jueves, 30 de agosto de 2012

El voto y las dos necesidades (publicada el 30/8/12 en Veintitrés)


Hace algunos días, entrevistada por Alfredo Leuco en su programa Le doy mi palabra, Beatriz Sarlo realizó controvertidas declaraciones. Allí indicó: “para decidir un voto libremente no hay que estar muriéndose de hambre, no hay que estar debajo de la línea de la pobreza, no hay que vivir en la Villa “1-11-14”. (…) No se le puede exigir a esa gente porque está en condiciones en las que nadie podría pensar”. Tales palabras van en la línea de aquellas realizadas en abril de 2011 por “Pino” Solanas cuando, entrevistado en C5N, afirmó que “las provincias más pobres no se caracterizan por tener la mejor calidad del voto”. Más allá de tratarse de dos poco felices aseveraciones me interesa retomarlas para hacer algunas reflexiones.
Por lo pronto habría que indicar que aun en el momento en que, al menos Occidente, ha desarrollado democracias elegidas a través de un sufragio verdaderamente universal que no discrimina por género, por nivel cultural o por status social, existe, especialmente en las clases altas, un prejuicio consciente de su incorrección política y que, por ello mismo, sólo aparece en pequeños lapsus y en el marco de charlas relajadas. Como se puede inferir de las afirmaciones de Sarlo y Solanas, se trata de la idea de que las grandes masas de pobres, hijas de la desigualdad de un sistema económico, son presa fácil del clientelismo político. En otras palabras, se supone que los desposeídos, en vez de hacer un análisis racional del voto y del ejercicio democrático, actúan movidos por la necesidad y no dudarán en apoyar a quien otorgue algún tipo de dádiva inmediata sea que venga en forma de bolsones de comida o de planes sociales.
En el caso de la Argentina en particular, este prejuicio, a su vez, se reproduce en la relación que se da entre las grandes ciudades y las provincias menos desarrolladas. Así, buena parte de los porteños, de los bonaerenses del primer cordón, de los rosarinos, etc., generalmente entienden que especialmente las provincias del norte argentino, por su “inviabilidad económica” y su atraso educacional, se transforman en rehenes de las ineficientes políticas estatales que en una lógica casi feudal derivan en caudillos que se anquilosan en el poder y manejan los estados provinciales con total discrecionalidad.             
Pero entonces ¿se puede hablar de una verdadera democracia existiendo un porcentaje importante de pobres? Expresado de otra manera y suponiendo que una democracia sana se caracteriza por, entre otras cosas, el ejercicio de un voto libre: ¿puede votar libremente un pobre? Desarrollando algo más esta pregunta que se encuentra detrás de la intervención de Sarlo, no resulta descabellado preguntarse si se le puede exigir a alguien con hambre, necesitado y urgido que sea capaz de reflexionar en términos de largo plazo evaluando los pro y los contra de un proceso político. Quizás no quede más que aceptar que, naturalmente, se incline por aquellos que puedan darle soluciones inmediatas que, puede que a la larga, no sean las más convenientes.
 Más allá de la incomodidad de la temática este tipo de interrogantes atraviesan toda la historia desde los griegos hasta la actualidad. En aquella democracia de Pericles, antecedente de las democracias actuales, había isonomía (igualdad ante la ley) e isegoría (igualdad en el uso de la palabra en la asamblea). Además, los ciudadanos participaban libremente de los asuntos públicos y tomaban las decisiones acerca de las leyes que regirían su sociedad pero, claro está, no todos los hombres eran ciudadanos. Las mujeres, los esclavos, los extranjeros, entre otros, se quedaban afuera. Con la modernidad, los sistemas representativos fueron pensados no sólo como una forma de resolver el problema logístico de las grandes poblaciones sino como un modo de alcanzar una suerte de tamiz que fuera filtrando la potencia de las masas de pobres y hambrientos generando en muchos casos una suerte de casta aristocrática de los representantes. Se trata de esa pequeña trampita que se expresa en “el pueblo gobierna a través de sus representantes” cuando lo que acaba sucediendo mayormente es que estos últimos se autonomizan de los deseos de sus representados.
