viernes, 25 de septiembre de 2026

Revolucionarios sin revolución, sin proyecto, sin futuro, sin hijos (publicada el 20/9/26 en www.disidentia.com)

 

Pocos días atrás, leía una entrevista al politólogo e intelectual búlgaro, Iván Krastev, en The New York Times. Se trata de una de las voces más escuchadas cada vez que se piensa la democracia y el futuro de Occidente, y el resultado del diálogo ha sido una fuente de inspiración y reflexiones. Su cadena argumentativa podría resumirse así: ha desaparecido la confianza en el futuro y éste se ha convertido en una fuente de miedo antes que de esperanza. En ese contexto, la nostalgia reemplaza a la utopía, surge una política destinada al castigo de quienes supuestamente robaron ese paraíso perdido, aumenta la polarización y las retóricas radicales, que no necesariamente devienen en proyectos, y se impone una política antisistema más eficiente en la destrucción que en la construcción. El resultado de todo esto es una sensación de vértigo, yo agregaría, antropológico.     

Dicho esto, un par de aclaraciones: cuando Krastev habla de vértigo utiliza una reflexión de Kundera que calza al dedillo con nuestro horizonte cultural: vértigo no es tener miedo a caer al vacío sino el miedo al deseo de caer que aparece cuando estamos en la cornisa. Desde lo político, lo tecnológico y lo cultural, pareciera que Occidente está peleando aterrorizado contra ese deseo jugando al límite. A propósito de esto, no es casual que Krastev utilice la metáfora de Walter Benjamin contra Marx cuando afirma que la revolución, antes que la locomotora de la historia, son los pasajeros activando el freno de emergencia del tren. Una vez más, lo podemos aplicar a la tentación destructiva de nuestros representantes, una verdadera reacción, como así también al pánico cínico que irradian ahora los grandes responsables del desarrollo de la IA cuando demuestran su incapacidad para controlar un monstruo, tan maravilloso como atemorizante, que ya ni ellos saben cómo funciona. Esta necesidad de parar se apoya en la crisis de tres grandes fundamentos que guiaron nuestra civilización y sobre los cuales volveré después: ya no se cree que el futuro será mejor que el presente; tampoco tenemos certezas de la continuidad de las naciones a las que pertenecemos; y, quizás como derivación de estos hechos, hemos dejado de proyectar nuestra continuidad abandonando la idea de tener hijos.  

Desde mi punto de vista, la dimensión temporal es lo que unifica la mirada del autor. De hecho, Krastev traza una contraposición entre Trump y Putin a propósito de cómo ambos se relacionan con el tiempo. Según el autor, en Trump hay una aceleración demencial, lo cual desde mi punto de vista, se complementa con la centralidad de la agenda como estrategia comunicacional aun a riesgo de sacrificar la coherencia. Trump es capaz de decir una cosa y lo contrario con 24 horas de diferencia, decretar el fin y la reanudación de guerras y hacer tambalear el escenario internacional como lo haría un empresario negociador que entiende que siempre hay que mover primero, aun cuando se mueva mal. Si en Trump el tiempo se acelera y las acciones se modifican semana a semana, Putin y, desde mi punto de vista, el partido comunista chino también, por ejemplo, piensan en términos de décadas o siglos. Incluso Krastev cuenta ese chiste que afirma que Putin, para invadir Ucrania, tuvo como principales asesores a Pedro el Grande, Catalina la Grande e Iván el Terrible. 

¿Y qué hay de esta insatisfacción permanente que rodea nuestras democracias? Krastev habla de revolucionarios sin revolución. Todo el mundo está enfadado y dice que hay que cambiar, pero nadie sabe qué ni hacia dónde. Ya no hay pretensión de crear el Hombre nuevo, sea en nombre del comunismo o del fascismo. Creo que allí Krastev omite la ingeniería social hegemónica en Occidente que avanzó radicalmente hacia una modificación de las instituciones y de nuestras vidas en nombre del cambio climático o el heteropatriarcadofalogocéntrico, pero podríamos salvarlo pensando que la omisión tiene que ver con interpretar esa ingeniería más en la línea de la reacción que de la proyección. En otras palabras, como se indicó anteriormente, parecemos vivir tiempos donde es más importante mirar el pasado o el presente buscando culpables que construir la novedad. Esta insatisfacción alguien la tiene que pagar, y ese alguien puede ser el inmigrante o el varón blanco hetero, etc. Hacia un lado u otro del espectro ideológico, hay alguien a quien echar culpas.

