lunes, 9 de marzo de 2026

¿Y si Messi fuese trumpista? (editorial de No estoy solo del 8.3.26)

 

La enésima comparación entre Maradona y Messi esta vez apareció por razones políticas: Messi secundó, estrechó la mano y sonrió frente a Trump como capitán del equipo campeón en una velada que el presidente estadounidense utilizó políticamente en medio de esta guerra incipiente con final abierto.

Que la comparación se enfoque en razones políticas demuestra que la disputa futbolística parece estar saldada: aun cuando técnicamente sean monstruos los dos, las estadísticas, la permanencia y los campeonatos parecen inclinar la balanza hacia el actual jugador del Inter de Miami. Se dirá que era otro fútbol, que Maradona siempre jugó en equipos que ni por asomo se pueden comparar al Barcelona y al PSG de Messi, y eso es cierto y vale como atenuante. En todo caso, es lo que menos importa, pero lo menciono porque aun si fuese cierto que futbolísticamente hablando Messi parece haber destronado al DIOS de todas las generaciones que soplaron más de 40 velitas, lo que le da a Maradona un aura distinta excede lo futbolístico. A propósito, perdón por la autorreferencia, quisiera reproducir un pasaje de un texto del año 2018 titulado, justamente, Por qué Messi no puede ser Maradona: 

“Habría que decir que más que un dios, Maradona es un héroe trágico, aquel ser con cualidades sobrenaturales que lucha contra un destino inexorable que le depara gran sufrimiento. El héroe trágico es una figura del límite, que desafía a la ley y al poder constituido y que se ve sometido a todo tipo de pruebas que va superando hasta configurarse en un gran hombre. Pero también debe padecer, debe ser el chivo expiatorio de una audiencia que representa a una polis que necesita catarsis. Y es que nos purgamos y nos liberamos a través del sufrimiento de Maradona. En este sentido, se equivocan quienes creen que Maradona es héroe por lo hecho en el 86 o por la victoria del sur contra el poderoso norte italiano. Se hace héroe cuando comete su error trágico, aquel que lo hace caer en desgracia. En otras palabras, se hace héroe porque es campeón, pero también porque pierde la final en el 90 con el tobillo destrozado y porque su doping dio positivo en Italia y en Estados Unidos; se hace héroe porque sus excesos lo llevaron a padecer problemas físicos que lo tuvieron al borde la muerte, y se hace héroe porque siempre fue popular y desafió, a veces mejor y a veces peor, con mayor o menor lucidez, al poder (…).  

(…) Messi no es un héroe trágico sino más bien una figura de la corrección lo cual, por favor, no debe entenderse necesariamente como una valoración negativa. Y es que Messi no opina de política, es un buen padre y esposo, se casó con la noviecita del barrio, es tímido, participa de jornadas solidarias oenegistas, se cuida en las comidas y su historia de superación personal y física se hizo gracias a los mejores especialistas europeos. Asimismo, los problemas que Messi tiene con la ley no generan identificación ni catarsis porque las mayorías, naturalmente, no pueden identificarse con una presunta evasión impositiva millonaria ni el descubrimiento de este tipo de infracciones supone para el infractor tragedia alguna. (…) Y si, como decía Jorge Luis Borges, el argentino es individuo antes que ciudadano, es profundamente anti estatalista y entiende a la ley como una limitación a esa libertad individual, tenemos buenas razones para comprender por qué Maradona resulta representativo de la idiosincrasia argentina, mucho más que Messi (…)

Para concluir, digamos que Messi no puede ser Maradona porque le falta la dimensión trágica mucho más que el gol que le permita a Argentina salir campeón mundial. Esa es la gran paradoja. Lo que no le perdonamos a Messi, lo que le exigimos, entonces, no es tanto el éxito con la selección argentina sino su sufrimiento, su caída, su fracaso. Lo que no le perdonamos a Messi es la ausencia de padecimiento. Esa es la razón por la que Messi no puede ser Maradona”.

Insisto en que aquel artículo fue escrito en 2018 y valió la pena reproducirlo en extenso, además, porque allí se indicaba que a Messi no le faltaba el gol decisivo para ser Maradona. De hecho, cuatro años después lo conseguiría y, sin embargo, al menos un sector de la sociedad, la que generacionalmente se encuentra vinculada emocionalmente a DIOS, sigue encontrando allí una diferencia que, evidentemente, no es “futbolística”.

