lunes, 29 de octubre de 2018

Unidad en el pueblo: el proyecto político de Francisco (editorial del 28/10/18 en No estoy solo)


Tras el encuentro ecuménico que se llevó a cabo días atrás en Luján, referentes políticos, periodistas e intelectuales no peronistas fustigaron fuertemente a la figura del Papa Francisco y a esta versión de la Iglesia crítica del modelo económico. Liberales, progresistas e izquierdistas recordaron el conservadurismo en materia de moral y costumbres de la Iglesia y destacaron la necesidad de avanzar hacia una separación definitiva de ésta respecto del Estado. Pero lo curioso es que la reacción contra la Iglesia provino incluso de muchos católicos que aceptan todos los pasajes oscuros de la historia universal de la Iglesia y que incluso han festejado o al menos justificado el rol de la institución en el año 55 y en el 76 pero que, sin embargo, no le perdonan haber sido una prenda de unidad para un peronismo que intenta, a contrareloj, ser competitivo para 2019. Podría decirse que, a la luz de los acontecimientos, el antiperonismo es un sentimiento religioso más fuerte que el vínculo con Dios y su representante en la Tierra.
¿Pero qué sucede en el plano conceptual y político? Porque todas las críticas tienen asidero y llevan mucho tiempo en algunos casos pero la reacción, esta vez, fue desproporcionada y supuso editoriales y varios días en tapa de los diarios, TV y radio además de encarnizados cruces en redes sociales.
Fue entonces que pensé que el mejor aporte que podía hacer era correr la hojarasca y pensar cuáles son los principios del proyecto político, si es que podemos hablar en esos términos, claro, de la Iglesia que lidera Francisco. Porque intuyo que allí uno puede encontrar la respuesta a buena parte de las tensiones que no tienen que ver con coyunturas, emociones violentas y narcisismos.
Para ello me voy a servir de un discurso que Francisco diera en 2010, cuando era simplemente el cardenal Jorge Bergoglio, y que fuera publicado bajo el título Nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo. Se trata de un discurso que se da en el contexto en que la relación con el kirchnerismo no era la mejor. Y cuando uno lo repasa observa, naturalmente, la base de la doctrina social de la Iglesia pero una clara coincidencia con La comunidad organizada de Perón, especialmente en lo que respecta al diagnóstico de la presencia de antagonismos que deben ser superados. En aquel discurso de Perón, al menos desde mi punto de vista, el antagonismo central y a partir del cual el peronismo busca aparecer como una tercera posición superadora, es el que enfrenta al liberalismo individualista y al comunismo colectivista. Frente a ello, Perón afirma que la realización individual se da siempre en comunidad, retomando ideas clásicas ya presentes en Aristóteles, pero la pertenencia a esa comunidad no debe eliminar la individualidad. Las palabras de Bergoglio, sesenta años después de las de Perón, obviamente, incluyen otras tensiones o aggiornan esa “tensión original”, pero están puestas allí para enumerar lo que, considera, son los cuatro principios necesarios para elaborar su propuesta: 1) que el tiempo es superior al espacio, esto es, que se trata de estructurar un proyecto, una narrativa y una finalidad antes que ocupar circunstancialmente un lugar sin referencia alguna hacia dónde ir; 2) que la unidad es superior al conflicto, es decir, que frente a algunas lecturas neomarxistas que afirman que el conflicto es constitutivo a la democracia y a lo humano, éste puede y debe superarse en un proyecto común; 3) que la realidad es superior a la idea, o sea, que frente a las vanguardias idealistas que se autonomizan de la realidad y consideran que pueden cambiarlo todo desde el lenguaje y la ideología, Bergoglio considera que la idea debe estar al servicio de una realidad que no es maleable caprichosamente; 4) que el todo es superior a la parte, esto es, lo que les indicaba anteriormente: que el todo es más que la suma de las partes pero que ese todo no anula a esas partes sino que las integra.  
A lo largo del texto, además, aparecen menciones a la independencia, a la soberanía y a la justicia social, y se exhorta a que la finalidad del proyecto sea siempre el Bien Común, elementos que luego aparecerán, claro está, en las encíclicas que él realizará más adelante en calidad de Sumo Pontífice. Pero lo más interesante conceptualmente es que Bergoglio retoma una idea que floreció durante los siglos XVIII y XIX en el seno de la tradición reconocida como “romántica”. Me refiero a la idea de que el sujeto de la historia, el sujeto de las trasformaciones, es el pueblo. Allí está el núcleo central que separa esta propuesta de los puntos de vista liberales, conservadores, progresistas e izquierdistas. Es el pueblo como ente cultural-mítico pero encarnado en el hoy y proyectado hacia el futuro, el que puede y debe superar las divisiones y las tensiones. De esta manera, contra los liberales, la historia no es la historia de los individuos sino de los grandes hombres que encarnan a un pueblo en un momento histórico particular; contra los conservadores, es el pueblo orientado hacia el Bien Común el que debe transformar la sociedad para devenir comunidad plena y justa; y contra la izquierda y la progresía, no son las fracciones ni los grupos exigiendo derechos formales y anteponiendo sus intereses facciosos a los de las mayorías los que marquen el camino hacia la unidad en el tiempo, aun cuando alguna de sus exigencias pueda ser razonable. Es más, en tiempos de políticas de identidad, Bergoglio afirma que “la persona social adquiere su más cabal identidad como ciudadano en la pertenencia a un pueblo” y no como individuo agregado a otros en una sociedad ni como individuo vinculado a un grupo en razón de su etnia, clase, género u objeto de deseo.
Para finalizar, como indicaba al principio, no escribo estas líneas para defender o criticar presupuestos de la perspectiva de Bergoglio y la tradición de la cual él abreva en la Iglesia, sino para comprender qué es lo que puede estar de fondo más allá de los gestos de unos sectores u otros. Si, además, esto sirve para echar algo de claridad acerca de las tensiones conceptuales actuales y futuras dentro del espacio nacional y popular, donde también conviven espacios progresistas y de izquierda, habré colmado sobradamente mis expectativas pues parecen ser tiempos de demasiada corrección política combinada con extravíos ideológicos, holgazanería reflexiva y el enorme vacío que deja la ausencia de un proyecto político.              


