miércoles, 9 de abril de 2025

¿Estamos seguros que el posmileísmo será mejor? (editorial del 22.3.25 en No estoy solo)

 

Para las almas sensibles, aclaremos de inmediato: el título es una provocación, una provocación a ustedes, sí, a ustedes son que almas sensibles. No obstante, creo que la pregunta es válida, de modo que, si ya saben que el día después de Milei será mejor, evítense continuar la lectura.

Segunda aclaración: plantear este interrogante no supone una defensa del actual gobierno ni una valoración positiva ni un llamado a defenderlo. De modo que podemos ser enormemente críticos de este gobierno, incluso podemos decir que es lo peor que nos pasó en la historia y lo peor que le pasó a la humanidad y, sin embargo, preguntarnos: ¿estamos seguros que el posmileísmo será mejor?

La pregunta es, además de provocadora, en parte, retórica, porque, efectivamente, no sabemos si lo que vendrá después de Milei será mejor pero, al mismo tiempo, dejamos abierta la posibilidad, contra todo pronóstico, que la respuesta al antisistema no sea un retorno al sistema sino un salto a un nuevo vacío, incluso encarnado en un sujeto que aún no conocemos, del mismo que nadie tenía en su radar dos años y medio antes de la elección de 2023, que el ganador sería ese economista anarcocapitalista, conservador y populista que se preparaba para dar el salto a la política de la ciudad. Para decirlo con nombres propios y con claridad: el fracaso de las grandes coaliciones que se alternaron en el poder, generó un Milei. ¿Qué podría generar, entonces, un eventual fracaso de Milei?

El sistema de partidos y la forma de hacer política ha sufrido tal conmoción después de la última elección que todo es posible y al outsider le puede salir un outsider más outsider, por derecha, por izquierda, por arriba, por abajo. A contramano de lo que indicaría el politólogo italiano Giuliano Da Empoli en Los ingenieros del caos, no es cierto que la nueva era populista sea posideológica en el sentido de ser una suerte de dispositivo de exaltación de las pasiones tristes completamente vaciada de contenido. Por supuesto que ha sido así en muchos casos y podría serlo en Argentina pero el caso de Milei ha sido el contrario: se trata de un ejemplo de sobreideologización del debate. Entonces hay algoritmo, hay caos objetivo y exacerbación de ese caos objetivo, pero hay ideología. Mucha ideología. Lo que en todo caso sí cabe decir es que esa ideología está más en el presidente y sus funcionarios que en la ciudadanía. Efectivamente, y disculpen por pinchar el globo: la mitad de la Argentina no es anarcocapitalista. De modo que lo que viene puede venir de cualquier lado, incluso con una ideología potente y radical opuesta a la de Milei.

Porque el patrón que parecía seguir la política, al menos desde el 2003, ofrecía como respuesta a un gobierno de centro izquierda que fue a la izquierda lo más que pudo, un gobierno de centro derecha que fue a la derecha lo más que pudo. Sin embargo, el fracaso del gobierno de Macri en la lógica de la grieta, parecía obligar a una versión moderada del modelo anterior (Alberto Fernández). Y allí se rompió el patrón. El escenario estaba servido para responder con la versión moderada del macrismo, Rodríguez Larreta, hasta que el propio Macri la hizo volar por el aire como un verdadero Cronos devorando a sus hijos y le allanó el camino al candidato imposible (que probablemente acabe devorando al propio Macri).  

Ahora bien, en un país donde la semana que viene es el largo plazo, imaginarnos la Argentina del 2027 es gozar de un optimismo cándido, pero tras varios meses en los que vimos a la figura de Milei fortaleciéndose, después de que muchos auguraran que no llegaría a marzo de 2024, el 2025 viene siendo un año muy errático para el gobierno, con varios errores no forzados y con claras muestras de debilidad. A propósito de estas últimas, es probable que la actual administración no pueda avanzar con la imposición de los jueces de la Corte, su bancada de librepensadores cruje cada vez que hay sesión en el Congreso y, por primera vez, probablemente por una serie de señales anticipadas y mal comunicadas, el mercado parece empezar a desconfiar. ¿Y si en vez de salir bien, sale como el culo? Serán mandriles, pero reconocen cuando hay olor a sangre.

Y lo cierto es que el precio del dólar no se sostiene. Es simple. Sobran las variables que muestran que ese precio está mantenido artificialmente para controlar la inflación, tal como hicieron los gobiernos de mandriles que le precedieron. Y ya sabemos también el desenlace. Entonces el Fondo ofrece dólares, pero a cambio pide una actualización de su precio para que no acabe en una fuga, como la que el propio Fondo le permitió a Macri cuando le brindó un préstamo “político”. Tienen razón. Ya hemos estado allí.

A propósito, el gobierno de Milei está entrando en ese momento en que el mercado pide todo el tiempo “señales” y, en la jerga futbolera, todo el tiempo corre el arco, porque desconfía o porque sabe que en algún momento el gobierno deberá ceder. Son malas noticias. Una vez que se activa esa rueda no cesa. Nunca.  

