un lugar central en la economía mundial gracias al proceso de industrialización que explica buena parte de la contaminación, les digan a los países que llegaron tarde a ese proceso que ahora es momento de una reconversión energética que será, justamente, liderada por aquellos países que más afectaron el ambiente.

 

A propósito, en estos días se viralizó un discurso del humorista ruso Konstantin Kisin en la universidad de Oxford en el marco de un debate organizado por esta casa de estudios cuyo título es “This House Believes Woke Culture Has Gone Too Far”. En el caso de Kisin, sus dardos fueron dirigidos contra el pensamiento progresista que privilegia su preocupación por el clima en detrimento de problemáticas sociales y económicas https://www.youtube.com/watch?v=zJdqJu-6ZPo . Decir que ocuparse del clima supone automáticamente desentenderse de la pobreza es falaz. No obstante, Kisin da en la tecla cuando menciona a los cientos de millones de personas en África, Asia y Sudamérica que necesitan de progreso material básico sostenido porque no tienen cloacas, ni vivienda ni trabajo y viven con menos de 7 dólares diarios mientras los chicos de Oxford tienen “ecoansiedad” o “solastalgia” (tristeza por el clima) por no poder solucionar el problema del cambio climático. Por qué esos mismos estudiantes carecen de “pobreansiedad” y “pobrestalgia” para resolver el problema de la pobreza es una pregunta que bien podríamos hacer pero, en todo caso, si nos restringimos a la cuestión climática, la respuesta está más bien en cómo solucionar a futuro la problemática.

 

Aquí estoy pasando por alto una infinidad de detalles y debates que se dan al respecto pero me cuesta pensar que la solución posible y deseable sea revivir el mito del buen salvaje, un regreso romántico a un estadio premoderno en el que por no haber capitalismo pareciera que los humanos fueran todos buenos y amantes de los animalitos mientras viven en paz y armonía con la naturaleza, sin guerras, sin explotación y sin sometimientos de un pueblo sobre otro.

    

Lo importante es que esta visión progre “woke” a la que se refiere Kisin no tiene en frente solo a negacionistas que si por ellos fuera destruirían toda posibilidad de mundo habitable. También tiene posturas sensatas por derecha e incluso por izquierda, tal como se sigue de la postura de Fisher, que no son “villanas del clima”. De hecho, en el artículo mencionado, el británico cita el siguiente pasaje de Primero como tragedia de Zizek:

 

“La fidelidad a la idea comunista significa que (…) debemos permanecer resueltamente modernos y rechazar la demasiado fácil generalización por la cual la crítica del capitalismo se transforma en la crítica de la ‘razón instrumental’ o de la ‘civilización tecnológica moderna’”.

 

De este párrafo Fisher concluye: “el problema es, más bien, cómo la civilización tecnológica moderna puede ser organizada de un modo diferente”.

 

Sería pretencioso suponer que las discusiones aquí expuestas pueden resolverse en un texto de esta extensión. Sobre la mayoría de los temas que aquí aparecen lo que surge son más bien dudas o, en el mejor de los casos, la aceptación de la complejidad y la necesidad de evitar los falsos dilemas del estilo “pobreza versus ecología”. Sin embargo, intuyo y razono que la salida está adelante (y no atrás) e incluye a la tecnología. Esto no necesariamente implica evitar replanteos acerca de las formas en las que vivimos o consumimos. Pero no parece haber regreso de la civilización tecnológica y de muchas de los valores y conquistas de la modernidad aun con todos sus bemoles. Algunos dirán “para mal”. Yo diré “para bien”.       

 

martes, 10 de enero de 2023

La risa de los ángeles (publicado el 5/1/23 en www.disidentia.com)

 

Se sabe que a Stalin le gustaba contar anécdotas a sus colaboradores más cercanos y entre sus favoritas estaba la de las 24 perdices. Sucedió en lo que era un día de caza, algo habitual para el georgiano. Tomó una parka, sus esquíes y su fusil para recorrer 13 kilómetros bajo las inclemencias del tiempo. Allí, de repente, observa 24 perdices en la rama de un árbol con tanta mala suerte para él que solo tenía 12 cartuchos. Aun así, decide disparar, mata 12 perdices, luego regresa a la casa que había quedado 13 kilómetros atrás, recoge otros 12 cartuchos, se vuelve a movilizar hasta donde estaban las restantes 12 perdices que seguían en la misma rama, y las mata.