Esta semana fueron muchos los que dijeron “Falta Maradona” o imaginaron lo que hubiera hecho Maradona en esa situación. Naturalmente es un contrafáctico, pero Maradona era impredecible y presentarlo como una figura del Bien que siempre estuvo del lado correcto es faltar a la verdad y no comprender ese carácter trágico que nos permitió identificarnos con él. Maradona fue Fidel pero también fue Menem; fue la villa y Doña Tota con las nenas pero también las excentricidades, la impunidad y los caprichos de nuevo rico, etc. La lista de contradicciones puede continuar hasta el infinito. Pero, y si fuera incoherente, ¿cuál sería el problema? Para puristas están los neomoralistas Woke.  

Los eventos de las polémicas cambian, pero las posturas alrededor de los mismos no. Bastó la foto de Messi para volver a escuchar la cantinela de “la figura pública debe comprometerse”, ese costado sacrificial que los dirigentes del kirchnerismo le exigían a todo el mundo, salvo a ellos mismos. Y algún sector residual de esa militancia salió como policía del compromiso, o policía de la moral, lo que es lo mismo, a decir lo que Messi tenía que hacer. Los más condescendientes lo subestimaron afirmando que Messi es un muchacho con limitaciones al que no se le puede pedir más que jugar al fútbol; otros también lo perdonaron pero por el contexto, esto es, una cita con el presidente de Estados Unidos a la que no sería buena idea negarse. Para otros, directamente, fue casi una complicidad… una demostración de su condición de presunto desclasado… (llegué a escuchar que estaba manchándose las manos con sangre en la voz de un editorialista que siempre pone voz seria, como si estuviese diciendo algo interesante).

Quizás alguna vez le pregunten y él indique si alguna de estas opciones representa la verdad, pero, ¿y si Messi, con sus limitaciones, claro, porque no es un analista político, estuviese de acuerdo con Trump como lo está buena parte de los estadounidenses? ¿Exigimos que los ídolos tomen partido o exigimos que los ídolos tomen partido por la ideología que nos gusta a nosotros? ¿Se pide compromiso o adhesión? Cuando Francella osa opinar algo de política lo destrozan; cuando Oscar Martínez o la dupla Cohn y Duprat estrenan una nueva película casi que son juzgados como traidores a la patria.  

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que no todos viven ni piensan como nosotros? La politización de todo detrás de ese mantra vacuo de “todo es político” es una mierda y muchos de los que lo repiten, además de hacerlo hipócritamente, ni siquiera saben bien qué quiere decir. Hay cosas politizables y otras no. Trazar esa distinción incluso podría jerarquizar aquello politizable para que no todo sea lo mismo, para que no toda discusión sea una disputa existencial.

Por cierto, ¿por qué exigimos tanto si todo nuestro aporte a las causas nobles es indignarnos mandando un mensaje por Facebook o discutiendo en un grupo de Whatsapp? ¿Qué hacemos nosotros por la Justicia Social en el mundo? Se dirá que desde su lugar Messi puede influir de un modo que casi nadie podría hacer. Por supuesto. Pero, ¿eso supone que él tiene la obligación de hacerlo y sobre todo la obligación de hacerlo como nosotros queramos? ¿A quién se le ocurre que para que Messi sea un ídolo popular tiene que estar en el Garraham y troskearse jugando un partido en FATE?

Por cierto, no quisiera que se interprete esto como otra de las líneas argumentativas que he leído por ahí: no hay que criticar al ídolo popular que es Messi porque eso nos aleja de la gente y vamos a tener Milei hasta el 2100.

Frente a ello diría: no somos tan importantes. Nuestros comentarios en redes apenas si llegan a un puñado de personas y se olvidarán mañana. No sos un estratega. Sos, y somos, unos boludos que jugamos a la estrategia como si nuestra palabra pesara. Pero no. Criticá tranquilo que hasta puede ayudarte a pensar y salir del maniqueísmo zonzo. En este caso en particular, no creo que haya razones para criticar a Messi, pero si considerás que sí las hay, adelante. No le estás haciendo el juego a la derecha y si la derecha gana no es por tus comentarios sino porque la progresía devino una secta que gobierna mal cuando le toca, que moraliza la vida y que no puede plantear un horizonte de expectativas. Así que si tenés algo inteligente para decir, no te lo ahorres.   

