Durante la última semana
ocurrieron tres episodios distintos que muestran un fenómeno político profundo:
el discurso anticasta dejó de ser patrimonio del mileísmo y empezó a operar
también entre los propios votantes opositores.
El primer caso es el de la
senadora por Mendoza, Anabel Fernández Sagasti. En lo personal, creo que su
pedido era sensato: estaba en riesgo la vida de su bebé y parecía razonable el
pedido de excepcionalidad. También era atendible quienes le espetaron que debió
haber previsto esta situación, que primero la patria, que podría haber
renunciado…, etc. Con todo, sigo creyendo que la senadora tenía ahí una razón
de peso. Si el pedido era razonable: ¿por qué la reacción en su contra de parte
de los propios militantes? Si dejamos de lado las rencillas personales y las
intencionalidades, hubo gente que genuinamente salió con fuerza a criticarla.
Mi hipótesis es que mucha gente vio en esa acción y en su argumentación (me
discriminan por mujer, por embarazada, por vivir lejos de Capital) la búsqueda
de un privilegio y la Argentina es un país con un imaginario profundamente
igualitario que, además, vive una enorme crisis de representatividad. De ahí la
sobrerreacción también, por cierto, más que razonable y atendible.
Seguramente algún tarado la habrá
atacado por no poder controlar su misoginia, pero reducir la crítica a estos
exabruptos es un error: se la atacó porque muchos militantes observaron que otras
mujeres embarazadas no tienen los privilegios que tiene la senadora. El
razonamiento del ciudadano y militante de a pie sería más o menos así: “tenés
razón, pero andá a la mierda. Resolvelo como lo tengo que resolver yo porque si
no lo hago me echan del trabajo en negro que tengo por el 10% de lo que vos
ganás: porque cobrás 8000 dólares, cobrás extra por vivir en el interior, tenés
asesores, vas a cobrar cuando pidas licencia porque laburás en blanco… ¿y
cuando están por vender el país estás ausente y la vas de víctima por ser mujer
embarazada del interior?”
Es cierto que, seguramente, en
este caso puntual, puede haber habido una devolución de gentilezas contra el
sector camporista que F. Sagasti representa. Ese pase de factura también es
atendible porque La Cámpora heredó el discurso sacrificial de los 70 sin asumir
poner el cuerpo como lo pusieron los guerrilleros. Entonces es natural que
alguien piense: ustedes, los que hacen su perfo y señalan con el dedo desde el pedestal
derramando toda su moralina sacrificial para una causa donde los que siempre se
benefician son ustedes mismos y que ha servido para perseguir, cancelar y “depurar”
a todo aquel que no diga sí a lo que indica a la conducción, ¿son los que ahora
vienen a pedir clemencia? Probablemente la indignación fue mayor porque en el
discurso de F. Sagasti y en el de otros dirigentes que salieron a apoyarla, se
vieron iguales cuotas de arrogancia y victimismo. En este sentido, se puede
aplicar una máxima que se suele esgrimir contra el feminismo y que es una
paráfrasis del histórico dirigente radical “Chacho” Jaroslavsky: atacan como
empoderadas pero se defienden como víctimas.
Pero esto no es todo: el debate
de los últimos días quedó en el aire cuando los propios senadores peronistas,
incluyendo a los de La Cámpora votaron en contra de darle el voto a la senadora
mendocina. El argumento es que esto marcaría un antecedente que favorecería al
oficialismo en el futuro y la forma en que la militancia procámpora quedó
pedaleando en el aire después de acusar de misóginos y traidores promileístas a
todos los que criticaron a F. Sagasti, fue para alquilar balcones. Pero no es
para celebrar porque son este tipo de giros pragmáticos de la política los que
quiebran el vínculo con el representante. Se dirá que la política es
pragmatismo y realpolitik, y eso es cierto. Pero los que dicen eso son los
mismos dirigentes que venden épica principista mientras acuerdan carguitos y
contratos.
Llegados a este punto, volvemos a
nuestra hipótesis: lo que parece estar en claro es que no solo el votante
mileísta abrazó el discurso anticasta. También lo ha hecho el votante opositor
y esto ha sucedido por múltiples razones ya harto expuestas: el fracaso de los
últimos gobiernos, el shock de la pandemia, la precarización del trabajo, el
vivir siempre un poquito peor… Nada que no se sepamos.
