miércoles, 15 de diciembre de 2021

La policía de la memoria (publicado el 9/12/21 en www.disidentia.com)

 

Cómo se debe hablar, qué tenemos que desear, qué se puede decir, qué debemos consumir, qué tenemos que comer, sobre qué podemos bromear. La lista del nuevo canon puritano se extiende hasta esferas que jamás hubiéramos previsto y avanza vertiginosamente de manera global. Desde arriba hacia abajo, tecnócratas sociales decretan la desaparición de la vida tal como la conocemos y el costo de oponerse a ello es la muerte civil. 

A propósito, hace poco llegó a mí una traducción al castellano de la novela publicada en 1994 por la japonesa Yoko Ogawa cuyo título es bastante sugestivo: La Policía de la Memoria. Los comentarios de la novela hablaban de un texto deudor de las grandes distopías literarias del siglo XX con 1984 a la cabeza, lo cual, de por sí, me resultaba interesante.

Todo ocurre en una pequeña isla en la que existe un gobierno que decreta la desaparición de las cosas: una flor, los pájaros, el olor a perfume, los barcos, las novelas. Una a una y por razones que nunca se exponen, el gobierno decide la desaparición de objetos de manera arbitraria. Así le explica este fenómeno la madre de la protagonista a su hija: “Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás ni dolor ni fatiga. Una mañana, un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y entonces solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior”.

Sin hacer explícita nunca una teoría del lenguaje robusta, algo que podríamos exigirle a un tratado filosófico pero no necesariamente a una novela de ficción, parece subyacer al texto la idea de que, en líneas generales, el lenguaje determina la realidad de modo que basta con un decreto gubernamental que elimine los conceptos y las  palabras para que los objetos desaparezcan. Si bien, insisto, habría pasajes en los que cierto rigor filosófico podría encontrar contradicciones, lo cierto es que la garantía de eliminación completa de los objetos estaría en la falta de memoria. Para decirlo con un ejemplo, las rosas desaparecerán definitivamente de la isla el día que nadie las recuerde. Pero, claro, hete aquí que este proceso de desaparición de los objetos que este gobierno autoritario ha impuesto a lo largo de generaciones ha hecho que la gran mayoría de los habitantes de la isla haya perdido la memoria pero hay excepciones y es sobre esas excepciones que actúa la Policía de la Memoria. Ésta sospechaba, por ejemplo, de aquellos que no se buscaban una nueva profesión una vez que su objeto de estudio o aquel con el que ejercían su labor desaparecía. En ese sentido, la protagonista agradece que el padre, que era ornitólogo, hubiera muerto antes de que el gobierno decretara la desaparición de los pájaros. “La principal función de la Policía de la Memoria era completar y hacer efectivo cada proceso de desaparición y olvido a medida que estos iban produciéndose”. De aquí que se hicieran lo que se denominaba “inspecciones de recuerdos” para buscar a las personas inmunes al olvido. Es que se trataba de personas muy peligrosas porque quienes por alguna razón todavía poseían el don de la memoria garantizaban la continuidad del mundo que el gobierno autoritario quería eliminar. Así, aun si todas las rosas fueron arrojadas al mar, ellas sobrevivirían en la mente de quienes las recuerdan y la novela menciona el caso de unos memoriosos que lograron recordar el concepto de barco, construir uno y escapar de la isla.     

El modo en que se relacionaban con la realidad quienes tenían memoria y quienes la habían perdido aparece todo el tiempo a lo largo del texto. Por ejemplo, tras la desaparición de los perfumes, los desmemoriados trataban de oler los frascos pero no podían percibir nada: el perfume era lo mismo que el agua. Lo mismo sucedió cuando la protagonista encuentra una cajita de música escondida: el hecho de que el gobierno hubiera decretado su desaparición hacía que la música sonara pero que su oído no pudiera captarla.

“Tener ante mí algo que ya no existe (…) me resulta raro. (…) Evidentemente, es algo que se supone que no existe (…) Pues ocurre que la caja de música es real, existe; no ha desaparecido. Y por mucho que su concepto haya caído en el olvido en la memoria de casi todo el mundo, la música sigue manando (…) Su desaparición no es un suceso objetivo, sino subjetivo”.

 La novela está cargada de hermosas imágenes: desde la caída automática de los frutos de los árboles cuando el gobierno determinó su supresión hasta una historia paralela correspondiente a la novela que la protagonista va escribiendo en la que la voz de las personas está encerrada en máquinas de escribir de modo que solo pueden expresarse escribiendo.

Sin embargo, si lo relatado no es lo suficientemente angustiante, el texto de Ogawa no ahorrará en giros verdaderamente dramáticos. En primer lugar, aparecen organizaciones clandestinas que protegían a los memoriosos dándoles un lugar donde esconderse. Es que además de cosas, empieza a desaparecer gente en la vida real y cuando eso sucedía desaparecían hasta de las fotos. En otras palabras, no solo estaba secuestrada por el gobierno la posibilidad de nombrar, lo cual reduce a las personas a la nada, sino que aquellos que todavía poseían el don de la memoria también eran secuestrados y desaparecían.

