lunes, 27 de abril de 2026

¿Y si Peter Thiel y Palantir tuvieran (algo de) razón? (publicado el 25.4.26 en www.disidentia.com]

 

Pánico moral. Palantir ha publicado una suerte de Manifiesto de 22 puntos, un diagnóstico que es, a la vez, una propuesta de reorganización del mundo. Para ser justos, estos nuevos mandamientos no son más que un resumen del libro escrito por Alex Karp, junto a Nicholas Zamiska, titulado, La República Tecnológica, el cual ya había sido publicado en inglés a principios de 2025. ¿Por qué tan escándalo ahora? Desconozco. Una hipótesis es que la gente ya no lee libros, de modo que hizo falta un resumen viralizable. Triste, pero probablemente real.

Debo confesar que dentro del universo de mi burbuja algorítmica los comentarios críticos fueron tales que leí y releí los 22 puntos y lo comparé con el libro bajo la suposición de que debía estar pasando por alto algo importante. Los más benevolentes hablaban directamente de la exposición de un plan Tecnofascista para dominar el mundo, con tanta mala suerte que este plan coincidía con la visita a Argentina de Peter Thiel, cofundador de Palantir junto a Karp, para, entre otras cosas, reunirse con el presidente Milei.

Los que en las últimas semanas fueron expertos en estrechos de Ormuz y geopolítica ahora advertían sobre un plan de control y aniquilación que Palantir habría iniciado tiempo atrás en su trabajo en conjunto con el Estado americano incluyendo genocidios varios y que, en Argentina, vendría a complementar la supuesta necesidad de represión requerida por el gobierno, que ganó las elecciones hace seis meses, para llevar adelante un plan de mayor ajuste.

Es cierto que Palantir, probablemente la empresa de ciberseguridad más importante del mundo, ha estado implicada, desde hace años, en acciones tanto afuera como dentro de Estados Unidos cuyos resultados han sido, para ser muy generosos, controversiales persecuciones y asesinatos tanto selectivos como masivos; también es cierto que Peter Thiel no ha perdido ocasión de mostrar todo su libertarianismo y, en su momento, haber apoyado a Trump, además de haberse hecho reconocido por sus controvertidas tesis acerca de la bondad de los monopolios y la incompatibilidad entre capitalismo y democracia. Pero al posarnos sobre los 22 puntos y refrendarlos con el libro, nada de esto resulta tan claro. Es más, hasta podría decirse que, aunque provocador y descarnado, el libro expone una serie de verdades incómodas que más que indignación deberían llevar, al menos en un principio, a una reflexión.

No hay espacio aquí para trabajar cada uno de los puntos así que me centraré en los que considero más relevantes. El primero, por ejemplo, habla de una deuda moral de Silicon Valley para con los intereses nacionales y la defensa de EEUU. Para Karp, quien al igual que Thiel, tiene formación filosófica, las consecuencias del mayo del 68 han generado una casta de ingenieros individualistas y liberales, reacios a vincularse con el Estado, cuya mirada de los avances tecnológicos se restringió a cómo crear algoritmos capaces de atraer atención y vender publicidad. Esta camada de innovadores que solo innovaban para ellos mismos, son lo opuesto a aquel famoso proyecto Manhattan que derivó en la creación de la bomba atómica y que mostraba cómo la ciencia y la defensa de los intereses nacionales debían ir de la mano. 

Lejos de estar llamando a un retiro hacia el ámbito privado y a una mirada libertaria, la cual, en todo caso, aparece solamente cuando se crítica a la “casta” de funcionarios que quebrarían cualquier empresa entre su ineficacia y los sueldos millonarios que reciben, el manifiesto convoca a participar, a hacerse cargo, a abandonar la comodidad idiota (entendida en sentido clásico) de la ciudadanía en su conjunto y de los ingenieros de Silicon Valley en particular. A ello refiere cuando sugiere el regreso del servicio militar obligatorio (para que no recaiga el peso y el dolor de una guerra solo en los voluntarios sino en el conjunto de los ciudadanos) y cuando le recuerda a Silicon Valley que si ellos han podido ser tan exitosos emprendedores ha sido porque han vivido en un clima de libertad garantizado por un Occidente victorioso, sí, ese que probablemente ellos mismos, abrazando ideales del progresismo de izquierda, critican a rabiar. En este sentido, Karp les espeta que ellos pueden ser pacifistas porque antes alguien no lo fue y porque ese alguien ganó la guerra y lanzó la bomba atómica. La afirmación es controversial y provocadora, pero eso no significa que sea enteramente falsa.

A propósito del poder atómico y su capacidad disuasiva, Karp indica que se trata de una era que está llegando a su fin. El futuro ya no está en el Hardware, “los fierros” (tanques, soldados, misiles, aviones, barcos, etc.), sino en el Software, los sistemas capaces de procesar información y guiar esos “fierros”. De aquí que sea imperioso, si se quiere mantener la posición hegemónica de Estados Unidos, ganar esta “otra guerra” y posicionarse a la vanguardia de la aplicación de IA para los sistemas de defensa, del mismo modo que se estuvo a la vanguardia en la creación de la bomba atómica. Seguramente esto sea verdad, si bien no se puede dejar de soslayo que, curiosamente, ese Software es el que Palantir vende y el que le ha deparado contratos millonarios con distintos espacios de la administración estadounidense en una unidad entre gobierno y corporación pocas veces vista.

