miércoles, 18 de febrero de 2026

Therians: el progresismo como farsa (publicado el 17.2.26 en www.disidentia.com)

 

En distintas partes de Sudamérica, en los últimos días, asistimos entre risueños e indignados a la moda de los Therians, personas que se identifican como animales. Como, evidentemente, el fenómeno atrae la atención de las audiencias, no hubo canal o portal que no cubriera la noticia, en la mayoría de los casos invitando a alguno de ellos para exponerlos entre la sorna y la incredulidad. Asimismo, como los fenómenos estúpidos suelen agotarse pronto, no faltaron ya noticias de Therians que presuntamente habrían mordido humanos, Therians atacados por perros o Therians que se han presentado a veterinarias por moquillo. Algunos llaman generosamente “tribu urbana” a lo que parece ser una travesura adolescente de esas que siempre hubo y de esas de las que todos hemos participado alguna vez, aunque quizás no sea ni eso y se evapore pronto como todo en un mundo cada vez más digital.

Con todo, el caso de los Therians me pareció interesante porque indirectamente pone sobre la mesa una discusión central en estos últimos años de batalla cultural: los límites de la autopercepción como criterio para determinar la identidad. Para decirlo más fácil, desde hace más de una década, la irrupción de la nueva ola feminista queer trajo consigo una vorágine de nuevas legislaciones alrededor de la identidad haciendo énfasis en la autopercepción como elemento incontrovertible. El argumento era que el Estado ejercía distintas formas de violencia cuando pretendía legislar desde una perspectiva presuntamente objetiva y determinar desde afuera lo que una persona es, independientemente de lo que esa persona considera ser. Denunciando que esa “objetividad” de las instituciones y sus representantes no era tal, lo único que quedó como criterio disponible fue la más estricta subjetividad. Dependiendo de los países la situación llegó a tales extremos que, con complicidad de los progenitores, se ha tomado como válido e incontrovertible lo que chicos o adolescentes dicen ser impidiendo cualquier tipo de intervención de especialistas. Claro que, si fueran Therians y se pusieran una máscara y una cola artificial para saltar por la calle no habría problema; el inconveniente es cuando esa decisión es tomada en un momento de la vida en la que la identidad se está construyendo y cuando las consecuencias de un mal diagnóstico o una “autopercepción equivocada” son irreversibles gracias a la conducta predatoria de clínicas con interés económico que promueven cirugías u hormonizaciones, y a, en muchos casos, padres sobreideologizados que proyectan en sus chicos sus ansias de ser “distintos”.   

Ningún Therian lo ha planteado en estos términos, pero lo que está de fondo es: ¿si un varón puede afirmar ser una mujer y viceversa, por qué un humano no podría afirmar ser un animal? O lo que es más curioso: ¿por qué los Therians nos parecen ridículos pero, si osamos poner en tela de juicio el criterio de la autopercepción en materia de género, corremos el riesgo de la cancelación permanente y de pasar a pertenecer automáticamente al bando de los fachos del mundo?

En este mismo espacio, unos cuantos años atrás, nos habíamos hecho eco del documental de Netflix, The Rachel Divide, en el que una activista por los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, visiblemente blanca, planteaba por qué se puede transicionar el género pero no la raza o la etnia. En su caso, se había descubierto que, para pertenecer a su grupo de activistas, Rachel Dolezal se había inventado un pasado con ancestros negros y una historia de persecución. La mentira salió a la luz y Rachel fue expulsada de su espacio. Sin embargo, aunque aceptó haber mentido, juró sentirse transracial e intentó probarlo con los años y años de compromiso con la causa. El paralelismo entre lo transgénero y lo transracial no fue el delirio de una noche afiebrada ni una excusa para salir del paso ante el escarnio público. Se trata de una consecuencia bastante obvia pues, al fin de cuentas, si el sexo/género es político y la biología no juega ningún rol, lo mismo podría decirse de la raza/etnia. De hecho, casi al mismo tiempo, en 2017, la investigadora Rebecca Tuvel del Rhodes College de Tennessee, enviaba a Hypatia, una de las revistas más importantes en temática feminista, un artículo titulado “In defense of transracialism”, generando un escándalo que llevó a un pedido de disculpas públicas de la revista, renuncias de algunos de sus editores, una sumatoria de firmas exigiendo el retiro del artículo, etc.  

