domingo, 31 de diciembre de 2023

Milei, entre lo posible y lo verdadero (editorial de no estoy solo publicado el 30/12/23 en www.canalextra.com.ar)

 

Nadie sabe cómo termina todo esto, pero habrá que reconocerle a Milei un espíritu revolucionario, en el sentido estricto de pretender inaugurar un tiempo cero y fundacional. En ese terreno se inscribe tanto el megadecreto como la denominada “ley ómnibus” enviada al congreso, la cual exige atribuciones que exceden los límites constitucionales del poder ejecutivo y pretende legislar sobre prácticamente todo lo existente.

A tal punto llega el carácter pretencioso de la propuesta que no ha tenido mejor idea que llamarla “Las bases…” referenciándose en el padre del liberalismo argentino, Juan B. Alberdi, asiduamente citado por Milei en sus intervenciones públicas.

El pedido de delegación de facultades extraordinarias ayudaría en el afán de poder caracterizar al presidente, a quien podría ubicarse en una categoría que podríamos denominar “paleolibertarismo populista”, esto es, un libertario en lo económico, un conservador en lo moral y un populista en lo político. Sin embargo, también puede ser una buena ocasión para derribar algunos mitos del liberalismo vernáculo y encontrar continuidades y rupturas entre aquellas bases de Alberdi y estas bases de Milei.

En este sentido, lo primero que hay que mencionar es que el liberalismo de Alberdi no pregonaba por un Estado débil ni mínimo al menos en el contexto histórico de Las Bases. Es más, para escándalo de los liberales de la actualidad, Alberdi hace suya una frase atribuida a Simón Bolívar: “Los nuevos Estados de América antes española necesitan reyes con el nombre de presidentes”.

Es que, para Alberdi, el modelo de la época era el chileno, aquel que logra un equilibrio entre lo tradicional y la novedad, entre los resabios monárquicos de nuestra condición de excolonias y la necesidad de encolumnarnos detrás de los vientos de cambio y el progreso del mundo.

 

Chile ha resuelto el problema sin dinastías y sin dictadura militar,

por medio de una Constitución monárquica en el fondo y republicana en la forma: ley que anuda a la tradición de la vida pasada la cadena de la vida moderna. La república no puede tener otra forma cuando sucede inmediatamente a la monarquía; es preciso que el nuevo régimen contenga algo del antiguo; no se andan de un salto las edades extremas de un pueblo”.

 

Este poder político conservador, “monárquico en el fondo”, complementado con una economía liberal, es lo que hizo que un historiador de la talla de Halperín Donghi hablara del “autoritarismo progresista” de Alberdi, más allá de que hoy el término “progresista” posea otra significación. Es más, aun con todas sus diferencias, es sabido que Alberdi le valora a Rosas su capacidad de haber impuesto el orden, condición sine qua non para el florecimiento de una economía liberal.    

Con todo, hay que ser justos y decir que la clave de Alberdi está, desde mi punto de vista, en su idea de “república posible” y “república verdadera”. Efectivamente, Alberdi encuentra en la república verdadera el horizonte, el ideal al cual debíamos dirigirnos. Sin embargo, también entiende que es imposible implantar una república en una comunidad sin costumbres republicanas. Una vez más, la herencia monárquica, caudillista y centralizada ha calado hondo en la vida material y práctica de la sociedad, en sus valores. De aquí que la propuesta sea esta forma mixta, esta “república posible” que no es la ideal pero que es la que más se podía acercar a la “república verdadera” en 1852.

Nótese que, en algún sentido, cuando Milei habla de reformas de primera, segunda y tercera generación, podría estar pensando en términos de “lo posible” y “lo verdadero”, entendido esto último como el momento pleno de su propuesta ideal. En todo caso, la diferencia parece estar en que su énfasis es solo económico y no tiene que ver con una forma de gobierno o con las costumbres, más allá de que algo de esto último podría colegirse de algunas de sus intervenciones.

Asimismo, el factor populista de Milei marca una gran diferencia con Alberdi quien lisa y llanamente consideraba que “el pueblo no está preparado para regirse por este sistema [el republicano]”. Para el libertario, en cambio, aunque más no sea, quizás, en su fantasía, es el pueblo el que acabará presionando a “la casta” para que se avance en las reformas. Se trata de una lógica sin mediaciones, donde las instituciones, más que un equilibrio, son un estorbo, y donde la negociación política es equiparada a mero filibusterismo. 

El asunto deviene todavía más complejo cuando dejamos a Alberdi por un momento y nos posamos en el siempre venerado por Milei, Friedrich Hayek, uno de los padres ideológicos del liberalismo que floreció durante la dictadura pinochetista.

