domingo, 1 de febrero de 2026

El libro negro de Sam Altman y el ChatGPT (publicado el 26.1.26 en www.theobjective.com)

 

Allá por el año 2013, Sam Altman, el CEO de OpenAI, la empresa responsable de ChatGPT, retomaba una afirmación atribuida a Qi Lu para indicar que los emprendedores con más éxito no se dedican a crear empresas sino religiones, pero que, en un momento dado, crear una empresa es la forma más fácil de crear una religión.

Si pensamos en las grandes compañías tecnológicas y la ambición totalizante de los egos de sus CEO, la frase no parece del todo desmedida, y así intenta acreditarlo Karen Hao, probablemente la periodista que más conoce OpenAI y que, tras una investigación de siete años, publica El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (Península).

A pesar de ofrecer un minucioso detrás de la escena de la empresa desde 2019, el texto pretende ser más que un trabajo corporativo para convertirse, según la propia autora, en una reflexión sobre el poder que toma como punto de partida el modo en que lo que parecía una ambición científica devino una cruzada ideológica en pos de rédito económico y satisfacción de ambiciones personales.

El libro de Hao se puede leer como un thriller y empieza describiendo el episodio del intento de destitución de Altman, allá por fines del año 2023, momento en el que el protagonista era una suerte de niño mimado de la prensa con una fama que nada tenía que envidiarle a la de Taylor Swift. Con los conspiradores debiendo dar marcha atrás, Altman regresa de manera triunfal para coronar un largo proceso desde aquel origen en el que OpenAI aparecía como un gesto altruista de un conjunto de chicos tan ricos como idealistas, hasta el formato actual en el que el valor de la empresa aumenta día a día y la competencia por el desarrollo de la IA es salvaje.

De hecho, cabe recordar que, en un principio, OpenAI había sido fundada por un grupo de expertos de distintas disciplinas, entre los que se encontraban Altman y Elon Musk, quienes donarían 1000 millones de dólares cada uno, patrocinados, a su vez, por multimillonarios como Peter Thiel. Originalmente, el proyecto suponía desarrollar la llamada Inteligencia artificial general sin ánimo de lucro sino como un legado en beneficio de la humanidad. Esto suponía el compromiso de hacer públicos los detalles de las investigaciones, fomentando la participación democrática en una tecnología de cuya gestión depende el futuro de la humanidad. Esta “apertura”, de aquí el nombre OpenAI, pronto quedaría en una mera declaración de principios pues, según Hao, aquellos ideales originales se fueron erosionando rápidamente. Es que, al episodio del intento de destitución de Altman, le antecedió la renuncia de Musk en 2018, lo cual, para la autora, significó la demostración fehaciente de que el proyecto altruista era solo una fachada.

La ida de Musk, el héroe de la infancia de Altman, supuso también el retiro de su dinero, y ese agujero económico fue la excusa perfecta para una reestructuración que implicaba la división de la empresa y el acuerdo con un nuevo gran inversor: Microsoft.

“A lo largo de los 4 años siguientes, OpenAI se convirtió en todo lo que había dicho que no sería (…) comercializando agresivamente productos como ChatGPT y tratando de conseguir valoraciones sin precedentes”.

La competitividad, la reserva, y el aislamiento eran las nuevas características de la empresa que reemplazarían a la transparencia, el sacrificio altruista y la colaboración.

Aunque el trabajo es más bien periodístico, especialmente en las últimas páginas, Hao deja ver su propia mirada acerca de una pregunta que ella considera central, esto es, cómo gestionar la IA.

Para dar cuenta de ese interrogante, la autora propone romper con el relato hegemónico de Silicon Valley para afirmar que la IA es una tecnología cuyo destino no está escrito y que, más allá de sus rasgos impredecibles y autónomos, depende demasiado de la ideología de sus creadores, los vaivenes de la moda y las formas de comercialización. Lejos de una postura, digamos “ludita”, Hao no reniega de la IA sino de sus características actuales, las cuales no son el resultado inexorable de un tipo de tecnología, sino el corolario de una infinita cantidad de decisiones políticas subjetivas de quienes la promueven. En otras palabras, las futuras generaciones no están determinadas a padecer una IA construida en base a consumos ingentes de datos y recursos naturales, violación de la privacidad y trabajo precario.

Esta concepción es la que lleva a la autora a incluir en el título del libro la palabra imperio:

“A lo largo de los años, solamente he encontrado una metáfora capaz de resumir la naturaleza de los máximos exponentes del juego de poder de la IA: los imperios. Durante la larga época del colonialismo europeo, los imperios se adueñaron y extrajeron recursos que no eran de su propiedad y explotaron a los pueblos sometidos para extraer, cultivar y refinar dichos recursos”.

