lunes, 31 de agosto de 2020

La máquina de crear extremos (editorial del 29/8/20 en No estoy solo)

Grieta, sectores duros, halcones, radicalizados, polarización, extremos. Los últimos años nos hemos familiarizado con una serie de términos que intentan describir el estado de cosas en materia política. Prácticamente no hay analista que pueda evitar en algún momento hacer referencia a estas categorías, especialmente para reivindicar la moderación y el “centrismo”. Tiene buena prensa estar en el centro de las cosas o al menos decir que se está en el centro de las cosas, algo que quizás sea una herencia, bastante distorsionada, por cierto, del justo punto medio aristotélico. Por otra parte, salvo contadísimas excepciones, nadie se concibe un radicalizado; nadie dice ser un extremo. A lo sumo uno puede presentarse como alguien con convicciones pero ese “estar en la verdad”, por alguna razón, nunca nos ubica a un costado sino en el centro.

Además ser moderado trae buenos resultados electorales: Macri gana en 2015 porque se hizo todo lo posible para presentarlo como un estadista equilibrado que “dejaría lo que está bien y cambiaría lo que está mal”, uno de los slogans más vacuos que se han oído últimamente porque no responde qué es lo que está bien ni qué es lo que está mal. Y el FDT gana en 2019 porque la moderación de Alberto le acerca a CFK ese 10% o 15% que le faltaba para ganar en primera vuelta. Sin embargo, la radicalización también puede tener sus frutos electoralmente. En el mundo han triunfado candidatos con discursos ultra y en la Argentina, una supuesta ya radicalizada CFK, obtuvo 54% en 2011 y a Macri le fue muchísimo mejor en la primera vuelta del año 2019 en la medida en que radicalizó su discurso hacia la derecha.

Se da entonces un fenómeno paradójico: por un lado hay una hegemonía de las opciones moderadas, un sentido común en el que la moderación se ha instalado como virtud. Pero, por otro lado y en paralelo, también hay un crecimiento de las radicalizaciones con performances electorales que han sido exitosas.

¿Por qué sucede esto? Sin duda las causas son varias pero hay una en particular que creo que habría que atender. Me refiero a cómo la necesidad de ensanchar el club de los moderados obliga a la creación artificial de radicalidades o a abonar a las que ya existían pero ocupaban un lugar marginal. En la Argentina el fenómeno fue muy claro durante la era Macri: es que fue tal el giro a la derecha que dieron el debate público y buena parte de los formadores de opinión que siempre se reivindicaron de centro, que hubo que inventar una derecha recalcitrante frente a la cual aparecer como moderados. Sin ánimo de personalizar pero, frente a Espert y Milei, por citar a los que más espacio tienen en medios, Prat Gay y Dujovne parecen guevaristas o, al menos, socialdemócratas. En otras palabras, para convencernos de que Macri era de centro, hubo que “inventar” una derecha o, en todo caso, hacernos creer que la única derecha posible es una mezcla delirante de libertarianismo económico y conservadurismo moral, y que todo lo demás está en el centro. Un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha pero en el centro.

El ideario libertario tiene más espacio en redes y medios que votos pero, más allá de la voluntad de sus protagonistas, fue y está siendo funcional a la legitimación de las opciones un poco menos ultra de aquella derecha que se reivindica de centro porque, también es bueno decirlo, Argentina es el único país del mundo donde nadie es de derecha; el único país del mundo donde a la derecha de la izquierda solo hay un centro largo…bien largo pero que en sus confines sigue siendo centro. Por esto es que son injustos quienes le achacan al 2% de Espert la derrota de Macri. No solo porque Macri perdió por su desastroso gobierno sino porque, aun quizás sin desearlo, Espert contribuyó al milagro de presentar a Macri como un moderado. Esa contribución, imposible de ser medida cuantitativamente, supuso un aporte cualitativo enorme.

Ahora bien, más allá de que en el mundo estos sectores ultra sean marginales electoralmente hablando, ha habido casos donde la crisis del sistema de partidos o alguna coyuntura excepcional como la de Brasil, hace que estas posiciones radicales alcancen diversos grados de representación. Esto puede ocurrir como respuesta a la radicalización de los espacios de centroizquierda, tal como se observa en la Argentina cuando en redes vemos contra quién pelean los libertarios y quiénes tienen como enemigos centrales a los libertarios; pero también puede ocurrir cuando quienes se alternan en el poder no ofrecen grandes alternativas y los discursos radicalizados se transforman en representativos del antisistema. Así, en Estados Unidos, el triunfo de Trump en 2016 puede leerse también como la respuesta a un partido demócrata que representaba al establishment económica, política y, sobre todo, culturalmente hablando. En Brasil, la particular situación del principal candidato siendo encarcelado merece matizar cualquier afirmación pero buena parte de los votos de Bolsonaro fueron contra un PT que aparecía con una agenda más progresista que pro-trabajadores y que, por supuesto, fue señalado como cómplice directo del deterioro moral de un sistema esencialmente corrupto. ¿Podría darse algo parecido en Argentina?        