La polémica surge tras una afirmación famosa publicada por el diario El mercurio, el 12 de abril de 1981. Allí, ante la pregunta “¿Qué opinión, desde su punto de vista, debemos tener de las dictaduras?, Hayek responde:

“Bueno, yo diría que estoy totalmente en contra de las dictaduras, como instituciones a largo plazo. Pero una dictadura puede ser un sistema necesario para un período de transición. A veces es necesario que un país tenga, por un tiempo, una u otra forma de poder dictatorial. Como usted comprenderá, es posible que un dictador pueda gobernar de manera liberal. Y también es posible para una democracia el gobernar con una total falta de liberalismo. Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente. Mi impresión personal —y esto es válido para América del Sur— es que en Chile, por ejemplo, seremos testigos de una transición de un gobierno dictatorial a un gobierno liberal. Y durante esta transición puede ser necesario mantener ciertos poderes dictatoriales, no como algo permanente, sino como un arreglo temporal”.

 

Si volvemos a lo posible y lo verdadero de Alberdi, Hayek no tendría ningún inconveniente en afirmar que la dictadura podría llegar a ser “lo posible” en el camino hacia un “liberalismo verdadero”, razonamiento polémico si los hay, especialmente, sobre todo, porque traza una separación tajante entre el liberalismo político (que en su versión contemporánea tiene lazos con el republicanismo y la democracia), y el liberalismo económico.

Esto es lo que le permite a Juan Torres López, un catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga, culminar su columna de opinión publicada en el diario El país, el 12 de junio de 1999, de la siguiente manera:

“En suma, es cierto que igualar mecánicamente a Hayek y los neoliberales con Pinochet es un simplismo injusto. A aquéllos les basta el mercado, mientras que al dictador chileno le bastaron las armas. Sin embargo, tampoco puede olvidarse que, en puridad, a ambos les sobra la democracia”.

Decir que Milei es un dictador o que suscribiría a los dichos de Hayek para justificar una dictadura, al menos transitoria, parece una exageración. Con todo, el nivel de tensión social e institucional que presupone su pretensión “revolucionaria” abre caminos intransitados en estos 40 años de nuestro último período democrático.

Quizás lo mejor sea culminar con la misma frase que comenzamos: “Nadie sabe cómo termina todo esto”.  

 

La noche del fin del mundo (publicado el 27/12/23 en www.disidentia.com)

 

La casualidad quiso que en cuestión de días me cruce con una película y un cuento que, desde mi punto de vista, tienen algo en común. La película, dirigida por Sam Esmail, el mismo de Mr. Robot, es uno de los recientes éxitos de Netflix y se llama Leave the World Behind. Tiene un elenco de primera línea con Julia Roberts, Ethan Hawke y Mahershala Ali, y hasta se da el lujo de contar con una pequeña aparición de Kevin Bacon representando el típico hombre blanco granjero y protestante, votante republicano, defensor de la libre portación de armas y aggiornado con todas las teorías conspirativas habidas y por haber.

Respecto al cuento, se titula “La última noche del mundo”, su autor es Ray Bradbury, fue publicado en el año 1951 e incluido en El hombre ilustrado. La trama del cuento se resume en esa primera línea en la que uno de los protagonistas le consulta al otro: ¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo? Si bien se trata de ese tipo de experimentos mentales que muchas veces utilizamos como juegos para poder identificar los valores de nuestro interlocutor, lo cierto es que el cuento, explícitamente, y la película, de manera más elíptica, responden a este interrogante de una manera muy particular. 

A los fines expositivos, digamos que la película, producida por Barack y Michelle Obama, es una adaptación de la novela homónima de Rumaan Alam que se puede inscribir entre los abundantes films distópicos acerca de la posibilidad de un desastre inminente. Aunque, claro, a diferencia de lo que sucediera con las películas realizadas durante la guerra fría, el desastre por venir no llega gracias al botón rojo de la bomba atómica sino a un ciberataque que afecta las comunicaciones y, con ello, desencadena un caos que, en su perdurabilidad, se retroalimenta hasta límites insospechados. En este sentido, recuerda una serie francesa que alguna vez hemos mencionado aquí y que, estrenada apenas algunos meses antes de la pandemia, pareció premonitoria: El colapso. Si bien hacia el final la serie parece dar un giro hacia el “ecologismo” más alarmista, los primeros 7 capítulos van en la misma línea que la película: nunca se sabe exactamente qué, ni el porqué, ni quién lo está haciendo, pero lo cierto es que algo está pasando y el mundo está colapsando.

