martes, 5 de abril de 2016

Menos voces en el sur (publicado el 31/3/16 en Veintitrés)

El gobierno de Macri ha decidido desvincular al Estado argentino de la señal de noticias Telesur después de 11 años. La señal pertenece a la compañía “multiestatal”, La Nueva Televisión del Sur C. A., cuyo paquete accionario compartía Venezuela, Cuba, Ecuador, Uruguay, Bolivia, Nicaragua y nuestro país. Tras esta determinación, Argentina se transforma en el primero en abandonar la compañía. Asimismo, las consecuencias de deshacerse de ese 16% de acciones que poseía el Estado argentino país tiene consecuencias directas pues Telesur dejará de formar parte de la grilla de TDA (televisión gratuita con alcance al 80% de los argentinos) y ya no será obligatorio para los cableoperadores brindarle un espacio. En buen criollo: Telesur no se verá más en Argentina.
El argumento del gobierno argentino en boca del Ministro de Medios públicos, Hernán Lombardi, no es sólido. Cuando eso sucede se acude a muchos argumentos como si la añadidura y la cantidad devinieran necesariamente en fortaleza. Sin embargo, en general, el discurso detrás de la nueva administración en torno a los medios suele acudir a dos nociones: la pluralidad y la austeridad. Independientemente de la carga simbólica que tales nociones expresan (la primera más cercana a una tradición posmo/progre bienpensante y la segunda a una tradición tan eufemística como liberal), lo cierto es que en nombre de la pluralidad y la austeridad se están restringiendo enormemente los espacios para voces disidentes. Porque está claro que Telesur tenía una línea editorial alineada a las experiencias de los gobiernos populares de la región. Su slogan era “Nuestro norte es el sur” y desde allí planteaba, con una programación mayoritariamente informativa, una agenda novedosa y “la otra cara” de los hechos. Además, claro está, Telesur, más allá de que en su formato no era muy distinto al de otras señales de noticias, impulsaba cosmovisiones acordes a las nuevas formas de comunicar que los gobiernos populares exigían, desde Chávez hasta CFK, pasando por Correa y Evo. Se trataba de romper con una matriz de representación y mediación que el periodismo, llamemos “hegemónico”, ostenta y se resiste a discutir.
En este sentido, uno de los columnistas de Telesur, el filósofo mexicano Fernando Buen Abad, expresó en su blog: “Hoy por hoy, Telesur es una de las mejores fuentes de información en todo el planeta. (…) Telesur no es sólo una “buena idea” democrática de la televisión, es una decisión política estratégica de envergadura trascendental en la ruta de cambiar los paradigmas informativos que nuestros pueblos necesitan en la construcción de su independencia y soberanía semántica y revolucionaria”.“Hoy por hoy, Telesur es una de las mejores fuentes de
información en todo el planeta. (…) Telesur no es sólo una “buena idea”
democrática de la televisión, es una decisión política estratégica de
envergadura trascendental en la ruta de cambiar los paradigmas informativos que
nuestros pueblos necesitan en la construcción de su independencia y soberanía
semántica y revolucionaria”.
Por razones ideológicas, Telesur tiene entusiastas seguidores y detractores efusivos justamente, quizás, porque nunca ocultó su sesgo, un sesgo tan claro como el que poseen otras señales de noticias como la CNN, solo que, claro está, allí el sesgo aparece revestido de independencia y sentido común. 
La comparación con la CNN viene al caso porque si bien la tradición popular siempre pensó en términos de “patria grande” gracias a la historia y los desafíos en común que tiene la región, los que siempre observaron a Latinoamérica como un todo homogéneo fueron los intereses que la expoliaron y que editorializan uniformemente no solo a través de las cadenas de noticias locales sino a partir de un esquema corporativo de carácter regional. 
 
¿A cuántos ciudadanos representa la perspectiva de Telesur? Según el gobierno argentino, a pocos, porque el canal no tenía mucha audiencia en nuestro país. Si bien un alto o un bajo rating se deben a una múltiple cantidad de factores, aun si efectivamente la perspectiva de Telesur fuera representativa de sectores minoritarios, en nombre de la pluralidad habría que sostenerlo y no quitarlo del aire. En todo caso, sería aceptable un argumento decisionista o de realpolitik que diga: nosotros somos gobierno y Telesur representa una cosmovisión que nosotros repudiamos. Por ello, decidimos que el Estado Argentino deje de formar parte de la señal. Ese sería un argumento más sincero y mostraría que el gobierno también hace política en ese sentido. Pero que en nombre de la pluralidad haya menos voces no parece demasiado coherente.
