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jueves, 10 de noviembre de 2011

Los combates de un sur abierto (publicado el 10/11/11 en Veintitrés)

En el auditorio de la SIGEN y organizado conjuntamente por la Secretaría de Cultura de la Nación y la Escuela de Humanidades de la Universidad de San Martín, tuve la opción de presenciar la mesa debate que dio cierre al ciclo titulado Debates y combates. Hacia una teoría política de la emancipación para el siglo XXI. Allí disertaron con traducción simultánea filósofos como el argentino Ernesto Laclau, la francesa Judith Revel, la eslovena Jelica Sumic y los italianos Davide Tarizzo, Giacomo Marramao y Toni Negri. Para los desprevenidos, especialmente este último es una figura con reconocimiento mundial en particular a partir de la publicación en el año 2000 de su libro Imperio (escrito junto a Michael Hardt). Negri es un pensador neomarxista cuya historia de vida merece como mínimo algunas líneas. Nacido en 1933 vivió su infancia en plena guerra y a los 20 años decidió probar la experiencia de vivir en un kibutz en Israel, algo que, según ha afirmado en entrevistas, fue aquello que lo hizo comunista. De regreso a Italia participó activamente en diferentes agrupaciones y publicaciones que podrían ubicarse dentro de un espacio de marxismo heterodoxo hasta que en 1979 es arrestado acusado de ser el autor intelectual del asesinato del primer ministro Aldo Moro. Más allá de que él siempre negó las acusaciones y de que el juicio estuvo plagado de irregularidades, fue condenado a 30 años de cárcel de los cuales sólo cumplió 4 pues fue elegido legislador. Sin embargo, dado que el parlamento revocó meses después tal beneficio, Negri acaba exiliándose en Francia, país en el que desarrolla buena parte de su actividad intelectual más allá de que ésta había empezado mucho tiempo atrás en la Universidad de su ciudad natal, Padua.

Hecha esta breve presentación, bien cabe una mínima pista de la perspectiva de las alocuciones. Por empezar, hablar de “debates”, pero, especialmente, de “combates”, es toda una declaración de principios. Se trata de proponer un concepto de democracia que vaya bastante más allá del punto de vista estrictamente formal que se sigue de la tradición republicana y que en Argentina se vio con claridad en aquellas intervenciones que compulsivamente hacían referencia a la necesidad de consenso. Con la finalidad de entender esto, digamos una obviedad: para exigir consenso, si se es honesto, hay que suponer que éste es posible lo cual implica una concepción de la democracia fundamentada en la ausencia del conflicto. Desde el punto de vista de los conferencistas, claramente, esta visión consensualista esconde la defensa de las desigualdades y el intento de obturación de los canales naturales de disputa y lucha que nutren a toda sociedad. Así, el consenso no sería otra cosa que la forma en que los poderes fácticos logran imponer su dominación al tiempo que travisten su triunfo detrás de un discurso de armonía y racionalidad de todos los sectores involucrados.

Ahora bien, dada la pertenencia de los invitados al debate, parecía natural que la Mesa de cierre encarara comparativamente la situación de Europa y América Latina, y fueron varios los disparadores que intentaron comprender esta relación.

Crisis, Estado y tercera vía

En cuanto a la crisis originada por el capitalismo financiero en Europa hoy, Marramao ofreció una interesante perspectiva afirmando que ésta no es otra cosa que la consecuencia de la salida neoliberal que se le dio a la crisis de 2008 y que, en la actualidad, parecen haber dos modelos en pugna: el del extremo individualismo de la tradición inglesa-estadounidense y el capitalismo colectivista y jerárquico de China.

Expuesto así, parece claro que Europa ha renunciado a su modelo de Estado de Bienestar de posguerra y, en este contexto, el vergonzoso modo en que Francia y Alemania aplican las recetas del Consenso de Washington, es la demostración clara de esta perspectiva. En este punto, una preocupación que sobrevolaba la sala era la del rol de los partidos de izquierda europeos, muchos de ellos actualmente en el poder. Sobre este punto, la francesa Revel fue taxativa y afirmó que la izquierda en Europa ha sido completamente incapaz de entender y oponerse a este proceso cuya lógica es la de la paulatina eliminación del rol activo del Estado. En este sentido, no sólo en Grecia sino en España también, paradójicamente, se asiste a oposiciones conservadoras que están logrando que los ajustes que ellos mismos aplicarían los estén llevando adelante los timoratos gobernantes socialistas dilapidando historia, credibilidad y legitimidad.

