domingo, 22 de febrero de 2009

El referendo en Venezuela y el concepto de democracia

Este 15 de febrero se realizó en Venezuela un nuevo referendo, esta vez, vinculado a la aceptación o no de una enmienda constitucional que permite la reelección de cargos en diferentes niveles del Estado. Desde diputados regionales y nacionales pasando por alcaldes y gobernadores, la reforma alcanza al Presidente de la Nación lo cual hace que, en estas circunstancias, se le abra la puerta a Chávez para seguir en el cargo más allá de 2012. Escrutadas la totalidad de las mesas, el triunfo del “Sí” fue contundente con más de 54% de los votos.
Independientemente del resultado, como ha sucedido en los últimos años, a una oposición chabacana, perezosa e inepta se le ha sumado el estilo confrontativo de Chávez, para hacer que en las elecciones y los referendos poco se tenga en cuenta lo que se está votando y todo se dirima en un “Sí” o un “No” ni siquiera a la gestión sino más bien a la figura del líder bolivariano. Sin duda esto no es deseable a tal punto que en la única derrota sufrida por el chavismo en el referendo constitucional de 2007, el carisma de Chávez sumado a su pretensión reeleccionista relegó a un segundo plano las reformas profundas y progresistas que se intentaban implementar.
Pero más allá de estos errores de coyuntura y estrategia política, este referendo permite encarar temáticas más conceptuales. Específicamente el del concepto de democracia y sus límites. En este punto la pregunta debería ser, ¿la reelección indefinida atenta contra la democracia o, por el contrario resulta una reforma necesaria que la profundiza? Probablemente no haya una respuesta única.
Por un lado, la tradición liberal republicana ha planteado reparos, muchos de los cuales se han comprobado históricamente, en lo que respecta a la propensión hacia el autoritarismo que promueven los sistemas que permiten la reelección indefinida. De fondo está la idea de que la alternancia y la diversidad son buenas en sí mismas (algo que, por cierto, puede ponerse en tela de juicio). Además se supone que quien está al frente del Gobierno tiene la capacidad de hacer uso y abuso de los mecanismos estatales de manera tal que posee una ventaja comparativa que le permitiría ganar indefinidamente las elecciones para perpetuarse en el cargo.
Asimismo, se debe tener en cuenta que las repúblicas liberales establecen sistemas de contrapeso de poder en diferentes niveles. Sea entre los poderes ejecutivos, judicial y legislativo, sea entre el gobierno nacional y las provincias, etc., el hecho de que nadie tenga el poder total resulta una salvaguarda ante las pretensiones autoritarias. Pero en el caso de los regímenes presidencialistas, se suele decir, que el poder del ejecutivo muchas veces sobrepasa el de sus pretendidos contrapesos. En este sentido, si el argumento de Chávez es que existen países europeos (como Inglaterra, por ejemplo) en los que hay reelección indefinida del primer ministro, no se puede dejar de soslayo que se trata de regímenes parlamentarios donde un cambio en el equilibrio de fuerzas o nuevas alianzas al interior del parlamento pueden devenir en la inmediata renuncia o destitución del Primer Ministro, algo que no sucede con los regímenes presidencialistas en los que se debe cumplir un mandato de x cantidad de años aun cuando se tenga minoría en las cámaras.
Estas parecen ser buenas razones para oponerse a la reforma que impulsa Chávez pero, por otro lado, también hay elementos para mostrar que impedir la posibilidad de reelección indefinida supone un límite a la democracia. En otras palabras, la Constitución estaría oponiéndose a una decisión democrática, en este caso, reelegir a Chávez o a cualquiera de los funcionarios elegidos por voto popular. Si es el pueblo el que gobierna y éste quiere elegir a Chávez nuevamente, resulta un claro recorte a su voz que la Constitución se lo impida.
