lunes, 1 de junio de 2026

¿Un peronismo para el mundo de la IA? (30.5.26)

 

En el momento justo y con el escenario dispuesto para una lectura resistente a la ambigüedad, León XIV publica su primera encíclica a 135 años de la Rerum Novarum, aquella que, de la mano de, justamente, León XIII, inaugurara lo que se conoce como la Doctrina Social de la Iglesia. Con Cristopher Olah, uno de los fundadores de Anthropic como invitado especial y apenas algunas semanas después de un enfrentamiento abierto con Trump, el papa se posa en las Rerum Novarum de hoy, esto es, en las “nuevas cosas nuevas”, especialmente, en la que plantea un desafío antropológico para el Hombre: la IA.

En este mismo espacio ya he analizado parágrafo por parágrafo el texto y estoy seguro que han podido leer al menos un resumen del mismo, probablemente, de manera paradójica, creado por IA, de modo que dedicaré solo algunas líneas para refrescar algunos conceptos para luego posicionarme en lo que ha sido pasado prácticamente por alto: me refiero a una lección que puede ser abrazada desde Argentina en tanto la encíclica debe leerse como un documento de reivindicación de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, esto es, aquella que fue la base del peronismo. En tiempos donde el Movimiento está completamente desnortado y fragmentado, la máxima autoridad de la Iglesia considera que los principios que le sirvieron de fundamento son aquellos que deben guiar el avance de la IA.

Para comenzar, revisemos los pasajes que han circulado: no se trata de un documento contra la IA ni contra la tecnología en general, aunque, si bien se aclara que depende de su uso, también se resalta que una tecnología nunca es neutral. Algo más original fue aquel pasaje acerca de la cuestión de los límites que, leído en el momento en que se están desarrollando los Enhanced Games, cobra una significación especial. León XIV se pregunta por qué todo lo que representa un límite (incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad) es visto como un defecto a corregir, en lugar de pensarlo como parte inherente de lo humano.

También resultó interesante la manera en que entró de lleno en la cuestión de la moralidad advirtiendo que no alcanza con que se nos garantice una IA, digamos, “moral”, en el sentido de que los ingenieros se comprometan a construir sistemas virtuosos, sino que discutamos cuál es el código ético, cuál es la moral que los ingenieros incluirán. Si no lo hacemos, dice la encíclica, corremos el riesgo de que la moral del ingeniero o de la compañía se presente como una moral universal. Asimismo, se deja en claro que, para la Iglesia, la IA no tiene conciencia moral y jamás podrá ser una inteligencia humana porque no inhiere en un cuerpo.

No han faltado pasajes que habrán molestado a Milei, como aquel que indica que, en la era de la robótica, no se puede confiar en la eficacia de la teoría del derrame o, mucho más interesante, agudo y actual, lo que parece ser una afrenta directa contra Trump y Palantir, especialmente a la luz de la propuesta que la empresa hizo circular y que no era otra cosa que un resumen del libro La República tecnológica, de Alexander Karp, cofundador de Palantir junto a Peter Thiel: hay que desarmar a la IA, es decir, sustraerla de la lógica armamentística. Por si no queda claro, el texto agrega que “desarmar” significa romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar, esto es, exactamente lo que planteaba Karp cuando llamaba a un nuevo proyecto Manhattan donde el Software reemplazaría a la energía atómica y debería estar al servicio de Estados Unidos si es que se pretende sostener la hegemonía lograda tras la segunda guerra mundial.  

Por último, una interesante discusión acerca del vínculo entre democracia y verdad. Aunque hay mucho dicho al respecto, León XIV considera que la democracia es un instrumento de participación en el bien común y que sin verdad no hay democracia, sino el mero pragmatismo donde lo útil reemplaza a lo bueno. Nada nuevo en este punto, pero lo curioso es que aquí no hay ninguna referencia bíblica. Por el contrario, se cita a Hannah Arendt: “el desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hanna Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino “las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (…) y la distinción entre lo verdadero y lo falso””.

Evaluar la política argentina de los últimos años en esta línea sería todo un hallazgo: no se trataría de la grieta creada por los convencidos, sino una grieta transversal entre gente a la que todavía le importan los hechos, y gente a la que no. Por si hace falta, aclararlo, subrayo la palabra “transversal”, antes de que algún zonzón crea que solo la derecha es la que está “fuera” de la realidad.

Pero pasemos ahora a la segunda parte de estas líneas, aquella que, les decía, probablemente sea algo más original: el capítulo 1 de la encíclica habla de los aportes de los distintos papas a la Doctrina Social; el 2 habla de los principios de la Doctrina; el resto es la aplicación de esos principios a “las cosas nuevas” de hoy. Ahora bien, ¿tienen algo para decir aquellos principios que fueron fundamentales hace 135 años y que luego fueron la columna vertebral del peronismo? Para León XIV, sin dudas, a tal punto que considera que esos principios deben ser vistos no como un conjunto estático de conceptos sino como criterios generales para discernir y juzgar, un horizonte a partir del cual poder orientarse en un vertiginoso avance que cada vez más a menudo planteará nuevas preguntas.

La dignidad inalienable de la persona; el bien común; el destino universal de los bienes y su consecuente función social de la propiedad; el principio de subsidiariedad; la justicia social; la solidaridad. Con esta lista de principios, el papa entiende que hay un corpus robusto para dar el debate público.

