domingo, 30 de abril de 2023

Llegar como sea (editorial del 29/4/23 en No estoy solo)

 

Alberto, quien había cedido el gobierno a Massa, confirmó la semana pasada que se baja de aquello a lo que sólo él pensó estar subido. A tono con los tiempos, Alberto era un candidato autopercibido. Ahora su triunfo es impulsar unas PASO mientras afirma que nadie debe ser puesto a dedo, es decir, nadie debe ser designado como fue designado él. “La democratización de los partidos c’est moi”.

Para los meses que vienen deberemos acostumbrarnos a un Alberto que nos relate por qué no pudo. A eso podrá reducirse su gobierno, en el mejor de los casos, esto es, si no vuela por el aire de acá a diciembre. Aspira a que unos libros de historia benevolentes lo recuerden como el presidente que tuvo mala suerte; que todo pueda reducirse al meme de Alberto preguntando “¿y ahora qué pasó?”

El del kirchnerismo es un caso curioso: tiene que dejar de ser kirchnerismo para ganar y por eso debe ofrecer una fórmula liderada por un no kirchnerista; así les exige a sus votantes lo que nadie exige, esto es, la racionalidad, la sofisticación y el sacrificio que pocos de los dirigentes practican. Votar cualquier cosa para evitar que vuelva la derecha, incluso derechizarse para que no gane la derecha. Porque nuestro candidato puede ser de derecha, pero es nuestro candidato.   

Todo hace suponer que el kirchnerismo le pedirá a sus votantes que voten a Massa. Un amigo me decía que una fórmula “Massa-Wado” fonéticamente sonaría “más aguado”. ¿Acaso una definición del kirchnerismo que viene? ¿Hay kirchnerismo más aguado todavía? ¿Por qué sería diferente esta vez? Había que votar a Scioli porque, total, estaba el perro guardián Zannini detrás garantizando el control sobre el eventual presidente. No alcanzó. Luego había que votarlo a Alberto porque, para que no queden dudas, está la propia Cristina detrás. No alcanzó para gobernar. ¿Ahora habrá que votar a Massa? Por cierto, después de la experiencia de Alberto, ¿qué es lo que garantiza el kirchnerismo estando “detrás”?       

Independientemente de estas preguntas, con Massa como candidato apoyado por el kirchnerismo, difícilmente haya una PASO, pues la interna estaría resuelta. El albertismo hará una épica de las PASO con algunos actos para tratar de negociar algún lugar en la lista, pero no mucho más. Con el oficialismo alcanzando un candidato de consenso, es posible que hasta JXC trate de eliminar la disputa interna y llegar a una única fórmula, aunque hoy parezca imposible. Pero el miedo, que en política se llama “Milei”, no es zonzo. Por cierto: ¿unas PASO donde ninguno de los principales candidatos enfrenta una interna? Todo es posible con tus impuestos, dirían en Twitter.

Mientras tanto siempre se espera que Ella hable y me recuerda aquella obra maestra de Ionesco, Las Sillas, en la que dos ancianos esperan con enorme expectativa al Gran Orador que vendrá a dar un mensaje salvador mientras acomodan las sillas del salón para invitados que son todos invisibles. Durante la obra se espera la llegada de El Gran Orador y cuando todos imaginamos que será una suerte de Godot que nunca viene, el Gran Orador aparece. El punto es que, al llegar, el Gran Orador es sordomudo y no puede hablar.

CFK puede hablar y, de hecho, es de las pocas figuras de la política que tiene cosas para decir. Es, además, por lejos, la mejor oradora de la política argentina, pero en los últimos años ha adoptado un carácter oracular y nos toca adivinar qué piensa y qué quiere… Quienes la siguen generan alrededor de ella una gran expectativa en cada uno de sus mensajes, los cuales son siempre atrayentes. Pero quizás ella ya ha dicho todo y, sobre todo, parece haber dicho lo más importante en este momento, esto es, que no será candidata. ¿Hasta cuándo seguirán instalando que está a punto de anunciar su candidatura?

