jueves, 22 de noviembre de 2007

Contrato moral, contrato político

Si bien ha transcurrido casi 3 semanas desde las elecciones, la virulencia de algunos cruces entre el gobierno y los partidos de la oposición no ha sucumbido ante el final de la contienda electoral. El principal flanco de los ataques por parte de los voceros del gobierno es Elisa Carrió quien de manera poco feliz declaró que tras las elecciones se retiraba 3 meses al mar si bien eso no hizo que adoptara el perfil bajo que el contexto pos elección pedía. En principio hay dos cuestiones importantes que afectan a Carrió y que han sido tapa de los diarios: el éxodo de los principales referentes del ARI (ahora denominado grupo de los 8) de la Coalición Cívica acusando a ésta de haberse “derechizado” al incorporar a Patricia Bullrich, a Estenssoro y coquetear con López Murphy entre otros. La segunda cuestión que llamativamente aparece ahora tiene que ver con la declaración jurada de Carrió (digo llamativamente porque ésta ya era pública y hasta había aparecido en el Clarín del día 14 de octubre). Carrió declara que tiene un patrimonio total de 104.460 pesos conformado por: un departamento valuado en $54.000 que le presta a una diputada del ARI; dos terrenos en el Chaco cuyo valor es de $5000 en un caso y $2795 en otro; en bienes del hogar tiene $22.346. Pero por si esto fuera poco, a estos magros 104.000 pesos debemos restarle $65000 que Carrió debe al Banco Hipotecario y a otros bancos con el agregado de que podría perder el departamento de $54.000 si sale una sentencia en su contra en un juicio por calumnias e injurias que le sigue Eduardo Duhalde. Una última cuestión: actualmente Carrió no tiene trabajo y la mantiene una colecta que hacen algunos diputados del ARI.
Varias reflexiones se pueden hacer al respecto: por lo pronto parece poco creíble que una profesional, que a su vez posee un apellido de gran prestigio en el ámbito del Derecho, y que lleva al menos 15 años en la política prácticamente no tenga patrimonio. Parece una exageración de Carrió en ese sentido. Ella no iba a obtener un voto menos por decir que su patrimonio es de, pongamos, 1.000.000 de pesos. Hay tantas buenas razones para votar a Carrió que hacerlo por su escaso patrimonio es ofensivo a sus cualidades. Por otra parte, no hace falta ser indigente para ser honesto y lamentablemente esta declaración jurada genera la idea de que o bien Carrió miente o bien es una pésima administradora.
Ahora bien, tal vez alguien ingenuamente podría decir que una mala administradora de sus ingresos difícilmente pueda hacerse cargo de un país. Pero esta última idea es tan falaz como la que indica que quien administra bien una empresa y un club de fútbol necesariamente administra bien un país. A veces se da así pero no hay una conexión lógica entre estas afirmaciones. Pero el elemento más importante que puede perdurar es uno que puede afectar aún más a Carrió. Me refiero a que se dirá que ella miente y que, por lo tanto, la guardiana de la moralidad argentina esconde una naturaleza jánica. Así Carrió perdería la legitimidad para exigir el contrato moral. Pero me quiero detener un poco en este punto. Está claro que el contrato moral ha sido el “caballito de batalla” de Carrió, aunque quizás no tanto en esta campaña que fue mucho mejor manejada por sus asesores y jefes de campaña. Pero yo siempre me pregunté qué quería decir eso de ”contrato moral”. Por un lado parece remitir a la tradición contractualista como parte de una estrategia de situarse dentro de algo así como “una línea de pensamiento republicana”. Pero la idea de que el contrato debe ser moral me desconcierta. ¿Es moral porque la gente debe ser buena y, dado que no lo es, la sociedad debe cambiar? ¿O se refiere a que debe haber una única moralidad, en el sentido de que los argentinos debemos perseguir un único ideal de la buena vida? Esto último es casi un ideal clásico por no decir anacrónico. Las sociedades modernas occidentales son plurales y la tradición contractualista intentaba dar respuesta a esa situación. Se trata de algo más o menos así: ya que todos pensamos distintos, pongámosnos de acuerdo en derechos y delegaciones que nos garanticen que cada uno pueda perseguir la forma de vida que desee. Esto lo sabemos al menos desde el siglo XVII con lo cual no creo que el contrato moral se refiera a esto. Queda, entonces la primera alternativa: el contrato moral es que todos seamos buena gente. Es decir: el problema de la Argentina es que cuando podemos violamos la ley y los políticos son los primeros en violar la ley justamente porque utilizan lo público para favorecer sus intereses privados. Igualmente, se dice, los políticos son sólo un emergente de una sociedad en descomposición. Sin embargo, mientras la sociedad cambia, la gente debería votar a personas honestas (léase Carrió). De manera simplificada ese sería el razonamiento. Dicho esto resulta claro, que la inmoralidad de mentir derribaría el constructo de Carrió y su legitimidad. Y me pregunto por qué.