No es este el lugar para discutir la compleja relación entre las decisiones del pueblo y la Constitución, sólo agregar que lejos está quien escribe esta nota de suscribir a una suerte de idílico jardín democrático en el que las masas deliberan constantemente sin límite alguno y cuentan los minutos para reconocer a su Robespierre. Sin embargo, esto no implica que los límites constitucionales a la democracia no sean variables, contingentes y situados en contextos y coyunturas ligadas a la historia de cada Estado.
En este sentido, no es una verdad absoluta, sino más bien relativa, la que afirma que las reelecciones indefinidas necesariamente se dan de bruces con los ideales democráticos.
En el medio de este debate, el más interesante, es posible preguntarse muchas cosas. Una pregunta puede ser: ¿por qué los que están a favor de la reelección de Chávez se opusieron a la de Menem si lo que están en juego es una reforma constitucional independiente de los hombres de carne y hueso? En esta línea también se puede preguntar por qué los que acusan a Chávez de intentar perpetuarse en el poder y suponen que la megalomanía es una consecuencia exclusiva del pensamiento de izquierda, no critican con la misma vehemencia a las intentonas reeleccionistas de los candidatos de las derechas moderadas neoliberales desde Menem hasta Uribe. También podría discutirse acerca de la gran paradoja del gobierno de Chávez, esto es, si la revolución es profunda no necesita de un hombre y si lo necesita tal vez no sea tan profunda (al menos todavía). Dicho de otra manera, en el pedido de reelección indefinida está la propia debilidad de Chávez que no es otra cosa que la falta de un sucesor que pueda garantizar la profundización de las transformaciones.
Pero ninguna de estas preguntas interesantes coyunturalmente debe opacar la discusión conceptual que el referendo en Venezuela abrió. Pues al mostrarnos que la relación entre la democracia y la Constitución aun sigue siendo asunto de debate y que no existe un único formato institucional a través del cual se manifiesta la voz del pueblo, lo ocurrido en tierras bolivarianas obliga a quitarnos los prejuicios naturalizados para repensar cuáles son los límites y qué entendemos por democracia.

jueves, 5 de febrero de 2009

Votar a Dios


Si bien Dios está incluido en la política desde tiempos inmemoriales, tras la caída de las Torres Gemelas, la religión resurgió como variable explicativa de los enfrentamientos económicos y sociales. Al discurso terrorista de los Osama Bin Laden que se refiere a “los otros” como infieles, se le confrontó con toda una verba maniquea que incluía misiones encomendadas por el Dios cristiano y ejes del bien y del mal. Esta radicalización de los discursos religiosos, es decir, aquellos discursos que son esencialmente irreductibles, están siendo llevados al extremo especialmente desde un Papado como el de Ratzinger que lejos de profundizar algunas líneas de apertura y aggiornamiento, recurre a la más recalcitrantemente rancia herencia inquisitorial de la curia. Sin duda el epicentro de estas controversias se encuentra bastante lejos de Latinoamérica y de Argentina. Sin embargo, los ecos de este resurgimiento religioso imbricado sobre la política tienen su propia lógica vernácula.
En este sentido, según el contexto propio de cada territorio, las últimas semanas tuvieron a la religión, tanto en Bolivia como en Venezuela y Argentina, cerca del arco opositor a los Gobiernos llamados “progresistas” o “neopopulistas” que llegaron en el último decenio.
En el marco del referéndum constitucional en Bolivia, tomó estado público un cartel que parecía sintetizar buena parte de la lógica del costado más reaccionario de la Media Luna: “Elija a Dios. Vote No”. Este insólito Dios candidato fue utilizado también como fundamento para adjudicar idolatría y ateísmo racista a la propuesta Constitucional del MAS.
