viernes, 7 de agosto de 2026

Sagasti, Moyano, CFK: tu representante también es la casta (editorial del 8.8.26 en No estoy solo)

 

Durante la última semana ocurrieron tres episodios distintos que muestran un fenómeno político profundo: el discurso anticasta dejó de ser patrimonio del mileísmo y empezó a operar también entre los propios votantes opositores.

El primer caso es el de la senadora por Mendoza, Anabel Fernández Sagasti. En lo personal, creo que su pedido era sensato: estaba en riesgo la vida de su bebé y parecía razonable el pedido de excepcionalidad. También era atendible quienes le espetaron que debió haber previsto esta situación, que primero la patria, que podría haber renunciado…, etc. Con todo, sigo creyendo que la senadora tenía ahí una razón de peso. Si el pedido era razonable: ¿por qué la reacción en su contra de parte de los propios militantes? Si dejamos de lado las rencillas personales y las intencionalidades, hubo gente que genuinamente salió con fuerza a criticarla. Mi hipótesis es que mucha gente vio en esa acción y en su argumentación (me discriminan por mujer, por embarazada, por vivir lejos de Capital) la búsqueda de un privilegio y la Argentina es un país con un imaginario profundamente igualitario que, además, vive una enorme crisis de representatividad. De ahí la sobrerreacción también, por cierto, más que razonable y atendible.

Seguramente algún tarado la habrá atacado por no poder controlar su misoginia, pero reducir la crítica a estos exabruptos es un error: se la atacó porque muchos militantes observaron que otras mujeres embarazadas no tienen los privilegios que tiene la senadora. El razonamiento del ciudadano y militante de a pie sería más o menos así: “tenés razón, pero andá a la mierda. Resolvelo como lo tengo que resolver yo porque si no lo hago me echan del trabajo en negro que tengo por el 10% de lo que vos ganás: porque cobrás 8000 dólares, cobrás extra por vivir en el interior, tenés asesores, vas a cobrar cuando pidas licencia porque laburás en blanco… ¿y cuando están por vender el país estás ausente y la vas de víctima por ser mujer embarazada del interior?”

Es cierto que, seguramente, en este caso puntual, puede haber habido una devolución de gentilezas contra el sector camporista que F. Sagasti representa. Ese pase de factura también es atendible porque La Cámpora heredó el discurso sacrificial de los 70 sin asumir poner el cuerpo como lo pusieron los guerrilleros. Entonces es natural que alguien piense: ustedes, los que hacen su perfo y  señalan con el dedo desde el pedestal derramando toda su moralina sacrificial para una causa donde los que siempre se benefician son ustedes mismos y que ha servido para perseguir, cancelar y “depurar” a todo aquel que no diga sí a lo que indica a la conducción, ¿son los que ahora vienen a pedir clemencia? Probablemente la indignación fue mayor porque en el discurso de F. Sagasti y en el de otros dirigentes que salieron a apoyarla, se vieron iguales cuotas de arrogancia y victimismo. En este sentido, se puede aplicar una máxima que se suele esgrimir contra el feminismo y que es una paráfrasis del histórico dirigente radical “Chacho” Jaroslavsky: atacan como empoderadas pero se defienden como víctimas.

Pero esto no es todo: el debate de los últimos días quedó en el aire cuando los propios senadores peronistas, incluyendo a los de La Cámpora votaron en contra de darle el voto a la senadora mendocina. El argumento es que esto marcaría un antecedente que favorecería al oficialismo en el futuro y la forma en que la militancia procámpora quedó pedaleando en el aire después de acusar de misóginos y traidores promileístas a todos los que criticaron a F. Sagasti, fue para alquilar balcones. Pero no es para celebrar porque son este tipo de giros pragmáticos de la política los que quiebran el vínculo con el representante. Se dirá que la política es pragmatismo y realpolitik, y eso es cierto. Pero los que dicen eso son los mismos dirigentes que venden épica principista mientras acuerdan carguitos y contratos. 

Llegados a este punto, volvemos a nuestra hipótesis: lo que parece estar en claro es que no solo el votante mileísta abrazó el discurso anticasta. También lo ha hecho el votante opositor y esto ha sucedido por múltiples razones ya harto expuestas: el fracaso de los últimos gobiernos, el shock de la pandemia, la precarización del trabajo, el vivir siempre un poquito peor… Nada que no se sepamos.

Veamos ahora el caso de Facundo Moyano: tiene todo el derecho a tomar la merca que quiera junto a su pareja, amante, acompañante, etc., como si fuera el lobo de Wall Street. Eso no es lo que molesta. Lo que jode es que siendo sindicalista, exdiputado nacional, poseedor de un apellido con mucho peso y responsabilidad entre los trabajadores en un momento en el que sus representados se cagan de hambre, nos enteremos que todas estas cosas que pertenecen a su vida privada, se realizan en un piso de la Avenida Libertador, supuestamente de su propiedad. Y ningún trabajador es capaz de acceder a un piso en Libertador, salvo para trabajos de plomería o alcanzar el servicio del champagne a la puerta.  

Facundo siempre fue de gustos caros y parecen agradarle más los DJ que los bombos, pero algo del orden del pudor y la decencia es necesario. Ser y parecer. Hacer sin mostrar. Por respeto a quienes dice representar, al menos.  

¿Desde qué lugar los sindicalistas que viven en Avenida Libertador pueden alcanzar un mínimo de legitimidad para decir “no a la reforma laboral”? ¿Desde qué lugar esos tipos pretenden representar a los precarizados y pedir su voto? ¿Acaso ustedes creen que el discurso antisindical abrazado por buena parte de los sectores populares es un ejercicio de manipulación hipnótica impulsado por una campaña en redes sociales?  

