Parecería que el país estuviera al borde del estallido social: conflicto docente en Santa Cruz con agresión física a una ministra de la nación; conflicto docente en Neuquen con un docente muerto y un gobernador en jaque; eterno pronóstico de desastre aéreo; amenaza de huelga realizada desde distintos gremios, entre ellos los camioneros, por lo que podría darse, entre otras cosas, que no se recolectara la basura en la ciudad de Buenos Aires; el primer caso de corrupción en el gobierno de Kirchner que ya le costó la cabeza a dos funcionarios; paro de los trabajadores del subte; furia de pasajeros de la ex línea Roca que ante la interrupción de un servicio destrozan la estación; ola de asaltos; zonas liberadas donde actúan narcos peruanos; manifestaciones y cortes de calle minúsculos por doquier y Boca que no gana. La lista puede seguir. Este fue sólo un mínimo repaso de las principales noticias trágicas de la última semana. Si hubiera saqueos, algún lector desprevenido supondría estar leyendo una crónica del 2001 y el 2002 (aunque en esa época Boca sí ganaba, con lo cual se demuestra que los malos momentos de Boca no son una variable explicativa que pueda dar cuenta del estallido del país y que fue mencionado sólo en tono de broma para exacerbar algunos ánimos).
Y sin embargo, a pesar de todo esto no sólo el país no estalla sino que las encuestas (aun la de los opositores al gobierno) dan un triunfo arrasador de cualquier candidato oficial (pingüino o pingüina) a nivel nacional. ¿Por qué la gente vota a un gobierno que parece escapársele el país de las manos? Hay varias opciones pero, adrede, voy a simplificar: la primera podría ser que la gente sea idiota; otra podría ser que la gente crea que al gobierno no se le está yendo el país de las manos y que, en la balanza, este gobierno tenga más a su favor que en contra (sumado a que no hay oposición seria con capacidad para estar al frente del país). Tengo la sensación que se trata de este último caso. Equivocada o no, alterada por el bienestar económico o por lo que sea, la mayoría de la ciudadanía argentina ve con buenos ojos, en términos generales, la administración de Kirchner. Claro que la inseguridad preocupa y también algún brote de corrupción pero esto no alcanza para desnivelar la balanza. Sin embargo, los hechos mencionados existen y voy a detenerme en algunos de ellos, particularmente, en las protestas de los gremios por aumento de sueldo.
Por suerte ha salido de los medios, y ya no es parte del background ideológico del gobierno, la idea de que el aumento de sueldo trae inflación. Eso es un paso adelante. Asimismo, existe un compromiso de este gobierno, y que se viene cumpliendo en los últimos años, de reabrir la mesa de las negociaciones salariales todos los años con el fin de lograr recuperar el terreno perdido en lo que a salarios se refiere. Si bien estamos lejos del ideal, los sueldos en blanco han aumentado en promedio más que la inflación.
La pregunta que surge entonces es: ¿por qué hay tantos conflictos? La respuesta creo que tiene que ver con algo que llamaré “Síntoma de una elección”. Me refiero a ese pensamiento típicamente cortoplacista de una buena parte de la cultura argentina que podría resumirse en el siguiente apotegma: “presionemos ahora que hay elecciones y nos van a dar lo que pidamos”. No es una razonamiento muy elaborado pero refleja fielmente la realidad. Ningún gobierno quiere conflicto en vísperas de una elección: por ello pondrá el mayor énfasis por solucionar lo antes posible cualquier inconveniente. Teniendo en cuenta que se trata de un gobierno con superavit fiscal, la manera de solucionarlo se encuentra a mano.
Pero quisiera que no se malinterprete lo que digo y que no se concluya que el accionar de los grupos que razonan como se indicó más arriba sea condenable moralmente. No creo que sea así y quien esté en desacuerdo conmigo debería considerar la historia reciente de nuestro país: años de postergación de clases trabajadoras, de sueldos congelados y de ampliación de la brecha entre ricos y pobres. Es decir, los gremios saben que hay que aprovechar los momentos de debilidad de los gobiernos y/o empresarios y al fin de cuentas de esto se trata el juego del poder.
Lo que sí me parece criticable es la radicalidad de algunas protestas. Y , por favor, con esto no quiero caer en esos trillados discursos que dicen “estamos de acuerdo con el contenido de su protesta pero no con la forma”. Yo estoy de acuerdo con el contenido de la protesta y muchas veces con la forma. En otras palabras, la protesta o las huelgas son mecanismos de presión. Si éstas no se hacen visibles difícilmente sean exitosas porque el trabajador siempre lleva las de perder y lo único que tiene a mano es el derecho a protestar. Pero tengo la sensación de que algunas medidas se han radicalizado en el sentido de que han comenzado por el extremo. Por ejemplo, ¿hace falta agredir a una funcionaria pública (algo que no se hizo ni siquiera con muchos funcionarios menemistas) para ganar visibilidad? ¿Hace falta parar el subte un día entero generando un caos en la ciudad? ¿Hace falta parar con la recolección de basura una semana?, etc., etc. Se me retrucará que estos conflictos vienen de larga data y que esta es la última consecuencia. Tal vez esto sea así pero la radicalidad no tiene que ver con la duración temporal de una protesta. La radicalidad es una elección que no puede estar siempre justificada y temo que generalmente se pasa por alto lo que yo llamaría la “responsabilidad de la protesta”. La responsabilidad de la protesta supone la necesidad de sopesar costos y beneficios no sólo hacia el interior del grupo que protesta sino también con relación al grupo de los afectados. El razonamiento sería más o menos así, ¿es justo que mi lucha pueda generar tales y tales consecuencias hacia el resto de mis conciudadanos? Está claro que no existe una medida objetiva para sopesar entre las diferentes alternativas y que la respuesta tampoco es la que daría algún comunicador políticamente correcto que dijera “los derechos de uno terminan donde empiezan los derechos de los demás”. Pongo ejemplos: ¿no es una medida bastante radicalizada cortar todos los pasos que unen Argentina y Uruguay como medida de protesta por las papeleras? Sin embargo no creo que sea un exceso cortar algunos pasos algunas horas. Se sigue de esto que el corte de ruta en Entre Ríos es una media que busca visibilidad. Esa medida puede dejarse llevar por la radicalidad (viniendo a agredir a los que suben al Buquebús en Bs .As) o no. Pero la radicalidad es una opción aunque no la única. Otro ejemplo: ¿no es una medida bastante radicalizada cortar el subte todo el día cuando podría hacerse por algunas horas, con cortes programados y tal vez no en horas pico? Ejemplos hay cientos y si bien puede ser controvertido juzgar cuándo una medida se torna radical (y se justifica que así sea) parece haber algunos casos donde una inmensa mayoría puede acordar.
