martes, 23 de abril de 2024

Milei y su razón populista (editorial del 20/4/24 en No estoy solo)

 

“El periodismo se ha acostumbrado, a lo largo de las últimas décadas, a que deben ser tratados como profetas de la verdad única e incontrastable, a los que no se puede criticar, ni desmentir, ni corregir. Si alguien osa cometer esa imprudencia, es castigado al unísono por todos los miembros de la corporación y sus agrupaciones”. Quien afirma esto es el presidente de la nación, Javier Milei. Y tiene razón, claro.

El mensaje tuvo mucha repercusión porque además de esta afirmación también habló de extorsiones cometidas por un periodismo que estaría corrompido por “sobres” y “pauta oficial”, lo cual le ha valido una denuncia de Jorge Lanata, un contorsionista que supo cambiar su posición drásticamente al ser contratado por el multimedio al que tanto criticaba.  

Pero la polémica del presidente con el periodismo venía in crescendo desde algunos días atrás cuando, por ejemplo, se burló de Jorge Fontevecchia y celebró una eventual inminente quiebra de Perfil; o cuando insultó varias veces al escritor Jorge Fernández Díaz por haber indicado que el de Milei era un “populismo de derecha”. En este último caso, el presidente, además de los insultos, indicó que Fernández Díaz había leído mal y/o había hecho una “mala traducción” de un artículo de Murray Rothbard, referente ideológico de Milei, en el que consideraba, allá por 1992, que la mejor estrategia para el movimiento paleolibertario era avanzar hacia un “populismo de derecha”. Si bien el Fernández Díaz que escribe enojado suele ser bastante poco interesante y previsible, en este caso hacía una lectura correcta de un texto que, por cierto, es bastante explícito y que, justamente, habíamos desarrollado aquí un par de meses atrás. Se trata de “Populismo de derecha: una estrategia para el paleolibertarismo”. Según Fernández Díaz, Milei es un populista de derecha en el sentido que da Rothbard en ese texto y tal afirmación molestó profundamente al presidente. Es que, evidentemente, Milei no se siente cómodo cargando con la mochila de “populista”, de aquí que, para no entrar en contradicción con quien inspiró el nombre de unos de sus perros, afirmó que Rothbard llamaba a crear un paleolibertarismo “popular” pero no “populista”. Milei, entonces, acusa al escritor de una mala traducción, aunque quizás se haya referido a que Fernández Díaz habría interpretado mal el texto. Y lo cierto es que, en ambos casos, Milei estaría equivocado: en primer lugar, porque la traducción es la correcta ya que el texto original se llama “Right-Wing Populism: A Strategy for The Paleo Movement”; y, en segundo lugar, (lo más importante), porque la propuesta de Rothbard no es popular sino populista, en el sentido que el propio Ernesto Laclau, había expresado. Es decir, Rothbard, y luego Milei, parecen partir de la idea de una sociedad fragmentada en diversos grupos con demandas insatisfechas que se agrupa detrás de un liderazgo carismático que establece un “nosotros” (“los argentinos de bien” persiguiendo su interés privado) frente a un “ellos” que es “el poder” (“la casta”). Aun con la enorme falta de matices que supone una definición de un par de renglones como la recién brindada, se trata de un resumen bastante aproximado de lo que Laclau entiende por populismo en su famoso libro La razón populista.  

Ahora bien, como el propio Milei dijo en campaña y ejerciendo ya la presidencia, lo que se entiende por “casta” va mucho más allá de los políticos estrictamente. Incluye, entonces, otros actores de poder y, entre ellos, a los periodistas, incluso a aquellos que creen estar combatiendo “la casta” y pretenden erigirse como garantes de la democracia y las instituciones, aun por encima de los representantes del pueblo elegidos a través del voto.

