viernes, 3 de noviembre de 2023

La oikofobia española (publicado el 26/10/23 en www.theobjective.com)

 

En tiempos donde la cuestión migratoria está en el centro del debate diario y donde algunos proponen discutir la identidad nacional española, su lengua y su integridad territorial, hay una categoría que, apenas mencionada, puede ayudar a comprender las razones profundas que derivaron en este escenario. Me refiero a la “oikofobia”.    

Fue el filósofo británico Roger Scruton quien allá por 1993 habría utilizado este término por primera vez desde una perspectiva, llamemos, político-filosófica, para referirse al odio/temor sobre la propia cultura que tanto prolifera especialmente en Occidente. En griego, el “oikos” apuntaba, justamente, a la casa propia y utilizado como metáfora para referirse a la civilización/cultura, Scruton define a la oikofobia como la necesidad de denigrar las costumbres, la cultura y las instituciones que identifican la civilización a la que se pertenece. Se trata de una perspectiva que este filósofo conservador observa en muchísimos intelectuales de izquierda y que, según él, sería una actitud propia de la adolescencia. El oikofóbico está siempre muy atento a las aberraciones cometidas por España y/u Occidente, pero es particularmente benevolente con las aberraciones perpetradas por otras culturas. Un clásico en este sentido es abonar la leyenda negra española en América romantizando la perspectiva indígena, como si la relación entre las comunidades originarias hubiera estado exenta de sojuzgamiento y atrocidades. Llevado a nuestros días, podría ser el caso de quien omita los crímenes de Hamas por el hecho de señalar las responsabilidades de Israel en las décadas que lleva este conflicto.    

A propósito, di con un libro de Benedict Beckeld, publicado en 2022, titulado Western Self-contempt. Oikophobia in the Decline of Civilizations, dedicado específicamente a la cuestión de la oikofobia. Allí el autor afirma que hay oikofobia no solo cuando los occidentales culpan a Occidente de todos los males sino también cuando las universidades sobreactúan culposamente su proceso de “deconstrucción eurocéntrica”, cuando multitudes derriban estatuas de los padres fundadores de una nación o cuando flamear la bandera nacional es visto como un acto xenofóbico que puede herir la sensibilidad de alguien.  

Pero un punto todavía más interesante es que Beckeld sostiene que la oikofobia no es solamente un fenómeno contemporáneo que podríamos ubicar como parte del clima de autocrítica occidental pos fin de la segunda guerra, sino que se trata de un estadio que se repite cíclicamente y que ha atravesado Occidente desde los griegos hasta hoy. Así, encontramos momentos oikofóbicos en el período que va del siglo de Pericles hasta la decadencia producida por la caída de Alejandro, durante la crisis del imperio romano, en la Francia de los tiempos revolucionarios, o en Gran Bretaña mediando la era victoriana.

Beckeld observa, entonces, un patrón común y una serie de prerrequisitos para la oikofobia. Si nos centramos en los griegos, por ejemplo, esos patrones son claros ya que el auge de la Grecia que estudiamos y admiramos se dio cuando las amenazas externas (los persas) habían sido disipadas, se había alcanzado cierto grado de riqueza, existía un gobierno más o menos democrático, las “clases medias” florecían y el tiempo de ocio hacía que los intelectuales se enfoquen en los problemas internos. Todos estos elementos son, según el autor, condiciones que derivaron en el éxito de una sociedad pero que, al mismo tiempo, crearon las condiciones de su propia decadencia. Es que culturas exitosas como las mencionadas suelen ser abiertas y al mismo tiempo devenir relativistas especialmente en lo que refiere a la moralidad y las costumbres de otras culturas. Para ejemplificar, y lejos de cualquier rodeo, el autor menciona el caso actual en el que lo que él denomina una suerte de “universalismo relativista europeo” acoge al mundo islámico. El problema radicaría, según Beckeld, en que acoger a una cultura que defiende verdades absolutas acabará con la cultura tolerante y relativista que las acogió, en una suerte de remake de la clásica paradoja de la tolerancia enunciada por Karl Popper, aquella que muestra cómo tolerar al intolerante deriva, al fin de cuentas, en el fin de la sociedad abierta.  