Lo mismo sucede con el argumento de la austeridad. Más allá de que el propio Lombardi, en una entrevista con Daniel Tognetti, reconoció que todo el gasto que tuvo el Estado Argentino por Telesur en 2015 fue de apenas 300.000 pesos por el sostenimiento de la corresponsalía en Buenos Aires, se trata del mismo argumento por el cual la pauta oficial del gobierno central se discontinuó de modo tal que, salvo los medios grandes y dominantes, el resto ha desaparecido o está en vías de desaparecer. Esto no significa avalar la discrecionalidad de la pauta (existente en el kirchnerismo a nivel nacional y provincial y en el macrismo en la ciudad) ni justificar a empresarios que recibieron ingentes sumas sin que eso redunde en mejores productos ni en trabajo estable. Se trata de advertir que en política de medios, la presunta austeridad de hoy se sostiene en connivencia con los medios más importantes. No hay que ser muy perspicaz para entender el acuerdo: nosotros, medios privados, te publicitamos amablemente las acciones de gobierno y vos, Gobierno, obligado a publicitar tales acciones, prescindís de utilizar dinero público por unos meses hasta que desaparezcan las voces disidentes. Vos te publicitás y nosotros eliminamos la competencia. Parece un buen negocio para ambos. 
Para finalizar, ¿quién puede oponerse a la pluralidad y a la austeridad? El punto es que en materia de medios, y también en materia de derechos en general, el sistema privilegia a las posiciones dominantes y solo una política pública del Estado puede matizar, al menos en parte, esa prepotencia del mercado. Tal política de Estado no puede restringirse a la garantizar la pluralidad en los medios públicos sino que debe tener una mirada general del sistema de medios para detectar qué voces y qué cosmovisiones son privilegiadas. Sin intervenir directamente sobre el contenido de los licenciatarios privados, si éstos impusieran una mirada monocorde, tal como lo hacen, el Estado debe tratar de equilibrar y visibilizar otras voces aun cuando sean minoritarias. De eso se trata la pluralidad, esa que, bajo la recurrencia al latiguillo hipócrita de la austeridad, se va reduciendo cada vez más. 

La distracción perfecta (publicado el 24/3/16 en Veintitrés)

Mientras el Congreso discute la derogación de las dos leyes que le permitirían al gobierno pagarle a una parte de los Fondos Buitre dejando abierta la posibilidad de un reclamo del 93% de los bonistas que habían ingresado al canje, la opinión pública se indigna por una cámara que muestra que en una financiera se cuenta plata y que miembros de la Tupac Amaru retiran dinero de un Banco. Nadie demostró, al menos todavía, que ese dinero se haya robado o que se trate de una maniobra de lavado de dinero pero “ahora dicen” que las imágenes hablan por sí solas cuando, en realidad, hay una voz detrás que está haciendo decir a las imágenes cosas que las imágenes por sí solas no dicen. Algún tontuelo inferirá del párrafo precedente una defensa de los implicados pero no es así. Si allí hubo delitos que vaya preso quien tenga que ir. Solo se trata de llamar la atención sobre la enorme subestimación que se tiene sobre la audiencia y sobre cómo unos señores con micrófono instalan realidad a partir del relato de unos señores que están detrás de las rejas. Paradójicamente, en el país del escepticismo, en el país donde nada ni nadie es creíble, lo único creíble es lo que puedan decir un ex espía sospechoso o condenados por crímenes y por delitos económicos que harían cualquier cosa por morigerar su condena o recibir beneficios a cambio de declaraciones altisonantes.
Pero como la novela detectivesca de “la guita” no alcanza, se hace énfasis en Brasil, no porque lo que allí suceda sea importantísimo para la estabilidad de la región sino para hacer una extrapolación y afirmar que dado que el gobierno de Lula/Dilma es populista y es corrupto, entonces el gobierno de Kirchner/CFK, dado que ha sido populista, también ha sido corrupto. Y todos opinamos sobre el asunto, como suele ocurrir, sin saber. Porque lo que importa en la actualidad es fijar posición sobre todos los temas. No saber. No dudar. No averiguar. Solamente opinar y, si es posible, con vehemencia.