Pero hay otro fenómeno que me interesa señalar y es el que utilicé en el juego de palabras del título. Me refiero a “la elección de un síntoma”. Con esto retomo la lista de sucesos que aparentemente tienen al país al borde del abismo. Y aquí hago hincapié en el rol de los medios. Está claro que en vísperas de elecciones las contribuciones económicas de algunos candidatos hacen que quede de manifiesto la inclinación para nada inocente de algunos comunicadores. Pero también hay una lógica de venta del medio explicable tal vez por razones psicológicas o hasta genéticas de aquellos que los consumimos, y se vincula con la “compulsión a la tragedia”. Esta compulsión de los argentinos a consumir tragedia es lo que hace que el recorte que realizan los medios sea siempre el de las malas noticias, en este caso, las que surgen del “síntoma de las elecciones” y otros fenómenos de naturaleza estrictamente escabrosa. De hecho, no estoy haciendo ningún descubrimiento si afirmo que una mala noticia vende más que una buena pero algunos medios parecen estar exagerando esta opción. Así, un noticiero se construye con dos a tres noticias que hablen mal del gobierno, un accidente de tránsito con imágenes con sangre, dos o tres comentarios de asaltos a empresarios y a ancianos, un joven ignorante que hable de Boca, de River y de la legión Argentina de Gaudio y compañía, y una linda mujer ignorante que hable de Brad Pitt y de por cuánto se ha asegurado las nalgas Jennifer López. No hay noticias buenas. Las noticias buenas son sólo las que proveen golpes bajos y aquellas que implican el costado etnográfico de las “historias de vida” (el milagro de Juancito que estaba enfermo y ahora sanó, o el milagro del viejo Omar que a pesar de ser pobre ayuda a un hogar de perros sarnosos). Todas las demás son malas noticias de un país que a cada momento parece arder pero que nunca termina de hacerlo. Un país que transita entre síntomas y elecciones.
Pero nada de esto debe importarnos porque si a pesar de todo esto, el país objetivamente marcha mejor, como los indicadores reales parecen indicar, no nos queda otra que creer en lo que el ex presidente Duhalde dijo hace algunos años: “la Argentina es un país condenado al éxito”.
viernes, 18 de mayo de 2007
viernes, 4 de mayo de 2007
De hinchas e hipocresías
En esta nota me voy a referir al episodio del que está hablando el país entero: la patada voladora que el arquero de Vélez, Gastón Sessa, le propinara al delantero de Boca Rodrigo Palacio. Para que no se malinterprete lo que voy a decir debo aclarar: rechazo profundamente la actitud de Sessa no sólo en este caso sino en muchos casos anteriores. Esta pueda generar lesiones en colegas, afecta deportiva y económicamente a sus compañeros y a su club, genera violencia dentro y fuera del campo y resulta una desilusión muy grande para los hinchas de su club, en este caso, Vélez.
Ahora bien, lo que me interesa remarcar, por lo pronto, es el trato desmedido y exagerado que este hecho ha tenido. No habiendo pasado aún 24 horas del episodio, pude tomar nota de: encuestas radiales varias acerca de si Sessa debe seguir atajando o no; constante difusión de foros en Internet en que los hinchas de Vélez se expresaban; una incesante cobertura del episodio y de sus consecuencias en los informativos de las principales radios AM (La red, Continental, Mitre, etc.) cada media hora; un informe de más de unos 8 minutos en Telenoche titulado “Todo tiene un límite” acompañado de un móvil en vivo en la puerta del club esperando la reunión de la Comisión Directiva de Vélez que determinará el futuro del arquero; la tapa de los principales diarios amplificando hasta lo inimaginable el fenómeno (en Olé la única foto de tapa es la del incidente y en Clarín es la foto de tapa que secunda a otra en la que se atestigua el festejo de Palermo); Eduardo Feinmann que junto a al conductor del noticiero del 9 afirmaron que la patada fue “criminal” (SIC) y demencial; Niembro, en su eterna militancia acerca de una supuesta profesionalización del fútbol, operando en favor de la inclusión de psicólogos que puedan evitar estos exabruptos; decenas de móviles esperando al técnico de Vélez, Lavolpe, a la salida del entrenamiento de hoy por la mañana en la Villa Olímpica para preguntarle por el caso; etc, etc. (seguramente el lector podrá agregar hasta casi el infinito otras coberturas que mi tiempo y mis posibilidades horarias me impidieron advertir). Por si esto fuera poco, el abogado de Chabán, y reconocido hincha de Boca, realizando una denuncia por “agresiones” y pidiendo a un fiscal que actúe de oficio. Todo el mundo tenía y tiene una opinión para dar sobre el hecho y todo el mundo “sabe” lo que se debe hacer. Incluso sobraron los comentarios en los medios que trataron de hacer una interpretación socio-filosófica de la argentinidad a partir de este suceso. Una especie de sociedad “Sesseada”, marcada por la violencia y el exabrupto. Así Sessa parece ser una de esas figuras tan caras al romanticismo en las que se resume el sentido de una época.
