viernes, 16 de octubre de 2026

Operación MAMA (17.10.26)

 

El globo de ensayo de esta semana fue la hipótesis MAMA: Massa-Máximo, Máximo-Massa (mientras Freud se nos mea de risa en la cara).

Aunque no resulta inverosímil, sospechamos que, al menos al día de hoy, se trata de una burda operación. Sin embargo, lo que sí es cierto es que Mamá Cristina no quiere a Kicillof y es capaz de elegir un ladrillo antes que aceptar el desafío. De hecho, CFK siempre rompió cada vez que alguien le disputó la interna. Lo que tuvo sentido cuando “había que matar al padre” en 2005 y vencer a Chiche en la Provincia de Buenos Aires, fue menos comprensible cuando, años más tarde, quienes salían a disputarle a ella eran figuras que apenas podrían arrancarle 3 o 4% de los votos (recordemos la aventura de Unidad ciudadana, el rechazo a darle una interna a Randazzo, etc.). En general, y las PASO han ayudado mucho en ese sentido, las elecciones al interior de un espacio o coalición dotan de una mayor legitimidad al vencedor de cara a la sociedad toda. Incluso, muchas veces, cuando hay un ganador seguro, se “inventa” un contrincante débil que presta el nombre para que el favorito obtenga un resultado contundente. Pero evidentemente, esta interpretación no forma parte del manual de conducción política K. Aquí es todos detrás de mí. Al que no le gusta se va. Y si no se va, me voy yo.  

Massa espera agazapado. Es hábil y sabe sacar provecho de este kirchnerismo que es siempre necesario, pero con el que solo no alcanza. Es cierto que conoce muy bien el funcionamiento del Estado, que logró que el país no explotara por el aire cuando se vivía el pimpinelismo de Estado entre CFK y Alberto, y que ha sido mejor candidato que ministro (me cuesta pensar que haya existido algún antecedente en el mundo de un debate público en el que un candidato (Massa) demostrara tanta superioridad en todos los aspectos frente a su contrincante (Milei), por solo citar un evento menor).

Pero con Massa se acaba el kirchnerismo, sea por aniquilación, deglución o lo que fuera. Massa es como el phármakon griego del que hablaba Derrida y del cual deriva la palabra fármaco: es lo que te puede salvar, pero también lo que te puede matar. Probablemente el kirchnerismo lo sepa, pero asume correr el riesgo antes que postrarse frente al osado gobernador de la provincia de Buenos Aires que, además de pretender ser presidente, quiere tomar sus propias decisiones.

En política todo es posible, incluso las resurrecciones, pero es bastante fácil observar una lenta pero indeclinable tendencia del kirchnerismo hacia una existencia, si no testimonial, al menos minoritaria. Es que cuando pasás de ganar con el 54% en 2011 a perder todas las elecciones posteriores (salvo la de 2019), algo anda mal. Ya en 2015 no pudo poner el candidato que quería simplemente porque no lo tenía y porque no lo quiso tener, ya que eso suponía desafiar el liderazgo de CFK. Era preferible mantener la jefatura y poner a alguien a ser controlado o, como sucedió en el período 2019-2023, devenir oficialismo opositor ocupando cajas y cargos sensibles, pero criticando al presidente. El desastre de Macri y la jugada de “volver mejores” corriéndose hacia el centro, sirvió para ganar, pero no para gobernar y aquí estamos. Aun cuando una CFK candidata podría ser competitiva, su situación judicial expone que se trata de una estrategia para obturar cualquier alternativa al interior del espacio. La carta CFK se llegó a jugar incluso para ocupar un cargo insólitamente menor en la provincia cuando Kicillof mostró señales de autonomía, y el próximo paso era ya presentarla como candidata a Consejera escolar de La Matanza. Hoy su carta entra ya en el terreno del simulacro ante la evidencia de que la justicia argentina no permitirá su candidatura. Que ello sea injusto, es otro asunto. La gente quiere vivir mejor: no inmolarse por una persona. Puede ser ingrato, pero es así. El kirchnerismo ha sido ingrato con muchas personas leales también, de modo que conoce bien el sabor de la ingratitud.   

