viernes, 28 de diciembre de 2007

Gestos y sobreactuaciones

Resulta una obviedad decir que la política está llena de gestos y sobreactuaciones. Algunos gestos tienen muchas veces, para bien o para mal, un carácter simbólico, sirven para delinear líneas de gobierno y suelen perdurar en el tiempo. Las sobreactuaciones son exageraciones generalmente insustanciales y con una existencia breve si bien en los últimos tiempos gozan de la amplificación de medios deseosos de escándalos políticos. Gracias a ellas es posible hallar informativos con moralejas, lecciones y dedos acusadores tanto como señoras inseguras que consideran que todo lo malo que ocurre sobre la Tierra es obra de una casta especial de seres diabólicos surgidos por generación espontánea llamados “políticos”.
Más allá de mi definición imprecisa y tan poco técnica de los gestos y las sobreactuaciones y las frecuentes y razonables confusiones hermenéuticas que podemos hallar frente a determinados hechos para clasificarlos en un lugar o en otro, podemos decir que en los últimos días hubo muchos gestos y muchas sobreactuaciones. Seguramente una explicación de esto tiene que ver con la asunción de nuevas autoridades a todo nivel. Generalmente, los recién asumidos aprovechan sus primeros momentos para dar golpes de efecto y sentar las bases de la nueva administración. Las administraciones más cuestionadas aunque por diferentes razones fueron las de la presidenta y la del jefe de gobierno de la Ciudad. La primera pagó el precio de presentarse como continuidad del gobierno de su marido y no pudo gozar del beneficio del idilio que todo recién asumido tiene especialmente con los medios. Los grupos de lobby quisieron cargarse a Moreno y a Garré pero aún no han podido hacerlo y la interna entre De Vido y Fernández no ha sumado nuevas víctimas a Miceli y Picolotti. La muerte de Febres dio espacio a críticas por derecha y por izquierda, la causa por la valija del venezolano con ciudadanía norteamericana pareció tomar nuevo vigor y la interna sindical corta las calles y suma muertos. Para 15 días parece mucho. En cuanto al jefe del PRO, las lamentables designaciones de funcionarios procesados muchos de los cuales poseen un perfil manifiestamente reaccionario, sumado a los importantes cargos en los que ha designado a amigos de colegio de dudosa idoneidad, le costaron feroces críticas de sectores progresistas que se encuentran agazapados y que seguramente hallarán en lo que respecta al manejo de la cultura, un espacio donde acentuar las diferencias con el ex presidente de Boca. La mayoría de los hombres y mujeres de cultura de la ciudad tienen el prejuicio bien fundado de que la gestión en cultura será un retroceso. Aunque también existen hombres y mujeres de cultura que apoyan la gestión si bien en muchos casos se trata de gente que busca trabajo en algunos de los eventos que organizará la Ciudad.
Ahora bien quisiera detenerme en lo que considero los hechos más relevantes de las últimas semanas algunos de los cuales ya fueron mencionados. En primer lugar, se trata del caso Febres. En este sentido debería decirse que el gobierno de Cristina Fernández parece tener la suficiente decisión política como para promover los juicios a los represores. Esto se vio claro en la mención a las Madres realizada por la presidente en el discurso de asunción y seguramente se irá profundizando en la medida en que más represores sigan siendo condenados. El gobierno de Kirchner y ahora el de Fernández podrán ser criticados desde mucho ángulos pero si hay algo que los destaca es su política sobre los derechos humanos. Los gestos en ese sentido han sobrado y hasta hubo espacio para alguna sobreactuación pero parece uno de los elementos más positivos del último gobierno. En este sentido, las críticas por la desaparición de López o la muerte de Febres resultan bastante injustas y suelen provenir mayoritariamente desde sectores de ultraizquierda impotentes ante un gobierno que parece haberles quitado una de sus banderas más importantes o una derecha minoritaria y reaccionaria que tergiversa maliciosamente hasta la vacuidad al concepto de lesa humanidad y se encubre en los eufemismos de “reconciliación” y el “hay que mirar hacia adelante”.
Un segundo gesto ha sido el de Cristina Fernández hacia la Iglesia. En este sentido, aún antes de asumir, la ahora presidente dejó bien en claro que intentaría un acercamiento hacia la Iglesia. De allí que no debería sorprendernos su declaración en contra de la despenalización del aborto, su audiencia con Bergoglio y los obispos y la designación de Ocaña en Salud. Está última, ligada a ciertos sectores de la Iglesia declaró de modo poco feliz que “el aborto no es un tema de política sanitaria sino de política criminal” (Página 12, 26/12/07). Sería lamentable que esta designación derribe los auspiciosos pasos que se habían conseguido con Ginés González García al mismo tiempo que obturen ciertos debates que la sociedad argentina se merece.
