miércoles, 8 de abril de 2026

Una utopía contra la economía de la atención (publicado el 6.4.26 en www.theobjective.com)

 

Ni metales preciosos, ni carbón ni petróleo. Ni siquiera la información. La última metamorfosis del capitalismo tiene como principal objeto de intercambio un factor determinante para definir lo que somos: nuestra atención. Frente a los estímulos constantes de nuestro Smartphone nos queda sucumbir o, en el mejor de los casos, resistir atados al mástil como Ulises. De aquí que en su flamante El canto de las sirenas. Cómo la atención se ha convertido en nuestro bien más amenazado (Taurus), el filósofo, analista político y reconocido presentador estadounidense, Chris Hayes, utilice la mítica historia de la Odisea para ofrecer un diagnóstico y también un atisbo de salida.

Para comenzar, el autor hace una necesaria distinción entre información y atención ya que muchas veces ambos aspectos suelen confundirse. Sin embargo, la diferencia es clara: vivimos en una era de la información y, justamente, por ello, el bien más preciado no es la información en sí sino la atención. De hecho, la atención es lo más importante porque es aquello que nos permite sobrevivir frente a la sobreestimulación de información. Este elemento es central porque también deja ver una diferencia esencial para la dinámica del mercado: la información es, digamos, infinita, replicable. Estamos inundados de ésta. La atención, en cambio, es un bien escaso. De ahí su valor. Esto significa que hemos devenido seres multitasking, que las grandes tecnológicas han llevado al extremo su capacidad de estimularnos para que pasemos todo nuestro día conectados y, sin embargo, aun así, hay un límite porque no podemos prestar la misma atención a muchas cosas a la vez y porque en algún momento el sueño nos vence. Algún trasnochado de Silicon Valley imaginará un Hombre del futuro capaz de sobreponerse a estas limitaciones, pero, al menos hoy, esto es imposible.

Ahora bien, ¿es esta “economía de la atención” algo novedoso? Al fin de cuentas, podría decirse que, desde tiempos inmemoriales, los hombres buscamos la atención. Hayes lo reconoce. Incluso menciona con buen tino el ejemplo de la política donde, finalmente, los líderes, con sus características propias y a su manera, han buscado siempre la atención del electorado. Sin embargo, estamos arribando al final de un largo proceso en el que el diferencial es que esa atención se ha mercantilizado, es decir, se ha estandarizado y se ha convertido en un bien intercambiable con un valor de mercado. Para el autor, el proceso es análogo al que describe Marx con la mercantilización del trabajo asalariado y con la alienación que produjo en el trabajador transformarse en un simple engranaje de una maquinaria en la que el producto final le pertenece al dueño de la fábrica. Esa sensación de extrañamiento es la misma que nos aparece cuando notamos que las últimas horas las hemos pasado viendo videos de gatitos y goles en Tik Tok.

Otra distinción fundamental que ofrece Hayes gira en torno a lo que serían tres tipos de atención. En primer lugar, la atención voluntaria, aquella que depende de nosotros y que hace un recorte de toda aquella información que consideramos indigna de atención para focalizarnos en lo que nos interesa. Pensemos, por ejemplo, cuando nos acercamos al interlocutor en una fiesta repleta de bullicio y nos enfocamos en lo que nos dice aislándonos del entorno.

La segunda sería la involuntaria, la cual, por oposición, es una atención que no depende de nosotros. En el mismo ejemplo, un mozo cayendo con 10 copas de vino y su consecuente ruido estruendoso, probablemente llamaría nuestra atención distrayéndonos del foco que voluntariamente habíamos elegido.

Por último, se encontraría la atención social, la más interesante y central para comprender el funcionamiento de la economía de la atención. Es social porque refiere a la posibilidad de que el objeto de atención sea otra persona, tanto desde un tercero hacia nosotros, como desde nosotros a un tercero. En el ejemplo de la fiesta se daría cuando, de repente, oímos nuestro nombre en una conversación ajena o cuando miramos a alguien. Con menciones a Freud, Hayes considera que esta atención social es indispensable para todo ser humano desde que se encuentra en los brazos de su madre por el simple hecho de que los humanos somos seres sociales. El autor, incluso, refuerza esta idea con la clásica interpretación de Alexandre Kojeve sobre la Dialéctica del amo y el esclavo de Hegel en la que se expone la relevancia de la lucha por ser reconocido por un otro, y haciendo mención a la imagen del Tío Sam interpelándonos con su dedo.

Sin embargo, claro está, las redes sociales han motivado una transformación profunda de esta atención social porque la han amplificado hacia desconocidos como nunca en la historia. Todos podemos devenir virales por un mensaje o por un video, casi siempre, desafortunado, y, a su vez, somos los consumidores de la viralización del día, es decir, pasamos horas enteras con nuestra atención social puesta allí. Queremos ver y que nos vean, y medimos nuestro éxito gracias a los Likes si bien la relación es asimétrica: un comentario negativo puede arruinar la satisfacción de 1000 pulgares arriba.

