viernes, 22 de junio de 2018

Aborto: celebración y algunas incomodidades (editorial del 17/6/18 en No estoy solo)


La jornada histórica en la que se le dio media sanción al proyecto de interrupción voluntaria del embarazo permite una enorme cantidad de reflexiones que las voy a agrupar en función de un criterio arbitrario: las incomodidades. Y no me refiero a la incomodidad que nos ha generado oír a representantes del pueblo afirmar, en pleno debate en el recinto, que el aborto permitiría tráfico de cerebros y órganos y que iban a tener que construirse cementerios para embriones; tampoco apunto estrictamente a un diputado cuyo discurso resultó un plagio de una charla que circula por internet a pesar de que probablemente este buen hombre cuente con numerosos asesores. Por último, tampoco refiero a la incomodidad de esta particular forma de argumentar que tienen algunos representantes que, como mínimo, desde el voto “No positivo” de Cobos, consultan las decisiones con sus hijos e hijas antes que con las plataformas electorales o los valores del espacio que representan.   
Quiero hablar de las incomodidades porque, en general, la mayoría de los espacios tuvieron razones para festejar pero también consecuencias, tensiones y contradicciones que los perturbaron, y sobre este punto quisiera detenerme pues no he escuchado análisis al respecto.
En primer lugar, permitiendo el debate, el oficialismo realizó una jugada maestra de la política porque, como dijimos alguna vez aquí, se subía a la reivindicación impulsada por movimientos de mujeres al tiempo que generaba una tensión política enorme en el espacio peronista que venía “corriéndolo por izquierda”. “Cómo nos van a seguir llamando conservadores los que apoyan al Papa y votan a una Cristina que nunca abrió el debate” afirmaba, con agudeza, un funcionario de Cambiemos. Sin embargo, para el gobierno la discusión no ha resultado gratis aun cuando se ha visto beneficiado con que la agenda mediática de los grandes centros urbanos se tiñera más de verde por los pañuelos que por el dólar, al menos, hasta que éste se mantuvo en subas mínimamente razonables. Es que si el proyecto no se aprobaba en diputados, Cambiemos cargaría con la máxima responsabilidad porque más de dos tercios de sus legisladores votaron en contra, número importantísimo pero menor al 90% de rechazo que tuvo el proyecto entre la Coalición Cívica, principal aliado de Macri. De hecho, el espacio de Carrió no solo demostró ser el más conservador sino que su líder amenazó públicamente con romper la alianza.
En segundo lugar, en el caso del espacio kirchnerista, casi el 85% de sus legisladores votaron a favor del proyecto y, sin dudas, lo militaron activamente, con lo cual han sido determinantes para alcanzar el número necesario para la aprobación. Sin embargo, como se indicaba algunas líneas atrás, el espacio carga con el peso de la incomodidad ante el hecho de que teniendo mayorías durante doce años, hubo una decisión política de no avanzar en el proyecto de interrupción voluntaria del embarazo. Por supuesto que los equilibrios de fuerza, los tiempos de la política y los pensamientos de los dirigentes cambian y esa puede ser una respuesta pero, sin dudas, el kirchnerismo se siente incómodo al ingresar en ese debate.
En el caso de la izquierda, con mayor peso en redes sociales y medios del establishment que en el Congreso, sus pocos representantes votaron a favor de un proyecto que también fue militado por los espacios que se nuclean en este campo ideológico y, en todo caso, si se puede hablar aquí de una incomodidad, se trata de una bastante más amplia y muy interesante para una mesa de discusión. Me refiero, claro está, a cómo caído el muro de Berlín, la izquierda parece haber cambiado la lucha de clases y la pretensión de representación de trabajadores y mayorías por la defensa de minorías y reivindicaciones de la sociedad civil cuyo origen se encuentra emparentado con la tradición liberal.
Para ir culminando, y pasando por alto la evidente incomodidad por la que atravesaron los sectores más conservadores de la sociedad que salieron perdidosos de la votación, si bien se espera que en el Senado el bloque del PJ-FPV apoye el proyecto y que CFK revea su postura de antaño, allí la mayor carga recaerá sobre el peronismo agrupado en el Interbloque Argentina Federal liderado por un Miguel Pichetto que, a título personal, ya adelantó que votaría a favor y que espera un tratamiento inmediato, probablemente, en las próximas semanas.
En el Senado, Cambiemos tiene un tercio de los legisladores pero, en términos futboleros, la pelota estará del lado del peronismo K, el peronismo no tan K y el peronismo no K.  Se augura un resultado cerrado pero el envión de la media sanción y la presión social y mediática hace presentir que una reivindicación de colectivos de mujeres que lleva décadas, finalmente se transforme en ley y que Argentina, junto a Uruguay, encabecen un cambio de paradigma en Latinoamérica que, en el mundo occidental en general, tiene importantes antecedentes desde hace ya mucho tiempo.              