Por ejemplo, es desde el concepto de dignidad que la encíclica se opone al transhumanismo y su utopía de mejoramiento o superación de la especie en esa suerte de híbrido humano-máquina porque se entiende que se establecerían allí nuevas jerarquías sociales (y hasta biológicas, ¿por qué no?) que, de alguna manera, supondrían tomar a personas como medios y no como fines en sí. 

Y es por la idea de bien común, concepto central en el cristianismo y que se encontraba presente ya en autores como Aristóteles, que podemos afirmar que el todo es más que la suma de las partes, que somos seres sociales que solo nos podemos realizar en comunidad y que no se puede pensar en una IA que esté al servicio de unos pocos o de los intereses personales de sus propietarios; asimismo, a partir del destino universal de los bienes, es decir, el principio por el cual se sostiene que los bienes de la tierra (el suelo, el agua, el aire, los recursos naturales) han sido brindados por Dios a todos los hombres y no para acaparamiento de unos pocos, se va a seguir uno de los pasajes más sorprendentes. Es que, recordemos, de aquí se sigue que, para la Doctrina Social de la Iglesia, tal como se podía observar en la Constitución peronista del 49, la propiedad privada será respetada pero no es inviolable en tanto tiene, por sobre todo, una función social. Sí, ya se lo imaginan: dolor Milei.

El punto es que el papa incluye en la lista de bienes a las patentes, los algoritmos, las plataformas digitales, las infraestructuras tecnológicas, los datos. Si por pereza e incomprensión, a Francisco lo llamaban comunista, a León XIV lo bautizarán directamente como El Anticristo (dolor Peter Thiel, en este caso).

Pero aún hay más: del principio de subsidiariedad, ese que el progrerío que responde con “más Estado” a cualquier problemática social, nunca entendió o no quiso entender a pesar de que se reivindica peronista y es un principio central de la doctrina, se agrega un nuevo elemento a la polémica. Para quien no lo tenga tan fresco, el principio de subsidiariedad indica que aquello que pueda ser resuelto por personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser realizado por instancias superiores y, por tal, entiéndase, el Estado. Efectivamente, es un eje de la Doctrina Social y del peronismo que el Estado no debe estar en todo y que debe “justificar” su intervención. La controversia gira aquí en que, para León XIV, ese “nivel superior” ya no es el Estado sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre condiciones de la vida común. De la subsidiariedad se sigue ahora una exigencia de responsabilidad y formas reales de participación no solo como control sobre los estados sino también sobre los privados (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos…).

Por último, según el papa, la justicia social nos permite entender que las injusticias no nacen solo de decisiones equivocadas de los individuos sino también de estructuras y sistemas económicos y culturales que producen desigualdad, además de funcionar como un freno hacia nuevas formas de exclusión sobre personas o pueblos a los que se les niega el acceso a tecnologías o comunidades a las que se las expone a una vigilancia invasiva y a algoritmos que reproducen prejuicios. Justamente, en este sentido, el principio de solidaridad “obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos”, esto es, personas de carne y hueso explotados y precarizados que, desde algún sótano del mundo, por sueldos miserables, teclean y hacen click para sostener y entrenar los sistemas que los reemplazarán.

A propósito, un párrafo para un tema del cual no se habla mucho y que, para la encíclica (y para el peronismo), resulta central: el trabajo.

El texto recoge lo que parece harto evidente: la posibilidad cierta de que la IA reemplace el trabajo de una enorme cantidad de gente. Naturalmente, esto plantea un primer interrogante acerca de cómo sostener económicamente a esa gran masa de desempleados. Pero en lugar de hablar de subsidios, ingreso universal, etc., la encíclica plantea que la importancia del trabajo excede la remuneración. Dicho de otra manera, reducir el trabajo a “horas vendidas” a cambio de un salario, es no comprender el rol del trabajo para nuestra identidad y para nuestra condición humana. Suponer que este problema se resuelve solo con dinero que, eventualmente, pudiera salir de subir impuestos a los grandes ganadores del modelo, supone un enfoque demasiado básico ante tanta complejidad. 

Para finalizar, la encíclica tiene pasajes donde rechaza argumentos sin demasiada fundamentación. A saber, aun cuando la discusión acerca del “límite” vaya en la dirección correcta, al fin de cuentas, el progreso de la humanidad ha sido también un progreso realizado contra sus propios límites, por ejemplo, en lo que respecta a condiciones o expectativa de vida. Bienvenido, por cierto. ¿Por qué esto sería diferente? Puede haber razones para fundamentarlo, pero habría que explicitarlas. Un segundo aspecto, en este caso más controvertido, gira alrededor de la cuestión de la autoconciencia. La Iglesia nunca podría aceptar una IA autoconsciente o con conciencia moral por razones de principios. Pero incluso cuando tenemos buenas razones para rechazar este aspecto también por razones científicas, será difícil para los tiempos que vienen, evitar que los usuarios realicen esa separación tajante entre lo humano o lo artificial, probablemente porque esa separación, en algún punto, ya no tendrá sentido.

En cuanto a lo que puede tocar a la Argentina, como les indicaba en un inicio, la encíclica aplica los principios que luego abrazará el peronismo, al nuevo orden tecnológico. En algunos casos lo hace mejor, en otros casos no tanto, por ejemplo, cuando extiende el principio de subsidiariedad como un límite más allá de los Estados, o cuando se incluye en el destino universal de los bienes a los algoritmos, etc. Con todo, ante tanto posmodernismo, tanta liquidez, hay allí un esfuerzo por recuperar una interpretación del mundo, una referencia.