Y de paso, si sos progresista, hacete preguntas incómodas, de esas que no son fáciles de responder en vez de levantar tanto el dedo. Yo te ayudo: ¿es estar a favor de Maduro condenar su “Extracción”? No. Pero sería bueno también plantearse que por ser progre no tenés que bancar a Maduro y que incluso si sos chavista podrías decir “che, lo que está pasando en Venezuela está mal”, aun cuando los que están en frente quizás sean peores. Lo mismo podría decirse de lo que sucedió en Bolivia con Evo Morales e incluso aquí con Cristina: ¿podemos criticar a los líderes que por no saber delegar o por múltiples errores allanaron el camino a gobiernos de derecha? ¿Decirlo es hacerle el juego al “fascismo”? ¿Por oponernos a Trump vamos a defender el régimen de Irán? Puede ser, pero lo curioso es que todos los que defienden el gobierno de Irán no vivirían allá ni dos días. Y no me vengan con “defendemos al pueblo de Irán”. ¿Qué carajo sabemos nosotros lo que quiere el pueblo de Irán si la información está completamente sesgada y si ni siquiera somos capaces de comprender qué quiere el pueblo argentino? Lo mismo sucede con la hipocresía alrededor de Cuba. Todos tenemos el afiche del Che pero nadie viviría en la isla con los sueldos de la isla. Y no se trata de la chicana de “si sos comunista, andá a vivir a…”. Se trata de ser dignos y reconocernos en nuestras contradicciones y miserias. Esas que queremos ocultar cada vez que nos miramos en el espejo; esas que nos apuramos en señalar cada vez que se trata del otro.    

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Therians: el progresismo como farsa (publicado el 17.2.26 en www.disidentia.com)

 

En distintas partes de Sudamérica, en los últimos días, asistimos entre risueños e indignados a la moda de los Therians, personas que se identifican como animales. Como, evidentemente, el fenómeno atrae la atención de las audiencias, no hubo canal o portal que no cubriera la noticia, en la mayoría de los casos invitando a alguno de ellos para exponerlos entre la sorna y la incredulidad. Asimismo, como los fenómenos estúpidos suelen agotarse pronto, no faltaron ya noticias de Therians que presuntamente habrían mordido humanos, Therians atacados por perros o Therians que se han presentado a veterinarias por moquillo. Algunos llaman generosamente “tribu urbana” a lo que parece ser una travesura adolescente de esas que siempre hubo y de esas de las que todos hemos participado alguna vez, aunque quizás no sea ni eso y se evapore pronto como todo en un mundo cada vez más digital.

Con todo, el caso de los Therians me pareció interesante porque indirectamente pone sobre la mesa una discusión central en estos últimos años de batalla cultural: los límites de la autopercepción como criterio para determinar la identidad. Para decirlo más fácil, desde hace más de una década, la irrupción de la nueva ola feminista queer trajo consigo una vorágine de nuevas legislaciones alrededor de la identidad haciendo énfasis en la autopercepción como elemento incontrovertible. El argumento era que el Estado ejercía distintas formas de violencia cuando pretendía legislar desde una perspectiva presuntamente objetiva y determinar desde afuera lo que una persona es, independientemente de lo que esa persona considera ser. Denunciando que esa “objetividad” de las instituciones y sus representantes no era tal, lo único que quedó como criterio disponible fue la más estricta subjetividad. Dependiendo de los países la situación llegó a tales extremos que, con complicidad de los progenitores, se ha tomado como válido e incontrovertible lo que chicos o adolescentes dicen ser impidiendo cualquier tipo de intervención de especialistas. Claro que, si fueran Therians y se pusieran una máscara y una cola artificial para saltar por la calle no habría problema; el inconveniente es cuando esa decisión es tomada en un momento de la vida en la que la identidad se está construyendo y cuando las consecuencias de un mal diagnóstico o una “autopercepción equivocada” son irreversibles gracias a la conducta predatoria de clínicas con interés económico que promueven cirugías u hormonizaciones, y a, en muchos casos, padres sobreideologizados que proyectan en sus chicos sus ansias de ser “distintos”.   

Ningún Therian lo ha planteado en estos términos, pero lo que está de fondo es: ¿si un varón puede afirmar ser una mujer y viceversa, por qué un humano no podría afirmar ser un animal? O lo que es más curioso: ¿por qué los Therians nos parecen ridículos pero, si osamos poner en tela de juicio el criterio de la autopercepción en materia de género, corremos el riesgo de la cancelación permanente y de pasar a pertenecer automáticamente al bando de los fachos del mundo?