jueves, 25 de octubre de 2018

El payaso "IT" y la política del miedo (publicado el 18/10/18 en www.disidentia.com)


El último lustro viene arrojando, en todo el mundo, resultados electorales sorprendentes: iniciativas y candidatos que era imposible que ganaran han ganado y el establishment biempensante se ha sentido conmovido e indignado, sentimientos que, por cierto, no contribuyen a que cese su infatigable tendencia a equivocar el diagnóstico sobre este tipo de fenómenos.

Con todo, probablemente, la conmoción obedezca, en última instancia, a que toda la cultura occidental de los últimos siglos se ha apoyado en la idea del progreso moral de una sociedad libre y abierta que se estructura a partir de agentes racionales que toman decisiones informadas. Sin embargo, asistimos, a lo largo y ancho de nuestra civilización, a una opinión pública a merced de la agitación mediática de turno y una política atravesada por las emociones.
Sí, efectivamente, los grandes liderazgos y la cultura de masas hoy están en el baúl de los recuerdos del siglo XX pero en tiempos de liderazgos pulcros, eficientes, horizontales y “CEOcráticos” las emociones siguen jugando un papel preponderante por más que sigan teniendo peor prensa que la santa Razón.
En este marco, salvo excepciones, políticos populistas pero también socialdemócratas y liberales se encuentran a merced de una opinión pública que alimenta sus prejuicios con posverdad, y procesos eleccionarios que suelen polarizarse y definirse por la negativa antes que por la positiva. Dicho de otra manera, los candidatos ya no pugnan por dar buenas razones para que se los vote porque éstas importan poco. Simplemente buscan tener menos imagen negativa que el adversario: “¡Cuidado que vienen los populistas….! ¡Cuidado que vienen los comunistas…! ¡Cuidado que vienen los fascistas…! ¡Cuidado que vienen los liberales…! ¡Cuidado que vienen los nazis…!”. Siempre está por venir el mal, el gran fantasma. Se trata de ese otro al que nos enfrentamos y que condensa toda esa monstruosidad que nos asusta. Así, de todas las emociones, evidentemente la que se privilegia es el miedo, el terror a ese adversario al que nos enfrentamos y que aparece como amenaza a la nación, a la identidad, a los valores, a la diversidad, etc. Esto significa que estamos inmersos en un proceso de política “IT” y por tal refiero a ese siniestro payaso que ideó Stephen King y que tuvo su nueva versión cinematográfica el año pasado. Es que el payaso “IT”, “ESO”, en castellano, adopta la forma que más miedo genera en aquel que lo enfrente. Si un niño tiene miedo a las serpientes, el payaso se convertirá en la serpiente más terrorífica o en su metáfora más cercana, del mismo modo que si su compañero tiene miedo a crecer probablemente el payaso se transforme en un gigante. En la política “IT”, el candidato que no nos gusta adopta la forma de todos nuestros miedos. Es más: para distintos electores un candidato puede representar distintas características, incluso contradictorias entre sí, como ser populista y liberal, conservador y progresista, de derecha y de izquierda. Porque lo que importa es que aparezca como “el mal”, aquello que genera “terror” y a lo que jamás se podría votar en ninguna circunstancia.
Al tanto de este fenómeno, especialmente en el caso de sistemas bipartidistas y/o con elecciones que se definen a través del balotaje, no es casual que los asesores de campaña se ocupen más de defenestrar la imagen del oponente que de ayudar a construir una imagen propositiva del candidato propio. Y lo hacen sean del signo político que sean porque hoy en día no solo los conservadores se basan en esta política del miedo sino que también abusan de ella los sectores  progresistas que en cada elección y en cada lugar del planeta plantean que lo que se juega allí es la gran batalla final contra el nazismo o el mismísimo Lucifer, en una lógica que más que a IT nos recuerda a los épicos enfrentamientos de Star Wars entre los sables verdes que representan al bien y los sables rojos que representan al lado oscuro.
Pero lo cierto es que, al menos para el progresismo biempensante, esa estrategia no funcionó incluso contra candidatos que a priori eran incapaces de triunfar, como Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil.
Por todo esto, cuando en procesos electorales nos inviten a elegir entre globos de un color y de otro habrá que tener mucha agudeza porque es probable que ambos globos estén representando a un payaso aterrador pero que solo debería dibujarnos en el rostro una sonrisa sarcástica: la sonrisa de quien entiende que, al menos en política, nunca estarán demás los matices ni los intentos de encontrar la complejidad detrás del maquillaje.        


lunes, 15 de octubre de 2018

Uber y los libres autoexplotados (publicado el 4/10/18 en www.disidentia.com)


