sábado, 28 de marzo de 2026

Contra la tiranía de las minorías (editorial del 28.3.26 en No estoy solo)

 

Los cambios en el humor social de la Argentina deberían ser un caso de estudio en sí mismo y refuerzan esa frase, entre graciosa y trágica, atribuida al premio Nobel Simon Kuznets, quien clasificó a los países en cuatro tipos: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón y Argentina.

Lo cierto es que cuando, tras el triunfo en las elecciones de medio término y el blindaje del Tesoro Americano, imaginábamos un gobierno fortalecido, los presuntos escándalos de corrupción y las encuestas reflejan una administración con apoyo declinante.

En ese escenario es que aparece la posibilidad de plantear un “Hay 2027” más allá de que en frente del mileísmo, por ahora, todo sea desorden y, a lo sumo, resuene la idea de un gran Frente Anti Milei, el cual, algunos bromeaban, bien podría llamarse Unión democrática.

A propósito, y más allá de las provocaciones, quisiera profundizar en un debate que es más de la Ciencia Política, especialmente de aquellos que se ocupan de los sistemas de partidos y la dinámica electoral. En particular, me refiero a esta idea, ya casi parte del sentido común, de que hay que ampliar hacia el centro o que, en todo caso, en un escenario polarizado, la clave está en aquellos votantes “del medio”, aquellos que oscilan hacia un polo o el otro y para los cuales es necesario moderar los discursos.

Naturalmente no son tontos quienes plantean esto y en general suele haber sido así, especialmente en un sistema como el nuestro que, tras la reforma del 94 y la inclusión del balotaje, fue pensado para incentivar coaliciones y propuestas moderadas, las únicas capaces, a priori, de alcanzar ese 40/45/50% de los votos que se necesitan.

Sin embargo, podríamos decir: el kirchnerismo fue una versión “radicalizada” por izquierda que nació al interior del peronismo y Milei fue una opción radicalizada por derecha que nació al interior del descontento generalizado. Más allá de que Milei sí pudo tener el aval de los votos en la segunda vuelta que Menem le negó a Kirchner en 2003, podría decirse, con todas sus diferencias, claro, que ambas versiones se caracterizaron por ser minorías que arrastraron al conjunto, del peronismo y el espacio popular en el caso de los K, y de la derecha en el caso de Milei. Si estos espacios ganaron (o marcaron una época) fue por su radicalidad y no por su moderación.  

Esto me llevó a revisar Jugarse la piel (2018), un libro de Nassim Nicholas Taleb, ensayista y matemático estadounidense de origen libanés que había saltado a la fama, entre otras cosas, por su idea de los Cisnes negros y de lo Antifrágil, referido a aquellos sistemas que devienen exitosos no por su robustez sino por el modo en que se adaptan y se benefician del desorden.

Más allá de su tesis central, Jugarse la piel, tal como lo indica su subtítulo, hace eje en la cuestión de las asimetrías y en el modo en que éstas pueden derivar en una suerte de tiranía de las minorías.

Veámoslo con un ejemplo: una mesa de 9 amigos reunidos en un bar. De repente, uno de ellos invita, a su vez, a un amigo extranjero que está de viaje en Argentina y habla inglés pero ni una palabra de español. En el caso de que todos en la mesa manejen alguna mínima noción del inglés, ¿en qué idioma creen que transcurrirá la charla? Sí, en inglés. Es decir, en este caso, una minoría inflexible (porque no puede adaptarse al resto) logra imponer condiciones a una mayoría flexible, (en este caso, el 90 por ciento de la mesa). 

Taleb menciona otros ejemplos, como el de la comida Kosher y Halal. En este sentido, él cuenta la sorpresa que se llevó el día que se dio cuenta que estaba ingiriendo comida Kosher por la información incluida en el producto (lo mismo vale para el menú Halal o podría valer para el caso de los “Sin TACC”). En este ejemplo, Taleb entiende que, en caso de que la alteración no suponga un gran incremento económico, para un creador de un producto es más fácil adaptar el mismo a los requerimientos de la minoría que crear dos productos diferenciados, especialmente porque quienes solo comen comida Kosher no comen otra cosa, pero quienes no son Kosher están abiertos, o les resulta indiferente, un menú Kosher. Una vez más, mientras se conjugue una minoría intransigente con una mayoría flexible, el resultado será que la minoría imponga las condiciones.    

