sábado, 11 de julio de 2026

Los dueños de la sospecha (publicada el 11.7.26 en www.disidentia.com)

 

Este mundial está comprado por Trump para tapar su fracaso en Irán. ¿No viste que le perdonaron la roja al delantero porque él llamo a Infantino? ¡Racismo! Grita el técnico de Egipto porque a su equipo le hacen tres goles en 14 minutos; este mundial está armado para Argentina porque Messi se sacó la foto con Trump y porque lo apoya Netanyahu, tal como lo demuestra el sorteo y la eliminación de las selecciones importantes que lo iban a enfrentar; hay una confabulación a nivel arbitral, especialmente desde el VAR, que va modelando la trama para grandes enfrentamientos en la última semana. Estas son solo algunas de las teorías conspirativas que se han tejido en estas últimas semanas alrededor del mundial, a lo cual se podrían sumar discusiones delirantes que se responden también conspirativamente, como la de Argentina país racista que eliminó a los negros, o Brasil, futbolísticamente fracasado, porque sus jugadores se hicieron evangelistas.

 

Ya está lo suficientemente dicho, pero es posible atribuir este tipo de polémicas a la lógica de las redes y a la necesidad del bait. En otras palabras, dado que el algoritmo privilegia los mensajes que generen polémica y cada vez son más los que pretenden vivir de la monetización de su exposición pública, es mucho más redituable la imbecilidad original que la sensatez compartida.

 

Esto es cierto. Pero hay otro elemento que resulta más interesante filosóficamente hablando y que es previo a la lógica algorítmica: me refiero a la sospecha como signo de inteligencia. Se trata de quien en su círculo de amigos o en sus redes sociales hace uso y abuso de la sospecha parece alcanzar cierto estatus por “ver aquello que vos no ves”; es el sospechador serial que dice saber el funcionamiento de la Matrix; el prisionero de Platón que escapa de la Caverna y se da cuenta de todo. Así, al menos, lo cree quien sospecha.  

 

Fue Paul Ricoeur quien allá por 1965 nos habló de los filósofos de la sospecha (algo que luego, con sus diferencias, retomaría Foucault) y ubicó en este selecto grupo a Marx, Nietzsche y Freud. Al autor de El capital, porque denunciaba que las ideas dominantes expresan los intereses materiales de una clase social y generan una falsa conciencia entre los trabajadores; a quien anunciara la muerte de Dios, porque advertía que detrás de los presuntos valores morales universales se escondía el poder y, al padre del psicoanálisis, porque fracturaba la unidad del sujeto moderno afirmando la existencia del inconsciente por debajo de las decisiones que, presuntamente, adoptamos de manera racional. 

 

Independientemente de cuán cerca o lejos se encuentre uno de estos autores, lo que sí se podría resaltar de ellos, aunque también esto se podría aplicar a buena parte de la filosofía en general, es una suerte de estímulo al fomento del espíritu crítico, un llamado a no quedarnos nunca con lo que se nos aparece a simple vista porque esto puede ser engañoso. Sin embargo, la sospecha ha dejado de ser un instrumento crítico para convertirse en una suerte de marca de identidad intelectual. La razón es simple: ya no se sospecha para descubrir la verdad sino para demostrarle a los otros una supuesta superioridad interpretativa. De aquí que quien encuentre siempre conspiraciones o adopte una explicación de todo en clave conspirativa, aparezca como más sagaz que aquel que, quizás, con sabiduría, adopta la navaja de Ockham y entiende que, en general, la explicación más simple suele ser la correcta. La sabiduría no estaría así en alcanzar la verdad sino en un método al que no le interesa la verdad sino el estatus: si desconfío de todo soy más inteligente que aquel que confía en lo que aparece como “evidente”.

 

Una última referencia filosófica archiconocida podría ayudar: Descartes utiliza la duda de manera exagerada, hiperbólica, pero lo hace conscientemente como un método para alcanzar una verdad indubitable (el “pienso luego existo”). Se trata de dudar de todo para dejar de dudar. Los que sospechan de todo no quieren dejar de sospechar. Quieren seguir sospechando porque no buscan la verdad, sino confirmar su estatus.

 

Asimismo, la dinámica de la sospecha permanente tiene una gran ventaja: es irrefutable porque siempre va un paso más allá en la sospecha. Así, si alguien muestra pruebas obvias de que la tierra no es plana, es porque esconde otras razones, porque sirve a determinados intereses personales o colectivos. Es decir, quien niega la conspiración es parte de la conspiración; quien niega la sospecha es, por eso mismo, sospechoso y sospechado.

 

Entonces ninguna decisión arbitral es un error humano sino siempre la consecuencia visible de oscuras tramas en las que se entremezclan intereses económicos, presiones geopolíticas, luchas simbólicas y bla bla bla. Cuanto más sofisticado, más likes. Que sea falso es lo de menos.

 

Podría decirse, entonces, que si los siglos pasados nos dieron la posibilidad de convertir a la sospecha en un potente arsenal para el espíritu crítico, el siglo XXI la ha transformado en una irracional y obligatoria disposición del espíritu que gana en jerarquía cuanto más lejos se encuentra de la realidad. 

