viernes, 11 de septiembre de 2026

El regreso del Wokismo: ¿Marketing, revancha o arrepentimiento? (12.9.26)


 

En una entrevista con ABC News algunas semanas atrás, la referente del progresismo de izquierda de New York, y aspirante a presidente 2028, Alexandra Ocasio-Cortéz, cita a un aliado político y afirma “Woke 1 was crazy”, lo que podría traducirse como “La primera etapa del wokismo fue una locura”. Aunque luego pareció circunscribirse a una retórica del wokismo en el contexto de la pandemia que evidentemente debía ser abandonada, la declaración sorprendió por, al menos, dos cosas. En primer lugar, porque establece una periodización: si hubo un Woke 1 es porque hay, o habrá, al menos, un Woke 2; en segundo lugar, porque tenuemente pareciera haber algún principio de revisión de lo que hasta hace poco parecía una lista de mandamientos incontrovertibles.  

Dejando de lado que afirmar que algo fue “crazy” supone una ambigüedad indigna de un legislador (podría haber dicho que fue una mierda y hubiera ganado en claridad y precisión), podemos recoger el guante y preguntarnos, primeramente, sobre las características de esta presunta segunda etapa.

Es difícil sintetizar las políticas Woke que hegemonizaron el espacio público y las instituciones la última década pero una lista de las más controvertidas seguramente debería incluir la reducción del financiamiento y las funciones de la policía (en su versión más radical su directa abolición, Abolish The Police), desplazando recursos hacia servicios sociales; las políticas de identidad racial conocidas como DEI (Diversity, Equity and Inclusion), que se tradujeron en cuotas o preferencias raciales, affirmative action, en universidades, por ejemplo, bajo el presupuesto de la existencia de un racismo estructural. Sumemos aquí las discusiones alrededor de la ideología de género: uso de pronombres elegidos y obligación de reconocimiento so pena de castigo legal, reconocimiento institucional de las identidades trans, apertura a la transición en menores incluyendo tratamientos hormonales, bloqueadores y cirugías de carácter irreversible, intento de imposición de mujeres trans en espacios reservados para sexo femenino (pensemos en los conflictos acerca del uso de los baños, o de las mujeres trans en el deporte femenino) y todo aquello que rodeó a un intento de transformar el lenguaje de arriba hacia abajo siendo la principal referencia el autodenominado “lenguaje inclusivo” o lenguaje no sexista. A su vez, emparentado con la idea de un discurso público que ya no debía garantizar la libertad de expresión sino proteger la sensibilidad de individuos pertenecientes a minorías, con la obsesión por hallar violencias y microviolencias en cada interacción humana, apareció el “lenguaje de odio” que rápidamente se transformó en una herramienta de censura y autocensura.

A esto podría agregarse que la revisión a nivel educativo fue solo un aspecto más de un avance más general a nivel cultural, detrás de la teoría critica de la raza y los discursos decolonialistas que comenzaron una verdadera “cacería” revisionista sobre autores, obras y monumentos que no encajaban en la nueva moralidad. No faltaron incluso quienes adjudican el cambio climático a la injusticia racial o algo por el estilo, y, quizás la más renombrada, la peligrosísima cultura de la cancelación, verdaderos tribunales paralelos inquisitoriales que apuntaron a la destrucción civil de las personas, aun cuando en algunos casos se tratara de acusaciones no judicializables y aun cuando, en aquellos casos que sí lo eran, muchas veces la justicia afirmase lo contrario. Por último, existen hoy grandes debates acerca de cómo, bajo la suposición de un también estructural patriarcado heteronormativo, el wokismo habría penetrado en el ámbito jurídico para poner todo patas para arriba gracias a un discurso punitivista, la puesta entre paréntesis de la presunción de inocencia, la inversión de la carga de la prueba y, con ello, la alteración del pilar fundamental de la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, sean varones, mujeres, blancos, negros, heterosexuales u homosexuales. La lista, por cierto, puede continuar casi hasta el infinito porque el wokismo tuvo, desde el comienzo, una pretensión refundacional de actuar en cada uno de los aspectos de nuestra vida tanto pública como privada.

 

¿Cómo sería entonces el Woke 2 que abandonaría o reemplazaría estas “locuras” o, al menos, algunas de éstas? La primera respuesta sería la más obvia aunque no por eso menos cierta: es harto evidente que esta nueva izquierda ha reemplazado la agenda tradicional de los trabajadores por la agenda de las minorías. Las razones de este cambio supondrían un desarrollo extenso, pero está claro que se trata de una reconversión de la izquierda luego de la Caída del Muro tras la demostración de que era necesario aggiornar conceptos y acciones a la nueva reconfiguración del trabajo y del mundo.

Tras ese abandono, ocurrió lo más natural: la clase obrera hoy vota mayoritariamente a la derecha y no lo hace por ser manipulada o por idiota sino porque la izquierda ya no la representa. Esta semana, sin ir más lejos, circularon informes que hablan de que un 60% de los trabajadores de Sajonia-Anhalt votaron a la ultraderecha (que obtuvo un 44% de los votos). No se trata, por cierto, de un fenómeno aislado.