lunes, 11 de junio de 2018

La película de la decadencia del periodismo (publicado el 31/8/18 en www.disidentia.com)


Quiero aprovechar estas líneas para desarrollar los cambios sufridos por el periodismo en las últimas décadas y me tomaré una licencia pues lo voy a hacer a partir de las películas de Konstantine Gavras, más conocido como “Costa Gavras”, una eminencia en lo que a cine político refiere. La razón por la que lo haré de esta manera es que el director ha sabido captar siempre el espíritu de cada época y el rol que el periodismo tuvo en cada momento.
Quizás el film más famoso de Costa Gavras haya sido Z, estrenada en 1969. Allí se muestra el modo en que la dictadura griega se sirve de grupos fascistas paraoficiales para acallar las voces disidentes. Más específicamente la película recrea lo que fue el asesinato del diputado de izquierda griego Grigoris Lambrakis y el modo en que la policía trató de encubrir el hecho haciéndolo pasar por un simple accidente. Más allá de que gracias a la labor de un periodista finalmente se demostrara la verdad, y que los asesinos y encubridores hayan sido puestos a disposición de la justicia, las penas irrisorias que recibieron dieron cuenta de la impunidad del régimen.
Mientras era acusado de pro-comunista y Z era prohibida en varios países, Costa Gavras estrena, en 1970, La Confesión. Un film de atmósfera kafkiana que recuerda la célebre novela El Proceso y en el que se narra la historia de Arthur London, miembro de las juventudes comunistas desde los 14 años y combatiente como voluntario en la guerra civil española que, tras transformarse, en 1949, en Vice ministro de Asuntos Exteriores de Checoslovaquia, es acusado y condenado junto a otros 13 importantes funcionarios en lo que se conoce como el Proceso de Praga (1952). Con la muerte de Stalin, London recuperó la libertad y años más tarde pudo contar el modo en que tal proceso fue parte del internismo del poder comunista y que la causa fue armada con acusaciones falsas y autoincriminaciones posteriores a interminables sesiones de tortura. El énfasis en la burocratización y la obsesión del régimen por mantener las formas de una legalidad en el marco de una enorme operación judicial-política resulta sobresaliente en el enfoque que Costa Gavras realiza en esta película. 
En los años siguientes, Costa Gavras va a retratar los procesos de las dictaduras latinoamericanas. Más específicamente, en 1973, estrena Estado de sitio, película cuya trama gira en torno al modo en que los tupamaros secuestran a un agente de la CIA al que luego matan. En esta misma línea, aunque casi 10 años después, en 1982, el griego regresa con Desaparecido, película que no refiere al caso argentino sino al modo en que la dictadura pinochetista había hecho desaparecer (durante un tiempo) a un ciudadano estadounidense comprometido con la causa revolucionaria en territorio chileno. Asimismo, en ambas, Costa Gavras deja bien en claro el modo en que Estados Unidos apoya y es cómplice de las dictaduras que tantas vidas se llevaron en Latinoamérica. 
Ahora bien, tanto en Z como en estas últimas dos películas mencionadas, de una manera u otra, la prensa está presente tratando de dar a luz los hechos que querían ocultarse y desafiando a ese poder represivo que desde el Estado perseguía y torturaba. A veces con más o a veces con menos protagonismo, lo cierto es que el periodismo era un eslabón infaltable de las historias de Costa Gavras. Incluso en La confesión se puede hacer una lectura acerca de la importancia del periodismo. De hecho, uno de los diálogos finales de la película se da cuando el protagonista que había sido condenado logra salir de la cárcel tras la muerte de Stalin. Allí, mientras discute con un camarada si contar o no la historia, se produce este intercambio: -¿Por qué no dijimos nada de lo que pasaba? –No lo dijimos porque no sabíamos. –Claro que sabíamos. Si todo estaba publicado en la prensa. –Es que era la prensa burguesa, la prensa del enemigo.
