sábado, 20 de junio de 2026

Aura (editorial del 20.6.26 en No estoy solo)

 

Instantáneas del mundial. Dos presuntos influencers mexicanos son captados con su teléfono en la mano en el exacto momento en que su selección convierte el gol. Se los ve excesivamente efusivos, pero sus teléfonos no están apuntando al campo de juego sino a sí mismos. Seguramente están saliendo en vivo para su canal de youtube porque hay seguidores que esperan sus “reacciones”, aquello que, desde hace tiempo, acabó siendo más importante que el evento reaccionado. Con el fútbol sucede algo muy curioso: nunca se ha consumido tanto fútbol, pero cada vez interesa menos lo que sucede dentro de la cancha. De hecho, los 90 minutos se hacen demasiado extensos. El cooling break no funciona así solamente para fines comerciales sino para darle un respiro a generaciones de humanos que son incapaces de concentrarse.

Otra presunta influencer, en este caso, uruguaya, se filma sobreactuando patriotismo mientras se canta el himno en el estadio antes del encuentro frente a Arabia Saudita. No está filmando el evento sino a ella misma gritando las estrofas del himno. Al menos esta influencer parece ser de carne y hueso porque la mayoría de las imágenes que circulan, especialmente las de mujeres exuberantes en las tribunas, en algunos casos hasta con gatitos en los brazos, (por si la atracción de las tetas no alcanza), están hechas con inteligencia artificial. Devenir viral es todo y pagar una entrada súper cara en palcos donde la cámara puede captarte es toda una inversión. Creo que a la chica uruguaya no le dio el presupuesto. Por eso debió elegir lo opuesto a la sobriedad de su técnico Marcelo Bielsa que, frente a la espectacularización de todo, simplemente decidió no participar y mirar para abajo.

Luego está el fenómeno del exotismo for export. Algún morocho raro, que baile como nosotros creemos que bailan los morochos raros y que toque el tambor para cumplir con todos los requisitos del estereotipo de lo que es un morocho. Afortunadamente, al menos hasta ahora, no he visto alguna nota que se pregunte por qué Argentina no tiene negros en el equipo aunque, por suerte, Chequeado.com ya salió a aclarar que, aunque no sea “evidente” a la vista, hay ancestros africanos en nuestros jugadores. No sea cosa que nos quiten la copa por no ser lo suficientemente diversos.

El mundial de fútbol tiene sus tribunas repletas de gente que, en general, no va a ver fútbol. Y no se trata solamente del hecho de que se realice en Estados Unidos, país sin tradición y donde el deporte no es de los más populares. Sucede incluso en la Argentina donde el público de la selección no es el público que va a ver la liga local los fines de semana. Da más status estar en la tribuna de Inglaterra vs. Croacia que en la de Flandria versus Cambaceres porque sí, efectivamente, cuando alguien paga lo que está pagando por ver un partido del mundial, le interesa cualquier cosa menos el partido en sí.  

Se ha puesto de moda hablar de “Aura” en las redes. Tal tipo tiene aura; acabo de perder mi aura, etc. Se designa así el estilo, la genialidad, el carisma, eso propio del individuo o de la escena que los convierte en únicos e irrepetibles. A propósito, vaya curiosidad, es relativamente famoso el enfoque de Walter Benjamin al respecto cuando denunciaba cómo la reproductibilidad técnica, la posibilidad de replicar una imagen infinitas veces, acababa con ese carácter único, con el aura, que tiene la obra de arte. Está claro que ver la Gioconda en el Louvre personalmente no es lo mismo que verla en sus infinitas reproducciones, más allá de que hoy en día la tentación es entrar a los museos a sacar fotos, es decir, a privilegiar la lente del teléfono por sobre nuestro contacto visual directo.

Hablando de la obra de arte, Benjamin recuerda que las obras de arte se producen porque tienen un valor de culto y están basadas en el ritual. Cuando hablamos de que algo tiene un valor de culto decimos que lo que importa es que exista y no que otros lo vean. Podría decirse que, justamente, en la medida en que se hace masivo, se abre a la visibilidad, pierde su carácter. Sucede a menudo con las bandas de rock a la que muchas veces denominamos “de culto”, aunque en este caso no lo hacemos porque sean valiosas sino porque no las va a ver nadie.   

Con la fotografía y el cine, con la posibilidad de su reproducción infinita, la obra de arte se independendiza de ese orden ritual y, en la recepción y la sobreestimulación de la repetición, promueve la distracción. Si esto ya lo veía Benjamin en 1930, imagínense la situación actual donde la vida misma ya es imagen y, en muchos casos, una realidad paralela creada por algoritmos. ¿Qué vínculo con lo real podemos adjudicar a las imágenes creadas por IA?

La obra de arte tradicional promueve una recepción en el recogimiento, un encuentro mano a mano donde se nos exige una contemplación que nos permite entrar en contacto con la obra. Nada de esto sucede con las actuales imágenes.