Conceptualmente no hay una contradicción esencial entre defender agenda de minorías y derechos de los trabajadores. ¿o sí? ¿Acaso las grandes marcas, las grandes compañías, los grandes medios que representan el capital concentrado apoyarían una agenda Woke 2 con eje en los trabajadores como lo hicieron con la agenda Woke 1? ¿Será que para el gran capital es más cómodo defender que la igualdad es derecho a autopercibirse el género antes que derecho a tener salarios dignos? En otras palabras, ¿podríamos sospechar que la agenda Woke 1 era todo ganancia para esas empresas porque les lavaba la cara ubicándolos del lado correcto sin sacrificar sus ganancias? Es más, ha habido sendos informes que mostraron cómo muchas de las grandes marcas elevaron las ventas cuando abrazaron esa agenda y acomodaron sus productos a la misma. Al menos así funcionó hasta que la moda fue desapareciendo y las mayorías empezaron a reaccionar y a votar cualquier cosa que se les opusiera. Comparar publicidades de grandes marcas donde cinco años atrás se observaban mujeres negras con sobrepeso y actitud desafiante, con el retorno de modelos flacas caucásicas y sugerentes, es todo un símbolo.  Entonces, conceptualmente parecería no haber contradicción pero en la práctica sí la hubo porque más allá del dogmatismo de carácter religioso y fascistoide que el movimiento Woke adoptó, lo cierto es que ya son varios los arrepentidos desde adentro que vienen advirtiendo la necesidad de retomar la vieja agenda de la izquierda. Que no lo hayan hecho, parece, entonces, no ser una casualidad.  

Naturalmente ha habido voces que advirtieron que no se trataba de un genuino arrepentimiento sino de una suerte de rebranding, un lavado de cara que busca rédito electoral porque admite el rechazo pero nunca el error. Cambiar la táctica, ocultar el monstruo, dejar entrever que “quizás nos pasamos 3 pueblos” para volver y pasarse 10 aunque siempre en la misma dirección porque, si el pueblo no apoya, el equivocado es el pueblo. ¿O acaso vamos a permitir que la realidad desafíe nuestra ideología? Que se joda la realidad y cambie.

Creo que esta hipótesis no debe descartarse. Los comentarios que circulan de los referentes más radicales, lejos de revisar excesos y principios, (porque no nos equivoquemos: los desastres no fueron productos solo de los excesos sino también del corazón y de los principios del wokismo), mezclan una sed de revancha, un retorno radicalizado y vengativo, con una explicación todoterreno: perdimos porque la derecha es mala y manipula a idiotas y gente de mierda que un día se hizo fascista. La situación es muy curiosa porque gente que siempre fue progresista hoy es considerada fascista, y se la acusa de haberse corrido a la derecha. Y, sin embargo, están en el mismo lugar: es el progresismo el que se ha corrido hasta posiciones indefendibles, ni siquiera hacia la izquierda, sino mas bien hacia un lugar alejado de toda realidad donde solo se beneficia una secta de esclarecidos con kioskos y subsidios legitimados por el canon de la corrección política.

Dicho esto, quiero introducir dos elementos más. Supongamos que efectivamente, el “Woke 1 was crazy” supone un arrepentimiento. ¿Qué ocurre con las personas que fueron damnificadas por estas políticas y qué costo pagarán aquellas que conscientemente se beneficiaron de ellas? Ni siquiera hablamos de cuestiones económicas aun cuando merecerían ser tomadas en cuenta. Pero dejemos de lado ese asunto: los que iniciaron este delirio, ¿tendrán el derecho a determinar en qué momento se clausura el proceso y a olvidar el daño? ¿Aceptarán esos mismos responsables que la versión más caricaturesca y radical de la derecha en las últimas décadas sobrevino por el wokismo, es decir, por el énfasis en políticas identitarias minoritarias que abandonaron las agendas materiales de las mayorías para discutir si debemos hablar con la E o si una mujer trans puede entrar a un baño de mujeres? Esta supuesta evolución ideológica/arrepentimiento, incluso si no fuera oportunismo, ¿conlleva una amnesia política? ¿Se van a presentar a elecciones sin más, con una sonrisa adolescente, afirmando “sí, it was crazy”?  

Segunda y última cuestión a propósito de “Una pregunta para los ex-Woke: ¿de qué se arrepienten exactamente?”, un artículo de Carlos Lozada publicado en Infobae, original de The New York Times.

 

En tanto, el título es lo suficientemente descriptivo, solo citaré algunos pasajes:

 

“Si ahora pueden descartarlo todo con tanta ligereza (…) ¿cuánto de eso creían realmente en aquel entonces? ¿Cuánto era convicción, cuánto era pose, cuánto era pensamiento grupal, cuánto era miedo?

Si lo creías, abandonarlo ahora requiere algo más que una sonrisa avergonzada. Si no lo creías y, sin embargo, lo proclamabas con tanta pasión, con tanta pretensión de claridad moral, con tanto desdén por las perspectivas contrarias, entonces lo mínimo que puedes hacer ahora es reconocer esa disonancia. Debes explicar el cambio, no solo justificarlo.

