lunes, 15 de enero de 2024

“Shock”: los treinta días de Milei en el gobierno (publicado el 13/1/24 en www.theobjective.com)

 

“Shock”. Así podría resumirse este primer mes de Javier Milei como presidente de la Argentina y la particularidad es que, en esta descripción, coincidirían tanto detractores como oficialistas.

Efectivamente, los críticos acudirían al ya clásico de Naomi Klein, La doctrina del shock, para trazar los paralelismos con el proceso económico liderado por los Chicago Boys en el Chile de los años 70 bajo la dictadura de Pinochet. Dicho sintéticamente, basándose en evidencia empírica, aquel libro intentaba demostrar que las reformas económicas “neoliberales” que, en lo inmediato, al menos, suponen enormes sacrificios para las mayorías, suelen aprovecharse de circunstancias en las que las sociedades están en un estado de conmoción, sea por una guerra, una catástrofe natural o una crisis social, económica y/o política. ¿Entra la Argentina en alguna de estas categorías? Con 211,4% de inflación en 2023, más de una década de estancamiento económico y 2 de cada 3 menores de edad en condición de pobreza, hay buenas razones para afirmar que, al menos, la crisis social y económica existe.   

Pero el concepto “shock” ha sido utilizado por el propio Milei y sus funcionarios incluso en un sentido positivo. Así, el presidente no ha ocultado que su plan es esencialmente ortodoxo en lo económico y que supone sobrecumplir metas de ajuste fiscal. El “shock” necesario aquí sería el giro copernicano para terminar con lo que, el gobierno considera, serían 100 años de decadencia argentina.  

Sin pretender entrar en detalles demasiado técnicos, lo primero que hizo la nueva administración en materia económica fue producir una devaluación inédita del 118% del peso argentino. Esto supuso sincerar el atraso cambiario que el anterior gobierno había sostenido artificialmente como ancla contra la inflación. Asimismo, anunció medidas tendientes a lograr el equilibrio fiscal exponiendo que, si se gasta más de lo que entra, o se pide dinero y se crea una deuda impagable, o se imprimen billetes y la inflación se desborda. En este sentido, estableció un cronograma de quita de subsidios en dos sectores fundamentalmente: transporte y energía. Para que el lector no argentino pueda dimensionarlo, se estima que un boleto de bus o tren en la ciudad de Buenos Aires y alrededores tiene su tarifa subsidiada en un 90%. Esto lleva a que el usuario pague cerca de 5 centavos de dólar por cada boleto. Insostenible por donde se lo mire, aun en un país que, 10 años atrás, tenía el salario mínimo medido en dólares más alto de la región y hoy, tras la devaluación, se ubica en el anteúltimo lugar, solo por encima de Venezuela. Algo similar sucede con las tarifas de luz y gas. En la actualidad, una familia tipo en el barrio más acomodado de la ciudad de Buenos Aires, puede despilfarrar gas y luz, y no pagará más de unos 10 dólares mensuales en cada factura. Evidentemente esto tampoco podía continuar así.

Con todo, digamos que este ahorro del Estado y este sinceramiento de precios relativos, -entre los que se puede incluir el de la nafta, que subió más del 100 por ciento en el último mes, pero todavía no alcanza el valor de un dólar el litro-, generó una disparada de todos los precios de la economía y llevó la inflación del 12,8% en noviembre, al 25,5% en diciembre. En el gobierno indican que se trata de “inflación reprimida” y tienen razón; en la oposición señalan que esta desregulación total implicó aumentos de 30% en alimentos, 40% en los sistemas prepagos de salud y casi 300% en los alquileres para aquellos que tienen que renovar. Se trata de montos que la gente no puede pagar. Y tienen razón también.      

Si miramos más allá de lo económico, cabe indicar que, como mínimo, se trata de un gobierno pretencioso con un gen refundacional. Esto se observa en las intervenciones públicas de sus referentes y en gestos tales como enviar al Congreso, en sesiones extraordinarias, un megaproyecto de 351 páginas que incluye 664 artículos más 6 anexos. Su título es Las Bases, justamente, como el libro de Juan Bautista Alberdi que inspiró la constitución liberal de 1853. Se trata de una propuesta totalizante tendiente a transformar radicalmente no solo el funcionamiento del Estado sino prácticamente todo aspecto de la vida de los ciudadanos con cambios en materia económica, impositiva, financiera, energética, sanitaria, administrativa, electoral, previsional, social, educativa y de seguridad. También incluye un blanqueo impositivo y la posibilidad de privatizar las empresas públicas, entre otras tantas transformaciones.

