domingo, 28 de noviembre de 2010

La política que enloquece y mata (publicado originalmente el 28/11/10 en Miradas al Sur)

Si algún ingenuo supuso que la muerte de Kirchner podría generar una tregua en el ataque sistemático de los medios dominantes, su esperanza se desvaneció pronto. Más precisamente 11:15 AM, es decir apenas dos horas después del deceso del ex presidente, el diario La Nación publicaba lo que desde mi punto de vista es el acta fundacional del periodismo tras la muerte de Kirchner. Siguiendo la línea de Claudio Escribano en 2003, el analista militante de derecha Rosendo Fraga, travestido de sesudo analista, promulgaba el decálogo de lo que el gobierno de Cristina debía hacer de ahora en más: desembarazarse de Moyano, abrirse al mundo, asumir de una vez el poder y todos los clichés harto escuchados. Sin embargo, la comparación con aquel editorial de 2003 que profetizaba un año de vida para el gobierno recién asumido, expone a la intemperie el cambio de los tiempos. Dicho de otro modo, siente años atrás era posible que la pluma reaccionaria tuviera esperanzas de ser una referencia para ese enigmático gobierno que asumía un país que zigzagueaba entre la represión y el riesgo de disolución. Hoy, Rosendo Fraga, sabe que escribe nada más que para su tribuna. Este dato resulta sintomático de un proceso de repliegue opositor que, radicalizándose, desvanece su pretensión de alcanzar sectores moderados en pos de un núcleo de fundamentalistas del odio que pululan por las redacciones. Esto, como no podía ser de otro modo, sumado a la claque de lectores que sólo buscan confirmar el bloque desordenado de prejuicios que excretan diferencia de clase, histeria e incomodidad frente a un fenómeno político que los interpela.
Claro que este repliegue no redujo la capacidad de inventiva, más bien todo lo contrario. En este sentido, los análisis de los días inmediatamente posteriores a la muerte de Kirchner, dejando de lado los discursos hipócritas o los exabruptos de la analogía entre los jóvenes que llenaron la plaza y las juventudes hitlerianas, se enmarcó en un relato que se venía desarrollando ya en los últimos años. Me refiero a lo que llamaré “psicopolítica”.
Elijo el término “psicopolítica” para no confundirlo con aquella categoría del filósofo Michel Foucault, esto es, la “biopolítica” entendida como el gobierno y el control sobre la población. La psicopolítica, en cambio, es la explicación de las acciones de un gobierno a partir de la psiquis de su líder. Como una pendiente resbaladiza, todas las características psicológicas del líder se transmiten al conjunto de acciones del Estado e instituciones de la República. De este modo, el avance y la disputa contra determinados poderes fácticos no se explican por una concepción de la democracia como conflicto de intereses sino por el ánimo confrontativo de ese hombre violento. En esta línea, la psicopolítica propone análisis simples y esclarecedores. Afirma que Kirchner realizaba una construcción verticalista y mesiánica del poder por su personalidad megalómana; que tomó la decisión política de derogar leyes de impunidad por una estructura psíquica basada en la falta, el odio y la culpa; que el avance contra los monopolios de la comunicación no obedecía a legar un mapa de voces más pluralista sino a una personalidad manipuladora y controladora que no acepta la crítica ni los errores. Por último, que una política de paulatino retorno del Estado tras su desguace, el superávit fiscal y las pretensiones redistributivas, eran sólo la consecuencia inmediata de un alma signada por la avaricia y que, por lo tanto, sólo desea “Caja”.
Pero si la psicopolítica era un tipo de aproximación al análisis político que se venía desarrollando mucho antes, ¿agregó algo la muerte de Kirchner? La respuesta es afirmativa y preocupante pues lo que agregó es un elemento profundamente dañino: la subrepticia idea de que si Kirchner era un político de raza y un loco, entonces la política enloquece y mata.
Es éste el nuevo viraje que las plumas reaccionarias le dan al eufemismo de la necesidad de un gobierno que sea pura administración, técnica y neutral; y por sobre todo, es la contrapartida de una euforia por la participación política, especialmente en los sub 30 y en los que cuentan más de 55 abriles.
Tras intentar instalar que la política enloquece la psiquis y mata el cuerpo, la psicopolítica realiza su último absurdo paralelismo para indicar que la muerte del individuo Kirchner y sus previos “ataques de locura” se transmitirán a la sociedad en su conjunto produciendo divisiones y, por fin, necrosando el tejido social como una suerte de última venganza de aquel espíritu crispado. Seguramente las ficciones de la psicopolítica no se agoten en este breve resumen y es esperable que haya nuevas sorpresas en poco tiempo. Pero mientras tanto, por suerte, la realidad y una imponente mayoría de ciudadanos han decidido comprometerse en política con la esperanza de que ésta vuelva a ser un instrumento de cambio independiente de la marcada de agenda que la tapa de dos diarios quiera imponer.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Muerte y resurrección del doble comando (publicado originalmente el 4/11/10 en Veintitrés)