En esta línea, por ejemplo, Byung-Chul Han, siguiendo a Roland Barthes, afirma en su libro, No-cosas, que la fotografía digital rompe la relación mágica que conecta el objeto con la fotografía a través de la luz. ¿Por qué sucede esto? Porque los rayos de luz que emanan del objeto se conservan en granos de plata, pero en el medio digital simplemente se los traduce a datos, haciendo que la luz se pierda en el proceso. De aquí que afirme que “en la fotografía digital, la alquimia deja paso a la matemática”.

Dado que la fotografía analógica mantiene un vínculo con el objeto, esas fotografías que guardamos en un cajón, o en un álbum en casa, tienen una memoria, cuentan una historia, en muchos casos, la nuestra. En cambio, la fotografía digital solo expresa episodios, de aquí que sea la protagonista ideal para las stories de nuestras redes sociales: imágenes destinadas a desaparecer en 15 segundos que nadie recordará, ni siquiera el autor de la misma, y que solo aparecen allí para poder comunicar al exterior la sumatoria de eventos o acciones que realizamos para poder ser vistos y likeados.

En la fotografía digital desaparece el valor de culto, porque no importa que exista, sino que sea exhibida. “Ser siendo visto”, esa es la cuestión. Para Han la selfi no puede alcanzar nunca esa belleza que supone ser parte de una historia: solo es capaz de expresar una alegría digital. En el mundial, este fenómeno es llevado al paroxismo y se expresa en las poses y las actitudes que impone la norma de lo viralizable: la chica linda que tiene que bailar con los pasos de moda y sacar la lengüita haciéndose la ingenua o la incesante lista de boludos que exponen su performance de aguante marginal antes de pagar una cuenta en dólares de varios ceros en la tarjeta de crédito. 

Cómo sucede que, de repente, algunas palabras se ponen de moda, nadie lo sabe, pero no deja de ser curioso que se vuelva a hablar de “aura” cuando todo parece carecer de la misma, justamente en un contexto de hiperdigitalización donde lo que sobra es la sobrerreproducción de imágenes, requisito indispensable para lo único que tiene valor comercial: la viralización y su consecuente monetización.

Entre tanto barullo, rescato románticamente al tipo que se abraza con el hijo en la casa sin ningún otro testigo que el perro y ese televisor viejo; al que sale a la calle con la alegría sobria porque, como diría el indio, “la buena felicidad dicen que no se nota”.

Ah, y en cuanto a Messi: ese sí que es único; ese sí que tiene aura.  

 

 

viernes, 12 de junio de 2026

Adorni: el negocio difícil de explicar (Ft. Indio Solari) [editorial del 13.6.26 en No estoy solo]

 

Pasó la muerte del indio, como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás, y en el breve interregno que separa el dolor de miles de personas y el reemplazo del mundo por la pelota que más nos gusta, vuelve Adorni al centro jodiendo a todo Cristo y más. Lo hace con una presentación de declaración jurada digna del General Alais, acogiéndose al régimen simplificado surgido de la ley de inocencia fiscal que el propio oficialismo impulsó, y esbozando una explicación pública que hizo sentir boludo al más boludo. Venía rápido y se le soltó el patín al que era rey de esta jungla. Fin. 

Adorni no hizo su fortuna de nuevo rico transando Vulcan rojas en portuñol. Sus tugurios no son de frontera territorial sino de frontera moral: un negocio tan dulce y simple como el de la función pública. Los que vienen a romper al Estado, están enamorados de lo que intentan destruir.

Lo cierto es que, de repente, aparecieron unos bitcoins modelo 2018 que había olvidado declarar equivalentes a 500.000 USD y ese billete que pide a grito que lo gaste comenzó a gastarse justo cuando se hizo funcionario. Veneno paciente y bellos milagros; un negocio difícil de explicar y fácil de enseñar.

El caprichoso sostenimiento de Adorni cuando es evidente que su explicación no cierra, permite, con razón, todo tipo de especulaciones. El vago de mil caravanas que hace 3 meses está a punto de quedar a pie, continúa a pesar de que había salidas elegantes: el propio Milei fingiendo ética afirmando que Manu es inocente pero un gobierno moral debe sobreactuar y apartar a todo funcionario sospechado hasta que se aclare. O el propio Adorni afirmando ser inocente, pero apartándose porque lo que importa es el rumbo del gobierno y no los hombres. Puertas adentro, asusta un poco ver los cambios de Adorni y, salvo la pareja presidencial, nadie pone las manos en el fuego por él. Un par de promesas imprudentes habrían bastado para convencer a Milei pero no a Patricia, el mejor testigo que se puede contradecir.

Ahora bien, ¿por qué hace particular daño el caso Adorni al gobierno? Para entenderlo necesitamos algunas sutilezas. Por supuesto que Milei llega al gobierno por una promesa de mejoramiento económico pero el eje central fue una construcción moral en torno a la casta. Nosotros versus ellos y ellos son la casta, la política, el Estado. Paquete completo. El propio Adorni con del Río afirma que ahorró en negro como todos los argentinos para escapar a la política, cuando debía decir del Estado y de la ley. No podía esperarse una mejor argumentación ni un mejor curso de vida para quien nunca fue un listo de pesos, siempre un listo de centavos.