Todo esto en el marco de lo que otro politólogo, Anton Jager, llamaría “hiperpolítica”, esto es, un debate público en el que todos nos involucramos y sentamos posición, pero sin canalizar ello en las instituciones que vehiculizaban nuestras concepciones políticas, llámese partidos, sindicatos, etc. Todo sucede rápido y puede llegar a expresarse en grandes manifestaciones populares, pero luego se esfuma porque no hay instituciones de continuidad en tanto se desconfía ya de la misma idea de representación.

Por último, enfoquémonos en los tres grandes pilares de nuestra civilización que parecen tambalear. Es ya un lugar común, pero es cierto que estamos frente a la primera generación que vive peor y que sabe que vivirá peor que sus padres. Los más afortunados, heredarán alguna propiedad si la biología es respetuosa de los tiempos vitales. Ese es todo el proyecto de vida: transcurrir con trabajos de mierda para seguir viviendo a los treintaypico en la casa que espera recibirse como herencia para poder evitar el pago de alquiler; o mirarse a la cara con la pareja y darse cuenta que, décadas atrás, un solo ingreso mantenía una familia tipo y hoy dos salarios no alcanzan ni para darle de comer al gato. La relación intergeneracional ya no es de solidaridad sino de lucha por la supervivencia. En Europa, este escenario es dramático cuando pensiones altísimas para jubilados, que desde los 65 se dedican a hacer turismo del bueno, contrastan con salarios miserables, desempleo o impuestos altísimos que recaen sobre los jóvenes, lo cual a su vez busca remediarse con políticas migratorias generosas para ocupar los peores puestos de trabajo y darle sostenibilidad al sistema. Todo un caldo de cultivo para que el resentimiento y la resignación se expresen en candidatos que, precisamente, no pregonan ondas de amor y paz. 

A propósito, el segundo pilar que tambalea es el de las naciones: el fenómeno de la globalización con los conflictos asociados a la ya mencionada inmigración plantea otro escenario en el que el No Future es la norma. Todos sabíamos que individualmente íbamos a morir, pero la nación, aun en su forma más metafísica, la cultura, las costumbres, funcionan como proyección simbólica de nosotros hacia el futuro. También allí hay incertidumbre hoy al menos si lo miramos desde los ojos de un europeo, especialmente tras hechos conmocionantes como la llegada de más de 70000 marroquíes a Ceuta en menos de 48 horas. No hace falta ser racista de ultraderecha para comprender que permitir ello sin más lleva al desastre tanto para los locales como para los visitantes. Alcanza con algo de sensatez. 

Llegamos así al tercer pilar que tambalea, según Krastev, el cual está asociado, claro está, a los anteriores: por razones económicas, sociales y culturales, las sociedades más desarrolladas observan una baja dramática de la tasa de natalidad. El viejo fantasma de la superpoblación se ha resuelto mucho más fácil de lo imaginado: tener una pareja es económicamente inviable y potencialmente conflictivo por lo cual hombres y mujeres prefieren la soledad y, en el mejor de los casos, vacíos encuentros casuales. La relación amorosa proyectada en el tiempo deja lugar a la dinámica de la suscripción temporal de acceso, apenas unas horas, a un cuerpo ajeno que era y volverá a ser un perfil virtual que, tras el encuentro, dejará de contestar mensajes. Y quienes temerariamente avancen, a la vieja usanza, en la idea de una vida en pareja, se encuentran con varias disyuntivas desde lo económico y también desde lo profesional de modo que la llegada del hijo, una vez más, en el mejor de los casos, llega rozando los 40 años de la mujer. El fenómeno es mundial y también, por cierto, atañe a sociedades en vías de desarrollo aun cuando hay Estados que otorgan todo tipo de incentivos. Pero parece que no funciona: un gato o un perro humanizados son más baratos, no lloran, no se cagan encima y generan muchos likes en Instagram.