Es injusto e imposible, frente al deceso de Néstor Kirchner, soslayar las transformaciones concretas y el cambio cultural que, guste o no, mantienen al país en una seductora ebullición. También resultaría inicuo, en honor a su memoria, dejar de mencionar la cohorte de zánganos hipócritas que, por corrección política o por pánico ante la beatificación que toda muerte trae y que funciona como un bumerang que impúdicamente nos salpica de finitud, empiezan a pergeñar formas de alabanza lo suficientemente vacías como para poder ser interpretadas de modos extravagantes y variopintos. En este sentido, no debe sorprender que aquel demonio crispado, ambicioso, corrupto y violento, tras su muerte, merezca una misa, reciba condolencias y sea definido como un “hombre con ideales”, (sin determinar cuáles eran esos ideales) o un simple “animal político” algo que, seguramente, entre Borges y Aristóteles podríamos definir como una “redundancia muy poco elegante”.
A su vez, probablemente, la ansiedad y la angustia ante tamaño hecho, haga que el ciudadano común esté esperando de quienes tenemos la dicha de poder comunicar en medios masivos, algún germen de certidumbre, un indicio que pueda permitir proyectar el futuro inmediato. Tal exigencia, en este caso, del lector, será, saciada a medias, pues hay que aprender a esperar el desarrollo natural del reacomodamiento de las fichas. Con todo, especulo que la sorprendente muerte de Kirchner no hará más que profundizar el repunte en la imagen positiva que la ciudadanía viene teniendo de toda la era K. Quienes odian al kirchnerismo, (pues intervenciones como la de Fraga, Sirvén, Morales Sola, Fontevecchia o algunos de los salieris progresistas incómodos con el kirchnerismo, no merecen ni la dádiva de ser mencionados como “análisis”), dirán que se debe al “efecto muerte”. Es más, no debería extrañar que empiecen a construir mañana la operación de los meses venideros y adjudiquen a Cristina signos de aprobación astronómicamente altos y falsos, para meses después poder titular que los números ya no son los de antes y que, por lo tanto, asistimos al escenario natural en el que, realizado el duelo ciudadano, la gente vuelve a reflexionar y a tomar distancia del gobierno.
Desde mi punto de vista, entonces, supongo que, quizás, paradójicamente, en lo inmediato, esto es, de aquí a la próxima elección, este triste desenlace fatal sirva para comprometer más a los ya comprometidos con el proyecto y permita que “regresen” aquellos “desencantados” que alguna vez apoyaron y que hoy, interpelados por las crónicas que recuerdan lo hecho y asustados por las “ofertas” que hay “del lado de en frente”, decidan apoyar a un gobierno que, en la balanza, al fin de cuentas, siempre dio positivo. En esta línea, aquellas almas nobles que, esperanzadas, se apresuraron a hablar del poskirchnerismo y que creen ver confirmadas sus sospechas tras tener como cómplice a la biología, seguramente deban esperar a 2015 pues es recién durante el desarrollo de la que sería la próxima presidencia K, donde las fichas se van a empezar a mover con mayor fuerza auspiciadas por desgastes naturales y por el límite jurídico a una tercera elección de CFK. Hoy, todos los actores del PJ K e incluso buena parte de los disidentes que apuntaban a la posibilidad de Scioli como figura reunificadora, probablemente acaben encolumnándose detrás del liderazgo de Cristina.
Pero todo esto es terreno de especulación y seguramente los hechos me den un baño importante de realidad, aunque quizás menos fuerte que el que recibieron los principales medios opositores “doblegados” por una manifestación tan conmovedora como espontánea alrededor del féretro del ex presidente.