En este mismo espacio, unos cuantos años atrás, nos habíamos hecho eco del documental de Netflix, The Rachel Divide, en el que una activista por los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, visiblemente blanca, planteaba por qué se puede transicionar el género pero no la raza o la etnia. En su caso, se había descubierto que, para pertenecer a su grupo de activistas, Rachel Dolezal se había inventado un pasado con ancestros negros y una historia de persecución. La mentira salió a la luz y Rachel fue expulsada de su espacio. Sin embargo, aunque aceptó haber mentido, juró sentirse transracial e intentó probarlo con los años y años de compromiso con la causa. El paralelismo entre lo transgénero y lo transracial no fue el delirio de una noche afiebrada ni una excusa para salir del paso ante el escarnio público. Se trata de una consecuencia bastante obvia pues, al fin de cuentas, si el sexo/género es político y la biología no juega ningún rol, lo mismo podría decirse de la raza/etnia. De hecho, casi al mismo tiempo, en 2017, la investigadora Rebecca Tuvel del Rhodes College de Tennessee, enviaba a Hypatia, una de las revistas más importantes en temática feminista, un artículo titulado “In defense of transracialism”, generando un escándalo que llevó a un pedido de disculpas públicas de la revista, renuncias de algunos de sus editores, una sumatoria de firmas exigiendo el retiro del artículo, etc.  

Más allá de los enojos, lo cierto es que lo planteado por Tuvel con solidez argumental es una de las consecuencias naturales de una sobreideologizada y falsada idea adoptada por el progresismo conocida como la “tabula rasa”. Dicho sin matices, se trata de la presuposición de que los seres humanos venimos “vacíos” al mundo y que es la sociedad la que nos moldea. Así, lo único que restaría es promover una ingeniería social que reformatee a estos seres llamados humanos para los cuales la biología no juega ningún rol y ya. Si varias décadas atrás todavía debíamos escuchar a los deterministas biológicos afirmando que la biología lo explicaba todo para de allí derivar toda serie de prejuicios sociales contra determinadas poblaciones, hoy el péndulo se pasa al otro lado para alcanzar a una serie de deterministas sociales para los cuales la palabra biología es de derecha, cualquier etiqueta es violencia y la objetividad es fascista. De la evidencia de que la biología no puede explicarlo todo, pasamos a defender la absurda idea de que la biología no explica nada, de modo que podemos ser lo que queramos con el solo hecho de proponérnoslo.

En síntesis, lo que probablemente no sea más que un fenómeno pasajero con alguna posibilidad de extenderse gracias a la viralización y al consumo irónico, expone, sin desearlo, las enormes dificultades que el progresismo posee para defender algunas de las propuestas radicales y minoritarias que han fracturado sociedades enteras y provocado una reacción que por sí misma no puede explicar las buenas performances de candidatos de derecha a lo largo del mundo, pero que ha servido para que fuerzas que permanecían dispersas puedan unificarse detrás de una agenda común. Si abrazar ese wokismo capaz de sacrificar la realidad en pos de una idea, puede ser visto como una tragedia, la irrupción de los Therians quizás anuncie un nuevo tiempo: el del progresismo como farsa.

Los dilemas filosóficos detrás de Pluribus (publicado el 12.2.26 en www.cualia.es)

 

Una suerte de virus extraterrestre logra ingresar a la Tierra e infecta a todos los seres humanos, exceptuando 13 individuos que, por razones misteriosas o “errores del sistema”, han permanecido indemnes sin comprender lo que sucede ni las razones de su condición. Entre ellas se encuentra la protagonista de esta historia, Carol Sturka, una escritora de renombre que, en el proceso de infección masiva, observa morir a su pareja.

Hablamos de Pluribus, la nueva exitosa serie de Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad y Better Call Saul, quien regresa con nueve episodios de alrededor de una hora en un final que promete continuidad y que, naturalmente, no adelantaremos.

Más allá de algunos innecesarios guiños woke y algún que otro capítulo “de más”, Gilligan se las ingenia para introducir una serie de conflictos de tipo filosóficos que nos gustaría explorar.

La primera pista la tenemos en el particular nombre de la serie: Pluribus, palabra que proviene del latín y que forma parte del famoso lema histórico de los Estados Unidos, E pluribus unum, “de muchos, uno”, una declaración de principios para comprender la dinámica de un Estado Federal que debe construir una unidad a partir de una multiplicidad.