Asimismo, un sentimiento común fue el temor que aparecía en los rostros de los disertantes al momento en que todos coincidían que, como suele ocurrir en este tipo de crisis, la solución no vendrá por la vía revolucionaria de izquierda, sino por una derecha nacionalista y reaccionaria que parecía desaparecida pero sólo estaba aletargada. Especialmente porque algunas de estas versiones nacionalistas traen detrás de sí un cóctel explosivo que complementa apelaciones a la pureza identitaria con una economía de mercado desregulada. En esta línea, una de las principales razones para observar el caso de América Latina es la reivindicación del Estado como agente protagónico. Desde este punto de vista, la eslovena Sumic, si bien advierte que no es posible trasladar sin más la experiencia latinoamericana a Europa por infinidad de razones, sí sugiere tomar como modelo el modo en que el Estado ha sido el motor para poder salir de la crisis neoliberal. Claro que aquí aparece otro problema y es la dificultad de las izquierdas para pensar el Estado. Esto se relaciona con que, al menos en su versión clásica, el marxismo fomentaba, en última instancia, la desaparición del Estado en tanto éste no era otra cosa que la institucionalización de las relaciones de dominio de una clase sobre otra. Dada la complejidad del mundo actual, lo que ocurre en América Latina es un proceso novedoso incapaz de ser pensado con estas antiguas categorías. De aquí que el propio Marramao concluya que en América Latina quizás se esté gestando una tercera vía superadora de los modelos estadounidense y chino. Con el mismo espíritu, Laclau, haciendo un poco de historia de las ideas, identificaba esta posibilidad como la imbricación de dos tradiciones que en la breve historia de las repúblicas del sur, transitaron caminos diferentes. El argentino se refería a que en América Latina fueron intercalándose gobiernos de tradición democrática y popular con gobiernos de tinte liberal sin poder hallar nunca una conciliación como sí lo habría hecho Europa después de la guerra. Esto generaba, o bien gobiernos de masas poco afectos al respeto de los derechos civiles y las instituciones republicanas, o bien gobiernos que, demasiados apegados a las vacuas formas del imperio de la ley, olvidaban que sin participación no hay democracia sana. Sin embargo, a partir del siglo XXI y de la asunción de gobiernos progresistas en la región, más allá de las particularidades de cada caso, Laclau encuentra que hay buenas razones para afirmar que estamos asistiendo por primera vez a la conciliación de estas dos tradiciones.

Por otra parte, el rol del Estado fue reivindicado por todos los disertantes salvo por Negri y allí se abrió, desde mi punto de vista, el gran interrogante de la noche: quién es el sujeto revolucionario de la historia.

Buscando el nuevo sujeto

Digamos que para toda esta tradición que podemos llamar neomarxista o también izquierda lacaniana, existe un vacío teórico dejado por el marxismo, esto es, quién ocupará el lugar vacante del proletariado como sujeto revolucionario. En otras palabras, una vez admitido que la variable económica no es la única que opera en las sociedades actuales y que ya no es posible indicar que existen condiciones objetivas en la historia que hagan que emerja, desde la Infraestructura, el sujeto capaz de confrontar con el capitalismo, la pregunta es “¿y ahora quién podrá ayudarnos?”.

Algunas décadas atrás, la esperanza estaba puesta en los movimientos sociales, los cuales justamente, rompían con la lógica economicista del marxismo clásico y respondían al contexto de reivindicaciones particulares y heterogéneas de sociedades complejas. En este sentido, Negri abre un interrogante respecto a la tensión que se genera entre la necesidad de que las reivindicaciones de estos movimientos se institucionalicen, y la capacidad que los Estados modernos burgueses tienen de asimilar y diluir la potencia de esas transformaciones. Menos escépticos respecto al rol del Estado fueron los interlocutores de Negri. De hecho, tanto Marramao como Laclau se ocuparon de criticar la corriente biopolítica que indica que los campos de concentración son la figura más representativa de la realización de la lógica de los Estados modernos cuyo modo de control se da directamente sobre la vida biológica de la población.

