miércoles, 22 de mayo de 2024

¿De quién es la máquina del fango? (publicado el 11/5/24 en www.theobjective.com)

 

Bulos, política de la vergüenza, desinformación, lawfare, fachósfera, máquina de fango. Lo que parece ser un nuevo universo conceptual político-comunicacional está invadiendo el debate público español impulsado por el propio Pedro Sánchez.

Claro que no se trata de creaciones del Presidente del Gobierno, pero llama la atención la presencia casi obsesiva de toda esta terminología en los discursos oficiales. Sin ir más lejos, en la entrevista que Sánchez brindara a Pepa Bueno en El País algunos días atrás, la idea de una “máquina de fango” aparece mencionada al menos cinco veces solo en los primeros minutos de la extensa charla.

Dado que ya ha habido suficientes análisis sobre los insólitos días de reflexión que el presidente decidió tomarse para encontrar un sentido a su permanencia en el cargo, solo cabe agregar que, en esta entrevista, Sánchez confirmó el culto al personalismo cuando justifica su sobrerreacción -de una desmesura pocas veces vista- y establece una correlación directa entre una investigación sobre su esposa y un ataque contra las instituciones. La democracia soy yo (y Begoña).

Asimismo, y en este punto también ha habido interesantes notas de opinión incluso en medios cuya línea editorial es oficialista, no son pocos los periodistas que le han marcado la cancha a Sánchez respecto a la posibilidad de leyes o intervenciones sobre los medios de comunicación bajo la excusa de acabar con las fake news que intoxican el debate público. El punto es por demás interesante porque, aunque va a tono con los nuevos liderazgos más humanos y sensibles, el presidente ha quedado preso de su “confesión sentimental” ya que, al ser interrogado por la ejecución de políticas concretas contra los bulos, no posee un discurso unificado. Por momentos es capaz de decir “esto no se soluciona con una ley” y por eso “llamo a la reflexión”, para luego referir a leyes contra la desinformación que provienen de Europa o a una legislación que tienda a transparentar el financiamiento y la propiedad de los medios en España.

Ahora bien, más allá de la discusión acerca de los pro y los contra de este tipo de iniciativas, quisiera centrarme en el trasfondo de la perspectiva del presidente, la cual, por cierto, no es ninguna novedad y no se desplaza ni un ápice del canon progresista con el que se analizan los fenómenos políticos tanto en España como en el mundo.

Un buen ejemplo de esta perspectiva se puede observar en el libro de Ignacio Ramonet, La era del conspiracionismo, lanzado en el año 2022, a propósito de la presidencia de Trump y el asalto al Capitolio.

La tesis del prestigioso exdirector de Le Monde Diplomatique, cuyos análisis, más allá de acuerdos y desacuerdos, suelen ser lúcidos, es sorprendentemente burda y puede sintetizarse así: el triunfo de Trump en 2016 se explica por el modo en que el magnate manipuló, a través de fake news y de una “guerra cognitiva”, a la gran masa de varones blancos de una clase media empobrecida con tendencia a abrazar teorías conspirativas.

Para desarrollar esta idea, Ramonet hace especial hincapié en QAnon, el espacio de ultraderecha que más sobresalió en la toma del Capitolio y donde confluyen las teorías de la conspiración más delirantes.

Como bien describe Ramonet, QAnon considera que “el mundo estaría dominado por una perversa sociedad secreta formada por miembros de alto rango del Partido Demócrata, celebridades del espectáculo, periodistas famosos, multimillonarios adoradores de Satanás que controlan el ‘Estado profundo’, fomentan la pedofilia, el tráfico de menores y –para conservar su juventud- extraen el valioso adrenocromo de la sangre de los niños raptados”.

Si con esto no alcanzara, en QAnon también es posible hallar a aquellos que creen que la pandemia fue, en realidad, una gran conspiración para vender vacunas y controlarnos, a terraplanistas y a diversos grupos a los que llamaremos “supremacistas blancos” para no señalarlos directamente como “neonazis”.

Dado que es imposible imaginar que la mitad de Estados Unidos sea parte de todos estos delirios, Ramonet, como sucede con otros puntos de vista progresistas, busca fundamentar su tesis complementándola con el hecho de la facilidad con la que las redes sociales propagan desinformación y con su propia teoría de la conspiración, algo más sofisticada, pero igualmente conspirativa. Me refiero a esta idea de que las derechas del mundo controlan los medios y las redes.

Dicho esto, y dado que habría una tendencia a que se viralicen más las falsedades que las verdades, las buenas performances de las derechas en el mundo obedecerían a la proliferación de mentiras y a la manipulación de las mentes. Entonces Trump ganó por ello, Bolsonaro ganó por ello, Milei ganó por ello y el Brexit sucedió por ello. Pizzagate terraplanista más Cambridge Analytica. Eso es todo. Apenas unos años después Trump y Bolsonaro perdieron, pero eso no importa. Cuando gana el que queremos, la gente no es tonta y triunfa la racionalidad. Cuando gana el malo, es mentira y manipulación.