Pero hay más: en su delirio mesiánico, (sí, mi amor, la libertad es fanática), Milei dobla la apuesta y pretende erigirse como un líder moral porque el capitalismo mismo sería el sistema de la moralidad. (¿Estará pensando el presidente en reemplazar la Constitución por la Torá?) Aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye, pero no me hago ilusiones porque evidentemente habrá una tribuna que escucha, con extrañamiento, pero algo escuchará, quizás en uno de esos usuales trips to Gringolandia.

Sin embargo, hay un efecto indeseado de este tipo de construcción y es que dirige la mirada a la coherencia antes que a los resultados. En otras palabras, si el gobierno se bajase de su atalaya de superioridad moral, podría jugar a Juan Domingo Perdón, al líder posmo falible que se equivoca porque es como uno, pero mostrar resultados, por ejemplo, la baja de la inflación: “no podemos garantizar la ausencia de corrupción, porque nuestra superioridad estética nos hace más lindos que prudentes, pero conceptualmente el sistema es el correcto y da sus frutos”.   

Pero cuando el eje es la superioridad moral, importan menos los resultados que la coherencia entre palaras y actos. Es más, el sostenimiento del apoyo a Milei se basa, en buena parte, en gente que no ha visto resultados, pero cree en el gobierno, en su eficacia y en su coherencia. Solo así se puede entender el apoyo mayoritario a un gobierno que ganó prometiendo ajuste y que en su primera declaración dijo “No hay plata”.

La hipocresía deja entonces de ser un defecto secundario y se convierte en una refutación del propio relato. El viejo artilugio, también inspirado en la religión, de sacrificio hoy para recompensa futura, fue el anzuelo que se mordió una vez más, pero los resultados no llegan o al menos no se distribuyen en la magnitud esperada. El hígado crece, el cerebro envejece y hay algo muy raro en mi plato, es la sensación de muchos de los votantes que ya no esperan o que esperan con menos paciencia.  

Los escándalos de corrupción que se suceden, entonces, minan ese relato pretendidamente diferenciador que funcionó como exculpatorio al menos los primeros dos años: no tienen experiencia, se equivocan, pero son buena gente, especialmente comparados con “los otros”, los Orkos. Si dejan de ser “buena gente” solo serán evaluados por los resultados. ¿Acaso Adorni cree que puede lograr identificación con su votante cuando le dice que ahorró en negro como él pero que el resultado de ese ahorro fue de 500.000 usd que omitió declarar para no pagar impuestos?

Todo lo contrario, la sensación será de indignación y la preocupante percepción de que quizás hayamos sufrido cosas mejores que estas; que lo anterior, al fin de cuentas, no estaba tan mal; o que el mismo día que este tipo nos mea en todas partes sin hacer espuma, porque está en el gobierno, CFK cumple un año presa en una causa repleta de irregularidades. Hasta un gorila mínimamente racional podría ver ahí una doble vara y recordar el mantra K de Violencia es mentir. Si tomando como eje la superioridad moral, el gobierno viene perdiendo adhesión sistemáticamente en los últimos meses, es porque tampoco está ofreciendo la alternativa de una administración que muestra resultados para grandes mayorías. Y sí, claro, un corazón, en este caso el del votante mileísta, no se endurece porque sí.    

La administración Milei se parece demasiado a Milei, algo presumible en quien no ha sido capaz de comprender la diferencia entre la persona y la investidura. El mejor ejemplo, fue el silencio ante el evento de la muerte del Indio Solari. Es cierto que no hizo ninguna declaración miserable como los Majul, los Trebuq o los Márquez de la vida, caricaturas ya de sí mismos, pero como presidente, unas mínimas palabras (aunque sean hipócritas o formales) para acompañar a una importante cantidad de argentinos que se conmovieron por el suceso, hubieran demostrado un presidente capaz de salirse de sí para asumir el cargo que ostenta. Quizás el presidente considere que lo mejor de su piel es que no lo deja huir. Me permito dudar al respecto.

Para concluir, si el gobierno persiste caprichosamente en el sostenimiento de Adorni y se suceden los escándalos de corrupción o, como mínimo, las evidentes contradicciones éticas de funcionarios que aborrecen del Estado pero se aprovechan de él para obtener todo tipo de prebendas, solo le quedará mostrar resultados. Paradójicamente, caerá en eso que siempre le han criticado al peronismo cuando lo reducen a una maquinaria administrativa que se sostiene solo en el “roban pero hacen”.

El punto es que allí se derrumbará el edificio de la diferenciación con todas las experiencias que le precedieron. Ya no habrá un somos distintos, somos mejores, venimos a refundar; más bien habrá que contentarse con un somos iguales pero bajamos la inflación. Veremos si alcanza, pero sin duda quedará expuesto esto de que todos somos gentes del pasado y la alucineta es que nadie quiere volver a ser como antes.

