lunes, 29 de noviembre de 2021

La reacción (publicado el 25/11/21 en www.disidentia.com)

 

Un fantasma recorre Latinoamérica pero no es el del comunismo sino el fantasma de la reacción. Sucedió hace algunos años con Bolsonaro en Brasil y empieza a suceder en el resto de los países tal como había sucedido en Estados Unidos con Trump y en buena parte de Europa. Hay una reacción y se la suele catalogar de “conservadora”, “ultraconservadora”, “populista”, “populista de derecha”, “fascista”, etc. para de esa manera abonar el pánico moral biempensante. Cada caso merecería un análisis particular pero en general se trata de irrupciones de personajes carismáticos, outsiders de la política, moralmente conservadores, que emergen meteóricamente por la crisis de representación y el hartazgo frente a partidos tradicionales que no dan respuestas, si bien su enemigo predilecto es una izquierda arcoíris e identitaria que ha sepultado a su sujeto histórico para intentar abrazar una suma infinita de reivindicaciones minoritarias.   

Sin ir más lejos, días atrás se celebró la primera vuelta de las elecciones en Chile cuyo resultado determinó que el conservador José Antonio Kast con el 28%, y el izquierdista Gabriel Boric con el 26% resuelvan la elección en un balotaje. Quienes hasta hace unos meses querían hacernos creer que un “Nuevo Chile” se había establecido a partir de las protestas sociales de 2019 originadas por el aumento del boleto de metro, no revisan sus pronósticos sino que se dedican a asustar diciendo que viene el Cuco. Y efectivamente vino. Pero antes que el susto y la indignación siempre es mejor tratar de comprender “la reacción”. No se trata de “la irrupción del mal” en sí sino de una respuesta a, en el caso de Chile, propuestas de centro derecha y centro izquierda que en general se parecen demasiado. Así, aun cuando los sistemas presidencialistas con balotaje estén diseñados de modo tal que sea prácticamente imposible que una opción radical alcance la presidencia, lo cierto es que el caso Bolsonaro y el caso Trump (donde el balotaje se da de hecho porque compiten solo dos fuerzas importantes) ha demostrado que el diseño institucional no alcanza. De repente entonces el cuento que mostraba una continuidad entre el conflicto social de 2019 y la creación de una asamblea constitucional presidida por una líder mapuche, choca con una elección en la que se eligió a Kast, un hijo de inmigrantes alemanes que se afincaron en la zona de Paine, padre de nueve hijos e hijo de un soldado alemán que fue convocado para formar parte del ejército nazi. Kast defiende “valores de la familia” frente al “lobby LGBT y los pro-aborto”, políticas restrictivas frente al ingreso de la inmigración ilegal (especialmente contra bolivianos y venezolanos), un programa liberal en lo económico y sobre todo el restablecimiento del orden social hacia dentro y en las fronteras. En este último punto, Kast, el candidato que afirma que a diferencia de lo que sucede en Cuba, Venezuela o Nicaragua, de la dictadura en Chile se salió con elecciones democráticas, sienta posición en el conflicto por las tierras con la comunidad indígena mapuche. De hecho, donde está el eje del conflicto, en la región de la Araucanía, sur de Chile, Kast se hizo enormemente fuerte y obtuvo el 42% de los votos. También estuvo por encima de su promedio (que baja en la capital Santiago) en la región de Tarapacá, zona norte del país, donde hay conflictos por la inmigración de ciudadanos de países vecinos.

Con mucho menor peso político, al menos por ahora, un caso análogo se registró en las elecciones realizadas en Argentina el último 14 de noviembre. Allí no fueron presidenciales sino legislativas pero irrumpió desde la nada la figura del economista Javier Milei quien ingresó como diputado nacional tras obtener el 17% de los votos en la Ciudad de Buenos Aires. Si bien quedó tercero detrás de la coalición de centro derecha que obtuvo un 48% y la coalición de centro izquierda que obtuvo un 25%, lo curioso es que Milei llegó a ese porcentaje sin ningún tipo de estructura política y haciéndose conocido por un estilo confrontativo, radicalizado y extravagante: por momentos parece una estrella de rock, se reivindica anarcocapitalista defendiendo un libertarismo a ultranza que entre otras cosas llama a quemar el Banco Central para que los populistas dejen de emitir billetes, y, amenaza acabar con la “casta política”.

¿Es Milei un fenómeno de viejos avinagrados pertenecientes a clases altas de los grandes centros urbanos? No. De hecho, su mayor caudal de votos lo obtuvo gracias al voto joven y es sorprendente cómo muchos de quienes lo circundan son influencers e youtubers que suben videos que tienen millones de visualizaciones donde su principal adversario es la cultura progresista. Si la experiencia del peronismo kirchnerista entre 2003 y 2015 había encolumnado a miles de jóvenes detrás de la idea de que la salida era comunitaria y que el héroe debía ser colectivo, hoy buena parte de la juventud argentina, harta de la crisis y del “No future”, se pone la careta del Joker, y encuentra en el discurso individualista y anticasta política una bandera de rebeldía frente al progresismo de la corrección política que pretende establecer cambios de arriba hacia abajo de la mano de tecnócratas sociales. Es más, Milei estuvo por encima de su promedio en las comunas más pobres de la ciudad de Buenos Aires y por debajo de su promedio en las comunas de “clase media ilustrada”. Esto significa que, como ha sucedido en otras partes del mundo, hay un discurso de derecha que está interpelando a las mayorías, especialmente sectores de trabajadores precarizados, que observan que la agenda de la izquierda ya no los tiene en cuenta porque ante el reclamo de progreso, seguridad, futuro y mejores condiciones laborales la única respuesta que se ofrece es mayor deconstrucción.

