viernes, 6 de noviembre de 2026

La caída de Trump: una tragedia americana (publicado en www.disidentia.com el 7.11.26)

 

Un gran error que desencadena los hechos hacia un final (que parece) irreversible.

Pasaron las elecciones de medio término en Estados Unidos y los demócratas se han quedado con el control de ambas cámaras. Con todo, antes de lanzarse a cualquier afirmación grandilocuente, convendría comenzar con algunos datos: entre 1938 y 2022, el partido del presidente perdió escaños en la Cámara de Representantes en 20 de las 22 elecciones de medio término (las únicas dos excepciones fueron 1998, durante la presidencia de Bill Clinton, y 2002, durante la de George W. Bush, después de los atentados del 11 de septiembre); en el Senado, la tendencia también existe, aunque es menos uniforme: el partido presidencial perdió escaños en 15 de esas 22 elecciones.

Esto que podría matizar la derrota de Trump, se contrapone a la verdadera novedad de la jornada: el triunfo de los demócratas no se explica solo por los estados pendulares (swing states) que pueden apoyar a uno u otro partido. Se consumó sobre todo por triunfos históricos en bastiones republicanos. Por ejemplo, en Texas, los demócratas no ganaban una elección estatal desde 1994 y el último martes se quedaron con la gobernación y un escaño en el senado; en Kansas, fue elegido un senador demócrata por primera vez desde 1932; en Carolina del Sur, los demócratas se hicieron con un escaño en el senado después de que Trump hubiera triunfado por 18% en 2024; en Georgia, los demócratas obtuvieron la gobernación y lo mismo sucedió en Iowa donde además sumaron un escaño para el senado.

Asimismo, circularon estudios donde se muestra un giro abrupto en el voto comparando 2024 con 2026: cualquiera sea el corte, por género, por raza, por ingresos, por religión, ha habido vuelcos sorprendentes y hay encuestas que hablan de un apoyo masivo de los jóvenes hacia el partido demócrata para la Cámara de Representantes (71%).

Sin duda, esto afectará la dinámica interna de la política estadounidense, aunque parece exagerado suponer que Trump estará atado de pies y manos por la sencilla razón de que posee los números suficientes para evitar una condena en el Senado después de un eventual impeachment aprobado en la Cámara de Representantes y tiene la herramienta del veto para impedir el avance de la oposición, además de la cantidad de legisladores necesarios para resistir en caso de insistencia.

La progresía y el wokismo más rancio celebran suponiendo que el triunfo es el triunfo de sus valores y que la gente, finalmente, “se dio cuenta” tras un breve lapso de confusión producto de la manipulación. Sin embargo, habría que manejarse con cierta cautela y prestar atención a algunas encuestas que nos brindan indicios indirectos. Si bien es cierto que muy pocos estadounidenses identifican como problema principal la política exterior, una mayoría ha señalado como principal preocupación a la economía y la inflación, dos elementos directamente asociados con una decisión de la política exterior. En otras palabras, la caída de Trump no parece obedecer al levantamiento del subsuelo de la patria que exige una política de pronombres y lenguaje neutro, sino a mucha gente enojada con el precio de la nafta y sus derivaciones. Entonces, en un mundo tan complejo y frente a un gobierno tan disruptivo, reducir la derrota a una variable sería ingenuo, pero si hubiera que elegir la variable más determinante, sin duda, deberíamos elegir la decisión de ir a la guerra con Irán. He aquí el gran error, el error trágico de Trump.

En su Poética, Aristóteles analiza la estructura de la tragedia griega y allí nos habla de la hamartia. No se trata necesariamente de un defecto moral o un problema de carácter sino de un error en el juicio, una equivocación que contribuye a precipitar la caída del protagonista. En Antígona, por ejemplo, Creonte, como gesto de autoridad política, decreta que pagará con la vida quien pretenda enterrar al traidor Polinicies. Antígona, hermana del difunto, desobedece esa ley humana, Creonte no escucha las razones para dar marcha atrás, y la tragedia se ciñe sobre él con la muerte de su hijo y su esposa. Su decisión había sido razonable en términos políticos, pero no fue capaz de medir las consecuencias que ésta acarrearía.

Trump hizo campaña prometiendo ser el que venía a poner fin a las guerras. Abrazaba así la tradición no-intervencionista que siempre tuvo peso en el partido republicano. Todo tipo de trascendidos periodísticos han existido acerca de las razones que llevaron a Trump a comprometerse en una guerra absolutamente ajena. Las más creíbles hablan de la presión y la capacidad de convencimiento de Netanyahu quien le vendió a su par estadounidense un escenario que, evidentemente, no era real. Pese a la resistencia de buena parte de sus bases e incluso de algunos de sus hombres más cercanos como su vicepresidente, Trump avanzó quizás pensando insólitamente que Irán sería Venezuela. Y los resultados están a la vista. Sin entrar en psicologizaciones baratas, más allá de las razones que lo impulsaron, lo cierto es que, evidentemente, Trump no fue capaz de imaginar las consecuencias sociales, económicas y políticas que esa decisión conllevaría.

Pero hay dos elementos más que Aristóteles señala y que pueden ser útiles para nuestro análisis. El primero es el de la peripeteia, la peripecia, el momento en que la historia cambia la dirección. En el caso de Medea, por ejemplo, podría interpretarse el giro como aquel que se produce cuando la protagonista pasa a la acción y deja de ser la mujer traicionada y vulnerable, para devenir la calculadora asesina de sus propios hijos. Jasón, que parecía ser quien iba a hacerse con todo el poder gracias a su nuevo matrimonio, acaba sucumbiendo ante la venganza de Medea.