Como proceso propio de un tiempo de decadencia cultural, la oikofobia no aparece abruptamente del mismo modo que ninguna civilización desaparece de manera repentina. Es que, según Beckeld, y como se indicaba anteriormente, tras el momento de auge y luego de alcanzar cierta autoconciencia como cultura, las elites intelectuales posan sus miradas en los asuntos internos y comienza la fragmentación entre grupos de interés. Así, por ejemplo, el odio entre los ricos y los pobres, o entre los demócratas y los oligarcas, era tan grande entre los griegos que superaba al odio que se les tenía a los persas. Este es un punto interesante pues Beckeld sostiene que este proceso preanuncia la oikofobia ya que la disputa intestina es tan vehemente que proyecta un efecto benevolente sobre el enemigo externo. Algo así como afirmar “contra los persas estábamos mejor”.

Y aquí bien vale volver a Scruton y al capítulo de los intelectuales porque según el filósofo fallecido apenas unos años atrás, ser un oikofóbico cotiza bien entre ciertos intelectuales, particularmente de izquierda. Es como si ser crítico de lo propio gozara de buena prensa y expidiera un automático carnet de intelectual comprometido con la realidad. Naturalmente, ni Scruton ni Beckeld ni quien escribe estas líneas abrazaría una suerte de nacionalismo estúpido que se opusiera a la autocrítica. De hecho, Beckeld hace todo un rastreo del proceso oikofóbico griego mostrando cómo en las tragedias griegas o en los grandes filósofos hay una autocrítica potente a la cultura imperante sin que eso constituya un fenómeno oikofóbico como el que se observaría ya en casos como el de Diógenes, el cínico, en la época de Alejandro. En otras palabras, hay una distancia entre hacer críticas y el hecho de afirmar que lo propio es inferior o es la causa de todos los males. Se puede ser profundamente crítico, entonces, pero tener en claro, por ejemplo, que bien vale la pena defender los valores de nuestra cultura. En el mismo sentido, se puede pretender cambiar el estado de cosas pero eso no significa glorificar esa suerte de xenofilia que plantea que toda costumbre foránea es buena en sí misma.  

Tal como se desarrolló aquí, la oikofobia no sería un fenómeno estrictamente español sino, en todo caso, occidental. Tampoco sería un episodio único en la historia de nuestra civilización sino el desenlace natural de una cultura que ya ha tenido su apogeo y que lentamente va mostrando señales de decadencia. Sin embargo, es particularmente potente el modo en que la explicación en términos de oikofobia puede dar cuenta de la profundidad que suponen muchos de los debates actuales en España y en Occidente. Aun cuando una categoría como esta sea incapaz de dar cuenta completamente del clima de época e incluso cuando se pueda sospechar un marcado sesgo en los autores mencionados, habituados ya a encontrar y denunciar “fobias” por todos lados, no estaría mal hacerle un lugarcito a la oikofobia como elemento a considerar en buena parte de las discusiones públicas.  

domingo, 29 de octubre de 2023

El milagro peronista (publicado el 23/10/23 en www.theobjective.com)

 

Apenas algunos días atrás, en una rueda informal de prensa, un periodista le consulta al expresidente uruguayo José "Pepe" Mujica sobre las elecciones que se iban a celebrar en Argentina el domingo. A la luz de los hechos, su respuesta fue premonitoria: 

 

"Argentina es una cosa indescifrable porque es un país que tiene una mitología. Cómo se explica usted que el ministro de economía, con una inflación como tiene la Argentina, va a pelear la presidencia... Sabe por qué? Porque tiene el respaldo de una cosa enorme que no está conforme con él pero que lo va a apoyar (...) Se llama peronismo. Ese animal existe y es una mitología que tiene el pueblo argentino".

 

Efectivamente, este domingo se desarrolló la elección general en Argentina y el resultado fue sorprendente: el candidato del oficialismo peronista, Sergio Massa, que había quedado tercero en las elecciones internas abiertas y obligatorias de agosto, alcanzó casi 37% de los votos y superó por aproximadamente 7% a Javier Milei, el candidato que asomaba como favorito despues de su triunfo en agosto. Sin embargo, dado que el ganador no obtuvo 45% ni tampoco un 40% con diferencia de 10% respecto del segundo, en un mes habrá un balotaje entre el candidato peronista y el paleolibertario. 