Francamente, repito, me resulta una exageración y sin entrar aquí en comparaciones futboleras que siempre están teñidas de demasiado pasión: ¿ha existido una cobertura tal para los codazos tan arteros y “criminales” que ha pegado, entre otros, el defensor de Boca, “Cata” Díaz a lo largo de su historia; o se ha sometido al escarnio público a su compañero de equipo Krupoviesa en sus reiteradas agresiones (la que me viene a la cabeza inmediatamente es la patada a Montenegro en el anteúltimo clásico)? ¿O la plancha descalificadora de Clemente Rodríguez a un jugador de San Lorenzo, lo que, por cierto, le valió la expulsión? Dejando de lado los nombres propios, ¿no vemos a menudo agresiones dentro de la cancha tanto o más peligrosas que ésta? ¿Cuántos planchazos hay por partido? ¿Cuántas fracturas ocurridas por mala fe del colega? ¿Cuántos tabiques rotos por codazos? (recuerde que un codazo pegado en un lugar certero puede ocasionar la muerte)
Por último, ¿sabía usted que la semana anterior se le rindió un homenaje a Guillermo Barros Schelotto en la Cámara de Diputados por su comportamiento deportivo? (sí, leyó bien: más allá de sus virtudes futbolísticas y la idolatría seguramente bien merecida que posee en la hinchada de Boca, si hay algo que el pendenciero mellizo no es, es un ejemplo de conducta deportiva y fair play)
Se me ocurren varias reflexiones al respecto. La primera es quizás una obviedad: nuestra sociedad está futbolizada. No sólo porque es una pasión mayoritaria y porque el futbolista aparece hoy como referente; ni siquiera porque la política está impregnada de fútbol a tal punto que el ganador de la primera vuelta en la elección a Jefe de Gobierno en la Capital será quien utilizó la presidencia de Boca como plataforma. Creo que pensamos y reflexionamos cotidianamente atravesados por el fútbol y el contexto tampoco ayuda a que eso cambie. Me refiero a que los medios, la política y la justicia se encuentran impregnadas de esta futbolización. En el caso de los periodistas, especialmente los deportivos, son meros hinchas que intentan más o menos esconder su filiación. Tienen un micrófono revestido de supuesta objetividad y, sin embargo, actúan como simples hinchas. Están sumidos en la desvergüenza y en la prepotencia de quien tiene un micrófono abierto. Desoyen las principales pero ahora vetustas premisas de un periodismo cuyo ideal regulativo sea la objetividad y la neutralidad. Como cualquier hincha, se enojan cuando pierde su equipo, se mofan de su rival cuando le ganan, etc., etc. pero todo esto con un micrófono en la mano (El primero que me viene a la cabeza es el “periodista” Marcelo Palacio de Mitre pero son casi todos).
Lo mismo sucede con políticos que utilizan la Cámara de Diputados y su espacio de representantes para rendir culto a un ídolo privado esgrimiendo públicamente razones comprobadamente falsas. Y por si esto fuera poco un abogado y seguramente algún fiscal hincha (de Boca) interviniendo sobre un deporte que tiene se propia reglamentación y su propio código de disciplina y sanción. Actúan como hinchas porque ningún fiscal interviene cuando Maradona, quien es dirigente de Boca, se desboca y profiere una cuantiosa cantidad de insultos e improperios a referís, jugadores y técnicos rivales incitando a la violencia.
Un país de hinchas que están por todas partes pero también de hipocresía porque es un país que quiere que a Sessa se lo castigue ejemplarmente y goza en un orgasmo colectivo ante la desgracia ajena. El que se equivoca debe pagar con el peor castigo y si es posible el más visible. Se trata de una cultura muy visual la nuestra y ahora que está de moda hablar de nominados el nominado de hoy es Sessa: héroe de ayer, villano de hoy. Ahora está pasando por la trituradora y veremos qué sale de allí. Y hay hasta quienes deslizan con malicia y disfrute perverso que Sessa va a dejar el fútbol o que tiene conductas psicológicas particulares que lo pueden llevar a cometer “alguna locura” (entendiéndose por tal el quitarse la vida). La misma hipocresía que sanciona a que aquellas hinchadas que realizan cánticos nazis y discriminadores contra la hinchada de Atlanta pero no ha sancionado a ninguna de las hinchadas que al referirse a la hinchada de Boca dicen “Son todos negros/putos de Bolivia y Paraguay”).
Quienes pensaban que la actitud de Sessa era un resumen de cómo vive nuestra sociedad equivocaron el foco. Deberíamos decir, más bien, que es el tratamiento que una sociedad de hinchas e hipócritas le da a un episodio como el de Sessa el que habla a las claras de aquello en lo que nos hemos convertido hoy día.
Ahora bien, lo que me interesa remarcar, por lo pronto, es el trato desmedido y exagerado que este hecho ha tenido. No habiendo pasado aún 24 horas del episodio, pude tomar nota de: encuestas radiales varias acerca de si Sessa debe seguir atajando o no; constante difusión de foros en Internet en que los hinchas de Vélez se expresaban; una incesante cobertura del episodio y de sus consecuencias en los informativos de las principales radios AM (La red, Continental, Mitre, etc.) cada media hora; un informe de más de unos 8 minutos en Telenoche titulado “Todo tiene un límite” acompañado de un móvil en vivo en la puerta del club esperando la reunión de la Comisión Directiva de Vélez que determinará el futuro del arquero; la tapa de los principales diarios amplificando hasta lo inimaginable el fenómeno (en Olé la única foto de tapa es la del incidente y en Clarín es la foto de tapa que secunda a otra en la que se atestigua el festejo de Palermo); Eduardo Feinmann que junto a al conductor del noticiero del 9 afirmaron que la patada fue “criminal” (SIC) y demencial; Niembro, en su eterna militancia acerca de una supuesta profesionalización del fútbol, operando en favor de la inclusión de psicólogos que puedan evitar estos exabruptos; decenas de móviles esperando al técnico de Vélez, Lavolpe, a la salida del entrenamiento de hoy por la mañana en la Villa Olímpica para preguntarle por el caso; etc, etc. (seguramente el lector podrá agregar hasta casi el infinito otras coberturas que mi tiempo y mis posibilidades horarias me impidieron advertir). Por si esto fuera poco, el abogado de Chabán, y reconocido hincha de Boca, realizando una denuncia por “agresiones” y pidiendo a un fiscal que actúe de oficio. Todo el mundo tenía y tiene una opinión para dar sobre el hecho y todo el mundo “sabe” lo que se debe hacer. Incluso sobraron los comentarios en los medios que trataron de hacer una interpretación socio-filosófica de la argentinidad a partir de este suceso. Una especie de sociedad “Sesseada”, marcada por la violencia y el exabrupto. Así Sessa parece ser una de esas figuras tan caras al romanticismo en las que se resume el sentido de una época.