En la serie, esta tensión entre lo individual y lo colectivo es el núcleo de la misma pues los humanos infectados (es decir, los millones de sobrevivientes al evento original, excepto 13 personas) forman una conciencia común compartida. Esto significa que han perdido la individualidad, su yo, su libre albedrío y hablan siempre en plural. Además, al estar conectados poseen el conocimiento de cada una de las conciencias y, podría colegirse de ahí, la totalidad del conocimiento humano hasta la fecha. En distintas disciplinas se suele hablar del fenómeno de una mente colmena aunque también podríamos estar frente a lo que algunos llaman Singularidad, esto es, un salto cualitativo de la evolución humana, ligado a la aceleración producida por la IA, cuyo resultado final derivaría en la utópica idea de una suerte de gran computadora a la cual estaríamos conectados a través de nuestras conciencias. Sea uno u otro caso, o quizás los dos, lo cierto es que desde allí se construye la primera incomodidad de la serie.

Es que, a contramano de las clásicas invasiones extraterrestres, los infectados son felices, no conocen la maldad, dicen siempre la verdad, trabajan mancomunadamente con una eficacia encomiable, son absolutamente serviciales con las 13 personas “sanas”, no soportan la violencia y son estrictamente recelosas del cuidado del ambiente (no comen animales vivos y hasta esperan que las frutas caigan del árbol para consumirlas).

Se trata de una pérdida del yo que le debe más a Un mundo feliz de Huxley que a 1984 de Orwell. Es decir, más pastilla Soma que tortura en la habitación 101; más seducción vía poder suave que imposición a través de un poder fuerte, algo así como el estado de la geopolítica mundial antes de la irrupción del segundo mandato de Trump. Esta apuesta por la seducción se observa en el hecho de que los humanos infectados buscan convencer a los 13 “errores” de que se unan a la conciencia universal por los beneficios que eso supone y no por coacción, y esa tensión incluye incluso a la protagonista que, al menos en un principio, es de las pocas que reacciona agresivamente frente a lo que, entiende, es una invasión que atenta contra la libertad humana. De aquí la pregunta: ¿estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad en pos de la felicidad? Asimismo, ¿estamos dispuestos a sacrificar nuestra identidad para pertenecer a la mayoría, por el solo hecho de que no podemos soportar la soledad que implica ser “un otro”?

Sin embargo, algunas pequeñas perlitas al paso abren más interrogantes: por ejemplo, uno de los grandes problemas de los miembros de la mente colmena es el aburrimiento. Ya lo saben todo de todos. De aquí que le imploran a la escritora que avance con un libro nuevo. ¿No podrá ser éste, al menos, uno de los conflictos del futuro? Cuando la IA ya sea una suerte de extensión de nuestros cuerpos biológicos, lo sabremos todo, pero, ¿qué espacio quedará para el descubrimiento, ese gran motor del Hombre, y en qué ocuparemos nuestro tiempo? Incluso quienes avizoran un futuro inmediato en el que la IA elimine buena parte de los trabajos y proponen como solución, por izquierda, algún tipo de Renta Básica Universal o quienes, por derecha, imaginan alguna generosa contribución filantrópica de los dueños de las compañías que se beneficiaron con los avances tecnológicos, lo que pocos se atreven a enfocar es el problema del ocio y de qué va a hacer toda esa gente con tiempo libre y, eventualmente, ciertas necesidades básicas satisfechas. ¿Bastará con seguir creando mecanismos que atraigan la atención para escrolear infinitamente o estaremos frente a un nuevo e impredecible tipo humano que ya no estará estructurado alrededor del trabajo y la necesidad? ¿Algo bueno podrá salir de este escenario?

Pero detengámonos unas líneas más en la cuestión político-social. Hay bibliotecas enteras y autores clásicos que han tematizado la posibilidad de sociedades armónicas, sea estructuradas “naturalmente”, sea estructuradas por consensos racionales. Sin embargo, no son pocos los que denuncian estas perspectivas como conservadoras y meros artificios para justificar el statu quo. Frente a ello, otra ingente cantidad de libros y autores entiende que el conflicto está en el centro de la política y de las relaciones sociales. De aquí la pregunta: ¿es deseable una comunidad sin conflicto donde todos sonrían y la menor rabieta de algunos de los 13 pueda llevar al hospital a los sensibles seres unidos bajo la misma conciencia? La metáfora es útil para una actualidad en que hay generaciones enteras, algunas en edad de gobernar ya, que se caracterizan por su fragilidad y su condición de “cristal”.