Si bien el caso de Milei en particular es asombrosamente popular entre los más jóvenes, a tal punto que es capaz de convocar cientos de ellos en encuentros en plazas para hablar de los principios económicos de la Escuela económica austríaca, me permitiría decir que la sociedad argentina no ha devenido anarcocapitalista o minarquista (como le gusta calificarse al propio Milei en todas sus intervenciones) sino que es su discurso anticasta política y sus características personales las que resultan más atractivas para una porción del electorado. Con todo, es verdad que, al menos en Argentina, el episodio pandémico fue el caldo de cultivo para que ese tipo de discurso se esparciese. Es que en un país que no crece hace 10 años y que continúa con la inflación del 50% anual que legó el gobierno de centro derecha liberal de Macri, las medidas de restricción de la circulación hicieron que la economía cayera 10% en 2020 pero, sobre todo, crearon una sensación de que los empleados públicos que podían quedarse en casa eran privilegiados. A esto cabe agregar que el actual gobierno socialdemócrata con un núcleo duro peronista como centro, no hizo lo suficiente para ayudar a quienes más padecieron y sobre todo a aquellos sectores medios formales e informales que tuvieron que salir a trabajar poniendo en riesgo la vida.

En un clima político tan cambiante, es imposible pronosticar. En el caso de Chile, la elección está cabeza a cabeza y entre los perdedores hay candidatos de derecha y de izquierda cuyos votos pueden ir hacia un lado o hacia el otro. Será un final cerrado. En el caso de Argentina, el futuro de Milei, tercero en la ciudad capital que cuenta con 3 millones de habitantes sobre un total de 45 millones, resulta todavía mucho más difuso de cara a las elecciones presidenciales de 2023. En todo caso, la única vía posible para que Milei tenga posibilidades ciertas de hacerse con un cargo de peso en dos años está atada a la interna de la coalición de centro derecha que hasta hace dos años lideraba Mauricio Macri y que tiene sectores de una derecha que va más hacia el centro y una derecha que comienza a radicalizarse. Pero hablar de esto ahora es pura especulación. Lo importante es que, más allá de una elección o un resultado circunstancial, cada sociedad, casi de manera calcada, está girando hacia posiciones reaccionarias en el sentido estricto del término, esto es, está reaccionando contra algo. Que la reacción sea monstruosa y por momentos asuste, antes que generar pánico o indignación, debería hacernos replantear la magnitud de la monstruosidad contra la que se está reaccionando. Algo se debe estar haciendo mal para que las mayorías hoy se sientan representadas por estas perspectivas. En vez de enojarse, cancelar, subestimar o catalogar como “fascismo”, aun cuando muchas veces anide en estas opciones algún germen de aquéllo, más bien cabría preguntarse qué es lo que está haciendo que las opciones que van desde la centro derecha a la centro izquierda carezcan de programas que representen a las mayorías. Si la vieja máxima marxiana decía que había que dejar de interpretar el mundo y transformarlo de una vez, hoy no vendría mal hacer lo contrario y pedirle a las elites que imponen sus transformaciones, en muchos casos detrás de buenas causas pero de manera fuertemente autoritaria, una mínima reflexión que les permita, antes, entender e interpretar correctamente el mundo que pretenden transformar. De lo contrario, quien se sorprenda ante las reacciones habidas y por haber será, en el mejor de los casos, cándido, y, en el peor de los casos, cómplice.           

 

martes, 23 de noviembre de 2021

Esperando el día 100 (editorial del 20/11/21 en No estoy solo)

 No hay hechos, solo interpretaciones. No hay elecciones, solo expectativas. Podríamos incluso jugar intercambiando el orden y decir que no hay hechos, solo expectativas, y que no hay elecciones, solo interpretaciones. Como sea, saturados de análisis y atormentados de sentido, los resultados del último domingo parecen quedar en un segundo plano para ser casi una anécdota.

En todo caso esos resultados otorgan la legitimidad formal para los cargos pero nada más que eso. No es poco pero quien crea que todo termina allí se equivoca. El dato duro es que el oficialismo perdió a nivel país por casi 9 puntos, que cayó en todas las provincias grandes, incluso en la de Buenos Aires, y que apenas hizo pie en Tierra del Fuego y el norte del país. Sin embargo, ante una expectativa de paliza demoledora, la oposición tuvo un triunfo con sabor a poco y el gobierno vivió la derrota como una victoria. Y esto va más allá del hecho de que el gobierno sostenga la primera minoría en diputados y de que, si bien perdió el quórum en el Senado, se descuenta que tendrá las herramientas para alcanzarlo. Va más allá porque desde el gobierno piensan que si después de una pandemia que se cargó a todos los gobiernos nacionales del mundo y de una gestión que ha dejado mucho que desear, se obtiene un tercio de los votos, con mejorar un poco y con una economía que rebote desde el subsuelo, la posibilidad de pelear el 2023 está a mano. Claro que más optimistas podrían ser los opositores con esa misma lógica. Es que con todo a favor hicieron un pésimo gobierno, el cual terminó hace menos de dos años. Y sin embargo tienen un piso de más de 40%. ¿Ustedes se imaginan lo bien que les iría si hubieran acertado con alguna medida?