Materia de otra nota podría ser indagar en las razones por las que ella decide brindar sus mensajes a través del formato de clases magistrales porque así parecería confirmar que el kirchnerismo está más cómodo en la universidad que afuera de ella. Pero CFK ganó las elecciones por cómo gobernó y no por ser una analista política o económica. Entonces no hacen falta “clases magistrales”. Hace falta gobernar. Desconocemos las razones profundas de este cambio. Quizás se trate de la deformación propia de una etapa en la que gobernar ya no es poblar sino comentar.

La invocación del nombre “Cristina” disimula la falta de cuadros y de ideas tras 20 años de kirchnerismo; CFK lo plantea siempre que puede y lo planteó el jueves en La Plata. También aclaró que el capitalismo es el modo de producción más eficiente y, citando a Perón, expresó que no se trata de ir contra el capitalismo sino de tener en claro quién conduce ese proceso. Fue el momento de mayor silencio, quizás. Es que a veces la Cristina real dice cosas que no se condicen con la Cristina mítica creada por propios y extraños.

Pero luego un poco más de lo mismo: todo se reduce a una discusión acerca de la propiedad de la lapicera (como si el problema de Alberto solo hubiera sido su indecisión); y al acuerdo con el FMI. Guzmán pasó de ser el buda sabio amigo de Stiglitz, al agente encubierto del neoliberalismo. En el mientras tanto, el kirchnerismo muta en “troskokirchnerismo”. -¿Cuál es el plan? -No al FMI. -Pero, ¿cuál es el plan? -No al FMI.

A todo esto, el pedido de votantes, militantes y hasta funcionarios de primera línea es que Alberto, Cristina y Massa se reúnan. Del pimpinelismo de los mensajes cruzados entre el presidente y la vice, a la política en modo nostalgia ricotera resumida en el cantito a toda banda de rock que se separa: “Solo te pido que se vuelvan a juntar”. Nadie sabe para qué. Pero recordemos que la diferencia es que aquí no queremos un último show, o “un último baile” como se dice ahora. Se trata de gobernar como adultos.

Lo que queda del gobierno de aquí en más se reduce a evitar que todo explote. Adelantos de dinerodel FMI, swap de monedas, tasa efectiva anual de 140%, eventual recesión por falta de dólares para importadores, dólar soja N° “1000” al precio que quieran, Maratea haciendo una colecta. Solo llegar. Como sea. Pero llegar. Nada más.

 

miércoles, 26 de abril de 2023

La sirenita que no encontraremos en Disney (publicada el 24/4/23 en www.theobjective.com)

 

Una sirenita negra; un beso entre lesbianas en Lightyear; un Obi Wan presuntamente bisexual; el personaje de Hades en Hércules y el Hombre de Hielo saliendo del armario; una pareja de varones homosexuales en Pato Aventuras; el reemplazo de Splash Mountain, acusada de representar estereotipos racistas, por una atracción acuática basada en la primera película de Disney con una princesa negra. Estos son solo algunos de los cambios realizados por Disney en sintonía con la perspectiva woke que hegemoniza culturalmente a Occidente en la actualidad.

Lejos ha quedado aquel tiempo en que Walt Disney era acusado de incluir contenido racista y antisemita en sus dibujitos animados. De hecho, hasta parece una pieza de museo aquel famoso libro de 1972, Para leer al Pato Donald, donde desde un punto de vista marxista, Dorfman y Mattelart advertían el modo en que, a través de las caricaturas, Disney era funcional a la ideología dominante del imperialismo estadounidense.

Con todo, quizás quepa decir que su función de transmisor de la ideología dominante se mantiene; en cualquier caso, lo que ha cambiado es el contenido de la ideología dominante. Pero dejando a un lado este punto, la cruzada de Disney se apoya también en intervenciones públicas de varios de sus directivos. El año pasado, por ejemplo, la directora general de contenidos de la corporación, Karey Burke, afirmó que desea, para un futuro próximo, que la mitad de los personajes de Disney pertenezcan a la comunidad LGTB. Lo hizo tras presentarse como líder y madre de un niño transgénero y un niño pansexual. Evidentemente, Burke se ha tomado muy en serio esto de que lo personal es político.