Por último, ¿cómo funcionaría una sociedad en la que la gente es incapaz de mentir? Algo en esa línea había ensayado Ricky Gervais, en The invention of Lying, mostrando hasta qué punto una vida sin mentira sería no solo imposible sino mucho más infeliz y dañina. En Pluribus, la imposibilidad de mentir, más la ingenuidad de los cooptados, los deja a merced del espíritu despótico de, al menos, una parte de los 13 anómalos, algunos de los cuales aprovechan para acceder a todo tipo de beneficios, privilegios y excesos.

El éxito de la serie augura al menos una segunda temporada, si bien el propio director se encargó de aclarar que no será durante 2026 sino, en el mejor de los casos, hacia fines de 2027. Más allá del camino que adopte la trama, habrá que esperar para saber si los capítulos que vienen ofrecerán algunas respuestas a los dilemas aquí planteados.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

El libro negro de Sam Altman y el ChatGPT (publicado el 26.1.26 en www.theobjective.com)

 

Allá por el año 2013, Sam Altman, el CEO de OpenAI, la empresa responsable de ChatGPT, retomaba una afirmación atribuida a Qi Lu para indicar que los emprendedores con más éxito no se dedican a crear empresas sino religiones, pero que, en un momento dado, crear una empresa es la forma más fácil de crear una religión.

Si pensamos en las grandes compañías tecnológicas y la ambición totalizante de los egos de sus CEO, la frase no parece del todo desmedida, y así intenta acreditarlo Karen Hao, probablemente la periodista que más conoce OpenAI y que, tras una investigación de siete años, publica El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (Península).

A pesar de ofrecer un minucioso detrás de la escena de la empresa desde 2019, el texto pretende ser más que un trabajo corporativo para convertirse, según la propia autora, en una reflexión sobre el poder que toma como punto de partida el modo en que lo que parecía una ambición científica devino una cruzada ideológica en pos de rédito económico y satisfacción de ambiciones personales.

El libro de Hao se puede leer como un thriller y empieza describiendo el episodio del intento de destitución de Altman, allá por fines del año 2023, momento en el que el protagonista era una suerte de niño mimado de la prensa con una fama que nada tenía que envidiarle a la de Taylor Swift. Con los conspiradores debiendo dar marcha atrás, Altman regresa de manera triunfal para coronar un largo proceso desde aquel origen en el que OpenAI aparecía como un gesto altruista de un conjunto de chicos tan ricos como idealistas, hasta el formato actual en el que el valor de la empresa aumenta día a día y la competencia por el desarrollo de la IA es salvaje.

De hecho, cabe recordar que, en un principio, OpenAI había sido fundada por un grupo de expertos de distintas disciplinas, entre los que se encontraban Altman y Elon Musk, quienes donarían 1000 millones de dólares cada uno, patrocinados, a su vez, por multimillonarios como Peter Thiel. Originalmente, el proyecto suponía desarrollar la llamada Inteligencia artificial general sin ánimo de lucro sino como un legado en beneficio de la humanidad. Esto suponía el compromiso de hacer públicos los detalles de las investigaciones, fomentando la participación democrática en una tecnología de cuya gestión depende el futuro de la humanidad. Esta “apertura”, de aquí el nombre OpenAI, pronto quedaría en una mera declaración de principios pues, según Hao, aquellos ideales originales se fueron erosionando rápidamente. Es que, al episodio del intento de destitución de Altman, le antecedió la renuncia de Musk en 2018, lo cual, para la autora, significó la demostración fehaciente de que el proyecto altruista era solo una fachada.

La ida de Musk, el héroe de la infancia de Altman, supuso también el retiro de su dinero, y ese agujero económico fue la excusa perfecta para una reestructuración que implicaba la división de la empresa y el acuerdo con un nuevo gran inversor: Microsoft.

“A lo largo de los 4 años siguientes, OpenAI se convirtió en todo lo que había dicho que no sería (…) comercializando agresivamente productos como ChatGPT y tratando de conseguir valoraciones sin precedentes”.

La competitividad, la reserva, y el aislamiento eran las nuevas características de la empresa que reemplazarían a la transparencia, el sacrificio altruista y la colaboración.

Aunque el trabajo es más bien periodístico, especialmente en las últimas páginas, Hao deja ver su propia mirada acerca de una pregunta que ella considera central, esto es, cómo gestionar la IA.