¿Sería peor gobernante Carrió por habernos mentido en su declaración jurada? ¿Telerman hizo una peor gestión desde que nos enteramos que no era licenciado? ¿Las propuestas de Blumberg se hicieron poco atractivas por no ser éste ingeniero? ¿Clinton fue menos demócrata por negar, en un principio, algo tan común como la felatio de una becaria? Lo paradojal es que Carrió queda presa de su propia lógica de moralizar la política y parece estructurar lo político detrás de la dicotomía honesto (moral) versus deshonesto (inmoral). Esta es otra de las graves consecuencias de una crisis como la de 2001. Alcanza con ser honesto para recibir un voto. Eso mismo se decía de Zamora: lo votamos porque es honesto y porque vive de vender libros. La moralización de la política no permite evaluar estrategias de gobierno ni proyectos de país. Importan sus ejecutores. Si roban son del eje del mal. Si no, están de nuestro lado. Hay dos bandos nada más: los buenos y los malos: Menem y todo el resto. Y los nuevos malos también son Menem. Kirchner es Menem y de este lado nosotros, los buenos ciudadanos. Nosotros que siguiendo la tendencia de algunos espiritualistas públicos afirmamos que alcanza con ser buenos ciudadanos y generar comunidades bloggers con pseudónimos para cambiar el mundo. Nosotros que por mail nos anotamos en una lista para que no cierren un canal que no vimos nunca; nosotros que con sagaz claridad observamos que el único problema de este país es que se roban la plata.
La corrupción a todo nivel es sin duda un problema y sería deseable que este mal endémico de los hombres no exista. Pero, justamente, los grandes pensadores del contractualismo trataron de presentar la justificación a un Estado formado por hombres que no son ni ángeles ni santos. Hombres que en algunos casos son egoístas, envidiosos, ladrones y corruptos. Por eso diseñaron un contrato político y no moral. El moral era imposible. Dividieron el ámbito de lo público y lo privado y creyeron que sólo en torno del primero se podía pactar. Cuando todos persigamos el mismo ideal de buena vida o todos seamos hombres buenos, seguramente las formaciones jurídicas serán casi obsoletas. Allí no hará falta elegir a nadie que mande. El día de la plena moralidad será el día en que el contrato político carezca de sentido.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Las lecciones de la elección

Si bien fue un lugar común decir que las elecciones no despertaron gran entusiasmo, cualquier acto eleccionario genera una sensación de histeria generalizada para lo cual la tarea más saludable es apagar la televisión y la radio unos días antes y el día domingo a las 21hs conectarse a la página del ministerio del interior y corroborar los datos. Esto último lo hice aunque me resultó más difícil poder aislarme de la radio y la TV.
En lo particular estas elecciones me parecían importantes no sólo en sí mismas sino para poder corroborar, y aquí vuelvo a repetir la palabra, la “histeria” que algunas exageraciones de meses previos habían generado. No hubo ballotage a pesar de que algunos comunicadores, a veces por formar parte de la campaña, y a veces por la lógica de la noticia y la búsqueda de expectativa, se encargaban de decirlo. Cristina llegó al 45% (44,9%) y dobló a la segunda fuerza. Si bien fue la misma diferencia que Macri obtuvo sobre Filmus en primera vuelta esta vez se prefirió no decir que el oficialismo “arrasó”.
Cristina ganó en todas las provincias salvo San Luis y Córdoba. Incluso ganó en Santa Cruz donde, a juzgar por las noticias que llegaban hasta aquí, parecía tratarse de una provincia al borde de la guerra civil. La fórmula presidencial del oficialismo obtuvo allí un 68% de los votos contra el 17% de la coalición cívica. Donde también parecíamos estar al borde de la guerra civil era en Gualeguaychú. Sin embargo, allí ganó el oficialismo con el 45,7% de los votos.
Los candidatos de la mano dura, especialmente Blumberg, que en algún momento fueron presentados como los líderes de la oposición finalmente no lo fueron tanto. Así Blumberg sacó 1,3% como gobernador y 0,9 como diputado. Aquellos que inflaron la candidatura de Blumberg se excusaron diciendo que el triste episodio por el cual se demostró que no era ingeniero minó su caudal de votos aunque yo me inclino a pensar que tal vez, por ahora, fueron sus ideas y la mediocridad especulativa que lo hizo coquetear con todos los candidatos para cerrar finalmente con Sobisch, lo que no fue bien recibido por la gente. Al fin de cuentas, las ideas de Blumberg son buenas o malas más allá de que sea o no ingeniero, esto es, más allá de que sea un mentiroso.
Otro elemento a resaltar es que en los lugares donde la gente del campo resulta mayoría allí también ganó el oficialismo (véase, por ejemplo, las distintas localidades de la provincia de Buenos Aires). No podía ser de otra manera, pienso yo, pues el campo está obteniendo, probablemente, las mayores ganancias de su historia, no sólo por su propia capacidad, sino porque el gobierno ha decidido mantener una política económica que favorece a este sector entre otros. Así parece sobredimensionada la exposición mediática que tienen algunos dichos o medidas de ciertos sectores del campo, evidentemente minoritarios aunque poderosos, que no admiten ningún tipo de retención y patalean como chicos si no reciben los subsidios del mismo Estado al que critican cuando interviene y busca controlar los precios.
Finalmente ni la inseguridad ni la inflación parecieron afectar demasiado al gobierno (por cierto, hoy pude comprar tomate perita a 2,50 el kilo de manera tal que si el tomate es el indicador principal de la inflación espero para octubre un número inferior a cero). Tampoco la demanda de calidad institucional ni algunos hechos de corrupción. Importó, en términos generales, la recuperación económica del país si bien también algunos votantes pudieron tener en cuenta los avances en la política de derechos humanos, la independencia de la corte suprema, la gestión en salud y en educación, etc. Sin embargo, estoy seguro de que estos avances habrían sido opacados si la economía no anduviera bien.