Para el enfoque progresista, en España, el lugar de QAnon lo ocupa “el fascismo”. Entonces cualquier alternativa a Sánchez es Vox, o la caricatura de Vox; el disenso es antiderechos, la crítica es financiada y la denuncia es bulo que adopta la forma de “pseudomedios” y “pseudosindicatos”. Verdad y realidad de un lado. Mentira y ficción del otro. Planteado así se produce una paradoja: Sánchez dice estar defendiendo las instituciones democráticas y acusa a la derecha de no admitir la legitimidad del gobierno. Sin embargo, la oposición no es representada en términos políticos como un adversario sino en términos morales como una construcción basada en la falsedad. 

Para concluir, digamos que tanto o más preocupante que el evidente personalismo de Sánchez o las eventuales iniciativas que pudieran poner en peligro la libertad de expresión, es la moralización del debate político y la deslegitimación del adversario y de sus representados. Esto también sería parte de la máquina de fango que se encuentra en marcha para silenciar voces disidentes con las que se puede acordar o no pero que tienen, a priori, la misma legitimidad.

Porque por supuesto que existen, en todo el mundo, operaciones de prensa o estructuras más sofisticadas donde esas operaciones actúan de la mano de actores políticos, jueces e instituciones de la sociedad civil contra un gobierno o un espacio político. También es real que candidatos y/o gobiernos de derecha reciben el apoyo de espacios minoritarios conspiranoicos poco afectos a las reglas democráticas. Pero reducir la oposición a esta caracterización es una mezcla de pereza intelectual y falta de autocrítica.      

Entonces, ¿de todo este desarrollo deberíamos inferir que la máquina de fango es un invento de Sánchez y la progresía? Para nada: la máquina del fango existe, pero, en todo caso, como mínimo, es una máquina que los salpica a todos y es de propiedad compartida. 

 

Civil War: ¿quiénes son los buenos? (publicado el 9/5/24 en www.disidentia.com)

 

Los detalles no abundan. Se sabe que hay una guerra y que esta guerra es civil. También se sabe que el presidente es un payaso. A todos se nos ocurren nombres propios que cuadran con esta descripción, pero estoy hablando de Civil War, una película demasiado verosímil para ubicar en el género distópico.

De hecho, no parece casual que el film esté ambientado en Estados Unidos y que el director y guionista, el británico Alex Garland, el mismo de Ex Machina, Devs y Annihilation, confesara que comenzó a imaginar la trama en el año 2020, esto es, en el marco de las elecciones que le dieron el triunfo a Biden y que derivaron en la toma del Capitolio por parte de seguidores de Trump.

Ha habido buenas reseñas que cuentan los detalles de la película, de modo que remito a éstas si pretenden ahondar algo más. En lo que a este texto respecta, alcanza con indicar que se trata de una road movie en la que un periodista al volante acompañado de un reportero veterano, una fotógrafa de guerra experimentada y una temeraria veinteañera que hace sus primeras armas en la fotografía, se dirigen hacia Washington para intentar tener en exclusiva las que podrían ser las últimas palabras del presidente.

En ese raid correrán peligro sus vidas más de una vez y retratarán masacres y torturas que exceden largamente las “normas” de esta guerra que enfrenta a las fuerzas leales al gobierno con las fuerzas occidentales secesionistas de Texas y California. El modo en que está filmado, los detalles del sonido, y el ida y vuelta entre las imágenes en blanco y negro de las fotos que los reporteros van obteniendo y el desarrollo de la película, hacen que valga la pena vivir la experiencia en el cine, pero no es del entretenimiento en sí de lo que me interesaría hablar.

Lo diré en primera persona: al ver el tráiler y la sinopsis pensé en encontrarme con una película anti Trump lanzada adrede en el año de elecciones para levantar polémica. En este sentido, imaginé una gran cantidad de lugares comunes respecto de buenos y malos. Afortunadamente me equivoqué y ello me motivó a escribir estas líneas, máxime cuando, tras ver la película, decidí indagar en las críticas que la misma había recibido y en los reportajes que el propio Garland había brindado.

Respecto del carácter antitrumpista de la película, un mérito del director es que, justamente, a pesar de haber declarado públicamente ser un claro opositor a las políticas del republicano, en ningún momento hay razones para suponer que la figura del presidente está inspirada en Trump. Asimismo, Garland se encargó de disipar esa asociación cuando entre los Estados que se levantan contra el presidente pone a Texas junto a California, esto es, un Estado republicano y otro demócrata. Si el levantamiento lo hubiera producido solamente Texas, estaríamos haciendo la lectura obvia de cargar las responsabilidades sobre el interior profundo de los Estados Unidos controlado por una minoría blanca supremacista y fascista que, inspirada en la prédica insurreccional de Trump, irrumpe contra las instituciones. Eso era “lo esperado”. Pero no fue el caso.