Para dar cuenta de ese interrogante, la autora propone romper con el relato hegemónico de Silicon Valley para afirmar que la IA es una tecnología cuyo destino no está escrito y que, más allá de sus rasgos impredecibles y autónomos, depende demasiado de la ideología de sus creadores, los vaivenes de la moda y las formas de comercialización. Lejos de una postura, digamos “ludita”, Hao no reniega de la IA sino de sus características actuales, las cuales no son el resultado inexorable de un tipo de tecnología, sino el corolario de una infinita cantidad de decisiones políticas subjetivas de quienes la promueven. En otras palabras, las futuras generaciones no están determinadas a padecer una IA construida en base a consumos ingentes de datos y recursos naturales, violación de la privacidad y trabajo precario.

Esta concepción es la que lleva a la autora a incluir en el título del libro la palabra imperio:

“A lo largo de los años, solamente he encontrado una metáfora capaz de resumir la naturaleza de los máximos exponentes del juego de poder de la IA: los imperios. Durante la larga época del colonialismo europeo, los imperios se adueñaron y extrajeron recursos que no eran de su propiedad y explotaron a los pueblos sometidos para extraer, cultivar y refinar dichos recursos”.

Hoy en día, OpenAI, practica una ciencia “cerrada” y coopta los talentos especializados cautivándolos gracias a la influencia de su cosmovisión hegemónica, religiosa, para volver a la cita inicial de Altman; pero también centraliza el capital, algo más que atendible si tenemos en cuenta que Altman apoya la mirada de Thiel acerca del valor positivo de los monopolios contra la superstición de las bondades de la competencia; y, como si esto fuera poco, está avanzando a pasos acelerados hacia un lugar que probablemente ni los mismos ingenieros de la compañía tienen demasiado claro.

En este escenario, Hao propone ir por el camino exactamente contrario: hacer ciencia pública, liberar los datos que “secuestran” las grandes tecnológicas, redistribuir las inversiones que reciben y educar a los usuarios para reducir la influencia que el modelo Silicon Valley ha impuesto.

Mucho más cerca del idealismo, las buenas intenciones y abundantes lugares comunes, la propuesta de Hao es lo más opaco de un libro que si evitara la tentación de ofrecer un modelo alternativo, destacaría como el gran trabajo periodístico que demostró ser a lo largo de la casi totalidad de sus páginas.

 

 

¿Cerebros de izquierda y de derecha? La era de la neuropolítica (publicado el 8.1.26 en www.theobjective.com)

 

¿Hay cerebros de derecha y cerebros de izquierda? Las investigaciones al respecto abundaron durante décadas y, en general, expresaban el reduccionismo biologicista de la época. Con el avance científico, estas pretensiones se actualizaron detrás de la búsqueda de “el gen de” y, con las posibilidades tecnológicas asociadas a la neurociencia, parecemos estar frente a un nuevo impulso, aunque no exento de los prejuicios de antaño.

Es en este contexto que la joven psicóloga y neurocientífica multipremiada, Leor Zmigrod, nos ofrece El cerebro ideológico (Paidós), un libro que recoge el resultado de sus investigaciones y, a pesar de ser el primero de su cosecha personal, ya ha sido traducido a más de quince idiomas.

“Nos adentraremos en el cerebro ideológico con el microscopio de un científico, la preocupación de un filósofo, la confianza de un humanista y la empatía e imaginación de un ciudadano comprometido, con la esperanza de que en los contrastes que existen entre la apertura de pensamiento y el odio, la revisión y la tradición, las pruebas y los destinos impuestos, descubramos también cómo es el cerebro libre, auténtico y tolerante”.

Zmigrod es parte de esa generación que no puede explicar el primer triunfo de Trump y el Brexit, entre otros tantos resultados que sacudieron la hegemonía del discurso progresista. No casualmente ella confiesa que, por esos años, se interesó por lo que ella llama “el pensamiento ideológico”, y se propuso analizarlo con la combinación de los métodos de la terapia cognitiva y las posibilidades que brindan los escáneres para la neurociencia. Por cierto, su propuesta es ambiciosa a punto tal que pretende crear una nueva ciencia denominada neuropolítica.

Zmigrod, como buena neurocientífica, considera que lo mental es biológico, pero agrega, además, que lo biológico está moldeado por lo político. Al menos así lo indica en la primera parte de su libro, si bien luego matizará esa afirmación.

Ahora bien, ¿qué sería un cerebro ideológico? Según Zmigrod, se trata del tipo de cerebro que poseen los nacionalistas, los que creen en distintas religiones, los racistas, los conservadores, la extrema derecha, la extrema izquierda, etc.