 

Para el sospechador serial, el mundo es una capa de máscaras que hay que ir quitando, más allá de que suele ser benevolente con su propia máscara, esto es: el sospechador sospecha de todo menos de su propia sospecha. En ello demuestra toda su ingenuidad por no decir, también, su idiotez, porque, efectivamente, es tan idiota el que cree en todo lo que ve como aquel que sospecha de todo lo que hay.

 

Esto por no mencionar el modo en que el descreimiento de todo y esta sospecha hiperbólica afecta la vida social y democrática que necesita algún mínimo de confianza y algún mínimo de horizontes de sentido compartidos.  

 

Este último aspecto es clave, porque si bien hemos realizado esta elaboración alrededor de las polémicas del mundial de fútbol, lo cierto es que se trata de un signo de época que, claramente, trasciende la competencia deportiva en particular. Nadie puede negar que en el deporte y en la vida misma, juegan todo tipo de intereses cruzados, y la promoción de un espíritu crítico para ir un paso más allá de lo que suele presentarse como orden natural de las cosas, es siempre bienvenido. Pero se trata de una disposición que pretende alcanzar algo así como el mínimo de verdad necesaria para la convivencia humana.

 

Cuando la sospecha deja de ser un método con la verdad como objetivo y se transforma en una pose, o, por qué no, en una patología en busca de aceptación social y/o en una mera fuente pasajera de interacciones monetizables, deja de ser el instrumento de la crítica para devenir una maquinaria infinita de nihilismo. No es casual que en esta era donde los extremos están de moda, los totalmente crédulos y los que sospechan de todo, se parezcan demasiado.     

 

 

 

viernes, 3 de julio de 2026

Esto no es una casta (editorial del 4.7.26 en No estoy solo)

 

Dos meses atrás, en este mismo espacio, les hablaba de la tragedia de Adorni haciendo un juego de palabras entre su situación personal y el género teatral surgido en la antigua Grecia. En aquella nota les mencionaba la mímesis como una representación que nos permite revelar aspectos universales de la experiencia humana; la catarsis como proceso de purificación que se produce en la audiencia cuando ésta se identifica con el padecimiento del héroe, y el error trágico que precipita la trama cuyo final es ineludible, como algunos de los elementos que Aristóteles había reconocido como propios de la Tragedia en su libro Poética. Podría decirse que aquí no hay héroe, aunque sí una infinita cantidad de errores trágicos, comenzando por la foto de su mujer como parte de una comitiva oficial en la que no debía participar. El resto ya lo conocemos, más allá de que día a día, entre cascadas, jubiladas generosas, escribanas que parecen personajes de Tim Burton y tarjetas prestadas para comprar sábanas y monitores gamers, la capacidad de asombro se renueva. Hasta cierto nivel, creo que indigna menos su corrupción que su estupidez. Los argentinos respetamos a los hijos de puta, pero despreciamos a los boludos.

Pero en aquella nota también les hablaba de otro elemento que aparece en las tragedias griegas: el miasma. Aunque en cualquier diccionario lo encontraríamos definido como un efluvio maligno o una emanación fétida que siglos atrás se consideraba como causante de enfermedades por ser propias de cuerpos enfermos, materias orgánicas en descomposición, aguas estancadas, etc., en el mundo griego de la tragedia, el miasma es más una cuestión moral que física. Se trata, entonces, más bien, de una mancha del espíritu que en muchos casos se trasmitía de generación en generación o salpicaba a toda una familia. 

De entre todos los personajes de las tragedias griegas, el que mejor puede graficar el miasma es nada menos que Edipo cuando, ya reconocido como parricida e incestuoso, es rechazado por su impureza, por haber devenido un miasma. Si ya había sido señalado como el origen de la peste de Tebas, tras cometer los peores pecados y haberse arrancado los ojos, Edipo es la representación del cuerpo contaminado que debe ser expulsado de la comunidad porque el miasma tiene siempre una tendencia a expandirse. Esto era particularmente problemático porque el miasma ponía en riesgo el lazo comunitario, valor esencial de aquella época.  

Aplicado al caso Adorni, el insólito, y sospechoso apoyo que los hermanos a cargo de la presidencia le ofrecieron por más de 100 días a pesar de las mentiras, la soberbia y el desorden impune de su vida de nuevo rico, parecía no tomar en cuenta el factor contaminante del miasma como si se lo pudiera encapsular. Seguramente, ante lo que iba a ser una derrota política sin precedentes frente al congreso, los Milei cedieron y lo obligaron a escribir esa carta patética, victimista, aduladora de la figura del presidente y tan reñida con el idioma castellano. ¿Será que los correctores de estilo no tienen tarjetas de crédito ni prestan dinero a interés cero? 

Aunque probablemente por malas razones, esto es, tozudez, un apego mesiánico a ciertas presuntas revelaciones de la verdad, etc., lo cierto es que Milei no actuó sobre el miasma con la lógica clásica del sacrificio inmediato y el aislamiento para transformarlo en el chivo expiatorio que no salpique al resto de la administración. Insisto en que más que un convencimiento basado en razones, o la virtud de la lealtad, las causas pueden tener que ver más con el ensimismamiento y un desapego por aquello que solemos llamar realidad, pero lo cierto es que el presidente apoyó a Adorni como ningún otro lo hubiera hecho y lo siguió haciendo incluso ya renunciado cuando volvió a manifestar que cree en la inocencia de su exvocero, aquel que ya no podía hablar y que, cada vez que lo hacía, volvía a hundirse un poco más.