Si bien claramente este elocuente pasaje puede utilizarse para reivindicar el periodismo e interpelar a aquellos que falazmente descreen de todo lo que provenga de los medios tradicionales, Costa Gavras regresa con una película cuyo título original es Mad City (1997) y que en castellano ha sido traducida, con poco apego al original pero con sabia comprensión de lo que allí se mostraba, Cuarto poder.
En esta película se puede ver a un Dustin Hoffman, periodista bastante venido a menos, que por razones azarosas se encuentra en el lugar justo en el momento indicado, esto es, en una situación de toma de rehenes (en su mayoría niños) y un asesinato (casual) perpetrado por John Travolta, un empleado con muy pocas luces, estadounidense medio, que va en busca de la restitución de su trabajo cuando las cosas se le van de las manos. El personaje de Hoffman acaba manipulando al de Travolta haciendo de la toma de rehenes un show televisivo. De hecho, es el propio periodista el que le va sugiriendo los pasos a seguir en la negociación con la Policía y el que entra en una disputa con su competidor en el canal para manipular a la opinión pública. La presión que recae sobre el secuestrador manipulado que no quería matar ni secuestrar a nadie, sino simplemente que le devuelvan su trabajo nocturno de cuidador del museo para que su mujer no lo martirice, deriva (disculpe si no vio la película) en un triste desenlace: el personaje de Travolta suicidándose y volando por el aire frente a las cámaras.
Con esta historia, Costa Gavras no se priva de nada y muestra la miserabilidad del periodismo, sus egos, las traiciones y la disputa por el rating en el marco de una situación de tensión máxima en el que estaba en juego la vida de las personas. También expone el modo en que la propia Policía actúa en función de una opinión pública que se mueve al ritmo de la polémica inventada del día que incluía reportajes a miembros de la familia del secuestrador y hasta una disputa racial por el hecho de que el asesinado accidentalmente era negro.              
Este breve repaso por solo una parte de la filmografía de Costa Gavras ilustra el cambio fenomenal que se ha dado en los núcleos de poder y expone la necesidad de revisar y resignificar de qué hablamos cuando hablamos de medios, periodismo y periodistas. Películas como Z, La Confesión, Estado de Sitio y Desaparecido no podrían haber sido filmadas en los años 90 o en el siglo XXI pues eran el síntoma de un clima de época. Tampoco Cuarto poder podría haber sido pensada en los años 70 porque representa un contexto completamente distinto en el que los gobiernos y los Estados se encuentran a merced de grandes corporaciones económicas que son también dueñas de medios de comunicación (por cierto, no casualmente las últimas películas del director griego han hecho énfasis en, justamente, las corporaciones económicas).
Naturalmente, hombres francos y perspicaces como Costa Gavras, hombres que captan los tópicos de cada época, habían comprendido ya en 1997 los cambios que se habían producido en el periodismo. De la mayoría de los periodistas, al día de hoy, no se puede decir lo mismo.        



martes, 5 de junio de 2018

Tierra de confusión (editorial del 3/6/18 en No estoy solo)


