El globo de ensayo de esta semana
fue la hipótesis MAMA: Massa-Máximo, Máximo-Massa (mientras Freud se nos mea de
risa en la cara).
Aunque no resulta inverosímil, sospechamos
que, al menos al día de hoy, se trata de una burda operación. Sin embargo, lo
que sí es cierto es que Mamá Cristina no quiere a Kicillof y es capaz de elegir
un ladrillo antes que aceptar el desafío. De hecho, CFK siempre rompió cada vez
que alguien le disputó la interna. Lo que tuvo sentido cuando “había que matar
al padre” en 2005 y vencer a Chiche en la Provincia de Buenos Aires, fue menos
comprensible cuando, años más tarde, quienes salían a disputarle a ella eran
figuras que apenas podrían arrancarle 3 o 4% de los votos (recordemos la
aventura de Unidad ciudadana, el rechazo a darle una interna a Randazzo, etc.).
En general, y las PASO han ayudado mucho en ese sentido, las elecciones al
interior de un espacio o coalición dotan de una mayor legitimidad al vencedor
de cara a la sociedad toda. Incluso, muchas veces, cuando hay un ganador
seguro, se “inventa” un contrincante débil que presta el nombre para que el
favorito obtenga un resultado contundente. Pero evidentemente, esta
interpretación no forma parte del manual de conducción política K. Aquí es
todos detrás de mí. Al que no le gusta se va. Y si no se va, me voy yo.
Massa espera agazapado. Es hábil
y sabe sacar provecho de este kirchnerismo que es siempre necesario, pero con
el que solo no alcanza. Es cierto que conoce muy bien el funcionamiento del
Estado, que logró que el país no explotara por el aire cuando se vivía el
pimpinelismo de Estado entre CFK y Alberto, y que ha sido mejor candidato que
ministro (me cuesta pensar que haya existido algún antecedente en el mundo de
un debate público en el que un candidato (Massa) demostrara tanta superioridad
en todos los aspectos frente a su contrincante (Milei), por solo citar un
evento menor).
Pero con Massa se acaba el
kirchnerismo, sea por aniquilación, deglución o lo que fuera. Massa es como el phármakon griego del que hablaba Derrida
y del cual deriva la palabra fármaco: es lo que te puede salvar, pero también
lo que te puede matar. Probablemente el kirchnerismo lo sepa, pero asume correr
el riesgo antes que postrarse frente al osado gobernador de la provincia de
Buenos Aires que, además de pretender ser presidente, quiere tomar sus propias
decisiones.
En política todo es posible,
incluso las resurrecciones, pero es bastante fácil observar una lenta pero
indeclinable tendencia del kirchnerismo hacia una existencia, si no
testimonial, al menos minoritaria. Es que cuando pasás de ganar con el 54% en
2011 a perder todas las elecciones posteriores (salvo la de 2019), algo anda
mal. Ya en 2015 no pudo poner el candidato que quería simplemente porque no lo
tenía y porque no lo quiso tener, ya que eso suponía desafiar el liderazgo de
CFK. Era preferible mantener la jefatura y poner a alguien a ser controlado o,
como sucedió en el período 2019-2023, devenir oficialismo opositor ocupando
cajas y cargos sensibles, pero criticando al presidente. El desastre de Macri y
la jugada de “volver mejores” corriéndose hacia el centro, sirvió para ganar,
pero no para gobernar y aquí estamos. Aun cuando una CFK candidata podría ser
competitiva, su situación judicial expone que se trata de una estrategia para
obturar cualquier alternativa al interior del espacio. La carta CFK se llegó a
jugar incluso para ocupar un cargo insólitamente menor en la provincia cuando
Kicillof mostró señales de autonomía, y el próximo paso era ya presentarla como
candidata a Consejera escolar de La Matanza. Hoy su carta entra ya en el
terreno del simulacro ante la evidencia de que la justicia argentina no
permitirá su candidatura. Que ello sea injusto, es otro asunto. La gente quiere
vivir mejor: no inmolarse por una persona. Puede ser ingrato, pero es así. El
kirchnerismo ha sido ingrato con muchas personas leales también, de modo que
conoce bien el sabor de la ingratitud.