Esta actitud del director es digna de agradecimiento para tiempos en los que se ha instalado absurdamente que no se puede separar la obra del autor, de lo cual se seguiría que todo creador actual está obligado a “ser” en su obra y tener que decir algo comprometido a favor de los buenos. Y Garland, en buena medida, logra evitarlo. De hecho, en una entrevista para La vanguardia https://www.lavanguardia.com/cultura/20240418/9598227/alex-garland-civil-war-cine-guerra-civil-ee-uu-fascismo-kirsten-dunst.html confiesa ser miembro del partido laborista y ver con horror la posibilidad del regreso de Trump a la Casa Blanca. Sin embargo, eludió el lugar cómodo que todos augurábamos.

“Creo que los críticos que dicen que [el film] es apolítico tal vez están siendo un poco ingenuos sobre la política, para ser honesto. También creo que muchos de ellos, en realidad, son de izquierdas y están enojados porque no estoy usando la película como un ataque obvio a Trump”.   

Es que, como el propio Garland denuncia, la deriva populista no es solo de derecha, sino que también puede ser de izquierda y, según él, el populismo es el paso obligado hacia el fascismo. Dicho esto, seguramente como una manera elegante de eludir un posicionamiento demasiado evidente, Garland, entonces, se define como un “centrista” que está en contra de todo extremismo. Este punto de vista se apoyaría también en su intento de reivindicar los poderes de la república y el denominado cuarto poder, esto es, el periodismo. De hecho, él afirma haber pensado la película como una forma de poner en valor el rol del periodismo profesional, hoy tan denostado. En todo caso, podrá discutirse si efectivamente logra esa reivindicación ya que el personaje de la joven fotógrafa, que a lo largo de la película va de la candidez a la temeridad todo el tiempo, da un giro sobre el final que parece hablar más de una ambición sin límites que de una ética profesional. Pero, en todo caso, se trata de un asunto discutible.

El otro aspecto que les había mencionado y que se sigue de lo indicado anteriormente, es que la película es reacia a cualquier identificación con alguna de las partes en pugna. De hecho, hay momentos en que no queda claro a qué bando pertenecen los combatientes que circunstancialmente aparecen en escena. Sabemos que el presidente habría ingresado en una deriva autoritaria intentando ir por un tercer mandato inconstitucional y que habría disuelto el FBI. Pero lo más interesante es que no sabemos si el presidente es republicano o demócrata.

Llega a tal grado la indiferenciación que, acostumbrados a que nos sirvan en bandeja el posicionamiento que debemos tomar, por momentos sentimos incomodidad. ¿Cómo que la película no me dice a quién debo aplaudir y a quién debo repudiar? ¿Cómo puede ser que se parezcan tanto los que están en guerra? ¿Dónde está la lucha del bien contra el mal?       

Para concluir, entonces, en primer lugar, cabe reflexionar sobre cómo, los niveles de disputa y polarización existentes, permiten observar que un escenario de guerra civil en Estados Unidos, o en alguno de los países que habitamos, ya no pertenece al género de una distopía proyectada hacia el futuro lejano.

En segundo lugar, y más allá de la evidente preocupación que esto conlleva, se agradece una película que no nos facilita el posicionamiento ni se encarga de explicarnos demasiado porque eso deja en evidencia que, si hemos llegado hasta aquí, es porque hay, como mínimo, culpas compartidas.

Por último, y conectado con lo anterior, también es de celebrar que, en el tiempo donde no se le permite al autor separarse de la obra, alguien evite exponer de manera burda todo su sesgo logrando así dejar algunas puertas abiertas para que sea la propia audiencia la que pueda interpretar.  

Digamos, entonces, que la película podrá gustar más o menos. Pero salir del cine sin saber quiénes son los buenos… no tiene precio.      

 

domingo, 5 de mayo de 2024

Milei en el espejo del progresismo (27/4/24)

 

Se produjo la primera manifestación transversal multitudinaria capaz de reunir sectores política e ideológicamente diversos. Se trató de una movilización de cientos de miles de personas entre las que, se presume, también habría gran cantidad de votantes de Milei. Inferir de aquí que es el principio del fin implicaría demasiado voluntarismo. En todo caso, confirma que el votante de Milei no va a aceptar el paquete completo y que aun cuando se haya impuesto una tendencia antiestatista, hay una mayoría de la población que cree que hay cosas que hay que defender: la educación pública y de calidad es una de ellas, como también lo es la salud, tal como demuestra una encuesta reciente donde se observa que bastante más de la mitad de los argentinos evalúa negativamente el accionar del gobierno en lo que respecta a la epidemia de dengue. Efectivamente, el Estado es enormemente ineficiente pero la gente espera que quien lo administra haga algo más que sugerir que nos cuidemos, implorar las bajas temperaturas y desearnos suerte en la obtención de repelentes.     