¿Se trata de una idea original de Milei? No, de hecho está presente en el artículo que el presidente dice que ha sido “mal leído”. En palabras del propio Rothbard:

“El antiguo Estados Unidos de la libertad individual, la propiedad privada y el minarquismo, ha sido reemplazado por una coalición de políticos y burócratas aliados con, e incluso dominados por, poderosas corporaciones y élites financieras antiguas (…); y la Nueva Clase de tecnócratas e intelectuales, incluyendo los académicos de la Ivy League y las élites de los medios de comunicación, que es la clase formadora de opinión social”.

El artículo es de 1992, de modo que Rothbard no podía prever el rol que tendrían las redes sociales al momento de comunicar y hacer política, pero si hay algo que caracteriza, por definición, al populismo, sea de izquierda o de derecha, es su pretensión de eliminar las intermediaciones entre el líder y el pueblo. En este sentido, las redes libertarias e incluso su criticada presunta cadena de trolls y bots van en esa línea: comunicación “directa”, sin filtros; el líder habla y el Tik Tok hace el resto. 

Aun cuando Milei sea ingrato con las corporaciones de medios que fueron las que lo catapultaron haciendo de él, por varios años, el economista con más minutos de aire en radio y televisión, es probable que esté convencido de lo acertado de la descripción de Rothbard y que sepa también que más allá de las veleidades y los sesgos de confirmación de las audiencias, lo cierto es que buena parte de la sociedad considera, con acierto, que el periodismo es parte de la casta.    

Es más, el comentario de Milei lo podría haber firmado cualquier kirchnerista en el medio de la disputa por la ley de medios, no por ser (presuntamente) populista, sino, sobre todo porque, como indicamos al principio, tanto Milei como los kirchneristas tendrían razón.     

Asimismo, si es inteligente, Milei también debería saber que los periodistas a los que les da notas asiduamente y que, deberíamos creer, no serían los ensobrados ni manipulados por la pauta a pesar de haber cambiado abruptamente su posicionamiento tras la salida de Bullrich de la contienda electoral, serán los últimos, pero serán, al fin, los que también le van a soltar la mano y van a levantar el dedo cuando regresen a su estadio republicano, ese que abrazaban cuando las políticas económicas no eran de su agrado.  

Probablemente nunca sabremos si la concepción que tiene el presidente de los periodistas responde a convicciones profundas y bien fundamentadas o se trata de raptos de ira donde es lo mismo un mercenario que alguien que, equivocado o no, simplemente piensa distinto que él. Pero el presidente debería saber que aun cuando la descentralización de facto que trajeron las redes hace que hoy sea más fácil resistir dos tapas de Clarín que la viralización de un tweet desafortunado, los mismos que lo elevaron al pedestal, aguardan agazapados la señal de los tiempos nuevos que en algún momento llegarán.

Como indicamos al inicio, en la nota publicada en este espacio algunas semanas atrás, decíamos que había que leer a Rothbard para entender a Milei y mostrábamos que de los 8 puntos que Rothbard estipulaba como camino populista a seguir, Milei abrazaba siete y solo se separaba en uno.

Efectivamente Milei impulsó el recorte de impuestos y de subvenciones, la abolición de políticas de discriminación positiva, la recuperación de las calles eliminando criminales y vagabundos, la defensa de los valores familiares y el cierre del equivalente al BCRA argentino, y solo se diferenció de la propuesta de Rothbard en lo que respecta a hacer “América grande otra vez” protegiendo al trabajador medio contra la euforia globalista (algo que sí hizo Donald Trump). 

Dicho esto, sin musculatura política, a Milei no le va a quedar otra que hacerle caso a la propuesta de Rothbard y, mal que le pese, seguir una estrategia populista también en lo que refiere a su relación con la gente y en lo que respecta al esquema “nosotros/ellos” que tan buenos resultados le ha dado. No lo podrá sostener por siempre y, sin los grandes actores de poder de su lado, el “ellos” será demasiado potente. Mientras tanto, que entre motosierras y licuaciones se filtre alguna que otra verdad no viene mal. Es que algo de razón tiene, aunque ésta sea una “razón populista”.