Antes de meterme en la post elección y en la nueva agenda mediática debemos decir que López Murphy logró despilfarrar el caudal de votos obtenido hace 4 años y con una gran exposición mediática, apenas consiguió el 1,56% de los votos. Finalmente no resultó un candidato tan racional y honesto como algunos, en subrepticia campaña, intentaron instalar. Lo mismo ocurrió con Melconián y Pinedo que obtuvieron el 12% en Capital a pesar de que el Pro había sacado el 60% cuatro meses atrás. Macri, sin ponerse colorado dijo que la gente ya no vota partidos sino nombres. Esta es una gran verdad. El gran problema es para qué, entonces, la puesta en escena, de “un día, una propuesta” o la idea de “esto es Pro y eso no es Pro”. Finalmente, la identidad Pro de repente se diluyó y ahora se encarnó en el fundador. Ahora deberíamos decir “esto es macrista y esto no”. ¿Acaso la “nueva política” es que las identidades partidarias se diluyeron y sólo votamos personas?
Por último, la izquierda volvió a repetir como lo ha hecho una y otra vez, una pobre elección y uniendo a Ripoll, Castells, Ammann, Montes y Pitrola no se llega al 3,2% de los votos. Si bien sumados representan más que Sobisch y López Murphy juntos, parece difícil arrogarse demasiada representatividad con este resultado.
Pero me quiero detener en la post elección. A juzgar por lo que vi en la semana parece que el triunfo del oficialismo quedó en un segundo plano frente a los “grandes temas argentinos”, esto es: ¿quién es la oposición: Macri o Carrió? y ¿Por qué Cristina perdió en los grandes centros urbanos? Dado que esto es lo único que importa daré mi opinión:
La oposición no es ni Macri ni Carrió. La mejor demostración es la que surge de comparar las últimas elecciones en Capital Federal cuya distancia temporal fue de apenas 4 meses. Ya dijimos: el Pro pasó del 60 al 12% y Carrió, la gran perdedora hace 4 meses apoyando a un Telerman tercero, ahora obtuvo 37%. Muchos de los que votaron a Carrió en octubre, antes votaron a Macri a pesar de que no son lo mismo. Para entender esto ayuda, en parte, una idea que apareció en los medios: “el gorilismo”. Para decirlo de modo más académico el clivaje peronistas vs antiperonistas parece ser una variable explicativa importante. Todavía hay quienes dicen “yo voto al candidato peronista sea quien fuese” (piense si no por qué Rodríguez Saá peleó tanto por poder poner “el sellito” del PJ) y quienes afirman “voto a cualquiera menos a un peronista”. En franco proceso de disolución radical, el voto antiperonista ahora se dispersa hasta que aparezca alguna figura o entramado político como la Alianza que emerja como alternativa razonable (esto, por supuesto, independientemente de cómo terminó esa aventura en el 2001). Pero también hay otra variable que no debe ser propiedad solo de los argentinos: esto es lo que podemos llamar el voto antioficialista, sea oficialismo el partido que fuese. El poder desgasta y la gente necesita cambiar. Las razones psicológicas de este fenómeno me exceden pero a veces este caprichoso elemento puede ayudar a explicar una buena cantidad de votos contra el gobierno de turno. La idea de cambio siempre da un respiro. Pasa en todo ámbito: con las parejas, con los amigos, con los técnicos de fútbol y también pasa en la política. Si lo que viene con el cambio es peor esa es otra cuestión. Pero tenemos que cambiar porque la actualidad nos agobia. Claro que estas variables no son las únicas que explican el voto opositor. Sólo digo que pueden ayudar a entender una parte importante de éste.
Las próximas elecciones dirán quién es la verdadera oposición. Es decir habrá que ver quién logra posicionarse ante la opinión pública y a quién fogonean los medios. Puede ser cualquiera. También habrá que ver si el gobierno está fuerte, o se debilita y comienza la diáspora. Hasta el 2009 no hay oposición: hay oficialismo y gente en contra del oficialismo pero oposición no.