En Leave the World Behind, la pareja protagonizada por Julia Roberts y Ethan Hawke decide pasar un fin de semana en una casa de campo alquilada con sus dos hijos adolescentes. Pero lo que pretendía ser un viaje de descanso se ve perturbado por la aparición repentina, tras la cena, del dueño de la casa con su joven hija, implorando que les dejaran pasar la noche allí ya que un ciberataque había anulado las intercomunicaciones y les impedía cualquier otra opción. La película tiene un suspenso rayano en el terror sin sangre salpicando a la pantalla, ni mucho menos, lo cual se agradece. En el mismo sentido, no sobreactúa los clichés del cupo woke de corrección política ni el alto voltaje sexual como parecen obligadas a hacerlo todas las producciones de las grandes compañías de streaming. Además tiene algunas escenas muy bien logradas para expresar la magnitud de lo que supondría para el orden mundial un ciberataque de estas características: un barco gigante que pierde el control y acaba encallando en una playa; aviones que son dirigidos a estrellarse todos en el mismo sitio y los autos TESLA sin conductor protagonizando un choque en cadena. A estas imágenes impactantes se les puede agregar la protagonizada por unos ciervos que rodean la casa de los protagonistas emulando quizás alguno de los episodios que pudimos ver al comienzo de la pandemia cuando los animales salvajes invadían las principales ciudades del planeta.          

Les decía que nunca queda claro qué es lo que sucede. La única pista la da un pasaje en el que el personaje de Mahershala Ali dice haber escuchado de una fuente directa la posibilidad de un plan de tres pasos: el primero sería el aislamiento a través de un ciberataque a los satélites que afecte completamente las intercomunicaciones; el segundo sería la creación de un caos sincronizado y de un gran dispositivo de desinformación de modo tal que se creen las condiciones de vulnerabilidad para la eventual intervención de extremistas o del propio ejército; por último, dice el protagonista, si se cumpliera el segundo paso, el tercero va de suyo: se trataría de un golpe de Estado, una guerra civil o, más sencillamente, “un colapso”.

Más allá de lo verosímil del “plan”, lo interesante es que, en otro pasaje, el protagonista indica que no hay nadie detrás de todo esto y que ese es justamente el problema porque nadie tiene el control, no hay nadie a quien culpar. Simplemente, una sucesión de hechos desafortunados, alguien que enciende una chispa, y el resto se hace solo. De hecho, aun cuando esté contando demasiado de la película para quien no la haya visto, una de las últimas imágenes es la de los protagonistas observando desde el campo, y a lo lejos, el modo en que la gran ciudad comienza a explotar.

En cuanto al texto de Bradbury, se trata de una obra maestra porque rompe con todas las fantasías o tonterías que pueda responder cualquiera que reflexione acerca de las cosas que haría si supiese que esta noche se acaba el mundo. El cuento utiliza el recurso de un sueño en común pero es lo de menos. Digamos entonces que partimos de la certeza de que esta misma noche todo se termina. ¿Qué hacen los protagonistas? ¿Grandes promesas? ¿Intentan cumplir sus sueños? ¿Deciden esperar el momento realizando una actividad que les genere mucha satisfacción? ¿Salen a la calle? ¿Van a las iglesias? ¿Se unen? ¿Protestan? ¿Se suicidan? Nada de eso. Hacen exactamente lo mismo de siempre porque hay una inclinación humana a olvidar esa posibilidad o, en todo caso, a no poder vivir de otra manera. Y no es que seamos negadores. Es que aun cuando todos sepamos que vamos a morir, seguimos actuando como si fuésemos eternos o, al menos, como si tuviéramos el suficiente tiempo para proyectarnos.    

Hacia el final del cuento, Bradbury expone así lo que será la última noche de la familia protagonista:

“Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz? (…)

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

(…) Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer”.

 

El clima de la película es, naturalmente, el contrario al del cuento: allí la posibilidad de un colapso o un eventual cambio abrupto genera, como es de esperar, desesperación. Sin embargo, la escena final tiene como protagonista a la nena adolescente del matrimonio quien a lo largo de la película aparece como particularmente obsesionada por la serie Friends. Si bien el cierre está abierto a todas las interpretaciones, es la nena la que parece “dejar el mundo atrás” y mientras todo está literalmente explotando, acaba azarosamente en un bunker deshabitado construido por un hombre rico, el único lugar donde, finalmente, podrá ver Friends sin importar ni su familia ni el afuera.

Así, aun con unos 13 o 14 años, la nena parece decidir hacerse a un costado de los problemas del mundo. No sabe que todo está colapsando, pero tampoco le interesa. Adopta así una actitud cada vez más común en la actualidad, no solo entre los más jóvenes.