 

A propósito de la cuestión trans (publicado el 12/4/24 en www.theobjective.com)

 

Desde la ola de militares y policías trans sospechados de cometer “fraude de ley” hasta el episodio en Televisión Canaria con Emma Colao, no hay semana en la que la “cuestión trans” esté ausente del debate público.

No se trata, claro está, de un fenómeno estrictamente español. De hecho, en estos días, Escocia se ve envuelta en una polémica nacional a propósito de la entrada en vigencia de una ley sobre los denominados “delitos de odio”; las principales portadas de los diarios ingleses dan cuenta de la publicación del “Informe Cass”, impulsado por el gobierno británico, cuyas conclusiones son lapidarias respecto a las consecuencias de los tratamientos de hormonización sobre menores que manifiestan disforia de género; y las más importantes publicaciones del mundo dedican sus páginas a reseñas a favor y en contra de Who’s Afraid of Gender?, el nuevo libro de Judith Butler, probablemente, una de las máximas referentes de la teoría de género abrazada por los nuevos feminismos.

Es imposible resumir en pocas líneas toda la riqueza del debate, pero cabe preguntarse por qué el feminismo, originalmente circunscripto a reivindicar la igualdad de las mujeres, digamos, “biológicas”, abraza la causa trans. Y allí puede haber muchas respuestas, pero lo que no se puede pasar por alto es que “lo trans” es cosustancial a cierto feminismo constructivista en su cruzada antibiologicista. ¿Por qué? Porque si el género (y, para algunos, el sexo mismo) son construcciones sociales, la biología solo puede ser un límite material a ser superado tras el proceso de deconstrucción cultural.  

Pero, claro, si no hay una base material/biológica, si todo es una construcción social, aparece el problema de la definición, es decir, qué es, al fin de cuentas, una mujer (la misma pregunta valdría para los varones, claro está). Y en este punto es que nos enfrentamos a episodios risueños. Como aquel joven que, interpelado por un periodista en una manifestación, dijo que una mujer es una “comunidad política”; o la propia Irene Montero, que definió a la mujer como “una persona que sufre de más violencia, de más pobreza y de más discriminación”, pero luego se quedó sin palabras cuando el entrevistador advirtió que, según esa definición, la propia Montero no podría ser considerada una mujer. Es más, según esta perspectiva, todos los varones que sufren más violencia, más discriminación y más pobreza que la propia Montero, probablemente una importante cantidad de los varones españoles, serían mujeres.

Una perplejidad similar encontramos en ese documental del activista Matt Walsh, What is a Woman?, que interroga a diversas personalidades, intelectuales, etc., acerca de qué es una mujer. Más allá del evidente sesgo que tiene Walsh y de los valores de la familia tradicional que pretende defender, el documental es esclarecedor porque muestra que, al intentar eludir la respuesta “biológica”, nadie puede dar una explicación satisfactoria a la pregunta, aparentemente simple, de qué es lo que define a una mujer.      

Así observamos que la mujer está en el centro del debate público, pero quienes dicen reivindicar sus derechos, no pueden ofrecer una definición básica de qué entienden por tal, y lo hacen por intentar evitar un presunto esencialismo y, sobre todo, por rechazar algún tipo de conexión material/biológica con el género/sexo. Este punto es curioso porque no son pocos los trans, gays y lesbianas que acuden a la biología y/o a razones innatas para dar cuenta de su identidad. De hecho, son mayoría los relatos de los miembros de la comunidad LGBT afirmando “ya desde niño/a yo me sentía diferente… jugaba a vestirme de… sentía atracción por …, etc.” En esos relatos, entonces, aparece el elemento “precultural” como una potencia que los mandatos y las imposiciones de la sociedad no pudieron dominar.   

Asimismo, el constructivismo social que, desde la academia, ha irradiado a la agenda pública y a la legislación, ofrece una serie de inconsistencias de cara a una mayoría de la sociedad que va bastante más allá de los sectores ultraconservadores. Dicho en otras palabras, no hace falta ser misógino, homofóbico o transfóbico para advertir que algunas consecuencias de la legislación trans son problemáticas, paradójicamente, en especial, para las mujeres.