 

Ahora bien, más allá de la mitología peronista que señalaba Mujica, entre agosto y esta elección pasaron cosas. Por lo pronto, el candidato del oficialismo logró insólitamente despegarse de su propio gobierno a ojos de buena parte del electorado aun siendo el ministro de economía que en los últimos dos meses tuvo una inflación de 12% cada mes y que lleva acumulada en el año más de 130%, con más de la mitad de los menores de 18 años en condición de pobreza. Sin dudas, buena parte del problema es estructural y heredado pero hay responsabilidad del ministro, evidentemente. Sin embargo, tras haber perdido en agosto, Massa lanzó toda una serie de medidas poco apegadas al equilibrio fiscal que fueron bien recibidas por la gente: aumentos de salarios, beneficios impositivos,  subsidios, etc., para distintos sectores de la sociedad que lo necesitaban tras años de deterioro del poder adquisitivo.  Referentes de la oposición lo apodaron "plan platita" y lo acusaron de ser un gesto demagógico y electoralista. Aun cuando, insistimos, algunas de esas medidas eran necesarias, razón no les faltaba. 

 

Pero al mismo tiempo, el gobierno avanzó con una clásica campaña del miedo, si bien, también hay que decirlo, esta campaña se basó, aun con exageraciones, en focalizar en algunas de las consecuencias reales del plan libertario de Milei. En particular, se hizo énfasis en todo lo que implicaría el desmantelamiento del Estado de bienestar, esto es, fin de la educación gratuita, aumentos de hasta el 1000% en transporte, pauperización (aun mayor) del sistema de pensiones de alcance universal para una mayoría de aportantes, etc. 

 

Ahora bien, aun cuando todo esto ha jugado un rol importante, no veríamos la escena completa sin posarnos en la campaña de los opositores. Principalmente el sector opositor que un año atrás era ampliamente favorito para alzarse con el triunfo y el domingo apenas obtuvo un 23% de los votos. Se trata del espacio conservador liderado por el expresidente Mauricio Macri quien decidió no participar de la elección dada su baja intención de voto pero, a cambio, intervino abiertamente para crear una interna apoyando a Patricia Bullrich, una candidata, como mínimo,  bastante poco preparada, en detrimento de quien era el candidato "natural", el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta. 

 

La interna fue ganada por Bullrich pero fue tan feroz, que acabó esmerilando al espacio, al punto de permitir la aparición sorpresiva de Javier Milei, un candidato paleolibertario sin estructura y conocido por sus intervenciones televisivas y sus viralizaciones en las redes.

 

Milei, de profesión economista, no tenía empacho en presentarse como un "fundamentalista del mercado", algo a lo que no se había animado ningún liberal en la historia argentina, al menos de una manera tan abierta. Para Milei, había que incendiar (SIC) el Banco Central, dolarizar la economía y dejar librado a la lógica del mercado todo, desde las transacciones económicas más básicas, hasta las prestaciones de salud, las pensiones, la educación, etc. Si bien algunas de esas ideas prendieron en un sector de la población, especialmente aquellas que hacían foco en la responsabilidad del Estado y los políticos al momento de dar cuenta de la inflación, lo cierto es que Milei conectó con el electorado más por su actitud de indignación que por su ideario. En otras palabras, era el enojo con la crisis y no la pasión por Friedman y Hayek.

 

A su vez, en los últimos tiempos, Milei se encolumnó detrás de la alt-right con claros elementos populistas en la línea Bolsonaro, Trump y Vox, lo cual también le acercó numerosos adeptos, especialmente, entre la juventud, hartos de las consecuencias sociales del progresismo hegemónico. 

 

Pero lo que tras las elecciones de agosto parecía ser un piso de votos, se transformó en techo este domingo y el candidato paleolibertario se estancó alrededor de los 30 puntos. Para comprender por qué sucedió eso cabe agregar, a las acciones del oficialismo, una serie de errores no forzados, tanto de Milei como de algunas figuras que lo secundaban. En este sentido, en las últimas semanas, a la promesa de privatizar los trenes, la aerolínea de bandera y la empresa nacional de energía, Milei equiparó la accion del terrorismo estatal durante la dictadura con el accionar de la guerrilla reabriendo un debate muy sensible. A esto habría que agregar sus incomprensibles  declaraciones sobre venta de órganos y de bebés realizadas hace tiempo, y las recientes intervenciones de candidatos del espacio proponiendo la posibilidad de que los varones renuncien a la paternidad y a la  manutención correspondiente de sus hijos, cortar relaciones con el Vaticano porque allí habría, como alguna vez dijo Milei, un "enviado de Satanás", y la privatización de los mares como alternativa para salvar a las especies. A estos delirios sumemos una campaña sucia insólita en la que se ha instalado que Milei es un desequilibrado mental que habla con el espíritu de su perro muerto o que incluso tiene relaciones incestuosas con su hermana, y tendremos un panorama del nivel de debate público que atravesó la campaña. 