Por otra parte, merecería un artículo aparte la risueña discusión acerca de ganadores y perdedores que estableció Alberto Fernández cuando llamó a festejar el triunfo el día de la militancia. Como estrategia para cambiar el eje de la discusión ha sido enormemente efectiva, más allá de que el precio que se puede pagar es el de una sociedad que vea al presidente fuera de la realidad. Pero al fin de cuentas, fue la estrategia que utilizó Macri y fue bastante efectiva también. Seguramente, esta nueva lógica comunicacional del gobierno va en la línea del duranbarbismo posmo que adoptó después de septiembre cuando todo lo que se ofrecía era una campaña afirmativa por un “Sí” tan lavado que podía encajar casi en la lista de objetivos de cualquier partido. De hecho, la idea de ir a festejar el miércoles a la plaza un triunfo que no fue está en la línea de un aprendizaje pospandémico: gobierno que dice que “no” a algo pierde. Así que hay que “dejar hacer”. La libertad copó la agenda y cualquier impedimento, sugerencia u, obviamente, obligación, será visto como un ejercicio de la violencia. De modo que no importa por qué pero salgan y festejen. Prohibido prohibir. Basta de “cuidate” o “quedate en casa”. Salí y matate si querés. Basta de “No”. Todo “Sí”. Ahora la fiesta. ¿Perdimos? ¿Qué importa? Hay que festejar.

Ahora bien, mientras otra parte del gobierno intenta justificar la ficción triunfalista hablando de un “empate técnico”, como si el resultado de una elección fuese lo mismo que el margen de error de una encuesta, la oposición patalea como un chico al que los padres no le llevan el apunte. No le alcanza con los números. Quiere que le digan que ganó. No le alcanza con la realidad. Necesita ser protagonista de la ficción. Los hoy periodistas opositores que dos años atrás utilizaron el mismo insólito argumento del “empate técnico” cuando el derrotado fue Macri, o la boludez del juego de palabras de los que ganan perdiendo o pierden ganando, ahora se indignan porque el oficialismo les da un poco de su propia medicina. “Querían ficción y les di ficción” podría decir el propio Alberto Fernández que está como Penélope tejiendo y destejiendo soñando con que le llegue por fin el día 100.  

Y ésa parece ser la lectura que hace el gobierno del momento poselecciones. Hasta aquí, diría Alberto, goberné 99 días y al día 100 llegó la pandemia. La consecuencia de la pandemia fue la derrota en las elecciones de septiembre. El tránsito desde las PASO hasta las generales ya empieza a mostrar signos de recuperación. Por lo tanto, tengo una segunda oportunidad que coincide con mis últimos dos años de mandato. Ha llegado mi día 100.

Si la mejora en la provincia de Buenos Aires obedeció al trabajo de los intendentes que fueron a buscar a los votantes desencantados que se habían quedado en casa en las PASO, al pánico al regreso de Macri y/o a la simple razón de que el alejamiento de la pandemia nos predispone mejor, es otro tema y al gobierno no le impedirá sostener la esperanza de recuperación.

Pero la llegada del día 100 como el día del relanzamiento tiene dos interrogantes: el primero es cómo llega el Frente internamente a ese día. Porque cómo está el país ya lo sabemos. Lo que no queda claro es cómo está el Frente. O sí lo sabemos y las noticias no son buenas porque el equilibrio es inestable y las razones que en su momento fracturaron el campo popular están allí presentes, agazapadas. Si bien todos los actores parecen haber entendido que todo está permitido menos la ruptura, es evidente que la unidad hoy es condición necesaria pero ya no es suficiente para garantizar el triunfo. Estas internas, a su vez, generan enormes dificultades en la gestión que han quedado en evidencia en estos dos años. Es que la lógica del loteo de cargos, secretarías, etc. en manos de los distintos espacios, antes que generar un equilibrio generó inmovilidad. Está equilibrado porque no se mueve, lo cual es la peor forma de los equilibrios. 