Con la supresión de los calendarios, la gente dejó de cumplir años y la primavera no llegó nunca de modo que el invierno se quedó como estación innombrada pero con mucha nieve. El problema fue que luego el gobierno decretó la desaparición del concepto de pierna izquierda de modo que la gente comenzó a arrastrarse por la calle con una suerte de colgajo que alguna vez fue pierna. Tiempo después llegó el momento del brazo derecho y el final lo pueden imaginar pero no quisiera detenerme en él sino hacer algunas reflexiones que pudieran conectar algunas de estas metáforas con el presente.

Es que la novela tiene una particular actualidad especialmente en relación con la disputa que se está dando acerca del lenguaje. Si bien por suerte todavía a nadie se le ocurrió afirmar que el concepto de pierna derecha es una imposición del Occidente blanco y décadas atrás solían ser los gobiernos de derecha los recelosos de lo que se podía decir, la idea de una Policía de la Memoria parece hoy aplicarse mejor a la cultura de la izquierda progresista. Y no se trata de una hermosa ficción, como sucede en la novela, sino la idea de que no hay sustrato material por fuera del lenguaje y de que todo es relativo al punto de vista subjetivo. Sobre esta base aparece el artilugio de una performatividad del lenguaje mal entendida que se ha extendido como una suerte de disposición mágica al servicio de tecnócratas sociales que creen poder modificar la realidad con solo alterar el lenguaje.

Como se indicaban en la introducción, el idioma, la expresión, los hábitos alimenticios, el objeto de deseo y hasta los chistes hoy son digitados por una cultura que se impone de arriba hacia abajo. Afortunadamente, en Occidente ya no asistimos a guerras de exterminio, genocidios, persecuciones y desapariciones como los que llevaron adelante dictaduras sangrientas hace apenas algunas décadas, pero la lógica de la cancelación supone una muerte civil y una desaparición de la esfera pública para todo aquel que no se adecue al canon. En esta lógica donde todo es presente y el pasado solo existe para ser modificado o juzgado, el cancelado no puede ser nombrado porque su nombre opera como una maldición y quien ose recordar el estado de cosas anterior será señalado como reaccionario, conservador o fascista. El fenómeno actual de la extrema exposición que observamos en las redes tiene también como correlato el fenómeno aparentemente contradictorio de la total desaparición de valores, objetos y culturas. Incluso también personas, en esta idea de llevar al mundo real la posibilidad de “bloquear” a aquellos que nos incomodan. Esta operación no la lleva adelante ninguna Policía de la Memoria formalmente constituida. Eso es todavía más angustiante: la Policía de la Memoria hoy es tu vecino, un twittero anónimo o tu amigo de Facebook.

Escrita antes de la existencia de las redes sociales, la novela de Ogawa hoy debería resignificarse. ¿Hasta cuándo seguirá siendo una bandera progresista la memoria tomando en cuenta que la relación con el pasado resulta cada vez más arbitraria? ¿Quiénes son en la actualidad los que pretenden decretar qué es lo que existe y qué es lo que se debe hacer? Pero sobre todo, la pregunta central sería: ¿dónde está la policía hoy? ¿En la derecha o en el progresismo?        

 

lunes, 6 de diciembre de 2021

Una postergación y un milagro (editorial del 4/12/21 en No estoy solo)

 

Si bien es temerario augurar el destino del gobierno de Alberto Fernández de cara al 2023 asumiré el riesgo de afirmar que éste depende de tres cosas: un rebote, una postergación y un ego.

El rebote, naturalmente, es el económico y está sucediendo. En todo caso la pregunta es hasta cuándo continuará. Por lo pronto, este año el crecimiento estará por encima de los indicadores más optimistas y se recuperará todo lo perdido en 2020 por la pandemia. Es más, ya son varios los sectores que están por encima de los números de 2019. Aunque las previsiones para el año que viene son más austeras no hay nadie que imagine un crecimiento por debajo del 2,5% si es que el diablo, claro está, en forma de pandemia, no mete la cola. Pero número más, número menos, Argentina crecería 2 años seguidos después de una década. Es algo que el gobierno podría celebrar. Si eso se redistribuye, si llega al bolsillo de la mayoría, si los ingresos en blanco y en negro le ganan a una inflación que da miedo, eso será otra cosa. Pero crecimiento habrá.

La postergación es la que en estos momentos el gobierno estaría negociando con el FMI. Se habla de un acuerdo o al menos un preacuerdo antes de fin de año y se da por hecho que habría “años de gracia” para comenzar a devolver el inédito préstamo otorgado por el organismo para blindar la reelección de Macri. Como mínimo, se habla de comenzar a pagar en 2024 y conocer el resultado de esa negociación es esencial para aventurar el futuro de la economía argentina.    

 Lo que todos sabemos, igualmente, es que el organismo impondrá condicionamientos que irán más o menos por los carriles de siempre más allá de que desde hace algunos años se intente presentar al FMI como un organismo que aprendió de sus errores. ¿Cómo hará el gobierno para achicar el déficit quitando subsidios a servicios y transporte sin que ello se traslade a inflación y genere un repudio generalizado de una población que le dio la espalda en la última elección? Muchos dicen que en el mismo planteo que acabo de hacer está la trampa. Es que si gastás mucho hay dos maneras de que te cierren las cuentas: una es recortando pero la otra es ganando más. Las opciones no son excluyentes y qué más quisiera uno que el gasto sea eficiente y que la Argentina exporte más para que así puedan ingresar más divisas. Pero aquí el gobierno enfrenta varios desafíos. En primer lugar, la incertidumbre de la pandemia y el desequilibrio de las cuentas a nivel mundial que puede hacer que el viento sea de cola o de frente. Por otro lado, sus propias contradicciones expuestas en el loteo de ministerios los cuales, muchas veces, tienen miradas en tensión respecto a qué modelo de país llevar adelante.