Algunos escritores y pensadores han admitido que apoyaron ciertas verdades progresistas —o no las cuestionaron— porque se sentían intimidados por su público o porque temían por sus carreras. Espero que la clase política también muestre un mínimo de responsabilidad intelectual.”

El tiempo dirá si se trata de un arrepentimiento genuino o una simple estrategia de marketing para un retorno virulento. Clarificar esto es urgente porque en el vértigo de la insatisfacción democrática, que alterna por insatisfecha más que por republicana, el péndulo puede volver rápidamente a la izquierda progresista, incluso en su cara más radical. Ya sabemos cómo funciona el mundo: nadie se hará cargo y todo seguirá sin más. Los que se beneficiaron callarán su vergüenza a costo cero, los damnificados rumiarán su impotencia. Quizás, lo único que estamos a tiro de desear es que, si se vuelven a presentar, al menos tengan la dignidad de pedir disculpas.      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Representantes de sí mismos (editorial del 5.9.26 en No estoy solo)

 

A propósito del apoyo de los senadores peronistas a los jueces que estarían conectados al Lawfare que Cristina Kirchner viene denunciando hace más de una década, quiero ir un paso más allá del trillado, aunque no falso, drama de la crisis de representación.

Mi hipótesis es que estamos frente a representantes del campo popular que se representan a sí mismos y que, para justificarlo presentan como colectivos lo que son intereses personales. Sostengo también que en ese movimiento del representante hacia sí se rompe el contrato de nuestras democracias modernas, el representado pierde el derecho a exigir la rendición de cuentas y solo le resta el acompañamiento silencioso y adulador a un conductor infalible. Al electorado le queda, así, aplaudir los aciertos de la conducción y reinterpretar los errores de la misma como una mera etapa de incomprensión que será saldada en un futuro cuando la inteligencia de la figura máxima revele la jugada maestra que los mortales no supimos descifrar. Ser sabio es aceptar con lealtad acrítica lo que viene de arriba; discrepar es una traición o, en el mejor de los casos, una demostración de ignorancia.

Pero antes de avanzar, despejemos rápidamente el campo de las especulaciones. No abrazo una concepción purista de la política: entiendo la rosca, la negociación, la necesidad de ser pragmático y la transa. Es parte del juego y está bien que así sea. En todo caso, y hacia allí vamos, la dificultad se plantea cuando el que rosquea, negocia, es pragmático y transa, hace todo eso mientras levanta el dedo acusador de policía moral de la política. Y las dos cosas al mismo tiempo no se pueden, o no se deberían hacer.

Un segundo elemento aclaratorio: las eventuales críticas que aquí aparecerán al sector conducido por Cristina Kirchner no son parte de la interna con Kicillof. Muchos comunicadores del campo popular, vamos a suponer que por convicción, aprovechan los errores del kirchnerismo duro para sumar en esa interna. Una vez más, está muy bien que así sea pues esa es, precisamente, la lógica de las internas. Sin embargo les adelanto mi posición: creo que es vergonzoso el modo en que el cristinismo horada la candidatura del gobernador por razones estrictas de ambición personal, narcisismos y cargos; pero Kicillof, aun con sus virtudes, que no son pocas, sigue sin hacer autocrítica de su responsabilidad en el espacio K, digamos, en los últimos 12 años; no se le conoce una canción nueva; sus discursos son repetitivos y anacrónicos, e, ideológicamente, su gestión repite todos los clichés progres de la gestión de Alberto.      

Dicho esto, retomemos el punto de partida, esto es, la votación de los jueces en el Senado con el caso Yadarola en el centro. Todos sabrán de qué se trata: un juez que había sido señalado públicamente por CFK como parte del Lawfare, acusación que parecía tener buenos fundamentos independientemente de cómo se resolvió en la justicia, es votado por los senadores que ella misma conduce. La primera reacción es casi de manual: o CFK llegó a un acuerdo político o ya no conduce. Con el correr de las horas, se fueron conociendo detalles y tomó fuerza la primera opción. Su gran alfil, Juliana di Tullio, llegó a hablar de “decisiones políticas institucionales del Senado” con la soberbia de quien cree estar pronunciando una fórmula inexpugnable. En ese mismo posteo señaló a dos periodistas “aliados” que están muy bien señalados pero que no pueden ser “los malos” solo cuando, por un instante de extravío, dejan de repetir el mantra de la conducción.

El episodio di Tullio, que recibió cataratas de reclamos y mensajes de los militantes propios y de usuarios independientes, es uno más de una secuencia que se viene repitiendo con asiduidad últimamente. Wado de Pedro también reaccionó de mala manera cuando se le consultó acerca de su responsabilidad, como ministro, en los acuerdos con la empresa israelí Mekorot para la gestión de recursos hídricos en algunas provincias, o su foto, en la puesta en escena montada por Daniel Hadad, al lado de Borinsky, otro de los jueces señalados como parte del entramado del Lawfare. Más allá de las razones expuestas, el argumento recae siempre en un “con mi trayectoria y mi historia personal, ¿quién tiene el derecho a dudar de mí?”