Los cada vez más fugaces debates que atraviesan la opinión pública en general solo aportan confusión y un poco de pasto a ese núcleo pequeño de opinadores que desde los medios tradicionales o las redes sociales creen ser más o menos representativos de la realidad. Porque solo puede haber confusión cuando en el contexto de un intento de límite al tarifazo, un gobierno y un presidente cada vez más desgastado y alejado del ciudadano común, toma el manual que le resultó efectivo hasta ahora y cree que por el solo hecho de afirmar que todo esto se trata de una “locura de Cristina”, una mayoría de los argentinos va a consentir. Como indicamos aquí hace ya unos meses, tras el triunfo en 2017, el macrismo salió fortalecido pero va a sufrir con el hecho de que ya no podrá utilizar el argumento de la pesada herencia o el fantasma de Cristina. En todo caso, puede funcionar en el núcleo duro pero para ganar una elección ya no alcanza.
Tampoco aporta demasiado a la clarificación de los temas que la ex presidenta responda el exabrupto del presidente trasladando el debate a una problemática de género, más allá de que pueda ser entretenido observar las discusiones de novatos filólogos y filólogas acerca de la etimología de “machirulo”.
Con todo, el peor barro se dio alrededor de las declaraciones de la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires en torno a la presunta inequidad que suponía la creación de una importante cantidad de universidades nacionales en la provincia durante la administración anterior a pesar de que, finalmente, los pobres no accederían a las mismas.
Fueron muy pocos los que se propusieron dar un debate en serio pues, más bien, lo que hubo fue un montón de indignados respondiendo que varios premios Nobel salieron de la universidad pública y que tal caso concreto del ciudadano x que era hijo de obrero y había llegado a ser doctor, invalidaba los dichos de la gobernadora. El caso concreto que busca invalidar me recuerda a aquellos momentos en los que, durante el kirchnerismo, la pobreza bajaba y Jorge Lanata iba al monte a mostrar un desnutrido. Contra el caso concreto no se puede discutir nunca pero el problema es que a partir de él tampoco se puede legislar ni crear políticas públicas. Lo siento por los sensibleros periodistas y por los conmovedores mensajes de autosuperación de los twitteros de turno.   
Pero el argumento de la gobernadora fue un poco más complejo y, si lo que se busca es disputar con él, habría que desmenuzarlo porque María Eugenia Vidal indicó que no tenía sentido crear universidades públicas si el Estado ni siquiera podía garantizar la sala de tres años a los sectores más vulnerables. En este sentido, los pobres no llegan a la universidad porque el Estado no se hace cargo de ellos cuando son chicos, indicó la gobernadora. Y presentado así, y no en el extracto que circuló, enfrentar ese argumento supone un poco más de esfuerzo especialmente porque se apoya en algunos datos que son, al menos, parcialmente reales, esto es, que el Estado tiene enormes dificultades para garantizar un crecimiento digno de los más vulnerables y que las universidades públicas, a pesar de ser gratuitas, no desbordan de pobres, mal que les pese a algunas patrullas de izquierda que en su mundo ficcional hablan de “universidad de los trabajadores” pero solo los conocen a través de las fotocopias de los textos utilizados en los primeros años de las carreras. 
En todo caso, el argumento de Vidal es falaz y se apoya en algunos tópicos del pensamiento liberal con base católica que habla de “solidaridad” antes que de “redistribución” y que bajo el mantra de “gobernar es asignar prioridades” falsean el diagnóstico afirmando que hay crisis para luego, con el mohín adecuado y en nombre de los “derechitos de los pobrecitos”, utilizar recursos de un Estado cada vez más pequeño para contener a una mayoría creciente de desposeídos. Como también alguna vez indiqué en este mismo espacio, Vidal es de las que siempre te va a hablar de la pobreza pero nunca de la lucha por la redistribución de la riqueza. De aquí que haya que ser algo más dúctil al momento de la crítica. Porque no te dice que está en contra de la universidad pública. Te dice que no hay plata y que, si no hay plata, lo que hay que hacer es darle algo de lo poco que queda a los que no tienen nada y estos no son, precisamente, en general, los que acceden a la Universidad.     
Ahora bien, la gobernadora dice una media verdad incómoda, aunque también algo desactualizada, cuando afirma que no tiene sentido poblar de universidades la provincia para que nunca las pueda usufructuar un pobre. Digo que es una media verdad incómoda pero desactualizada porque es cierto que, en las últimas décadas, la gratuidad de la universidad pública no alcanzaba para que una cantidad significativa de hombres y mujeres con bajos recursos ingresara y culminara sus estudios. Pero es justamente bajo este diagnóstico que se crearon las universidades del conurbano y donde quedó demostrado que una de las claves para que los menos aventajados asistan a la universidad era la proximidad. Parece menor pero no lo es: tener la universidad cerca de la casa impulsó que miles de jóvenes, y no tan jóvenes, de bajos recursos, se animaran, lo cual queda de manifiesto cuando notamos que entre 2008 y 2015 la matrícula en universidades nacionales creció un 47% en el quintil más pobre del Conurbano, y un 95% en el quintil siguiente. Otro dato importante es que en una universidad como la Arturo Jauretche de Moreno, el 85% de estudiantes son primera generación de universitarios, y en la Universidad de Avellaneda el 72% de egresados también son los primeros de la familia que van a la universidad. Números similares, por cierto, se reproducen en el resto de las universidades del conurbano.   
En síntesis, si bien es verdad que sigue siendo difícil para un pobre acceder a la universidad, la creación de estas universidades en el conurbano ayudó muchísimo a que ese déficit no se agudizara. 
El debate público merece menos indignación fácil y más reflexión con matices. Incluso sería buena idea quitarse la responsabilidad de sentirse obligado a hablar de todo si es que de algo no se sabe. De no ser así, la Argentina será, más que esa “tierra de oportunidades” que el actual gobierno presentaba al exterior, una verdadera tierra de confusión.            