La tercera cuestión a tener en cuenta es el ego. ¿De quién? Por lo pronto de Macri. ¿Ustedes se imaginan a Macri en mayo de 2023 grabando un video diciendo “Le he pedido a Horacio Rodríguez Larreta que encabece…..”? Yo tampoco. Por supuesto que se dirá que la situación no es equivalente y es verdad porque hoy pareciera ser Horacio Rodríguez Larreta el elegido por el establishment para ser el candidato opositor y si todo ese espacio lo aceptara tiene buenas chances de ser el próximo presidente. Del mismo modo que el poscristinismo giró hacia el centro en forma del pasteurizado Alberto, el posmacrismo se encarnaría en una paloma llamada “Horacio”. ¿Pero va a aceptarlo Macri? Romper la coalición opositora sería suicida pero hay buenas chances de que el espacio de los “halcones”, aprovechando que la sociedad “huele a espíritu libertario”, intente forzar una “Gran PASO”, máxime si en el gobierno se cumple la promesa de aceptar dirimir las futuras candidaturas en elecciones abiertas y no a través del dedo. En este escenario, aun si la actual oposición obtuviera un increíble 50% de los votos en las PASO 2023, a Macri podría alcanzarle con un 20% para ganar una interna contra Larreta y contra los radicales que esta vez pueden llegar a los dos dígitos.

Pero si hablamos de ego, el de Alberto tampoco es menor. En este sentido, descartada, entiendo, la posibilidad de una candidatura a presidente de CFK, Alberto puede intentar ir por la reelección aun en un escenario como éste. De hecho, hay quienes indican que Alberto ha hecho una particular lectura de la última elección y que lejos de asumirse perdidoso entendió que el gran derrotado fue el kirchnerismo duro y que es hora de darle al gobierno el perfil que él busca. Si es ésta la interpretación que hace Alberto y si las variables económicas no estallan por el aire, aun unos mediocres dos años podrían darle al presidente el empujón para volver a intentarlo prometiendo la llegada del famoso día 100 (una remake del “segundo semestre”) para su próximo mandato. Agreguemos a esto la posibilidad de que él aparezca como aquel capaz de sobrevolar la interna feroz que se avecina entre massistas, kirchneristas, gobernadores, movimientos sociales, sindicatos, intendentes, y que la única manera de que “la sangre no llegue al río” puede que sea que las partes acuerden apoyar a quien ya habían decidido apoyar en 2019 y es, al fin de cuentas, el presidente. Un guiño a esta posibilidad de continuidad la da el trascendido de que el gobierno le estaría pidiendo al FMI bastante más que dos años de gracia de modo tal que el fuerte de los vencimientos llegue después de 2027.          

Entre el rebote, la postergación y el ego habrá un sinfín de vicisitudes como las que nos tiene acostumbrado este país que cada diciembre parece volver a coquetear con ese destino fatal al que osó asomarse con febril mirada hace exactamente 20 años: el pobre chino llorando, el encapuchado afanando el arbolito de navidad, Cavallo la concha de tu madre, los muertos en la Plaza, el helicóptero. Ningún escenario es igual al anterior aunque hay temas que son una constante como los tópicos del tango. En este sentido, el tema de los egos será crucial aunque no tanto como el rebote y la redistribución de aquello que rebota. Pero si hay que elegir uno de los tres aspectos, el de la postergación parece ser clave. Es que si el acuerdo que se va a firmar posterga los pagos a cambio de postergar a las mayorías, no hay gobernabilidad posible ni de éste ni de futuros gobiernos. Así, el 2023, el 2027, el 2031 y los años que platearán la sien de la joven democracia argentina solo definirán traspasos formales de una administración que administrará miseria.

El tango “Volver” agrega “Guardo escondida una esperanza humilde”; una canción más moderna afirma que nos merecemos bellos milagros. Lo que no sabemos es si ocurrirán.   

 

lunes, 29 de noviembre de 2021

La reacción (publicado el 25/11/21 en www.disidentia.com)

 

Un fantasma recorre Latinoamérica pero no es el del comunismo sino el fantasma de la reacción. Sucedió hace algunos años con Bolsonaro en Brasil y empieza a suceder en el resto de los países tal como había sucedido en Estados Unidos con Trump y en buena parte de Europa. Hay una reacción y se la suele catalogar de “conservadora”, “ultraconservadora”, “populista”, “populista de derecha”, “fascista”, etc. para de esa manera abonar el pánico moral biempensante. Cada caso merecería un análisis particular pero en general se trata de irrupciones de personajes carismáticos, outsiders de la política, moralmente conservadores, que emergen meteóricamente por la crisis de representación y el hartazgo frente a partidos tradicionales que no dan respuestas, si bien su enemigo predilecto es una izquierda arcoíris e identitaria que ha sepultado a su sujeto histórico para intentar abrazar una suma infinita de reivindicaciones minoritarias.   