El tercer gesto fue también de la presidente, en este caso frente a los nuevos implicados que tuviera la causa de la valija con espías, dobles agentes y, como si faltara algo para transformase en un capítulo de una serie televisiva de los años ochenta, el contexto de Miami. Cristina Fernández reaccionó y tuvo un gesto, tal vez una sobreactuación, no lo sé, en la que acusó al gobierno norteamericano de atacar la autonomía de los países y en este caso puntual el eje Mercosur-Chávez. No resulta descabellado pensar que algún sector del ámbito gubernamental y/o judicial de Estados Unidos intente generar un escándalo que vincule a Chávez si bien también es verdad que la valija existió. Ahora bien, inferir a partir de la existencia de esa valija que este es un gobierno corrupto, con una estructura mafiosa similar o peor a la de Menem, certificar como verdaderas en las tapas de los diarios las afirmaciones de esos oscuros personajes que son indagados en Miami, enviar corresponsales especialmente a cubrir las indagatorias y que dirigentes de la oposición anden paseando por allí “para seguir de cerca las novedades”, parece una exageración, una sobreactuación. Este tipo de casos, como en las series a las que hice mención antes, alimentan el ansia de sospecha constitutiva de nuestra sociedad que se manifiesta en el discurso paranoide de intelectuales, egresados universitarios y taxistas por igual.
Por último, un párrafo aparte para la medida que adoptaría Macri respecto a dar prioridad a los porteños en los hospitales de la Ciudad. Aquí otra vez se mezclan los gestos y las sobreactuaciones en una medida que no sé precisar. Es un gesto, por un lado, porque está dirigido al votante medio de Macri que realiza un razonamiento como el que sigue: “Es el dinero de los contribuyentes de la Ciudad el que solventa los servicios que brindan los hospitales de la Ciudad; deben utilizar los servicios sólo aquellas personas que pagan por ellos; los ciudadanos de la provincia de Buenos Aires o de países limítrofes no pagan por esos servicios; por lo tanto no deberían usarlos (o no deberían tener prioridad)”. Pero también es una sobreactuación en la medida en que el otorgamiento de prioridad parece técnicamente muy difícil de llevar adelante y seguramente no generará ningún cambio sustancial en lo que a mejora de servicio refiere.
He escuchado varias críticas hacia la medida impulsada por Macri. Por lo pronto, el gobierno de la provincia con buen tino recordó que la Ciudad deposita su basura contaminante por toneladas en forma diaria en el territorio que ahora gobierna Scioli y no paga por ello. Pero desde muchos otros sectores, incluyendo columnas de opinión o hasta declaraciones del ahora senador Filmus, se hizo hincapié en que la medida vulneraba el principio de solidaridad, principio que, al fin de cuentas, se observa en varias áreas de nuestra sociedad como por ejemplo el régimen de reparto. Creo que sin duda es una medida poco solidaria pero me pregunto si la solidaridad es algo exigible. En todo caso cuando alguien es solidario se lo agradecemos pero no podemos exigir que lo sea. Es casi tan absurdo como cuando los presidentes de un país les piden a los empresarios que sean solidarios. No resulta casual, entonces que resulte difícil exigirle solidaridad a un gobernante que cree poder manejar un país como un aséptico gerenciador. Es por eso que considero que la crítica debe ir por otro carril, el carril que opera en muchos de los porteños y que tiene que ver una lógica autointeresada, egoísta (no lo digo en términos peyorativos) y que en un sentido podría pensarse casi como la fórmula del imperativo kantiano. Desde este punto de vista los porteños se darían cuenta que esta actitud de Macri, a la larga va a desfavorecer a los habitantes de la Ciudad. Un porteño, entonces, antes de evaluar la medida debería preguntarse lo siguiente: ¿querría yo estar con un problema de salud en una provincia argentina y que por ser porteño se me postergara la atención? Haciendo una analogía con otras posibles medidas de prioridad: ¿querría yo que tras recibir un robo en una provincia argentina y tras hacer la consecuente denuncia a la policía de esa provincia, el oficial me dijese “lo lamento mucho pero el tratamiento hacia los robos a nuestros coprovincianos tienen prioridad”? Por último, ¿querría yo estar paseando con mi auto por una provincia y que los semáforos estuvieran programados para darle prioridad a los vehículos cuya patente es originaria de esa provincia? Los ejemplos podrían seguir pero temo abrumar con tantas preguntas retóricas.
Para concluir, entonces, debería decir, como usted seguramente lo está pensando, que el límite entre los gestos y las sobreactuaciones es profundamente controvertido y por sobre todo muy poco objetivo. Asimismo, también debe tenerse en cuenta que la perdurabilidad de los gestos y la transitoriedad de las sobreactuaciones es algo que resulta difícil de evaluar en el tiempo presente. Sin embargo, hacer el ejercicio de poder discernir en qué categoría calificamos cada hecho para darle su verdadera magnitud puede permitirnos comprender un poco más eso que está allá afuera y que llamamos realidad.

martes, 11 de diciembre de 2007

Del café literario a la unidad básica

Cuando hace algunos días se le consultó al ahora ex presidente Néstor Kirchner a qué se iba a dedicar tras 20 años ininterrumpidos de gestión ejecutiva, con la ironía que lo caracteriza ante el periodismo respondió: “me iré a un café literario”. Más allá de la broma, todos saben que Kirchner tendrá un rol central en la gestión de su esposa si bien seguramente mantendrá el perfil bajo en la medida en que las circunstancias no demanden otra visibilidad.