La tentación a tener una mirada decadentista del presente y el futuro inmediato de Occidente, al menos, es demasiado grande y tiene fundamentos más allá de que discursos sobre la decadencia de Occidente se vienen haciendo hace más de un siglo. Las cosas parecen ir mal y ni siquiera la incertidumbre alrededor de una transformación radical de la mano de la IA, acerca algo de optimismo, excepto para los tecnófilos que uno nunca sabe si son idiotas, si están haciendo su negocio, o las dos cosas a la vez. La vida del día a día parece seguir igual, pero grandes transformaciones radicales y de alcance global se avecinan. Si como dijera Kundera, estamos peleando aterrorizados contra nuestro deseo de caer, quizás sea porque el freno de emergencia del tren que Benjamin usaba como metáfora, está fuera de servicio.     

viernes, 11 de septiembre de 2026

El regreso del Wokismo: ¿Marketing, revancha o arrepentimiento? (12.9.26)


 

En una entrevista con ABC News algunas semanas atrás, la referente del progresismo de izquierda de New York, y aspirante a presidente 2028, Alexandra Ocasio-Cortéz, cita a un aliado político y afirma “Woke 1 was crazy”, lo que podría traducirse como “La primera etapa del wokismo fue una locura”. Aunque luego pareció circunscribirse a una retórica del wokismo en el contexto de la pandemia que evidentemente debía ser abandonada, la declaración sorprendió por, al menos, dos cosas. En primer lugar, porque establece una periodización: si hubo un Woke 1 es porque hay, o habrá, al menos, un Woke 2; en segundo lugar, porque tenuemente pareciera haber algún principio de revisión de lo que hasta hace poco parecía una lista de mandamientos incontrovertibles.  

Dejando de lado que afirmar que algo fue “crazy” supone una ambigüedad indigna de un legislador (podría haber dicho que fue una mierda y hubiera ganado en claridad y precisión), podemos recoger el guante y preguntarnos, primeramente, sobre las características de esta presunta segunda etapa.

Es difícil sintetizar las políticas Woke que hegemonizaron el espacio público y las instituciones la última década pero una lista de las más controvertidas seguramente debería incluir la reducción del financiamiento y las funciones de la policía (en su versión más radical su directa abolición, Abolish The Police), desplazando recursos hacia servicios sociales; las políticas de identidad racial conocidas como DEI (Diversity, Equity and Inclusion), que se tradujeron en cuotas o preferencias raciales, affirmative action, en universidades, por ejemplo, bajo el presupuesto de la existencia de un racismo estructural. Sumemos aquí las discusiones alrededor de la ideología de género: uso de pronombres elegidos y obligación de reconocimiento so pena de castigo legal, reconocimiento institucional de las identidades trans, apertura a la transición en menores incluyendo tratamientos hormonales, bloqueadores y cirugías de carácter irreversible, intento de imposición de mujeres trans en espacios reservados para sexo femenino (pensemos en los conflictos acerca del uso de los baños, o de las mujeres trans en el deporte femenino) y todo aquello que rodeó a un intento de transformar el lenguaje de arriba hacia abajo siendo la principal referencia el autodenominado “lenguaje inclusivo” o lenguaje no sexista. A su vez, emparentado con la idea de un discurso público que ya no debía garantizar la libertad de expresión sino proteger la sensibilidad de individuos pertenecientes a minorías, con la obsesión por hallar violencias y microviolencias en cada interacción humana, apareció el “lenguaje de odio” que rápidamente se transformó en una herramienta de censura y autocensura.

A esto podría agregarse que la revisión a nivel educativo fue solo un aspecto más de un avance más general a nivel cultural, detrás de la teoría critica de la raza y los discursos decolonialistas que comenzaron una verdadera “cacería” revisionista sobre autores, obras y monumentos que no encajaban en la nueva moralidad. No faltaron incluso quienes adjudican el cambio climático a la injusticia racial o algo por el estilo, y, quizás la más renombrada, la peligrosísima cultura de la cancelación, verdaderos tribunales paralelos inquisitoriales que apuntaron a la destrucción civil de las personas, aun cuando en algunos casos se tratara de acusaciones no judicializables y aun cuando, en aquellos casos que sí lo eran, muchas veces la justicia afirmase lo contrario. Por último, existen hoy grandes debates acerca de cómo, bajo la suposición de un también estructural patriarcado heteronormativo, el wokismo habría penetrado en el ámbito jurídico para poner todo patas para arriba gracias a un discurso punitivista, la puesta entre paréntesis de la presunción de inocencia, la inversión de la carga de la prueba y, con ello, la alteración del pilar fundamental de la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, sean varones, mujeres, blancos, negros, heterosexuales u homosexuales. La lista, por cierto, puede continuar casi hasta el infinito porque el wokismo tuvo, desde el comienzo, una pretensión refundacional de actuar en cada uno de los aspectos de nuestra vida tanto pública como privada.