Ahora bien, donde creo que podré moverme con mayor certeza es en lo que respecta a los caminos que atravesará el relato antikirchnerista, aquel que ni siquiera pudo esperar dos horas para empezar a emitir sus directivas siguiendo aquel inolvidable artículo de José Claudio Escribano en 2003 cuya emulación hoy día, sin duda, aparece como repetición “farsesca”, una suerte de diario de Irigoyen dirigido a los lectores del diario de Mitre, sin ninguna esperanza de incidencia práctica.
Entre todo lo que va a venir, lo más interesante creo que será el regreso del “doble comando”. ¿Se había olvidado usted? Seguramente, y las razones de tal olvido son atendibles pues aquella ficción, en los últimos meses, estaba siendo contraproducente a los intereses de sus propulsores. Pero vayamos al origen y a la posibilidad que tal hipótesis nos da. Digamos que permite atacar por diferentes razones a dos referentes y que, por ello, es una acusación “económica” dado que permite “matar dos pájaros de un tiro”. En este caso puntual, pues tal argumentación ha aparecido repetidas veces a lo largo de la historia, le debemos agregar cierto componente misógino. La idea era que Cristina había sido “puesta” por su marido y que, en el fondo, la que gobernaba no era ella sino él. El poder en la Argentina finalmente reproducía la estructura de una familia occidental tradicional con todo el componente patriarcal que eso supone. Ella tenía carácter fuerte pero su aspecto femenino la superaba y la invitaba al gasto desproporcionado en banalidades vinculadas a la belleza, algo que no sucedía con prototipos más masculinos de mujeres con poder como Michelle Bachelet. En Chile, el aspecto andrógino de la líder seguramente ayudaba a la confusión y evitaba el odio de las mujeres coquetas y competitivas de las clases medias y altas de la Argentina. Pero la idea de doble comando era útil en el contexto de declive del kirchnerismo, pues desgastaba a él, esto es, quien presuntamente tenía el poder, y desgastaba a ella, en tanto mera figura decorativa. Él era el culpable de todos los males, ella un títere. Es sintomático que el énfasis en el doble comando haya desaparecido en los últimos meses y haya regresado con la muerte de Kirchner. La razón es que en la medida en que la administración del gobierno comenzó a repuntar, la idea de doble comando sólo afectaba a ella y ya no a él. En otras palabras, ella puede ser un títere pero manejado por alguien que empezaba a hacer las cosas bien. De aquí que, con el avance K en las encuestas, salvo el trasnochado libro de Silvina Walger, hayan sido pocos los que se atrevieron en los últimos meses a insistir con tal idea. Pero ahora vuelve con otra intencionalidad. Se trata de afirmar que el títere se ha quedado sin titiritero y que por lo tanto, lo que hay es un “vacío de poder”. Sabemos lo que este diagnóstico supone en la Argentina pues nunca esa vacancia es receptora de poderes democráticos. Por si esto todavía no alcanza y el insólito parangón con Isabelita no fuera suficiente, Morales Solá sale a reforzar la idea del vacío afirmando que Boudou también era un títere y que, por lo tanto, la Economía ha quedado acéfala con la muerte de Kirchner.
A juzgar por las palabras de CFK y por lo que uno intuye, la necesidad de gobernabilidad la obligará a ser todavía más radical en sus transformaciones. El episodio de la muerte de su esposo e imprescindible estratega, puede ser conmocionante pero en el fondo, muy en el fondo, no cambia el diagnóstico por el cual, con los poderes de facto, a veces es mejor no negociar. O se va a fondo o se perece políticamente en el intento. Se dirá, entonces, que esta mujer irá hasta las últimas consecuencias impulsada por el odio y la venganza pero quizás sea simplemente por saber que tiene un importante apoyo popular y porque si negocia demasiado, pierde ella y perdemos todos.