El off the record, esto es, aquel eufemismo por el cual los periodistas políticos chismosean como periodistas de espectáculos y adquieren la impunidad de la fuente indemostrable, afirma que Kirchner se encargará principalmente de “re-organizar” el partido justicialista. Parece razonable que sea así puesto que todos sabemos que el PJ sea lo que fuere hoy en día, para bien o para mal, es el único partido que parece garantizar gobernabilidad. Cristina no podrá gobernar sin una mayoría importante del partido y será su marido quien deba domesticar la tropa.
En este sentido, la búsqueda de consenso con otras fuerzas en esto que se dio en llamar Concertación plural puede resultar importante pero insuficiente a la hora de la gobernabilidad. De hecho, seguramente el candidato opositor al Frente para la victoria en 2011 seguramente provendrá del interior del propio PJ. El propio Macri, aún haciendo una gran administración en la Ciudad sabe que tendrá que ir a buscar al peronismo disidente si quieren llegar con posibilidades ciertas a disputar la presidencia dentro de 4 años.
Me detengo aquí en un punto: hay quienes afirman que la concertación plural no es otra cosa que una transversalidad aggiornada que se nutrió de una nueva terminología para seguir el manual de la sobrevalorada disciplina del marketing político. No me parece que sea este el caso. La transversalidad suponía una comunión ideológica no necesariamente vinculada a actores de poder. Más bien se trataba de construir por fuera de las estructuras del PJ un movimiento de centro izquierda que tuviera un proyecto y la capacidad de llevarlo a cabo. Allí se incluía actores que ocupaban cargos electivos y otros que simplemente acompañaban el proceso. La transversalidad puede ser un poco más o un poco menos abarcativa pero se define por sobre todo por un pensamiento llamemos “progresista” en el sentido vulgar del término. El eje de la concertación plural, en cambio, es la gobernabilidad. El pacto es entre estructuras de poder cuya cara visible son los gobernadores. Antes que la transversalidad, lo que se encuentra emparentado con la idea de Concertación plural es la idea de Pacto Social sobre el cual tanto machacó Cristina. Allí sí se ve a las claras, que se trata de la gobernabilidad: sindicatos, empresarios y Estado sentados en la mesa de negociación para garantizar paz social y equilibrio.
Este viraje de lo ideológico a lo pragmático puede ser visto como una claudicación o una pendiente propia de los tiempos políticos por los que atraviesa el mundo. Quizás sea parte de ambas. Pero es un hecho que la transversalidad como movimiento fracasó y que el 22% de los votos con que Kirchner llegó al poder de un Estado en quiebra exigía una base de sustento en los actores de la política. En ese sentido la habilidad política de Kirchner estuvo en domar el aparato peronista de la provincia de Buenos Aires dejando a la transversalidad circunscripta a las alianzas contra Macri en la Ciudad.
La alianza con el aparato bonaerense de caudillos y punteros, incluyendo personajes altamente execrables resulta, sin duda, pasible de crítica pero cabría preguntarse si existía otra opción y si Cristina está hoy en mejores condiciones para impulsar un cambio que acabe con la lógica prebendaría y mafiosa de muchos íconos de Buenos Aires. Qué hubiera pasado de no haber habido apoyo del aparato bonaerense es un contrafáctico que en tanto tal no tiene respuesta si bien la historia reciente, al menos desde el regreso de la democracia, parece darnos algunas pistas. En todo caso, lo que resta saber es si Kirchner intentará liderar el partido a partir de la simple obediencia que genera quien detenta el poder en un partido cuya característica central es el verticalismo o si por el contrario, aún a riesgo de profundizar las divisiones en el partido, intentará darle ese tinte ideológico que caracterizó a la búsqueda de transversalidad y que puede cooptar a parte del movimiento. De darse esto último, ideología y gobernabilidad pragmática quizás puedan acercarse bastante más.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Contrato moral, contrato político

Si bien ha transcurrido casi 3 semanas desde las elecciones, la virulencia de algunos cruces entre el gobierno y los partidos de la oposición no ha sucumbido ante el final de la contienda electoral. El principal flanco de los ataques por parte de los voceros del gobierno es Elisa Carrió quien de manera poco feliz declaró que tras las elecciones se retiraba 3 meses al mar si bien eso no hizo que adoptara el perfil bajo que el contexto pos elección pedía. En principio hay dos cuestiones importantes que afectan a Carrió y que han sido tapa de los diarios: el éxodo de los principales referentes del ARI (ahora denominado grupo de los 8) de la Coalición Cívica acusando a ésta de haberse “derechizado” al incorporar a Patricia Bullrich, a Estenssoro y coquetear con López Murphy entre otros. La segunda cuestión que llamativamente aparece ahora tiene que ver con la declaración jurada de Carrió (digo llamativamente porque ésta ya era pública y hasta había aparecido en el Clarín del día 14 de octubre). Carrió declara que tiene un patrimonio total de 104.460 pesos conformado por: un departamento valuado en $54.000 que le presta a una diputada del ARI; dos terrenos en el Chaco cuyo valor es de $5000 en un caso y $2795 en otro; en bienes del hogar tiene $22.346. Pero por si esto fuera poco, a estos magros 104.000 pesos debemos restarle $65000 que Carrió debe al Banco Hipotecario y a otros bancos con el agregado de que podría perder el departamento de $54.000 si sale una sentencia en su contra en un juicio por calumnias e injurias que le sigue Eduardo Duhalde. Una última cuestión: actualmente Carrió no tiene trabajo y la mantiene una colecta que hacen algunos diputados del ARI.