En lo que respecta a los centros urbanos habría que hacer algunas aclaraciones. La provincia de Buenos Aires, la provincia de Santa Fe y Mendoza son grandes centros urbanos y en los 3 ganó Cristina. Es más, sólo perdió en Capital y en Córdoba. Sin embargo, resulta real que si sumamos todos estos centros la ventaja entre el oficialismo y la segunda fuerza no sería tan amplia. Esto muestra algo que se viene repitiendo históricamente: la clase media y alta, las capas más educadas son generalmente reacias a votar candidatos peronistas. En cambio las clases bajas, las menos educadas votan, comúnmente, peronistas. ¿Acabo de sorprender a alguien con esta afirmación? Más allá de la repugnante idea que se intenta instalar y que subyace a los debates sobre este fenómeno, esto es, la inconfesable creencia de que el voto de las capas medias y altas y de los más educados tiene una cualidad superior que el resto de los votos, de lo cual se sigue que este es un gobierno que no tiene legitimidad por que es votado por el “aluvión zoológico” desdentado, miserable e ignorante, quisiera detenerme en un último punto que sirvió de base para la poco feliz denuncia de fraude de algunos miembros de la oposición, sumado a comunicadores, gente común de la calle y bloggers que llenaron los foros de internet indignados ante el resultado. ¿Usted no oyó repetidas veces afirmaciones como “yo no conozco a nadie que vote a Cristina”? Amigos, compañeros de la universidad y muchos comunicadores repitieron esta frase. Pero inmediatamente iban un poco más allá y decían o bien que la gente la vota a Cristina pero como le da vergüenza no lo dice como ocurrió con Menem en el 95; o bien que, efectivamente, nadie la va a votar y que si gana hay fraude. Lo que toda esta gente no entendió es que tanto los comunicadores, como los que consumimos medios de información, somos de clase media o alta y tenemos una formación terciaria o universitaria además de que vivimos generalmente en Capital Federal. Justamente se trata de todas las variables que hacen que el voto de Cristina disminuya. No hacía falta fijarse en el resultado de la elección: ya lo decían las encuestas algunas semanas antes. Por eso, para cerrar se me ocurre decir lo siguiente: que el pueblo nunca se equivoca es un apotegma que a veces no se cumple. En este caso puntual, si el pueblo se ha equivocado o no al votar a Cristina sólo el tiempo lo dirá. Ahora bien, los que sí se equivocan siempre son aquellos que toman un poco de los presagios de dos o tres amigotes universitarios, le suman a eso un par de charlas con taxistas, las opiniones de algunos irritables blogs más lo que dicen algunas radios y deducen de allí un teorema general que da cuenta del comportamiento de la Argentina toda, una Argentina que tiene superficie visible pero una profundidad que es mayoritaria y también vota.

miércoles, 24 de octubre de 2007

¿La Moncloa? Sí, pero ¿cuál la Moncloa?

A una semana de las elecciones presidenciales que, como indican todas las encuestas, llevarían a Cristina Fernández (CF) a la presidencia sin mediar una segunda vuelta, existe un uso y abuso de políticos y analistas respecto de la necesidad de realizar un “pacto de la Moncloa argentino”. Todo el arco político, desde Macri, pasando por Carrió hasta la propia CF, hablan de trasladar a nuestro país el espíritu del pacto que dio origen a la etapa democrática española y del cual, casualmente, en estos días, se cumplen 30 años.
Ahora bien, ¿qué quieren decir estos actores de la política cuando recurren a esta figura del pacto? Aparentemente se trata de sentar unas bases comunes entre los partidos políticos, los sindicatos y los empresarios de manera tal que se asegure una continuidad político-institucional y económica en el mediano y en el largo plazo.
Está claro que pedir un pacto de la Moncloa argentino es políticamente correcto tanto como la idea de consenso y de reconciliación. Sin embargo, seguramente, para los diferentes actores de la política argentina estos términos deben tener significados diversos.
Por lo pronto digamos que el contexto argentino en la actualidad, por suerte, dista mucho de aquel que dio origen al pacto en España: sabemos que la muerte de Franco en el 75 tuvo como herencia inmediata en el plano político toda la inestabilidad propia que sucede a una dictadura que en este caso había durado 40 años; a su vez, en el plano económico había recesión, desequilibrio en la balanza de pagos, inflación y endeudamiento. Esto hizo que en el 77, el gobierno de Suárez firmara un pacto político y económico ratificado por todo el arco parlamentario que sentaría las bases de lo que finalmente sería la nueva constitución española, y catapultaría el despegue económico de España y su “inserción” a Europa.
Trasladado a la Argentina, este pacto “fundacional” parecía más necesario en el 2001 cuando un diario francés tituló “La Argentina no existe más” pero parece exagerado plantearlo en estos términos hoy. Sin embargo, está claro que nuestra sociedad se encuentra lejos de haber eliminado tensiones de lo cual se sigue que tal vez un pacto que recupere este espíritu podría ser importante.
Pero aquí hay varias cuestiones a tener en cuenta. En primer lugar, como es de suponer, seguramente el oficialismo será más reticente a pactar. No sólo porque estamos lejos de una crisis terminal sino porque parece haber un amplio apoyo de la ciudadanía a la gestión. Por otra parte, este oficialismo de extracción peronista sea lo que fuese que este término signifique hoy, parece tener garantizada, por su pertenencia, un margen de maniobra y gobernabilidad alto (algo que no sucedería con la oposición, pues, no debemos olvidar las dificultades que han tenido todos los gobiernos no peronistas para terminar sus mandatos en los últimos 60 años). Pero también debemos tener en cuenta que hace falta una oposición robusta y crítica y no rezongona y rapiñera.
En otras palabras, la posibilidad de un pacto social supone no sólo un gobierno abierto al diálogo lo que, dicho de otro modo, supone aceptar errores; también necesita una oposición dispuesta a aceptar aciertos. Como comenté en un artículo algunas semanas atrás, la única oposición crítica y razonable parece la de Binner en Santa Fe pues tiene la suficiente honestidad para reconocer aciertos sin ser condescendiente ni aliado del gobierno. En el resto de la oposición no veo esa actitud. Más bien, noto que, más allá de la apatía general, conforme se acerca la elección, los bandos parecen radicalizarse entre aquellos antikirchneristas que ven en cada acción de gobierno un elemento criticable y un bando kirchnerista algo miope a la hora de reconocer algunos errores.