El segundo interrogante es cuándo llegará el día 100: ¿vendrá con el llamado al diálogo con una oposición con pocos incentivos para acordar con un gobierno perdidoso? ¿Vendrá después del eventual acuerdo con el FMI? ¿Llegará antes del 2023? La quietud de los primeros 99 días es una mala señal que se acentuó con la desgracia de la pandemia. Pero lo cierto es que los votantes del gobierno y, por qué no, la Argentina toda está esperando el día 100 de Alberto. El gobierno necesita que llegue rápido pero viene lento como el mítico General Alais que Alfonsín esperaba para poner orden en Semana Santa. Hay quienes incluso creen que nunca va a llegar como el Godot de Beckett, que lleva a quienes esperan a realizar todo tipo de acciones vanas y dramáticas mientras aguardan; o, peor aún, como el Diego de Zama de Di Benedetto que ve pasar la vida esperando la carta del rey para conseguir el tan preciado traslado que nunca llega. A propósito, recuerdo el trágico final de Zama y esa frase categórica que el protagonista da a los captores que buscaban tesoros. Zama les dice que viene a hacer lo que nunca hicieron por él, esto es, viene a decirle “no” a sus esperanzas. 

No me considero en condiciones de indicar si esta frase de Zama aplica a la situación de Alberto y a la llegada del día 100, y menos aún me considero facultado para indicarles si hay que tener o no esperanzas, algo, por cierto, bastante subjetivo. Pero más allá de la hojarasca y el juego de expectativas e interpretaciones, vitales para la política, en algún momento la realidad dirá si el día 100, esto es, si el prometido gobierno de Alberto comienza, o será un gobierno de 4 años que nunca pudo salir del día 99. Si el día 100 llega, entonces, el gobierno será evaluado sin excusas por las urnas en el 2023; pero si ese día no llega, en 2023 las urnas hablarán también. 


sábado, 20 de noviembre de 2021

“Un poco peor”: lecciones de la vida pospandemia (publicado el 11/11/21 en www.disidentia.com)

 Durante más de un año se hicieron todo tipo de pronósticos respecto a qué ocurriría una vez terminada la pandemia. Los principales pensadores del mundo hicieron sus reflexiones inmediatas y ninguna de las fantasías distópicas estuvo ausente:  desde la extinción humana hasta una vida en la que deberíamos acostumbrarnos a vivir como astronautas en la Tierra. Políticamente hablando, los pronósticos avizoraban la imposición de un modelo de capitalismo autoritario cuya referencia sería China o la mismísima muerte del capitalismo en un mundo donde, de repente, surgiría una conciencia mundial colaborativa entre los humanos y en relación a la naturaleza. Los diarios anunciaban revoluciones inminentes pero allí no había análisis sesudo y racional, sino solo la ansiedad que provoca ser protagonistas de un suceso único. Que el hombre nuevo no surgiera de una acción revolucionaria sino de una fatalidad biológica era un detalle. El sueño de ser otros a nivel planetario era lo suficientemente excitante como para sostenerlo mientras el virus seguía haciendo estragos y nadie sabía cuál era el contenido de la normalidad nueva pero la deseábamos por el simple hecho de ser la novedad.

Sin embargo, hay voces lúcidas en el presente. Por ejemplo, en mayo de 2020, el escritor francés Michelle Houellebecq publicó una carta titulada “Un poco peor” que, en su título, logra condensar el modo en que saldremos de la pandemia. Más allá de la zozobra inicial, las cosas se acomodarán y saldremos adelante golpeados, preocupados, con algunos familiares menos, castigados económicamente, pero saldremos; se acelerarán los cambios tecnológicos que nos deshumanizan en medio de una muerte que se ha vuelto burocrática, aséptica y sin testigos, pero no mucho más. Eso es todo. Sin grandes estridencias. Solo un poco peor.   

Sin embargo, también hubo voces lúcidas en el pasado y estoy hablando de un escritor británico que ya hemos mencionado en este espacio: J. G. Ballard. En su momento, hablando de la pandemia, habíamos comentado el cuento “Unidad de cuidados intensivos”, publicado en 1977, donde se contaba la historia de una familia cuyo vínculo se hacía exclusivamente a través de pantallas. Así el protagonista afirma: “Mi propia crianza, mi educación y mi ejercicio de la medicina, mi noviazgo con Margaret y nuestro feliz matrimonio, todo ocurrió dentro del generoso rectángulo de la pantalla del televisor”. Literalmente.

Pero yo quería referirme a dos historias del último libro de cuentos que Ballard escribiera en 1989: se trata de “El espacio inmenso” y “El parque temático más grande del mundo”. Si “Unidad de cuidados intensivos” era capaz de describir el futuro de una interacción humana en la que se naturalizaría la falta de todo contacto físico y cada vínculo estaría mediado por una pantalla, en estos dos cuentos pueden aparecer algunas de las consecuencias pospandémicas, bastante menos delirantes que las que propusieron las grandes plumas de la actualidad.

“El enorme espacio” es un cuento difícil de interpretar o, en todo caso, es un cuento cuya interpretación es abierta. Un hombre, de repente, decide no salir más de su casa. No estaba loco ni deprimido. Tampoco era perseguido. Tenía los problemas de cualquier mortal pero no muchos más:

“Comprendí que podía cambiar el rumbo de mi vida mediante un único acto. Para acallar el mundo y resolver todas mis dificultades de un plumazo, disponía de la más simple de las armas: la puerta de la calle. (…) Mi intención no fue separarme solo de la sociedad que me rodeaba. Con ello, rechazaba a mis amigos y colegas, a mi contable, a mi médico y a mi abogado y, sobre todo, a mi exesposa. Cercenaba toda conexión práctica con el mundo exterior. Jamás volvería a cruzar la puerta de calle”.  