La anécdota aparece en el libro de Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia, que a su vez remite a otro libro, en este caso, Las memorias de Jrushchov, el sucesor de Stalin. Pero lo curioso no es la anécdota en sí sino lo que sucede en quienes la escuchan. Porque estoy seguro que el lector, al igual que me ha sucedido a mí, lo primero que hace es reírse puesto que todos sabemos que es imposible que esa anécdota sea real. Sin embargo, Kundera afirma que los colaboradores de Stalin no rieron. De hecho, solo se indignaron y así lo expresaron cuando Stalin se retiraba. Todos interpretaron que era una mentira. Lo que no entendieron es que era una broma. ¿Por qué? Kundera responde: “porque todos [alrededor de Stalin] habían olvidado ya qué es una broma. Y, a mi entender, eso anunciaba ya la llegada de un nuevo gran período de la Historia”.

Kundera anuncia así el crepúsculo de las bromas y la era de las posbromas, más allá de que no ahonde mucho más sobre este punto en el libro. Sin embargo, no solo todos los libros de Kundera tienen un gran sentido del humor sino que además la risa y los chistes han estado presentes desde su primera novela, de 1967, la cual justamente se titula La broma.

A propósito, en este mismo espacio, tiempo atrás habíamos hablado de este libro para graficar el modo en que la continua ampliación de la censura que impone la corrección política y que nos indica también sobre qué y sobre quiénes es posible reír y burlarse, no hace más que mostrar dónde está el poder. Porque pasarán las generaciones, los sistemas, los valores pero algo que sigue sin tolerar el poder es que se rían de él. En La broma, el personaje principal, estudiante universitario, manda una carta a una joven militante a la cual pretende seducir con la mala idea de incluir al final una broma que hace que las autoridades lo consideren un trotskista. Allí comenzarán los pesares del protagonista y también los pesares del propio Kundera quien, tras la publicación de la novela, fue perseguido por el gobierno comunista de Checoslovaquia y debió emigrar. Claro que el destierro de antaño es reemplazado hoy por la cancelación, la cual tiene un costado más perverso porque en el mundo globalizado con la web llegando a cada rincón del planeta, es imposible escapar del estigma, máxime cuando nunca faltará algún idiota útil con ánimo de perseguidor que en algún recóndito lugar crea estar haciendo justicia por una causa noble que leyó en Wikipedia.

En el artículo mencionado, vinculábamos La broma de Kundera con La mancha humana de Philip Roth, otro autor ineludible para comprender buena parte de los fenómenos de la actualidad. Publicada en el 2000, en esta novela Roth ya observa el germen del aparato persecutorio de un “fascismo de las buenas causas” que se estaba gestando en las universidades estadounidenses y que tiempo después se transformaría en la agenda del mundo progresista en nombre del respeto por las minorías. Allí es un veterano profesor quien hace una broma y se pregunta si los alumnos que no habían venido a clase se habían hecho “humo negro”, con la mala suerte de que los alumnos eran efectivamente negros. Si bien ese dato era desconocido para el profesor, la acusación de racismo y la persecución posterior es de antología aunque, lamentablemente, se trata de ese tipo de ficción profética que deviene obsoleta ante una realidad que tristemente la supera.

A propósito de Kundera y Roth me gustaría ir concluyendo con unas reflexiones que surgen de una entrevista que este último le hiciera al primero y que fuera publicada en español en el número 1 de la Revista Quimera en 1980. Allí el escritor estadounidense le pregunta al checo acerca de los distintos tipos de risa que éste menciona en El libro de la risa y el olvido, en particular, la risa del diablo y la risa de los ángeles. Kundera ensaya una respuesta que vale transcribir en su totalidad:

“(…) El hombre usa la misma manifestación fisiológica, la risa, para expresar dos actitudes metafísicas diferentes. Dos amantes corren por un prado, cogidos de la mano, riendo. Su risa no tiene nada que ver con los chistes, con el humor, es la risa seria de los ángeles expresando su alegría de vivir. Los dos tipos de risa forman parte de los placeres de la vida, pero cuando la risa se lleva al exceso también denota un apocalipsis dual: la risa entusiasta de ángeles fanáticos, tan convencidos de su concepción del mundo que están dispuestos a colgar a cualquiera que no comparta su alegría. Y la otra risa, que nos llega desde el lado opuesto, y que proclama que nada tiene sentido, que incluso los funerales son ridículos y el sexo en grupo una mera pantomima cómica. La vida humana está limitada por dos abismos: el fanatismo por un lado y el absoluto escepticismo del otro”.

