viernes, 24 de julio de 2026

Una respuesta a la “campaña” contra Argentina (editorial del 25.7.26 en No estoy solo)

 

No sabemos exactamente cuándo empezó, pero sin duda alcanzó su pico tras la exhibición de la bandera de las Malvinas. Lo podemos llamar “campaña contra Argentina”, aunque, al menos hasta hoy, no existan indicios, tan solo sospechas, de que se hubiera tratado de una estrategia orquestada por determinados intereses. Aun cuando estos existiesen, a priori me abrazo a la opción de un montón de prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, algunos con muchos seguidores y reputación, más otros tales disponiendo de sus prestigiosos medios para darles espacio a escribas igualmente prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, los cuales, a su vez, son replicados por el algoritmo en su búsqueda de generar conversación.

No hay tiempo ni sentido para exponer ni responder a todos, de modo que intentaré un resumen: el periodista Ishaan Tharoor publicó, en la progresista The New Yorker, que ya no lloraría por Argentina porque, según él, somos el establishment; fuimos favorecidos por los árbitros; carecemos de hinchas que desarrollan el “nacionalismo alegre” (SIC) como el de los noruegos que reman y los japoneses que limpian;  poseemos simpatizantes que respondieron con insultos racistas las provocaciones de un muchacho influencer cuyo único mérito es reaccionar y poner cara de pelotudo frente a su cámara, y por tener a un periodista como Eduardo Feinmann que insultó a los mexicanos (sí, eso salió publicado en The New Yorker). El autor es columnista de Foreign Affairs pero sus análisis parecen simplemente proyectar los problemas y las presuntas soluciones del primer mundo como si tuvieran validez universal. No hace falta, porque se ha respondido largamente, explicar por qué Argentina no es un país donde haya un racismo estructural (aunque le duela a Samuel Jackson, ciudadano de un país que tuvo una guerra civil para sostener la esclavitud, que hasta hace unas décadas avalaba legalmente una política de apartheid contra los negros, y que un par de años atrás le mostró al mundo que Black Lives Matter). Lo cuentan los propios extranjeros que viven en Argentina y se puede entender leyendo un poquito de historia: Argentina tendrá un sinfín de problemas, pero es ejemplo de integración con oleadas de migrantes que llegaron, de repente, con idiomas, costumbres y religiones diversas.

Lo mismo con la insólita pregunta que ya había lanzado The Washington Post cuatro años atrás preocupados por la ausencia de negros en el primer equipo argentino. El progresismo nos pone un contador de negros al tiempo que hace un batido entre un Sarmiento analizado extemporáneamente y el mito de Hitler en Argentina, para ver segregación donde solo hubo una milagrosa integración. Podrían haberlo entendido fácil si hubieran echado un vistazo al hecho de que Argentina no recibió tantos negros como otros países sudamericanos por su estructura productiva, sumado a que, los que había, o bien murieron en batallas o por enfermedad (incluso estoy tentado a afirmar que si murieron así no fue por negros sino por pobres. En otras palabras, hubo allí más clasismo que racismo). Los que sobrevivieron se mezclaron.

Nuestra historia no es un camino de rosas, pero quienes salen a señalar con el dedo deberían avergonzarse de la propia. Es más, si Francia (por citar solo un caso) tiene tantos negros en su equipo es, justamente, porque fueron y siguen siendo colonialistas, no por un afán integrador. Los migrantes que llegaron y llegan a Argentina obtienen su ciudadanía porque fuimos y somos un país abierto y no porque lavemos la culpa pretérita de haber colonizado y esclavizado pueblos enteros al tiempo que condenamos a guetos a sus descendientes. Aunque eso sí: reconozcamos que esos países derivan ingentes sumas de dinero a recordarnos que el racismo está muy mal y que no hay que decir la palabra “negro”. Y sí, claro, el nuestro no es un nacionalismo alegre como le gusta al autor, ese nacionalismo funcional al globalismo que reduce las identidades al plato de comida típico para consumo de turistas. Le pedimos disculpas pues, parafraseando a Silvio Rodríguez, el nuestro es un nacionalismo candidato a la omisión por no ser globable; un nacionalismo que tiene la osadía de recordarle al mundo que las Malvinas son argentinas.    

En otra revista progre, The Nation, Dave Zirin nos dice que “el mundial es política por otros medios”, y que apoya a España porque es de izquierda ya que “[El] estilo de juego refleja de manera bastante directa a los líderes de ambos países, y esto importa porque, como señalamos anteriormente, el líder del país que se proclame vencedor también recibirá un impulso político”.

Para el editorialista, entonces, España debía vencer para que triunfe el socialismo que se expresa en el juego de su selección por sobre el anarcocapitalismo de la selección argentina. Ustedes se ríen y está bien que sea así porque debería dar risa. Pero no es una columna de humor. Se supone que este muchacho debe creer en lo que dice y que la revista considera que se trata de un argumento publicable. Zirin debe ser un estratega político porque afirma que un eventual triunfo de Argentina habría fortalecido a Milei. No tenía que esforzarse mucho ni recurrir a libros de historia para darse cuenta que nuestra última estrella en campeonatos mundiales fue lograda en diciembre de 2022, durante el gobierno de Alberto Fernández, meses antes de que éste ni siquiera pudiera presentarse a una reelección y que su gobierno perdiera contra Milei, un candidato contra el cual era imposible perder. Los analistas políticos que proyectan sus odios y sus amores a través del fútbol, son la estupidez por otros medios.

Bhaskar Sunkara, fundador de Jacobin, emblemática revista de izquierda, opinó sobre la bandera expuesta tras el partido con Inglaterra. Siendo de izquierda, podría haber aprovechado para hacer un alegato contra el imperialismo. Sin embargo, escribió en su cuenta de Twitter: “Esta fue la bandera de una dictadura militar que asesinó a miles de izquierdistas e intentó salvar su régimen colapsante mediante el irredentismo chauvinista”.

