miércoles, 20 de junio de 2007

¿Qué república? ¿Qué propuesta?


Según los analistas, entre las principales razones por las cuales un gran número de personas votó a Macri se encuentra una línea de respeto por las instituciones republicanas y una política que dejando a un lado las agresiones propias de los tiempos de campaña, se encargó de realizar propuestas. Sobre estos dos temas trabajaré en esta nota.
Una crítica casi histórica hacia el peronismo es su poco apego a las instituciones: vinculado a liderazgos de caudillos populistas, el partido justicialista pareció hacer uso y abuso a lo largo de su historia de las instituciones del estado republicano. Si tenemos en cuenta que el mecanismo de construcción de poder del presidente Kirchner parece realizarse a la vieja usanza, parece razonable que la crítica al estilo personalista y verticalista del peronismo se repita.
En los pricipales referentes del centro y la centroderecha como Carrió o Lopez Murphy, el discurso del "respeto institucional" frente al populismo kirchnerista resulta uno de los ejes centrales de su campaña. En esta misma línea, aunque con menos riqueza discursiva, se encuentra Mauricio Macri y su PRO (Propuesta republicana).
Ahora bien, la pregunta es ¿a qué idea de república se refiere Macri? La respuesta es un interrogante pero tal vez se puede inferir algo de sus dichos y estrategias. El PRO ha decidido no dialogar en la campaña y ha instalado inteligentemente la idea de que cualquier crítica o alusión a su pasado es "Campaña sucia". Si alguien dice, "Macri votó en contra de la ley de salud reproductiva; Macri votó a favor del ingreso de Patti a la cámara de diputados; Macri fue procesado en 2001 por contrabando; Macri evadió impuestos al frente de Sevel; Macri votó en contra de la unión civil de homosexuales", etc........se lo acusa de hacer campaña sucia y no de decir la verdad. A Macri se lo puede votar igual a pesar de esto, pero aclararlo en una campaña es una de las armas legítimas que tienen sus adversarios. ¿qué hay de sucio allí?
Escudándose en la idea de que la apertura del diálogo estimula la lógica de la agresión propia del oficialismo, el PRO no dialoga ni discute. La "nueva" política, en la compulsión de la mera propuesta (una por día a lo largo de la campaña y una por hora en el último día), genera una república monologada que deslegitima, como parte de la "vieja política agresiva y chicanera", toda crítica. De esto se puede inferir que la propuesta republicana de PRO dista mucha de los ideales tanto de la Grecia Antigua como de los federalistas norteamericanos donde lo que se privilegiaba era, justamente, el diálogo y la discusión. De este modo, las instituciones de la república moderna y la polis clásica se vacían. Tan sólo un gerente sobre la tarima de un club de fútbol propone lacónicamente. El resto es acusado de ideologizar y utilizar una retórica de la confrontación. En la nueva república ya no hace falta la palabra. Sólo hablan "los hechos". En esta línea, es coherente que no se acepte un debate. Porque más allá de que la estrategia sea hacer la plancha desgastando a un gobierno ávido de participar en la campaña, hay un trasfondo mucho más dramático: la palabra ya no importa en la nueva república. La nueva república no es de los filósofos, es de los ingenieros (a tal punto llega el prestigio que hay quienes se dicen llamar "ingeniero" y nunca han conseguido el título).
En cuanto al segundo punto de esta nota, la pregunta sería: si es verdad que el PRO propone ¿cuáles son esas propuestas? Podemos agruparlas en dos categorías: las que dicen "más" y las que dicen "basta". Entonces, de todas las cosas deseables debe haber "más" y a todas las cosas indeseables les llega su "basta". Más seguridad, más hospitales, más plazas, más trabajo, más limpieza en las calles, etc. (Párrafo a parte merece la propuesta de "mas educación gratuita" demostrando un desconocimiento flagrante de la diferencia entre lo público y lo gratuito. El PRO confunde "público" con "gratuito" y "privado" con "pago" y desconoce que el tema de la gratuidad es central en nuestra educación pero más lo es el hecho de lo público). En la otra categoría, la de la lista negativa, el PRO dice basta de inseguridad, basta de suciedad en las calles, basta de desocupación, basta de corrupción, basta de subisidios etc.