Aun con la enorme convulsión que había generado su política de aranceles y la controversial intervención sobre terceros países, en el caso de Trump, es la decisión de atacar Irán la que hace el giro. Así, lo que pretendía ser una demostración de poder y la imposición del orden en una región siempre conflictiva, devino exactamente en lo contrario: más allá del daño ocasionado a Irán, Estados Unidos no sabe cómo salir ganador del entuerto y la inteligente estrategia persa de desestabilizar la región e intervenir el estrecho de Ormuz, por cierto, algo bastante previsible, desató un caos a nivel mundial por el aumento del precio del petróleo y, con ello, del costo de vida.

El último concepto es el de anagnórisis, el cual podría traducirse como el paso de la ignorancia al conocimiento, el momento en que el protagonista conoce la verdad que desconocía. Es Edipo cuando buscando la verdad para salvar a su patria se da cuenta que es el asesino de su padre y que ha desposado a su propia madre. Aquí la analogía con Trump queda abierta. ¿Se habrá dado cuenta el presidente de su error? Habrá que ver qué sucede en el mediano plazo, aunque ya en las horas posteriores, Trump, si bien afirmó que lo volvería a hacer, coincidió públicamente con las declaraciones de Vance quien atribuyó la derrota a la decisión de avanzar contra Irán. Entonces, ¿rodará alguna cabeza sobre la que recaerá la culpa de la acción militar? ¿Acaso intentará una operación de destrucción total como para cerrar el conflicto para beneplácito de un Netanyahu que también tiene su poder debilitado y no resulta claro si podrá formar gobierno? ¿Cómo repercutirá esto en la sucesión estadounidense? Ya sabemos que Trump no tiene reelección y es de suponer que esta derrota acelerará los reacomodamientos. Del otro lado, por cierto, el clima de victoria no deja ver que las señales son ambiguas: no está claro qué versión del partido demócrata se impondrá internamente. Hay para todos los gustos en un amplio espectro que va desde pastores, hipermoderados y ultrawokistas. Pero para responder estos interrogantes tenemos casi dos años.

Mientras tanto, el mundo está a la expectativa. Y aunque suponemos que Trump no ha leído a Esquilo, Sófocles o Eurípides, queda una pregunta fundamental: ¿el reconocimiento de las consecuencias de su error trágico será suficiente para producir un giro en la trama? ¿O la cadena de acontecimientos que puso en marcha ya adquirió una dinámica propia? En otras palabras, ¿tiene Trump alguna posibilidad de revertir este escenario o solo le queda por delante un modesto ejercicio de control de daños y aceptar que quizás ya sea demasiado tarde?

 

lunes, 2 de noviembre de 2026

Un ejército de boludos (editorial del 31.10.26 en No estoy solo)

 

Determinismo tecnológico, el verdadero “elijo creer”: Lula dio vuelta la elección por el canal de Whatsapp creado por su “general”, André Janones, quien logró reunir casi 11 millones de seguidores que replicaban sus órdenes para burlar el boicot de las grandes tecnológicas. “El Exército do Lula”, unas milicias virtuales, le dan la reelección al mítico líder y ya tenemos la explicación simple que nos hacía falta. Que florezcan los ejércitos peronistas ahora, impulsan algunos entusiasmados; vamos a jugarle a la derecha mala con sus propias armas, teclean otros. Entre militantes y analistas de poco vuelo, ya tenemos nuestro ejército, aunque en este caso, no sea más que un ejército de boludos.  

Por cierto, una primera contradicción: la referencia a la tecnología en el marco de una elección suele venir de parte de los perdedores porque es la excusa más confortable. Decir que falló la comunicación es la mejor manera de no admitir que quizás lo que falló es el candidato, la propuesta, y/o que la ideología que sostenés ya no representa a nadie. La novedad aquí es que la referencia a la tecnología la enarbolen orgullosos los ganadores porque, justamente, deja a un lado lo más importante que, supuestamente, debería poseer una alternativa política: un candidato, una propuesta y una ideología que los sustente. Los que dicen defender la política festejan un canal de Whatsapp, es decir, el triunfo de la comunicación sobre la política, incluso sin comprender que esa variable puede haber jugado algún rol, pero ha estado lejos de ser determinante. Y hay algo también preocupante: más allá de la retórica militarista de la militancia, aun cuando el Exército do Lula se presente como ejemplo de organización, parece casi una reivindicación de la manipulación y/o, peor aún, de un régimen vertical donde el militante es un idiota acrítico que orgullosamente acepta cualquier directiva de un jefe de campaña.  

Y hablando de detalles incómodos: ¿vieron que Janones habla como un pastor evangelista, esos que fueron demonizados por “votar a la derecha”? Es que, efectivamente, Janones pertenece a la Iglesia Evangelista. Y un punto más sobre Janones: comparando las elecciones legislativas 2022 con las de 2026, él, como candidato a diputado federal en Minas Gerais, perdió dos tercios de los votos. ¿Será que Janones no creó un Exército do Janones o que la clave estuvo en quién era la figura detrás de la cual se encuadraba el ejército? Lo curioso es que probablemente el propio Lula y las autoridades del PT estén confundiendo el diagnóstico, al menos algo de eso parece seguirse tras escuchar el discurso del triunfo, donde el presidente reelecto hizo mucho hincapié en las redes sociales y la regulación de las mismas, etc., como si fuera una revelación (hasta hace poco, Lula se jactaba de no usar celular, y recién después de perder la primera vuelta grabó por primera vez un spot con el teléfono en formato vertical. Es, claramente, un candidato analógico y, puede ser que, por ello mismo, se deslumbre demasiado fácil con las mieles de la tecnología).