Esta breve introducción no se hace para justificar una teoría conspirativa pero sí para darle algo más de sustento a un accionar bastante frecuente en medios de comunicación: el distraer a partir de la manipulación de la agenda. Dicho más fácil, para orientar a la opinión pública los medios tienen distintas variantes. La más obvia es la mentira lisa y llana pero la más sutil es la decisión acerca de qué es y qué no es noticia; qué es y qué no es digno de ser publicado. Porque la sensación que la audiencia tiene es que los hechos mismos tienen un valor y se “imponen” pero no es así. Se trata siempre de una decisión editorial. Sin embargo, claro está, si usted insiste en que hay hechos que no se pueden pasar por alto déjeme mencionarle una práctica frecuente que bien está ejemplificada en una película mexicana estrenada en 2014 cuyo nombre es “La dictadura perfecta”. Se trata de una parodia que denuncia la relación entre el principal grupo Multimedios de México (entiéndase Televisa) y el poder político. Todo comienza con un exabrupto del Presidente (amigo y con línea directa con el Gerente del Multimedios) frente al enviado estadounidense en una rueda de prensa con todos los medios presentes. Evidentemente, es algo que pareciera imposible de manipular o modificar: el exabrupto existió y a través de las redes sociales se ha viralizado. ¿Qué hace la señal de noticias amiga del Presidente? ¿Lo oculta? No. Simplemente busca algún escándalo que pudiera desviar la atención de la audiencia y, al final del resumen de noticias, anuncia que existió una reunión entre el Presidente de México y el enviado estadounidense. En la película, la maniobra distractiva tenía que ver con una cámara oculta en la que se veía a un Gobernador “macondiano” con un narcotraficante. En este caso, el vínculo era real y “obliga” al Gobernador a viajar hasta la Capital para entrevistarse con el Gerente del Multimedios a quien le ofrece dinero a cambio de ocultar el video. La respuesta del Gerente es la que daría cualquier periodista independiente hasta que finalmente, a cambio de mucho dinero, le ofrece al Gobernador, un “plan integral de lavado de imagen” que incluirá enviados especiales a su distrito. Sin adelantar mucho por si usted no ha visto la película, los periodistas enviados, jóvenes e inescrupulosos ansiosos de ascenso, como tantos periodistas, intervienen y logran la exclusiva sobre un secuestro a dos niñas (que luego se demostrará que había sido armado por el propio Multimedios). El secuestro mantiene en vilo al país durante días y sobre él se monta una enorme escena cinematográfica en la que el Gobernador aparece como el hombre que con decisión política ha logrado dar con las niñas. Naturalmente, nadie habló más del video que lo incriminaba.
Este es un buen ejemplo para comprender lo que bien se describe en el libro El poder de la Agenda, de la investigadora sobre temáticas de la comunicación, Natalia Aruguete. Allí, con extensión y rigurosidad la autora analiza las diferentes fases de lo que se conoce como “agenda setting”, línea que se diferencia de la teoría de la aguja hipodérmica, esto es, aquella teoría de la comunicación que afirma que los medios determinan completa y uniformemente las acciones de sus audiencias. La “agenda setting” no dice que los medios transforman en zombies a quienes los consumimos. En todo caso, acepta que los medios tienen efectos sobre nosotros pero con ciertas limitaciones. Y en este punto es que el ejemplo recién desarrollado viene a colación porque más allá de las diferencias entre los autores, parece haber una coincidencia en cuanto a que los medios no son capaces de imponer qué decir o qué pensar pero sí son capaces de imponer sobre qué vamos a discutir. En otras palabras, no te dicen de qué lado ponerte (más allá de que hacen todo lo posible para que te pongas de su lado) sino que te imponen sobre qué cosa tenés que elegir de qué lado ponerte. Hoy tenés que opinar sobre la cámara oculta tal, mañana sobre la difusión de fotos íntimas, pasado sobre Brasil y la semana que viene sobre si las fracturas que ha producido Carlos Tévez han sido accidentes o producto de la mala intención. Así, mientras vos ya tomaste posición sobre todos los temas de la agenda que te impusieron y creés que formas parte de la comunidad de la comunicación a través de tus comentarios en redes sociales, se consuma la distracción perfecta, aquella que permite que detrás tuyo, sin que lo percibas, pueda pasar de todo: desde elefantes de colores con trompetas hasta la decisión de unos circunstanciales representantes que ponen en riesgo un país y, con él, a varias generaciones de argentinos.        