 

El balotaje será el domingo 19 de noviembre y promete un final cerrado. Es que si se suman los votos de Bullrich a los de Milei se superarían abiertamente los 50 puntos necesarios para ganar. Tomando en cuenta que dentro de ese 23% de Bullrich hay votos profundamente antiperonistas, esa opción no es una quimera ni mucho menos. Sin embargo, el favorito ahora parece ser Massa por escaso margen. 

 

La campaña para esa instancia ya empezó el mismo domingo por la noche tal como se sigue de los discursos de los candidatos. En el caso de Milei, su intervención pareció escrita por la propia Bullrich a quien hasta hace una semana acusaba, falsamente, de ser una exguerrillera que ponía bombas en jardines de infantes. El discurso anticasta política y populista giró y ahora Milei llama a defender las instituciones republicanas y convoca a la casta política no peronista a vencer al "verdadero enemigo". En el caso del candidato peronista, por cierto, la versión más de centro derecha que podía ofrecer el espacio, su discurso se basó en convocar al voto de centro y de izquierda para un gobierno de unidad nacional contra la derecha. Si hace 4 años su espacio discutía si había que decir "Todos, todas y todes", Massa ahora se presenta como "el presidente del trabajo y la seguridad" y pide a su familia que suba al escenario de la victoria para demostrar la importancia que ella tiene. 

 

En un mes sabremos finalmente el desenlace de este largo proceso. Dicho esto, si el expresidente Mujica tiene razón, lo más justo sería terminar con una cita de Perón que probablemente sea la más precisa para comprender cómo un muy mal gobierno tiene las puertas abiertas a una reelección: "No es que nosotros [los peronistas] seamos buenos. Es que los demás son peores".

 

El fin de la ilusión antipopulista (editorial de No estoy solo publicado en www.canalextra.com.ar el 28/10/23)

 

Pasados apenas tres días de unas elecciones en las que el oficialismo vencía por casi 7 puntos, prácticamente se formalizaba lo que era evidente: el fin de Juntos por el Cambio. Efectivamente, como todos hemos visto, con un apuro bastante particular, la fórmula presidencial derrotada anunciaba como decisión propia y a título personal un mandato de la jefatura política del PRO, la misma que los había impulsado a jugar una interna para acabar con las chances del heredero natural: Horacio Rodríguez Larreta.

Los intentos de darle un tono institucional en el que hasta se leyeron unos supuestos puntos de acuerdo con La Libertad Avanza, como así también una risueña épica sanmartiniana, fueron el maquillaje de la escena de la humillación, indisimulable en el rostro de Bullrich, tal como se pudo confirmar en la incómoda foto junto a Milei en los estudios de TN ese mismo día por la noche. Se dice que los actores deben creer en su propia actuación porque si no, dejan de ser creíbles. Lo mismo vale para este caso. Body talks, el cuerpo habla. Los republicanos atentos a las formas, la estabilidad, el equilibrio de poderes y la previsibilidad, ahora se abrazan a la motosierra en nombre del antiperonismo.

La movida de Macri o bien se explica por su psicología o bien obedece a una información que no conocemos. Es decir, una posibilidad es que se trate de una suerte de voluntad de poder destructiva y ciega dispuesta a aniquilar todo a su alrededor. Un Cronos devorando a sus hijos que se cargó a Horacio, se cargó a Patricia y ahora va por Javier. La otra opción es, como trascendió, una preocupación judicial. ¿Acaso Macri sabe que Massa no es Alberto Fernández y que con un nuevo gobierno las causas en su contra podrían avanzar? No descartemos que haya algo de las dos opciones.