En el mismo sentido, Taleb muestra cómo, por ejemplo, para prohibir un libro no hace falta que se sienta ofendido el ciudadano medio. Más bien alcanza con un grupo de activistas intransigentes para que luego por complicidad, temor o indiferencia la mayoría acabe aceptando. Esta misma dinámica se ha visto en la lógica Woke que floreciera una década atrás: un grupo de activistas radicales, sectarios y fundamentalistas seleccionaban la agenda, la víctima y decretaban el fin del Estado de Derecho; luego, la mayoría se unía a la corriente con las antorchas en la mano. Siempre en nombre del Bien, claro.

Asimismo, el autor ofrece ejemplos históricos como el de los cristianos o los sunitas los cuales, gracias a su intransigencia, lograron imponerse a los romanos y dentro del islam respectivamente; y, contra toda la una larga tradición, indica que, por esta misma regla de la asimetría, los valores morales de la sociedad no se forman merced a una evolución del consenso, sino que es la persona o el grupo más intolerante el que acaba imponiendo la virtud a los demás.

Más allá de los números, (Taleb menciona el 3% como “umbral mágico” para que la regla de la minoría pueda funcionar), lo que queda claro es que lo que surge de la regla de la minoría tiene más probabilidad de ser una regla binaria, blanco o negro, sin matices, lo cual es bastante sensato si pensamos que son minorías intransigentes las que acaban hegemonizando.

A la luz de esta idea es posible una lectura interesante de algunas de las tendencias a nivel mundial pero también en el ámbito vernáculo. Sin entrar en comparaciones ni mucho menos, no resulta descabellado observar que la tendencia en los últimos años es bien descripta por esta dinámica de la asimetría. Así, de repente, las ideas más radicales y recalcitrantes de individuos o grupos acabaron empujando a grandes sectores hacia los polos. Pensemos, si no, en el modo en que un progresismo zonzo acabó acaparando la agenda del kirchnerismo con propuestas que reproducían, en algunos casos, los delirios trasnochados de la Academia estadounidense, lectora tardía de transnochados franceses, y cómo la agenda de la derecha, llamemos “liberal y republicana”, acabó fagocitada y arrastrándose detrás de un anarcocapitalismo populista y conservador liderado por un grupo de arribistas que impusieron debates y autores marginales y delirantes. 

Como venimos indicando aquí, nadie sabe cuál será el escenario electoralmente hablando en 2027 pero no va de suyo que un gran frente opositor lo suficientemente moderado sea un destino inexorable. Más bien, máxime con el poder de veto que tienen estas minorías en ambos bandos, no debería descartarse que la lógica de la asimetría planteada por Taleb arrastre a toda la oposición y continúe arrastrando al sector de la derecha detrás de la intransigencia de una minoría.

Quizás sirva para ganar, pero también cabe advertir, con Taleb, que una minoría intolerante puede, efectivamente, controlar y destruir la democracia, de lo cual el autor sigue, en la línea de Karl Popper, que deberíamos ser intolerantes con los intolerantes. No serlo supondría un suicidio y a la luz de los sucesos de los últimos años, tanto en Argentina como en el mundo, entre el radicalismo woke y la reacción neoconservadora, algo de sentido parece tener esa advertencia.  

 

Idiota o corrupto (y quizás ambas cosas a la vez) [editorial del 21.3.26 en No estoy solo]

 

Hace algo más de un año, cuando, en un febrero tranquilo, se conocía una estafa a cielo abierto llamada LIBRA, escribíamos en este espacio que el presidente Milei había quedado en una situación incómoda: o asumía haber sido engañado y con ello demostraba una profunda ignorancia en un tema en el que se jacta de ser un gran conocedor, o asume su complicidad y con ello se expone a un juicio penal y político. En aquel momento usábamos una metáfora zoológica de esas que le agradan al primer mandatario: o no cede en su narcisismo y asume las consecuencias de ser el león que se las sabe todas, o salva su gobierno reconociendo ser un mandril ciego que “no la vio”.