Probablemente no tenga sentido comparar lo que sucedió en Estados Unidos y en Brasil con la actualidad Argentina, como prácticamente no tiene sentido hacer comparaciones con ningún otro país más allá de que uno puede encontrar variables o tendencias comunes. Pero sí se puede advertir que de repente se generan circunstancias en las que los discursos marginales acaban impregnando sectores más amplios, especialmente cuando el adversario aparece como “el sistema”. De hecho el macrismo utilizó mucho la idea de vincular al kirchnerismo y al peronismo, en tanto “vieja política”, con “el sistema” y no debemos olvidar que Néstor Kirchner, ayudado por su carácter de outsider del radar porteñocéntrico y en medio de la excepcionalidad de la crisis, actuaba dentro del sistema como si estuviera dinamitándolo todo, lo cual era, en muchos, real porque desde el propio gobierno enfrentó y transformó lo que había.

En este sentido, no debería sorprendernos que la moderación del actual gobierno pueda ser interpretada como un aporte conservador al sistema, interpretación que impulsarán sectores de la derecha pero también buena parte de los propios votantes del oficialismo que, con algo de nostalgia, esperan transformaciones radicales como las del kirchnerismo original. Qué va a suceder no lo sé pero la construcción de una cada vez más ancha avenida del medio que, a priori, llevaría a los márgenes las opciones radicalizadas, está lejos de garantizar un futuro promisorio para los moderados. ¿Por dónde vendrá la respuesta? ¿Por derecha? ¿Por izquierda? Quizás por ambos lados.      

 

 

domingo, 23 de agosto de 2020

17A: la marcha de las víctimas (editorial del 23/8/20 en No estoy solo)

 

Días atrás se realizó una protesta en distintos puntos del país bajo consignas varias pero con el denominador común de ser claramente una manifestación opositora: algunos están enojados por la cuarentena, otros por la reforma judicial, otros por la economía. Sin embargo, en lo que todos coinciden es en estar enojados porque perdieron la última elección. Y tienen todo su derecho porque en general la gente que pierde una elección se enoja y luego busca razones para confirmar ese enojo. Si la realidad le da esas razones, bien. Y si no se las da, habrá que buscarlas o inventarlas.

El psicoanalista Jorge Alemán, en una entrevista radial, afirmó, a propósito, que el capitalismo rompió el punto de anclaje del lenguaje y que a ello se lo llama directamente “delirio”. Si bien esto no cuadra con el diagnóstico de la locura clásica y Alemán no esté afirmando que los que se han manifestado estén locos, resulta evidente que en Argentina, pero también en otras partes del mundo, hay sectores de la sociedad que basan sus acciones en delirios completamente alejados de la realidad: virus de laboratorio creados por el nuevo orden mundial; soluciones mágicas que pueden matarte pero que se invocan en nombre de la libertad y una suerte de derecho a la intoxicación; gobiernos que impondrían microchips en vacunas o imperios que a través de la vacunación masiva modificarían el ADN para convertirnos en piratas o cosas así. Según el psicoanalista, el destinatario de ese delirio es la derecha aunque ahí ya no estoy tan de acuerdo o, en todo caso, yo agregaría que no es solo la derecha. Habría que decir, más bien, que es un clima de época y que posturas, tanto de derecha como de izquierda, han roto el punto de anclaje del lenguaje. Es más, no deja de llamar la atención cómo la agenda de los debates públicos está reducida prácticamente a la cuestión del lenguaje como si no existiese afuera realidad alguna, ni dato ni base empírica con la que contrastar algo. Con esto no pretendo defender un realismo ingenuo que hable de “la Verdad” y de una realidad independiente de las interpretaciones y las perspectivas de los sujetos pero, de tener una mirada crítica del realismo ingenuo no se sigue necesariamente un constructivismo lingüístico que podrá ser más cool diciendo que todo “todo es lenguaje” pero que resulta igualmente ingenuo. 

A tal punto se trata de un clima de época que izquierda y derecha se confunden pidiéndose prestado posturas y lógicas de pensamiento.

