domingo, 30 de octubre de 2022

El candidato del desacuerdo (editorial del 29/10/22 en No estoy solo)

 

Si en condiciones normales el gobierno del FdT se ha caracterizado por la parálisis en la gestión, el ingreso de lleno en la agenda electoral en un clima de total incertidumbre no hace más que augurar momentos difíciles.

Algo parecía haber cambiado con la llegada de Massa al superministerio, al menos en lo que a cierta dinamización de la gestión respecta. Se hizo a pesar de Alberto pero se acordó ante un abismo que era inminente y que amenazaba la continuidad institucional. Nadie más que las tres patas del Frente saben qué se resolvió en esos días pero parece evidente que Massa desplazó a un Alberto Fernández cuyo poder quedó reducido a una lapicera cada vez más formal y con menos tinta. Ese desplazamiento se realizó con el apoyo del kirchnerismo, presumimos que explícito en privado y tácito en público.

Ahora bien, si ese acuerdo tenía un tiempo de vigencia no lo sabemos, pero el tweet de Cristina criticando, con razón, un abusivo aumento en las prepagas otorgado por el gobierno abre un interrogante: ¿crítica aislada o comienzo de un proceso de horadación de Massa? Que CFK, como viene haciendo en el último tiempo, hable en tercera persona del gobierno en el que se desempeña como vicepresidente detrás de la persona que puso a dedo, sería material para un editorial en sí mismo pero merece ser resaltado una vez más. Con CFK como vice pasamos “de la patria es el otro” a “la lapicera es el otro”; de una práctica política del desensimismamiento a una moral de la irresponsabilidad. El kirchnerismo ocupó una buena cantidad de cargos. Pero, de repente, como no maneja la última lapicera la culpa la tiene el presidente. Como supe decir en este mismo espacio, ese escenario deja al kirchnerismo en un verdadero dilema: o es cómplice y juega al policía bueno y policía malo sin renunciar a los cargos y a la caja; o ha sido un pésimo negociador puertas adentro y a pesar de ser el que aportó el 80% de los votos se quedó afuera de todas las grandes decisiones. En cualquier caso es preocupante.

La situación de Alberto, por su parte, es desconcertante, al menos para quien escribe estas líneas. Cada vez más en solitario, rodeado del círculo íntimo, haciendo su parte pimpilinesca con CFK y en una relación tirante de amor/odio con Massa porque lo necesita para que no naufrague su gobierno pero ese éxito sería su final porque  catapultaría al líder del Frente Renovador como próximo candidato. Alberto nunca fue un candidato de consenso. En todo caso fue un candidato del consenso de CFK consigo misma pero después de esa decisión las distintas partes entendieron que la decisión era buena. Una suerte de consenso “epifánico” y tardío. Hoy la posibilidad de sostener el poco poder que le queda hasta 2023 y ser el candidato a la reelección, algo que en condiciones normales hubiera sido natural, depende de que el Frente no pueda resolver sus internas. En este sentido, Alberto 2023 sería el candidato del desacuerdo; el candidato que emergería por decantación de la disputa entre un kirchnerismo que solo cada vez puede menos y un Massa que pediría más de lo que se merece. Si esta hipótesis es correcta, habría buenos incentivos para que Alberto se transforme en una máquina de impedir porque solo en ese escenario el espacio puede volver a posicionarlo a él como salida por arriba del laberinto.

En este contexto aparece la discusión acerca de las PASO. Con toda la honestidad del mundo, una vez más, confieso mi desconcierto respecto a la estrategia de Alberto. Como ustedes saben, Massa querría suspender las PASO y buena parte del kirchnerismo también. Tienen todo tipo de razones, la mayoría de peso, para sostener su posición pero, en última instancia, claro, se trata de una conveniencia electoral. Pero el presidente se opone. ¿Por qué lo hace? Si no es una suerte de legalismo zonzo no parece clara la estrategia. ¿Cree que en una interna le va a ganar a CFK? ¿Lo cree de verdad? ¿Entonces? ¿Ir a una interna para perderla y automáticamente generar un vacío institucional que hasta podría precipitar su gobierno varios meses antes del fin de su mandato? ¿Acaso se sabe derrotado pero entiende que en las PASO puede ubicar “su gente” para construir tardíamente un albertismo que no supo construir hasta aquí?  Si el llamado a participar de una gran interna es ya una demostración de debilidad (porque va de suyo que todo presidente con posibilidad de ser reelegido es “el” candidato), sostener, contra gobernadores, intendentes y socios mayoritarios del espacio a las PASO que lo condenarían es, desde esta humilde tribuna, inentendible. Sin dudas debe haber allí alguna carta que desde aquí no podemos ver pero la sensación es que la única posibilidad de sobrevida política de Alberto es gracias a otro dedazo, en este caso, producto de, como decíamos, una negociación trabada al momento de elegir sucesor.

Por último, como también ya lo hemos dicho aquí, Massa tiene las de ganar si logra mínimamente encauzar la economía y en tanto es el único que puede ofrecerle algún voto no K al kirchnerismo en una ecuación que 4 años después sigue arrojando “Con CFK no alcanza. Sin CFK no se puede”. Si lograra enderezar la economía mínimamente tendrá más poder al momento de sentarse a negociar con el kirchnerismo y también tendrá a su favor el eventual aprendizaje de la lección de los errores de Alberto en la relación con el kirchnerismo. El punto es si lo van a dejar los de adentro. Es que, como indicamos, un buen desempeño de Massa acabaría con las esperanzas de Alberto y un Massa presidente con poder y una CFK “retirada” es un escenario en el que el tigrense es capaz de deglutir lo que quede de un kirchnerismo que tendrá su eje de gravitación en el conurbano y, eventualmente, en un posible segundo mandato de Kicillof.

