miércoles, 23 de abril de 2025

Tu filósofo favorito es una IA (y quizás no esté tan mal) [publicado el 12.4.25 en www.theobjective.com]


 

La noticia apareció en todos los portales: Jianwei Xun, el filósofo hongkonés, autor de Hipnocracia. Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, para muchos, el libro del año, es una Inteligencia Artificial (IA).

En el medio pasaron entrevistas, citas varias en artículos periodísticos y reseñas del libro en medios europeos y americanos, hasta que la revista L’Espresso reveló en exclusiva en su portada que, este buen señor, en realidad, no existe.

Ahora bien, naturalmente, detrás de este episodio hay al menos un responsable y en la revista Le Grand Continent, Jianwei Xun, o quien está detrás de él, brindó una entrevista dando precisiones al respecto:

“Jianwei Xun es un dispositivo. La creación colaborativa nacida del diálogo entre una inteligencia humana –que lleva el nombre de Andrea Colamedici, un filósofo italiano que fundó junto con otros un [proyecto editorial] italiano, Tlon- y ciertas inteligencias artificiales generativas, en particular Claude de Anthropic y ChatGPT de OpenAI”.

Dicho más simple, quien está detrás del proyecto es Andrea Colamedici y lo que habría hecho es interactuar con inteligencias artificiales generativas para crear este libro. Según Colamedici, entonces, el libro no es simplemente una creación de una IA como ya existen de a miles en Amazon, sino “una voz que no pertenece ni a la carne ni al silicio”, una voz que está en el medio, en un espacio liminar entre ambos.

En la misma entrevista, Xun (Colamedici) aclara cómo fue el proceso: primero se trató de crear un corpus filosófico basado en la propia obra de Colamedici, a partir del cual establecer un diálogo mayéutico con las IA, de sucesivas preguntas, respuestas y repreguntas, cuyo resultado fue la creación del concepto de hipnocracia, esto es, un régimen de manipulación que capta la atención y produce una sugestión hipnótica actuando directamente sobre la conciencia de manera constante y personalizada, régimen propio de estos tiempos cuyos principales abanderados serían Trump y Musk.

En paralelo, Colamedici creó una infraestructura digital como para darle entidad, verosimilitud y legitimación mediática: un sitio web personal, un perfil en Academia.edu, referencias estratégicas en los perfiles de Wikipedia de autores como Deleuze o Byung-Chul Han y hasta un agente literario falso que intermediaba con periodistas y editores.       

Por último, en complicidad con colegas y amigos con cierto predicamento social y participación en los medios, diagramó una estrategia de difusión que supusiera citas y comentarios de estos en artículos y redes sociales hablando de la hipnocracia y del libro que vio la luz en italiano y en inglés el 15 de enero de 2025.

Este tipo de revelaciones nos lleva naturalmente a reconocidos casos Fake vinculados a la academia y al ámbito científico. La referencia obligada en este sentido es el famoso “Affaire Sokal”.

Para quienes no lo recuerden, Alan Sokal es un físico que se propuso exponer el sinsentido de las tesis relativistas, particularmente de moda en el campo de las ciencias sociales, derivadas de ciertas lecturas de referentes de la Escuela de Frankfurt y de los posestructuralistas franceses. El método que utilizó para el desenmascaramiento fue escribir un artículo y enviarlo a una prestigiosa revista. El núcleo del artículo era la defensa de la tesis principal de sus adversarios, esto es: la ciencia, con sus métodos de corroboración y legitimación, no es más que una construcción social y lingüística impuesta por la ideología dominante.

El artículo fue publicado, es decir, pasó la revisión entre pares y los mecanismos de legitimación de las revistas científicas de prestigio y, allí, Sokal reveló, en un segundo artículo que naturalmente aquella revista no quiso publicar, qué era lo que había hecho y cuáles eran sus razones. Entonces, expresó que había utilizado conceptos de la matemática y la física cuántica mezclados con citas de filósofos posmodernos reconocidos para realizar una parodia y exponer la falta de rigurosidad de este tipo de publicaciones y de este tipo de autores. En otras palabras, exponía que en el caso de las ciencias sociales bastaba con ofrecer ideas pretendidamente críticas en una jerga oscura, tan imprecisa como compleja, para gozar de cierto status académico y, eventualmente, llegar a ser una celebridad en el mundo intelectual. La lista de nombres sobra y, lo peor, en muchos casos, seguimos leyendo a esos autores como si dijeran algo.

Un episodio similar, aunque menos conocido, ocurrió en 2018: el “Grievance Studies affaire”.  En este caso, quienes llevaron adelante el fraude fueron Peter Boghossian (profesor de Filosofía de la Universidad de Portland), James Lindsay, (doctor en Matemáticas de la Universidad de Tennessee) y Helen Pluckrose, (editora de la revista Areo). En este caso, los perpetradores fueron más prolíficos y enviaron 20 artículos a prestigiosas revistas de estudios culturales, donde deliberadamente se incluyeron afirmaciones y tesis delirantes que parodiaban esa confusión tan habitual entre activismo y academia que suele basarse en tesis posmodernas asociadas, en muchos casos, a políticas identitarias, progresismo woke y derivas varias.

En esos textos se hallaba desde la necesidad de imponer unos juegos olímpicos para personas con sobrepeso, hasta promover la masturbación anal masculina con dildos como una práctica antitransfóbica, y el descubrimiento de una conexión entre el pene y el cambio climático. Como si esto fuera poco, en un caso, los autores lograron que una revista feminista les publicara un artículo en el que reescribían un fragmento de Mein Kampf con perspectiva de género sin que nadie del comité de evaluadores lo notara, lo cual, por cierto, es un dato elocuente. Al momento en que los autores revelaron el fraude, 4 de esos artículos fueron publicados, 3 estaban a punto de serlo, 7 estaban en proceso de aceptación y apenas 6 (el 30%) habían sido rechazados.