A propósito, a Lula, una suerte de mito viviente de la política brasileña, no hay que presentarlo y ha demostrado en siete elecciones su fortaleza, ganando y perdiendo, pero convengamos que tenía logros para mostrar más allá de su historia legendaria: aunque sin ser un boom, la economía venía bien creciendo todos los años, el desempleo alcanzó mínimos históricos, aumentó el empleo formal, el salario real subió 17% en cuatro años; la pobreza está en mínimos históricos, etc. Hay también problemas, claro: el déficit fiscal alto del 9,5% por pago de deudas es un lastre, muchos brasileños afirman que esos buenos números no les llegan, etc. Pero algo para mostrar había. Por supuesto que eso ya existía cuando se perdió en primera vuelta, pero convengamos que había con qué hacer una campaña.

¿Y qué tal fue esa campaña virtual en números? Encontré un informe de Camilo Alejandro López que demuestra una estrategia digital enormemente agresiva de parte del PT tras la derrota en primera vuelta: 119,4 millones de interacciones de Janones en sus redes, solo en el balotaje, contra 73,5 M de Bolsonaro en toda la campaña, por ejemplo; o el hecho de que, en el balotaje, Lula multiplicara por 3,3 los posts que nombraban a Flavio cuando en la primera vuelta solía ignorarlo. También es cierto que la militancia digital activó las cuentas de Lula que en primera vuelta posteaba mucho, pero estaba por debajo de la de Bolsonaro; y que en las últimas 72 horas se dio un fenómeno curioso: el canal de Lula ganó 1,23M de suscriptores mientras que el de Bolsonaro solo 20 mil. Es como si al final de la recta, el coche de Bolsonaro se hubiera quedado sin nafta, quizás por exceso de confianza… No lo sabemos.

De modo que, por supuesto, existió un decisión comunicacional que, aunque imposible de medir, quizás haya rendido algún fruto, pero lo cierto es que hacer énfasis solamente en la organización vertical de un canal de whatsapp para explicar la remontada, pasa por alto cómo ha jugado la transferencia del voto, la movilización de nuevos actores, (guiados, en muchos casos, por campañas del miedo o por simple rechazo al adversario), el juego de las alianzas, el hecho de que haber elegido a META como “el enemigo” haya creado una épica entre los militantes, etc. Agreguemos a esto, sin que juguemos el rol hipócrita del republicanismo que se tapa la nariz, la cantidad de medidas populistas y oportunistas orientadas directamente a ganar la elección que impulsó Lula. Probablemente todas en la dirección correcta pero curiosamente llevadas adelante a semanas de la elección (reducción de la jornada laboral, transporte gratis, aumento en planes sociales, prohibición de las apuestas online, etc. No quedó una por hacer y no está mal, pero también hay que reconocerlo). De aquí que uno sospeche que un video de Lula hecho con IA aplastando a Bolsonaro o haciendo goles a lo Mbappé quizás haya tenido menos incidencia que el miedo a Bolsonaro y un montón de beneficios sociales y económicos impulsados en las últimas semanas. La gente es boluda pero no tanto, o no todo el tiempo.

Es cierto que, más allá de la miopía en los análisis, una mirada lineal puede haber conectado la imponente cifra de 11 millones de soldados virtuales con el hecho de que Lula pasó de casi 54 millones de votos en la primera vuelta a algo más de 64 millones en la segunda, es decir, casi 11 millones. Pero creo que no hace falta perder líneas para explicar por qué establecer una relación de causalidad por la coincidencia azarosa de esos números, es un sinsentido. Como se supo desde el principio de la campaña para el balotaje, la clave estaba en que Lula pudiera movilizar a los que no fueron a votar o a los que no se habían inclinado por ningún candidato. Y así fue: estudios calculan que entre los que no votaron en primera vuelta, pero sí se presentaron a la segunda, Lula triplicó o cuadruplicó los votos de Bolsonaro; que entre los que habían votado en blanco, un 78% fue hacia Lula, y que, entre los nulos, un 58% fue para el candidato del PT.

Para finalizar, mencionemos algunos elementos que deberían también resultar incómodos para los análisis progresistas del milagro lulista porque al fin de cuentas estamos hablando siempre de lo mismo, esto es, el exceso de sesgo en los análisis: como venimos echándole la culpa a las redes de la derrota de los candidatos que nos gustan, ahora hacemos lo mismo, aun cuando eso vaya en detrimento de todo lo que sostuvimos hasta ahora.

En este caso referimos a quienes advierten, con razón, que, en general, la izquierda en el mundo no entiende el carácter disruptivo y rebelde de la comunicación de la derecha. Efectivamente, frente a la agresividad y la simplificación, la izquierda no puede salir de su burbuja universitaria e intenta explicarlo todo con su moralina biempensante y su arrogancia, en un mundo donde no hay tiempo y los mensajes son más directos. Es una caricatura y una exageración, porque la izquierda también simplifica y agrede, si no, basta con ver cómo han impuesto sus dogmas minoritarios. Pero podría decirse que algo de eso hay y que la remontada de Lula demostraría que, a la derecha, nuevamente, hay que jugarle con sus propias armas, es decir, supuestamente, apuntar al terreno de la emocionalidad, al juego del fango, las fake news, el inundar de información y desinformación para controlar la agenda, etc., es decir, todo lo que se criticó de la derecha desde un pedestal de moralidad cada vez que la izquierda perdía las elecciones. El Exército do Lula sería así, paradójicamente, un ejemplo de eficacia comunicacional, pero al precio de una pérdida de la superioridad moral e intelectual que la izquierda pretende ostentar.