Por cierto, el kirchneismo es
raro: cuanto más se radicaliza el discurso y menos se admite la disidencia
interna, más alejado está el candidato que se decide apoyar, llámese Scioli,
Alberto o Massa. Pero la razón es bastante simple: si te radicalizás, perdés
votos y los tenés que ir a buscar con gente que no se parece a vos. Sin
embargo, con Alberto pasó algo extraño: las mismas razones por las que fue
elegido, fueron las razones por las que fue castigado. Te elegimos por ser
diferente y te castigamos por lo mismo. Con Axel la lógica, a primera vista, es
parecida: te elegimos por ser igual a nosotros y te castigamos exactamente por
ello. Pero esto es solo la superficie: más allá de ser más o menos igual, más o
menos diferente, lo que no se permite es el desafío a la jefatura. Cuando esto
sucede, públicamente la pelea se presenta en términos ideológicos (Alberto es
un moderado operador de Clarín); o morales (Kicillof es ingrato y no va a ver a
CFK a la casa). Pero es simplemente una pelea de poder. Y no está mal. Lo que
sí está mal, aunque es comprensible, es que nos quieran vender que es por el
pueblo, la patria, el combate a la derecha y varias otras razones que no creen
ni quienes las pronuncian.
A propósito de jefaturas: seamos
buenos con CFK. El lugar se lo ganó de muchas maneras y, sobre todo, con los
votos. Es más: los votos son de ella y no parecen fácilmente transferibles como
sucedió en Brasil. Nadie de La Cámpora puede, ni por asomo, capitalizar eso
completamente. De aquí la molestia contra muchos dirigentes que recién en los
últimos años decidieron pegar el salto y han refrendado en las urnas, al menos
como intendentes, alguna credencial más que “ser los protegidos de la Jefa”.
Ahora bien, Máximo, con casi 50 años, debería postularse alguna vez a un cargo
de peso y encabezando. Porque es evidente que no es menos que sus colegas y,
por lo que se ve, hasta puede que sea mejor que la media, pero esto no es un
concurso de antecedentes o de experiencias domésticas en las que vivir en la
casa de dos expresidentes inclinaría la balanza. La legitimidad te la dan los
votos. Todo lo otro ayuda, pero, al fin de cuentas, es la elección de la gente.
Una vez más: puede ser injusto, pero en política, una buena parte de tu valía
se representa en votos y nadie sabe cuántos votos tiene Máximo. Basta de
lapicera, basta de jugar de médium. Votos. Con la herencia que juega favor y en
contra: porque si puede encabezar algo es porque se llama Kirchner; y si tiene
una imagen negativa altísima para alguien que no ocupó cargos de peso, es también
porque se llama Kirchner. Así son las cosas. Uno no elige todo en la vida. Pero
hay un cansancio en los votantes y los dirigentes. Basta del paraguas de Mamá.
Juegue de una vez.
Por cierto, dejando de lado lo
que ya mencionamos como posible operación de la semana, tendría más sentido y
coherencia, que más que de vice, Máximo vaya como candidato a gobernador de la
Provincia. Allí el sistema electoral que te hace ganador sin balotaje y
obteniendo un solo voto más que tu contrincante, lo hace muy competitivo aun
con la imagen negativa antes mencionada, y, en caso de victoria, le daría al
kirchnerismo garantía de que su bastión queda en familia.
Y ya que hablamos de sistemas
electorales determinantes, es probable que el futuro de la elección se juegue
en las próximas semanas cuando el gobierno intente avanzar en la suspensión de
las PASO. Nada es definitivo, pero si lo logra, el peronismo estará arrinconado
y no podrá salir de allí sin una enorme cantidad de heridos. Es que sin PASO, o
el kirchnerismo cede y acepta la candidatura de Kicillof, o apoya otro
candidato y lo obliga a jugar por afuera, lo cual dividiría el voto y le
facilitaría la reelección a Milei con apenas 40%.
Por último, propósito de Kicillof…
decídase señor Gobernador. ¿Va a jugar o no va a jugar? ¿Juega contra todo, a
plata o mierda, o no? Ya no le pedimos las canciones nuevas: le pedimos alguna
definición sobre algo. Si usted es lo mismo que el kirchnerismo, entonces
bájese y deje a los originales; y si no es lo mismo indique en qué se
diferencia. Esboce una autocrítica, critique abiertamente a CFK y a La Cámpora
si es que se lo merecen y, sobre todo, basta de discursos largos e insustanciales
con categorías para un mundo que ya pasó. Uno escucha al gobernador y entra en
el túnel del tiempo que lo lleva al año 2014. Y eso es mucho tiempo porque el
país ya es otro y, sobre todo, porque los argentinos ya no somos los
mismos.