Yo considero que más que propuestas estos son slogans vacuos. ¿quién duda de que de lo bueno debería haber más y de lo malo debería haber menos? Aún habiendo acuerdo entre aquello bueno o malo (algo difícil por cierto) el punto es "cómo" se van a llevar las políticas de gobierno. Algunos "más" necesitan entre otras cosas "más" dinero. ¿De dónde va a salir éste?
¿De la suba de impuestos? Tal vez los porteños estén de acuerdo con este aumento pero sería bueno que se aclare en campaña cómo se van a llevar adelante las propuestas. ¿Si hay piquetes qué va a pasar? La respuesta no puede ser "no habrá piquetes" porque los habrá. ¿Si se quita el subisidio a los transportes cuánto costará un pasaje? Si la idea es generar una ciudad con superavit,¿cómo se van a costear todos estos "más"? Por último ¿Cómo será una educación más gratuita de la que tenemos si hasta ciertos posgrados en la Universidad de Buenos Aires son gratuitos?
En resumen, si las aparentes propuestas son slogans como mínimo triviales, y el modelo republicano del PRO, imbuido de un monólogo lacónico y ensimismado, denosta la palabra en tanto mero juego de artificios que se opone a la "cultura del hacer", la política que se viene será nueva pero, como reza el spot, "¿estará buena?".

viernes, 1 de junio de 2007

De cálculos y estrategias

El domingo hay elecciones para Jefe de gobierno y legisladores en la Capital Federal.
Como todos más o menos saben hay tres candidatos con posibilidad de ganar: Macri, Telerman y Filmus. Asimismo las encuestas coinciden en darle a Macri entre un 10 y un 15% de ventaja sobre Telerman y Filmus que estarían cabeza a cabeza. En este contexto me propongo escribir una nota de opinión que puede ser usada en mi contra en el futuro. Se trata de hacer cierto análisis de los candidatos y las alianzas señalando algunos pro y algunos contra. El lunes los números me señalarán la cantidad de errores cometidos y por eso lo tomo como una apuesta, un juego, casi un PRODE político. Al fin de cuentas si lo hacen los encuestadores, con sus flagrantes horrores de estimación, ¿por qué no podría hacerlo yo?
Esta idea me surgió a partir de la lectura del último libro de Tomás Abraham, El presente absoluto. Más allá del contenido e independientemente de si ésta fue su intención, lo que me interesó, entre otras cosas, es su apuesta, el juego que surge de la publicación de algunos de sus artículos: escribir “en caliente”, con los hechos sucediéndose, casi recién digeridos y lo que es mejor, publicarlos 5 años después exponiéndose a que el lector juzgue aciertos y errores. En momentos en que nadie resiste un archivo, Abraham nos muestra el suyo. No es cinismo, sino honestidad intelectual.
Con la intención de construir mi propio archivo señalaré algunos puntos que me resultan relevantes. El primero tiene que ver con la elección de los candidatos a Vicejefe. Tal vez me equivoque pero no resulta casual que la crisis de los partidos políticos y la consecuente necesidad de alianzas le diera una relevancia inusitada a los candidatos a vice. Estos fueron elegidos con cuidado y han tenido un protagonismo que resulta inédito. Más allá de que una vez en el gobierno, la figura del vice suele diluirse, al menos en la campaña, tanto Michetti, como Olivera y Heller han ganado en visibilidad. Pero en esta selección creo que el que más ganó, electoralmente hablando, es Macri. Michetti se presenta como una cara nueva de la política, independiente y con un perfil claramente de centro. Cierta habilidad retórica la ubica varios peldaños arriba de un jefe que no puede hacer más que reproducir slogans pulcros generados por asesores ventrilocuos. Gracias a todo esto es posible que sume los votantes que un candidato como Rodríguez Larreta, esto es, alguien que reúne en sí una infinita cantidad de razones para que se evite votarlo, no podría atraer.