     

La hipótesis Bregman: ¿posibilidad o síntoma? (editorial del 7.6.26 en No estoy solo)

 

Que Miriam Bregman tiene imagen positiva; que debería ser la vice de Axel; que tendría una intención de voto de dos dígitos… En las últimas semanas, medios tradicionales y redes se hicieron eco de un presunto fenómeno que, los más optimistas, no tardaron en equipararlo al de Milei. En este caso no se trataría de un outsider sin partido, pero sí de la referente de una postura radical y extrema que, de repente, y ante un eventual escenario de crisis de representación (al menos en la oposición) podría devenir competitiva. Para un partido trotskista sería un escenario jamás visto. Sin embargo, se razona, si ganó un anarcocapitalista, casi que la Argentina se merecería una trotskista. ¿No?

Ahora bien, ¿esta hipótesis Bregman es una hipótesis realista o más bien el síntoma de un escenario que, en silencio, susurra verdades incómodas?

Hay quienes ven en Bregman una suerte de neozamorismo y algo de sentido tiene la comparación especialmente si interpretamos que Milei no es la figura de la pospolítica que emergió como consecuencia del “que se vayan todos” sino la mutación final de la crisis. En otras palabras, Milei no sería lo nuevo, sino el último político, (que ya no cree en la política).

Fukuyamistamente hablando, el fin de la historia argentina ocurrió en 2001 y de ahí en más lo que vendría serían simplemente diversas manifestaciones de un contrato social roto, por arriba, abajo, derecha o izquierda. Bregman sería una hija del mismo proceso como lo fue Zamora con su 12% en CABA allá por el año 2003. Esa es una lectura posible, aunque habría que ser justos y reconocer que durante buena parte de la “década ganada” existió una recomposición de la política, un “resurgir de la historia”. Pero se trataría de la anomalía en una partida que ya estaba resuelta en 2001.

Si Bregman es un síntoma más de la crisis de representación de los últimos 5 lustros, también es un síntoma de la deriva ideológica del kirchnerismo, especialmente de su militancia, aquella que entroniza a CFK y le hace su “Good Bye, Lenin” proyectando la Casa Rosada en San José 1111, pero la escucha bastante poco. Porque hace tiempo que cuesta encontrar las diferencias entre un militante K y un trosko. Se disputan la misma agenda y el juego es a ver quién es cada vez más radical. Por cierto, esto no ha ocurrido porque el trotskismo haya cedido hacia el centro. Es el kirchnerismo en su versión progresista el que se ha acercado allí y el que ha llevado al debate público y a las redes una interna digna de asambleas de facultades de Filo y Sociales.

¿Cómo ha ocurrido esto? La explicación quizás no sea tan compleja: el trotskismo, más allá de su retórica alrededor de los trabajadores, ha abrazado la agenda progresista importada de la interpretación puritana que las universidades estadounidenses hicieron de ciertos autores franceses en un proceso que, por mencionar un hito, habría comenzado en el mayo del 68. Y lo mismo ha hecho el peronismo en su variante kirchnerista: de la patria grande y la reivindicación del “pueblo” a la autopercepción de identidades; de la redistribución al reconocimiento; de la justicia social al performativo de Butler; de la lucha en las calles a regular los lenguajes de odio en las redes.

Se da así una gran paradoja: los dos bandos se disputan la atalaya moral de la vanguardia de izquierda abrazando una agenda directamente funcional a la fragmentación identitaria del neoliberalismo y el capitalismo aceleracionista. Y sin embargo duermen tranquilos porque lo hacen en nombre del bien que lucha contra el mal.

Bregman obtuvo 9% en su última elección, un muy buen resultado que se explica por el corte de boleta existente que afectó al candidato del espacio popular. Y claro que no es lo mismo, pero con Bregman podría darse una suerte de revancha progresista en un sentido bastante particular. Me refiero a que votar a Bregman presidente, equivaldría a votar con la misma irresponsabilidad que votó el electorado de Macri y Bullrich por Milei. El progre no se ha permitido ser irresponsable todavía: es el que te moraliza y te dice “no le hagas el juego a la derecha” y se traga todos los sapos (especialmente los que cocina CFK). Por eso, necesita patear el tablero y hacer su aporte para que, eventualmente, todo vuele por el aire. La derecha lo ha hecho sin culpa y claramente orientada por su gorilismo; ahora le tocaría a la izquierda, impulsada por su lucha contra el fascismo (que, parece, siempre es de derecha), y, por qué no, también por su gorilismo. Porque, digámoslo: el trotskismo y el progresismo han sido siempre profundamente antiperonistas más allá de que los hados y las circunstancias los hayan encontrado en espacios comunes de tanto en tanto.