Veamos ahora el caso de Facundo
Moyano: tiene todo el derecho a tomar la merca que quiera junto a su pareja,
amante, acompañante, etc., como si fuera el lobo de Wall Street. Eso no es lo
que molesta. Lo que jode es que siendo sindicalista, exdiputado nacional, poseedor
de un apellido con mucho peso y responsabilidad entre los trabajadores en un
momento en el que sus representados se cagan de hambre, nos enteremos que todas
estas cosas que pertenecen a su vida privada, se realizan en un piso de la
Avenida Libertador, supuestamente de su propiedad. Y ningún trabajador es capaz
de acceder a un piso en Libertador, salvo para trabajos de plomería o alcanzar
el servicio del champagne a la puerta.
Facundo siempre fue de gustos
caros y parecen agradarle más los DJ que los bombos, pero algo del orden del
pudor y la decencia es necesario. Ser y parecer. Hacer sin mostrar. Por respeto
a quienes dice representar, al menos.
¿Desde qué lugar los
sindicalistas que viven en Avenida Libertador pueden alcanzar un mínimo de
legitimidad para decir “no a la reforma laboral”? ¿Desde qué lugar esos tipos
pretenden representar a los precarizados y pedir su voto? ¿Acaso ustedes creen
que el discurso antisindical abrazado por buena parte de los sectores populares
es un ejercicio de manipulación hipnótica impulsado por una campaña en redes
sociales?
Por último, ese mismo desgaste
entre representantes y representados también puede observarse en la relación
entre Cristina Fernández de Kirchner y una parte de su propio electorado. La
magnitud de los dirigentes es incomparable pero el fenómeno es el mismo aun
cuando sus seguidores y quien escribe estas líneas considera que la causa que
la mantiene presa y proscripta está llena de irregularidades. Pero de ahí a
suponer que hay que ir a votar por “Cristina libre” hay un salto, un nuevo
sacrificio que exige una dirigencia que ya no interpela porque la gente
observa, desde hace muchos años, que esa misma dirigencia no da respuesta.
Entonces, el argumento “liberando a Cristina vas a vivir mejor” no es un
argumento que se vea con tanta claridad porque con Cristina libre, en los
últimos años, no vivimos mejor. Más bien, podría decirse que muchos de sus
errores explican la actualidad. No toda, claro. Pero sí una buena parte. En
este sentido, los ataques contra Kicillof y la maniobra judicial en la ONU que,
más allá de su efectividad en lo que respecta a su situación procesal, tiene
como finalidad política retener la centralidad y joder la candidatura del
gobernador de la Provincia y de cualquier otro osado, suma un poroto más a la
bronca. Llegado el caso, el convencido votará igual, pero está harto de que lo
tomen por idiota y de que encima lo psicopateen con moralina y culpa. Una
Cristina libre seria un acto de justicia, pero de ninguna manera garantiza que
la gente viva mejor. ¿Con qué motivación se acerca ese votante a la urna si en
ningún momento le hablaron de cómo mejorarle la vida?
Ha sido muy interesante el poder
de síntesis observado en redes durante estos días. Citaré dos posteos, uno
textual y el otro de memoria para cerrar. El primero, del usuario futuro.devaluado
en Instagram afirmaba “opinan como troskos, viven como menemistas, gestionan
como ONG, se visten como Calle 13, flashean ricoterismo. Vivir solo casta [SIC]
vida”.
El segundo, rezaba algo así como:
“Todavía creen que es contra una embarazada y no contra un esquema de
representatividad privilegiado, agotado y continuamente derrotista”. Es un buen
resumen y agrega otro elemento que vale la pena mencionar antes del cierre: el
votante opositor está harto del posibilismo, está harto de que su propia
dirigencia sea Juan Domingo Perdón, harto del albertofernadismo y del
oficialismo opositor de quienes lo avalaron. No comenten más; no expliquen más;
no señalen más; no se hagan más las víctimas de “la nenecha”: cambien las
cosas, ganen las elecciones y arriesguen algo. No nos exhiban más su circo de
impotencia. Y si no pueden hacerlo, consíganse un trabajo honesto como el resto
de los ciudadanos. Sus malas decisiones y sus prebendas perjudican a sus
votantes, aquellos a los que les piden más y más sacrificios por causas que
cada vez son más personales. Y sus vidas personales son tan importantes como
las de cualquier otro, al menos en este país donde todavía queremos seguir
considerándonos iguales.