Y una última cosa: no todo es lo mismo, es decir, no se pueden tomar las causas contra expresidentes en un mismo paquete para decir que si estás en contra de la condena de CFK, tenés que estar en contra de la condena de Bolsonaro y así sucesivamente por la sencilla razón de que las causas son distintas y porque ello llevaría o bien a ser funcional a la impunidad de la política (todos son perseguidos políticos) o bien a la mirada ingenua de que todos son culpables y que no hay sistemas judiciales que persigan por razones políticas a presidentes y candidatos. Como muchas veces lo hemos dicho aquí, yo soy de los que cree que, salvo casos harto evidentes, todo ciudadano debería poder presentarse a una elección porque el costo que trae para la democracia la sospecha de que hay ciudadanos con amplia representación que son perseguidos por la justicia, es muy alto. Dicho esto, y asumiendo también que lo que sufrió Lula fue, desde mi punto de vista, una persecución política, el hecho de que el día después de la elección, la justicia brasileña avance contra el candidato que obtuvo el 48% de los votos, es vergonzoso. Es el “se nota mucho” que los sectores populares identificarían como “Lawfare” en caso de que el objeto de la persecución hubiese sido el candidato que nos gusta.

Esto significa que, aunque no toda causa es la misma, el Lawfare no puede ser una categoría selectiva, de la misma manera que no debería serlo la acusación de populismo cuando el populista es el candidato de nuestra preferencia. Se dirá que la derecha se preocupa menos por la coherencia y es capaz de hacer un escándalo cuando el kirchnerismo hablaba de Clarín para callar o llamar a “entender sus formas” cuando el presidente menciona con nombre propio a periodistas y amenaza con mandarlos a la hoguera. Eso es cierto. Pero aquí escribimos para pensar y para poder seguir mirándonos al espejo con algo de dignidad. Quizás valga todo para ganar la elección, pero al momento de analizar, todavía nos podemos dar el lujo de tratar de entender y de intentar ser un poco mejores.     

sábado, 24 de octubre de 2026

París era una fiesta (publicado el 24.10.26 en www.disidentia.com)

 

La escena transcurre en un liceo francés. Los chicos de la clase tienen 16 o 17 años aproximadamente. Dos de ellos son blancos y el resto son negros y árabes. Los profesores hacen una pregunta simple: ¿quién de ustedes tiene la nacionalidad francesa? Todos levantan la mano. Luego consultan: ¿quién de ustedes se siente francés? Allí la situación gira dramáticamente: nadie levanta la mano. 

La escena es real y pertenece al documental Les Français c’est les autres (Los franceses son los otros, 2015), de Mohamed Ulad e Isabelle Wekstein-Steg, y en algo más de dos minutos expone de manera simple una sociedad partida.

Pero hay más: de repente una chica negra levanta la mano y dice “yo sí me siento francesa”. Paso seguido los profesores le preguntan por qué, qué significa para ella ser francesa, y ella responde “porque en mi cabeza soy blanca”. Dejando de lado este particular caso de transracialismo, lo que la alumna expone en su ingenuidad dice demasiado: ser francés es ser blanco. Tener papeles de ciudadanía, incluso haber nacido en Francia y ser francés de segunda o tercera generación no vale de nada si tienes descendencia árabe o negra.

El resto de los alumnos va tomando la palabra: uno dice ser negro antes que francés; otro ser hindú antes que francés; otro ser argelino antes que francés y la última, una chica, dice que incluso en su casa no hablan francés sino árabe.

¿Esto explica de por sí los estallidos recurrentes en Francia? Desde mi punto de vista, no. En todo caso, lleva a preguntarnos cómo pueden haber fallado las políticas de integración de los actuales campeones de la moral occidental progre y cómo ello, combinado con la exacerbación identitaria de una cultura que instala como valor la diferencia, el victimismo esencial y la acreencia eterna por los crímenes del pasado, contribuye a un combo explosivo.

Dicho esto, reducir los estallidos a “una islamización”, es pereza intelectual o análisis interesado, aun cuando efectivamente muchos de los que participan de la violencia desenfrenada sean franceses musulmanes. En todo caso, el religioso no parece el clivaje principal.

¿Acaso la variable etaria no juega un papel de relevancia que incluso podría conectar el estallido francés con el que se replicó en otros países europeos? La primera generación de jóvenes que sabe que vivirá peor que sus padres, un espíritu individualista que no solo es impulsado desde la derecha sino también desde la izquierda que fragmenta en nombre del Bien y la Justicia Social, y un Estado de Bienestar que se sustenta con impuestos y deuda, pueden dar cuenta, del otro estado, el del malestar. En Argentina tenemos la suerte de que la miseria es más transversal y, sobre todo, que nuestros viejos se cagan de hambre. En Europa, no hay empleo para jóvenes y el que lo tiene cobra 1200 euros y paga impuestos para sostener pensiones que están por encima de esa suma y que, para colmo, la reciben quienes son propietarios y no pagan alquiler. Más que antecedentes de revoluciones en Francia, quizás habría que ir a buscar respuestas a Diario de la guerra del cerdo de Bioy Casares, aquella novela donde hordas de jóvenes salen a cazar viejos porque sí.  

¿Y por qué no plantearlo en términos de lucha de clases? Hemos escuchado muchos análisis que hablaban del estallido de una crisis social. Sin dudas, por las mismas razones que se exponen en los párrafos precedentes, podrá existir algún componente económico, especialmente si a los salarios le agregamos el problema de la vivienda, las dificultades para acceder a educación superior de calidad siendo pobre, etc. Pero no jodamos: aun cuando pudieran existir razones para una protesta, el desmadre es fomentado por un grupo de lúmpenes y marginales, sumados a facciones radicales que buscan sacar una tajada del barullo. Son aquellos que rompen todo siempre, basta observar lo que sucede cuando juega el Paris Saint Germain: si gana rompen todo; si pierde también.