Y si salimos de lo económico, lo del último miércoles era muy relevante no por las razones que se esgrimieron sino porque la eventual repetición de una jornada como la del miércoles anterior, con detenciones al voleo y heridos graves, hubiera potenciado una escalada hacia un lugar desconocido o, peor aún, hacia un lugar bastante conocido por los argentinos: protesta, violencia, represión, muertes y gobiernos debilitados que se tienen que ir. Y la política puede controlar algunas cosas, pero no puede controlar la violencia una vez que se desata. Quizás por eso, en esta segunda jornada, decidieron controlar a la policía. Te cagan a palos mientras pueden. Pero tampoco son boludos.

En lo inmediato, a mediados de abril se anunciaría un nuevo acuerdo con el Fondo. Achacárselo a Milei es, en parte, injusto, porque no deja de ser cierto que el país no puede pagar la deuda que refinanció Guzmán y que contrajo Macri con el mismo ministro de Economía que hoy tiene Milei, máxime después del rojo en las cuentas que dejó la administración de Massa al frente de Economía. Pero en todo caso, el principal responsable es Macri quien endeudó al país de modo tal que se trata de una deuda impagable, la cual, probablemente, sea refinanciada una y otra vez por sucesivos gobiernos porque es un número sideral.

Esto marca una importante diferencia con el préstamo que Kirchner se sacó de encima cuando pagó casi 10000 millones de dólares para ganar independencia económica, aun a riesgo de no hacer el mejor negocio porque, lo sabemos, las tasas del Fondo suelen ser seductoras. En eso, seamos justos, el kirchnerismo ha sido consecuente y votó en contra de todos los acuerdos incluso cuando lo impulsó su propio gobierno inaugurando la era del oficialismo opositor. En todo caso, y sin caer en la falacia de “no hay alternativa”, sí cabe preguntarle al kirchnerismo qué propone en esta situación puntual, con el préstamo de Macri ya consumado. ¿No pagar? ¿Entrar en default? ¿Unirse a la ultraizquierda y pedir que la paguen los capitalistas? Son alternativas, aunque tendrían costos quizás más altos que pagar. Pero si ese es el plan, habría que explicitarlo. Ahora bien, si de lo que se trata es de retomar el “los muertos no pagan” o el “déjenos crecer”, de acuerdo, pero entonces hay que refinanciar la deuda y hacer un acuerdo nuevo con el Fondo porque los 45000 millones no se pueden pagar y, sin embargo, de alguna manera hay que pagarlos o hacer “como si” tuviéramos la voluntad de hacerlo mientras lo refinanciamos al infinito.    

Dicho esto, después del acuerdo comenzarán las sucesivas elecciones en distintos distritos. Habrá tiempo para analizar pero es obvio que el gobierno va a sumar muchos legisladores porque no renueva ninguno, así que es todo ganancia. Incluso repitiendo su performance del 30% de la elección ejecutiva, al gobierno le alcanzaría para conformar un bloque que tendrá que negociar para alcanzar mayorías pero que ya no estará a tiro del juicio político. Ese escenario permitiría un camino más allanado para la segunda parte del mandato y, sin embargo, al mismo tiempo, ni siquiera un eventual triunfo a nivel nacional en las elecciones de medio término es garantía de que la debilidad que viene mostrando el gobierno este año, cese. Especialmente porque un eventual ajuste en el precio del dólar, como mínimo, y para ser generosos, ralentizará la baja de la inflación, principal activo de la actual administración.

Allí empezará otro partido después de que todos los manuales de ciencia política sirvieran para poco y mientras somos testigos de los experimentos a nivel mundial que los países occidentales están ofreciendo ante la insatisfacción crónica de sus ciudadanos, insatisfacción que buena parte adjudica al sistema democrático.

En ese momento, y ante un eventual nuevo fracaso, en este caso del mileísmo, quizás la pregunta acerca de si estamos seguros que el día después de Milei será mejor, suene menos a provocación y merezca una respuesta urgente.  

 

El Dios de los palazos (y el eternauta en el geriátrico) [editorial del 15.3.25 en No estoy solo]

 

El gobierno sigue empeñado en dispararse a los pies. Es como si no supiera hacer otra cosa que tensar suponiendo que el hilo no se va a romper. Pero en 45 días hubo 3 errores no forzados que son inexplicables. Desde el exabrupto en Davos que derivó en la marcha de la comunidad LGBT, pasando por el surrealista episodio LIBRA que se dirimirá como el acto de un presidente estúpido o estafador, hasta las espantosas escenas de una represión desmedida en la marcha de los jubilados del último miércoles.

Se trata de demasiados errores que no toman en cuenta que hay un momento en que la sucesión de hechos conmocionantes minan la confianza en el gobernante, aun cuando éste sea efectivo en dispersar las culpas. Es más, a veces hay hechos que no son responsabilidad del gobernante, como podría ser el desastre de Bahía Blanca, pero es tal el estupor que la ciudadanía se lo hace pagar al partido de gobierno. Nunca se sabe de antemano cuándo ni cómo esto puede suceder. En este sentido, al igual que la filosofía, la ciencia política siempre llega tarde y evalúa post facto. En el mientras tanto hay especulaciones, deseos enmascarados en análisis, presunciones, operaciones… pero nadie sabe nada porque los tiempos y las circunstancias siempre son distintos.   