En el caso de Venezuela y Argentina, en las últimas semanas, la tensión entre el poder político y la religión se relacionó con las manifestaciones en torno al conflicto de Gaza. Si bien los casos de Bolivia y Venezuela por un lado y el de Argentina por el otro, son distintos, a punto tal que los gobiernos de Morales y Chávez expulsaron a la diplomacia Israelí de su territorio mientras que el gobierno de CFK guarda una relación al menos no conflictiva con las instituciones judías, hubo dos hechos cuya reacción pareció emparentada. El ataque a una sinagoga en Venezuela y manifestaciones contra la embajada de Israel en Argentina a cargo de grupos de izquierda y de dirigentes cercanos al oficialismo, tuvo como consecuencia una desproporcionada reacción de los medios interrogando acerca de un supuesto rebrote antisemita. En esta línea, en ambos casos se culpó a los gobiernos de manera directa e indirecta por estos actos y por fomentar una ola persecutoria hacia el pueblo judío.
En el caso de la Argentina, la tirantez entre el oficialismo y la Iglesia ha estado circunscripta al plano discursivo puesto que en la práctica no se han dejado ver grandes cambios en la relación. CFK se encargó de aclarar que está en contra de la despenalización del aborto; el Estado sigue pagando los sueldos de los obispos y subsidiando las escuelas confesionales; un gobernador oficialista (Urtubey) apoya en su provincia (Salta) el dictado de religión (católica) en las escuelas públicas, etc. Por ello, los roces con el gobierno parecen estar más vinculados al atavismo ideológico y cuasi mitológico de la mayoría de los representantes de la curia vernácula que a un ataque sistemático a los valores cristianos. Lo mismo sucede con los gobiernos considerados progresistas de Brasil y Uruguay que dejaron bien en claro no sólo que no intentarán ganar terreno a la Iglesia, sino que, en algunos casos, serán los vehículos mismos de nuevas conquistas.
En Argentina no hay manera de hacer entender que una crítica a la política exterior del Estado de Israel no es una manifestación discriminatoria. De hecho, resulta insólito que para poder criticar los bombardeos en Gaza y no ser acusado de antisemita, haya que declarar un apellido judío o una mamá sobreprotectora. Es más, aun los judíos críticos de la política de Olmert como León Rozitchner, Jorge Halperín o Pedro Brieger son acusados de falsos judíos o traidores puesto que algunos consideran que portar un apellido vinculado a algún tipo de etnia conlleva una suerte de imperativo ideológico vinculado verticalmente y sin matices con las acciones políticas del Estado representante de ese grupo social.
Dicho esto, tampoco se puede dejar de soslayo las imperceptibles pero manifestaciones al fin de grupos de izquierda que en su afán antiimperialista adoptan la causa de cualquier minoría amenazada sin importar si ésta resulta antidemocrática, sectaria y fundamentalista. El falso dilema “Israel o Hamas” es una simplificación producto de cierta pereza intelectual. La misma que opera cuando se intenta inferir de algunos exabruptos de D´elia, un componente antisemita en el gobierno K. Nuestro país tendrá una historia en muchos aspectos funesta pero resulta un ejemplo en lo que asimilación cultural refiere. No hace falta sobreactuar como Rodríguez Larreta y salir con una brigada a tapar unas pintadas ofensivas hacia el pueblo judío obviando el sinfín de paredes que han recibido, aerosol mediante, mensajes discriminatorios tales como “negros de mierda” o “Boca puto”.
Está claro que las repúblicas occidentales son lo que son, en buena medida, por esa conquista innegociable que es la separación del Estado de la Iglesia. Si Dios quiere ser candidato antes de votarlo no olvide fijarse qué piensan y cuáles son los hombres de carne y hueso que ocupan el resto de la lista.

lunes, 26 de enero de 2009

"Lo que "El Choque" nos dejó" (publicado en Revista Ñ, 24/1/09)

Existen buenas razones para que el pensamiento de Huntington resulte antipático. Una de las principales es, probablemente, que su Choque de civilizaciones haya sido el manual de operaciones de los diseñadores de la política exterior del saliente presidente W. Bush. Sin embargo El Choque de civilizaciones, libro que amplía los contenidos de un artículo publicado por Huntington en 1993, es mucho más que esto. En él podemos encontrar una teoría que busca rivalizar con, entre otras, la famosa tesis del “Fin de la Historia” de Fukuyama afirmando que tras la caída del muro de Berlín, lejos de observar el triunfo del capitalismo y las democracias liberales de Occidente, nos enfrentamos a un mundo multipolar en que los actores son las grandes civilizaciones, las cuales son, generalmente, identificables por su religión. Dios resucita, se toma revancha y la religión reemplaza a las ideologías lo cual hace que las posiciones resulten más extremas e irreductibles.
