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miércoles, 11 de agosto de 2010

Twitter: entre pajaritos y lindos gatitos (publicado originalmente el 11/8/10 en Tiempo Argentino)

El fenómeno de la red social Twitter, cuyo crecimiento exponencial resulta evidente, viene ocupando febrilmente el centro de la escena mediática especialmente a partir de algunas controversias que se han generado por los cruces poco amistosos entre personajes de la farándula por un lado y políticos por el otro. Más allá de este furor por la red social cuyo símbolo es un pajarito, creo posible hacer un análisis que vaya un poco más allá de estas disputas envasadas en 140 caracteres.
Hay dos caminos extremos que mi punto de vista tratará de evitar. Por un lado, se buscará sortear el enfoque superficial que presenta a Twitter como un eslabón más de “las nuevas formas de comunicar”, y no es otra cosa que una suerte de elogio senil y acrítico de la mera novedad. Pero, por otro lado, tampoco se tratará de reivindicar un romanticismo bucólico y neo-hippie que observe con fobia todo lo que huela a tecnología. En el medio de estas dos posiciones quizás se puedan decir algunas cosas.
En primer lugar, el fenómeno Twitter bien puede ser visto como una de las manifestaciones de la espectacularización del yo, la compulsión por hacer públicas acciones de la vida privada. Se trata, claro está, de un zeitgeist, un espíritu de época que, aun a riesgo de descansar en un lugar común, tiene su máxima expresión en el programa televisivo Gran Hermano. Como el lector sabe, en la novela de Orwell, 1984, el Gran Hermano es aquel emblema de un sistema totalitario que “todo lo ve” y que no deja resquicio para la libertad individual. Cámaras escondidas en las calles, en los bares, en los teatros y en nuestros propios hogares son la marca distintiva de este gran Ojo. Casi perversamente, el formato televisivo resignificó esta idea de Gran hermano y patentizó lo que ni Orwell pudo imaginar, pues son los mismos hombres y mujeres los que ahora eligen ser mirados, los que desean ser espiados y los que creen que esa visibilidad de su cotidianeidad resulta interesante. No es esto demasiado diferente a lo que hacemos miles de usuarios de Twitter cuando indicamos “estoy viendo el partido”, “ahora, asadito con amigos, después boliche” o “Pachano y Passman un solo corazón”.
En segundo lugar está la excitación que la mayoría de periodistas y comunicadores exhibe cada vez que se menciona esta red social, excitabilidad que no toma en cuenta que probablemente una de las razones del auge de Twitter sea justamente el declive del periodismo. Dicho de otra manera, lejos de ser la panacea de la comunicación horizontal sin mediación, los mensajes que políticos y hombres y mujeres realizan en la red son la concretización de un periodismo decadente que perdió el hábito de preguntar y se ha transformado en una plataforma de propaganda que sólo “presta” micrófono para que el encuestado diga lo que quiera. En Twitter, al menos, esto se ha sincerado pues cada uno ha decidido afirmar de manera escueta lo que quiere sin acudir a los favores de un periodismo que ahora ya ni sirve para prestar ese micrófono. Con un mensaje de 140 caracteres evitamos la pantomima del diálogo incisivo, el gesto adusto y la performance de entrevistado acorralado.
En Twitter el diálogo se interrumpe y se reemplaza por un entrecruzamiento de sentencias y preguntas retóricas, de lo cual se sigue una serie de interrogantes respecto a qué forma de comunicación se está privilegiando. Esto parece exacerbar las objeciones que ya se le hacían al lenguaje escrito hace unos 2500 años y que explica que, salvo el ex Presidente Menem, nadie haya leído jamás libro alguno de Sócrates. La razón de la decisión de no dejar nada por escrito obedecía, en el caso del gran filósofo ateniense, no tanto a que “sólo sabía que no sabía nada” sino al convencimiento de que sólo a través del diálogo se podía llegar a la verdad. La forma oral existente en la conversación tiene un dinamismo que no tiene un texto escrito que queda fijo e inmodificable. Un libro escrito no puede responder nuestras preguntas, un interlocutor sí. Una conversación en Twitter es, cuando no imposible, fragmentaria.
Por último y vinculado a esto aparece la extensión, los 140 caracteres. Para el lector desprevenido que no maneja este tipo de código, la frase que está leyendo tiene 163 caracteres, es decir, no podría ser incluida en un mensaje de Twitter. Por qué 140 y no 280, 560 o ilimitado, es una incógnita o, más bien, la instauración de un corset capaz de obturar cualquier reflexión que se precie de tal.
Ahora bien, al principio de la nota prometí no caer en la crítica romántica a la tecnología y hasta ahora me ha costado cumplir mi promesa. Cabe, entonces, ser justos y decir que tanto Facebook como Twitter pueden ser útiles para aquellos que consideren que tienen algo que mostrar y en ese sentido puede traer beneficios para los políticos que deseen mantener informados a sus seguidores de las pequeñas acciones diarias o para un artista que quiera promocionar un evento. En este sentido, el abaratamiento de los costos y una inmediatez masiva son dos pilares esenciales de este tipo de redes. Un tercer elemento podría ser el de los contactos profesionales, amorosos y la posibilidad, no siempre remota, de poder intercambiar algunas palabras con una persona a la cual de otra manera resultaría imposible acceder. Sin duda, también, estas redes sociales son una potente vía de convocatoria que puede derivar tanto en loables movilizaciones políticas como en inútiles rateadas de estudiantes. La conclusión de esta nota se la dejo a usted. Yo estoy ocupado observando la forma en que el diputado Fernando Iglesias twittea con afán provocador olvidando que la ironía es un atributo de la inteligencia y cómo Luli Salazar me deja entrar en su alcoba virtual como un intelectual “Sin reservas”.