Varias reflexiones se pueden hacer al respecto: por lo pronto parece poco creíble que una profesional, que a su vez posee un apellido de gran prestigio en el ámbito del Derecho, y que lleva al menos 15 años en la política prácticamente no tenga patrimonio. Parece una exageración de Carrió en ese sentido. Ella no iba a obtener un voto menos por decir que su patrimonio es de, pongamos, 1.000.000 de pesos. Hay tantas buenas razones para votar a Carrió que hacerlo por su escaso patrimonio es ofensivo a sus cualidades. Por otra parte, no hace falta ser indigente para ser honesto y lamentablemente esta declaración jurada genera la idea de que o bien Carrió miente o bien es una pésima administradora.
Ahora bien, tal vez alguien ingenuamente podría decir que una mala administradora de sus ingresos difícilmente pueda hacerse cargo de un país. Pero esta última idea es tan falaz como la que indica que quien administra bien una empresa y un club de fútbol necesariamente administra bien un país. A veces se da así pero no hay una conexión lógica entre estas afirmaciones. Pero el elemento más importante que puede perdurar es uno que puede afectar aún más a Carrió. Me refiero a que se dirá que ella miente y que, por lo tanto, la guardiana de la moralidad argentina esconde una naturaleza jánica. Así Carrió perdería la legitimidad para exigir el contrato moral. Pero me quiero detener un poco en este punto. Está claro que el contrato moral ha sido el “caballito de batalla” de Carrió, aunque quizás no tanto en esta campaña que fue mucho mejor manejada por sus asesores y jefes de campaña. Pero yo siempre me pregunté qué quería decir eso de ”contrato moral”. Por un lado parece remitir a la tradición contractualista como parte de una estrategia de situarse dentro de algo así como “una línea de pensamiento republicana”. Pero la idea de que el contrato debe ser moral me desconcierta. ¿Es moral porque la gente debe ser buena y, dado que no lo es, la sociedad debe cambiar? ¿O se refiere a que debe haber una única moralidad, en el sentido de que los argentinos debemos perseguir un único ideal de la buena vida? Esto último es casi un ideal clásico por no decir anacrónico. Las sociedades modernas occidentales son plurales y la tradición contractualista intentaba dar respuesta a esa situación. Se trata de algo más o menos así: ya que todos pensamos distintos, pongámosnos de acuerdo en derechos y delegaciones que nos garanticen que cada uno pueda perseguir la forma de vida que desee. Esto lo sabemos al menos desde el siglo XVII con lo cual no creo que el contrato moral se refiera a esto. Queda, entonces la primera alternativa: el contrato moral es que todos seamos buena gente. Es decir: el problema de la Argentina es que cuando podemos violamos la ley y los políticos son los primeros en violar la ley justamente porque utilizan lo público para favorecer sus intereses privados. Igualmente, se dice, los políticos son sólo un emergente de una sociedad en descomposición. Sin embargo, mientras la sociedad cambia, la gente debería votar a personas honestas (léase Carrió). De manera simplificada ese sería el razonamiento. Dicho esto resulta claro, que la inmoralidad de mentir derribaría el constructo de Carrió y su legitimidad. Y me pregunto por qué.
¿Sería peor gobernante Carrió por habernos mentido en su declaración jurada? ¿Telerman hizo una peor gestión desde que nos enteramos que no era licenciado? ¿Las propuestas de Blumberg se hicieron poco atractivas por no ser éste ingeniero? ¿Clinton fue menos demócrata por negar, en un principio, algo tan común como la felatio de una becaria? Lo paradojal es que Carrió queda presa de su propia lógica de moralizar la política y parece estructurar lo político detrás de la dicotomía honesto (moral) versus deshonesto (inmoral). Esta es otra de las graves consecuencias de una crisis como la de 2001. Alcanza con ser honesto para recibir un voto. Eso mismo se decía de Zamora: lo votamos porque es honesto y porque vive de vender libros. La moralización de la política no permite evaluar estrategias de gobierno ni proyectos de país. Importan sus ejecutores. Si roban son del eje del mal. Si no, están de nuestro lado. Hay dos bandos nada más: los buenos y los malos: Menem y todo el resto. Y los nuevos malos también son Menem. Kirchner es Menem y de este lado nosotros, los buenos ciudadanos. Nosotros que siguiendo la tendencia de algunos espiritualistas públicos afirmamos que alcanza con ser buenos ciudadanos y generar comunidades bloggers con pseudónimos para cambiar el mundo. Nosotros que por mail nos anotamos en una lista para que no cierren un canal que no vimos nunca; nosotros que con sagaz claridad observamos que el único problema de este país es que se roban la plata.
