domingo, 11 de julio de 2010

El periodismo en la trinchera de lo previsible

El debate sobre la Ley de Medios, independientemente de las cuestiones técnicas que le atañen, ha generado un quiebre en la corporación de periodistas y ha desnudado la ilusoria objetividad desinteresada del comunicador. Decir esto es casi una obviedad.
Ahora bien, la complejidad de tal debate también obliga a los ciudadanos a un ejercicio crítico dificilísimo que supone que es información relevante para la comprensión saber desde qué perspectiva, desde qué horizonte ideológico y a qué intereses económicos responde tanto el periodista como el Medio para el que trabaja.
Si a esto se le suma que la fractura en la corporación periodística ha abierto una “guerra” de operaciones y contraoperaciones entre los mismos Medios, asistimos a un momento en que la exigencia sobre el ciudadano común parece hiperbólica. Probablemente siempre haya sido así pero hoy en día quien intente informarse tiene que leer, escuchar y ver mucho para, encima, fracasar en la ingenua suposición de que la verdad se encuentra en “la mitad” entre el Medio más opositor y el Medio más oficialista. Es una pena que la verdad no responda a una cuestión aritmética, pero es así.
Sin embargo el día a día es mucho más simple: la mayoría de los ciudadanos leen el Medio que le resulta, por tradición, ideología o interés de clase, más afín. Y es aquí donde aparece una particularidad de estos tiempos porque los medios se han radicalizado y las líneas editoriales parecen atrincheradas en un núcleo básico innegociable atravesado por la emoción violenta. No es tiempo para grises. Guerra o nada.
Si, por ejemplo, los editoriales de Kirschbaum, Van der Kooy y Blanck en Clarín del domingo 4 de julio, castigan, como siempre, al gobierno, y ensayan una pobrísima intentona de mensaje subliminal a partir del uso de las palabras “derrota” y “paliza”, para así inducirnos a equiparar Fútbol y Política: ¿estamos frente a un mismo hombre que usa tres seudónimos, frente a la autocensura de quienes no quieren perder una guerra que los dejaría sin trabajo, frente a editores faltos de recursos retóricos e imaginativos o frente a un grupo de personas que subestiman a sus lectores?
¿Y cuando Perfil parece obsesionado con 678 y publica 2 o 3 notas por semana siempre vinculándolo a lo corrupto o lo espurio? ¿Qué pretende hacer?
Creo que es posible resumir esta cuestión en una pregunta, esto es, a quién le hablan. Si la respuesta es económica, es posible aceptar que se afirme que se le habla a un público que consume tales productos y que desea encontrar determinadas noticias interpretadas desde cierto sesgo ideológico. Pero si la respuesta es periodística asistimos impávidos a la necesidad de reformular la profesión, sus principios, sus normas y valores.
En este contexto no es menor dirigir esa pregunta hacia nosotros mismos, pues se corre el riesgo de que los Medios progresistas, que hoy ocupan un espacio discursivo contra-hegemónico, también acaben hablando sólo a sus lectores. Muchas veces parece no haber intención de asumir la incomodidad de abrir interrogantes, fisuras, dilemas o dudas de la propia cosmovisión. Más bien parece haber un regocijo en la homogeneidad atomizante que se apoya en lectores con necesidad confirmatoria. Leer lo que queremos y revalidar de lo que ya sabíamos. Onanismo de la información por el cual, por ejemplo, Macri ya estaba condenado por todos nosotros, los progresistas, antes de asumir (que la gestión del PRO haya confirmado la gran mayoría de esos prejuicios no invalida el error de la condena previa). De la misma manera que para los Medios opositores, el diabólico Kirchner nunca hará algo bien aun cuando las matemáticas esta vez sí sirvan y muestren que en la disyuntiva entre hacer todo mal o todo bien, la probabilidad es la misma.
La Ley de Medios es infinitamente útil y sin ella será imposible hablar de una democracia madura y con una ciudadanía crítica. Pero esta ley no es mágica sino sólo la condición de posibilidad para que los periodistas y aquellos que consumimos y formamos parte de los Medios revisemos cuán previsibles nos volvemos cuando trabajamos desde una trinchera.