Asimismo, días antes, el affaire Fernández Sagasti, que empezó como tragedia y terminó como farsa, comenzó con un reclamo sensato de la senadora que fue expuesto por la tropa propia como un ataque a la senadora por su condición de mujer y futura madre, y devino una cruzada por el federalismo en un momento en que “la patria estaba en peligro”. Resuelta la votación de antemano, ni los propios senadores le votaron a favor y quienes luchaban con la senadora por liberar la patria de la opresión posteando en Twitter hicieron mutis por el foro. Atrás había quedado un posteo de Lucía Cámpora chicaneando a los militantes que también había levantado mucha polvareda. Por cierto, en una de esas grandes ironías de la vida, Fernandez Sagasti, que en cuestión de horas había alcanzado un nivel de visibilización única, no tuvo mejor idea que, tras el desplante de los propios, promover un proyecto de ley para que las mujeres embarazadas, que tuvieran una contraindicación médica que les impida viajar, pudieran votar telemáticamente. Ninguna otra contraindicación médica es incluida en el proyecto. Solo la que la afectó a ella. Es decir, creó un proyecto “para sí” más allá de que no pudiera usufructuarlo personalmente porque se le ocurrió tarde, justamente, porque se le ocurrió cuando le pasó a ella.  

Detengámonos en este punto para introducir algunos elementos conceptuales que anticipé al inicio. Me refiero a la idea de una nueva camada de representantes de sí mismos. La primera observación podría ser que no hay aquí ninguna novedad y que estamos ante uno de los tantos casos en el que el representante actúa de manera egoísta y persigue sus propios intereses. En figuras de la derecha, esto es un clásico. Sin ir más lejos, cuando se avanzaba con el proyecto de abrir el juego a la compra de tierras sin límites por parte de extranjeros, uno de los legisladores tenía una empresa que se encargaba de ese negocio. No más preguntas, señor juez.

Pero en la lógica del representante progre, estamos ante algo un poco más sofisticado: es alguien que pierde la capacidad de distinguir entre sus intereses particulares y los intereses de aquellos a quienes representa. La derecha gobierna para sí sin culpa porque en el fondo tiene una concepción jerárquica del mundo, de la política y de la Verdad. El progre también gobierna para sí, pero con culpa. Entonces tiene que hacer un giro más complejo y reinterpretar de la peor manera el “lo personal es político”. Así, un problema del legislador pasa a confundirse con un problema de todos, cuando era simplemente un problema personal del legislador. Y sí, hay que decirlo: a veces lo personal no es político. A veces es un problema tuyo. No es la culpa del sistema, ni del poder o de las estructuras de no sé qué. Es tuyo. No representa a nadie más que a vos. Deal with it. 

Asimismo, les comentaba que hay un cierto tufillo aristocrático en esto de “nosotros no nos equivocamos, si no entendés es porque estamos ante una jugada maestra que ya se revelará”. Hay una dirigencia esclarecida que en todo caso a veces muestra la carta y a veces las esconde, pero siempre juega bien. A la crítica se la despeja con un “ustedes son demasiado negros para entender”. Pero no solo eso: también “ustedes son demasiado negros” para exigirnos explicaciones. No se puede dudar de Wado, no se puede dudar de Di Tullio y lo que es peor: ni siquiera se les puede pedir explicaciones porque ello es tomado como una ofensa. Es un giro propio de estos tiempos identitarios. Dudar, discrepar o exigir una aclaración es visto como un ataque personal, y no como un ejercicio sano de democracia y de control de parte de los representados para con los representantes. ¿O será que los populares creen que la democracia se reduce a ir a votar cada dos años y aceptar todo lo que el representante diga como si el mandato fuera un cheque en blanco? Esta suerte de privatización del poder político, de contrato irrevocable e irrevisable, no parece encajar fácilmente en una tradición popular, por cierto. 

A propósito de lo popular, aquí no estamos simplemente ante el modelo populista de identificación del líder con el pueblo cuya consecuencia es que cualquier crítica hacia el liderazgo se transforma en una crítica contra la voluntad popular. A veces lo hacen pero no se animan a tanto porque nos mearíamos de risa si alguno de los involucrados nos viniera a hablar en nombre del pueblo. Pero entonces hacen un giro: no es que sean indemnes a la crítica porque encarnan la voluntad del pueblo; es que si los criticas le haces el juego a la derecha y sos cómplice de los malos. Sí, sos vos y no los que gobernaron como el culo, el culpable de que gane la derecha. Así que debes manejarte como un dirigente político que defiende los intereses partidarios, pero sin recibir ninguno de los beneficios de un dirigente político. Así, un senador y cualquier boludo de a pie se encuentran al mismo nivel de responsabilidad contra “la nenecha mala”. Por lo tanto, es mejor que te calles.