La corrupción a todo nivel es sin duda un problema y sería deseable que este mal endémico de los hombres no exista. Pero, justamente, los grandes pensadores del contractualismo trataron de presentar la justificación a un Estado formado por hombres que no son ni ángeles ni santos. Hombres que en algunos casos son egoístas, envidiosos, ladrones y corruptos. Por eso diseñaron un contrato político y no moral. El moral era imposible. Dividieron el ámbito de lo público y lo privado y creyeron que sólo en torno del primero se podía pactar. Cuando todos persigamos el mismo ideal de buena vida o todos seamos hombres buenos, seguramente las formaciones jurídicas serán casi obsoletas. Allí no hará falta elegir a nadie que mande. El día de la plena moralidad será el día en que el contrato político carezca de sentido.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Las lecciones de la elección

Si bien fue un lugar común decir que las elecciones no despertaron gran entusiasmo, cualquier acto eleccionario genera una sensación de histeria generalizada para lo cual la tarea más saludable es apagar la televisión y la radio unos días antes y el día domingo a las 21hs conectarse a la página del ministerio del interior y corroborar los datos. Esto último lo hice aunque me resultó más difícil poder aislarme de la radio y la TV.
En lo particular estas elecciones me parecían importantes no sólo en sí mismas sino para poder corroborar, y aquí vuelvo a repetir la palabra, la “histeria” que algunas exageraciones de meses previos habían generado. No hubo ballotage a pesar de que algunos comunicadores, a veces por formar parte de la campaña, y a veces por la lógica de la noticia y la búsqueda de expectativa, se encargaban de decirlo. Cristina llegó al 45% (44,9%) y dobló a la segunda fuerza. Si bien fue la misma diferencia que Macri obtuvo sobre Filmus en primera vuelta esta vez se prefirió no decir que el oficialismo “arrasó”.
Cristina ganó en todas las provincias salvo San Luis y Córdoba. Incluso ganó en Santa Cruz donde, a juzgar por las noticias que llegaban hasta aquí, parecía tratarse de una provincia al borde de la guerra civil. La fórmula presidencial del oficialismo obtuvo allí un 68% de los votos contra el 17% de la coalición cívica. Donde también parecíamos estar al borde de la guerra civil era en Gualeguaychú. Sin embargo, allí ganó el oficialismo con el 45,7% de los votos.
Los candidatos de la mano dura, especialmente Blumberg, que en algún momento fueron presentados como los líderes de la oposición finalmente no lo fueron tanto. Así Blumberg sacó 1,3% como gobernador y 0,9 como diputado. Aquellos que inflaron la candidatura de Blumberg se excusaron diciendo que el triste episodio por el cual se demostró que no era ingeniero minó su caudal de votos aunque yo me inclino a pensar que tal vez, por ahora, fueron sus ideas y la mediocridad especulativa que lo hizo coquetear con todos los candidatos para cerrar finalmente con Sobisch, lo que no fue bien recibido por la gente. Al fin de cuentas, las ideas de Blumberg son buenas o malas más allá de que sea o no ingeniero, esto es, más allá de que sea un mentiroso.
Otro elemento a resaltar es que en los lugares donde la gente del campo resulta mayoría allí también ganó el oficialismo (véase, por ejemplo, las distintas localidades de la provincia de Buenos Aires). No podía ser de otra manera, pienso yo, pues el campo está obteniendo, probablemente, las mayores ganancias de su historia, no sólo por su propia capacidad, sino porque el gobierno ha decidido mantener una política económica que favorece a este sector entre otros. Así parece sobredimensionada la exposición mediática que tienen algunos dichos o medidas de ciertos sectores del campo, evidentemente minoritarios aunque poderosos, que no admiten ningún tipo de retención y patalean como chicos si no reciben los subsidios del mismo Estado al que critican cuando interviene y busca controlar los precios.
Finalmente ni la inseguridad ni la inflación parecieron afectar demasiado al gobierno (por cierto, hoy pude comprar tomate perita a 2,50 el kilo de manera tal que si el tomate es el indicador principal de la inflación espero para octubre un número inferior a cero). Tampoco la demanda de calidad institucional ni algunos hechos de corrupción. Importó, en términos generales, la recuperación económica del país si bien también algunos votantes pudieron tener en cuenta los avances en la política de derechos humanos, la independencia de la corte suprema, la gestión en salud y en educación, etc. Sin embargo, estoy seguro de que estos avances habrían sido opacados si la economía no anduviera bien.
Antes de meterme en la post elección y en la nueva agenda mediática debemos decir que López Murphy logró despilfarrar el caudal de votos obtenido hace 4 años y con una gran exposición mediática, apenas consiguió el 1,56% de los votos. Finalmente no resultó un candidato tan racional y honesto como algunos, en subrepticia campaña, intentaron instalar. Lo mismo ocurrió con Melconián y Pinedo que obtuvieron el 12% en Capital a pesar de que el Pro había sacado el 60% cuatro meses atrás. Macri, sin ponerse colorado dijo que la gente ya no vota partidos sino nombres. Esta es una gran verdad. El gran problema es para qué, entonces, la puesta en escena, de “un día, una propuesta” o la idea de “esto es Pro y eso no es Pro”. Finalmente, la identidad Pro de repente se diluyó y ahora se encarnó en el fundador. Ahora deberíamos decir “esto es macrista y esto no”. ¿Acaso la “nueva política” es que las identidades partidarias se diluyeron y sólo votamos personas?