Pero, por otra parte, hay una cuestión de fondo que nunca se expone y sería: ¿cuál va a ser el contenido del pacto? Está claro que no resulta trivial esta pregunta y que los actores que lo promueven parecen suponer ingenua o maliciosamente que este contenido es accesible a todos de manera objetiva, que los actores de la negociación, por una suerte de mano invisible y justa, redondearán un acuerdo en el que todos resulten perjudicados y beneficiados por igual. En este sentido me permito ser escéptico y me gustaría ensayar algunos posibles problemas que podrían surgir y que se vinculan con lo dicho anteriormente.
Supongamos que el gobierno se abre al diálogo y allí la oposición examina algunos de los gestos del gobierno. Señalaré los que desde mi punto de vista resultan aciertos importantes de esta gestión algunos de los cuales resultan casi fundacionales. ¿La oposición aceptaría la independencia de la Corte suprema? Supongo que sí. ¿Y aceptaría la política de derechos humanos que entre otras cosas anuló las leyes de punto final y obediencia debida lo que ha permitido juzgar a genocidas como Von Wernich? Ahí ya no estoy tan seguro puesto que, como lo han dicho públicamente muchos representantes de la derecha, “no hay que abrir las heridas del pasado. Hay que pensar en el futuro y reconciliarnos”.
Otro elemento fundacional sería el de la relación con los acreedores internacionales. Este gobierno, contra la opinión generalizada de gurúes y operadores, la cual en algunos casos llegó hasta la mofa, logró una quita del 75% sobre una parte de la deuda. Además comenzó una política de desendeudamiento y posterior independencia del FMI y haría lo propio con el club de París. ¿Qué diría la oposición sobre este asunto?
Otro paso de este gobierno que a mí me resulta positivo pero que no sé cómo sería tematizado por la oposición en el “pacto”, sería la reforma previsional que permitió que se pudiera volver a elegir entre el aporte a las AFJP y el sistema de reparto evitando, creo yo, una de las más importantes estafas con la que nos íbamos a sorprender los argentinos en unos años.
Otro elemento fundacional es el del modelo de país. Este gobierno ha dado algunas señales para intentar retomar la senda de la industrialización lo cual es acompañado por unas medidas de coyuntura como un dólar altamente competitivo. ¿Habrá consenso sobre este punto?
Por último, la interesante política en el área de salud llevada adelante por Ginés García, con la ley de genéricos, la ley de salud reproductiva y el fomento de apertura al debate de temas espinosos y silenciados como el aborto y la eutanasia parecen también de dudoso consenso.
Una vez aclarados los que para mí son aciertos del gobierno viene la pregunta acerca de cuáles son los déficit del mismo, los cuales, supongo, serían señalados por la oposición. Aun suponiendo que hubiera acuerdo en los puntos anteriores (lo cual descarto por completo) cabría preguntarse: ¿no es posible una mayor redistribución de la riqueza? La política económica ha sido eficaz al bajar la pobreza a la mitad pero aún quedan 10 millones de argentinos pobres. Otro punto donde el gobierno ha avanzado pero no lo suficiente tiene que ver con la calidad del empleo: todavía hoy casi el 50 porciento de la población tiene un empleo informal.
Asimismo de la mano del empleo en blanco y la redistribución de la riqueza viene la pregunta acerca de los impuestos. ¿No habría que hacer una reforma tributaria de manera tal que el sistema fuera menos regresivo de lo que lo es hoy?
Otro tema espinoso: los subsidios y las empresas de servicios. Está claro que con el fin de evitar la conflictividad social el gobierno ha estado firme frente a cualquier intento de aumento de tarifas. Claro está que esto, en algunos casos, se ha hecho a base de subsidios que suponen un gasto cada vez más grande para el Estado. Dejar de subsidiar, por ejemplo, los transportes, supondría un aumento de proporción sobre el boleto y, por ende, sobre el bolsillo. Sin embargo, ¿es justo un subsidio indiscriminado por el cual el que toma la línea H a Pompeya paga lo mismo que el que toma la D hasta Juramento? Lo mismo sucede con el gas oil, etc.
Por otra parte, los planes Jefes y jefas de hogar, por suerte, son necesitados por menos gente hoy. Sin embargo, podríamos preguntarnos si es la mejor manera de llegar a los que más lo necesitan y si no sería mejor algún tipo de salario familiar de alcance universal por hijos o alguna propuesta en esa línea.
Un tema recurrente y que seguramente será uno de los que más preocupa es la relación entre los sindicatos y los empresarios. Como bien sabemos, el salario en blanco ha crecido más que la inflación desde 2003 y se ha vuelto a la saludable tarea de rediscutir periódicamente la recomposición salarial. Cada vez que esto sucede, los operadores de prensa dejan entrever la idea de que el aumento de los salarios genera inflación. Lo que no se dice es que en las últimas décadas y hasta el 2003 la proporción de la torta que se llevan los trabajadores ha ido decreciendo y que si bien ha habido avances en esa línea hay mucho terreno por recuperar.