En todo caso, como definición general, podría decirse que la sociedad no puede vivir en estado de alerta y crispación permanente. Eso no se sostiene en el tiempo. Termina mal y transita peor. Asimismo, otra regla general podría advertir que lo que sirve para ganar una elección no necesariamente sirve para gobernar, y desbordar todo el tiempo los límites, en una especie de construcción diaria de nuevas y nuevas ventanas de Overton que corren siempre la frontera de lo admisible, al principio seduce, luego agota.

Hay en el gobierno, y en buena parte de la derecha, una grave confusión entre orden y violencia institucional. Como si las leyes fueran blandas, permeables y funcionales al caos. De aquí que, o se las endurece o se las pasa por encima. Lo más curioso es que el propio gobierno no se ha dado cuenta que pese a la retórica bullrichista, el orden observado durante todo 2024, al menos en lo que refiere a las manifestaciones que diariamente enloquecían a la Ciudad de Buenos Aires, no lo logró el ministerio de seguridad sino el de capital humano. En otras palabras, si hoy no hay piquetes, no es porque la policía te caga a palos y te hace subir a la vereda, sino porque se les cortó el financiamiento. Era más fácil. No había que reprimir. Había que dejar de financiarlos con la plata del Estado, es decir, con la plata nuestra. El mejor ejemplo de orden sin violencia lo tiene a mano el gobierno… y no lo quiere ver.       

En lo sucedido el último miércoles, sin dudas, hayan participado o no los barrabravas, (por la información que circula de buena fuente, eso no habría sucedido y, si sucedió, fueron participaciones a título personal, espontáneas y pasibles de ser contadas con los dedos de una mano), hubo gente que fue a pudrirla. Son más o menos los de siempre: minúsculos grupos de marginales y lúmpenes, fuerzas de choque, mercenarios de tetrabrik, en algunos casos identificados con espacios de izquierda radical, anarquistas, entremezclados con servicios de inteligencia infiltrados en una simbiosis que muchas veces los hace indistinguibles. Son los menos, pero enchastran todo lo que tocan, en este caso, una reivindicación justa y la expresión genuina de la gran mayoría de las personas que fueron a expresarse. Negar esto es una tontería. Pero marcarlo no supone igualar responsabilidades porque, como todos deberíamos saberlo, el accionar del Estado, encarnado en este caso en la policía, no puede equipararse a los desmadres de la población civil incluso si fueran violentos y adrede. Vale aclararlo mientras el inventario canalla de las pérdidas, realizado por periodistas oficialistas, cuan lista de almacenero, busque equipararlo todo. Así, la vereda rota, el fotógrafo con la cabeza destrozada, la ofrenda sacrificial del patrullero sagrado que arde para que el Dios de los palazos nos bendiga, la vieja que no se murió de casualidad tras ser empujada por el valiente policía, el tacho de basura quemado y las detenciones al voleo, se narran de corrido separados por la conjunción “Y” para que todo valga lo mismo. Sí, efectivamente: 2 demonios reloaded. El regreso. 

Sin embargo, advertir distintos niveles de responsabilidad, no supone abrazar el abolicionismo ni una doctrina que transforme a la policía en una representación de la impotencia estatal. A quién se le habrá ocurrido que la policía no puede reprimir, no lo sabemos, pero sí podemos decirles a los que consideran que la única función de la policía es reprimir, que se puede hacerlo respetando las normas constitucionales, esto es, sin detener gente al voleo ni pegarle a una vieja de 87 años ni volarle la cabeza a un fotógrafo. En la lógica del péndulo, la confusión atrapa a los extremos: para unos, la policía no puede reprimir, con lo cual se nos incendian todas las definiciones de Estado posible, y para los otros, el momento de la represión es un momento en el que la policía/el Estado entra en un terreno límbico por encima de la Ley, decisionismo puro que funciona como un tiempo de liberación para unas fuerzas tan dueñas del orden como del desorden.

Ahora bien, del mismo modo que al principio indicamos que hoy el principal enemigo del gobierno es el propio gobierno con al menos 3 episodios claramente evitables en 45 días, debemos indicar que su aparente invulnerabilidad se ve facilitada por una oposición que demuestra evidente falta de conducción. Sin líder, pero, sobre todo, sin proyecto, sin ideas acordes a los tiempos, reivindicando nostalgias jóvenes, se sube a todas las causas y, acorde a los tiempos de fluidez, encarna un día en unas y luego en otras de manera evanescente. Un arco opositor en busca de una columna vertebral; un proyecto en busca de un sujeto político que de repente cree que es posible construir desde la agenda LGBT que dice luchar contra el enemigo abstracto del fascismo para diluir sus reivindicaciones en un par de días; y algunas semanas más tarde se sube a la convocatoria de la supuesta barra/hinchada de Chacarita, como si desde allí pudiera estructurarse algo sano. Cuando notaron que hablar de barras apoyando un reclamo sería funcional a la degradación de la manifestación, eligieron un slogan aún peor: “Todos seremos jubilados”, esto es, una convocatoria desde el individualismo y el autointerés. No lo hagas por los viejos como colectivo, ni siquiera por tus abuelos; hacelo porque te va a tocar a vos y parece que no hay nada en la vida que valga la pena si no sos vos.

La patria ya no es el otro sino la proyección tuya como viejo. El eternauta llegando al geriátrico se encuentra rodeado de Jokers.