Con ellos se entremezclan estudiantes de clases medias sobreideologizados, aquellos que nos recuerdan aquella reflexión de Pasolini cuando, frente a los disturbios del 68, prefería la policía antes que los burgueses estudiantes, porque entre la policía estaban los hijos de trabajadores. Esto no desvaloriza el reclamo actual seguramente justo de los estudiantes, pero no nos vendan como revolución los saqueos de unos ladronzuelos de poca monta que roban carteras Louis Vuitton casi como una travesura, una estudiantina.

De hecho, no es casualidad que la gran mayoría de ellos haya sucumbido a la tentación de filmarse y exhibir sus trofeos en redes sociales. Ser es ser percibido héroe antisistema porque tiene costo cero e implica reputación. “Ser visto haciendo” anticapitalismo como performance. Pasó incluso en el asalto a Ceuta: muchos lo hicieron como un juego para poder ostentar la aventura en sus redes y ganar unos likes. Así, por lo menos, parecían demostrarlo quienes estaban más preocupados por subir stories, algo que comparten con algunos empleados de las ONG cómplices de la estudiantina. En este fenómeno se puede apreciar con mayor fuerza la presencia del clivaje etario.     

Por cierto, las últimas encuestas parecerían mostrar que el futuro inmediato de Francia se va a dirimir entre las posiciones radicales de izquierda y de derecha, más allá de que Le Pen pica en punta. ¿Se cumplirá el presagio de Houellebecq cuando, en su novela Sumisión, imagina una sociedad entre la izquierda y el islam para oponerse a la derecha? Hoy no hay partido musulmán, pero se podría suponer que el discurso de la izquierda será mejor receptado por los sectores, como se dice ahora, “racializados”. Algo similar sucede en España con la disputa jurídica acerca del voto de los recientemente nacionalizados a través de la llamada Ley de Nietos. El PSOE supone que ese favor se paga en las urnas y por ello promueve la habilitación. La derecha supone lo mismo y por ello se opone.  

Por último, estamos hablando de Francia, pero estamos hablando de Europa. Se dice que habría una cumbre en China hacia finales de noviembre entre Xi Jinping, Trump y Putin, esto es, sin Europa. A propósito, releía un artículo de Curtis Yarvin, el principal referente neorreaccionario, crítico de la democracia liberal y defensor del retorno de las monarquías, que iba en la misma línea de una intervención pública de J. D. Vance quien afirmaba que el principal problema de Europa, antes que Putin, era el progresismo y la forma en que éste minaba los valores que hicieron hegemónico a Occidente.

Según Yarvin, Estados Unidos debía “retirarse” de Europa para que ésta se las arregle sola con Putin. Su hipótesis es que su enfrentamiento con el gobierno autoritario de Putin, acabaría con la máscara de las democracias liberales y obligaría a Europa a retornar a un sistema monárquico en el que los ciudadanos delegan sus derechos políticos en manos del soberano a cambio de paz, seguridad y libertad económica. Tomadas por separado, ninguna de las variables analizadas aquí, explica por sí misma el fenómeno de los últimos días, pero consideradas en conjunto, permiten entender por qué el problema europeo podría ser más interior que exterior.    

Sin embargo, a juzgar por el aumento del gasto en defensa, la hipótesis de potenciales enemigos de Europa es otra y también es cierto que el planteo de Yarvin tiene bastante de provocación. Con todo, si es correcta esta radiografía que expusimos hoy, partiendo desde la paradoja de generaciones enteras de franceses que se sienten extranjeros en su país, el presente y futuro inmediato del Viejo Continente da buenas razones para aquellos que observan el particular fenómeno del lento suicidio de una civilización. Por lo pronto, mientras siguen circulando en cadena las imágenes de grandes ciudades europeas incendiadas y saqueadas, los tres grandes líderes del planeta se reúnen para diseñar un mundo en el que Europa parece no tener ni voz ni voto. París era una fiesta. Hoy ya no lo es.     

 

 

 

 

 

 

viernes, 16 de octubre de 2026

Operación MAMA (17.10.26)

 

El globo de ensayo de esta semana fue la hipótesis MAMA: Massa-Máximo, Máximo-Massa (mientras Freud se nos mea de risa en la cara).

Aunque no resulta inverosímil, sospechamos que, al menos al día de hoy, se trata de una burda operación. Sin embargo, lo que sí es cierto es que Mamá Cristina no quiere a Kicillof y es capaz de elegir un ladrillo antes que aceptar el desafío. De hecho, CFK siempre rompió cada vez que alguien le disputó la interna. Lo que tuvo sentido cuando “había que matar al padre” en 2005 y vencer a Chiche en la Provincia de Buenos Aires, fue menos comprensible cuando, años más tarde, quienes salían a disputarle a ella eran figuras que apenas podrían arrancarle 3 o 4% de los votos (recordemos la aventura de Unidad ciudadana, el rechazo a darle una interna a Randazzo, etc.). En general, y las PASO han ayudado mucho en ese sentido, las elecciones al interior de un espacio o coalición dotan de una mayor legitimidad al vencedor de cara a la sociedad toda. Incluso, muchas veces, cuando hay un ganador seguro, se “inventa” un contrincante débil que presta el nombre para que el favorito obtenga un resultado contundente. Pero evidentemente, esta interpretación no forma parte del manual de conducción política K. Aquí es todos detrás de mí. Al que no le gusta se va. Y si no se va, me voy yo.  

