Pánico moral. Palantir ha publicado una suerte de Manifiesto de 22 puntos,
un diagnóstico que es, a la vez, una propuesta de reorganización del mundo.
Para ser justos, estos nuevos mandamientos no son más que un resumen del libro
escrito por Alex Karp, junto a Nicholas Zamiska, titulado, La República Tecnológica, el cual ya había sido publicado en inglés
a principios de 2025. ¿Por qué tan escándalo ahora? Desconozco. Una hipótesis
es que la gente ya no lee libros, de modo que hizo falta un resumen
viralizable. Triste, pero probablemente real.
Debo confesar que dentro del universo de mi burbuja algorítmica los
comentarios críticos fueron tales que leí y releí los 22 puntos y lo comparé
con el libro bajo la suposición de que debía estar pasando por alto algo
importante. Los más benevolentes hablaban directamente de la exposición de un
plan Tecnofascista para dominar el mundo, con tanta mala suerte que este plan coincidía
con la visita a Argentina de Peter Thiel, cofundador de Palantir junto a Karp,
para, entre otras cosas, reunirse con el presidente Milei.
Los que en las últimas semanas fueron expertos en estrechos de Ormuz y geopolítica
ahora advertían sobre un plan de control y aniquilación que Palantir habría
iniciado tiempo atrás en su trabajo en conjunto con el Estado americano incluyendo
genocidios varios y que, en Argentina, vendría a complementar la supuesta
necesidad de represión requerida por el gobierno, que ganó las elecciones hace
seis meses, para llevar adelante un plan de mayor ajuste.
Es cierto que Palantir, probablemente la empresa de ciberseguridad más
importante del mundo, ha estado implicada, desde hace años, en acciones tanto
afuera como dentro de Estados Unidos cuyos resultados han sido, para ser muy
generosos, controversiales persecuciones y asesinatos tanto selectivos como
masivos; también es cierto que Peter Thiel no ha perdido ocasión de mostrar
todo su libertarianismo y, en su momento, haber apoyado a Trump, además de haberse
hecho reconocido por sus controvertidas tesis acerca de la bondad de los
monopolios y la incompatibilidad entre capitalismo y democracia. Pero al
posarnos sobre los 22 puntos y refrendarlos con el libro, nada de esto resulta
tan claro. Es más, hasta podría decirse que, aunque provocador y descarnado, el
libro expone una serie de verdades incómodas que más que indignación deberían
llevar, al menos en un principio, a una reflexión.
No hay espacio aquí para trabajar cada uno de los puntos así que me
centraré en los que considero más relevantes. El primero, por ejemplo, habla de
una deuda moral de Silicon Valley para con los intereses nacionales y la
defensa de EEUU. Para Karp, quien al igual que Thiel, tiene formación
filosófica, las consecuencias del mayo del 68 han generado una casta de
ingenieros individualistas y liberales, reacios a vincularse con el Estado,
cuya mirada de los avances tecnológicos se restringió a cómo crear algoritmos
capaces de atraer atención y vender publicidad. Esta camada de innovadores que
solo innovaban para ellos mismos, son lo opuesto a aquel famoso proyecto
Manhattan que derivó en la creación de la bomba atómica y que mostraba cómo la
ciencia y la defensa de los intereses nacionales debían ir de la mano.
Lejos de estar llamando a un retiro hacia el ámbito privado y a una mirada
libertaria, la cual, en todo caso, aparece solamente cuando se crítica a la
“casta” de funcionarios que quebrarían cualquier empresa entre su ineficacia y
los sueldos millonarios que reciben, el manifiesto convoca a participar, a
hacerse cargo, a abandonar la comodidad idiota (entendida en sentido clásico)
de la ciudadanía en su conjunto y de los ingenieros de Silicon Valley en particular.
A ello refiere cuando sugiere el regreso del servicio militar obligatorio (para
que no recaiga el peso y el dolor de una guerra solo en los voluntarios sino en
el conjunto de los ciudadanos) y cuando le recuerda a Silicon Valley que si
ellos han podido ser tan exitosos emprendedores ha sido porque han vivido en un
clima de libertad garantizado por un Occidente victorioso, sí, ese que
probablemente ellos mismos, abrazando ideales del progresismo de izquierda,
critican a rabiar. En este sentido, Karp les espeta que ellos pueden ser
pacifistas porque antes alguien no lo fue y porque ese alguien ganó la guerra y
lanzó la bomba atómica. La afirmación es controversial y provocadora, pero eso
no significa que sea enteramente falsa.