Sin embargo, lo que ha agitado las aguas hasta un terreno insospechado, fueron las declaraciones, realizadas en marzo de 2022, de quien era el director ejecutivo de la corporación, Bob Chapek. En aquel momento, Chapek expresó públicamente su decepción tras la aprobación del proyecto de ley HB 1557 de Florida. Se trata de una ley cuyos detractores denominan peyorativamente “La ley ‘No Digas gay’”, por la cual se prohíbe a los distritos escolares la enseñanza de orientación sexual e identidad de género hasta el tercer grado escolar.

A partir de allí comenzó una guerra sin cuartel entre Disney y el impulsor de la medida, nada más y nada menos que el gobernador de la Florida, Ron DeSantis, candidato firme a disputarle el liderazgo del partido republicano a Trump. El enfrentamiento con la corporación Disney es tal que DeSantis lo ubica como uno de los ejes de su reciente libro, The Courage to Be Free, un texto típicamente de campaña.           

Tras la oposición de Disney, DeSantis avanzó con la eliminación del distrito especial sobre el cual operaba la compañía, el Reedy Creek Improvement District, estableciendo de esa manera el fin de la autonomía de hecho que tenía Disney sobre las miles de hectáreas donde se encuentran ubicados sus famosos parques temáticos. “Hoy el reino corporativo llega a su fin” había declarado el gobernador en aquel momento.

Sin embargo, como les indicaba, la disputa continúa. De hecho, días atrás, de gira por Carolina del Sur, el republicano afirmaba: “A la izquierda no le gustó lo que hicimos, a la prensa corporativa tampoco le gustó, a Disney mucho menos. Es posible que hayan dirigido Florida durante 50 años antes que yo entrara en escena, pero ya no dirigen Florida”.

Si bien en este caso el conflicto se restringe a un Estado, un enfrentamiento semejante entre una corporación y los sectores más conservadores tiene como antecedente inmediato el ocurrido el año pasado en ocasión de la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos que abrió la puerta para que muchos Estados dieran marcha atrás con la legalización del aborto. En aquel momento, varias decenas de las más importantes compañías se opusieron públicamente a la medida y automáticamente establecieron que, en caso de que alguna de sus empleadas así lo requiriera, pagarían los costes de eventuales traslados hacia Estados donde el aborto no estuviera penado.

Sin entrar en valoraciones acerca de los ejes de los conflictos aquí mencionados, lo que resulta evidente es que las corporaciones han abandonado abiertamente la neutralidad que otrora fuera una bandera distintiva. Una vez más, se puede discutir si esto es bueno o es malo, pero es un hecho.

Sin embargo, lo que también es un hecho, es que este giro ideológico hacia lo políticamente correcto tiene las limitaciones propias de la agenda woke. En otras palabras, las corporaciones abrazan la agenda de toda minoría que ande por allí para pasar por alto una agenda algo más incómoda: la de los derechos laborales.

Sin ir más lejos, en febrero de este año, Disney anunció que despedirá a 7000 empleados. Entendemos que, a diferencia de lo que sucede en sus contenidos, esta vez el color de piel y la sexualidad no desempeñarán ningún rol y que se los va a echar en tanto trabajadores, lo mismo da si son blancos, negros, gays o heteros. Lo comercial no es personal en este punto.   

Asimismo, el énfasis en la agenda de las minorías contrasta tanto con la casi nula protección en lo que a legislación laboral refiere, que otra mega corporación, Amazon, cuyos contenidos también han sucumbido a las nuevas tendencias ideológicas, fue noticia en 2021 cuando los trabajadores denunciaron prácticas por fuera de la ley para evitar la sindicalización en uno de sus depósitos de Alabama. A esto se deben sumar los antecedentes que Amazon tenía contra la sindicalización en Barcelona y en otras ciudades europeas, lo cual incluyó hasta la contratación de expolicías para realizar espionaje ilegal sobre los principales referentes de las protestas.   

De esta manera, mientras Amazon ofrecía hasta USS 4000 de cobertura para aquellas empleadas que pretendieran realizarse un aborto, hacía todo lo posible, legal e ilegalmente hablando, para que  varones, trans, negros, blancos, latinos, gays, pansexuales, y, claro está, mujeres, no pudieran sindicalizarse. Evidentemente, es más barato pagar un aborto que una licencia por maternidad.