Yendo al ejemplo de la marcha, la derecha que se manifiesta se ha acomodado a la idea de lo que algunos llaman “cultura del victimismo” y que podríamos definir como una cultura en la que todos afirman ser víctimas de algo o de alguien. No se trata, claro está, de afirmar que no existen las víctimas pues, en sociedades desiguales, las hay cada vez más. De lo que se trata es de dividir a la sociedad en víctimas y victimarios. Esto aparece con mucha potencia en algunas líneas dentro de lo que se conoce como “políticas de la identidad” y que parecen encaramarse en el objetivo de separar a la sociedad en grupos diferenciados con criterios diversos: negros, indígenas, discapacitados, mujeres, LGBT, etc. Se trata, claro está, de grupos que, en mayor o menor medida, y según su historia en cada sociedad, han sufrido o siguen sufriendo discriminaciones varias que los posicionan en un lugar de desventaja. Si bien quienes persiguen este tipo de agendas se posicionan a la izquierda del espectro ideológico, a pesar de que en muchos casos las luchas por la igualad fueron una agenda liberal, lo cierto es que en el debate público este tipo de discusiones acaban ingresando en la matriz de la competencia salvaje y atomística de la carrera meritocrática que, en la actualidad, representa al ideal liberal. ¿Qué quiero decir con esto? Que se critica a la meritocracia por liberal pero no se rompe su estructura porque se sigue imponiendo una lógica de disputa y competencia, ya no en favor del mérito, sino en favor del mérito de la falta, del mérito de haber soportado haber sido una víctima. Toda una “meritocracia negativa” que expone así a las verdaderas víctimas a una lógica perversa en la que pareciera que se debiera competir para ver quién ha sido más víctima: ¿son más víctimas los negros que los indígenas? ¿Los discapacitados que las mujeres? ¿A quién deberíamos atender primero? 

Pero lo más curioso es que la derecha también ha reacomodado su discurso e ingresa en la cultura del victimismo. Y eso está bien lejos de los tradicionales valores del conservadurismo. Ahora, si la izquierda dice ser víctima del capital, del patriarcado, del heteronormativismo, del especismo, etc., la derecha se manifiesta por ser víctima del Estado que le cobra impuestos, de los pobres, de la inmigración, de la inseguridad, de la corrupción, etc. Se produce así una gran carrera en la que todos compiten por justificar quién es la víctima más víctima por la sencilla razón de que quien sea consagrado gozará de la impunidad que otorga esa condición, esto es, un acceso directo a la verdad en plena posmodernidad. Como indica el italiano Daniele Giglioli en su libro Crítica de la víctima:

 “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deseo de ser. No somos lo que hacemos sino lo que hemos padecido”.  

Izquierdas que usan un tipo de meritocracia negativa que sigue siendo tan atomista y competitiva como la meritocracia liberal, con el agravante de que lo que hacen competir allí son víctimas; derechas que adoptan la lógica del adversario y, renunciando a sus valores, se asumen víctimas y obtienen resultados electorales sorprendentes en distintas partes del mundo.

Es evidente que en la lista de las víctimas habrá que incluir a las brújulas y, sobre todo, a la coherencia.

lunes, 17 de agosto de 2020

La segunda presidencia de Alberto (editorial del 15/8/20 en No estoy solo)

 En prácticamente una semana, el gobierno pudo dar las primeras dos grandes buenas noticias, cada una referida a los principales escollos de su gestión, esto es, la deuda heredada y la pandemia. Después de una parálisis de casi nueve meses, bien puede tomarse como el inicio de un segundo mandato tras un primero de transición y administración de “lo que había”. Podría decirse que fue todo un parto si se me permite una obvia y trillada metáfora obstétrica.

El acuerdo con los bonistas es una buena noticia para el gobierno que, es evidente, siempre tuvo voluntad de pago, si bien es cierto que la negociación se dilató más de lo pensado y la actual administración había supeditado su gestión a ese resultado. Nunca sabremos cuál era el número real que el gobierno tenía en la cabeza para considerar exitosa la renegociación pero lo cierto es que ha logrado postergar pagos que resultaban imposibles de saldar en el corto plazo. Los cálculos varían pero se habla de que, entre el 2020 y el 2023, el Estado argentino tenía el compromiso de abonar alrededor de 39000 millones de dólares y que, tras la renegociación, esa deuda se habría reducido a cerca de 3000 millones. Eso sí que era una verdadera pesada herencia.

El día del anuncio del acuerdo coincidió con el del lanzamiento del plan PROCREAR, regresando al espíritu que tuvo en sus orígenes. Naturalmente no equivale ni de cerca a la importancia del acuerdo con los acreedores pero puede ser un hito para un gobierno al que le está costando implementar medidas estructurales. Si a estos anuncios le sumamos el proyecto de reforma judicial, independientemente de si prospera o no, daría la sensación de que es un gobierno que intenta avanzar.