Después está la evaluación táctica: ¿era este el camino que debía seguir Macri para lograr la centralidad que él pretende? Naturalmente es discutible y ser taxativos con el diario del viernes es riesgoso, pero a priori pareciera que no. Es que si analizamos el movimiento lo primero que surge es una duda acerca de los tiempos: ¿a qué se debió el apuro en salir a apoyar a Milei a través de Bullrich? ¿Se trató de hacerlo antes de las reuniones del PRO y de Juntos por el Cambio en las que probablemente su postura estaría en minoría? Suponemos que sí, pero es evidente que el precio de “cortarse solo” tendría consecuencias inmediatas: declaraciones en contra de dirigentes del PRO (Rodríguez Larreta, Vidal, etc.) y de la Coalición Cívica, más una conferencia de prensa explosiva de los radicales. O sea, una ruptura a cielo abierto.  

Por otra parte, una muestra más de que es necesario tratar de ver un poco más allá de la escena, es que no hacía falta salir expresamente a apoyar a Milei para lograr que los votantes de Juntos por el Cambio se inclinaran a ello, como si, además, los electores aguardaran y aceptaran órdenes de un candidato (perdidoso). De aquí que podría haberse mantenido neutral y su núcleo duro antiperonista igualmente hubiera votado a Milei o un ladrillo con tal de que no gane el oficialismo.

En este punto, lo más lógico entonces sería pensar que lo que hubo fue un intercambio: “nosotros salimos a apoyarte públicamente y vos a cambio…. X”. Por ahora no sabemos qué pero ese apoyo no sale gratis y quizás el tiempo nos aclare si el bueno de Javier devino un Fausto vernáculo.

Ahora bien, decíamos que otra de las opciones es que Macri hubiera resuelto quebrar definitivamente la coalición para posicionarse como un líder absoluto del espacio PRO, pero hacerlo supone dinamitar una estructura de diez gobernaciones, más de 100 congresistas entre diputados y senadores, intendentes en todo el país… Los números muestran que, más allá de la derrota, JxC ha sido una coalición enormemente exitosa electoralmente hablando desde su creación hasta hoy y que siendo oposición determinará al próximo gobierno, el cual, sea quien fuere, tendrá que afrontar una época de crisis y ajuste fenomenal que lo va a erosionar.

Alguien dirá: Macri quería volver al poder y primero intentó hacerlo a través de Patricia; ahora intenta hacerlo a través de Javier, un “hijastro irascible” que dice lo que él no se animó y que promete lo que los asesores de Macri le sugirieron no prometer para ganar la elección en 2015. Sí, es una opción posible. Pero en todo caso sigue abierta la duda acerca de por qué hacer todo a plena luz del día cuando el efecto hubiera sido el mismo sin necesidad de estas escenas de porno política. Todavía más: si Milei se perfilara como un ganador seguro del balotaje, quizás tendría algún sentido sacrificar JxC ante la inminencia de formar parte, de una u otra manera, de un nuevo gobierno. Pero lo cierto es que tras el resultado del domingo, la elección promete un final cerrado donde Milei puede perder.

De hecho, todos sabemos que en política 2 + 2 no es 4 y que los 30 puntos de Milei no se sumarán automáticamente a los 23 de Bullrich. Es más, no solo cabe dudar acerca del comportamiento del electorado de Bullrich sino también cabe preguntarse si el electorado del propio Milei aceptará sin más este salto inimaginable unos días atrás cuando la candidata de Juntos era una exmontonera que ponía bombas en jardines de infantes.

Con todo digamos que el dilema de Milei era y es claro ya que las mismas razones de su éxito son las que lo llevan a un callejón sin salida. En otras palabras, hace una gran elección de 30 puntos porque logra instalar el clivaje casta/anticasta pero solo puede alzarse con el triunfo en un balotaje asociándose con la casta, es decir, rompiendo el clivaje que lo llevó al “triunfo”. Así, pega un salto y se abraza al clivaje que intentó instalar Bullrich y que fue una de las razones por las que fracasó. Me refiero al peronismo/antiperonismo o kirchnerismo/antikirchnerismo. Alguna vez lo mencionamos en este espacio, pero el discurso de Bullrich no solo era violento (lo cual sería casi lo de menos) sino que en términos electorales era demodé, pensado para la Argentina del 2015. Entonces, ¿obtendrá Milei los votos necesarios demostrando que era más antiperonista que anticasta?   