Pasó un mes, luego otro y otro. La comida de la heladera ya se había acabado así que decidió cazar las mascotas desprevenidas de los vecinos que atravesaban su jardín. Con todo, el hambre cada vez era menos problema pues lo que parecía estar haciendo el personaje es un viaje hacia su interior. No casualmente Ballard fue el que alguna vez señaló que la ciencia ficción debía dejar de ocuparse de los extraterrestres y los vuelos interplanetarios para ocuparse del hombre y de la conciencia. Allí hay viajes más largos e insondables que hacer.

El jefe y su secretaria dejaron de llamarlo. Apenas algunas cartas de intimación por la falta de pago de los servicios llegaban a su puerta pero no mucho más. Con el paso del tiempo, el plan de desconexión con todo lo exterior estaba siendo exitoso y allí fue que empezó a sentir que la casa se hacía cada vez más grande:

“Ya puedo sentir que las paredes de la cocina se están distanciando de mí (…) ¿Cuánto tiempo más puede durar esta expansión? (…) las paredes de esta estancia otrora minúscula ya constituyen un universo por sí solas. El techo está tan lejos que debajo de él podrían formarse nubes”.   

A diferencia de lo que intuitivamente pudiéramos imaginar, el estar encerrado no hizo que la casa “se achicara” o “se le viniera encima”. Más bien lo contrario: tomar la decisión del encierro y comenzar un viaje interior, reflexivo, acerca de qué cosas le incomodaban del mundo exterior, generó una “disociación espacial”. La casa podría ser chiquita pero el interior de la mente es infinito y cada vez más grande. Cerrando la puerta por siempre, metiéndose para adentro, el protagonista ganó un espacio inmenso que va más allá de los límites objetivos de una casa. ¿Acaso no podemos pensar que un sentimiento similar podría haber sido compartido por muchas de las personas que a lo largo del mundo debieron permanecer encerradas en medio de la pandemia? ¿Cuántos viajes interiores impulsó el coronavirus?

Por otra parte, en el segundo cuento mencionado, “El parque temático más grande del mundo”, Ballard hace una crítica mordaz al espíritu europeo sin fronteras en el contexto de avance y consolidación de la Unión Europea:

“En efecto, solo en el otoño de 1995 los economistas de Bruselas se resignaron a la paradoja que ningún gobierno anterior había querido admitir: contrariamente a la ética protestante, que había fracasado miserablemente en el pasado, cuando menos trabajaba, más próspera y satisfecha se veía Europa”.

 

Esta evidencia se tradujo en una verdadera rebelión de los turistas. Primero fueron algunos miles de turistas franceses, británicos y alemanes que descansaban en la Costa Azul y la Costa del Sol los que decidieron no tomar sus aviones de regreso. Habían imaginado pasar un mes allí pero luego decidieron continuar descansando en sus hoteles caros. Al tiempo, los “turistas exiliados de forma permanente” ya habían sobrepasado el millón y el número no paraba de subir. Los más jóvenes, con algo de espíritu hippie decidieron dormir en la playa y hasta algunos se dedicaron a realizar robos menores. El resto pidió ampliación de gastos de su tarjeta de crédito y créditos a los bancos para continuar con su vida de ocio.

En este contexto Ballard se pregunta irónicamente si Europa estaba a punto de conducir a una nueva revolución y lo cierto es que comenzaron las revueltas en Málaga, Mentón y Rímini. Es que los hoteleros no podían tolerar más a estos okupas VIP y la policía intervino. Sin embargo, los meses de playa habían hecho que la mayoría de estos turistas pasara su tiempo libre haciendo ejercicios de modo que su fortaleza física era envidiable y lograron repeler el avance de las fuerzas de seguridad.

La información echó a correr y ya eran varios millones los turistas que habían invadido las playas a tal punto que nadie quería visitar el Louvre ni el palacio de Buckingham. La caída en las visitas fue tal que surgió la posibilidad de que fueran vendidos a una compañía hotelera japonesa.

Por otra parte, la masividad hizo que aparecieran liderazgos y organizaciones que primero optaron por modelos democráticos pero luego acabaron estructurados detrás de una lógica autoritaria. La situación llegó a tal descontrol que en 1996 la Asamblea de Estrasburgo decretó la clausura de las playas y la prohibición del bronceado y de cualquier tipo de ejercicio físico fuera del ámbito laboral. La consecuencia fue inmediata: los turistas exiliados construyeron barricadas con autos abandonados en las playas, fortificaron las entradas de los hoteles y establecieron equipos de buceo para comer buen pescado al tiempo que por las noches, estos vándalos de clase alta, avanzaban hacia el interior para llevarse ovejas y saquear las plantaciones. 

“El primer conflicto abierto, en Golfe-Juan, fue característicamente breve e indeciso. Puede que la policía esperara de forma inconsciente la llegada del Emperador, tal como había ocurrido tras su huida de la isla de Elba, el caso es que no consiguió hacer frente a la agresiva brigada de morenas madres desnudas que, entonando cánticos ecologistas y lemas feministas, avanzaban sin titubear sobre el cañón de agua. Comandos de dentistas y arquitectos se pavoneaban por las calles estrechas lanzando sus patadas de karate más feroces en lo que parecía la exhibición de una nueva tradición popular que atraía a multitudes inmanejables de turistas norteamericanos y japoneses de sus hoteles de Cannes”.