Con todo, tanto Negri como Laclau fueron optimistas respecto a la posibilidad de las transformaciones y de hallar el nuevo sujeto. En el caso del italiano, está lo que él llama “multitudes”, espacio de identidades complejas y heterogéneas capaz de brindar una respuesta transnacional a la lógica imperial característica del escenario pos caída del Muro de Berlín. En cuanto a Laclau, la categoría, tan denostada como incomprendida, de “populismo”, es la que él propone para pensar el nuevo orden de las identidades y de la acción política haciendo hincapié en el modo en que diferentes demandas insatisfechas pueden englobarse bajo el paraguas del significante “pueblo”.

Por último, caben unas reflexiones respecto a unas provocativas declaraciones de Negri. Si bien el italiano compartió con los presentes la esperanza que supone América Latina para el mundo, tras afirmar que este subcontinente asiste a una verdadera revolución especialmente a partir de los casos de Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, indicó que en estas tierras está muy claro qué es lo que no se quiere pero que, sin embargo, hay una importante cantidad de dudas en torno al camino a seguir. En esta línea el autor de Imperio se preguntaba cuál es el régimen de propiedad que desean los gobiernos y los pueblos latinoamericanos. Esto significa que de la conciencia en torno al rechazo a las formas neoliberales no se sigue una única receta ni un camino claro, a lo cual hay que sumarle que más allá de procesos e historias compartidas, las características de los pueblos latinoamericanos están marcadas por importantes diferencias que hacen que muchas veces algunas comparaciones sean poco prácticas y de nulo valor teórico. Con todo, lo que a muchos de los presentes nos dejó reflexionando es, en la situación que vive el mundo y la humanidad, hasta qué punto parece razonable pedirle a los gobiernos latinoamericanos que discutan el sistema de producción y la concepción de la propiedad cuando por la suba de unos puntos en los derechos de exportación ha habido intentonas destituyentes en Argentina y a lo largo de Latinoamérica tanto Chávez, Correa y Evo Morales sufrieron golpes cívico-militares. Semejante exigencia parece responder a una utopía controvertida cuya historia y elaboraciones teóricas están lejos de ofrecer un camino limpio y claro. Más bien, los tiempos que corren parecen ser los de una extrema inventiva que pueda pensar condiciones de mayor igualdad en el marco de una mayoría de la población que sabe que acabar con el neoliberalismo fue un acierto pero que no desea salir de la lógica de acumulación capitalista.

jueves, 6 de octubre de 2011

Transformar desde la complejidad (publicada el 6/10/11 en Veintitrés)

A partir de una feroz represión policial que derivó en una crisis política que se llevó consigo al Ministro de Gobierno, tomó visibilidad un conflicto al interior de la base de sustentación del proceso liderado por Evo Morales. El detonante fue el proyecto gubernamental de crear una carretera que atraviese el Parque Nacional Isiboro Sécure, el cual posee más de 1.000.000 de hectáreas y donde habitan entre 5000 y 10000 indígenas de etnias minoritarias como los Moxeños, los Yuracarés y los Chimanes.

Si bien, como pocas veces se estila, hemos sido testigos del pedido público de perdón por parte del Presidente, la marcha de estas comunidades indígenas hasta el Palacio Quemado promete ser la chispa sobre la cual se erigirán todo tipo de interpretaciones y probablemente sea la excusa para que actuales defensores de la campaña del desierto le brinden ditirambos a la pachamama.

Pero para poder entender algo de lo que sucede en Bolivia bien vale acercar algunos datos. Por ejemplo, el último censo de 2001 arrojó que en el país existen no menos de 30 idiomas y/o dialectos regionales. Sin embargo, dentro de esta diversidad hay dos culturas que sobresalen, la aymara y la quechua, que juntas son la lengua materna del 37% de los ciudadanos que viven dentro del Estado Boliviano. Asimismo, hay que agregar que el 54% de la población se identifica con algún pueblo originario.

Si bien los datos no hablan por sí solos es presumible entender la debilidad institucional que atravesó toda la historia de un Estado monolingüe castellano gobernado por una elite blanca y minoritaria cuyos valores iban por carriles completamente ajenos a los del resto de la población.

Ahora bien, tras el triunfo de Evo Morales, esto es, con la llegada al poder por primera vez en la historia de un sindicalista aymara, han abundado las interpretaciones simplificadoras: para la derecha, se trata del avance de la barbarie y del imperio cholo-narco; desde la izquierda romántica neo-hippie y vegetariana, en cambio, se lo piensa como el triunfo de una cosmovisión del mundo solidaria y precapitalista que devolvería al Hombre a su espacio de armonía con la naturaleza.