Que en el ámbito local, frente a la hiperideologización exitosa planteada por Milei, la estrategia del peronismo sea resignarse, esconderse y avergonzarse, más que ejercicio de sana actualización representa un largo proceso de descomposición.

Soy escéptico respecto al futuro. No sé lo que viene e intuyo que será tan novedoso que necesitará categorías inimaginables para enfrentarlo. Así que el mundo no se ha vuelto peronista y es muy probable que Perón no nos esté esperando en el futuro, pero, mientras tanto, aun con debilidades y contradicciones, esos principios quizás tengan todavía algo para decir.      

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Milei, la ira de Dios (editorial del 23.5.26 en No estoy solo)


“Yo soy la ira de Dios. ¿Quién más está conmigo?” Esas son las últimas palabras de Klaus Kinski personificando a Lope de Aguirre en la famosa película dirigida por Werner Herzog, y lanzada en 1972, Aguirre, la ira de Dios.

Sin pretensiones de rigor histórico, el reconocido director alemán se inspira en la expedición que, allá por el año 1560, llega hasta el Amazonas en búsqueda del mítico El Dorado, la ciudad de oro. Como se puede ver en la película, a lo largo del trayecto, Aguirre instiga el asesinato de Pedro de Ursúa y envía una carta a Felipe II donde dice desconocer el dominio español y se declara en insurrección. Las crónicas indican que, además, llega hasta la isla de Margarita, siembra el terror, avanza contra las autoridades españolas y, acorralado, decide matar a su propia hija para evitar que sea violada por la turba. Finalmente, Aguirre acaba ejecutado por sus propios hombres en Barquisimeto. Su cuerpo fue descuartizado y su cabeza exhibida como trofeo.

Como les indicaba anteriormente, a Herzog no le interesa contar toda la historia sino exponer la catábasis, el viaje al infierno del protagonista en su delirio mesiánico rodeado de hambre, muerte, enfermedad y locura. No se trata, entonces, de una película histórica sino de un viaje metafísico hacia la descomposición. En este sentido, como una tragedia griega, el final ya lo sabemos todos y es lo que menos importa.

La película viene a cuento porque se trata de una metáfora extraordinaria para exponer los procesos de deriva política, la megalomanía y el fracaso de los proyectos totalizantes encarnados en el líder.

En este sentido, un primer aspecto a resaltar es el contexto salvaje del Amazonas, la forma en que la expedición, con sus caballos y sus “atuendos extraños”, chocan con el entorno, como una artificialidad trasplantada, objetos que no pertenecen a ese espacio. La realidad mostraba que el proyecto era delirante e imposible de alcanzar, como la propia ciudad de El Dorado. Pero Aguirre había perdido el contacto con la realidad. De hecho, en una imagen que, en algún punto daba indicios de lo que Herzog ensayaría en Fitzcarraldo tratando de trasladar un barco a través de la montaña sin efectos especiales, hacia el final se observa a la tripulación y al propio Aguirre vivir lo que parece ser un delirio colectivo cuando observan una embarcación colgando de un árbol.

Así, el descenso de Aguirre es la lenta pero inexorable consecuencia de una deriva política, de un proyecto que nunca fue otro que sí mismo y que no encuentra compañeros en el camino sino súbditos; el compañero de hoy es solo el traidor de mañana; las lealtades son siempre circunstanciales puesto que, el pobre Aguirre, ni siquiera tiene hermana. Conforme el viaje avanza y la descomposición se hace evidente, se observa que el poder en sí es un poder que ya no administra nada, sino solo un ego. Si el resto obedece es solo por costumbre y cobardía.  Prefieren obedecer al loco antes que no obedecer a nadie porque lo que necesitan es  obedecer.

La megalomanía de Aguirre, por otra parte, se observa en que, ante la adversidad, redobla la apuesta: la tripulación muere, no hay comida, la barca se dirige hacia ninguna parte, como el proyecto de Aguirre, hay traiciones internas y enemigos externos, pero Aguirre no cesa y dice que va a conquistar un espacio de tierra mayor a la extensión de España. Cuanto más evidente es el fracaso, más grita y más avanza. Volver atrás no sería una decisión sensata sino una defección para consigo mismo.

Asimismo, hay algo que trabaja bien la película y que es cierto clima alucinatorio, el cual remite a la atmósfera de Apocalypse Now. No solo la escena del barco colgando del árbol, sino la relación con los indios. Salvo una escena de contacto directo, los indios no aparecen nunca en escena: son solo flechas que provienen de la selva profunda. Cada vez que las flechas alcanzan algún tripulante, Aguirre ordena disparar su cañón hacia algún lugar indefinido de la selva porque nunca puede entender de donde vienen esas flechas. El propio Herzog nos deja escenas donde lo único que se ve son flechas volando como si no tuvieran origen. La desesperación es total y profundiza la paranoia que no cesa ni con la purga interior contra cualquier miembro de la tripulación que osara poner en tela de juicio la decisión del líder.

Llegando al final, el clima es cada vez más asfixiante ayudado por el entorno del Amazonas. Pero es como si la naturaleza, la barbarie, se fuera cerrando sobre lo que pretendía ser un proyecto civilizatorio (la tripulación lleva, como no podía ser de otra manera, un sacerdote para evangelizar a los salvajes), clave que está presente en nuestra historia desde Sarmiento hasta la mirada sobre el peronismo y el antiperonismo como encarnando cada uno de los polos. 