El mejor ejemplo de esto se da en el modo en que las mujeres trans obtienen una ostensible ventaja sobre las mujeres biológicas en determinados deportes. No hay que ser un experto para observar que, evidentemente, en determinadas disciplinas, la biología de quienes nacieron varones corre con ventaja.

Una manera más indirecta en la que las mujeres se ven afectadas, es cuando se producen casos que, podría sospecharse, son fraudulentos, en el sentido de que son realizados por varones que en el cambio de sexo a nivel legal obtienen algún privilegio. ¿En qué sentido las afecta? En el hecho de que expone que hoy en día ser mujer supone también algunas ventajas de discriminación positiva, lo cual contradice el discurso oficial. Pero esto se vio claramente en el caso de los militares mencionados y en otro sinnúmero de ejemplos donde, dependiendo el país, una mujer puede jubilarse antes que un varón, o tener un trato preferencial respecto de la tenencia de los hijos en caso de un divorcio conflictivo, por citar solo algunos.

En este mismo sentido, si la autopercepción deviene criterio suficiente para un reconocimiento estatal, lo que puede aparecer como privilegio es todo aquello vinculado a la agenda de género porque rápidamente alguien podría preguntarse por qué el Estado debe aceptar mi autopercepción de género, pero no la autopercepción de mi edad, mi nacionalidad o mi etnia. Al fin de cuentas, todas serían categorías políticas, constructos sociales que, como diría Butler respecto del género, se van confirmando performativamente en cada acto que realizamos.  

Asimismo, si bien es evidente que hay fraudes, el hecho de una legislación cuyo único criterio es la autopercepción, elimina la posibilidad de determinar cuándo se producen los mismos. Si no importa la palabra de terceros, ni especialistas; si no hay determinados hechos contra los que contrastar, y lo único a ser tenido en cuenta es lo que la persona dice de sí misma y de lo que siente, ¿cómo es posible determinar su mala fe?                

Por último, aunque resulte más inasible, probablemente el elemento más nocivo es que la discusión acerca de “lo trans” ha llevado al feminismo a quedar preso de cierta endogamia academicista y lo ha alejado de las reivindicaciones más concretas de los feminismos clásicos.   

Lamentablemente, frente a esas inconsistencias, en vez de dar un paso atrás para repensar otras opciones, (porque entre el determinismo biológico más burdo y el constructivismo social más radical habría muchos puntos intermedios donde acordar), se avanza hacia legislaciones punitivistas. El ejemplo de la nueva ley contra los delitos de odio que ha entrado recientemente en vigencia en Escocia y que mencionamos al principio, es una muestra. Por ésta, J. K. Rowling, la autora de Harry Potter, podría ir a la cárcel tras insistir en su posición de que una mujer trans no es una mujer.

Para finalizar, soy de los que cree que los Estados deben dar alguna respuesta a la cuestión trans y que la solución no puede ser un regreso al estadio existente apenas algunos años atrás, donde asumirse como tal suponía sufrir discriminación, violencia y/o estar condenado a la prostitución. Pero esconder o, peor aún, intentar censurar o cancelar a quienes exponen algunos de los problemas a los que están llevando algunas teorizaciones que se han encarnado en legislaciones, no parece el más adecuado de los caminos. 

sábado, 13 de abril de 2024

Escapar de la realidad (publicado el 4/4/24 en www.disidentia.com)

 

Episodio 1

La última moda viral a partir de Tik Tok es lo que se conoce como Filosofía “delulu” y proviene del K-pop coreano, ese estilo de música tan particular que Corea del Sur exporta en su estrategia de soft power y que, como ya hemos desarrollado aquí, combina la autoexplotación más salvaje con la hiperexposición en redes. Tal como explica el profesor de lingüística Mateus Barrios en esta nota de la BBC  https://www.bbc.com/mundo/articles/cx8jr58d33yo , “delulu” es un término que comenzó a usarse en 2014 y que, si bien hoy ha ampliado su significado, originalmente designaba “los delirios parasociales” de los fanáticos del K-pop, lo cual se expresaba en el establecimiento de conexiones emocionales unilaterales con personajes famosos hasta convencerse de que la relación era verdadera y la atención recíproca.   