Francamente, repito, me resulta una exageración y sin entrar aquí en comparaciones futboleras que siempre están teñidas de demasiado pasión: ¿ha existido una cobertura tal para los codazos tan arteros y “criminales” que ha pegado, entre otros, el defensor de Boca, “Cata” Díaz a lo largo de su historia; o se ha sometido al escarnio público a su compañero de equipo Krupoviesa en sus reiteradas agresiones (la que me viene a la cabeza inmediatamente es la patada a Montenegro en el anteúltimo clásico)? ¿O la plancha descalificadora de Clemente Rodríguez a un jugador de San Lorenzo, lo que, por cierto, le valió la expulsión? Dejando de lado los nombres propios, ¿no vemos a menudo agresiones dentro de la cancha tanto o más peligrosas que ésta? ¿Cuántos planchazos hay por partido? ¿Cuántas fracturas ocurridas por mala fe del colega? ¿Cuántos tabiques rotos por codazos? (recuerde que un codazo pegado en un lugar certero puede ocasionar la muerte)
Por último, ¿sabía usted que la semana anterior se le rindió un homenaje a Guillermo Barros Schelotto en la Cámara de Diputados por su comportamiento deportivo? (sí, leyó bien: más allá de sus virtudes futbolísticas y la idolatría seguramente bien merecida que posee en la hinchada de Boca, si hay algo que el pendenciero mellizo no es, es un ejemplo de conducta deportiva y fair play)
Se me ocurren varias reflexiones al respecto. La primera es quizás una obviedad: nuestra sociedad está futbolizada. No sólo porque es una pasión mayoritaria y porque el futbolista aparece hoy como referente; ni siquiera porque la política está impregnada de fútbol a tal punto que el ganador de la primera vuelta en la elección a Jefe de Gobierno en la Capital será quien utilizó la presidencia de Boca como plataforma. Creo que pensamos y reflexionamos cotidianamente atravesados por el fútbol y el contexto tampoco ayuda a que eso cambie. Me refiero a que los medios, la política y la justicia se encuentran impregnadas de esta futbolización. En el caso de los periodistas, especialmente los deportivos, son meros hinchas que intentan más o menos esconder su filiación. Tienen un micrófono revestido de supuesta objetividad y, sin embargo, actúan como simples hinchas. Están sumidos en la desvergüenza y en la prepotencia de quien tiene un micrófono abierto. Desoyen las principales pero ahora vetustas premisas de un periodismo cuyo ideal regulativo sea la objetividad y la neutralidad. Como cualquier hincha, se enojan cuando pierde su equipo, se mofan de su rival cuando le ganan, etc., etc. pero todo esto con un micrófono en la mano (El primero que me viene a la cabeza es el “periodista” Marcelo Palacio de Mitre pero son casi todos).
Lo mismo sucede con políticos que utilizan la Cámara de Diputados y su espacio de representantes para rendir culto a un ídolo privado esgrimiendo públicamente razones comprobadamente falsas. Y por si esto fuera poco un abogado y seguramente algún fiscal hincha (de Boca) interviniendo sobre un deporte que tiene se propia reglamentación y su propio código de disciplina y sanción. Actúan como hinchas porque ningún fiscal interviene cuando Maradona, quien es dirigente de Boca, se desboca y profiere una cuantiosa cantidad de insultos e improperios a referís, jugadores y técnicos rivales incitando a la violencia.
Un país de hinchas que están por todas partes pero también de hipocresía porque es un país que quiere que a Sessa se lo castigue ejemplarmente y goza en un orgasmo colectivo ante la desgracia ajena. El que se equivoca debe pagar con el peor castigo y si es posible el más visible. Se trata de una cultura muy visual la nuestra y ahora que está de moda hablar de nominados el nominado de hoy es Sessa: héroe de ayer, villano de hoy. Ahora está pasando por la trituradora y veremos qué sale de allí. Y hay hasta quienes deslizan con malicia y disfrute perverso que Sessa va a dejar el fútbol o que tiene conductas psicológicas particulares que lo pueden llevar a cometer “alguna locura” (entendiéndose por tal el quitarse la vida). La misma hipocresía que sanciona a que aquellas hinchadas que realizan cánticos nazis y discriminadores contra la hinchada de Atlanta pero no ha sancionado a ninguna de las hinchadas que al referirse a la hinchada de Boca dicen “Son todos negros/putos de Bolivia y Paraguay”).
Quienes pensaban que la actitud de Sessa era un resumen de cómo vive nuestra sociedad equivocaron el foco. Deberíamos decir, más bien, que es el tratamiento que una sociedad de hinchas e hipócritas le da a un episodio como el de Sessa el que habla a las claras de aquello en lo que nos hemos convertido hoy día.
sábado, 28 de abril de 2007
Piqueteros: ¿del protestódromo a la visibilidad compulsiva?
La irrupción de Nina Pelozo en “Bailando por un sueño” además de marcar un pico de rating reabre un debate acerca de las estrategias de los actores sociales en la Argentina actual.
Resulta claro que abril de 2007 parece un momento menos propicio para manifestaciones de cortes de ruta en comparación con el 2001 y el 2002. Las razones son bastante obvias: hace 5 años que el país crece a una tasa sorprendentemente alta lo cual trae entre otras consecuencias una recuperación del empleo (la tasa desempleo no llega a dos dígitos), una disminución de la pobreza y la indigencia y un boom de consumo en las clases medias y altas. Más allá de que algún crítico señale con algo de razón que una de las deudas de este gobierno es un mayor nivel redistributivo sería necio pasar por alto alguno de estos alentadores datos.