 Ahora bien, si vuelve al principio de este escrito notará que hablé de un prejuicio de cierta clase alta ilustrada que no es otro que el que supone que sólo los pobres pueden ser manipulados. En otras palabras, y aquí aparece con fenomenal agresividad el prejuicio de clase, se supone que sólo puede votar libremente el que es propietario, justamente porque, en tanto tal, no debe nada a nadie. Asimismo, este propietario, por su misma condición, tiene más posibilidades de educar bien a sus hijos de manera tal que empiezan a unirse una serie de categorías para afianzar el prejuicio. Así, el buen votante sería el propietario y educado que, en tanto tal, es racional y puede ser libre.
Ahora bien, ¿entonces sólo es libre el que no tiene necesidad, esto es, el que puede salirse del aquí y el ahora que supone tener la panza vacía y ser algo más que un cuerpo biológico hambriento? En otras palabras ¿puede la necesidad bloquear o distorsionar la racionalidad y la libre elección?
Hannah Arendt se plantea este tipo de incomodidades en Sobre la revolución cuando analiza el “hecho de la pobreza” y el modo en que ésta, esa abyección que coloca a los hombres bajo el imperio absoluto de la necesidad de sus cuerpos, fue la que catapultó la revolución francesa pero, al mismo tiempo, lo que la hizo nacer sin vida pues “hubo que sacrificar la libertad (…) a las urgencias del proceso vital”. Este fracaso de la revolución de 1789 se contrapone al, según ella, éxito de la revolución estadounidense que no estuvo atravesada por el problema social de la miseria y la indigencia, pues lo que estaba en juego ahí era una disputa por la libertad, algo que podía concretarse simplemente con un cambio en la forma de gobierno.
Pero, entonces, si la necesidad es incompatible con la libertad no podría haber democracia sana mientras haya pobres. Sin embargo, ¿no hay necesidad entre los ricos? Por supuesto que no en el sentido en el que veníamos hablando. Pero hay una segunda manera de entender la necesidad que surge de entenderla de manera más amplia, bastante más allá de lo que los griegos llamaban la zoé, esto es, el aspecto estrictamente biológico-animal del Hombre. Trataré de expresarlo a través un ejemplo: un sujeto de clase alta atravesado por el temor a sufrir un delito, capaz de aceptar un relato que, entre otras cosas, le dice al mismo tiempo que le van a pesificar sus dólares, que no va a poder salir del país, que el country en el que vive será abierto para que ingrese el aluvión zoológico, que los presos están libres, que una agrupación política adoctrina chicos de salita rosa, ¿es libre cuando decide su voto? ¿Su racionalidad llega intacta al cuarto oscuro o más bien votará según el temor de su bolsillo y al candidato que le garantice la satisfacción de las necesidades propias de alguien de su clase? En este sentido, ¿un rico es menos manipulable que un pobre? ¿No podría darse el caso que los hombres, algo más que meros cuerpos animales, sean claramente manejables cuando sienten que su forma de vida y su status social está puesto en cuestión? En este sentido, ¿el voto de las clases altas ilustradas puede juzgarse menos “irracional” que el de las clases bajas? Para ponerlo con un ejemplo concreto comparando distritos cuyo ingreso per cápita es radicalmente diferente: ¿La calidad del voto de la ciudad de Buenos Aires es superior al de Formosa?
Dicho esto y entendiendo “necesidad” en un sentido más amplio que el estrictamente biológico, se cae en la cuenta que, si fuese verdadero que los que se hallan en condición de necesitados ven disminuida su libertad de elección, todas las clases sociales serían pasibles de ser manipuladas pues todas “necesitan” algo. Sin embargo quizás exista una sutil diferencia entre las clases bajas y altas pues de la necesidad que padecen los pobres debería seguirse que “donde hay una necesidad, nace un derecho” mientras que, generalmente, de la necesidad que afecta a los ricos se sigue simplemente que “donde hay una necesidad, nace una derecha”.           