Asimismo, si nos llevamos por la lista de puntos supuestamente acordados entre Macri y Milei y que oportunamente fueran leídos en la conferencia de prensa por Bullrich, parece estar claro que no hay espacio para la dolarización, ni para el fin de la coparticipación, la reforma constitucional, el cierre del ministerio de la mujer o la ruptura delirante con nuestros principales socios comerciales. Hasta hubo una referencia solapada a no aceptar la venta de órganos, limitar la tenencia de armas y garantizar la libertad de expresión para evitar que a los sensibles periodistas no se les llame “ensobrados” pero, sobre todo, para garantizarles que van a seguir recibiendo pauta si se portan bien. De aquí que tras escuchar esos puntos acordados sea factible pensar si Milei ha abrazado ya directamente la plataforma del PRO a cambio de ser competitivo en el balotaje; y, lo más importante, cómo reaccionará una parte de su electorado ante semejante resignación que se vio con claridad el domingo en el discurso cuando desapareció la motosierra y se habló de fortalecer las instituciones y los ideales republicanos.

Para finalizar, entonces, durante las próximas semanas veremos conmovedores intentos de la prensa opositora, los think tank y los referentes del PRO para justificar cómo el antiperonismo los ha llevado hasta límites insospechados, al menos, visto desde la perspectiva de esta etapa democrática que cumple 40 años. Los mismos demiurgos de la palabra que lograron vendernos un Menem rubio y de ojos celestes, nos presentarán un Milei atemperado y estadista y que ha dejado de ser populista por el solo hecho de haber recibido la unción de Macri y sus equipos, esto es, aquellos que duplicaron la inflación y tuvieron que salir a pedir un préstamo imposible de pagar para intentar ganar una elección que luego perdieron.

Atrás quedará la ilusión de una derecha moderna, republicana y obamista. Aquella que se decía antipopulista y era simplemente antiperonista.

 

 

 

¿Todos somos el soldado japonés? (publicado el 17/10/23 en www.disidentia.com)

 

En su último libro, El crepúsculo del mundo, el cineasta alemán Werner Herzog, cuenta que en una visita a Japón rechazó una audiencia privada con el emperador, en lo que con el tiempo consideraría “un paso en falso tan estúpido y descomunal” que lo avergonzaría hasta el día de hoy. Sin embargo, y ante la sorpresa de todos los presentes, paso seguido le consultan si tiene interés en particular de conocer a alguien en Japón. Y allí, sin dudarlo, Herzog responde afirmativamente y menciona el nombre de Hiroo Onoda.

Para quienes no lo recuerden, Onoda es el famoso soldado japonés que no se había dado cuenta del fin de la guerra y permaneció escondido en la isla de Lubang, Filipinas, hasta 1974 para obedecer la orden que se le había dado 30 años atrás: ocupar el territorio hasta el regreso del ejército imperial.

A Onoda lo encuentra un joven bastante excéntrico y temerario que decide ir a buscarlo a la isla y acabar con el misterio que rodeaba su paradero. El joven lo encontró, le explicó lo que había ocurrido en los últimos 30 años, y Onoda aceptó rendirse si se cumplía una condición: que un superior viajara hasta allí y le ordenara el fin de las hostilidades. Afortunadamente encontraron al comandante Taniguchi que con 88 años viajó, halló a Onoda y le dio la orden requerida.

Debo confesar que, anoticiado de la publicación del libro y su temática, envié el dato a un amigo potencialmente interesado, quien me respondió: “¿estás sugiriendo que soy como el soldado japonés y que estoy defendiendo batallas perdidas?” La humorada tenía que ver con la forma en que se popularizó la historia de Onoda, esto es, como una mezcla de tozudez, negación e ignorancia. Como respuesta rápida a aquella humorada de mi amigo, le espeté, también con humor: “Todos somos el soldado japonés”.

Ya en el terreno de la ficción, el caso de Onoda tiene algunos vasos comunicantes con la trama de la magnífica creación de Emir Kusturica: Underground. En este caso, en el marco de la invasión alemana a Yugoslavia, un grupo de partisanos se esconde en un sótano para guarecerse de los ataques. Lo hacen incentivados por quien parecía ser un amigo confiable que desde afuera se comprometía a ir llevando las noticias y ayudarlos con las provisiones de alimentos. Sin embargo, se trataba de una estrategia para poder tener vía libre en su intención de conquistar a la mujer del amigo que había sido convencido para que permaneciera en el sótano.