martes, 29 de mayo de 2018

¿Hay 2019? (editorial del 27/5/18 en No estoy solo)


La abrupta devaluación sufrida durante mayo ha sido un problema para el gobierno y se equivocan quienes hablan de una crisis autoinfligida. Suponer eso daría cuento de un gobierno omnipotente, con una astuta razón capaz de controlar todas las variables, incluso las que en principio parecen ir contra su propio proyecto. ¿Esto quiere decir que el gobierno se siente incómodo con el FMI? Por supuesto que no, pero eso no significa que la corrida y la presión sobre el dólar hayan sido coordinadas desde la administración. En todo caso, Macri es culpable por convicción o por impericia de exponer nuestra economía a una extrema vulnerabilidad y se puede beneficiar con un dólar a 25 pesos que le da competitividad a las exportaciones, le hace rendir más los dólares que pide prestado, se transforma en un impuesto de hecho ante el masivo éxodo de turistas, y reduce, medido en dólares, el sueldo promedio de los trabajadores, pero todo esto no significa que este escenario haya sido propiciado por su gobierno. Sin embargo, alguien podría decir que esto es funcional a la aceleración del ajuste y no cabe duda de que así es pero Macri hubiera preferido avanzar en ese sentido una vez comenzado un eventual segundo mandato y no a poco más de un año de las elecciones. La razón de esto es simple: comienza a percibirse que el gobierno es incapaz de controlar la economía y las proyecciones sobre el futuro son poco alentadoras. Y si Cambiemos pierde el monopolio de la expectativa, que hasta ahora fue su gran virtud, el horizonte se complejiza y lo que parecía un camino fácil hacia la reelección hoy puede presentar algunas piedras en el camino.   
Sin embargo, las objetivas dificultades económicas de un gobierno que devaluó 150% la moneda y tiene una inflación acumulada de casi el 100% en los primeros 30 meses de mandato, presentan desafíos para la oposición también. En ese punto hay varias cosas para decir, algunas bastante incómodas. Por lo pronto, cabría indicar que, aun cuando el gobierno se ha mostrado enormemente hábil en la negociación política y en las transformaciones culturales, el presunto gradualismo no es una decisión gubernamental sino el resultado de un equilibrio de fuerzas, las condiciones de posibilidad en un escenario en el que la oposición se encuentra completamente disgregada pero tiene focos de resistencia que la voracidad y las torpezas del gobierno muchas veces logran reunificar. Sin embargo, dicho esto, tampoco se puede dejar de soslayo que los principales problemas del gobierno le vienen menos por la “resistencia popular” que por la impaciencia de una clase media que votó con la ideología antes que con el bolsillo pero que ahora empieza a incomodarse; y por una corrida cambiaria que no es otra cosa que una transferencia de ingresos y fuga de capitales propiciada por los mismísimos socios del gobierno. Entiendo que desde la izquierda y en parte del campo nacional y popular se plantee una épica de la resistencia que condiciona al gobierno pero la realidad es algo más compleja y no se reduce a Twitter, ni a un Centro de estudiantes que pueda amedrentar a pusilánimes funcionarios de alguna institución. Ni siquiera es la toma de “la calle” lo que principalmente le pone límites al gobierno. Eso juega, desde ya, pero el mayor problema del gobierno hoy es el “fuego amigo”, esto es, un sector de sus votantes desencantados y la voracidad de sus socios.     
Por otra parte, la crisis económica es también un desafío para la oposición porque, como intentamos argumentar aquí, si bien no se trató de una crisis autoinfligida, lo cierto es que el gobierno intentará capitalizarla para hacer una salida “por derecha”. De hecho, hoy en día no hay otra tema en agenda que el de la “reducción del gasto público” como remedio a la falta de dólares y a la inflación, lo cual traslada el terreno de la discusión a la de una economía bajo el paradigma liberal. Y si bien está claro que no hay que ser liberal para sostener que es deseable hacer más eficiente el gasto y bajar la inflación, hay que ingresar a esa discusión con una cosmovisión alternativa y no solamente con la “listita de verdulero” pugnando por evitar un recorte de aquí o uno de allá.
Los tiempos se aceleran y el gobierno parece está minando su propio bloque de sustentación. Aun estando fragmentada y sin salida a la vista, el “hay 2019” que la oposición lanzó hace unos meses como expresión de deseo antes que como realidad, parece devenir una profecía autocumplida.
 