En resumen, no sabemos ni cuándo ni cómo será el fin del mundo, pero es probable que sea menos dramático de lo que imaginamos. Con un poco de suerte, aun si lo supiéramos con antelación, es probable que nos sorprenda haciendo lo de siempre: cerrando el grifo, besando a la persona que amamos y/o mirando un capítulo de Friends.    

martes, 26 de diciembre de 2023

Bienvenidos a la desorganización de la vida (editorial de No estoy solo publicado el 23/12/23 en www.canalextra.com.ar)

 

Hay una cosa que parece saber el gobierno de Milei: su principal adversario es el tiempo. Ni siquiera tendrá los famosos 100 días de enamoramiento que posee toda nueva administración. El shock supone velocidad, no darle tiempo a la sociedad.

Salvando las distancias, lo ocurrido en estas eternas dos semanas de nuevo gobierno retrotrae a los primeros tiempos del macrismo, esto es, al modo en que una administración nueva puede destruir rápidamente lo que llevó años. En aquel momento se pensaba que la batalla cultural estaba ganada y que el macrismo no podría avanzar más allá. El castillo se derribó en semanas. Por supuesto que, comparado con esto, aquellos primeros meses macristas saben casi a socialismo, pero está en cualquier manual: las malas noticias deben darse lo más rápido posible porque el tiempo es sinónimo de desgaste. Alberto Fernández tardó 4 años y todavía no se sabe si lo entendió.

Para no analizar una por una las medidas del DNU que refleja el plan de liberalización más pretencioso del que se tenga memoria, lo que podría decirse es que arribamos a la tercera etapa de la desorganización de la vida que CFK le adjudicaba al modelo macrista. Efectivamente, si aquella iniciativa neoliberal que nos proponía emprendedorismo y disfrute de la incertidumbre fue el primer paso de la descomposición de lo que quedaba del Estado de Bienestar, la inflación de dos dígitos mensual que dejó el gobierno de Alberto Fernández fue el escalón necesario para el asalto final. Pandemia mediante, los que no tenían mejor idea que responder “más Estado” cuando el Estado no funciona, y poseían como única prenda de unidad el hecho de “que no gobierne la derecha”, empeoraron buena parte del legado macrista y le emputecieron la vida a la gente con parches, reglamentaciones delirantes y prohibiciones cruzadas en diversos ámbitos. Abonaron así la caricatura del Estado poniendo un pie en la cabeza de la gente y lo hicieron con tanta inclusión que casi nos incluyeron a todos allí debajo.    

Llegados a esta instancia, entonces, cabe decir que un modelo económico agotado, con los máximos referentes anclados en la Argentina del 2015, y una militancia desnortada que se abraza a la agenda identitaria de la progresía universitaria, dejó la mesa servida para la versión más radical que ni en sueños podía imaginarse alguien apenas un año atrás.

Dicho esto, caben algunas preguntas. La primera es: ¿pensábamos que sería diferente? Quizás en este punto los más sorprendidos sean sus propios votantes, pues, recordemos, no fueron pocos los que votaron a Milei suponiendo que, finalmente, no podría llevar adelante sus reformas más radicales. Es lo que aquí llamábamos una suerte de “elogio de la impotencia”; un candidato cuya mayor virtud era su presunta falta de fortaleza para hacer daño.

Otra pregunta que ya la hicimos acá y que seguimos considerando central: el contrato electoral. ¿Cree el gobierno que el mandato de sus votantes es una desregulación como la propuesta en el DNU? Insisto en que el interrogante es clave porque de allí se sigue un curso de acción u otro. A juzgar por la radicalidad de las iniciativas, Milei considera que el votante medio lo apoyará, pero me permito ser escéptico al respecto. Por otra parte, claro está, zonzos no son y, si las fuerzas del cielo no acompañan, mejor tener a la policía, aunque más no sea en un show orwelliano de amedrentamientos y afrentas simbólicas donde más que el derecho a circular, lo que parecía jugarse era una competencia adolescente de medición de miembros viriles. Y todo un 20 de diciembre: primero como tragedia, luego como farsa.   

Dicho esto, la pregunta más general que corresponde tras estos primeros días de gobierno es: ¿son provocadores, dogmáticos, inexpertos o gente nacida y criada en un laboratorio? Las posibilidades no son excluyentes pero un anuncio de ese calibre en una fecha tan significativa, sin dudas, debería incluirse en, al menos, la categoría de “provocación”. Asimismo, y aquí podemos mencionar la última pregunta: ¿creen que un DNU semejante puede ser aceptado sin más y que miles de personas saldrán a la calle a defenderlo contra el eventual freno que pudiera imponer la “casta” legislativa y judicial?

Ojalá la respuesta sea negativa porque si no hablaría de un gobierno que está fuera de la realidad. En este sentido, el mejor escenario posible sería el de un presidente que, sabiéndose débil, sobreactúa y va siempre por la propuesta de máxima para luego sentarse y negociar lo que pueda. Ojalá, sinceramente, sea este el caso, porque estaríamos dentro de ciertos parámetros de la racionalidad y la negociación política. Para muestra bastaría la batería de medidas de Caputo, con una devaluación excesiva aun a los ojos del mercado. Pasarse para luego regresar y tener margen. Un clásico.  