Sin embargo, y para ser justos, si fuese verdad (me permito dudarlo) que hubiera una opción trotskista competitiva, habría que dedicarle unas líneas al peronismo más tradicional que se deja psicopatear por la progresía pero que, al mismo tiempo, ofrece candidatos patéticos, conservadores y acomodaticios. Un Iorio gritando “Bregman existe por ustedes” de la misma manera que Milei existió por el desastre del último gobierno, no estaría muy alejado de la verdad.     

Gente con ánimo conspirativo sospecha que levantar a Bregman es una estrategia del kirchnerismo duro para esmerilar a Kicillof. Desconozco si es el caso, aunque esas alquimias suelen irse de las manos, tal como ocurrió con Milei. Mientras tanto, si un eventual fracaso de Milei extendiera los coletazos del 2001, no sería descabellado imaginar un nuevo 2003 donde la lógica indicaría que, máxime si no hay PASO, se podría ir a hacia una fragmentación total con candidatos que no superen los 25 puntos. Cuesta imaginar que siendo Kicillof candidato, Bregman pueda soñar con un balotaje, al menos si lo que pretendemos es analizar antes que expresar deseos. ¿O será que se busca quitarle votos a Kicillof por izquierda para luego presentarle un candidato moderado apoyado por CFK para que lo venza? Del otro lado, la cosa no viene simple tampoco: ¿pega un nuevo salto Bullrich para ser candidata a presidente y dividir el voto de la derecha, o se contenta con ser la candidata a Jefe de Gobierno en CABA y esperar su turno presidencial en 2031 con la edad bastante al límite?

No cerremos la puerta a nada. Al fin de cuentas, vivimos en Argentina. Pero la hipótesis Bregman huele más a fantasía palermitana que a realidad concreta. Con todo, su aparición en el escenario no es azarosa pues expresa un síntoma: el de un 2001 que decretó nuestro fin de la historia, el de la deriva ideológica del kirchnerismo (y el trotskismo), y el de la necesidad de esgrimir el derecho a votar irresponsablemente que un sector progresista de la sociedad añora por lo bajo. Si la derecha tuvo su Joker, ¿por qué la izquierda no buscaría tener el propio?

  

 

lunes, 1 de junio de 2026

¿Un peronismo para el mundo de la IA? (30.5.26)

 

En el momento justo y con el escenario dispuesto para una lectura resistente a la ambigüedad, León XIV publica su primera encíclica a 135 años de la Rerum Novarum, aquella que, de la mano de, justamente, León XIII, inaugurara lo que se conoce como la Doctrina Social de la Iglesia. Con Cristopher Olah, uno de los fundadores de Anthropic como invitado especial y apenas algunas semanas después de un enfrentamiento abierto con Trump, el papa se posa en las Rerum Novarum de hoy, esto es, en las “nuevas cosas nuevas”, especialmente, en la que plantea un desafío antropológico para el Hombre: la IA.

En este mismo espacio ya he analizado parágrafo por parágrafo el texto y estoy seguro que han podido leer al menos un resumen del mismo, probablemente, de manera paradójica, creado por IA, de modo que dedicaré solo algunas líneas para refrescar algunos conceptos para luego posicionarme en lo que ha sido pasado prácticamente por alto: me refiero a una lección que puede ser abrazada desde Argentina en tanto la encíclica debe leerse como un documento de reivindicación de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, esto es, aquella que fue la base del peronismo. En tiempos donde el Movimiento está completamente desnortado y fragmentado, la máxima autoridad de la Iglesia considera que los principios que le sirvieron de fundamento son aquellos que deben guiar el avance de la IA.

Para comenzar, revisemos los pasajes que han circulado: no se trata de un documento contra la IA ni contra la tecnología en general, aunque, si bien se aclara que depende de su uso, también se resalta que una tecnología nunca es neutral. Algo más original fue aquel pasaje acerca de la cuestión de los límites que, leído en el momento en que se están desarrollando los Enhanced Games, cobra una significación especial. León XIV se pregunta por qué todo lo que representa un límite (incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad) es visto como un defecto a corregir, en lugar de pensarlo como parte inherente de lo humano.

También resultó interesante la manera en que entró de lleno en la cuestión de la moralidad advirtiendo que no alcanza con que se nos garantice una IA, digamos, “moral”, en el sentido de que los ingenieros se comprometan a construir sistemas virtuosos, sino que discutamos cuál es el código ético, cuál es la moral que los ingenieros incluirán. Si no lo hacemos, dice la encíclica, corremos el riesgo de que la moral del ingeniero o de la compañía se presente como una moral universal. Asimismo, se deja en claro que, para la Iglesia, la IA no tiene conciencia moral y jamás podrá ser una inteligencia humana porque no inhiere en un cuerpo.