 

¿Cómo sería entonces el Woke 2 que abandonaría o reemplazaría estas “locuras” o, al menos, algunas de éstas? La primera respuesta sería la más obvia aunque no por eso menos cierta: es harto evidente que esta nueva izquierda ha reemplazado la agenda tradicional de los trabajadores por la agenda de las minorías. Las razones de este cambio supondrían un desarrollo extenso, pero está claro que se trata de una reconversión de la izquierda luego de la Caída del Muro tras la demostración de que era necesario aggiornar conceptos y acciones a la nueva reconfiguración del trabajo y del mundo.

Tras ese abandono, ocurrió lo más natural: la clase obrera hoy vota mayoritariamente a la derecha y no lo hace por ser manipulada o por idiota sino porque la izquierda ya no la representa. Esta semana, sin ir más lejos, circularon informes que hablan de que un 60% de los trabajadores de Sajonia-Anhalt votaron a la ultraderecha (que obtuvo un 44% de los votos). No se trata, por cierto, de un fenómeno aislado.

Conceptualmente no hay una contradicción esencial entre defender agenda de minorías y derechos de los trabajadores. ¿o sí? ¿Acaso las grandes marcas, las grandes compañías, los grandes medios que representan el capital concentrado apoyarían una agenda Woke 2 con eje en los trabajadores como lo hicieron con la agenda Woke 1? ¿Será que para el gran capital es más cómodo defender que la igualdad es derecho a autopercibirse el género antes que derecho a tener salarios dignos? En otras palabras, ¿podríamos sospechar que la agenda Woke 1 era todo ganancia para esas empresas porque les lavaba la cara ubicándolos del lado correcto sin sacrificar sus ganancias? Es más, ha habido sendos informes que mostraron cómo muchas de las grandes marcas elevaron las ventas cuando abrazaron esa agenda y acomodaron sus productos a la misma. Al menos así funcionó hasta que la moda fue desapareciendo y las mayorías empezaron a reaccionar y a votar cualquier cosa que se les opusiera. Comparar publicidades de grandes marcas donde cinco años atrás se observaban mujeres negras con sobrepeso y actitud desafiante, con el retorno de modelos flacas caucásicas y sugerentes, es todo un símbolo.  Entonces, conceptualmente parecería no haber contradicción pero en la práctica sí la hubo porque más allá del dogmatismo de carácter religioso y fascistoide que el movimiento Woke adoptó, lo cierto es que ya son varios los arrepentidos desde adentro que vienen advirtiendo la necesidad de retomar la vieja agenda de la izquierda. Que no lo hayan hecho, parece, entonces, no ser una casualidad.  

Naturalmente ha habido voces que advirtieron que no se trataba de un genuino arrepentimiento sino de una suerte de rebranding, un lavado de cara que busca rédito electoral porque admite el rechazo pero nunca el error. Cambiar la táctica, ocultar el monstruo, dejar entrever que “quizás nos pasamos 3 pueblos” para volver y pasarse 10 aunque siempre en la misma dirección porque, si el pueblo no apoya, el equivocado es el pueblo. ¿O acaso vamos a permitir que la realidad desafíe nuestra ideología? Que se joda la realidad y cambie.

Creo que esta hipótesis no debe descartarse. Los comentarios que circulan de los referentes más radicales, lejos de revisar excesos y principios, (porque no nos equivoquemos: los desastres no fueron productos solo de los excesos sino también del corazón y de los principios del wokismo), mezclan una sed de revancha, un retorno radicalizado y vengativo, con una explicación todoterreno: perdimos porque la derecha es mala y manipula a idiotas y gente de mierda que un día se hizo fascista. La situación es muy curiosa porque gente que siempre fue progresista hoy es considerada fascista, y se la acusa de haberse corrido a la derecha. Y, sin embargo, están en el mismo lugar: es el progresismo el que se ha corrido hasta posiciones indefendibles, ni siquiera hacia la izquierda, sino mas bien hacia un lugar alejado de toda realidad donde solo se beneficia una secta de esclarecidos con kioskos y subsidios legitimados por el canon de la corrección política.