Borges, Perón y el anarquismo conservador (publicado el 29/8/12 en Diario Registrado)


En ocasión del día del lector, fecha en la que se conmemora el nacimiento de Jorge Luis Borges, se reavivó la ya clásica controvertida relación entre éste y el peronismo. Se trata del capítulo casi obligado en cualquier biografía del que ha sido, seguramente, el escritor argentino más grande de todos los tiempos.
Ahora bien, más allá de la infinidad de anécdotas que incluyen desde los pormenores de la obra maestra del cuento antiperonista, “La Fiesta del monstruo”, escrita junto a Bioy Casares, hasta la decisión del primer gobierno de Perón de nombrar, al escritor de Ficciones, en el cargo de “Inspector de Aves y conejos”, conviene indagar conceptualmente en aquellos aspectos que hacían que Borges viviera con tanto estupor el proceso peronista. Creo que no se puede reducir simplemente a una disputa entre la elite y el aluvión, entre la clase alta y la baja porque tampoco es tan simple ver en Borges un desprecio absoluto hacia lo popular. De hecho, buena parte de su literatura se muestra fascinada por esa cultura subterránea, orillera y arrabalera. Asimismo, más allá de todo su cosmopolitismo y su formación sajona, hay en Borges también una reivindicación de la particularidad argentina especialmente en sus intervenciones acerca del correcto uso del idioma.
¿De qué se trataba entonces? Si no era una cuestión de clase podría ser la ignorancia en materia de política siempre confesada por Borges. Puede que sí pero considero que lo que verdaderamente aparecía con fuerza era la forma en que Borges entendió el peronismo a la luz del contexto histórico. En otras palabras, el autor de El Aleph notaba un punto de encuentro entre las experiencias europeas de totalitarismos fascistas, nazis y comunistas, y el ascenso de Perón al poder. Para Borges, lo que tenían en común estos procesos era el maximalismo, el agrandamiento de un Estado cada vez más intervencionista. Es esto lo que chocaba con el anarquismo conservador al que siempre dijo pertenecer y que había heredado no sólo de su padre sino de Macedonio Fernández, mientras se sumergía, claro está, en la lectura de Herbert Spencer y Max Stirner. ¿Pero es posible defender un anarquismo conservador? ¿No estamos frente a esa contradictoria figura del oxímoron que tanto fascinaba a Borges? Habría que decir que no pero haciendo algunas aclaraciones. En otras palabras, no hay contradicción si entendemos que lo que hay de anarquismo en Borges es esa visión individualista y autosuficiente del individuo basada en una concepción de la libertad entendida como ausencia de impedimento. Pero esta base que en el anarquismo es el fundamento a partir del cual se justifica la eliminación del Estado tal como se sigue de ese antecedente obligado que es el ya mencionado Stirner, no lo lleva a una posición tan radical. De aquí el aspecto conservador de Borges pues para él, el Estado debe existir sólo que tiene que reducirse a su mínima expresión, esto es, la protección física de la persona y el respeto por su propiedad. Es desde esta perspectiva que todos los intentos de ampliar el alcance del Estado fueron interpretados por el individualismo de Borges como una amenaza a la libertad individual.
Como se ve, se trata de una discusión que tiene plena vigencia y existen liberales que en la actualidad siguen sosteniendo posturas cuasi fóbicas hacia el Estado mientras rezan su mantra de libre mercado, como si nada hubiese ocurrido a lo largo del siglo XX o en las crisis financieras que nos aquejan en la actualidad. Por ello, quizás, haya que parafrasear, justamente, aquella frase de Borges y afirmar que “los liberales no son ni buenos ni malos: son incorregibles”.           