Asimismo, días atrás llegó el anuncio del acuerdo por la fabricación de la vacuna desarrollada en Oxford permitiendo que la Argentina se haga de las dosis suficientes bastante tiempo antes de lo imaginado. Sin dudas, una gran noticia y un acierto de las autoridades que se movieron con rapidez y que, por primera vez, ofrecen un “día después” de la pandemia. Será en enero, para los grupos más expuestos, quizás un poco después, pero todo hace prever que en los primeros meses del año que viene el asunto “coronavirus” será un mal recuerdo o tendrá una circulación acotada y estacional como el de las gripes comunes sin que ello suponga ningún limite a nuestra vida normal.

La noticia llega, a su vez, en el peor momento de la pandemia en el país: los casos aumentan en la provincia de Buenos Aires, crecen exponencialmente en provincias que no tienen un sistema de salud acorde a las necesidades y la cifra de muertos se hace abultada. Todo esto en el marco de una lógica ritualizada en la que ya nadie cree: cada 15 días el gobierno hace que anuncia restricciones y cada 15 días la ciudadanía hace que obedece. En la práctica la cuarentena es solo la excusa para la bronca y la angustia frente a un virus que no responde y no ofrece libro de quejas. En una cultura del pleito, la denuncia fácil y la judicialización de la vida, el virus no puede pasar por tribunales y la única carrera que nos ofrece es la carrera de quién es el más perjudicado. Todos nos ofrecemos para ocupar ese lugar porque de la meritocracia más ingenua pasamos a los tiempos donde todo el que denuncia algo y dice ser afectado o víctima, tiene razón. No es un problema estricto de Alberto Fernández, por cierto, sino un fenómeno que, en parte, lo trasciende.

Lo cierto es que, en AMBA, con las nuevas medidas, estaremos yendo hacia una circulación que oscilará los 3/4 de la población respecto de la circulación normal prepandemia. Llamarle a eso “cuarentena” y compararlo con las cuarentenas de las pestes medievales es, como mínimo, pereza intelectual. Esto no significa, por cierto, subestimar las consecuencias que esa merma en la circulación supone pues los resultados están a la vista: rubros enteros arruinados, empresas que cierran, trastornos psicológicos y físicos varios, etc. Un verdadero desastre. Pero, una vez más, el problema es el virus y no esto que acordamos llamar “cuarentena” y desde hace ya un tiempo ha dejado de serlo para convertirse en otra cosa. De hecho, salvo casos puntuales de comercios específicos y actividades particulares, quien no circula lo hace por responsabilidad individual pero no existe prácticamente nada ni nadie que se lo impida. En este sentido, la protesta anticuarentena en el Obelisco o en algunos lugares emblemáticos del país no solo resulta delirante por sus variopintas razones sino porque es el mejor ejemplo de protesta paradójica. Es que, si tiene éxito y una amplia convocatoria quedaría demostrado que la cuarentena contra la que protestan, de hecho, ya no existe. Dicho a la inversa, la única manera de seguir sosteniendo este otro ritual de las protestas anticuarentena es que cada vez sean menos masivas. Su permanencia y su sentido dependerán del fracaso en la convocatoria. No deja de ser curioso más allá de que, por supuesto, creo que hay cosas que se pueden criticar de la acción del gobierno.      

Para concluir, esta especie de segunda presidencia de Alberto no tendrá sus 100 días de gracia ni mucho menos. De hecho, la renegociación de la deuda salió de la agenda mediática en menos de 24 horas y el arco se corrió a “la negociación con el FMI”. En cuanto a la vacuna, los medios opositores tardaron un poco más en acomodarse porque mientras empezaban a militar la oposición a la vacuna de Rusia, la cual, aparentemente, no solo generaría anticuerpos sino también simpatías prosoviéticas, el gobierno anuncia un acuerdo con la que, desde hace tiempo, parece la vacuna más desarrollada y con mayor prestigio que, para colmo de males, se producirá en conjunto por los gobiernos presuntamente populistas de México y Argentina. Boludeces siempre se pueden decir pero a veces la realidad te la hace más difícil.

En las próximas semanas vendrá la discusión sobre el presupuesto y allí habrá un primer bosquejo de qué plan o qué objetivo tiene el gobierno. Varias consultoras apuestan a un rebote de la economía que, por más que se haga desde el subsuelo, será bienvenido. Desaparecido el ahogo inmediato en materia de deuda y proyectada una solución para la pandemia, el gobierno dispondrá de un escenario en el cual ya no habrá excusas. Sin embargo, será un escenario de una enorme conflictividad por una puja distributiva que se, augura, sin precedentes, después del cocktail explosivo de 4 años de Macri y una pandemia inédita. No hay nada peor que esta pandemia de mierda. Pero lo que viene no será para nada fácil.      