Por cierto, uno de los puntos más controvertidos apunta a la necesidad de fortalecer las fuerzas militares de Alemania y Japón. El Manifiesto refiere al error de la “Castración” de estos dos países tras la segunda guerra mundial, lo cual, entre otras cosas, habría traído como consecuencia que los dos grandes rivales de EE.UU. hoy, según Karp, Rusia y China, no tengan oponente para sus sueños imperialistas.  

Si pasamos de la política exterior a la seguridad interior, el Manifiesto tiene algo para decir, pero, naturalmente, la sombra de los asesinatos llevados adelante por ICE con la ayuda del Software de Palantir, supone, como mínimo, incluir allí un asterisco y, sobre todo, unas cuantas explicaciones. Sin embargo, de la idea de mejorar el control de la seguridad interior no se sigue el tecnofascismo. Por supuesto que, sabemos, la tensión entre seguridad y libertad está siempre presente, pero parece bastante hipócrita denunciar tecnofascismo mientras miramos por la cámara de seguridad que instalamos en casa y formamos parte de la guardia de vecinos que vigilan la cuadra. Nadie está justificando la barbarie policial o la violencia institucional, pero hasta el más progre hipergarantista en público, en privado quiere que le protejan la propiedad privadita.

Por último, menudo escándalo porque Karp osa decir, palabras más, palabras menos, que hay culturas que han hecho avances vitales y maravillosos, mientras que otras han sido regresivas y mediocres. Todos sabemos que eso no se puede decir públicamente porque el relativismo lo aprendemos en primer año de la universidad y, con buen tino, claro, nos interrogaría acerca de cuáles son los criterios para determinar una valoración superior de unas civilizaciones sobre otras. Pero, aquí, una vez más, en privado las cosas son distintas.   Así que saquémonos las caretas: habrá mucha gente molesta de manera convencida, pero hay muchos otros que están de acuerdo con Karp y no lo pueden decir. Por ello, seamos buenos con nosotros mismos; seamos incorrectos y corriendo el eje de la valoración y la comparación, para que ningún relativista zonzo la tenga tan fácil, digamos que parece posible acordar que hay aspectos de nuestra cultura que no están presentes en otras y que consideramos valiosos. ¿No es cierto? Y lo más interesante: no los consideramos valiosos simplemente porque son nuestros valores sino porque nos resultan buenos y valiosos en sí. Si no lo queremos llamar “superiores” no digamos nada. Digamos simplemente que son valores con los cuales estamos comprometidos y que cuando observamos que no están presentes en otras culturas, nos sirven como criterio para ejercer una crítica: la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, la libertad de culto, los derechos humanos, la democracia, los balances republicanos, etc., son todos elementos occidentales de los cuales podemos estar orgullosos y que seguramente servirán como faro para criticar a todas aquellas culturas donde por tu género, tu raza, tu objeto de deseo, tu cultura, tu lengua, tu religión, etc., podés ser tratado como un ciudadano de segunda; donde podés ir preso si criticás al poder; donde no se respetan los derechos que, pertenecerían a todos los humanos en tanto tales; donde no se vota y hay dictadores en lugar de instituciones republicanas. ¿No podemos defender estos valores? ¿Defenderlos nos hace etnocentristas y tecnofascistas? Yo diría que no defenderlos nos transformaría en imbéciles.   

Dicho esto, permítaseme algunos comentarios críticos. En primer lugar, como se indicó anteriormente, aun cuando el libro está bien escrito y bien fundamentado, es imposible no pensarlo como un elaborado producto de marketing, una pieza sofisticada de batalla cultural que también es, al mismo tiempo, un folleto de venta: el mundo que viene necesita el producto que solo yo puedo vender.   

En segundo lugar: aunque no es falso que las armas nucleares funcionaron de manera disuasiva y que el temor y la desconfianza mutua lograron un inestable equilibrio, pero equilibrio al fin, resulta reduccionista explicar los “80 años de paz” por ese solo factor. Es que tras el 45, pasaron algunas cosas más que el equilibrio atómico entre potencias: aunque hoy estuviera desacreditado, la conciencia mundial tras la atrocidad, la creación de un sistema de reglas internacional, probablemente hipócrita e injusto, pero sistema de reglas al fin, y todo un orden institucional novedoso fue parte esencial del proceso. Obviar ese aspecto, es funcional a la interpretación estrictamente belicista del equilibrio.

En tercer lugar, es cierto que no podemos pasar por alto que lo que dice Karp lo dice un americano pensando en aplicarlo a EE.UU., lo cual tiene una connotación completamente diferente porque se trata de un nacionalismo que, al menos en alguna de sus vertientes, es claramente imperialista, ¿pero está mal decir que la tecnología, la ciencia y la investigación debieran estar comprometidos con los intereses nacionales o, al menos, ser parte de un proyecto de país? Aquí estamos muy acostumbrados a investigadores universitarios que son muy de izquierda, pero luego levantan la bandera del individualismo más recalcitrante cuando le exigen al Estado que subsidie investigaciones que resultan irrelevantes para el conjunto de la sociedad. Nadie afirma que el sistema ideal sea aquel en el que el Estado decida qué se debe investigar y qué no, pero tiene sentido, especialmente para una mirada, llamemos, justicialista de la sociedad, que exista un mínimo vínculo entre aquello que se investiga y los intereses de la comunidad. No se puede ser peronista para pedir subsidios y liberal para elegir los contenidos de la investigación.