Ahora bien, ¿es el caso de Jianwei Xun similar a los recién mencionados? Por supuesto que hay puntos en común, pero se imponen las diferencias sustantivas.

En común podría encontrarse una cierta crítica a los mecanismos de legitimación: si en los casos de Sokal y en el de los Grievance Studies, se trataba no solo de una crítica al contenido relativista e irracional de algunas posturas posmodernas sino, al mismo tiempo, de exponer el modo en que estos delirios estaban siendo legitimados por el sistema científico, a Colamedici le alcanzó con un par de amigos, una página web, un perfil en Academia.edu y un libro cuyo armado quizás le haya demandado algunas horas, para exponer los métodos de legitimación del periodismo cultural y las editoriales.

Sin embargo, hay una diferencia relevante: el contenido del libro no es irracional ni es un disparate carente de fundamentos creado adrede.

De hecho, podría decirse que su tesis principal o la categoría que da título al libro, no hace más que rejuntar información y teorías (justamente, lo que las IA hacen muy bien) a las que se les da un nuevo nombre (seguramente invención de Colamedici). Al fin de cuentas se trata de una versión, bien elaborada, claro, de las nuevas formas de manipulación, en este caso introduciendo la idea de la hipnosis como elemento que actúa directamente sobre la conciencia en tanto el poder ya no controla cuerpos ni reprime los pensamientos, sino que los induce, transformándose así en un poder “positivo”.   

Xun (Colamedici) dice en la entrevista:

 

“Ya no hay una narrativa unificadora a través de la cual dar sentido al mundo. Nos encontramos —ustedes se encuentran— en un espacio fragmentado donde innumerables historias compiten por un dominio efímero, y cada una se proclama como la verdad última.       

Estos relatos no dialogan: chocan. Se superponen y se reflejan hasta el infinito, creando una vertiginosa galería de espejos donde realidad y simulación se vuelven sinónimos. Trump y Musk son los profetas de este régimen (…)

El hitlerismo que Bloch analizaba operaba a través de un trance centralizado, orquestado por un líder carismático que servía de punto focal para la sugestión colectiva. La dimensión algorítmica ha descentralizado esta función hipnótica: ya no tenemos un único hipnotizador que manipula a una masa homogénea, un director de orquesta, sino un ecosistema distribuido de algoritmos que modulan individualmente estados de conciencia personalizados (…)”.

 

El ya mencionado Byung-Chul Han, Foucault, Baudrillard, Deleuze, Da Empoli y muchos otros resuenan detrás de estas palabras y está muy bien que así sea. Y hablando de citas, dado que el proyecto editorial de Colamedici se llama Tlon, en obvia relación a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el famoso cuento de Jorge Luis Borges, Xun (Colamedici) cita dicho texto, (aunque sin mencionar al autor, ¿quizás creyendo que ya es una frase que le pertenece al ChatGPT?), cuando afirma “Son dispositivos narrativos. Sus relatos no buscan la verdad, sino el asombro. Consideran la metafísica como una rama de la literatura fantástica”.

A propósito de dicho cuento, hay algo tlöniano en este episodio puesto que, como ustedes recordarán, Tlön era un planeta inventado por una secta de seguidores de Berkeley incluido en una reimpresión de la Enciclopedia Británica, en el cual, por tratarse de un mundo regido por las máximas del empirismo idealista que considera que las cosas deben ser percibidas para existir, la psicología es la única disciplina y lo que llamamos “realidad” no es más que una serie de procesos mentales. Allí, la realidad de los objetos depende de la percepción y la expectativa del sujeto que los percibe, de modo que un mismo objeto puede “duplicarse” al ser percibido por dos sujetos diferentes, generando, al fin de cuentas, mundos individuales, personalizados y a medida, como los que ofrecen los algoritmos en la actualidad. El dúo Xun/Colamedici y su hipnocracia tienen mucho de esto, sin duda.      

Ahora bien, donde el experimento parece aportar algo más al debate es en lo que respecta a la noción de autor y, quizás sin desearlo, al harto trillado debate acerca de la posibilidad de separar la obra del autor. En este sentido, en la entrevista le preguntan si el hecho de haber sido una creación de una IA invalida el contenido de la tesis de la hipnocracia:  

La revelación de mi naturaleza construida no invalida en absoluto la validez analítica del concepto de hipnocracia. Al contrario, la refuerza al conferirle una dimensión performativa que trasciende la simple argumentación teórica. Si aceptáramos la idea de que la validez de un pensamiento depende exclusivamente de la existencia biológica de su presunto autor, caeríamos precisamente en esa lógica identitaria que la hipnocracia ha superado (…)”.

Efectivamente, de la misma manera que el valor de una categoría analítica no depende del hecho de que el que la formule sea una entidad biológica o una inteligencia humana, es difícil decirlo, pero hay que aceptarlo, tampoco lo invalidaría la moralidad, en el caso de que el autor sí fuera una entidad biológica propietaria de una inteligencia humana. Es tan evidente la respuesta al debate sobre la separación de la obra y el autor… sin embargo este ejemplo puede aportar algo más de claridad, para dolor de los amantes de la cancelación y sus patrullas de moralidad.      

En cuanto a la noción de autor, claramente parecemos entrar en una etapa que va a redefinirlo desde todo punto de vista, incluso desde lo legal. ¿Es Colamedici el autor? ¿Es el ChatGPT? ¿Son ambos como dice Colamedici? ¿Qué aporta Colamedici para que lo consideremos un autor en el sentido que solemos darle al término? ¿Hacerle preguntas e interactuar con una IA para pedirle luego que escriba un libro nos transforma en autor de algo? La respuesta no parece sencilla.