 

    

    

La comunidad es el enemigo (editorial del 8.3.25 en No estoy solo)

 

Una gran mayoría de votantes y miembros del gobierno de Milei seguramente acordaría en que la actual administración tiene dos grandes activos. El primero, el más importante, es la baja de la inflación. El segundo, es la política de seguridad, especialmente en lo que respecta al “orden” en la calle. El primero se encarna en la figura de Milei y el “Toto” Caputo; el segundo en Patricia Bullrich.

Independientemente de si esta exposición representa la realidad tal cual es, lo cierto es que eso es lo que se cree en el gobierno y estos aspectos son, no casualmente, los dos grandes ejes en los que las administraciones kirchneristas, e incluso la de Macri, fallaron.

Dado que el expresidente de Boca hoy es un aliado del gobierno y ha abrazado “las ideas de la libertad”, me centraré en las dificultades que tiene el kirchnerismo en ambos rubros.

En el aspecto económico, el kirchnerismo subestimó siempre la inflación como problema. Durante el gobierno de CFK era más fácil hacerlo porque los salarios acompañaban, pero se jugaba con fuego. Luego todo se fue al diablo: el macrismo la duplicó y el albertismo cuadruplicó la de Macri. Ni CFK ni Kicillof ofrecen de cara al futuro un plan contra la inflación. Sabemos que se oponen al ajuste de Milei; sabemos que consideran que la inflación no es (solamente) un fenómeno monetario; sabemos que somos keynesianos y que a veces hay que imprimir y que el Estado… y bla y bla… pero nadie dice cómo frenaría la inflación de un modo alternativo al que llevó adelante Milei. Afirmar que el acuerdo con el FMI es inflacionario o que por alguna razón (quizás un virus o algún gen), los empresarios más hijos de puta del mundo son argentinos, es subestimarnos. La razón es simple: el acuerdo sigue vigente con la inflación a la baja y empresarios con deseos de maximizar la ganancia existen en todo el mundo, pero el único lugar (o casi) donde la inflación se desmadra es aquí.

Si el discurso de Milei, no solo desde el punto de vista económico, caló tan profundo, es porque la inflación terminó de romper la comunidad. Esa segunda “desorganización” de la vida (la primera había sido la de Macri, según lo había indicado CFK), sumado a la pandemia, exacerbó aún más ese antiestatalismo que, a decir de Borges, es propio de los argentinos, si no de todos, de unos cuantos.       

Veamos ahora el tema “seguridad”. Imposible de encarar para el progresismo, tan sobreideologizado como la derecha que cree que todo se soluciona metiendo bala o subiendo las penas. Y claro que las penas cumplen un rol disuasivo, pero se trata de solo un aspecto, porque el temor al castigo no es la única razón por la que una persona obedece. Si fuera así, el problema de la inseguridad se resolvería fácil: pena de muerte para el que roba un caramelo… y ya está: todos los potenciales ladrones haciendo cálculos racionales desestimarían el acto vandálico. Y, sin embargo, los delitos existen igual y en sociedades como la estadounidense donde en algunos Estados las penas son severísimas, tenemos más presos que en ninguna otra parte del mundo (véase, a propósito, por ejemplo, la serie documental de Werner Herzog, Into the Abyss, como para familiarizarse con el modo en que el exceso de punitivismo tuvo un contraefecto y generó más violencia).   

En cuanto al progresismo, aquí también hay cosas que sabemos: por lo pronto, sabemos que para el progresista promedio, la desigualdad es la que explica la delincuencia, de modo que, bajando la desigualdad, el delito debería disminuir. Eso suele ser así hasta cierto nivel, lo cual muestra que hay otros factores que juegan, por ejemplo, el narcotráfico. En todo caso, aunque merecería mayor desarrollo, hoy tenemos que la precarización y la desvalorización del trabajo, en el sentido de la poca retribución que se recibe por hacerlo, tiene una salida por abajo y por arriba: por abajo, hoy es más redituable ser un “soldadito” que lleva la falopa que ir a laburar 12 horas de repositor por 500 lucas; por arriba, tenemos a toda una generación de CriptoBros que desean tener un nivel de vida que su capacidad y los trabajos a los que pueden aspirar, jamás le proporcionarían. Son distintas clases sociales, pero son parte de una misma generación para la cual el trabajo no es una salida ni los ordena.  

Dicho esto, y retomando la cuestión de la desigualdad, poner el foco en cuestiones estructurales no debería hacernos pasar por alto las responsabilidades individuales. Porque nadie es asesinado ni robado por la Desigualdad sino por hombres y mujeres particulares que deberían pagar por ese delito. Es demasiado obvio, pero vale decirlo: si la desigualdad lo explicara todo, los pobres serían todos chorros. Y no es el caso. La pobreza quita posibilidades y oportunidades para elegir, pero el libre albedrío existe y la inmensa mayoría de la gente humilde no sale a robar ni a matar.      

Por otra parte, aquí no vamos a repetir la estupidez de que el progresismo se ocupa de los derechos de los victimarios antes que el de las víctimas. Es falso y es absurdo. ¿Por qué habría de hacerlo? Sin embargo, lo que sí vamos a decir es que el progresismo, velando por los derechos de los delincuentes (que por serlo no dejan de tenerlos, claro), ante los antecedentes de violencia institucional que nuestro país tristemente supo conseguir, no toma en cuenta la perspectiva comunal, cuando ambas cosas deberían tenerse presente ya que no son incompatibles. Y no se trata de un llamamiento a un populismo punitivista o un llamado demagogo a las hordas que piden sangre. Nada de eso. Pero en cada ataque, incluso desde el más nimio manotazo a un celular, algo se rompe y eso que se rompe es la confianza, el sentido de pertenencia a una comunidad y nuestra relación con el Estado. Porque sí, lo material y la propiedad privada nos importan. ¿Qué se le va a hacer? Somos así.   