La distinción viene a cuento porque es verdad que aun cuando hemos dejado atrás dictaduras como las de Stalin, la cultura imperante que ha penetrado los sistemas educativos está produciendo generaciones enteras que, recelosas de establecer los límites sobre aquello que es pasible de risa, pronto olvidarán qué es una broma de la misma manera que lo habían olvidado los colaboradores de Stalin. 

Sin embargo, claro está, la risa no ha desaparecido pero asimismo se expresa en estas dos actitudes metafísicas que menciona Kundera y que tan bien describen el espíritu posmoderno. Este punto es central porque solemos caer en la idea de que la posmodernidad solo ha traído relativismo y escepticismo de lo cual se sigue que toda risa sería una risa cínica. Y sin dudas la posmodernidad es esto que Kundera identificaría con la risa descreída del diablo, la risa que es propia de los que consideran que ya nada tiene sentido. Pero la posmodernidad es también la risa de los ángeles y no precisamente la de los amantes que corretean por el prado. Ese es precisamente el problema: es la risa de los ángeles que creen tan fanáticamente en su concepción del mundo que son capaces de llevar adelante la inquisición en nombre de la justicia social, la diversidad y el cuidado del planeta. No ríen de felicidad. Ríen como señal para identificar a los propios y marcar a quienes no comparten el entusiasmo por el bien, la belleza y la verdad que impone el canon; es la risa que crea algoritmos policíacos que determinan quién no se ríe fanáticamente. Una risa que no es la consecuencia de una broma sino el apego acrítico a una ideología que determina que algunos son ángeles y otros son diablos; como si la única respuesta al escepticismo fuera obligarnos a vivir atormentados de sentido. 

A lo largo de la historia toda lógica autoritaria ha impuesto a sus súbditos también sobre qué reírse. Pero a diferencia de aquellas épocas en las que las imposiciones eran determinadas por líderes autoritarios, asesinos e hijos de puta, quienes vivimos en estos tiempos tenemos la fortuna de que los inquisidores son todas buenas personas, seguramente víctimas de un tiempo presente o pasado. Estar obligados a reír y eventualmente ser censurados no es grato pero pareciera que debe soportarse cuando es por una buena causa y, sobre todo, cuando su perpetrador es nada más y nada menos que un ángel.    

 

domingo, 25 de diciembre de 2022

Messi: la identidad y el nuevo Dios (publicado el 21/12/22 en www.disidentia.com)

 

Año 2024. Tras los mensajes de usuarios y medios como el Washington Post que acusaban a Argentina de salir campeón del mundo sin tener negros en el equipo, Netflix inicia la filmación de la película que recordará la epopeya deportiva con una particular cláusula. Efectivamente, Messi será representado por una mujer afroamericana; Di María por un joven asiático con sobrepeso; el mediocampo del equipo será interpretado por hindúes y referentes de pueblos originarios, y el arquero Dibu Martínez por una mujer trans vegana. La realidad no tiene ningún derecho a desoír el nuevo canon de moralidad.

Hablando de realidad y de películas, volviendo al año 2022, déjenme contarles una que vi la noche anterior a la final de la copa del mundo: What Do We See When We Look at the Sky? Se trata de una película georgiana estrenada en 2021 y dirigida por Alexandre Koberidze quien, aprovechando la invitación al festival de cine de Mar del Plata que se realizó en noviembre de 2022, se quedó en Argentina unas semanas más para ver el mundial. La anécdota viene a cuento porque el título de su película refiere al gesto de Messi cuando señala al cielo después de cada gol y porque la película cuenta una particular historia de amor con toques de realismo mágico que se desarrolla en el transcurso de un hipotético mundial en el que Argentina es campeón de la mano de su número 10.