Pero volvamos a la escena final. Kinski está sobre la balsa en el medio del río. Toda la tripulación ha muerto. Se dice que la escena fue grabada así de manera fortuita porque a Herzog se le va de las manos la idea original, y la balsa que navega a la deriva se llena de monitos descontrolados (no eran mandriles, por cierto, sino monitos ardilla). Es allí cuando Kisnki toma a uno de ellos en la mano y pronuncia “Yo soy la ira de Dios. ¿Quién más está conmigo?” para luego arrojar al monito al agua. El que pretendía conquistarlo todo, está solo discurseando ante monos; el Rey de la nada se ha quedado sin súbditos y, reducido a una condición animal, es el líder de un mundo que no existe y que nunca había existido más que como proyecto de una mente febril. La voluntad de dominio devino aislamiento. El destino, al menos en la película, ni siquiera le depara una muerte épica: su lucha fue contra los subordinados (que en la vida real finalmente lo terminan ejecutando, por cierto); rodeado de animales la máscara del conquistador cae y deja ver la caricatura patética. 

El Dorado no llega ni llegará. Ya no hay poder. Solo inercia. La clase magistral queda reservada a unos monitos que no la entenderán y con los que acabará peleándose. No sabemos si es el final de un hombre, de su autocontrol, de una ideología o de un sistema. La balsa va… la ira de Dios (y de la Argentina) está sola, a la deriva. 

 

 

 

 


El peronismo vive (es la sociedad que representaba la que no existe más) {editorial del 16.5.26 en No estoy solo}

 

Algunos meses atrás, a propósito del nuevo libro del filósofo de origen coreano Byung-Chul Han, Sobre Dios, resumíamos el eje del texto a partir de su idea más potente: no es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Vinculado a la siempre anunciada inminente muerte del peronismo, esa inversión de los términos producida por Han me llevó a preguntarme, en términos análogos, si, más que una muerte del peronismo, la llegada y permanencia de Milei expresaba que lo que ha muerto es la sociedad a la que el peronismo representaba.      

Si esta hipótesis es correcta, lo que estamos analizando como causa, sería más bien el efecto de un proceso subterráneo que pocos supieron/quisieron ver. La ley laboral aprobada este verano, por ejemplo, no sería el puntapié para el inicio de una nueva Argentina, digamos, en la que los trabajadores “ya no tienen derechos”, sino la expresión, en la letra de la ley, de lo que en buena medida venía ocurriendo, esto es: cada vez son menos los trabajadores formales que gozan de esos derechos. De aquí que cayera en saco roto una campaña bajo el lema “vienen por tus derechos” dirigida a ciudadanos que carecían de los mismos. Y algo peor: no solo esa campaña fue vista con impavidez por los presuntos destinatarios, sino que fue interpretada como lo que probablemente haya sido: un slogan que hablaba de “derechos” para no hablar de “prebendas”, llevada adelante por quienes, justamente, no querían perderlas. Ya es un lugar común pero cuando la gran mayoría de los argentinos tiene más de un trabajo porque el trabajo ya no garantiza dejar la pobreza; cuando los sindicatos a duras penas son capaces de resistir un fenómeno que, en alguna medida, los trasciende y tiene que ver con las transformaciones que el nuevo capitalismo impuso en el mundo del trabajo (por no hablar de lo que vendría ahora con la IA), es difícil que un discurso que hable de los trabajadores como columna vertebral represente algo (o represente mayorías).   

Algo parecido podría decirse de la exigencia del fin de la inflación, que a quien más jode es al que no llega a fin de mes y no a quien, con capacidad de ahorro, puede anticipar gastos. Seamos buenos: la inflación no es un problema en el mundo. Solo un selecto grupo de países de tercer o cuarto orden la padece. Adjudicarlo a empresarios malignos es cándido y ofende la inteligencia, no porque Argentina carezca de ellos, sino, justamente, porque empresarios hijos de puta hay en todo el mundo, pero solo hay inflación en Argentina. Por cierto, el problema ya existía con CFK, más allá de que las paritarias, como mínimo, emparejaran. La gente así lo entendió y lo entendió antes que el peronismo, al menos antes que el sector que ha hegemonizado al peronismo y cree que defender a CFK es no exponer que también había problemas que no necesariamente obedecían a “Los Buitres”. 

En la misma línea, la necesidad de una política de seguridad más punitivista como respuesta al flagelo de la inseguridad y la violencia social, tampoco es el origen de un proyecto distópico diseñado por Milei y Peter Thiel, sino un reclamo mayoritario de los sectores populares que son quienes más la sufren.

Por último, y la lista no es exhaustiva, claro, los denominados “planes sociales” no eran criticados solo por la derecha y la clase media tilinga. También eran mal vistos por los laburantes que asocian ingresos con esfuerzo y con trabajo; también con el mérito, por cierto, para horror del mundo progre que quiere convencerlos de que la meritocracia es fascista y de que la única carrera que debemos correr es la carrera por demostrar quién es más víctima de algo. Por cierto, estos valores se hicieron carne en los sectores populares por el peronismo y no por leer a Max Weber y el espíritu del protestantismo.  