Más allá de los enojos, lo cierto es que lo planteado por Tuvel con solidez argumental es una de las consecuencias naturales de una sobreideologizada y falsada idea adoptada por el progresismo conocida como la “tabula rasa”. Dicho sin matices, se trata de la presuposición de que los seres humanos venimos “vacíos” al mundo y que es la sociedad la que nos moldea. Así, lo único que restaría es promover una ingeniería social que reformatee a estos seres llamados humanos para los cuales la biología no juega ningún rol y ya. Si varias décadas atrás todavía debíamos escuchar a los deterministas biológicos afirmando que la biología lo explicaba todo para de allí derivar toda serie de prejuicios sociales contra determinadas poblaciones, hoy el péndulo se pasa al otro lado para alcanzar a una serie de deterministas sociales para los cuales la palabra biología es de derecha, cualquier etiqueta es violencia y la objetividad es fascista. De la evidencia de que la biología no puede explicarlo todo, pasamos a defender la absurda idea de que la biología no explica nada, de modo que podemos ser lo que queramos con el solo hecho de proponérnoslo.

En síntesis, lo que probablemente no sea más que un fenómeno pasajero con alguna posibilidad de extenderse gracias a la viralización y al consumo irónico, expone, sin desearlo, las enormes dificultades que el progresismo posee para defender algunas de las propuestas radicales y minoritarias que han fracturado sociedades enteras y provocado una reacción que por sí misma no puede explicar las buenas performances de candidatos de derecha a lo largo del mundo, pero que ha servido para que fuerzas que permanecían dispersas puedan unificarse detrás de una agenda común. Si abrazar ese wokismo capaz de sacrificar la realidad en pos de una idea, puede ser visto como una tragedia, la irrupción de los Therians quizás anuncie un nuevo tiempo: el del progresismo como farsa.

Los dilemas filosóficos detrás de Pluribus (publicado el 12.2.26 en www.cualia.es)

 

Una suerte de virus extraterrestre logra ingresar a la Tierra e infecta a todos los seres humanos, exceptuando 13 individuos que, por razones misteriosas o “errores del sistema”, han permanecido indemnes sin comprender lo que sucede ni las razones de su condición. Entre ellas se encuentra la protagonista de esta historia, Carol Sturka, una escritora de renombre que, en el proceso de infección masiva, observa morir a su pareja.

Hablamos de Pluribus, la nueva exitosa serie de Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad y Better Call Saul, quien regresa con nueve episodios de alrededor de una hora en un final que promete continuidad y que, naturalmente, no adelantaremos.

Más allá de algunos innecesarios guiños woke y algún que otro capítulo “de más”, Gilligan se las ingenia para introducir una serie de conflictos de tipo filosóficos que nos gustaría explorar.

La primera pista la tenemos en el particular nombre de la serie: Pluribus, palabra que proviene del latín y que forma parte del famoso lema histórico de los Estados Unidos, E pluribus unum, “de muchos, uno”, una declaración de principios para comprender la dinámica de un Estado Federal que debe construir una unidad a partir de una multiplicidad.

En la serie, esta tensión entre lo individual y lo colectivo es el núcleo de la misma pues los humanos infectados (es decir, los millones de sobrevivientes al evento original, excepto 13 personas) forman una conciencia común compartida. Esto significa que han perdido la individualidad, su yo, su libre albedrío y hablan siempre en plural. Además, al estar conectados poseen el conocimiento de cada una de las conciencias y, podría colegirse de ahí, la totalidad del conocimiento humano hasta la fecha. En distintas disciplinas se suele hablar del fenómeno de una mente colmena aunque también podríamos estar frente a lo que algunos llaman Singularidad, esto es, un salto cualitativo de la evolución humana, ligado a la aceleración producida por la IA, cuyo resultado final derivaría en la utópica idea de una suerte de gran computadora a la cual estaríamos conectados a través de nuestras conciencias. Sea uno u otro caso, o quizás los dos, lo cierto es que desde allí se construye la primera incomodidad de la serie.