Este contexto no está exento de conflictos pero, por suerte, éstos ya no tienen que ver con la ausencia de trabajo o con el magro subsidio estatal canalizado en planes sociales, sino con la puja por el aumento de los salarios en lo que algunos maliciosamente denominan las “tensiones del crecimiento”. De este modo no es casual que las centrales sindicales hayan recobrado protagonismo dejando a un segundo plano a movimientos como el de los piqueteros.
Sin embargo, el fenómeno piquetero mediaticamente “vende”, aunque más no sea para denostarlo, y ocupa aun bastante seguido cierto lugar de relevancia en las agendas de noticieros y políticos en campaña.
El piqueterismo “vende” porque es de aquellos fenómenos que más les gustan a los argentinos: son fenómenos que marcan polaridades. Dividen. Exasperan a defensores y a detractores y son canalizadores de otras divisiones. Con esto último quiero significar que se trata de esos fenómenos donde los enfoques reaccionarios y progresistas saben muy bien qué opinar. Sobre los piqueteros no hay interpretaciones grises como tampoco lo hay sobre el aborto y otros temas “polarizadores”. Según la vereda que se transite se sabe bien qué se debe decir. Es a todo o nada y creo que lamentablemente en la lógica del todo o nada y la ausencia de matices el único que sale perdiendo es el pensamiento crítico.
¿Pero qué le queda al movimiento piquetero hoy? Por lo pronto las dos posibilidades de los extremos no me convence demasiado. Estas serían, por un lado, la propuesta típica de cierta derecha reaccionaria neo-neustadtiana: deberíamos construir un protestódromo donde la gente con conflictos se manifieste sin impedir a terceros que ejerzan, entre otros, su derecho al libre tránsito. Por otro lado, la segunda opción es la que parece haber elegido Castells y su esposa: la visibilidad a cualquier precio. Así su apotegma podría ser el siguiente: “da lo mismo cortar una calle que bailar con Tinelli: lo que importa es que nuestro reclamo se conozca”. Yo francamente dudo que dé lo mismo y trataría de reflexionar acerca de si la forma y los canales utilizados no son capaces de distorsionar el mensaje. Lamentablemente creo ver en Castells y su esposa una compulsión a la visibilidad a tal punto que cualquier medio resulta útil para la causa.
Está claro que el movimiento piquetero ha intentado canalizar su reclamo por las vías de la política electoral presentando sus propios candidatos pero el apoyo popular ha sido casi nulo. En este sentido, parecería que aquello que mantiene vivo a un movimiento que supo ser importante y una de las claves para entender una de las peores crisis por las que atravesó nuestro país, no es su reivindicación, sino más bien lo funcional que resultan para cierto pensamiento de derecha y la culpa melancólica que despiertan en sectores de izquierda (política y académica) que creyeron ver en ellos el germen de la revolución.
Resulta claro que abril de 2007 parece un momento menos propicio para manifestaciones de cortes de ruta en comparación con el 2001 y el 2002. Las razones son bastante obvias: hace 5 años que el país crece a una tasa sorprendentemente alta lo cual trae entre otras consecuencias una recuperación del empleo (la tasa desempleo no llega a dos dígitos), una disminución de la pobreza y la indigencia y un boom de consumo en las clases medias y altas. Más allá de que algún crítico señale con algo de razón que una de las deudas de este gobierno es un mayor nivel redistributivo sería necio pasar por alto alguno de estos alentadores datos.
Este contexto no está exento de conflictos pero, por suerte, éstos ya no tienen que ver con la ausencia de trabajo o con el magro subsidio estatal canalizado en planes sociales, sino con la puja por el aumento de los salarios en lo que algunos maliciosamente denominan las “tensiones del crecimiento”. De este modo no es casual que las centrales sindicales hayan recobrado protagonismo dejando a un segundo plano a movimientos como el de los piqueteros.
Sin embargo, el fenómeno piquetero mediaticamente “vende”, aunque más no sea para denostarlo, y ocupa aun bastante seguido cierto lugar de relevancia en las agendas de noticieros y políticos en campaña.
El piqueterismo “vende” porque es de aquellos fenómenos que más les gustan a los argentinos: son fenómenos que marcan polaridades. Dividen. Exasperan a defensores y a detractores y son canalizadores de otras divisiones. Con esto último quiero significar que se trata de esos fenómenos donde los enfoques reaccionarios y progresistas saben muy bien qué opinar. Sobre los piqueteros no hay interpretaciones grises como tampoco lo hay sobre el aborto y otros temas “polarizadores”. Según la vereda que se transite se sabe bien qué se debe decir. Es a todo o nada y creo que lamentablemente en la lógica del todo o nada y la ausencia de matices el único que sale perdiendo es el pensamiento crítico.
¿Pero qué le queda al movimiento piquetero hoy? Por lo pronto las dos posibilidades de los extremos no me convence demasiado. Estas serían, por un lado, la propuesta típica de cierta derecha reaccionaria neo-neustadtiana: deberíamos construir un protestódromo donde la gente con conflictos se manifieste sin impedir a terceros que ejerzan, entre otros, su derecho al libre tránsito. Por otro lado, la segunda opción es la que parece haber elegido Castells y su esposa: la visibilidad a cualquier precio. Así su apotegma podría ser el siguiente: “da lo mismo cortar una calle que bailar con Tinelli: lo que importa es que nuestro reclamo se conozca”. Yo francamente dudo que dé lo mismo y trataría de reflexionar acerca de si la forma y los canales utilizados no son capaces de distorsionar el mensaje. Lamentablemente creo ver en Castells y su esposa una compulsión a la visibilidad a tal punto que cualquier medio resulta útil para la causa.