Si la atención era un medio para el reconocimiento, hoy se trata de un fin en sí mismo y si esto lo llevamos a la política y a la forma en que se estructura el debate público, el resultado es dramático y peligroso.

Es que, según Hayes, ya no hay reglas en el régimen atencional como solía haber, por ejemplo, en los debates públicos entre candidatos hace una década atrás. En otras palabras, antes existía cierto orden: había un tema, un turno para hablar, un turno para responder. Hoy es completamente diferente y cualquier debate emula la lógica de Twitter: mucha gente hablando a la vez de cosas distintas buscando simplemente llamar la atención. No importa la persuasión ni el debate ni los discursos. Para Hayes, quien mejor ha entendido esta lógica es Donald Trump, experto en interrupciones y un gran agitador de temas que siempre mantiene la centralidad de la agenda pública por buenas o malas razones.

Hayes no encuentra otra metáfora para definir este fenómeno que la de un Estado fallido donde se impone el que grita más fuerte o el que tiene más poder. Y algo peor: si es que todavía existe un régimen atencional con reglas, se trata de las reglas que dictan las grandes compañías tecnológicas y no los Estados ni la sociedad civil. Así, hoy en día, la libertad de expresión está en manos de unos multimillonarios que, como señores feudales, gobiernan un territorio (digital) en el que aplican a sus usuarios normas de conducta y castigos por infracciones con la única finalidad de monetizar la atención.

Hacia el final, el capítulo más opaco del libro, algo, por cierto, que se ve cada vez más a menudo en este tipo de ensayos, probablemente, por mandato de los editores: se supone que a todo diagnóstico le corresponde una solución y que los lectores la estamos esperando. Y es allí cuando se observa que es más fácil diagnosticar que curar. En el caso de Hayes, la propuesta para salir de la dinámica mercantilizada de la atención es utópica en la peor de las acepciones: recuperar tecnologías obsoletas como las de los video casetes y los viejos videoclub, volver a comprar vinilos, leer diarios en papel y utilizar las redes sociales solo para contactar con viejos conocidos. Asimismo, en la línea del último libro de Jonathan Haidt, tal como ocurriera recientemente en España, limitar el acceso de los menores a Internet y, también, por qué no, limitar el tiempo que los propios adultos pasan navegando. Aun cuando reconoce que su propuesta puede sonar “hípster”, considera que estas tecnologías, por él mismo denominadas “obsoletas”, volverán a ser un gran negocio en el futuro en la medida en que más y más personas comprendan la conducta predatoria sobre nuestra atención llevada adelante por las grandes tecnológicas.

Si exceptuamos el último capítulo, El canto de las Sirenas es un libro interesante, bien fundamentado y con las referencias intelectuales justas para una lectura amena cuya precisión para el diagnóstico hubiera merecido más realismo al momento de plantear una salida.

 

¿Hacia una derecha Woke? (editorial del 4.4.26 en No estoy solo)

 

Algunos días atrás, me topé con una publicación de un bloguero llamado Lorenzo Warby acerca de lo que serían las tres grandes falsedades fundacionales del progresismo de izquierda.

El texto tiene un sesgo claro y una lectura lineal por momentos, cuando, por ejemplo, traza una continuidad directa entre el marxismo clásico y el wokismo (lo cual para nosotros es un error), pero el resumen que él hace puede servir de disparador para preguntarnos hasta qué punto, en la Argentina, el progresismo se ha basado en esos principios. Argumentaré que efectivamente éste ha sido el caso pero que, además, ha sido tal el triunfo cultural de esa agenda, que la derecha vernácula misma ha salido a disputar apelando a (casi) las mismas presuntas falsedades fundacionales.

Para no seguir con los rodeos, Warby menciona la creencia del Hombre entendido como una tabula rasa, una visión de las dinámicas sociales dominadas por el conflicto y, por último, una relación activista con la información, como las tres grandes presuntas falsedades fundacionales. ¿Qué entendemos por cada una de ellas?

La cuestión de la naturaleza humana entendida como una tabula rasa tiene una larga historia filosófica que se puede remontar a la disputa entre racionalistas y empiristas acerca de la existencia de ideas innatas. Traído a nuestros días, y dicho sin los suficientes matices, que el Hombre sea una tabula rasa supone que viene al mundo “vacío”, esto es, que no habría una “determinación genética”, sino que seríamos seres eminentemente sociales. Esto significa que no existe algo así como una “naturaleza humana” dada por la biología y que el Hombre habría sido moldeado por la sociedad. Así, el ser humano de ayer y de hoy sería resultado del capitalismo, el supremacismo blanco, la heteronormatividad, el patriarcado, etc., de lo cual se sigue que un “Hombre nuevo” es posible si cambiamos la sociedad y sus valores. 