Con una sociedad en la que el discurso anticasta ha calado profundo, el espacio que defiende a la política no ha podido resolver con política los problemas de las mayorías. Si a esto le sumamos el año electoral en el que “la política” se reduce a candidaturas, campañas, internitas y demagogias varias, está todo planteado para unos comicios en los que la gente vote enojada. Si es grave que haya desconexión entre los que están dentro del palacio, imaginen cuán grave puede ser cuando esa desconexión se da además entre los que están dentro del palacio y los que lo miran todo desde afuera.    

  

lunes, 3 de octubre de 2022

Rushdie y la fatwa progresista (publicado el 2/9/22 en www.disidentia.com)

 

La noticia del intento de asesinato de Salman Rushdie, quien desde 1989 cargaba sobre sus espaldas la condena a muerte dictada por la fatwa de Khomeini, sacudió los medios y las redes sociales de todo el mundo. Con buen tino se hizo hincapié en el extremismo en el que puede derivar el islamismo radical y se retrotrajo a la memoria los tristes episodios de derramamiento de sangre en nombre de la religión.

Afortunadamente, en el mundo Occidental no aceptaríamos que una autoridad política/religiosa determine la sentencia a muerte de ninguna persona, menos aún de un escritor por el simple hecho de escribir un libro, aun cuando éste pudiera considerarse ofensivo. Sin embargo, en los últimos años se ha instalado en la cuna de la ilustración una cultura de la cancelación cuyos niveles de violencia han escalado exponencialmente. Si bien nada es comparable al llamamiento a todos los miembros de una religión a asesinar a un hombre de a pie, la moda de establecer linchamientos mediáticos y la “muerte civil” de personas, tiene vasos comunicantes y algunos paralelismos que es preciso advertir.

“Comunico al orgulloso pueblo musulmán del mundo que el autor del libro Los versos satánicos –libro contra el islam, el Profeta y el Corán- y todos los que hayan participado en su publicación conociendo su contenido, están condenados a muerte. Pido a todos los musulmanes que los ejecuten allí donde los encuentren”.

Salman Rushdie cuenta que recibió ese decreto por escrito algunos minutos antes de ser entrevistado en vivo en la CBS y que en ese momento entendió que él había dejado de ser Salman Rushdie para asumir un “otro yo”: ya no era el Salman de los amigos sino el satánico autor de Los versos satánicos, el condenado a muerte, una criatura con cuernos y ahorcado con la lengua afuera tal como demostraban las pancartas en ciudades que él nunca había conocido. “¡Qué fácil era borrar el pasado de un hombre y construir una versión nueva de él, una versión aplastante, contra la que parecía imposible luchar!”, reflexiona Rushdie en su autobiografía cuyo título, Joseph Anton, refiere al seudónimo que tuvo que comenzar a usar desde ese momento. Aun cuando como bien indica en ese mismo libro, se trataba de una condena realizada por un tribunal que él no reconocía como tal y que no tenía jurisdicción sobre su persona, lo cierto es que su vida cambiaría para siempre.

El decreto de Khomeini llegó cinco meses después de la publicación del libro en septiembre del 88. Pero para esto ya se habían sucedido hechos sorprendentes: se había prohibido la novela en la India y en Sudáfrica; un jeque había llamado a los musulmanes británicos a iniciar acciones legales contra el autor y hubo una amenaza de bomba en la sede de la editorial inglesa que lo había publicado. Ya ingresados en el año 1989, hubo manifestaciones en Bradford, que incluyeron quema de libros, y en Londres; cadenas de librerías retiraron el libro por las presiones, y movilizaciones en Pakistán e India acabaron con decenas de heridos y algunos muertos.

Luego llegó la fatwa y tras ello sobrevino lo peor: se profundizó la retirada del libro de las principales cadenas del mundo; se produjo un conflicto diplomático entre Irán y la Comunidad Europea con retiro mutuo de los embajadores; manifestaciones de musulmanes en New York; explosiones en una librería de California y, por si esto fuera poco, el ayatollah ahora ofrece 3 millones de dólares a quien realice el asesinato de Rushdie, recompensa que se ampliaría al doble algunos años más tarde. De hecho, como la fatwa incluía también a quienes hicieran posible la circulación del libro, entre el año 91 y 97 se suceden una agresión con arma blanca al traductor de la novela al italiano y un intento de asesinato al editor noruego de la novela. También mataron al traductor al japonés y hubo un atentado contra el traductor turco en el que murieron treinta y siete personas. La lista de sucesos podría continuar.

Aunque la vida de Rushdie nunca volvió a ser normal, en los últimos años solía hacer apariciones públicas como aquella en la que fue atacado semanas atrás. De ayuda fue que, como un gesto de distensión hacia Occidente, algunos años más tarde de aquella fatwa, el gobierno de Irán afirmara públicamente que cesaría la persecución, algo que podría ser disuasivo para muchos pero no para el sector radicalizado que considera que una fatwa no tiene fecha de caducidad. ¿Y todo esto por qué? Por un libro.

La exposición de estos hechos pareciera ir en contra del sentido de estas líneas pero no es el caso. De hecho, no hay semana en la que no sepamos de escándalos con escraches, prohibiciones y agresiones en el marco de presentaciones, sea de artistas, escritores o referentes de espacios políticos. Lo más sorprendente es que estos hechos de violencia no suceden en aquellas ciudades que ni el bueno de Rushdie conocía sino, en muchos casos, en las principales universidades del mundo con sedes en Estados Unidos y Europa.