Olivera no le hace ganar votos a Telerman. Me atrevería decir que todo lo contrario. Es más, el ARI no le hace ganar votos a Telerman o en todo caso le quita más de lo que le da. Esto es por varias razones: el discurso apocalíptico, las metáforas obstétricas (como alguna vez señalara Rafael Bielsa) y el discurso moralizante de la política parecen agobiar a la ciudadanía y contrasta con el perfil optimista de Telerman.
Olivera, resulta un candidato respetable pero “pegado” a De la Rúa en el imaginario popular. Asimismo, los candidatos a legisladores más visibles por la lista de Telerman no resultan de peso suficiente para ganar votos. Pocos conocen a Cerruti y menos a Maffia. Por si hace falta aclararlo, por candidatos de poco peso entiendo “candidatos que no gozan de una popularidad tal que les permita traccionar votos”. Y eso, claro está, nada dice acerca de sus cualidades. Por mencionar sólo un ejemplo, creo que Diana Mafia será una gran legisladora, por su capacidad y por sus convicciones pero lamentablemente dudo que su popularidad trascienda los límites del instituto Hanna Arendt, la Facultad de Filosofía y Letras y ciertos grupos feministas.
Sin embargo, hay que destacar una cosa. Carrió hizo algo que no había hecho antes: por primera vez generó un pacto con posibilidades de ser opción de gobierno. Para alguien que había roto su vínculo con el socialismo por su opinión acerca de la despenalización del aborto es un paso hacia delante. Buena estrategia de Carrió: pasó de tener un candidato que no llegaría al 5% a estar de la mano de otro con posibilidades de llegar a segunda vuelta.
¿Se equivocó Telerman entonces? Creo que tampoco. Una vez que el gobierno le soltó la mano necesitaba un vínculo que aunque sea mediáticamente generara la idea de un apoyo un poco más sólido de aquello con lo que arribaba: de vice a jefe por destitución de Ibarra y sin partido, no le sería fácil gobernar y mantener cohesión en la legislatura.
En cuanto a Filmus, a pesar de no lo oí ni lo leí creo que por primera vez se cumple lo que Kirchner había ensayado en un primer momento: la transversalidad. Desde el candidato a Jefe pasando por su vice, Heller, Ibarra, Ginés y Bonasso se trata, guste o no, de actores de una propuesta progresista más o menos transversal. El punto es que creo que el menos progresista de la lista es justamente Filmus. Todos los demás están a su izquierda. Pero el gobierno no tenía otro candidato. En realidad, para ser más precisos deberíamos decir: gracias a Alberto Fernández el gobierno se perdió la gran oportunidad de tener resuelta la elección. Me refiero a que un eventual apoyo a Telerman hubiera evitado la dispersión del voto de centroizquierda y lo tendría a éste o bien arriba de Macri o bien muy cerca como sucediera en la elección que Ibarra finalmente le ganara al presidente de Boca en segunda vuelta.
Heller no le hace ganar gran cantidad de votos aunque no creo que le haga perder. Lo que sí me atrevo a afirmar es que la lista del gobierno ha hecho mucho hincapié en algo que parecen haber descuidado Macri y Telerman: la lista de legisladores. Tanto Ibarra como Ginés aunque especialmente el primero le darán muchos votos a Filmus porque una gran parte de la población, aunque no se anime a decirlo, considera que la destitución del jefe de gobierno tras el episodio de Cromañón ha sido un despropósito. Las urnas hablarán en ese sentido y el corte de boleta puede favorecer a los candidatos a legisladores por el oficialismo.
En resumen, en toda esta maraña de cálculos, cruces y estrategias, aciertos y errores creo que el que más se vio beneficiado en lo que respecta a la jefatura de gobierno fue el PRO: los asesores de Macri leyeron bien que su candidatura a nivel nacional recibiría una paliza estruendosa y se volcaron a hacer pie en el único distrito que les deparaba alguna posibilidad de un horizonte favorable. Si ganan, lo utilizarán de plataforma para el 2011.
Filmus, fue puesto en ese lugar y abre más esperanza el resto de su lista que él mismo. De aquí que me atreva a afirmar que Macri tendrá algunos votos menos en sus legisladores (más allá de que no creo que el votante de Macri se preocupe por el corte de boleta) y que Ibarra y Ginés sumados tendrán algunos votos más que Filmus.
