Dos meses atrás, en
este mismo espacio, les hablaba de la tragedia de Adorni haciendo un juego de
palabras entre su situación personal y el género teatral surgido en la antigua
Grecia. En aquella nota les mencionaba la mímesis como una representación que
nos permite revelar aspectos universales de la experiencia humana; la catarsis como proceso de purificación que se produce en la audiencia
cuando ésta se identifica con el padecimiento del héroe, y el error trágico que
precipita la trama cuyo final es ineludible, como algunos de los elementos que
Aristóteles había reconocido como propios de la Tragedia en su libro Poética. Podría decirse que aquí no hay
héroe, aunque sí una infinita cantidad de errores trágicos, comenzando por la
foto de su mujer como parte de una comitiva oficial en la que no debía
participar. El resto ya lo conocemos, más allá de que día a día, entre
cascadas, jubiladas generosas, escribanas que parecen personajes de Tim Burton
y tarjetas prestadas para comprar sábanas y monitores gamers, la capacidad de
asombro se renueva. Hasta cierto nivel, creo que indigna menos su corrupción
que su estupidez. Los argentinos respetamos a los hijos de puta, pero
despreciamos a los boludos.
Pero en aquella nota también
les hablaba de otro elemento que aparece en las tragedias griegas: el miasma. Aunque
en cualquier diccionario lo encontraríamos definido como un efluvio maligno o
una emanación fétida que siglos atrás se consideraba como causante de enfermedades
por ser propias de cuerpos enfermos, materias orgánicas en descomposición,
aguas estancadas, etc., en el mundo griego de la tragedia, el miasma es más una
cuestión moral que física. Se trata, entonces, más bien, de una mancha del
espíritu que en muchos casos se trasmitía de generación en generación o
salpicaba a toda una familia.
De entre todos los
personajes de las tragedias griegas, el que mejor puede graficar el miasma es
nada menos que Edipo cuando, ya reconocido como parricida e incestuoso, es
rechazado por su impureza, por haber devenido un miasma. Si ya había sido
señalado como el origen de la peste de Tebas, tras cometer los peores pecados y
haberse arrancado los ojos, Edipo es la representación del cuerpo contaminado
que debe ser expulsado de la comunidad porque el miasma tiene siempre una
tendencia a expandirse. Esto era particularmente problemático porque el miasma
ponía en riesgo el lazo comunitario, valor esencial de aquella época.
Aplicado al caso Adorni, el insólito, y sospechoso apoyo que los hermanos a
cargo de la presidencia le ofrecieron por más de 100 días a pesar de las
mentiras, la soberbia y el desorden impune de su vida de nuevo rico, parecía no
tomar en cuenta el factor contaminante del miasma como si se lo pudiera encapsular.
Seguramente, ante lo que iba a ser una derrota política sin precedentes frente
al congreso, los Milei cedieron y lo obligaron a escribir esa carta patética,
victimista, aduladora de la figura del presidente y tan reñida con el idioma
castellano. ¿Será que los correctores de estilo no tienen tarjetas de crédito
ni prestan dinero a interés cero?
Aunque probablemente por malas razones, esto es, tozudez, un apego
mesiánico a ciertas presuntas revelaciones de la verdad, etc., lo cierto es que
Milei no actuó sobre el miasma con la lógica clásica del sacrificio inmediato y
el aislamiento para transformarlo en el chivo expiatorio que no salpique al
resto de la administración. Insisto en que más que un convencimiento basado en
razones, o la virtud de la lealtad, las causas pueden tener que ver más con el
ensimismamiento y un desapego por aquello que solemos llamar realidad, pero lo
cierto es que el presidente apoyó a Adorni como ningún otro lo hubiera hecho y
lo siguió haciendo incluso ya renunciado cuando volvió a manifestar que cree en
la inocencia de su exvocero, aquel que ya no podía hablar y que, cada vez que
lo hacía, volvía a hundirse un poco más.
Ahora bien, el reemplazante de Adorni ha sido Diego Santilli, uno de los
grandes representantes de “la casta”. De aquí que muchos recordaran aquellas
palabras de Macri cuando se refirió a este gobierno como fácilmente
infiltrable. Y a las pruebas uno se remite: cada uno de los “puros” es
reemplazado por hombres de larga trayectoria, muchos de ellos iniciados en las
filas peronistas, que fueron figuras centrales del armado macrista. Esa misma
mutación se observa en el perfil de los electores de Milei si se compara el
2023 con el 2025: en la elección legislativa el votante mileísta fue
prácticamente el mismo que votó a Macri y muchos de los electores de sectores
populares que apoyaron al anarcocapitalista en 2023 en detrimento del
peronismo, o se decantaron por una alternativa o, desencantados, directamente
no fueron a votar.