Por último, aun en esa jerga belicista que para un argentino resulta ajena, y por supuesto, exponiendo un realismo crudo y descarnado, Karp no está equivocado cuando afirma que Estados Unidos no es el único lanzado en la carrera de las “nuevas armas”, de modo que, si no la hacen ellos, la harán los otros. Se trata del mismo dilema que atravesó la previa a la creación de la bomba atómica y que tan bien explica la obra de teatro Copenhague girando alrededor de los dilemas éticos que se le plantean a Bohr y Heisenberg de uno y del otro lado de la trinchera. Ya sabemos cómo termina esa lógica, sabemos también que es una mierda y que si hubiera cooperación en lugar de desconfianza se podrían poner límites, pero plantearlo, especialmente si se lo analiza desde la perspectiva de una potencia y no desde un país periférico, tiene algún sentido.

El tiempo dirá si este Manifiesto modelará el mundo que viene. Lo que no puede hacerse es acudir a la construcción de villanos favoritos y encontrar fascismo en todo aquello que no nos gusta. De hecho, La República Tecnológica de Karp tiene, además de prejuicios, intereses y afirmaciones controversiales, aseveraciones sensatas que incluso podrían ser abrazadas por quienes defienden ideas nacionalistas, justicialistas e iliberales, de ellas que priorizan lo colectivo por sobre lo individual.

El mundo va muy rápido. En lugar de indignarse velozmente, lo que hay que acelerar son las reflexiones que nos permitan pensar modelos de país. Llegados a este punto, quizás estemos en condiciones de ofrecer alguna alternativa.       

Todos somos fascistas (para la generación que viene) [editorial del 18.4.26 en No estoy solo]

 

Seguramente habrá sido un proceso largo y paulatino pero un día nos dimos cuenta que ya a nadie le interesaba entender el mundo. Y no es que se siguieran a Marx para tratar de transformarlo; más bien, de lo que se trataba era simplemente de confirmarlo, suponiendo por tal, reafirmar la manera en que cada uno de nosotros interpreta ese mundo. Sobra la bibliografía con estudios acerca de los sesgos y el modo en que los prejuicios operan en nuestra interacción con la realidad y podría decirse que se trata de una verdad harto evidente. Sin embargo, actuamos como si no fuera así, como si a través nuestro se expresara la verdad, la neutralidad, la objetividad.

El escenario es más dramático cuando el algoritmo ya es lo suficiente preciso para darnos a cada uno el mundo que deseamos: todos ya leemos nuestro diario de Yrigoyen y nuestras conversaciones son ficciones, una apariencia de intercambio que es más persuasiva en la medida en que los monólogos no se superpongan, fenómeno cada vez menos frecuente, por cierto.

Milei se cae porque el pueblo ya no lo soporta; perdió Orbán y es el fin de la derecha; los iraníes están ganando la guerra; los kukas no vuelven más; la inflación es un fenómeno estrictamente monetario; vivimos una infectadura… No hay diferencia entre análisis y deseos. La verdad “se milita”; “donde hay un sueño, nace un derecho”; “hechos en lugar de interpretaciones”, dice el intérprete oficial que arriba por sus propios medios a las mismas conclusiones a las que siempre arriba el Gobierno que lo pauta. 

No importa si Milei tiene los mismos números de aprobación que cuando ganó la última elección; si el sucesor de Orbán pertenecía a su partido hasta hace un par de años y solo se diferencia de él en su discurso anticorrupción; si es evidente que aunque los planes de Trump no se hayan realizado en su totalidad, faltamos a la verdad si decimos que está “perdiendo la guerra” cuando su poder de destrucción ha quedado de manifiesto; si los kukas que no volvían más volvieron en 2019 y te ganaron en primera vuelta; si el gobierno reconoce que la inflación crece por otras razones, o si la palabra “infectadura”, lejos de describir las restricciones a la circulación durante la pandemia, solo sirve como un preciso identificador de imbéciles.

Nada de esto importa, pero sí arroja una curiosidad: estamos muy seguros de nuestras posiciones, pero todo el tiempo tenemos que estar consumiendo las noticias que confirmen que estábamos en lo cierto. La predisposición a ser convencidos por una mirada alternativa es cosa del pasado; todo argumento opuesto al nuestro es una agresión. Y, claro está, nos da ansiedad.

Lo paradójico es que somos los herederos de los filósofos de la sospecha, aceptamos toda teoría, cuanto más conspirativa mejor, porque nos hace, supuestamente, más sagaces y dudamos de todo menos de una sola cosa: nosotros mismos. Todo debe ser puesto en tela de juicio; hasta lo más claro esconde algo por detrás que hay que develar; pero nosotros no; nosotros somos transparentes, cristalinos, espejos de lo real. Todo el mundo puede ser manipulado menos nosotros, especialmente cuando se trata de la identidad. Allí nadie se equivoca: el Hombre del siglo XXI vive en la Matrix para todo menos al momento de saber quién es, que es lo único que importa o que, sin duda, importa más que lo que hace. Podríamos decirlo así, incluso: lo que hace ya está determinado por lo que es. Por ello para saber si es bueno o es malo no importan las acciones, sino si es hombre o mujer, blanco o negro, heterosexual u homosexual, de izquierda o de derecha, etc.

Además, somos muy especiales a punto tal que consideramos vivir en tiempos igualmente especiales, para bien o para mal. Por ejemplo, creemos que todo empezó con Internet y las redes sociales: antes no había odio, ni polarización, ni violencia; antes la gente no era boluda, votaba bien y nunca decía estupideces. Incluso antes de la posverdad, no existía la mentira y previo a la aparición de la IA, los desempeños escolares eran ejemplares.