Para concluir, entonces, es probable que, en la medida en que continúe sin afectar sus intereses comerciales, corporaciones como Disney sigan regalándonos productos acordes a la cultura biempensante mientras fustigan a los candidatos de derecha. De aquí que las sirenitas serán negras, asiáticas, latinas, lesbianas o trans. Incluso hasta puede que el guion incluya un aborto de sirenita. Todo será posible menos una cosa: que la próxima sirenita sea un trabajador sindicalizado protestando contra un Poseidón que ha decidido echarla del mar.     

 

 

domingo, 23 de abril de 2023

Jubilar las identidades (publicado el 13/4/22 en www.disidentia.com)

 

En este mismo espacio, algunos meses atrás, les comentaba que las perspectivas identitarias en la actualidad están atravesadas por dos concepciones antagónicas que curiosamente conviven dentro del progresismo: por un lado, de la mano de la teoría queer, la identidad, en tanto construcción, es un espacio del cual se puede salir y entrar por mera autopercepción. No hay límite alguno. Ni siquiera la biología. Soy lo que creo que soy y puedo ser otra cosa si mañana así lo creo y lo deseo.

Sin embargo, por otro lado, especialmente desde las perspectivas antirracistas, emerge una visión de la identidad que se encuentra en las antípodas: allí la identidad aparece como una esencia que a su vez conlleva una serie de experiencias imposibles de ser reproducidas por una persona que pertenezca a otra identidad. De aquí que, por ejemplo, un blanco no pueda autopercibirse negro ni definirse transracial. Esta contradicción ha atravesado varios de los artículos de Disidentia que he escrito de modo que invito al lector a rastrear allí si es de su interés.

Ahora bien, si de la teoría queer se sigue una concepción por la cual se puede disponer o descartar la identidad como si fuera un producto que adquirimos en un supermercado, de esta segunda concepción de la identidad se infiere una suerte de visión propietaria por la cual hay unos poseedores encargados de velar por la pureza y la homogeneidad de la misma. Un tribalismo que, al tiempo que protege y preserva, también encarcela.

¿Es esta descripción justa? ¿Vivimos entre una perspectiva identitaria abierta y liberadora, y una perspectiva tribalista asfixiante? No exactamente y, para ser más justos, digamos que no son pocas las voces que advierten que incluso desde la perspectiva queer esta obsesión por lo identitario está creando la atmósfera contraria a la presunta liberación con la que se la intenta presentar en el debate público.

A propósito, algunos meses atrás y en el marco del Festival de Arte Queer de Buenos Aires, visitaba Argentina la joven escritora transgénero Elizabeth Duval, quien para algunos es una de las grandes promesas de la literatura europea.

El punto es que más allá de haber publicado 4 libros con tan solo 22 años, Duval ganó notoriedad por, entre otras cosas, ser de las primeras adolescentes españolas que con 14 años recibiría una terapia de bloqueadores hormonales. A esto le siguieron portadas de revistas, activismo y redes sociales con un vértigo propio de estos tiempos y esas edades.

Sin embargo, como indicara en una entrevista al portal INFOBAE, tanta exposición la agotó a tal punto que decidió “jubilarse de lo trans”.

¿Significa esto que se ha “arrepentido” de su tratamiento hormonal? Nada de eso. De hecho, ante la pregunta de la periodista ella responde:

“[Lo que me ha cansado es] Que para existir como sujetos con voz dentro de la sociedad de libre mercado y del marco de las democracias liberales, las personas trans deben constantemente estar hablando de sí mismas, produciendo discurso sobre aquello que articula su identidad. Podemos existir, pero a condición de que nuestro discurso se convierta en una reiteración obsesiva en torno a aquello que nos diferencia: no podremos borrarlo”.        