El punto en cuestión aquí es que, y sin entrar en la discusión acerca de las distintas teorías de la pena, el progresismo parece no entender la función del castigo, algo que va más allá de la pena al perpetrador. Porque la pena también funciona como una retribución a las víctimas y actúa de manera preventiva para preservar a la comunidad. Para decirlo con un ejemplo: se discute la cuestión de la edad de imputabilidad a partir del caso “Kim”, la chica de siete años asesinada mientras dos menores robaban un coche. Aquí no defenderemos el “delito de adulto, pena de adulto” sino la necesidad de regímenes especiales, (como también existe para los mayores de 70 o mujeres embarazadas y/o con niños pequeños que reciben pena de adultos, aunque la cumplen de manera distinta), pero quien comete semejante aberración, no se puede ir a la casa sin más, aun cuando tenga 14 años. Principalmente por la familia damnificada pero también por toda la comunidad. La discusión sería demasiado larga, pero me siento parte de la tradición de los que cree que el Estado debe ser útil y/o intervenir cuando demuestra ser más eficiente que la organización que puedan llevar adelante las personas por sí mismas. Y aquí tenemos un Estado que no resuelve, no es eficiente y que, cuando se mete, se mete mal. ¿Cómo no va a calar profundo el discurso ultraindividualista del “Sé tu propio Sheriff” cuando el mismo Estado, con su incapacidad, genera las condiciones para que los lazos sociales se quiebren? Es el Joker 1. Vivís como el culo, tu trabajo es una mierda, los vínculos se rompen, te afanan, te agreden… y unos tipos te dicen “Estado presente” y “no votes a la derecha porque vienen por tus derechos”. ¿Acaso nadie se identificó con la película cuando la gente salió a la calle con una careta dispuesta a romperlo todo?

Agreguemos a esto un tema que está empezando a salir a la luz: la llamada “perspectiva de género” prevalente en la Justicia y en determinadas instituciones, en pos de hacer frente al flagelo real de la violencia contra las mujeres, ha brindado herramientas para que denunciantes y/o abogados inescrupulosos se sirvan de ellas en provecho propio. No hay registro oficial y todos sabemos que las denuncias falsas están subregistradas ya que, en general, éstas acaban en sobreseimientos y/o absoluciones y ni la Justicia ni los damnificados tienen el ánimo para la contradenuncia tras años de padecimientos. Pero cualquier abogado hoy reconoce que, por ejemplo, para los casos de divorcios conflictivos, se sugiere denunciar al varón por violencia de género como para posicionarse mejor al momento de la negociación. En el mejor de los casos, esto acaba en un rédito económico para la parte denunciante, pero en muchos casos hay menores de por medio y lo que esa denuncia falsa activa es desastroso, no solo para el adulto sino para los hijos. Hoy todo el mundo conoce padres que no pueden ver a sus hijos porque se les adjudica un delito que no cometieron y, gracias al sesgo y a la burocracia, encuentran justicia, si es que la encuentran, varios años después, en algunos casos, los suficientes como para que la revinculación sea imposible. Quienes admiten este fenómeno suelen decir que es el precio que hay que pagar… que el sesgo está pensado para salvar las vidas de las mujeres, etc., y sin embargo no parece el caso: la violencia contra las mujeres no cesa y a esa condición estructural injusta le respondemos con un sistema judicial también injusto, como si esto fuera matemática y dos injusticias generaran una justicia.    

El fenómeno es digno de estudio porque el progresismo es garantista y, por momentos, abolicionista, cuando se trata de delitos contra la propiedad, pero es hiperpunitivista cuando intervienen asuntos “de género”. Y no hablo de los casos reales donde, claro está, el castigo es justo y necesario, sino de la lógica persecutoria y destructora de la vida civil del damnificado que se activa por fuera de la Justicia, a veces con apenas un mensaje anónimo desde una red social que “denuncia” alguna acción o comentario que ni siquiera es punible.  

A su vez, contrariamente a lo que muchos exponen, ni siquiera se trata de promover una fractura social entre varones y mujeres lo cual ya de por sí sería grave; lo que es peor es que también se afecta indirectamente a las propias mujeres. En primer lugar, porque si se siguieran conociendo casos de denuncias falsas, la palabra de las mujeres que verdaderamente son víctimas, volvería a ser puesta en duda como sucedía décadas atrás; y, en segundo lugar, cuando una falsa denuncia aleja a un padre de sus hijos, también aleja a una abuela, una tía, a todo un grupo familiar que incluye incluso hasta las nuevas parejas del damnificado, mujeres testigos de la injusticia que dice realizarse en pos de proteger mujeres.

Una vez más, ¿qué sentimiento, qué vínculo con los otros, qué relación con el Estado y con la Justicia pueden establecer ese padre y esas “otras” mujeres, también damnificadas, que lo rodean?