Está claro que el movimiento piquetero ha intentado canalizar su reclamo por las vías de la política electoral presentando sus propios candidatos pero el apoyo popular ha sido casi nulo. En este sentido, parecería que aquello que mantiene vivo a un movimiento que supo ser importante y una de las claves para entender una de las peores crisis por las que atravesó nuestro país, no es su reivindicación, sino más bien lo funcional que resultan para cierto pensamiento de derecha y la culpa melancólica que despiertan en sectores de izquierda (política y académica) que creyeron ver en ellos el germen de la revolución.
martes, 10 de abril de 2007
Las lecciones de Neuquen
En estos días resulta difícil escribir o pensar más allá del asesinato del maestro neuquino cometido por un policía. Y la dificultad obedece entre otras razones a la forma en que la política y sus actores se reconfiguran a partir de ese hecho. Me refiero a que, a veces por razones no claramente distinguibles, hay sucesos que marcan puntos de inflexión y que generan un necesario reacomodamiento del escenario político a partir del cual se pueden extraer interesantes interpretaciones.
La pregunta entonces debería ser, ¿qué conclusiones se puede extraer de lo ocurrido en Neuquen?
La primera debería ser que la sociedad ha reaccionado de manera homogénea rechazando la ejecución artera a la que fue sometido Carlos Fuentealba. Las razones de esta actitud puede ser variadas pero no resulta menor tener en cuenta que se trata de un maestro de clase media. Y si hay algo que la clase media tiene en mente como sacro, es un maestro de clase media. En otras palabras, no creo que hubiera existido una reacción semejante si el muerto hubiera sido un piquetero pobre. De ser este el caso hubiera quedado simplemente como una de las banderas de una izquierda preocupada por las minúsculas luchas intestinas y por un gatillo fácil que eleve al estatuto de mártir a un pobre desgraciado, pero hubiera pasado rápidamente al olvido en el resto de la sociedad.
Volviendo a la cuestión docente, el aura que rodea a esta actividad en nuestra sociedad no creo que tenga parangón y las razones de esto habrá que buscarlas en la construcción del imaginario social argentino. Sin embargo, sería bueno señalar que no debería haber actividades sacras y que la educación es una cuestión humana, (demasiado humana) y como en todos lados, “hay (docentes) buenos y (docentes) malos”. Algunos son pésimos educadores y resultan profundamente ignorantes. También los hay maltratadores, abusadores del estatuto y hasta algunos que aprovechan el paro para extender el fin de semana largo. Igualmente, por suerte creo que, como suele ocurrir en todas las profesiones, no se trata de la mayoría. Pero aun suponiendo que se trate de un conjuntos de seres diabólicos y despreciables luchando por una causa injusta, aunque huelgue decirlo, no existe justificación alguna para que un policía asesine a uno de ellos. Quienes entran en la línea de argumentación acerca de si la causa es o no justa esconden la lamentable suposición de que una causa no justa justifica un crimen. En este mismo error caen quienes sienten la necesidad de reivindicar las maravillosas cualidades de los asesinados como si la muerte para ser más absurda y más injusta debiera ocurrirle siempre a gente virtuosa.
Una segunda cuestión es la discusión interna entre la derecha y el progresismo acerca de las reivindicaciones y manifestaciones sociales. Aquí ayudó la extracción y la profesión del muerto ya señalada. En otras palabras, el hecho de que la clase media apoye el paro del lunes 9 de abril parece dejar en la superficie la contradicción propia de una clase que debería aceptar que algunas reivindicaciones y sus manifestaciones (léase, cortes de ruta) son justas y que inmediatamente debiera dar razones de por qué algunas “otras” manifestaciones no lo son. ¿Por qué está bien que corten las rutas los maestros y no los piqueteros? El simple hecho de que se tome conciencia de esta contradicción ya será un paso adelante.
Una tercera cuestión que sólo mencionaré es la llamativa acción conjunta de la CTA y la CGT como creo yo, nunca antes se había visto.
Una cuarta cuestión apunta al sector político de la derecha. Me refiero a que el episodio de Neuquen muestra quizás como pocas veces que la derecha está liderada por sujetos de, al menos, poca inteligencia. Alguien podrá criticarme de miopía y banalización pero creo que además de todo lo que se pueda decir, ideológicamente hablando de Sobisch, Macri o Blumberg, deberíamos afirmar que se trata de un conjunto de dirigentes con muy pocas luces. Cada uno tiene su particularidad: Sobisch posee una soberbia típica del caudillo patrón de estancia, Macri una visión de sentido común naif y futbolizada del mundo y de la existencia, propia de un “niño bien” que siempre seguirá trabajando de “hijo” y Blumberg un delirio de megalomanía postraumática. Pero los tres comparten una mediocridad intelectual supurante y hedionda como la derecha no ha tenido en mucho tiempo.
La quinta y última cuestión tiene que ver con una política del gobierno que creo que ha sido injustamente pasada por alto. Me refiero a la forma en que este gobierno ha encarado la cuestión social desde su asunción, esto es, en tal vez el momento de mayor ebullición social por el cual haya travesado nuestro país. A pesar de la infatigable insistencia con que ciertos sectores de nuestra sociedad insistían, la decisión del gobierno fue “no reprimir”. Sea por convicción, sea por estrategia, esto es, bajo la presunción de que los grupos más radicales se desgastarían y terminarían autofagocitándose como realmente ocurrió, este gobierno no tiene en su haber ningún muerto ni represiones feroces como a las que estábamos acostumbrados en décadas anteriores.
Los periodistas políticamente correctos, esos que consideran que tener conciencia crítica implica que a cualquier elogio a una política oficial debe sucederle un “pero”, no han tomado en cuenta esta cuestión y tampoco se han preguntado si el hecho de que toda la sociedad rechace tan fuertemente la represión no se deberá también a que, tal vez, hemos perdido esa horrible costumbre de ser apaleados y asesinados en marchas.
Neuquen parece marcar un antes y un después y algunas de esas consecuencias ya se pueden empezar a palpar.