Ambas interpretaciones son simplificadoras y, por sobre todo, piensan al proceso boliviano como atravesado por identidades y sujetos políticos homogéneos y claramente reconocibles. Es a partir de esta interpretación que los escribas a distancia encuentran en este conflicto el comienzo de las internas que disolvería el granítico bloque indígena que sustenta a Morales.

Sin embargo, las grandes transformaciones llevadas adelante por el gobierno de Evo, nunca estuvieron exentas de críticas desde el interior de su propia base de sustentación, lo cual, aunque es casi una obviedad, sucede en cualquier movimiento político. Y para entender parte de esta problemática bien cabe indagar en los grandes cambios institucionales que son fundamentados por un académico de prestigio como lo es el Vicepresidente Álvaro García Linera.

El pensamiento de García Linera está lejos tanto del intelectual romántico como del que consume exclusivamente recetarios foráneos, y es desde los numerosos trabajos que ha publicado que puede comprenderse mejor el diseño que llevó adelante la reforma constitucional que declaró al Estado Boliviano como plurinacional.

Ahora bien, ¿qué significa que un Estado es plurinacional? Evidentemente, tal denominación choca con el modo en que se constituyeron los Estados nacionales a lo largo del siglo XIX. La cuestión es más o menos simple: el Estado entendido como organización jurídica abstracta generalmente ha coincidido con aquello que llamamos identidad nacional esto es, el conjunto de valores, tradiciones, simpatías e idioma que un colectivo posee. De aquí que muchas veces haya confusiones y se considere que Estado y nación son sinónimos. Sin embargo, el fin de la guerra fría con la lógica de los dos polos de poder definidos por la variable económica, ha derivado en la emergencia de nuevas identidades definidas culturalmente, en impresionantes flujos migratorios y, en algunos casos, en la rediagramación de las fronteras políticas.

Esto, que suele conocerse como el fenómeno del multiculturalismo, permite comprender mejor la posibilidad de Estados compuestos por diversas nacionalidades (Canadá, Bélgica entre otros) o naciones sin Estados (por ejemplo, el caso de los judíos hasta 1948).

Ahora bien, el reconocimiento por parte del Estado de las diversas culturas que habitan en él, si no es mero maquillaje, deriva en leyes que instituyen algún grado de autonomía a estas comunidades, y es aquí donde se plantea lo que en la jerga más técnica se conoce como la problemática del pluralismo jurídico. En otras palabras, si se le da autonomía a una comunidad esto significaría que bajo el territorio en cuestión la ley que rige es la propia y ahí es cuando surge la pregunta acerca de qué sucede si esa ley contradice la del Estado central. Casi intuitivamente, o al menos desde los grandes teóricos de la filosofía del derecho como Kelsen, no parece posible que bajo un mismo Estado convivan dos regímenes jurídicos distintos. Pero, simplificando un poco, es el problema de la tensión que se da, por ejemplo, en toda organización federal pues si las provincias fuesen completamente autónomas se transformarían en un Estado aparte y dado que no lo son, bien cabe preguntarse en qué sentido se las considera autónomas.

En el caso puntual del conflicto en Bolivia, comunidades ancestrales minoritarias exigen que se respete su autonomía sobre esos territorios, lo cual se enfrenta con la también razonable necesidad del Estado central de salvaguardar los recursos naturales de la explotación salvaje de las grandes corporaciones, de generar la infraestructura que ayude a abaratar costos de transporte, y de unir zonas que se encuentran aisladas con el consecuente riesgo para la calidad de vida de los que allí habitan.

Ahora bien, por otra parte, usted podrá preguntarse si el reconocimiento de autonomías al menos parciales, finalmente no resulta coadyuvante al proceso, iniciado en los 90 en toda Latinoamérica, de descentralización en unidades pequeñas cuya razón, en nombre de la efectividad, era el debilitamiento de los Estados centrales. Máxime cuando parece haber pruebas suficientes de la presión de la Embajada norteamericana y de varias ONGs del primer mundo para que estas comunidades en conflicto negocien la extracción de minerales directamente con multinacionales extranjeras sin ninguna interferencia del Estado central.