Por último, ese mismo desgaste entre representantes y representados también puede observarse en la relación entre Cristina Fernández de Kirchner y una parte de su propio electorado. La magnitud de los dirigentes es incomparable pero el fenómeno es el mismo aun cuando sus seguidores y quien escribe estas líneas considera que la causa que la mantiene presa y proscripta está llena de irregularidades. Pero de ahí a suponer que hay que ir a votar por “Cristina libre” hay un salto, un nuevo sacrificio que exige una dirigencia que ya no interpela porque la gente observa, desde hace muchos años, que esa misma dirigencia no da respuesta. Entonces, el argumento “liberando a Cristina vas a vivir mejor” no es un argumento que se vea con tanta claridad porque con Cristina libre, en los últimos años, no vivimos mejor. Más bien, podría decirse que muchos de sus errores explican la actualidad. No toda, claro. Pero sí una buena parte. En este sentido, los ataques contra Kicillof y la maniobra judicial en la ONU que, más allá de su efectividad en lo que respecta a su situación procesal, tiene como finalidad política retener la centralidad y joder la candidatura del gobernador de la Provincia y de cualquier otro osado, suma un poroto más a la bronca. Llegado el caso, el convencido votará igual, pero está harto de que lo tomen por idiota y de que encima lo psicopateen con moralina y culpa. Una Cristina libre seria un acto de justicia, pero de ninguna manera garantiza que la gente viva mejor. ¿Con qué motivación se acerca ese votante a la urna si en ningún momento le hablaron de cómo mejorarle la vida?

Ha sido muy interesante el poder de síntesis observado en redes durante estos días. Citaré dos posteos, uno textual y el otro de memoria para cerrar. El primero, del usuario futuro.devaluado en Instagram afirmaba “opinan como troskos, viven como menemistas, gestionan como ONG, se visten como Calle 13, flashean ricoterismo. Vivir solo casta [SIC] vida”.

El segundo, rezaba algo así como: “Todavía creen que es contra una embarazada y no contra un esquema de representatividad privilegiado, agotado y continuamente derrotista”. Es un buen resumen y agrega otro elemento que vale la pena mencionar antes del cierre: el votante opositor está harto del posibilismo, está harto de que su propia dirigencia sea Juan Domingo Perdón, harto del albertofernadismo y del oficialismo opositor de quienes lo avalaron. No comenten más; no expliquen más; no señalen más; no se hagan más las víctimas de “la nenecha”: cambien las cosas, ganen las elecciones y arriesguen algo. No nos exhiban más su circo de impotencia. Y si no pueden hacerlo, consíganse un trabajo honesto como el resto de los ciudadanos. Sus malas decisiones y sus prebendas perjudican a sus votantes, aquellos a los que les piden más y más sacrificios por causas que cada vez son más personales. Y sus vidas personales son tan importantes como las de cualquier otro, al menos en este país donde todavía queremos seguir considerándonos iguales.

jueves, 30 de julio de 2026

Javier Milei: ¿El showman que ya cansó? (editorial del 1.8.26 en No estoy solo)

 

En un sketch del ya mítico programa de humor absurdo, Todo por 2 pesos, Diego Capusotto representaba una suerte de comediante que, con diversas estrategias intentaba hacer reír a una audiencia que, poco a poco, iba enardeciéndose. El resultado siempre era el mismo: pasados unos segundos, el nivel de la actuación era tan pobre que empezaba a recibir huevazos, tomatazos y todo tipo de agresiones. El sketch se presentaba como “Peter Conchas, El showman que ya cansó”, y siempre viene a mi mente cuando alguien que sobresale por algún tipo de performance abusa de ella hasta perder la potencia inicial. Tomando en cuenta los últimos exabruptos de Milei en Brasil, ¿es, nuestro presidente, un showman que ya cansó?

Alguien dirá que es una característica de su personalidad y una fiel representación de la estética y los tipos de liderazgos de las nuevas derechas. Incluso podría agregarse que ha sido también por ese tipo acciones, y no a pesar de ellas, que logró posicionarse como candidato y luego triunfar en las elecciones. A todo esto respondería afirmativamente. La pregunta, en todo caso, es si aquello que circunstancialmente lo llevó a la victoria y a sostener un apoyo considerable de parte de la ciudadanía, es también aquello que podría horadarlo. Si este fuese el caso, la historia reciente estaría brindando jugosos ejemplos para comprender que lo que sirve para ganar, no necesariamente sirve para gobernar (Frente de Todos); y que lo que sirve para ganar y, en parte, para gobernar, quizás no alcance para reelegir.

Esta semana, leía distintas notas que se hacían eco de un fenómeno que, a priori, parece contradictorio, pero puede que, en el fondo, no lo sea. Un creciente emprendedurismo de las clases bajas que ya no esperan nada del Estado (particularmente creciente entre mujeres) y una encuesta donde jóvenes de sectores bajos afirmaban mayoritariamente ser capaces de resignar salario y tiempo a cambio de un empleo en blanco. Aun tomando estos datos con pinzas, pues a primera vista parecerían contradecir cierta tendencia mundial, lo cierto es que mostrarían que el hecho de que alguien rechace al Estado como proveedor no significa que rechace la estabilidad como valor. En otras palabras, los más vulnerables se han hartado del clientelismo (en el mismo sentido que lo plantea Milei), pero eso no significa que celebren la precarización y la intemperie (como Milei parece proponerles en nombre de la libertad). La diferencia entre ser emprendedores porque quieren o porque es lo único que pueden, se torna aquí difusa.

Extrapolado al ámbito político, no estamos descubriendo nada, entonces, si afirmamos que, aun en estos tiempos de excesos de estímulos, precarización y déficit de atención, se sigue buscando estabilidad. En este punto, la lectura que haga el gobierno es clave para su futuro. Analicemos el porqué. 