Con menos eufemismos, meses más tarde, la excanciller Diana Mondino, incomodada en una entrevista con AlJazeera acababa aceptando que el presidente era “idiota o corrupto”. Y tenía razón. En el caso LIBRA no hay un tercer camino posible, aunque quizás podría entenderse por tal que la disyunción no sea excluyente y estemos frente a alguien que pueda ser ambas cosas a la vez.

Las nuevas revelaciones no son concluyentes, pero suman una enorme cantidad de indicios en favor de la hipótesis de una trama de corrupción que lo involucraría, más allá de que no corresponde descartar que haya sido simplemente un idiota útil y que la ronda frenética de llamados posteriores al hecho estuvieran vinculados a salir airoso de, como mínimo, un error infantil.

Sumemos a esto el caso Adorni y recordemos que todo esto se da en las dos semanas posteriores a un discurso en el que el presidente habló de La Moral como política de Estado, referencia grandilocuente que, como el mismo Milei anticipó días después, será el título de su próximo libro. No descartemos, igualmente, que sea un libro de humor, especialmente si lleva prólogo de su hermana y los Menem.

A propósito de moral, o más bien, de morales, posémonos ahora en el jefe de gabinete que supo ser vocero por sus supuestos dotes oratorios o, para ser justos, por su capacidad para defender lo que sea de una gestión, algo que han hecho todos los voceros, por cierto, algunos con más suerte que otros (recordemos si no el triste papel de Gabriela Cerruti). La situación me remonta a ese teatro del absurdo de Ionesco, en particular a Las Sillas y a la figura de El Gran Orador. Para quienes no lo recuerden: dos ancianos en un salón dicen esperar a El Gran Orador para lo cual convocan a la comunidad. Se la pasan acomodando las sillas mientras esperan a los invitados. Pero surge un detalle: los asistentes son invisibles. Finalmente, se produce el gran momento: El Gran Orador arriba, se lo ve perfectamente, en este caso. Sin embargo, cuando pretende dar el discurso, se traba, dice incoherencias, balbucea y nadie entiende lo que dice entre esa audiencia de sillas vacías y testigos únicos porque, por cierto, la pareja de ancianos que había preparado todo ya se había arrojado por la ventana. 

En este sentido, ver hocicar a un hombre tan soberbio y mediocre como Adorni; ser testigos del modo en que intentó salpicar para todos lados; la forma en que se desdijo; el señalamiento a una supuesta invitación del presidente, luego de presidencia; el desliz del “deslomamiento”; la tesis conspiranoica de ser víctima de la interna para, tras todo ese raid, al final, pedir perdón, mientras, al momento de escribir estas líneas, seguimos esperando la factura del vuelo privado a Punta del Este, ha sido todo un espectáculo. Mejor aun cuando la audiencia no era invisible sino toda la ciudadanía a la cual Adorni daba lecciones de moral desde su púlpito y desde su cuenta de Twitter abusando de la ironía, recurso que se agradece solo en gente inteligente. Verlo buscando tapar lo que no se puede tapar en una gira incesante de declaraciones con medios amigos, despertaba hasta ternura. El hombre que impuso en Twitter la palabra “FIN” como sentencia y prueba concluyente de verdad, estuvo embarcado en una maraña de aclaraciones que, paradójicamente, no terminaba nunca.

Asimismo, el énfasis en la moral dejó expuesto su costado más vulnerable. La semana pasada decíamos que el riesgo de sustituir la política por la moral era la invalidación del adversario político y la renuncia a todo debate de ideas pues el otro no es alguien que piensa distinto, incluso de manera equivocada, sino simplemente un inmoral. La disputa política, así, es sustituida por una lucha entre el Bien y el Mal. Y, por cierto, habiendo tantos fundamentalismos en el mundo, no es un buen momento para agregar uno.