Por último, el gobierno ha dado algunas señales contra las empresas de servicios privatizadas devolviendo al Estado alguna de ellas. Sin embargo, resta discutir una política global que, por ejemplo, nos diga qué hacer con los recursos energéticos que hoy no se encuentran en manos del Estado argentino. Salvo sectores de izquierda, son pocos los que hacen hincapié en este punto.
La lista de tema puede seguir pero temo aburrir. Como se ve, el pacto de la Moncloa argentino supone no sólo un gobierno abierto al diálogo y una oposición no mezquina. Eso es importante pero no resulta tan relevante como el problema de fondo que es: cuál va a ser el contenido del pacto? En otras palabras, ¿es posible que la agenda del pacto sea progresista y que una vez asentados los pasos importantes en la política de derechos humanos, la relación con los organismos de crédito, el sistema jubilatorio, el modelo de crecimiento del país y los avances en el área salud, pongamos sobre la mesa, la redistribución de la riqueza, el sistema de subsidios, la participación de los trabajadores en la ganancia empresarial y las privatizaciones de áreas estratégicas? ¿O sólo vamos a pactar acerca de los grandes “temas” argentinos, esto es, la edad de imputabilidad, el INDEC, el recorte del gasto público y la prohibición de la obesidad y el uso de botox para las candidatas mujeres?

lunes, 8 de octubre de 2007

Mensajes de campaña

En la medida en que me doy cuenta que el pueblo argentino podría, al menos por ahora, eliminar de su dieta habitual rica en frutas y verduras, al tomate y mientras reflexiono acerca de la campaña iniciada por algunos multimedios a partir del mundial de rugby en la que un deporte elitista, misógino, de un nacionalismo rayano en el chauvinismo, violento y con un alto porcentaje de lesiones irreversibles en la columna, se nos intenta imponer como filosofía de vida (ver, por ejemplo, las tapas del diario Clarín o la revista Noticias por citar sólo algunos ejemplos), noté que faltan apenas 21 días para las elecciones y decidí investigar este dicho popular que afirma que “los mensajes de campaña nunca dicen nada”.
Resulta claro, que con la caída del muro de Berlín y la descomposición de los partidos políticos se ha producido un vaciamiento ideológico que se trasluce en los discursos y slogans de campaña. Sin embargo, en otro sentido, las campañas dicen mucho y lo que me propongo hacer es analizar algunas de estas estrategias.
Por ejemplo, en el oficialismo, imagino, los asesores de campaña se enfrentan al gran dilema: ¿cómo hacer que Cristina se presente como una continuidad sin sobresaltos que acapare los aciertos del gobierno para generar un clima de confianza y estabilidad, y, al mismo tiempo, no aparecer como parte de una estructura oficialista que sobrelleva algunos costos políticos a partir de los errores cometidos y que se encuentra algo desgastada como cualquier gestión?
La respuesta a tal interrogante fue “el cambio recién comienza”. De este modo, el oficialismo se apodera de la idea de “cambio y renovación” siendo status quo. La estrategia me parece inteligente pero me lleva a preguntarme por qué es tan importante ser los agentes del cambio. En otras palabras, ¿por qué la novedad es intrínsecamente buena? Verdaderamente es algo que me lo pregunto desde el 2001. Allí empezó a florecer la siguiente taxonomía disyuntiva: “vieja política o nueva política”. Parecía claro que la vieja política había fracasado pero qué garantía había de que lo nuevo fuera mejor. Me llamaba la atención cómo términos descriptivos como “viejo” y “nuevo” escondían el juicio valorativo “malo” y “bueno” respectivamente. Así no resultaba sorprendente que desde el socialista Roy Cortina hasta Macri, se disputaran el espacio de la nueva política sin darnos buenos argumentos acerca de su superioridad. En principio, su único mérito parecía generacional: o eran más jóvenes o había llegado después a la política. Habría que indagar en las razones culturales que hacen que consideremos que la novedad es siempre algo mejor, pero es un prejuicio que lo tenemos incluso hasta cuando nos cortamos el pelo o nos compramos una nueva camisa y decimos “Me renové, ¿no me ves mejor?” Por suerte, la gente que nos responde nos aprecia y nos dice que sí pero en política, cuando lo que está en juego es el futuro de un país, deberíamos ser algo más críticos para no caer en esto que bautizaré la “falacia de la novedad”.
En cuanto a la oposición, un análisis de todos los mensajes conllevaría una extensión incómoda para el lector. Dejando de lado las tristes escenas de candidatos con zapallitos, tomates y papas en la mano denunciando el bochornoso índice del INDEC, me centraré en las publicidades que más me llamaron la atención por diferentes razones. Una publicidad que me resultó curiosa y hasta me despertó una mueca irónica fue la de Melconián. El candidato a senador por el PRO en Capital, con buen tino, trata de sacar rédito del caudal de voto macrista obtenido hace poco tiempo y su estrategia es similar a la que el partido utilizó inteligentemente y que tan buenos resultados le dio.