En Milei, formas y contenido iban de la mano y conformaban un combo eficaz para la denuncia: la casta es formal, adusta y seria; y en lo que tiene que ver con los resultados, distintos gobiernos empobrecieron cada vez más a los argentinos, supuestamente, utilizando las mismas recetas. Pues entonces, sacudamos lo dado desde las formas (insultos, exabruptos, extravagancias) y también desde el contenido (propuestas radicales desde lo económico con reivindicación de figuras, en su mayoría, menores y marginales).

Algo similar se observa en casi todos los líderes de las nuevas derechas: el combo “forma más contenido radical” ha demostrado ser efectivo en las urnas. Sin embargo, les comentaba, la lectura del gobierno de Milei es clave en este sentido, especialmente porque, sospecho, pueden estar haciendo el diagnóstico equivocado. En otras palabras, detrás de las formas estridentes y un contenido, por momentos, delirante e impracticable, incluso por los ortodoxos, hay buenas razones para suponer que el apoyo al gobierno de Milei se debe, sobre todo, a la estabilización de la inflación. Todavía es alta (de hecho, está más alta que en el último gobierno de Cristina) pero, al menos, parece controlada. Eso da un mínimo de previsibilidad tal como sucede en los países normales. Esa estabilidad, subestimada por las últimas versiones del peronismo, es muy importante, lo cual es una obviedad, pero es necesario resaltarlo, no sea cosa que se le siga olvidando a los líderes de la oposición que nunca hablan de ello (por cierto, ¿alguien sabe cuál es el plan de CFK y Kicillof para bajar la inflación? Y ya que tanto insisten con instalar a Bregman, probablemente, para minar a Kicillof, ¿alguien conoce el plan de la candidata trotskista para llevar la inflación a un dígito anual?  

Si la hipótesis es correcta, y lo que principalmente se valora de Milei es la estabilidad antes que su radicalidad en las formas y en el contenido, el gobierno podría estar equivocando su lectura política. Porque es cierto que, al momento de elegir presidente, la gente compró salto al vacío antes que más de lo mismo, pero de ahí no se sigue que haya comprado un permanente salto al vacío.

Hay bastantes pruebas en este sentido más allá de que el caso argentino tenga sus particularidades. En otras palabras, las sociedades pueden aceptar e incluso celebrar una política de la excepcionalidad, la transgresión y el sobresalto. Son más tolerantes a ello cuando esa dinámica provoca resultados o, como en el caso argentino, cuando, más que los resultados, en un inicio, la figura de Milei encarnó el voto de castigo y revancha contra los privilegiados (que en la guerra de pobres contra pobres fueron más los empleados estatales que los ricos).

Pero, finalizada la época de la revancha o, en todo caso, llevada a un segundo plano en detrimento del bienestar individual, la sociedad está evaluando de manera dispar los resultados del gobierno. Hay mayor estabilidad, pero la economía no arranca, los sueldos no alcanzan, el crecimiento es muy desparejo.

Por otra parte, esto ni siquiera es un problema de Milei en particular, sino lo propio de, al menos, la política contemporánea: el exabrupto en Milei funcionó como señal de autenticidad. En una época donde el único mandato es ser fiel a uno mismo, (Freud ríe desde su tumba en este momento), esa presunta autenticidad generó identificación: este loco está tan loco y enojado como yo. Me representa. Pero la transgresión funciona mientras conserve su capacidad de transgredir. Por eso es tan afectiva para denunciar al poder cuando se está lejos del mismo, pero mucho menos cuando se accede al gobierno. Es que una vez allí, la gente deja de exigir transgresión y pasa a implorar responsabilidad.

Asimismo, me permito repetir la figura del péndulo: Milei captó bien esa predisposición del electorado a reemplazar el “que se vayan todos” por el “que venga cualquiera”, pero las sociedades no van siempre en la misma dirección. De la misma manera, un conato de espíritu anarcocapitalista en los sectores bajos que históricamente apoyaron al peronismo, no necesariamente es una tendencia que haya llegado para quedarse (más bien parece no haber durado ni dos años, si tomamos en cuanta los resultados de 2025). De modo que, es posible que la respuesta a Milei sea una radicalidad opuesta pero quizás puede ser una exigencia de moderación lo cual es, también, un opuesto a la radicalidad.

La provocación permanente necesita ser renovada constantemente. Paradójicamente, Milei parece preso de una inflación de exabruptos que devalúa cada una de sus provocaciones. Volviendo por un momento a la TV, es como ese capítulo de los Simpsons donde Bart se hace famoso por una frase idiota “(Yo no fui”) y luego todo el mundo le exige “Di lo tuyo” y “Haz tu gracia”. Algo de eso se vio en su presentación en Brasil: le pusieron la canción de La Renga, él saltaba y arengaba y la gente abajo apenas si lo filmaba con su celular; algo así sucede aquí cuando estamos esperando que haga su gracia de voz de Alf al grito de ¡Viva La libertad, carajo!

Es imposible augurar si Milei será reelecto. Los números lo muestran como un candidato competitivo mientras la oposición navega en su indecisión. Pero lo que puede generar identificación y cierta legitimidad es mucho más eficaz como excepción que como régimen. Ninguna sociedad puede vivir en el sobresalto permanente ni lo desea. En determinadas circunstancias puede apoyar ese orden de cosas, pero luego exige otra cosa.

No creo que Milei gane o pierda porque insulte a Lula o haga alguna payasada. En todo caso, su reelección corre riesgo si su dogmatismo y sus características de personalidad no le hacen ver que las sociedades cambian velozmente y que las exigencias y las necesidades nunca son las mismas. Es lo que le pasaba a Peter Conchas, el único que no se había dado cuenta que su show podía cansar; el único que no se había dado cuenta que su show, quizás, ya ni siquiera era necesario.   