jueves, 23 de agosto de 2012

El modelo económico de la Constitución (publicado el 23/8/12 en Veintitrés)


“Frente al capitalismo moderno, ya no se plantea la disyuntiva entre economía libre o economía dirigida sino que el interrogante versa sobre quién dirigirá la economía y hacia qué fin” (Arturo Sampay)



A 18 años de la sanción de la última reforma constitucional en Argentina, se va instalando en el debate público la posibilidad de que el oficialismo promueva una nueva transformación del texto fundacional. Desde la oposición, claro está, interpretan que este avance se encuentra movido más por las dificultades que el kirchnerismo posee en su interior al momento de garantizar la sucesión en 2015, mientras que la respuesta, no oficial, pero sí de grupos o referentes que acompañan el actual proceso, es que el cambio histórico que se ha producido en la Argentina en los últimos 10 años debe plasmarse en un texto constitucional que garantice la perdurabilidad de lo conseguido.
Dicho esto, una lectura algo superficial podría indicar que este tipo de debate no es novedoso y que muchas veces, aunque por distintas razones, a lo largo de la historia de nuestro país, se han propuesto reformas constitucionales. De hecho, aquel texto inicial de 1853 sufrió cambios en 1860, 1866, 1898, 1957 y 1994. Sin embargo estas transformaciones no fueron estructurales ni afectaron el espíritu de la Constitución. Por tomar un ejemplo, en la reforma de 1898 por razones de crecimiento poblacional se cambió aquella norma que indicaba que debía haber un diputado cada 20000 personas y también se alteró la regla que indicaba que los Ministerios debían ser 5. En la de 1957, más allá de su importancia, solamente se agregó un artículo (el 14 bis) y en la de 1994, entre otras cosas, se le dio jerarquía institucional a tratados internacionales vinculados a Derechos Humanos, se creó el senador por minoría y la figura del Jefe de Gabinete, y se redujo la extensión del mandato presidencial de 6 a 4 años aunque se incluyó la posibilidad de una reelección inmediata.
Ahora bien, el kirchnerismo, guste o no, ha realizado una serie de transformaciones de carácter estructural que se han concretizado a través de la ley ordinaria, esto es, sin tener que recurrir a una reforma constitucional. Tales transformaciones llevan a algunos a afirmar que se está en un contexto análogo al que se vivió durante el primer peronismo y que conllevó la única reforma constitucional que afectaba los principios de aquella de impronta alberdiana, esto es, la reforma de 1949 ideada por Arturo Sampay que fue derogada un año después del golpe de la autodenominada “Revolución libertadora”.    
Pero además, el caso de la Argentina actual podría incluirse en el natural proceso de reformas constitucionales que se vienen sucediendo en Latinoamérica a partir de los nuevos textos fundacionales de Venezuela, Ecuador y Bolivia. Más allá de las especificidades de cada país, se trata de aquellos pueblos que más han sufrido los embates del neoliberalismo en los años 90 y que han decidido, a partir del siglo XXI, recurrir a liderazgos que han intentado recuperar la idea de un Estado vigoroso. Algunos autores enmarcan esta ola de reformas en lo que denominan “Nuevo constitucionalismo latinoamericano” y, no casualmente, lo vinculan con los procesos de trasformación que bajo el paraguas del llamado “Constitucionalismo social” de mediados del siglo XX, produjo profundas transformaciones en muchos países. En esta línea, por ejemplo, Gargarella y Courtis afirman que la primera ola de reformas se vinculaba al contexto pos crisis de 1929 y la consecuente puesta en tela de juicio de los principios económicos liberales que llevaron a esa debacle. En ese contexto, la respuesta en lo económico fue el auge de políticas keynesianas y en lo jurídico la ampliación de la participación política y la inclusión de los derechos sociales y económicos que eran exigidos desde hacía décadas en las luchas de los trabajadores socialistas, comunistas y anarquistas. En este sentido, siempre en el ámbito latinoamericano, a la ya mencionada reforma de 1949 en Argentina se puede sumar la de Costa Rica en ese mismo año y anteriormente la de Brasil (1937), Bolivia (1938), Cuba (1940) y Ecuador (1945).                   