En síntesis, el discurso hiperindividualista del mileismo encuentra un terreno fértil en una sociedad que está completamente rota. Naturalmente, esto no es responsabilidad entera del progresismo, pero lo que sí es real es que, pese a un discurso en oposición al individualismo extremo, sus taras ideológicas, tanto en materia económica como en lo referente a la Seguridad/Justicia, afectan dramáticamente los lazos comunitarios y son condición necesaria para que la prédica de este neoliberalismo recargado encuentre una buena recepción en sectores mayoritarios de la sociedad. El último resultado electoral, pero sobre todo la forma en que vivimos, cada vez más solos, más recelosos, más egoístas y con más miedo y odio, es una clara demostración de ello.  

Zigmunt Bauman: fragmentos de un hombre libre (publicado el 27.5.25 en www.theobjective.com)

 

De un libro armado como una suerte de collage con textos escritos a lo largo de 30 años, en polaco y en inglés, uno espera muchas cosas menos coherencia. Y, sin embargo, Mi vida en fragmentos del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, editado por Paidós, es una grata sorpresa que nos ofrece pasajes biográficos y, a la vez, conceptuales, perfectamente hilados, con reflexiones profundas acerca de la historia, la memoria y la identidad. 

El trabajo de edición es de destacar porque el libro comienza con un fragmento que hará de introducción para justificar el sentido del texto, una suerte de marco teórico:

“Vivimos dos veces. Una rompiendo y esparciendo; la segunda vez, reuniendo las piezas y ordenándolas conforme a un patrón. Primero, vivimos; luego, narramos la experiencia. Esta segunda vida, por la razón que sea, parece más importante que la primera. Solo en la segunda aparece el sentido”.

Tomando en cuenta que la primera vida simplemente pasa y que es la segunda, la narrada, la que perdura, y motivado por las revelaciones que poco tiempo antes había ofrecido el libro de su mujer, Janina, sobreviviente del gueto de Varsovia, (revelaciones que eran desconocidas para el propio marido y toda la familia), Bauman se propone legar un texto personal, su segunda vida, para sus hijas y nietos.   

De aquí que el capítulo 2 narre su infancia en la ciudad polaca de Poznan donde Bauman aparece signado por su gordura y por su judaísmo, dos razones por las que era continuamente hostigado, especialmente conforme se acercaba la segunda guerra mundial y el antisemitismo arreciaba:

“Poznan se convirtió en bastión y fuerza impulsora de Democracia Nacional, un partido que pretendía cautivar el pensamiento y los corazones del resto del país con la embrujadora utopía de una vida libre de judíos”.

Continuamente hostigado, Bauman relata que, sin embargo, el hecho que más lo marcó de esos años previos a la guerra, fue aquel día en que caminaba por la calle junto a su madre y dos chicos comenzaron a insultarle por ser judío. La actitud de la madre, que pasó de la omnipotencia habitual al silencio de la humillación, le brindó a Bauman una sensación de indefensión que tardó muchos años en desaparecer.

El inicio de la guerra y las vicisitudes que padecería junto a su familia son desarrollados en el capítulo 3. Allí aparecen facetas menos conocidas del autor, primero como refugiado y luego como soldado.

Poznan estaba a casi 100 km de la frontera. Era la primera gran ciudad en el camino de la invasión nazi, de modo que la huida era la única posibilidad de supervivencia. Finalmente consiguen escapar hacia la Polonia controlada por los soviéticos. Allí Bauman menciona una anécdota risueña que será más que pertinente para comprender lo que vendrá posteriormente.

Es que el padre había conseguido trabajo en una suerte de almacén que abastecía a la guarnición local. Su rol era el de llevar la contabilidad, actividad que resultó imposible porque el primer día notó la cantidad enorme de faltantes. Cuando fue a indicarle el problema al director del almacén, éste le espetó: “No te preocupes; es verdad, todos robamos, pero piensa: ¡Cuánto roba un solo capitalista allá, al otro lado!”

La anécdota viene a cuento porque Bauman luego forma parte del ejército polaco impulsado por Stalin que finalmente puede retornar a la Varsovia recuperada, pero, sobre todo, en las décadas posteriores, fue señalado por los nacionalistas y los espacios de derecha en Polonia por su defensa del comunismo. En este sentido, no sería descabellado afirmar que, al menos buena parte de este libro, se propone explicar su relación con la Unión Soviética y realizar una autocrítica valiente, de las que no abundan.

A propósito, en el capítulo 4, “Maduración”, recoge un chiste interno al Partido: “¿En qué se diferencia un comunista de una manzana? (…) En que una manzana cae de madura, pero un comunista madura cuando cae (…)”.

Bauman reconoce haber madurado tarde, justamente, tras haber “caído en desgracia”, esto es, después de que el propio comunismo acabara persiguiéndolo. De hecho, confiesa que hasta 1953 era un comunista convencido de que, en todo caso, la culpa no era del sistema ni de la ideología sino de los “excesos” o los “errores individuales”.   

Efectivamente, Bauman creía que los dirigentes estaban de verdad motivados por el deseo de justicia social; que, en todo caso, reconocerían sus errores y que, como se decía tras la Primavera de Praga, podrían restituirle al socialismo un rostro humano. Esa esperanza duró demasiado tiempo, reconoce Bauman.  