                           

      

Una "y" en busca de contexto (publicado el 17/3/16 en Veintitrés)

¿Qué es lo que define al periodismo actual? ¿La velocidad? ¿El cinismo de los periodistas? ¿La era de las imágenes? ¿La baja calidad? Probablemente todo eso pero sobre todo, lo que lo define, es la ausencia completa de contexto a la que nos invita y que puede ejemplificarse con lo que llamaré “la ideología detrás de las “y””. Aunque suene raro me estoy refiriendo efectivamente a la partícula lógica “y”, al conector que permite decir, por ejemplo, “Había una casa y un árbol” o “Fuimos al cine y a comer”.
Quien ha hecho énfasis en las “y” como uno de los elementos esenciales para describir el periodismo actual, o el modo en que el periodismo es determinante en la propagación del sentido común en sociedades como las nuestras, es el filósofo Peter Sloterdijk. Para el alemán “El “y” es la moral de los periodistas”. ¿Por qué? Porque lo que hace el periodismo es atomizar, separar la noticia y quebrar las relaciones entre las cosas; instalar que cada átomo, cada noticia, vale por sí misma y se inscribe en una suerte de cinta que las va exhibiendo de a una por vez. Todas valen una unidad y esa es la gran operación cínica. Porque afirmar que todo vale una unidad significa que la “y” ya deja de ser una partícula que permite adicionar cosas para transformarse en aquello que hace que las cosas se conviertan en iguales. Así, es igual la muerte de hoy, el hecho de corrupción de ayer, la pelea de la farándula de la tarde, el estado del clima para el resto de la semana y el partido de Boca. Todo vale uno, por lo tanto, todo vale lo mismo y en tanto tal solo hace falta separarlo por una “y”: hubo un asesinato hoy “y” un funcionario se quedó con dinero del Estado ayer “y” a la tarde se pelearon dos vedettes “y” mañana va a llover “y” a la noche juega Boca.  Esta falta de relación se enmarca en la ausencia total de una narrativa y de un sentido. No hay horizonte ni una línea de continuidad. Solo existen puntos separados sin contexto. En Crítica de la razón cínica, Sloterdijk lo explica así: “Una cosa es “una cosa” y en medio no permite nada más. Establecer contextos entre “cosas” supondría ideología. Por ello, quien establece contextos es despedido. Quien piensa debe bajarse (…) El empirismo de los medios solo tolera informes aislados, y este aislamiento es más efectivo que cualquier censura, ya que a menudo se preocupa de que aquello que está contextuado no aparezca coherentemente e incluso se encuentre con dificultad en la cabeza de las personas. Si no hay contexto ni relaciones cualquiera puede decir cualquier cosa.  Porque ese decir cualquier cosa, que tan bien se refleja en las entrevistas a Durán Barba por ejemplo, se basa en un vaciamiento de sentido de las palabras, una igualación por la que, justamente, todo vale lo mismo. ¿Qué importa decir que Macri es revolución y es de izquierda si inmediatamente nos informan que existe una señora que da de comer a 30 gatos en Villa Adelina y que un niño afgano quiere una remera de Messi?
Pero es más, la igualación y, con ello, el vaciamiento y la banalización de todo sentido, que en el periodismo se expone a través de las “y”, se puede trasladar a un fenómeno que está en pleno auge en los programas políticos de la Argentina comenzando el 2016. No se trata simplemente del “panelismo”, esto es, la instalación de que todo programa tiene que tener un conductor y unos panelistas que discutan sobre todo con indignación y espectacularizadamente; se trata de la cantidad de invitados que rodean al panelismo. En otras palabras, salvo excepciones que son vistas como anacrónicas, los programas políticos de hoy ya no llevan a una o dos personas para dialogar con el conductor sino que llevan al menos media docena de invitados que se suman a la ya media docena de panelistas. Asimismo, como se trata de programas extensos de, como mínimo, dos horas, los panelistas quedan pero los invitados van pasando y a duras penas pueden intervenir, en el medio del griterío, una o dos veces. Así, para locura de los productores, alguno de esos programas, de frecuencia diaria, puede llegar a contar con hasta 25 o 30 personas en escena durante una emisión. ¿Un programa en el que circulan los comentarios y las opiniones de entre 25 y 30 personas no es un culto a las “y”, a la igualación de la mejor y la peor opinión? Si más de dos docenas de personas salen a dar un debate televisivo en “los tiempos” de la TV, ¿es capaz el televidente de recordar qué ha dicho cada uno? Es más, probablemente, el televidente ni siquiera sepa los nombres de los involucrados.