En síntesis, el caso Jianwei Xun solo puede ser incluido en la lista de fakes y affaires de manera parcial y solo en tanto, de alguna manera, denuncia, como efecto colateral, los patrones de legitimación de la industria y el periodismo cultural. Sin embargo, no estamos ante un fake como los denunciados por Sokal, Boghossian y otros: aquí hay un libro y una categoría que tiene fundamentos. Desde mi punto de vista, criticables y sesgados, pues resulta insólito plantear que los principales referentes de un régimen de hipnosis que opera sobre la conciencia de manera personalizada son Trump y Musk. Pero en todo caso es materia de discusión para la cual Xun (Colamedici) ofrecerá sus argumentos, mejores o peores, pero no un rejunte de delirios posmodernos inconsistentes solo validables por sectas universitarias.       

Quizás en el futuro junto a citas de Shakespeare habrá que afirmar “como dice el ChatGPT, la hipnocracia…”. Sí, suena escalofriante, pero hemos ingresado en una etapa en la que usaremos categorías elaboradas por inteligencias no humanas. El cambio será, probablemente, demasiado vertiginoso para que podamos digerirlo adecuadamente. Mientras tanto, si lo que nos importa es el qué antes que el quién y la inteligencia no humana demuestra rigor lógico y una correcta fundamentación, parece difícil encontrar argumentos para oponerse.     

Fondo Mileísta internacional (editorial del 19.4.25 en No estoy solo)

 

Alguna vez en este espacio mencionamos que con Milei es difícil negociar porque la presidencia para él es un puesto menor. Su proyecto es un proyecto mesiánico y no de construcción política, menos de permanencia en el poder. No creo que lo haga, pero Milei es alguien que un día podría levantarse e irse a su casa. Su afán refundacional se mezcla con aspectos psicológicos de necesidad de reconocimiento y de demostración en su disputa personal frente a quienes considera “pares”. Por eso, en el escándalo LIBRA, Milei no pudo utilizar la estrategia del “no sabía” y si ésta apareció fue balbuceando: es que para él es más doloroso quedar como un tonto que como un estafador. Narciso herido mata moralidad.

Dicho esto, incluso el presidente que desprecia su cargo, a tal punto que en su perfil de Twitter, su medio de presentación de cara al mundo, se presenta como economista y no como presidente, la lógica de la política, aun de manera inconsciente, opera y lo ha llevado a cometer errores que se han repetido en anteriores gobiernos. Puntualmente, respecto a la inflación, el gobierno queda preso de un éxito prematuro y probablemente sorprendente incluso para los propios funcionarios: tras devaluar 120%, la inflación de repente se desploma a menos de 3% mensual en pocos meses y se transforma en el gran activo del presidente, el cual, a su vez, le permite granjearse en su disputa intelectual acerca de la economía, Escuela austriaca, paleolibertarismo, etc., para sostener que la inflación se reduce a un fenómeno monetario. Fue tan sorprendente ese éxito que el 3,7% de inflación de marzo del 25 cayó como un balde de agua fría cuando un plan menos radical podría haber trazado un sendero en el que ese 3,7 hubiese sido celebrado. Con esto me refiero a que Milei podría haber planteado reducir a la mitad la inflación cada año de mandato para llegar al último casi en un dígito (105% en 2024, 52,5% en 2025, 26,25% en 2026 y algo más de 13% en 2027) y se estaría hablando del milagro argentino. Sin embargo, la alta imagen positiva sostenida en 2024 le dio a entender que la baja de inflación era su carta, y vaya si lo es. De aquí que haya sucumbido al clásico pisotón sobre el precio del dólar al que todos los gobiernos acuden. Y el resultado está a la vista: en pocos meses se comió el increíblemente exitoso blanqueo de entre 20000 y 23000 M de dólares y ahora debe acudir al FMI a pedir un préstamo de otros 20000 M.

Según un twitt de CFK, la Fase 3 del programa, nombre que le dio el gobierno a este período inaugurado por el acuerdo con el Fondo para teñir de planificación lo que fue lisa y llanamente un salvataje, es el tercer período de carry trade a través del cual los grandes capitales y amigos del gobierno podrán acceder a pingües negocios con retornos en dólares únicos en el mundo durante unos meses, hasta que decidan pegar la vuelta.

Es cierto que este será un gran momento para el carry trade más allá de que parece injusto, como mínimo, cargarle a Milei la devaluación inicial. En todo caso, podemos acordar que la devaluación fue desmedida y podemos criticar la decisión política de a quiénes se le cargó tal devaluación (porque no fue “solo” a “la casta”), pero esa bomba fue heredada, del mismo modo que la deuda también lo es, en este caso, no de parte del kirchnerismo, sino de su aliado, el macrismo en el préstamo político más escandaloso del que se tenga memoria y por el cual el propio FMI ha quedado atado de pies y manos al destino de la Argentina como en la famosa fábula del deudor y el acreedor que indica que si el préstamo es demasiado grande e impagable, el que está en problemas ya no es el deudor sino el acreedor. Si en aquel momento el FMI fue el Fondo Macrista Internacional, ahora no le queda otra que ser el Fondo Mileísta Internacional para tratar de salvar ese desastre que debería haberle costado la cabeza a más de un burócrata.

Ahora bien, donde sí parece hacer justicia la expresidente es en advertir que un nuevo préstamo con el Fondo no es una señal de triunfo sino la demostración de un fracaso. En este sentido, más allá de los carry trade, el gobierno se comió las ventajas de la megadevaluación, luego se comió los 20000/23000 M del blanqueo y todo hace presumir que, con un dólar a 1200, tras las elecciones, se va a comer los 20000 M del Fondo. Eso aun con superávit, licuadora y motosierra. Porque evidentemente, los números no dan. En el gobierno, naturalmente, esperan los dólares de la cosecha (por cierto, qué hermoso momento para estar vivos escuchar a un presidente anarco capitalista apretar a los exportadores exigiendo que liquiden antes que les suba el “impuesto”) y, a mediano plazo, inversiones grandes más acceso a los mercados gracias a la baja del Riesgo País. Pero a mediano plazo estamos todos muertos, y nadie explica de dónde van a salir los dólares que la Argentina necesita.