Sin embargo, y a pesar de que, por pertenecer a las generaciones actuales, disponemos de la mayor cantidad de información, con archivos que no encontraríamos ni en la Biblioteca de Babel, somos la generación con menor perspectiva histórica. No importa si somos de izquierda, centro o derecha, este presente absoluto sin historia explica la creencia de que los males del mundo empezaron con Internet, como así también que aquello que se considera “pasado” debe ser evaluado con la moral del presente. ¿Resulta contradictorio decir que se vive en un presente absoluto y al mismo tiempo mencionar al pasado? No, justamente porque el pasado solo está allí como una extensión del presente y esa es la razón por la cual se cree que puede ser evaluado por nuestra cosmovisión actual. El pasado es algo que pasó antes pero que es presente. Será gracioso cuando las generaciones por venir piensen lo mismo y nos evalúen a nosotros con la moral de ellos. Allí podremos comprobar esto de que todos somos fascistas para la generación que viene.

Como ya no hay pasado, un evento repetido puede ser visto como novedoso. De aquí que, además, estemos diariamente decretando vivir en un tiempo original donde a cada momento pasan cosas increíbles. Lo lamentamos por nuestros abuelos, pero a cada instante somos testigos de hechos que consideramos históricos. Es tanta la excepcionalidad que hemos perdido la noción de normalidad: los cisnes son todos negros o de colores, pero si aparece uno blanco habrá que sospechar. Borges decía que era absurda la existencia de los diarios porque eso suponía que había hechos dignos de ser mencionados cada 24 horas, demanda excesiva para una realidad que tiene que ocuparse de muchas cosas. Por ello indicaba que los periódicos debían ser “imperiódicos” y aparecer cuando haya algo importante para comunicar: una guerra, un descubrimiento, la publicación de un gran libro. Para nosotros, en cambio, los diarios ya nacen viejos y nuestros “periódicos” son plataformas que se actualizan constantemente. En general no dicen nada ni aportan novedad alguna. Pero compiten por llegar primero, aunque más no sea, llegar primero a noticias que no son tales, a eventos que, de tan triviales, les haríamos un favor si los omitiéramos.   

A propósito, esta semana se publicó una encuesta de Giaccobe y Asociados donde se consultaba cuál era el gobierno más corrupto desde el regreso de la democracia: ganó el de Cristina con el 44,4%, seguido por el de Milei con 31,3%. Allá a los lejos quedó el impoluto gobierno de Menem con 8,4%. Giaccobe tuvo que salir a explicar que, en realidad, la gente no vota la consigna, solo elige su principal enemigo del presente: los antiperonistas eligen a CFK como la más corrupta y los kirchneristas hacen lo propio con Milei. Una prueba más de que el pasado no existe sino como extensión del presente y un aporte decisivo a preguntarnos para qué carajo se hace una encuesta tan zonza. Con todo, digamos, hay cierta coherencia: Giaccobe y Asociados es la misma consultora que desde 1995 hace, para Perfil, la encuesta de los 100 personajes más influyentes del año que, en el 2025, como siempre, arrojó resultados elocuentes, a saber: Jonatan Viale es más influyente que Teresa de Calcuta y Xi Jinping; Jesús es menos influyente que Corina Machado y Adorni le saca 37 puestos de diferencia a quien debe ser un influencer o un participante de Gran Hermano cuyo nombre es Jorge Luis Borges.   

 

domingo, 12 de abril de 2026

Teología trumpista (el nuevo orden mundial según Peter Thiel) [11.4.26 publicado en www.disidentia.com]

 

Apenas algunas semanas atrás, Peter Thiel visitó el Vaticano para brindar un curso privado cuyo contenido, si bien apenas trascendió, continuaría la línea de un enfoque teológico-político que viene esbozando en entrevistas e intervenciones públicas. Aunque la controversia no se hizo esperar y este multimillonario libertario con formación filosófica, creador de Palantir, recibe críticas por izquierda, derecha, arriba y abajo, creo interesante retomar algunas de las categorías que él expone para reflexionar acerca del nuevo orden mundial que se plantea a partir de la segunda administración de Trump y la guerra entre Estados Unidos/Israel e Irán cuyo desenlace, al momento de escribir estas líneas, permanece abierto.

Hay tres elementos caros a nuestra tradición religiosa que Thiel utiliza para describir el actual escenario civilizacional. El Armagedón, el Anticristo y la idea de Katechón.

A propósito del primero, Thiel no se sube a la ola aceleracionista que entiende que hay que liberar las fuerzas de la tecnología para que solucionen todos los problemas, incluso aquellos que la propia tecnología ha creado. Más bien, entiende que allí hay una situación muy delicada y que, con la IA en el centro de los debates, pero también con la posibilidad de un conflicto nuclear, crisis climáticas y la creación de armas biológicas, no hacemos más que confirmar el escepticismo tecnológico como signo civilizacional, al menos en Occidente, desde, pongamos más o menos arbitrariamente, el lanzamiento de la bomba atómica allá por 1945.