Frente a esto, Sloterdijk le propone al ciudadano un utópico “retiro de los medios masivos” si lo tomamos en sentido literal, o una necesaria toma de distancia, un salirse de esa lógica para poder, desde la lejanía, reflexionar mejor. En sus propias palabras: “[Los medios de información] inundan nuestras capacidades de conciencia de una manera antropológicamente amenazadora. Efectivamente, hay que haber abandonado durante largo tiempo –quizás meses o años- la civilización de medios de una manera total y absoluta para a la vuelta, estar de nuevo centrado y concentrado, de tal manera que la renovada distracción y desconcentración que produce la participación en los modernos medios de información se pueda observar en sí misma. Visto desde un punto de vista psicohistórico, el proceso de urbanización e informatización de nuestras conciencias en la alianza de medios supone el hecho de la modernidad que más profundamente ha incidido sobre nuestras vidas”.
Para finalizar, lo interesante es, además, la conexión que Sloterdijk establece entre esta lógica del periodismo y el capital, conexión que, claramente, nunca debemos olvidar pues este tipo de periodismo es el periodismo propio de la era del poscapitalismo. En palabras de Sloterdijk: “El capital se puede leer tan a menudo como se quiera y no se habrá entendido lo decisivo mientras no se sepa por propia experiencia y se haya absorbido en la propia estructura mental y modo de sentir que vivimos en un mundo que pone las cosas en una relación de falsa semejanza, de falsa uniformidad, de falsa equivalencia (pseudoequivalencias) entre todas y cada una de las cosas, llegando así a una desintegración espiritual y a una indiferencia en la que los hombres pierden la capacidad de diferenciar lo correcto de lo erróneo, lo importante de lo que no lo es, lo productivo y lo destructivo…, ya que están acostumbrados a tomar lo uno por lo otro”.  


Militando el ajuste (publicado el 10/3/16 en Veintitrés)

Podría llenarse una biblioteca entera con análisis y ejemplos de la complicidad de determinados medios de comunicación con distintos gobiernos, incluso gobiernos de facto. Intereses en común explican esta vinculación pero más allá de ello, y sin creer necesariamente que los medios de comunicación tienen la capacidad para determinar completamente las acciones de sus receptores, lo cierto es que todo gobierno (democrático o dictatorial) entiende que necesita una “pata comunicacional”. Desde la Gazeta de Buenos Ayres, fundada por Mariano Moreno para propagar los ideales revolucionarios, pasando por la “tribuna de doctrina” de Bartolomé Mitre, el uso que el peronismo le dio a la radio, el peso que alcanzó la TV a color en plena dictadura, y la importancia que la comunicación política le da hoy a las redes sociales, tenemos ejemplos de relaciones entre partidos, movimientos y referentes de signo político distinto y soportes variados.    
Ahora bien, más allá de esta breve reseña de 200 años de medios de comunicación y a pesar de los pronósticos agoreros, los diarios siguen teniendo un lugar preponderante en el armado de agenda y por ello siempre es interesante examinarlos. ¿Y qué encontramos cuando lo hacemos? Por ahora, un claro acompañamiento a las políticas de tinte neoliberal que incluyen transferencia de recursos hacia los sectores más aventajados producto de una devaluación del 60% y una inflación que se ha duplicado, achicamiento del Estado, despidos en los sectores público y privado, constitución de una Ceocracia y una fuerte campaña de estigmatización hacia los símbolos de la extendida década kirchnerista. Los grandes titulares, las columnas de opinión y la decisión de qué es y qué no es noticiable siguen esta línea pero quisiera centrarme en un conjunto de notas que, a simple vista, parecen “de color” pero subrepticiamente brindan un mensaje que es el que me interesaría desentrañar. En la red social Twitter hay quienes se dedican a llamar la atención hacia este tipo de notas y las agrupan bajo la etiqueta #MilitandoElAjuste así que en honor a ellos titularé así esta nota.               