Pero el segundo aspecto del énfasis en el discurso moralista es cuando queda expuesta una doble moral. Es casi de manual: si vas a moralizar, el culo debe estar limpio. Si no… es preferible callar. Aquí vemos señores acusar de chorros a políticos mientras acumulan y acumulan indicios en su contra por presunta corrupción. Y la realidad a veces es ansiosa y da lecciones demasiado rápidas. Olvidemos, entonces, lo de “La moral como política de Estado” pero no porque estemos construyendo el edificio de la verdadera moral contra los hipócritas. Ese delirio místico se lo dejamos a Carrió.

Más bien, quisiera plantearlo incluso en términos más cínicos: háganlo al menos por razones estéticas. Sí, efectivamente, aquellos que con dudoso sentido del gusto afirmaron ser estéticamente superiores que el zurdaje, deberían recuperar ese espíritu de la belleza para aplicar a sus presuntas fechorías. Sean un poquito más refinados.

Porque estamos dispuestos a aceptarles que roben, pero no a que sean tan idiotas, quizás porque, al fin de cuentas, son nuestros representantes y eso habla también de nosotros. Pero un poco de buen gusto, un sentido de la forma para el afano: no una estafa a cielo abierto que se conocería en cuestión de horas con un montón de masivos bro detrás de una computadora salvándose para toda la vida a costa de miles de crédulos en las mieles de la guita fácil que no se hace laburando. Eso no. Como tampoco debería ocurrir, si se comprueba, un retorno con dinero de discapacitados. Argentina se ha caracterizado por poseer señores ladrones, saqueadores sistemáticos que pueden andar con la frente en alto. Esto es otra cosa… Esto es muy berreta.

Y si no es por estética que sea por pudor. Ustedes conocen la historia:  en el famoso mito, Zeus le pide a Epimeteo que reparta cualidades entre las diferentes especies para garantizar su supervivencia en pie de igualdad. Pero hete aquí que, al llegar al Hombre, Epimeteo se da cuenta que ya había repartido todo y no había quedado nada. Es ahí donde interviene Prometeo, su hermano, y le roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres y así garantizar su protección. Sin embargo, el mito continúa porque, dueños del fuego, los hombres no cesaron en sus disputas internas. Esto es, poseían el elemento central de la civilización, pero no podían vivir en sociedad. De aquí que Zeus esta vez llame a Hermes para que distribuya entre los hombres dos cualidades para poder vivir juntos: el sentido de justicia y el sentido del pudor.

Sentido de justicia no tienen, de modo que, al menos, abrácense a la posibilidad de sostener el pudor. Nadie pide una vida ascética pero sí algo del orden de la sobriedad. Si se van a llevar la guita al menos tengan perfil bajo y háganlo con algo de vergüenza. Del desastre del último gobierno de Alberto y Cristina, llegaron ustedes. Imaginen lo que vendrá después del desastre de ustedes. Así que un poco de vergüenza, al menos, como la que tendríamos todos en su lugar. Y lo más importante: no renuncien tan tempranamente a la inteligencia. Háganlo por ustedes mismos. Háganlo también por nosotros.

 

 

martes, 17 de marzo de 2026

Dios no murió. El que está muerto sos vos. Acerca del último libro de Byung-Chul Han (publicado el 14.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.

 

 

viernes, 13 de marzo de 2026

¿Para qué renovar el peronismo? (editorial del 14.3.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás comenzábamos una nota tomando una cita del filósofo reaccionario Joseph de Maistre aceptando su error de diagnóstico acerca de la revolución francesa: no se trataba de un acontecimiento sino de una era. Lo hacíamos para trazar un paralelo con Milei y afirmar que su irrupción no era un exabrupto pasajero sino más bien el desenlace que coronaba una época. No es este el espacio donde indagar sobre este punto, pero frente a los que, por ejemplo, tras la sanción de la reforma laboral, indicaban que Milei estaba rompiendo el último dique de la Argentina peronista, desde aquí consideramos que ese dique ya se había roto mucho antes. Milei no sería, entonces, la causa de una transformación sino el efecto de lo ya acaecido.    