Esto conectaría con la segunda presunta falsedad, esto es, la de la sociedad y lo político entendido esencialmente como conflicto que Warby atribuye exclusivamente a una lectura marxista de la historia pasando por alto que lecturas similares se pueden encontrar en tradiciones muy diversas. Pero, en este caso, lo mismo da: podrá ser la disputa entre amigos y enemigos, adversarios, burgueses y proletarios… lo cierto es que estamos aquí frente a una mirada de lo social y lo político que se distingue de la tradición organicista que podemos remontar a Platón y a Aristóteles y que está presente en perspectivas actualmente liberales y conservadoras que entienden a la sociedad y la política como la búsqueda de consensos y armonía. 

Por último, la tercera presunta falsedad refería a la relación activista que el progresismo establecía con la información y la realidad. Una vez más, Warby la atribuye exclusivamente a una mirada marxista que bien se puede resumir en la famosa frase marxiana que indica que, más que tratar de comprender el mundo, de lo que se trata es de transformarlo. Algo así como una prioridad de lo ideológico-revolucionario sobre lo, llamemos, “cognoscitivo”.

Llegados a este punto y más allá de si se acuerda o no con el autor respecto de que estos principios serían “grandes falsedades”, la pregunta sería si el progresismo en Argentina ha abrazado estos principios y la respuesta es, sin duda, afirmativa.

El ejemplo de la política alrededor de “lo trans” con la autopercepción como criterio evidencia en buena medida el apoyo a esta mirada del humano como una tabula rasa, más allá de que a veces se acepte como justificación de “lo trans” una suerte de identidad original e innata que la cultura heteropatriarcal y/o la “violencia de la medicina institucional” habrían desviado de su cauce. Pero lo cierto es que la idea de que cada uno puede ser lo que quiere con solo autopercibirlo se lleva muy bien con la suposición de que los humanos somos una página en blanco escrita por la cultura.

El conflicto como eje de lo político y lo social también fue abrazado por el progresismo kirchnerista aunque se trata de una idea que originalmente no se encuentra en el peronismo. No sabemos si fueron 20, pero las verdades del progresismo en este punto estuvieron más cerca de Laclau. Sin caer en la tontera de que fue el kirchnerismo el que “creó la grieta” o el que abrazó a Carl Schmitt con su lógica amigo-enemigo, boludez repetida hasta el hartazgo por los particulares liberales argentinos, más antiperonistas que republicanos, es cierto que la mirada K acerca de lo social se apoyó, especialmente a partir de 2008, en la lógica del “Nosotros contra Ellos”, dinámica que con el tiempo sirvió para identificar a una minoría (de Nosotros) y a una mayoría (de Ellos).

Por último, la cuestión de la relación activista con la información: que si la ideología no describe la realidad, lo que hay que hacer es cambiar la realidad en lugar de la ideología, fue parte de una controversia infinita, especialmente alrededor de lo que se llamó “periodismo militante” en plena disputa entre el gobierno y Clarín, una suerte de seisieteochización mal entendida, al menos, en parte.

Recuerdo haber trabajado esa idea, y perdón por la autorreferencia, en mi libro Quinto poder, allá por 2014, y afirmar que si por periodismo militante íbamos a entender publicar la información que favorece al gobierno que nos gusta y ocultar el resto, eso no era periodismo, pero, sobre todo, no era ni ético ni inteligente. En todo caso, se puede decir “desde donde se habla” y advertir que la objetividad plena es inalcanzable, pero de ahí no se debería seguir tapar la realidad que no nos gusta, administrando la información según los intereses del partido. Parece lo mismo, pero no lo es. Muchos todavía no lo entienden (o no lo quieren entender).

Dicho esto, lo más curioso es que ha sido también la derecha la que, en buena medida, también ha transitado por estas presuntas falsedades. Exceptuando particularmente la primera, es decir, aun cuando probablemente no acepten la idea de la tabula rasa, es cierto que han abrazado la segunda (basta escuchar y leer a Agustín Laje retomando las nociones de Laclau para construir un gran espacio de derecha) y la tercera, esto es, una suerte de mirada “militante” sobre la realidad, aquella que es sagrada siempre y cuando no se les oponga. Al fin de cuentas, haber tomado como bandera la idea de la “batalla cultural” supone, en alguna medida, aceptar una idea de la política como conflicto y reducirla a una cuestión de “comunicación”, de relato determinado por la narrativa hegemónica que es necesario disputar en un mundo que ya no ofrece hechos sino solo interpretaciones.