No han faltado pasajes que habrán molestado a Milei, como aquel que indica que, en la era de la robótica, no se puede confiar en la eficacia de la teoría del derrame o, mucho más interesante, agudo y actual, lo que parece ser una afrenta directa contra Trump y Palantir, especialmente a la luz de la propuesta que la empresa hizo circular y que no era otra cosa que un resumen del libro La República tecnológica, de Alexander Karp, cofundador de Palantir junto a Peter Thiel: hay que desarmar a la IA, es decir, sustraerla de la lógica armamentística. Por si no queda claro, el texto agrega que “desarmar” significa romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar, esto es, exactamente lo que planteaba Karp cuando llamaba a un nuevo proyecto Manhattan donde el Software reemplazaría a la energía atómica y debería estar al servicio de Estados Unidos si es que se pretende sostener la hegemonía lograda tras la segunda guerra mundial.  

Por último, una interesante discusión acerca del vínculo entre democracia y verdad. Aunque hay mucho dicho al respecto, León XIV considera que la democracia es un instrumento de participación en el bien común y que sin verdad no hay democracia, sino el mero pragmatismo donde lo útil reemplaza a lo bueno. Nada nuevo en este punto, pero lo curioso es que aquí no hay ninguna referencia bíblica. Por el contrario, se cita a Hannah Arendt: “el desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hanna Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino “las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (…) y la distinción entre lo verdadero y lo falso””.

Evaluar la política argentina de los últimos años en esta línea sería todo un hallazgo: no se trataría de la grieta creada por los convencidos, sino una grieta transversal entre gente a la que todavía le importan los hechos, y gente a la que no. Por si hace falta, aclararlo, subrayo la palabra “transversal”, antes de que algún zonzón crea que solo la derecha es la que está “fuera” de la realidad.

Pero pasemos ahora a la segunda parte de estas líneas, aquella que, les decía, probablemente sea algo más original: el capítulo 1 de la encíclica habla de los aportes de los distintos papas a la Doctrina Social; el 2 habla de los principios de la Doctrina; el resto es la aplicación de esos principios a “las cosas nuevas” de hoy. Ahora bien, ¿tienen algo para decir aquellos principios que fueron fundamentales hace 135 años y que luego fueron la columna vertebral del peronismo? Para León XIV, sin dudas, a tal punto que considera que esos principios deben ser vistos no como un conjunto estático de conceptos sino como criterios generales para discernir y juzgar, un horizonte a partir del cual poder orientarse en un vertiginoso avance que cada vez más a menudo planteará nuevas preguntas.

La dignidad inalienable de la persona; el bien común; el destino universal de los bienes y su consecuente función social de la propiedad; el principio de subsidiariedad; la justicia social; la solidaridad. Con esta lista de principios, el papa entiende que hay un corpus robusto para dar el debate público.

Por ejemplo, es desde el concepto de dignidad que la encíclica se opone al transhumanismo y su utopía de mejoramiento o superación de la especie en esa suerte de híbrido humano-máquina porque se entiende que se establecerían allí nuevas jerarquías sociales (y hasta biológicas, ¿por qué no?) que, de alguna manera, supondrían tomar a personas como medios y no como fines en sí. 

Y es por la idea de bien común, concepto central en el cristianismo y que se encontraba presente ya en autores como Aristóteles, que podemos afirmar que el todo es más que la suma de las partes, que somos seres sociales que solo nos podemos realizar en comunidad y que no se puede pensar en una IA que esté al servicio de unos pocos o de los intereses personales de sus propietarios; asimismo, a partir del destino universal de los bienes, es decir, el principio por el cual se sostiene que los bienes de la tierra (el suelo, el agua, el aire, los recursos naturales) han sido brindados por Dios a todos los hombres y no para acaparamiento de unos pocos, se va a seguir uno de los pasajes más sorprendentes. Es que, recordemos, de aquí se sigue que, para la Doctrina Social de la Iglesia, tal como se podía observar en la Constitución peronista del 49, la propiedad privada será respetada pero no es inviolable en tanto tiene, por sobre todo, una función social. Sí, ya se lo imaginan: dolor Milei.

El punto es que el papa incluye en la lista de bienes a las patentes, los algoritmos, las plataformas digitales, las infraestructuras tecnológicas, los datos. Si por pereza e incomprensión, a Francisco lo llamaban comunista, a León XIV lo bautizarán directamente como El Anticristo (dolor Peter Thiel, en este caso).

Pero aún hay más: del principio de subsidiariedad, ese que el progrerío que responde con “más Estado” a cualquier problemática social, nunca entendió o no quiso entender a pesar de que se reivindica peronista y es un principio central de la doctrina, se agrega un nuevo elemento a la polémica. Para quien no lo tenga tan fresco, el principio de subsidiariedad indica que aquello que pueda ser resuelto por personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser realizado por instancias superiores y, por tal, entiéndase, el Estado. Efectivamente, es un eje de la Doctrina Social y del peronismo que el Estado no debe estar en todo y que debe “justificar” su intervención. La controversia gira aquí en que, para León XIV, ese “nivel superior” ya no es el Estado sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre condiciones de la vida común. De la subsidiariedad se sigue ahora una exigencia de responsabilidad y formas reales de participación no solo como control sobre los estados sino también sobre los privados (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos…).