Son ataques que no se hacen en nombre del islam sino, la mayoría de las veces, en nombre de la perspectiva “woke” que es enarbolada por la izquierda y que incluye allí reivindicaciones, de las sensatas y de las otras, de grupos tan variopintos como antirracistas, LGTB, veganos, ambientalistas, etc.

No vale la pena glosar la cantidad de eventos en este sentido pero, solo como botón de muestra, tengamos en cuenta que, en los últimos días, el humorista Ricky Gervais ha decidido contratar seguridad privada para estar protegido en sus shows después de ser acusado de transodiante por sus bromas contra la comunidad trans y tras el intento de agresión con arma blanca que sufriera en mayo último otro humorista políticamente incorrecto como Dave Chapelle. ¿Y todo eso por qué? Por hacer bromas.

Lo cierto es que estos ejemplos muestran que la cultura de la cancelación está llegando a límites insospechados y, lo que es peor, adopta la misma estructura de los fundamentalismos religiosos. Si Los versos satánicos merecían una condena a muerte por ofender al islam, el criterio de la ofensa como límite a la libertad de expresión en Occidente está promoviendo una preocupante ampliación de la censura en nombre de las buenas causas y basándose en la arbitraria subjetividad de cualquiera. Y aquí aparecen algunos aspectos a tomar en cuenta pues en eso, digamos la verdad, Occidente mantiene su tradición democrática e individualista ya que aquí no hace falta que el decreto lo promulgue una autoridad religiosa; alcanza con que cualquier ciudadano se sienta ofendido por algo para que la cacería comience. Por eso, además de democrática en el peor sentido del término, la “fatwa progresista” opera anárquicamente y en el formato de enjambre. No importa qué digas, ni siquiera cuando lo hayas dicho, pues la cacería puede iniciarse por un mensaje en una red social de diez años atrás; basta con que alguien, por buenas o malas razones, se sienta incómodo como para que se crea con derecho a que tu vida cambie para siempre y debas convertirte en Joseph Anton, el otro yo de Salman Rushdie. Esto no solo tiene que ver con personajes públicos. También le ocurre a personas corrientes que son “escrachadas” en las redes por buenas y malas razones. Tras ser “marcada” la persona en cuestión, lo que sucede a continuación no tiene que ver con obedecer una autoridad religiosa sino a una cultura que indica que cualquiera que se queje de algo tiene razón, es víctima y merece el acompañamiento incluso a través de distintas formas de violencia a ejercer sobre el señalado. Por cierto, el usuario de una red social que reclama algo adquiere una potencia religiosa que muchos religiosos envidiarían.    

Pero nótese que curiosamente los paralelismos pueden seguir. Si Rushdie entendía con razón que él estaba siendo juzgado por un tribunal ilegítimo y sin jurisdicción, la fatwa progresista actúa del mismo modo: son usuarios, muchas veces incluso anónimos, los que juzgan sin legitimidad y sin jurisdicción, algo que muchas veces se traslada a compañías e instituciones donde cada vez más frecuentemente se toman decisiones sobre la vida de las personas por lo que las redes andan diciendo. Asimismo, del mismo modo que los fundamentalistas religiosos entienden su fatwa como inextinguible, el fenómeno de las cacerías en nombre de la nueva moral progresista se apoya en la eternidad del mensaje perpetuado en las redes. Lo he escrito aquí, pero cabe recordar el infierno que vivirán en unos años quienes, habiendo nacido a principios de los años 2000, hayan tenido acceso a las redes sociales siendo adolescentes y dejando por escrito para la eternidad todas las tonterías que decimos y pensamos cuando somos adolescentes.

No son pocos los que están advirtiendo esta deriva. De hecho, y cito de memoria, recuerdo sendos capítulos de la serie inglesa Black Mirror, en la que, por ejemplo, unos minirobots en forma de abejas, actuando, justamente, como enjambre, son los encargados de asesinar a quien sea el más odiado del día en la red social de moda; o el ejemplo de un delincuente cuya condena no cesa y es actualizada en un loop eterno como el que padece quien está “condenado” por el archivo siempre arbitrario de Google. Incluso uno de los capítulos muestra lo terrible que es la condena a una muerte civil, máxime cuando es injusta, trasladando a la vida real lo que se produce en una red social cuando alguien es “bloqueado”, lo cual, claro está, no es otra cosa que la forma más perfecta de la cancelación.             

Por si hace falta repetirlo lo repetimos: nada es comparable con lo que ha sufrido Rushdie. Nada. Absolutamente nada. Dicho esto, no podemos pasar por alto los peligrosos avances que nuestra civilización está dando hacia acciones que no se hacen en nombre de Dios ni del Profeta pero que siguen la dinámica de lo que algunos, con buen tino, advierten como la nueva “religión woke” en nombre de la justicia social. Si siglos de ilustración y crítica a la religión han servido para algo, deberíamos tener los anticuerpos para advertir este proceso; si todavía nos horroriza lo que ha padecido Rushdie y entendemos que está más cerca de lo que imaginamos, habrá lugar para la esperanza. 