Lo cierto es que, etimológicamente hablando, “delulu” proviene del inglés “delusional”, el cual podríamos traducir como “delirante” pero también como “iluso”, algo que, en este caso, parece ser más adecuado.

Es que, efectivamente, de lo que se trata en la filosofía “delulu” es de exacerbar la ilusión, crear nuestro propio mundo, “mentalizarnos” positivamente para cambiar la realidad. Desde este punto de vista, pensar realistamente es nocivo para las personas y sí…, tal como ustedes observan, se trata de una nueva versión de la autoayuda para la denominada Generación Z, esa que nació entre los años 90 y el 2010 y, sea por ignorancia, sea por vanidad, considera que el mundo nació con ella. Filosóficamente hablando, los “delulu” combinan perfectamente con ese revival de la filosofía estoica mal entendida para alcanzar una combinación fatal con el new age pseudo hippie y los 15 segundos de vacío de significado y de sentido del influencer en Tik Tok.  

Si el afuera es una mierda, tu trabajo mal pago, no tienes para el alquiler, las relaciones cara a cara son cada vez más difíciles y, sobre todo, si tus padres pueden darte casa, comida y conexión a internet, la filosofía “delulu” es la “solulu” tal como reza el slogan de los que creen que la solución está en escapar de la realidad mientras las cuentas reales las paga un tercero.

   

Episodio 2

Algunas semanas atrás, escribía unas líneas en www.theobjective.com https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2024-03-01/hitler-negro-filantropo/ sobre el caso Gemini, la IA de Google que fuera parcialmente suspendida por la compañía a raíz de una serie de imágenes que se habían viralizado. Específicamente, algunos usuarios se habían mostrado sorprendidos por la distorsión de la realidad histórica que arrojaba la tecnología que, supuestamente, tiene una respuesta (correcta) para todo. Quien buscó soldados nazis, obtuvo como imágenes presuntamente representativas, soldados negros, asiáticos y hasta alguno con el pelo azul, presuntamente, LGBT. Algo igualmente curioso sucedió a quienes en su búsqueda intentaron hacerse de imágenes de papas católicos ya que lo que encontraron fueros papas negros y hasta papisas, esto es, otra representación de lo que nunca sucedió. En la nota en cuestión, advertía que esta decisión política de Google programando al algoritmo para aggiornarse al canon de la ideología woke, podía tener como consecuencia que las nuevas generaciones cayeran en contradicciones perturbadoras: ¿los nazis eran los que creían en la raza superior y cometían genocidios o los que aplicaban un enfoque interseccional y diverso al momento de designar sus soldados? ¿La Iglesia católica es una institución patriarcal, conservadora y verticalista o un espacio que denuncia al supremacismo blanco heteropatriarcal y promueve cupos para negros y mujeres en sus espacios de máxima jerarquía?  

A propósito de ello, algunas semanas después de mi nota, en la web quillette.com, el seudónimo Toadworrier, utilizado por alguien que dice ser ingeniero informático, publicaba este artículo https://quillette.com/2024/03/18/google-and-the-gemini-debacle/ donde narraba algunos de los sucesos recién mencionados y se interrogaba acerca de las razones por las que un gigante como Google podía haber cometido semejante dislate. Más allá de que se trata de hipótesis, lo interesante es que Toadworrier no cae estrictamente sobre el responsable del proyecto, el cual es un ferviente activista progresista en redes, sino que apunta directamente a los principios que dice defender la IA de Google. Allí aparece la idea de que la IA debe “ser beneficiosa para la sociedad”, y “evitar la creación o el reforzamiento de sesgos injustos”. Nótese que aquí en ningún momento aparece como principio decir la verdad o ajustarse a la realidad. Más bien, lo que se sigue de estos principios, es que Google está comprometido con una manera de ver el mundo, lo cual, a su vez, será expresado por su IA. Por cierto, tendría todo el derecho a hacerlo, pero quizás sería bueno que lo expresara públicamente con mayor claridad. Pero, sobre todo, como indica el autor, esto contradice abiertamente lo que era la misión de Google, esto es, “organizar la información del mundo para hacerla útil y accesible al mundo”. Este último principio supone una mera administración neutral de la realidad. Los principios que, en cambio, guían la representación de imágenes de su IA, expresan un intento de adecuar la realidad a una ideología previa.