El hecho de que Huntington haya asesorado a la Casa Blanca nos impide afirmar con certeza si estamos ante un investigador con gran mérito anticipatorio o ante una profecía autocumplida pero existen más elementos que pueden ser materia de reflexión. Específicamente, frente al hecho de la globalización y, con ella, el aparente triunfo de los valores de Occidente, Huntington se pliega a aquellos que advierten que Occidente, lejos de ser la civilización del mañana, se encuentra en franca decadencia ante el ascenso demográfico de los musulmanes y el poderío económico asiático. En este sentido, el choque entre civilizaciones parece inevitable y como suele ocurrir con las profecías del miedo, la solución estaría en una suerte de regreso romántico a la pureza de los valores (occidentales). Un tópico poco novedoso como el de la decadencia de occidente es interpretado en clave cultural, algo que directa o indirectamente puede llevar a interrogarnos acerca de nuestra propia identidad.
En esta línea, se observa que en la clasificación que realiza Huntington de las civilizaciones, Latinoamérica aparece como un espacio ajeno a Occidente que estaría compuesto simplemente por Europa y Estados Unidos (más Australia). A pesar de que el rasgo distintivo de las civilizaciones está dado por su religión y que Latinoamérica es mayoritariamente católica, el hecho de que hayamos asimilado parte de las culturas indígenas y la que, para Huntington es, una tradición política corporativa y autoritaria ajena a Occidente, nos ubica en el mundo no Occidental junto a las civilizaciones ortodoxa, sínica, islámica, japonesa, hindú y africana. En este sentido, quizás paradójicamente, la visión del ideólogo del partido republicano coincide con lo que suele denominarse neopopulismos latinoamericanos que reivindican una particularidad identitaria que en muchos casos, al menos discursivamente, reniega de los valores occidentales. Claro que esta discusión no obedece a un mero furor taxonómico sino que tiene consecuencias importantes. Especialmente porque en el momento en que la comunidad hispana se está transformando en la primera minoría en Estados Unidos y la inmigración resulta ser uno de los grandes desafíos que el primer mundo deberá enfrentar en el presente siglo, Huntington promueve la alarma y plantea que, puertas adentro, Estados Unidos debe dejar de propiciar un multiculturalismo que acabará disolviendo su identidad occidental en manos de africanos, latinos, musulmanes y asiáticos. Pero lo más llamativo es que El choque de civilizaciones elude la discusión en torno de la supuesta supremacía de los valores occidentales de la libertad y la democracia que en tanto tales serían bienes exportables. Lejos de pregonar tal universalismo, indicará que el mundo Occidental debe acabar con su arrogancia etnocentrista que buscando imponer sus valores a otras civilizaciones se ve expuesto a sus propias contradicciones y a la ira de aquellos que buscan reivindicar su particularidad. Así, bajo un lema que podría ser “ni monoculturalistas globales ni multiculturalistas domésticos” parece exigir el repliegue occidental ante la hipótesis de disolución interna y guerra civilizacional. No hay ideal kantiano ni posibilidad de hallar una paz (casi) perpetua como en las propuestas de los hijos del universalismo Rawls y Habermas.
Llegados a este punto quizás se pueda inferir otra de las razones por la que Huntington nos resulta antipático. Se trata de un ideólogo que está describiendo bastante bien un futuro que no nos gusta y que parece tener muy bien resuelta una pregunta que los latinoamericanos aún no podemos ni queremos responder, esto es, ¿quiénes somos?