Hoy en día, OpenAI, practica una ciencia “cerrada” y coopta los talentos especializados cautivándolos gracias a la influencia de su cosmovisión hegemónica, religiosa, para volver a la cita inicial de Altman; pero también centraliza el capital, algo más que atendible si tenemos en cuenta que Altman apoya la mirada de Thiel acerca del valor positivo de los monopolios contra la superstición de las bondades de la competencia; y, como si esto fuera poco, está avanzando a pasos acelerados hacia un lugar que probablemente ni los mismos ingenieros de la compañía tienen demasiado claro.

En este escenario, Hao propone ir por el camino exactamente contrario: hacer ciencia pública, liberar los datos que “secuestran” las grandes tecnológicas, redistribuir las inversiones que reciben y educar a los usuarios para reducir la influencia que el modelo Silicon Valley ha impuesto.

Mucho más cerca del idealismo, las buenas intenciones y abundantes lugares comunes, la propuesta de Hao es lo más opaco de un libro que si evitara la tentación de ofrecer un modelo alternativo, destacaría como el gran trabajo periodístico que demostró ser a lo largo de la casi totalidad de sus páginas.

 

 

¿Cerebros de izquierda y de derecha? La era de la neuropolítica (publicado el 8.1.26 en www.theobjective.com)

 

¿Hay cerebros de derecha y cerebros de izquierda? Las investigaciones al respecto abundaron durante décadas y, en general, expresaban el reduccionismo biologicista de la época. Con el avance científico, estas pretensiones se actualizaron detrás de la búsqueda de “el gen de” y, con las posibilidades tecnológicas asociadas a la neurociencia, parecemos estar frente a un nuevo impulso, aunque no exento de los prejuicios de antaño.

Es en este contexto que la joven psicóloga y neurocientífica multipremiada, Leor Zmigrod, nos ofrece El cerebro ideológico (Paidós), un libro que recoge el resultado de sus investigaciones y, a pesar de ser el primero de su cosecha personal, ya ha sido traducido a más de quince idiomas.

“Nos adentraremos en el cerebro ideológico con el microscopio de un científico, la preocupación de un filósofo, la confianza de un humanista y la empatía e imaginación de un ciudadano comprometido, con la esperanza de que en los contrastes que existen entre la apertura de pensamiento y el odio, la revisión y la tradición, las pruebas y los destinos impuestos, descubramos también cómo es el cerebro libre, auténtico y tolerante”.

Zmigrod es parte de esa generación que no puede explicar el primer triunfo de Trump y el Brexit, entre otros tantos resultados que sacudieron la hegemonía del discurso progresista. No casualmente ella confiesa que, por esos años, se interesó por lo que ella llama “el pensamiento ideológico”, y se propuso analizarlo con la combinación de los métodos de la terapia cognitiva y las posibilidades que brindan los escáneres para la neurociencia. Por cierto, su propuesta es ambiciosa a punto tal que pretende crear una nueva ciencia denominada neuropolítica.

Zmigrod, como buena neurocientífica, considera que lo mental es biológico, pero agrega, además, que lo biológico está moldeado por lo político. Al menos así lo indica en la primera parte de su libro, si bien luego matizará esa afirmación.

Ahora bien, ¿qué sería un cerebro ideológico? Según Zmigrod, se trata del tipo de cerebro que poseen los nacionalistas, los que creen en distintas religiones, los racistas, los conservadores, la extrema derecha, la extrema izquierda, etc.

Llegados a este punto, no se puede más que advertir, como mínimo, cierta carencia de lecturas filosóficas de varias décadas y una llamativa candidez. En otras palabras, la autora considera que puede haber cerebros y, por tanto, personas “no ideológicas”, las cuales, según su definición, se esfuerzan por alcanzar la humildad intelectual y están siempre dispuestas a actualizar sus creencias a la luz de las pruebas, además de ser escépticas en materia religiosa. Estas personas se parecen demasiado al estereotipo del occidental liberal, republicano, globalista, cientificista y anticlerical. Todo lo otro es “ideológico”; todo lo otro es “lo extremo”.

Y, claro está, al momento de las “pruebas”, lo esperable: según la autora, la rigidez ideológica tiene consecuencias sobre la percepción humana, la cognición, la fisiología e incluso los procesos neuronales. Así, por ejemplo, Zmigrod dice haber probado que las personas con mayor capacidad de adaptación son las que en materia ideológica son más abiertas y plurales, de lo cual se sigue que la rigidez cognitiva se traduce en rigidez ideológica, aquella que poseerían los cerebros de nacionalistas, extremistas, religiosos, etc.