Por último, la izquierda volvió a repetir como lo ha hecho una y otra vez, una pobre elección y uniendo a Ripoll, Castells, Ammann, Montes y Pitrola no se llega al 3,2% de los votos. Si bien sumados representan más que Sobisch y López Murphy juntos, parece difícil arrogarse demasiada representatividad con este resultado.
Pero me quiero detener en la post elección. A juzgar por lo que vi en la semana parece que el triunfo del oficialismo quedó en un segundo plano frente a los “grandes temas argentinos”, esto es: ¿quién es la oposición: Macri o Carrió? y ¿Por qué Cristina perdió en los grandes centros urbanos? Dado que esto es lo único que importa daré mi opinión:
La oposición no es ni Macri ni Carrió. La mejor demostración es la que surge de comparar las últimas elecciones en Capital Federal cuya distancia temporal fue de apenas 4 meses. Ya dijimos: el Pro pasó del 60 al 12% y Carrió, la gran perdedora hace 4 meses apoyando a un Telerman tercero, ahora obtuvo 37%. Muchos de los que votaron a Carrió en octubre, antes votaron a Macri a pesar de que no son lo mismo. Para entender esto ayuda, en parte, una idea que apareció en los medios: “el gorilismo”. Para decirlo de modo más académico el clivaje peronistas vs antiperonistas parece ser una variable explicativa importante. Todavía hay quienes dicen “yo voto al candidato peronista sea quien fuese” (piense si no por qué Rodríguez Saá peleó tanto por poder poner “el sellito” del PJ) y quienes afirman “voto a cualquiera menos a un peronista”. En franco proceso de disolución radical, el voto antiperonista ahora se dispersa hasta que aparezca alguna figura o entramado político como la Alianza que emerja como alternativa razonable (esto, por supuesto, independientemente de cómo terminó esa aventura en el 2001). Pero también hay otra variable que no debe ser propiedad solo de los argentinos: esto es lo que podemos llamar el voto antioficialista, sea oficialismo el partido que fuese. El poder desgasta y la gente necesita cambiar. Las razones psicológicas de este fenómeno me exceden pero a veces este caprichoso elemento puede ayudar a explicar una buena cantidad de votos contra el gobierno de turno. La idea de cambio siempre da un respiro. Pasa en todo ámbito: con las parejas, con los amigos, con los técnicos de fútbol y también pasa en la política. Si lo que viene con el cambio es peor esa es otra cuestión. Pero tenemos que cambiar porque la actualidad nos agobia. Claro que estas variables no son las únicas que explican el voto opositor. Sólo digo que pueden ayudar a entender una parte importante de éste.
Las próximas elecciones dirán quién es la verdadera oposición. Es decir habrá que ver quién logra posicionarse ante la opinión pública y a quién fogonean los medios. Puede ser cualquiera. También habrá que ver si el gobierno está fuerte, o se debilita y comienza la diáspora. Hasta el 2009 no hay oposición: hay oficialismo y gente en contra del oficialismo pero oposición no.
En lo que respecta a los centros urbanos habría que hacer algunas aclaraciones. La provincia de Buenos Aires, la provincia de Santa Fe y Mendoza son grandes centros urbanos y en los 3 ganó Cristina. Es más, sólo perdió en Capital y en Córdoba. Sin embargo, resulta real que si sumamos todos estos centros la ventaja entre el oficialismo y la segunda fuerza no sería tan amplia. Esto muestra algo que se viene repitiendo históricamente: la clase media y alta, las capas más educadas son generalmente reacias a votar candidatos peronistas. En cambio las clases bajas, las menos educadas votan, comúnmente, peronistas. ¿Acabo de sorprender a alguien con esta afirmación? Más allá de la repugnante idea que se intenta instalar y que subyace a los debates sobre este fenómeno, esto es, la inconfesable creencia de que el voto de las capas medias y altas y de los más educados tiene una cualidad superior que el resto de los votos, de lo cual se sigue que este es un gobierno que no tiene legitimidad por que es votado por el “aluvión zoológico” desdentado, miserable e ignorante, quisiera detenerme en un último punto que sirvió de base para la poco feliz denuncia de fraude de algunos miembros de la oposición, sumado a comunicadores, gente común de la calle y bloggers que llenaron los foros de internet indignados ante el resultado. ¿Usted no oyó repetidas veces afirmaciones como “yo no conozco a nadie que vote a Cristina”? Amigos, compañeros de la universidad y muchos comunicadores repitieron esta frase. Pero inmediatamente iban un poco más allá y decían o bien que la gente la vota a Cristina pero como le da vergüenza no lo dice como ocurrió con Menem en el 95; o bien que, efectivamente, nadie la va a votar y que si gana hay fraude. Lo que toda esta gente no entendió es que tanto los comunicadores, como los que consumimos medios de información, somos de clase media o alta y tenemos una formación terciaria o universitaria además de que vivimos generalmente en Capital Federal. Justamente se trata de todas las variables que hacen que el voto de Cristina disminuya. No hacía falta fijarse en el resultado de la elección: ya lo decían las encuestas algunas semanas antes. Por eso, para cerrar se me ocurre decir lo siguiente: que el pueblo nunca se equivoca es un apotegma que a veces no se cumple. En este caso puntual, si el pueblo se ha equivocado o no al votar a Cristina sólo el tiempo lo dirá. Ahora bien, los que sí se equivocan siempre son aquellos que toman un poco de los presagios de dos o tres amigotes universitarios, le suman a eso un par de charlas con taxistas, las opiniones de algunos irritables blogs más lo que dicen algunas radios y deducen de allí un teorema general que da cuenta del comportamiento de la Argentina toda, una Argentina que tiene superficie visible pero una profundidad que es mayoritaria y también vota.