domingo, 18 de enero de 2009

Lentes oscuros

Se podría hablar de muchas de las cosas que han ocurrido en este incipiente 2009. Podría arrancarse por el conflicto en la Franja de Gaza y el paradójico fenómeno de una guerra sin imágenes en la era de la imagen. También podría uno ocuparse del Rally Dakar y de los cortes de calles permitidos ante el furor “tuerca” de los vecinos citadinos; también podría encararse el fenómeno del Scoring sin mencionar que no hay sistema que funcione en el marco de un país sin controles; incluso podría anoticiarse que algún marginal, casi un loco, un esquizofrénico politizado, un ideólogo, un blogger poco leído, un pervertido, podría, después de la muerte de 6 niños en un incendio en el contexto de la emergencia habitacional de la Ciudad de Buenos Aires, pedirle a Macri el mismo insólito juicio político que recibiera Ibarra en su momento; también se podría pensar en adoptar el mismo gesto adusto y de preocupación de Nelson Castro cuando, en calidad de médico y periodista indignado, retoma la línea editorial de Noticias y mediocremente busca desestabilizar al Gobierno a través de sembrar un halo de incertidumbre en torno a la salud de la Presidenta, como si no hubiera razones para criticar algunas de las acciones políticas del kirchnerismo.
No habría que dejar de soslayo tampoco, por supuesto, que en medio de una crisis económica que nadie sabe aun cómo va a repercutir, el gran problema de la Argentina en 2009 ha sido, por ahora, la falta de monedas para viajar en colectivo y las noticias trascendentales de TN acerca del clima y las novedades de Facebook, lo cual incluye, un grupo de partidarios de Videla, la creación de un Perfil de Cobos con videos y mensaje de bienvenida y un grupo de madres del mundo que horrorizadas por la censura de sus fotos amamantando a sus hijos utilizaron al propio agente censor, Facebook, para crear un espacio de denuncia al respecto.
Claro que, también podría hablarse del conflicto con el campo y la cada vez menos convocante figura de un De Angeli que en cada nuevo acto recibe el favor de un primer plano sin paneo alguno de la concurrencia al evento. Incluso se podría abrir cierto espacio para una nota de reflexión acerca de la paradojal situación por la cual el conflicto agrario se plantea en términos de Estado confiscador que no debe intervenir siempre y cuando no haya una sequía.
Es más, si alguien me lo advirtiera podría dedicarme a investigar la forma en que buena parte del periodismo hace las veces de celestinos entre la oposición consultándole a los candidatos con quién podrían aliarse y cuáles son los límites (flexibles) de cada uno, mostrando que la falacia de la necesidad de formar, como sea, cualquier oposición para darle salud al sistema democrático, se encuentra por encima de la pregunta acerca de la viabilidad, la robustez y la coherencia del programa y los hombres que desean ser una alternativa en 2011
En esta línea, un párrafo obligado debería dedicársele a la operación de prensa vil de instalar la idea del poskirchnerismo a tres años de la finalización del mandato, con la firme intención de acorralar al Gobierno tras las elecciones de 2009 y facilitar un helicóptero apto para un doble comando.
Por último, una nota al menos simpática o de literal color podría dedicarse a la asunción del primer presidente afroamericano de Estados Unidos y el contraste de un Presidente Negro en una Casa Blanca. Hasta podría hacerse sin ninguna alusión a la sobreexpectación estúpida y maniquea con la que buena parte del periodismo presenta a Obama como una suerte de semidios que viene a liberarnos del señor malo que hacía guerras.