Ahora bien, más allá de esta historización, como bien indican los autores recién mencionados, hay una pregunta que debe responder cualquier proceso constituyente, esto es: ¿Cuál es el problema existente en el orden ya constituido que es necesario resolver a través de una Reforma Constitucional? Para comprender mejor este interrogante  sirven de ejemplo los casos mencionados anteriormente pues en la década del 30 y el 40 lo que había que resolver era el problema de la “inserción democrática” de los nuevos actores que aparecían como parte de eso que se conoció como “democracia de masas”. Por otra parte, más cercano en el tiempo, por ejemplo, la reforma en Bolivia en 2009, sirvió para visibilizar una importante cantidad de población indígena que estuvo históricamente subsumida a las decisiones de las minorías occidentalizadas. ¿Pero hay, en la Argentina,  algún asunto de tal magnitud? Muchos dirán que no, sin embargo bien cabe interrogarse si es un tema menor que la matriz del liberalismo económico se encuentre enraizada en la Constitución de manera tal que cualquier política de un gobierno popular acabe teniendo límites invulnerables. En otras palabras, podríamos estar ante en el caso de una Constitución cuyo espíritu vaya en contra de los intereses populares, al fin de cuenta, el único poder constituyente legítimo. ¿Pero es esto así? ¿Acaso una Constitución puede imponer límites a la política económica de un gobierno legítimo y con amplio apoyo? Para indagar en tal interrogante bien cabe consultar al ya mencionado Alberdi, factótum de la Constitución de 1853.  Para ello me serviré de un texto que el tucumano publicara en 1854, titulado Sistema económico y Rentístico de la Confederación Argentina. Allí, para escándalo de los liberales actuales, Alberdi no sólo reconoce que la Constitución no es neutral en materia de orden económico sino que, de hecho, considera necesario explicitar y sistematizar los principios económicos que ésta defiende.  Así, en la introducción del texto mencionado afirma: “Y sobre todo porque están dados ya en la Constitución los principios en cuyo sentido se han de resolver todas las cuestiones económicas del dominio de la legislación y de la política argentina” (…). Al legislador, al hombre de Estado, al publicista, al escritor, sólo toca estudiar los principios económicos adoptados por la Constitución, para tomarlos por guía obligatoria en todos los trabajos de legislación orgánica y reglamentaria. Ellos no pueden seguir otros principios, ni otra doctrina económica que los adoptados ya en la Constitución (…) La Constitución Federal Argentina contiene un sistema completo de política económica”.
Explicitada la idea de que la Constitución Argentina presupone un modelo económico queda ahora responder cuál es ese modelo. Y aquí, nuestro autor, lo aclara sin ningún tipo de ambages: “En medio del ruido de la independencia de América, y en vísperas de la revolución francesa de 1789, Adam Smith proclamó la omnipotencia y la dignidad del trabajo; del trabajo libre, del trabajo en todas sus aplicaciones -agricultura, comercio, fábricas- como el principio esencial de toda riqueza (…). Esta escuela [económica iniciada con Smith], tan íntima, como se ve, con la revolución de América, por su bandera y por la época de su nacimiento (…), a esta escuela de libertad pertenece la doctrina económica de la Constitución Argentina, y fuera de ella no se deben buscar comentarios ni medios auxiliares para la sanción del derecho orgánico de esa Constitución”. Dicho esto, resulta claro cuál será el lugar que la Constitución le da a la posibilidad de intervención estatal en la economía o a algún tipo de política económica activa del Estado en pos de una redistribución de la riqueza: “En efecto, ¿quién hace la riqueza? ¿Es la riqueza obra del gobierno? ¿Se decreta la riqueza? El gobierno tiene el poder de estorbar o ayudar a su producción, pero no es obra suya la creación de la riqueza. (…) En este sentido, ¿qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.
Para que no queden dudas, algunas líneas más adelante, Alberdi, aclara “La Constitución argentina de 1853 es la codificación de la doctrina que acabo de exponer en pocas palabras”.
En síntesis, es de esperar que aquellos más interesados en mantener el statu quo promuevan la idea de que la posibilidad de una reforma constitucional obedece solamente al intento kirchnerista de eternizarse en el poder. Será responsabilidad de aquellos a los que nos interesan los cambios estructurales mostrar que una reforma constitucional debe ser bastante más que eso.    