Dejando de lado la cuestión de si estamos frente a “falsedades”, [al fin de cuentas se podría hablar de verdad o falsedad solo respecto de la primera (con evidencia científica que muestra que ni la biología ni la cultura pueden explicar, por sí mismas, qué es el Hombre), mientras que la segunda y la tercera serían enfoques ideológicos controvertidos, probablemente equivocados, pero ni verdaderos ni falsos], lo cierto es que se trata de un enfoque que el progresismo logró imponer. La mejor demostración es que la derecha tuvo que reinventarse y jugar con (casi) todas esas categorías para volver a ser competitivo electoralmente y disputar sentido.

Si esta interpretación es correcta, acusar a la derecha de fascista y de pregonar posturas delirantes y “realidades alternativas” no sería la mejor idea, especialmente cuando vemos cuánto en común tiene esa derecha con ese progresismo de izquierda impotente que sentó las bases para que, hoy, la derecha se pavonee dándole una buena dosis de su propia medicina.

 

sábado, 28 de marzo de 2026

Contra la tiranía de las minorías (editorial del 28.3.26 en No estoy solo)

 

Los cambios en el humor social de la Argentina deberían ser un caso de estudio en sí mismo y refuerzan esa frase, entre graciosa y trágica, atribuida al premio Nobel Simon Kuznets, quien clasificó a los países en cuatro tipos: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón y Argentina.

Lo cierto es que cuando, tras el triunfo en las elecciones de medio término y el blindaje del Tesoro Americano, imaginábamos un gobierno fortalecido, los presuntos escándalos de corrupción y las encuestas reflejan una administración con apoyo declinante.

En ese escenario es que aparece la posibilidad de plantear un “Hay 2027” más allá de que en frente del mileísmo, por ahora, todo sea desorden y, a lo sumo, resuene la idea de un gran Frente Anti Milei, el cual, algunos bromeaban, bien podría llamarse Unión democrática.

A propósito, y más allá de las provocaciones, quisiera profundizar en un debate que es más de la Ciencia Política, especialmente de aquellos que se ocupan de los sistemas de partidos y la dinámica electoral. En particular, me refiero a esta idea, ya casi parte del sentido común, de que hay que ampliar hacia el centro o que, en todo caso, en un escenario polarizado, la clave está en aquellos votantes “del medio”, aquellos que oscilan hacia un polo o el otro y para los cuales es necesario moderar los discursos.

Naturalmente no son tontos quienes plantean esto y en general suele haber sido así, especialmente en un sistema como el nuestro que, tras la reforma del 94 y la inclusión del balotaje, fue pensado para incentivar coaliciones y propuestas moderadas, las únicas capaces, a priori, de alcanzar ese 40/45/50% de los votos que se necesitan.

Sin embargo, podríamos decir: el kirchnerismo fue una versión “radicalizada” por izquierda que nació al interior del peronismo y Milei fue una opción radicalizada por derecha que nació al interior del descontento generalizado. Más allá de que Milei sí pudo tener el aval de los votos en la segunda vuelta que Menem le negó a Kirchner en 2003, podría decirse, con todas sus diferencias, claro, que ambas versiones se caracterizaron por ser minorías que arrastraron al conjunto, del peronismo y el espacio popular en el caso de los K, y de la derecha en el caso de Milei. Si estos espacios ganaron (o marcaron una época) fue por su radicalidad y no por su moderación.  

Esto me llevó a revisar Jugarse la piel (2018), un libro de Nassim Nicholas Taleb, ensayista y matemático estadounidense de origen libanés que había saltado a la fama, entre otras cosas, por su idea de los Cisnes negros y de lo Antifrágil, referido a aquellos sistemas que devienen exitosos no por su robustez sino por el modo en que se adaptan y se benefician del desorden.

Más allá de su tesis central, Jugarse la piel, tal como lo indica su subtítulo, hace eje en la cuestión de las asimetrías y en el modo en que éstas pueden derivar en una suerte de tiranía de las minorías.

Veámoslo con un ejemplo: una mesa de 9 amigos reunidos en un bar. De repente, uno de ellos invita, a su vez, a un amigo extranjero que está de viaje en Argentina y habla inglés pero ni una palabra de español. En el caso de que todos en la mesa manejen alguna mínima noción del inglés, ¿en qué idioma creen que transcurrirá la charla? Sí, en inglés. Es decir, en este caso, una minoría inflexible (porque no puede adaptarse al resto) logra imponer condiciones a una mayoría flexible, (en este caso, el 90 por ciento de la mesa). 