Massa espera agazapado. Es hábil y sabe sacar provecho de este kirchnerismo que es siempre necesario, pero con el que solo no alcanza. Es cierto que conoce muy bien el funcionamiento del Estado, que logró que el país no explotara por el aire cuando se vivía el pimpinelismo de Estado entre CFK y Alberto, y que ha sido mejor candidato que ministro (me cuesta pensar que haya existido algún antecedente en el mundo de un debate público en el que un candidato (Massa) demostrara tanta superioridad en todos los aspectos frente a su contrincante (Milei), por solo citar un evento menor).

Pero con Massa se acaba el kirchnerismo, sea por aniquilación, deglución o lo que fuera. Massa es como el phármakon griego del que hablaba Derrida y del cual deriva la palabra fármaco: es lo que te puede salvar, pero también lo que te puede matar. Probablemente el kirchnerismo lo sepa, pero asume correr el riesgo antes que postrarse frente al osado gobernador de la provincia de Buenos Aires que, además de pretender ser presidente, quiere tomar sus propias decisiones.

En política todo es posible, incluso las resurrecciones, pero es bastante fácil observar una lenta pero indeclinable tendencia del kirchnerismo hacia una existencia, si no testimonial, al menos minoritaria. Es que cuando pasás de ganar con el 54% en 2011 a perder todas las elecciones posteriores (salvo la de 2019), algo anda mal. Ya en 2015 no pudo poner el candidato que quería simplemente porque no lo tenía y porque no lo quiso tener, ya que eso suponía desafiar el liderazgo de CFK. Era preferible mantener la jefatura y poner a alguien a ser controlado o, como sucedió en el período 2019-2023, devenir oficialismo opositor ocupando cajas y cargos sensibles, pero criticando al presidente. El desastre de Macri y la jugada de “volver mejores” corriéndose hacia el centro, sirvió para ganar, pero no para gobernar y aquí estamos. Aun cuando una CFK candidata podría ser competitiva, su situación judicial expone que se trata de una estrategia para obturar cualquier alternativa al interior del espacio. La carta CFK se llegó a jugar incluso para ocupar un cargo insólitamente menor en la provincia cuando Kicillof mostró señales de autonomía, y el próximo paso era ya presentarla como candidata a Consejera escolar de La Matanza. Hoy su carta entra ya en el terreno del simulacro ante la evidencia de que la justicia argentina no permitirá su candidatura. Que ello sea injusto, es otro asunto. La gente quiere vivir mejor: no inmolarse por una persona. Puede ser ingrato, pero es así. El kirchnerismo ha sido ingrato con muchas personas leales también, de modo que conoce bien el sabor de la ingratitud.   

Por cierto, el kirchneismo es raro: cuanto más se radicaliza el discurso y menos se admite la disidencia interna, más alejado está el candidato que se decide apoyar, llámese Scioli, Alberto o Massa. Pero la razón es bastante simple: si te radicalizás, perdés votos y los tenés que ir a buscar con gente que no se parece a vos. Sin embargo, con Alberto pasó algo extraño: las mismas razones por las que fue elegido, fueron las razones por las que fue castigado. Te elegimos por ser diferente y te castigamos por lo mismo. Con Axel la lógica, a primera vista, es parecida: te elegimos por ser igual a nosotros y te castigamos exactamente por ello. Pero esto es solo la superficie: más allá de ser más o menos igual, más o menos diferente, lo que no se permite es el desafío a la jefatura. Cuando esto sucede, públicamente la pelea se presenta en términos ideológicos (Alberto es un moderado operador de Clarín); o morales (Kicillof es ingrato y no va a ver a CFK a la casa). Pero es simplemente una pelea de poder. Y no está mal. Lo que sí está mal, aunque es comprensible, es que nos quieran vender que es por el pueblo, la patria, el combate a la derecha y varias otras razones que no creen ni quienes las pronuncian.  

A propósito de jefaturas: seamos buenos con CFK. El lugar se lo ganó de muchas maneras y, sobre todo, con los votos. Es más: los votos son de ella y no parecen fácilmente transferibles como sucedió en Brasil. Nadie de La Cámpora puede, ni por asomo, capitalizar eso completamente. De aquí la molestia contra muchos dirigentes que recién en los últimos años decidieron pegar el salto y han refrendado en las urnas, al menos como intendentes, alguna credencial más que “ser los protegidos de la Jefa”. Ahora bien, Máximo, con casi 50 años, debería postularse alguna vez a un cargo de peso y encabezando. Porque es evidente que no es menos que sus colegas y, por lo que se ve, hasta puede que sea mejor que la media, pero esto no es un concurso de antecedentes o de experiencias domésticas en las que vivir en la casa de dos expresidentes inclinaría la balanza. La legitimidad te la dan los votos. Todo lo otro ayuda, pero, al fin de cuentas, es la elección de la gente. Una vez más: puede ser injusto, pero en política, una buena parte de tu valía se representa en votos y nadie sabe cuántos votos tiene Máximo. Basta de lapicera, basta de jugar de médium. Votos. Con la herencia que juega favor y en contra: porque si puede encabezar algo es porque se llama Kirchner; y si tiene una imagen negativa altísima para alguien que no ocupó cargos de peso, es también porque se llama Kirchner. Así son las cosas. Uno no elige todo en la vida. Pero hay un cansancio en los votantes y los dirigentes. Basta del paraguas de Mamá. Juegue de una vez.

Por cierto, dejando de lado lo que ya mencionamos como posible operación de la semana, tendría más sentido y coherencia, que más que de vice, Máximo vaya como candidato a gobernador de la Provincia. Allí el sistema electoral que te hace ganador sin balotaje y obteniendo un solo voto más que tu contrincante, lo hace muy competitivo aun con la imagen negativa antes mencionada, y, en caso de victoria, le daría al kirchnerismo garantía de que su bastión queda en familia.