En cuanto a Telerman, él no pudo elegir con quien aliarse. Más bien, lo eligieron a él.

viernes, 18 de mayo de 2007

Del síntoma de una elección a la elección de un síntoma

Parecería que el país estuviera al borde del estallido social: conflicto docente en Santa Cruz con agresión física a una ministra de la nación; conflicto docente en Neuquen con un docente muerto y un gobernador en jaque; eterno pronóstico de desastre aéreo; amenaza de huelga realizada desde distintos gremios, entre ellos los camioneros, por lo que podría darse, entre otras cosas, que no se recolectara la basura en la ciudad de Buenos Aires; el primer caso de corrupción en el gobierno de Kirchner que ya le costó la cabeza a dos funcionarios; paro de los trabajadores del subte; furia de pasajeros de la ex línea Roca que ante la interrupción de un servicio destrozan la estación; ola de asaltos; zonas liberadas donde actúan narcos peruanos; manifestaciones y cortes de calle minúsculos por doquier y Boca que no gana. La lista puede seguir. Este fue sólo un mínimo repaso de las principales noticias trágicas de la última semana. Si hubiera saqueos, algún lector desprevenido supondría estar leyendo una crónica del 2001 y el 2002 (aunque en esa época Boca sí ganaba, con lo cual se demuestra que los malos momentos de Boca no son una variable explicativa que pueda dar cuenta del estallido del país y que fue mencionado sólo en tono de broma para exacerbar algunos ánimos).
Y sin embargo, a pesar de todo esto no sólo el país no estalla sino que las encuestas (aun la de los opositores al gobierno) dan un triunfo arrasador de cualquier candidato oficial (pingüino o pingüina) a nivel nacional. ¿Por qué la gente vota a un gobierno que parece escapársele el país de las manos? Hay varias opciones pero, adrede, voy a simplificar: la primera podría ser que la gente sea idiota; otra podría ser que la gente crea que al gobierno no se le está yendo el país de las manos y que, en la balanza, este gobierno tenga más a su favor que en contra (sumado a que no hay oposición seria con capacidad para estar al frente del país). Tengo la sensación que se trata de este último caso. Equivocada o no, alterada por el bienestar económico o por lo que sea, la mayoría de la ciudadanía argentina ve con buenos ojos, en términos generales, la administración de Kirchner. Claro que la inseguridad preocupa y también algún brote de corrupción pero esto no alcanza para desnivelar la balanza. Sin embargo, los hechos mencionados existen y voy a detenerme en algunos de ellos, particularmente, en las protestas de los gremios por aumento de sueldo.
Por suerte ha salido de los medios, y ya no es parte del background ideológico del gobierno, la idea de que el aumento de sueldo trae inflación. Eso es un paso adelante. Asimismo, existe un compromiso de este gobierno, y que se viene cumpliendo en los últimos años, de reabrir la mesa de las negociaciones salariales todos los años con el fin de lograr recuperar el terreno perdido en lo que a salarios se refiere. Si bien estamos lejos del ideal, los sueldos en blanco han aumentado en promedio más que la inflación.
La pregunta que surge entonces es: ¿por qué hay tantos conflictos? La respuesta creo que tiene que ver con algo que llamaré “Síntoma de una elección”. Me refiero a ese pensamiento típicamente cortoplacista de una buena parte de la cultura argentina que podría resumirse en el siguiente apotegma: “presionemos ahora que hay elecciones y nos van a dar lo que pidamos”. No es una razonamiento muy elaborado pero refleja fielmente la realidad. Ningún gobierno quiere conflicto en vísperas de una elección: por ello pondrá el mayor énfasis por solucionar lo antes posible cualquier inconveniente. Teniendo en cuenta que se trata de un gobierno con superavit fiscal, la manera de solucionarlo se encuentra a mano.