Allí, tanto en TV como en radio se puede oír y ver “Con Mauricio y Gabriela, Carlos Melconián Senador”. Es famoso el discurso en que hasta el propio Presidente de la nación se ocupó de señalar que la estrategia del PRO en la campaña para la Jefatura de Gobierno hacía hincapié en el nombre de pila del candidato para desligarlo de un apellido vinculado con un pasado oscuro de filiación menemista, negociados con el Estado y contrabando. Todavía resuena el “¡Recuerden! Mauricio es Macri”. El spot de Melconián me resultó curioso y lo pensé como en aquellos juegos en donde ponen a prueba el ingenio a través de ejercicios de inferencias o analogías. En este caso, se trata de un juego de analogía: si de las primeras dos personas (“Mauricio” y “Gabriela”) sólo se menciona el nombre de pila, análogamente debería hacerse lo mismo con la tercera persona en cuestión (“Carlos Melconián”). De este modo, el spot quedaría así: “Con Mauricio y Gabriela, Carlos senador”. Expuesto así me acabo de dar cuenta por qué los publicitarios del PRO no fueron precisos con la analogía puesto que de haberlo hecho hubieran logrado que la ciudadanía trajera a su mente al “Carlos” más famoso de los últimos tiempos (Menem) lo cual podría a su vez recordarle que fue precisamente Melconián el que hizo campaña junto al riojano en 2003 y quien iba a ser, cosa que finalmente tras la derrota en manos de Kirchner no sucedió, su ministro de economía.
Siguiendo con estos detalles curiosos del lenguaje de la campaña, noté que detrás de una parada de colectivo había un cartel de lo que, creo, es la Juventud comunista revolucionaria (JCR) que decía “No votes, impugná o ni vayas”. Resultaba claro que por el tipo de expresión se dirigía a una población joven más dispuesta a la desobediencia civil (recordemos que el voto es obligatorio en Argentina). Pero lo que más despertó mi curiosidad fue que por esas casualidades que a veces uno se resiste a creer como tales, al lado de ese cartel había uno del ya mencionado Carlos Melconián en el que simplemente figura su nombre, su filiación y el número de la lista. Si hay algo de lo cual nunca me percaté es el número de las listas pero éste me llamó la atención: no se trataba de la lista 1, 2 o 3 sino de la 503. Número raro, difícil de recordar para una lista. Pero allí establecí un vínculo con el cartel de la JCR y tuve un súbito recuerdo, de aquellos tan inútiles como un número de teléfono de una ex novia que ya no vive más en su antigua casa. Recordé (que alguien me lo haga saber si mi memoria me engaña) que la lista de Macri para la jefatura de gobierno era un número parecido a este: era el 502. Y por esos mecanismos absurdos e insondables de mi cabeza me retrotraje a ese movimiento que en plena crisis de credibilidad de los cuadros políticos se autodenominó “Movimiento 501”. El movimiento 501 proponía, ya que no ir a votar está prohibido, viajar más de 500 kilómetros (es decir 501km) como señal de protesta ante la calidad de nuestros políticos. El movimiento fue minoritario y duró lo que un suspiro de pánico (es decir, un poco más que un suspiro normal) pero me ayuda a entender todo lo dicho hasta aquí: tras la crisis de credibilidad de los políticos, algo que algunos ingenuos y otros maliciosos intentan endilgar a la política como actividad, forma de gestión, participación y condición necesaria para ser libres, lo que viene es el PRO. De este modo, el paso posterior a la debacle de los partidos (el 501, el 502, el 503), lo que está más allá de la política, es la falta de participación ciudadana, la administración neutral de un ingeniero gerente y la fantasía de muchos economistas de que los problemas de los países se resuelven con una calculadora. De este modo, la conjunción de apatía y desidia ciudadana, pulcritud, cálculo y criterio empresarial, es lo que está más allá de la política y lo que parece perfilarse como el deseo de algunos argentinos. Así, la Argentina no parece ser la excepción al fenómeno propio de muchos países sudamericanos que, en las últimas décadas, en vez de resolver los problemas de la política con más política, deja espacio al surgimiento de magnates “apolíticos” de derecha centrados en un discurso en el que la eficiencia y la seguridad parecen las únicas virtudes ciudadanas a tener en cuenta.
Ahora que ya sabemos que después del 500 venía el 501 libertario, el 502 gerencial y el 503 de la calculadora de suma, resta y, por sobre todo, de división, no quiero imaginar qué nos deparará el destino con el 504, el 505 y el 506. Para averiguarlo, tal vez haga falta prestar atención a algunos mensajes de la campaña que, al fin de cuentas, parecen decir, implícita o explícitamente, mucho más de lo que creemos.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Fisuras

Una de las corporaciones más monolíticas es la que rodea al mundo del fútbol: jugadores, periodistas, empresarios, dirigentes y árbitros podrán discrepar sobre algunos asuntos menores pero hay determinados límites, muchas veces expresados de manera eufemística como “códigos”, que nunca son sobrepasados. Entre los actores mencionados existe una compleja red de vínculos económicos, negociados y prebendas donde generalmente los más perjudicados son la mayoría de los clubes y de los jugadores. Como suele ocurrir en otras actividades, la gran paradoja es que aquellos actores que son la condición de posibilidad del negocio, esto es, clubes y jugadores, son los que se llevan la menor tajada. En este sentido el irrisorio monto del contrato televisivo firmado por la AFA y la grosera iniquidad con la que se distribuye entre los clubes ese dinero, tiene como consecuencia un fútbol colapsado y pauperizado que no puede mantener a una joven promesa más de 20 partidos en primera. Este proceso no irrumpió de repente en la escena sino que más bien fue gestado a lo largo de la presidencia de Julio Grondona en los 28 años que lleva ya su mandato. La lógica clientelar que Grondona mantiene con los dirigentes de los clubes con favores que se cobran in eternum, el manejo discrecional y despótico de los árbitros a partir del obsecuente SADRA, el sistema de votación de la AFA y una lógica proclive al manejo desaforado del capital empresarial, ha hecho que a lo largo de las casi tres décadas nadie osara poner en tela de juicio la continuidad del reinado. Solamente Raúl Gámez en el ámbito dirigencial y el equipo de Víctor Hugo Morales en la radio parecen ser los únicos que vienen denunciando este entramado cuya consecuencia es el desguace y posterior destrucción del fútbol. Sin embargo, en las últimas semanas entraron a jugar un papel importante y un rol crítico actores impensados que desde dentro de la corporación hacen valer una voz disonante generando algunas fisuras.