    

lunes, 10 de agosto de 2020

Poder, coraje y el minuto de Leuco (editorial del 10/8/20 en No estoy solo)

 Marcelo Longobardi afirmando que el decreto gubernamental por el cual se prohíben las reuniones sociales es anticonstitucional y transforman a la Argentina en Corea del Norte; Viviana Canosa tomando dióxido de cloro en vivo para protegerse del covid-19 a pesar de que es un producto que, según la ANMAT, puede intoxicar hasta causar la muerte en caso de ser ingerido por humanos; Débora Plager reconociendo de manera pública que violó sistemáticamente la cuarentena para visitar a sus padres a pesar de que ellos podían valerse por sí mismos; Diego Leuco, en un video que se hizo viral, aparentemente, festejando el crecimiento de la curva de contagios. Todo esto ocurrió durante la semana que pasó y no se trata aquí de caer sobre los nombrados en particular ni anunciar por enésima vez la decadencia del periodismo. En cualquier caso, ya lo sabemos y cada uno tendrá su opinión sobre los referidos pero la acumulación de estas actitudes en tan poco tiempo puede invitar a algunas reflexiones sobre los valores que está expresando hoy el periodismo mainstream. En particular, quiero pensar la cuestión del periodismo como desafío al poder. Porque si dejamos de lado el caso de Leuco, en los primeros tres ejemplos, el de Longobardi, el de Canosa y el de Plager, más que una apología de cierto individualismo ácrata y libertario, está la idea de que el rol de periodista supone desafiar a un poder que estaría en los gobiernos, aunque habría que decir “en algunos gobiernos”, en particular, aquellos que no fueron votados por estos periodistas.  

Si el gobierno que no me gusta dice que no hay que reunirse por razones de salud pública o que no debo visitar a mis padres, yo lo desafío y le digo que lo voy a hacer igual porque mi rol es incomodar; y si hay instituciones, científicos, organismos internacionales que dicen que hay una sustancia que no cura el covid-19, yo la voy a tomar igual porque hago “televisión verdad” y vendo autenticidad. La venta de autenticidad y de experimentar con el propio cuerpo, en este caso, expresa la decadencia y el desprecio por la argumentación. No tengo argumentos pero lo pruebo con mi cuerpo y soy auténtica. Cuándo sucedió que se le dio más valor a la autenticidad que a la argumentación sería una larga historia pero cada uno vende lo que puede en tiempos de rating deprimidos y bajo encendido. 

Es verdad que de estas acciones podría derivarse una reflexión y un repaso por los distintos autores que tematizaron la cuestión de la desobediencia civil. ¿En qué momento un individuo o un ciudadano está facultado para desobedecer la autoridad? Naturalmente, las posiciones más liberales, en la medida en que hacen énfasis en el individuo, en algunos casos, adjudicándoles derechos naturales inalienables, tienen más herramientas para justificar acciones de desobediencia. Sin embargo, no me quiero correr del periodismo y les voy a hablar de la “parresia”. Se trata de un término griego que ha recuperado cierta actualidad a partir del uso que hizo de él el filosofó francés Michel Foucault en los últimos cursos que diera allá por los años 80. Foucault define a la parresia como “el coraje de la verdad en el que habla y corre el riesgo de decir, a pesar de todo, toda la verdad que piensa; pero es también el coraje del interlocutor que acepta recibir como verdadera la verdad hiriente que escucha”. Quedémonos en la primera parte de la definición: el coraje de decir la verdad asumiendo que eso genera un riesgo, eventualmente, de vida. Siempre se suele citar el ejemplo del cínico Diógenes cuando le pide a Alejandro Magno que se aparte porque le tapa el sol. En ese decir había un riesgo de vida porque se estaba desafiando al más poderoso. A lo largo de la historia, y en particular, en Argentina, ha habido periodistas que han arriesgado y han pagado con su vida desafiar el poder. Fueron parresiastas y la comparación es síntoma de los tiempos: Rodolfo Walsh publica una carta abierta a la junta militar y tiempo después muere acribillado por el poder al que había desafiado. Hoy el desafío es ir a ver a una sobrina o a los padres a un country sabiendo que en el peor de los casos un policía de tránsito te puede apercibir; hoy el desafío es meterte una sustancia prohibida en tu cuerpo y fomentar una revolución new age, caprichosa e individualista para la que todo da lo mismo. Una suerte de anarco-terraplanismo-antivacuna-ravischankaresco. No hay ninguna parresia ahí. No hay ningún riesgo. Quienes siguen mis escritos hace unos años lo saben bien: sigo creyendo que un periodista que desafía al poder es el que desafía a su empleador y no al gobierno de turno. Un periodista de Clarín sería parresiasta cuando denuncie a Magnetto o publique algo que lo incomode; un periodista de América sería parresiasta cuando al invitar a Belocopitt aclare que es uno de los dueños del canal y desacuerde con sus puntos de vista. Para no caer en nombres propios, un periodista será parresiasta cuando eventualmente pudiera desafiar la línea editorial del medio que lo contrató o denuncie a uno de sus auspiciantes, algo que no se ve ni en la prensa opositora ni en la prensa oficialista. Y nadie pide inmolación. Todos entendemos el negocio y entendemos que la gente tiene que laburar. Quien escribe estas líneas tampoco es tan valiente. Pero lo que sí se puede pedir es que al menos el periodista no se presente ante la sociedad como un parresiasta que en su decir valiente está arriesgando la vida. No está arriesgando nada. Es más, como dije aquí hace algunas semanas, la única profesión que da impunidad en la Argentina no es la política sino el periodismo. Ningún periodista puede ir preso en la Argentina aun cuando cometa delitos porque se defiende con la libertad de expresión y pareciera que cometer algunos delitos es una forma de expresarse también.