 

viernes, 24 de julio de 2026

Una respuesta a la “campaña” contra Argentina (editorial del 25.7.26 en No estoy solo)

 

No sabemos exactamente cuándo empezó, pero sin duda alcanzó su pico tras la exhibición de la bandera de las Malvinas. Lo podemos llamar “campaña contra Argentina”, aunque, al menos hasta hoy, no existan indicios, tan solo sospechas, de que se hubiera tratado de una estrategia orquestada por determinados intereses. Aun cuando estos existiesen, a priori me abrazo a la opción de un montón de prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, algunos con muchos seguidores y reputación, más otros tales disponiendo de sus prestigiosos medios para darles espacio a escribas igualmente prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, los cuales, a su vez, son replicados por el algoritmo en su búsqueda de generar conversación.

No hay tiempo ni sentido para exponer ni responder a todos, de modo que intentaré un resumen: el periodista Ishaan Tharoor publicó, en la progresista The New Yorker, que ya no lloraría por Argentina porque, según él, somos el establishment; fuimos favorecidos por los árbitros; carecemos de hinchas que desarrollan el “nacionalismo alegre” (SIC) como el de los noruegos que reman y los japoneses que limpian;  poseemos simpatizantes que respondieron con insultos racistas las provocaciones de un muchacho influencer cuyo único mérito es reaccionar y poner cara de pelotudo frente a su cámara, y por tener a un periodista como Eduardo Feinmann que insultó a los mexicanos (sí, eso salió publicado en The New Yorker). El autor es columnista de Foreign Affairs pero sus análisis parecen simplemente proyectar los problemas y las presuntas soluciones del primer mundo como si tuvieran validez universal. No hace falta, porque se ha respondido largamente, explicar por qué Argentina no es un país donde haya un racismo estructural (aunque le duela a Samuel Jackson, ciudadano de un país que tuvo una guerra civil para sostener la esclavitud, que hasta hace unas décadas avalaba legalmente una política de apartheid contra los negros, y que un par de años atrás le mostró al mundo que Black Lives Matter). Lo cuentan los propios extranjeros que viven en Argentina y se puede entender leyendo un poquito de historia: Argentina tendrá un sinfín de problemas, pero es ejemplo de integración con oleadas de migrantes que llegaron, de repente, con idiomas, costumbres y religiones diversas.

Lo mismo con la insólita pregunta que ya había lanzado The Washington Post cuatro años atrás preocupados por la ausencia de negros en el primer equipo argentino. El progresismo nos pone un contador de negros al tiempo que hace un batido entre un Sarmiento analizado extemporáneamente y el mito de Hitler en Argentina, para ver segregación donde solo hubo una milagrosa integración. Podrían haberlo entendido fácil si hubieran echado un vistazo al hecho de que Argentina no recibió tantos negros como otros países sudamericanos por su estructura productiva, sumado a que, los que había, o bien murieron en batallas o por enfermedad (incluso estoy tentado a afirmar que si murieron así no fue por negros sino por pobres. En otras palabras, hubo allí más clasismo que racismo). Los que sobrevivieron se mezclaron.

Nuestra historia no es un camino de rosas, pero quienes salen a señalar con el dedo deberían avergonzarse de la propia. Es más, si Francia (por citar solo un caso) tiene tantos negros en su equipo es, justamente, porque fueron y siguen siendo colonialistas, no por un afán integrador. Los migrantes que llegaron y llegan a Argentina obtienen su ciudadanía porque fuimos y somos un país abierto y no porque lavemos la culpa pretérita de haber colonizado y esclavizado pueblos enteros al tiempo que condenamos a guetos a sus descendientes. Aunque eso sí: reconozcamos que esos países derivan ingentes sumas de dinero a recordarnos que el racismo está muy mal y que no hay que decir la palabra “negro”. Y sí, claro, el nuestro no es un nacionalismo alegre como le gusta al autor, ese nacionalismo funcional al globalismo que reduce las identidades al plato de comida típico para consumo de turistas. Le pedimos disculpas pues, parafraseando a Silvio Rodríguez, el nuestro es un nacionalismo candidato a la omisión por no ser globable; un nacionalismo que tiene la osadía de recordarle al mundo que las Malvinas son argentinas.    

En otra revista progre, The Nation, Dave Zirin nos dice que “el mundial es política por otros medios”, y que apoya a España porque es de izquierda ya que “[El] estilo de juego refleja de manera bastante directa a los líderes de ambos países, y esto importa porque, como señalamos anteriormente, el líder del país que se proclame vencedor también recibirá un impulso político”.

Para el editorialista, entonces, España debía vencer para que triunfe el socialismo que se expresa en el juego de su selección por sobre el anarcocapitalismo de la selección argentina. Ustedes se ríen y está bien que sea así porque debería dar risa. Pero no es una columna de humor. Se supone que este muchacho debe creer en lo que dice y que la revista considera que se trata de un argumento publicable. Zirin debe ser un estratega político porque afirma que un eventual triunfo de Argentina habría fortalecido a Milei. No tenía que esforzarse mucho ni recurrir a libros de historia para darse cuenta que nuestra última estrella en campeonatos mundiales fue lograda en diciembre de 2022, durante el gobierno de Alberto Fernández, meses antes de que éste ni siquiera pudiera presentarse a una reelección y que su gobierno perdiera contra Milei, un candidato contra el cual era imposible perder. Los analistas políticos que proyectan sus odios y sus amores a través del fútbol, son la estupidez por otros medios.