Tras este episodio, Ballard concluye que Europa, cuna de la civilización occidental, había dado a luz al primer sistema totalitario combinado con el ocio. Dicho esto, podemos regresar a las predicciones que prestigiosos pensadores hicieron, especialmente durante el 2020, y preguntarnos si estamos más cerca del fin del capitalismo o de una porción cada vez más creciente de personas que de repente siente que estaba mejor encerrada en su casa, lejos de toda interacción con el mundo. En este mismo sentido, ¿qué es más probable? ¿Que la pospandemia nos lleve a un sistema de cooperación y ayuda mutua o a una explosión de turistas con síndrome de abstinencia que tras experimentar el home office y la finitud de la vida se lancen a una carrera delirante de hedonismo, ocio y disfrute cueste lo que cueste? 

Entonces quizás no protagonicemos tiempos de grandes revoluciones, ni de héroes. Menos aún de una nueva moral que nos haga mejores. Apenas seremos testigos de una gran mayoría que hará lo que pueda para sobrevivir y de muchos otros que, vaya uno a saber, puede que profundicen en la exploración solitaria del espacio enorme de su conciencia o se abandonen a una vida de disfrute sin límites exigiendo el derecho a consumir todo lo que se pueda, lo propio y lo ajeno. Nada muy distinto de lo que hay. Apenas, quizás, un poco peor.         


lunes, 8 de noviembre de 2021

La lección de Batman: del candidato que necesitábamos al candidato que merecemos (editorial del 9/11/21 en No estoy solo)

 

Dado que resulta difícil imaginar un cambio demasiado importante en el comportamiento electoral, hay tres escenarios posibles para las elecciones del 14 de noviembre: la oposición estira algo más la ventaja, el gobierno se acerca tras lograr que muchos de los que no votaron en Provincia de Buenos Aires lo hagan, o el resultado se repite. La pregunta que surge de aquí es si alguno de estos escenarios alterará las decisiones que vaya a tomar el gobierno. La respuesta es, como ustedes se pueden imaginar, “no sé”.

El manual diría “a grandes derrotas, grandes cambios”. En este punto tenemos el antecedente inmediato de las PASO: fue una gran derrota para el gobierno a tal punto que hasta pareció tambalear la estabilidad de la coalición. Sin embargo, ¿se pegó el golpe de timón? Se mejoró el Gabinete y tanto a nivel nacional como a nivel Provincia de Buenos Aires se le dio a gobernadores y a intendentes, respectivamente, mayor protagonismo como estrategia para traer votos. Pero decir que esto ha sido un giro radical es una tontería si bien, para ser justos, es imposible pedirle a un gobierno que en menos de dos meses se transforme, de manera creíble, en lo que la mayoría de sus votantes le piden. Lo cierto es que el diagnóstico de que faltó dinero no tuvo como correlato políticas novedosas en ese sentido: Feletti parece estar bastante solo en una disputa que, todos sabemos, es necesaria pero es un parche ante la estampida de precios; se había anunciado un bono para jubilados que nunca llegó y se dejó entrever la llegada de un nuevo IFE que tampoco se materializó. La falta de picardía en ese sentido es total: se hace un anuncio claramente electoralista, se genera expectativa en un sector de la población que necesita el dinero y se paga el precio de ser acusado de populista y demagogo. Sin embargo, luego el anuncio no avanza y entonces seguís quedando como un populista, se te agrega el adjetivo de “incapaz” o “mentiroso” y defraudás a quien había depositado esperanza. Frente a eso no hay campaña zonza del “Sí” que pueda ayudar, menos si en esa campaña del “sí” lo único que ofrecés específicamente es “Ley de humedales” y alguien que diga “Sí, re” para ver si con el “re” se le quita a Milei y a su veleidoso castatómetro algún voto joven.      

Por otra parte, no hace falta ningún manual para afirmar con cierto grado de certeza que un gobierno al que le ha costado cambiar y al que le ha costado tener el termómetro de la calle, difícilmente decida transitar otros caminos si su performance mejora ostensiblemente. Y no hablo de ganar la elección. Con emparejar la Provincia de Buenos Aires y no perder el quórum propio en el Senado, el gobierno tomaría la elección como un triunfo de cara a la opinión pública, lo cual no estaría mal. El problema es que se lo crea y haga el mismo diagnóstico puertas hacia adentro. ¿Cuál sería la explicación que ofrecería el oficialismo? Se adjudicaría la derrota de las PASO al mal clima de la pandemia y se afirmaría que ya se empiezan a ver los brotes verdes de la Argentina prometida. Humildemente, me permito dudar de ese escenario electoral. Especialmente porque no ha habido ninguna mejora económica relevante en ningún aspecto entre las PASO y esta elección. Lo que sí puede ocurrir es que el factor “terror” que supone el regreso del macrismo haga que muchos de los que ni siquiera se tomaron el trabajo de ir a votar, vuelvan a apoyar al FDT aun tapándose la nariz. Si eso sucede, sumado a que intendentes y gobernadores prometen hacer el trabajo sucio de ir casa por casa a acercar votantes, hay allí una buena cantidad de votos para sumar. Por qué no lo han hecho antes es un misterio (o no tanto). Pero como indicábamos algunas líneas atrás, ya que vas a pagar el precio de que te digan “demagogo y populista” sin serlo, puede que alguien en el gobierno entienda que es momento de serlo y poner a disposición del votante desencantado todos los medios disponibles para que vote.