Un último párrafo sobre la imagen de Diego Leuco que se ha viralizado. Para quienes no estén al tanto, en el momento en que su colega, Santiago Fioriti, afirmaba que se esperaban 10000 casos diarios de covid-19 para la próxima semana, se ve a Diego Leuco realizar un gesto de aprobación con el puño cerrado que se interpretó como una celebración por la noticia. El periodista luego salió a aclarar que se trató de una casualidad y que ese gesto en realidad correspondía a que, a través de “la cucuaracha”, le habían informado que estaba liderando el rating en ese minuto. Acompañó la respuesta con una tabla de medición de IBOPE que muestra que, efectivamente, en el minuto anterior, TN había superado por dos décimas a C5N. Es tan canallesco suponer que un ser humano, por más abierta y delirantemente opositor, como es Diego Leuco, pueda celebrar la cantidad de contagios y muertes, que su justificación me parece verosímil, aun cuando alguien pueda advertir que en este país el odio llevó a vivar el cáncer. Entonces, probablemente, Leuco estaba celebrando ganar por dos décimas el minuto 22:01, algo que, como indica la misma imagen de medición, se habría invertido entre las 22:02 y las 22:07 para luego volver a invertirse a partir de las 22:08 hasta, al menos, las 22:15, donde TN triunfaba por tres décimas. Si bien nada igualaría la canallada de festejar la muerte por el hecho de que dañe al adversario político, el hecho de celebrar el triunfo del minuto 22:01 muestra, ya no una canallada, sino lo patético de lo que está en disputa y cómo se piensa el periodismo en la actualidad. ¿Qué desafío al poder, qué compromiso con la verdad, qué voz de los que no la tienen, qué realidad estaría hablando a través mía cuando yo estoy atento a un productor que me dice “seguí con este tema o con tal invitado porque durante este minuto estamos al frente”? Y no se trata solo de Leuco sino de cómo se hace periodismo en general, salvo, claro está, alguna que otra excepción. A todos nos gusta que nos vean, que nos escuchen, que nos lean y que nos reconozcan pero ¿se puede supeditar el trabajo a la perversión del minuto a minuto? ¿Qué cosa buena puede salir de ahí?

Finalicemos con la última parte de la definición de parresia, aquella que indicaba que también tenía que haber coraje en el receptor del mensaje para aceptar la verdad hiriente. O sea hay coraje en un emisor que dice una verdad que lo pone en riesgo pero también en un receptor dispuesto a aceptar esa verdad aun cuando lo lastime. Y lamentablemente hoy no audiencias con ese coraje. Nadie acepta escuchar lo que lo contradice. Se ve y se lee lo que confirma nuestros prejuicios; se viraliza la interpretación sesgada que dice que estamos en lo correcto; se cancela lo que incomoda porque nos genera inseguridad el que piensa distinto. ¿Debería sorprendernos? Para nada. De hecho no es ninguna casualidad. Se trata, más bien, de una audiencia digna para el tipo de periodismo que supimos conseguir.

lunes, 3 de agosto de 2020

Macri y CFK: ¿el mismo destino? (editorial del 1/8/20 en No estoy solo)