 

¿Todos somos fascistas? (publicado el 30/9/22 en www.disidentia.com)

 

“Sí a la familia natural; no a los lobby LGBT; sí a la identidad sexual;  no a la ideología de género; sí a la cultura de la vida; no al abismo de la muerte; sí a la universalidad de la cruz; no a la violencia islamista; sí a las fronteras seguras; no a la inmigración masiva; sí al trabajo de nuestros ciudadanos; no a las grandes finanzas internacionales; sí a la soberanía de los pueblos; no a los burócratas de Bruselas; y sí a nuestra civilización y no a quienes quieren destruirla (…)”

Este es parte del discurso que algunos meses atrás diera en Andalucía, Giorgia Meloni, la primera mujer que ocupará el cargo de Primer Ministro en Italia.

El video se hizo viral en las últimas semanas a partir de que las encuestas comenzaban a mostrar que las posibilidades de Meloni eran ciertas. Allí, en apenas segundos, la candidata de Fratelli d’Italia lograba resumir con claridad un posicionamiento al que han denominado desde “ultraderechista” hasta “neo” y “pos fascista”, cuando no directamente “fascista”, en algunos casos aprovechando la coincidencia de cumplirse 100 años de la llegada de Mussolini al poder.

Lo hemos trabajado aquí ya varias veces y no exponemos ninguna novedad cuando se indaga en las razones que explican este fenómeno que se replica en distintos países y regiones con tradiciones políticas, contextos y escenarios tan disímiles como los de Estados Unidos, Brasil o Hungría.

Es que estamos asistiendo a la combinación de una agenda global que impone un capitalismo financiarizado en lo económico y un progresismo en lo cultural cuyo desenlace está siendo fatal: altos niveles de desigualdad y deterioro de la estabilidad laboral que se presentan bajo las administraciones de expresiones de distinto color político; combinado con una ideología compartida por partidos de izquierda trotskista, centro izquierda populares y de centro derecha, en línea con la visión del oenegismo global, que avanza vertiginosamente contra una serie de valores, estilos de vida e instituciones que forman parte de la cosmovisión y la identidad de una mayoría de personas. Es frente a este “sistema” hegemónico que combina lo económico y lo cultural que en diferentes partes del mundo se suceden resultados electorales que suelen ser interpretados como “exabruptos”, votos “irracionales” movidos por oscuras pasiones, o simplemente, demostración de los nuevos tipos de manipulación. Cuando todo esto no alcanza, el tiro del final supone denominar “fascismo” o “ultra derecha” a todo lo que no responda al sistema antes mencionado. Por supuesto que, en muchos casos, estas apariciones “anti sistema” tienen el apoyo de sectores ultras y radicalizados cuyas ideas se encuentran reñidas con principios democráticos y republicanos. Sin embargo, cuesta imaginar que este tipo de ideas radicalizadas puedan alcanzar amplias mayorías como las que están obteniendo en distintas partes del mundo. ¿Podemos decir, entonces, que el mundo se está volviendo “fascista”? Para responder a este interrogante examinemos el discurso de Meloni antes citado. 

El primer aspecto tiene que ver con lo cultural y refiere a la discusión sobre familias tradicionales y lo que ella denomina “lobby LGBT”. En lo personal creo que el concepto de “familia tradicional” conlleva una postura conservadora; además es real que detrás de las críticas a los lobbies LGBT se esconden muchos pensamientos homofóbicos. Sin embargo, ¿podemos decir que quien defienda los valores de una familia tradicional es un fascista? Creo tener razones a favor de la necesidad de tener una concepción más amplia de la idea de familia y me resulta inadmisible que alguien tenga limitados sus derechos civiles por su elección sexual, ¿pero podemos llamar “fascista” a quien considera que la biología juega algún rol en la identidad sexual? Podemos discutir si eso es cierto o no, pero ¿debemos llamarlo “fascista” por, por ejemplo, considerar que una mujer trans corre con ventaja si compite en deportes donde participan mujeres “cis”? ¿Es necesariamente transodiante quien advierte sobre las consecuencias físicas y psíquicas que podrían traer aparejados los tratamientos hormonales sobre menores que se autoperciben trans? Insisto. Quizás estén equivocados. Pero llamarlos “fascistas” parece injusto.

Lo mismo sucede cuando Meloni habla de la cultura de la vida en contra del “abismo de la muerte”, algo que, presumo, refiere a la cuestión del aborto y la eutanasia. En lo personal creo que hay buenas razones para justificar la legalización del aborto y la eutanasia. Esa es mi posición personal. Sin embargo, jamás se me ocurriría llamar “fascista” a quien sostiene lo contrario, especialmente porque también tiene buenas razones para hacerlo. Creo poder dar argumentos en favor de mi posición pero “mi adversario” en este caso también los tiene y no se puede descartar simplemente en tanto punto de vista “sostenido por un dogma” o por razones morales como si no fueran igualmente morales las razones para justificar una posición como la mía.   

El tópico de la universalidad de la cruz se debe unir al de la “defensa de nuestra civilización contra quienes quieren destruirla”. El agregado de “no a la violencia islamista” merecería alguna aclaración porque de allí se podría inferir, aunque no necesariamente, que ella reduce el Islam a una religión violenta, lo cual es falso, más allá de que muchos actos de violencia se realicen en nombre de Alá. ¿Pero desde cuándo podríamos llamar “fascista” a alguien que dice que hay que defender las propias creencias y su civilización? Occidente parece ser la única civilización culposa que hace todo lo posible por destruirse a sí misma, (como si fuera la única civilización del mundo que tuviera episodios oscuros de los cuales arrepentirse), y que mira con sospecha a quien sostenga que en su civilización hay valores que merecen la pena defenderse. Por cierto, además, y esto va desde mi lugar de ateo: ¿desde cuándo creer en Dios es fascista? Insisto: yo soy de los que no creo y sostengo, con evidencia empírica, que en nombre de la religión se han cometido muchísimas atrocidades. Pero ¿podemos decir, sin más, que un creyente, al menos en Occidente, no forma parte del juego democrático porque cree en Dios?