Es que, a contramano de las clásicas invasiones extraterrestres, los infectados son felices, no conocen la maldad, dicen siempre la verdad, trabajan mancomunadamente con una eficacia encomiable, son absolutamente serviciales con las 13 personas “sanas”, no soportan la violencia y son estrictamente recelosas del cuidado del ambiente (no comen animales vivos y hasta esperan que las frutas caigan del árbol para consumirlas).

Se trata de una pérdida del yo que le debe más a Un mundo feliz de Huxley que a 1984 de Orwell. Es decir, más pastilla Soma que tortura en la habitación 101; más seducción vía poder suave que imposición a través de un poder fuerte, algo así como el estado de la geopolítica mundial antes de la irrupción del segundo mandato de Trump. Esta apuesta por la seducción se observa en el hecho de que los humanos infectados buscan convencer a los 13 “errores” de que se unan a la conciencia universal por los beneficios que eso supone y no por coacción, y esa tensión incluye incluso a la protagonista que, al menos en un principio, es de las pocas que reacciona agresivamente frente a lo que, entiende, es una invasión que atenta contra la libertad humana. De aquí la pregunta: ¿estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad en pos de la felicidad? Asimismo, ¿estamos dispuestos a sacrificar nuestra identidad para pertenecer a la mayoría, por el solo hecho de que no podemos soportar la soledad que implica ser “un otro”?

Sin embargo, algunas pequeñas perlitas al paso abren más interrogantes: por ejemplo, uno de los grandes problemas de los miembros de la mente colmena es el aburrimiento. Ya lo saben todo de todos. De aquí que le imploran a la escritora que avance con un libro nuevo. ¿No podrá ser éste, al menos, uno de los conflictos del futuro? Cuando la IA ya sea una suerte de extensión de nuestros cuerpos biológicos, lo sabremos todo, pero, ¿qué espacio quedará para el descubrimiento, ese gran motor del Hombre, y en qué ocuparemos nuestro tiempo? Incluso quienes avizoran un futuro inmediato en el que la IA elimine buena parte de los trabajos y proponen como solución, por izquierda, algún tipo de Renta Básica Universal o quienes, por derecha, imaginan alguna generosa contribución filantrópica de los dueños de las compañías que se beneficiaron con los avances tecnológicos, lo que pocos se atreven a enfocar es el problema del ocio y de qué va a hacer toda esa gente con tiempo libre y, eventualmente, ciertas necesidades básicas satisfechas. ¿Bastará con seguir creando mecanismos que atraigan la atención para escrolear infinitamente o estaremos frente a un nuevo e impredecible tipo humano que ya no estará estructurado alrededor del trabajo y la necesidad? ¿Algo bueno podrá salir de este escenario?

Pero detengámonos unas líneas más en la cuestión político-social. Hay bibliotecas enteras y autores clásicos que han tematizado la posibilidad de sociedades armónicas, sea estructuradas “naturalmente”, sea estructuradas por consensos racionales. Sin embargo, no son pocos los que denuncian estas perspectivas como conservadoras y meros artificios para justificar el statu quo. Frente a ello, otra ingente cantidad de libros y autores entiende que el conflicto está en el centro de la política y de las relaciones sociales. De aquí la pregunta: ¿es deseable una comunidad sin conflicto donde todos sonrían y la menor rabieta de algunos de los 13 pueda llevar al hospital a los sensibles seres unidos bajo la misma conciencia? La metáfora es útil para una actualidad en que hay generaciones enteras, algunas en edad de gobernar ya, que se caracterizan por su fragilidad y su condición de “cristal”.

Por último, ¿cómo funcionaría una sociedad en la que la gente es incapaz de mentir? Algo en esa línea había ensayado Ricky Gervais, en The invention of Lying, mostrando hasta qué punto una vida sin mentira sería no solo imposible sino mucho más infeliz y dañina. En Pluribus, la imposibilidad de mentir, más la ingenuidad de los cooptados, los deja a merced del espíritu despótico de, al menos, una parte de los 13 anómalos, algunos de los cuales aprovechan para acceder a todo tipo de beneficios, privilegios y excesos.