A casi nueve meses de haber abandonado el cargo de presidente, Mauricio Macri es noticia más por sus viajes al exterior y el avance de causas judiciales que por su rol como presunto líder de la oposición. Más allá de la pregunta acerca de si podía esperarse algo distinto de Macri, el antecedente más cercano de un presidente saliente que se transforma en líder de la oposición es el de CFK pos 2015. ¿Es posible trazar paralelismos entre uno y otro o, al menos, entre la situación que cada uno atravesaba a 9 meses de dejar la Casa Rosada? Sí y no, y justamente de ello van a tratar las líneas que siguen.
El avance del macrismo y sus usinas mediáticas contra CFK en particular y contra el kirchnerismo/peronismo en general, tanto en el ámbito judicial como político y cultural, fue de una violencia sin antecedentes en la última etapa democrática. Verdaderamente, si hubo un gobierno que efectivamente “fue por todo” fue el de Macri, especialmente porque rompió los consensos democráticos básicos. Sin caer en la zoncera de afirmar que todo en el gobierno que lo había precedido había sido maravilloso y cristalino, comienza a salir a la luz que durante el macrismo existió un entramado vergonzante que incluía sectores del poder judicial, la prensa y el gobierno. Al perseguir a los referentes emblemáticos del gobierno anterior, el macrismo no rompe un pacto corporativo de la clase política. Más bien inaugura lo que puede llegar a ser una cadena infinita de sucesivas revanchas y, sobre todo, la sensación de que ya no hay condenas ni absoluciones justas. Porque haber sido referente del gobierno anterior se había transformado en una imputación e implicaba la automática inversión de la carga de la prueba. Insisto, eso no quiere decir que todos los señalados sean inocentes pero está claro que se cometieron enormes injusticias. De aquí que modificar el poder judicial se hace imperioso más allá de las discusiones técnicas acerca del mejor modo de hacerlo. Pero si esa lógica inaugurada por el macrismo continúa no hay proyecto de país posible.
El macrismo, como heredero de toda una tradición antiperonista, estuvo muy cerca de destruir a quien consideró su enemigo histórico y si falló fue solo por impericia.  Quienes lo apoyaron saben que perdieron una oportunidad histórica en una Argentina que fue gobernada por sus dueños, como nunca antes había sucedido, y sin recurrir a testaferros. ¿Pero fue un arranque especial el de Macri en 2016? ¿Acaso las primeras semanas de los gobiernos no resultan siempre frenéticas? No. De hecho compárense las acciones de aquel gobierno con el actual y saltarán a la vista las diferencias en lo que respecta a decisiones tendientes a realizar cambios estructurales.
Asimismo, en aquellos tiempos, el peronismo estaba partido, CFK apuntaba a fortalecer la nada despreciable suma de un 30% de votantes y a preparar la tropa para volver… pero no en 2019 sino en 2023. Todavía recuerdo qué extraño sonó cuando Alberto Rodríguez Sáa en su momento dijo “hay 2019”. Era imposible plantearlo porque el futuro era de Macri. Entonces decir “hay 2019” era decir “hay posibilidad de disputar el futuro”. El tiempo le dio la razón.
El gobierno de Alberto no se ha adueñado del futuro. La pandemia tampoco lo ha ayudado. Todo su esfuerzo está en tratar de brindar la agenda del día después pero no lo logra, al menos, todavía. Tampoco la oposición aparece como el futuro y allí hay una analogía posible en cuanto a que la oposición, la de agosto de 2016 y la de agosto de 2020 están, como mínimo, desorganizadas. Es bastante natural que así sea porque siempre que se pierde una elección hay planteamientos en cuanto a los liderazgos. En el peronismo se intentó desplazar el liderazgo de CFK durante los años de macrismo pero el núcleo duro que ella garantizaba era más potente que cualquier otra acumulación. Así, durante 2018, comenzó a circular el “con ella sola no alcanza pero sin ella no se puede”. El peronismo comenzaba el camino de la unión que lo llevaría a ganar la elección. ¿Podemos decir que con Macri no alcanza pero sin él no se puede? Sinceramente creo que no. Ahí no hay analogía posible. En la Argentina nadie es un cadáver político así que no podría decirse eso del expresidente pero CFK tenía votos propios y Macri no. Si CFK se corría de la escena política sus votos no iban automáticamente a un pretendiente de sucesor. Ella misma se dio cuenta de ello después del experimento “Zanini candidato a Vice” en 2015, aquel dirigido al paladar negro K que se había entusiasmado con Randazzo. Tras ese fracaso, CFK supo que tenía que ser parte de la fórmula para garantizar los votos. No hubiera alcanzado con ungir a Alberto. Tenía que estar ella. Con Macri no sucede lo mismo porque si él se corriese, o si la realidad y la política lo corrieran, cualquiera que ocupe el lugar del antiperonismo recibiría el apoyo. Los votos obtenidos por Macri no eran de él. Vidal, Rodríguez Larreta o un ladrillo que diga “antiperonista” obtendrán los mismos votos que Macri y probablemente alguno mas también.