Cuando alguien le recordó que se trata de una reivindicación anterior que, en todo caso, la dictadura se apropió, en lugar de aceptar el error, respondió:

“Es anterior a la junta, obviamente, pero sigue siendo una disputa irredentista con raíces en dos reivindicaciones coloniales enfrentadas. Al no haber una población indígena ocupada, no es un caso claro de liberación nacional. ¿Por qué no dejar que los isleños se ocupen de sus ovejas y se casen con sus primos, y concentrar la lucha en los capitalistas, en lugar de asumir que primero necesitamos una etapa de renovado nacionalismo de izquierdas?”

De modo que no hay colonialismo (¡o hay dos colonialismos enfrentados!) y una reivindicación nacional deviene un nacionalismo que olvida la lucha contra el capital. Suscribirse a Jacobin cuesta 28.000 pesos desde Argentina. Yo invertiría ese dinero en la lucha contra el capitalismo a través de la ingesta de un buen asado (antes de que el fundador de Jacobin nos acuse también de “especistas”).

Para finalizar el listado, Yanis Varoufakis, faro moral de la izquierda progre europea escribió en su cuenta de Twitter: “La maravillosa cohesión del equipo prevaleció sobre el deslumbrante individualismo… Junto con ella, triunfó el multiculturalismo funcional y saludable. El fútbol logró, aunque por poco, sobrevivir a la feroz comercialización y los trucos empresariales que casi matan su espíritu. Una lección para reflexionar en todos los demás ámbitos de la actividad humana”.

Varoufakis habrá creído que el Dibu Martínez era Milei y que Ferrán Torres era Pedro Sánchez. Más allá de la broma, sorprende cómo un tipo con lecturas varias es capaz de un razonamiento tan lineal y, sobre todo, tan estúpido. Recibió, como correspondía, un sinfín de comentarios: desde quienes lo invitaban a leer sus propios libros hasta un usuario en particular que destacó la idea del “multiculturalismo funcional y saludable” contrastándola con la foto de Lamine Yamal entregándole la copa a Felipe VI. Lo hizo para preguntarse, seguidamente, si la imagen de un moro entregándole la copa al rey blanco podría encuadrarse en este tipo de multiculturalismo que tanto deleita los ojos del autor de Tecnofeudalismo. Por cierto, estamos hablando de quien fuera ministro de economía griego durante un período en el que su gobierno no desactivó las instalaciones existentes en islas del Mar Egeo para frenar la inmigración y que fueron denunciadas por organizaciones de derechos humanos. Pensar que la palabra Hipocresía proviene del teatro griego…

¿Por qué Argentina pasó de ser la niña mimada con Messi como abanderado en 2022 a villano racista y/o bárbaro en 2026? Probablemente, una colección de factores. En primer lugar, el alineamiento del gobierno de Milei con Trump y Netanyahu puso a todo el progresismo biempensante que abrazó la causa palestina en contra. Tienen todo el derecho a oponerse a la política exterior de un país, de hecho, muchos argentinos nos oponemos a la política exterior de sus países también, pero lo que no se puede permitir es confundir la decisión de un gobierno con la identidad de un pueblo. Porque ni todos los ingleses son Thatcher, ni todos los argentinos somos Milei. Es más, incluso muchos seguidores de Milei apoyan sus políticas económicas, pero no necesariamente este alineamiento geopolítico que arrastra a todo un país por lo que parece ser una decisión personal del presidente vinculada a una conversión religiosa. ¿Significa esto que Milei tiene la culpa de la campaña contra Argentina? Sí y no. Lo sería si se tratara de críticas estrictamente políticas a decisiones gubernamentales. Sin embargo, no parece ser el caso. En otras palabras, mucha gente enojada con el apoyo de Milei a Israel está hablando de la moralidad y la identidad de los argentinos. Como si hace tres años, cuando con otro gobierno estábamos alineados a los BRICS, los argentinos hubiésemos sido diferentes. Por cierto, ¿en el 2022 jugábamos como equipo privilegiando el todo por sobre el individuo porque éramos peronistas y en 2026 no, señor Varoufakis? Era el mismo equipo, el mismo entrenador y teníamos a la misma estrella.

Que este alineamiento puede ser una de las razones lo confirma que las principales usinas de odio contra Argentina provinieron de los demócratas americanos, del progrerío europeo y de Medio Oriente. A propósito, ¿el director técnico de Egipto creerá que recibir tres goles en 12 minutos es un acto de racismo? Se me debe haber pasado por alto pero no he leído muchos intelectuales de izquierda advertir sobre la banalización de esta bandera. ¿Será porque el técnico defiende la causa palestina? Es decir, ¿callaron por afinidad ideológica?  Y ya que estamos: ¿por qué nadie opinó sobre las mañas y el juego sucio de Suiza cuando un jugador le hizo una doble plancha a Nico González sin ver siquiera la tarjeta amarilla, o cuando Breel Embolo, su delantero, fingió groseramente una falta para hacer amonestar a un jugador argentino? ¿Será porque perdieron y porque la figurita a vencer era el campeón? ¿Será porque los podían acusar de racistas si denunciaban que un jugador negro había hecho trampa tal como se vio en todo el mundo?  

Sea cual fuera la razón de estos ataques contra la Argentina, lo interesante del caso es que, proviniendo en buena medida de las usinas progresistas, la disputa deportiva y las diferencias políticas se transformaron en morales. Es un clásico del progresismo así que no hay que sorprenderse, si bien los argentinos vemos también esa moralidad del “somos mejores que ellos” en los discursos presidenciales.