A esto debemos sumarle un previo Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) con más de 366 artículos, donde ya se determinaba la emergencia pública en materia económica, financiera, fiscal, administrativa, previsional, tarifaria, sanitaria y social hasta el 31 de diciembre de 2025, renovable por dos años más, esto es, la totalidad del mandato del presidente. Una suerte de suma del poder público que, además, incluía la derogación de toda una batería de leyes que permitían al Estado intervenir en la economía, el fin de la ley de alquileres, una serie de reformas en materia laboral tendientes a la flexibilización de las condiciones en la contratación y los despidos, la desregulación de los servicios de comunicación, y un conjunto de medidas que están incluidas en el proyecto que finalmente se mandó al Congreso. Si bien los DNU son herramientas legales y legítimas a las cuales los presidentes pueden acudir en circunstancias especiales, no hay constitucionalista en la Argentina que haya coincidido en que el contenido de este DNU pueda atravesar una prueba de constitucionalidad.  

Con todo, más allá de que la cuestión tendrá, en las próximas semanas y/o meses, una resolución política o judicial, el episodio es útil para la siempre difícil tarea de categorizar una figura como la de Milei. Aquí podemos caer en el lugar común de la comparación simple e incluirlo en la “lista de los indeseables” junto a Trump, Abascal, Meloni, Bolsonaro, Orbán, etc…, en una suerte de internacional derechista que encarna todo lo que está mal en el mundo.

Sin embargo, si bien claramente hay vasos comunicantes entre algunas de las figuras mencionadas y el presidente argentino, consideramos que Milei confirma en el gobierno un perfil particular de conservador en el orden moral, libertario en materia económica y populista en el aspecto político, conjunción que no encontramos en los antes mencionados.

Sobre el primer punto, su oposición a la agenda woke fue clara en campaña y se materializó una vez en el gobierno cuando cerró el Ministerio de las mujeres, géneros y diversidad y, al mismo tiempo, echó por tierra con todos los lugares comunes de la agenda progresista.

En cuanto al segundo punto, su plan de desregulación económica no tiene antecedentes en la Argentina. Incluso se podría decir que tampoco tiene antecedentes en el mundo, al menos, con esta profundidad, con esta velocidad y con la legitimidad de origen que le dieron las urnas. En este sentido, el ideario libertario de von Mises, Hayek y, especialmente, Rothbard, está encarnado en el plan de gobierno que Milei impulsa.

Por último, en lo que respecta al tercer punto, se trata de aquel que ofrece la principal novedad. Es que, si bien durante la campaña Milei ya había advertido que gobernaría en una relación directa con el pueblo, -en el caso de que las instituciones de la república no acompañaran el proceso de transformación-, el modo en que esto se materializaría resultaba una incógnita. Sin embargo, no hubo que esperar demasiado para que sus advertencias se encarnaran en hechos concretos.

Efectivamente, desde lo gestual, Milei fue el primer presidente que al asumir el cargo decidió dar un discurso en las escalinatas del Congreso de frente a la ciudadanía y dándole la espalda a diputados y senadores. Pero el desprecio fue más allá de ese gesto y se manifestó tanto en su pretensión de gobernar a través del DNU antes mencionado como así también en el modo en que su espacio negocia en condición de minoría con el resto de los bloques. Si está operando más la necesidad que la convicción en un presidente que cuenta con 37 diputados sobre 257 y 7 senadores sobre 72, no lo sabemos. Con todo, hay algo de la naturaleza de Milei y de la política entendida como sinónimo de filibusterismo, que nos permite suponer que el presidente no se siente cómodo con las mediaciones institucionales.      

Si esta descripción es correcta, más allá de que Trump, Bolsonaro y Abascal, entre otros, han expresado su apoyo a Milei, ellos poseen un elemento nacionalista y/o proteccionista en lo económico que los distingue del libertario. Asimismo, en materia de política exterior, a diferencia de alguno de los mencionados, el gobierno de Milei se ha alineado de forma inequívoca con el eje Estados Unidos/Israel bajo una hipótesis que parece desconocer el carácter multipolar del mundo actual. Si es un lugar común afirmar que, en materia de política internacional, no debe primar la ideología sino el interés, las acciones del gobierno de Milei avanzan en sentido opuesto. La prueba de ello es la salida de los BRICS pero, sobre todo, la crisis con Brasil, principal socio comercial de la Argentina, el cual, según Milei, “está gobernado por un comunista”; y un conflicto diplomático con China (segundo socio comercial) que ha escalado a niveles de extrema sensibilidad después de que la canciller argentina se reuniera con la representante comercial de Taiwán. China es, además, esencial para la Argentina, por la enorme inversión en infraestructura que ha hecho en el país y por el SWAP de monedas que le ha permitido al Banco Central sostenerse en momentos de escasez de divisas. El abandono del pragmatismo bien entendido por un alineamiento sobreideologizado es visto con preocupación por vastos sectores del establishment que, al momento de hacer negocios, se quitan las anteojeras y se tapan la nariz. La falta de coordinación, la improvisación, ciertas acciones que saben a estudiantina y un marcado amateurismo en esta materia, pueden amplificarse al resto de una administración que, evidentemente, está dando sus primeros pasos en la gestión. Y no hace falta ser opositor para señalarlo.          