“No se me cayó una capa de escamas de los ojos y no dejé de engañarme con la idea de que el comunismo era una versión de la ‘vía hacia el socialismo’ (…) hasta que Jruschov pronunció su memorable discurso y llamó explícitamente a los crímenes estalinistas por su nombre”.

El capítulo 5 se ocupa del problema de la identidad, en particular, de la “polonidad”. Se trata de un texto escrito en inglés como modo de poder desapegarse emocionalmente.

Para el autor de Modernidad líquida, ser polaco no significa custodiar unas fronteras claras sino, más bien, una creación y una elección. Es como si la polonidad se caracterizara por una constante precariedad, una identidad en sí misma provisoria. El aspecto creativo de esa identidad y el factor decisional, pese a lo que puedan decir la gran mayoría de los polacos, hace que Bauman no encuentre ninguna contradicción en afirmarse polaco y judío al mismo tiempo.

“Sí, soy polaco. La polonidad es mi hogar espiritual, la lengua polaca es mi mundo. Esa ha sido mi decisión. (…) Yo soy un judío polaco. Jamás me despojé de mi judaísmo, entendido como la pertenencia a una tradición que dio al mundo su sentido moral, su conciencia, su anhelo de perfección, su sueño milenarista. No veo la dificultad de cuadrar mi judaísmo con mi polonidad”.

En el capítulo 6, Bauman reflexiona aún más sobre el presente político polaco y marca diferencias entre los 5 años de horror de la ocupación nazi y los casi 50 años de la República Popular de Polonia. Allí, claramente, pese a sus críticas, nuestro autor afirma que no se puede incluir en un mismo paquete ambos hechos. Sin embargo, entiende que la producción en masa de la hipocresía, ausente en la barbarie nazi, fue uno de los rasgos distintivos del comunismo soviético.

Para finalizar, a propósito de lo que mencionábamos al principio, esto es, el mérito de darle unidad a un libro conformado por textos tan disímiles, en el último capítulo, Bauman parece desafiar a sus críticos adoptando una suerte de espíritu existencialista sartreano. Es que, si de dejar un mensaje y de salvar al mundo se trata, lo mejor que podemos hacer es tratar de ser libres porque, justamente, esa condición es la que nos hace responsables de nuestros actos.  

“Me siento responsable de mi polonidad en el mismo sentido en que acepto la responsabilidad por mi comunismo puntual de antaño, mi socialismo de toda la vida, mi repudio de Israel y mi decisión de pasar mis últimos años siendo una persona desplazada, extraterritorial y súbdito leal de la Corona”.

En una época de competencia de víctimas, donde todo el tiempo se señala con el dedo al otro como el culpable de las propias limitaciones y se exigen derechos sin asumir responsabilidades, Bauman levanta la cabeza y, tras luchar en la segunda guerra mundial y sobrevivir a persecuciones varias, afirma, con orgullo “esto es lo que fui”.

Es en ese momento, esto es, en el preciso instante en que el autor se hace cargo tanto de lo bueno como de lo malo de su primera vida, que el relato se cierra para mostrar que, en ésta, su segunda vida, la narrada, Bauman nos quiere decir, sobre todo y contra todo, que ha sido un hombre libre.

Ser pobre en el país más rico del mundo (publicado el 24.3.25 en www.theobjective.com)

 

Comencemos con algunos números: en Estados Unidos, 1 de cada 9 adultos y 1 de cada 8 niños es pobre; 1 de cada 18 personas vive en la indigencia total; más de 2 millones de personas no tienen agua corriente ni inodoro y 30 millones siguen sin acceder a un seguro médico; la mayoría de las familias arrendatarias que viven por debajo del umbral de la pobreza destina al menos la mitad de sus ingresos a la vivienda y 1 de cada 4 dedica más del 70% a pagar el alquiler y los servicios; 3,6 millones de avisos de desahucio se pegan en las puertas de las casas anualmente, casi tanto como en el peor momento de la última gran crisis financiera, 2 millones de personas están presas en las cárceles y 3,7 millones en libertad condicional. La inmensa mayoría de estas casi 6 millones de personas son pobres, claro.

Comparado con las democracias más avanzadas, Estados Unidos tiene un índice de pobreza demasiado alto, el cual, prácticamente, no ha mejorado en los últimos 50 años. Encontrar una explicación, y una salida, para este fenómeno, es el objetivo de Pobreza, made in USA, el nuevo libro del sociólogo americano y premio Pulitzer, Matthew Desmond, un texto elegido como libro del año en 2023 por las principales revistas estadounidenses y que llega a España gracias a la edición de Capitán Swing.

“EEUU supera en 5,3 billones de dólares la producción de bienes y servicios de China. Nuestro producto interior bruto es mayor que la suma de las economías de Japón, Alemania, Reino Unido, India, Francia e Italia, que son el tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo países más ricos del mundo. La economía de California es mayor que la de Canadá; la del Estado de Nueva York es mayor que la de Corea del Sur. La pobreza en EEUU no se debe a falta de recursos. Es otra cosa”.

Para poder identificar qué es esa otra cosa, es necesario hacer un punto, porque lo valioso del texto de Desmond es que barre con prejuicios, semiverdades y sesgos varios.