En este punto, extrema izquierda y derecha son cognitivamente similares: les cuesta adaptarse, inventar, cambiar esquemas. ¿Cuáles serían los más flexibles? ¿Los del centro? Sí, pero…

“Los individuos más flexibles son los no partidistas cuyo apoyo se inclina hacia la izquierda al tiempo que se resisten a unir sus identidades con un partido político concreto”.

La definición parece describir las preferencias políticas de la autora, antes que el resultado de un estudio serio. 

No conforme con ello, Zmigrod agrega que los individuos violentos con otros grupos y propensos al sacrificio individual (los dispuestos a morir por una causa política, social o religiosa) también muestran mayor rigidez cognitiva. 

Aunque nunca se habla de resultados concluyentes sino de tendencias o correlaciones generales, Zmigrod dice haber probado la conexión entre la mayor rigidez y una menor concentración de dopamina en la corteza prefrontal, el centro de la toma de decisiones del cerebro, y de allí infiere una “prueba” de la conexión entre biología e ideología. Pero hay más: los políticamente más conservadores tienden a parpadear con más fuerza ante ruidos amenazadores, de lo cual se seguiría que nuestros cuerpos también estarían influidos por la ideología, tal como se puede ver también en la excitación fisiológica que se produjo cuando personas de extrema izquierda y extrema derecha fueron expuestos a videos de contenido político.

Por último, párrafo aparte merece la amígdala de los conservadores. Efectivamente, la autora menciona el estudio que habría descubierto que la amígdala derecha de las personas conservadoras solía ser más grande que la de los liberales; o ese otro estudio que probaría que el tamaño de la amígdala funcionaría como predictor del nivel de justificación del statu quo.

¿Alcanzaría con medir el tamaño de la amígdala, entonces, para saber a quién vota el señor x? En un principio, Zmigrod parece dar a entender que la ideología modifica el cerebro y la respuesta fisiológica pero ahora pareciera estar indicando lo contrario, esto es, que es la biología la que explica por qué una persona abraza una determinada ideología.

Llegados a este punto, y para evitar la acusación de un reduccionismo biologicista, Zmigrod va a matizar su postura para indicar lo que todos más o menos sabemos: la biología genera predisposiciones, condiciones necesarias, pero no suficientes. Es el ambiente, la cultura, el entorno en el que trascurre la vida del individuo, lo que hace el resto. Una persona con rigidez cognitiva, criada en un entorno progresista y flexible podría modificar las características traídas “de fábrica” y viceversa. La interacción entre los campos es constante.

Hacia el final, el libro abandona la perspectiva más descriptiva para abrazar una suerte de activismo y poner a la neuropolítica al servicio del diseño de sociedades donde las soluciones, que Zmigrod llama “ideológicas”, no sean las únicas opciones posibles. Así, esta nueva ciencia tendría dos mandatos: impulsar una filosofía opuesta a todo dogma y crear un cerebro “antiideológico”.

Zmigrod no abunda en los modos en que podría alcanzarse ello. Suponemos que, o bien a través de la manipulación genética, o bien a través de algún tipo de ingeniería social que modifique el ambiente para luego incidir en la biología. En todo caso, son hipótesis sobre una propuesta que podrá ser un éxito editorial en materia de divulgación pero que es poco original, es bastante imprecisa en el uso de algunos conceptos, y cae una y otra vez en una serie de presupuestos sobre los cuales la reflexión filosófica alrededor de la ciencia ya se ha pronunciado demasiadas veces.

 

 

viernes, 2 de enero de 2026

Grabois, lumpenaje y burocracia kirchnerista (editorial del 27.12.25 en No estoy solo)

 

Los últimos días del año sorprendieron con una escalada de conflictos en los municipios de Quilmes y Lanús. Los primeros, reivindicados por Juan Grabois, fueron protagonizados por miembros de una agrupación a la que éste pertenecía y giraron en torno de una ordenanza municipal que, entre otras cosas, buscaba regular la actividad de los trapitos; en el caso del municipio gobernado por Julián Álvarez, manifestantes del Movimiento Evita de Lanús lideraron un reclamo por mejores condiciones laborales, prendieron fuego un árbol de navidad y generaron incidentes varios. Que los conflictos hayan sucedido en días consecutivos contra dos municipios gobernados por La Cámpora y azuzados por agrupaciones que están en la vereda opuesta en la interna peronista, impulsó acusaciones cruzadas, especialmente entre Mayra Mendoza y Grabois.

No hay espacio aquí para desarrollar todo el proceso que derivó en el surgimiento de los movimientos sociales, los piqueteros y lo que se intenta denominar “economía popular”, sin que nadie sepa bien de qué se trata eso, pero sin duda que, para un espacio como el peronismo, cuya columna vertebral ha sido el movimiento de los trabajadores organizado, los coletazos del neoliberalismo, dejando fuera del sistema a millones de personas, obligó a ampliar la mirada y los conceptos.