domingo, 31 de octubre de 2010

El legado más profundo (publicado originalmente el 31/10/10 en Miradas al Sur)

Cuando referentes de la derecha vernácula culposa y psicoanalizada describen a Kirchner como un simple “hombre que luchó por sus ideales”, realizan una exposición tan vacua que el elogio deviene manipulación insidiosa. No se trata más que de un nuevo capítulo de la disputa discursiva de aquellos que intentan imponer el reino de las formas por sobre lo concreto. Presentado así, lo importante es que Kirchner hizo siempre lo mismo, lo cual lo deja en una zona gris entre la coherencia y la obstinación además de no reposar en el elemento central, esto es, cuáles eran, concretamente, esos ideales por los que luchó.
Pero ¿por qué hacernos esta pregunta? ¿Por qué, en el momento en el que se trata de repensar las transformaciones puntuales de un gobierno partimos de la cuestión discursiva de “cómo presentan los opositores acongojados el legado de Kirchner”? Justamente creo que ahí está el punto central pues además de la importante cantidad de cambios estructurales que introdujo Kirchner, lo que deja es un legado más difuso pero también profundo, esto es, la transformación cultural que se expresa en arremeter críticamente y más allá de los bemoles, frente al status quo y el pensamiento hegemónico.
Esta transformación se ha librado especialmente en el plano de lo discursivo, lo cual no equivale a una pura cosmética retórica disociada de las transformaciones concretas pues como se verá, van de la mano. Enumeremos: puso en tela de juicio que se tome a la protesta social como un problema de tránsito y/o seguridad y se enfrentó con sobrados argumentos a aquellos que consideran que la reconciliación de la Argentina se logra amnistiando a represores; dio un debate necesario respecto a la justicia denunciando su pretendida asepsia y su compromiso con poderes fácticos. También cargó contra el manual de la ortodoxia económica y promovió un modelo neokeynesiano y una política de desendeudamiento además de denunciar la ideología liberal que sustenta la Carta Magna del BCRA. Por si esto fuera poco, también ofreció una visión alternativa de la identidad argentina estableciendo un relato que nos enmarca en el horizonte común de Latinoamericana. Por último, ya en el Gobierno de Cristina, tras gozar de un relativo idilio con las corporaciones de la comunicación, en particular con Clarín, decide dar la batalla final, esta es, la de la palabra. Lo hizo después de la derrota de la 125 y tras la evidencia de que se estaba “comunicando mal“. En este contexto, un humildísimo programa de la TV Pública, algunos medios gráficos de irrisorio poder frente a la potencia de los Medios dominantes, y la irrupción de algunas voces contra-hegemónicas en medios digitales y redes sociales, coadyuvaron para que en torno a la discusión sobre la Ley de Medios, se amplificara la voz de una importante porción de la ciudadanía que se sentía identificada con el modelo. Esta batalla contra los Medios dominantes, esta disputa por el contenido de los significantes, cargada con la épica heroica del peronismo de los 70, acercó, asimismo, a los jóvenes, aquellos que este miércoles 27 lloraron por primera vez ante la muerte de un político.
Probablemente los libros de historia recuerden las transformaciones concretas impulsadas por Néstor Kirchner pero no deberían olvidar que, además, estos cambios fueron posibles gracias a una batalla cultural que instituyó que es posible interpelar lo dado. Tal triunfo del espíritu transformador, a pesar de ser deudor del ciclo kirchnerista, posee una penetración transversal y tan profunda que, seguramente, de aquí en más, sea el legado más hermoso y constitutivo de una sociedad que se siente viva.

jueves, 21 de octubre de 2010

Cobos y la aristocracia del representante (publicado originalmente el 21/10/10 en Veintitrés)