Taleb menciona otros ejemplos, como el de la comida Kosher y Halal. En este sentido, él cuenta la sorpresa que se llevó el día que se dio cuenta que estaba ingiriendo comida Kosher por la información incluida en el producto (lo mismo vale para el menú Halal o podría valer para el caso de los “Sin TACC”). En este ejemplo, Taleb entiende que, en caso de que la alteración no suponga un gran incremento económico, para un creador de un producto es más fácil adaptar el mismo a los requerimientos de la minoría que crear dos productos diferenciados, especialmente porque quienes solo comen comida Kosher no comen otra cosa, pero quienes no son Kosher están abiertos, o les resulta indiferente, un menú Kosher. Una vez más, mientras se conjugue una minoría intransigente con una mayoría flexible, el resultado será que la minoría imponga las condiciones.    

En el mismo sentido, Taleb muestra cómo, por ejemplo, para prohibir un libro no hace falta que se sienta ofendido el ciudadano medio. Más bien alcanza con un grupo de activistas intransigentes para que luego por complicidad, temor o indiferencia la mayoría acabe aceptando. Esta misma dinámica se ha visto en la lógica Woke que floreciera una década atrás: un grupo de activistas radicales, sectarios y fundamentalistas seleccionaban la agenda, la víctima y decretaban el fin del Estado de Derecho; luego, la mayoría se unía a la corriente con las antorchas en la mano. Siempre en nombre del Bien, claro.

Asimismo, el autor ofrece ejemplos históricos como el de los cristianos o los sunitas los cuales, gracias a su intransigencia, lograron imponerse a los romanos y dentro del islam respectivamente; y, contra toda la una larga tradición, indica que, por esta misma regla de la asimetría, los valores morales de la sociedad no se forman merced a una evolución del consenso, sino que es la persona o el grupo más intolerante el que acaba imponiendo la virtud a los demás.

Más allá de los números, (Taleb menciona el 3% como “umbral mágico” para que la regla de la minoría pueda funcionar), lo que queda claro es que lo que surge de la regla de la minoría tiene más probabilidad de ser una regla binaria, blanco o negro, sin matices, lo cual es bastante sensato si pensamos que son minorías intransigentes las que acaban hegemonizando.

A la luz de esta idea es posible una lectura interesante de algunas de las tendencias a nivel mundial pero también en el ámbito vernáculo. Sin entrar en comparaciones ni mucho menos, no resulta descabellado observar que la tendencia en los últimos años es bien descripta por esta dinámica de la asimetría. Así, de repente, las ideas más radicales y recalcitrantes de individuos o grupos acabaron empujando a grandes sectores hacia los polos. Pensemos, si no, en el modo en que un progresismo zonzo acabó acaparando la agenda del kirchnerismo con propuestas que reproducían, en algunos casos, los delirios trasnochados de la Academia estadounidense, lectora tardía de transnochados franceses, y cómo la agenda de la derecha, llamemos “liberal y republicana”, acabó fagocitada y arrastrándose detrás de un anarcocapitalismo populista y conservador liderado por un grupo de arribistas que impusieron debates y autores marginales y delirantes. 

Como venimos indicando aquí, nadie sabe cuál será el escenario electoralmente hablando en 2027 pero no va de suyo que un gran frente opositor lo suficientemente moderado sea un destino inexorable. Más bien, máxime con el poder de veto que tienen estas minorías en ambos bandos, no debería descartarse que la lógica de la asimetría planteada por Taleb arrastre a toda la oposición y continúe arrastrando al sector de la derecha detrás de la intransigencia de una minoría.

Quizás sirva para ganar, pero también cabe advertir, con Taleb, que una minoría intolerante puede, efectivamente, controlar y destruir la democracia, de lo cual el autor sigue, en la línea de Karl Popper, que deberíamos ser intolerantes con los intolerantes. No serlo supondría un suicidio y a la luz de los sucesos de los últimos años, tanto en Argentina como en el mundo, entre el radicalismo woke y la reacción neoconservadora, algo de sentido parece tener esa advertencia.  

 

Idiota o corrupto (y quizás ambas cosas a la vez) [editorial del 21.3.26 en No estoy solo]

 

Hace algo más de un año, cuando, en un febrero tranquilo, se conocía una estafa a cielo abierto llamada LIBRA, escribíamos en este espacio que el presidente Milei había quedado en una situación incómoda: o asumía haber sido engañado y con ello demostraba una profunda ignorancia en un tema en el que se jacta de ser un gran conocedor, o asume su complicidad y con ello se expone a un juicio penal y político. En aquel momento usábamos una metáfora zoológica de esas que le agradan al primer mandatario: o no cede en su narcisismo y asume las consecuencias de ser el león que se las sabe todas, o salva su gobierno reconociendo ser un mandril ciego que “no la vio”.

Con menos eufemismos, meses más tarde, la excanciller Diana Mondino, incomodada en una entrevista con AlJazeera acababa aceptando que el presidente era “idiota o corrupto”. Y tenía razón. En el caso LIBRA no hay un tercer camino posible, aunque quizás podría entenderse por tal que la disyunción no sea excluyente y estemos frente a alguien que pueda ser ambas cosas a la vez.