Por cierto, el kirchneismo es raro: cuanto más se radicaliza el discurso y menos se admite la disidencia interna, más alejado está el candidato que se decide apoyar, llámese Scioli, Alberto o Massa. Pero la razón es bastante simple: si te radicalizás, perdés votos y los tenés que ir a buscar con gente que no se parece a vos. Sin embargo, con Alberto pasó algo extraño: las mismas razones por las que fue elegido, fueron las razones por las que fue castigado. Te elegimos por ser diferente y te castigamos por lo mismo. Con Axel la lógica, a primera vista, es parecida: te elegimos por ser igual a nosotros y te castigamos exactamente por ello. Pero esto es solo la superficie: más allá de ser más o menos igual, más o menos diferente, lo que no se permite es el desafío a la jefatura. Cuando esto sucede, públicamente la pelea se presenta en términos ideológicos (Alberto es un moderado operador de Clarín); o morales (Kicillof es ingrato y no va a ver a CFK a la casa). Pero es simplemente una pelea de poder. Y no está mal. Lo que sí está mal, aunque es comprensible, es que nos quieran vender que es por el pueblo, la patria, el combate a la derecha y varias otras razones que no creen ni quienes las pronuncian.  

A propósito de jefaturas: seamos buenos con CFK. El lugar se lo ganó de muchas maneras y, sobre todo, con los votos. Es más: los votos son de ella y no parecen fácilmente transferibles como sucedió en Brasil. Nadie de La Cámpora puede, ni por asomo, capitalizar eso completamente. De aquí la molestia contra muchos dirigentes que recién en los últimos años decidieron pegar el salto y han refrendado en las urnas, al menos como intendentes, alguna credencial más que “ser los protegidos de la Jefa”. Ahora bien, Máximo, con casi 50 años, debería postularse alguna vez a un cargo de peso y encabezando. Porque es evidente que no es menos que sus colegas y, por lo que se ve, hasta puede que sea mejor que la media, pero esto no es un concurso de antecedentes o de experiencias domésticas en las que vivir en la casa de dos expresidentes inclinaría la balanza. La legitimidad te la dan los votos. Todo lo otro ayuda, pero, al fin de cuentas, es la elección de la gente. Una vez más: puede ser injusto, pero en política, una buena parte de tu valía se representa en votos y nadie sabe cuántos votos tiene Máximo. Basta de lapicera, basta de jugar de médium. Votos. Con la herencia que juega favor y en contra: porque si puede encabezar algo es porque se llama Kirchner; y si tiene una imagen negativa altísima para alguien que no ocupó cargos de peso, es también porque se llama Kirchner. Así son las cosas. Uno no elige todo en la vida. Pero hay un cansancio en los votantes y los dirigentes. Basta del paraguas de Mamá. Juegue de una vez.

Por cierto, dejando de lado lo que ya mencionamos como posible operación de la semana, tendría más sentido y coherencia, que más que de vice, Máximo vaya como candidato a gobernador de la Provincia. Allí el sistema electoral que te hace ganador sin balotaje y obteniendo un solo voto más que tu contrincante, lo hace muy competitivo aun con la imagen negativa antes mencionada, y, en caso de victoria, le daría al kirchnerismo garantía de que su bastión queda en familia.

Y ya que hablamos de sistemas electorales determinantes, es probable que el futuro de la elección se juegue en las próximas semanas cuando el gobierno intente avanzar en la suspensión de las PASO. Nada es definitivo, pero si lo logra, el peronismo estará arrinconado y no podrá salir de allí sin una enorme cantidad de heridos. Es que sin PASO, o el kirchnerismo cede y acepta la candidatura de Kicillof, o apoya otro candidato y lo obliga a jugar por afuera, lo cual dividiría el voto y le facilitaría la reelección a Milei con apenas 40%.

Por último, propósito de Kicillof… decídase señor Gobernador. ¿Va a jugar o no va a jugar? ¿Juega contra todo, a plata o mierda, o no? Ya no le pedimos las canciones nuevas: le pedimos alguna definición sobre algo. Si usted es lo mismo que el kirchnerismo, entonces bájese y deje a los originales; y si no es lo mismo indique en qué se diferencia. Esboce una autocrítica, critique abiertamente a CFK y a La Cámpora si es que se lo merecen y, sobre todo, basta de discursos largos e insustanciales con categorías para un mundo que ya pasó. Uno escucha al gobernador y entra en el túnel del tiempo que lo lleva al año 2014. Y eso es mucho tiempo porque el país ya es otro y, sobre todo, porque los argentinos ya no somos los mismos.    

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