Ahora bien, el reemplazante de Adorni ha sido Diego Santilli, uno de los grandes representantes de “la casta”. De aquí que muchos recordaran aquellas palabras de Macri cuando se refirió a este gobierno como fácilmente infiltrable. Y a las pruebas uno se remite: cada uno de los “puros” es reemplazado por hombres de larga trayectoria, muchos de ellos iniciados en las filas peronistas, que fueron figuras centrales del armado macrista. Esa misma mutación se observa en el perfil de los electores de Milei si se compara el 2023 con el 2025: en la elección legislativa el votante mileísta fue prácticamente el mismo que votó a Macri y muchos de los electores de sectores populares que apoyaron al anarcocapitalista en 2023 en detrimento del peronismo, o se decantaron por una alternativa o, desencantados, directamente no fueron a votar.

Ahora bien, la idea de casta, que ya había sido utilizada en Italia algún tiempo atrás y que resonaba en distintas manifestaciones antisistema por izquierda o por derecha, no hace énfasis en hombres en concreto más allá de que algunos puedan ser más representativos que otros al momento de identificar una época. Refiere más bien al resultado del miasma, cuando la contaminación ya se ha diseminado y ha devenido estructural. La casta es el sistema y por eso la apuesta de Milei, al menos desde lo discursivo, era refundacional. Estaba todo mal. Incluso en su media lengua y en esa actitud adolescente desde un academicismo que solo puede sonar tal para quienes no pertenecen a la academia, hasta coqueteó con incluir a la democracia en esa necesidad de refundación, más allá de que, luego, algo del principio de realidad pareció operar.    

Y ahora la casta está adentro en el mejor de los escenarios posibles, esto es, amparada por un discurso anticasta y bajo el paraguas protector del hombre que dice combatirla. Un capítulo más de los tiempos paradojales donde nada se esconde. No debería extrañarnos que Milei reemplace alguno de sus cuadros por La traición de las imágenes, aquel famoso cuadro de Magritte que muestra una pipa y afirma “Esto no es una pipa”.

Lo cierto es que la mayoría de los ministros pertenecen a la casta, el armado en el congreso es propio de la casta, el avance con los nombramientos del Poder Judicial es lo más casta que puede haber y así podríamos continuar. Y, sin embargo, al igual que en el caso de Magritte, estamos ante un hiato entre la palabra/imagen y la cosa. La palabra y la imagen no son la cosa. Son representaciones. El cuadro de la pipa no se puede fumar. Si la palabra y la imagen no son aquello que representan, si no tienen atadura con lo real, se autonomizan y pierden su capacidad de describir lo que sucede allá afuera. Todo puede ser dicho porque no hay más conexión con lo real. Una imagen de la casta es capaz de decir “Esto no es una casta”.

Por cierto, quizás estemos frente a una contradicción virtuosa pues muchos de los vilipendiados hombres que efectivamente pertenecen a la casta, son más idóneos que la runfla de improvisados e inútiles que rodearon al presidente en sus inicios cuando la presidencia cayó en sus manos gracias a las Fuerzas del Cielo o, lo que es lo mismo, la sumatoria infinita de errores de sus predecesores. Pero, claro, aun en mundos paradojales, donde reinan las autopercepciones y los hechos alternativos, más que el principio de revelación, de tanto en tanto y cada vez más tenue, algo del orden de la realidad emerge, algo del principio de no contradicción, para volver a Aristóteles, golpea nuestra puerta.

La última autorreferencia: el gobierno puede salir airoso del Adornigate pero en la medida en que su discurso pierde potencia cada vez queda más preso de mostrar hechos. Es lo que les había comentado algunas semanas atrás cuando indicada que el énfasis puesto en la supuesta superioridad moralidad llevaba el terreno de la discusión a la coherencia entre palabras y actos, más que a los resultados. Recordemos, si no, que, aunque de manera menguante, todavía hay un amplio sector que asocia a Milei con la esperanza. Esto quiere decir que, en todo caso, espera resultados, pero hasta ahora no los vio.  

Por ello, si los casos de corrupción derriban la fantasía del gobierno de la moralidad, y la irrupción/infiltración de los hombres y mujeres pero, sobre todo, del sistema de la casta exponen una nueva contradicción entre las palabras/imágenes y las cosas o, lo que es peor, la total autonomía de lo que se dice respecto de la realidad, el gobierno está obligado a mostrar resultados.

El gobierno está desnudo frente a su hora crucial de cara a 2027. El relato se agota, la narrativa se debilita y esa mímesis griega que podría decirnos algo acerca de la verdad se diluye en el algoritmo posmoderno de la nueva comunicación política. Así, con una realidad que convierte a La traición de las imágenes de Magritte en una metáfora que denuncia la ilusión de la representación política, al gobierno solo le resta mejorar la vida material de una mayoría si pretende ser competitivo y avanzar hacia la reelección. ¿Llegará a tiempo? ¿Llegarán sus adversarios a entenderlo?