A propósito del poder atómico y su capacidad disuasiva, Karp indica que se
trata de una era que está llegando a su fin. El futuro ya no está en el
Hardware, “los fierros” (tanques, soldados, misiles, aviones, barcos, etc.),
sino en el Software, los sistemas capaces de procesar información y guiar esos
“fierros”. De aquí que sea imperioso, si se quiere mantener la posición
hegemónica de Estados Unidos, ganar esta “otra guerra” y posicionarse a la
vanguardia de la aplicación de IA para los sistemas de defensa, del mismo modo
que se estuvo a la vanguardia en la creación de la bomba atómica. Seguramente
esto sea verdad, si bien no se puede dejar de soslayo que, curiosamente, ese
Software es el que Palantir vende y el que le ha deparado contratos millonarios
con distintos espacios de la administración estadounidense en una unidad entre
gobierno y corporación pocas veces vista.
Por cierto, uno de los puntos más controvertidos apunta a la necesidad de
fortalecer las fuerzas militares de Alemania y Japón. El Manifiesto refiere al
error de la “Castración” de estos dos países tras la segunda guerra mundial, lo
cual, entre otras cosas, habría traído como consecuencia que los dos grandes
rivales de EE.UU. hoy, según Karp, Rusia y China, no tengan oponente para sus
sueños imperialistas.
Si pasamos de la política exterior a la seguridad interior, el Manifiesto
tiene algo para decir, pero, naturalmente, la sombra de los asesinatos llevados
adelante por ICE con la ayuda del Software de Palantir, supone, como mínimo,
incluir allí un asterisco y, sobre todo, unas cuantas explicaciones. Sin
embargo, de la idea de mejorar el control de la seguridad interior no se sigue
el tecnofascismo. Por supuesto que, sabemos, la tensión entre seguridad y
libertad está siempre presente, pero parece bastante hipócrita denunciar
tecnofascismo mientras miramos por la cámara de seguridad que instalamos en
casa y formamos parte de la guardia de vecinos que vigilan la cuadra. Nadie
está justificando la barbarie policial o la violencia institucional, pero hasta
el más progre hipergarantista en público, en privado quiere que le protejan la
propiedad privadita.
Por último, menudo escándalo porque Karp osa decir, palabras más, palabras
menos, que hay culturas que han hecho avances vitales y maravillosos, mientras
que otras han sido regresivas y mediocres. Todos sabemos que eso no se puede
decir públicamente porque el relativismo lo aprendemos en primer año de la
universidad y, con buen tino, claro, nos interrogaría acerca de cuáles son los
criterios para determinar una valoración superior de unas civilizaciones sobre
otras. Pero, aquí, una vez más, en privado las cosas son distintas. Así
que saquémonos las caretas: habrá mucha gente molesta de manera convencida,
pero hay muchos otros que están de acuerdo con Karp y no lo pueden decir. Por
ello, seamos buenos con nosotros mismos; seamos incorrectos y corriendo el eje
de la valoración y la comparación, para que ningún relativista zonzo la tenga
tan fácil, digamos que parece posible acordar que hay aspectos de nuestra
cultura que no están presentes en otras y que consideramos valiosos. ¿No es
cierto? Y lo más interesante: no los consideramos valiosos simplemente porque
son nuestros valores sino porque nos resultan buenos y valiosos en sí. Si no lo
queremos llamar “superiores” no digamos nada. Digamos simplemente que son
valores con los cuales estamos comprometidos y que cuando observamos que no
están presentes en otras culturas, nos sirven como criterio para ejercer una
crítica: la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, la libertad de
culto, los derechos humanos, la democracia, los balances republicanos, etc.,
son todos elementos occidentales de los cuales podemos estar orgullosos y que
seguramente servirán como faro para criticar a todas aquellas culturas donde
por tu género, tu raza, tu objeto de deseo, tu cultura, tu lengua, tu religión,
etc., podés ser tratado como un ciudadano de segunda; donde podés ir preso si
criticás al poder; donde no se respetan los derechos que, pertenecerían a todos
los humanos en tanto tales; donde no se vota y hay dictadores en lugar de
instituciones republicanas. ¿No podemos defender estos valores? ¿Defenderlos
nos hace etnocentristas y tecnofascistas? Yo diría que no defenderlos nos
transformaría en imbéciles.
