Tras varias semanas de mutismo, el Jefe de Gabinete expuso ante el
Congreso. Sin apartarse de la letra escrita y bajo la amenaza implícita de
retirarse en caso de sentirse agraviado, Adorni cumplió el objetivo de sostener
su altanería (como presunto atributo de fortaleza) al tiempo de presumir y
mostrar el apoyo de los hermanos a cargo de la administración. Con todo, la
reivindicación personal apoyada en la verdad y/o una aclaración de todos los
puntos oscuros que la justicia investiga deberán aguardar porque, en ese
sentido, el Jefe de Gabinete no ha aportado prueba alguna sino solo la negación
de las acusaciones (en algunos casos a pesar de que ya hay pruebas públicas que
lo desmienten). La puesta en escena me remitía al Teatro y, dentro de él, al
Teatro del Absurdo de, por ejemplo, una obra que habíamos citado aquí algunas
semanas atrás: Las sillas de Ionesco.
Allí una pareja de ancianos que vive en una isla aguarda el acontecimiento de
la llegada de El Gran Orador que viene a traer un mensaje trascendental para la
humanidad. Ofrecen un salón para que los presuntos invitados lo escuchen,
repleto de sillas, pero resulta que los invitados son invisibles de modo que
todo está dispuesto para la gran exposición frente a un auditorio vacío. A
diferencia de Godot, el Gran Orador llega y, llenos de satisfacción, antes del
comienzo del discurso, los ancianos se arrojan por la ventana. Sin embargo,
cuando el Gran Orador pretende hablar no puede articular palabra, tartamudea,
emite sonidos incoherentes. Las interpretaciones de la obra son abiertas, pero
podría afirmarse que Ionesco nos quiere decir que el gran mensaje a ser legado
es la incomunicación, el vacío, el sinsentido.
El Congreso de la Nación estaba repleto de oficialistas y opositores pero
la ciudadanía hubiera dejado las sillas vacías, quizás, justamente, porque en
gran medida permanece invisible para el gobierno, pero sobre todo, porque no le
interesa lo que pueda decir Adorni, probablemente, porque, para bien o para
mal, ya ha sido juzgado y, sobre todo, porque está ocupada en asuntos más
importantes.
Mencionamos a la célebre obra de Beckett al pasar y es cierto que de allí
también podría haber surgido una lectura posible aplicable a este caso en el
sentido de que en Esperando a Godot se habla porque no hay nada que decir, pero
también porque no se puede callar.
Sin embargo, donde quizás haya más material para trabajar sea en las
tragedias griegas. En un rápido repaso de memoria, se me aparecen algunas
categorías esenciales para comprenderla. La más conocida, trabajada por
Aristóteles y cuyo sentido llega hasta nuestros días es el de la Catarsis: en la identificación con el
padecimiento del héroe trágico se generaba una expiación del malestar en la
audiencia, de aquí que, al final de la obra, los asistentes se retiraran
“purificados”. Eran tiempos donde grandes obras reemplazaban a los chantas
influencers del mindfulness. Sin embargo, la puesta en escena de Adorni más
bien funcionó como una catarsis personal y/o del gobierno puesto que lo está
fallando es la identificación del electorado con el cuestionado y, según las
encuestas, en buena medida, con el gobierno todo. En una muestra más de
cerrazón y de ruptura con la dinámica de la calle, el gobierno cree haber
obtenido un triunfo por haber logrado que el vocero pudiera hablar, sin tomar
en cuenta que solo puede hacerlo con toda la protección institucional de su
investidura. Sin embargo, el vocero no puede caminar por una calle “normal” ni
puede ser entrevistado por un periodista que, influido por el demonio, abrace
el hábito de la repregunta. En el mutismo del vocero (devenido Jefe de
Gabinete) se observa un gobierno que no puede hablar y que, en tanto tal, es
“hablado”. O lo que es peor, en su Armada Brancaleone de funcionarios, quien
probablemente sea el más capacitado para hacerlo, Santiago Caputo, decide
permanecer en las sombras mientras resiste los embates de “la jefa” y “la jefa”
no puede articular oraciones con sujeto y predicado. El gobierno, entonces, es
hablado por la oposición o por unos monigotes patéticos que intentan defenderlo
en medios amigos, en el mejor de los casos, exhibiendo manuales de gorilismo
que ya eran vetustos en el 55. Pensar que toda la comunicación pasa por mensajes
unidireccionales en redes, o eventuales “domadas” a usuarios anónimos, no es la
prueba de la comprensión del nuevo estilo de comunicación; más bien demuestra
la incapacidad de comprender que ese nuevo estilo tiene mucho de burbuja.
Dicho esto, hay otro elemento que aparece en las tragedias griegas que es
el del Miasma. El término llega hasta
nuestros días, aunque no es demasiado usado. La definición de diccionario
refiere a un efluvio maligno o una emanación fétida que en siglos atrás se
consideraba como causante de enfermedades por ser propias de cuerpos enfermos,
materias orgánicas en descomposición, aguas estancadas.