Si nuestra hipótesis es correcta y Milei es una era antes que un acontecimiento circunstancial, surge la siempre revisitada pregunta alrededor de qué debe hacer el peronismo. La pregunta tiene varias aristas, pero siempre se interpreta esa pregunta desde una perspectiva electoral. Así el interrogante acerca de qué debe hacer el peronismo se transforma en qué debe hacer el peronismo para ganar, aspecto más que relevante si se toma en cuenta que el espacio perdió siete de las últimas nueve elecciones. Ahí empezamos con el “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede…” y todos los juegos de palabras de aquellos que creen que la política se reduce a comunicación y, sobre todo, a aquellos que entienden que ganar es sumar dirigentes presuntamente propietarios de votos. Es la política de la lista de verdulero como suma directa: “yo tengo 20, vos tenés 10, vos 5, vos 3…. Y así sumamos hasta llegar a 40. Y listo. Se gana la elección. Así sucedió con Alberto Fernández, pero habría que decir que pareció más la excepción que la regla y es una dinámica que, lamentablemente, acaba siendo funcional a la extorsión de las minorías o los proyectos unipersonales como los de Grabois, etc.: como la diferencia entre ganar y perder a veces no llega a cinco puntos, los que tienen esos cinco puntos los venden a precio oro. Algo parecido ocurrió esta semana con la visita de Pichetto a Cristina o las fantasías de un gran frente “Anti Milei” con una flexibilidad inversamente proporcional a su coherencia.

A propósito, un par de semanas atrás, Carlos Pagni citaba interesadamente una nota que se había publicado en la revista Panamá en diciembre pasado firmada por Juan José Amondarain y Luciano Chiconi titulada “¿Es posible una renovación del peronismo?”

Digo “interesadamente” porque la nota indica que la única posibilidad de renovación del peronismo sería aceptar “un consenso social en favor de un orden ortodoxo para la macroeconomía argentina”, es decir, el peronismo que mejor le sienta a los que no son peronistas.

Según los autores, “No hay verdadero espíritu renovador mientras la dirigencia peronista no salga a afirmar públicamente que está en contra de: la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

 

Además, agregan que para ganar la elección el peronismo debería “enterrar la reivindicación del proceso 2005-23 que la sociedad rechaza”, que la prioridad del peronismo debe ser la producción y la creación de empleo privado por sobre el “redistribucionismo” y que, entre otras cosas, el peronismo debe reasumir su rol reformista, de partido formador de orden económico y de disciplinamiento social capaz de ajustar cuando sea necesario, como así también de establecer alianzas con los sectores más modernos de la economía.

 

Por último, para los autores, adherir a este presunto nuevo consenso social del orden ortodoxo en la macroeconomía no sería una, digamos, decisión ideológica, sino algo más complicado aún, esto es, una condición pre-política “de su renovación para volver a ser un factor de poder, para volver a la sociedad y volver a gobernar”.

 

Desde mi punto de vista, el texto da en el eje en un aspecto que aquí venimos mencionando hasta el hartazgo desde hace años: fue la última gestión de Alberto Fernández y Cristina Kirchner la que operó la segunda fase de la desorganización de la vida que había diagnosticado la propia CFK durante la administración Macri: con una inflación de más del 200% no hay orden posible, ni proyecto ni nada. La subestimación del efecto inflacionario sobre la subjetividad y, para decirlo más fácil, sobre el día a día, es algo que el kirchnerismo/peronismo/progresismo continúa sin comprender. Y lo dijimos también acá: la campaña de Massa llamaba al voto racional pero, ¿qué era más racional? ¿Votar al ministro del 200% o al “loco” que decía que la iba a llevar a 0 con una motosierra? Las urnas hablaron.

Agreguemos a esto los elementos de la “batalla cultural”, aquella que creó fracturas sociales donde no las había; el confundir la cultura popular con el lumpenaje; un antipunitivismo zonzo, sectario y lejos del padecer cotidiano del pueblo; el reemplazo de los trabajadores como columna vertebral por “nuevas identidades” de laboratorio palermitano, etc., etc., y la pregunta que sobreviene es cómo ese espacio pudo haber seguido siendo competitivo. 