 

El señalamiento es por demás interesante y en realidad se extiende a aquel que pretenda definirse en torno a una identidad unidimensional: todo el tiempo se le exige a esa persona que actué en tanto “eso que es” y se espera de ella las performances correspondientes. Es curioso, pero tanto hablar de deconstrucción y se exige incluso a las presuntas identidades deconstruidas que actúen según el estereotipo en cuestión. Así, las persona trans tienen que ser trans todo el tiempo y todas sus acciones deben poder explicarse y estar en relación con la causa trans. Lo mismo sucede con los afroamericanos en Estados Unidos, los gays o incluso las mujeres. En este último caso, como vemos en España, sectores del feminismo ya no celebran que haya mujeres que alcancen espacios de poder si quienes llegan allí son mujeres de derecha, como podría ser el caso de Isabel Ayuso. De repente, entonces, ya no se exige igualdad entre varones y mujeres sino entre varones y feministas. Así, pareciera ser que una mujer de derecha no sería mujer y solo serían mujeres las feministas de izquierda. Lo mismo ha sucedido con los afroamericanos o gays famosos que, por ejemplo, en su momento apoyaron a Trump. El solo hecho de defender una posición minoritaria dentro de la comunidad los convertía en “usurpadores de una identidad”, como si un afroamericano de derecha escondiese un alma blanca, y un gay de derecha fuera un heterosexual enmascarado.     

Lo que menciona Duval incluso se ve muy claro cuando, por ejemplo, enfocamos el reverso de las políticas de cupo en el cine. En este sentido, cuando se exige que haya personajes trans y gays en una película o una serie, y se considera que solo trans y gays en la vida real deberían poder representar esos personajes, la consecuencia a la que arribaremos prontamente es que los actores trans y gays no podrán actuar de otra cosa que no sea de ellos mismos. ¡Menuda cárcel! Dedicarse a una actividad cuya magia está en la posibilidad de ser otro, y una tiranía de las buenas causas acaba por condenar a esas personas a no poder representar a nadie más que a sí mismos. Algo similar ocurre con mujeres dramaturgas o escritoras: el establishment cultural y editorial les exige que en tanto mujeres tienen que hablar de “cosas de mujeres” o de “los temas que les están interesando a las mujeres ahora”. Así, todo el tiempo se está obligado a ser lo que se es, entendiendo por tal solo una de las dimensiones de la identidad, como si una mujer se definiera solamente por esa condición.

Para finalizar, detrás de las identidades presuntamente empoderadas se están erigiendo los barrotes de la celda que obliga a esas identidades a estar todo el tiempo cumpliendo con lo que se exige de ellas. Lo que libera también encarcela, de aquí que, quizás, siguiendo la actitud de Duval, sea tiempo de “jubilar las identidades”: no para afirmar que una de las dimensiones de la identidad (la racial, sexual, etc.) sea irrelevante, sino para exponer que una persona es también, al mismo tiempo, muchas otras identidades más.  

 

 

sábado, 22 de abril de 2023

...pero no nos gobierna la derecha (editorial del 22/4/23 en No estoy solo)

 

Casi el 55% de los niños menores de 14 años en Argentina son pobres pero el país tiene la suerte de que no lo gobierne la maldita derecha. La desorganización neoliberal de la vida que trajo el macrismo mutó en desorganización socialdemócrata y progresista de la vida. Inflación arriba del 100% pero con “ampliación de derechos” que abarca todo menos el derecho de esos casi 55% de niños pobres a dejar de serlo.

Argentina es un lugar donde los desastres del presente se sostienen en la siempre confirmada posibilidad de que el futuro empeore las cosas. Carentes de absolutos, en el espejo de un porvenir tenebroso, la comparación con el presente siempre es piadosa.

“Hoy estoy peor que ayer, pero mejor que mañana”, decía la canción de La Mosca y esa descripción es mucho más adecuada para dar cuenta de la situación del país, especialmente si se la compara con el estribillo repetido ad nauseam de esa otra canción de su autoría que reza: “muchachos, hoy nos volvimos a ilusionar”.

Porque la única ilusión que le queda a los argentinos, en términos electorales, es la de ver caer al adversario. “Estamos como el orto pero que no gane…”; es como si hubiera que matar al payaso IT de la política que adopta la forma de nuestros miedos: la derecha mala, los “70 años de peronismo” que ya van para 80…, etc.