No alcanzó con decir “queremos ganarles porque son los actuales campeones”, lo cual hubiera sido más que razonable pues todos queremos ganarle al “poderoso”. Tampoco servía dar una disputa política, extrapolando lo que pasaba en la cancha a ese terreno donde el debate es en condiciones de igualdad. No, hacía falta establecer una diferencia moral. Por eso los argentinos fuimos “los que compramos la copa”, “los de malos modales”, “los pobres indios que no tienen para comer”, “los racistas”, “los negros de mierda”, “los politizadores”, “los arrogantes”, y a veces todo eso junto y contradictoriamente. Es Patti Smith, otra de las referentes progres, posteando una foto trucada de Lamine Yamal con una bandera palestina y agregando que habían “ganado los buenos” (por cierto, qué buen poder de síntesis tuvo una usuaria que le respondió “lo progre no te quita lo yanqui”).

A propósito, y para culminar con las referencias que circularon en las redes sociales, cito de memoria a otro usuario que escribió cuán curioso era que los mismos que empezaron tildándonos de racistas, terminaron festejando que “ganó la civilización”.

Pero no quisiera finalizar sin hacer algunas preguntas: los mismos progres que advierten que los discursos de odio se traducen en acciones concretas, ¿se están haciendo cargo de la cantidad de argentinos que viven en el exterior y que están denunciando malos tratos y agresiones como nunca antes existió? ¿O será que solo el odio de la derecha es performativo? Por último, ¿los intelectuales de izquierda que adoran a Carl Schmitt no recuerdan lo que este autor advierte acerca de reemplazar la política con la moral? En otras palabras, ¿no están al tanto de que si se moraliza la disputa amigo-enemigo y uno de los bandos afirma representar al bien y a la humanidad, al otro solo le queda el lugar de lo no humano, lo monstruoso, lo digno de ser exterminado? Si hacen tantos papers hablando de eso cuando Occidente invade países en nombre de los DDHH, ¿por qué hacen lo mismo que denuncian?

Para finalizar, un comentario para la progresía local que ahora se da cuenta que sus ídolos progre eran etnocentristas y sectarios, y que solo nos darán un lugar si decidimos agachar la cabeza y firmar el compromiso de víctimas esenciales y eternas. Quizás la indignación del progrerío local corresponda a que se acaba de ver en el espejo y no sabe para dónde salir. Les molesta ser acusados de racistas, pero son ellos los que importaron una agenda divisoria de la sociedad y unas categorías que no representan la realidad argentina. Lo hicieron para sus kioskos, sus papers y encontrar un sentido en la vida, todas razones más que respetables, pero de las cuales hay que responsabilizarse. Porque si una de las razones de estos ataques es el posicionamiento de Milei, también es cierto que, en buena medida, Milei “existe por ustedes” y puede que siga existiendo por las mismas razones.

En lo personal no me considero un nacionalista pero viene a cuento recordar el texto de Borges que repasábamos la semana pasada: “Nuestro pobre individualismo”. Allí, el autor de El Aleph afirmaba que el creciente nacionalismo/colectivismo generaría una reacción inversa y acabaría creando una sociedad más individualista. Puede que este ataque furibundo que no ha sido ni deportivo ni político, sino moral, acabe, al menos por un rato, en el retorno de un nacionalismo que hasta hace pocas semanas parecía marginal y larvado.           

 

 

 

viernes, 17 de julio de 2026

¿Es Messi mejor que nosotros? (editorial del 18.7.26 en No estoy solo)

 

El enfrentamiento con los ingleses me recordó tres cosas que bien podrían entrelazarse: la primera pertenece a lo que podría llamarse la “sociología del deporte”; la segunda, un breve ensayo de Borges llamado “Nuestro pobre individualismo”; y la tercera es una reflexión comparativa sobre el significado del héroe.

Por supuesto que existen contraejemplos, pero hay una idea general que se puede tomar como punto de partida: Inglaterra y Argentina expresan dos maneras antagónicas de entender el fútbol. Probablemente esto podría extrapolarse a la vida también, pero enfoquémonos en el deporte. Estas formas antagónicas no convierten necesariamente a unos en mejores que otros. Asimismo, puede que esta observación incomode a ciertos sectores progresistas y de izquierda al tiempo que invoque una sonrisa irónica del libertarianismo.

Conceptualmente hablando, la idiosincrasia del fútbol inglés se ha basado en la idea disciplina táctica, sacrificio colectivo y en priorizar el sistema sobre la individualidad. Los equipos ingleses (insisto, en general) funcionan como máquinas donde los jugadores son figuras intercambiables porque lo que destaca no es la diferencia sino su rol en el engranaje. Claro que han tenido y tienen figuras que se destacan, pero la prioridad es el equipo y el énfasis está puesto en el orden del funcionamiento colectivo.

El imaginario del fútbol argentino es completamente distinto. Se prioriza el crack, se sueña con llevar la 10, se idolatra la gambeta, esto es, la gesta individual que rompe el engranaje. Hay decenas de casos de buenos equipos, pero incluso en el recuerdo nos posamos en “la figura”, el que rompió el esquema: es Maradona, es Messi y son cada uno de los jugadores del barrio y la placita que sobresalen. Si los ingleses se enfocan en la organización y el control de las variables, el argentino busca la improvisación, la creatividad, lo cual se produce con talento natural y, también, por qué no, con algo de picardía.

Si lo comparamos con la filosofía de la antigüedad, el argentino es el héroe homérico, aquel que sobresale por encima del resto, el que logra vencer a monstruos, se enfrenta a los dioses y alcanza límites sobrehumanos. Es el que va al frente solo porque cree haber nacido para ser protagonista. Le puede ir mal o bien pero su heroicidad está en esa decisión de enfrentarse al poder aferrado al San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles. Los espartanos, en cambio, proponen una lectura radicalmente opuesta cuando perfeccionan el cuerpo de los hoplitas, muy efectivo en la batalla. Para el que no lo recuerde, al momento de la confrontación, los hoplitas formaban un bloque homogéneo, hombro con hombro. Ninguno podía romper las filas. Es más, el héroe era el que entendía su rol y no el que se destacaba, de aquí que el fin no fuera sobresalir, sino fundirse en esa homogeneidad. En otras palabras, la protagonista era la falange y no los individuos que la conformaban y se entendía que 300 tipos unidos serían mucho más eficaces que 300 individuos sueltos que vayan a ser “su heroica”.