Siempre resulta difícil escribir sobre temas que prácticamente saturan durante varios días los espacios periodísticos, pues al fin de cuentas, se trata de decir algo que no esté trillado y que pueda escabullírsele a reflexiones del sentido común, algo abundante en análisis cada vez más pobres e interesados. Pero es ineludible retomar el voto del Vicepresidente de la Nación que, en tanto Presidente del Senado, fue decisivo en la sanción de una ley que, al no detallar las formas de financiamiento, no tenía otro destino que un veto presidencial.
Se apresuran los que con más deseo que rigor analítico encuentran en esta decisión de Cobos una suerte de remake de aquella madrugada en la que el desempate en torno a la 125 lo catapultó a la fama como una suerte de Gardiner (aquél maravilloso personaje que fue llevado al cine por Peter Sellers en Desde el Jardín) que, en este caso, antes que caminar sobre las aguas, decidió transitar las hectáreas de siembra de soja ungido por la gratitud del multiclasista significante “gente”, que apareció para marcar una distancia con los “malos”, esto es, el “pueblo”, la masa aluvional de “negros” que sólo son movilizados clientelísticamente por aparatos y prebendas. Cobos tuvo la desgracia de que todo esto sucediera a más de tres años de una nueva elección presidencial, con lo cual su desfile triunfal expuesto en clave épica se fue apagando y tiene hoy como desenlace, más que el tono festivo de quienes se abrazaban aquella noche a su camioneta, el tono melancólico de un tango donde abundan traiciones y amores perdidos. De la 4 x 4 al ritmo del 2 X 4. Aquel paseo triunfal no sería más que un tango al cuadrado.
Por todo esto es que a la hora de comparar aquel voto en contra de la 125 y éste, a favor del 82% móvil sin financiamiento, más que nunca podemos expresar aquel adagio de “nunca segundas partes fueron buenas” pues las condiciones son otras, la reivindicación es otra y la sociedad es otra. De hecho, no sería descabellado pensar que tras aquella decisión, en la hipotética situación de elecciones inmediatas, Cobos hubiera sido elegido Presidente de la República. Hoy, en cambio, probablemente ni una saga de votos “no positivos” pueda permitir que Cobos gane la interna de su partido.
Pero hay un elemento que me interesa transitar y tiene que ver con uno de los términos más escuchados en la última semana casi a la altura de “mineros” y “milagro”. Se trata de “traición” que, en el contexto de una administración justicialista y en la semana del día de la Lealtad, cobra una significación particular.
La pregunta es si hay algo para decir al respecto, algo que no se haya dicho. Creo que sí pues no se trata simplemente de interpretar en qué sentido la actitud de Cobos puede o no encuadrarse en la categoría “traición” para así llevar esto a una discusión filológica “marianogrondonista”. Con todo, cabe aclarar que habiendo o no traición e independientemente de si la decisión particular de Cobos ha sido la mejor para el país, ni el más acérrimo de los antikirchneristas puede sostener en foro interno y frente al espejo, la anomalía institucional de un Vicepresidente opositor. Quien interprete que esta situación es la panacea del control de poderes probablemente no conozca los diseños institucionales de una República Presidencialista.
Ahora bien, si dejamos de lado estas vicisitudes de la realpolitik para depositarnos en cuestiones teóricas de la política, el caso Cobos parece ser la manifestación de un problema tan viejo como cualquier organización humana: el problema de la representación.
Dicho en otros términos, la cuestión es cómo garantizar que el representante “re-presente”, es decir funcione como alguien que “vuelve a presentar”, en la instancia que corresponda, a quienes lo eligieron. Recordemos que es posible reconocer dos tipos de participación: la representativa, en la cual, para decirlo de algún modo impreciso, el pueblo gobierna a través de sus representantes y la directa, donde los ciudadanos no delegan en otro sujeto su participación en lo público y se auto-representan. La primera es la elegida en las Repúblicas occidentales modernas y la segunda tiene como máxima referencia aquel ideal asambleario y participativo de la democracia ateniense en el “Siglo de Pericles”. Resulta evidente que ambas formas tienen pro y contra. La democracia representativa parece la forma natural para Estados con importante cantidad de población y vasto territorio pues está claro que sería absurdo movilizar constantemente a las poblaciones para realizar una Mega Asamblea con, por ejemplo, 40 millones de asistentes. Parece más fácil, aunque quizás sólo sea una apariencia, hacer una asamblea y tomar decisiones directamente sin representantes en una Asamblea estudiantil o en un Consorcio, salvo, claro está, el Consorcio donde uno vive. Asimismo, en algo sobre lo que se volverá, pues es el eje de esta nota, pareciera razonable que los ciudadanos ocupados en actividades privadas depositen su confianza en hombres y mujeres que tienen una vocación por lo público y que poseen la capacidad que algunos no tenemos, para tomar decisiones que involucran a todo un país.
En cuanto a la democracia directa, el punto a favor sería que el hecho de ser uno mismo quien levanta la mano, garantiza que el voto sea el deseado y no quede expuesto a la posibilidad de que el representante elegido finalmente acabe tomando una decisión con la cual no se acuerde. El ejemplo flagrante de este peligro es el que quedó inmortalizado en la honestidad brutal del ex Presidente Carlos Menem quien afirmó “si hubiera dicho realmente lo que iba a hacer nadie me hubiera votado”. Detengámonos en este punto porque aquí aparece la problemática del caso Cobos, el cual puede ser expresado en el siguiente dilema: ¿debe el representante tomar decisiones de conciencia o seguir a rajatabla el mandato que le otorgaron los ciudadanos que lo votaron? Recuérdese la justificación de aquella noche de 2008 por la cual Cobos consideró que la mejor decisión era la que él podía tomar en soledad o, en todo caso, en el marco del círculo íntimo familiar. No importaba el Programa de Gobierno, importaba la decisión de ese hombre, el cual elige independientemente del deseo de la gente que lo votó. Este es un problema de Cobos pero lo es también de la democracia representativa incluso tal como está expuesta en la tan mencionada Constitución de los Estados Unidos. Allí los “Padres Fundadores” justifican la idea de representatividad casi desde un punto de vista que bien podría ser juzgado de aristocrático. Se trata de la idea de que el pueblo no puede darse cuenta de lo que es mejor para él y por ello elige a un representante cuya decisión, aun cuando parezca contrariar los intereses inmediatos de la masa, resultará acertada. Dicho en otras palabras: el representante sabe mejor que el propio pueblo lo que es bueno para el pueblo. Desde este punto de vista, la ciudadanía no vota un programa el cual imperativamente debe ser llevado adelante por el representante sino que simplemente deposita confianza en un hombre que sabrá decidir lo mejor en las circunstancias que correspondan. Para concluir y lejos de exigir desde este espacio un regreso al espíritu asambleario, ese que fracasó en los meses posteriores al 2001, creo que cabe pensar si el particular caso Cobos, antes que una anomalía encarnada en un hombre timorato favorecido por las vicisitudes de la historia, manifiesta, en ese desoír del voto popular que con ideas equivocadas o no, lo depositó en el cargo, mucho más que una traición: manifiesta la versión dañina de un punto de vista aristocrático de la representación que ha regado de desconfianza a una ciudadanía que naturalmente busca el antídoto para tanta impotencia en el ensimismamiento, el desinterés por lo público y el alejamiento de la política.