Sin ir más lejos, días atrás se celebró la primera vuelta de las elecciones en Chile cuyo resultado determinó que el conservador José Antonio Kast con el 28%, y el izquierdista Gabriel Boric con el 26% resuelvan la elección en un balotaje. Quienes hasta hace unos meses querían hacernos creer que un “Nuevo Chile” se había establecido a partir de las protestas sociales de 2019 originadas por el aumento del boleto de metro, no revisan sus pronósticos sino que se dedican a asustar diciendo que viene el Cuco. Y efectivamente vino. Pero antes que el susto y la indignación siempre es mejor tratar de comprender “la reacción”. No se trata de “la irrupción del mal” en sí sino de una respuesta a, en el caso de Chile, propuestas de centro derecha y centro izquierda que en general se parecen demasiado. Así, aun cuando los sistemas presidencialistas con balotaje estén diseñados de modo tal que sea prácticamente imposible que una opción radical alcance la presidencia, lo cierto es que el caso Bolsonaro y el caso Trump (donde el balotaje se da de hecho porque compiten solo dos fuerzas importantes) ha demostrado que el diseño institucional no alcanza. De repente entonces el cuento que mostraba una continuidad entre el conflicto social de 2019 y la creación de una asamblea constitucional presidida por una líder mapuche, choca con una elección en la que se eligió a Kast, un hijo de inmigrantes alemanes que se afincaron en la zona de Paine, padre de nueve hijos e hijo de un soldado alemán que fue convocado para formar parte del ejército nazi. Kast defiende “valores de la familia” frente al “lobby LGBT y los pro-aborto”, políticas restrictivas frente al ingreso de la inmigración ilegal (especialmente contra bolivianos y venezolanos), un programa liberal en lo económico y sobre todo el restablecimiento del orden social hacia dentro y en las fronteras. En este último punto, Kast, el candidato que afirma que a diferencia de lo que sucede en Cuba, Venezuela o Nicaragua, de la dictadura en Chile se salió con elecciones democráticas, sienta posición en el conflicto por las tierras con la comunidad indígena mapuche. De hecho, donde está el eje del conflicto, en la región de la Araucanía, sur de Chile, Kast se hizo enormemente fuerte y obtuvo el 42% de los votos. También estuvo por encima de su promedio (que baja en la capital Santiago) en la región de Tarapacá, zona norte del país, donde hay conflictos por la inmigración de ciudadanos de países vecinos.

Con mucho menor peso político, al menos por ahora, un caso análogo se registró en las elecciones realizadas en Argentina el último 14 de noviembre. Allí no fueron presidenciales sino legislativas pero irrumpió desde la nada la figura del economista Javier Milei quien ingresó como diputado nacional tras obtener el 17% de los votos en la Ciudad de Buenos Aires. Si bien quedó tercero detrás de la coalición de centro derecha que obtuvo un 48% y la coalición de centro izquierda que obtuvo un 25%, lo curioso es que Milei llegó a ese porcentaje sin ningún tipo de estructura política y haciéndose conocido por un estilo confrontativo, radicalizado y extravagante: por momentos parece una estrella de rock, se reivindica anarcocapitalista defendiendo un libertarismo a ultranza que entre otras cosas llama a quemar el Banco Central para que los populistas dejen de emitir billetes, y, amenaza acabar con la “casta política”.

¿Es Milei un fenómeno de viejos avinagrados pertenecientes a clases altas de los grandes centros urbanos? No. De hecho, su mayor caudal de votos lo obtuvo gracias al voto joven y es sorprendente cómo muchos de quienes lo circundan son influencers e youtubers que suben videos que tienen millones de visualizaciones donde su principal adversario es la cultura progresista. Si la experiencia del peronismo kirchnerista entre 2003 y 2015 había encolumnado a miles de jóvenes detrás de la idea de que la salida era comunitaria y que el héroe debía ser colectivo, hoy buena parte de la juventud argentina, harta de la crisis y del “No future”, se pone la careta del Joker, y encuentra en el discurso individualista y anticasta política una bandera de rebeldía frente al progresismo de la corrección política que pretende establecer cambios de arriba hacia abajo de la mano de tecnócratas sociales. Es más, Milei estuvo por encima de su promedio en las comunas más pobres de la ciudad de Buenos Aires y por debajo de su promedio en las comunas de “clase media ilustrada”. Esto significa que, como ha sucedido en otras partes del mundo, hay un discurso de derecha que está interpelando a las mayorías, especialmente sectores de trabajadores precarizados, que observan que la agenda de la izquierda ya no los tiene en cuenta porque ante el reclamo de progreso, seguridad, futuro y mejores condiciones laborales la única respuesta que se ofrece es mayor deconstrucción.