Llegando al final, digamos que no se recuerda, al menos en las últimas décadas, tanta atención del mundo puesta en Argentina. Basta un repaso por los principales medios internacionales para observar el modo en que, por distintas razones, los ojos están puestos en este particular experimento.

Lo cierto es que es tal la magnitud de la crisis que cualquier pronóstico resultaría temerario. A lo sumo podría indicarse que marzo/abril es una fecha decisiva de cara a lo que viene. En las últimas horas, el gobierno cerró un nuevo acuerdo con el FMI que le permitirá cumplir con sus obligaciones hasta el primer cuatrimestre del año, fecha que coincide con el ingreso de dólares producto de una cosecha que sería record gracias a las condiciones climáticas. Con exceso de optimismo, el gobierno entiende que la devaluación de 118% no se trasladará totalmente a los precios y que, por lo tanto, no será necesaria una nueva devaluación. Así, espera mostrar números de un dígito mensual de inflación para el segundo semestre, en un escenario de brutal recesión y enorme costo social reconocido por el propio Milei.

Dicho esto, objetivamente cuesta imaginar tal escenario y lo más factible es que la nueva devaluación tan temida suceda en torno a marzo y que, en el mejor de los casos, un gobierno con el tiempo en contra, deba postergar los números de inflación a la baja. Con la nueva licuación de los salarios que esto supondría, por cierto, se descuentan grados de conflictividad social enormes.      

Por último, en el texto de Alberdi que mencionamos al inicio y que le ha servido a Milei de inspiración para bautizar su virtual plan de gobierno, aparece una distinción que viene a cuento. Allí, “el padre de la Constitución” que moldeó la Argentina, se pregunta acerca de las posibilidades de imponer un sistema republicano en un territorio que no tenía costumbres republicanas. Y, para responder a este interrogante, traza una distinción que puede ser útil en este análisis ya que plantea una diferenciación entre “lo verdadero” y “lo posible”. En otras palabras, existe el ideal, aquello a lo que debemos tender, el modelo deseable. Eso es lo “verdadero”. Pero, por otro lado, están las circunstancias, aquello que la realidad permite en una coyuntura particular y con un equilibrio de fuerzas determinado. Eso es “lo posible”.

El flamante presidente de la Argentina no ha ocultado nunca cuál es su modelo, su ideal. De aquí que todo el mundo sepa qué sería, para Milei, “lo verdadero”. Ahora bien, el gran interrogante, lo que resulta por ahora difícil de dilucidar, es cuánto podrá avanzar Milei; qué será para él, en estas circunstancias, eso que llamamos “lo posible”. 

 

lunes, 8 de enero de 2024

La progresía y el beneficio del contexto (publicado el 5/1/24 en www.theobjective.com)

 

La consulta formulada por la senadora republicana, Elise Stefanik, había sido precisa y pretendía (y merecía) una respuesta por sí o por no: ¿instar al genocidio de los judíos viola las normas de la institución educativa? Las personas interpeladas eran las rectoras de algunas de las más importantes universidades estadounidenses.

¿El escenario? Una audiencia de la Comisión de Educación y Trabajo de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. ¿El marco? La creciente ola de violencia que comenzó en estas universidades tras el ataque terrorista de Hamas en octubre último. ¿La respuesta? “Depende del contexto”.   

Como era de esperar, la consecuencia fue prácticamente inmediata y, al día de hoy, supuso la renuncia de dos de las interpeladas: Liz Magill, rectora de la Universidad de Pensilvania, y Claudine Gay, la primera rectora negra y segunda rectora mujer en la historia de la Universidad de Harvard. Si bien días después se arrepintió de sus dichos, en la audiencia mencionada, además de apelar a reconocer las circunstancias, Gay indicó que, en todo caso, el problema se daba cuando “el discurso se convierte en conducta”. Aun admitiendo que es una respuesta posible, no deja de ser una salida curiosa en boca de  quienes nos han vendido una interpretación infantil de los actos de habla, la performatividad del lenguaje y los “discursos del odio”.