Esto nos conecta con Borges cuando en el texto citado indica que los argentinos somos individuos antes que ciudadanos porque no nos identificamos con el Estado. La contraposición con el cine y la literatura es clara, de aquí que Borges nos recuerde que en los films de Hollywood es cierto que hay un hombre que se destaca (el típico caso del detective que se corta solo guiado por su intuición incluso contra la institución y la burocracia). Pero en todo caso se destaca y rompe con el orden solo para recuperarlo. En el ejemplo dado, el detective resuelve el caso y atrapa al criminal, pero para entregarlo a la policía, al sistema (la mayoría de las películas terminan con el criminal apresado por el detective para que cinco segundos después suenen las sirenas de la policía). Esa acción, según Borges, sería impensable en un argentino porque la amistad es una pasión y la policía es considerada una mafia. De aquí que sería visto como una canallada y que no sea casualidad que, desde chicos, se nos enseñara, antes que el progresismo de cristal fuera hegemónico, que se puede ser cualquier cosa menos “botón”, y que hay cosas que se deben arreglar entre las personas, sin participación externa, sin el Estado metiéndose, sin burócratas.   

Dice Borges:

 

“El mundo, para el europeo, es un cosmos en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce; para el argentino, es un caos. (…) En general, el argentino descree de las circunstancias. (…) Su héroe popular es el hombre solo que pelea con la partida, ya en acto (Fierro, Moreira, Hormiga Negra), ya en potencia o en el pasado (Segundo Sombra). Otras literaturas no registran hechos análogos”.

En “Nuestro pobre individualismo” Borges no es taxativo al momento de explicar por qué los argentinos seríamos así. Es un texto escrito en 1946 en el contexto de la llegada del peronismo, al que nunca nombra, pero el cual es visto como una forma de colectivismo similar al que para él conformarían el comunismo y el nazismo. Afirma, además, que quizás seamos individualistas por los sucesivos malos gobiernos o, exhibiendo su individualismo metodológico y su anarquismo conservador, porque la idea de Estado mismo es una “inconcebible abstracción”.

Incluso hacia el final, especula con que el avance de los colectivismos, lejos de afianzar una pertenencia nacional, podría provocar el efecto contrario, algo que, pareció confirmarse en los últimos años en Argentina.

Para concluir, y retomando nuestro eje, cuando escribo estas líneas todavía no se ha jugado la final, pero si algo les faltaba a estos muchachos para hacer historia, y a Messi en particular, era ganarles a los ingleses. Lo hicieron con talento y también con el carácter y la picardía amateur que da el potrero y que no se aprende de grande. Incluso perdiendo la final ya son héroes aunque, también hay que decirlo, son héroes porque han ganado todo en los últimos años, y eso es también muy propio de los argentinos: no hay lugar para Cebollitas subcampeón.

Después vendrán las interpretaciones sociales y políticas, y cada uno expondrá desde su sesgo que la selección es maravillosa y que siente una gran identificación, curiosamente, porque representa los valores que el analista sesgado quiere destacar en esa batallita zonza y diaria por confirmar sus prejuicios. Es más, el mismo analista intentará decirnos que esos valores representan a los argentinos cuando, quizás, ni siquiera lo representen a él.  

Creo que fue Menotti el que dijo “se juega como se vive”. También podría parafrasearse la frase y afirmar “somos como jugamos”. Tomando en cuenta que vivimos bastante como el culo y que muchas veces ni siquiera sabemos lo que somos, dejo abierta la pregunta acerca de si una selección tan exitosa genera semejante identificación porque acaba funcionando como un ideal aspiracional, esto es, porque ha demostrado ser mucho mejor que nosotros.

 

 

 

 

sábado, 11 de julio de 2026

Los dueños de la sospecha (publicada el 11.7.26 en www.disidentia.com)

 

Este mundial está comprado por Trump para tapar su fracaso en Irán. ¿No viste que le perdonaron la roja al delantero porque él llamo a Infantino? ¡Racismo! Grita el técnico de Egipto porque a su equipo le hacen tres goles en 14 minutos; este mundial está armado para Argentina porque Messi se sacó la foto con Trump y porque lo apoya Netanyahu, tal como lo demuestra el sorteo y la eliminación de las selecciones importantes que lo iban a enfrentar; hay una confabulación a nivel arbitral, especialmente desde el VAR, que va modelando la trama para grandes enfrentamientos en la última semana. Estas son solo algunas de las teorías conspirativas que se han tejido en estas últimas semanas alrededor del mundial, a lo cual se podrían sumar discusiones delirantes que se responden también conspirativamente, como la de Argentina país racista que eliminó a los negros, o Brasil, futbolísticamente fracasado, porque sus jugadores se hicieron evangelistas.

 

Ya está lo suficientemente dicho, pero es posible atribuir este tipo de polémicas a la lógica de las redes y a la necesidad del bait. En otras palabras, dado que el algoritmo privilegia los mensajes que generen polémica y cada vez son más los que pretenden vivir de la monetización de su exposición pública, es mucho más redituable la imbecilidad original que la sensatez compartida.

 

Esto es cierto. Pero hay otro elemento que resulta más interesante filosóficamente hablando y que es previo a la lógica algorítmica: me refiero a la sospecha como signo de inteligencia. Se trata de quien en su círculo de amigos o en sus redes sociales hace uso y abuso de la sospecha parece alcanzar cierto estatus por “ver aquello que vos no ves”; es el sospechador serial que dice saber el funcionamiento de la Matrix; el prisionero de Platón que escapa de la Caverna y se da cuenta de todo. Así, al menos, lo cree quien sospecha.  