Dicho esto, quiero introducir dos elementos más. Supongamos que efectivamente, el “Woke 1 was crazy” supone un arrepentimiento. ¿Qué ocurre con las personas que fueron damnificadas por estas políticas y qué costo pagarán aquellas que conscientemente se beneficiaron de ellas? Ni siquiera hablamos de cuestiones económicas aun cuando merecerían ser tomadas en cuenta. Pero dejemos de lado ese asunto: los que iniciaron este delirio, ¿tendrán el derecho a determinar en qué momento se clausura el proceso y a olvidar el daño? ¿Aceptarán esos mismos responsables que la versión más caricaturesca y radical de la derecha en las últimas décadas sobrevino por el wokismo, es decir, por el énfasis en políticas identitarias minoritarias que abandonaron las agendas materiales de las mayorías para discutir si debemos hablar con la E o si una mujer trans puede entrar a un baño de mujeres? Esta supuesta evolución ideológica/arrepentimiento, incluso si no fuera oportunismo, ¿conlleva una amnesia política? ¿Se van a presentar a elecciones sin más, con una sonrisa adolescente, afirmando “sí, it was crazy”?  

Segunda y última cuestión a propósito de “Una pregunta para los ex-Woke: ¿de qué se arrepienten exactamente?”, un artículo de Carlos Lozada publicado en Infobae, original de The New York Times.

 

En tanto, el título es lo suficientemente descriptivo, solo citaré algunos pasajes:

 

“Si ahora pueden descartarlo todo con tanta ligereza (…) ¿cuánto de eso creían realmente en aquel entonces? ¿Cuánto era convicción, cuánto era pose, cuánto era pensamiento grupal, cuánto era miedo?

Si lo creías, abandonarlo ahora requiere algo más que una sonrisa avergonzada. Si no lo creías y, sin embargo, lo proclamabas con tanta pasión, con tanta pretensión de claridad moral, con tanto desdén por las perspectivas contrarias, entonces lo mínimo que puedes hacer ahora es reconocer esa disonancia. Debes explicar el cambio, no solo justificarlo.

Algunos escritores y pensadores han admitido que apoyaron ciertas verdades progresistas —o no las cuestionaron— porque se sentían intimidados por su público o porque temían por sus carreras. Espero que la clase política también muestre un mínimo de responsabilidad intelectual.”

El tiempo dirá si se trata de un arrepentimiento genuino o una simple estrategia de marketing para un retorno virulento. Clarificar esto es urgente porque en el vértigo de la insatisfacción democrática, que alterna por insatisfecha más que por republicana, el péndulo puede volver rápidamente a la izquierda progresista, incluso en su cara más radical. Ya sabemos cómo funciona el mundo: nadie se hará cargo y todo seguirá sin más. Los que se beneficiaron callarán su vergüenza a costo cero, los damnificados rumiarán su impotencia. Quizás, lo único que estamos a tiro de desear es que, si se vuelven a presentar, al menos tengan la dignidad de pedir disculpas.      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Representantes de sí mismos (editorial del 5.9.26 en No estoy solo)

 

A propósito del apoyo de los senadores peronistas a los jueces que estarían conectados al Lawfare que Cristina Kirchner viene denunciando hace más de una década, quiero ir un paso más allá del trillado, aunque no falso, drama de la crisis de representación.

Mi hipótesis es que estamos frente a representantes del campo popular que se representan a sí mismos y que, para justificarlo presentan como colectivos lo que son intereses personales. Sostengo también que en ese movimiento del representante hacia sí se rompe el contrato de nuestras democracias modernas, el representado pierde el derecho a exigir la rendición de cuentas y solo le resta el acompañamiento silencioso y adulador a un conductor infalible. Al electorado le queda, así, aplaudir los aciertos de la conducción y reinterpretar los errores de la misma como una mera etapa de incomprensión que será saldada en un futuro cuando la inteligencia de la figura máxima revele la jugada maestra que los mortales no supimos descifrar. Ser sabio es aceptar con lealtad acrítica lo que viene de arriba; discrepar es una traición o, en el mejor de los casos, una demostración de ignorancia.

Pero antes de avanzar, despejemos rápidamente el campo de las especulaciones. No abrazo una concepción purista de la política: entiendo la rosca, la negociación, la necesidad de ser pragmático y la transa. Es parte del juego y está bien que así sea. En todo caso, y hacia allí vamos, la dificultad se plantea cuando el que rosquea, negocia, es pragmático y transa, hace todo eso mientras levanta el dedo acusador de policía moral de la política. Y las dos cosas al mismo tiempo no se pueden, o no se deberían hacer.