Si se tratara, entonces, de una estrategia de negociación, existiría la posibilidad de discutir cada una de las medidas porque, debemos ser justos también, hay algunas desregulaciones que podrían ir en el sentido correcto o que, en todo caso, intentan resolver problemas objetivos.

Dicho de otro modo:  la andanada libertaria no es la respuesta a una Argentina colectivista como Milei, en su delirio dogmático, repite. Sin embargo, es verdad que el país está atravesado por un exceso de regulaciones y que allí el aporte del liberalismo económico puede ofrecer respuestas: se puede intentar mejorar una ley de alquileres que ha destrozado el mercado; abrir las importaciones para competirle a sectores que, sabiéndose protegidos, se aprovechan de los precios; encontrar un justo punto medio entre el derecho a huelga y que los chicos no pierdan tantos días de clases; promover el ingreso de nuevos actores en las telecomunicaciones y hasta incluso también podría darse una discusión sobre la política de cielos abiertos. Tampoco parece improcedente avanzar hacia una política de ayuda social que elimine los intermediarios o crear condiciones, dentro de la ley, para que la ciudad no esté atravesada sistemáticamente por cortes que impiden la circulación. Incluso la desregulación en lo que respecta a la elección de la obra social o las prepagas puede afectar a los sindicatos, pero le permite al trabajador elegir la que considere la mejor prestadora de servicios. En este mismo sentido, dejando de lado la vergonzosa propuesta de flexibilización laboral, es real que de alguna manera hay que aggiornar las condiciones de contratación porque, en las actuales condiciones, 5 juicios laborales de abogados caranchos pueden arruinar una PyMe.

A su vez, como decimos esto, es necesario advertir que la forma de avanzar en el plan de medidas remite al casi ya mítico “Exprópiese” chavista. Si aquel se transformó en sinónimo de discrecionalidad personalista, no entendemos cómo un DNU de esta magnitud podría interpretarse en otro sentido. Sustituir el “exprópiese” por el “deróguese” o, peor aún, por el “privatícese”, no supone una diferencia en las formas. En este sentido, algunos liberales argentinos son los más locos del mundo: solo son republicanos cuando son opositores.            

Lo que viene ahora es la discusión técnica acerca de la constitucionalidad y el juego político al interior de un congreso cuando no hace falta ser una eminencia para reconocer que lo único de necesidad y urgencia que ofrecía el decreto era, salvo algunas excepciones muy puntales, la teatralidad de la medida.

Por cierto, mientras se sigue buscando al menos un constitucionalista que considere constitucional este DNU, desearíamos saber quién ha sostenido económicamente a Federico Sturzenegger y a su equipo para realizar un trabajo que no se puede hacer de un día para el otro. ¿Trabajaba para Milei, para Patricia Bullrich o para los empresarios que con nombre y apellido se benefician de las medidas? Con semejante apoyo económico detrás es más fácil hacerse el picante en TV, especialmente porque no habrá periodista que le recuerde el modo en que salió eyectado del gobierno cuando la inflación voló bastante más allá del 10% que él proyectaba para el 2018. Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich, entre otros, son nombres que se repiten en gobiernos que, con justicia, no son recordados con simpatía. Con ellos la historia se repite también, pero siempre como tragedia.

Dicho esto, agreguemos una posibilidad más ya que además de una acción radical en pos de una futura negociación, el DNU puede ser tomado como una declaración de principios, el plan que la casta no va a dejar pasar y al cual vamos a recurrir como argumento cada vez que en el futuro se deba justificar un fracaso: “nosotros teníamos un plan, pero no nos dejaron avanzar con él”. Es el clásico de los liberales argentinos: nunca fracasaron. Hubo políticas liberales en muchos gobiernos pero para los liberales vernáculos nunca fueron lo suficientemente liberales.   

El gobierno ha decidido patear el tablero y alborotar el gallinero. Como se indicó anteriormente, algunas decisiones del decreto tienen nombre y apellido bastante más allá de Elon Musk, pero al mismo tiempo afectan intereses cruzados cuya reacción desconocemos. Si lo han hecho por torpeza y amateurismo o con la pretensión de un mecanismo de relojería, no lo sabemos, pero, si así fuese, hablaría de una audacia envidiable. En todo caso, el termómetro volverá a ser la clase media, rebautizada “la casta media”, aquella que más sufrirá el ajuste. Es que como sucedió con Macri, salvo los sectores trotskistas, enemigos perfectos y funcionales del nuevo gobierno, hay buenas razones para imaginar que los movimientos sociales negociarán con Milei. Pero a la clase media solo pueden ofrecerle gestos simbólicos mientras le recortan abruptamente el poder adquisitivo y toda esa estructura del Estado de Bienestar que es un apoyo económico clave y un bien cultural que forma parte de la identidad de ese sector de la población. En otras palabras, a los piqueteros troskos los van a fajar como señal a la clase media pero no porque consideren que ellos son los que pueden desestabilizar al gobierno.      