Pero con el afán de diferenciarse, justamente, García Linera trata de distinguir entre las autonomías y la municipalización propia de la lógica “noventista”, pues estas últimas favorecerían una suerte de atomización que en nombre del respeto a la diferencia acaba creando una balcanización, esto es, pequeños grupos que gobernando la comarca se eximen de la disputa por el control total del poder político y pierden fuerza de negociación.

El difícil equilibrio estará entonces en una ingeniería que pueda hacer frente a las reivindicaciones de las comunidades que buscan una autonomía no secesionista y un Estado central fuerte que deba prevalecer aun cuando sus intereses, muchas veces, choquen con los de esas comunidades. Tal tensión no se puede resolver teóricamente y habrá que inmiscuirse en la práctica, en la coyuntura y en la relación de fuerzas. Siempre, claro está, tomando en cuenta que este tipo de crisis muestra que los procesos políticos de la actualidad son de una complejidad que raramente es captada y que al mismo tiempo tales procesos pueden ser positivos a pesar de incluir dentro intereses heterogéneos, cargar con rémoras del pasado y cometer errores. Suponer que las transformaciones que se dan en Latinoamérica pueden ser puestas en tela de juicio por las contradicciones al interior de los movimientos que la llevan adelante, es cosa de puristas y guardianes morales, ángeles que, con el dedito acusador fácil, son capaces de intentar deslegitimar procesos que lamentablemente no están exentos de tener sus Insfrán, sus Soria, sus Schoklender y una represión desmedida a un grupo de indios que se queja por la construcción de una ruta.

jueves, 15 de septiembre de 2011

"El mundo del 10-S" (publicado el 15/9/11 en Veintitrés)

Habiéndose cumplido ya 10 años del atentado que conmocionó al mundo y que marcó el comienzo de una nueva época, los balances se imponen. Sin embargo me gustaría comenzar por un sendero no del todo transitado que es el de la pregunta en torno a cuál era la situación política, cultural y económica del mundo, un día antes, el 10-S.

Para esto resulta interesante reposar en dos pensadores irritantes y muchas veces, aunque no siempre, justamente denostados. Hablamos de Francis Fukuyama y Samuel Huntington, íconos del pensamiento de derecha que, sin embargo, tenían visiones diametralmente opuestas del mundo que se vivía y del que se iba a vivir.

En el caso de Fukuyama, su archiconocido slogan de “El fin de la historia”, le ha valido una fortuna en venta de libros pero se ha transformado en la letra escarlata que deberá portar hasta el fin de sus días. Pocas veces un diagnóstico ha resultado más errado. Como ustedes saben, tal temeraria afirmación tenía que ver con el clima de euforia que se vivía después de la abrupta e inimaginable caída del Muro del Berlín. Hegelianamente hablando, el fin de la historia suponía que no iba a ver grandes conflictos que activaran la espiral de la dialéctica y que dieran lugar a nuevas formas institucionales. Caído el enemigo, lo único que restaba era asistir pasivamente al modo en que naturalmente el formato de repúblicas democráticas liberales occidentales, se esparcía por el mundo para garantizar las libertades individuales que permitirían a los ciudadanos desenvolverse con fluidez en un mercado planetario desregulado. Los conflictos serían menores, técnicos y triviales y, en todo caso, serían parte del reacomodamiento natural de un mundo que había vivido casi 50 años atravesado por dos cosmovisiones opuestas. Sin duda, la tesis de Fukuyama acompañaba el contexto del Consenso de Washington y la era neoliberal que todavía hoy, a lo largo del mundo, sigue mostrando sus coletazos más dramáticos. Asimismo, se trasluce en ella un fuerte sesgo universalista, esto es, la defensa de un conjunto de valores como ser la “democracia” o los “derechos humanos”, que son presentados como transversales a todas las comunidades y que para los críticos no son más que puntos de vista occidentales que esconden su sesgo detrás de la máscara de lo común a todo ser humano. Si bien en artículos posteriores a los atentados a las Torres gemelas, Fukuyama repudió la lógica de la administración Bush especialmente en su intervención en Irak, lo hizo criticando su unilateralismo, es decir, por haber atacado sin la anuencia de la ONU, y no por la pretensión de imposición de los valores occidentales.

Sin embargo, hacia 1993, esto es, apenas 4 años después del fin del comunismo y un año después de la publicación del libro de Fukuyama, Samuel Huntington, una de las plumas más controvertidas de la derecha estadounidense, publicaba un artículo que tiempo más tarde sería la base de un libro: El choque de civilizaciones.