Usted se dará cuenta rápidamente de qué se trata. Tenga en cuenta, por ejemplo, una nota que se titula “Contra las vacaciones: resistirse al descanso como estilo de vida” (La Nación, 22/2/16) y donde en el interior de la misma aparece un testimonio que afirma: “Alguien tiene que decirlo con voz clara de una vez: las vacaciones están sobreestimadas. Son un automartirio anual”. En este mismo sentido, preste atención a estos títulos: “Se puede despedir y terminar a la vez con la pobreza” (Clarín, 21/2/16); “Para Ferreres es mejor ganar un poco menos pero estar ocupado” (Fortuna, 7/2/16); “Diez años en la misma empresa puede ser un fracaso personal” (Clarín, 19/1/16); “La decisión más difícil: a la hora de despedir, se trata de un ser humano” (La Nación, 15/2/16). Esta última nota afirma en su “bajada”: “Tanto en la empresa como en el sector público, la desvinculación debe ser llevada adelante con cuidado extremo”.
Resulta demasiado evidente que notas como éstas buscan instalar en la opinión pública un clima favorable a la política de despidos y a la exigencia de flexibilización y pauperización del trabajo que disminuya los costos laborales tal como exigen sectores empresariales. Las vacaciones aparecen así como una “imposición cultural”, si permanece estable en un trabajo usted es un fracasado y si lo despiden es para terminar con la pobreza. Además, lo invitan a conformarse con ganar menos y le piden que esté tranquilo pues cuando lo echen lo van a tratar (casi) como un ser humano.
Por si esto no alcanzara, preste atención a este editorial de Jorge Oviedo en La Nación, el 15/2/16. Le transcribo el párrafo entero pero haga especial énfasis en el pasaje que sigue a la frase “comienzan a ser obligados”: “¿Cuántos episodios inflacionarios harán falta en la Argentina para que se aprenda que el fenómeno es puramente monetario? ¿Que se trata de oferta y demanda? ¿Que las cosas se desmadran cuando los operadores, que no son otros que los ciudadanos, los jubilados, los trabajadores, los obreros, comienzan a ser obligados a tener más pesos que la cantidad con la que se sienten cómodos, y entonces los cambian a toda velocidad por otras cosas, bienes, servicios, monedas, sabiendo que pronto esos pesos valdrán menos?”
¡Qué particular enfoque! ¿Lo notó? Para el autor, los que menos tienen se incomodan (SIC) cuando tienen muchos pesos en el bolsillo algo que por alguna razón insondable no sucede con los que más tienen, no sabemos si porque les corresponde por naturaleza tener más o simplemente porque acceden a pantalones con bolsillos más anchos. (Asimismo, no hace falta decirlo, debe haber sido algún gobierno populista el que, a contramano de las leyes naturales de la economía (según la tradición monetarista, claro), obligó (SIC) a los pobres a tener más dinero en el bolsillo).   
Pero déjeme avanzar en otro conjunto de notas cuyo mensaje es algo más sutil: “El turismo virtual no para de sumar millas” (La Nación, 17/1/16); “¿Compartimos el wi-fi?” (La Nación, 13/2/16); “Vivir en 30 metros cuadrados: una tendencia que crece entre los porteños” (Clarín, 23/12/15); “Marucha, un corte alternativo y económico para el asado” (La Nación, 25/2/16); “Volver al ventilador: el mejor aliado para combatir el calor y la crisis energética” (Clarín, 31/12/15); “Comprar alimentos más baratos y menos ropa, las formas de ahorro más elegidas” (Clarín, 24/2/16).       