La respuesta del presidente a la movilización ha sido una provocación y sobre todo una demostración de un distanciamiento de la realidad: si todos los que se manifestaron en las calles fueran zurdos, él no hubiera ganado las elecciones ni tendría el apoyo que todavía posee a pesar de estar realizando el ajuste más grande de la historia, como él mismo indicaría. De modo que estamos ante un binarismo tan ramplón que se asemejó a ese pasaje surrealista de su exposición en Davos en el que, tras defender la existencia de monopolios y afirmar que Occidente está lastrado por el socialismo, afirmó que entre nazis, comunistas, keynesianos, progresistas, globalistas, populistas y nacionalistas no existe diferencia sustantiva en tanto todos defenderían la idea de que el Estado debe dirigir cada uno de aspectos de la vida de los individuos. 

A juzgar por los errores de la actual administración, pareciera que Milei está enarbolando la bandera de “lo personal es político”, solo que desde el otro lado del espectro ideológico. Es decir, si desde hace ya tiempo la izquierda ha malinterpretado aquel slogan para significar que los problemas personales de los individuos son culpa de la sociedad y los debe resolver el Estado, en Milei aquella bandera asume la forma de “las políticas de Estado tendrán el rostro de mis frustraciones y mis disputas personales”. Estamos, entonces, frente a dos formas de confundirlo todo, ambas profundamente individualistas, por cierto.  

Claro que el presidente tiene razón en que las universidades públicas funcionan también como cajas de la política. La UBA en general y algunas facultades en particular, ofrecen caja para el radicalismo desde hace décadas, de la misma manera que otras facultades son cajas para los partidos trotskistas y muchas universidades del conurbano y terciarios son cajas para el peronismo. Pero reducir las universidades a eso o suponer que el presupuesto se explica por ello, es no conocer cómo funcionan las cosas. Lo mismo con la cantinela del adoctrinamiento: claro que hay docentes y cátedras que bajan línea, a veces de manera vergonzante, pero las facultades y las universidades son tan grandes y tienen, en general, tanta diversidad, que ese tipo de acciones se diluyen y los estudiantes más o menos inteligentes encuentran espacios para una formación equilibrada. Hay excepciones y hay facultades más politizadas que otras; pero la gran mayoría de los que se movilizó no salió a defender ese costado de mierda de las universidades o los kiosquitos que algunos han sabido conseguir allí; salió a defender una institución que brinda oportunidades y que explica buena parte de la diferencia argentina respecto al resto de Sudamérica.  

Es más, la necesidad de recortar, -porque algo habrá que recortar-, podría dar una oportunidad para exponer y acabar con esas cajas, pero también discutir un montón de aspectos que funcionan mal en las universidades, las cuales, pese a los slogans y a la gratuidad, no son “de los trabajadores” sino de las clases medias. Incluso se podría ir más allá y repensar la educación pública desde el inicio porque sus resultados son horribles: los chicos saben cada vez menos, pocos se reciben en el secundario, el nivel de los docentes es malo, se pierden días de clases, hay una cantidad de licencias con goce de sueldo inaudita, etc. Como consecuencia de ello, los mismos que se movilizaron en defensa de la universidad pública fueron, mandan o mandarían a sus hijos a primarias y secundarias privadas. No lo dicen porque les da vergüenza. Pero lo hacen.  

En síntesis, está lleno de cosas que funcionan mal en las universidades, pero la solución no pasa por un recorte fenomenal que haría prácticamente imposible la continuidad de su funcionamiento. Hay que sentarse, negociar, afinar el lápiz, ganar algo y perder algo. Casi como sucede siempre.

Para ir concluyendo, en tiempos de polarizaciones, el arte de gobernar es el de mantener separados a aquellos que pueden formar el polo opuesto. Cuando la soberbia progresía tensó la cuerda hasta límites insospechados ofreciendo batalla cultural mientras aumentaba la cantidad de pobres, comenzó a perseguir y a llamar fascista a todo aquel que se le opusiese. Usando ese término de modo tal lábil, no hizo más que quitarle negatividad, vaciarlo de sentido histórico y convertirlo en una bandera de rebeldía frente al statu quo. Los resultados están a la vista en todo el mundo donde opciones de derecha vienen obteniendo excelentes resultados. De aquí que, actuando en espejo, es difícil imaginar que el resultado pueda ser otro. Así, si el gobierno de Alberto Fernández perdió la oportunidad de corregir todo lo que había que corregir por ese desprecio que tenía hacia el ejercicio del poder, por gobernar para que nadie se enoje, y, sobre todo, para no afectar los intereses de los sectores que lo apoyaban, una motosierra casquivana y sin rumbo que entiende el funcionamiento del Estado como un ejercicio de contabilidad, sería más de lo mismo, es decir, una segunda oportunidad perdida.  