Por cierto, tampoco lo hace la oposición que es capaz de afirmar que el dólar está barato y al minuto siguiente quejarse de una devaluación, que al final no fue tal (por ahora). A propósito de la vereda de enfrente, CFK dio un paso para atrás y le dio por ganada la batalla del desdoblamiento al gobernador. ¿Qué pedirá a cambio? ¿Lapicera con cartucho de tinta completo? ¿Avanzará en la insólita estrategia de bajar a ser candidata en la tercera sección para asegurarse ganar y así eclipsar al gobernador?

Asimismo, Kicillof sabe que no puede ser Alberto Fernández y sale a disputar la conducción, lo único que se disputa en esta interna. No hay que dramatizar tanto. Sí, Kicillof quiere conducir. Los líderes no son eternos y CFK cometió muchos errores. Hay razones para pretender conducir. Pero en el peronismo, para conducir hay que ganar y cometer el “parricidio”. ¿Está Kicillof y su construcción política preparada para dar esa batalla? El apoyo a Quintela, quien ni siquiera fue capaz de juntar avales, fue un paso en falso que nos recuerda que, hasta ahora, a lo largo de todos estos años, quienes intentaron cometer el “parricidio” y quitar a CFK del medio, han sido impresentables o, al menos, no han tenido la capacidad para crear una alternativa potente. En cuanto a Kicillof, por lo pronto debería tratar de diferenciarse en algo que no sea simplemente “no me gusta que la lapicera la tengan los otros”. Entonces, ¿cuál sería la diferencia de cara a la sociedad? ¿Por qué votar a Kicillof y no a CFK? ¿Qué novedad superadora aporta el kicillofismo? ¿Qué receta ofrece para el posmileísmo? Evidentemente debería ser una receta diferente a la de 2015, cuando él era ministro de economía, y diferente a la que ofreció Alberto Fernández cuando él era gobernador. Ya sabemos que Milei es malo, malo, malo, malito y requetemalo, pero más allá de decir “me opongo”, no conocemos la propuesta superadora del progresismo 2027. ¿O se trata solo de llamar “fascismo” a todo lo que no nos gusta, esperar que el gobierno caiga por los errores propios y que nos una el espanto como en 2019 para luego no saber qué carajo hacer en el gobierno?

En cuanto a las elecciones, suponer que las legislativas son determinantes para las presidenciales es un error que resulta evidente apenas levantamos la vista hacia el pasado próximo y vemos cómo el kirchnerismo perdió en 2009 y ganó en 2011 y el macrismo ganó en 2017 y perdió en 2019. Asimismo, en lo que a butacas en el congreso se refiere, para el gobierno será todo ganancia porque no renueva ninguna y tampoco podrá tomarse como un dato preciso el eventual hecho de que le vaya mal a sus candidatos pues, como vimos en 2023, el candidato es Milei. El resto no importa. De aquí que cuando uno escucha análisis que, tomando la pobre performance del candidato libertario en Santa Fe, infieren de allí, la inminente caída del gobierno, no puede hacer más que sonreír.

Además, una vez elegidos los legisladores, la reconfiguración es total. En CABA, Adorni y Lospennato se sacarán chispas, pero es probable que luego los legisladores de ambos espacios voten lo mismo. De modo que, a los fines estrictos de los espacios a ocupar en el Congreso, ir separado o ir juntos no altera demasiado. Sí, por supuesto, juega en el plano simbólico “ganar” una elección, pero no es ni más ni menos que eso: simbólico. Pensemos, si no, el caso de Santoro. Las encuestas lo dan arriba con cerca de 30 puntos, más o menos lo mismo que saca el kirchnerismo hace años y que no le sirve para una elección ejecutiva; y al PRO, la LLA, Rodríguez Larreta y Marra sumando unos 55 puntos aproximadamente, o sea, lo mismo de siempre, nada más que fragmentado por ser una elección legislativa donde no hace falta unirse contra otro y donde con 3 puntos metés un legislador.

Ahora bien, ya que mencionamos el terreno simbólico, más interesante podría ser pensar la elección como una suerte de gran interna que, en ausencia de PASO, debe dirimirse en las generales: me refiero a la interna por quién conduce la coalición de centro izquierda y el espacio de centro derecha compartido por Macri y Milei. Está claro, LLA busca fagocitarse al macrismo que apenas pretende hacer pie en el espacio que lo vio nacer: CABA. El resto está a tiro de darse vuelta como ya lo han hecho muchos. El caso de CFK, máxime si ella es candidata, una vez más, simbólicamente, mostraría a un cristinismo en retirada afincado en el lugar donde puede hacer pie: el conurbano bonaerense. ¿Eso abriría el juego a que alguien tome la posta y construya una alternativa a nivel país? ¿Kicillof? ¿Otro gobernador? ¿Han perdido Macri y CFK su capacidad de obturar toda alternativa? No parece. Entonces lo que sí sabemos es que, paradójicamente, los dos grandes actores de la política nacional de los últimos 20 años acabarían recluidos en “sus” distritos sin capacidad para imponerse más allá de ellos y sin control sobre la tropa, pero con la capacidad intacta de daño (más hacia adentro que hacia afuera).

Y a su vez, todo este escenario depende de cómo le vaya al gobierno. Aun sin devaluación, porque un dólar a 1200 no es devaluación, habrá remarcación y se esperan unos 2 o 3 meses con inflación arriba de 4, quizás 5. No es un buen pronóstico si bien es de suponer que el dólar permanecerá planchado hasta las elecciones y eso hará que agosto, septiembre, octubre, sean meses con una inflación más tolerable cercana a 3%. Esto golpeará más a los sectores bajos, los cuales, a su vez, serán testigos de unos meses de consumo a todo culo de capas medias altas y altas, con viajes al exterior, productos importados, etc.