El éxito de la serie augura al menos una segunda temporada, si bien el propio director se encargó de aclarar que no será durante 2026 sino, en el mejor de los casos, hacia fines de 2027. Más allá del camino que adopte la trama, habrá que esperar para saber si los capítulos que vienen ofrecerán algunas respuestas a los dilemas aquí planteados.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

El libro negro de Sam Altman y el ChatGPT (publicado el 26.1.26 en www.theobjective.com)

 

Allá por el año 2013, Sam Altman, el CEO de OpenAI, la empresa responsable de ChatGPT, retomaba una afirmación atribuida a Qi Lu para indicar que los emprendedores con más éxito no se dedican a crear empresas sino religiones, pero que, en un momento dado, crear una empresa es la forma más fácil de crear una religión.

Si pensamos en las grandes compañías tecnológicas y la ambición totalizante de los egos de sus CEO, la frase no parece del todo desmedida, y así intenta acreditarlo Karen Hao, probablemente la periodista que más conoce OpenAI y que, tras una investigación de siete años, publica El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (Península).

A pesar de ofrecer un minucioso detrás de la escena de la empresa desde 2019, el texto pretende ser más que un trabajo corporativo para convertirse, según la propia autora, en una reflexión sobre el poder que toma como punto de partida el modo en que lo que parecía una ambición científica devino una cruzada ideológica en pos de rédito económico y satisfacción de ambiciones personales.

El libro de Hao se puede leer como un thriller y empieza describiendo el episodio del intento de destitución de Altman, allá por fines del año 2023, momento en el que el protagonista era una suerte de niño mimado de la prensa con una fama que nada tenía que envidiarle a la de Taylor Swift. Con los conspiradores debiendo dar marcha atrás, Altman regresa de manera triunfal para coronar un largo proceso desde aquel origen en el que OpenAI aparecía como un gesto altruista de un conjunto de chicos tan ricos como idealistas, hasta el formato actual en el que el valor de la empresa aumenta día a día y la competencia por el desarrollo de la IA es salvaje.

De hecho, cabe recordar que, en un principio, OpenAI había sido fundada por un grupo de expertos de distintas disciplinas, entre los que se encontraban Altman y Elon Musk, quienes donarían 1000 millones de dólares cada uno, patrocinados, a su vez, por multimillonarios como Peter Thiel. Originalmente, el proyecto suponía desarrollar la llamada Inteligencia artificial general sin ánimo de lucro sino como un legado en beneficio de la humanidad. Esto suponía el compromiso de hacer públicos los detalles de las investigaciones, fomentando la participación democrática en una tecnología de cuya gestión depende el futuro de la humanidad. Esta “apertura”, de aquí el nombre OpenAI, pronto quedaría en una mera declaración de principios pues, según Hao, aquellos ideales originales se fueron erosionando rápidamente. Es que, al episodio del intento de destitución de Altman, le antecedió la renuncia de Musk en 2018, lo cual, para la autora, significó la demostración fehaciente de que el proyecto altruista era solo una fachada.

La ida de Musk, el héroe de la infancia de Altman, supuso también el retiro de su dinero, y ese agujero económico fue la excusa perfecta para una reestructuración que implicaba la división de la empresa y el acuerdo con un nuevo gran inversor: Microsoft.

“A lo largo de los 4 años siguientes, OpenAI se convirtió en todo lo que había dicho que no sería (…) comercializando agresivamente productos como ChatGPT y tratando de conseguir valoraciones sin precedentes”.

La competitividad, la reserva, y el aislamiento eran las nuevas características de la empresa que reemplazarían a la transparencia, el sacrificio altruista y la colaboración.

Aunque el trabajo es más bien periodístico, especialmente en las últimas páginas, Hao deja ver su propia mirada acerca de una pregunta que ella considera central, esto es, cómo gestionar la IA.