Por último, algo bastante perverso en esta idea de que “Después de todo lo que hicimos por vos, ahora no podés cuestionarnos”. No se trata de una afirmación insensata. Por el contrario, la trayectoria es algo que todos evaluamos y a veces es injusto reducir a un dirigente a una decisión. Pero esto no significa que debamos dejar de lado la crítica por los aciertos del pasado. Esto vale para todos: para los 4 de copas cuyo único mérito es lamer las botas de la conducción y para la propia CFK que ha tenido grandes aciertos y que paga una condena injusta por una causa insostenible pero que también parece, hace tiempo, haber devenido una representante de sí misma, casi siempre vinculada a su situación judicial (hasta llegó a decirse que su decisión de ponerlo a Alberto obedecía a la supuesta habilidad del presunto operador judicial, para disipar los riesgos de ser llevada a la cárcel. El resultado ya lo conocemos, por cierto).

Retomando nuestro eje, en esta lógica, las conquistas del pasado, son presentadas como una obligación de lealtad eterna. El vínculo representante-representado es sustituido por el vínculo acreedor-deudor y frente a esta casta de representantes, los votantes no somos ciudadanos ni militantes con espíritu crítico y derecho a exigir rendición de cuentas: solo somos deudores por lo que alguna vez nos dieron y porque los que están ahora, antes que dar, nos sacan.   

Frente a los impolutos comisarios de la moral para los que cualquier interpelación es un agravio personal, el traidor, el desagradecido, el que recibe pauta, opera en la interna o es un ignorante, nunca está en las propias filas. Siempre está afuera. Siempre es el otro.    

 

 

viernes, 28 de agosto de 2026

Gobernar es insultar (editorial del 29.8.26 en No estoy solo)

 

Esta semana, el presidente Javier Milei estuvo twitteando durante ocho horas seguidas una catarata de insultos e improperios a usuarios y periodistas de medios tradicionales. Aunque la intensidad y la extensión es llamativa, no se trata de una práctica novedosa. Según un informe de FOPEA, entre el 10 de diciembre de 2023 y el 15 de septiembre de 2025, el presidente argentino hizo 113.649 posteos entre originales y compartidos, de los cuales 16.802 contenían insultos, esto es, un 15,2% del total. “Kuka” encabeza la lista con 2286 menciones; le sigue “casta” con 1815; “delincuente” está en tercer lugar con 1023; “mandril” ocupa el cuarto puesto con 904 y luego, ya con menos de 700 menciones, aparecen “corrupto”, “ensobrado”, “violento”, “degenerado”, “mentiroso” y “terrorista”.   

Desde este espacio vamos a evitar caer en el tono serio y el gesto adusto que advierte sobre los peligros que esta dinámica trae aparejada para el bien de las instituciones. No porque sea falso sino porque es un lugar común pero, sobre todo, porque es una crítica que no interpreta el espíritu de época.

Es que el periodismo libre es muy importante y preferimos un debate público en buenos términos, pero también consideramos que unos cuantos periodistas impunes capaces de arruinar la vida de personas y de hacer operaciones de prensa, bien merecen, al menos de vez en cuando, un recordatorio de su carácter humano. La vida pública tiene esto y una puteadita no se le niega a nadie. Hay que bancarse la pelusa o dedicarse a otra cosa.

La pasión por el insulto que exhibe el presidente puede analizarse desde diferentes ángulos. Probablemente el más evidente sea pensarlo en el marco de la nueva forma de comunicación típica de líderes antiestablishment. Si el sistema de reglas incluye una burocracia pacata de buenos modales preocupada por nombrar sin ofender a nadie, en la cruzada mileísta por la libertad, el insulto es un aspecto más de la batalla contra la casta y la confirmación de aquello que el votante valoró: su presunta autenticidad. Milei putea como puteás vos y cada vez que un periodista se victimiza, el espíritu plebeyo e igualitarista de la revolución mileísta encuentra allí un privilegio.

Pero lo más importante es que el insulto constante puede ser una forma de redefinir una forma de ejercer el poder. El ideal del estadista pos segunda guerra mundial era el hombre moderado, racional, el que sabía encontrar el justo punto medio, etc. Bajo el horizonte de la tradición liberal-republicana, donde la concentración del poder es el problema, el liderazgo de la segunda mitad del siglo XX demostraba su grandeza controlándose. Se trataba de un atributo personal dentro de un sistema de equilibrio de poderes. En los nuevos liderazgos, el poder se ejerce chocando contra los límites institucionales y exhibiendo la total carencia de autocontrol. La moderación aparece así como una impostación y una defección frente a la casta.

En el caso particular de Milei, además, parece haber una necesidad complementaria de ser reconocido y de establecer jerarquías. Aun a riesgo de cierta psicologización de la política que siempre trato evitar, es evidente que en esta búsqueda de ser valorado y erigirse en un pedestal de supuesto saber (algo que no ha sido refrendado por su carrera académica), el insulto ocupa un lugar central. Analíticamente podemos distinguir dos movimientos porque, al insultar, se está nombrando, categorizando y etiquetando, pero, al mismo tiempo, se está jerarquizando: quien es denominado “mierda humana” es categorizado, recibe un bautismo ontológico, pero a la vez, es degradado. Una mierda humana no puede formar parte del debate público, está excluida de la comunidad y, automáticamente, es ubicada en un lugar de inferioridad.