No parece que en el plano macroeconómico haya muchas novedades de acá a las elecciones. Con el acuerdo con el Fondo Mileísta Internacional, el gobierno blindó el año. Eso sí, luego de las elecciones, comienza otro partido y otro país, o quizás el país de siempre, que no es lo mismo, pero es igual. 

 

¿Será Juan XXIV el próximo y último papa? (publicado el 22.4.25 en www.theobjective.com)

 

Tres años después de la renuncia al papado, allá por el 2016, Joseph Ratzinger es entrevistado por Peter Seewald en un material que luego formaría parte de su biografía. Allí vertió afirmaciones potentes propias de un fin de época: “la sociedad occidental, es decir, en todo caso Europa, no será una sociedad cristiana y, con mayor razón, los creyentes tendrán que esforzarse por seguir formulando y sosteniendo la conciencia de los valores y la vida”. Luego agregó: “Yo ya no pertenezco al viejo mundo, pero el nuevo, en realidad, aún no ha empezado”.

En ese contexto, Seewald entendió que era posible hacerle una pregunta particularmente extraña acerca de la profecía del obispo medieval Malaquías que, según interpretan algunos, indicaba que Benedicto XVI sería el último papa. La pregunta tenía mucho de provocación pues ya eran los tiempos de Francisco, de modo que Ratzinger respondió con otra provocación y, tras primero negar enfáticamente esa interpretación, luego deslizó irónicamente un “puede ser”.

Esa anécdota inspiró a Giovanni Maria Vian, quien fuera, durante más de una década, director de L’Osservatore Romano, el periódico de la Santa Sede, a escribir El último papa. Retos presentes y futuros de la Iglesia católica (Deusto), un libro que se centra en la larga transición de la Iglesia de Roma desde las disposiciones del Antiguo Régimen hasta el papado, con particular atención en el último período de casi 50 años en el que se han sucedido papas no italianos. 

El libro comienza desarrollando diversos temas: la oración, el acecho del mal, la importancia central de la sexualidad, el significado del celibato, la recurrencia de sínodos y concilios, y el agotamiento del mecenazgo artístico religioso.

También hay espacio para la historia cuando se narra el conflicto con los jesuitas, determinante para entender algunas de las acciones de Francisco, o episodios como el encarcelamiento de Pío VII a manos de Napoleón entre 1809 y 1814. Asimismo, se hace foco en el proceso de transformación desde la unificación de Italia allá por 1870, que acaba con los Estados Pontificios, hasta aquel 1929 en el que los pactos de Letrán, tras el acuerdo con Mussolini, logran la independencia política de la Santa Sede. Además, se menciona el revuelo generado gracias al reciente descubrimiento de una carta que llegó al Vaticano a finales de 1942 donde se le informaba a Pío XII de las acciones de exterminio que estaban perpetrando los nazis contra los judíos, lo cual probaría que el papa, como mínimo, no hizo todo lo que podría haber hecho para detener aquel genocidio.

Sin embargo, los aspectos más jugosos y controvertidos del libro aparecen en la segunda mitad, dedicados en particular a Ratzinger y a Bergoglio y, allí, sin dudas, quien queda mejor parado es Ratzinger.

Acerca del alemán, la única crítica que Vian explora es, a su vez, compartida por las administraciones de Wojtyla y de Bergoglio: un déficit en la gestión del gobierno central de la Iglesia, quizás más marcado todavía en Ratzinger, quien no fue un “hombre de gobierno”, estuvo mal rodeado y nunca contó con los apoyos necesarios.

Lejos de lo que para Vian eran simples prejuicios y caricaturas que lo retrataban como un frío inquisidor, el autor considera que Ratzinger fue un teólogo que supo ser pastor y que tuvo la virtud de despojarse del poder, un gesto pocas veces visto a lo largo de la historia.

Más allá de este aspecto, Vian solo parece tener palabras elogiosas para Ratzinger. De hecho, hace suyas las afirmaciones del historiador Anthony Grafton quien en 2010 escribiera, en The New York Review of Books, que Ratzinger había sido el pensador más importante de la Iglesia junto a Inocencio III (papa entre 1198-1216) o, como indican otros, a la altura de León Magno (papa entre 440 y 461).

Entre otros aportes, según Vian, Ratzinger hizo un gran esfuerzo por repensar la relación entre el cristianismo y el judaísmo, lo cual incluyó un pronunciamiento acerca de la existencia de Israel como “una expresión de la fidelidad de Dios” hacia su pueblo.

Pero quien ha tenido menos suerte al momento de la descripción de su papado ha sido Bergoglio. Efectivamente, si bien el autor le reconoce una voluntad de reforma y un nuevo impulso hacia la mundialización del Colegio Cardenalicio, el recorte elegido por Vian de los 12 años de Francisco es llamativo, por no decir lisa y llanamente tendencioso, especialmente si se lo compara con la indulgencia con que evaluó la tarea de su predecesor.

Según Vian, el gobierno de Bergoglio se caracterizó por la inclinación política y la gestión solitaria del gobierno, lo cual incluye “métodos autocráticos sin precedentes en la época contemporánea” que solo han favorecido la profundización de las divisiones al interior de la Iglesia.

Asimismo, se hace énfasis en declaraciones presuntamente prorrusas del pontífice, en línea con la interpretación de uno de los asesores de Zelensky quien acusa al gobierno de la Iglesia de haber recibido inversiones rusas en el controvertido Instituto para las Obras de la Religión, foco de buena parte de los escándalos financieros de la institución desde hace décadas (en la época de Juan Pablo II, por caso, se sucedieron al frente del Instituto 7 presidentes en 7 años).