 

viernes, 26 de junio de 2026

Cristina (candidata) eterna [editorial de No estoy solo del 27.6.26]

 

Parto de la siguiente base: la causa por la que Cristina está presa está llena de irregularidades y su condena tiene una clara finalidad política. Segundo: aun asumiendo que esto que diré es controversial y que puede, y probablemente deba, haber excepciones, soy de los que prefiere que todo el que quiera presentarse a elecciones pueda hacerlo. Esto incluye a CFK, a Bolsonaro y también incluía a Lula y a Trump, en el caso de que los demócratas hubieran logrado su proscripción. Sí, al momento de la legitimación democrática, soy de los que prefiere que elija la gente antes que 3, 4 o 10 tipos vestidos de jueces que, eventualmente, podrían perseguir otros intereses que los de la Justicia.

 

Repito que discutir esto merecería un artículo entero, pero lo menciono para poder centrarme en lo que ahora parece más importante: la interna del peronismo. 

 

Si bien no es nada nuevo, esta semana parece haberse desatado la disputa más a cielo abierto que nunca, primero con el discurso de Máximo, luego con cruces entre dirigentes en las redes y en la legislatura bonaerense. 

 

Desde el punto de vista electoral no está claro que la interna suponga una merma de votos. Naturalmente uno tiende a pensar que varias listas se quitan votos entre ellas, pero es un error o podría llegar a serlo dependiendo del sistema y el calendario electoral. Para decirlo más fácil: si hay o no PASO será clave. Dado que en general las PASO favorecen a las oposiciones para dirimir sus diferencias, el gobierno tratará de, al menos, suspenderlas. Hay distintos ejemplos, pero recordemos la manera en que las PASO fortalecieron a Macri en 2015 contra la UCR y la Coalición Cívica. ¿Podrían darse 3 o más listas del peronismo y que los que pierdan acompañen? Podría ser e insistimos: la unidad no necesariamente garantiza más votos. Quizás incluso lo contrario porque no permite que jugadores que están a los extremos jueguen adentro y luego estén "obligados" a acompañar. De modo que esperemos cómo decantan las cosas.

 

Ahora bien, si volvemos al caso de la Coalición que llevó a Macri al poder, allí había diferencias ideológicas más o menos marcadas (que luego se fueron diluyendo para devenir una masa amorfa de republicanos espasmódicos) y partidos con estructuras, plataformas, tradiciones, etc. En el caso de la interna que aflora en el peronismo, no hay nada de eso. De hecho, la interna resulta absurda porque todavía nadie puede entender qué es lo que están discutiendo. O algo peor: la interna indigna porque todos nos damos cuenta que lo único que están discutiendo es narcisismo, cargos y poder (en el sentido más de mierda que se pueda definir).

 

El cristinismo parece intentar profundizar su proceso de troskismo autodestructivo que mencionábamos semanas atrás. El que no obedece es traidor pero el que le haga caso a CFK y quiera tomar el bastón de mariscal también, porque parece que para tomarlo hay que pedirle permiso a ella. Es una encerrona trágica: el traidor es el otro y el otro siempre es traidor. En esta dinámica la lealtad solo la garantiza un apellido y la obsecuencia sacrificial infinita. Esto no es nada nuevo, como tampoco es nueva la paradoja: en la medida que el kirchnerismo se va reduciendo hasta la unanimidad del sí mismo, acaba apoyando los candidatos que más se alejan de éste: Scioli, Alberto, Massa. Por este camino el próximo candidato del kirchnerismo será Randazzo.

 

Permítanme una psicologización barata: más que para sacar los votos que le faltan, estos candidatos parecen ser elegidos solo para poder putearlos y, políticamente hablando, para eliminar adversarios internos. Son la excusa perfecta para decir "nosotros no fuimos", "nosotros lo hicimos por la patria, pero ellos nos traicionaron". Claro que mientras la traición se evidencia, nadie renuncia a los cargos, pero ese es otro tema. El kirchnerismo es siempre oposición: cuando está afuera y cuando está adentro del gobierno. Es un producto de estos tiempos de infantilización y victimismo donde nadie se quiere hacer cargo.

 

Por otra parte, escucho, "ideológicamente, el cristinismo, tiene una propuesta alrededor de oponerse a la deuda externa". Claro que tiene razón Máximo cuando se indica que esa deuda es una carga insoportable y es el corsé que nos han legado los gobiernos que decían preocuparse por el superávit. ¿Pero cuál es la propuesta? ¿No pagar la deuda? Podría ser. Incluso se podría citar a Néstor diciendo "los muertos no pagan" y tenía razón. Pero para repetir esa gesta la Argentina tiene que volver a morir o a estar en terapia intensiva, con default mediante como pos 2001. ¿Se tiene conciencia de lo que eso supondría para el país? ¿Somos conscientes de lo que supondría un nuevo default? No me vengan con “no se puede estar peor” porque siempre se puede estar peor. Las irresponsabilidades dejémoslas para el troskismo que no es capaz de organizar un centro de estudiantes. Pero el peronismo es un partido de poder. Eso implica responsabilidad. Y aclarémoslo: ser responsable no es ser conservador ni volver al albertismo del “equilibrio de fuerzas” y del “no puedo”, etc. Se puede ser responsablemente audaz o entender que hay momentos donde la responsabilidad implica ser audaz, pero para eso hay que tener un plan serio. Muchos países tienen deudas importantes y no son defaulteadores seriales como la Argentina. Incluso con deudas, por definición, impagables, lo que hacen es rolearlas, es decir, pedir nueva deuda y patear para adelante. Como país, según el color del gobierno, no se puede pasar intermitentemente de tomar deuda a defaultearla.