Para dar cuenta de ese interrogante, la autora propone romper con el relato hegemónico de Silicon Valley para afirmar que la IA es una tecnología cuyo destino no está escrito y que, más allá de sus rasgos impredecibles y autónomos, depende demasiado de la ideología de sus creadores, los vaivenes de la moda y las formas de comercialización. Lejos de una postura, digamos “ludita”, Hao no reniega de la IA sino de sus características actuales, las cuales no son el resultado inexorable de un tipo de tecnología, sino el corolario de una infinita cantidad de decisiones políticas subjetivas de quienes la promueven. En otras palabras, las futuras generaciones no están determinadas a padecer una IA construida en base a consumos ingentes de datos y recursos naturales, violación de la privacidad y trabajo precario.

Esta concepción es la que lleva a la autora a incluir en el título del libro la palabra imperio:

“A lo largo de los años, solamente he encontrado una metáfora capaz de resumir la naturaleza de los máximos exponentes del juego de poder de la IA: los imperios. Durante la larga época del colonialismo europeo, los imperios se adueñaron y extrajeron recursos que no eran de su propiedad y explotaron a los pueblos sometidos para extraer, cultivar y refinar dichos recursos”.

Hoy en día, OpenAI, practica una ciencia “cerrada” y coopta los talentos especializados cautivándolos gracias a la influencia de su cosmovisión hegemónica, religiosa, para volver a la cita inicial de Altman; pero también centraliza el capital, algo más que atendible si tenemos en cuenta que Altman apoya la mirada de Thiel acerca del valor positivo de los monopolios contra la superstición de las bondades de la competencia; y, como si esto fuera poco, está avanzando a pasos acelerados hacia un lugar que probablemente ni los mismos ingenieros de la compañía tienen demasiado claro.

En este escenario, Hao propone ir por el camino exactamente contrario: hacer ciencia pública, liberar los datos que “secuestran” las grandes tecnológicas, redistribuir las inversiones que reciben y educar a los usuarios para reducir la influencia que el modelo Silicon Valley ha impuesto.

Mucho más cerca del idealismo, las buenas intenciones y abundantes lugares comunes, la propuesta de Hao es lo más opaco de un libro que si evitara la tentación de ofrecer un modelo alternativo, destacaría como el gran trabajo periodístico que demostró ser a lo largo de la casi totalidad de sus páginas.

 

 

¿Cerebros de izquierda y de derecha? La era de la neuropolítica (publicado el 8.1.26 en www.theobjective.com)

 

¿Hay cerebros de derecha y cerebros de izquierda? Las investigaciones al respecto abundaron durante décadas y, en general, expresaban el reduccionismo biologicista de la época. Con el avance científico, estas pretensiones se actualizaron detrás de la búsqueda de “el gen de” y, con las posibilidades tecnológicas asociadas a la neurociencia, parecemos estar frente a un nuevo impulso, aunque no exento de los prejuicios de antaño.

Es en este contexto que la joven psicóloga y neurocientífica multipremiada, Leor Zmigrod, nos ofrece El cerebro ideológico (Paidós), un libro que recoge el resultado de sus investigaciones y, a pesar de ser el primero de su cosecha personal, ya ha sido traducido a más de quince idiomas.

“Nos adentraremos en el cerebro ideológico con el microscopio de un científico, la preocupación de un filósofo, la confianza de un humanista y la empatía e imaginación de un ciudadano comprometido, con la esperanza de que en los contrastes que existen entre la apertura de pensamiento y el odio, la revisión y la tradición, las pruebas y los destinos impuestos, descubramos también cómo es el cerebro libre, auténtico y tolerante”.

Zmigrod es parte de esa generación que no puede explicar el primer triunfo de Trump y el Brexit, entre otros tantos resultados que sacudieron la hegemonía del discurso progresista. No casualmente ella confiesa que, por esos años, se interesó por lo que ella llama “el pensamiento ideológico”, y se propuso analizarlo con la combinación de los métodos de la terapia cognitiva y las posibilidades que brindan los escáneres para la neurociencia. Por cierto, su propuesta es ambiciosa a punto tal que pretende crear una nueva ciencia denominada neuropolítica.

Zmigrod, como buena neurocientífica, considera que lo mental es biológico, pero agrega, además, que lo biológico está moldeado por lo político. Al menos así lo indica en la primera parte de su libro, si bien luego matizará esa afirmación.