A su vez, no se trató solo de un problema del peronismo: el Estado, incluso en administraciones como las de Macri o Milei, continuó con políticas de ayuda social a sectores vulnerables que, en el mejor de los casos, subsisten con empleos precarios e informales (no olvidemos que, sin ir más lejos, el gobierno de Milei mejoró en términos reales las partidas de la ayuda social y que al Movimiento Evita y al propio Grabois se los acusó, con razón, de pactar con Carolina Stanley).

En la medida en que el peso de estas organizaciones fue creciendo y la dinámica del piquete se transformó en parte del paisaje cotidiano, desde el kirchnerismo, en general, se encuadraron esas manifestaciones como parte del derecho a la protesta, mientras que desde la derecha se hizo énfasis en dinámicas clientelísticas y en la necesidad de garantizar la libre circulación. Aunque en Argentina todos los debates permanecen abiertos, hay que reconocer que la evidencia fue abrumadora a favor del gobierno de Milei en este punto: los piquetes se acabaron cuando el Estado cortó los mecanismos de financiación directa e indirecta que esas agrupaciones y sus dirigentes recibían del dinero de los contribuyentes. Era más fácil que cagar a palos a todo el mundo: había que cortar el chorro de guita y ya. Se acabaron los piquetes. Sonará triste pero la derecha tuvo razón en este punto.

Otra cosa es el elemento simbólico y esa romantización del lumpenaje que el kirchnerismo y sectores de izquierda reivindican. A favor de ellos, habría que decir que se trata en parte de un fenómeno mundial: ser (presuntamente) marginal, comportarse de ese modo y cantar como tal es cool y aspiracional, supone abrazar una identidad recia, sufriente y antisistema cuando el propio sistema devino antisistema. No es la única contradicción del modelo hegemónico: pensemos si no en ese doble movimiento que presenta a las mujeres como víctimas esenciales a la vez que empoderadas para poder decir con Shakira “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”.

En el caso del peronismo en particular, la romantización llegó a tal punto que se realizaron maniqueas contraposiciones entre una supuesta cultura solidaria y de buenos valores existente en las villas, frente a la siempre demonizada y supuestamente hiperindividualista clase media, por cierto, aquella en la que podemos encontrar una importante base electoral del kirchnerismo, especialmente si pensamos en algunas franjas profesionales de entre 35 y 50 años. Aquí no sabemos cuál fue el huevo o la gallina pero lo cierto es que el propio peronismo adoptó como tal la caricatura que la oposición gorila hizo de él, y acabó tergiversando todo: el que no labura es siempre una víctima; la meritocracia es mala palabra; los delincuentes no tienen responsabilidad porque son hijos de la desigualdad; la masculinidad es tóxica; la heterosexualidad es violencia; criticar que se gasta más de lo que entra es de derecha; la inflación no es un problema, etc. Aquí estamos lejos de defender la imagen nostálgica del peronismo como respuesta sagrada a los problemas del presente, pero, ¿a quién se le puede ocurrir que eso es peronismo? Sí, efectivamente, solo se le puede ocurrir a un antiperonista y a alguien que reivindica el peronismo, pero no entiende lo que es.

A propósito, veía un recorte de una entrevista a Juan Grabois hecha por Tomás Rebord en el que el primero se autopercibía (SIC) como “un humanista revolucionario con influencias peronistas, cristianas, de distintas corrientes teológicas, marxistas, autonomistas, aceleracionistas”. Por suerte aclaró que quizás no estaba caracterizando bien el término aceleracionista cuando Rebord lo interrumpió diciendo que no podía ser todo eso y aceleracionista a la vez, pero digamos que Grabois es capaz de encarnarlo casi todo, incluso tradiciones o perspectivas cuyo significado es incapaz de explicar.