 

¿Por qué? Porque, para bien o para mal, hay una continuidad del Estado argentino y las deudas son del Estado y no de los Sturzenneger y Caputos de la vida. Me encantaría que la paguen ellos y no el pueblo argentino, pero el mundo no funciona así tal como lo sabemos desde la escuela secundaria. Una dirigencia responsable tiene que tener imaginación e idoneidad para enfrentar ese desafío. Y si el plan es no pagar para que se alegre la Bregman y te corra por izquierda igual, díganlo, pero, sobre todo, digan qué van a hacer desde el día 1 del default. Quizás tienen una buena idea y sostenible en el tiempo. Yo no la escuché.

 

¿Y Kicillof? Pareciera que ha decidido ser el candidato por decantación, como si supiese que lo van a torpedear, pero al final tendrán que ir a buscarlo. Así que se trata de no hacer olas, resistir los ataques y listo. Si el cristinismo no muestra un plan, el caso de Kicillof es todavía más exasperante. Uno entiende su intento de hacer equilibrio, pero se ha visto esta semana que le tirarán con munición pesada, aun si no hace nada. Hasta lo han acusado de no ir a la casa de Cristina a preguntarle a la compañera cómo se siente.  

 

Por cierto, ¿alguien conoce en qué se diferencia Kicillof de Cristina? Si no es un programa político, ¿es su moral? No es fácil animarse a decir eso incluso si fuese así. Pero, dicho mal y pronto: ¿por qué votarlo a él y no a CFK o a quien ella ponga? Lo cierto es que fue su ministro, estuvo dentro del kirchnerismo todos estos años en lugares de gran responsabilidad, y no tiene una autocrítica para hacer. Ya sabemos que La Cámpora no la tiene, pero, ¿Kicillof tampoco? ¿Por qué se perdió en 2015? ¿Por qué se hizo un gobierno de mierda entre 2019 y 2023? ¿No tiene nada para decir ninguno? ¿El kirchnerismo tenía los votos y cargos por todos lados, pero la debacle es responsabilidad de Alberto Fernández y Guzmán? ¿Kicillof hizo algo mal? Si no fue él, ¿quién fue? Si lo sabe y no lo dice es un problema. Si no lo dice porque no lo sabe, es peor.

 

Pero reformulemos la pregunta: ¿en qué se diferencia Kicillof de La Cámpora? ¿En que no va a la casa de Cristina? ¿Acaso en su forma de hacer política? ¿Cuál es esa forma? ¿Por qué no la dice? No hay canciones nuevas, ni siquiera una estrofa. Son las que sabemos todos desde la década ganada. Y si no es así, que diga por qué votarlo a él sería mejor que votar al candidato de La Cámpora. 

 

Mientras esperamos que se resuelva el sistema electoral, el cristinismo parece haber iniciado un dispositivo de extorsión sentimental: como CFK está presa injustamente, ese tiene que ser el eje de campaña. Se le pide a la gente que no vote por sus intereses sino por CFK. Error garrafal. Salvo el núcleo duro, la gente está podrida y espera que la dirigencia la interpele y le resuelva problemas. De tanto identificar a CFK con el pueblo, su espacio político parece haber reemplazado a éste por ella. De ahí la perplejidad y la pérdida de votos.  

 

Pero hay algo peor: desde el 2015 CFK tiene suficientes votos para bloquear, pero no para ganar, es decir, tiene todos los votos para garantizar una derrota. Cuando alguien quiere ocupar ese espacio, sacan el comodín de CFK para bloquear. (si hasta amenazaron con candidatearla a legisladora provincial, el próximo paso sería el de consejera escolar, porque todo, y especialmente la escuela, es política). Pero el escenario deviene directamente patético cuando impedida legalmente de participar, eligen volver a usarla para taponar cualquier opción. El “Cristina eterna” se transformó en “Cristina (candidata) eterna”. Así, deviene la perpetuidad de una amenaza incumplible, pero amenaza al fin. Con todo, es comprensible: desde hace tiempo, CFK no es candidata contra la oposición sino contra su propio espacio. Nadie puede vencerla puertas adentro y con eso alcanza para controlar la interna. Pero, claro, la interna no es con la gente adentro. Por eso es una interna. 

 

¿Se imaginan, cuando en un 2027 con una eventual crisis económica y con la necesidad de resolver quiénes son los candidatos del peronismo, el espacio plantee CFK candidata (aunque no pueda serlo)? Tras perder 7 de las últimas 9 elecciones, ¿alguien puede pensar que esta podría ser una buena idea?