Por ello, si Milei en el gobierno tensa la cuerda por una sobreideologización y por sus guerras privadas impulsadas por vaya a saber qué experiencia de vida, le espera el mismo destino y un retorno recargado de la versión más radical de la progresía. Solo será cuestión de tiempo conocer cuál será el eje articulador capaz de unificar a todo ese conglomerado opositor y, sobre todo, cuál será el liderazgo que lo pueda conducir.       

Kant: del homenaje al abandono (publicado el 26.4.24)

 

Con la excusa de haberse cumplido 300 años del nacimiento del filósofo Immanuel Kant, decenas de artículos y homenajes a lo largo del mundo nos ofrecen la posibilidad de revisar algunas de sus principales categorías, en particular aquellas vinculadas a la moral y a la política.

Efectivamente, si bien la filosofía del nacido en Königsberg (Prusia), hoy Kaliningrado, trató de responder qué es el Hombre desde diferentes perspectivas, no es casual que su idea de “paz perpetua” esté siendo invocada para reflexionar específicamente sobre el conflicto entre Ucrania y Rusia, como así también para repensar la tensión entre soberanía nacional y entidades supranacionales en el marco de, por ejemplo, la Unión Europea.

Si agregamos que, entre otros tantos aspectos, Kant también desarrolló una filosofía de la historia a través de la cual sentó su posición acerca de la posibilidad del progreso humano, brindó fundamentos para lo que luego sería la legislación en torno a los Derechos Humanos y estableció los marcos para la discusión pública vigentes en las repúblicas liberales actuales, notaremos que no hay prácticamente tema inherente a lo político en la actualidad que pueda pasar por alto el cosmopolitismo kantiano.  

Con todo, y dado que ya pueden encontrar panoramas completos de la filosofía kantiana en notas como las del profesor Roberto Rodríguez Aramayo en The Objective,

https://theobjective.com/cultura/2024-04-22/kant-cumple-300-anos/ quisiera que nos centremos en un aspecto menos desarrollado pero necesario para repensar algunas de las características de las sociedades occidentales actuales.

Centrémonos en ese breve texto que Kant publica en 1784 y que se titula “¿Qué es la ilustración?” Como su título lo indica, el autor de Crítica de la razón pura, intenta establecer allí una definición que permita caracterizar lo propio de aquel siglo de las luces sin el cual Occidente no sería lo que es. Y lo hace con una definición particular:

 

“La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía del otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo sin la tutela de otro. ¡Sapere Aude! [¡Atrévete a saber!] Ten el valor de servirte de tu propia razón: he aquí el lema de la ilustración”.    

 

Aun si tomamos en cuenta que este texto se da en el marco de la necesidad de emanciparse de la tutela de la religión y que en él se dedica un párrafo elogioso a la libertad religiosa ofrecida por Federico II, un verdadero “príncipe ilustrado”, el mensaje se extiende más allá y es un llamamiento a pensar por nosotros mismos y a liberarnos de cualquier tutela en general.

Pero, claro está, Kant sabe que los tutores harán todo lo posible por asustarnos y exponernos los peligros que podrían surgir si somos nosotros los que tomamos las decisiones; incluso en el párrafo siguiente advierte que tanto se ha hecho carne este hábito de obedecer a los tutores, que los hombres han adoptado una suerte de “segunda naturaleza” de sumisión y obediencia aceptando como un hecho su presunta incapacidad para la toma de decisiones libres y racionales.

A propósito, y en ocasión de otro centenario, en este caso, los 200 años de la publicación del texto de Kant, en 1984 aparece un artículo de Michel Foucault que retoma el desarrollo kantiano y que lleva, de hecho, el mismo título.

Allí Foucault toma la idea de “emancipación” para mostrar que, según Kant, la ilustración sería, justamente, un proceso de abandono de la minoría de edad; dejar de estar tutelados, valerse de la propia razón y, con ello, emanciparse, sería así una forma de entrar “en la adultez” y de transformarnos en seres autónomos y, por lo tanto, responsables de nuestras acciones.

Dado que tanto Kant en su momento, como Foucault en 1984, admitían que el proyecto de la ilustración estaba lejos de haberse cumplido, cabe reflotar la pregunta a 40 años de la publicación del texto del autor de Las palabras y las cosas. Y, en ese punto, es necesario advertir que hay pocas razones para el optimismo.

