Un gran error que desencadena los hechos hacia un final
(que parece) irreversible.
Pasaron las elecciones de medio término en Estados Unidos
y los demócratas se han quedado con el control de ambas cámaras. Con todo,
antes de lanzarse a cualquier afirmación grandilocuente, convendría comenzar
con algunos datos: entre 1938 y 2022, el partido del presidente perdió escaños
en la Cámara de Representantes en 20 de las 22 elecciones de medio término (las
únicas dos excepciones fueron 1998, durante la presidencia de Bill Clinton, y
2002, durante la de George W. Bush, después de los atentados del 11 de
septiembre); en el Senado, la tendencia también existe, aunque es menos
uniforme: el partido presidencial perdió escaños en 15 de esas 22 elecciones.
Esto que podría matizar la
derrota de Trump, se contrapone a la verdadera novedad de la jornada: el
triunfo de los demócratas no se explica solo por los estados pendulares (swing states) que pueden apoyar a uno u
otro partido. Se consumó sobre todo por triunfos históricos en bastiones
republicanos. Por ejemplo, en Texas, los demócratas no ganaban una elección
estatal desde 1994 y el último martes se quedaron con la gobernación y un
escaño en el senado; en Kansas, fue elegido un senador demócrata por primera
vez desde 1932; en Carolina del Sur, los demócratas se hicieron con un escaño
en el senado después de que Trump hubiera triunfado por 18% en 2024; en
Georgia, los demócratas obtuvieron la gobernación y lo mismo sucedió en Iowa
donde además sumaron un escaño para el senado.
Asimismo, circularon estudios donde se muestra un giro
abrupto en el voto comparando 2024 con 2026: cualquiera sea el corte, por
género, por raza, por ingresos, por religión, ha habido vuelcos sorprendentes y
hay encuestas que hablan de un apoyo masivo de los jóvenes hacia el partido
demócrata para la Cámara de Representantes (71%).
Sin duda, esto afectará la dinámica interna de la
política estadounidense, aunque parece exagerado suponer que Trump estará atado
de pies y manos por la sencilla razón de que posee los números suficientes para
evitar una condena en el Senado después de un eventual impeachment aprobado en
la Cámara de Representantes y tiene la herramienta del veto para impedir el
avance de la oposición, además de la cantidad de legisladores necesarios para
resistir en caso de insistencia.
La progresía y el wokismo más rancio celebran suponiendo
que el triunfo es el triunfo de sus valores y que la gente, finalmente, “se dio
cuenta” tras un breve lapso de confusión producto de la manipulación. Sin
embargo, habría que manejarse con cierta cautela y prestar atención a algunas
encuestas que nos brindan indicios indirectos. Si bien es cierto que muy pocos
estadounidenses identifican como problema principal la política exterior, una
mayoría ha señalado como principal preocupación a la economía y la inflación,
dos elementos directamente asociados con una decisión de la política exterior.
En otras palabras, la caída de Trump no parece obedecer al levantamiento del
subsuelo de la patria que exige una política de pronombres y lenguaje neutro,
sino a mucha gente enojada con el precio de la nafta y sus derivaciones. Entonces,
en un mundo tan complejo y frente a un gobierno tan disruptivo, reducir la
derrota a una variable sería ingenuo, pero si hubiera que elegir la variable
más determinante, sin duda, deberíamos elegir la decisión de ir a la guerra con
Irán. He aquí el gran error, el error trágico de Trump.
En
su Poética, Aristóteles analiza la
estructura de la tragedia griega y allí nos habla de la hamartia. No se trata necesariamente de
un defecto moral o un problema de carácter sino de un error en el juicio, una
equivocación que contribuye a precipitar la caída del protagonista. En Antígona, por ejemplo, Creonte, como
gesto de autoridad política, decreta que pagará con la vida quien pretenda
enterrar al traidor Polinicies. Antígona, hermana del difunto, desobedece esa
ley humana, Creonte no escucha las razones para dar marcha atrás, y la tragedia
se ciñe sobre él con la muerte de su hijo y su esposa. Su decisión había sido
razonable en términos políticos, pero no fue capaz de medir las consecuencias
que ésta acarrearía.