Ahora bien, la idea de casta, que ya había sido utilizada en Italia algún
tiempo atrás y que resonaba en distintas manifestaciones antisistema por
izquierda o por derecha, no hace énfasis en hombres en concreto más allá de que
algunos puedan ser más representativos que otros al momento de identificar una
época. Refiere más bien al resultado del miasma, cuando la contaminación ya se
ha diseminado y ha devenido estructural. La casta es el sistema y por eso la
apuesta de Milei, al menos desde lo discursivo, era refundacional. Estaba todo
mal. Incluso en su media lengua y en esa actitud adolescente desde un
academicismo que solo puede sonar tal para quienes no pertenecen a la academia,
hasta coqueteó con incluir a la democracia en esa necesidad de refundación, más
allá de que, luego, algo del principio de realidad pareció operar.
Y ahora la casta está adentro en el mejor de los escenarios posibles, esto
es, amparada por un discurso anticasta y bajo el paraguas protector del hombre
que dice combatirla. Un capítulo más de los tiempos paradojales donde nada se
esconde. No debería extrañarnos que Milei reemplace alguno de sus cuadros por La traición de las imágenes, aquel
famoso cuadro de Magritte que muestra una pipa y afirma “Esto no es una pipa”.
Lo cierto es que la mayoría de los ministros pertenecen a la casta, el
armado en el congreso es propio de la casta, el avance con los nombramientos
del Poder Judicial es lo más casta que puede haber y así podríamos continuar. Y,
sin embargo, al igual que en el caso de Magritte, estamos ante un hiato entre
la palabra/imagen y la cosa. La palabra y la imagen no son la cosa. Son
representaciones. El cuadro de la pipa no se puede fumar. Si la palabra y la
imagen no son aquello que representan, si no tienen atadura con lo real, se
autonomizan y pierden su capacidad de describir lo que sucede allá afuera. Todo
puede ser dicho porque no hay más conexión con lo real. Una imagen de la casta es
capaz de decir “Esto no es una casta”.
Por cierto, quizás estemos frente a una contradicción virtuosa pues muchos
de los vilipendiados hombres que efectivamente pertenecen a la casta, son más
idóneos que la runfla de improvisados e inútiles que rodearon al presidente en
sus inicios cuando la presidencia cayó en sus manos gracias a las Fuerzas del
Cielo o, lo que es lo mismo, la sumatoria infinita de errores de sus
predecesores. Pero, claro, aun en mundos paradojales, donde reinan las
autopercepciones y los hechos alternativos, más que el principio de revelación,
de tanto en tanto y cada vez más tenue, algo del orden de la realidad emerge,
algo del principio de no contradicción, para volver a Aristóteles, golpea
nuestra puerta.
La última autorreferencia: el gobierno puede salir airoso del Adornigate
pero en la medida en que su discurso pierde potencia cada vez queda más preso
de mostrar hechos. Es lo que les había comentado algunas semanas atrás cuando
indicada que el énfasis puesto en la supuesta superioridad moralidad llevaba el
terreno de la discusión a la coherencia entre palabras y actos, más que a los
resultados. Recordemos, si no, que, aunque de manera menguante, todavía hay un
amplio sector que asocia a Milei con la esperanza. Esto quiere decir que, en
todo caso, espera resultados, pero hasta ahora no los vio.
Por ello, si los casos de corrupción derriban la fantasía del gobierno de
la moralidad, y la irrupción/infiltración de los hombres y mujeres pero, sobre
todo, del sistema de la casta exponen una nueva contradicción entre las
palabras/imágenes y las cosas o, lo que es peor, la total autonomía de lo que
se dice respecto de la realidad, el gobierno está obligado a mostrar
resultados.
El gobierno está desnudo frente a su hora crucial de cara a 2027. El relato
se agota, la narrativa se debilita y esa mímesis griega que podría decirnos
algo acerca de la verdad se diluye en el algoritmo posmoderno de la nueva
comunicación política. Así, con una realidad que convierte a La traición de las imágenes de Magritte
en una metáfora que denuncia la ilusión de la representación política, al
gobierno solo le resta mejorar la vida material de una mayoría si pretende ser
competitivo y avanzar hacia la reelección. ¿Llegará a tiempo? ¿Llegarán sus
adversarios a entenderlo?