Pero quisiera que no se malinterprete lo que digo y que no se concluya que el accionar de los grupos que razonan como se indicó más arriba sea condenable moralmente. No creo que sea así y quien esté en desacuerdo conmigo debería considerar la historia reciente de nuestro país: años de postergación de clases trabajadoras, de sueldos congelados y de ampliación de la brecha entre ricos y pobres. Es decir, los gremios saben que hay que aprovechar los momentos de debilidad de los gobiernos y/o empresarios y al fin de cuentas de esto se trata el juego del poder.
Lo que sí me parece criticable es la radicalidad de algunas protestas. Y , por favor, con esto no quiero caer en esos trillados discursos que dicen “estamos de acuerdo con el contenido de su protesta pero no con la forma”. Yo estoy de acuerdo con el contenido de la protesta y muchas veces con la forma. En otras palabras, la protesta o las huelgas son mecanismos de presión. Si éstas no se hacen visibles difícilmente sean exitosas porque el trabajador siempre lleva las de perder y lo único que tiene a mano es el derecho a protestar. Pero tengo la sensación de que algunas medidas se han radicalizado en el sentido de que han comenzado por el extremo. Por ejemplo, ¿hace falta agredir a una funcionaria pública (algo que no se hizo ni siquiera con muchos funcionarios menemistas) para ganar visibilidad? ¿Hace falta parar el subte un día entero generando un caos en la ciudad? ¿Hace falta parar con la recolección de basura una semana?, etc., etc. Se me retrucará que estos conflictos vienen de larga data y que esta es la última consecuencia. Tal vez esto sea así pero la radicalidad no tiene que ver con la duración temporal de una protesta. La radicalidad es una elección que no puede estar siempre justificada y temo que generalmente se pasa por alto lo que yo llamaría la “responsabilidad de la protesta”. La responsabilidad de la protesta supone la necesidad de sopesar costos y beneficios no sólo hacia el interior del grupo que protesta sino también con relación al grupo de los afectados. El razonamiento sería más o menos así, ¿es justo que mi lucha pueda generar tales y tales consecuencias hacia el resto de mis conciudadanos? Está claro que no existe una medida objetiva para sopesar entre las diferentes alternativas y que la respuesta tampoco es la que daría algún comunicador políticamente correcto que dijera “los derechos de uno terminan donde empiezan los derechos de los demás”. Pongo ejemplos: ¿no es una medida bastante radicalizada cortar todos los pasos que unen Argentina y Uruguay como medida de protesta por las papeleras? Sin embargo no creo que sea un exceso cortar algunos pasos algunas horas. Se sigue de esto que el corte de ruta en Entre Ríos es una media que busca visibilidad. Esa medida puede dejarse llevar por la radicalidad (viniendo a agredir a los que suben al Buquebús en Bs .As) o no. Pero la radicalidad es una opción aunque no la única. Otro ejemplo: ¿no es una medida bastante radicalizada cortar el subte todo el día cuando podría hacerse por algunas horas, con cortes programados y tal vez no en horas pico? Ejemplos hay cientos y si bien puede ser controvertido juzgar cuándo una medida se torna radical (y se justifica que así sea) parece haber algunos casos donde una inmensa mayoría puede acordar.
Pero hay otro fenómeno que me interesa señalar y es el que utilicé en el juego de palabras del título. Me refiero a “la elección de un síntoma”. Con esto retomo la lista de sucesos que aparentemente tienen al país al borde del abismo. Y aquí hago hincapié en el rol de los medios. Está claro que en vísperas de elecciones las contribuciones económicas de algunos candidatos hacen que quede de manifiesto la inclinación para nada inocente de algunos comunicadores. Pero también hay una lógica de venta del medio explicable tal vez por razones psicológicas o hasta genéticas de aquellos que los consumimos, y se vincula con la “compulsión a la tragedia”. Esta compulsión de los argentinos a consumir tragedia es lo que hace que el recorte que realizan los medios sea siempre el de las malas noticias, en este caso, las que surgen del “síntoma de las elecciones” y otros fenómenos de naturaleza estrictamente escabrosa. De hecho, no estoy haciendo ningún descubrimiento si afirmo que una mala noticia vende más que una buena pero algunos medios parecen estar exagerando esta opción. Así, un noticiero se construye con dos a tres noticias que hablen mal del gobierno, un accidente de tránsito con imágenes con sangre, dos o tres comentarios de asaltos a empresarios y a ancianos, un joven ignorante que hable de Boca, de River y de la legión Argentina de Gaudio y compañía, y una linda mujer ignorante que hable de Brad Pitt y de por cuánto se ha asegurado las nalgas Jennifer López. No hay noticias buenas. Las noticias buenas son sólo las que proveen golpes bajos y aquellas que implican el costado etnográfico de las “historias de vida” (el milagro de Juancito que estaba enfermo y ahora sanó, o el milagro del viejo Omar que a pesar de ser pobre ayuda a un hogar de perros sarnosos). Todas las demás son malas noticias de un país que a cada momento parece arder pero que nunca termina de hacerlo. Un país que transita entre síntomas y elecciones.