Si bien el caso de Milei en particular es asombrosamente popular entre los más jóvenes, a tal punto que es capaz de convocar cientos de ellos en encuentros en plazas para hablar de los principios económicos de la Escuela económica austríaca, me permitiría decir que la sociedad argentina no ha devenido anarcocapitalista o minarquista (como le gusta calificarse al propio Milei en todas sus intervenciones) sino que es su discurso anticasta política y sus características personales las que resultan más atractivas para una porción del electorado. Con todo, es verdad que, al menos en Argentina, el episodio pandémico fue el caldo de cultivo para que ese tipo de discurso se esparciese. Es que en un país que no crece hace 10 años y que continúa con la inflación del 50% anual que legó el gobierno de centro derecha liberal de Macri, las medidas de restricción de la circulación hicieron que la economía cayera 10% en 2020 pero, sobre todo, crearon una sensación de que los empleados públicos que podían quedarse en casa eran privilegiados. A esto cabe agregar que el actual gobierno socialdemócrata con un núcleo duro peronista como centro, no hizo lo suficiente para ayudar a quienes más padecieron y sobre todo a aquellos sectores medios formales e informales que tuvieron que salir a trabajar poniendo en riesgo la vida.

En un clima político tan cambiante, es imposible pronosticar. En el caso de Chile, la elección está cabeza a cabeza y entre los perdedores hay candidatos de derecha y de izquierda cuyos votos pueden ir hacia un lado o hacia el otro. Será un final cerrado. En el caso de Argentina, el futuro de Milei, tercero en la ciudad capital que cuenta con 3 millones de habitantes sobre un total de 45 millones, resulta todavía mucho más difuso de cara a las elecciones presidenciales de 2023. En todo caso, la única vía posible para que Milei tenga posibilidades ciertas de hacerse con un cargo de peso en dos años está atada a la interna de la coalición de centro derecha que hasta hace dos años lideraba Mauricio Macri y que tiene sectores de una derecha que va más hacia el centro y una derecha que comienza a radicalizarse. Pero hablar de esto ahora es pura especulación. Lo importante es que, más allá de una elección o un resultado circunstancial, cada sociedad, casi de manera calcada, está girando hacia posiciones reaccionarias en el sentido estricto del término, esto es, está reaccionando contra algo. Que la reacción sea monstruosa y por momentos asuste, antes que generar pánico o indignación, debería hacernos replantear la magnitud de la monstruosidad contra la que se está reaccionando. Algo se debe estar haciendo mal para que las mayorías hoy se sientan representadas por estas perspectivas. En vez de enojarse, cancelar, subestimar o catalogar como “fascismo”, aun cuando muchas veces anide en estas opciones algún germen de aquéllo, más bien cabría preguntarse qué es lo que está haciendo que las opciones que van desde la centro derecha a la centro izquierda carezcan de programas que representen a las mayorías. Si la vieja máxima marxiana decía que había que dejar de interpretar el mundo y transformarlo de una vez, hoy no vendría mal hacer lo contrario y pedirle a las elites que imponen sus transformaciones, en muchos casos detrás de buenas causas pero de manera fuertemente autoritaria, una mínima reflexión que les permita, antes, entender e interpretar correctamente el mundo que pretenden transformar. De lo contrario, quien se sorprenda ante las reacciones habidas y por haber será, en el mejor de los casos, cándido, y, en el peor de los casos, cómplice.           

 

martes, 23 de noviembre de 2021

Esperando el día 100 (editorial del 20/11/21 en No estoy solo)

 No hay hechos, solo interpretaciones. No hay elecciones, solo expectativas. Podríamos incluso jugar intercambiando el orden y decir que no hay hechos, solo expectativas, y que no hay elecciones, solo interpretaciones. Como sea, saturados de análisis y atormentados de sentido, los resultados del último domingo parecen quedar en un segundo plano para ser casi una anécdota.

En todo caso esos resultados otorgan la legitimidad formal para los cargos pero nada más que eso. No es poco pero quien crea que todo termina allí se equivoca. El dato duro es que el oficialismo perdió a nivel país por casi 9 puntos, que cayó en todas las provincias grandes, incluso en la de Buenos Aires, y que apenas hizo pie en Tierra del Fuego y el norte del país. Sin embargo, ante una expectativa de paliza demoledora, la oposición tuvo un triunfo con sabor a poco y el gobierno vivió la derrota como una victoria. Y esto va más allá del hecho de que el gobierno sostenga la primera minoría en diputados y de que, si bien perdió el quórum en el Senado, se descuenta que tendrá las herramientas para alcanzarlo. Va más allá porque desde el gobierno piensan que si después de una pandemia que se cargó a todos los gobiernos nacionales del mundo y de una gestión que ha dejado mucho que desear, se obtiene un tercio de los votos, con mejorar un poco y con una economía que rebote desde el subsuelo, la posibilidad de pelear el 2023 está a mano. Claro que más optimistas podrían ser los opositores con esa misma lógica. Es que con todo a favor hicieron un pésimo gobierno, el cual terminó hace menos de dos años. Y sin embargo tienen un piso de más de 40%. ¿Ustedes se imaginan lo bien que les iría si hubieran acertado con alguna medida?