El tiempo acomodará las cosas aunque el 2021 anunciará alguna de las cartas. Allí sabemos que no participará Rodríguez Larreta porque es el candidato natural para 2023 en tanto gobierna el distrito que ha dado los últimos presidentes no peronistas y tiene buena imagen; en cuanto a Vidal, podría encabezar la lista de diputados de la provincia como para reposicionarse de cara a 2023 y volver a la gobernación. ¿Macri? Una incógnita. Podría jugar también para reposicionarse pero más hacia dentro de su espacio que de cara a la sociedad. En parte allí sí hay algún paralelismo con CFK cuando ella decide presentarse como candidata en 2017. ¿Lo hizo por ambición personal? ¿Por fueros? Nada de eso. Lo hizo seguramente presionada por el entorno y para garantizar un caudal de votos que le permitiera al espacio resistir hasta que escampe. Si ella no participaba en la elección, el kirchnerismo quizás no se hubiera desmembrado pero hubiera sacado menos votos. Si Macri se presentara en 2021 tendremos a C5N diciendo que es por los fueros porque en general la prensa con línea editorial oficialista replica lo que TN hacía con CFK. Pero, si se presenta, Macri lo haría para marcar la cancha dentro de su espacio y evitar que sus competidores internos ganen terreno.
Con todo, la candidatura de Macri en 2023, independientemente de lo que haga en 2021, no se resolvería por poseer votos sino por acuerdos superestructurales, por revancha personal y, sobre todo, por contar con el aval económico para bancar una campaña.  Porque ¿acaso podría pensarse en un Macri capaz de hacer la misma jugada de CFK y acompañar en la fórmula a un ungido? Estoy tentado a descartar de plano esa posibilidad por las mismas razones que esgrimí antes: Macri no tiene votos propios y sería preferible dar lugar a una figura de renovación. Porque el kirchnerismo representaba un sector que pretendía “volver”, que añoraba un pasado reciente más o menos objetivo de prosperidad. Utilizando la frase que se le atribuye a Borges sobre el peronismo, aunque aquí sin ironía, había un sector del electorado que añoraba tener “todo el pasado por delante”. Macri no puede ofrecer eso, no puede ofrecer ningún pasado. Se le niega hasta el voto nostalgia. Su única esperanza es el olvido, el paso del tiempo. Ni siquiera una crisis económica como la que se prevé lo ubicaría si bien, por supuesto, si al actual gobierno le va mal, las chances de todos los opositores mejorarán. Pero además, Macri no parece ser capaz de un gesto de magnanimidad o de un cálculo político por el cual sacrifique su lugar en pos de un proyecto que vaya más allá de su nariz.
Para concluir, hay una tentación en suponer que el destino de Macri será similar al que tuvo que atravesar CFK entre 2015 y 2019. Sería así en la medida en que se entiende que, de una manera u otra, entre 2003 y 2023, al menos, la política argentina habrá girado en torno a las figuras de los Kirchner principalmente y, en menor medida, de Macri. Menciono a este último no solo en tanto único presidente no peronista del período sino en tanto referente deseado, elegido y creado, por necesario, para el sector que representaba, y por cómodo para el sector que lo repudiaba. Si se solía decir “contra Menem estábamos bien”, podemos decir también que los sectores progresistas contra Macri están muy bien y hoy es un buen negocio atacarlo, especialmente porque hay buenas razones para hacerlo. Del mismo modo, en 2016 y hasta 2019 se creyó que era un buen negocio atacar a CFK hasta que se dieron cuenta que habían “levantado al monstruo” y ya era tarde. Por el propio perfil del gobierno de Alberto, incluso también por su propia debilidad y por el hecho de que en el poder judicial permanece anquilosada una estructura refractaria a políticas populares, veo difícil que Macri y los referentes de su gobierno padezcan el ensañamiento que padecieron los referentes del kirchnerismo. Tampoco parece viable, al menos hoy, pensar en una suerte de resurrección de Macri que le permita regresar triunfal en 2023, ni siquiera como parte de una fórmula. Se pueden trazar paralelismos entre los destinos políticos de Macri y CFK en tanto opositores. Pero, volviendo a Borges, en los elementos de peso, quizás esos destinos se bifurquen como los senderos de un jardín.