En otras palabras, tras la ilustración y el optimismo positivista, el siglo XX mostró que la razón, la ciencia y la tecnología también podían generar monstruos y, eventualmente, la posibilidad cierta de la autodestrucción de la humanidad. En la actualidad, esos mismos temores se esparcen a través de las redes y, salvo sus principales impulsores, parecieran ser mayoritarias las voces que, apresuradamente o no, ven una catástrofe inminente y hasta el surgimiento de un mundo posthumano en el peor de los sentidos posibles. Para Thiel, entonces, la llegada del Armagedón es uno de los desenlaces posibles. En todo caso, que éste pueda anunciarse por una red social y que pueda adoptar formas tales como “esta noche una civilización entera morirá” mientras el resto de los mortales observamos como espectadores incrédulos y continuamos con nuestras anodinas vidas intercalando videos de 15 segundos de gatos, goles y fines del mundo, es un detalle. Lamento la falta de épica, pero es muy probable que el final de nuestra existencia no nos sorprenda luchando heroicamente sino perdiendo el tiempo.    

¿Qué hacer frente a este escenario? Para Thiel el remedio puede ser peor que la enfermedad a tal punto que por evitar el Armagedón es probable que le demos lugar al Anticristo. Por tal, entiende, ni más ni menos que la posibilidad de un Estado mundial que, sin oposición posible y sin un “afuera”, se caracterice por una vigilancia extrema, la regulación total de la tecnología en manos de los burócratas y la eliminación de la libertad en nombre de la seguridad. Obviamente allí las referencias son Maquiavelo, Hobbes y Schmitt, entre otros, contra la tradición universalista kantiana que bien encarnaba el recientemente fallecido Jürgen Habermas.

Para Thiel, entonces, el Anticristo del Estado total, vigilante e hiperregulatorio llegará de la mano del miedo al Armagedón y dirá que viene a salvarnos en nombre del Bien. Sí, para Thiel, el Anticristo es progresista y Woke.      

Por último, un concepto enigmático, utilizado por el ya mencionado Schmitt, y que aparece en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, atribuida a San Pablo, es el Katechón, el cual podemos interpretar como aquello que retiene al mal, lo que lo demora. Este punto es interesante porque el katechón no elimina el final, pero lo pospone y a lo largo de la historia son muchos los que han sido candidatos a katechón (como muchos otros los que han sido Anticristos, a decir de Thiel, por ejemplo, Alejandro Magno y Napoléon por su pretensión totalizante). 

Para Thiel, “no hay nada más aceleracionista que el katechón” lo cual debe interpretarse como una llamada a la acción: hay que actuar para evitar el falso dilema Armagedón/Anticristo. De modo que no se trata de una perspectiva conservadora de un regreso a cierto estadio anterior en la historia de la humanidad, ni tampoco es que Thiel sea un ludita. De hecho, aquello que retiene el mal puede ser una salida hacia adelante que incluya a la tecnología, aunque, claro, no de un modo desenfrenado y peligroso como para derivar en el fin de la humanidad.

Al igual que los Anticristos, el katechón varía en el tiempo y Thiel resalta allí el rol jugado por el imperio romano, la Iglesia y los Estados modernos, por ejemplo. Y este elemento nos traslada a la discusión actual que el propio Thiel deja abierta y que se actualiza dramáticamente en este momento de guerra entre Estados Unidos/Israel e Irán.

Es que, de lo indicado por nuestro autor, se puede inferir que Estados Unidos puede ser tanto el katechón como el vector hacia el Anticristo. En otras palabras, si prevaleciese la lógica globalista, tal como sucediera bajo los gobiernos demócratas, Estados Unidos se transformaría en el principal impulsor de un Estado global; pero al mismo tiempo, en un guiño a la administración Trump, y más allá de que en la actualidad Thiel parezca algo distanciado comparado con lo que fuera un apoyo abierto algunos años atrás, Estados Unidos con una lógica MAGA también podría ser lo que venga a quebrar lo que parecía una tendencia irreversible hacia la homogeneidad y un gobierno supranacional.

Hay algo de especulación de mi parte porque se trata aquí de una reconstrucción de intervenciones públicas de quien también fuera el creador de Paypal, pero aunque a priori parezca una salida soberanista de reivindicación de un orden internacional “realista” en el que no existan instancias superiores a los Estados particulares, lo cierto es que Thiel no deja de ser un libertario que también entiende que la dinámica de los Estados librados a su naturaleza podría desencadenar una disputa que derive en el Armagedón. Con todo, y siempre desde una lógica de lo provisorio y lo contingente, un Estados Unidos MAGA que irradie defensa de los Estados nacionales contra la globalización, pareciera ser el mal menor frente al peligro de un Estado único.

Expuestas sucintamente las principales categorías, podemos ahora pensar los movimientos de Trump y Estados Unidos en estas coordenadas. Por lo pronto, el ataque a Irán desdibuja el relato que Trump había forjado, en la línea del republicanismo aislacionista, de “el hombre que venía a terminar con las guerras” y que hasta se molestaba por no recibir el Nobel de la paz. Parece una eternidad pero esto ocurrió apenas unos meses atrás.

Asimismo, ¿podemos pensar de manera sensata que Trump pretende reubicar a Estados Unidos en el centro del mundo como sucedió durante buena parte del siglo XX? Más bien, Trump parece ir hacia adelante para no seguir perdiendo terreno frente a un mundo que avanza necesariamente hacia una lógica multilateral. Al mismo tiempo, una crítica que los universalistas bien podrían hacerle a Thiel podría resumirse así: el Armagedón está llegando por la desregulación sobre las grandes tecnológicas en connivencia con el propio Estado y por haber roto el sistema de reglas internacional. No será la IA o, en todo caso, será una IA militar al servicio de los intereses desbocados de uno o de varios Estados lo que puede derivar en el fin de civilizaciones y en el fin de la propia humanidad.