Asimismo, resalta “un récord casi imposible de superar”: Francisco fue el primer papa que ha proclamado santo a sus 3 predecesores y ha beatificado al cuarto. La situación es inédita porque a lo largo de toda la historia, de los 81 venerados como santos, 73 se sitúan en el primer milenio y 55 de ellos en los primeros 5 siglos. Es más, antes del pontificado de Pío XII (1939-1958) solo 4 papas posteriores al año 1000 se habían convertido en santos.

Llama la atención, incluso, un fragmento en el que Vian decide resaltar que Francisco era un papa muy mediático que recababa grandes consensos, pero entre los no católicos, y que existió una enorme distancia entre su programa de gobierno, ambicioso, y las ejecuciones de ese plan, parciales y contradictorias. De hecho, Vian encuentra déficits en lo que serían todos los ejes en los que se ha basado la agenda del papa: la realidad económica y financiera del Vaticano, el escándalo de los abusos a menores y religiosas, el papel de los laicos y, en particular, de las mujeres en la Iglesia, y la relación entre Roma y las iglesias locales, con interrogantes especialmente en los casos de Estados Unidos y Alemania.

En cuanto al futuro, pregunta que se tornó acuciante a partir del reciente fallecimiento de Bergoglio, Vian reconoce que no tiene sentido hacer hipótesis o proyectar candidatos. En todo caso, sí sabemos que hay una globalización de los cardenales, que los europeos hoy no llegan al 40% y que los italianos en particular no alcanzan el 15% cuando unos 150 años atrás eran el 80%. Esto explica por qué se eligió por primera vez un papa no europeo y permite inferir que, quizás, nos encontremos ante una nueva sorpresa con el sucesor de Francisco.

Sin embargo, y aunque no ha habido muchos casos en los que el papa saliente se garantice la sucesión, Francisco, un poco en broma, un poco en serio, había mencionado al menos dos veces que el próximo papa adoptará el nombre de Juan XXIV, idea que, según Vian, provendría de la necesidad de mitificación de Juan XXIII, “el papa bueno” y progresista, y/o de la imaginación literaria de Francisco, basada en novelas que fueron escritas hace ya tiempo atrás y que, casualmente coinciden en que los tiempos turbulentos y más desafiantes para la Iglesia serán enfrentados por un Juan XXIV.

Por cierto, en una de las novelas, Juan XXIV no es alemán: es argentino.

Black Mirror: ¿todo el pasado por delante? (publicado el 20.4.25 en www.theobjective.com)

 

Desde aquel mítico primer episodio en el que los secuestradores de la princesa piden, para su liberación, que el primer ministro británico tenga sexo con un cerdo en un estudio de TV, Black Mirror se transformó en una serie de culto.

Aunque las primeras temporadas mantuvieron un nivel superlativo, el gran salto a Netflix y la inclusión de mayor cantidad de episodios por temporada, hizo que la serie sufriera algunos altibajos, especialmente en aquellos capítulos más experimentales o en los que lo que parecía ser el núcleo de la serie era incluido de manera forzosa.

¿Y cuál es ese núcleo al que nos referimos? La tecnología, pero, sobre todo, las posibilidades de la misma en un futuro inmediato. Esto es lo que la hace tan perturbadora y lo que determinó que no fuera fácil ubicar a Black Mirror en el ámbito de lo que se suele entender por ciencia ficción, al menos en sus primeras temporadas.

A partir de su debut en 2011, entonces, Black Mirror anticipó o leyó lo que estaba a punto de suceder o, en todo caso, llevando al extremo fenómenos del presente, estableció una crítica demoledora al estado de cosas. Solo por nombrar algunos ejemplos, The Waldo Moment, capítulo 3 de la segunda temporada, expresaba el espíritu de la antipolítica en occidente y la devaluación del debate público cuando un personaje de animación que solo insultaba a sus oponentes, acaba participando de las elecciones con un resultado nada despreciable; o el especial “White Christmas”, jugando con la cuestión de la cancelación, en este caso, mostrando cómo, en un futuro próximo, quienes cometieron un delito podrían ser “bloqueados” de la vida real como se bloquea algún contacto indeseado de nuestras redes sociales. La lista es infinita, e incluye hasta parodias al propio Netflix con Joan is Awful (capítulo 1 de la temporada 6); una crítica demoledora al sistema de crédito social que hoy ya existe en China y que nos limita el acceso a una vida plena según criterios de moralidad y buen comportamiento ciudadano (Nosedive, capítulo 1 de la tercera temporada); Hated in the Nation (capítulo 6 de la misma temporada), en el que se muestra cómo funcionan las tormentas de mierda en las redes sociales, o Black Museum (capítulo 6 de la temporada 4), aquel episodio en el que se denuncia el modo en que la tecnología e internet quiebran la lógica de la proporcionalidad y perpetúan los castigos y las penas, incluso de inocentes, lo cual, claro está, intenta remediarse en la actualidad con el llamado “derecho al olvido”.

Lo cierto es que Black Mirror ha vuelto, en este caso, con su séptima temporada, la cual incluye 6 capítulos que, aun con ciertos altibajos, parecen estar por encima del nivel mostrado en las últimas temporadas. El elenco incluye a estrellas como Emma Corrin en el episodio Hotel Reverie, quizás el único donde aparece forzadamente la dosis de wokismo que Netflix necesita, pero que, al mismo tiempo, podría interpretarse como una parodia a esta necesidad de reversionar clásicos del cine; o a Paul Giamatti en Eulogy, un capítulo exquisito y conmovedor que podría haber obviado el leitmotiv tecnológico. Asimismo, Jesse Plemons, vuelve a protagonizar un episodio, en este caso, Callister: Into Infinity, la primera vez que Black Mirror realiza una secuela de un episodio anterior, el muy celebrado homenaje a Star Trek incluido en la cuarta temporada. En esta continuación, a la cuestión de la clonación digital, se le agrega la exploración de lo que podría ser una suerte de violación de los derechos humanos en el ámbito digital y en el contexto de las identidades múltiples con las que se interactúa en los videojuegos inmersivos.   