lunes, 18 de octubre de 2010

Las razones de cierto magnetismo (publicado originalmente el 17/10/10 en Miradas al Sur)

¿Hay una relación constitutiva entre peronismo y juventud? La respuesta es compleja pero está claro que hablar sin matices de una continuidad entre la juventud sindical del peronismo del 45, la juventud armada de los 70 y la juventud militante de hoy día sería impropio. Evidentemente ni el peronismo ni las juventudes son las mismas. Sin embargo, también es posible encontrar puntos en común pues aquella juventud que no dudó en tomar las armas y la actual, provienen de una clase media bien educada. Sin embargo, quizás por el clima de época posmoderno, a diferencia de aquellos, los actuales poseen una serie de demandas heterogéneas que pueden ir desde el reclamo de gas en el colegio hasta la reivindicación de la Ley de Medios y el Matrimonio igualitario. La comparación con aquellos jóvenes del 45, en cambio, es más difícil, pues se trata de una extracción social distinta en el marco de una cultura y una estructura productiva del país inconmensurable.
Pero quizás sea útil una pequeña ayuda conceptual de Ernesto Laclau, este últimamente denostado intelectual de izquierda que ha teorizado sobre la constitución de las identidades populares, algo evidentemente caro al peronismo. Laclau afirma que el pueblo no es una entidad preexistente sino una construcción que se va gestando a partir de la unión de demandas particulares insatisfechas. Esta insatisfacción supone un otro, el poder, el cual funciona como límite constitutivo para la formación de un “nosotros” bajo el paraguas del significante “pueblo” y ayudado por el surgimiento de personalidades carismáticas. Tal visión binaria de la sociedad, que tanto escozor trae a los defensores de la democracia del consenso, parece capaz de poder explicar por qué el apoyo de la juventud hacia el kirchnerismo apareció con tanta fuerza en el marco del conflicto con las patronales del campo pues la violencia con que los multimedios trataron el tema operó como un efecto unificador de lo popular, quizás tan importante como el que generó en el 45 ese “otro”, la oligarquía, que explotaba a los trabajadores. En este marco se evidenció que lo que consideramos “el poder” ya no está estrictamente en el Estado, sino en los intereses económicos que atraviesan la sociedad.
La juventud de hoy es distinta de la de ayer y el kirchnerismo, más allá de la liturgia, debe hacer frente a contextos y problemáticas que no son los de otrora. Sin embargo, se mantiene un relato en el cual existe un poder al cual reclamarle por las demandas insatisfechas. Ciertas imposturas, exageraciones o tonos épicos que no se condicen con el tamaño de la gesta, poco importan a la juventud en la medida en que se genere una mística transformadora. De todo esto podrá ser acusado el peronismo, pero cuando se levanta la cabeza y se observa quiénes están nerviosos, es posible entender el magnetismo de un espacio que aun siendo contradictorio y complejo, encara batallas por la justicia social contra los sectores mezquinos que nunca quieren soltar el cetro.