Por último, está la posibilidad de un escenario electoral similar al de las PASO. Ante esta situación es probable que el gobierno realice los mismos movimientos que supondría una derrota más holgada aunque, claro, en este caso se tomaría un poquito más de tiempo.

Trazado el panorama, y si dejamos a un lado la posibilidad de una mejora en la performance que pudiera quitar incentivos al gobierno para un cambio importante, el escenario de derrota más holgada o derrota similar a las PASO demandaría cambios. En todo caso lo que variaría sería la velocidad en la que debería realizarlos. Dicho esto la pregunta sería para dónde irán esos cambios. Y allí también la respuesta es “no sé” pero lo más importante es que no queda claro que sea el gobierno el que lo sepa. Y aquí me quiero detener porque quizás la decisión sobre qué camino tomar esté menos dada por Alberto que por CFK, en el sentido de que cuesta imaginar al kirchnerismo acompañando acríticamente a un gobierno de Alberto que en su falta de rumbo transite erráticamente hasta el 2023. Como alguna vez indicamos en este espacio, dudo que sea CFK, por su perfil institucionalista, la que decida quebrar la coalición (más bien son algunos antikirchneristas que ocupan el gobierno los que sueñan con esa hipótesis sin comprender que eso supondría un gobierno incapaz de sostenerse). Pero al mismo tiempo me pregunto qué estrategia puede llevar adelante CFK si Alberto sigue dilapidando el caudal de apoyo popular que supo construir el espacio kirchnerista durante doce años. Especialmente porque, y esto cabe aclararlo, CFK tiene una enorme responsabilidad por la decisión de poner allí a Alberto y por ser nada menos que la vicepresidenta de un gobierno que se parece bastante poco al que ella lideró. En este sentido, traigo a colación la película de Christopher Nolan: Batman, El caballero de la noche. Específicamente en la escena final, en la que Batman pasa de héroe a perseguido, se da un diálogo entre James Gordon, el agente del Departamento de Gotham City interpretado por Gary Oldman, y el niño al que se le dice que Batman es el héroe que nos merecemos pero no el que necesitamos ahora. De aquí que acaben persiguiéndolo. Ese intercambio tiene una fuerte lección política que puede servir para comprender los dilemas de la Argentina actual. Porque la Argentina, o al menos los votantes del kirchnerismo, creían en 2019 que Cristina era la presidenta que se merecían pero no la que se necesitaba para ganar la elección. El punto es que tras una derrota que hizo que el caudal de voto se redujera al núcleo duro k e incluso un poco menos también, sectores del kirchnerismo comienzan a preguntarse si Alberto sigue siendo el presidente que se necesita. Esa pregunta ya de por sí es dramática e inaugura una discusión. Pero hay algo que es peor: hay quienes dicen, no sabemos si con ironía, que, finalmente, puede que Alberto sea el presidente que nos merecemos.       

jueves, 4 de noviembre de 2021

Pinchar la burbuja (publicado el 28/10/21 en www.disidentia.com)

 

Aun a riesgo de una extrema generalización, podría decirse que la actualidad nos está ofreciendo un cambio de paradigma en relación a la información en tiempos de internet: ya no hay que develar una verdad que permanece escondida porque ya no hay nada oculto y todo está a la vista y disponible para el usuario. ¿Que todo sea mostrado hace más fácil la búsqueda? Al contrario. La hace más difícil porque la tarea es reconocer qué de todo lo que está a la vista es relevante. Casi como se lo plantea Borges en su cuento “La biblioteca de Babel”, la posibilidad de una biblioteca que contenga todos los libros existentes pero también los posibles, está lejos de ser la panacea del investigador o del buen lector. Más bien lo que genera es la frustración ante una totalidad inabarcable que hace que la tarea sea imposible. ¿Por dónde empezar a buscar el libro o el dato que nos interesa en una biblioteca o en una web que es infinita?

La respuesta podría ser el algoritmo que orienta nuestras búsquedas y nuestros hallazgos en función de la información que nosotros mismos le hemos brindado en anteriores búsquedas. Pero allí aparece el otro riesgo: la burbuja. Efectivamente, creemos que navegamos libremente por la web pero naturalmente caemos rápidamente en burbujas donde hay cámaras de eco, sesgos de confirmación y donde nos hacemos dependientes de “la hinchada propia” que nos premia con sus “like”. Así, de repente, sin darnos cuenta, creemos que nuestra burbuja representa la realidad y, paso seguido, cuando confrontamos con la misma, las sorpresas y las decepciones suelen ser importantes. Si lo aquí indicado describe el día a día de los usuarios comunes, debería decirse que no es muy diferente la situación de los medios tradicionales o los periodistas consagrados. A propósito, este fenómeno me recuerda un antecedente no del todo conocido que une a Argentina y a España.