 

En este nuevo escenario casi mágico de la política, CFK es la candidata imposible, un nombre que su círculo cada vez más endogámico recoge como bandera hacia una potencial nueva derrota. Puede haber sorpresas, pero esto es lo que suele pasar cada vez que el nombre hecho bandera es más importante que todo, incluso más importante que la victoria. 

 

 

sábado, 20 de junio de 2026

Aura (editorial del 20.6.26 en No estoy solo)

 

Instantáneas del mundial. Dos presuntos influencers mexicanos son captados con su teléfono en la mano en el exacto momento en que su selección convierte el gol. Se los ve excesivamente efusivos, pero sus teléfonos no están apuntando al campo de juego sino a sí mismos. Seguramente están saliendo en vivo para su canal de youtube porque hay seguidores que esperan sus “reacciones”, aquello que, desde hace tiempo, acabó siendo más importante que el evento reaccionado. Con el fútbol sucede algo muy curioso: nunca se ha consumido tanto fútbol, pero cada vez interesa menos lo que sucede dentro de la cancha. De hecho, los 90 minutos se hacen demasiado extensos. El cooling break no funciona así solamente para fines comerciales sino para darle un respiro a generaciones de humanos que son incapaces de concentrarse.

Otra presunta influencer, en este caso, uruguaya, se filma sobreactuando patriotismo mientras se canta el himno en el estadio antes del encuentro frente a Arabia Saudita. No está filmando el evento sino a ella misma gritando las estrofas del himno. Al menos esta influencer parece ser de carne y hueso porque la mayoría de las imágenes que circulan, especialmente las de mujeres exuberantes en las tribunas, en algunos casos hasta con gatitos en los brazos, (por si la atracción de las tetas no alcanza), están hechas con inteligencia artificial. Devenir viral es todo y pagar una entrada súper cara en palcos donde la cámara puede captarte es toda una inversión. Creo que a la chica uruguaya no le dio el presupuesto. Por eso debió elegir lo opuesto a la sobriedad de su técnico Marcelo Bielsa que, frente a la espectacularización de todo, simplemente decidió no participar y mirar para abajo.

Luego está el fenómeno del exotismo for export. Algún morocho raro, que baile como nosotros creemos que bailan los morochos raros y que toque el tambor para cumplir con todos los requisitos del estereotipo de lo que es un morocho. Afortunadamente, al menos hasta ahora, no he visto alguna nota que se pregunte por qué Argentina no tiene negros en el equipo aunque, por suerte, Chequeado.com ya salió a aclarar que, aunque no sea “evidente” a la vista, hay ancestros africanos en nuestros jugadores. No sea cosa que nos quiten la copa por no ser lo suficientemente diversos.

El mundial de fútbol tiene sus tribunas repletas de gente que, en general, no va a ver fútbol. Y no se trata solamente del hecho de que se realice en Estados Unidos, país sin tradición y donde el deporte no es de los más populares. Sucede incluso en la Argentina donde el público de la selección no es el público que va a ver la liga local los fines de semana. Da más status estar en la tribuna de Inglaterra vs. Croacia que en la de Flandria versus Cambaceres porque sí, efectivamente, cuando alguien paga lo que está pagando por ver un partido del mundial, le interesa cualquier cosa menos el partido en sí.  

Se ha puesto de moda hablar de “Aura” en las redes. Tal tipo tiene aura; acabo de perder mi aura, etc. Se designa así el estilo, la genialidad, el carisma, eso propio del individuo o de la escena que los convierte en únicos e irrepetibles. A propósito, vaya curiosidad, es relativamente famoso el enfoque de Walter Benjamin al respecto cuando denunciaba cómo la reproductibilidad técnica, la posibilidad de replicar una imagen infinitas veces, acababa con ese carácter único, con el aura, que tiene la obra de arte. Está claro que ver la Gioconda en el Louvre personalmente no es lo mismo que verla en sus infinitas reproducciones, más allá de que hoy en día la tentación es entrar a los museos a sacar fotos, es decir, a privilegiar la lente del teléfono por sobre nuestro contacto visual directo.

Hablando de la obra de arte, Benjamin recuerda que las obras de arte se producen porque tienen un valor de culto y están basadas en el ritual. Cuando hablamos de que algo tiene un valor de culto decimos que lo que importa es que exista y no que otros lo vean. Podría decirse que, justamente, en la medida en que se hace masivo, se abre a la visibilidad, pierde su carácter. Sucede a menudo con las bandas de rock a la que muchas veces denominamos “de culto”, aunque en este caso no lo hacemos porque sean valiosas sino porque no las va a ver nadie.   

Con la fotografía y el cine, con la posibilidad de su reproducción infinita, la obra de arte se independendiza de ese orden ritual y, en la recepción y la sobreestimulación de la repetición, promueve la distracción. Si esto ya lo veía Benjamin en 1930, imagínense la situación actual donde la vida misma ya es imagen y, en muchos casos, una realidad paralela creada por algoritmos. ¿Qué vínculo con lo real podemos adjudicar a las imágenes creadas por IA?