Las nuevas revelaciones no son concluyentes, pero suman una enorme cantidad de indicios en favor de la hipótesis de una trama de corrupción que lo involucraría, más allá de que no corresponde descartar que haya sido simplemente un idiota útil y que la ronda frenética de llamados posteriores al hecho estuvieran vinculados a salir airoso de, como mínimo, un error infantil.

Sumemos a esto el caso Adorni y recordemos que todo esto se da en las dos semanas posteriores a un discurso en el que el presidente habló de La Moral como política de Estado, referencia grandilocuente que, como el mismo Milei anticipó días después, será el título de su próximo libro. No descartemos, igualmente, que sea un libro de humor, especialmente si lleva prólogo de su hermana y los Menem.

A propósito de moral, o más bien, de morales, posémonos ahora en el jefe de gabinete que supo ser vocero por sus supuestos dotes oratorios o, para ser justos, por su capacidad para defender lo que sea de una gestión, algo que han hecho todos los voceros, por cierto, algunos con más suerte que otros (recordemos si no el triste papel de Gabriela Cerruti). La situación me remonta a ese teatro del absurdo de Ionesco, en particular a Las Sillas y a la figura de El Gran Orador. Para quienes no lo recuerden: dos ancianos en un salón dicen esperar a El Gran Orador para lo cual convocan a la comunidad. Se la pasan acomodando las sillas mientras esperan a los invitados. Pero surge un detalle: los asistentes son invisibles. Finalmente, se produce el gran momento: El Gran Orador arriba, se lo ve perfectamente, en este caso. Sin embargo, cuando pretende dar el discurso, se traba, dice incoherencias, balbucea y nadie entiende lo que dice entre esa audiencia de sillas vacías y testigos únicos porque, por cierto, la pareja de ancianos que había preparado todo ya se había arrojado por la ventana. 

En este sentido, ver hocicar a un hombre tan soberbio y mediocre como Adorni; ser testigos del modo en que intentó salpicar para todos lados; la forma en que se desdijo; el señalamiento a una supuesta invitación del presidente, luego de presidencia; el desliz del “deslomamiento”; la tesis conspiranoica de ser víctima de la interna para, tras todo ese raid, al final, pedir perdón, mientras, al momento de escribir estas líneas, seguimos esperando la factura del vuelo privado a Punta del Este, ha sido todo un espectáculo. Mejor aun cuando la audiencia no era invisible sino toda la ciudadanía a la cual Adorni daba lecciones de moral desde su púlpito y desde su cuenta de Twitter abusando de la ironía, recurso que se agradece solo en gente inteligente. Verlo buscando tapar lo que no se puede tapar en una gira incesante de declaraciones con medios amigos, despertaba hasta ternura. El hombre que impuso en Twitter la palabra “FIN” como sentencia y prueba concluyente de verdad, estuvo embarcado en una maraña de aclaraciones que, paradójicamente, no terminaba nunca.

Asimismo, el énfasis en la moral dejó expuesto su costado más vulnerable. La semana pasada decíamos que el riesgo de sustituir la política por la moral era la invalidación del adversario político y la renuncia a todo debate de ideas pues el otro no es alguien que piensa distinto, incluso de manera equivocada, sino simplemente un inmoral. La disputa política, así, es sustituida por una lucha entre el Bien y el Mal. Y, por cierto, habiendo tantos fundamentalismos en el mundo, no es un buen momento para agregar uno.

Pero el segundo aspecto del énfasis en el discurso moralista es cuando queda expuesta una doble moral. Es casi de manual: si vas a moralizar, el culo debe estar limpio. Si no… es preferible callar. Aquí vemos señores acusar de chorros a políticos mientras acumulan y acumulan indicios en su contra por presunta corrupción. Y la realidad a veces es ansiosa y da lecciones demasiado rápidas. Olvidemos, entonces, lo de “La moral como política de Estado” pero no porque estemos construyendo el edificio de la verdadera moral contra los hipócritas. Ese delirio místico se lo dejamos a Carrió.

Más bien, quisiera plantearlo incluso en términos más cínicos: háganlo al menos por razones estéticas. Sí, efectivamente, aquellos que con dudoso sentido del gusto afirmaron ser estéticamente superiores que el zurdaje, deberían recuperar ese espíritu de la belleza para aplicar a sus presuntas fechorías. Sean un poquito más refinados.