En estos tiempos donde la cultura hegemónica es dominada por el constructivismo lingüístico que cree poder cambiar el mundo con palabras, un tipo como Milei, mucho más cómodo en el mundo de los números, la virtualidad, el laboratorio y la retracción social, brinda su batalla cultural buscando erigirse como el gran enunciador, aquel que demuestra su poder nombrando y categorizando. Es el trillado pasaje de Alicia en el país de las Maravillas en el que Humpty Dumpty le muestra a la protagonista que el significado de las palabras no depende de la sociedad sino del poder. Al nombrar insultando, entonces, Milei quiere demostrar que es el que manda y que es él el que determina las jerarquías.

Desde otra perspectiva, naturalmente, se puede pensar el insulto como una forma de irrumpir en la dinámica comunicacional actual donde lo único que se disputa es la atención. Puede que sea cierto, pero tampoco veo allí una estrategia sistemática. Una vez más, de Milei se podrá decir de todo, pero nadie afirmará que es inauténtico. Con todo, me interesa otra perspectiva de esta forma de comunicar y pensar el insulto presidencial como un acto de comunicación que apunta menos al sujeto insultado que al observador. Y no me refiero a su obvio efecto en terceros en el sentido de fomentar autocensura. Eso es evidente. Pero quizás haya otro efecto más interesante en el sentido de que el presidente crea una suerte de teatro de poder, una escena de humillación pública para goce de terceros. Son los millones de usuarios festejando cómo alguien (en este caso, el presidente) “doma” a su víctima.  El destinatario gramatical es el periodista, economista, político, etc. Pero el destinatario político es la audiencia que mira cómo el presidente humilla. El adversario es casi un objeto escénico modelado por el poder. Digo esto advirtiendo que jamás encontrarán en estas líneas la crítica buenista de Milei como un gobernante cruel, pues, en todo caso, crueldad (y cinismo) era también hablar de Estado presente con más de 200% de inflación.

Dediquemos los párrafos finales a la comparación con Alberdi. En éste existía un ideal utópico que se efectivizaría trasplantando inmigrantes y, con ello, sus hábitos. Se necesitaba producir una nación partiendo del vacío republicano de nuestras tierras.

Milei es, también, claramente, un utopista refundacional que quiere producir una determinada sociedad. En este caso, no lo hará con inmigrantes sino desde la batalla cultural que en el ensimismamiento del presidente y su dificultad para el vínculo social, se da en el ámbito del lenguaje. Nombrar insultando, categoriza y jerarquiza, establece quiénes pueden ser escuchados y quién está arriba y abajo. La única redistribución que propone Milei es la de la humillación de todos aquellos que osen criticarlo en una dinámica de purga interna que lo lleva a la unanimidad del sí mismo. Ese teatro de la humillación, crea espectadores antes que ciudadanos, idiotas en el sentido clásico, esto es, individuos que no pueden salir de sí mismos y desprecian la cosa pública. Esto, por cierto, no se expresa solamente en la tropa mileísta: la izquierda se viraliza con videos bizarros “anticapialistas” de consumo irónico y buena parte de la militancia peronista devino sommelier de streamings, su territorio es el celular y su contacto con la realidad alguna anécdota personal en una aventura antropológica por el conurbano.

Algunos meses atrás, el presidente había prometido no volver a insultar. Faltó a su palabra. La razón es simple: es su manera de gobernar.

viernes, 21 de agosto de 2026

Murió la verdad. Murieron los hechos. Murió la verosimilitud (publicado el 23.8.26 en www.disidentia.com)

 

Durante 18 años, Jean-Claude Romand hizo creer a su familia y amigos que era médico e investigador de la OMS en Ginebra. La realidad era bastante diferente: había abandonado los estudios de medicina, no tenía trabajo y pasabas sus días vagando, en coches, plazas, tomando café, leyendo el diario. Se sostenía estafando con dinero a amigos y familiares a los que convencía de realizar supuestas provechosas inversiones. Diversas circunstancias hicieron que su gran mentira estuviera a punto de descubrirse y allí tomó una decisión estremecedora: asesinó a su mujer, sus dos hijos y sus padres. Luego intentó suicidarse incendiando la casa, pero en este caso falló y llegó a ser rescatado. Con esta historia, Emmanuel Carrére creó su famoso libro El adversario. 

Jason Arday se suicidó el 14 de agosto. En este caso, afortunadamente, no atentó contra su familia, pero es de suponer que no pudo soportar el escarnio público que lo atravesaba tras conocerse flagrantes mentiras sobre las cuales había construido una vida profesional y pública.