¿Que la sociedad haya cambiado supone que las políticas públicas y el discurso hiperideologizado de Milei cesarán en su intento de moldearla o seguir transformándola en la línea de su pensamiento? Claro que no y, en todo caso, si puede lograrlo es algo que se verá con el tiempo. A lo que voy es a que si ese discurso hoy puede permear en un importante sector de la población, es porque existió una transformación previa que fue la condición de posibilidad para la llegada de Milei. Entonces, es cierto que en su delirio místico el presidente tiene pretensiones refundacionales, pero, ayudado por el fracaso de los dos gobiernos inmediatamente anteriores, en especial, el que le precedió, el “que venga cualquiera” como reemplazo del “que se vayan todos”, fue el sentimiento que se canalizó a través de Milei, es decir, fue un sentimiento previo a su arribo a la administración. De aquí que llame la atención cuando uno escucha “vienen a destruir la Argentina”. Es probable que así sea, pero semejante título no debe hacernos olvidar que la Argentina ya estaba “bastante” destruida. Claro que merecería más elaboración, pero como síntesis: cuando en plena pandemia, el gobierno del Frente de Todos lanza el IFE para aquellos ciudadanos que no recibían ingresos/ayudas estatales formales, y, de repente, aparecen casi 10 millones de personas a exigirlo, es difícil seguir sosteniendo que sos el gobierno del Estado presente, pero, sobre todo, es de miope no darse cuenta que algo está roto y que el modelo de sociedad al que ese discurso pretendía interpelar, ya no existe más. 

A tal punto podría decirse que la sociedad ha cambiado, que fue especialmente el progresismo quien más impulsó una ingeniería social basada en la idea de que “todo es cultural” y de que, cuando la ideología y la realidad chocan, la que debe adaptarse es la realidad. A esta altura, y con todo lo transitado, es casi un episodio menor, pero recordemos que había sectores que, desde oficinas del Estado, es decir, de arriba hacia abajo, intentaban imponer que debíamos hablar con la E y que, en caso de no hacerlo, estábamos contra los derechos humanos.  

Para finalizar, de lo dicho hasta aquí parece seguirse un llamamiento al surgimiento de un ala, llamemos, “liberal” del peronismo. Pero no es el caso, o no es la única interpretación posible. Entre la rigidez ideológica y la genuflexión absoluta al estado de cosas con fines electorales, hay un sinfín de caminos intermedios. El propio Perón entendía que, aunque sin renunciar a los principios, la doctrina debía actualizarse.

De modo que, si de llamamiento se trata, en todo caso, que sea una apelación a tratar, primeramente, de comprender el mundo y comprender la sociedad a la que se pretende representar. Esto no supone ser vehículos de unos valores de mierda o aceptar que los valores de una sociedad son buenos per se. De hecho, la representación, para bien o para mal, no es un espejo de los representados, tiene también un resto que permite al representante proponer, guiar y, eventualmente, transformar, idealmente, a través de la persuasión.

Pero el primer paso es comprender lo que se quiere representar. Si esto no sucede, el peronismo podrá continuar, pero le seguirá hablando a una sociedad que ya no existe más.      

Liderazgo mileísta: ¿populismo o vanguardia? (editorial del 9.5.26 en No estoy solo)

 

Algunos meses atrás se publicó en español un pequeño libro, Fascismo y populismo, de Antonio Scurati, profesor de literatura comparada en la universidad de Milán y reconocido por ser el autor de la saga en la cual se basó la extraordinaria serie Mussolini, el hijo del siglo. 

A propósito del debate actual alrededor de las nuevas derechas y esa tendencia de algunos sectores de denominarlas fascistas o neofascistas, la hipótesis de Scurati es que estos nuevos emergentes, antes que fascismo, lo que habrían heredado de Mussolini sería su populismo. Scurati menciona siete características del populismo y, en alguna ocasión, en este mismo espacio, nos hemos servido de ellas para argumentar, justamente, que en Milei hay populismo, pero no fascismo. Sin embargo, hay una característica en particular sobre la que quisiera detenerme porque, en ella, la figura de Milei no encaja o, en todo caso, se trata de un elemento que bien supondría algunas reflexiones.

Me refiero al nuevo tipo de liderazgo que habría inaugurado Mussolini, esto es, un liderazgo que guía a las masas, ya no por ponerse al frente de ellas sino por acompañarlas. De hecho, Mussolini se autodefinía como “el hombre del después”, en el sentido de que llegaba a los acontecimientos políticos una vez sucedidos, luego de la determinación popular. 

Esta idea de no ir por delante se entiende mejor con la caracterización que hace Scurati del Mussolini más joven que diferiría de aquel de los años 30 y 40 que ya posee una concepción del hombre nuevo, un programa articulado, etc. Para el Mussolini “original”, el líder “no tiene ni debe tener ideas propias, carece de convicciones irrenunciables, no guarda fidelidad, no guarda lealtad, carece de estrategias a largo plazo, no guía a las masas hacia una meta lejana y elevada, que él atisba, pero las masas no ven. Muy al contrario, ese líder solo conoce tácticas y ninguna estrategia, solo oportunidades y ninguna convicción, solo praxis y ninguna teoría”.

Evidentemente esta descripción no hace justicia con Milei pues el actual presidente parece ser exactamente lo contrario: tiene ideas que defiende dogmáticamente, tiene una concepción de la fidelidad que le hace sostener personajes que no lo merecerían, su estrategia de transformación es a largo plazo y refundacional, guía a las masas hacia metas que rozan lo místico, privilegia la estrategia antes que la táctica y se abraza a la convicción y a la teoría antes que a las oportunidades y a la praxis. Por supuesto que podría haber contraejemplos (y los hay) pero digamos que, siguiendo la caracterización que hace Scurati, el accionar de Milei pareciera ser casi el opuesto al del joven populista Mussolini.