Trump hizo campaña prometiendo ser el
que venía a poner fin a las guerras. Abrazaba así la tradición
no-intervencionista que siempre tuvo peso en el partido republicano. Todo tipo
de trascendidos periodísticos han existido acerca de las razones que llevaron a
Trump a comprometerse en una guerra absolutamente ajena. Las más creíbles
hablan de la presión y la capacidad de convencimiento de Netanyahu quien le
vendió a su par estadounidense un escenario que, evidentemente, no era real.
Pese a la resistencia de buena parte de sus bases e incluso de algunos de sus
hombres más cercanos como su vicepresidente, Trump avanzó quizás pensando insólitamente
que Irán sería Venezuela. Y los resultados están a la vista. Sin entrar en
psicologizaciones baratas, más allá de las razones que lo impulsaron, lo cierto
es que, evidentemente, Trump no fue capaz de imaginar las consecuencias
sociales, económicas y políticas que esa decisión conllevaría.
Pero hay dos
elementos más que Aristóteles señala y que pueden ser útiles para nuestro
análisis. El primero es el de la peripeteia,
la peripecia, el momento en que la historia cambia la dirección. En el caso de
Medea, por ejemplo, podría interpretarse el giro como aquel que se produce
cuando la protagonista pasa a la acción y deja de ser la mujer traicionada y
vulnerable, para devenir la calculadora asesina de sus propios hijos. Jasón,
que parecía ser quien iba a hacerse con todo el poder gracias a su nuevo
matrimonio, acaba sucumbiendo ante la venganza de Medea.
Aun con la
enorme convulsión que había generado su política de aranceles y la
controversial intervención sobre terceros países, en el caso de Trump, es la
decisión de atacar Irán la que hace el giro. Así, lo que pretendía ser una
demostración de poder y la imposición del orden en una región siempre
conflictiva, devino exactamente en lo contrario: más allá del daño ocasionado a
Irán, Estados Unidos no sabe cómo salir ganador del entuerto y la inteligente
estrategia persa de desestabilizar la región e intervenir el estrecho de Ormuz,
por cierto, algo bastante previsible, desató un caos a nivel mundial por el
aumento del precio del petróleo y, con ello, del costo de vida.
El último concepto es el de anagnórisis,
el cual podría traducirse como el paso de la ignorancia al conocimiento, el
momento en que el protagonista conoce la verdad que desconocía. Es Edipo cuando
buscando la verdad para salvar a su patria se da cuenta que es el asesino de su
padre y que ha desposado a su propia madre. Aquí la analogía con Trump queda
abierta. ¿Se habrá dado cuenta el presidente de su error? Habrá que ver qué
sucede en el mediano plazo, aunque ya en las horas posteriores, Trump, si bien
afirmó que lo volvería a hacer, coincidió públicamente con las declaraciones de
Vance quien atribuyó la derrota a la decisión de avanzar contra Irán. Entonces,
¿rodará alguna cabeza sobre la que recaerá la culpa de la acción militar?
¿Acaso intentará una operación de destrucción total como para cerrar el
conflicto para beneplácito de un Netanyahu que también tiene su poder
debilitado y no resulta claro si podrá formar gobierno? ¿Cómo repercutirá esto
en la sucesión estadounidense? Ya sabemos que Trump no tiene reelección y es de
suponer que esta derrota acelerará los reacomodamientos. Del otro lado, por
cierto, el clima de victoria no deja ver que las señales son ambiguas: no está
claro qué versión del partido demócrata se impondrá internamente. Hay para
todos los gustos en un amplio espectro que va desde pastores, hipermoderados y
ultrawokistas. Pero para responder estos interrogantes tenemos casi dos años.
Mientras tanto, el mundo está a la expectativa. Y aunque
suponemos que Trump no ha leído a Esquilo, Sófocles o Eurípides, queda una
pregunta fundamental: ¿el reconocimiento de las consecuencias de su error
trágico será suficiente para producir un giro en la trama? ¿O la cadena de
acontecimientos que puso en marcha ya adquirió una dinámica propia? En otras
palabras, ¿tiene Trump alguna posibilidad de revertir este escenario o solo le
queda por delante un modesto ejercicio de control de daños y aceptar que quizás
ya sea demasiado tarde?