La pregunta entonces debería ser, ¿qué conclusiones se puede extraer de lo ocurrido en Neuquen?
La primera debería ser que la sociedad ha reaccionado de manera homogénea rechazando la ejecución artera a la que fue sometido Carlos Fuentealba. Las razones de esta actitud puede ser variadas pero no resulta menor tener en cuenta que se trata de un maestro de clase media. Y si hay algo que la clase media tiene en mente como sacro, es un maestro de clase media. En otras palabras, no creo que hubiera existido una reacción semejante si el muerto hubiera sido un piquetero pobre. De ser este el caso hubiera quedado simplemente como una de las banderas de una izquierda preocupada por las minúsculas luchas intestinas y por un gatillo fácil que eleve al estatuto de mártir a un pobre desgraciado, pero hubiera pasado rápidamente al olvido en el resto de la sociedad.
Volviendo a la cuestión docente, el aura que rodea a esta actividad en nuestra sociedad no creo que tenga parangón y las razones de esto habrá que buscarlas en la construcción del imaginario social argentino. Sin embargo, sería bueno señalar que no debería haber actividades sacras y que la educación es una cuestión humana, (demasiado humana) y como en todos lados, “hay (docentes) buenos y (docentes) malos”. Algunos son pésimos educadores y resultan profundamente ignorantes. También los hay maltratadores, abusadores del estatuto y hasta algunos que aprovechan el paro para extender el fin de semana largo. Igualmente, por suerte creo que, como suele ocurrir en todas las profesiones, no se trata de la mayoría. Pero aun suponiendo que se trate de un conjuntos de seres diabólicos y despreciables luchando por una causa injusta, aunque huelgue decirlo, no existe justificación alguna para que un policía asesine a uno de ellos. Quienes entran en la línea de argumentación acerca de si la causa es o no justa esconden la lamentable suposición de que una causa no justa justifica un crimen. En este mismo error caen quienes sienten la necesidad de reivindicar las maravillosas cualidades de los asesinados como si la muerte para ser más absurda y más injusta debiera ocurrirle siempre a gente virtuosa.
Una segunda cuestión es la discusión interna entre la derecha y el progresismo acerca de las reivindicaciones y manifestaciones sociales. Aquí ayudó la extracción y la profesión del muerto ya señalada. En otras palabras, el hecho de que la clase media apoye el paro del lunes 9 de abril parece dejar en la superficie la contradicción propia de una clase que debería aceptar que algunas reivindicaciones y sus manifestaciones (léase, cortes de ruta) son justas y que inmediatamente debiera dar razones de por qué algunas “otras” manifestaciones no lo son. ¿Por qué está bien que corten las rutas los maestros y no los piqueteros? El simple hecho de que se tome conciencia de esta contradicción ya será un paso adelante.
Una tercera cuestión que sólo mencionaré es la llamativa acción conjunta de la CTA y la CGT como creo yo, nunca antes se había visto.
Una cuarta cuestión apunta al sector político de la derecha. Me refiero a que el episodio de Neuquen muestra quizás como pocas veces que la derecha está liderada por sujetos de, al menos, poca inteligencia. Alguien podrá criticarme de miopía y banalización pero creo que además de todo lo que se pueda decir, ideológicamente hablando de Sobisch, Macri o Blumberg, deberíamos afirmar que se trata de un conjunto de dirigentes con muy pocas luces. Cada uno tiene su particularidad: Sobisch posee una soberbia típica del caudillo patrón de estancia, Macri una visión de sentido común naif y futbolizada del mundo y de la existencia, propia de un “niño bien” que siempre seguirá trabajando de “hijo” y Blumberg un delirio de megalomanía postraumática. Pero los tres comparten una mediocridad intelectual supurante y hedionda como la derecha no ha tenido en mucho tiempo.
La quinta y última cuestión tiene que ver con una política del gobierno que creo que ha sido injustamente pasada por alto. Me refiero a la forma en que este gobierno ha encarado la cuestión social desde su asunción, esto es, en tal vez el momento de mayor ebullición social por el cual haya travesado nuestro país. A pesar de la infatigable insistencia con que ciertos sectores de nuestra sociedad insistían, la decisión del gobierno fue “no reprimir”. Sea por convicción, sea por estrategia, esto es, bajo la presunción de que los grupos más radicales se desgastarían y terminarían autofagocitándose como realmente ocurrió, este gobierno no tiene en su haber ningún muerto ni represiones feroces como a las que estábamos acostumbrados en décadas anteriores.
Los periodistas políticamente correctos, esos que consideran que tener conciencia crítica implica que a cualquier elogio a una política oficial debe sucederle un “pero”, no han tomado en cuenta esta cuestión y tampoco se han preguntado si el hecho de que toda la sociedad rechace tan fuertemente la represión no se deberá también a que, tal vez, hemos perdido esa horrible costumbre de ser apaleados y asesinados en marchas.
Neuquen parece marcar un antes y un después y algunas de esas consecuencias ya se pueden empezar a palpar.
lunes, 26 de marzo de 2007
Los profetas apocalípticos
En el fragor de la insólita psicosis en torno de los viajes en avión, las declaraciones de pilotos, el presidente anunciando el alquiler de radares en reemplazo de los descompuestos y las encuestas incisivas de siempre que tras una semana de primeras planas preguntan “¿usted tiene más miedo a volar que antes?”, escuché unas reflexiones de Orlando Barone en el programa de la tarde de Radio Continental. Allí, hacía referencia a Enrique Piñeyro, aquel ex piloto que se hizo famoso por denunciar, a través de sus películas, irregularidades en el sistema de control de los vuelos especialmente en el contexto de la tragedia de LAPA.
Barone, tras corroborar la noticia de que en la Argentina el último accidente en vuelos comerciales se produjo hace más de 10 años, dijo algo que me inspiró para escribir esta columna. Afirmó, que Piñeyro era “el Blumberg del aire” y esa declaración no sólo me resultó valiente sino esclarecedora.