Aquí no aparecen los despidos sino “La crisis”. La crisis sobrevino, no es de nadie. Se produjo, sin responsables. El año pasado no había devaluación ni inflación del 40% ni despidos y ahora sí, sin embargo, ninguna de esas notas dice por qué la gente elige “viajar” a través de su computadora y no en persona; por qué vive en 30 metros cuadrados e intenta disminuir costos compartiendo el wi-fi con un vecino y pagando a medias; por qué prefiere el corte marucha y las segundas marcas, y por qué ha dejado de comprarse ropa y de usar el aire acondicionado. El lenguaje sin responsables es caro al liberalismo económico, aquel que cree que las leyes de la economía son naturales. Desde esta perspectiva, los economistas (liberales) tienen la misma precisión que la de un científico natural. Así, de la misma manera que nadie es responsable de la ley de gravedad parece que nadie es responsable de las decisiones económicas que empobrecen a muchos y enriquecen a pocos. Sin embargo, este tipo de mensajes no hacen desaparecer la responsabilidad sino que la transfieren. Sí, efectivamente, en un lenguaje canchero, tuteando y con algunos términos prestados del inglés, de repente te dicen que vos podés estar mejor en la crisis. Si no lo estás es tu entera responsabilidad. No debés quejarte ni rebelarte contra las decisiones de política económica que se enmascaran detrás de las leyes del mercado. Debés acomodarte a los nuevos tiempos. Viví hacinado que es una “tendencia” y usá el ventilador que no es un tarifazo lo que te están clavando sino, simplemente, una crisis energética que, entre todos y solidariamente, vamos a superar. Si no podés sobreponerte a este momento que simplemente “acaeció” es porque te falta ingenio o esfuerzo. Al fin de cuentas, bien podrías comerte una marucha, compartir el wi-fi, viajar por todo el mundo virtualmente y usar la ropa que te compraste el año pasado. ¿No?

       

       


El nuevo mapa político (publicado el 3/3/16 en Veintitrés)

“¿Usted está de acuerdo con la reforma del Artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que la Presidenta o Presidente y la Vicepresidenta o el Vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos por dos veces de manera continua?”. Quédese tranquilo que no estoy abogando por un “Macri eterno”. Se trata, simplemente, de la pregunta del referéndum constitucional boliviano que se celebró el domingo 21 de febrero y que había sido impulsado por el gobierno para dejar abierta la posibilidad de que Evo Morales y Álvaro García Linera pudieran volver a presentarse como candidatos a presidente y vice, respectivamente, en las elecciones que determinarán quién ocupará el Palacio Quemado a partir de 2020. El resultado, que tenía carácter vinculante, arrojó un ajustado triunfo del No (51,39% contra 48,69%) y significa, sin dudas, un paso más hacia lo que pareciera ser una reconfiguración del mapa político de Latinoamérica. Con todo, cabe hacer algunas salvedades: el resultado no deja de ser exiguo si se toma en cuenta que el MAS gobierna Bolivia desde 2005 y además se da en un referéndum, consulta donde lo que suele suceder es que electores enormemente diversos acaban aglutinándose detrás de un sí o un no para, al día posterior, volver a disgregarse. En otras palabras, un referéndum de este tipo favorece la polarización pero no garantiza que esa polarización pueda sostenerse cuando se voten candidatos. Naturalmente, la oposición al MAS presentará este resultado como un camino inexorable hacia el fin de Evo Morales pero en su foro interno sabrá que será muy difícil trasladar automáticamente ese 51% a un candidato opositor, pues lo único que los reúne es el voto contra Evo y contra las reelecciones (casi) indefinidas pero no más que eso, al menos, por ahora. En cambio, quienes votaron por el Sí, probablemente, votan por Evo independientemente de si ese voto supone una reforma constitucional. Quieren que siga Evo y entonces votan lo que Evo pide, lo cual, por cierto, no es para nada irracional.
Como solemos decir en esta revista, desde una perspectiva amplia, tiene sentido hablar de “gobiernos populares” en Latinoamérica y allí incluir a referentes con trayectorias, construcciones y experiencias políticas de lo más diversas y que, en todo caso, tienen en común haber sido la respuesta a las demandas populares tras la larga década neoliberal que gobernó la región durante los años 90. Pero Chávez no es Kirchner, ni Lula es Correa, Ni CFK es Evo porque Venezuela, Argentina, Brasil, Ecuador y Bolivia, si bien comparten un pasado común, tienen dinámicas políticas propias. Y a su vez, de todos estos procesos, puede que el boliviano sea el más radical, en el sentido de que logró unir, con éxito, a un dirigente sindical aymara con un intelectual neomarxista que estuvo preso acusado de participar en acciones guerrilleras. En uno de los países más pobres de la región, el “populismo” del MAS alcanzó un inédito crecimiento sostenido del PBI, acumuló reservas, generó políticas de inclusión y tuvo la capacidad, no sin tensiones, claro, de poder liderar los heterogéneos espacios y las heterogéneas identidades de la plural Bolivia generando, a su vez, una Constitución enormemente original que hasta el día de hoy sigue siendo objeto de estudio y faro para asentar las bases de un nuevo tipo de Estado.