domingo, 4 de julio de 2010

Más armas, menos Estado

La decisión de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos que declaró inconstitucional una ley federal que restringía el derecho de los ciudadanos a poseer armas, resulta una radiografía de una forma de concebir el Estado. Si se toman en cuenta los manuales de Filosofía Política, se hallarán allí múltiples definiciones pero la gran mayoría parece acordar en que el Estado mantiene el monopolio de la violencia legítima y vela por la protección de los ciudadanos dentro de un territorio. Ahora bien, cuando las estadísticas indican que en Estados Unidos hay 30.000 muertes al año por el uso de armas de fuego y que el 40% de los hogares posee al menos una, parece urgente interrogarse acerca del riesgo que supone una visión que reduce al mínimo cualquier tipo de intervención estatal, pues es bajo este paradigma que se hace inteligible el argumento de los jueces por el cual se afirma que poseer armas para defenderse es un derecho individual tanto como puede serlo la libertad de expresión. Sin embargo, podría decirse que esta concepción pone en tela de juicio aun ese mínimo de Estado que la tradición liberal admite, pues al fin de cuentas, ¿para qué obedecer al Estado si no es capaz de proteger la vida?
Esta necesidad de justificar al Estado desde el punto de vista de su utilidad, es una de las virtudes de pensadores políticos como Hobbes y Locke puesto que entendieron que debían darse buenas razones para que los individuos decidan abandonar su estado natural, aquel que, a decir del autor de Leviatán, se caracteriza por ser el escenario de una guerra potencial de todos contra todos, donde no hay ley y sólo sobrevive el más fuerte. En esta línea, los individuos consensuarán someterse al Estado si y sólo si se demuestra que obedecer la ley y pagar impuestos supone un costo menor al del riesgo de vivir en un caos en el que su vida corre peligro.
La gran paradoja es que una Constitución que parece tan recelosa del cuidado de los derechos individuales, acaba favoreciendo el retiro del Estado, esto es, el artificio humano por el cual esos derechos pueden ser exigidos y se hacen tangibles. Pues ¿qué derechos, aun cuando se los considere naturales, es posible exigir si no hay un Estado? ¿Frente a quién reivindicarlos? Por esto es que puede afirmarse que cada vez que un ciudadano elige portar un arma para su autodefensa, se debilita al Estado y con éste, la única garantía de visualización de todo tipo de derecho.

domingo, 20 de junio de 2010

Saramago y las preguntas insumisas (publicado originalmente el 20/6/10 en Miradas al Sur)

¿Qué sucedería si en los próximos comicios el 70% de la ciudadanía votase en blanco? ¿Y si en vez de gripe A este invierno nos trajera una horrorosa peste de ceguera? Estas dos preguntas no pretenden describir los deseos de un fanático ultraizquierdista argentino sino que son dos interrogantes a partir de los cuales podemos reflexionar acerca de la maravillosa obra literaria del recientemente fallecido José Saramago. De este portugués autoproclamado marxista libertario, hijo de una familia rural, ganador del premio Nobel de literatura y condenado al ostracismo por su ateísmo militante, se dirá mucho pero quisiera circunscribirme a sus ensayos sobre la ceguera y la lucidez, pues, quizás, pocos escritores hayan podido, desde la literatura fantástica, realizar un examen tan agudo acerca de la democracia liberal, el individualismo y el fundamentalismo de Mercado. En este sentido, me atrevería a decir que al mejor estilo de un contractualista moderno como Hobbes, Saramago construye su hipótesis del estado de naturaleza, a partir de la ficción de una extraña epidemia de ceguera “blanca”. En un mundo donde todos somos ciegos, antes que un tuerto rey, aflorará lo peor de la miseria humana y se impondrá la ley del más fuerte. Pero esta metáfora no es más que una fotografía de la sociedad contemporánea dado que al igual que en la caverna de Platón, Saramago denuncia que el Occidente actual “cree que ve, pero no es más que ciego” y casi no hay prisioneros que se liberen de las grandes desigualdades amparadas en un egoísmo que se presenta como natural. Así, con una impronta ilustrada, Saramago entiende, por un lado, a la ceguera como un síntoma de la ignorancia y un signo de nuestros tiempos.
Por otra parte, la sociedad actual, individualista y apolítica, entiende al Estado como un otro ajeno y es la causa de que en las democracias liberales de partidos los ciudadanos hayan decidido delegar su poder de autogobierno en una aristocracia parlamentaria. Pero, ¿a quién beneficia que el pueblo no gobierne sino a través de sus representantes? Esta pregunta acerca del poder, una de sus obsesiones, está presente en la idea de que es esta misma comunidad que padeció la ceguera la que, una vez recuperada, hastiada de una clase política aislada, vota mayoritariamente en un blanco que ahora es signo de la lucidez de quienes denuncian las kafkianas burocracias estatales y no avalan la casta de ricos funcionarios genuflexos ante los poderes económicos.
Saramago se fue y además de inolvidables novelas nos legó el espíritu de una insumisión constitutiva y la osadía de las preguntas que pocos se atreven a formular.