Por otra parte, merecería un artículo aparte la risueña discusión acerca de ganadores y perdedores que estableció Alberto Fernández cuando llamó a festejar el triunfo el día de la militancia. Como estrategia para cambiar el eje de la discusión ha sido enormemente efectiva, más allá de que el precio que se puede pagar es el de una sociedad que vea al presidente fuera de la realidad. Pero al fin de cuentas, fue la estrategia que utilizó Macri y fue bastante efectiva también. Seguramente, esta nueva lógica comunicacional del gobierno va en la línea del duranbarbismo posmo que adoptó después de septiembre cuando todo lo que se ofrecía era una campaña afirmativa por un “Sí” tan lavado que podía encajar casi en la lista de objetivos de cualquier partido. De hecho, la idea de ir a festejar el miércoles a la plaza un triunfo que no fue está en la línea de un aprendizaje pospandémico: gobierno que dice que “no” a algo pierde. Así que hay que “dejar hacer”. La libertad copó la agenda y cualquier impedimento, sugerencia u, obviamente, obligación, será visto como un ejercicio de la violencia. De modo que no importa por qué pero salgan y festejen. Prohibido prohibir. Basta de “cuidate” o “quedate en casa”. Salí y matate si querés. Basta de “No”. Todo “Sí”. Ahora la fiesta. ¿Perdimos? ¿Qué importa? Hay que festejar.

Ahora bien, mientras otra parte del gobierno intenta justificar la ficción triunfalista hablando de un “empate técnico”, como si el resultado de una elección fuese lo mismo que el margen de error de una encuesta, la oposición patalea como un chico al que los padres no le llevan el apunte. No le alcanza con los números. Quiere que le digan que ganó. No le alcanza con la realidad. Necesita ser protagonista de la ficción. Los hoy periodistas opositores que dos años atrás utilizaron el mismo insólito argumento del “empate técnico” cuando el derrotado fue Macri, o la boludez del juego de palabras de los que ganan perdiendo o pierden ganando, ahora se indignan porque el oficialismo les da un poco de su propia medicina. “Querían ficción y les di ficción” podría decir el propio Alberto Fernández que está como Penélope tejiendo y destejiendo soñando con que le llegue por fin el día 100.  

Y ésa parece ser la lectura que hace el gobierno del momento poselecciones. Hasta aquí, diría Alberto, goberné 99 días y al día 100 llegó la pandemia. La consecuencia de la pandemia fue la derrota en las elecciones de septiembre. El tránsito desde las PASO hasta las generales ya empieza a mostrar signos de recuperación. Por lo tanto, tengo una segunda oportunidad que coincide con mis últimos dos años de mandato. Ha llegado mi día 100.

Si la mejora en la provincia de Buenos Aires obedeció al trabajo de los intendentes que fueron a buscar a los votantes desencantados que se habían quedado en casa en las PASO, al pánico al regreso de Macri y/o a la simple razón de que el alejamiento de la pandemia nos predispone mejor, es otro tema y al gobierno no le impedirá sostener la esperanza de recuperación.

Pero la llegada del día 100 como el día del relanzamiento tiene dos interrogantes: el primero es cómo llega el Frente internamente a ese día. Porque cómo está el país ya lo sabemos. Lo que no queda claro es cómo está el Frente. O sí lo sabemos y las noticias no son buenas porque el equilibrio es inestable y las razones que en su momento fracturaron el campo popular están allí presentes, agazapadas. Si bien todos los actores parecen haber entendido que todo está permitido menos la ruptura, es evidente que la unidad hoy es condición necesaria pero ya no es suficiente para garantizar el triunfo. Estas internas, a su vez, generan enormes dificultades en la gestión que han quedado en evidencia en estos dos años. Es que la lógica del loteo de cargos, secretarías, etc. en manos de los distintos espacios, antes que generar un equilibrio generó inmovilidad. Está equilibrado porque no se mueve, lo cual es la peor forma de los equilibrios. 

El segundo interrogante es cuándo llegará el día 100: ¿vendrá con el llamado al diálogo con una oposición con pocos incentivos para acordar con un gobierno perdidoso? ¿Vendrá después del eventual acuerdo con el FMI? ¿Llegará antes del 2023? La quietud de los primeros 99 días es una mala señal que se acentuó con la desgracia de la pandemia. Pero lo cierto es que los votantes del gobierno y, por qué no, la Argentina toda está esperando el día 100 de Alberto. El gobierno necesita que llegue rápido pero viene lento como el mítico General Alais que Alfonsín esperaba para poner orden en Semana Santa. Hay quienes incluso creen que nunca va a llegar como el Godot de Beckett, que lleva a quienes esperan a realizar todo tipo de acciones vanas y dramáticas mientras aguardan; o, peor aún, como el Diego de Zama de Di Benedetto que ve pasar la vida esperando la carta del rey para conseguir el tan preciado traslado que nunca llega. A propósito, recuerdo el trágico final de Zama y esa frase categórica que el protagonista da a los captores que buscaban tesoros. Zama les dice que viene a hacer lo que nunca hicieron por él, esto es, viene a decirle “no” a sus esperanzas. 