Por último, según el papa, la justicia social nos permite entender que las injusticias no nacen solo de decisiones equivocadas de los individuos sino también de estructuras y sistemas económicos y culturales que producen desigualdad, además de funcionar como un freno hacia nuevas formas de exclusión sobre personas o pueblos a los que se les niega el acceso a tecnologías o comunidades a las que se las expone a una vigilancia invasiva y a algoritmos que reproducen prejuicios. Justamente, en este sentido, el principio de solidaridad “obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos”, esto es, personas de carne y hueso explotados y precarizados que, desde algún sótano del mundo, por sueldos miserables, teclean y hacen click para sostener y entrenar los sistemas que los reemplazarán.

A propósito, un párrafo para un tema del cual no se habla mucho y que, para la encíclica (y para el peronismo), resulta central: el trabajo.

El texto recoge lo que parece harto evidente: la posibilidad cierta de que la IA reemplace el trabajo de una enorme cantidad de gente. Naturalmente, esto plantea un primer interrogante acerca de cómo sostener económicamente a esa gran masa de desempleados. Pero en lugar de hablar de subsidios, ingreso universal, etc., la encíclica plantea que la importancia del trabajo excede la remuneración. Dicho de otra manera, reducir el trabajo a “horas vendidas” a cambio de un salario, es no comprender el rol del trabajo para nuestra identidad y para nuestra condición humana. Suponer que este problema se resuelve solo con dinero que, eventualmente, pudiera salir de subir impuestos a los grandes ganadores del modelo, supone un enfoque demasiado básico ante tanta complejidad. 

Para finalizar, la encíclica tiene pasajes donde rechaza argumentos sin demasiada fundamentación. A saber, aun cuando la discusión acerca del “límite” vaya en la dirección correcta, al fin de cuentas, el progreso de la humanidad ha sido también un progreso realizado contra sus propios límites, por ejemplo, en lo que respecta a condiciones o expectativa de vida. Bienvenido, por cierto. ¿Por qué esto sería diferente? Puede haber razones para fundamentarlo, pero habría que explicitarlas. Un segundo aspecto, en este caso más controvertido, gira alrededor de la cuestión de la autoconciencia. La Iglesia nunca podría aceptar una IA autoconsciente o con conciencia moral por razones de principios. Pero incluso cuando tenemos buenas razones para rechazar este aspecto también por razones científicas, será difícil para los tiempos que vienen, evitar que los usuarios realicen esa separación tajante entre lo humano o lo artificial, probablemente porque esa separación, en algún punto, ya no tendrá sentido.

En cuanto a lo que puede tocar a la Argentina, como les indicaba en un inicio, la encíclica aplica los principios que luego abrazará el peronismo, al nuevo orden tecnológico. En algunos casos lo hace mejor, en otros casos no tanto, por ejemplo, cuando extiende el principio de subsidiariedad como un límite más allá de los Estados, o cuando se incluye en el destino universal de los bienes a los algoritmos, etc. Con todo, ante tanto posmodernismo, tanta liquidez, hay allí un esfuerzo por recuperar una interpretación del mundo, una referencia.

Que en el ámbito local, frente a la hiperideologización exitosa planteada por Milei, la estrategia del peronismo sea resignarse, esconderse y avergonzarse, más que ejercicio de sana actualización representa un largo proceso de descomposición.

Soy escéptico respecto al futuro. No sé lo que viene e intuyo que será tan novedoso que necesitará categorías inimaginables para enfrentarlo. Así que el mundo no se ha vuelto peronista y es muy probable que Perón no nos esté esperando en el futuro, pero, mientras tanto, aun con debilidades y contradicciones, esos principios quizás tengan todavía algo para decir.      

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Milei, la ira de Dios (editorial del 23.5.26 en No estoy solo)


“Yo soy la ira de Dios. ¿Quién más está conmigo?” Esas son las últimas palabras de Klaus Kinski personificando a Lope de Aguirre en la famosa película dirigida por Werner Herzog, y lanzada en 1972, Aguirre, la ira de Dios.

Sin pretensiones de rigor histórico, el reconocido director alemán se inspira en la expedición que, allá por el año 1560, llega hasta el Amazonas en búsqueda del mítico El Dorado, la ciudad de oro. Como se puede ver en la película, a lo largo del trayecto, Aguirre instiga el asesinato de Pedro de Ursúa y envía una carta a Felipe II donde dice desconocer el dominio español y se declara en insurrección. Las crónicas indican que, además, llega hasta la isla de Margarita, siembra el terror, avanza contra las autoridades españolas y, acorralado, decide matar a su propia hija para evitar que sea violada por la turba. Finalmente, Aguirre acaba ejecutado por sus propios hombres en Barquisimeto. Su cuerpo fue descuartizado y su cabeza exhibida como trofeo.