La trama es tan simple como asombrosa: un joven y una joven se cruzan casualmente varias veces hasta que deciden formalizar una cita. Sin embargo, el día anterior caen presos de una maldición por la cual a la mañana siguiente amanecerán convertidos en personas con otra apariencia física e incapaces de destacarse en lo que mejor hacían: medicina en el caso de la chica; jugar al fútbol en el caso del chico. Ambos acuden a la cita igualmente sin saber que el otro también cambió de apariencia y naturalmente nunca se encuentran. Sin embargo, otra vez la casualidad hace que coincidan en un mismo trabajo tiempo después. Pero lo que previsiblemente pensábamos que ocurriría no sucede y el reencuentro con sus verdaderas identidades, finalmente, se dará a través de una foto también casual que les toman como pareja hipotética para el casting de una película. Es que cuando la foto se revela, aparecen como eran originalmente y allí se “redescubren”. Ese final me llevó a pensar que, para el director, el cine y la fotografía serían capaces de ir más allá de las apariencias, de captar la verdadera identidad de las cosas. Para escándalo de Platón, el arte sacándonos del engaño de la caverna.  

Algo parecido sucede en buena parte de las intervenciones públicas, no solo en redes sociales sino entre periodistas consagrados cuando hablan del mundial: el equipo campeón como revelando una identidad popular oculta, una argentinidad que se expresa triunfante a través del arte del fútbol y de su artista principal: Messi.

Todo empieza en la suposición de que parte de la liberación que lo lleva a Messi a ser campeón tiene que ver con haberse “maradonizado”. La prueba de ello sería el partido contra Países Bajos en el que un Messi como nunca se vio, arremetió contra el referí, el técnico y un jugador rival al que llamó “bobo”.

Porque en el país del psicoanálisis estaba claro que, para “soltarse”, Messi debía “matar al padre”. Mascherano le había dejado la cinta de capitán y Maradona había fallecido dos años atrás. A partir de allí hemos visto el mejor Messi y, sobre todo, hemos visto al Messi ganador de la Copa América (tras haber perdido dos finales) y al Messi ganador de la Copa del mundo (tras haber perdido una final y, sobre todo, tras no haber tenido performances destacables en los torneos que disputara desde 2006).

¿Pero qué se está diciendo cuando se afirma que Messi se “maradonizó”? En realidad, lo que se indica es que Maradona representa el espíritu argentino, lo cual incluye garra, carácter pendenciero y jugar al límite de las reglas (incluso a veces por fuera de ellas). Al mismo tiempo Maradona es gambeta, finta, y eso es lo que siempre diferenció el fútbol argentino de la maquinaria inglesa que privilegiaba el colectivo por sobre lo individual. Maradona es el gol con la mano fuera de la regla y el gol más maravilloso de la historia gambeteando a siete ingleses. Todo en el mismo partido. Recordemos, por cierto, que Borges decía que el argentino era ante todo individualista y que veía en el Estado a su enemigo; y que en el mismo texto indicaba que a diferencia de los europeos que creen en el orden del cosmos, para los argentinos lo que hay es caos. Como generalización es falsa pero sirve para este ejemplo porque Messi también representa esa gambeta argentina impredecible y “caótica”. Pero al mismo tiempo Messi es el fruto de un laboratorio como el del Barcelona y de una historia de vida por la que dos terceras partes de la misma las ha transcurrido en España. Asimismo, está el carácter de las personas y Messi no es Maradona. Los que odian a Maradona por su compromiso político, muchas veces en la forma del exabrupto, sus excesos, contradicciones, etc. reivindican a Messi como el Dios bueno frente al Dios sucio. Son los que desde medios de comunicación de Argentina y Europa llamaron “vulgar” a Messi cuando se paró desafiante frente a Van Gaal. Se reproducía allí la idea de un Messi que había sucumbido al barbarismo de ese origen que la Europa blanca no pudo torcer. Y al mismo tiempo, los que idolatran a Maradona le reprochan a Messi que sea solo un jugador de fútbol, que sea una divinidad demasiado pulcra. ¿Qué es esto de una figura que no se posiciona políticamente y que no tiene escándalos sexuales? ¿Cómo puede ser que este argentino se haya casado con la noviecita del barrio de Rosario, Argentina, reivindique la idea de familia tradicional y haya decidido tener 3 hijos cuando la vida posmoderna nos invita a reemplazarlos por bull dogs franceses?

Lo curioso en esta disputa es que Maradona y Messi tienen cosas en común pero representan valores diferentes y eso choca con la idea de que representan la identidad argentina porque se supone que la identidad es una sola. Y no lo es o, en todo caso, podemos aceptar que la identidad argentina pero también seguramente la identidad de distintas naciones, tiene contradicciones y está lejos de ser monolítica. Todo eso junto somos los argentinos como un montón de cosas juntas son los españoles o los nigerianos.