Ahora bien, claro está, la gran paradoja en este sentido es que, con ello, Milei reproduce el tipo de liderazgo propio de las vanguardias de izquierdas que, aun cuando contaban con antecedentes previos, aparecen con claridad durante la época leninista: son los intelectuales organizados los que “desde afuera” guían a las masas de trabajadores y al pueblo hacia la emancipación. Esta herencia fue muy clara en las guerrillas latinoamericanas de los años 60 y 70 y permanece en aquellos espacios de centroizquierda tan afectos a la ingeniería social y a esgrimir una supuesta superioridad tanto moral e intelectual por abrazar a quien se autoperciba víctima y/o haber pisado una universidad.

Al igual que las vanguardias, entonces, Milei no es “el hombre del después” sino, justamente, “el que llega antes”, es el león, el que lidera, más allá de que por razones psicológicas hay buenas razones para suponer una dependencia, quizás hasta patológica, con la hermana. Pero nadie vota a la hermana sino a él y la vanguardia de Milei es, al igual que la de las izquierdas, tanto moral como intelectual, más allá de que cada vez le cueste más sostener ambas. Porque, moralmente hablando, los escándalos ANDIS, LIBRA, el de “el profe” Espert y, ahora, el de Manuel “Cascada” Adorni, hacen que cada alusión del presidente a la presunta superioridad de su moral sea vista como un ejercicio hipócrita; en cuanto al punto de vista intelectual, como alguna vez mencionamos aquí también, el escándalo LIBRA, que lo obliga a reconocer, o bien que ha sido cómplice de una estafa, o bien a aceptar que no sabe nada de criptos, esto es, de lo que supuestamente sabe, supuso una herida potente que se acrecienta en la medida en que la economía y el modelo empieza a mostrar fatiga y amesetamiento, para decirlo con generosidad. Esto será particularmente problemático si se cumple con el “principio electoral” de que la gente no vota dos veces el mismo activo. En este caso, refiero al activo de la baja de la inflación que pudo haber sido valorado en 2025 pero quizás no lo sea ya en 2027, especialmente si queda estacionado en un número de entre 2 y 3% mensual.     

Milei no sería así el “hombre del después” sino que la gente, el pueblo, sería la que ha llegado después a las ideas de la libertad que al líder esclarecido ya le habían sido reveladas. Esto supondría que ha sido el pueblo el que se identificó con Milei y no a la inversa. Por cierto, creo que es así porque vio en él el representante de lo desquiciado y, sobre todo, del azote, de la revancha. “Este tipo está roto, tiene bronca y quiere romper todo como yo”. No se trataba de estar mejor, sino de que los supuestos responsables de que yo esté mal, lo paguen. El tipo que supone que la redistribución es un robo, fue votado para que redistribuya el castigo de ser argentino, de aquí que lo de Adorni pegue en el eje: el votante puede permitir una continuidad temporal de la malaria, pero lo que no va a admitir es la existencia de nuevos privilegiados “con la suya”. El voto plebeyo que acompañó a Milei puede seguir comprando expectativas subido a la retórica individualista del rendimiento y el esfuerzo, pero no aceptará el afano o, en todo caso, no aceptará que alguien afane tan boludamente, que no es lo mismo, pero es igual. A su vez, desde aquí, agregamos algunos requisitos más: un toque de inteligencia, un esfuerzo por el buen gusto y algo del orden de la sorpresa. Porque no se puede pretender tanta impunidad siendo tan soberbio y no se puede ser tan tilingo, tan grasa, para, con la primera guita (presuntamente afanada), ponerte pelo, arreglarle los dientes a tu mujer, ir a vivir al country, construir una cascada en tu casa, y viajar a Punta y a New York para comprar carteras y trajes caros en una suma que, algunos estiman, rondaría los 800.000 USD. No, hay que dejar pasar una, al menos.

Retomando el eje de estas líneas, podría decirse que el estadista es aquel que es capaz de manejar los dos tipos de liderazgos y reconocer en qué momento ser el líder que debe llegar antes y cuándo ser el líder que camina detrás del pueblo. Supondría un artículo aparte, pero presidentes que sobrevinieron después de grandes crisis, Alfonsín, Menem y Kirchner, por ejemplo, tuvieron algo de eso, independientemente de cómo hayan finalizado sus mandatos. El más cercano, Kirchner, necesitaba sin duda interpretar el momento histórico, la necesidad de la gente, dejarse llevar; sin embargo, al mismo tiempo, adoptó una agenda que no estaba en la primera línea de reivindicaciones y, desde allí, construyó un espacio que, digamos, prácticamente dominó la política argentina por 20 años. Fue el hombre del después pero también el que desde adelante dijo “hay que ir por acá” y la gente lo siguió. Este punto es clave, porque contra la retórica populista, tampoco es cierto que el pueblo quiera simplemente un líder que lo siga. También quiere un proyecto, una meta, una propuesta, una guía. Las dos cosas son ciertas. Si el líder solo hace lo que quiere el pueblo, no solo puede caer en la demagogia barata, sino que puede llegar a ser visto como una figura reemplazable; pero si solo es una vanguardia esclarecida, la soledad, la paranoia y los amigos del poder, hacen que el líder olvide que hay momentos donde tiene que volver a caminar detrás de la gente.