Bhaskar Sunkara, fundador de Jacobin, emblemática revista de izquierda, opinó sobre la bandera expuesta tras el partido con Inglaterra. Siendo de izquierda, podría haber aprovechado para hacer un alegato contra el imperialismo. Sin embargo, escribió en su cuenta de Twitter: “Esta fue la bandera de una dictadura militar que asesinó a miles de izquierdistas e intentó salvar su régimen colapsante mediante el irredentismo chauvinista”.

Cuando alguien le recordó que se trata de una reivindicación anterior que, en todo caso, la dictadura se apropió, en lugar de aceptar el error, respondió:

“Es anterior a la junta, obviamente, pero sigue siendo una disputa irredentista con raíces en dos reivindicaciones coloniales enfrentadas. Al no haber una población indígena ocupada, no es un caso claro de liberación nacional. ¿Por qué no dejar que los isleños se ocupen de sus ovejas y se casen con sus primos, y concentrar la lucha en los capitalistas, en lugar de asumir que primero necesitamos una etapa de renovado nacionalismo de izquierdas?”

De modo que no hay colonialismo (¡o hay dos colonialismos enfrentados!) y una reivindicación nacional deviene un nacionalismo que olvida la lucha contra el capital. Suscribirse a Jacobin cuesta 28.000 pesos desde Argentina. Yo invertiría ese dinero en la lucha contra el capitalismo a través de la ingesta de un buen asado (antes de que el fundador de Jacobin nos acuse también de “especistas”).

Para finalizar el listado, Yanis Varoufakis, faro moral de la izquierda progre europea escribió en su cuenta de Twitter: “La maravillosa cohesión del equipo prevaleció sobre el deslumbrante individualismo… Junto con ella, triunfó el multiculturalismo funcional y saludable. El fútbol logró, aunque por poco, sobrevivir a la feroz comercialización y los trucos empresariales que casi matan su espíritu. Una lección para reflexionar en todos los demás ámbitos de la actividad humana”.

Varoufakis habrá creído que el Dibu Martínez era Milei y que Ferrán Torres era Pedro Sánchez. Más allá de la broma, sorprende cómo un tipo con lecturas varias es capaz de un razonamiento tan lineal y, sobre todo, tan estúpido. Recibió, como correspondía, un sinfín de comentarios: desde quienes lo invitaban a leer sus propios libros hasta un usuario en particular que destacó la idea del “multiculturalismo funcional y saludable” contrastándola con la foto de Lamine Yamal entregándole la copa a Felipe VI. Lo hizo para preguntarse, seguidamente, si la imagen de un moro entregándole la copa al rey blanco podría encuadrarse en este tipo de multiculturalismo que tanto deleita los ojos del autor de Tecnofeudalismo. Por cierto, estamos hablando de quien fuera ministro de economía griego durante un período en el que su gobierno no desactivó las instalaciones existentes en islas del Mar Egeo para frenar la inmigración y que fueron denunciadas por organizaciones de derechos humanos. Pensar que la palabra Hipocresía proviene del teatro griego…

¿Por qué Argentina pasó de ser la niña mimada con Messi como abanderado en 2022 a villano racista y/o bárbaro en 2026? Probablemente, una colección de factores. En primer lugar, el alineamiento del gobierno de Milei con Trump y Netanyahu puso a todo el progresismo biempensante que abrazó la causa palestina en contra. Tienen todo el derecho a oponerse a la política exterior de un país, de hecho, muchos argentinos nos oponemos a la política exterior de sus países también, pero lo que no se puede permitir es confundir la decisión de un gobierno con la identidad de un pueblo. Porque ni todos los ingleses son Thatcher, ni todos los argentinos somos Milei. Es más, incluso muchos seguidores de Milei apoyan sus políticas económicas, pero no necesariamente este alineamiento geopolítico que arrastra a todo un país por lo que parece ser una decisión personal del presidente vinculada a una conversión religiosa. ¿Significa esto que Milei tiene la culpa de la campaña contra Argentina? Sí y no. Lo sería si se tratara de críticas estrictamente políticas a decisiones gubernamentales. Sin embargo, no parece ser el caso. En otras palabras, mucha gente enojada con el apoyo de Milei a Israel está hablando de la moralidad y la identidad de los argentinos. Como si hace tres años, cuando con otro gobierno estábamos alineados a los BRICS, los argentinos hubiésemos sido diferentes. Por cierto, ¿en el 2022 jugábamos como equipo privilegiando el todo por sobre el individuo porque éramos peronistas y en 2026 no, señor Varoufakis? Era el mismo equipo, el mismo entrenador y teníamos a la misma estrella.

Que este alineamiento puede ser una de las razones lo confirma que las principales usinas de odio contra Argentina provinieron de los demócratas americanos, del progrerío europeo y de Medio Oriente. A propósito, ¿el director técnico de Egipto creerá que recibir tres goles en 12 minutos es un acto de racismo? Se me debe haber pasado por alto pero no he leído muchos intelectuales de izquierda advertir sobre la banalización de esta bandera. ¿Será porque el técnico defiende la causa palestina? Es decir, ¿callaron por afinidad ideológica?  Y ya que estamos: ¿por qué nadie opinó sobre las mañas y el juego sucio de Suiza cuando un jugador le hizo una doble plancha a Nico González sin ver siquiera la tarjeta amarilla, o cuando Breel Embolo, su delantero, fingió groseramente una falta para hacer amonestar a un jugador argentino? ¿Será porque perdieron y porque la figurita a vencer era el campeón? ¿Será porque los podían acusar de racistas si denunciaban que un jugador negro había hecho trampa tal como se vio en todo el mundo?  