Se trata del caso del fraile Francisco de Paula Castañeda, nacido en 1776 en Buenos Aires, de madre porteña y padre andaluz, quien muy jovencito ingresara a la orden de los franciscanos. Su formación eclesiástica se realizó en la provincia de Córdoba (Argentina) pero algunos años después de ser ordenado sacerdote es enviado a una Buenos Aires que en 1806 y 1807 resistiría las invasiones inglesas. Castañeda celebraría la acción de defensa de los locales y, tiempo después, tras la captura de Fernando VII, sería  uno de los que va a apoyar la independencia del que para aquel entonces era el Virreinato del Río de la Plata. En 1810 la revolución se produce pero Castañeda encuentra razones para preocuparse por el sendero que ésta transitaría. En particular, observa que la misma está tomando un giro “anticlerical” impulsado por ideas liberales e iluministas y se decide a actuar no solo desde el púlpito sino a través de la prensa, lo cual le valió varias veces el destierro hasta su muerte en 1832.

Para muestra, Castañeda fustigó el proceso de laicización creando nada menos que ocho periódicos tan solo entre 1820 y 1821. Si esto ya de por sí parece desproporcionado, más sorprendente será saber que todos estos periódicos tenían un solo redactor: él mismo. Efectivamente, a través del recurso de la utilización de seudónimos, Castañeda utilizaba a la prensa como un órgano de difusión de ideas y de ataque contra sus adversarios políticos. Pero si de curiosidades se trata, agreguemos que para cuatro de estos periódicos utilizaba seudónimos de mujer y, para los otros cuatro, seudónimos de varón, lo cual era una verdadera novedad porque resultaba impensable para la época que se les diera a las mujeres la posibilidad de estar al frente de una publicación. Incluso podría decirse que Castañeda fue más allá y tanto lugar le dio a las mujeres que creó un congreso imaginario exclusivamente femenino con sus respectivas actas donde se incluían intervenciones e intercambios que eran tan interesantes que podían dejar en un segundo plano el detalle de que pertenecían a un congreso que nunca existió.

Pero había más: uno de los cuatro periódicos fundado por Castañeda y dirigido por “mujeres”, recibía una enorme cantidad de carta de lectores. Se trataba del periódico llamado Doña María Retazos, donde “Doña María” representaba “la voz del pueblo”, algo que, a priori, suponía un contacto directo y asiduo con los lectores. Por ello no sorprendía que buena parte de sus páginas estuvieran ocupadas por opiniones y puntos de vista de las “Doña María” de Buenos Aires. Sin embargo, lo que tampoco sorprendió fue el descubrimiento de que era el propio Castañeda el que escribía las cartas de lectores utilizando seudónimos.

Había mucho de sátira en las intervenciones periodísticas de Castañeda, lo cual se vislumbraba en los títulos de las publicaciones y en los seudónimos de los supuestos redactores y lectores. Por ejemplo, uno de los periódicos se llamaba Desengañador Gauchipolítico y allí alternaban redactoras que podían llamarse “Doña Viuda de la Patria”, “Doña Aburrida de Ingratos” o “Doña a Veces me Falta la Paciencia”. 

Cuentan por allí que Castañeda creó un periódico para cada enemigo y evidentemente ha tenido muchos porque publicó más de treinta a lo largo de su vida, entre ellos, Vete portugués que Aquí No es, Eu no me Meto con Ninguem, Despertador Teofilantrópico Misticopolítico y Nación Argentina Decapitada por el Nuevo Catilina Juan Lavalle.

La fragmentación a la que nos enfrentamos y las burbujas algorítimicas nos están llevando a un fenómeno que cada vez se parece más al de Castañeda. Los medios tradicionales como máquinas de ataque contra adversarios políticos, como lo han hecho siempre, por cierto, cada vez personalizan más sus agresiones y son retroalimentados por trolls e idiotas útiles en las redes. Los usuarios, presuntamente empoderados, hacen lo mismo utilizando sus perfiles, escriben para sí y para su tribunita y algunos hasta tienen más éxito que los grandes medios. Los seudónimos de Castañeda son reemplazados por los perfiles, en muchos casos ficticios, de los usuarios y la música es tan embriagadora que casi todos olvidan que son parte del mismo baile. La metáfora viene a cuento porque, si de información hablamos, el problema de estos tiempos es el exceso de ruido antes que la imposición del silencio. Una censura por intoxicación de sobreinformación antes que por recortes de la misma, más allá de que los nuevos comisariatos políticos de las buenas costumbres progresistas añoren erigirse en los guardianes de la palabra aceptable.

Ha pasado el tiempo de las grandes revoluciones que transformaron el mundo y eso resulta frustrante porque hace que nuestros objetivos sean más modestos. Con todo, no menospreciaría el valor de intentar pinchar la burbuja algorítimica en la que vivimos. Hay quienes dicen que puede que haya un mundo más allá.