En casi todos los países del mundo la llegada de Uber ha generado conmoción, batallas legales interminables e incluso hechos de violencia casi siempre protagonizados por quienes ven afectado su negocio, principalmente, los taxistas. Más allá de las particularidades de las legislaciones de cada Estado, en general se suele hacer hincapié en que Uber supone un tipo de competencia desleal, que tiene un modelo de negocios que hace difícil su regulación y, por lo tanto, el cobro de impuestos, etc. En Latinoamérica, por ejemplo, Uber comenzó en 2014 y prácticamente se ha extendido por todo el continente con distintos grados de litigiosidad pero con una excelente recepción de los usuarios que encuentran allí precio prefijado, costos más bajos y seguridad. A su vez, con la masificación de los teléfonos celulares y el auge de las aplicaciones, otro tipo de empresas que ofrecen distintos servicios son parte del vocabulario natural de los usuarios. Son empresas particulares porque lo único que ofrecen es una aplicación. Así, Uber, es una empresa gigante de alquiler de coches y sin embargo no posee ni un solo vehículo; lo mismo podría decirse de AirBnB en el ámbito del turismo o una empresa argentina como Mercadolibre, que ya tiene alcance regional y, sin ningún local de venta físico propio, no hace otra cosa que cobrar comisiones por conectar usuarios y marcas que pueden vender desde un juguete usado hasta un televisor de última generación. El negocio de las aplicaciones al servicio de la utopía tecnológica propuesta por Silicon Valley promete mediatizar prácticamente todos nuestros vínculos y su auge es explosivo. Al ya mencionado caso de Uber, que en menos de un lustro y a pesar de las resistencias, está complemente instalada entre los usuarios, podemos sumarle, solo como ejemplo, los casos de Glovo, una empresa fundada en Barcelona en 2015 o Rappi, empresa de capitales colombianos fundada el mismo año, que han inundado las calles de Buenos Aires con miles de “glovers” o “rappiers” que no son otra cosa que, en su mayoría, jóvenes desempleados que disponen de una bicicleta o una motocicleta y se encargan de trasladar pedidos a domicilio. En este caso la resistencia no ha sido grande porque nadie vio afectado su negocio y las empresas se han beneficiado porque tercerizan el servicio y reducen los costos despidiendo a los empleados que se encargaban de los repartos.
Pero lo más interesante es cómo este modelo de negocio está modificando la concepción de “trabajo” y “trabajador” acorde a las exigencias del nuevo esquema que propone el capitalismo financiero. Sin sindicalización, sin cobertura médica, en el mejor de los casos y donde hay regulación, el trabajador (o lo que queda de él) paga un impuesto básico que en Argentina se conoce como Monotributo pero varía de país en país. Lo curioso es que a cambio de las protecciones de las que otrora gozaban los trabajadores, cierto discurso dominante presenta este tipo de vínculos como espacios de libertad, sin horarios y sin jefes, lo cual, sin dudas, es cierto. Porque quien trabaja para Uber y su vínculo laboral empieza voluntariamente cuando se conecta y culmina voluntariamente cuando se desconecta, ya no es un trabajador sino un empresario de sí mismo que negocia, aparentemente de manera libre y en igualdad de condiciones, su tiempo a cambio de un dinero que, naturalmente, no me atrevería a llamar “salario”. Sujetos autónomos y libres entrando y saliendo rezaría otra utopía, la libertaria, sin tomar en cuenta que la gran mayoría de quienes brindan ese servicio, han perdido el trabajo o realizan horas extra por sobre el trabajo que todavía sostienen porque aquella paga ya no les alcanza.