Con todo, esta última renuncia no es otra cosa que un paso más en una escalada que nadie sabe dónde culmina y que, en casas de estudio enormemente politizadas, parece haberse desmadrado completamente. De hecho, si nos situamos en algunos de los hechos acaecidos después del 7 de octubre, en diversas universidades estadounidenses, y en apenas semanas, encontramos una riña tras el intento de quemar una bandera israelí, amenazas de muerte a alumnos por su condición de judíos, escraches, la desaparición de los carteles con los rostros de los israelíes secuestrados, y manifestaciones violentas entre aquellos que apoyan y aquellos que critican la respuesta del Estado de Israel.   

A propósito de esto, el psicólogo social Jonathan Haidt, coautor de  La transformación de la mente moderna, publicó en la red X un mensaje advirtiendo una suerte de “antisemitismo institucional” y un doble estándar:

“Como profesor que está a favor de la libertad de expresión en el campus, puedo simpatizar con las respuestas “matizadas” dadas ayer por las rectoras de las universidades, sobre si los llamados a atacar o aniquilar a Israel violan las políticas de expresión del campus. Lo que me ofende es que, desde 2015, las universidades se hayan apresurado a castigar las “microagresiones”, incluidas las declaraciones destinadas a ser amables, incluso si una sola persona del grupo se ofendiera (…)”.

Efectivamente, aun cuando fuera enormemente controvertido, las casas de estudio podrían echar mano a una tradición de tolerancia, a la primera enmienda o a la simple costumbre, para intentar encuadrar estas manifestaciones en el ámbito de la libertad de expresión. Sin embargo, se trata de las mismas universidades que han estado a la vanguardia del impulso de una serie de normativas que serían risibles si no fueran tan dañinas. Pues de esos Think tanks progresistas es que han salido las ideas de los “espacios seguros” y las “trigger warnings” para estudiantes adultos cada vez más infantilizados, o los “lectores sensibles”, aquellos que en tiempos de menos eufemismos solíamos llamar “censores”. Son los mismos responsables de la peligrosa cultura de la cancelación que lleva a la muerte civil de manera indistinta y arbitraria a un criminal abominable o a un idiota que pudiera haber hecho un comentario poco feliz en una red social 15 años atrás, todo según el humor social del enjambre cibernético. 

Sin negar que, eventualmente, algunas de estas manifestaciones escondieran un antisemitismo más o menos larvado, creo que Haidt acierta en denunciar el doble estándar, pero se equivoca al adjudicarlo a una acción “institucional” antijudía. En todo caso, se los ataca “por ser de derechas” y no por ser judíos. En otras palabras, las diferencias no son étnico-religiosas sino políticas y se produce por un insólito solapamiento entre el abrazar una religión y el tipo de política llevada adelante por el gobierno de un Estado.

Hacer equivalentes una religión y el gobierno del Estado le permite al progresismo hacer un giro muy particular. Con esto me refiero a que la progresía de universidades como Harvard es la que ha hegemonizado culturalmente Occidente con la ideología victimista, esto es, aquella que impone que solo la víctima está en la verdad y que la única meritocracia válida es una competencia por probar un mayor padecimiento que permita exigir una deuda eterna. El punto es que si hay un pueblo que ha sido víctima, ha sido el pueblo judío. Sin embargo, pareciera que solo se puede ser víctima si se es progresista. En otras palabras, es como si el hecho de estar gobernados por la derecha les quitara a los judíos su estatus de víctimas del holocausto.  

De esta manera, los derechos humanos pasan a ser derechos de mi tribu y ser la víctima acreedora deviene un beneficio del que solo pueden gozar los propios. En este mismo sentido, solo los nuestros tienen libertad de expresión y el sentirse ofendidos es un límite a la expresión que podemos usar contra los otros pero que no admitiremos nunca contra nosotros. Lo que sucede con la Iglesia católica es un buen ejemplo, y se los dice un no creyente: todo tipo de burlas y acusaciones se pueden hacer sobre ésta y sus fieles sin importar que alguno de ellos pueda sentirse ofendido. Sin embargo, no sucede lo mismo contra otras religiones o contra determinadas minorías a las cuales hasta puede ofenderles la biología.

Para finalizar, digamos que tomando en cuenta que de estas universidades surgirán los líderes del mañana, no podemos más que expresar preocupación. Mientras tanto, sabremos que aquello que la moral neopuritana señala hoy, será el manual con que se nos juzgará de manera absoluta, independientemente de circunstancias y el tiempo histórico. En cambio, las aberraciones que comete el progresismo y cierta izquierda, tienen y tendrán el beneficio del “contexto”.

Porque como todos ya lo sabemos: lo que hace mal la derecha está mal; lo que hace mal la progresía, depende.