En este sentido, lo primero que podría suponerse es que el Estado Federal no dedica los suficientes recursos en ayudas y que, especialmente durante la era de gobiernos republicanos, la tendencia al recorte debería acentuarse. Y, sin embargo, no es el caso. 

A propósito, si tomamos los ochos años de Reagan, el presupuesto antipobreza no solo no se contrajo, sino que aumentó y siguió haciéndolo después de que él dejara el cargo. Expuesto en más números: las ayudas destinadas a la población que no llega a determinados niveles de ingresos, pasó de 1015 dólares al año con Reagan a 3419 dólares al año después de cumplirse un cuarto del primer mandato de Trump, aumento que en buena parte se explica por el dinero destinado a las coberturas de salud. De aquí que Desmond afirme: “El término neoliberalismo forma parte del léxico habitual de la izquierda, pero mi intento de encontrar su huella en los presupuestos federales ha sido en vano, al menos sobre el papel, en lo tocante a las ayudas para la población pobre”.

¿Por qué no ha disminuido la pobreza, entonces? Una de las claves está en cuánto de la ayuda del Gobierno Federal se pierde en trabas burocráticas, ejecuciones discrecionales de los Estados y una carencia de acceso a la información que deriva en ingentes cantidades de dinero perdido en intermediarios. Para decirlo con 3 ejemplos: por cada dólar que el gobierno central trasladó a los Estados para que transfieran un subsidio particular asociado a condiciones de pobreza familiar, los hogares recibieron 22 centavos; solo el 48% de los ancianos habilitados para exigir los cupones de comida realizaron el trámite para conseguirlo, y, por último, para acceder a una pensión por discapacidad, las trabas son tantas que los beneficiarios deben contratar abogados, de modo que 1000 millones de dólares al año del Seguro social se destinan a pagarle a los mismos.

Con todo, dinero sigue habiendo y debería alcanzar. Especialmente si se toma en cuenta que, según los cálculos de Desmond, y a contramano de lo que algún distraído podría imaginar, el estado de bienestar americano es el más grande del planeta después del francés, esto, claro está, si se contabilizan distintos mecanismos  financiados por las arcas públicas como los planes de jubilación ofertados por las empresas, los créditos estudiantiles y los planes de ahorro 529 para ir a la universidad, las bonificaciones fiscales por hijos y las subvenciones para propietarios de vivienda. ¿Por qué se hace mención a estos casos en particular? Porque se trata de ayudas indirectas destinadas a un sector de la población que vive por encima del umbral de la pobreza.

Este punto es central porque, en general, se hace hincapié en la ayuda “visible”, esto es, transferencias de dinero “directas” que van al bolsillo de los pobres. Sin embargo, no se toma en cuenta el modo en que a través de exenciones impositivas el Estado beneficia a sectores medios y altos. Se trata de ayudas “invisibles”, dinero que no entra en el bolsillo y, por eso, moralmente es interpretado de otra manera. Pero el resultado es el mismo.    

Frente a la objeción de que esto es cierto tanto como también es cierto que los más ricos pagan más impuestos, Desmond indica que esto es así hasta cierto punto. Por supuesto que hay un impuesto progresivo sobre los ingresos que es mucho más alto en las clases más acomodadas, pero si tomamos en cuenta una larga lista de impuestos regresivos, especialmente asociados al consumo, el número que obtiene Desmond es mucho más parejo. Así, en promedio, las clases medias y bajas acabarían tributando un 25% de sus ingresos mientras que, las altas, un 28%.

La injusticia es más palpable, cuando, para Desmond,

“Según algunas estimaciones, el mero hecho de recaudar los impuestos federales sobre la renta no abonados del 1 por ciento de los hogares más ricos permitiría obtener unos 175.000 millones de dólares al año. Si los más ricos de entre nosotros pagaran todos los impuestos que deben, podríamos acabar con la pobreza en Estados Unidos”.

En este escenario, Desmond llama a un activismo en pos de la abolición de la pobreza basado en tres ejes. El primero, acabar con la explotación laboral subiendo el salario mínimo y fomentando la sindicalización que, en el caso de los trabajadores privados, solo alcanza a un 6% de los mismos. Pero acabar con la explotación también incluye políticas públicas para resolver el problema de la vivienda generando las condiciones para una baja en los precios de los alquileres, y el fomento de ayudas directas o indirectas que eviten las condiciones usurarias que muchos bancos imponen al momento de brindar créditos.

El segundo, presionar a los gobernantes para el rediseño de un estado de bienestar que solo genera el bienestar de las clases más acomodadas. Tomando en cuenta que algunos cálculos hablan de un Estado Federal que, por ejemplo, gastó 193000 millones en subvenciones para propietarios de viviendas, mientras que solo destinó 53000 millones para ayudas directas a familias no propietarias, hay margen para una discusión, al menos.

Por último, en tercer lugar, Desmond propone un rediseño geográfico y una relocalización de las familias pobres evitando los guetos y los muros, tanto visibles como invisibles, que separan los barrios más prósperos de aquellos que no lo son.

En síntesis, en un contexto de enorme polarización política entre demócratas y republicanos, Desmond sale del laberinto por arriba para mostrar las condiciones estructurales de un Estado y una sociedad que, gobierne quien gobierne, convive y acepta unas condiciones de injusticia inadmisibles, especialmente si hablamos, claro está, del caso particular del país más rico del mundo.