Siguiendo con los principios mencionados por Meloni: ¿hay alguien en el mundo que no quiera “fronteras seguras” y que entienda que “una inmigración masiva” es un fenómeno que en contadas ocasiones conlleva beneficios tantos para los inmigrantes como para los receptores? Se dirá que detrás de esas ideas hay muchos racistas. La respuesta es sí, absolutamente. Pero una vez más: que muchos racistas sostengan eso no significa que cualquiera que tenga esa posición sea un racista. De hecho, no hay país ni gobierno en el mundo que defienda ingresos irrestrictos sin ningún tipo de control en sus fronteras, ni siquiera los más progresistas. Está muy bien que así sea y no por eso resultan gobiernos “racistas” o “fascistas”.

Por otra parte, ¿se puede estar en contra de brindar trabajo a los ciudadanos nacionales? ¿Y se puede desconocer que la transnacionalización del capital le quita el trabajo a mucha gente al tiempo que impone un tipo de trabajo esclavizante para otros en recónditos lugares de la tierra por apenas unos dólares diarios? ¿Es fascista afirmar ese dato de la realidad? Naturalmente, muchos se suben a ese dato para adjudicar al inmigrante la razón de sus penurias, lo cual es injusto y objetivamente falso. Pero ¿es fascista quien sostenga que antes que importar ropa hecha en Vietnam es preferible promover la industria local?     

Por último, defender la soberanía de los pueblos es un principio sostenido por los nacionalismos en general y muchos fascistas han sido y son nacionalistas. ¿Eso significa que todo nacionalista es un fascista? Podemos dar razones contra el nacionalismo. Las hay y abundantemente. También las hay a favor de avanzar hacia instituciones supranacionales. Pero ¿puede considerarse de antemano que cualquiera que defienda los intereses nacionales y exponga sus razones contra las imposiciones de la “gobernanza mundial”, sea de ultra derecha y portavoz de discursos de odio?

Para finalizar, entonces, es necesario aclarar varios puntos. Por un lado, el debate público impulsado por la agenda “sistémica” tanto en lo económico como en lo cultural ha llevado a que se considere “fascista” y “antisistema” prácticamente a cualquier punto de vista que no comulgue con los nuevos preceptos. Esto no solo impide y debilita el debate público segregando a espacios mayoritarios sino que, sobre todo, banaliza lo que fue y lo que es el fascismo, aun en sus mínimas expresiones todavía existentes.

Por otro lado, en un nuevo capítulo de falacia ad hominem, alguien esgrimirá el “prontuario ideológico” de Meloni y de muchos de sus seguidores; incluso podrá contarnos el origen de su partido y las mutaciones relativas que ha sufrido éste desde sus orígenes hasta aquí. Por si hace falta aclararlo, estas líneas no se proponen defender a Meloni sino intentar entender por qué una expresión como la suya recibe tantos votos. Pero aunque más no sea como un experimento mental, aceptemos que ella es una fascista y que ha ganado el fascismo mussoliniano en Italia 100 años después como si fuese todo lo mismo. La pregunta sería entonces, ¿qué está pasando para que sea el fascismo el que está adoptando una agenda que representa a las mayorías? ¿No será que la izquierda y los partidos de centro, es decir, los partidos del sistema, están siendo incapaces de responder a los problemas más acuciantes de la gente, esto es, trabajo, inmigración, salud, inseguridad, inflación, etc.? ¿No será que la agenda del “sistema” está desconectándose de lo que la gente cree y quiere independientemente de si esto que quiere y cree es lo correcto o es lo que nos gusta?

A propósito de ello, y la propia Meloni lo ha usado en uno de sus discursos, viene a mi mente unos de los párrafos finales del libro Herejes, publicado en 1905 por el siempre lúcido G. K. Chesterton:

“La gran marcha de la destrucción mental proseguirá. Todo será negado. Todo se convertirá en credo. Es una postura razonable negar los adoquines de la calle; será dogma religioso afirmar su existencia. Es una tesis racional que todos pertenecemos a un sueño; será sensatez mística asegurar que estamos todos despiertos. Se encenderán fuegos para testificar que dos y dos son cuatro. Se blandirán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano”.

Algunos se preguntan cómo puede ser que la derecha y sus expresiones radicalizadas hoy sean rebeldes. Yo me preguntaría qué es lo que está pasando en las agendas de los espacios de centro y de izquierda, para que muchos de los valores que defienden esas derechas radicales, lejos de ser fascistas, parezcan bastante sensatos.   