Porque no se trata solamente de no haber cumplido el proyecto. Es mucho peor que eso: se ha renegado del mismo y se ha instituido una alternativa antiilustrada con la irrupción de todo tipo de irracionalismos que no provienen mayoritariamente de la religión, cuya influencia en Occidente continúa en declive. Entonces, no solo hay nuevos tutelajes que operan más o menos solapadamente; hay una reivindicación de la irresponsabilidad y una celebrada infantilización de la sociedad.

Porque hoy nadie quiere atreverse a saber y prefiere su cámara de eco siempre confortable; la tutela la hace el algoritmo y, si con ello no alcanzara, tenemos toda una burocracia adicta a crear legislación al servicio de quien se sienta ofendido. 

Mientras tanto, la razón es acusada de esconder eurocentrismo, patriarcado, especismo antropocentrista y todo tipo de normativismos que atentan contra la diferencia. De aquí que el sentimiento del yo emerja como único criterio de verdad, el “atrévete a saber” sea sustituido por “el atrévete a sentir” y la emancipación sea reemplazada por el reclamo constante. De esta manera, ya no se trata de alcanzar una mayoría de edad. Ni siquiera aparece como objetivo ideal. Más bien se trata de sostenerse en la minoría de edad que reclama a un otro que siempre es el responsable de las penurias y los límites, como hacíamos todos con nuestros padres cuando éramos niños; mantenernos como acreedores, víctimas sin responsabilidad alguna que señalan con el dedo al malo de la película.

Como indicábamos al principio, es de celebrar que con la excusa de los 300 años del nacimiento de Kant aprovechemos la oportunidad para servirnos de sus ideas en materias urgentes. Mencionamos ya sus aportes para una discusión sobre el diseño institucional de una entidad supranacional como la UE, su concepción de la razón pública y la política de Derechos Humanos, pero siendo más específicos podríamos agregar su propuesta de un derecho de gentes que, entre otras cosas, establezca límites a lo que se puede hacer en una guerra, su republicanismo y un sinfín de elementos que han sido determinantes para una gran cantidad de legislación y de avances en lo que a la convivencia respecta.

Sin embargo, muy poco se ha dicho acerca de este abandono del proyecto de la ilustración que tiene en Kant a, probablemente, su máximo referente. Todos sabemos que en nombre de la razón se han justificado grandes atrocidades y que es necesario comprender que la racionalidad interactúa con los valores del tiempo histórico, pero la apuesta a la irracionalidad y a la promoción de una actitud infantil e irresponsable no está ofreciendo mejores resultados. Al contrario.

Por ello, antes que homenajes de ocasión, una buena manera de reivindicar a Kant sería retomar críticamente ese proyecto de la ilustración; hacerlo evaluando sus errores y sus desviaciones para que lo único que debamos abandonar sea, de una vez y para siempre, ese lugar tan confortable de seguir actuando como si fuéramos niños.        

sábado, 4 de mayo de 2024

Para la tribuna (editorial del 4.5.24 en No estoy solo)

No es ninguna novedad, pero estamos asistiendo a la profundización de un fenómeno muy nocivo para la política, el cual replica el funcionamiento de las redes sociales: los políticos solo hablan para su tribuna. Efectivamente, en escenarios de enorme polarización donde el rechazo al adversario prima, no hay pretensión de representar a la totalidad y menos aún de escuchar otras razones.  

El presidente traslada la lógica algorítmica y la pasión cuantitativa por los likes al mundo real y pesca en la pecera. Ni siquiera se arriesga a un par de silbidos en la Feria del Libro y su conexión con la gente se realiza a través de reposteos ajenos y la amplificación de los 4 o 5 periodistas militantes de la ausencia de repregunta.

Consiguió una media sanción de una Ley Bases desvencijada, pero, aun así, lo suficientemente potente como para generar transformaciones de peso. Así, se profundiza una dinámica de su gobierno por la cual se hace necesario analizar separadamente lo que dice y lo que hace. Porque mientras la retórica se mantiene incendiaria, el hacer parece más acorde a ciertas prácticas políticas tradicionales donde lo que hay es negociación, cosas que se obtienen y otras que se ceden. 

La diferenciación entre el decir y el hacer se vio claramente con el anuncio del cierre de organismos que al final no fueron tal o que, en todo caso, han sido reabsorbidos, recortados, etc. El del INADI quizás sea el caso emblemático. Para la tribuna propia se anunció su cierre. Eso satisfacía a los leones. A su vez, también satisfacía la indignación biempensante de los de enfrente que pretendieron instalar que sin el organismo la gente iba a salir a la calle a decir “gordo”, “negro” y “puto” a todo el mundo. Naturalmente esto no sucedió y el INADI pasó a depender del Ministerio de Justicia. Sin embargo, a ninguna de las dos tribunas le importó y siguen repitiendo que se cerró: unos para celebrar la batalla cultural gramsciana del león, otros para poder twittear un día entero que se viene el fascismo.