No me considero en condiciones de indicar si esta frase de Zama aplica a la situación de Alberto y a la llegada del día 100, y menos aún me considero facultado para indicarles si hay que tener o no esperanzas, algo, por cierto, bastante subjetivo. Pero más allá de la hojarasca y el juego de expectativas e interpretaciones, vitales para la política, en algún momento la realidad dirá si el día 100, esto es, si el prometido gobierno de Alberto comienza, o será un gobierno de 4 años que nunca pudo salir del día 99. Si el día 100 llega, entonces, el gobierno será evaluado sin excusas por las urnas en el 2023; pero si ese día no llega, en 2023 las urnas hablarán también. 


sábado, 20 de noviembre de 2021

“Un poco peor”: lecciones de la vida pospandemia (publicado el 11/11/21 en www.disidentia.com)

 Durante más de un año se hicieron todo tipo de pronósticos respecto a qué ocurriría una vez terminada la pandemia. Los principales pensadores del mundo hicieron sus reflexiones inmediatas y ninguna de las fantasías distópicas estuvo ausente:  desde la extinción humana hasta una vida en la que deberíamos acostumbrarnos a vivir como astronautas en la Tierra. Políticamente hablando, los pronósticos avizoraban la imposición de un modelo de capitalismo autoritario cuya referencia sería China o la mismísima muerte del capitalismo en un mundo donde, de repente, surgiría una conciencia mundial colaborativa entre los humanos y en relación a la naturaleza. Los diarios anunciaban revoluciones inminentes pero allí no había análisis sesudo y racional, sino solo la ansiedad que provoca ser protagonistas de un suceso único. Que el hombre nuevo no surgiera de una acción revolucionaria sino de una fatalidad biológica era un detalle. El sueño de ser otros a nivel planetario era lo suficientemente excitante como para sostenerlo mientras el virus seguía haciendo estragos y nadie sabía cuál era el contenido de la normalidad nueva pero la deseábamos por el simple hecho de ser la novedad.

Sin embargo, hay voces lúcidas en el presente. Por ejemplo, en mayo de 2020, el escritor francés Michelle Houellebecq publicó una carta titulada “Un poco peor” que, en su título, logra condensar el modo en que saldremos de la pandemia. Más allá de la zozobra inicial, las cosas se acomodarán y saldremos adelante golpeados, preocupados, con algunos familiares menos, castigados económicamente, pero saldremos; se acelerarán los cambios tecnológicos que nos deshumanizan en medio de una muerte que se ha vuelto burocrática, aséptica y sin testigos, pero no mucho más. Eso es todo. Sin grandes estridencias. Solo un poco peor.   

Sin embargo, también hubo voces lúcidas en el pasado y estoy hablando de un escritor británico que ya hemos mencionado en este espacio: J. G. Ballard. En su momento, hablando de la pandemia, habíamos comentado el cuento “Unidad de cuidados intensivos”, publicado en 1977, donde se contaba la historia de una familia cuyo vínculo se hacía exclusivamente a través de pantallas. Así el protagonista afirma: “Mi propia crianza, mi educación y mi ejercicio de la medicina, mi noviazgo con Margaret y nuestro feliz matrimonio, todo ocurrió dentro del generoso rectángulo de la pantalla del televisor”. Literalmente.

Pero yo quería referirme a dos historias del último libro de cuentos que Ballard escribiera en 1989: se trata de “El espacio inmenso” y “El parque temático más grande del mundo”. Si “Unidad de cuidados intensivos” era capaz de describir el futuro de una interacción humana en la que se naturalizaría la falta de todo contacto físico y cada vínculo estaría mediado por una pantalla, en estos dos cuentos pueden aparecer algunas de las consecuencias pospandémicas, bastante menos delirantes que las que propusieron las grandes plumas de la actualidad.

“El enorme espacio” es un cuento difícil de interpretar o, en todo caso, es un cuento cuya interpretación es abierta. Un hombre, de repente, decide no salir más de su casa. No estaba loco ni deprimido. Tampoco era perseguido. Tenía los problemas de cualquier mortal pero no muchos más:

“Comprendí que podía cambiar el rumbo de mi vida mediante un único acto. Para acallar el mundo y resolver todas mis dificultades de un plumazo, disponía de la más simple de las armas: la puerta de la calle. (…) Mi intención no fue separarme solo de la sociedad que me rodeaba. Con ello, rechazaba a mis amigos y colegas, a mi contable, a mi médico y a mi abogado y, sobre todo, a mi exesposa. Cercenaba toda conexión práctica con el mundo exterior. Jamás volvería a cruzar la puerta de calle”.  

Pasó un mes, luego otro y otro. La comida de la heladera ya se había acabado así que decidió cazar las mascotas desprevenidas de los vecinos que atravesaban su jardín. Con todo, el hambre cada vez era menos problema pues lo que parecía estar haciendo el personaje es un viaje hacia su interior. No casualmente Ballard fue el que alguna vez señaló que la ciencia ficción debía dejar de ocuparse de los extraterrestres y los vuelos interplanetarios para ocuparse del hombre y de la conciencia. Allí hay viajes más largos e insondables que hacer.

El jefe y su secretaria dejaron de llamarlo. Apenas algunas cartas de intimación por la falta de pago de los servicios llegaban a su puerta pero no mucho más. Con el paso del tiempo, el plan de desconexión con todo lo exterior estaba siendo exitoso y allí fue que empezó a sentir que la casa se hacía cada vez más grande:

“Ya puedo sentir que las paredes de la cocina se están distanciando de mí (…) ¿Cuánto tiempo más puede durar esta expansión? (…) las paredes de esta estancia otrora minúscula ya constituyen un universo por sí solas. El techo está tan lejos que debajo de él podrían formarse nubes”.   