El actual gobierno lleva dos meses enfrascado torpemente en el caso Adorni, figura menor que solo se sostiene por el apoyo de los hermanos a cargo de la administración. Es difícil pedirle a Milei que camine detrás de la gente o que, al menos, escuche lo que se vive en el día a día. Pero, de vez en cuando, el líder de vanguardia debe al menos girar la cabeza y ver si hay alguien acompañando sus ideas detrás. No sea cosa que, de tan convencido por su causa y su misión, el día que recuerde girar la cabeza, observe que la gente ha quedado allá, bien lejos, y que los únicos que lo han acompañado son su hermana y unos perros clonados con nombres de economistas.    

 

 

 

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

La tragedia de Adorni (editorial del 2.5.26 en No estoy solo)

 

Tras varias semanas de mutismo, el Jefe de Gabinete expuso ante el Congreso. Sin apartarse de la letra escrita y bajo la amenaza implícita de retirarse en caso de sentirse agraviado, Adorni cumplió el objetivo de sostener su altanería (como presunto atributo de fortaleza) al tiempo de presumir y mostrar el apoyo de los hermanos a cargo de la administración. Con todo, la reivindicación personal apoyada en la verdad y/o una aclaración de todos los puntos oscuros que la justicia investiga deberán aguardar porque, en ese sentido, el Jefe de Gabinete no ha aportado prueba alguna sino solo la negación de las acusaciones (en algunos casos a pesar de que ya hay pruebas públicas que lo desmienten). La puesta en escena me remitía al Teatro y, dentro de él, al Teatro del Absurdo de, por ejemplo, una obra que habíamos citado aquí algunas semanas atrás: Las sillas de Ionesco. Allí una pareja de ancianos que vive en una isla aguarda el acontecimiento de la llegada de El Gran Orador que viene a traer un mensaje trascendental para la humanidad. Ofrecen un salón para que los presuntos invitados lo escuchen, repleto de sillas, pero resulta que los invitados son invisibles de modo que todo está dispuesto para la gran exposición frente a un auditorio vacío. A diferencia de Godot, el Gran Orador llega y, llenos de satisfacción, antes del comienzo del discurso, los ancianos se arrojan por la ventana. Sin embargo, cuando el Gran Orador pretende hablar no puede articular palabra, tartamudea, emite sonidos incoherentes. Las interpretaciones de la obra son abiertas, pero podría afirmarse que Ionesco nos quiere decir que el gran mensaje a ser legado es la incomunicación, el vacío, el sinsentido.

El Congreso de la Nación estaba repleto de oficialistas y opositores pero la ciudadanía hubiera dejado las sillas vacías, quizás, justamente, porque en gran medida permanece invisible para el gobierno, pero sobre todo, porque no le interesa lo que pueda decir Adorni, probablemente, porque, para bien o para mal, ya ha sido juzgado y, sobre todo, porque está ocupada en asuntos más importantes.

Mencionamos a la célebre obra de Beckett al pasar y es cierto que de allí también podría haber surgido una lectura posible aplicable a este caso en el sentido de que en Esperando a Godot se habla porque no hay nada que decir, pero también porque no se puede callar.

Sin embargo, donde quizás haya más material para trabajar sea en las tragedias griegas. En un rápido repaso de memoria, se me aparecen algunas categorías esenciales para comprenderla. La más conocida, trabajada por Aristóteles y cuyo sentido llega hasta nuestros días es el de la Catarsis: en la identificación con el padecimiento del héroe trágico se generaba una expiación del malestar en la audiencia, de aquí que, al final de la obra, los asistentes se retiraran “purificados”. Eran tiempos donde grandes obras reemplazaban a los chantas influencers del mindfulness. Sin embargo, la puesta en escena de Adorni más bien funcionó como una catarsis personal y/o del gobierno puesto que lo está fallando es la identificación del electorado con el cuestionado y, según las encuestas, en buena medida, con el gobierno todo. En una muestra más de cerrazón y de ruptura con la dinámica de la calle, el gobierno cree haber obtenido un triunfo por haber logrado que el vocero pudiera hablar, sin tomar en cuenta que solo puede hacerlo con toda la protección institucional de su investidura. Sin embargo, el vocero no puede caminar por una calle “normal” ni puede ser entrevistado por un periodista que, influido por el demonio, abrace el hábito de la repregunta. En el mutismo del vocero (devenido Jefe de Gabinete) se observa un gobierno que no puede hablar y que, en tanto tal, es “hablado”. O lo que es peor, en su Armada Brancaleone de funcionarios, quien probablemente sea el más capacitado para hacerlo, Santiago Caputo, decide permanecer en las sombras mientras resiste los embates de “la jefa” y “la jefa” no puede articular oraciones con sujeto y predicado. El gobierno, entonces, es hablado por la oposición o por unos monigotes patéticos que intentan defenderlo en medios amigos, en el mejor de los casos, exhibiendo manuales de gorilismo que ya eran vetustos en el 55. Pensar que toda la comunicación pasa por mensajes unidireccionales en redes, o eventuales “domadas” a usuarios anónimos, no es la prueba de la comprensión del nuevo estilo de comunicación; más bien demuestra la incapacidad de comprender que ese nuevo estilo tiene mucho de burbuja.      