En el mundo griego de la tragedia el miasma es más una cuestión moral que
física y se puede entender como una mancha del espíritu que en muchos casos se
trasmitía de generación en generación o salpicaba a toda una familia.
Los cancelados de hoy son “el miasma”, como lo fueron los leprosos, y en
las tragedias griegas se puede mencionar, entre muchos otros, el caso del
episodio narrado en Edipo en Colono
de Sófocles, donde Edipo, parricida e incestuoso busca un lugar donde poder
asentarse sus últimos años de vida y es rechazado constantemente por estar
impuro, por ser el miasma. Ya en Edipo Rey, había sido señalado como el origen
de la peste de Tebas. Pero ahora, tras haberse arrancado los ojos y haber
cometido los peores pecados, es un cuerpo contaminante que debe ser expulsado
de la comunidad. El miasma es la manzana podrida que pudre a las demás, por eso
hay que apartarlo.
Es cierto que en Edipo en Colono
luego hay un giro y que gracias a una profecía que indica que el lugar donde
muera Edipo florecerá de prosperidad, se sigue luego una especie de competencia
para lograr que el infecto perezca en la tierra propia, pero justamente ese
giro completa la metáfora que me interesa compartir. Una vez muerto
políticamente (probablemente ya lo esté, pero se confirmará cuando dé un
eventual paso al costado), el gobierno hará uso de “la muerte de Adorni”
buscando mostrar frente a la sociedad lo indefendible: el presunto carácter
moral de la administración y ante la pregunta de por qué se lo sostuvo tanto,
se responderá “porque esperábamos la resolución de la justicia”; o mejor aún,
harán renunciar al propio Adorni afirmando que, a pesar de ser inocente, decide
dar un paso al costado para no afectar al gobierno. Conmovedor.
Pero lo más interesante son los efectos iniciales del miasma ya que éste
supone contaminación que desordena el lazo comunitario y fractura la unidad de
la administración, pues no son pocos los que observan que la situación es
insostenible y que, si la imagen del gobierno decae, es, en una parte,
responsabilidad de sostener a un tipo al que se le denuncia haberse reapropiado
de todos los vicios de la casta: contratos con amigos en la TV Pública; viajes
y contratos para la mujer; turismo en familia con un costo de miles de dólares
pagados en efectivo; departamentos comprados con dinero de unas viejas que no
le cobran interés… y todo eso con unos ingresos que no pueden justificar nunca
ese nivel de vida para alguien que, al inicio de la administración tenía un
departamentito, andaba en subte y, a duras penas, iniciaba el tratamiento para
el pelo.
En la medida que el miasma no sea apartado, la contaminación continuará,
afectando la credibilidad del gobierno, porque aunque pueda parecer haber
salido airoso tras tantas semanas de silencio, su palabra contamina y amplifica
la crisis. Y nótese que ni siquiera está en juego la verdad, pues, de hecho,
hay que ser justos y afirmar que Adorni es inocente hasta que se demuestre lo
contrario. Por cierto, los indicios en su contra son demasiados, pero aun en el
hipotético caso que él lograra, al menos, resoluciones favorables en la
justicia, su ciclo está cumplido, si bien, es cierto, en política nunca hay que
retirar a nadie, especialmente después de que la gente haya votado una lista
encabezada por un señor que tuvo que renunciar por haber sido presuntamente
financiado por narcos.
Adorni hoy solo produce contagio del miasma, performativamente hablando es
ineficaz porque, o no puede hablar o cuando habla no genera credibilidad, y
para colmo de males, en el gobierno no logran encontrar un sustituto que
reemplace el silencio o el rechazo del jefe de Gabinete.
En síntesis, quiero terminar estas líneas con algo disruptivo que no se
debe hacer, pero ustedes sabrán disculparme. Se trata de un poema al cual
siempre me dirige la memoria cada vez que me cruzo con la palabra Miasma. Pertenece al libro Persuasión de los días de Oliverio Girondo,
se llama “Ejecutoria del Miasma”, y dice así:
Este clima de asfixia que impregna los
pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.
Este miasma corrupto,
que insufla en nuestros poros
apetencias de pulpo,
deseos de vinchuca,
no surge,
ni ha surgido
de estos conglomerados de sucia hemoglobina,
cal viva,
soda cáustica,
hidrógeno,
pis úrico,
que infectan los colchones,
los techos,
las veredas,
con sus almas cariadas,
con sus gestos leprosos.
Este olor homicida,
rastrero,
ineludible,
brota de otras raíces,
arranca de otras fuentes.
A través de años muertos,
de atardeceres rancios,
de sepulcros gaseosos,
de cauces subterráneos,
se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,
los detritus hediondos,
las corrosivas visceras,
las esquirlas podridas que dejaron el crimen,
la idiotez purulenta,
la iniquidad sin sexo,
el gangrenoso engaño;
hasta surgir al aire,
expandirse en el viento
y tornarse corpóreo;
para abrir las ventanas,
penetrar en los cuartos,
tomarnos del cogote,
empujarnos al asco,
mientras grita su inquina,
su aversión,
su desprecio,
por todo lo que allana la acritud de las horas,
por todo lo que alivia la angustia de los días.