A diferencia de lo que intuitivamente pudiéramos imaginar, el estar encerrado no hizo que la casa “se achicara” o “se le viniera encima”. Más bien lo contrario: tomar la decisión del encierro y comenzar un viaje interior, reflexivo, acerca de qué cosas le incomodaban del mundo exterior, generó una “disociación espacial”. La casa podría ser chiquita pero el interior de la mente es infinito y cada vez más grande. Cerrando la puerta por siempre, metiéndose para adentro, el protagonista ganó un espacio inmenso que va más allá de los límites objetivos de una casa. ¿Acaso no podemos pensar que un sentimiento similar podría haber sido compartido por muchas de las personas que a lo largo del mundo debieron permanecer encerradas en medio de la pandemia? ¿Cuántos viajes interiores impulsó el coronavirus?

Por otra parte, en el segundo cuento mencionado, “El parque temático más grande del mundo”, Ballard hace una crítica mordaz al espíritu europeo sin fronteras en el contexto de avance y consolidación de la Unión Europea:

“En efecto, solo en el otoño de 1995 los economistas de Bruselas se resignaron a la paradoja que ningún gobierno anterior había querido admitir: contrariamente a la ética protestante, que había fracasado miserablemente en el pasado, cuando menos trabajaba, más próspera y satisfecha se veía Europa”.

 

Esta evidencia se tradujo en una verdadera rebelión de los turistas. Primero fueron algunos miles de turistas franceses, británicos y alemanes que descansaban en la Costa Azul y la Costa del Sol los que decidieron no tomar sus aviones de regreso. Habían imaginado pasar un mes allí pero luego decidieron continuar descansando en sus hoteles caros. Al tiempo, los “turistas exiliados de forma permanente” ya habían sobrepasado el millón y el número no paraba de subir. Los más jóvenes, con algo de espíritu hippie decidieron dormir en la playa y hasta algunos se dedicaron a realizar robos menores. El resto pidió ampliación de gastos de su tarjeta de crédito y créditos a los bancos para continuar con su vida de ocio.

En este contexto Ballard se pregunta irónicamente si Europa estaba a punto de conducir a una nueva revolución y lo cierto es que comenzaron las revueltas en Málaga, Mentón y Rímini. Es que los hoteleros no podían tolerar más a estos okupas VIP y la policía intervino. Sin embargo, los meses de playa habían hecho que la mayoría de estos turistas pasara su tiempo libre haciendo ejercicios de modo que su fortaleza física era envidiable y lograron repeler el avance de las fuerzas de seguridad.

La información echó a correr y ya eran varios millones los turistas que habían invadido las playas a tal punto que nadie quería visitar el Louvre ni el palacio de Buckingham. La caída en las visitas fue tal que surgió la posibilidad de que fueran vendidos a una compañía hotelera japonesa.

Por otra parte, la masividad hizo que aparecieran liderazgos y organizaciones que primero optaron por modelos democráticos pero luego acabaron estructurados detrás de una lógica autoritaria. La situación llegó a tal descontrol que en 1996 la Asamblea de Estrasburgo decretó la clausura de las playas y la prohibición del bronceado y de cualquier tipo de ejercicio físico fuera del ámbito laboral. La consecuencia fue inmediata: los turistas exiliados construyeron barricadas con autos abandonados en las playas, fortificaron las entradas de los hoteles y establecieron equipos de buceo para comer buen pescado al tiempo que por las noches, estos vándalos de clase alta, avanzaban hacia el interior para llevarse ovejas y saquear las plantaciones. 

“El primer conflicto abierto, en Golfe-Juan, fue característicamente breve e indeciso. Puede que la policía esperara de forma inconsciente la llegada del Emperador, tal como había ocurrido tras su huida de la isla de Elba, el caso es que no consiguió hacer frente a la agresiva brigada de morenas madres desnudas que, entonando cánticos ecologistas y lemas feministas, avanzaban sin titubear sobre el cañón de agua. Comandos de dentistas y arquitectos se pavoneaban por las calles estrechas lanzando sus patadas de karate más feroces en lo que parecía la exhibición de una nueva tradición popular que atraía a multitudes inmanejables de turistas norteamericanos y japoneses de sus hoteles de Cannes”.

Tras este episodio, Ballard concluye que Europa, cuna de la civilización occidental, había dado a luz al primer sistema totalitario combinado con el ocio. Dicho esto, podemos regresar a las predicciones que prestigiosos pensadores hicieron, especialmente durante el 2020, y preguntarnos si estamos más cerca del fin del capitalismo o de una porción cada vez más creciente de personas que de repente siente que estaba mejor encerrada en su casa, lejos de toda interacción con el mundo. En este mismo sentido, ¿qué es más probable? ¿Que la pospandemia nos lleve a un sistema de cooperación y ayuda mutua o a una explosión de turistas con síndrome de abstinencia que tras experimentar el home office y la finitud de la vida se lancen a una carrera delirante de hedonismo, ocio y disfrute cueste lo que cueste? 

Entonces quizás no protagonicemos tiempos de grandes revoluciones, ni de héroes. Menos aún de una nueva moral que nos haga mejores. Apenas seremos testigos de una gran mayoría que hará lo que pueda para sobrevivir y de muchos otros que, vaya uno a saber, puede que profundicen en la exploración solitaria del espacio enorme de su conciencia o se abandonen a una vida de disfrute sin límites exigiendo el derecho a consumir todo lo que se pueda, lo propio y lo ajeno. Nada muy distinto de lo que hay. Apenas, quizás, un poco peor.