Y ya que hablamos de sistemas electorales determinantes, es probable que el futuro de la elección se juegue en las próximas semanas cuando el gobierno intente avanzar en la suspensión de las PASO. Nada es definitivo, pero si lo logra, el peronismo estará arrinconado y no podrá salir de allí sin una enorme cantidad de heridos. Es que sin PASO, o el kirchnerismo cede y acepta la candidatura de Kicillof, o apoya otro candidato y lo obliga a jugar por afuera, lo cual dividiría el voto y le facilitaría la reelección a Milei con apenas 40%.

Por último, propósito de Kicillof… decídase señor Gobernador. ¿Va a jugar o no va a jugar? ¿Juega contra todo, a plata o mierda, o no? Ya no le pedimos las canciones nuevas: le pedimos alguna definición sobre algo. Si usted es lo mismo que el kirchnerismo, entonces bájese y deje a los originales; y si no es lo mismo indique en qué se diferencia. Esboce una autocrítica, critique abiertamente a CFK y a La Cámpora si es que se lo merecen y, sobre todo, basta de discursos largos e insustanciales con categorías para un mundo que ya pasó. Uno escucha al gobernador y entra en el túnel del tiempo que lo lleva al año 2014. Y eso es mucho tiempo porque el país ya es otro y, sobre todo, porque los argentinos ya no somos los mismos.    

viernes, 9 de octubre de 2026

¿Brasil: ola de derecha o alternancia permanente de los oficialismos? (editorial del 10.10.26 en No estoy solo)

 

Aun asumiendo que ya se ha dicho todo sobre las elecciones del último domingo en Brasil, intentaré aquí hacer énfasis en algunos aspectos específicos para luego evaluar hasta qué punto pueden resultar de utilidad al momento de pensar el caso argentino.

Comencemos por lo más básico haciendo constar que esta pregunta la hacíamos años atrás cuando los que ganaban eran de izquierda: ¿estamos frente a una ola de derecha que ha teñido al continente de azul? ¿O estamos siendo testigos de la incapacidad de los oficialismos para reelegir, de modo que se trata de una alternancia que es de derecha simplemente porque antes teníamos gobiernos de izquierda? El dato en este sentido es elocuente: entre 2000 y 2015 los oficialismos vencieron en 24 de 38 elecciones; en cambio, entre 2015 y la fecha, los oficialismos vencieron en solo cuatro de 26.

No hay respuesta intermedia ahí, pero es cierto que podría haber algo de ambas cosas. La incapacidad que tienen los oficialismos de sostenerse se puede explicar por varias razones; pero al mismo tiempo es cierto que parece haber una derechización de las demandas, o lo que sería más justo, las derechas están sabiendo dar respuestas, al menos desde lo discursivo, a demandas mayoritarias que la ciega deriva ideológica de la izquierda cultural, acomodada e identitaria, desprecia. Esto incluso aceptando que hablar de tendencias claras hacia la derecha o hacia la izquierda suena algo injusto cuando vemos los números más finos. A saber, de las 26 elecciones, 20 tuvieron que resolverse por balotaje, es decir, la fragmentación, tras el declive de los grandes partidos, parece ser la norma. Asimismo, algo menos del 50% de esas elecciones se resolvió por una diferencia menor a cuatro puntos entre el ganador y su principal competidor. En síntesis, incluso aceptando que hubiera tendencias, hay que reconocer que buena parte de las elecciones se definen por un puñado de votos. ¿Cómo debería interpretarse este resultado desde Argentina? ¿Milei debería alegrarse por una supuesta ola derechizadora o preocuparse por la confirmación de la debacle de los oficialismos?

Segundo elemento, en este caso, algo particular de la elección brasileña pero que puede servir como ejemplo para el caso argentino: aun en situación de aislamiento mucho más extremo a la de CFK, Jair Bolsonaro logró transferir los votos a su hijo incluso cuando el expresidente no está preso por corrupción sino por un delito más grave: atentar contra el orden constitucional. Y, sin embargo, todos sus votos (y algo más) fueron para su hijo que públicamente, además, indico que, si le tocara alcanzar la presidencia, buscaría una amnistía o un indulto para su padre. ¿Podríamos imaginar un escenario así en Argentina? ¿CFK pidiéndole a Máximo que sea el candidato y éste afirmando que la primera medida sería, por ejemplo, un indulto para su madre? Intuyo que aquí el paralelismo tiene límites y que ese escenario hoy es más bien remoto. Pero tampoco podríamos descartarlo plenamente. Quién dice… quizás la experiencia bolsonarista, paradójicamente, inspira una nueva estrategia en San José 1111.

En tercer lugar, la elección en Brasil podría confirmar la harto confirmada muerte de la avenida del medio: los escenarios, incluso en los casos donde hay una inicial fragmentación, acaban en polarización y allí parecen sacar provecho los extremos. Una vez más, a diferencia de lo que ocurría décadas atrás, parece más redituable inclinarse hacia una minoría radical que construya desde un núcleo duro, que salir a pescar mayoría de indecisos en el centro. Como varias veces repetimos aquí, si a la radicalidad de Milei se le va a responder con más radicalidad, los Grabois o las Bregman de la vida cosecharán algo más de lo que suelen cosechar. Si, en cambio, interpretamos que lo otro de la radicalidad no es una radicalidad alternativa sino la moderación, se intentará un gran frente con todos adentro (del cual, seguramente se autoexcluirían Bregman y Grabois, si, en este último caso, no le dan los cargos que pide a cambio de su 5%). Aun así, bien vale una posdata: no olvidemos el particular sistema de balotaje que tiene la Argentina, mucho menos exigente que el tradicional y donde 40 puntos puede ser suficiente. En ese esquema, los incentivos para volcarse hacia miradas más radicales o garantizar los “votos propios” son mucho más grandes que para los casos donde hay que superar el 50% de los votos.