Algún desprevenido puede pensar que las ideas de Huntington son claramente comprensibles después del atentado a Las Torres Gemelas, y puede que tenga razón. El punto es que este profesor de Historia estadounidense que ocupó lugares de peso en política exterior y seguridad en diferentes administraciones, fueron desarrolladas casi una década antes de que Bin Laden pasara de ser el héroe que había peleado contra la ocupación soviética, a ser la mismísima encarnación del mal con turbante.

El punto de vista de Huntington también es bastante conocido y plantea un escenario completamente distinto al de la euforia de Fukuyama. Se trata de un pensamiento que puede ubicarse dentro de la derecha política y nacionalista enmarcada en la tradición decadentista inaugurada por Oswald Spengler con su célebre La decadencia de Occidente de 1918; en la actualidad, tales puntos de vista no dudan en establecer diagnósticos de falta de valores, de retrocesos morales de la sociedad de la cual se sienten guardianes a la par que confunden decadentismo reaccionario con diagnóstico sesudo, casi siempre acompañado de una verba críptica y, por tanto, profundamente aristocrática. Lea los editoriales de alguno de los diarios argentinos del domingo y verá reproducirse como Bugs Bunnys, (o sapos “Pepe”), estos senderos harto transitados.

Volviendo a Huntington, curiosamente, él observa que el fin de la guerra fría no deriva en unipolaridad sino en multipolaridad. Así, el reordenamiento planetario generaría diferentes focos territoriales nucleados detrás de una variable que ya no es económica ni principalmente política, sino civilizatoria. Así, el mundo se dividiría en 7 u 8 civilizaciones donde es posible encontrar la occidental, la islámica, la latinoamericana y la sínica, entre otras.

La clasificación de Huntington es en buena parte arbitraria y muy poco sólida conceptualmente pero, con todo, lo que intenta marcar es que la lógica que dividirá al mundo tendrá que ver más con elementos religiosos y culturales, siendo estas variables las que marcarían los límites siempre difusos de esta extraña entidad llamada civilización.

Ahora bien, la elaboración de Huntington no se queda ahí y agrega hipótesis de conflictos para el futuro con un nivel de acierto al cual no estamos acostumbrados. En este sentido, ya en 1993 anticipó que a Occidente se le avecinaban choques con dos de las civilizaciones mencionadas: en lo cultural con los islámicos y en lo económico con los sínicos, más específicamente, con China.

Sin embargo, el pensamiento de Huntington parece estar más cerca del de un norteamericano medio asustado que el del ideólogo de un imperio en auge. En este sentido, basándose en que Occidente ya no posee la exclusividad ni de las economías pujantes ni del potencial bélico nuclear, y en que su tasa demográfica es negativa, Huntington propone un repliegue sobre sí, especialmente a partir de leyes de control de la inmigración “puertas adentro”. Esto es principalmente lo que aparece en un libro publicado en 2004 y cuyo título establece una pregunta que habla de una búsqueda que generalmente acaba justificando la estigmatización del otro: ¿Quiénes somos? Allí Huntington manifiesta el peligro de disolución cultural al que se ve sometido Estados Unidos por la cada vez más importante masa de latinos que quieren ser parte del sueño americano. Así, frente al peligro que se ciñe sobre la identidad norteamericana anglo-protestante, apegada al imperio de la ley y al trabajo duro, nada mejor que poner coto a las “hordas sudacas” que buscan llegar al territorio soñado.

Si se lo piensa desde una perspectiva globalizadora, esto es, tomando en cuenta la política exterior e interior, el punto es por demás interesante, porque esa forma de acción sobre la “inmigración descontrolada” “hacia adentro”, viene acompañada de un intervencionismo feroz “hacia afuera”.

Parecería así que Estados Unidos, Francia, Italia y Alemania no sólo persiguen fines económicos, (lo cual es una obviedad) sino que, más profundamente, parecen regir sus políticas utilizando la metáfora central que en el capitalismo marcó la divisoria entre centro y periferia. En otras palabras, mientras azuzan el fantasma de “el otro” e imponen leyes restrictivas a la inmigración, reciben ilegalmente esa “materia prima humana” necesaria como fuerza laboral precarizada, al tiempo que exportan los productos de la civilización, esto es, un supuesto valor agregado que a veces se paga demasiado caro y no es otra cosa que el valor de los principales fundamentos de la civilización occidental. Esta política exterior, interpretada como una cruzada civilizacional bajo la bandera de principios universales heredados del iluminismo del siglo XVIII, sería apoyada por Fukuyama aunque no por Huntington quien se opondría a los lineamientos que siguen llevando adelante los principales referentes políticos del mundo occidental.