La última etapa de la desorganización de la vida ha comenzado después del desastre de quienes decían intentar organizarla. Sean ustedes bienvenidos. 

El tiempo de la bronca (publicado el viernes 22 de diciembre en www.theobjective.com)

 

Con el rechazo al proyecto de una nueva Constitución en Chile parece darse por cerrado el proceso iniciado en 2019 tras un conflicto social de enorme magnitud cuyo detonante había sido el aumento del boleto del metro.

Para quienes no lo recuerdan, lo que parecía ser una “estudiantina” liderada por jóvenes de la escuela secundaria contra una decisión del gobierno, derivó en una ola de protestas masivas que denunciaban la desigualdad estructural que se encontraría detrás del “exitoso” modelo chileno. Fue tal la crisis social y política que el presidente Piñera acabó cediendo a la presión popular y avaló el inicio de un proceso constituyente.

Aunque en su momento casi el 80% de los chilenos votó a favor de reemplazar la varias veces modificada Constitución legada por el pinochetismo, y el reemplazo de Piñera fue un joven universitario de izquierda, lo cierto es que, en 15 meses, el pueblo se pronunció en contra de las dos propuestas de cambio: la primera, allá por septiembre de 2022, realizada por una mayoría radical de izquierda; la segunda, plebiscitada este último domingo, encabezada por una mayoría de derecha conservadora.

El análisis sobre ganadores y perdedores es complejo. De hecho, existen buenas razones para indicar que todos los actores políticos han perdido y ganado algo. Evidentemente la gran derrota la lleva “la derecha”, más allá de sus internas y del hecho de que no se trata de un espacio homogéneo. Pero, a su vez, que la moción “En contra” haya salido victoriosa, permite que continúe la Constitución de matriz pinochetista, esto es, la Constitución que los espacios de derecha defendieron de los intentos reformistas de la izquierda. Hay derrotas que también son victorias.  

En ese mismo sentido, podría decirse que después de la estrepitosa derrota que pesó sobre el actual presidente Boric cuando se intentó una reforma “maximalista” de izquierda en septiembre de 2022, el espacio del mandatario se anota un triunfo más allá de que esta vez decidió no participar de lleno en la contienda. Sin embargo, claro está, el rechazo a la nueva propuesta implica el sostenimiento de la Constitución que la izquierda quería reemplazar. Hay victorias que también son derrotas.  

En todo caso, independientemente de las particularidades del proceso chileno, lo que sí resulta evidente es la dificultad, tanto por izquierda como por derecha, de interpelar a mayorías robustas como las que se necesitan para que un texto constitucional sea representativo. Pasa en Chile pero también en España. Es como si atravesados por la dinámica facciosa nos olvidáramos de aquello común subyacente sobre lo cual expresamos las diferencias. En otras palabras, con sociedades partidas al medio, parece imposible avanzar en un texto constitucional porque lo que ha dejado de existir es la idea de que tenemos una identidad común con historias, tradiciones, territorio, y una serie de principios civiles y políticos que permiten definir lo que somos. Empecinados en observar las diferencias, la fragmentación es la consecuencia y el conflicto permanente el desenlace, en una sociedad que se regodea en su eterna insatisfacción.       

A propósito de ello, quisiera detenerme en una segunda enseñanza que deja esta elección. Se trata de un aprendizaje para Latinoamérica pero que también es representativo, al menos en parte, de lo que ocurre en España y buena parte del mundo. Partamos del siguiente dato: desde el 2018 hasta la fecha, 20 de los 23 oficialismos latinoamericanos que se han presentado a elecciones han sido derrotados. Contrariamente a la tendencia existente años atrás en la que los oficialismos solían ser los favoritos para garantizarse la continuidad en el poder, lo cierto es que el último lustro deja ver un fenómeno muy particular, sin ninguna diferencia entre países más estables y prósperos, y países con profundas crisis económicas.

Este aspecto es por demás relevante porque durante los últimos 40 años, (aproximadamente la fecha en que las dictaduras militares dieron espacio al establecimiento de las democracias), las tendencias, llamemos, “ideológicas”, de la región, estuvieron claramente marcadas: socialdemocracia en los 80, neoliberalismo en los 90 y gobiernos populares/populistas de izquierda entre el 2000 y el 2015.