Llegados a este punto, no se puede más que advertir, como mínimo, cierta carencia de lecturas filosóficas de varias décadas y una llamativa candidez. En otras palabras, la autora considera que puede haber cerebros y, por tanto, personas “no ideológicas”, las cuales, según su definición, se esfuerzan por alcanzar la humildad intelectual y están siempre dispuestas a actualizar sus creencias a la luz de las pruebas, además de ser escépticas en materia religiosa. Estas personas se parecen demasiado al estereotipo del occidental liberal, republicano, globalista, cientificista y anticlerical. Todo lo otro es “ideológico”; todo lo otro es “lo extremo”.

Y, claro está, al momento de las “pruebas”, lo esperable: según la autora, la rigidez ideológica tiene consecuencias sobre la percepción humana, la cognición, la fisiología e incluso los procesos neuronales. Así, por ejemplo, Zmigrod dice haber probado que las personas con mayor capacidad de adaptación son las que en materia ideológica son más abiertas y plurales, de lo cual se sigue que la rigidez cognitiva se traduce en rigidez ideológica, aquella que poseerían los cerebros de nacionalistas, extremistas, religiosos, etc.

En este punto, extrema izquierda y derecha son cognitivamente similares: les cuesta adaptarse, inventar, cambiar esquemas. ¿Cuáles serían los más flexibles? ¿Los del centro? Sí, pero…

“Los individuos más flexibles son los no partidistas cuyo apoyo se inclina hacia la izquierda al tiempo que se resisten a unir sus identidades con un partido político concreto”.

La definición parece describir las preferencias políticas de la autora, antes que el resultado de un estudio serio. 

No conforme con ello, Zmigrod agrega que los individuos violentos con otros grupos y propensos al sacrificio individual (los dispuestos a morir por una causa política, social o religiosa) también muestran mayor rigidez cognitiva. 

Aunque nunca se habla de resultados concluyentes sino de tendencias o correlaciones generales, Zmigrod dice haber probado la conexión entre la mayor rigidez y una menor concentración de dopamina en la corteza prefrontal, el centro de la toma de decisiones del cerebro, y de allí infiere una “prueba” de la conexión entre biología e ideología. Pero hay más: los políticamente más conservadores tienden a parpadear con más fuerza ante ruidos amenazadores, de lo cual se seguiría que nuestros cuerpos también estarían influidos por la ideología, tal como se puede ver también en la excitación fisiológica que se produjo cuando personas de extrema izquierda y extrema derecha fueron expuestos a videos de contenido político.

Por último, párrafo aparte merece la amígdala de los conservadores. Efectivamente, la autora menciona el estudio que habría descubierto que la amígdala derecha de las personas conservadoras solía ser más grande que la de los liberales; o ese otro estudio que probaría que el tamaño de la amígdala funcionaría como predictor del nivel de justificación del statu quo.

¿Alcanzaría con medir el tamaño de la amígdala, entonces, para saber a quién vota el señor x? En un principio, Zmigrod parece dar a entender que la ideología modifica el cerebro y la respuesta fisiológica pero ahora pareciera estar indicando lo contrario, esto es, que es la biología la que explica por qué una persona abraza una determinada ideología.

Llegados a este punto, y para evitar la acusación de un reduccionismo biologicista, Zmigrod va a matizar su postura para indicar lo que todos más o menos sabemos: la biología genera predisposiciones, condiciones necesarias, pero no suficientes. Es el ambiente, la cultura, el entorno en el que trascurre la vida del individuo, lo que hace el resto. Una persona con rigidez cognitiva, criada en un entorno progresista y flexible podría modificar las características traídas “de fábrica” y viceversa. La interacción entre los campos es constante.

Hacia el final, el libro abandona la perspectiva más descriptiva para abrazar una suerte de activismo y poner a la neuropolítica al servicio del diseño de sociedades donde las soluciones, que Zmigrod llama “ideológicas”, no sean las únicas opciones posibles. Así, esta nueva ciencia tendría dos mandatos: impulsar una filosofía opuesta a todo dogma y crear un cerebro “antiideológico”.

Zmigrod no abunda en los modos en que podría alcanzarse ello. Suponemos que, o bien a través de la manipulación genética, o bien a través de algún tipo de ingeniería social que modifique el ambiente para luego incidir en la biología. En todo caso, son hipótesis sobre una propuesta que podrá ser un éxito editorial en materia de divulgación pero que es poco original, es bastante imprecisa en el uso de algunos conceptos, y cae una y otra vez en una serie de presupuestos sobre los cuales la reflexión filosófica alrededor de la ciencia ya se ha pronunciado demasiadas veces.