Ahora bien, si los principales referentes del mundo eligen seguir el camino más proclive al intervencionismo de Fukuyama o el repliegue civilizacional de Huntington, es algo que veremos dentro de unos años. Por lo pronto, como diría Gilles Deleuze, “No hay lugar para el temor ni para la esperanza, sólo cabe buscar nuevas armas.

jueves, 26 de mayo de 2011

Crítica de la indignación pura (publicado el 26/5/11 en Veintitrés)

Transitando un destino aparentemente imposible de torcer, casi como el de una tragedia griega, la crisis económica encarada con políticas de ajuste subsumidas al poder despótico de los centros financieros y la imposibilidad de manejar con autonomía la política monetaria, derivó en una masiva marcha en el centro de Madrid que luego se replicó a otras ciudades e incluso a varios países europeos.

Esta movilización con acampe comenzado el 15 de mayo tiene algunas particularidades. Por lo pronto se autodenomina “de los indignados” en alusión a un libro de Stéphane Hessel, publicado en 2008 en Francia cuyo título original es “Indignez-vous” y que en España fue traducido como “Indignaos”. Al publicar el libro que ya fue traducido a 23 lenguas y en Francia vendió 1.700.000 ejemplares, el autor contaba con 93 años y entre sus antecedentes estaba el haber participado de la resistencia francesa contra el nazismo y ser uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos humanos en 1948.

Justamente, lo que Hessel reclama en las brevísimas 32 páginas que se consiguen a 3 euros, es el regreso al plan creado por el Consejo Nacional de la Resistencia que entró en vigor en 1944 y que le daba a la Francia liberada una serie de valores e instituciones que luego serían los cimientos del Estado de Bienestar que permitió reconstruir con dignidad a la Europa de pos-guerra. Se trata, ni más ni menos, de avanzar en un Estado que dé seguridad social a sus ciudadanos, esto es, cobertura médica, educativa, trabajo y techo digno y que, en síntesis, adopte medidas activas aun cuando esto vaya en contra de la lógica estricta del libre-mercado.

Frente a la pérdida de estas conquistas, este nonagenario le exige a la juventud que se indigne, que reaccione y que salga a la calle a ejercer una resistencia pacífica.

La movilización de los indignados no ha sido incentivada por ninguna estructura partidaria, sino que, más bien, se activó en función de la tarea de diversas organizaciones de la sociedad civil entre las cuales se destaca la Organización “Democracia Real Ya”. Esto, claro, fue acompañado por una gran masa de ciudadanos, principalmente jóvenes “inorgánicos” y a-partidarios que especialmente a través de la rapidez que ofrecen las redes sociales lograron que la expresión de protesta adquiera una fisonomía manifiestamente horizontal.

“Democracia Real Ya” tiene una suerte de plataforma de exigencias básicas que puede ayudar a entender el sentido de la protesta. Por mencionar sólo algunas: eliminación de los privilegios a la clase política entre los que se encuentra la reducción de los salarios y una ley de imprescriptibilidad de los delitos de corrupción; acciones contra el desempleo que supongan reducción de jornada laboral y jubilación a los 65 años; una política de vivienda que utilice las propiedades del Estado para someterla a un régimen de “alquiler protegido” y un sistema de créditos para la adquisición; servicios públicos de calidad, por ejemplo, transporte barato; reducción del gasto militar; control de las entidades bancarias y leyes que impidan el “salvataje” a costa del dinero de los contribuyentes y una serie de reformas políticas tendientes a generar la posibilidad de una mayor participación ciudadana en las decisiones.