miércoles, 24 de octubre de 2007

¿La Moncloa? Sí, pero ¿cuál la Moncloa?

A una semana de las elecciones presidenciales que, como indican todas las encuestas, llevarían a Cristina Fernández (CF) a la presidencia sin mediar una segunda vuelta, existe un uso y abuso de políticos y analistas respecto de la necesidad de realizar un “pacto de la Moncloa argentino”. Todo el arco político, desde Macri, pasando por Carrió hasta la propia CF, hablan de trasladar a nuestro país el espíritu del pacto que dio origen a la etapa democrática española y del cual, casualmente, en estos días, se cumplen 30 años.
Ahora bien, ¿qué quieren decir estos actores de la política cuando recurren a esta figura del pacto? Aparentemente se trata de sentar unas bases comunes entre los partidos políticos, los sindicatos y los empresarios de manera tal que se asegure una continuidad político-institucional y económica en el mediano y en el largo plazo.
Está claro que pedir un pacto de la Moncloa argentino es políticamente correcto tanto como la idea de consenso y de reconciliación. Sin embargo, seguramente, para los diferentes actores de la política argentina estos términos deben tener significados diversos.
Por lo pronto digamos que el contexto argentino en la actualidad, por suerte, dista mucho de aquel que dio origen al pacto en España: sabemos que la muerte de Franco en el 75 tuvo como herencia inmediata en el plano político toda la inestabilidad propia que sucede a una dictadura que en este caso había durado 40 años; a su vez, en el plano económico había recesión, desequilibrio en la balanza de pagos, inflación y endeudamiento. Esto hizo que en el 77, el gobierno de Suárez firmara un pacto político y económico ratificado por todo el arco parlamentario que sentaría las bases de lo que finalmente sería la nueva constitución española, y catapultaría el despegue económico de España y su “inserción” a Europa.
Trasladado a la Argentina, este pacto “fundacional” parecía más necesario en el 2001 cuando un diario francés tituló “La Argentina no existe más” pero parece exagerado plantearlo en estos términos hoy. Sin embargo, está claro que nuestra sociedad se encuentra lejos de haber eliminado tensiones de lo cual se sigue que tal vez un pacto que recupere este espíritu podría ser importante.
Pero aquí hay varias cuestiones a tener en cuenta. En primer lugar, como es de suponer, seguramente el oficialismo será más reticente a pactar. No sólo porque estamos lejos de una crisis terminal sino porque parece haber un amplio apoyo de la ciudadanía a la gestión. Por otra parte, este oficialismo de extracción peronista sea lo que fuese que este término signifique hoy, parece tener garantizada, por su pertenencia, un margen de maniobra y gobernabilidad alto (algo que no sucedería con la oposición, pues, no debemos olvidar las dificultades que han tenido todos los gobiernos no peronistas para terminar sus mandatos en los últimos 60 años). Pero también debemos tener en cuenta que hace falta una oposición robusta y crítica y no rezongona y rapiñera.
En otras palabras, la posibilidad de un pacto social supone no sólo un gobierno abierto al diálogo lo que, dicho de otro modo, supone aceptar errores; también necesita una oposición dispuesta a aceptar aciertos. Como comenté en un artículo algunas semanas atrás, la única oposición crítica y razonable parece la de Binner en Santa Fe pues tiene la suficiente honestidad para reconocer aciertos sin ser condescendiente ni aliado del gobierno. En el resto de la oposición no veo esa actitud. Más bien, noto que, más allá de la apatía general, conforme se acerca la elección, los bandos parecen radicalizarse entre aquellos antikirchneristas que ven en cada acción de gobierno un elemento criticable y un bando kirchnerista algo miope a la hora de reconocer algunos errores.
Pero, por otra parte, hay una cuestión de fondo que nunca se expone y sería: ¿cuál va a ser el contenido del pacto? Está claro que no resulta trivial esta pregunta y que los actores que lo promueven parecen suponer ingenua o maliciosamente que este contenido es accesible a todos de manera objetiva, que los actores de la negociación, por una suerte de mano invisible y justa, redondearán un acuerdo en el que todos resulten perjudicados y beneficiados por igual. En este sentido me permito ser escéptico y me gustaría ensayar algunos posibles problemas que podrían surgir y que se vinculan con lo dicho anteriormente.
Supongamos que el gobierno se abre al diálogo y allí la oposición examina algunos de los gestos del gobierno. Señalaré los que desde mi punto de vista resultan aciertos importantes de esta gestión algunos de los cuales resultan casi fundacionales. ¿La oposición aceptaría la independencia de la Corte suprema? Supongo que sí. ¿Y aceptaría la política de derechos humanos que entre otras cosas anuló las leyes de punto final y obediencia debida lo que ha permitido juzgar a genocidas como Von Wernich? Ahí ya no estoy tan seguro puesto que, como lo han dicho públicamente muchos representantes de la derecha, “no hay que abrir las heridas del pasado. Hay que pensar en el futuro y reconciliarnos”.