Sin embargo, también es verdad que hay elementos comunes a los procesos por los que deben atravesar estos gobiernos populares. No solo tienen en común que sus adversarios parecen extraídos de la misma matriz, sino que hay una dinámica vinculada a las formas de liderazgo y a la política económica y social de los gobiernos populares que parece generar las propias condiciones de destrucción del proceso. Por supuesto que no lo decimos en los términos marxistas de una necesidad histórica, pero tanto en Argentina, como en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Brasil hay al menos dos elementos a resaltar que han sido inherentes a los procesos históricos que se desarrollaron fuertemente desde el comienzo del siglo XXI en la región. El primero, que en Argentina lo conocemos bien por haber transitado el peronismo, es el problema de la sucesión del líder; y el segundo podríamos explicarlo sintéticamente así: los gobiernos populares tienen más resistencia en las clases medias y sin embargo son los que más han contribuido al crecimiento y al fortalecimiento de esas mismas clases medias que luego los rechazan.
Sobre la primera cuestión, la experiencia histórica no permite ser demasiado optimista pues de hecho, buena parte de la turbulencia política de la década del 50, 60 y 70 en la Argentina tuvo que ver con la disputa acerca de quién o quiénes serían los ungidos por “el General”. Con menos dramatismo, sin proscripciones y sin sangre derramada, en la actualidad, el resultado de las últimas elecciones también puede leerse como parte de un proceso que tenía como principal dificultad la ausencia de referentes que pudieran hacerse cargo del legado kirchnerista. Si esto se debió a limitaciones de los aspirantes o a mezquindades de la conducción poco importa. Lo cierto es que a pesar de conocer, ya desde 2013, que era imposible una nueva reelección, el kirchnerismo no quiso/no logró/no supo/no pudo construir un heredero. La situación de Chávez fue similar más allá de que el hecho de saberse con una enfermedad terminal hizo que ungiera públicamente a su sucesor (algo que puede servir para ganar elecciones pero no necesariamente para sostener la gobernabilidad y aplacar las internas). Correa también tiene dificultades para seleccionar un sucesor y parece estar obligado a jugar sus cartas hacia una nueva reelección. Y la única excepción en este sentido parece haber sido la de Brasil, en la que Lula y Dilma pusieron funcionar como un “matrimonio político” independientemente de las enormes dificultades de gobernabilidad por las que atraviesa nuestro vecino país. 
En lo que respecta al segundo aspecto, pareciera tratarse de una paradoja irresoluble pues una fuerte inversión pública, el fomento del mercado interno, políticas sociales inclusivas y un Estado presente en materia educativa y salud, han generado ascenso social. Y sin embargo, esos sectores que se han visto favorecidos han elegido, con el correr de los años, a candidatos que promueven políticas contrarias a esas conquistas. Probablemente la llave del asunto está en que “clase media” es una categoría cultural y no económica. Esto significa que no tiene sentido decir “si alguien gana un peso más que tanto es de clase media y si gana un peso menos que tanto es de clase baja”. Si bien dentro de la clase media hay muchas “clases medias”, buena parte de estas clases medias son antipopulares salvo cuando la crisis económica las golpea de lleno. De aquí que el “piquete y cacerola la lucha es una sola” que sonaba en 2001, haya sido un encuentro absolutamente circunstancial que apenas algunos años después volvería a su tensión histórica, aquella en la que la clase media entiende a la protesta social y a los excluidos como un problema de tránsito.
No se me ocurre cómo los procesos populares pueden eludir este fenómeno que históricamente ha puesto límites a este tipo proyectos y no me satisface abogar por una abstracta necesidad de “brindar la batalla cultural” más allá de que algo de lo que allí pueda incluirse seguramente brinde alguna respuesta. En cuanto a la problemática de la sucesión en los liderazgos fuertes, bien podría discutirse hasta qué punto es posible avanzar en cambios radicales sin ese tipo de referentes pero independientemente de cuál sea la respuesta, nos guste o no, las sociedades occidentales de la actualidad mantienen cierto recelo hacia la posibilidad de mandatos que se extiendan indefinidamente o por largo tiempo. En este contexto, Evo Morales tiene una ventaja: le quedan cuatro años para ayudar a erigir un sustituto que demuestre que, si bien lo que se ha hecho en Bolivia ha sido posible por un hombre, la única garantía de que ese legado sea estable, es, justamente, que sea capaz de trascender la vida de ese hombre.