 

Fue Paul Ricoeur quien allá por 1965 nos habló de los filósofos de la sospecha (algo que luego, con sus diferencias, retomaría Foucault) y ubicó en este selecto grupo a Marx, Nietzsche y Freud. Al autor de El capital, porque denunciaba que las ideas dominantes expresan los intereses materiales de una clase social y generan una falsa conciencia entre los trabajadores; a quien anunciara la muerte de Dios, porque advertía que detrás de los presuntos valores morales universales se escondía el poder y, al padre del psicoanálisis, porque fracturaba la unidad del sujeto moderno afirmando la existencia del inconsciente por debajo de las decisiones que, presuntamente, adoptamos de manera racional. 

 

Independientemente de cuán cerca o lejos se encuentre uno de estos autores, lo que sí se podría resaltar de ellos, aunque también esto se podría aplicar a buena parte de la filosofía en general, es una suerte de estímulo al fomento del espíritu crítico, un llamado a no quedarnos nunca con lo que se nos aparece a simple vista porque esto puede ser engañoso. Sin embargo, la sospecha ha dejado de ser un instrumento crítico para convertirse en una suerte de marca de identidad intelectual. La razón es simple: ya no se sospecha para descubrir la verdad sino para demostrarle a los otros una supuesta superioridad interpretativa. De aquí que quien encuentre siempre conspiraciones o adopte una explicación de todo en clave conspirativa, aparezca como más sagaz que aquel que, quizás, con sabiduría, adopta la navaja de Ockham y entiende que, en general, la explicación más simple suele ser la correcta. La sabiduría no estaría así en alcanzar la verdad sino en un método al que no le interesa la verdad sino el estatus: si desconfío de todo soy más inteligente que aquel que confía en lo que aparece como “evidente”.

 

Una última referencia filosófica archiconocida podría ayudar: Descartes utiliza la duda de manera exagerada, hiperbólica, pero lo hace conscientemente como un método para alcanzar una verdad indubitable (el “pienso luego existo”). Se trata de dudar de todo para dejar de dudar. Los que sospechan de todo no quieren dejar de sospechar. Quieren seguir sospechando porque no buscan la verdad, sino confirmar su estatus.

 

Asimismo, la dinámica de la sospecha permanente tiene una gran ventaja: es irrefutable porque siempre va un paso más allá en la sospecha. Así, si alguien muestra pruebas obvias de que la tierra no es plana, es porque esconde otras razones, porque sirve a determinados intereses personales o colectivos. Es decir, quien niega la conspiración es parte de la conspiración; quien niega la sospecha es, por eso mismo, sospechoso y sospechado.

 

Entonces ninguna decisión arbitral es un error humano sino siempre la consecuencia visible de oscuras tramas en las que se entremezclan intereses económicos, presiones geopolíticas, luchas simbólicas y bla bla bla. Cuanto más sofisticado, más likes. Que sea falso es lo de menos.

 

Podría decirse, entonces, que si los siglos pasados nos dieron la posibilidad de convertir a la sospecha en un potente arsenal para el espíritu crítico, el siglo XXI la ha transformado en una irracional y obligatoria disposición del espíritu que gana en jerarquía cuanto más lejos se encuentra de la realidad. 

 

Para el sospechador serial, el mundo es una capa de máscaras que hay que ir quitando, más allá de que suele ser benevolente con su propia máscara, esto es: el sospechador sospecha de todo menos de su propia sospecha. En ello demuestra toda su ingenuidad por no decir, también, su idiotez, porque, efectivamente, es tan idiota el que cree en todo lo que ve como aquel que sospecha de todo lo que hay.

 

Esto por no mencionar el modo en que el descreimiento de todo y esta sospecha hiperbólica afecta la vida social y democrática que necesita algún mínimo de confianza y algún mínimo de horizontes de sentido compartidos.  

 

Este último aspecto es clave, porque si bien hemos realizado esta elaboración alrededor de las polémicas del mundial de fútbol, lo cierto es que se trata de un signo de época que, claramente, trasciende la competencia deportiva en particular. Nadie puede negar que en el deporte y en la vida misma, juegan todo tipo de intereses cruzados, y la promoción de un espíritu crítico para ir un paso más allá de lo que suele presentarse como orden natural de las cosas, es siempre bienvenido. Pero se trata de una disposición que pretende alcanzar algo así como el mínimo de verdad necesaria para la convivencia humana.

 

Cuando la sospecha deja de ser un método con la verdad como objetivo y se transforma en una pose, o, por qué no, en una patología en busca de aceptación social y/o en una mera fuente pasajera de interacciones monetizables, deja de ser el instrumento de la crítica para devenir una maquinaria infinita de nihilismo. No es casual que en esta era donde los extremos están de moda, los totalmente crédulos y los que sospechan de todo, se parezcan demasiado.     

 

 

 

viernes, 3 de julio de 2026

Esto no es una casta (editorial del 4.7.26 en No estoy solo)

 

Dos meses atrás, en este mismo espacio, les hablaba de la tragedia de Adorni haciendo un juego de palabras entre su situación personal y el género teatral surgido en la antigua Grecia. En aquella nota les mencionaba la mímesis como una representación que nos permite revelar aspectos universales de la experiencia humana; la catarsis como proceso de purificación que se produce en la audiencia cuando ésta se identifica con el padecimiento del héroe, y el error trágico que precipita la trama cuyo final es ineludible, como algunos de los elementos que Aristóteles había reconocido como propios de la Tragedia en su libro Poética. Podría decirse que aquí no hay héroe, aunque sí una infinita cantidad de errores trágicos, comenzando por la foto de su mujer como parte de una comitiva oficial en la que no debía participar. El resto ya lo conocemos, más allá de que día a día, entre cascadas, jubiladas generosas, escribanas que parecen personajes de Tim Burton y tarjetas prestadas para comprar sábanas y monitores gamers, la capacidad de asombro se renueva. Hasta cierto nivel, creo que indigna menos su corrupción que su estupidez. Los argentinos respetamos a los hijos de puta, pero despreciamos a los boludos.