Pero nada de esto debe importarnos porque si a pesar de todo esto, el país objetivamente marcha mejor, como los indicadores reales parecen indicar, no nos queda otra que creer en lo que el ex presidente Duhalde dijo hace algunos años: “la Argentina es un país condenado al éxito”.

viernes, 4 de mayo de 2007

De hinchas e hipocresías

En esta nota me voy a referir al episodio del que está hablando el país entero: la patada voladora que el arquero de Vélez, Gastón Sessa, le propinara al delantero de Boca Rodrigo Palacio. Para que no se malinterprete lo que voy a decir debo aclarar: rechazo profundamente la actitud de Sessa no sólo en este caso sino en muchos casos anteriores. Esta pueda generar lesiones en colegas, afecta deportiva y económicamente a sus compañeros y a su club, genera violencia dentro y fuera del campo y resulta una desilusión muy grande para los hinchas de su club, en este caso, Vélez.
Ahora bien, lo que me interesa remarcar, por lo pronto, es el trato desmedido y exagerado que este hecho ha tenido. No habiendo pasado aún 24 horas del episodio, pude tomar nota de: encuestas radiales varias acerca de si Sessa debe seguir atajando o no; constante difusión de foros en Internet en que los hinchas de Vélez se expresaban; una incesante cobertura del episodio y de sus consecuencias en los informativos de las principales radios AM (La red, Continental, Mitre, etc.) cada media hora; un informe de más de unos 8 minutos en Telenoche titulado “Todo tiene un límite” acompañado de un móvil en vivo en la puerta del club esperando la reunión de la Comisión Directiva de Vélez que determinará el futuro del arquero; la tapa de los principales diarios amplificando hasta lo inimaginable el fenómeno (en Olé la única foto de tapa es la del incidente y en Clarín es la foto de tapa que secunda a otra en la que se atestigua el festejo de Palermo); Eduardo Feinmann que junto a al conductor del noticiero del 9 afirmaron que la patada fue “criminal” (SIC) y demencial; Niembro, en su eterna militancia acerca de una supuesta profesionalización del fútbol, operando en favor de la inclusión de psicólogos que puedan evitar estos exabruptos; decenas de móviles esperando al técnico de Vélez, Lavolpe, a la salida del entrenamiento de hoy por la mañana en la Villa Olímpica para preguntarle por el caso; etc, etc. (seguramente el lector podrá agregar hasta casi el infinito otras coberturas que mi tiempo y mis posibilidades horarias me impidieron advertir). Por si esto fuera poco, el abogado de Chabán, y reconocido hincha de Boca, realizando una denuncia por “agresiones” y pidiendo a un fiscal que actúe de oficio. Todo el mundo tenía y tiene una opinión para dar sobre el hecho y todo el mundo “sabe” lo que se debe hacer. Incluso sobraron los comentarios en los medios que trataron de hacer una interpretación socio-filosófica de la argentinidad a partir de este suceso. Una especie de sociedad “Sesseada”, marcada por la violencia y el exabrupto. Así Sessa parece ser una de esas figuras tan caras al romanticismo en las que se resume el sentido de una época.