De todo esto podría hablarse bastante. Pero entre tanta noticia o comentario poco importante hay algo que puede marcar un punto de inflexión y que seguramente será pasado por alto por muchos desprevenidos medios opositores y por los venales medios oficialistas de Szpolski, Cristóbal López, Guillermo Moreno y Kirchner. Se trata de una noticia a través de la cual se vislumbra un horizonte negro más aún que cualquier profecía obstétrica de la oposición y más terrible que el cercano y siempre por llegar accidente aéreo de Piñeiro. Me refiero a la lección de periodismo político que se observa en la forma en que el Diario Perfil destaca y deja constancia con una documentación precisa e imágenes elocuentes, que, al llegar a Cuba, a pesar de ser de noche, CFK, como es su costumbre, descendió del avión presidencial con lentes oscuros para el sol……………
Sobre esto se podría hablar pero mejor ahorrarse las palabras.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Otra oposición: la Solicitada de Binner

Si hay algo en lo que confluyen casi unánimemente vastos sectores de la sociedad es en la percepción de que no existe una fuerza política con capacidad de gestión capaz de disputarle el Gobierno al kirchnerismo. Aun en el peor momento K, las voces antioficialistas se multiplican pero atravesados por sus propias limitaciones, ambiciones y vedettismos no parecen tener la capacidad de estructurar una oposición coherente, robusta y programática.
A la hora de distinguir y clarificar al interior del conjunto “oposición”, podemos tener en cuenta a aquellos que tienen al menos algún tipo de experiencia en la gestión de territorios importantes del país. Me refiero aquí al PRO en la Ciudad de Buenos Aires y al socialismo en Santa Fe. Tras 1 año, el gobierno de Macri se ha mostrado estático, timorato, preso de la fragilidad interna y, por sobre todo, profundamente incapaz para gestionar la maquinaria estatal. Asimismo, la coraza idílica de toda nueva gestión parece empezar a reblandecerse, lo que en la jerga de los pasillos se menciona como el momento en que “le empiezan a entrar las balas”. Esto, seguramente, no impedirá una aplastante victoria en las legislativas 2009 pero deja ciertas dudas con miras al 2011 cuando el desgaste sea mayor y Macri sea expuesto como candidato a Presidente.
Distinto parece el caso de Binner en Santa Fe: con menos amplificación mediática, son pocas las noticias que circulan fuera del ámbito regional. A esto debe sumársele el perfil bajo del Gobernador y su decisión de no salir histéricamente a confrontar con el Gobierno Nacional aun ante el dilema que le planteaba el conflicto con el campo.
Sin embargo, el gobierno socialista pareció tomar nota de que un presidenciable no puede mantenerse en silencio y decidió enviar una propuesta al Gobierno a través de una solicitada que apareció el domingo 21/12 en los principales diarios y que lleva como título “Aporte a la Nación Argentina. Cinco propuestas para superar la crisis”. En términos generales podemos decir que se trata de las pocas intervenciones opositoras que plantean propuestas razonables y que se encuentran en un horizonte de posibilidad. Además proviene de un partido con experiencia de gestión (recordar los sucesivos gobiernos socialistas en la intendencia de Rosario). De hecho, varios pasajes de la solicitada hacen referencia a cuestiones técnicas y de implementación lo cual puede leerse como la necesidad de mostrar que un gobierno no peronista también puede ser capaz de mover la burocracia estatal. Por otra parte, se deja entrever, con la moderación de siempre, cierto diagnóstico que lo distancia del Gobierno nacional, en cuanto a que la crisis económica “reforzó los síntomas de desaceleración de la economía argentina que fueron evidentes desde el prolongado conflicto agropecuario”. Asimismo se hace hincapié en un creciente clima de desconfianza manifiesta en diferentes sectores de la economía.
En cuanto a las líneas programáticas y las propuestas concretas se parte de la base de que la política fiscal y una política de redistribución deben ser los pilares de la superación de este contexto. En esta afirmación se conjugan buena parte del equilibrio que busca la Solicitada. Equilibrio complejo entre principios “liberales” de correcta administración (similares a los del Gobierno nacional) y una visión más progresista que hace hincapié en políticas más inclusivas y redistributivas más cercanas al ideal socialista y a algún tipo de peronismo. A esto debemos sumarle elementos coyunturales y geopolíticos: se trata del gobierno de la provincia de Santa Fe cuyo eje central es la producción agropecuaria y la agroindustrial, sectores que, por cierto apoyaron en buena medida al socialismo en las últimas elecciones.