Pero en aquella nota también les hablaba de otro elemento que aparece en las tragedias griegas: el miasma. Aunque en cualquier diccionario lo encontraríamos definido como un efluvio maligno o una emanación fétida que siglos atrás se consideraba como causante de enfermedades por ser propias de cuerpos enfermos, materias orgánicas en descomposición, aguas estancadas, etc., en el mundo griego de la tragedia, el miasma es más una cuestión moral que física. Se trata, entonces, más bien, de una mancha del espíritu que en muchos casos se trasmitía de generación en generación o salpicaba a toda una familia. 

De entre todos los personajes de las tragedias griegas, el que mejor puede graficar el miasma es nada menos que Edipo cuando, ya reconocido como parricida e incestuoso, es rechazado por su impureza, por haber devenido un miasma. Si ya había sido señalado como el origen de la peste de Tebas, tras cometer los peores pecados y haberse arrancado los ojos, Edipo es la representación del cuerpo contaminado que debe ser expulsado de la comunidad porque el miasma tiene siempre una tendencia a expandirse. Esto era particularmente problemático porque el miasma ponía en riesgo el lazo comunitario, valor esencial de aquella época.  

Aplicado al caso Adorni, el insólito, y sospechoso apoyo que los hermanos a cargo de la presidencia le ofrecieron por más de 100 días a pesar de las mentiras, la soberbia y el desorden impune de su vida de nuevo rico, parecía no tomar en cuenta el factor contaminante del miasma como si se lo pudiera encapsular. Seguramente, ante lo que iba a ser una derrota política sin precedentes frente al congreso, los Milei cedieron y lo obligaron a escribir esa carta patética, victimista, aduladora de la figura del presidente y tan reñida con el idioma castellano. ¿Será que los correctores de estilo no tienen tarjetas de crédito ni prestan dinero a interés cero? 

Aunque probablemente por malas razones, esto es, tozudez, un apego mesiánico a ciertas presuntas revelaciones de la verdad, etc., lo cierto es que Milei no actuó sobre el miasma con la lógica clásica del sacrificio inmediato y el aislamiento para transformarlo en el chivo expiatorio que no salpique al resto de la administración. Insisto en que más que un convencimiento basado en razones, o la virtud de la lealtad, las causas pueden tener que ver más con el ensimismamiento y un desapego por aquello que solemos llamar realidad, pero lo cierto es que el presidente apoyó a Adorni como ningún otro lo hubiera hecho y lo siguió haciendo incluso ya renunciado cuando volvió a manifestar que cree en la inocencia de su exvocero, aquel que ya no podía hablar y que, cada vez que lo hacía, volvía a hundirse un poco más.

Ahora bien, el reemplazante de Adorni ha sido Diego Santilli, uno de los grandes representantes de “la casta”. De aquí que muchos recordaran aquellas palabras de Macri cuando se refirió a este gobierno como fácilmente infiltrable. Y a las pruebas uno se remite: cada uno de los “puros” es reemplazado por hombres de larga trayectoria, muchos de ellos iniciados en las filas peronistas, que fueron figuras centrales del armado macrista. Esa misma mutación se observa en el perfil de los electores de Milei si se compara el 2023 con el 2025: en la elección legislativa el votante mileísta fue prácticamente el mismo que votó a Macri y muchos de los electores de sectores populares que apoyaron al anarcocapitalista en 2023 en detrimento del peronismo, o se decantaron por una alternativa o, desencantados, directamente no fueron a votar.

Ahora bien, la idea de casta, que ya había sido utilizada en Italia algún tiempo atrás y que resonaba en distintas manifestaciones antisistema por izquierda o por derecha, no hace énfasis en hombres en concreto más allá de que algunos puedan ser más representativos que otros al momento de identificar una época. Refiere más bien al resultado del miasma, cuando la contaminación ya se ha diseminado y ha devenido estructural. La casta es el sistema y por eso la apuesta de Milei, al menos desde lo discursivo, era refundacional. Estaba todo mal. Incluso en su media lengua y en esa actitud adolescente desde un academicismo que solo puede sonar tal para quienes no pertenecen a la academia, hasta coqueteó con incluir a la democracia en esa necesidad de refundación, más allá de que, luego, algo del principio de realidad pareció operar.    

Y ahora la casta está adentro en el mejor de los escenarios posibles, esto es, amparada por un discurso anticasta y bajo el paraguas protector del hombre que dice combatirla. Un capítulo más de los tiempos paradojales donde nada se esconde. No debería extrañarnos que Milei reemplace alguno de sus cuadros por La traición de las imágenes, aquel famoso cuadro de Magritte que muestra una pipa y afirma “Esto no es una pipa”.

Lo cierto es que la mayoría de los ministros pertenecen a la casta, el armado en el congreso es propio de la casta, el avance con los nombramientos del Poder Judicial es lo más casta que puede haber y así podríamos continuar. Y, sin embargo, al igual que en el caso de Magritte, estamos ante un hiato entre la palabra/imagen y la cosa. La palabra y la imagen no son la cosa. Son representaciones. El cuadro de la pipa no se puede fumar. Si la palabra y la imagen no son aquello que representan, si no tienen atadura con lo real, se autonomizan y pierden su capacidad de describir lo que sucede allá afuera. Todo puede ser dicho porque no hay más conexión con lo real. Una imagen de la casta es capaz de decir “Esto no es una casta”.

Por cierto, quizás estemos frente a una contradicción virtuosa pues muchos de los vilipendiados hombres que efectivamente pertenecen a la casta, son más idóneos que la runfla de improvisados e inútiles que rodearon al presidente en sus inicios cuando la presidencia cayó en sus manos gracias a las Fuerzas del Cielo o, lo que es lo mismo, la sumatoria infinita de errores de sus predecesores. Pero, claro, aun en mundos paradojales, donde reinan las autopercepciones y los hechos alternativos, más que el principio de revelación, de tanto en tanto y cada vez más tenue, algo del orden de la realidad emerge, algo del principio de no contradicción, para volver a Aristóteles, golpea nuestra puerta.