El comentario acerca de Grabois quedaría en la mera anécdota si no fuera el propio kirchnerismo el que le diera espacio a pesar de estar demostrando en todo momento que, con un poco de poder, arrasará lo poco que queda de éste, y no lo digo por estos hechos menores en las municipalidades, sino porque en Grabois aparece la apuesta de una radicalidad outsider por izquierda, lo opuesto a Milei pero que comparte con el ultralibertario esto de ser alguien de afuera que, ante la institucionalización y burocratización de los pibes que venían por la liberación, encarna el que viene a patear el tablero por izquierda, tal como Milei lo hizo por derecha. El kirchnerismo lo levantó para joderlo a Massa, le dio más de lo que merecía en las últimas listas y ahora Grabois les está tocando la puerta en un proceso que era más que previsible. Y, sobre todo, está corriendo por izquierda a La Cámpora, especialista en correr por izquierda. Lo hace desde una posición pseudo troska, sobreactuando la liberación de “compañeros” tras un par de horas en cana por hacer quilombo, tratando de garcas a los exjóvenes de La Cámpora y creando el oxímoron de “trabajadores cuidacoches”. Pero en ese escenario, La Cámpora tiene que salir a defender la propiedad privada y los derechos del vecinito que no quiere más extorsiones de unos tipos que presentan como laburo cobrarte por dejar tu auto en la vía pública. Se trata de un cambio que yo celebro y una muestra de la responsabilidad que supone gobernar un municipio, pero si lo hiciera Jorge Macri lo acusarían de crear una ciudad para pocos y de utilizar una pedagogía de la crueldad.

En los próximos dos años veremos si Grabois, promovido por el kirchnerismo, acaba deglutiéndolo acusándolo de ser una casta de burócratas que creció bajo el paraguas de contratos y cajas. No le va a faltar razón en buena medida. También veremos si los electores acabarán abrazando ese mejunje de tradiciones y valores que Grabois dice encarnar aunque no pueda ni siquiera explicar bien de qué se trata y quizás solo sea el disfraz detrás del cual se esconda un proyecto político personal basado en una voluntad de poder con delirios místicos y en formato misión divina. Se trata de la misma lógica que expresa Milei de modo que no debería extrañar que ese eventual enfrentamiento ya no se dé en términos políticos sino en términos morales: el Bien contra el Mal.

¿Hace falta decir que cuando la moral reemplaza a la política las cosas terminan mal? La seguimos el año que viene. Tengan todos un muy buen 2026.

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Sin 20 de diciembre, sin trabajadores, sin pueblo (editorial del 20.12.25 en No estoy solo)

 

Los que siguen este espacio recordarán una columna en la que interpretaba la llegada de Milei como el paso del “Que se vayan todos” al “Que venga cualquiera”. Si esta hipótesis es correcta, Milei no sería la pospolítica, ni la superación de un largo proceso de crisis de representatividad sino más bien el último eslabón de una cadena que nació el 20 de diciembre de 2001, hace exactamente 24 años. En terminología nietzscheana y permítaseme el salto, Milei no sería el Superhombre sino, justamente, el Último Hombre, un emblema decadente del nihilismo que aparece cuando nos enteramos que Dios, es decir, los grandes relatos y los fundamentos últimos dadores de sentido, ha muerto.

Si de citas extemporáneas se trata, el caso de Milei podría leerse a la luz del mítico fragmento final del Batman de Nolan cuando el personaje de Oldman afirma que Batman no es el héroe que merecemos pero sí el que necesitamos. Al menos así puede que lo entienda buena parte de la política y el poder real: el loco que llevará adelante las reformas que el país supuestamente necesitaba y cargará con todo el costo político para que, luego, una figura de la casta que no tuvo las agallas de ir a fondo, saque rédito de la devastación.

Ahora bien, si nos detenemos en la efeméride del 20 de diciembre, cabría decir que más de 20 años después ni siquiera ha quedado esa ritualidad de la violencia y el estallido que teñía cada diciembre de los años posteriores. Afortunadamente, claro. Sin dudas, la reconciliación con la política que operó en una parte de la población alrededor del kirchnerismo, y la politización por oposición a ese proceso que operó a partir de la crisis de 2008, fue borrando esa sensación de que todo daba lo mismo. Al contrario: hubo una repolitización que probablemente se pasó de la raya y que generó conflictos en todas las familias, en aquello que, a falta de un concepto mejor, se llamó “la grieta”.

Sin embargo, claro está, el agotamiento del kirchnerismo y los fracasos de Macri y el gobierno de Alberto, hicieron resurgir el espíritu de principios de este siglo, aunque, en este caso, como suele ocurrir, ya ni siquiera con violencia sino apenas con desencanto. De votar a Homero Simpson y poner la feta de salame a no ir a votar. Como nada puedo hacer, puteo, pero en casa, como pedía Alberto.

Es un clásico decir que todos recordamos dónde estábamos cuando sucedieron los grandes eventos. Aunque no se trate más de una anécdota personal, déjenme contarles que, en mi caso, yo estaba, como todos los 20 de diciembre, cumpliendo años. No menciono esto para recibir las felicitaciones del caso, sino para contarles una sensación que con el tiempo pude resignificar. En aquel 2001, me preparaba para recibir amigos y familiares como de costumbre y no fue hasta que salí a la calle que empecé a tomar magnitud de lo que sucedía, a pesar de que estaba siguiendo atentamente los hechos a través de la televisión desde la noche anterior, en la que había renunciado Cavallo. Es que los autos en el barrio estaban dados vueltas y el Mc Donald’s y el Blockbuster ardían. Yo llevaba las botellas de cerveza vacías al chino cuando me encontré con todo ese escenario. Recién allí pensé que quizás era una buena idea postergar la celebración.