Todas estas variables hacen que la propuesta resulte un gran ejercicio de malabarismo que se parece bastante a la política real del día a día donde los grises son más que los colores puros.
Así, el gobierno socialista no tiene ningún inconveniente en señalar en varios pasajes el problema de “la caja”. Sí, efectivamente, tanto hemos oído hablar de “la caja” que parece haberse estigmatizado la necesidad de las administraciones de obtener fondos. Así, es razonable que Binner reclame “coordinación”, “articulación entre Nación, Provincia, municipios y comunas” y “acceso de municipios y comunas a los recursos financieros”. Esta búsqueda de descentralización es también una pelea por “la caja” y al darla no se ponen colorados, lo cual por cierto, resulta correcto.
Otro de los puntos tiene que ver con medidas de carácter impositivo en el que se intenta conciliar los intereses de diferentes sectores. Por un lado se habla de defensa de las fuentes de trabajo, aumento de las jubilaciones en función de la ley de movilidad jubilatoria, incremento en las asignaciones de los planes sociales, reducción escalonada de las tasas impositivas, (acaso una razonable y menos vilipendiada “tablita de Machinea”) y una canasta básica de productos que queden exentos de IVA. Por otro lado, una medida que se toma en los principales países del mundo, esto es, el proteccionismo industrial y aranceles para las importaciones sumado a quizás la propuesta que más puede incomodar al kirchnerismo: el tema “retenciones”. Allí se propone la eliminación total de las retenciones a los cereales, las oleaginosas, la leche y la carne y se propone reemplazar la pérdida en la recaudación con el impuesto a las ganancias, a los activos financieros, al cigarrillo, al alcohol y a los bienes suntuarios.
Esta es, en síntesis, la propuesta. La misma posee, seguramente, puntos que abren interrogantes. Dejando de lado la implementación técnica de la posibilidad de una descentralización en el manejo de los recursos lo cual, por cierto, tampoco garantiza mayor transparencia, podemos pensar cómo podría garantizarse que los productos de la canasta básica sin IVA se mantengan a un precio accesible y que esa quita impositiva redunde en una rebaja al precio al público. La conducta de los empresarios en ese sentido dista mucho de ser la ideal lo cual parece dejar a la medida en el plano de las buenas intenciones y el voluntarismo. En cuanto a la eliminación de las retenciones para los productos mencionados parece razonable discutir medidas en pos de ayudar a fomentar la diversidad en la producción pero debería reconocerse que la resolución 125 modificada que vetó el senado parecía dar un paso importante en esa línea aunque era resistida en parte, porque a través de las devoluciones se exigía el fin de la informalidad. Recurrir al impuesto a las ganancias, se sabe, es una medida teóricamente inobjetable pero de imposible control en la práctica: nada más fácil que evadir el impuesto a las ganancias. Más razonables resultan los impuestos a la renta financiera, a los bienes suntuarios, al cigarrillo y al alcohol aunque hacerlo supondría tener que tolerar un despiadado ataque desde los sectores interesados. Será cuestión, en ese punto, de ver quién tiene más fuerza. Pero más allá de estas cuestiones controvertidas vemos aparecer un partido con poder de gestión que más allá de sus críticas parece intentar seguir llevar adelante un espíritu continuista en algunas de las políticas de la actual Gestión Nacional.
Señalar algunos aciertos del oficialismo es una de las formas más sensatas de evitar este mal endémico de los gobiernos argentinos: los vaivenes en las grandes líneas del proyecto del país que hizo que en 20 años se oscile constantemente de visiones neoliberales a estatistas.
La de Binner, parece pues, una oposición más constructiva, lo cual quizás no le dé el rédito político de los rezongos del Pro, la CC, los disidentes del PJ y varios multimedios. Queda abierta la cuestión de si la forma socialista de profundizar cierta línea progresista que se encuentra en la gestión actual del Gobierno Nacional podrá estructurar una fuerza a nivel nacional que no surja del mero enfrentamiento con las políticas oficiales y no se constituya desde la lógica tradicional del trueque entre apoyos y cargos.