Sea cual fuera la razón de estos ataques contra la Argentina, lo interesante del caso es que, proviniendo en buena medida de las usinas progresistas, la disputa deportiva y las diferencias políticas se transformaron en morales. Es un clásico del progresismo así que no hay que sorprenderse, si bien los argentinos vemos también esa moralidad del “somos mejores que ellos” en los discursos presidenciales.

No alcanzó con decir “queremos ganarles porque son los actuales campeones”, lo cual hubiera sido más que razonable pues todos queremos ganarle al “poderoso”. Tampoco servía dar una disputa política, extrapolando lo que pasaba en la cancha a ese terreno donde el debate es en condiciones de igualdad. No, hacía falta establecer una diferencia moral. Por eso los argentinos fuimos “los que compramos la copa”, “los de malos modales”, “los pobres indios que no tienen para comer”, “los racistas”, “los negros de mierda”, “los politizadores”, “los arrogantes”, y a veces todo eso junto y contradictoriamente. Es Patti Smith, otra de las referentes progres, posteando una foto trucada de Lamine Yamal con una bandera palestina y agregando que habían “ganado los buenos” (por cierto, qué buen poder de síntesis tuvo una usuaria que le respondió “lo progre no te quita lo yanqui”).

A propósito, y para culminar con las referencias que circularon en las redes sociales, cito de memoria a otro usuario que escribió cuán curioso era que los mismos que empezaron tildándonos de racistas, terminaron festejando que “ganó la civilización”.

Pero no quisiera finalizar sin hacer algunas preguntas: los mismos progres que advierten que los discursos de odio se traducen en acciones concretas, ¿se están haciendo cargo de la cantidad de argentinos que viven en el exterior y que están denunciando malos tratos y agresiones como nunca antes existió? ¿O será que solo el odio de la derecha es performativo? Por último, ¿los intelectuales de izquierda que adoran a Carl Schmitt no recuerdan lo que este autor advierte acerca de reemplazar la política con la moral? En otras palabras, ¿no están al tanto de que si se moraliza la disputa amigo-enemigo y uno de los bandos afirma representar al bien y a la humanidad, al otro solo le queda el lugar de lo no humano, lo monstruoso, lo digno de ser exterminado? Si hacen tantos papers hablando de eso cuando Occidente invade países en nombre de los DDHH, ¿por qué hacen lo mismo que denuncian?

Para finalizar, un comentario para la progresía local que ahora se da cuenta que sus ídolos progre eran etnocentristas y sectarios, y que solo nos darán un lugar si decidimos agachar la cabeza y firmar el compromiso de víctimas esenciales y eternas. Quizás la indignación del progrerío local corresponda a que se acaba de ver en el espejo y no sabe para dónde salir. Les molesta ser acusados de racistas, pero son ellos los que importaron una agenda divisoria de la sociedad y unas categorías que no representan la realidad argentina. Lo hicieron para sus kioskos, sus papers y encontrar un sentido en la vida, todas razones más que respetables, pero de las cuales hay que responsabilizarse. Porque si una de las razones de estos ataques es el posicionamiento de Milei, también es cierto que, en buena medida, Milei “existe por ustedes” y puede que siga existiendo por las mismas razones.

En lo personal no me considero un nacionalista pero viene a cuento recordar el texto de Borges que repasábamos la semana pasada: “Nuestro pobre individualismo”. Allí, el autor de El Aleph afirmaba que el creciente nacionalismo/colectivismo generaría una reacción inversa y acabaría creando una sociedad más individualista. Puede que este ataque furibundo que no ha sido ni deportivo ni político, sino moral, acabe, al menos por un rato, en el retorno de un nacionalismo que hasta hace pocas semanas parecía marginal y larvado.           

 

 

 

viernes, 17 de julio de 2026

¿Es Messi mejor que nosotros? (editorial del 18.7.26 en No estoy solo)

 

El enfrentamiento con los ingleses me recordó tres cosas que bien podrían entrelazarse: la primera pertenece a lo que podría llamarse la “sociología del deporte”; la segunda, un breve ensayo de Borges llamado “Nuestro pobre individualismo”; y la tercera es una reflexión comparativa sobre el significado del héroe.

Por supuesto que existen contraejemplos, pero hay una idea general que se puede tomar como punto de partida: Inglaterra y Argentina expresan dos maneras antagónicas de entender el fútbol. Probablemente esto podría extrapolarse a la vida también, pero enfoquémonos en el deporte. Estas formas antagónicas no convierten necesariamente a unos en mejores que otros. Asimismo, puede que esta observación incomode a ciertos sectores progresistas y de izquierda al tiempo que invoque una sonrisa irónica del libertarianismo.

Conceptualmente hablando, la idiosincrasia del fútbol inglés se ha basado en la idea disciplina táctica, sacrificio colectivo y en priorizar el sistema sobre la individualidad. Los equipos ingleses (insisto, en general) funcionan como máquinas donde los jugadores son figuras intercambiables porque lo que destaca no es la diferencia sino su rol en el engranaje. Claro que han tenido y tienen figuras que se destacan, pero la prioridad es el equipo y el énfasis está puesto en el orden del funcionamiento colectivo.

El imaginario del fútbol argentino es completamente distinto. Se prioriza el crack, se sueña con llevar la 10, se idolatra la gambeta, esto es, la gesta individual que rompe el engranaje. Hay decenas de casos de buenos equipos, pero incluso en el recuerdo nos posamos en “la figura”, el que rompió el esquema: es Maradona, es Messi y son cada uno de los jugadores del barrio y la placita que sobresalen. Si los ingleses se enfocan en la organización y el control de las variables, el argentino busca la improvisación, la creatividad, lo cual se produce con talento natural y, también, por qué no, con algo de picardía.