Pero hablando de ilusiones…, ¿quién se puede ilusionar con Rodríguez Larreta? Se lo puede votar, claro. De hecho, se lo ha votado, pero ilusión es otra cosa. ¿Y qué es lo mejor que tiene el oficialismo para ilusionarnos? ¿Un gobierno de Massa? ¿El regreso de una Cristina debilitada que gracias a esta pobre gestión ya ni siquiera puede ungir a un candidato? ¿Acaso otra figura de una fuerza que gobernó 16 de los últimos 20 años y no ha sabido construir un candidato que pueda, si no reemplazar a CFK, al menos capitalizar los votos de ese espectro ideológico? Que el oficialismo deba ir a unas PASO no es una salida republicana y horizontal al problema de la legitimidad, sino la radiografía de una descomposición.

¿Y qué sucede con Milei? ¿Puede ilusionar a alguien? No. Sus votantes no votan con ilusión o, en todo caso, tienen la única ilusión de hacer realidad la escena final del Joker con toda una ciudad incendiada por payasos que no saben bien para qué, pero, por las dudas, rompen todo. Si durase una sola noche, el voto a Milei sería el castigo justo para una clase política que, salvo contadas excepciones, da vergüenza. El único detalle es que la presidencia dura 4 años y después de incendiarlo todo hay que seguir gobernando.

Pero, siguiendo con los músicos, habría que parafrasear a Ricardo Iorio y decir “Milei existe por ustedes”, para luego agregar el insulto correspondiente. Efectivamente, existe porque todos los países tienen formadores de precios, oligopolios y posiciones dominantes; y todos los países han sufrido la pandemia y las consecuencias indirectas de una guerra en Ucrania. Incluso el gobierno de Macri sufrió una sequía (menor a esta, pero sequía al fin). Sin embargo, Argentina es de los pocos países del mundo con este nivel de inflación. Entonces aceptamos que comuniquen como quieran. Incluso aceptamos que lo hagan como tiktokeros. Lo que no aceptamos es que nos tomen por idiotas.  

“Hay funcionarios que siguen sin funcionar” dijo de Pedro esta semana y tiene razón, aunque lo que habría que decir a esta altura del partido es que lo que no funciona es el gobierno del cual forma parte. Lo he dicho aquí y lo repetiré hasta el hartazgo: se equivocan quienes dicen que el albertismo no existe. El albertismo existe pero no es una construcción política sino la destrucción de todo lo que lo rodea hasta transformarlo en expresiones minoritarias; es la fragmentación del poder en átomos impotentes cuya única oferta son las internas palaciegas de baja calidad. La noticia de su renuncia al intento de reelección en las últimas horas no hace más que confirmar lo que todos sabíamos: sin votos, sin poder, con un círculo de colaboradores fieles cada vez más restringido, se acabó este delirio de un presidente que nunca tuvo más del 5% de los votos y pretendía presentarse a una interna para perderla por paliza. Si la decisión no fue comunicada con anterioridad es más por narcisismo que por estrategia electoral. En el mientras tanto, el Frente de Todos se convirtió en el “Frente de Todos débiles”. En todo caso, habrá que ver cómo se mueven las piezas ahora que Alberto está corrido a un costado y no califica ni para jarrón chino, pero, en el debilitamiento del Frente, el albertismo ha tenido la efectividad que no tuvo para acumular poder y gobernar.    

De hecho, gobernar en OFF es casi la mejor metáfora para un gobierno que nunca se encendió y que tampoco tuvo un plan ni lo tiene ahora, claro está. En el mejor de los casos, ese desastre indeseado que fue la pandemia le permitió ocultar la improvisación constante del presidente y de la fuerza que gobernaba por casi dos años hasta el acuerdo con el FMI. Pero pasada la zozobra y los muertos, la realidad emergió y mostró las consecuencias de un gobernar entendido como la distribución de cargos para que nadie se enoje y para que nadie saque los pies del plato. Si hay mierda, que salpique a todos (y bien salpicados deberían estar, por cierto) porque las responsabilidades no son las mismas pero los errores compartidos arreciaron en todos los dirigentes que forman el Frente. En este sentido, caer solo sobre la figura de Alberto Fernández, como sucederá ahora que ha renunciado a la posibilidad de su reelección, es un favor que le haríamos a muchos dirigentes con distintos grados de responsabilidad. Sucederá como Martín Guzmán que, de repente, se transformó en el único que llevó adelante la negociación con el FMI mientras los líderes del espacio fingían demencia. Ahora, el Alberto a un costado será presentado como el último estorbo que hacía falta para que florezca la verdadera esencia igualitarista del Frente. El “Ah, pero Macri” que había reemplazado al “Ah, pero Cristina” del macrismo, devendrá “Ah, pero Alberto” no solo desde la oposición sino desde el mismo Frente de Todos. En los últimos 3 años y medio, entonces, gobernó Alberto. El resto de los hombres y mujeres del Frente no han tenido ninguna responsabilidad.    