Porque estamos dispuestos a aceptarles que roben, pero no a que sean tan idiotas, quizás porque, al fin de cuentas, son nuestros representantes y eso habla también de nosotros. Pero un poco de buen gusto, un sentido de la forma para el afano: no una estafa a cielo abierto que se conocería en cuestión de horas con un montón de masivos bro detrás de una computadora salvándose para toda la vida a costa de miles de crédulos en las mieles de la guita fácil que no se hace laburando. Eso no. Como tampoco debería ocurrir, si se comprueba, un retorno con dinero de discapacitados. Argentina se ha caracterizado por poseer señores ladrones, saqueadores sistemáticos que pueden andar con la frente en alto. Esto es otra cosa… Esto es muy berreta.

Y si no es por estética que sea por pudor. Ustedes conocen la historia:  en el famoso mito, Zeus le pide a Epimeteo que reparta cualidades entre las diferentes especies para garantizar su supervivencia en pie de igualdad. Pero hete aquí que, al llegar al Hombre, Epimeteo se da cuenta que ya había repartido todo y no había quedado nada. Es ahí donde interviene Prometeo, su hermano, y le roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres y así garantizar su protección. Sin embargo, el mito continúa porque, dueños del fuego, los hombres no cesaron en sus disputas internas. Esto es, poseían el elemento central de la civilización, pero no podían vivir en sociedad. De aquí que Zeus esta vez llame a Hermes para que distribuya entre los hombres dos cualidades para poder vivir juntos: el sentido de justicia y el sentido del pudor.

Sentido de justicia no tienen, de modo que, al menos, abrácense a la posibilidad de sostener el pudor. Nadie pide una vida ascética pero sí algo del orden de la sobriedad. Si se van a llevar la guita al menos tengan perfil bajo y háganlo con algo de vergüenza. Del desastre del último gobierno de Alberto y Cristina, llegaron ustedes. Imaginen lo que vendrá después del desastre de ustedes. Así que un poco de vergüenza, al menos, como la que tendríamos todos en su lugar. Y lo más importante: no renuncien tan tempranamente a la inteligencia. Háganlo por ustedes mismos. Háganlo también por nosotros.

 

 

martes, 17 de marzo de 2026

Dios no murió. El que está muerto sos vos. Acerca del último libro de Byung-Chul Han (publicado el 14.3.26 en www.cualia.es)

 

No es que Dios haya muerto. El que ha muerto es el Hombre al que Dios se le revelaba.

Ese es el potente inicio del último libro del multiventas filósofo de origen coreano, Byung-Chul Han, titulado Sobre Dios (Paidós), un texto que, como el propio autor expone desde un principio, se inspira en el misticismo de la filósofa francesa Simone Weil.

Aun con las repeticiones a las que un autor como Han nos tiene acostumbrados, el libro ofrece algunos enfoques a tomar en cuenta, especialmente cuando entiende que el declive de la atención es una de las razones estructurales que explican esta imposibilidad del Hombre actual de acceder a Dios.

La razón es sencilla: la principal mercancía del capital hoy es la atención. Las plataformas se la disputan constantemente y esa distracción del multitask y el scrolling perpetuo a los que nos someten, nos impide un acercamiento a lo duradero. No hay jerarquía, todo vale lo mismo, no hay ilación, ni narrativa: videos de 15 segundos, mensajes de voz breves y ya.

De hecho, Han entiende a la oración como atención profunda que se abre a Dios sin pedir nada a cambio; una escucha dispuesta al silencio divino en oposición al ruido que caracteriza la sociedad de la información a la que estamos sometidos. No es casual que no podamos soportar el silencio y que la angustia y la depresión se intenten tapar con hiperactividad. La hiperactividad es ruido, es desvío de la atención. No sea cosa que la atención se pose sobre nosotros y nos revele el vacío que habitamos. Ansiedad, ataques de pánico, burnout y la colección multicolor de pastillas que nos rodea no son mera coincidencia o, para parafrasear al propio autor en otro de sus libros, cuando nos transformamos en empresarios de nosotros mismos, el malvivir no deviene una razón para la revolución sino una causa para la depresión.

Nada se sustrae a esta lógica. Los objetos culturales son simplemente consumidos. Pensemos si no en la idea de maratonear series. Para Han, este fenómeno se puede entender desde la oposición entre comer y mirar. La tendencia del capital es a devorarlo todo como quien solo busca saciar una necesidad inmediatamente (debo ver la serie completa el fin de semana para poder comentarla en la oficina el lunes). La mirada, en cambio, contempla y se corre de la dinámica del consumo. Cuando consumimos ocho horas seguidas de una serie no le estamos prestando atención; estamos dándonos un atracón. No buscamos encontrar un sentido sino comentarla en el grupo de whatsapp.

Pero incluso la espiritualidad misma ha sido cooptada por el capital. En este punto, Han refiere a la industria del mindfulness que reduce la espiritualidad a una técnica de autooptimización, es decir, no la entiende como un fin en sí sino como un medio para alcanzar un mayor rendimiento. El mindfulness como espiritualidad del régimen neoliberal vuelve a unir a la religión con el capitalismo como sucediera con el protestantismo.