 

martes, 27 de septiembre de 2022

De trabajadores pobres y preguntas incómodas (editorial del 24/9/22 en No estoy solo)

 

El largo plazo es en la Argentina una rama de la literatura fantástica. A lo sumo, lo que entendemos por futuro es el camino más o menos previsible que llevará a uno u otro candidato a postularse. Las tendencias políticas se constituyen agregándole “ismo” al apellido del candidato elegido. No mucho más. El kirchnerismo, el último “ismo” sobre el cual vale la pena discutir, volvió como un sucedáneo negativo de sí mismo. En su forma edulcorada, evitó la continuidad del plan de Macri, pero no vino a ofrecer futuro sino nostalgia y la impotencia de tener que ser atendido por sus detractores. Así, es mayoritariamente defendido por lo que hizo y por el riesgo de lo que hay en frente pero no por lo que viene a ofrecer, lo cual, de hecho, tampoco resulta demasiado claro. Si allá por el 2010 era evidente que el voto de derecha era mayoritariamente un voto de “los viejos” mientras que la juventud se inclinaba hacia el kirchnerismo, hoy tenemos que el voto de derecha se concentra en los dos polos, los más viejos y los más jóvenes, dejándole al kirchnerismo un sector relevante de los que tienen entre 30 y 45 y viven en los grandes centros urbanos. Todo puede cambiar, como de hecho cambió desde el 2015, pero lo cierto es que hoy asistimos, en el mejor de los casos, a un mero plan de supervivencia del kirchnerismo, en todo sentido, no solo económico, sino social y político. Toda la épica posible está en militar que no explote y que no se note; todo el debate posible está en la gramática, el uso de plurales y el origen del odio.

Después está la realidad, y, en este caso, por ejemplo, los números oficiales muestran el afianzamiento estructural de un fenómeno que no es solo local y que lleva ya algunos años. Me refiero al de los trabajadores pobres.

Efectivamente, tenemos recuperación del empleo pero al mismo tiempo alrededor de un tercio de los asalariados son pobres. Antes tener un empleo era sinónimo de abandonar la pobreza. Hoy no necesariamente, ni siquiera entre los empleos registrados. Los datos abundan y sería abrumarlos con comparaciones pero lo cierto es que una familia tipo necesita algo más de 120000 pesos para no ser pobre en la ciudad de Buenos Aires. Y el sueldo no alcanza. Traigo este tema a colación para conectarlo con la dificultad del largo plazo que planteaba al principio ya que se trata de problemas cuyas soluciones no son inmediatas.

¿Hay una discusión robusta y capilar entre los sectores afines al oficialismo acerca del futuro del peronismo en este panorama? Dicho de otra manera, si la columna vertebral del movimiento es, o era, la clase trabajadora, ¿no hay nada para repensar de aquí en más tomando en cuenta que formar parte de esa columna vertebral hoy no alcanza para dejar de ser pobre?

Y estamos hablando de empleo formal. ¿No hay nada para decir acerca del trabajo asalariado no registrado y los cuentapropistas? ¿Lo único que hay para ofrecer es tercerización de la pobreza y presunta “economía popular”? ¿A qué peronista se le puede ocurrir defender el clientelismo para así cumplir con la mitología que el antiperonismo supo crear? 

 

¿Y cuál será la relación con la clase media? ¿Seguirá esa especie de guerra cultural zonza del peronismo de clase media contra la clase media, a pesar de haber sido el movimiento que más clase media ha generado? ¿La única respuesta es más impuestos a los que no los pueden evadir? Pensemos en alguien que hoy tenga unos 45 años y haya pertenecido siempre a la clase media urbana. Seguramente se formó en la escuela pública gratuita y hasta pudo continuar sus estudios en la universidad pública; tener alguna dificultad de salud no habrá sido un problema porque existían coberturas gracias al empleo formal de los padres o, eventualmente, la buena atención de la salud pública. Hoy en día, esa persona, probablemente de pensamiento progresista, reconocerá por lo bajo que elige mandar a sus hijos a una escuela privada y que lo que le queda del sueldo se le va por costear la prepaga. ¿Lo hace porque se aburguesó y se volvió de derecha o porque la educación y la atención médica están en decadencia incluso a pesar de la calidad de algunos de sus recursos humanos?

Tener garantizado un sistema público de salud y educación… ¡eso sí era redistribución efectiva! ¿Es posible volver a discutir ello sin consignismo barato? En otras palabras, el neoliberalismo destrozó buena parte de las prestaciones de calidad que ofrecía un Estado que, a veces mejor, a veces peor, funcionaba. Ahora bien, por ejemplo, ¿no hay algo para revisar también en los sindicatos del área de educación? ¿Y qué hay de la formación de los docentes? ¿Toda la culpa es de Menem?

Siguiendo con la clase media, ¿qué tiene para ofrecer el peronismo a aquellos cuentapropistas que trabajan para el exterior y cobran en dólares? ¿Qué respuestas hay para todo un circuito informal que va desde el mantero que vende ropa trucha y que cobra por Mercadopago, hasta aquel que se acerca al mundo de las criptomonedas porque no puede cobrar los dólares sin que se los pesifiquen a un valor que no existe? ¿Algo más que tratar de cobrarle impuestos podría ser? ¿Algo más que acusarlo de “pendejo libertario”?   

A propósito, ¿y si en vez de impulsar una cruzada patriótica contra el puñado de argentinos que puede viajar hasta Qatar, discutimos el proyecto productivo de país y las razones por las que estructuralmente faltan dólares?  

Esto se relaciona con lo que les mencionaba la semana pasada cuando les comentaba de esta nueva generación que, por derecha o por izquierda, no tiene demasiado apego al pacto democrático por, entre muchas razones, observar que con la democracia no alcanza para comer, curar ni educarse. ¿Y si buscamos por allí algún indicio de los niveles de violencia y odio que pululan y nos atraviesan transversalmente? No para justificarlos, claro, sino para tener un diagnóstico preciso que nos permita empezar a intentar resolverlo.