Mientras tanto, el único clamor que se oye, entonces, por fuera de la burbuja de algunos dirigentes y comunicadores voluntaristas, es el que exige que hagan algo de una puta vez mientras el país se incendia. Pero la política ya no es voluntad de transformación sino solo administración de los tiempos de la bomba. ¿Acaso pedirle al FMI que adelante los USS 10000 millones que Argentina debía recibir este año como un aporte de campaña menor, claro está, a los USS 45000 millones que recibió la fugadora e inepta administración de Macri antes de chocar la calesita? ¿Un dólar soja que tendrá más capítulos que la saga de Rápido y Furioso? Todo esto es anecdótico porque siempre se va a necesitar algo más para llegar como sea no se sabe bien a qué, como si al 10 de diciembre no le sobreviniese inmediatamente el 11.

Con todo, no es momento para desmoralizarse. Tenemos razones para estar exultantes. Estamos dando la batalla cultural y, además, lo más importante es que todas las mañanas, a pesar de las dificultades, cuando ese casi 55% de chicos pobres despierta, tiene la tranquilidad de saber que, en la casa Rosada, no hay un gobierno de derecha.   

 

 

      

jueves, 20 de abril de 2023

Francia y el derecho a la pereza (publicado el 17/4/23 en theobjective.com)

 

Con la promulgación de la reforma al sistema de pensiones que retrasa la edad de jubilación de 62 a 64 años, Macron parece haber logrado imponerse a sindicatos, partidos de la oposición y a lo que, según indican las encuestas, sería una mayoría de la sociedad.

Más allá de las especificidades de las condiciones laborales de Francia, las razones para estos cambios son de índole fiscal y se apoyan en una realidad que atraviesa a todos los países con un sistema de pensiones de solidaridad intergeneracional en el que la mayor expectativa de vida, la tasa de natalidad a la baja y la precarización laboral, confluyen para impedir su autosustentabilidad.

¿Pero cuáles son los argumentos de la oposición? Naturalmente, cuando las protestas se generalizan, suele haber tantas demandas y razones como individuos involucrados. Sin embargo, cuando se hace foco en algunas de las voces que más espacio han tenido en las últimas semanas, se puede comprender que el conflicto va bastante más allá de la edad para jubilarse.

Por ejemplo, se hizo viral en los últimos días un extracto del discurso en plena calle del diputado del espacio de izquierda Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, en el que afirma:

“El tiempo libre (…) es un tiempo del cual podemos disponer para poder decidir qué cosas podemos hacer: vivir, amar y también no hacer nada; cuidar de los nuestros, leer poesía, pintar, cantar, tiempo de ocio. (…) Pero ellos nos dicen: “Tenéis que trabajar más”. ¿Por qué tenemos que trabajar más? La clave del futuro no es producir todavía más”.

En esta misma línea, en uno de los discursos que brindara en la Asamblea Nacional, la diputada ecofeminista Sandrine Rousseau abogó por la reducción de las horas de trabajo y una nueva redistribución de la riqueza, además de llamar a “cuidar de nosotros mismos y del entorno”, y “bajar el ritmo”. Esto va de la mano de su reivindicación del “derecho a la pereza”, una bandera que ha esgrimido recientemente en una entrevista en la Radio France Info.  