domingo, 13 de junio de 2010

Cassandra y el castigo del INDEC

La importante suba que muchos gremios exigen a los empresarios, lo cual, en algunos casos, llega hasta el intento de reabrir las paritarias que se habían pactado algunos meses atrás, se ha interpretado como signo de que el INDEC miente. Dicho de otra manera, la lógica de los grandes voceros de la oposición construyó una suerte de silogismo por el cual se indica que dado que los aumentos exigidos por los gremios tienen que ver con su razonable intención de no perder poder adquisitivo frente a la inflación, lejos del 15% que el INDEC proyecta, deberíamos prestar atención a ese promedio de 40% que se está exigiendo pues allí parece estar el termómetro de lo que verdaderamente sucede. No es mi intención defender los indefendibles número del INDEC sino más bien apuntar a los presupuestos de este razonamiento puesto que en ningún momento estos comunicadores se plantearon la posibilidad de pensar que existe la posibilidad de que los gremios no sólo no deseen atrasar su poder de compra sino que, quizás, hayan tomado la decisión de discutir con los empresarios un reparto más equitativo de la torta. Esto quiere decir que un pedido de 40% de aumento puede no equivaler al cálculo de las expectativas inflacionarias, sino a un intento de acercarse a ese punto “ideal” que se había logrado con el primer peronismo: 50% para los empresarios y 50% para los trabajadores. Si tenemos en cuenta que en el 2002 la participación de los trabajadores era del 27% del PBI y que hoy se encuentra en alrededor del 43%, hay indicios para ser optimistas y para considerar que quizás los trabajadores estén determinados a acercarse aún más al famoso “fifty-fifty”.
Sin embargo, si bien los planteos de una redistribución más equitativa suelen ser pasados por alto por los principales editorialistas, no les falta verdad cuando critican los números oficiales que, particularmente en lo que a inflación refiere, nos brinda el INDEC.
Es posible que la intención de manipular estos números haya tenido primeramente una finalidad estrictamente económica vinculada a pagar menos intereses por los bonos atados a la inflación. Este punto, claramente cuantificable ha dado sus dividendos aunque probablemente a un costo simbólico demasiado alto. Pues el dinero que el Gobierno evita pagar por los intereses tiene como correlato el germen de la pérdida de confianza no sólo de empresarios sino de la ciudadanía en general y la posibilidad de que consultoras privadas de dudosa reputación y huérfanas de control y metodologías, cuantifiquen su odio al Gobierno en números “objetivos” de inflación.
El riesgo de todo esto es grande pues puede hacer de CFK una suerte de heredera del gran mito griego de Cassandra. Como ustedes saben, la leyenda cuenta que el dios Apolo se había enamorado de Cassandra y con la intención de ser correspondido otorgó a ésta el don de la adivinación. Sin embargo, un tiempo más tarde Cassandra se arrepintió de haber aceptado el vínculo amoroso con el dios, el cual furioso, le dejó ese don profético pero le quitó el de la persuasión. Esto es lo que hace que nadie le crea a Cassandra cuando ella avizora la destrucción de Troya. De este modo, el INDEC puede transformarse en el castigo divino que desacredite toda palabra del Gobierno. Gracias a esta manipulación, parte de la ciudadanía descree de la recuperación de los salarios de los trabajadores mucho más allá de la inflación real y, además, es presa fácil de ese razonamiento falaz pero, en tanto tal, persuasivo, que afirma que si el gobierno miente con el INDEC, debemos desconfiar de cualquier tipo de afirmación que provenga del kirchnerismo. Habrá que hacer el cálculo pero sin olvidar que la verdad sin persuasión puede alcanzar para dormir reconciliados con nuestra almohada pero nunca será suficiente para ganar una elección.

domingo, 30 de mayo de 2010

El piso y el techo del bicentenario (publicado originalmente el 30/5/10 en Miradas al Sur)