Pero lo que no quería pasar por alto es cierta hipocresía de los auscultadores de valores. Porque los valores que Maradona y Messi representan solo son destacados en la medida en que logran triunfar. En el caso de este último se habla de la persistencia, el coraje y el esfuerzo, a lo cual se le suma el trabajo en equipo, la sensatez y la mesura del entrenador, siempre con la palabra justa y medida tanto en la derrota como en el triunfo. Pero todo esto se destaca porque ganó. Si no estaríamos hablando de la falta de actitud y la poca argentinidad de Messi, y de la falta de liderazgo de un técnico inexperto. La diferencia estuvo en el arquero argentino despejando con un pie una pelota imposible en el minuto 123 de la final; o atajando los penales contra Países Bajos en lo que podría haber sido una eliminación temprana en cuartos. Esa es la delgada línea entre un análisis y otro. Y lo mismo con Maradona. Todo se destaca a través del triunfo. Son valores a resaltar solo en el éxito. Llamativo. O no tanto.

Y de repente llega el momento de la política. No hay nada más obvio que trazar analogías entre las características de un equipo y un deportista, y las características de un gobierno. De modo que ya lo sabemos: si los analistas son opositores y el equipo gana dirán que la selección de fútbol es el ejemplo que la política debería seguir; si son opositores y el equipo pierde dirán que es una radiografía del gobierno que tenemos. La misma lógica invertida se aplica a la prensa oficialista con el agregado de que, aunque resulte increíble, en este caso hubo munición pesada y hasta operaciones de prensa cruzadas para tratar de señalar que el expresidente de Argentina, Mauricio Macri, traía mala suerte. Lejos de dejar pasar la humorada, las usinas de medios de comunicación alineadas con el macrismo acercaban, después de cada partido, fotos en las que Macri estaba en la cancha como “prueba” de que él no era el factor de “mala suerte”. Hablando de suerte, digamos que, a diferencia de España, en Argentina, los expresidentes que gustan del fútbol no escriben columnas deportivas.  

Para finalizar, con Messi se dio un fenómeno extraño. Salvo unos cuantos medios y periodistas madridistas que no deben estar pasando su mejor momento, buena parte del mundo quería que Argentina triunfe por Messi. Incluso en Argentina había un especial énfasis en que éste era el torneo que había que ganar por Messi. Lo merecía él más que los argentinos. El triunfo en el epílogo de su vida profesional es el punto cúlmine para una carrera en que lo extraordinario fue habitual y un traspaso generacional jugado casi en un terreno metafísico. Si aquellos que contamos algunas canas ya tuvimos en Maradona a nuestro Dios, los que todavía no contaron 30 abriles merecían ver la coronación de una nueva deidad, propia, contemporánea. Un mojón para su hagiografía, el suceso a ser recordado nostálgicamente en el futuro con el orgullo de ser un testigo presencial. Es poder contar dónde estaba yo el 18/12/22 cuando vimos nacer un Dios en un deporte y en un país donde confluye lo mejor y lo peor y donde, al menos en lo que refiere al fútbol, se puede dejar de ser monoteísta.    

 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Preguntas para un kirchnerismo sin Cristina (editorial del 17/12/22 en No estoy solo)

 

La semana pasada comentábamos que la renuncia a toda candidatura de parte de CFK inauguraba una pregunta acerca de “Quién” debía ser el candidato pero que, al mismo tiempo, esa incógnita ocultaba interrogantes importantes, esto es, el “Hacia dónde” y el “Para qué”.

Es que las urgencias hacen que todo se deposite en la selección del candidato, lo cual, claro está, no es menor; pero el kirchnerismo en particular parece estar enfrentando una tarea que viene procrastinando desde, al menos, el 2015 porque CFK era la respuesta a las 3 preguntas. Ella era el “Quién”, y ella sabía “Hacia dónde” y “Para qué”, al menos eso pensaban sus seguidores. Pero ahora ella, en el mejor de los casos, intentará ser determinante en el armado de las listas. Y no más que eso. Naturalmente, seleccionar un candidato dice algo del “Hacia dónde” y el “Para qué” pero no demasiado o, en todo caso, como en el caso de Alberto Fernández, pareciera que puede fallar.