Francamente, repito, me resulta una exageración y sin entrar aquí en comparaciones futboleras que siempre están teñidas de demasiado pasión: ¿ha existido una cobertura tal para los codazos tan arteros y “criminales” que ha pegado, entre otros, el defensor de Boca, “Cata” Díaz a lo largo de su historia; o se ha sometido al escarnio público a su compañero de equipo Krupoviesa en sus reiteradas agresiones (la que me viene a la cabeza inmediatamente es la patada a Montenegro en el anteúltimo clásico)? ¿O la plancha descalificadora de Clemente Rodríguez a un jugador de San Lorenzo, lo que, por cierto, le valió la expulsión? Dejando de lado los nombres propios, ¿no vemos a menudo agresiones dentro de la cancha tanto o más peligrosas que ésta? ¿Cuántos planchazos hay por partido? ¿Cuántas fracturas ocurridas por mala fe del colega? ¿Cuántos tabiques rotos por codazos? (recuerde que un codazo pegado en un lugar certero puede ocasionar la muerte)
Por último, ¿sabía usted que la semana anterior se le rindió un homenaje a Guillermo Barros Schelotto en la Cámara de Diputados por su comportamiento deportivo? (sí, leyó bien: más allá de sus virtudes futbolísticas y la idolatría seguramente bien merecida que posee en la hinchada de Boca, si hay algo que el pendenciero mellizo no es, es un ejemplo de conducta deportiva y fair play)
Se me ocurren varias reflexiones al respecto. La primera es quizás una obviedad: nuestra sociedad está futbolizada. No sólo porque es una pasión mayoritaria y porque el futbolista aparece hoy como referente; ni siquiera porque la política está impregnada de fútbol a tal punto que el ganador de la primera vuelta en la elección a Jefe de Gobierno en la Capital será quien utilizó la presidencia de Boca como plataforma. Creo que pensamos y reflexionamos cotidianamente atravesados por el fútbol y el contexto tampoco ayuda a que eso cambie. Me refiero a que los medios, la política y la justicia se encuentran impregnadas de esta futbolización. En el caso de los periodistas, especialmente los deportivos, son meros hinchas que intentan más o menos esconder su filiación. Tienen un micrófono revestido de supuesta objetividad y, sin embargo, actúan como simples hinchas. Están sumidos en la desvergüenza y en la prepotencia de quien tiene un micrófono abierto. Desoyen las principales pero ahora vetustas premisas de un periodismo cuyo ideal regulativo sea la objetividad y la neutralidad. Como cualquier hincha, se enojan cuando pierde su equipo, se mofan de su rival cuando le ganan, etc., etc. pero todo esto con un micrófono en la mano (El primero que me viene a la cabeza es el “periodista” Marcelo Palacio de Mitre pero son casi todos).
Lo mismo sucede con políticos que utilizan la Cámara de Diputados y su espacio de representantes para rendir culto a un ídolo privado esgrimiendo públicamente razones comprobadamente falsas. Y por si esto fuera poco un abogado y seguramente algún fiscal hincha (de Boca) interviniendo sobre un deporte que tiene se propia reglamentación y su propio código de disciplina y sanción. Actúan como hinchas porque ningún fiscal interviene cuando Maradona, quien es dirigente de Boca, se desboca y profiere una cuantiosa cantidad de insultos e improperios a referís, jugadores y técnicos rivales incitando a la violencia.
Un país de hinchas que están por todas partes pero también de hipocresía porque es un país que quiere que a Sessa se lo castigue ejemplarmente y goza en un orgasmo colectivo ante la desgracia ajena. El que se equivoca debe pagar con el peor castigo y si es posible el más visible. Se trata de una cultura muy visual la nuestra y ahora que está de moda hablar de nominados el nominado de hoy es Sessa: héroe de ayer, villano de hoy. Ahora está pasando por la trituradora y veremos qué sale de allí. Y hay hasta quienes deslizan con malicia y disfrute perverso que Sessa va a dejar el fútbol o que tiene conductas psicológicas particulares que lo pueden llevar a cometer “alguna locura” (entendiéndose por tal el quitarse la vida). La misma hipocresía que sanciona a que aquellas hinchadas que realizan cánticos nazis y discriminadores contra la hinchada de Atlanta pero no ha sancionado a ninguna de las hinchadas que al referirse a la hinchada de Boca dicen “Son todos negros/putos de Bolivia y Paraguay”).