Por cierto, y de paso, ¿hay alguna alternativa a achacarle a las Fake News y a la falta de una ley de medios el hecho de que la gente no vote como nos gusta? ¿En serio alguien puede creer que el problema de la verdad se resuelve con una ley de medios que ya quedó obsoleta? ¿Y si el problema es que a veces, además de la comunicación, lo que falla es el contenido de lo que se quiere comunicar?

 

         Por otra parte, frente al manual del buen emprendedor que ya no obedece a un jefe para poder autoexplotarse, ¿los sectores progresistas ofrecerán algo más que la romantización de los pobres y la marginalidad? ¿Qué transformación material sustantiva son capaces de ofrecer hoy los espacios populares y de centroizquierda de cara a los próximos 5, 10 y 20 años? ¿Cómo compatibilizar seriamente sin acudir al término “sustentable” el discurso buenista del ecologismo oenegista y la plurinacionalidad, con la explotación de los recursos naturales que este país necesita para crecer? ¿Ya sabemos qué dirá la derecha pero qué solución realista tiene el resto para ofrecer (y por “solución realista” entendemos un proyecto que incluya a casi 50 millones de personas que necesitan comer y tener energía)?

Para finalizar, ¿hay quien entienda que gobernar no es solo diagnosticar como si todos fuésemos observadores externos de una realidad ajena? ¿Hay quien entienda que gobernar no es hacer un trabajo etnográfico de “la facu” donde nos referimos a grupos a los que nunca pertenecimos ni vamos a pertenecer?

El país del 2023 es muy distinto al del 2003 y lo que pudo ser una solución en aquel momento puede no serlo en la actualidad. Comenzar con las preguntas correctas, aun si éstas no tienen respuesta, puede ser un buen inicio para pensar lo que vendrá.  

miércoles, 21 de septiembre de 2022

El nuevo experimento chileno (publicado el 16/9/22 en www.disidentia.com)

 

El triunfo contundente del “Rechazo” al texto emanado del proceso constituyente en Chile, sorprendió no solo a quienes no siguen de cerca el día a día de la realidad social y política del país trasandino sino a las propias fuerzas políticas intervinientes y a los analistas nacionales e internacionales. Es que se daba por descontado que si un 80% de los chilenos se había pronunciado en 2020 a favor de cambiar la constitución, el camino del nuevo texto constitucional tendría los consensos, la espalda y la legitimidad suficiente. Sin embargo, no fue el caso y aunque los que impulsaban el “Apruebo”, entre ellos la fuerza liderada por el presidente Gabriel Boric, suponían que una derrota era posible, el 62% a 38% resultó un golpe fenomenal.

En este mismo espacio, hace poco más de un año, planteábamos algunas dudas de lo que podría llegar a suceder una vez que se conoció el perfil ideológico de los componentes de la Asamblea Constituyente. Así, mientras las perspectivas progresistas se excitaban hablando de paridad, gente común, golpe a la derecha y a los partidos tradicionales, horizontalidad, indigenismo, etc., desde aquí hacíamos algunas advertencias que, en buena medida, se transformaron en realidad algunos meses después.

En aquel momento planteábamos que una posibilidad era que se avanzara en la línea del nuevo constitucionalismo social detrás de lo que pudieran ser las últimas reformas constitucionales de Venezuela, Ecuador y Bolivia sumando la tan de moda política identitaria woke que por aquellos años no tenía tanta presencia en Latinoamérica. Al igual que en los países mencionados, podría pensarse que esta constitución tenía como finalidad resolver el problema de la desigualdad y el déficit de representación para ciertos sectores de la sociedad. Sin embargo, ese tipo de constituciones corre el peligro de plantear ambiciones tan lejos de lo posible, (y hasta de lo deseable, a veces), que se transforman rápidamente en letra muerta o una nostalgia de lo que jamás sucedió establecida para justificar la posibilidad de la indignación constante que tan bien le sienta a algunos grupos.

Asimismo, esta tradición surge de una clara desconfianza a la política ordinaria, aquella que sanciona las leyes del día a día y que tiene la versatilidad y la dinámica que una constitución no puede ni debe tener. Si bien hay buenas razones para esa desconfianza, lo cierto es que una constitución no puede responder a todas las necesidades, máxime en tiempos donde nuevas necesidades surgen por doquier. Pero digamos que parece haber una suerte de fetichismo de la constitución, la idea de que la nueva constitución es capaz de resolver todos los problemas, independientemente de la política del día a día que se juega en el ámbito ejecutivo y legislativo.    

Lo cierto es que si la constitución vigente sancionada en 1980 es la constitución “pinochetista” que representa el experimento neoliberal de los “Chicago Boys” (más allá de que desde aquella fecha hasta ahora ha sufrido 257 modificaciones en sus artículos), el texto que acaba de ser rechazado es una suerte de experimento progresista rebosante de idealismo y buenas intenciones pero ajeno a la voluntad popular y a la realidad chilena. Del experimento social de economistas liberales al experimento social de sociólogos de izquierda.

Nótese que el texto sometido a votación fue presentado como “La constitución con más derechos” o “La constitución más progresista del mundo”. Se trata de 388 artículos donde a una sociedad que legalizó el divorcio en 2004 se le proponía aborto legal, salud pública universal, paridad de género en el gobierno, sindicatos empoderados, autonomía para comunidades indígenas, derechos para los animales y garantía de acceso a una vivienda digna, al agua, a la educación, a internet, al aire limpio, a un sistema previsional que reemplace el de capitalización individual, etc.