Arday era un profesor de Cambridge que era presentado por las autoridades como el académico negro más joven en alcanzar el estatus de profesor en aquella casa de estudios. Pero su arribo a Cambridge fue el corolario de un largo proceso que comenzó con apariciones en medios de comunicación siempre como ejemplo de resiliencia y superación. Sin ir más lejos, fue seleccionado para portar la antorcha olímpica en Londres 2012 porque su ejemplo era inspirador y son incontables sus participaciones en entrevistas en la BBC, por ejemplo. Es que la historia de Arday era de película: afirmó ser diagnosticado con autismo a los tres años, no poder hablar hasta los 12 y haber aprendido a leer y escribir a los 18 años. Además, se presentaba como un eximio atleta que llegó a correr 30 maratones en 35 días, nueve de ellas, con una pierna fracturada, siempre con afán benéfico por el cual habría conseguido recolectar cinco millones de libras. Arday era el emblema perfecto para el discurso hegemónico progresista y, su llegada a Cambridge, la coronación y una forma de expiación cultural: el negro neurodivergente que se supera y se realiza en esta tierra que brinda oportunidades iguales a todos, más allá del color de piel. Un presente ficticio para enterrar una historia de colonialismo y discriminación real.   

Además de la poco creíble lista de padecimientos ya enumerados, Arday afirmó haber participado de un programa de TV de los años 60 cuando él nació en 1984; haber sido profesor invitado en universidades de Escocia, Estados Unidos y Sudáfrica, además de profesor honorario en Durham University, cargos que fueron desmentidos por las respectivas casas de estudio. Aparentemente también sería falsa la obtención de un master en psicodynamic counselling, como así también habrían sido inventadas supuestas amenazas contra él y su familia (la colocación de cabezas de cerdo en la puerta de sus padres, amenazas racistas, un stalker y otros episodios que The Free Press investigó sin conseguir evidencia policial o documental que lo avalen).  

Sin embargo, claro está, semejante inverosímil historia llamó la atención, especialmente en el ámbito académico, y empezaron a circular rumores de plagio además de dudas acerca de los cargos y logros expuestos en su currículum. En lo que se puede reconstruir, en 2025, el periodista Jack Grove, de Times Higher Education, investigó acusaciones de plagio, pero su investigación no llegó a publicarse tras la intervención de los abogados de Arday. En este caso, el niño prodigio, encarnación de la bondad en el mundo, actuó con toda la fuerza de la ley para censurar la investigación que avanzaba en su contra. Asimismo, en julio de 2026, el académico Nathan Cofnas hizo públicas nuevas acusaciones de plagio. Los antecedentes de este académico, señalado como supuesto confeso antisemita, rápidamente sirvieron para que Arday y quienes lo defendían instalaran la idea de una persecución racista, pero abrieron la puerta para que algunas de esas acusaciones fueran investigadas y ampliadas posteriormente por The Times. Allí el caso explotó y desencadenó los hechos: Cambridge se vio obligada a anunciar una nueva investigación sobre Arday y su trayectoria académica, él renuncia a su cargo, y, algunos días después, se mata.

Comencé comparando el caso de Romand con el de Arday, justamente porque resultaban incomparables. En el primer ejemplo, alguien puede sostener una mentira así durante 18 años en un mundo sin redes y viviendo una vida anónima donde su universo es el universo de su familia y amigos. Es insólito que hubiera podido sostener una mentira tanto tiempo, pero es verosímil y, de hecho, logró hacerlo. Pero el caso de Arday es distinto: cualquiera que leyese sus historias se daría cuenta rápidamente de que es un fabulador, con el agravante de que estas historias eran públicas, tanto como sus antecedentes profesionales, etc. Arday mentía y la mentira estaba expuesta todo el tiempo. Es más: la fábula debía ser evaluada por instituciones que poseen los más altos estándares. Y sin embargo… la farsa continuó.  

Mi sospecha es que esto es posible porque no solo ya han muerto la verdad y los hechos: también ha muerto ya la verosimilitud. En otras palabras, ya sabemos que en esta era donde el lenguaje crea realidad y hablar de verdad es fascista, los hechos son los que indican el algoritmo y los que confirman prejuicios. Pero la defensa cerrada e insólita que el mundo woke está haciendo de Arday demuestra que también la verosimilitud y la sensatez se han sacrificado en aras de la ideología. La realidad no podía arruinar una bella historia, incluso cuando se tratara de una mentira.    

Así, no solo durante el proceso circunscribieron todo a un ataque de la derecha racista, sino que, tras la muerte, hablan de una confabulación desde los medios de comunicación contra Arday, una víctima sensible que no pudo soportar el acoso. El delirio llega a tal extremo que a la movilización pública en Trafalgar Square para honrar su memoria, se le puede agregar una petición en Change.org titulada: “Proposal for Arday’s Law: a limit to articles published on one person within a timeframe.”

La propuesta pide acción legislativa para limitar el número de artículos periodísticos que pueden publicarse sobre una misma persona dentro de un período determinado. El argumento es que una concentración excesiva de cobertura puede producir una presión pública desproporcionada y daños personales. Si pensamos que se trata de una iniciativa marginal de usuarios con tiempo libre adoradores de un fascismo progresista en nombre del bien, deberíamos indicar que el 18 de agosto hubo una declaración de apoyo a la propuesta publicada en la página oficial de Amnesty International UK, firmada conjuntamente por sus redes de Disabled People's Human Rights, Student Action, Anti-Racism, Feminist y Queer Rights.