Para ser justos, esta crisis identitaria atraviesa a todos los espacios populares de centro izquierda y, si uno va un poco más allá, casi que podría decir que es un problema que atraviesa a los distintos agrupamientos políticos tras la disolución del sistema de partidos. Así vemos con más frecuencia coaliciones más o menos amorfas constituidas más por temor a lo que hay en frente que por coherencia programática y Argentina no es una excepción en ese sentido.

Pero ¿cómo se posiciona hoy el kirchnerismo en relación con el peronismo? ¿Se sostiene la idea de “nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio” o el peronismo es algo “a superar” entendiendo por tal algo más que una actualización doctrinaria? Más preguntas: ¿cuál es hoy el sujeto histórico del kirchnerismo? ¿Los trabajadores formales y los sindicatos? ¿Podrían ser los trabajadores de la denominada “economía popular”? ¿Y qué de las minorías LGBT o la política de las diversidades que abrazó particularmente este gobierno? ¿Ahí está el nuevo sujeto? ¿A pesar de la base peronista se tenderá a la idea de una sumatoria de particularidades para reemplazar a la categoría de “pueblo” en tanto supuestamente “pasada de moda”? Si ese fuese el caso, ¿hasta qué punto se podría hablar de la pertenencia a un espacio “popular”? Por último, ¿acaso los jóvenes del trasvasamiento generacional no pueden ser el sustituto adecuado para las categorías clásicas? A juzgar por la cantidad de chicos que votan a Milei bien cabe abrir un interrogante allí pero quizás podrían ser todas estas opciones y más. De hecho, con Ernesto Laclau a la cabeza, son muchos los teóricos que desde hace ya algunas décadas vienen planteando que las categorías del marxismo clásico y, en este caso, las del peronismo clásico, deben ser reformuladas a la luz de una sociedad fragmentada en la que distintas identidades tienen en común el hecho de no ver satisfechas sus demandas. Sin embargo, especialmente sin CFK pero, sobre todo, sin claridad conceptual ni una referencia capaz de articular todas estas demandas hacia un horizonte, es una incógnita cómo poder procesar puntos de vista que, en muchos casos, son contrapuestos o tienen intereses en conflicto.   

Podemos incluso ponerlo en otros términos. ¿Cuál es el modelo kirchnerista 2023? La pregunta viene al caso porque en los últimos 30 años, en nombre del peronismo, se han votado variantes peronistas neoliberales, nacionales y populares, y socialdemócratas.

Entonces, ¿cómo sería un kirchnerismo sin CFK como candidata en un escenario completamente distinto al que se dio entre 2015 y 2017? No podría hablarse de un kirchnerismo sin CFK pero sí, digamos, se trataría de un kirchnerismo que deberá, alguna vez, transitar un camino propio ante la eventualidad de una CFK que no esté al frente de todas las decisiones. ¿Un kirchnerismo 2023 inauguraría un nuevo tipo de peronismo, retornaría a su variante nacional y popular en un contexto distinto o continuaría en esta variante socialdemócrata adoptada en 2019?

Alguna pista para ir perfilando lo que viene lo podrían dar los modelos del kirchnerismo a nivel mundial.  ¿Es el partido demócrata estadounidense y la socialdemocracia europea? ¿Es el neopopulismo latinoamericano que después de los primeros 3 lustros viene edulcorado? ¿Es China y Rusia que desde el punto de vista cultural han decidido brindar una batalla contra todas las políticas derivadas del individualismo globalizador de Occidente? ¿Acaso podría ser todo esto a la vez?

Lo peor es que no se trata de preguntas retóricas y en la mayoría de los casos la respuesta es “no se sabe”. La situación es algo más alarmante en la medida en que posamos la atención sobre aspectos más específicos, por ejemplo, sobre cuál es el plan de desarrollo adecuado para la Argentina o cuál va a ser su política en torno a la propiedad y a la explotación de los recursos naturales, y su política en materia de energía. ¿Se tratará de seguir la agenda de las ONG o hay algo para discutir allí en materia de soberanía, moleste a quien le moleste? A propósito de la soberanía, ¿se va avanzar hacia un modelo plurinacional con pluralismo jurídico como el de Bolivia? ¿Hacia allí se quiere ir como parte de una agenda que interpele mayorías?   

¿Y la deuda? La gran crisis del actual gobierno se dio alrededor del acuerdo con la deuda. Sin embargo, ¿cuál es el plan del kirchnerismo? En su momento, con dólares en la reserva y un monto inferior a pagar, se decidió cancelar con el FMI. ¿Cuál es la alternativa ahora? ¿Una renegociación? ¿En qué términos? ¿Cuáles serían las condiciones que Argentina pondría sobre la mesa al momento de negociar?