Dicho esto, y aun cuando, como también venimos diciendo aquí desde hace años utilizando la figura del joker como emblema del “individuo roto” acelerado por el efecto de la pandemia, no parece tan claro que la “era mileista” se caracterice por ese presunto consenso social de orden ortodoxo macroeconómico. Y lo digo desde el lugar de quien considera que algunas de las medidas de ese presunto nuevo orden eran y son necesarias incluso con los efectos colaterales visibles. Porque para decirlo sin ambigüedades: no se puede vivir con inflación. Son contados con los dedos de una mano los países que viven con inflación. En este sentido, medidas de índole, llamemos, “fiscalista”, son necesarias sin que eso suponga necesariamente irse a la cama abrazado a los libros de los Chicago Boys. Incluso los últimos años de CFK con una inflación al 25%, aun cuando las paritarias acompañasen, no se puede permitir. Dicho esto, que la condición de posibilidad de la renovación del peronismo sea abjurar del proceso 2005-2023 (curioso recorte, por no decir insólitamente duhaldista), es desconocer las virtudes, incluso en términos ortodoxos, de la gestión Kirchner y, con sus bemoles, de lo que se suele llamar “la década ganada” aun cuando a esa década quizás le sobre algún añito.

Menos se puede compartir esta idea de que este nuevo orden social en favor de un modelo ortodoxo macroeconómico es una condición prepolítica que los autores hacen equivalente al consenso democrático que el peronismo tuvo que “admitir” después de la derrota del 83.

Aunque en los últimos años se han revitalizado discusiones que parecían saldadas, el consenso democrático es afortunadamente profundo a tal punto que incluye a tipos como Milei. El presunto consenso ortodoxo en lo económico no, incluso cuando, como dijimos, el mileismo sea una era y el peronismo le siga hablando a una ciudadanía cuya configuración no entiende ni representa.

Fragmentación, destrucción del tejido social, reconfiguración del capitalismo y de la esfera del trabajo bajo gobiernos que en los últimos 10 años no gestionaron bien, entre otras cosas, han generado individuos rotos incapaces de ser representados o, lo que es peor, cuya representación más cabal es una más que justificada ira. No hay ningún consenso ahí y aunque hay que admitir que los autores bien se encargan en señalar que el consenso al que refieren no sería “ideológico” en el sentido de suponer que la mayoría de la Argentina se hizo libertaria, parecería más bien que estamos frente a un fenómeno distinto que quizás, justamente, se caracterice por la fragmentación de necesidades e identidades antes que por los consensos.

Como interrogante final, me preguntaría, a su vez, qué quedaría del peronismo si, repito la cita, su versión renovada se manifiesta en contra de “la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, las retenciones, los aumentos de impuestos, las tarifas subsidiadas, el cepo cambiario, la devaluación y toda otra causa macroeconómica que haya conducido a la crisis económica terminal de 2023”.

Y lo planteo, insisto, aun sintiéndome parte de los que cree algo de este “consenso” es necesario. Sin embargo, seamos buenos con nosotros mismos: podemos estar en contra de la inflación, pero las tarifas subsidiadas (de manera racional y no como se hizo), las retenciones (al fin de cuentas, sostenidas por gobierno no peronistas también), una escala progresiva de impuestos que eventualmente los aumente para algunos sectores, etc., no son una mala palabra y, ponerlos en la misma lista que el cepo, el déficit fiscal, la emisión monetaria y la inflación misma sin más, le hace un flaco favor a la complejidad. 

Para cerrar, en todo caso, si el peronismo asumiera como tal esta agenda, incluso cabría preguntarse el para qué. Y no se trata de un planteo ingenuo ni idealista. Aquí entendemos muy bien que en política hay que ganar y que los puros están para ser fumados. Quizás allí sí esté el verdadero consenso: hay que ganar pero si ganás sin saber para qué, sin molestar, burocratizado, sobreideologizado, gobernando para que nadie se enoje y absorbiendo la agenda de tu adversario como inevitable, lo más probable es que gobiernes mal y la ciudadanía te castigue.

¿Pero de qué consenso hablamos si el peor gobierno peronista estuvo a 3 puntos de ganar en primera vuelta en 2023?

Milei es una era y el peronismo debe renovarse. Pero renovarse solo para ganar, no sirve.   

El regreso de Byung-Chul Han: Dios no murió. El que está muerto eres tú (publicado el 10.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.