La obra de arte tradicional promueve una recepción en el recogimiento, un encuentro mano a mano donde se nos exige una contemplación que nos permite entrar en contacto con la obra. Nada de esto sucede con las actuales imágenes.

En esta línea, por ejemplo, Byung-Chul Han, siguiendo a Roland Barthes, afirma en su libro, No-cosas, que la fotografía digital rompe la relación mágica que conecta el objeto con la fotografía a través de la luz. ¿Por qué sucede esto? Porque los rayos de luz que emanan del objeto se conservan en granos de plata, pero en el medio digital simplemente se los traduce a datos, haciendo que la luz se pierda en el proceso. De aquí que afirme que “en la fotografía digital, la alquimia deja paso a la matemática”.

Dado que la fotografía analógica mantiene un vínculo con el objeto, esas fotografías que guardamos en un cajón, o en un álbum en casa, tienen una memoria, cuentan una historia, en muchos casos, la nuestra. En cambio, la fotografía digital solo expresa episodios, de aquí que sea la protagonista ideal para las stories de nuestras redes sociales: imágenes destinadas a desaparecer en 15 segundos que nadie recordará, ni siquiera el autor de la misma, y que solo aparecen allí para poder comunicar al exterior la sumatoria de eventos o acciones que realizamos para poder ser vistos y likeados.

En la fotografía digital desaparece el valor de culto, porque no importa que exista, sino que sea exhibida. “Ser siendo visto”, esa es la cuestión. Para Han la selfi no puede alcanzar nunca esa belleza que supone ser parte de una historia: solo es capaz de expresar una alegría digital. En el mundial, este fenómeno es llevado al paroxismo y se expresa en las poses y las actitudes que impone la norma de lo viralizable: la chica linda que tiene que bailar con los pasos de moda y sacar la lengüita haciéndose la ingenua o la incesante lista de boludos que exponen su performance de aguante marginal antes de pagar una cuenta en dólares de varios ceros en la tarjeta de crédito. 

Cómo sucede que, de repente, algunas palabras se ponen de moda, nadie lo sabe, pero no deja de ser curioso que se vuelva a hablar de “aura” cuando todo parece carecer de la misma, justamente en un contexto de hiperdigitalización donde lo que sobra es la sobrerreproducción de imágenes, requisito indispensable para lo único que tiene valor comercial: la viralización y su consecuente monetización.

Entre tanto barullo, rescato románticamente al tipo que se abraza con el hijo en la casa sin ningún otro testigo que el perro y ese televisor viejo; al que sale a la calle con la alegría sobria porque, como diría el indio, “la buena felicidad dicen que no se nota”.

Ah, y en cuanto a Messi: ese sí que es único; ese sí que tiene aura.  

 

 

viernes, 12 de junio de 2026

Adorni: el negocio difícil de explicar (Ft. Indio Solari) [editorial del 13.6.26 en No estoy solo]

 

Pasó la muerte del indio, como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás, y en el breve interregno que separa el dolor de miles de personas y el reemplazo del mundo por la pelota que más nos gusta, vuelve Adorni al centro jodiendo a todo Cristo y más. Lo hace con una presentación de declaración jurada digna del General Alais, acogiéndose al régimen simplificado surgido de la ley de inocencia fiscal que el propio oficialismo impulsó, y esbozando una explicación pública que hizo sentir boludo al más boludo. Venía rápido y se le soltó el patín al que era rey de esta jungla. Fin. 

Adorni no hizo su fortuna de nuevo rico transando Vulcan rojas en portuñol. Sus tugurios no son de frontera territorial sino de frontera moral: un negocio tan dulce y simple como el de la función pública. Los que vienen a romper al Estado, están enamorados de lo que intentan destruir.

Lo cierto es que, de repente, aparecieron unos bitcoins modelo 2018 que había olvidado declarar equivalentes a 500.000 USD y ese billete que pide a grito que lo gaste comenzó a gastarse justo cuando se hizo funcionario. Veneno paciente y bellos milagros; un negocio difícil de explicar y fácil de enseñar.

El caprichoso sostenimiento de Adorni cuando es evidente que su explicación no cierra, permite, con razón, todo tipo de especulaciones. El vago de mil caravanas que hace 3 meses está a punto de quedar a pie, continúa a pesar de que había salidas elegantes: el propio Milei fingiendo ética afirmando que Manu es inocente pero un gobierno moral debe sobreactuar y apartar a todo funcionario sospechado hasta que se aclare. O el propio Adorni afirmando ser inocente, pero apartándose porque lo que importa es el rumbo del gobierno y no los hombres. Puertas adentro, asusta un poco ver los cambios de Adorni y, salvo la pareja presidencial, nadie pone las manos en el fuego por él. Un par de promesas imprudentes habrían bastado para convencer a Milei pero no a Patricia, el mejor testigo que se puede contradecir.

Ahora bien, ¿por qué hace particular daño el caso Adorni al gobierno? Para entenderlo necesitamos algunas sutilezas. Por supuesto que Milei llega al gobierno por una promesa de mejoramiento económico pero el eje central fue una construcción moral en torno a la casta. Nosotros versus ellos y ellos son la casta, la política, el Estado. Paquete completo. El propio Adorni con del Río afirma que ahorró en negro como todos los argentinos para escapar a la política, cuando debía decir del Estado y de la ley. No podía esperarse una mejor argumentación ni un mejor curso de vida para quien nunca fue un listo de pesos, siempre un listo de centavos.