martes, 21 de agosto de 2012

Aunque usted no lo crea (publicado el 21/8/12 en Diario Registrado)


“It´s kind of magic” (Freddie Mercury)

               En ocasión de la noticia por la cual se acusaba al kirchnerismo de liberar y adoctrinar presos, escribí en la Revista Veintitrés que habíamos llegado al estadio del “periodismo mágico”. Allí mismo aclaraba que este estilo de periodismo era deudor del “realismo mágico” de literaturas como las de García Márquez, Fuentes o Vargas Llosa y que su característica era incluir elementos  fantásticos, entremezclados con la realidad cotidiana, sin necesidad de explicación alguna pero intentando mantener cierta coherencia en el relato. Esto hacía, claro está, que la delimitación entre la realidad y la fantasía se diluya y transite por zonas densamente grises.
Ahora bien, hecha esta breve introducción, diré que algunas semanas después de aquella noticia y de mi nota, se asiste a un segundo episodio del periodismo mágico. Me refiero a la denuncia de intromisión política de La Cámpora en las escuelas. Más específicamente, la noticia surgió a partir de notas de Clarín y La Nación en las que se lo ve a uno de los máximos referentes de La Cámpora inaugurando un Jardín de Infantes en Córdoba. La acusación era que el kirchnerismo estaba entrando en las escuelas para adoctrinar chicos. En este contexto me voy a permitir predecir algunas de las próximas noticias y sugiero a los comentaristas realizar sus propios aportes.
En primer lugar, es de esperar que se entreviste a los chicos de sala rosa y azul y se obtengan citas textuales de Marianito, Juancito, Micaela afirmando cosas tales como “La senio me nijo que papis no pede comprá nólares”; o “Cuando me nuela la gaganta quielo que me atienda el dotor Nelson Castro”. Asimismo, con la cara oculta para la televisión y pixelada en el diario, un chico de unos 5 años que sufrió persecución ideológica por una seño que repartía remeras con el lema “Guillermo Moreno o muerte”, confesará, rompiendo en llanto, que el hecho de que el Jardín de Infantes haya sido bautizado “Monigotes de colores” (SIC) se debe a que el Ministro de Educación de la Nación cree que en ese nombre se condensa la lucha del peronismo contra los gorilas de izquierda y de derecha.
Asimismo, seguramente hacia el fin de semana, una investigación exclusiva de los periodistas que se dedican a la causa Ciccone, tomarán a una médica arrepentida que “dirá que le dijeron que dicen” que, aunque no hay fotos, es verdad que El “Cuervo” Larroque y Juan Cabandié asisten a los Baby Shower vestidos de Eternauta para ir trabajando lentamente la figura del héroe colectivo en la psiquis del feto. Todo esto, claro está, pensando en las elecciones de 2031.
Por otra parte, no habrá que desestimar el carácter mágico de alguna de las publicaciones de editorial Perfil cuando titulen: “El plan eugenésico de Máximo Kirchner para crear bebés montoneros”. Allí, numerosas fuentes que prefieren mantener el anonimato por temor, mostrarán mails del hijo de la presidenta en la que se les exige a los militantes camporistas que todo tipo de eyaculación producto de la revolución hormonal primaveral sea preservada y donada para el Gran Banco de Inseminación K. Tal nota vendrá acompañada de un pequeño recuadro en el que una ONG de Curas Sojeros advertirá a las familias que conforman la reserva moral de la Argentina que cuiden a sus varones adolescentes de las militantes de La Cámpora pues detrás de sus curvas no hay más que féminas que por la noche se transforman en súcubos de vagina dentada.  
Por último, seguramente el domingo será el día ideal para publicar una encuesta de Poliarquía a chicos de entre dos y tres años para mostrar que la imagen de Cristina decrece entre los más pequeñitos y que su principal preocupación es la inseguridad de no poder saber si pasarán por la Aduana los muñecos originales de Batman.
¿Que no es posible? Todo es posible en el reino del periodismo mágico. Aguarde un poco y verá. Aunque usted no lo crea.