Otro elemento fundacional sería el de la relación con los acreedores internacionales. Este gobierno, contra la opinión generalizada de gurúes y operadores, la cual en algunos casos llegó hasta la mofa, logró una quita del 75% sobre una parte de la deuda. Además comenzó una política de desendeudamiento y posterior independencia del FMI y haría lo propio con el club de París. ¿Qué diría la oposición sobre este asunto?
Otro paso de este gobierno que a mí me resulta positivo pero que no sé cómo sería tematizado por la oposición en el “pacto”, sería la reforma previsional que permitió que se pudiera volver a elegir entre el aporte a las AFJP y el sistema de reparto evitando, creo yo, una de las más importantes estafas con la que nos íbamos a sorprender los argentinos en unos años.
Otro elemento fundacional es el del modelo de país. Este gobierno ha dado algunas señales para intentar retomar la senda de la industrialización lo cual es acompañado por unas medidas de coyuntura como un dólar altamente competitivo. ¿Habrá consenso sobre este punto?
Por último, la interesante política en el área de salud llevada adelante por Ginés García, con la ley de genéricos, la ley de salud reproductiva y el fomento de apertura al debate de temas espinosos y silenciados como el aborto y la eutanasia parecen también de dudoso consenso.
Una vez aclarados los que para mí son aciertos del gobierno viene la pregunta acerca de cuáles son los déficit del mismo, los cuales, supongo, serían señalados por la oposición. Aun suponiendo que hubiera acuerdo en los puntos anteriores (lo cual descarto por completo) cabría preguntarse: ¿no es posible una mayor redistribución de la riqueza? La política económica ha sido eficaz al bajar la pobreza a la mitad pero aún quedan 10 millones de argentinos pobres. Otro punto donde el gobierno ha avanzado pero no lo suficiente tiene que ver con la calidad del empleo: todavía hoy casi el 50 porciento de la población tiene un empleo informal.
Asimismo de la mano del empleo en blanco y la redistribución de la riqueza viene la pregunta acerca de los impuestos. ¿No habría que hacer una reforma tributaria de manera tal que el sistema fuera menos regresivo de lo que lo es hoy?
Otro tema espinoso: los subsidios y las empresas de servicios. Está claro que con el fin de evitar la conflictividad social el gobierno ha estado firme frente a cualquier intento de aumento de tarifas. Claro está que esto, en algunos casos, se ha hecho a base de subsidios que suponen un gasto cada vez más grande para el Estado. Dejar de subsidiar, por ejemplo, los transportes, supondría un aumento de proporción sobre el boleto y, por ende, sobre el bolsillo. Sin embargo, ¿es justo un subsidio indiscriminado por el cual el que toma la línea H a Pompeya paga lo mismo que el que toma la D hasta Juramento? Lo mismo sucede con el gas oil, etc.
Por otra parte, los planes Jefes y jefas de hogar, por suerte, son necesitados por menos gente hoy. Sin embargo, podríamos preguntarnos si es la mejor manera de llegar a los que más lo necesitan y si no sería mejor algún tipo de salario familiar de alcance universal por hijos o alguna propuesta en esa línea.
Un tema recurrente y que seguramente será uno de los que más preocupa es la relación entre los sindicatos y los empresarios. Como bien sabemos, el salario en blanco ha crecido más que la inflación desde 2003 y se ha vuelto a la saludable tarea de rediscutir periódicamente la recomposición salarial. Cada vez que esto sucede, los operadores de prensa dejan entrever la idea de que el aumento de los salarios genera inflación. Lo que no se dice es que en las últimas décadas y hasta el 2003 la proporción de la torta que se llevan los trabajadores ha ido decreciendo y que si bien ha habido avances en esa línea hay mucho terreno por recuperar.
Por último, el gobierno ha dado algunas señales contra las empresas de servicios privatizadas devolviendo al Estado alguna de ellas. Sin embargo, resta discutir una política global que, por ejemplo, nos diga qué hacer con los recursos energéticos que hoy no se encuentran en manos del Estado argentino. Salvo sectores de izquierda, son pocos los que hacen hincapié en este punto.
La lista de tema puede seguir pero temo aburrir. Como se ve, el pacto de la Moncloa argentino supone no sólo un gobierno abierto al diálogo y una oposición no mezquina. Eso es importante pero no resulta tan relevante como el problema de fondo que es: cuál va a ser el contenido del pacto? En otras palabras, ¿es posible que la agenda del pacto sea progresista y que una vez asentados los pasos importantes en la política de derechos humanos, la relación con los organismos de crédito, el sistema jubilatorio, el modelo de crecimiento del país y los avances en el área salud, pongamos sobre la mesa, la redistribución de la riqueza, el sistema de subsidios, la participación de los trabajadores en la ganancia empresarial y las privatizaciones de áreas estratégicas? ¿O sólo vamos a pactar acerca de los grandes “temas” argentinos, esto es, la edad de imputabilidad, el INDEC, el recorte del gasto público y la prohibición de la obesidad y el uso de botox para las candidatas mujeres?