Ahora bien, ¿qué sería un cerebro ideológico? Según Zmigrod, se trata del tipo de cerebro que poseen los nacionalistas, los que creen en distintas religiones, los racistas, los conservadores, la extrema derecha, la extrema izquierda, etc.

Llegados a este punto, no se puede más que advertir, como mínimo, cierta carencia de lecturas filosóficas de varias décadas y una llamativa candidez. En otras palabras, la autora considera que puede haber cerebros y, por tanto, personas “no ideológicas”, las cuales, según su definición, se esfuerzan por alcanzar la humildad intelectual y están siempre dispuestas a actualizar sus creencias a la luz de las pruebas, además de ser escépticas en materia religiosa. Estas personas se parecen demasiado al estereotipo del occidental liberal, republicano, globalista, cientificista y anticlerical. Todo lo otro es “ideológico”; todo lo otro es “lo extremo”.

Y, claro está, al momento de las “pruebas”, lo esperable: según la autora, la rigidez ideológica tiene consecuencias sobre la percepción humana, la cognición, la fisiología e incluso los procesos neuronales. Así, por ejemplo, Zmigrod dice haber probado que las personas con mayor capacidad de adaptación son las que en materia ideológica son más abiertas y plurales, de lo cual se sigue que la rigidez cognitiva se traduce en rigidez ideológica, aquella que poseerían los cerebros de nacionalistas, extremistas, religiosos, etc.

En este punto, extrema izquierda y derecha son cognitivamente similares: les cuesta adaptarse, inventar, cambiar esquemas. ¿Cuáles serían los más flexibles? ¿Los del centro? Sí, pero…

“Los individuos más flexibles son los no partidistas cuyo apoyo se inclina hacia la izquierda al tiempo que se resisten a unir sus identidades con un partido político concreto”.

La definición parece describir las preferencias políticas de la autora, antes que el resultado de un estudio serio. 

No conforme con ello, Zmigrod agrega que los individuos violentos con otros grupos y propensos al sacrificio individual (los dispuestos a morir por una causa política, social o religiosa) también muestran mayor rigidez cognitiva. 

Aunque nunca se habla de resultados concluyentes sino de tendencias o correlaciones generales, Zmigrod dice haber probado la conexión entre la mayor rigidez y una menor concentración de dopamina en la corteza prefrontal, el centro de la toma de decisiones del cerebro, y de allí infiere una “prueba” de la conexión entre biología e ideología. Pero hay más: los políticamente más conservadores tienden a parpadear con más fuerza ante ruidos amenazadores, de lo cual se seguiría que nuestros cuerpos también estarían influidos por la ideología, tal como se puede ver también en la excitación fisiológica que se produjo cuando personas de extrema izquierda y extrema derecha fueron expuestos a videos de contenido político.

Por último, párrafo aparte merece la amígdala de los conservadores. Efectivamente, la autora menciona el estudio que habría descubierto que la amígdala derecha de las personas conservadoras solía ser más grande que la de los liberales; o ese otro estudio que probaría que el tamaño de la amígdala funcionaría como predictor del nivel de justificación del statu quo.

¿Alcanzaría con medir el tamaño de la amígdala, entonces, para saber a quién vota el señor x? En un principio, Zmigrod parece dar a entender que la ideología modifica el cerebro y la respuesta fisiológica pero ahora pareciera estar indicando lo contrario, esto es, que es la biología la que explica por qué una persona abraza una determinada ideología.

Llegados a este punto, y para evitar la acusación de un reduccionismo biologicista, Zmigrod va a matizar su postura para indicar lo que todos más o menos sabemos: la biología genera predisposiciones, condiciones necesarias, pero no suficientes. Es el ambiente, la cultura, el entorno en el que trascurre la vida del individuo, lo que hace el resto. Una persona con rigidez cognitiva, criada en un entorno progresista y flexible podría modificar las características traídas “de fábrica” y viceversa. La interacción entre los campos es constante.

Hacia el final, el libro abandona la perspectiva más descriptiva para abrazar una suerte de activismo y poner a la neuropolítica al servicio del diseño de sociedades donde las soluciones, que Zmigrod llama “ideológicas”, no sean las únicas opciones posibles. Así, esta nueva ciencia tendría dos mandatos: impulsar una filosofía opuesta a todo dogma y crear un cerebro “antiideológico”.