Conscientes de que, evidentemente, lo que se está discutiendo parecen ser aspectos de fondo, lo primero que hay que decir es que el escenario pospandémico tampoco ha ayudado a Macron. La razón es que, como ha sucedido en buena parte del mundo, pero en especial en los países desarrollados, la posibilidad de que las clases medias y acomodadas pudieran experimentar el “home office”, ha generado cambios sustanciales en el modo en que nos conectamos con el trabajo. De hecho, ya en noviembre del año pasado circulaba una encuesta en la que solo el 21% de los franceses manifestaba que su trabajo era “muy importante”, contra el 60% que había indicado lo mismo en el año 90; incluso más del 40% de los encuestados indicó que prefería ganar menos a cambio de tener más tiempo libre.

Estos números, entonces, deben leerse en línea con el fenómeno conocido como la “la gran renuncia”, aquel por el cual, durante el año 2021, solo en Estados Unidos, 47,4 millones de personas renunciaron voluntariamente a su trabajo.   

Sin embargo, la idea de un “derecho a la pereza” nos obliga a ir bastante más atrás porque refiere a aquel folleto/manifiesto escrito en 1880 por el anarquista franco-cubano devenido socialista, Paul Lafargue, quien se casaría con la segunda hija de Karl Marx y que, antes de realizar un pacto suicida con su esposa en 1911, se dedicara con ahínco al fomento de las ideas de su suegro, no solo en Francia sino también en Londres y Madrid, entre otras grandes ciudades.

Lafargue despotrica contra la moral burguesa que habría inculcado a los trabajadores el “amor por el trabajo”, y llama a acabar con la dinámica de la hiperproductividad ya que considera que es una trampa del capitalismo.

De hecho, para Lafargue hay que ir a buscar la belleza natural del Hombre a naciones como España donde todavía (en 1880, claro) existía “el odio al trabajo”:

“España, que lamentablemente se está degenerando, puede todavía vanagloriarse de poseer menos fábricas que nosotros prisiones y cuarteles (…) Para el español, en que el animal primitivo no está aún atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes”.

Pero el núcleo de su pensamiento antimoderno y antiliberal se puede sintetizar en este pasaje:

“(…) el proletariado debe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora; debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos Derechos del Hombre, proclamados por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se limite a trabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y comer el resto del día y de la noche”.

Si bien llama la atención que no hayan aparecido “lectores sensibles” para advertir que una lectura del texto completo iluminaría pasajes donde el yerno de Marx reproduce creencias antisemitas y machistas propias de la época, lo más relevante aquí son los enemigos de Lafargue y su propuesta acerca de cómo salir de la encerrona a la que el capitalismo habría llevado a los trabajadores. Porque nuestro autor pareciera considerar, con bastante ingenuidad, que la salida del capitalismo pasaría por una suerte de primitivismo, esto es, un regreso a comunidades originales vírgenes todavía no envilecidas por la moral capitalista.

Si leída en el año 2023 la visión de Lafargue parece naif, el problema que aparece es que esta salida precapitalista y premoderna está presente en muchos de los discursos de “la izquierda verde” en la actualidad, tal como quedó expuesto aquí con la defensa del punto de vista “decrecentista” de S. Rousseau que llama a vivir con menos, producir menos y consumir menos energía como la única forma de salvar al planeta.   

Sin dudas, el trabajar desde casa experimentado en la pandemia como así también los desafíos que le puede plantear al mercado laboral la falta de autosustentabilidad de los sistemas de pensiones y el desarrollo de nuevas tecnologías como la IA, resultan buenas excusas para replantear no solo la redistribución de la riqueza sino para ir todavía más allá y repensar el modo en que el trabajo forma parte de lo humano. Sin embargo, aunque todo puede ser discutido, una salida premoderna, romántica y mítica no parece realista y, probablemente, ni siquiera deseable para muchos de los que defienden ese tipo de alternativas al tiempo que eligen seguir gozando de todos los beneficios que la modernidad, la tecnología y el capitalismo han traído.  

Sin tener aun la respuesta, es de suponer que abandonar los slogans en pos de soluciones complejas e inteligentes podría ser un buen inicio, pero supone esfuerzo y trabajo. En todo caso, el derecho a la pereza no puede incluir el derecho a la pereza intelectual.