Estos empresarios de sí mismos son el ejemplo claro del cambio de las relaciones laborales en las sociedades en las que vivimos porque son sujetos con sueldos miserables pero que se consideran libres por presuntamente, no tener, como en el capitalismo clásico, de modo visible, un explotador que los explote, situación que aparecía con claridad en las sociedades donde las clases y las identidades resultaban mucho más fijas que en la actualidad. El empresario de sí mismo se cree empresario y cree manejar sus tiempos pero acaba generando su autoexplotación. Es él mismo el explotado y el explotador, y en las condiciones actuales de distribución de la riqueza, su destino es, probablemente, el fracaso y la depresión. Así, para el empresario de sí mismo en el marco de una sociedad del rendimiento y la exigencia, la única revolución que hay es la de las pastillas. Y la razón es simple: como los modelos económicos no parecen jugar ningún rol relevante, ya no hay jefes y nos quieren hacer creer que rigen las condiciones esenciales para una justa carrera meritocrática, que no alcance para llegar a fin de mes acaba siendo una responsabilidad personal. ¿A quién entonces, debemos hacerle la huelga si enfrente no hay explotador y si los gobiernos son vistos como meros administradores de la miseria?
En las páginas 193 y 11 de Topología de la violencia, el filósofo coreano Byung-Chul Han lo explica de este modo: “la desaparición de la instancia de dominación externa no suprime, sin embargo, su estructura de coacción. La libertad y la coacción coinciden. El sujeto del rendimiento se libra a la coacción para maximizar el rendimiento. De este modo se autoexplota. (…) El sistema capitalista pasa de la explotación por parte de otro a la autoexplotación, del deber al poder (…). Su libertad paradójica hace que sea víctima y verdugo a la vez, amo y esclavo. Aquí no hay distinción entre libertad y violencia (…) La violencia sufre una interiorización, se hace más psíquica y, con ello, se invisibiliza. Se desmarca cada vez más de la negatividad del otro o del enemigo y se dirige hacia uno mismo”.
 Si bien a poco de ingresar a la tercera década del siglo XXI y con una revolución tecnológica a cuestas, nadie puede pretender que las relaciones laborales sean las mismas que antaño, el presunto oasis de sujetos libres que entran y salen de una aplicación, tiene más de necesidad y  violencia que de libertad, salvo que, claro está, la autoexplotación de un individuo arrojado a los márgenes del sistema sea interpretada como una decisión autónoma entre una importante gama de opciones. Es que en una sociedad donde no hay trabajadores y todos son empresarios de sí mismo la explotación no desaparece. En todo caso, cambia el explotador porque ya no es un otro sino el propio sujeto y lo que se mantiene constante es que el explotado sigue siendo el mismo aunque ahora, claro está, crea que es libre.   