A propósito de videojuegos, otro que regresa es Will Poulter, protagonista del experimento interactivo que Black Mirror lanzó en 2018: Bandersnatch. Con claras reminiscencias al “Jardín de los senderos que se bifurcan”, el cuento de Jorge Luis Borges, incluido en Ficciones, y a la ya célebre colección de libros infantiles “Elige tu propia aventura”, aquellos que permitían al lector, a partir de sus propias decisiones, abandonar la lectura secuencial y saltar páginas para aventurarse en destinos diversos, Charlie Brooker planteaba una trama en la que existe un videojuego que creaba mundos paralelos y en la que nosotros, los usuarios de Netflix, podíamos interactuar con el televisor eligiendo según las opciones que nos proporcionaba el film. En esta nueva temporada, además del protagonista, se recoge el espíritu de aquel experimento y se avanza en la hipótesis de la Singularidad transhumanista tal como la entiende Ray Kurzweil cuando plantea la posibilidad de fusionarnos con la IA para ampliar nuestra potencia y expandir nuestra inteligencia hasta límites insospechados.

Si pasamos por alto el capítulo 2, Bete Noire, quizás el más débil de la temporada, más allá de que allí se podría inferir una interesante crítica al modo en que las redes sociales nos empujan a mundos paralelos acordes a nuestras expectativas donde la realidad y la verdad se parecen mucho a lo que nosotros deseamos que sean, es de destacar Common people, el episodio número 1, un verdadero retorno al concepto del Black Mirror original.

Allí, una mujer padece un tumor cerebral incurable y la única opción de salvarla es el servicio de una compañía capaz de reemplazar ese tejido por uno sano. Sin embargo, claro está, para que ese tejido se mantenga en funcionamiento se necesita la módica suma de 300 dólares al mes como parte de un plan básico que es una especie de Nube que almacena la conciencia y que tiene algunas restricciones: por ejemplo, su usuaria duerme mucho porque el software así lo demanda y, al igual que sucede con las antenas, el alcance de la cobertura es restringido, de modo que, más allá de los límites del condado, el cerebro de la protagonista se queda sin señal. Con el correr del tiempo, además de dormir cada vez más, la mujer empieza a repetir de manera involuntaria publicidades que salen de su boca, acorde a las situaciones que le tocan vivir en la realidad, del mismo modo que el algoritmo selecciona la publicidad que vemos en función de nuestros intereses, y la única opción para evitar esto es pasarse a un pack Premium de 800 dólares que tiene alcance ilimitado y elimina toda publicidad. No adelantaremos el final, pero el día a día se vuelve insoportable porque es imposible costear el valor de la app que todo el tiempo va sumando opciones más costosas, lo cual lleva al marido a hacer horas extras y, finalmente, a participar de una oscura trama de internet en la que las personas se humillan a cambio de dinero, por ejemplo, bebiendo su propia orina o quitándose un diente frente a la cámara mientras los usuarios celebran.

En síntesis, cada nueva temporada de Black Mirror se enfrenta a dos grandes problemas: el primero es haber dejado la vara demasiado alta después de sus primeras temporadas y, el segundo, es que la realidad, por momentos, parece ir más rápido que la serie. Es tan vertiginoso el cambio que no sabemos si decir que la realidad ha devenido blackmirroriana o, con el ya citado Borges, afirmar que Black Mirror tiene “todo el pasado por delante”.   

Esto expone a la serie a una encrucijada porque Black Mirror pierde su fuerza cuando deja de lado ese espíritu que la caracterizó originalmente: lo terrorífico de la tecnología está a un paso. No se trata de naves espaciales o conciencias duplicadas en el ciberespacio. Es el uso de la tecnología ahora o las posibilidades de la tecnología en un futuro demasiado inmediato. Por eso Black Mirror tiene el problema de la velocidad con que la realidad avanza, esto es, porque su efectividad está en jugar al límite del futuro cercano. Tiene que ser futuro, pero un futuro que toque la fibra íntima del presente en un borde sutil, no muy cerca para que podamos tener una distancia y tomar conciencia; no muy lejos para que aceptemos que nuestro vínculo problemático con la tecnología no es un asunto del mañana sino del hoy.

Por cierto, ¿vale la pena la séptima temporada? Claro que sí.

 

El apocalipsis ya llegó (y tiene forma de auto) [publicado el 10.4.25 en www.theobjective.com]

 Hay datos que son elocuentes. En este caso pertenecen a Estados Unidos, pero en algunas ciudades españolas y en distintas partes del mundo podemos encontrar números más o menos similares: en el país del norte de América hay 290 millones de autos circulando, más de uno por adulto, y tres cuartos de los estadounidenses van al trabajo en sus coches manejando solos (en Houston o Dallas el número alcanza el 90%). Esta es una de las razones por las que un conductor promedio en EEUU recorre 63 kilómetros diarios y, en una ciudad como Chicago, pasa unos 4 días por año en atascos. Por cierto, además, el costo anual por mantener el coche asciende a 9500 dólares.

Asimismo, cada año muere más de 1 millón de personas en accidentes de tránsito en todo el mundo y en EEUU la cifra alcanza los 40000, el doble de los que mueren asesinados. Se calcula, a su vez, que la contaminación atmosférica a la cual esa cantidad de autos contribuye, mata 10 veces más. De hecho, el transporte de todo el Estado de Texas representa el 0,5 de las emisiones mundiales de CO2, es decir aproximadamente el doble de toda Nigeria.

Si desde mediados del siglo XX el auto ha sido sinónimo de libertad, es evidente que es tiempo de revisar algunos conceptos. Así, al menos, lo entiende el periodista Daniel Knowles, en su nuevo libro Carmageddon (Autocalipsis). Cómo nos perjudican los automóviles y qué podemos hacer al respecto, editado en español por Capitán Swing. 