Naturalmente, de esa anécdota se puede inferir que quien escribe estas líneas vivía en una burbuja. Sin descartar esa opción, me inclino por otra mirada, más dramática, incluso para mí. Me refiero al hecho de cómo nos habíamos acostumbrado a esas escenas, a las renuncias de funcionarios, a las crisis, a que se queden con la guita, a que te caguen a palos. Frente a esa sucesión de eventos ya comunes, el cumpleaños, que sucede cada 365 días, era lo verdaderamente novedoso. Naturalmente, ese día fue emblemático por los muertos y por la renuncia de un presidente que asumió ausente, pero estábamos confortablemente adormecidos como la rana en el agua hirviendo.

Muchas veces solemos caer en la tentación de comparar nostálgicamente esos tiempos de lucha con la pasividad actual. Y no es justo decir que añoramos lo que nunca jamás sucedió, para seguir con las citas, pero sí resulta importante señalar que el país ha cambiado mucho.

Perdón por la segunda autorreferencia, pero aquí también hemos mencionado una y otra vez que la Argentina del 2025 no es ni siquiera la del 2015, algo que el kirchnerismo no entiende. En este sentido, y a propósito de estar discutiendo una vez más una reforma laboral, encontramos un panorama de aquello en lo que nos hemos convertido hoy: una CGT deshilachada, pero movilizante y una oposición de dirigentes políticos que no hace pie frente a un gobierno que avanza como elefante en el bazar.

Y lo diré de manera provocadora aunque sea falso: el trabajador no existe más, no, al menos, tal como lo conocíamos. No se trata de un fenómeno argentino donde el nivel de sindicalización todavía alcanza niveles relevantes en algunos sectores comparado con buena parte del mundo. Pero podría decirse que aun cuando sea muy importante discutir políticas que favorezcan la formalización o parar la industria del juicio sin que ello derive en la profundización de la precarización del trabajador que se ha dado de hecho, la fragmentación y descomposición de esa identidad que fue la columna vertebral del peronismo es evidente. Si la política le habla a Twitter, cuando escuchaba algunos de los discursos de la CGT, sin fisuras, aunque obvios, me preguntaba a quién le hablaban o, en todo caso, cuántos oídos son receptivos a ese discurso más allá de los afiliados y de aquellos trabajadores que, estando en blanco, lamentablemente, empezaron a ser vistos como privilegiados, especialmente a partir de la pandemia.

Y es cierto que uno no se lo puede pedir a la CGT pero estamos a un paso de que la IA pueda dejar a la mitad de la población mundial sin trabajo y la única respuesta frente a eso es la receta de la industrialización de un país y un mundo que, si no son los del 2015, menos van a ser los de los años 70; o, por izquierda, una renta básica universal que, como siempre, está más preocupada en redistribuir que en crear la riqueza; o, por derecha, algún tipo de solución altruista de los CEOs de Silicon Valley para mitigar un potencial desorden mundial de consecuencias impredecibles.

Y permítaseme aquí una segunda provocación, también, en parte, falsa, pero provocación al fin: o bien aceptamos que el pueblo, sea lo que fuere, no existe más, o bien admitimos que el pueblo (o buena parte de él) votó a Milei y que el anarcocapitalista es un líder popular, más allá de que en las elecciones de 2025 el voto pareció reacomodarse en un sentido más clásico y el apoyo a “el león” provino más de clases medias y altas.

Si el progresismo todavía no se dio cuenta que es el hijo predilecto del liberalismo y que ha profundizado la fragmentación y la conflictividad social detrás de todo su sermón inagotablemente buenista de la empatía contra la pedagogía de la crueldad, cabe mencionar que, aun con toda la buena fe del mundo, tampoco la respuesta parece clara del lado de los que afirman que “hay que volver a Perón” cuando probablemente Perón los esté mirando desde el futuro diciendo “muchachos, las cosas cambiaron de tal modo que ni siquiera sé si alcanza con una actualización doctrinaria”.