Pero desde el inicio del cuarto lustro hasta hoy, la región parece trabada en un presunto “empate hegemónico” en el que gobiernos más de izquierda o más de derechas, se alternan en el poder y son reemplazados al final de su primer mandato.

Sin embargo, se hace necesario cambiar el enfoque y las categorías porque lo que marca la tendencia ya no es la ideología del espacio que gobierna; no se trata del tiempo de los socialdemócratas, los neoliberales o los populares sino del tiempo de la bronca, una época marcada por el hartazgo y la insatisfacción de la población, sin importar el color del gobierno. Esto es lo que explica que, en 4 años, una sociedad como la chilena, pueda prácticamente cargarse un gobierno de derecha, elegir constituyentes de extrema izquierda y votar un presidente radical, para luego rechazar abiertamente la Constitución impulsada por ese presidente y más tarde elegir constituyentes de derecha a los que finalmente también se les rechazaría el texto propuesto.

No se volvieron locos ni fluctuaron de izquierda a derecha y viceversa. Es que la gente está comprobando que vive mal con gobiernos de cualquier signo y culpa a la administración de turno. Se equivocan los analistas, entonces, en establecer nuevas tendencias de izquierda o derecha como ocurriera otrora. La única tendencia que permanece es la de una ciudadanía siempre al borde del estallido con gobiernos que no resuelven las demandas insatisfechas heterogéneas y que acaban abandonando la administración en medio de crisis de representación profundas.              

A su vez, dado que en muchos casos la alternancia se da entre los dos espacios mayoritarios que suelen coincidir con posturas del centro a la izquierda, en algunos casos, y del centro a la derecha, en otros, la salida suele llegar de la mano de outsiders de la política y de la implosión del sistema de partidos, los consensos básicos y buena parte de las instituciones. Como la novedad ha reemplazado a la moral y a la política como criterio al momento de decidir, se prefiere un malo por conocer antes que los malos conocidos.

El tiempo dirá cómo el gobierno de Boric logra relanzarse y cuál habrá sido el efecto sobre la sociedad chilena de este intento de reforma que parece haber quedado trunco. Sin embargo, lo más preocupante es que tanto en el país trasandino como en muchos otros, asistimos a sociedades partidas en dos que, a su vez, descreyendo de una clase política lastrada por el comportamiento faccioso, acaban perdiendo la fe en las propias instituciones democráticas. Este largo lustro de la bronca, entonces, surge del hiato entre la agenda de la clase política, que azuza la diferencia en lugar de lo común, y las necesidades de sus presuntos representados.

No sabemos cómo será ni siquiera el futuro inmediato, pero la bronca y la insatisfacción crónicas generadas por una clase dirigente que no está a la altura de las circunstancias, es el caldo de cultivo para monstruos y experimentos que poco tiempo atrás parecían inverosímiles y hoy son ya una realidad preocupante.                 

miércoles, 20 de diciembre de 2023

La totalitaria cultura de las respuestas (publicado el 13/12/23 en www.disidentia.com)

 

Desde los más catastrofistas que auguran la extinción de la especie hasta las lecturas más cándidas que hablan de la neutralidad y las posibilidades que brinda la tecnología para superar los límites de la humanidad, el debate sobre la aplicación de la Inteligencia Artificial (IA) abarca diversos posicionamientos. Aun cuando parezca imposible llegar a un acuerdo, en lo que todos parecen coincidir es en que, en breve, lo que consideramos “humano”, deberá ser resignificado.

 

Pero, ¿de qué se trata este cambio? En una entrevista para la plataforma Zenda, https://www.zendalibros.com/wolfram-eilenberger-estamos-ante-el-final-de-la-humanidad-tal-como-la-hemos-conocido-en-los-ultimos-2-500-anos/ publicada en junio del 23, el filósofo alemán Wolfram Eilenberger, autor de libros como Tiempo de magos, responde a este interrogante rastreando los orígenes de la filosofía y el conocimiento humano. Haciendo suya una larga tradición, Eilenberger encuentra en los niños el elemento indispensable para comprender un proceso que, según él, está en riesgo con la IA. Más específicamente, Eilenberger hace referencia al asombro como elemento impulsor del conocimiento y, sobre todo, a la posibilidad de hacer preguntas, aquello que nos diferencia del resto de los animales. Sí, efectivamente, esas preguntas incómodas y metafísicas que suelen hacer los niños hasta determinada edad y que los adultos responden como pueden hasta dar por cerrada la conversación con un “cuando seas grande vas a comprender”.

 

Cuando comentaba que, en este aspecto, Eilenberger abraza una larga tradición filosófica, me refería a aquella que comienza en Sócrates y Platón y que llega hasta el mundo contemporáneo en análisis como los de Karl Popper.