Quienes pensaban que la actitud de Sessa era un resumen de cómo vive nuestra sociedad equivocaron el foco. Deberíamos decir, más bien, que es el tratamiento que una sociedad de hinchas e hipócritas le da a un episodio como el de Sessa el que habla a las claras de aquello en lo que nos hemos convertido hoy día.

sábado, 28 de abril de 2007

Piqueteros: ¿del protestódromo a la visibilidad compulsiva?

La irrupción de Nina Pelozo en “Bailando por un sueño” además de marcar un pico de rating reabre un debate acerca de las estrategias de los actores sociales en la Argentina actual.
Resulta claro que abril de 2007 parece un momento menos propicio para manifestaciones de cortes de ruta en comparación con el 2001 y el 2002. Las razones son bastante obvias: hace 5 años que el país crece a una tasa sorprendentemente alta lo cual trae entre otras consecuencias una recuperación del empleo (la tasa desempleo no llega a dos dígitos), una disminución de la pobreza y la indigencia y un boom de consumo en las clases medias y altas. Más allá de que algún crítico señale con algo de razón que una de las deudas de este gobierno es un mayor nivel redistributivo sería necio pasar por alto alguno de estos alentadores datos.
Este contexto no está exento de conflictos pero, por suerte, éstos ya no tienen que ver con la ausencia de trabajo o con el magro subsidio estatal canalizado en planes sociales, sino con la puja por el aumento de los salarios en lo que algunos maliciosamente denominan las “tensiones del crecimiento”. De este modo no es casual que las centrales sindicales hayan recobrado protagonismo dejando a un segundo plano a movimientos como el de los piqueteros.
Sin embargo, el fenómeno piquetero mediaticamente “vende”, aunque más no sea para denostarlo, y ocupa aun bastante seguido cierto lugar de relevancia en las agendas de noticieros y políticos en campaña.
El piqueterismo “vende” porque es de aquellos fenómenos que más les gustan a los argentinos: son fenómenos que marcan polaridades. Dividen. Exasperan a defensores y a detractores y son canalizadores de otras divisiones. Con esto último quiero significar que se trata de esos fenómenos donde los enfoques reaccionarios y progresistas saben muy bien qué opinar. Sobre los piqueteros no hay interpretaciones grises como tampoco lo hay sobre el aborto y otros temas “polarizadores”. Según la vereda que se transite se sabe bien qué se debe decir. Es a todo o nada y creo que lamentablemente en la lógica del todo o nada y la ausencia de matices el único que sale perdiendo es el pensamiento crítico.
¿Pero qué le queda al movimiento piquetero hoy? Por lo pronto las dos posibilidades de los extremos no me convence demasiado. Estas serían, por un lado, la propuesta típica de cierta derecha reaccionaria neo-neustadtiana: deberíamos construir un protestódromo donde la gente con conflictos se manifieste sin impedir a terceros que ejerzan, entre otros, su derecho al libre tránsito. Por otro lado, la segunda opción es la que parece haber elegido Castells y su esposa: la visibilidad a cualquier precio. Así su apotegma podría ser el siguiente: “da lo mismo cortar una calle que bailar con Tinelli: lo que importa es que nuestro reclamo se conozca”. Yo francamente dudo que dé lo mismo y trataría de reflexionar acerca de si la forma y los canales utilizados no son capaces de distorsionar el mensaje. Lamentablemente creo ver en Castells y su esposa una compulsión a la visibilidad a tal punto que cualquier medio resulta útil para la causa.
Está claro que el movimiento piquetero ha intentado canalizar su reclamo por las vías de la política electoral presentando sus propios candidatos pero el apoyo popular ha sido casi nulo. En este sentido, parecería que aquello que mantiene vivo a un movimiento que supo ser importante y una de las claves para entender una de las peores crisis por las que atravesó nuestro país, no es su reivindicación, sino más bien lo funcional que resultan para cierto pensamiento de derecha y la culpa melancólica que despiertan en sectores de izquierda (política y académica) que creyeron ver en ellos el germen de la revolución.