No se trata de hacer borrón y cuenta nueva; menos de despreciar la memoria y los hitos populares que construyeron la Argentina de hoy, con sus pro y sus contra. Pero se hace urgente pensar algo nuevo. El mundo y la Argentina están cambiando demasiado pronto y nosotros estamos pensando demasiado lento.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Rebord, Rosemblat y Dante Presidente (editorial del 13.12.25 en No estoy solo)

 

En los últimos días, impulsado desde algunos sectores del sindicalismo y la política, comenzó a circular la posibilidad de que el pastor evangélico Dante Gebel sea candidato a presidente en 2027. Consultado por Mario Pergolini, el propio implicado no descartó esa posibilidad de modo que cabría prestarle alguna atención puesto que posee seguidores, eventuales importantes aportantes económicos y un discurso pretendidamente ecuménico alrededor de la espiritualidad, tal como mandan los tiempos. A propósito, dado que la imaginación no abunda, tampoco debiera extrañar que se tratara de algún sueño trasnochado a partir de que el evento que el pastor vino a presentar se llama PresiDante, haciendo un juego de palabras con su nombre, y que allí se lo puede ver con la banda presidencial. En todo caso, el tiempo dirá.

Hace algún tiempo circuló, y gracias a alguna información de fuente confiable podría confirmarlo, que el peronismo de la ciudad, de la mano de Juan Manuel Olmos, está detrás de una suerte de “proyecto streamer”, una renovación de candidaturas que pueda romper el techo al que parece condenado el peronismo citadino, y que podría recurrir a figuras como Tomás Rebord y Pedro Rosemblat. Este último ya había pretendido un salto a la política y el primero, presumo, pareciera estar allí resolviendo un dilema interno entre una vida como artista y un salto a la política. Ambos son jóvenes, muy exitosos en sus respectivos proyectos y han hecho mucho más por instalar discusiones autocríticas al interior del peronismo/progresismo que la dirigencia política que ahora pretende sumarlos a sus filas.

Comparar a Gebel con Rebord y Rosemblat es injusto para los tres, pero los menciono aquí porque pareciera que desde diferentes espectros ideológicos se renueva esta tentación muy poco novedosa de apelar a figurar extrapartidarias, “famosos”, como solución a la crisis de representatividad. Y sobre este punto vale una aclaración: Rebord y Rosemblat tienen formación política por encima de la media. Sin embargo, no se está pensando en ellos por esa razón, sino por su éxito en redes y su visibilidad. No es culpa de ellos, pero la razón por la que se los elige es por méritos que no tienen que ver estrictamente con su eventual proyecto o mirada acerca de la política. La demostración es que son ellos, pero podría ser cualquiera: veamos si no el caso de Lali Espósito a quien nos quieren vender como la nueva Evita por haber hecho una canción con un estribillo pegadizo y un mensaje velado contra el presidente. La vara está baja.

Pero más allá de ello, a continuación, quisiera proponerles reflexiones personales acerca de este fenómeno y si en ellas les suena algo del filósofo Byung Chul-Han, sea acompañando su perspectiva, sea criticándola, están bien orientados.

En primer lugar, digamos que, si es cierto que el neoliberalismo convierte al sujeto en un emprendedor, un “creador de sí mismo”, esto es, alguien que está encargado de gestionar su propia imagen y su rendimiento, es natural que esto produzca nuevos tipos de actores políticos. En otras palabras, el político deja de ser un representante de una parte para devenir un autogestor, ni siquiera de su rol en el debate público, sino simplemente de su presencia mediática. Este político performático está más preocupado por el recorte viral de sus alocuciones que por otra cosa, es Julia Strada pidiéndole a su fotógrafo oficial que le saque la foto con cara de valiente señalando con el dedo a un policía.

Ahora bien, si el político devino un producto, el votante se transforma en un consumidor con derechitos económicos de consumidor y no con derechos de ciudadano. Se transforma así en un usuario de la política como quien consume un servicio, o sea como quien puede entrar y salir, suscribirse y darse de baja.

Asimismo, elegir entre los famosos de este tiempo, le permite a la política entrar en la disputa por el recurso más escaso del capitalismo hoy: la atención. Y hace bien, por cierto, porque vaciada de sentido, de valores, de proyecto y de comunidad, lo único que le queda es salir a disputar como un producto más en el mercado. De aquí que no sea casual lo bien que les va a los outsider, con Milei a la cabeza, puesto que la propuesta más delirante suele ser la más efectiva si de atraer la atención se trata. De hecho, no me van a decir que entre un discurso de Taiana y un recital de Milei ustedes van a elegir lo primero.

En este punto, la vieja política suele hacer una extrapolación bastante lineal y burda que muchos influencers creen o eligen creer: muchos likes son muchos votos, muchos seguidores son base electoral y la cantidad de visualizaciones y repeticiones son capital político. Este último, entonces, no tiene que ver ya con valores sino con la posibilidad de tener un mensaje o una imagen viralizable. Si es viral, es bueno.