En la película, esta situación duraría 20 años hasta que un hecho fortuito hace que los habitantes del sótano logren salir de allí y se den cuenta que la guerra había terminado hacía ya mucho tiempo.

La metáfora del sótano como espacio del engaño desde el cual no es posible percibir la realidad tal cual es, remite a la célebre alegoría de la caverna de Platón, la cual, como todos saben, es la figura elegida por el filósofo para distinguir el mundo de las apariencias y el mundo real, esto es, aquel que se encontraría afuera de la caverna. Y a su vez, como alguna vez mencionamos aquí, este famoso pasaje de República inspiró a los hermanos Wachowski para crear la saga Matrix, especialmente su primera entrega, en la que parte del guion incluye, literalmente, pasajes del diálogo platónico. En el film, como en la alegoría, el protagonista puede decidir si quedarse a vivir en un mundo irreal donde, en algún sentido, su ignorancia lo hacía feliz, o asumir el compromiso con la verdad y sus consecuencias. Así, en la famosa escena de la pastilla azul y la roja, NEO se inclina por la pastilla de la verdad, del mismo modo que el prisionero que se había liberado de la caverna solo vuelve allí para indicarle a quienes todavía permanecían que, lo que creían real, era falso y que la verdad estaba afuera.        

Los ejemplos tienen sus diferencias, pero también tienen en común el hecho de que en algún momento los protagonistas viven un engaño y que, al saber la verdad, deciden salir de éste, dando por sentado esta máxima de que nadie quiere vivir en una ficción. Sin embargo, los mecanismos para negarse a aceptar la verdad de un hecho son variadísimos y cada uno de nosotros contará innumerables ocasiones en que lo evidente estaba allí a la mano y no pudimos o no quisimos verlo, especialmente cuando la situación de engaño es, en algún sentido, cómoda.

Aun a riesgo de caer en la tentación de suponer que vivimos un tiempo especial, tentación en la que suelen caer todos los humanos hayan vivido el tiempo que les haya tocado, intuyo que este es un tiempo proclive al engaño porque hay toda una cultura que, relativizando la verdad, nos invita a crear nuestras propias narrativas y nuestras propias ficciones (y en todo caso, si eso fallara siempre tendremos a mano un antidepresivo, claro está).

Es más, pienso que, dado que está de moda reescribir la historia y también los clásicos, una reescritura sincera y acorde con estos tiempos, implicaría que el prisionero de la caverna regrese a la misma porque en esa realidad se encontraba mucho más confortable, que NEO, en Matrix, tome la pastilla de la mentira y que los engañados del sótano en Underground decidan construir otro sótano para morar allí frente al desastre que encontraron al salir. Algo similar podría reescribirse sobre Onoda y decir que siguió en la isla luchando su guerra.   

Pero regresemos por un momento al intercambio humorístico con mi amigo: ¿es real que todos somos en algún punto como el soldado japonés, al menos en la versión que de esta historia se popularizó? Seguramente no, si bien estoy seguro que cada uno de nosotros tiene una batalla que no quiere soltar aun cuando sea evidente que está perdida o que, directamente, ya no existe más. Efectivamente, aun cuando a lo largo de la vida cambiamos, hay afectos, ideales, proyectos, situaciones y fantasías que nos negamos a abandonar a tal punto que nos sumergimos en nuestras propias junglas para crear las condiciones que nos permitan seguir confirmando que la batalla existe y que, sobre todo, sigue valiendo la pena.

De aquí que, pienso, en un sentido, Hiroo Onoda ha sido un hombre afortunado o al menos su insoportable rigor militar y un sentido del honor que probablemente sea ajeno para la mayoría de nosotros haya sido su condena pero también la llave de su salida. En otras palabras, su concepto de obediencia al mandato de su superior es el que lo lleva a no abandonar la guerra, pero, al mismo tiempo, es lo que permite que la “contraorden” recibida 30 años después, lo liberara de esa carga. Su guerra duró más de lo previsto, pero terminó el día en que se lo ordenaron. Naturalmente todos nos preguntamos cómo Onoda, durante 3 décadas, no tomó la decisión por sí mismo de desoír la orden ante la evidencia de que el contexto había cambiado. Sin embargo, el hecho de que su voluntad dependa de la decisión de un tercero también fue lo que le puso fin a su batalla, algo que no es tan simple cuando la decisión de poner fin a algo depende de nosotros.