Como ya lo indica en el mismo título, además de datos, Knowles propone algunas salidas a este apocalipsis que, según el autor, hace que nuestras ciudades empeoren nuestra calidad de vida haciéndonos perder tiempo, se transformen en horribles bloques de cemento, sean peligrosas, tanto para automovilistas como para peatones, y generen una atmósfera irrespirable.   

En este sentido, no se trata de inventar nada sino de retomar los casos de otras ciudades. Por ejemplo, en Tokio, solo el 12% va al trabajo en coche; en Amsterdam ese número se eleva al 27%, pero ya son más los que van en bicicleta, siendo prueba de ello que, en esa ciudad, existen 1,2 bicicletas per cápita; y en el caso de Copenhague, aunque el clima no ayuda, por cierto, las utilizan el 62% de los residentes para desplazarse al trabajo, el colegio o la universidad.

Donde seguramente la propuesta de Knowles se hace más controversial y seguramente obtenga no pocas críticas, es en su idea de que la salida a esta dinámica enloquecedora no es la descentralización sino, por el contrario, la hipercentralización, esto es, la creación de megaciudades. De hecho, el libro comienza con una descripción de un paisaje distópico, digno de James Ballard, que representa las grandes autopistas de Chicago, las cuales fueron pensadas para conectar una ciudad que crecía con suburbios y cordones de nuevos barrios en las afueras y que, sin embargo, devienen el ejemplo de una ciudad desbordada y jamás planificada que obliga a sus habitantes a depender de un auto.

Knowles, entonces, critica la idea decrecentista y al izquierdismo que llama a vivir en pequeñas comunidades autosustentables, pero entiende que debemos crear ciudades donde las acciones diarias de la mayoría de la población puedan realizarse caminando o en vehículos alternativos. Para eso hace falta, afirma, decisión política y una serie de medidas que van desde distintas formas de desincentivar el uso de coches (mayor carga impositiva, parkings más caros, calles vedadas, etc.) hasta la creación de carriles exclusivos para bicicletas y, sobre todo, una inversión sustantiva en el transporte público para que éste deje de ser “el transporte de los pobres” donde se viaja mal e inseguro y donde perdemos una enorme cantidad de tiempo. Knowles lo grafica haciendo suya la frase del actual presidente de Colombia cuando, siendo alcalde de Bogotá, afirmara: “Un país desarrollado no es aquel en el que los pobres tienen coche, sino aquel en el que los ricos utilizan el transporte público”.

Por otra parte, si bien el autor refiere repetidamente a la cuestión de la contaminación, su énfasis está puesto más en el espacio que ocupan los coches y en el modo en que las ciudades acaban siendo diseñadas para estos, no solo por las autopistas sino también por los garajes en los edificios, los parkings, etc. De aquí que Knowles no vea a los autos eléctricos como una solución sino como una continuidad del problema. Es que, aunque no se trata de la eliminación de los autos, lo que se busca es demostrar que, con un rediseño de las ciudades, el auto prácticamente no sería necesario. En este sentido, compárese el promedio de 0,32% coches por familia que posee Tokio con el hecho de que el 30% de los hogares británicos y el 57% de los hogares estadounidenses posea más de dos coches.   

De cara al futuro, el autor entiende que estamos en un punto de inflexión en el que se están enfrentando dos tendencias opuestas: por un lado, el confinamiento durante la pandemia le mostró a toda la humanidad que había otra forma de “habitar” la ciudad, hacerse de sus espacios, conectar con el aire libre, etc. Asimismo, asistimos a una lenta pero firme merma en el porcentaje de jóvenes con carné de conducir en Estados Unidos (del 90% en 1983 al 79% en 2017). Esto se debe a diversas razones, entre ellas, un auge en la cantidad de jóvenes profesionales que, en tanto tal, acceden a trabajos que suelen desarrollarse físicamente en centros urbanos a los cuales se llega mejor en transporte público; y un cambio cultural respecto al significado que el auto tiene respecto a los jóvenes de los sesenta y setenta, cuando poseer un coche era la manera de tener privacidad y escapar de la mirada de los padres conservadores (recuérdese el mito del Fiat 500 en Italia, el cual era un auto accesible para los más jóvenes, y al que se le adjudicó ser la principal razón de la explosión de la natalidad, aunque no de la comodidad, claro).          

Sin embargo, por otro lado, entre 2004 y 2014 la cantidad de autos en la India se triplicó y en China se quintuplicó. Incluso en la Europa occidental, donde florecen las bicicletas, también ha aumentado el número de coches, aunque, hay que decirlo, ese aumento fue de apenas un 4%. Esto significa que el discurso que busca la eliminación o la limitación del uso de los autos, convive con una industria y, sobre todo, con una cultura que entiende que allí hay algo más que una necesidad.

Aunque resulta bienvenido el esfuerzo de Knowles de posicionarse por fuera de los lugares comunes existentes en el debate, aquel que ubica a los críticos en la línea decrecentista y anticapitalista, el libro sobresale más por una prosa entretenida y el uso comparativo de los datos que por la originalidad de las ideas. Incluso por momentos parecería necesario la inclusión de variables no mencionadas (como cuando entiende que el problema de la vivienda podría solucionarse construyendo edificios en aquellos lugares que son ocupados por los autos) y, si bien hay referencias a ciudades periféricas que el autor ha visitado en África, por ejemplo, hay pasajes que se perciben como soluciones del primer mundo para problemas del primer mundo.     

Con todo, el llamado a un cambio cultural en la relación que establecemos con los autos y la necesidad del rediseño de las ciudades y sus accesos, lo cual también debe incluir un plan de vivienda, tema en boga si los hay en España, es un recordatorio de que es posible vivir mejor y de que no deberíamos esperar a la próxima pandemia para poder probarlo.