Se trata de metas que en general parecen difíciles de rechazar y que, sin embargo, derivó en un 62% que dijo “No”, número que deviene más importante si se toma en cuenta que hubo una participación record de alrededor del 80%, casi el doble de la participación que hubo al momento de elegir a los constituyentes (43%). Es sintomático también observar que el “Apruebo” obtuvo casi los mismos votos que obtuviera Boric en una elección donde votó algo más de la mitad de los chilenos, lo cual muestra que ese 30% que no concurrió a votar en aquellas elecciones presidenciales pero sí lo hizo en éstas, votó por el “Rechazo”.

Desde el oficialismo, como suele hacer el progresismo cada vez que el resultado de una elección no es el esperado, se le echó la culpa a las fake news. El argumento es el de siempre: si ganan los nuestros, es el pueblo iluminado y liberado el que ha interpretado correctamente dónde está la verdad y la bondad; si ganan los otros, es que la mentira y la maldad han podido manipular a una masa de idiotas tiktokeros alienados.

Lo cierto es que más allá de la desinformación que es propia de todo proceso electoral, no solo fueron los sectores conservadores los que se opusieron sino también sectores de la izquierda y del socialismo. Al mismo tiempo, casi nadie defiende la constitución del 80 con sus reformas, al punto que hasta la derecha avanzó en un compromiso hacia una nueva constitución. Entonces todos acuerdan en que debe haber una nueva pero también acuerdan en que no puede ser la propuesta.

Y no se trata solo del aborto, que en general es un tema que divide a las sociedades en mitades sino de, entre otras tantas cosas, el pretender que Chile se convierta en una entidad plurinacional. Todos sabemos que hay antecedentes en Bolivia y Ecuador y que a lo largo del mundo hay distintos tipos de leyes que otorgan grados de autonomía a las comunidades indígenas (que en Chile suponen alrededor de un 13% de la población) pero aquí se avanzaba hacia unos márgenes que abren una serie de interrogantes en torno a la posibilidad de un pluralismo jurídico que entre en tensión con la unidad nacional y la propiedad de los recursos naturales, un aspecto sensible para los países latinoamericanos y para cualquier plan de desarrollo. Quedará para otra nota profundizar en la romantización del indigenismo que opera en sectores de la progresía a nivel mundial, aquella que infantiliza a los pueblos originarios como lo hicieron buena parte de los conquistadores, y que los presenta como los “buenos salvajes rousseaunianos” que vivían en armonía con la naturaleza, organizados bajo estructuras horizontales donde hombres y mujeres eran iguales, lejos de la maldad que llegó de la mano del hombre blanco. Que la historia muestre otra cosa, esto es, historias de luchas, violencia, verticalismo, sacrificios, sojuzgamientos sobre los miembros de la propia comunidad y sobre otras comunidades a nadie le importa. ¿Eso supone justificar los despojos o las condiciones de indigencia en las que muchas de esas comunidades viven por un Estado que a veces los margina? No. Pero tampoco parece que la mejor manera de colaborar con su visibilización sea subirse acríticamente a una reescritura falsa de la historia.     

Llegando al final, digamos que la cantidad de buenas intenciones del texto era proporcional a la irresponsabilidad con la que se hizo una lista ideal desde un deber ser marcado por una ideología que, cuando choca con la realidad, prefiere acomodar la realidad a sus creencias antes que revisar las mismas. De hecho, el texto parece confundir una constitución con un plan de gobierno o, lo que es peor, con una propuesta electoral que, por definición, está repleta de promesas incumplibles. La ajenidad del texto es tal que incluso los espacios políticos que abogaban por el “Apruebo”, algunos días antes de la elección, firmaron un compromiso de reformar el texto aun en el caso de que el Sí a la reforma hubiera prosperado. Es que una cosa es el maravilloso mundo del texto ideal y otra es la realidad de hacerse cargo de un gobierno. Este acuerdo incluía, entre otras cosas, respecto a la plurinacionalidad: que las consultas indígenas, el consentimiento previo de las comunidades, las autonomías territoriales y el pluralismo jurídico deben subsumirse a los intereses soberanos y las leyes del Estado nacional y sus compromisos con tratados internacionales, etc; y respecto a los derechos sociales, se garantizaba que tanto en lo que respecta a pensiones, como a prestaciones de salud y educación, el sistema estatal podrá coexistir con prestadores privados, lo cual incluye, entre otras cosas, continuar con el sistema de pensiones privadas para ir, en todo caso, a un sistema mixto.       

El experimento progresista de un texto que, por momentos, derivaba en un idealismo amateur y que pretendía reemplazar el experimento social de la constitución neoliberal de Pinochet, chocó con la realidad. Lejos de lo que dijera en Twitter el flamante presidente de Colombia, Gustavo Petro, cuando afirmara, minutos después de saberse el resultado, “Revivió Pinochet”, el “Rechazo” sumó votos transversalmente incluso en sectores de izquierda que buscan un cambio pero bastante diferente al propuesto. De hecho, el “Rechazo” ganó en las 16 regiones, incluyendo Santiago, el bastión del presidente, y solo triunfó en un “lugar” muy particular: los votantes chilenos en el extranjero. Efectivamente, una constitución para un país que solo es votada por los que no viven en el país. Todo un símbolo.

Las profundas desigualdades que derivaron en un estallido social algunos años atrás, han abierto una verdadera caja de Pandora en un Chile que, para muchos, era “modelo”. No parece haber vuelta atrás en la idea de avanzar hacia una nueva constitución pero un texto que preocupado por atomizadas minorías olvida que también debe ser el texto de las mayorías, ha demostrado, al menos por ahora, estar condenado al fracaso.