Y, sin embargo, Thiel parece estar en lo cierto cuando da a entender que la dinámica globalista (que el trumpismo ataca de diversas maneras) puede ser interpretada como un falso salvador. Es más, la alocada hiperactividad de Trump actuando un día en Venezuela, mañana en Cuba, ayer en Irán, amenazando a Canadá, a Groenlandia, etc., también podría leerse como ese elemento activo del katechón que, para poder contener, avanza en un nuevo orden mundial dominado por un conjunto de civilizaciones que mantendrán entre sí un cierto equilibrio inestable mientras, eventualmente, se reparten áreas de influencia.

Con los distintos escenarios sobre la mesa y múltiples interpretaciones a partir de los conceptos controvertidos que propone Thiel para leer el mundo contemporáneo, habrá que decir que, más allá de algunas lecturas personales e hipótesis, en consonancia con los tiempos que corren, no creo poder aportar más que muchas dudas. Quizás la principal característica de la teología trumpista sea, al fin de cuentas, su imprevisibilidad. Más que certezas, entonces, se trataría de una teología de la incertidumbre.    

miércoles, 8 de abril de 2026

Una utopía contra la economía de la atención (publicado el 6.4.26 en www.theobjective.com)

 

Ni metales preciosos, ni carbón ni petróleo. Ni siquiera la información. La última metamorfosis del capitalismo tiene como principal objeto de intercambio un factor determinante para definir lo que somos: nuestra atención. Frente a los estímulos constantes de nuestro Smartphone nos queda sucumbir o, en el mejor de los casos, resistir atados al mástil como Ulises. De aquí que en su flamante El canto de las sirenas. Cómo la atención se ha convertido en nuestro bien más amenazado (Taurus), el filósofo, analista político y reconocido presentador estadounidense, Chris Hayes, utilice la mítica historia de la Odisea para ofrecer un diagnóstico y también un atisbo de salida.

Para comenzar, el autor hace una necesaria distinción entre información y atención ya que muchas veces ambos aspectos suelen confundirse. Sin embargo, la diferencia es clara: vivimos en una era de la información y, justamente, por ello, el bien más preciado no es la información en sí sino la atención. De hecho, la atención es lo más importante porque es aquello que nos permite sobrevivir frente a la sobreestimulación de información. Este elemento es central porque también deja ver una diferencia esencial para la dinámica del mercado: la información es, digamos, infinita, replicable. Estamos inundados de ésta. La atención, en cambio, es un bien escaso. De ahí su valor. Esto significa que hemos devenido seres multitasking, que las grandes tecnológicas han llevado al extremo su capacidad de estimularnos para que pasemos todo nuestro día conectados y, sin embargo, aun así, hay un límite porque no podemos prestar la misma atención a muchas cosas a la vez y porque en algún momento el sueño nos vence. Algún trasnochado de Silicon Valley imaginará un Hombre del futuro capaz de sobreponerse a estas limitaciones, pero, al menos hoy, esto es imposible.

Ahora bien, ¿es esta “economía de la atención” algo novedoso? Al fin de cuentas, podría decirse que, desde tiempos inmemoriales, los hombres buscamos la atención. Hayes lo reconoce. Incluso menciona con buen tino el ejemplo de la política donde, finalmente, los líderes, con sus características propias y a su manera, han buscado siempre la atención del electorado. Sin embargo, estamos arribando al final de un largo proceso en el que el diferencial es que esa atención se ha mercantilizado, es decir, se ha estandarizado y se ha convertido en un bien intercambiable con un valor de mercado. Para el autor, el proceso es análogo al que describe Marx con la mercantilización del trabajo asalariado y con la alienación que produjo en el trabajador transformarse en un simple engranaje de una maquinaria en la que el producto final le pertenece al dueño de la fábrica. Esa sensación de extrañamiento es la misma que nos aparece cuando notamos que las últimas horas las hemos pasado viendo videos de gatitos y goles en Tik Tok.

Otra distinción fundamental que ofrece Hayes gira en torno a lo que serían tres tipos de atención. En primer lugar, la atención voluntaria, aquella que depende de nosotros y que hace un recorte de toda aquella información que consideramos indigna de atención para focalizarnos en lo que nos interesa. Pensemos, por ejemplo, cuando nos acercamos al interlocutor en una fiesta repleta de bullicio y nos enfocamos en lo que nos dice aislándonos del entorno.

La segunda sería la involuntaria, la cual, por oposición, es una atención que no depende de nosotros. En el mismo ejemplo, un mozo cayendo con 10 copas de vino y su consecuente ruido estruendoso, probablemente llamaría nuestra atención distrayéndonos del foco que voluntariamente habíamos elegido.

Por último, se encontraría la atención social, la más interesante y central para comprender el funcionamiento de la economía de la atención. Es social porque refiere a la posibilidad de que el objeto de atención sea otra persona, tanto desde un tercero hacia nosotros, como desde nosotros a un tercero. En el ejemplo de la fiesta se daría cuando, de repente, oímos nuestro nombre en una conversación ajena o cuando miramos a alguien. Con menciones a Freud, Hayes considera que esta atención social es indispensable para todo ser humano desde que se encuentra en los brazos de su madre por el simple hecho de que los humanos somos seres sociales. El autor, incluso, refuerza esta idea con la clásica interpretación de Alexandre Kojeve sobre la Dialéctica del amo y el esclavo de Hegel en la que se expone la relevancia de la lucha por ser reconocido por un otro, y haciendo mención a la imagen del Tío Sam interpelándonos con su dedo.