El nuevo político influencer no es guiado por el pueblo sino por el algoritmo o, lo que es peor, cree que el algoritmo es el que está representando al pueblo. Queda atrapado en un narcisismo algorítmico que no representa intereses partidarios sino los deseos y aspiraciones individuales de unos votantes que son seguidores, en su mayoría pasivos, como quien sigue a su ídolo en la música o en el fútbol como figura inalcanzable. No se trata de crear comunidad sino idolatría. Es el Pitu Salvatierra jurando por Futurock, es decir, por la empresa para la que trabaja; es Mayra Mendoza tatuándose a Néstor y a la tobillera. Dicen que es político pero es solo personal.

Y sobre todo: no hay tiempo. Las unidades básicas ya no forman cuadros, de modo que hay que echar mano a los emprendedores de su propia imagen que, devenidos candidatos, ya están construidos como producto, listos para ser consumidos por derecha, por izquierda o por centro.

Asimismo, los famosos de hoy cumplen con el ideal de autenticidad tan requerido en la actualidad, el principal insumo de la antipolítica, porque la política es asociada a la opacidad, lo turbio, la hipocresía; al fin de cuentas, “la rosca” representa lo que se hace por detrás en un tiempo de tiranía de la transparencia, de obligación de mostrarlo todo, y con “todo” no me refiero solamente a las cuentas públicas sino a lo que concierne a nuestra identidad y nuestra vida privada. Podría decirse, incluso, que el influencer (o la mayoría de ellos) no tiene otro valor que la autenticidad y es lo único que se le exige, por más que en su cuenta muestre una riqueza que no tiene y sus autos de lujo sean alquilados, que venda canjes berretas o se saque fotos con filtros contra las arrugas, la papada y la cintura de lavarropa. En todo caso, aun cuando sea artificial y/o pelotudo/a lo que importa es que sea auténticamente artificial y/o pelotudo/a. Eso es lo que genera identificación y esa conexión es central en política.  

El famoso genera además dos sentimientos contrapuestos, pero que coexisten con efectividad similar: por un lado, su positividad pre o pospolítica lo lleva a sobrevolar los conflictos, estar por encima de ellos, y con ello fantasear con ser el candidato de todos, capaz de unir. El caso de Gebel es claro en ese sentido: el pastor evangelista que no es de izquierda ni de derecha y es capaz de juntar a todas las partes en esa fantasía del pueblo unido en pos de vaya a saber qué cosa.  

Pero, por otra parte, es cierto que, en los últimos años, el famoso, aun cuando no intervenga en política, genera una división: todos tienen sus likes pero también sus haters. En este sentido, reproduce lo que parece haberse instalado en todo el mundo: polarización y sobre todo una polarización constante sobre toda temática. Todo es opinable, sobre todo hay que opinar y el debate público se transformó en un debate del minuto a minuto como un muro de Facebook o un chat de Youtube donde se reparten likes y odios por doquier.

Sin embargo, a no confundirse: la negatividad de los odios es funcional a la necesidad de circulación y viralización de la que hablábamos antes: lo que importa es que atraiga la atención y lo que genera odio atrae mucho más que el amor.

En todo caso, uno de los problemas que se plantea es lo que sucede cuando el influencer pasa a ocupar un cargo de responsabilidad, y aquí, obviamente, eximo a los tres mencionados pues ninguno de ellos ha dado el salto formal todavía.

Es que no se puede gobernar bajo la lógica de los likes y la dopamina como lo hacen muchos de nuestros actuales dirigentes que testean sus iniciativas en Twitter y estudian guiones para que el asesor pagado con nuestros impuestos haga el recorte viral de 30 segundos. Asimismo, y esto se vio claramente en la insólita discusión acerca de si la cuenta de Twitter le pertenece al Javier Milei ciudadano o al Javier Milei presidente, la confusión entre lo público y lo privado está a la orden del día. No hay mediación, no hay investidura, no hay institucionalidad: todo está afuera e igualado en la horizontalidad de la red.

Para finalizar, digamos que, si la política del futuro va a ser la política que reproduzca la lógica de los influencers y el único “valor” será cuán conocido es el sujeto en cuestión, no debería llamar la atención que la política se reduzca a la autenticidad del yo que gobierna por sobre cualquier proyecto político. En Milei esto es claro: el gobierno de Milei es Milei; el mileismo es Milei. Allí no hay proyecto, en todo caso una misión personal en clave de delirio místico que empieza y termina en Milei. Y no debería sorprendernos porque no es el único: simplemente sobresale porque es el que llegó.

Visible, autoconstituido, performático, expuesto, auténtico preocupado por la atención antes que por la deliberación. El candidato influencer, aun cuando pueda tener buenas intenciones y una sólida formación, queda preso de una lógica que lo excede y que indefectiblemente lo aleja de cualquier proyecto colectivo.