Probablemente de manera algo apresurada, sectores afines al kirchnerismo dejaron entrever que la Semana de Mayo expuso en una misma escena y casi cuerpo a cuerpo las “dos Argentinas”: la de la 9 de julio y la del Colón. Si bien esto no es del todo falso, esta línea dicotómica presentó de manera algo carente de matices, una disputa entre “el pueblo”, entidad difícilmente definible pero que parece no poder prescindir de características tales como cantidad, pobreza y espontaneidad, y “la gente” entendida como la sociedad civil clasemediera, cuyos principales representantes no están en la Política sino en los Medios de comunicación.
Pero del otro lado también tenemos perspectivas conocidas. Por ello no debió sorprender que la aglomeración de una aristocracia tilinga que, comparativamente con la del centenario, posee fortunas en alza pero glamour devaluado, fuera vista como el espacio armónico de la Argentina de la concordia. Sin embargo, entre estas últimas interpretaciones trilladas creo entrever un sutil cambio en cuanto al tipo de interlocutor al que se dirige el discurso.
En otras palabras, las principales plumas de los Medios hegemónicos dejaron en claro que, de existir la “Argentina de la 9 de julio” y la “Argentina del Colón” tomarían partido por esta última. En efecto, todos sabemos que estos editorialistas, a la hora de elegir entre aquellos que sueñan tener “un techo propio” y aquellos que sueñan “un piso propio” (sobre Libertador), se inclinarán por estos últimos casi como una consecuencia natural, quizás, de clase. Pero como pocas veces le han otorgado al gobierno el beneficio de ser popular para luego esputarle con desparpajo el desprecio hacia todo lo que venga “de abajo”. Curiosamente, esta vez, la polarización, marca característica de los K y que algunos insólitamente atribuyen al influjo del filósofo alemán Carl Schmitt con su lógica amigo-enemigo, provino de los heraldos del consenso y los buenos modales. Polarización que puede costarles el descrédito frente a los sectores moderados de la sociedad.
Para entender este cambio no puede obviarse la variable electoral que muestra a la oposición cayendo estrepitosamente. En este sentido, la línea de los actores políticos de derecha no difiere de la doxa de los editorialistas de Clarín, La Nación o Perfil. En todos los casos, parecen inclinarse ahora hacia el interlocutor radicalizado pues, ¿no es esto lo que hace Macri cuando privilegia a la farándula vernácula y elige a Canal 13 para que transmita la Gala del Colón? En esta misma línea ¿no podrían explicarse los dichos de Sanz acerca de la Asignación Universal como un mensaje dirigido a quienes rechazan visceralmente todo lo que huela a popular? ¿No es esto mismo lo que hace Morales Solá cuando queda preso del odio que exige la tribuna monstruosa que ayudó a construir? ¿O a quién se está dirigiendo Pepe Eliaschev con su arrogancia cuasi lugoniana?
Ahora bien, esta nueva dirección del discurso es una estrategia defensiva: la utilizó Kirchner cuando prefirió cerrar filas al interior del aparato justicialista y ahora la utilizan los opositores recalcitrantes en la medida en que todos “sus” candidatos van cayendo en desgracia por inútiles, por riesgo a ir presos, por ser colombianos o por tener el don de la adivinación pero no el del apoyo popular. Y aquí vuelve la metáfora pues quienes antes peleaban por alcanzar el techo en las encuestas, ahora radicalizan el discurso para granjearse un humilde piso que les permita acceder a un indigno segundo puesto con riesgo de quedar huérfano de ballotage. Distinto parece ser ahora el horizonte K y mucho dependerá de la lectura que haga de los últimos acontecimientos puesto que si bien las millones de personas que desfilaron por la 9 de julio no necesariamente apoyan al gobierno, también es cierto que probablemente ninguno de ellos sea rabiosamente anti kirchnerista. En este sentido, el gobierno se encuentra frente a un fenómeno de movilización en el espacio público que lo trasciende. Quizás el desafío sea, entonces, tomar nota que en el contexto de repliegue de la oposición sobre sus banderas más reaccionarias, el kirchnerismo, si es que apunta a alcanzar un techo que supere el 40 porciento, no tendrá otra alternativa que salir del piso justicialista y buscar apoyo en buena parte de esa ciudadanía que en la semana de Mayo mostró ser una masa heterogénea de subjetividades a la intemperie.