La última autorreferencia: el gobierno puede salir airoso del Adornigate pero en la medida en que su discurso pierde potencia cada vez queda más preso de mostrar hechos. Es lo que les había comentado algunas semanas atrás cuando indicada que el énfasis puesto en la supuesta superioridad moralidad llevaba el terreno de la discusión a la coherencia entre palabras y actos, más que a los resultados. Recordemos, si no, que, aunque de manera menguante, todavía hay un amplio sector que asocia a Milei con la esperanza. Esto quiere decir que, en todo caso, espera resultados, pero hasta ahora no los vio.  

Por ello, si los casos de corrupción derriban la fantasía del gobierno de la moralidad, y la irrupción/infiltración de los hombres y mujeres pero, sobre todo, del sistema de la casta exponen una nueva contradicción entre las palabras/imágenes y las cosas o, lo que es peor, la total autonomía de lo que se dice respecto de la realidad, el gobierno está obligado a mostrar resultados.

El gobierno está desnudo frente a su hora crucial de cara a 2027. El relato se agota, la narrativa se debilita y esa mímesis griega que podría decirnos algo acerca de la verdad se diluye en el algoritmo posmoderno de la nueva comunicación política. Así, con una realidad que convierte a La traición de las imágenes de Magritte en una metáfora que denuncia la ilusión de la representación política, al gobierno solo le resta mejorar la vida material de una mayoría si pretende ser competitivo y avanzar hacia la reelección. ¿Llegará a tiempo? ¿Llegarán sus adversarios a entenderlo?

 

viernes, 26 de junio de 2026

Cristina (candidata) eterna [editorial de No estoy solo del 27.6.26]

 

Parto de la siguiente base: la causa por la que Cristina está presa está llena de irregularidades y su condena tiene una clara finalidad política. Segundo: aun asumiendo que esto que diré es controversial y que puede, y probablemente deba, haber excepciones, soy de los que prefiere que todo el que quiera presentarse a elecciones pueda hacerlo. Esto incluye a CFK, a Bolsonaro y también incluía a Lula y a Trump, en el caso de que los demócratas hubieran logrado su proscripción. Sí, al momento de la legitimación democrática, soy de los que prefiere que elija la gente antes que 3, 4 o 10 tipos vestidos de jueces que, eventualmente, podrían perseguir otros intereses que los de la Justicia.

 

Repito que discutir esto merecería un artículo entero, pero lo menciono para poder centrarme en lo que ahora parece más importante: la interna del peronismo. 

 

Si bien no es nada nuevo, esta semana parece haberse desatado la disputa más a cielo abierto que nunca, primero con el discurso de Máximo, luego con cruces entre dirigentes en las redes y en la legislatura bonaerense. 

 

Desde el punto de vista electoral no está claro que la interna suponga una merma de votos. Naturalmente uno tiende a pensar que varias listas se quitan votos entre ellas, pero es un error o podría llegar a serlo dependiendo del sistema y el calendario electoral. Para decirlo más fácil: si hay o no PASO será clave. Dado que en general las PASO favorecen a las oposiciones para dirimir sus diferencias, el gobierno tratará de, al menos, suspenderlas. Hay distintos ejemplos, pero recordemos la manera en que las PASO fortalecieron a Macri en 2015 contra la UCR y la Coalición Cívica. ¿Podrían darse 3 o más listas del peronismo y que los que pierdan acompañen? Podría ser e insistimos: la unidad no necesariamente garantiza más votos. Quizás incluso lo contrario porque no permite que jugadores que están a los extremos jueguen adentro y luego estén "obligados" a acompañar. De modo que esperemos cómo decantan las cosas.

 

Ahora bien, si volvemos al caso de la Coalición que llevó a Macri al poder, allí había diferencias ideológicas más o menos marcadas (que luego se fueron diluyendo para devenir una masa amorfa de republicanos espasmódicos) y partidos con estructuras, plataformas, tradiciones, etc. En el caso de la interna que aflora en el peronismo, no hay nada de eso. De hecho, la interna resulta absurda porque todavía nadie puede entender qué es lo que están discutiendo. O algo peor: la interna indigna porque todos nos damos cuenta que lo único que están discutiendo es narcisismo, cargos y poder (en el sentido más de mierda que se pueda definir).

 

El cristinismo parece intentar profundizar su proceso de troskismo autodestructivo que mencionábamos semanas atrás. El que no obedece es traidor pero el que le haga caso a CFK y quiera tomar el bastón de mariscal también, porque parece que para tomarlo hay que pedirle permiso a ella. Es una encerrona trágica: el traidor es el otro y el otro siempre es traidor. En esta dinámica la lealtad solo la garantiza un apellido y la obsecuencia sacrificial infinita. Esto no es nada nuevo, como tampoco es nueva la paradoja: en la medida que el kirchnerismo se va reduciendo hasta la unanimidad del sí mismo, acaba apoyando los candidatos que más se alejan de éste: Scioli, Alberto, Massa. Por este camino el próximo candidato del kirchnerismo será Randazzo.

 

Permítanme una psicologización barata: más que para sacar los votos que le faltan, estos candidatos parecen ser elegidos solo para poder putearlos y, políticamente hablando, para eliminar adversarios internos. Son la excusa perfecta para decir "nosotros no fuimos", "nosotros lo hicimos por la patria, pero ellos nos traicionaron". Claro que mientras la traición se evidencia, nadie renuncia a los cargos, pero ese es otro tema. El kirchnerismo es siempre oposición: cuando está afuera y cuando está adentro del gobierno. Es un producto de estos tiempos de infantilización y victimismo donde nadie se quiere hacer cargo.