viernes, 17 de agosto de 2012

El hombre que no tenía vocación (publicada el 16/8/12 en Veintitrés)


                                                                                         “Preferiría no hacerlo” (Bartleby, el escribiente)


La ciudad de Buenos Aires padeció el paro de subtes más largo de la historia. La consecuencia de ello fue un colapso total en el sistema de transportes, demoras insólitas y, por sobre todo, un justificadísimo mal humor entre todo aquel que desee movilizarse por la ciudad. Las razones para comprender la magnitud de la medida son complejas porque en ellas intervienen varios intereses cruzados: por un lado está la disputa entre el gobierno nacional y el gobierno de la ciudad acerca del traspaso del subte; por el otro, la interna sindical entre el gremio de la UTA y los Metrodelegados. Como si esto fuera poco en el medio está la empresa Metrovías y las combinaciones posibles entre todos los actores mencionados por el cual existen acusaciones cruzadas de “pactos” entre algunos para perjudicar a los otros. De lo dicho hasta aquí se sigue que el asunto tiene múltiples aristas y que la solución al mismo atraviesa varios niveles: el más inmediato parece el económico pues al fin de cuentas se trata de un acuerdo salarial entre los trabajadores y la empresa pero, claro está, éste está atado al asunto de fondo acerca de si es el gobierno nacional o el gobierno de la ciudad el responsable del servicio. Esta última cuestión se resolverá por la vía de algún tipo de acuerdo político o llegará a instancias judiciales.


Como el lector atento habrá notado he tratado de no tomar partido por ninguno de los actores en cuestión y presentar la problemática del modo más aséptico posible, justamente porque no me interesa desde estas líneas mostrar quién tiene razón sino más bien indagar en la actitud del Jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri, actitud que, en este conflicto, ha sido llevada al paroxismo pero que guarda una continuidad desde los inicios de su mandato. Se trata de la denuncia que el alcalde realiza acerca de las limitaciones que supone su condición. En otras palabras, ante las dificultades propias de cualquier gestión, el ingeniero y sus hombres optan por descargar las culpas en factores externos, entendiéndose por tal, la crisis del mundo y los “palos en la rueda” que el gobierno nacional le estaría imponiendo. En este sentido, se trata de mostrar a la administración de la ciudad como una víctima de la prepotencia y el odio que emanaría del gobierno central. Pero más allá de esta actitud estratégica hay además una característica propia de la figura del alcalde por la cual éste demuestra ser, por decirlo de algún modo, poco afecto a ese incansable esfuerzo sin descanso que implica la práctica política. Con esto me refiero a que independientemente de la ideología, aquel que se apasiona por la política y vive “para” ella y no “de” ella, está continuamente trabajando en su tarea militante. El que hace política entrega su vida a ella lo cual quizás no sea ni bueno ni malo, sino la elección de una forma de vivir tan respetable como cualquier otra. No se da esto en Macri a quien parece pesarle e incomodarle esta exigencia. Se lo nota en sus intervenciones mediáticas, en sus acciones, y sobre todo en sus repentinas ausencias que toman la forma de licencias compulsivas (según un informe de www.lapoliticaonline.com, en sus primeros 1500 días de gobierno, Macri se tomó 220 días de licencia y en un trabajo realizado por Ezequiel Spillman para diario Perfil del día 8 de julio de 2012, tan solo en los primeros seis meses del año, Macri acumuló más de 80.000 km en viajes, esto es, el equivalente a dos vueltas enteras al mundo). Lo mismo sucedió en su fugaz paso por el congreso donde prácticamente no se lo oyó hablar y como indican Nora Veiras y Werner Pertot en Página 12, faltó a 277 de las 321 votaciones que se hicieron durante 2006.