Como se puede observar, no están proponiendo una revolución trotskista; tampoco la revancha republicana contra los franquistas ni una paella “a la Mao”. Para saber de qué se trata, entonces, caben algunas comparaciones. La primera: ¿tiene algo que ver este tipo de manifestaciones con las que se vienen dando en el norte de África? No, sólo una mirada simplificada, típica de la superficialidad con la que estos temas se tratan en diversos medios, podría afirmar eso. Así, se equivocan quienes creen que se trata de manifestaciones similares porque presuntamente la realizan unos chicos aburridos que detrás de su computadora, tras consumir páginas pornográficas, descargar juegos interactivos y dejar comentarios a la foto de una adolescente semidesnuda de la cual se creen amigos, aprietan un botón que dice “Me gusta” y automáticamente derrocan gobiernos. Banalización de las grandes transformaciones la que supone que la capacidad asociativa de las redes sociales redunda en la calidad de tal asociación y en la potencia política y simbólica capaz de proponer cambios sustentables; elogio ingenuo a una sobrevalorada sociedad civil.

Pero además, cómo no tener en cuenta que, en general, las protestas en el norte de África se realizan a favor de la obtención de libertades civiles y políticas, esto es, derechos de los que goza hace tiempo el mundo occidental. Para decirlo en otras palabras, mientras el mundo árabe comienza a hacer reivindicaciones en pos de una democracia formal, la indignación europea pasa por el contenido de la democracia. Unos quieren votar, los otros, no le encuentran sentido a hacerlo.

Planteada así la comparación casi natural tiene que ver con lo ocurrido en 2001 en Argentina. Allí podemos encontrar más cosas en común: crisis de representación de la estructura bipartidaria especialmente tras el desencanto frente al PSOE, esto es, el socialismo que hace el ajuste que la derecha disfruta, tal como ocurrió aquí con el triste final de una alianza presuntamente progresista que venía a acabar con la política de tierra arrasada del menemismo; movilización de sectores medios, en Argentina, por la confiscación de los ahorros, en España, por un ajuste feroz que todavía está en la etapa de creer en los salvatajes de los organismos financieros. La lista de elementos en común para hablar de un supuesto “que se vayan todos” a la española puede seguir, pero parece más interesante repensar cuáles han sido las consecuencias de esa crisis en Argentina y si eso puede trasladarse a Europa.

En este sentido, hay algo que solemos pasar por alto aquí y es que contrariamente a lo que se podría suponer, la consecuencia del 2001 no fue social-democracia, activismo estatal y florecimientos de las libertades democráticas sino propuestas de centro y centro derecha, además del delirio de derrotar al capitalismo a través de una economía del trueque y la descentralización política del país para que sea gobernado por asambleas permanentes en las plazas de los barrios. Dicho de otro modo, si tenemos en cuenta que en 2003 nadie imaginaba que Kirchner podría transformarse en el líder de una política de centroizquierda como finalmente, desde mi punto de vista, lo fue, cabe recordar que las elecciones presidenciales repartieron casi la totalidad de los votos entre Menem, Duhalde (corporizado en Kirchner, un presunto “Chirolita”), López Murphy, Carrió y Adolfo Rodríguez Sáa.

En este sentido, la exigencia de mayor calidad democrática por parte de la sociedad civil no tuvo como correlato en las urnas el apoyo a propuestas progresistas de centroizquierda. En todo caso, el fenómeno interesante que se dio aquí es que no fue la sociedad civil la que impulsó a Kirchner a acabar contrariando la política de Duhalde, sino que fue el propio Kirchner el que le dio una nueva fisonomía a buena parte de la sociedad civil. Parafraseando a un general, “kirchneristas éramos todos (o más de la mitad), sólo que no lo sabíamos (hasta que llegó Kirchner)”.

Por esto es que debemos ser cautos con este tipo de acciones y la forma en que son ensalzadas aun por aquellos que desde los medios apoyan las políticas que los indignados rechazan. La cautela tiene que ver con que la pluralidad de reivindicaciones, la horizontalidad y la participación espontánea de la sociedad civil no garantizan ni un gobierno mejor ni un mundo más justo. A veces, diría yo, todo lo contrario. Más bien, suele ocurrir que es una acción desde arriba la que dirige y le da fisonomía y unidad a una serie de reivindicaciones sociales que, desperdigadas, no tenían la posibilidad de encauzarse. Por ello, quienes ven en las manifestaciones de los indignados y en los puntos que destaca Hessel una épica revolucionaria, se apresuran quizás por el deseo de ser testigos de momentos históricos y hechos paradigmáticos que marquen la historia y las generaciones. Pero esas cosas no suceden frecuentemente y quizás debamos contentarnos con vivir unas vidas mucho más monótonas de lo que desearíamos. Siempre es mejor que ocurran este tipo de manifestaciones pero a veces, para que las cosas cambien, hace falta mucho más que eso.