Zmigrod no abunda en los modos en que podría alcanzarse ello. Suponemos que, o bien a través de la manipulación genética, o bien a través de algún tipo de ingeniería social que modifique el ambiente para luego incidir en la biología. En todo caso, son hipótesis sobre una propuesta que podrá ser un éxito editorial en materia de divulgación pero que es poco original, es bastante imprecisa en el uso de algunos conceptos, y cae una y otra vez en una serie de presupuestos sobre los cuales la reflexión filosófica alrededor de la ciencia ya se ha pronunciado demasiadas veces.

 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Grabois, lumpenaje y burocracia kirchnerista (editorial del 27.12.25 en No estoy solo)

 

Los últimos días del año sorprendieron con una escalada de conflictos en los municipios de Quilmes y Lanús. Los primeros, reivindicados por Juan Grabois, fueron protagonizados por miembros de una agrupación a la que éste pertenecía y giraron en torno de una ordenanza municipal que, entre otras cosas, buscaba regular la actividad de los trapitos; en el caso del municipio gobernado por Julián Álvarez, manifestantes del Movimiento Evita de Lanús lideraron un reclamo por mejores condiciones laborales, prendieron fuego un árbol de navidad y generaron incidentes varios. Que los conflictos hayan sucedido en días consecutivos contra dos municipios gobernados por La Cámpora y azuzados por agrupaciones que están en la vereda opuesta en la interna peronista, impulsó acusaciones cruzadas, especialmente entre Mayra Mendoza y Grabois.

No hay espacio aquí para desarrollar todo el proceso que derivó en el surgimiento de los movimientos sociales, los piqueteros y lo que se intenta denominar “economía popular”, sin que nadie sepa bien de qué se trata eso, pero sin duda que, para un espacio como el peronismo, cuya columna vertebral ha sido el movimiento de los trabajadores organizado, los coletazos del neoliberalismo, dejando fuera del sistema a millones de personas, obligó a ampliar la mirada y los conceptos.

A su vez, no se trató solo de un problema del peronismo: el Estado, incluso en administraciones como las de Macri o Milei, continuó con políticas de ayuda social a sectores vulnerables que, en el mejor de los casos, subsisten con empleos precarios e informales (no olvidemos que, sin ir más lejos, el gobierno de Milei mejoró en términos reales las partidas de la ayuda social y que al Movimiento Evita y al propio Grabois se los acusó, con razón, de pactar con Carolina Stanley).

En la medida en que el peso de estas organizaciones fue creciendo y la dinámica del piquete se transformó en parte del paisaje cotidiano, desde el kirchnerismo, en general, se encuadraron esas manifestaciones como parte del derecho a la protesta, mientras que desde la derecha se hizo énfasis en dinámicas clientelísticas y en la necesidad de garantizar la libre circulación. Aunque en Argentina todos los debates permanecen abiertos, hay que reconocer que la evidencia fue abrumadora a favor del gobierno de Milei en este punto: los piquetes se acabaron cuando el Estado cortó los mecanismos de financiación directa e indirecta que esas agrupaciones y sus dirigentes recibían del dinero de los contribuyentes. Era más fácil que cagar a palos a todo el mundo: había que cortar el chorro de guita y ya. Se acabaron los piquetes. Sonará triste pero la derecha tuvo razón en este punto.

Otra cosa es el elemento simbólico y esa romantización del lumpenaje que el kirchnerismo y sectores de izquierda reivindican. A favor de ellos, habría que decir que se trata en parte de un fenómeno mundial: ser (presuntamente) marginal, comportarse de ese modo y cantar como tal es cool y aspiracional, supone abrazar una identidad recia, sufriente y antisistema cuando el propio sistema devino antisistema. No es la única contradicción del modelo hegemónico: pensemos si no en ese doble movimiento que presenta a las mujeres como víctimas esenciales a la vez que empoderadas para poder decir con Shakira “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”.