Dicho esto, mi hipótesis audaz y siguiendo la línea psicologizante tan de moda en los editorialistas políticos, es que Macri no tiene vocación de poder, no desea estar donde está, o, en todo caso, no desea que estar allí le demande un esfuerzo que no está dispuesto a realizar. En otras palabras, está claro que Macri utilizó la vidriera de su gestión en Boca Juniors para “pegar el salto” a la política nacional pero pareciera estar sufriendo más de la cuenta los embates naturales de la responsabilidad. Pues hacer política es algo muy reconfortante cuando se pueden palpar las transformaciones y se concretan proyectos pero también tiene un costado ingrato: los odios, la competencia feroz, la traición y una siempre importante cantidad de la población que adjudica todos sus males a los responsables de ejecutar políticas. Le pasa a él y le pasa a todo hombre y mujer con responsabilidades importantes y hasta la biología muchas veces muestra que los cuerpos no están preparados para semejante presión. Ahora bien, más allá de la audacia de la hipótesis, ésta se puede vincular con algunos rumores de pasillo que hicieron que el actual Jefe de Gobierno tuviera que salir a declarar durante la última semana que sigue manteniendo sus aspiraciones presidenciales. Haciendo, una vez más, algo de psicología barata, cabe interpretar que el exceso de reconfirmaciones no hace más que acrecentar, al menos, la verosimilitud del rumor.


Sin embargo, por supuesto, puedo estar equivocado, o incluso estando en lo acertado, se pueda asistir a un escenario en el que presionado por todos los hombres y mujeres que lo acompañan, la voluntad del empresario acabe siendo arrollada por las circunstancias y decida ir por la disputa del “poder máximo” en 2015. Para eso deberá convencerse del esfuerzo humano que eso supondrá y transformar al menos en parte dos teoremas que se siguen de su background ideológico, esto es, el que establece una sinonimia entre “disputa política” y “olvido de los intereses reales de la gente” y el que supone que alcanzar la presidencia de la nación es el paso hacia un “puesto menor” que acaba subsumiéndose a los poderes fácticos cuyo sostenimiento no depende del aval ni la legitimidad que otorgan las urnas. Quizás algo de esto opere también en esa apatía que exuda Macri en cada una de sus apariciones públicas que bajo la lógica del razonamiento economicista y en términos técnico/académicos podría sintetizarse en una reflexión como la siguiente: “Estando tan cómodo como estaba yo siendo un millonario empresario, ¿quién carajo me mandó a meterme en este quilombo?”        


En esta línea puede que desde el gobierno nacional se entienda que ya no hay que referirse a Macri como a un candidato de carne y hueso con aspiraciones sino simplemente como a un símbolo anacrónico y a la vez retardado de la antipolítica de los 90, un sobreviviente. Por ello, quizás, cuando se hable de Macri sólo haya que pensar que se trata de una especie de significante que engloba una perspectiva económica y, sobre todo, cultural que fue exitosa hacia fines del siglo pasado pero que hoy es resistida por importantes mayorías. Así puede que al padre de Antonia y esposo de Juliana se le esté adjudicando una vocación que no tiene y más bien haya que estar atento a aquellos poderes que lo invocan y que, ante las actitudes de su elegido, busquen un reemplazo en figuras que, sin el lastre que supone cargar con el emblemático apellido Macri, puedan cumplir eficazmente el mandato que otorgan aquellos que deciden pero nunca son votados.