Un segundo elemento aclaratorio: las eventuales críticas que aquí aparecerán al sector conducido por Cristina Kirchner no son parte de la interna con Kicillof. Muchos comunicadores del campo popular, vamos a suponer que por convicción, aprovechan los errores del kirchnerismo duro para sumar en esa interna. Una vez más, está muy bien que así sea pues esa es, precisamente, la lógica de las internas. Sin embargo les adelanto mi posición: creo que es vergonzoso el modo en que el cristinismo horada la candidatura del gobernador por razones estrictas de ambición personal, narcisismos y cargos; pero Kicillof, aun con sus virtudes, que no son pocas, sigue sin hacer autocrítica de su responsabilidad en el espacio K, digamos, en los últimos 12 años; no se le conoce una canción nueva; sus discursos son repetitivos y anacrónicos, e, ideológicamente, su gestión repite todos los clichés progres de la gestión de Alberto.      

Dicho esto, retomemos el punto de partida, esto es, la votación de los jueces en el Senado con el caso Yadarola en el centro. Todos sabrán de qué se trata: un juez que había sido señalado públicamente por CFK como parte del Lawfare, acusación que parecía tener buenos fundamentos independientemente de cómo se resolvió en la justicia, es votado por los senadores que ella misma conduce. La primera reacción es casi de manual: o CFK llegó a un acuerdo político o ya no conduce. Con el correr de las horas, se fueron conociendo detalles y tomó fuerza la primera opción. Su gran alfil, Juliana di Tullio, llegó a hablar de “decisiones políticas institucionales del Senado” con la soberbia de quien cree estar pronunciando una fórmula inexpugnable. En ese mismo posteo señaló a dos periodistas “aliados” que están muy bien señalados pero que no pueden ser “los malos” solo cuando, por un instante de extravío, dejan de repetir el mantra de la conducción.

El episodio di Tullio, que recibió cataratas de reclamos y mensajes de los militantes propios y de usuarios independientes, es uno más de una secuencia que se viene repitiendo con asiduidad últimamente. Wado de Pedro también reaccionó de mala manera cuando se le consultó acerca de su responsabilidad, como ministro, en los acuerdos con la empresa israelí Mekorot para la gestión de recursos hídricos en algunas provincias, o su foto, en la puesta en escena montada por Daniel Hadad, al lado de Borinsky, otro de los jueces señalados como parte del entramado del Lawfare. Más allá de las razones expuestas, el argumento recae siempre en un “con mi trayectoria y mi historia personal, ¿quién tiene el derecho a dudar de mí?”

Asimismo, días antes, el affaire Fernández Sagasti, que empezó como tragedia y terminó como farsa, comenzó con un reclamo sensato de la senadora que fue expuesto por la tropa propia como un ataque a la senadora por su condición de mujer y futura madre, y devino una cruzada por el federalismo en un momento en que “la patria estaba en peligro”. Resuelta la votación de antemano, ni los propios senadores le votaron a favor y quienes luchaban con la senadora por liberar la patria de la opresión posteando en Twitter hicieron mutis por el foro. Atrás había quedado un posteo de Lucía Cámpora chicaneando a los militantes que también había levantado mucha polvareda. Por cierto, en una de esas grandes ironías de la vida, Fernandez Sagasti, que en cuestión de horas había alcanzado un nivel de visibilización única, no tuvo mejor idea que, tras el desplante de los propios, promover un proyecto de ley para que las mujeres embarazadas, que tuvieran una contraindicación médica que les impida viajar, pudieran votar telemáticamente. Ninguna otra contraindicación médica es incluida en el proyecto. Solo la que la afectó a ella. Es decir, creó un proyecto “para sí” más allá de que no pudiera usufructuarlo personalmente porque se le ocurrió tarde, justamente, porque se le ocurrió cuando le pasó a ella.  

Detengámonos en este punto para introducir algunos elementos conceptuales que anticipé al inicio. Me refiero a la idea de una nueva camada de representantes de sí mismos. La primera observación podría ser que no hay aquí ninguna novedad y que estamos ante uno de los tantos casos en el que el representante actúa de manera egoísta y persigue sus propios intereses. En figuras de la derecha, esto es un clásico. Sin ir más lejos, cuando se avanzaba con el proyecto de abrir el juego a la compra de tierras sin límites por parte de extranjeros, uno de los legisladores tenía una empresa que se encargaba de ese negocio. No más preguntas, señor juez.