La segunda causa de esta imposibilidad de acceder a Dios, es la expansión del yo, en un tópico ya clásico de la crítica neoconservadora de Han contra el liberalismo. Aquí es donde va a aparecer Weil con más fuerza, especialmente a partir de su propuesta mística más controversial y enigmática: la descreación.

La descreación es un llamamiento a convertirse en nada, acabar con el yo, como una forma de regresar en comunión y unidad al creador.  Si somos criaturas surgidas del amor de Dios, la descreación nos permitirá volver a participar de la potencia divina como un todo. Es lo que en el libro aparece como una “consumación trascendente de la creación” o una “extinción en Dios”. A favor de Weil, habrá que decir que ella fue consecuente y practicó su descreación a los 34 años cuando decidió dejar de ingerir alimentos.

Este proceso de abandono del yo le permite a Han hacer una crítica a otra característica de nuestros tiempos: la pasión por la autenticidad y por la identidad, como si diferenciarse fuera la única forma de existir, incluso en forma de Therian. Lo cierto es que la autenticidad sería lo opuesto a la descreación porque nos obliga todo el tiempo a ser algo o alguien. Pensemos, sino, en la insólita moda de la aclaración de los pronombres… toda una protocolización alrededor de la identidad, de lo que soy o, peor aún, de lo que creo ser. Descrearse sería abandonar ese imperativo y abrazar una forma de amor activo a Dios, ese amor que no es transaccional, que no da para recibir, sino que simplemente da, dona sin esperar nada a cambio.

La tercera y última de las causas que nos impiden llegar a Dios es la pérdida del silencio. Como mencionamos al principio, Han entiende que la actual es una época de ruido a tal punto que considera que, si Nietzsche viviera, podría afirmar que ha sido el mismo ruido el que ha matado a Dios.

Si ya no soportamos el silencio es porque es el capital el que no lo acepta. Es más, podría decirse que el ruido multiplica al capital o que el capital hace ruido para multiplicarse mientras que el silencio se caracteriza por no producir nada y por fomentar una atención contemplativa que bien puede definirse como una virtuosa inactividad.

Tras algunas reflexiones sobre la belleza en Dios, Han vuelve a retomar a Weil entendida como un homo doloris que refuerza la necesidad de dolor para alcanzar a Dios y a la misma realidad. Este punto, una vez más, lo dirige contra la que sería otra de las características de nuestros tiempos, mucho más cercano a El mundo feliz de Huxley en el que el control se ejerce promoviendo la felicidad, que al autoritarismo censor y perseguidor del Gran Hermano de Orwell. En otro tópico harto trillado en su obra, el capitalismo es, para Han, positividad, produce realidad liberando barreras y nos ofrece un mundo de confort y alegría donde el dolor no está permitido porque frena la circulación del capital. Quien tiene dolor no puede concentrarse en su rendimiento. Por eso está tan de moda la imposición de la resiliencia: haz del dolor la causa de tu recuperación para regresar más productivo. Todo lo que duela es malo y es sospechoso. La combinación entre esta lógica y la poca tolerancia a la frustración de enteras generaciones de cristal que no aceptan un no o un rechazo, explica buena parte de las fracturas sociales de la actualidad.    

Por último, exento de cualquier sutileza, Han recurre nuevamente a Weil para quien el dinero, la maquinización y el álgebra eran los tres monstruos de la civilización. Frente a ello, propone una actualización: los actuales monstruos de la civilización son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Aun cuando pudiera haber razones para afirmar esto, es probable que un lector exigente demande, con razón, algo más de sutileza.

A manera de evaluación final, para bien o para mal, el lector asiduo de Byung-Chul Han encontrará los tópicos de siempre, algo inevitable en un autor que, para el gusto de quien escribe estas líneas, publica más de lo debido y, por ello, se vuelve previsible. De hecho, se da con Han que pueden cambiar los objetos de sus libros, pero todos ya sabemos qué es lo que va a decir. Con todo, habría que agregar un elemento que resalta en este libro más que en cualquier otro. El estilo de sentencia corta que lo caracteriza y lo hace tan atractivo como potente, aquí conspira contra el ejercicio filosófico, especialmente cuando se acepta sin más un sinfín de afirmaciones del misticismo de Weil. Aun cuando no se trata de un libro académico, una mínima exigencia de un libro de filosofía es fundamentar, dar razones, intentar justificar. Cuando solo se nos ofrecen sentencias, podemos estar frente a un libro que nos conmueva pero que se parece más a un texto religioso que a uno filosófico. 

Dicho esto, Han siempre estimula el pensamiento y por eso vale la pena leerlo, incluso cuando buena parte del libro ofrece menos preguntas filosóficas que mandamientos.