     

Episodio 3

Quizás por consumir solo circunstancialmente productos de Disney, se me ha pasado por alto un fenómeno que, de ser real, va en la línea de lo que estamos desarrollando. El disparador fue una nota de Tom Smyth, en la plataforma www.vox.com, publicada casi en paralelo a la nota de Toadworrier, y que lleva como título “¿A dónde se han ido todos los villanos de Disney?”  https://www.vox.com/culture/2023/5/19/23715887/disney-villains-little-mermaid-ursula-jafar-scar-frozen-ii

Allí la observación de Smyth es muy interesante, pues él entiende que salvo excepciones muy puntuales como puede ser la Úrsula de La Sirenita, en la nueva era de Disney ya prácticamente no existen esos villanos prototípicos. Tomando los ejemplos de películas como Frozen II o Encanto, Smyth muestra que allí ya no aparecen esos villanos horriblemente malos que generan la zozobra de nuestro protagonista. La pelea del héroe, entonces, no es contra un antagonista. Más bien es contra sí mismo, contra su enemigo interior. Así, ya no hay Madrastra, ni Capitán Garfio ni Maléfica: el enemigo del héroe son sus demonios.   

Smyth esboza una serie de hipótesis acerca de las razones de este cambio que remonta a aproximadamente el año 2013, sin ahondar demasiado en los elementos culturales que parecen dejar entrever, a tal punto que culmina la nota indicando que es posible un regreso de los villanos. Y desde ya que esto es factible por infinita cantidad de razones, pero este tercer episodio mencionado tiene un hilo de continuidad con los anteriores y sobre ellos quisiera explayarme mínimamente para concluir estas líneas.

Es que lo que se puede observar en los tres episodios es un intento de salirse de la realidad intentándolo de algún u otro modo con una suerte de “viaje interior”. La filosofía “delulu” nos impulsa directamente a vivir en un mundo ilusorio en el que la realidad es una construcción absolutamente caprichosa y subjetiva, el reino de la autopercepción donde todos podemos ser lo que deseamos.

Por su parte, la IA de Google propone una reescritura de la historia y se compromete abiertamente con una ideología dispuesta a modificar la realidad si no se acomoda a los principios impuestos por la nueva intelligentsia vanguardista. Si la realidad cede, bien. Si no, peor para ella. ¿Y los archivos? ¿Y las fuentes? Ya no interesarán: cada uno tendrá su definición, su imagen a medida, los hechos que confirmen sus prejuicios y que, sobre todo, no ofendan a ninguna minoría.

Por último, en el caso de Disney, la realidad no juega ningún rol: el héroe pelea en su interior, tiene sus propios conflictos y vencerá transformándose a sí mismo. Lo que pase afuera es menor, todo es un proceso mental. Los malos están dentro de él, en las representaciones de su mente.

Para finalizar, entonces, digamos que la realidad ha sido probablemente el gran tema, quizás el único, al fin de cuentas, que ha inspirado a los grandes pensadores de la civilización occidental desde sus orígenes. ¿Qué es? ¿Cuál es su origen? ¿Cuáles son sus leyes? ¿Cómo accedemos a ella?, son solo algunas de las preguntas que nos seguimos haciendo. Ahora bien, de lo que se trató siempre fue de comprenderla. Sin embargo, en pleno siglo XXI, pareciera que, paradójicamente, lo verdaderamente importante, es encontrar un mecanismo para poder escapar de ella.