Si lo comparamos con la filosofía de la antigüedad, el argentino es el héroe homérico, aquel que sobresale por encima del resto, el que logra vencer a monstruos, se enfrenta a los dioses y alcanza límites sobrehumanos. Es el que va al frente solo porque cree haber nacido para ser protagonista. Le puede ir mal o bien pero su heroicidad está en esa decisión de enfrentarse al poder aferrado al San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles. Los espartanos, en cambio, proponen una lectura radicalmente opuesta cuando perfeccionan el cuerpo de los hoplitas, muy efectivo en la batalla. Para el que no lo recuerde, al momento de la confrontación, los hoplitas formaban un bloque homogéneo, hombro con hombro. Ninguno podía romper las filas. Es más, el héroe era el que entendía su rol y no el que se destacaba, de aquí que el fin no fuera sobresalir, sino fundirse en esa homogeneidad. En otras palabras, la protagonista era la falange y no los individuos que la conformaban y se entendía que 300 tipos unidos serían mucho más eficaces que 300 individuos sueltos que vayan a ser “su heroica”.

Esto nos conecta con Borges cuando en el texto citado indica que los argentinos somos individuos antes que ciudadanos porque no nos identificamos con el Estado. La contraposición con el cine y la literatura es clara, de aquí que Borges nos recuerde que en los films de Hollywood es cierto que hay un hombre que se destaca (el típico caso del detective que se corta solo guiado por su intuición incluso contra la institución y la burocracia). Pero en todo caso se destaca y rompe con el orden solo para recuperarlo. En el ejemplo dado, el detective resuelve el caso y atrapa al criminal, pero para entregarlo a la policía, al sistema (la mayoría de las películas terminan con el criminal apresado por el detective para que cinco segundos después suenen las sirenas de la policía). Esa acción, según Borges, sería impensable en un argentino porque la amistad es una pasión y la policía es considerada una mafia. De aquí que sería visto como una canallada y que no sea casualidad que, desde chicos, se nos enseñara, antes que el progresismo de cristal fuera hegemónico, que se puede ser cualquier cosa menos “botón”, y que hay cosas que se deben arreglar entre las personas, sin participación externa, sin el Estado metiéndose, sin burócratas.   

Dice Borges:

 

“El mundo, para el europeo, es un cosmos en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce; para el argentino, es un caos. (…) En general, el argentino descree de las circunstancias. (…) Su héroe popular es el hombre solo que pelea con la partida, ya en acto (Fierro, Moreira, Hormiga Negra), ya en potencia o en el pasado (Segundo Sombra). Otras literaturas no registran hechos análogos”.

En “Nuestro pobre individualismo” Borges no es taxativo al momento de explicar por qué los argentinos seríamos así. Es un texto escrito en 1946 en el contexto de la llegada del peronismo, al que nunca nombra, pero el cual es visto como una forma de colectivismo similar al que para él conformarían el comunismo y el nazismo. Afirma, además, que quizás seamos individualistas por los sucesivos malos gobiernos o, exhibiendo su individualismo metodológico y su anarquismo conservador, porque la idea de Estado mismo es una “inconcebible abstracción”.

Incluso hacia el final, especula con que el avance de los colectivismos, lejos de afianzar una pertenencia nacional, podría provocar el efecto contrario, algo que, pareció confirmarse en los últimos años en Argentina.

Para concluir, y retomando nuestro eje, cuando escribo estas líneas todavía no se ha jugado la final, pero si algo les faltaba a estos muchachos para hacer historia, y a Messi en particular, era ganarles a los ingleses. Lo hicieron con talento y también con el carácter y la picardía amateur que da el potrero y que no se aprende de grande. Incluso perdiendo la final ya son héroes aunque, también hay que decirlo, son héroes porque han ganado todo en los últimos años, y eso es también muy propio de los argentinos: no hay lugar para Cebollitas subcampeón.

Después vendrán las interpretaciones sociales y políticas, y cada uno expondrá desde su sesgo que la selección es maravillosa y que siente una gran identificación, curiosamente, porque representa los valores que el analista sesgado quiere destacar en esa batallita zonza y diaria por confirmar sus prejuicios. Es más, el mismo analista intentará decirnos que esos valores representan a los argentinos cuando, quizás, ni siquiera lo representen a él.  

Creo que fue Menotti el que dijo “se juega como se vive”. También podría parafrasearse la frase y afirmar “somos como jugamos”. Tomando en cuenta que vivimos bastante como el culo y que muchas veces ni siquiera sabemos lo que somos, dejo abierta la pregunta acerca de si una selección tan exitosa genera semejante identificación porque acaba funcionando como un ideal aspiracional, esto es, porque ha demostrado ser mucho mejor que nosotros.

 

 

 

 

sábado, 11 de julio de 2026

Los dueños de la sospecha (publicada el 11.7.26 en www.disidentia.com)

 

Este mundial está comprado por Trump para tapar su fracaso en Irán. ¿No viste que le perdonaron la roja al delantero porque él llamo a Infantino? ¡Racismo! Grita el técnico de Egipto porque a su equipo le hacen tres goles en 14 minutos; este mundial está armado para Argentina porque Messi se sacó la foto con Trump y porque lo apoya Netanyahu, tal como lo demuestra el sorteo y la eliminación de las selecciones importantes que lo iban a enfrentar; hay una confabulación a nivel arbitral, especialmente desde el VAR, que va modelando la trama para grandes enfrentamientos en la última semana. Estas son solo algunas de las teorías conspirativas que se han tejido en estas últimas semanas alrededor del mundial, a lo cual se podrían sumar discusiones delirantes que se responden también conspirativamente, como la de Argentina país racista que eliminó a los negros, o Brasil, futbolísticamente fracasado, porque sus jugadores se hicieron evangelistas.