Respecto del tan nombrado Poder Judicial, sobran los hechos para demostrar su obscena connivencia con el poder real. Frente a ello, el gobierno actual apeló a la autodepuración. ¿Cuál es la propuesta del kirchnerismo? ¿Nombrar a los jueces a través del voto popular como mencionara hace poco tiempo CFK? ¿Esa es la propuesta? ¿En serio?

Por último, los siempre presentes medios de comunicación. Que una de las primeras acciones del gobierno de Macri fuera cercenar la ley de medios, demostró que buena parte del conflicto de los últimos años en la Argentina tiene que ver con la reacción de un multimedio que vio afectada su posición dominante. Ahora bien, ¿cuál es la propuesta K para 2023? ¿Volver a una ley de medios que ya en el momento de su formulación estaba quedando atrás frente al avance tecnológico y una comunicación que comenzaba a transitar otros carriles? Para muchos, “ley de medios” era una suerte de palabra mágica que venía a resolver los problemas de los argentinos, entendiendo por tal, las mentiras vertidas por los medios. Sin embargo, no hace falta extendernos para explicar que la ley de medios no tenía que ver con contenidos y menos aún con “la verdad”. Pero volviendo a la pregunta, entonces: ¿en 2023 la disputa volverá a ser para que Clarín se desprenda de alguna de sus múltiples licencias? ¿Será contra “el lado Magnetto de la vida” 15 años después como si nada hubiera cambiado en el medio?

Es curioso pero la oposición lleva años definiendo qué es el kirchnerismo e incluso adelantando lo que el kirchnerismo va a ser con o sin CFK. Es como si todos supieran lo que es el kirchnerismo menos los propios kirchneristas.  

martes, 13 de diciembre de 2022

Notas del día después (editorial del 10/12/22 en No estoy solo)

 

1

El antiperonismo tardío te invita a su primera proscripción. Pero si la primera de 18 años fue trágica, la segunda se repite como farsa. He aquí entonces una especulación: los sectores del antiperonismo más recalcitrante avanzaron hasta este lugar porque también saben que en la práctica esto no tiene consecuencias inmediatas. Caso contrario, es probable que el clima social los hubiera hecho, como mínimo, tomar algunas precauciones.

 

2

Al mismo tiempo, hay que decirlo, tocaron a CFK y el quilombo no se armó. No solo la tocaron. También le gatillaron 2 veces en la cabeza y el quilombo tampoco se armó. Falló la performatividad del lenguaje. Dijimos “quilombo” y no se armó. Pareciera que el quilombo, además de decirse, debe hacerse. Con todo, digamos que afortunadamente “nomeolvides” entra en 140 caracteres. Por cierto:   2022 no es 2010: la Argentina de Alberto y CFK perseguida no es la del bicentenario. De la Argentina proyectada de la CFK de 2010 a la Argentina transcurrida de Alberto y la Argentina recordada de la CFK de 2022.

 

3

A nadie le importa lo que diga la justicia. Los culpables y las víctimas ya están determinadas de antemano. Además juegan de fondo aquí dos ideas bastante extendidas que a veces son compatibles y a veces no: el denunciante siempre tiene la razón porque así lo reza el mantra del empoderamiento que estimula tanto la derecha liberal como la izquierda; y el poder judicial está corrompido porque revestido de poder republicano solo expresa los intereses del poder real contra las mayorías.

Los que forman parte del sistema judicial tampoco están interesados en la justicia. Para el fiscal Luciani la idea de asociación ilícita contra CFK (acusación que finalmente no prosperó) no tenía que ver con los hechos. No se necesitan pruebas para aseverar ello. Es que el fiscal solo quería decir que “el otro”, aquel espacio que él no votaría, es una “banda de delincuentes”; el otro es malo. La política deviene moral. Los salierys de Carrió entran a escena. El pueblo se cagará de hambre pero moralmente. El peronismo, en cambio, es una asociación ilícita que incluye desde su líder a sus votantes. “Nadie es peronista gratis”; se es peronista porque se obtiene un beneficio espurio. Nosotros somos distintos, claro.