 

Por otra parte, escucho, "ideológicamente, el cristinismo, tiene una propuesta alrededor de oponerse a la deuda externa". Claro que tiene razón Máximo cuando se indica que esa deuda es una carga insoportable y es el corsé que nos han legado los gobiernos que decían preocuparse por el superávit. ¿Pero cuál es la propuesta? ¿No pagar la deuda? Podría ser. Incluso se podría citar a Néstor diciendo "los muertos no pagan" y tenía razón. Pero para repetir esa gesta la Argentina tiene que volver a morir o a estar en terapia intensiva, con default mediante como pos 2001. ¿Se tiene conciencia de lo que eso supondría para el país? ¿Somos conscientes de lo que supondría un nuevo default? No me vengan con “no se puede estar peor” porque siempre se puede estar peor. Las irresponsabilidades dejémoslas para el troskismo que no es capaz de organizar un centro de estudiantes. Pero el peronismo es un partido de poder. Eso implica responsabilidad. Y aclarémoslo: ser responsable no es ser conservador ni volver al albertismo del “equilibrio de fuerzas” y del “no puedo”, etc. Se puede ser responsablemente audaz o entender que hay momentos donde la responsabilidad implica ser audaz, pero para eso hay que tener un plan serio. Muchos países tienen deudas importantes y no son defaulteadores seriales como la Argentina. Incluso con deudas, por definición, impagables, lo que hacen es rolearlas, es decir, pedir nueva deuda y patear para adelante. Como país, según el color del gobierno, no se puede pasar intermitentemente de tomar deuda a defaultearla.

 

¿Por qué? Porque, para bien o para mal, hay una continuidad del Estado argentino y las deudas son del Estado y no de los Sturzenneger y Caputos de la vida. Me encantaría que la paguen ellos y no el pueblo argentino, pero el mundo no funciona así tal como lo sabemos desde la escuela secundaria. Una dirigencia responsable tiene que tener imaginación e idoneidad para enfrentar ese desafío. Y si el plan es no pagar para que se alegre la Bregman y te corra por izquierda igual, díganlo, pero, sobre todo, digan qué van a hacer desde el día 1 del default. Quizás tienen una buena idea y sostenible en el tiempo. Yo no la escuché.

 

¿Y Kicillof? Pareciera que ha decidido ser el candidato por decantación, como si supiese que lo van a torpedear, pero al final tendrán que ir a buscarlo. Así que se trata de no hacer olas, resistir los ataques y listo. Si el cristinismo no muestra un plan, el caso de Kicillof es todavía más exasperante. Uno entiende su intento de hacer equilibrio, pero se ha visto esta semana que le tirarán con munición pesada, aun si no hace nada. Hasta lo han acusado de no ir a la casa de Cristina a preguntarle a la compañera cómo se siente.  

 

Por cierto, ¿alguien conoce en qué se diferencia Kicillof de Cristina? Si no es un programa político, ¿es su moral? No es fácil animarse a decir eso incluso si fuese así. Pero, dicho mal y pronto: ¿por qué votarlo a él y no a CFK o a quien ella ponga? Lo cierto es que fue su ministro, estuvo dentro del kirchnerismo todos estos años en lugares de gran responsabilidad, y no tiene una autocrítica para hacer. Ya sabemos que La Cámpora no la tiene, pero, ¿Kicillof tampoco? ¿Por qué se perdió en 2015? ¿Por qué se hizo un gobierno de mierda entre 2019 y 2023? ¿No tiene nada para decir ninguno? ¿El kirchnerismo tenía los votos y cargos por todos lados, pero la debacle es responsabilidad de Alberto Fernández y Guzmán? ¿Kicillof hizo algo mal? Si no fue él, ¿quién fue? Si lo sabe y no lo dice es un problema. Si no lo dice porque no lo sabe, es peor.

 

Pero reformulemos la pregunta: ¿en qué se diferencia Kicillof de La Cámpora? ¿En que no va a la casa de Cristina? ¿Acaso en su forma de hacer política? ¿Cuál es esa forma? ¿Por qué no la dice? No hay canciones nuevas, ni siquiera una estrofa. Son las que sabemos todos desde la década ganada. Y si no es así, que diga por qué votarlo a él sería mejor que votar al candidato de La Cámpora. 

 

Mientras esperamos que se resuelva el sistema electoral, el cristinismo parece haber iniciado un dispositivo de extorsión sentimental: como CFK está presa injustamente, ese tiene que ser el eje de campaña. Se le pide a la gente que no vote por sus intereses sino por CFK. Error garrafal. Salvo el núcleo duro, la gente está podrida y espera que la dirigencia la interpele y le resuelva problemas. De tanto identificar a CFK con el pueblo, su espacio político parece haber reemplazado a éste por ella. De ahí la perplejidad y la pérdida de votos.  

 

Pero hay algo peor: desde el 2015 CFK tiene suficientes votos para bloquear, pero no para ganar, es decir, tiene todos los votos para garantizar una derrota. Cuando alguien quiere ocupar ese espacio, sacan el comodín de CFK para bloquear. (si hasta amenazaron con candidatearla a legisladora provincial, el próximo paso sería el de consejera escolar, porque todo, y especialmente la escuela, es política). Pero el escenario deviene directamente patético cuando impedida legalmente de participar, eligen volver a usarla para taponar cualquier opción. El “Cristina eterna” se transformó en “Cristina (candidata) eterna”. Así, deviene la perpetuidad de una amenaza incumplible, pero amenaza al fin. Con todo, es comprensible: desde hace tiempo, CFK no es candidata contra la oposición sino contra su propio espacio. Nadie puede vencerla puertas adentro y con eso alcanza para controlar la interna. Pero, claro, la interna no es con la gente adentro. Por eso es una interna. 

 

¿Se imaginan, cuando en un 2027 con una eventual crisis económica y con la necesidad de resolver quiénes son los candidatos del peronismo, el espacio plantee CFK candidata (aunque no pueda serlo)? Tras perder 7 de las últimas 9 elecciones, ¿alguien puede pensar que esta podría ser una buena idea?

 

En este nuevo escenario casi mágico de la política, CFK es la candidata imposible, un nombre que su círculo cada vez más endogámico recoge como bandera hacia una potencial nueva derrota. Puede haber sorpresas, pero esto es lo que suele pasar cada vez que el nombre hecho bandera es más importante que todo, incluso más importante que la victoria.