 

Ya está lo suficientemente dicho, pero es posible atribuir este tipo de polémicas a la lógica de las redes y a la necesidad del bait. En otras palabras, dado que el algoritmo privilegia los mensajes que generen polémica y cada vez son más los que pretenden vivir de la monetización de su exposición pública, es mucho más redituable la imbecilidad original que la sensatez compartida.

 

Esto es cierto. Pero hay otro elemento que resulta más interesante filosóficamente hablando y que es previo a la lógica algorítmica: me refiero a la sospecha como signo de inteligencia. Se trata de quien en su círculo de amigos o en sus redes sociales hace uso y abuso de la sospecha parece alcanzar cierto estatus por “ver aquello que vos no ves”; es el sospechador serial que dice saber el funcionamiento de la Matrix; el prisionero de Platón que escapa de la Caverna y se da cuenta de todo. Así, al menos, lo cree quien sospecha.  

 

Fue Paul Ricoeur quien allá por 1965 nos habló de los filósofos de la sospecha (algo que luego, con sus diferencias, retomaría Foucault) y ubicó en este selecto grupo a Marx, Nietzsche y Freud. Al autor de El capital, porque denunciaba que las ideas dominantes expresan los intereses materiales de una clase social y generan una falsa conciencia entre los trabajadores; a quien anunciara la muerte de Dios, porque advertía que detrás de los presuntos valores morales universales se escondía el poder y, al padre del psicoanálisis, porque fracturaba la unidad del sujeto moderno afirmando la existencia del inconsciente por debajo de las decisiones que, presuntamente, adoptamos de manera racional. 

 

Independientemente de cuán cerca o lejos se encuentre uno de estos autores, lo que sí se podría resaltar de ellos, aunque también esto se podría aplicar a buena parte de la filosofía en general, es una suerte de estímulo al fomento del espíritu crítico, un llamado a no quedarnos nunca con lo que se nos aparece a simple vista porque esto puede ser engañoso. Sin embargo, la sospecha ha dejado de ser un instrumento crítico para convertirse en una suerte de marca de identidad intelectual. La razón es simple: ya no se sospecha para descubrir la verdad sino para demostrarle a los otros una supuesta superioridad interpretativa. De aquí que quien encuentre siempre conspiraciones o adopte una explicación de todo en clave conspirativa, aparezca como más sagaz que aquel que, quizás, con sabiduría, adopta la navaja de Ockham y entiende que, en general, la explicación más simple suele ser la correcta. La sabiduría no estaría así en alcanzar la verdad sino en un método al que no le interesa la verdad sino el estatus: si desconfío de todo soy más inteligente que aquel que confía en lo que aparece como “evidente”.

 

Una última referencia filosófica archiconocida podría ayudar: Descartes utiliza la duda de manera exagerada, hiperbólica, pero lo hace conscientemente como un método para alcanzar una verdad indubitable (el “pienso luego existo”). Se trata de dudar de todo para dejar de dudar. Los que sospechan de todo no quieren dejar de sospechar. Quieren seguir sospechando porque no buscan la verdad, sino confirmar su estatus.

 

Asimismo, la dinámica de la sospecha permanente tiene una gran ventaja: es irrefutable porque siempre va un paso más allá en la sospecha. Así, si alguien muestra pruebas obvias de que la tierra no es plana, es porque esconde otras razones, porque sirve a determinados intereses personales o colectivos. Es decir, quien niega la conspiración es parte de la conspiración; quien niega la sospecha es, por eso mismo, sospechoso y sospechado.

 

Entonces ninguna decisión arbitral es un error humano sino siempre la consecuencia visible de oscuras tramas en las que se entremezclan intereses económicos, presiones geopolíticas, luchas simbólicas y bla bla bla. Cuanto más sofisticado, más likes. Que sea falso es lo de menos.

 

Podría decirse, entonces, que si los siglos pasados nos dieron la posibilidad de convertir a la sospecha en un potente arsenal para el espíritu crítico, el siglo XXI la ha transformado en una irracional y obligatoria disposición del espíritu que gana en jerarquía cuanto más lejos se encuentra de la realidad. 

 

Para el sospechador serial, el mundo es una capa de máscaras que hay que ir quitando, más allá de que suele ser benevolente con su propia máscara, esto es: el sospechador sospecha de todo menos de su propia sospecha. En ello demuestra toda su ingenuidad por no decir, también, su idiotez, porque, efectivamente, es tan idiota el que cree en todo lo que ve como aquel que sospecha de todo lo que hay.

 

Esto por no mencionar el modo en que el descreimiento de todo y esta sospecha hiperbólica afecta la vida social y democrática que necesita algún mínimo de confianza y algún mínimo de horizontes de sentido compartidos.  

 

Este último aspecto es clave, porque si bien hemos realizado esta elaboración alrededor de las polémicas del mundial de fútbol, lo cierto es que se trata de un signo de época que, claramente, trasciende la competencia deportiva en particular. Nadie puede negar que en el deporte y en la vida misma, juegan todo tipo de intereses cruzados, y la promoción de un espíritu crítico para ir un paso más allá de lo que suele presentarse como orden natural de las cosas, es siempre bienvenido. Pero se trata de una disposición que pretende alcanzar algo así como el mínimo de verdad necesaria para la convivencia humana.

 

Cuando la sospecha deja de ser un método con la verdad como objetivo y se transforma en una pose, o, por qué no, en una patología en busca de aceptación social y/o en una mera fuente pasajera de interacciones monetizables, deja de ser el instrumento de la crítica para devenir una maquinaria infinita de nihilismo. No es casual que en esta era donde los extremos están de moda, los totalmente crédulos y los que sospechan de todo, se parezcan demasiado.