Digamos, entonces, que Onoda tuvo que luchar contra la selva y contra los ejércitos enemigos, pero a diferencia de nosotros, nunca tuvo que luchar contra sí mismo para aceptar que hay algunas batallas que ya no valen la pena y que, a veces, es mejor darlas por perdidas. 

 

sábado, 28 de octubre de 2023

Apuntes desordenados de una elección sorprendente (publicado el 23/10/23 en www.canalextra.com.ar)

 

- El resultado de ayer muestra que ante la posibilidad de lanzarse al abismo de lo incierto, al menos una parte de la sociedad decide quedarse en el más acá.

- Hará falta mucho tiempo para comprender cómo el espacio opositor que era favorito hasta hace un año no puede ganarle a un gobierno con más de 130% de inflación.

Alberto Fernández, un destructor antes que un constructor político, no pudo destruir a Massa. No es para cantar victoria todavía, pero puede que en un mes tampoco lo logre.

- Y si Alberto Fernández es un destructor de la política, Macri es un fiel competidor. Aun en el contrafáctico, es evidente que el resultado hubiera sido otro si no se le hubiera hecho una interna al candidato natural del espacio: Horacio Rodríguez Larreta.

- El librepensadorismo en el espacio de Milei tuvo sus consecuencias. Se puede decir cualquier cosa mucho tiempo pero no todo el tiempo.

- Es muy pronto todavía pero el apoyo de Juntos por el Cambio y/o PRO a Milei no va de suyo como hubiera ocurrido si Milei hubiera ganado. Hoy el favorito es Massa y hacer un acuerdo con Milei dinamitaría el espacio, cedería la jefatura al libertario y no garantizaría el triunfo. Por lo tanto, hay también incentivos para no acordar con Milei y continuar con la marca Juntos.

La campaña del miedo instalada por el gobierno, a veces con verdad y a veces no tanto, fue efectiva. De cara al balotaje, veremos si sigue prevaleciendo o cae frente a la opción "cambio + antiperonismo".

- Lo de "Los argentinos estamos muy dolidos y vamos a armar un sistema que ponga el foco en el ser humano desde una perspectiva en el que todo aquello que tiene que ver con el ser humano, su vida, su educación, su cultura, su bienestar, esté todo bajo una filosofía muy interesante”, tampoco lo entendió la gente.

-El gobierno hizo todo para perder. Si gana es por aquello que no estaba en sus manos, es decir, los candidatos que tenía en frente.

- Esperemos que Alberto Fernández no se adjudique el triunfo. Tampoco sería justo que se lo adjudique el kirchnerismo. Guste o no, si Massa gana será en enorme medida por su propia ambición de poder incluso contra muchos de su propio espacio.

-Tras la derrota, Milei adopta el eje kircherismo vs antikircherismo (que no le funcionó a Bullrich), para reemplazar al eje casta vs anticasta. Ahora hay casta buena si se trata de casta antiperonista.

- La interna de Juntos por el Cambio tuvo sus consecuencias ayer también. Hay que mirar los números con detalles, pero Milei no perdió tantos votos como los que perdió Bullrich respecto a las PASO. En otras palabras, no pudo fidelizar los votos de Larreta y fueron esos votos los que mayoritariamente explican la mejor performance del oficialismo.

Si querés ser presidente, tenés que llevarte bien con los gobernadores e intendentes.

- Perder la elección provocó el milagro republicano de un Milei que convoca a fortalecer las instituciones.

- Si hace 4 años el oficialismo discutía si el espacio se llamaba Todos, Todas o Todes, ahora Massa se presenta como el candidato "del trabajo y la seguridad" para, paso seguido, hacer subir a la familia al escenario recalcando lo importante de la unidad familiar. Siempre es más fácil ser progre cuando las papas no queman.

- Finalmente, la que tuvo miedo, antes que la casta, fue la gente.