Dicho esto, permítaseme algunos comentarios críticos. En primer lugar, como
se indicó anteriormente, aun cuando el libro está bien escrito y bien
fundamentado, es imposible no pensarlo como un elaborado producto de marketing,
una pieza sofisticada de batalla cultural que también es, al mismo tiempo, un
folleto de venta: el mundo que viene necesita el producto que solo yo puedo
vender.
En segundo lugar: aunque no es falso que las armas nucleares funcionaron de
manera disuasiva y que el temor y la desconfianza mutua lograron un inestable
equilibrio, pero equilibrio al fin, resulta reduccionista explicar los “80 años
de paz” por ese solo factor. Es que tras el 45, pasaron algunas cosas más que
el equilibrio atómico entre potencias: aunque hoy estuviera desacreditado, la
conciencia mundial tras la atrocidad, la creación de un sistema de reglas
internacional, probablemente hipócrita e injusto, pero sistema de reglas al
fin, y todo un orden institucional novedoso fue parte esencial del proceso.
Obviar ese aspecto, es funcional a la interpretación estrictamente belicista
del equilibrio.
En tercer lugar, es cierto que no podemos pasar por alto que lo que dice
Karp lo dice un americano pensando en aplicarlo a EE.UU., lo cual tiene una
connotación completamente diferente porque se trata de un nacionalismo que, al
menos en alguna de sus vertientes, es claramente imperialista, ¿pero está mal
decir que la tecnología, la ciencia y la investigación debieran estar comprometidos
con los intereses nacionales o, al menos, ser parte de un proyecto de país?
Aquí estamos muy acostumbrados a investigadores universitarios que son muy de
izquierda, pero luego levantan la bandera del individualismo más recalcitrante
cuando le exigen al Estado que subsidie investigaciones que resultan
irrelevantes para el conjunto de la sociedad. Nadie afirma que el sistema ideal
sea aquel en el que el Estado decida qué se debe investigar y qué no, pero
tiene sentido, especialmente para una mirada, llamemos, justicialista de la
sociedad, que exista un mínimo vínculo entre aquello que se investiga y los
intereses de la comunidad. No se puede ser peronista para pedir subsidios y
liberal para elegir los contenidos de la investigación.
Por último, aun en esa jerga belicista que para un argentino resulta ajena,
y por supuesto, exponiendo un realismo crudo y descarnado, Karp no está
equivocado cuando afirma que Estados Unidos no es el único lanzado en la
carrera de las “nuevas armas”, de modo que, si no la hacen ellos, la harán los
otros. Se trata del mismo dilema que atravesó la previa a la creación de la
bomba atómica y que tan bien explica la obra de teatro Copenhague girando
alrededor de los dilemas éticos que se le plantean a Bohr y Heisenberg de uno y
del otro lado de la trinchera. Ya sabemos cómo termina esa lógica, sabemos también
que es una mierda y que si hubiera cooperación en lugar de desconfianza se
podrían poner límites, pero plantearlo, especialmente si se lo analiza desde la
perspectiva de una potencia y no desde un país periférico, tiene algún sentido.
El tiempo dirá si este Manifiesto modelará el mundo que viene. Lo que no
puede hacerse es acudir a la construcción de villanos favoritos y encontrar fascismo
en todo aquello que no nos gusta. De hecho, La
República Tecnológica de Karp tiene, además de prejuicios, intereses y
afirmaciones controversiales, aseveraciones sensatas que incluso podrían ser
abrazadas por quienes defienden ideas nacionalistas, justicialistas e
iliberales, de ellas que priorizan lo colectivo por sobre lo individual.
El mundo va muy rápido. En lugar de indignarse velozmente, lo que hay que
acelerar son las reflexiones que nos permitan pensar modelos de país. Llegados
a este punto, quizás estemos en condiciones de ofrecer alguna alternativa.