     

miércoles, 26 de septiembre de 2018

La noticia ha muerto (publicado el 20/9/18 en www.disidentia.com)


Revisando el diálogo que en 1975 tuvieran Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato a instancias del escritor argentino Orlando Barone, encontré el siguiente intercambio acerca del valor de las noticias.
“Sábato: La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo, al día siguiente
Borges: Claro. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido (…)
Sábato: Sería mejor publicar un periódico cada año, o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante (…) ¿Cómo puede haber hechos trascendentes cada día?
Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he leído un diario (…)”
Estas breves reflexiones me llevaron a posar la atención en la cuestión de la periodicidad y a observar que en la enorme cantidad de publicaciones del campo de la teoría comunicación referidas al concepto de “noticia” o a la relación entre lo que los medios afirman y la realidad, no abundan los énfasis en el vínculo entre los hechos y los modos de producción de la noticia, formato que ha hecho que se naturalice que todos los días haya noticias y que todo lo que sucede deba agruparse en resúmenes diarios. Efectivamente, podrá haber variaciones de país en país o en determinados momentos históricos pero desde la irrupción del periodismo y su posterior amplificación a través de la radio y la TV, nos habituamos a que las noticias ocurren por día o, en todo caso, las noticias pueden dividirse en una versión matutina y otra vespertina.
Ya en 1993, el periodista argentino, Claudio Uriarte, escribía al respecto que “el periodismo ha otorgado legitimidad a una idea cuya única verdad son los ritmos de reproducción de la fuerza de trabajo de la productividad alienada: la noción de que el tiempo transcurre en períodos de 24 horas por día (o de una semana o de un mes) (…) El concepto mismo de periodicidad es lo que debe ser críticamente puesto en duda, tanto más en un mundo en que el periodismo ha adquirido la legitimidad autorreferente y tautológica de un poder que se encuentra más allá de todo cuestionamiento, y en una sociedad en la que el periodismo ha sustituido eficientemente a la metafísica, la filosofía, la ideología social, la discusión de las ideas y hasta el mismo arte”.
Sin embargo, con la irrupción de internet los tiempos se aceleraron y si bien los medios tradicionales sostienen modelos clásicos, lo cierto es que la noticia se actualiza constantemente, los tiempos de lectura y de desarrollo son escasos, los periodistas de la vieja guardia ceden su lugar a jóvenes pasantes que conocen más de redes que de periodismo y la respuesta del público a las noticias que el medio brinda se puede cuantificar con exactitud inmediata.
Siguiendo lo indicado por Uriarte, entonces, no es casual que la desregulación del tiempo y el espacio de una producción de la noticia en la que, en muchos casos, ni siquiera existe una redacción y los redactores son freelances con contrataciones temporales, haya alterado la periodicidad clásica. Así, si Sábato viviera diría que lo más nuevo es el minuto actual y lo más viejo el minuto que acaba de pasar, y Borges debería afirmar que lo que se escribe para el inmediato olvido son los portales de noticias.
Este imperio de la velocidad ha alterado, naturalmente, el modo en que se hace periodismo y lo ha alterado para peor. Porque el medio es el mensaje pero la escasez de tiempo es un mensaje más potente aún a tal punto que la noción misma de noticia está en tela de juicio. En otras palabras, ya no solo discutimos, como lo hacemos desde hace décadas, qué es una noticia, qué hecho merece ser noticia, o desde cuándo el llegar primero se transformó en un valor para el periodismo. Y la razón está a la vista: como el modelo del negocio periodístico hoy es la publicación de notas constantemente, aunque más no sean las repercusiones del último video viral de un hombre que se cae al agua, y la competencia online hace que los competidores puedan observar en tiempo real qué es lo que está publicando la empresa periodística con la que se disputa el mercado, la primicia ya no alcanza. Efectivamente, ni siquiera tiene sentido discutir la cantidad de estupideces que se publican como noticias porque ahora se llega a publicar algo que ni siquiera se ha transformado en un hecho. Dicho de otra manera: antes había que publicar rápido el hecho. Ahora hay que publicar tan rápido que ni hay tiempo para que el hecho acontezca y menos tiempo aún para la corroboración de lo sucedido y el chequeo de las fuentes. A este fenómeno se lo menciona de modo cool como “noticia en proceso” y es cada vez más utilizado en los portales de noticia. Pero no se trata de otra cosa que un eufemismo por el cual debería entenderse un “tenemos rumores de que algo estaría pasando y vamos a publicarlo antes de que lo haga nuestro rival. Cuando finalmente sepamos qué sucede actualizaremos la información”.         
Que la noticia no esté “terminada” porque hasta puede que el hecho todavía no se haya consumado completamente, pretende eximir de responsabilidad ante los posibles errores o la información falsa que se vierta en la “noticia en proceso”. De hecho, en la lógica de lo que está en proceso nunca hay errores, solo actualización y este punto es central porque de esta manera la actualización se transforma en un valor que reemplaza a lo chequeado y a lo verdadero aun cuando la misma noticia en proceso tenga diez actualizaciones que no hacen más que demostrar que las nueve versiones anteriores eran erróneas o, como mínimo, incompletas.
Si lo primero que se enseña en una facultad de periodismo es que “noticia es que un hombre muerda a un perro y no a la inversa” nos enfrentamos al problema de que hoy, en la necesidad de actualización constante y frenética, un portal puede publicar el incidente entre un perro y un hombre antes que el incidente tenga, efectivamente, lugar. Paradojas de un mundo atravesado por noticias cuando la noticia, como tal, ha muerto.   