lunes, 21 de mayo de 2018

Cuáles son los fundamentos de la discriminación positiva (publicado el 17/5/18 en www.disidentia.com)


Desde hace algunas décadas, distintas tradiciones que confluyen de una manera u otra en su crítica a un statu quo que podría denominarse “liberal-moderno-occidental”, han hecho hincapié en que la igualdad ante el derecho no es real sino meramente formal. Esto quiere decir que, en la práctica, por razones étnicas, socioeconómicas, culturales, religiosas, de género o de orientación sexual, muchos individuos reciben un trato desigual en relación a aquellos que pertenecen al “patrón de normalidad” que, en Occidente, se sintetizaría en el “varón blanco heterosexual y socioeconómicamente integrado”.
  Con ese diagnóstico de fondo, viene avanzando en las últimas décadas la idea de establecer políticas públicas de lo que se conoce como “affirmative action” o también “discriminación positiva”, esto es, identificar al grupo que por alguna razón está siendo postergado y establecer desde el Estado, una política que, de forma temporal, permita que, en un lapso razonable, sus miembros logren que la igualdad formal sea una experiencia concreta.      
Para indicar algunos ejemplos, restringiéndome solo a Latinoamérica, en los últimos años este tipo de políticas derivó en derechos especiales de representación legislativa por género en Argentina, Bolivia, Brasil y Ecuador, entre otros; derechos especiales de representación legislativa por etnia en Venezuela, Colombia y Perú; derecho colectivo sobre la propiedad de la tierra en Venezuela, Argentina y Ecuador; derechos vinculados a la orientación sexual en Argentina, Brasil, Uruguay, Colombia y Ciudad de México, y derechos lingüísticos en Venezuela, Brasil, Argentina y Bolivia, entre otros.  
Si bien la efectivización de estos derechos ha tenido resultados diversos y cumplimientos disímiles en cada uno de los países, hay cierto consenso en que, sin dudas, ha logrado que los grupos en cuestión tuvieran mayor participación en los debates públicos y lograran una mayor integración cultural como ser el caso de, por ejemplo, lo que en Argentina fue el matrimonio gay, rebautizado “matrimonio igualitario”. 
Sin embargo, claro está, el otorgamiento de estos derechos especiales genera, como mínimo, tensiones con principios caros a la tradición occidental. Me refiero a una concepción individualista de los derechos y a la meritocracia.  Respecto de la primera, hay enormes dificultades en torno de la problemática de la titularidad del derecho pues la idea de que solo pueden ser titulares del derecho los individuos parece poner límites claros a los intentos de avasallamientos de otro individuo o de un Estado, pero el asunto deviene más difuso cuando se trata de derechos colectivos. ¿Quién es el titular de un derecho colectivo de la tierra que, por definición, es indivisible? ¿Qué sucedería con la propiedad de algún miembro que deseara abandonar la comunidad? No este es el espacio para profundizar en esta discusión pero téngase en cuenta que hay distintos autores que tratan de diferenciar entre derechos colectivos cuya titularidad es colectiva y derechos de grupos cuya titularidad es individual, aunque se pueden ejercer solo como parte de ese grupo. Más complejo aún deviene todo cuando, como una pendiente resbaladiza, quienes hablan de derechos diferenciados para grupos también exigen derechos para animales no humanos, o casos como los de la Constitución de Ecuador y Bolivia en los que se establece que existen los derechos de una entidad como “la naturaleza”.