Como les indicaba anteriormente, a Herzog no le interesa contar toda la historia sino exponer la catábasis, el viaje al infierno del protagonista en su delirio mesiánico rodeado de hambre, muerte, enfermedad y locura. No se trata, entonces, de una película histórica sino de un viaje metafísico hacia la descomposición. En este sentido, como una tragedia griega, el final ya lo sabemos todos y es lo que menos importa.

La película viene a cuento porque se trata de una metáfora extraordinaria para exponer los procesos de deriva política, la megalomanía y el fracaso de los proyectos totalizantes encarnados en el líder.

En este sentido, un primer aspecto a resaltar es el contexto salvaje del Amazonas, la forma en que la expedición, con sus caballos y sus “atuendos extraños”, chocan con el entorno, como una artificialidad trasplantada, objetos que no pertenecen a ese espacio. La realidad mostraba que el proyecto era delirante e imposible de alcanzar, como la propia ciudad de El Dorado. Pero Aguirre había perdido el contacto con la realidad. De hecho, en una imagen que, en algún punto daba indicios de lo que Herzog ensayaría en Fitzcarraldo tratando de trasladar un barco a través de la montaña sin efectos especiales, hacia el final se observa a la tripulación y al propio Aguirre vivir lo que parece ser un delirio colectivo cuando observan una embarcación colgando de un árbol.

Así, el descenso de Aguirre es la lenta pero inexorable consecuencia de una deriva política, de un proyecto que nunca fue otro que sí mismo y que no encuentra compañeros en el camino sino súbditos; el compañero de hoy es solo el traidor de mañana; las lealtades son siempre circunstanciales puesto que, el pobre Aguirre, ni siquiera tiene hermana. Conforme el viaje avanza y la descomposición se hace evidente, se observa que el poder en sí es un poder que ya no administra nada, sino solo un ego. Si el resto obedece es solo por costumbre y cobardía.  Prefieren obedecer al loco antes que no obedecer a nadie porque lo que necesitan es  obedecer.

La megalomanía de Aguirre, por otra parte, se observa en que, ante la adversidad, redobla la apuesta: la tripulación muere, no hay comida, la barca se dirige hacia ninguna parte, como el proyecto de Aguirre, hay traiciones internas y enemigos externos, pero Aguirre no cesa y dice que va a conquistar un espacio de tierra mayor a la extensión de España. Cuanto más evidente es el fracaso, más grita y más avanza. Volver atrás no sería una decisión sensata sino una defección para consigo mismo.

Asimismo, hay algo que trabaja bien la película y que es cierto clima alucinatorio, el cual remite a la atmósfera de Apocalypse Now. No solo la escena del barco colgando del árbol, sino la relación con los indios. Salvo una escena de contacto directo, los indios no aparecen nunca en escena: son solo flechas que provienen de la selva profunda. Cada vez que las flechas alcanzan algún tripulante, Aguirre ordena disparar su cañón hacia algún lugar indefinido de la selva porque nunca puede entender de donde vienen esas flechas. El propio Herzog nos deja escenas donde lo único que se ve son flechas volando como si no tuvieran origen. La desesperación es total y profundiza la paranoia que no cesa ni con la purga interior contra cualquier miembro de la tripulación que osara poner en tela de juicio la decisión del líder.

Llegando al final, el clima es cada vez más asfixiante ayudado por el entorno del Amazonas. Pero es como si la naturaleza, la barbarie, se fuera cerrando sobre lo que pretendía ser un proyecto civilizatorio (la tripulación lleva, como no podía ser de otra manera, un sacerdote para evangelizar a los salvajes), clave que está presente en nuestra historia desde Sarmiento hasta la mirada sobre el peronismo y el antiperonismo como encarnando cada uno de los polos. 

Pero volvamos a la escena final. Kinski está sobre la balsa en el medio del río. Toda la tripulación ha muerto. Se dice que la escena fue grabada así de manera fortuita porque a Herzog se le va de las manos la idea original, y la balsa que navega a la deriva se llena de monitos descontrolados (no eran mandriles, por cierto, sino monitos ardilla). Es allí cuando Kisnki toma a uno de ellos en la mano y pronuncia “Yo soy la ira de Dios. ¿Quién más está conmigo?” para luego arrojar al monito al agua. El que pretendía conquistarlo todo, está solo discurseando ante monos; el Rey de la nada se ha quedado sin súbditos y, reducido a una condición animal, es el líder de un mundo que no existe y que nunca había existido más que como proyecto de una mente febril. La voluntad de dominio devino aislamiento. El destino, al menos en la película, ni siquiera le depara una muerte épica: su lucha fue contra los subordinados (que en la vida real finalmente lo terminan ejecutando, por cierto); rodeado de animales la máscara del conquistador cae y deja ver la caricatura patética. 

El Dorado no llega ni llegará. Ya no hay poder. Solo inercia. La clase magistral queda reservada a unos monitos que no la entenderán y con los que acabará peleándose. No sabemos si es el final de un hombre, de su autocontrol, de una ideología o de un sistema. La balsa va… la ira de Dios (y de la Argentina) está sola, a la deriva.