 

Si nos remontamos a la Grecia del siglo V AC, Sócrates considera que la verdad ve la luz a través de un proceso de diálogo, de una conversación. Sobre esta base es que él utiliza el método de la mayéutica que consta, justamente, en no hacer afirmaciones sino solo preguntas de modo tal que el interlocutor agudice sus argumentos y que, eventualmente, abandone sus concepciones erróneas. La pregunta es, entonces, más importante que la respuesta y la pregunta adecuada es la que guía el intercambio. Que para esta tradición la verdad sea el resultado de la conversación, es la razón por la cual Sócrates nunca escribió y por la que Platón dio a sus escritos la forma de diálogo. Evidentemente, para ellos, el conocimiento era asunto de dos.

    

En el caso de Karl Popper, sus reflexiones acerca del método científico reflejan que, en el origen, lo que aparece es una hipótesis, una afirmación sobre un estado de cosas que luego debe ser corroborada o refutada por el mundo. Sin embargo, la hipótesis que se debe contrastar es la respuesta a una pregunta previa, a un problema: ¿Cómo circula la sangre? ¿Cómo ha evolucionado la vida sobre la Tierra? ¿Cómo se explica la órbita terrestre? Se trata solo de algunos de los interrogantes que atravesaron a generaciones de científicos y que recibieron diversas respuestas hasta que alguna de ellas acumuló la suficiente cantidad de evidencia empírica a su favor como para ser la aceptada por la comunidad científica hasta el momento.       

 

En este contexto, Eilenberger plantea algo interesante y afirma que la IA es parte de una cultura que solo ofrece respuestas. Efectivamente, en pocos años, las enciclopedias de papel fueron reemplazadas por la manipulable Wikipedia y ésta, a su vez, está siendo reemplazada por aplicaciones como ChatGPT que ofrece automáticamente los mismos sesgos pero que funciona casi como una suerte de asistente personal para prácticamente cualquier necesidad.   

 

Esta referencia de Eilenberger a una cultura de la respuesta es un aspecto que ya hemos trabajado aquí especialmente para dar cuenta del modo que se ha modificado la interacción en el debate público. Ya no hay diálogo democrático, sino facciones monolíticas que ingresan a la conversación “a los gritos”, sin preguntas, sin dudas y sin ningún ánimo de, eventualmente, modificar sus posiciones. Sin posibilidad de revisar los puntos de vista, solo queda la imposición, el poder, la fuerza; deslegitimadas las dictaduras, los viejos totalitarismos permanecen larvados en la pretensión de tener todas las respuestas sin salir de uno mismo o, en el menor de los casos, sin salir del grupo de pertenencia. Así, la verdad no es un proceso sino una identidad que tiene propietarios: los muy poderosos y las víctimas (las reales y las que fingen serlo).

 

Si lo dicho hasta aquí es correcto, aplicaciones como el ChatGPT son solo el emergente de una cultura que fue su condición de posibilidad. En otras palabras, es una sociedad que hace tiempo ha renunciado a hacerse preguntas la única capaz de avanzar en la creación de una tecnología que solo ofrezca respuestas. Paradójicamente, la sociedad infantilizada ha renunciado a hacer lo que mejor hacían los chicos: preguntas.   

 

Sin embargo, habría todavía un motivo para la esperanza en un elemento que Eilenberger parece no ver: siguen siendo los humanos los únicos capaces de hacer las preguntas. Es decir, al menos hasta ahora, no hay IA capaz de asombrarse y de preguntar como preguntan los chicos y no conocemos todavía ni una civilización ni una tecnología capaz de hacerlo.  

 

En síntesis, evitando la ingenuidad de pensar que las tecnologías son neutrales, se impone una reflexión que abarque, por supuesto, las consecuencias civilizacionales de este tipo de tecnologías, pero, sobre todo, el contexto que les ha dado lugar.

 

Y en todo caso, si de desafíos civilizatorios se trata, más interpelante que una tecnología que tenga todas las respuestas, sería una tecnología capaz de hacerse preguntas. Se trataría de una tecnología capaz de reproducir la dinámica del conocimiento humano abriendo nuevas puertas hacia terrenos desconocidos. Sin embargo, como emergente del tipo de sociedad que habitamos, puede que rápidamente intenten hacernos creer que se trata de una tecnología tan superadora que es capaz de haber agotado todas las preguntas posibles, como esa Biblioteca de Babel borgiana que abarcándolo todo devenía inútil y apabullante.

 

Si el totalitarismo de hoy viene en la forma de tener respuestas para todo, imaginemos lo que podría ser el totalitarismo de mañana, ese que a todas las respuestas le sume la pretensión de brindar todas las preguntas posibles.