Sin embargo, claro está, las redes sociales han motivado una transformación profunda de esta atención social porque la han amplificado hacia desconocidos como nunca en la historia. Todos podemos devenir virales por un mensaje o por un video, casi siempre, desafortunado, y, a su vez, somos los consumidores de la viralización del día, es decir, pasamos horas enteras con nuestra atención social puesta allí. Queremos ver y que nos vean, y medimos nuestro éxito gracias a los Likes si bien la relación es asimétrica: un comentario negativo puede arruinar la satisfacción de 1000 pulgares arriba.

Si la atención era un medio para el reconocimiento, hoy se trata de un fin en sí mismo y si esto lo llevamos a la política y a la forma en que se estructura el debate público, el resultado es dramático y peligroso.

Es que, según Hayes, ya no hay reglas en el régimen atencional como solía haber, por ejemplo, en los debates públicos entre candidatos hace una década atrás. En otras palabras, antes existía cierto orden: había un tema, un turno para hablar, un turno para responder. Hoy es completamente diferente y cualquier debate emula la lógica de Twitter: mucha gente hablando a la vez de cosas distintas buscando simplemente llamar la atención. No importa la persuasión ni el debate ni los discursos. Para Hayes, quien mejor ha entendido esta lógica es Donald Trump, experto en interrupciones y un gran agitador de temas que siempre mantiene la centralidad de la agenda pública por buenas o malas razones.

Hayes no encuentra otra metáfora para definir este fenómeno que la de un Estado fallido donde se impone el que grita más fuerte o el que tiene más poder. Y algo peor: si es que todavía existe un régimen atencional con reglas, se trata de las reglas que dictan las grandes compañías tecnológicas y no los Estados ni la sociedad civil. Así, hoy en día, la libertad de expresión está en manos de unos multimillonarios que, como señores feudales, gobiernan un territorio (digital) en el que aplican a sus usuarios normas de conducta y castigos por infracciones con la única finalidad de monetizar la atención.

Hacia el final, el capítulo más opaco del libro, algo, por cierto, que se ve cada vez más a menudo en este tipo de ensayos, probablemente, por mandato de los editores: se supone que a todo diagnóstico le corresponde una solución y que los lectores la estamos esperando. Y es allí cuando se observa que es más fácil diagnosticar que curar. En el caso de Hayes, la propuesta para salir de la dinámica mercantilizada de la atención es utópica en la peor de las acepciones: recuperar tecnologías obsoletas como las de los video casetes y los viejos videoclub, volver a comprar vinilos, leer diarios en papel y utilizar las redes sociales solo para contactar con viejos conocidos. Asimismo, en la línea del último libro de Jonathan Haidt, tal como ocurriera recientemente en España, limitar el acceso de los menores a Internet y, también, por qué no, limitar el tiempo que los propios adultos pasan navegando. Aun cuando reconoce que su propuesta puede sonar “hípster”, considera que estas tecnologías, por él mismo denominadas “obsoletas”, volverán a ser un gran negocio en el futuro en la medida en que más y más personas comprendan la conducta predatoria sobre nuestra atención llevada adelante por las grandes tecnológicas.

Si exceptuamos el último capítulo, El canto de las Sirenas es un libro interesante, bien fundamentado y con las referencias intelectuales justas para una lectura amena cuya precisión para el diagnóstico hubiera merecido más realismo al momento de plantear una salida.

 

¿Hacia una derecha Woke? (editorial del 4.4.26 en No estoy solo)

 

Algunos días atrás, me topé con una publicación de un bloguero llamado Lorenzo Warby acerca de lo que serían las tres grandes falsedades fundacionales del progresismo de izquierda.

El texto tiene un sesgo claro y una lectura lineal por momentos, cuando, por ejemplo, traza una continuidad directa entre el marxismo clásico y el wokismo (lo cual para nosotros es un error), pero el resumen que él hace puede servir de disparador para preguntarnos hasta qué punto, en la Argentina, el progresismo se ha basado en esos principios. Argumentaré que efectivamente éste ha sido el caso pero que, además, ha sido tal el triunfo cultural de esa agenda, que la derecha vernácula misma ha salido a disputar apelando a (casi) las mismas presuntas falsedades fundacionales.

Para no seguir con los rodeos, Warby menciona la creencia del Hombre entendido como una tabula rasa, una visión de las dinámicas sociales dominadas por el conflicto y, por último, una relación activista con la información, como las tres grandes presuntas falsedades fundacionales. ¿Qué entendemos por cada una de ellas?

La cuestión de la naturaleza humana entendida como una tabula rasa tiene una larga historia filosófica que se puede remontar a la disputa entre racionalistas y empiristas acerca de la existencia de ideas innatas. Traído a nuestros días, y dicho sin los suficientes matices, que el Hombre sea una tabula rasa supone que viene al mundo “vacío”, esto es, que no habría una “determinación genética”, sino que seríamos seres eminentemente sociales. Esto significa que no existe algo así como una “naturaleza humana” dada por la biología y que el Hombre habría sido moldeado por la sociedad. Así, el ser humano de ayer y de hoy sería resultado del capitalismo, el supremacismo blanco, la heteronormatividad, el patriarcado, etc., de lo cual se sigue que un “Hombre nuevo” es posible si cambiamos la sociedad y sus valores. 