Pero en la lógica del representante progre, estamos ante algo un poco más sofisticado: es alguien que pierde la capacidad de distinguir entre sus intereses particulares y los intereses de aquellos a quienes representa. La derecha gobierna para sí sin culpa porque en el fondo tiene una concepción jerárquica del mundo, de la política y de la Verdad. El progre también gobierna para sí, pero con culpa. Entonces tiene que hacer un giro más complejo y reinterpretar de la peor manera el “lo personal es político”. Así, un problema del legislador pasa a confundirse con un problema de todos, cuando era simplemente un problema personal del legislador. Y sí, hay que decirlo: a veces lo personal no es político. A veces es un problema tuyo. No es la culpa del sistema, ni del poder o de las estructuras de no sé qué. Es tuyo. No representa a nadie más que a vos. Deal with it. 

Asimismo, les comentaba que hay un cierto tufillo aristocrático en esto de “nosotros no nos equivocamos, si no entendés es porque estamos ante una jugada maestra que ya se revelará”. Hay una dirigencia esclarecida que en todo caso a veces muestra la carta y a veces las esconde, pero siempre juega bien. A la crítica se la despeja con un “ustedes son demasiado negros para entender”. Pero no solo eso: también “ustedes son demasiado negros” para exigirnos explicaciones. No se puede dudar de Wado, no se puede dudar de Di Tullio y lo que es peor: ni siquiera se les puede pedir explicaciones porque ello es tomado como una ofensa. Es un giro propio de estos tiempos identitarios. Dudar, discrepar o exigir una aclaración es visto como un ataque personal, y no como un ejercicio sano de democracia y de control de parte de los representados para con los representantes. ¿O será que los populares creen que la democracia se reduce a ir a votar cada dos años y aceptar todo lo que el representante diga como si el mandato fuera un cheque en blanco? Esta suerte de privatización del poder político, de contrato irrevocable e irrevisable, no parece encajar fácilmente en una tradición popular, por cierto. 

A propósito de lo popular, aquí no estamos simplemente ante el modelo populista de identificación del líder con el pueblo cuya consecuencia es que cualquier crítica hacia el liderazgo se transforma en una crítica contra la voluntad popular. A veces lo hacen pero no se animan a tanto porque nos mearíamos de risa si alguno de los involucrados nos viniera a hablar en nombre del pueblo. Pero entonces hacen un giro: no es que sean indemnes a la crítica porque encarnan la voluntad del pueblo; es que si los criticas le haces el juego a la derecha y sos cómplice de los malos. Sí, sos vos y no los que gobernaron como el culo, el culpable de que gane la derecha. Así que debes manejarte como un dirigente político que defiende los intereses partidarios, pero sin recibir ninguno de los beneficios de un dirigente político. Así, un senador y cualquier boludo de a pie se encuentran al mismo nivel de responsabilidad contra “la nenecha mala”. Por lo tanto, es mejor que te calles.

Por último, algo bastante perverso en esta idea de que “Después de todo lo que hicimos por vos, ahora no podés cuestionarnos”. No se trata de una afirmación insensata. Por el contrario, la trayectoria es algo que todos evaluamos y a veces es injusto reducir a un dirigente a una decisión. Pero esto no significa que debamos dejar de lado la crítica por los aciertos del pasado. Esto vale para todos: para los 4 de copas cuyo único mérito es lamer las botas de la conducción y para la propia CFK que ha tenido grandes aciertos y que paga una condena injusta por una causa insostenible pero que también parece, hace tiempo, haber devenido una representante de sí misma, casi siempre vinculada a su situación judicial (hasta llegó a decirse que su decisión de ponerlo a Alberto obedecía a la supuesta habilidad del presunto operador judicial, para disipar los riesgos de ser llevada a la cárcel. El resultado ya lo conocemos, por cierto).

Retomando nuestro eje, en esta lógica, las conquistas del pasado, son presentadas como una obligación de lealtad eterna. El vínculo representante-representado es sustituido por el vínculo acreedor-deudor y frente a esta casta de representantes, los votantes no somos ciudadanos ni militantes con espíritu crítico y derecho a exigir rendición de cuentas: solo somos deudores por lo que alguna vez nos dieron y porque los que están ahora, antes que dar, nos sacan.   

Frente a los impolutos comisarios de la moral para los que cualquier interpelación es un agravio personal, el traidor, el desagradecido, el que recibe pauta, opera en la interna o es un ignorante, nunca está en las propias filas. Siempre está afuera. Siempre es el otro.