Pero, claro está, el hablar para los propios no es un asunto exclusivo del gobierno. Miremos, si no, el discurso del radical Rodrigo De Loredo, jefe de su bancada, en la última votación que diera la media sanción a la Ley Bases.

Son 15 minutos de una pieza digna de estudio en la que el tono de voz elevado se sostuvo artificialmente durante buena parte de la intervención como se supone que debería corresponder a un opositor. Sin embargo, De Loredo, el diputado que lloró por no poder ayudar al gobierno, comenzó con un repaso interesante y bien articulado de la tradición reformista (no revolucionaria) del radicalismo para justificar las reformas planteadas por su espacio e incorporadas a la redacción final de la ley. El punto es que De Loredo está en una encerrona: Córdoba votó masivamente a Milei de modo que él cree no poder darle la espalda a “su” electorado; al mismo tiempo, necesita diferenciarse de su rival interno, Lousteau, que pretende reivindicar la línea más progresista frente al ala liberal de De Loredo. Pero, a su vez, necesita seguir siendo opositor. Desconozco cuál hubiera sido una salida más digna, aunque defender los principios y los valores que uno tiene es siempre posible y hasta gratificante. Lo cierto es que, De Loredo, tras acusar al gobierno de autoritario, de realizar un ajuste brutal, etc., luego indicó que su bloque acompañaría la ley para quitarle al gobierno la excusa de un congreso que le traba sus iniciativas. El argumento es curiosísimo y si los bloques opositores lo utilizaran, no habría oposición a ningún gobierno solo para eludir las acusaciones de ser la máquina de impedir. Pero además muestra este síntoma de los nuevos políticos que, antes que nada, quieren quitarse responsabilidades y se sienten más cómodos en el rol testimonial de los gritos para luego verse reproducido en youtube o recortado en Instagram. De Loredo habla, también a su tribuna, aunque quizás en ella haya solo un espejo que se llama Narciso.    

Por último, el ejemplo del espacio opositor mayoritario que se abroqueló y sostuvo su negativa. La votación estuvo precedida, justamente, por el discurso del último sábado de quien sigue apareciendo como el liderazgo, menguante, pero mayoritario del espacio: CFK.

Que CFK hable en Quilmes y que lleve ya tiempo haciéndolo en el conurbano que le es más que afín, es el fin de la metáfora de la tribuna. No merecería agregar mucho más. Aun así, podría sumarse que es evidente que esa tribuna es cada vez más chica, tal como muestra que las expectativas por sus palabras ya no sean las mismas de antes, especialmente porque, como bien viralizó un sector minoritario del peronismo enfrentado al kirchnerismo, parece “otra vez sopa” y no hay grandes diferencias entre los discursos de CFK y los de cualquier columnista de C5N, incluso en la repetición de argumentos que no convendría repetir. Pensemos por ejemplo en la idea que se ha escuchado mucho y que indica que Milei miente porque el superávit no es tal y es producto de un dibujo financiero que se basa en el diferimiento del pago de cuentas como las de energía. Efectivamente, el número está dibujado y hay cuentas que no se han pagado, pero no puede ser el kirchnerismo el que salga a alertar ello porque, de ser así, o bien el ajuste de Milei no es tan grande y salvaje como se dice, o bien el desastre que heredó Milei es tan enorme que, aun con el ajuste más grande de la historia contemporánea, es necesario dibujar los números para que cierre el superávit. En cualquiera de los dos casos, el que queda mal parado es el kirchnerismo o bien porque en el primer caso estaría exagerando o bien porque, en el segundo caso, sería, como mínimo, corresponsable del ajuste actual. Dejemos, entonces, que Milei sea corrido por derecha, justamente, por la derecha.    

Pero no se trata de caer solo en la figura de CFK. Los legisladores de Unión por la patria llevan tiempo legislando para la tribuna y legislar para la tribuna no está generando buenos resultados. La ley de alquileres por ejemplo. Sin dudas, se trató de una ley a favor de los inquilinos, el eslabón más débil de la cadena. Pero con la inflación desbordada, el beneficio para los inquilinos fue tan grande que desincentivó a los propietarios. ¿Consecuencia? Se quitan los departamentos de la oferta, sube el precio y ¿quién se perjudica? El eslabón más débil.