 

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El escándalo del viaje a Lago escondido es escandaloso porque es banal y no porque sea parte de una confabulación; es escandaloso además porque es una acción trivial habitual y no excepcional. No hace falta ningún cónclave para confabular. Lo dice uno de los chats. Los confabuladores confabulan donde quieren. Aquí hay solo exhibición de la promiscuidad y de la vulgaridad. Van porque les pagan unos hoteles caros y lindos, buena comida y unas excursiones. Nada menos pero nada más. Son eso (también). Lo hacen siempre con impunidad. Solo que esta vez alguien interesado en que se filtrara lo filtró. Algo de la propia medicina, dicen. Filtración del mal frente a las filtraciones del bien que filtra Majul.

 

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CFK está podrida. Ya lo estaba en 2015 cuando terminó su mandato y lo está ahora más después de cargar sobre sus espaldas con ser la responsable de elegir a un presidente que no ha hecho una buena gestión. Agreguemos a ello dos puntos. El primero, el ya mencionado episodio de un grupo de lúmpenes descerebrados a punto de volarle la cabeza. El segundo: el avance de las causas judiciales que, se suponían, en un gobierno “propio” debían cesar. Frente a ello el albertismo decidió ser el espectador de la autodepuración que no llegó. Es que si hay mafia no hay autodepuración salvo que haya una mafia del bien. Para alguien que en 2015 fue despedida con una plaza llena y cuya única motivación podía ser el reconocimiento de la historia, de la cual se espera ahora la absolución, es un golpe al narcisismo.

Si CFK fue candidata en 2017 lo hizo para ordenar la tropa propia y acabar con las tentaciones acuerdistas de quienes decían reivindicar al peronismo mientras negociaban con el macrismo; si fue candidata en 2019 fue solo para vencer a Macri y para que no queden dudas de que los kirchneristas debían votar a Massa y a Alberto Fernández, quienes no habían ahorrado demostraciones de todos los lugares comunes del antikirchnerismo más burdo. ¿Para qué ser candidata a presidente en 2023? ¿Para ir al frente y exponerse a perder en un balotaje pagando los platos rotos de una gestión a la cual se refiere en tercera persona? ¿Para qué ser candidata a vice en 2023? ¿Para volver a avalar a alguien que hará un gobierno que puede volver a darle la espalda? ¿Para qué ser candidata a senadora en la provincia de Buenos Aires? ¿Para ganar la provincia y llevar al kirchnerismo allí ante una eventual derrota a nivel nacional? Esta última opción no es despreciable pero es razonable pensar que CFK es una persona capaz de decir “muchachos y muchachas… no es que haya devenido una leona herbívora pero ahora el cuerpo pónganlo ustedes”.

 

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El odio ordena. Por eso la persecución pública de Luciani en modo cadena nacional ordenó políticamente al oficialismo y encolumnó a todo el peronismo detrás de ella, incluso a quienes no la soportan; y la aparición de Massa en el ministerio ordenó administrativamente al gobierno. Ambos movimientos que se dieron casualmente casi en simultáneo aumentaron las expectativas electorales de la actual administración que hoy entiende que hay 2023. Difícil, pero hay.

Sin embargo la candidatura de CFK que algunos daban por hecho se desvanece en el aire y ha dejado al oficialismo en estado de shock. Ella no quiere la papa caliente; Massa dice no quererla tampoco; Alberto la quiere pero nadie desea dársela; los gobernadores no tienen espalda ni para llegar a la verdulería.

La oposición tampoco sabe bien qué hacer porque su orden depende de poder subir al ring a CFK. Sin retador deseado los golpes pueden volver contra ellos mismos. Los payasos de siempre dirán entonces que se trata de una estrategia de CFK. No sabemos si lo dicen porque lo creen o porque es lo único que saben decir. Especulamos aquí también que pueden ser las dos cosas.        

 

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El candidato es el proyecto cuando no está CFK. Si está CFK el candidato es ella y no el proyecto. Eso ya fue un problema cuando en 2015 una mayoría escasa se acercó a votar a Macri, es decir, se acercó a votar cualquier cosa menos el proyecto. Sin CFK como candidata, aun cuando podemos especular con que tendrá un rol central en las decisiones del armado electoral, el problema del oficialismo es que tiene que salir a mostrar que además de una suma de espacios es un proyecto. Es importante el “Quién” y es muchas veces determinante. Pero ante la inédita situación de un oficialismo sin CFK y sin candidato puesto, es necesario, además del “Quién”, el “Hacia dónde” y, sobre todo, el “Para qué”.