Fue valiente porque se atrevió, mientras los sucesos se producían y Piñeyro iluminaba cuanto programa televisivo o radial existiese (incluso apareciendo por CNN), a denunciarlo y fue esclarecedora no sólo por esa capacidad de abstraerse de la inmediatez de la noticia sino por trazar una analogía que creo que puede arrojar interesantes resultados.
Blumberg y Piñeyro son profetas apocalípticos y emisarios de una verdad parásita de una amplificación mediática en una lógica ascendente de declaraciones estridentes (al igual que Carrió quien resulta tan presa de esa lógica que a lo largo de 15 días afirmó: que será candidata a Jefe de Gobierno en la Ciudad; que no lo iba a ser; que renunciaba a su banca; que renunciaba al ARI; que de no ganar la presidencia no se presentaría nunca más, etc.).
Blumberg y Piñeyro llevan su verdad en carpetas que hacen la suerte de evangelios de la desgracia por venir. Y la verdad revelada viene en forma de números de leyes y juzgados, tecnicismos y estadísticas como si Dios, cansado de la controversia terrenal acerca de en qué idioma se escribe un libro sagrado, hubiera decidido inclinarse por la aparente precisión de los números y un lenguaje transparente que describe la realidad tal cual es. Como todo evangelio, llevan esa carpeta bien abrazada cerca del corazón y apelan a una antigua estrategia de acumulación de seguidores: el miedo. Afirman que lo peor está viniendo y reconstruyen la historia en una narrativa que siempre se juzga desde el presente del evangelio y que permite la profecía en clave apocalíptica.
Blumberg y Piñeyro sufren el mal de la sobreexposición, algo que le sucede también a muchos periodistas que pasan de columnistas de tiempo restringido a conductores que deben sobrellevar programas diarios de 3 o 4 horas. La sobreexposición a micrófono abierto
hace que el profeta vaya más allá de la letra rigurosa del evangelio y agregue interpretaciones propias, desbrozando el camino hacia la profundización de la moralidad que, en espíritu, contienen las carpetas evangélicas. Y este puede ser un problema que, como vemos en el caso de Blumberg, puede hacer perder fieles seguidores.
Blumberg y Piñeyro tienen la Verdad y por eso no dudan. La duda es, para ellos, debilidad, y la debilidad es de los pobres de espíritu. Pero como toda Verdad con mayúscula quien la posee tiene la obligación moral de imponerla a cualquier costo. Es una Verdad que no admite bemoles ni disidencias. Se está con ella o no se está.
Blumberg y Piñeyro además, no ríen, lo cual es razonable dado que el Apocalipsis no es broma. Supongo que la ausencia de risa tendrá que ver con la indigerible Verdad que transportan aunque en mis ratos de ensueño quiero pensar que esa carencia se debe a la preocupación que conlleva dirigir un mensaje a una sociedad que parece entender pero no acordar con el mismo.
Barone, tras corroborar la noticia de que en la Argentina el último accidente en vuelos comerciales se produjo hace más de 10 años, dijo algo que me inspiró para escribir esta columna. Afirmó, que Piñeyro era “el Blumberg del aire” y esa declaración no sólo me resultó valiente sino esclarecedora.
Fue valiente porque se atrevió, mientras los sucesos se producían y Piñeyro iluminaba cuanto programa televisivo o radial existiese (incluso apareciendo por CNN), a denunciarlo y fue esclarecedora no sólo por esa capacidad de abstraerse de la inmediatez de la noticia sino por trazar una analogía que creo que puede arrojar interesantes resultados.
Blumberg y Piñeyro son profetas apocalípticos y emisarios de una verdad parásita de una amplificación mediática en una lógica ascendente de declaraciones estridentes (al igual que Carrió quien resulta tan presa de esa lógica que a lo largo de 15 días afirmó: que será candidata a Jefe de Gobierno en la Ciudad; que no lo iba a ser; que renunciaba a su banca; que renunciaba al ARI; que de no ganar la presidencia no se presentaría nunca más, etc.).
Blumberg y Piñeyro llevan su verdad en carpetas que hacen la suerte de evangelios de la desgracia por venir. Y la verdad revelada viene en forma de números de leyes y juzgados, tecnicismos y estadísticas como si Dios, cansado de la controversia terrenal acerca de en qué idioma se escribe un libro sagrado, hubiera decidido inclinarse por la aparente precisión de los números y un lenguaje transparente que describe la realidad tal cual es. Como todo evangelio, llevan esa carpeta bien abrazada cerca del corazón y apelan a una antigua estrategia de acumulación de seguidores: el miedo. Afirman que lo peor está viniendo y reconstruyen la historia en una narrativa que siempre se juzga desde el presente del evangelio y que permite la profecía en clave apocalíptica.
Blumberg y Piñeyro sufren el mal de la sobreexposición, algo que le sucede también a muchos periodistas que pasan de columnistas de tiempo restringido a conductores que deben sobrellevar programas diarios de 3 o 4 horas. La sobreexposición a micrófono abierto
hace que el profeta vaya más allá de la letra rigurosa del evangelio y agregue interpretaciones propias, desbrozando el camino hacia la profundización de la moralidad que, en espíritu, contienen las carpetas evangélicas. Y este puede ser un problema que, como vemos en el caso de Blumberg, puede hacer perder fieles seguidores.
Blumberg y Piñeyro tienen la Verdad y por eso no dudan. La duda es, para ellos, debilidad, y la debilidad es de los pobres de espíritu. Pero como toda Verdad con mayúscula quien la posee tiene la obligación moral de imponerla a cualquier costo. Es una Verdad que no admite bemoles ni disidencias. Se está con ella o no se está.
Blumberg y Piñeyro además, no ríen, lo cual es razonable dado que el Apocalipsis no es broma. Supongo que la ausencia de risa tendrá que ver con la indigerible Verdad que transportan aunque en mis ratos de ensueño quiero pensar que esa carencia se debe a la preocupación que conlleva dirigir un mensaje a una sociedad que parece entender pero no acordar con el mismo.
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