Dicho esto, hay otro elemento que aparece en las tragedias griegas que es el del Miasma. El término llega hasta nuestros días, aunque no es demasiado usado. La definición de diccionario refiere a un efluvio maligno o una emanación fétida que en siglos atrás se consideraba como causante de enfermedades por ser propias de cuerpos enfermos, materias orgánicas en descomposición, aguas estancadas.

En el mundo griego de la tragedia el miasma es más una cuestión moral que física y se puede entender como una mancha del espíritu que en muchos casos se trasmitía de generación en generación o salpicaba a toda una familia. 

Los cancelados de hoy son “el miasma”, como lo fueron los leprosos, y en las tragedias griegas se puede mencionar, entre muchos otros, el caso del episodio narrado en Edipo en Colono de Sófocles, donde Edipo, parricida e incestuoso busca un lugar donde poder asentarse sus últimos años de vida y es rechazado constantemente por estar impuro, por ser el miasma. Ya en Edipo Rey, había sido señalado como el origen de la peste de Tebas. Pero ahora, tras haberse arrancado los ojos y haber cometido los peores pecados, es un cuerpo contaminante que debe ser expulsado de la comunidad. El miasma es la manzana podrida que pudre a las demás, por eso hay que apartarlo.

Es cierto que en Edipo en Colono luego hay un giro y que gracias a una profecía que indica que el lugar donde muera Edipo florecerá de prosperidad, se sigue luego una especie de competencia para lograr que el infecto perezca en la tierra propia, pero justamente ese giro completa la metáfora que me interesa compartir. Una vez muerto políticamente (probablemente ya lo esté, pero se confirmará cuando dé un eventual paso al costado), el gobierno hará uso de “la muerte de Adorni” buscando mostrar frente a la sociedad lo indefendible: el presunto carácter moral de la administración y ante la pregunta de por qué se lo sostuvo tanto, se responderá “porque esperábamos la resolución de la justicia”; o mejor aún, harán renunciar al propio Adorni afirmando que, a pesar de ser inocente, decide dar un paso al costado para no afectar al gobierno. Conmovedor.

Pero lo más interesante son los efectos iniciales del miasma ya que éste supone contaminación que desordena el lazo comunitario y fractura la unidad de la administración, pues no son pocos los que observan que la situación es insostenible y que, si la imagen del gobierno decae, es, en una parte, responsabilidad de sostener a un tipo al que se le denuncia haberse reapropiado de todos los vicios de la casta: contratos con amigos en la TV Pública; viajes y contratos para la mujer; turismo en familia con un costo de miles de dólares pagados en efectivo; departamentos comprados con dinero de unas viejas que no le cobran interés… y todo eso con unos ingresos que no pueden justificar nunca ese nivel de vida para alguien que, al inicio de la administración tenía un departamentito, andaba en subte y, a duras penas, iniciaba el tratamiento para el pelo.

En la medida que el miasma no sea apartado, la contaminación continuará, afectando la credibilidad del gobierno, porque aunque pueda parecer haber salido airoso tras tantas semanas de silencio, su palabra contamina y amplifica la crisis. Y nótese que ni siquiera está en juego la verdad, pues, de hecho, hay que ser justos y afirmar que Adorni es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Por cierto, los indicios en su contra son demasiados, pero aun en el hipotético caso que él lograra, al menos, resoluciones favorables en la justicia, su ciclo está cumplido, si bien, es cierto, en política nunca hay que retirar a nadie, especialmente después de que la gente haya votado una lista encabezada por un señor que tuvo que renunciar por haber sido presuntamente financiado por narcos.

Adorni hoy solo produce contagio del miasma, performativamente hablando es ineficaz porque, o no puede hablar o cuando habla no genera credibilidad, y para colmo de males, en el gobierno no logran encontrar un sustituto que reemplace el silencio o el rechazo del jefe de Gabinete.

En síntesis, quiero terminar estas líneas con algo disruptivo que no se debe hacer, pero ustedes sabrán disculparme. Se trata de un poema al cual siempre me dirige la memoria cada vez que me cruzo con la palabra Miasma. Pertenece al libro Persuasión de los días de Oliverio Girondo, se llama “Ejecutoria del Miasma”, y dice así:

Este clima de asfixia que impregna los pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.
Este miasma corrupto,
que insufla en nuestros poros
apetencias de pulpo,
deseos de vinchuca,
no surge,
ni ha surgido
de estos conglomerados de sucia hemoglobina,
cal viva,
soda cáustica,
hidrógeno,
pis úrico,
que infectan los colchones,
los techos,
las veredas,
con sus almas cariadas,
con sus gestos leprosos.
Este olor homicida,
rastrero,
ineludible,
brota de otras raíces,
arranca de otras fuentes.

A través de años muertos,
de atardeceres rancios,
de sepulcros gaseosos,
de cauces subterráneos,
se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,
los detritus hediondos,
las corrosivas visceras,
las esquirlas podridas que dejaron el crimen,
la idiotez purulenta,
la iniquidad sin sexo,
el gangrenoso engaño;
hasta surgir al aire,
expandirse en el viento
y tornarse corpóreo;
para abrir las ventanas,
penetrar en los cuartos,
tomarnos del cogote,
empujarnos al asco,
mientras grita su inquina,
su aversión,
su desprecio,
por todo lo que allana la acritud de las horas,
por todo lo que alivia la angustia de los días.