Respecto de la segunda, los liberales más consecuentes afirman que las acciones de discriminación positiva atentan contra el mérito porque, por ejemplo, una ley de cupo que estipule que un porcentaje de los cargos legislativos, de los ingresos a una universidad, o de las becas que el sistema científico brinda, se distribuya entre mujeres, afroamericanos o individuos residentes en regiones alejadas de las grandes urbes respectivamente, supone un trato desigual e injusto para todo aquel que viva en una gran urbe, y no sea ni afroamericano ni mujer. Incluso algunos afirman que la identificación de grupos “desaventajados” para que reciban ayuda, acaba eternizando la estigmatización bajo una lógica paternalista.
Los liberales, entonces, advierten que para remediar una injusticia se está cometiendo otra y que de una discriminación positiva deviene una discriminación negativa no solo hacia individuos sino también hacia otros grupos. En este sentido muchos se preguntan, por ejemplo, por qué se otorga un cupo de representación a las mujeres y no a los gays. O por qué hay asientos reservados para representantes de etnias y no para representantes de gente pobre. Y si se les diera ese beneficio a los pobres por qué no dárselo a un grupo determinado generacionalmente y castigado en todo Occidente como los ancianos. Claro que si se les diera a los ancianos habría buenas razones para brindarles ese beneficio a los discapacitados...
La lista puede seguir al infinito y quienes defienden priorizar un grupo sobre otros utilizan distintas argumentaciones que incluso se puede remontar a alguna injusticia cometida siglos atrás. Pero hurgando en lo profundo se cae en la cuenta que lo que está ahí en juego es una concepción casi metafísica de la constitución de la comunidad en cuestión del cual surgiría un criterio para determinar qué es un grupo y cuál de éstos resulta postergado. Si desde mi punto de vista considero que la etnia es el elemento constitutivo de mi comunidad, postergaré a las mujeres, a los gays, a los discapacitados y a los pobres porque el parteaguas de mi comunidad es étnico. Pero también podría creer que el elemento constitutivo de mi sociedad es el hecho de haber nacido varón o mujer, o la desigualdad generada por el capital, y allí deberían privilegiarse otro tipo de políticas. El hecho de que no surja un criterio “universal” u “objetivo” hace que quienes se oponen a este tipo de políticas puedan esgrimir que, finalmente, lo que hace que en algunas sociedades se decida favorecer a un grupo en detrimento de otro tiene que ver con razones muy poco neutrales, pues la explicación no radica en otra cosa que la capacidad de lobby y las fluctuaciones de la cultura de cada época. 
Como se pudo ver, estas líneas buscaron exponer brevemente cierto estado de la cuestión en lo que refiere a políticas de discriminación positiva. Se trata de un mínimo aporte para clarificar los ejes de una discusión que hoy en día está adoptando carriles inusitados de violencia. Tengo bien presente que la historia de la adquisición de derechos no es una historia solemne de diálogos y acuerdos sino de disputas y conquistas pero cierta ingenua conciencia ilustrada todavía me hace pensar que si se comprende de lo que se trata y se dejan a un lado los sentimentalismos casquivanos, la más que atendible reivindicación de derechos podrá transcurrir por senderos que permitan mensurar las urgencias pero también las complejidades y las arbitrariedades que se pueden cometer en nombre de las buenas intenciones.