Otro elemento a tomar en cuenta, aun cuando no quisiera entrar en análisis demasiado desagregados: pareciera que el voto en Brasil fue mucho más clásico que el de Argentina 2023; que Lula triunfó ampliamente entre los sectores bajos y algunos espacios medios profesionales y sobreideologizados, mientras que Bolsonaro obtuvo el apoyo de las clases acomodadas y los poderes fácticos. Es cierto que en Argentina 2025, el voto pareció distribuirse en esta línea, es decir, como generalmente ha sido, pero no hay que olvidar que el voto a Milei en 2023 fue transversal y con una importante presencia también en clases bajas donde, por ejemplo, el macrismo nunca había podido hacer pie.

En cuanto a las razones, el progresismo que le echaba la culpa al “poder de los medios” cada vez que el resultado no le gustaba, ahora, en otra muestra de pereza intelectual, lo atribuye al algoritmo, la IA, las fake news y otro montón de cosas que, pareciera, solo utiliza la derecha y que, evidentemente, tan determinantes no son porque en la primera vuelta Bolsonaro ganó solo por 2 puntos. En Argentina, ya podemos adelantar el análisis de las elecciones 2027: si gana Milei, habrán sido por los bots de Santiago Caputo, el voto miedo y el hecho de que la gente es tonta; si gana el peronismo, se dirá que, dado que la gente no es tonta, ya no se deja manipular (hasta la próxima elección, donde, en caso de ganar la derecha, la población habrá vuelto a ser tonta y manipulable). Si es cierta la hipótesis de la alternancia, cada cuatro años, entonces, la gente pasaría de ser tonta a racional; de manipulada a empoderada (y viceversa).     

Ahora bien, ¿Lula perdió porque la gente vota con el bolsillo y el bolsillo no andaba tan bien como lo vendían los progresistas foráneos? Ahí hacen falta números más finos, pero evidentemente las diversas perspectivas tienen algo de razón: algunos indican que la dependencia con China reprimarizó a Brasil y que la administración de Lula continuó ese legado, lo cual tiene como consecuencia mayor concentración y menos derrame; también se hace énfasis en el increíble alto nivel de endeudamiento de los hogares. Sin embargo, otros contrastan estos datos con números más que positivos en términos de crecimiento, baja del desempleo, reducción de la pobreza, etc. Con todo, es cierto que, una mayoría de brasileños consideran que las mejoras no han llegado a sus bolsillos. Dicho esto, indicar que el voto a Bolsonaro se debió exclusivamente a la economía, parece, en este sentido, una hipótesis demasiado audaz. ¿Y qué de la Argentina? El gobierno también podría tratar de contraponer algunos éxitos macro con la debacle de la micro y la sensación mayoritaria de que la guita no alcanza. ¿Será en Argentina la variable económica más determinante que en Brasil? Los próximos meses serán clave en este sentido.  

Llegando al final, dos aspectos más: en primer lugar, el efecto Trump. Pareciera que, a diferencia de Europa, todo lo que toca en Latinoamérica lo convierte en oro. Si se confirma el triunfo de Bolsonaro, podrá jactarse de ello, sin dudas. ¿Iniciamos definitivamente un camino hacia la Doctrina Donroe? ¿O acaso el eventual resultado adverso de las elecciones de medio término en EEUU, tras el gran error del ataque a Irán impulsado por Israel, podría hacer de Trump un pato rengo que transmita su renguera a sus socios sudamericanos? ¿Llegará Milei con la espalda de Bessent como sucedió en 2025, o, con el gobierno republicano debilitado y de salida, deberá enfrentar en soledad los problemas de la economía argentina que todavía no ha podido resolver?

Por último, el caso de Lula: ¡qué difícil sigue siendo para los líderes populares de centroizquierda la cuestión de la sucesión! Esta es la séptima vez que el líder brasileño se presenta como candidato a presidente. En caso de confirmarse los números de la primera vuelta, habría perdido 4 y ganado 3. Pero, claro está, cuando intentó transferir votos a su candidato la caída fue estrepitosa. Más allá de ello, Chávez delegó cuando la enfermedad le dijo basta; CFK, cuando la Constitución la limitó, delegó candidatura, pero nunca jefatura; el personalismo de Evo Morales es en buena parte responsable del desastre boliviano actual, y la lista podría seguir con Correa, etc. Es paradójico que los espacios que siempre se jactan de construir proyectos y de brindar transformaciones culturales, acaben siendo fuertemente personalistas. Donde más fresco lo tenemos es en Argentina: el candidato es el proyecto siempre y cuando la candidata no sea CFK, y la dependencia con el líder llega a tal extremo que su sector es capaz de una pirueta jurídica para obturar a cualquier otro candidato que, además de pretender ser presidente, avance en la alocada idea de, también, disputar la jefatura.

Aplicado al oficialismo actual, la pregunta sería si hay proyecto mileista sin Milei, como dejó entrever Patricia “Zelig” Bullrich, cuando dijo que lo que importa era el proyecto. De confirmarse ello, sería el último paso hacia un proyecto anticasta liderado por la casta.   

En resumen, mirarse en el espejo de la elección en Brasil tiene un valor limitado: solo algunas de las lecciones de allí parecen extrapolables más allá de que tanto Argentina como Brasil también responden a tendencias regionales y/o mundiales. Lo cierto es que Latinoamérica se tiñe de azul y la próxima elección presidencial en Argentina puede funcionar como la solidificación de esa tendencia o, probablemente, el inicio de un nuevo ciclo de alternancia que exprese que, apoyada en una objetiva insatisfacción, el único color que elija la gente sea el del cambio permanente.