Esto conectaría con la segunda presunta falsedad, esto es, la de la sociedad y lo político entendido esencialmente como conflicto que Warby atribuye exclusivamente a una lectura marxista de la historia pasando por alto que lecturas similares se pueden encontrar en tradiciones muy diversas. Pero, en este caso, lo mismo da: podrá ser la disputa entre amigos y enemigos, adversarios, burgueses y proletarios… lo cierto es que estamos aquí frente a una mirada de lo social y lo político que se distingue de la tradición organicista que podemos remontar a Platón y a Aristóteles y que está presente en perspectivas actualmente liberales y conservadoras que entienden a la sociedad y la política como la búsqueda de consensos y armonía. 

Por último, la tercera presunta falsedad refería a la relación activista que el progresismo establecía con la información y la realidad. Una vez más, Warby la atribuye exclusivamente a una mirada marxista que bien se puede resumir en la famosa frase marxiana que indica que, más que tratar de comprender el mundo, de lo que se trata es de transformarlo. Algo así como una prioridad de lo ideológico-revolucionario sobre lo, llamemos, “cognoscitivo”.

Llegados a este punto y más allá de si se acuerda o no con el autor respecto de que estos principios serían “grandes falsedades”, la pregunta sería si el progresismo en Argentina ha abrazado estos principios y la respuesta es, sin duda, afirmativa.

El ejemplo de la política alrededor de “lo trans” con la autopercepción como criterio evidencia en buena medida el apoyo a esta mirada del humano como una tabula rasa, más allá de que a veces se acepte como justificación de “lo trans” una suerte de identidad original e innata que la cultura heteropatriarcal y/o la “violencia de la medicina institucional” habrían desviado de su cauce. Pero lo cierto es que la idea de que cada uno puede ser lo que quiere con solo autopercibirlo se lleva muy bien con la suposición de que los humanos somos una página en blanco escrita por la cultura.

El conflicto como eje de lo político y lo social también fue abrazado por el progresismo kirchnerista aunque se trata de una idea que originalmente no se encuentra en el peronismo. No sabemos si fueron 20, pero las verdades del progresismo en este punto estuvieron más cerca de Laclau. Sin caer en la tontera de que fue el kirchnerismo el que “creó la grieta” o el que abrazó a Carl Schmitt con su lógica amigo-enemigo, boludez repetida hasta el hartazgo por los particulares liberales argentinos, más antiperonistas que republicanos, es cierto que la mirada K acerca de lo social se apoyó, especialmente a partir de 2008, en la lógica del “Nosotros contra Ellos”, dinámica que con el tiempo sirvió para identificar a una minoría (de Nosotros) y a una mayoría (de Ellos).

Por último, la cuestión de la relación activista con la información: que si la ideología no describe la realidad, lo que hay que hacer es cambiar la realidad en lugar de la ideología, fue parte de una controversia infinita, especialmente alrededor de lo que se llamó “periodismo militante” en plena disputa entre el gobierno y Clarín, una suerte de seisieteochización mal entendida, al menos, en parte.

Recuerdo haber trabajado esa idea, y perdón por la autorreferencia, en mi libro Quinto poder, allá por 2014, y afirmar que si por periodismo militante íbamos a entender publicar la información que favorece al gobierno que nos gusta y ocultar el resto, eso no era periodismo, pero, sobre todo, no era ni ético ni inteligente. En todo caso, se puede decir “desde donde se habla” y advertir que la objetividad plena es inalcanzable, pero de ahí no se debería seguir tapar la realidad que no nos gusta, administrando la información según los intereses del partido. Parece lo mismo, pero no lo es. Muchos todavía no lo entienden (o no lo quieren entender).

Dicho esto, lo más curioso es que ha sido también la derecha la que, en buena medida, también ha transitado por estas presuntas falsedades. Exceptuando particularmente la primera, es decir, aun cuando probablemente no acepten la idea de la tabula rasa, es cierto que han abrazado la segunda (basta escuchar y leer a Agustín Laje retomando las nociones de Laclau para construir un gran espacio de derecha) y la tercera, esto es, una suerte de mirada “militante” sobre la realidad, aquella que es sagrada siempre y cuando no se les oponga. Al fin de cuentas, haber tomado como bandera la idea de la “batalla cultural” supone, en alguna medida, aceptar una idea de la política como conflicto y reducirla a una cuestión de “comunicación”, de relato determinado por la narrativa hegemónica que es necesario disputar en un mundo que ya no ofrece hechos sino solo interpretaciones.

Dejando de lado la cuestión de si estamos frente a “falsedades”, [al fin de cuentas se podría hablar de verdad o falsedad solo respecto de la primera (con evidencia científica que muestra que ni la biología ni la cultura pueden explicar, por sí mismas, qué es el Hombre), mientras que la segunda y la tercera serían enfoques ideológicos controvertidos, probablemente equivocados, pero ni verdaderos ni falsos], lo cierto es que se trata de un enfoque que el progresismo logró imponer. La mejor demostración es que la derecha tuvo que reinventarse y jugar con (casi) todas esas categorías para volver a ser competitivo electoralmente y disputar sentido.

Si esta interpretación es correcta, acusar a la derecha de fascista y de pregonar posturas delirantes y “realidades alternativas” no sería la mejor idea, especialmente cuando vemos cuánto en común tiene esa derecha con ese progresismo de izquierda impotente que sentó las bases para que, hoy, la derecha se pavonee dándole una buena dosis de su propia medicina.