martes, 18 de septiembre de 2018

¿70 años de peronismo o 40 de macrismo? (editorial del 16/9/18 en No estoy solo)


La revolución de la alegría ya no ofrece alegría pero al menos pretende seguir siendo revolución. Para ello, necesita establecerse como un tiempo cero, una inflexión en la historia. Los republicanos argentinos no han modificado los calendarios aún como sí lo hicieran los republicanos franceses a partir de 1792 y no nos han legado nombres raros para los meses como “brumario”, “termidor”, “mesidor” o “germinal”. Sin embargo, nuestros revolucionarios, amparados en la ausencia de credibilidad de las estadísticas oficiales, decidieron que deberían ser juzgados por un número de la pobreza que comenzó a ser medido en septiembre de 2016, esto es, diez meses después de haber asumido; diez meses en los que la devaluación fue del 40% y el poder adquisitivo se deterioró alrededor de un 10%. Si el mes de brumario en la revolución francesa correspondía aproximadamente al lapso de tiempo entre el 21 de octubre y el 21 de noviembre de nuestro calendario, septiembre de 2016 equivale a diciembre de 2015 según la revolución macrista. Es más, incluso podría decirse que ésta es una revolución particular porque más que inaugurar un tiempo nuevo, detuvo el tiempo en diciembre de 2015 ya que todos los padecimientos ocurridos después se justifican por lo ocurrido antes de esa fecha.
Si bien las usinas ideológicas del gobierno, más cómodas con la designación de Think tank, han hecho del desprecio por la historia un culto, la necesidad de crear una identidad, incluso antes que la necesidad de justificar la crisis, los ha obligado desde un principio a diferenciarse de un otro que ha ido variando su denominación y que se acomoda a los requerimientos de las circunstancias. Cuando el gobierno todavía podía presentarse como novedad, lo otro era “la vieja política”; cuando eso ya no bastaba, lo otro fue “el kirchnerismo” y cuando con la estigmatización hacia el kirchnerismo tampoco alcanzó, lo otro fue “el peronismo” referenciado en el mantra que las principales espadas comunicacionales del gobierno repiten cuando afirman que la crisis de la Argentina comenzó hace setenta años. Pero no se trata de un simple cambio de denominación sino de una radicalización. Porque oponerse a lo viejo o al kirchnerismo no es lo mismo que oponerse al peronismo. Digamos entonces que la cara amable de la revolución de la alegría no devino jacobina pero sí se está mostrando profundamente antiperonista y conservadora. Y hay buenas razones para sostener que las radicalizaciones suponen debilidad porque se radicaliza quien se reconoce en retirada o al menos incapaz de seguir ampliando su base de sustentación. El radical ve conspiraciones en todos lados y busca una purificación que cada vez coincide más consigo mismo.
¿Pero de qué hablan cuando recurren a la cifra mágica de los setenta años? Algunos audaces se animan a decir que esa fecha coincide con el “peronismo” pero los más solo hacen referencia a esa fecha redonda casi mítica y no se atreven a nombrar la palabra maldita. Se apuesta, claro está, a que se instale, como se ha instalado el repertorio difundido por la revolución libertadora acerca del peronismo en el ya célebre Libro negro de la segunda tiranía y como se instalan en la actualidad mitos acerca de comandos venezolanos e iraníes, containers enterrados tan profundamente que llegaron a China y bolsos con dólares que viajaron en el Arsat para depositarse en un banco extraterrestre.  