De este modo, casi paralelamente y ante la inminente renovación del mandato de Grondona, tanto en el ámbito del referato como en el dirigencial, se dejaron entrever opiniones que, por supuesto, no fueron amplificadas como correspondía por los principales medios. Así, en el medio de una ola terrible de malos arbitrajes y el patético comunicado de denuncia de complot que la dirigencia de San Lorenzo, presionado por el grupo inversor liderado por Tinelli, esbozó, los árbitros salieron al cruce y comenzaron hacer uso y abuso de las cámaras (como lo hace Lunati quien, por cierto, fue “destrozado” por los medios por decir una gran verdad: “la mayoría de los periodistas no conocen el reglamento”). Entre toda la maraña de declaraciones apareció una sorprendente: por primera vez en la historia, un árbitro, Pompei, recusaba a un par, el juez de línea, Rebollo (por si usted no lo recuerda, aquel que hizo patear de nuevo el tiro libre del “Cata” Díaz el día en que Boca, con ese gol, venció a Vélez en Liniers por 3 a 2 y avanzó hacia el campeonato). Pompei envió una carta al colegio de árbitros en la que pide no dirigir más junto a Rebollo. Como si esto fuera poco, el ahora retirado del arbitraje “sargento” Giménez, con la libertad que le da su condición, declaró a Clarín que “que Pompei haya pedido no dirigir más con el asistente Rebollo estuvo bien. Nadie lo quiere, hace muchas macanas y siempre a favor de los mismos clubes” (Clarín, 16/9/07). (El resaltado es mío)
Estas declaraciones me impactaron: por primera vez alguien (y en este caso un ex árbitro) afirma que los malos arbitrajes no son sólo producto de errores humanos. Por primera vez alguien duda de la honestidad moral de un árbitro. Era hora ya. Como comenté en un artículo anterior, siempre me pareció sospechoso que nunca se pusiera en tela de juicio la calidad moral de un árbitro. Estos siempre son presentados como demasiados humanos, nunca corruptos. Ahora, un ex compañero lo afirma.
En el ámbito dirigencial, el presidente de independiente, Julio Comparada, tuvo las agallas que otros no tienen, pegó un portazo y anunció que no votará por la reelección de Grondona. Está claro que Grondona ganará igual porque no hay candidato opositor pero más allá de eso, sentar precedente en contra es un paso importante (la única vez que Grondona tuvo un rival a la presidencia de la AFA fue en 1991. Allí los resultados arrojaron 39 votos para Grondona y 1 para Nitti).
En esta línea, el técnico campeón del mundo, Bilardo, deslizando la posibilidad de presentarse como candidato a la presidencia de la AFA, algo que luego desestimó, también salió al cruce de Grondona y aseveró: “la solución de la AFA es que Grondona (Julio) se vaya de la conducción (…) los clubes están fundidos, no tienen plata ni para comprar pasto (para las canchas). El día que se vaya Grondona se solucionarán muchos problemas del fútbol argentino. Si no hay un cambio pronto, el fútbol se va a la m... Es una vergüenza (…) Los 20 clubes más fuertes apoyan esta conducción. Todos son un voto cantado. Intentar ser presidente (de ese organismo) es como darse contra la pared. (…) Si votarán los 2.800 clubes del país no habría problemas, gano... Pero solamente votan 49. Los de Primera están todos comprometidos con la AFA, porque temen que el Tribunal de Penas los pueda perjudicar; tienen miedo que les pongan los árbitros que no quieren, prefieren cuidar los gerenciamientos. Todo un ’viva la pepa’". (La nación, 26/9/07)
Tal vez yo sea algo ingenuo pero todas estas declaraciones me sorprenden. Es de las pocas veces que tantas voces propias del fútbol coinciden, y desde dentro de la corporación, se animan a decir lo que uno, claro, suponía: hay arreglos con árbitros, una política de favorecimiento de los gerenciamientos, se beneficia a determinadas camisetas y existe una estructura mafiosa que asfixia al fútbol.
Para ser honesto, yo no creo que estemos en un estadio prerrevolucionaro donde el pueblo del fútbol, con una bandera roja de Comparada con una boina y liderado por un ex sargento saque a Grondona de la AFA y lo cuelgue en la plaza, pero, estas fisuras en el bloque homogéneo que protege el negocio del fútbol, al menos son señales de cambio que permiten observar el futuro con una pequeña, pero cuota al fin, de optimismo.