Pero hay más: en su delirio mesiánico, (sí, mi amor, la libertad es fanática), Milei dobla la apuesta y pretende erigirse como un líder moral porque el capitalismo mismo sería el sistema de la moralidad. (¿Estará pensando el presidente en reemplazar la Constitución por la Torá?) Aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye, pero no me hago ilusiones porque evidentemente habrá una tribuna que escucha, con extrañamiento, pero algo escuchará, quizás en uno de esos usuales trips to Gringolandia.

Sin embargo, hay un efecto indeseado de este tipo de construcción y es que dirige la mirada a la coherencia antes que a los resultados. En otras palabras, si el gobierno se bajase de su atalaya de superioridad moral, podría jugar a Juan Domingo Perdón, al líder posmo falible que se equivoca porque es como uno, pero mostrar resultados, por ejemplo, la baja de la inflación: “no podemos garantizar la ausencia de corrupción, porque nuestra superioridad estética nos hace más lindos que prudentes, pero conceptualmente el sistema es el correcto y da sus frutos”.   

Pero cuando el eje es la superioridad moral, importan menos los resultados que la coherencia entre palaras y actos. Es más, el sostenimiento del apoyo a Milei se basa, en buena parte, en gente que no ha visto resultados, pero cree en el gobierno, en su eficacia y en su coherencia. Solo así se puede entender el apoyo mayoritario a un gobierno que ganó prometiendo ajuste y que en su primera declaración dijo “No hay plata”.

La hipocresía deja entonces de ser un defecto secundario y se convierte en una refutación del propio relato. El viejo artilugio, también inspirado en la religión, de sacrificio hoy para recompensa futura, fue el anzuelo que se mordió una vez más, pero los resultados no llegan o al menos no se distribuyen en la magnitud esperada. El hígado crece, el cerebro envejece y hay algo muy raro en mi plato, es la sensación de muchos de los votantes que ya no esperan o que esperan con menos paciencia.  

Los escándalos de corrupción que se suceden, entonces, minan ese relato pretendidamente diferenciador que funcionó como exculpatorio al menos los primeros dos años: no tienen experiencia, se equivocan, pero son buena gente, especialmente comparados con “los otros”, los Orkos. Si dejan de ser “buena gente” solo serán evaluados por los resultados. ¿Acaso Adorni cree que puede lograr identificación con su votante cuando le dice que ahorró en negro como él pero que el resultado de ese ahorro fue de 500.000 usd que omitió declarar para no pagar impuestos?

Todo lo contrario, la sensación será de indignación y la preocupante percepción de que quizás hayamos sufrido cosas mejores que estas; que lo anterior, al fin de cuentas, no estaba tan mal; o que el mismo día que este tipo nos mea en todas partes sin hacer espuma, porque está en el gobierno, CFK cumple un año presa en una causa repleta de irregularidades. Hasta un gorila mínimamente racional podría ver ahí una doble vara y recordar el mantra K de Violencia es mentir. Si tomando como eje la superioridad moral, el gobierno viene perdiendo adhesión sistemáticamente en los últimos meses, es porque tampoco está ofreciendo la alternativa de una administración que muestra resultados para grandes mayorías. Y sí, claro, un corazón, en este caso el del votante mileísta, no se endurece porque sí.    

La administración Milei se parece demasiado a Milei, algo presumible en quien no ha sido capaz de comprender la diferencia entre la persona y la investidura. El mejor ejemplo, fue el silencio ante el evento de la muerte del Indio Solari. Es cierto que no hizo ninguna declaración miserable como los Majul, los Trebuq o los Márquez de la vida, caricaturas ya de sí mismos, pero como presidente, unas mínimas palabras (aunque sean hipócritas o formales) para acompañar a una importante cantidad de argentinos que se conmovieron por el suceso, hubieran demostrado un presidente capaz de salirse de sí para asumir el cargo que ostenta. Quizás el presidente considere que lo mejor de su piel es que no lo deja huir. Me permito dudar al respecto.

Para concluir, si el gobierno persiste caprichosamente en el sostenimiento de Adorni y se suceden los escándalos de corrupción o, como mínimo, las evidentes contradicciones éticas de funcionarios que aborrecen del Estado pero se aprovechan de él para obtener todo tipo de prebendas, solo le quedará mostrar resultados. Paradójicamente, caerá en eso que siempre le han criticado al peronismo cuando lo reducen a una maquinaria administrativa que se sostiene solo en el “roban pero hacen”.

El punto es que allí se derrumbará el edificio de la diferenciación con todas las experiencias que le precedieron. Ya no habrá un somos distintos, somos mejores, venimos a refundar; más bien habrá que contentarse con un somos iguales pero bajamos la inflación. Veremos si alcanza, pero sin duda quedará expuesto esto de que todos somos gentes del pasado y la alucineta es que nadie quiere volver a ser como antes.