En el caso del peronismo en particular, la romantización llegó a tal punto que se realizaron maniqueas contraposiciones entre una supuesta cultura solidaria y de buenos valores existente en las villas, frente a la siempre demonizada y supuestamente hiperindividualista clase media, por cierto, aquella en la que podemos encontrar una importante base electoral del kirchnerismo, especialmente si pensamos en algunas franjas profesionales de entre 35 y 50 años. Aquí no sabemos cuál fue el huevo o la gallina pero lo cierto es que el propio peronismo adoptó como tal la caricatura que la oposición gorila hizo de él, y acabó tergiversando todo: el que no labura es siempre una víctima; la meritocracia es mala palabra; los delincuentes no tienen responsabilidad porque son hijos de la desigualdad; la masculinidad es tóxica; la heterosexualidad es violencia; criticar que se gasta más de lo que entra es de derecha; la inflación no es un problema, etc. Aquí estamos lejos de defender la imagen nostálgica del peronismo como respuesta sagrada a los problemas del presente, pero, ¿a quién se le puede ocurrir que eso es peronismo? Sí, efectivamente, solo se le puede ocurrir a un antiperonista y a alguien que reivindica el peronismo, pero no entiende lo que es.

A propósito, veía un recorte de una entrevista a Juan Grabois hecha por Tomás Rebord en el que el primero se autopercibía (SIC) como “un humanista revolucionario con influencias peronistas, cristianas, de distintas corrientes teológicas, marxistas, autonomistas, aceleracionistas”. Por suerte aclaró que quizás no estaba caracterizando bien el término aceleracionista cuando Rebord lo interrumpió diciendo que no podía ser todo eso y aceleracionista a la vez, pero digamos que Grabois es capaz de encarnarlo casi todo, incluso tradiciones o perspectivas cuyo significado es incapaz de explicar.

El comentario acerca de Grabois quedaría en la mera anécdota si no fuera el propio kirchnerismo el que le diera espacio a pesar de estar demostrando en todo momento que, con un poco de poder, arrasará lo poco que queda de éste, y no lo digo por estos hechos menores en las municipalidades, sino porque en Grabois aparece la apuesta de una radicalidad outsider por izquierda, lo opuesto a Milei pero que comparte con el ultralibertario esto de ser alguien de afuera que, ante la institucionalización y burocratización de los pibes que venían por la liberación, encarna el que viene a patear el tablero por izquierda, tal como Milei lo hizo por derecha. El kirchnerismo lo levantó para joderlo a Massa, le dio más de lo que merecía en las últimas listas y ahora Grabois les está tocando la puerta en un proceso que era más que previsible. Y, sobre todo, está corriendo por izquierda a La Cámpora, especialista en correr por izquierda. Lo hace desde una posición pseudo troska, sobreactuando la liberación de “compañeros” tras un par de horas en cana por hacer quilombo, tratando de garcas a los exjóvenes de La Cámpora y creando el oxímoron de “trabajadores cuidacoches”. Pero en ese escenario, La Cámpora tiene que salir a defender la propiedad privada y los derechos del vecinito que no quiere más extorsiones de unos tipos que presentan como laburo cobrarte por dejar tu auto en la vía pública. Se trata de un cambio que yo celebro y una muestra de la responsabilidad que supone gobernar un municipio, pero si lo hiciera Jorge Macri lo acusarían de crear una ciudad para pocos y de utilizar una pedagogía de la crueldad.

En los próximos dos años veremos si Grabois, promovido por el kirchnerismo, acaba deglutiéndolo acusándolo de ser una casta de burócratas que creció bajo el paraguas de contratos y cajas. No le va a faltar razón en buena medida. También veremos si los electores acabarán abrazando ese mejunje de tradiciones y valores que Grabois dice encarnar aunque no pueda ni siquiera explicar bien de qué se trata y quizás solo sea el disfraz detrás del cual se esconda un proyecto político personal basado en una voluntad de poder con delirios místicos y en formato misión divina. Se trata de la misma lógica que expresa Milei de modo que no debería extrañar que ese eventual enfrentamiento ya no se dé en términos políticos sino en términos morales: el Bien contra el Mal.

¿Hace falta decir que cuando la moral reemplaza a la política las cosas terminan mal? La seguimos el año que viene. Tengan todos un muy buen 2026.