Ahora bien, aunque esto venía siendo evidente, los legisladores ahora opositores no quisieron dar el brazo a torcer y en la reforma que hicieron en octubre pasado crearon, a partir de una ley mala, una todavía peor: se actualizaban los precios cada 6 meses, lo que favorecía a los propietarios, pero se cambió el índice de actualización por el índice Casa Propia. ¿Qué significa esto? Para decirlo en número redondos, con una inflación de alrededor del 125% en el último semestre, el nuevo índice arrojaba una actualización de 50%. ¿Ustedes creen que algún propietario ofrecería su propiedad en estas condiciones? Sin embargo, al legislador no le importó la realidad. Le importó su tribuna, poder decir en Tiktok que su ley, (la que fomentó de facto el aumento de los precios y la Airbnización), fue derogada por el gobierno cruel que ahora puede mostrar la explosión de oferta como un activo de su gestión.

Ejemplos como estos hay varios. Mencionemos “ganancias”. En lo personal creo que hay buenos argumentos para sostener que “el salario no es ganancia” pero también es verdad que se trataba de un impuesto progresivo y coparticipable. Quitarlo fue una irresponsabilidad electoralista de Massa con complicidad de los gobernadores que ahora lo reclaman. Subir el piso como se lo ha subido en la Ley Bases, con una actualización por inflación y con escalas razonables que comienzan en el 5% y no en el 35% es una medida que parece sensata. Entonces salir a denunciar la inconsistencia de Milei, que como opositor vota por quitar impuestos y como gobierno los sube, es tribunear. Claro que Milei es inconsistente pero el error lo cometió cuando avaló la eliminación de ganancias. No ahora. Y ese error fue propiciado por el candidato del gobierno anterior.

Por último, un párrafo para la reforma previsional. Sin dudas, el gobierno licuó las jubilaciones. Es un dato. También es evidente que la reforma va en línea con la intención de recortar aun más. En números gruesos, 8 de cada 10 argentinos no alcanzan los 30 años de aporte al momento de cumplir la edad para jubilarse. Entonces, hay dos soluciones en los extremos: o no se jubilan o se pone una moratoria eterna. La solución no estuvo ni siquiera en el medio: apareció la figura de una suerte de “pensión” equivalente al 80% de una mínima a la que accederían varones y mujeres de 65 años y a la que luego se le sumaría dinero según la cantidad de años de aporte. ¿Es injusto? Probablemente sí para la mayoría porque buena parte de los que no llegan a los aportes son víctimas de empleadores inescrupulosos o, en otros casos, se trata de amas de casa cuya labor no fue considerada trabajo. ¿El gobierno utiliza doble vara en este punto? Claro. Dice que quien fuga guita es un héroe, abre un blanqueo y elimina la multa para quien no te puso en blanco, pero al momento de “perdonarte” por los años no aportados te dice “no. Acá no entrás”.

Y seguro que hay otras opciones, pero ¿cuál es la opción que plantean los legisladores opositores a la cuestión del sistema previsional? Algo que no sea “el sistema debe ser solidario” porque frente a ese slogan hay que decir: los números solidarios no cierran ni aquí ni en ninguna parte del mundo. Se calcula que se necesitan 4 activos por cada pasivo y en Argentina hay cerca de 1,5 activos por pasivo; Argentina va a tender a un envejecimiento poblacional como el que sufre Europa y tampoco pretende discutir la edad de jubilación, lo cual es un problema. Por ejemplo, la expectativa de vida de las mujeres argentina es de 78 años, eso quiere decir que jubilándose, como lo hacen ahora, a los 60, reciben una jubilación durante 18 años. En el caso de los varones, la expectativa de vida es de 72, de modo que, jubilándose a los 65, reciben 7 años de jubilación. ¿Qué se hace con esta situación? ¿Cómo se resuelve? Se lo están preguntando en todo el mundo, insisto. Pero la solución no puede ser dejar todo como está porque la tribuna chifla, o decir que se soluciona sin pagarle al FMI. Hay que ser serios. ¿Cuál es la solución?              

Para finalizar, la metáfora de la tribuna viene al caso, justamente porque es una metáfora futbolera y encaja perfectamente con una particularidad que hay en nuestro fútbol argentino. Como ustedes sabrán, desde hace años, en la Argentina los partidos de fútbol se juegan sin público visitante, lo cual ha terminado con una de las experiencias más maravillosas del espectáculo, esto es, poder recibir al público visitante y poder asistir a una cancha ajena para acompañar a nuestro equipo. Lamentablemente esto mismo está sucediendo en la política: los visitantes tienen vedada la entrada y nosotros no nos aventuramos a territorios ajenos; abrazamos los aplausos en casa y evitamos las puteadas de afuera; salimos a una cancha donde siempre somos locales; jugamos solo para los nuestros, aquellos que gritan nuestros goles y cuando la tribuna se va despoblando no nos preocupamos porque quedan los más gritones que siguen alentando.

Hasta que un día pasamos por la cancha del adversario. Está llena.