Pero a no ser por un antiperonismo supurante, no hay nada que permita justificar semejante segmentación histórica ni ubicar al peronismo como fuente de todos los males. Hubo déficit antes de 1946 y, a su vez, hubo períodos de gobiernos peronistas con superávit fiscal o con déficit absolutamente razonables, incluso más allá del déficit primario, porque no olviden una cosa: la épica conmovedora del déficit cero que nos vienen a promover en la actualidad siempre refiere al déficit primario, esto es, a lo que gasta el Estado sin tomar en cuenta los intereses de la deuda. Y quienes hablan de los setenta años de penurias, olvidan que hubo gobiernos peronistas que cancelaron las deudas y/o que dejaron a las mismas con una incidencia muy baja en relación al PBI. En todo caso, un corte más interesante puede ser el producido hace “cuarenta años”, esto es, con el período de interrupción del gobierno de Isabel Perón en lo que fuera el último golpe militar que generó una aceleración fenomenal de la deuda. Pero, claro está, ese recorte podría hacernos recordar que las políticas económicas de hoy tienen claros antecedentes en las políticas económicas impulsadas en el año 1976 y algún mal pensado podría indicar que hablando de los setenta años de peronismo lo único que terminamos encontrando son cuarenta años de macrismo. Pero para no caer en las lecturas tan lineales podría decirse que quizás convenga segmentar los últimos setenta años en los períodos 1946-1975, 1976-2001 y 2002-2015. Esta segmentación parece más razonable y coherente y no se trata de una segmentación basada en el clivaje peronismo/antiperonismo sino de un corte donde se ven claramente modificaciones enormes en lo que respecta a crecimiento de la deuda, redistribución del ingreso y nivel de empleo, por citar algunas variables.             
Con todo, claro está, la intención del gobierno, además de la radicalización, es la de despegarse de los otros gobiernos que aplicaron las políticas que aplica este gobierno. Y en este punto, la radicalización es tal que asusta porque si el eufemismo que se utiliza para dividir la historia argentina es la de gobiernos con o sin déficit, caemos en el artilugio clásico de las posturas neoliberales que han destrozado este país en la macro y en la microeconomía. Así, por más que el micrófono generoso de los comunicadores le dé lugar a libertarios caricaturescos como Espert o Milei, para poder mostrarle a la ciudadanía que hay algo a la derecha del gobierno, ya es voz oficial la idea de que la actual crisis no es por el modelo de ajuste sino, al contrario, por no haber ajustado lo suficiente. No ha sido, entonces, el ajuste el que nos habría traído hasta aquí sino el presunto gradualismo. Para muestra compárense estas afirmaciones con las de los dichos de los grandes liberales económicos argentinos que a lo largo de las últimas cuatro décadas han fracasado una y otra vez pero se justifican afirmando que “lo que pasa es que se metió la política”, “no se hizo el ajuste profundo que se tenía que hacer” o, como dicen algunos de los energúmenos actuales, “este país nunca tuvo una política liberal en serio”.
Podría decirse, entonces, que la actual revolución es curiosa. Perdió la alegría y cuando se indaga en sus aspectos revolucionarios nos damos cuenta que no hay nuevo calendario ni un nuevo tiempo sino el regreso a una Argentina preperonista donde el Estado es sinónimo de gasto populista, la sindicalización es una extorsión organizada, y la justicia social y la redistribución del ingreso serían términos que no se adecuan a los cambios del mundo. Nos prometieron ingresar al siglo XXI en el cohete de la innovación y la tecnología y, en nombre del emprendedorismo y manejando un UBER, nos están llevando al siglo XIX y a la pujante pero concentrada y desigual Argentina del centenario.