El número mágico que anda circulando es el expresado por Diane Abbott quien indica que entre el 24 de julio y el 14 de agosto se publicaron 249 artículos sobre Arday en 15 grandes medios británicos, y que 188 aparecieron durante los nueve días posteriores a su renuncia, entre el 5 y el 14 de agosto.

Hace tiempo que el progresismo, embanderado en su supuesta lucha contra los lenguajes de odio, coquetea con la censura contra todo aquel discurso que señale a los propios, pero no deja de ser curioso que sea ese mismo progresismo el que exija un límite al acoso y a la cacería sobre una persona. La razón es que ha sido el propio progresismo, y no la derecha, el impulsor de la cultura de la cancelación y de la muerte civil de personas bajo la lógica del ataque en forma de enjambre mediático-cibernético. Y, sí, claro, esa dinámica es la que ha provocado innumerable cantidad de suicidios a pesar de que en muchos casos se trataba de acusaciones falsas.

Pero, a favor de Arday: ¿cómo alguien no va a fantasear con plagiar y mentir sobre un número delirante de proezas si, desde la derecha se habla de hechos alternativos y, desde la izquierda, se ha instalado que la realidad y la identidad de las personas depende del lenguaje y la percepción. Dicho de otro modo, si podemos crear cosas con palabras, si puedo ser algo solamente por decir que lo soy, ¿por qué no voy a ser doctor sin haber hecho una tesis? ¿Por qué no voy a correr nueve maratones con la pierna quebrada?

Es más, si la meritocracia ya no existe y solo hay cupos identitarios, ¿qué sentido tiene llenar un CV con logros profesionales? A nadie le importa el doctorado de Arday: él estaba ahí por no ser “hegemónico”, y por haber dicho que hacía caridad, que fue diagnosticado con autismo, que tuvo dificultades para hablar, leer y escribir, etc. Los CV devienen así listas de padecimientos y no de logros. De las tesis, los libros, etc., nos interesa solo la identificación del tesista. Los concursos ya no evalúan conocimientos sino biografías. El varón blanco heterosexual es malo; todo lo otro es bueno, está en la verdad y nunca miente. Por eso no se puede admitir la mentira de Arday: porque identitariamente le está vedado la mentira, en este caso, por ser negro, pero lo mismo le hubiera ocurrido si perteneciera a otra “minoría”. Las minorías no mienten. Por eso es tan importante calificar como tal.    

Y ahora un párrafo para las instituciones. Claro que la responsabilidad es de Arday, pero aquí hubo todo un sistema que le dio lugar, que lo encumbró a pesar del delirio que presentaba, que lo protegió y que va a hacer de él un mártir para no dar el brazo a torcer, para no desnudar que todo este gran delirio colectivo es responsabilidad de las instituciones, las encargadas, por definición de dotar de racionalidad al orden social. Locos, mentirosos, psicópatas han existido siempre, pero las instituciones tenían los anticuerpos para detectarlos y ubicarlos donde merecen. Ahora hay un sistema que los protege, los encumbra y, por ello mismo, los incentiva porque, con el apoyo institucional, también obtienen legitimidad social. Si la mentira no tiene costo social ni jurídico y hasta puede llevar a la persona en cuestión a gozar del beneficio del reconocimiento social, estamos ante un escenario demasiado tentador para determinado tipo de personalidades y enormemente dañino si de lo que se trata es de construir un universo común con la justicia, la igualdad y la paz social como pilares.

Si ni siquiera lo verosímil puede formar parte de una discusión común y funcionar como base de acuerdo para el debate entre polos, episodios como este confirmarán una y otra vez el avance demencial del relativismo posmoderno que ya se había cargado la verdad y luego había secuestrado a los hechos para someterlos al arbitrario terreno de la pura interpretación y el lenguaje creador. Cada evento será un disparador de los marcos que representan a los polos y cada uno jugará su batallita en la guerra cultural donde todos quieren convencer, pero nadie acepta poder ser convencido.   



 

viernes, 14 de agosto de 2026

Yo voto al Cara de tacho de basura (publicado el 15.8.26 en www.disidentia.com)

 

El líder populista es denunciado por corrupción y, en tanto tal, no tiene mejor idea que renunciar a su cargo de diputado del parlamento británico para, de esa manera, forzar una nueva elección, volver a presentarse y demostrar que “el pueblo” está por encima de la ley.

La estrategia es advertida por los partidos de mayor peso que deciden no presentarse para hacerle el vacío y quitarle legitimidad a la jugada. Aun así, un número récord de 33 candidatos decide hacerle frente, pero hay uno en particular que sobresale: Count Binface, o el Conde Cara de tacho de basura (CCTB), un personaje creado por un humorista que se presenta como un guerrero intergaláctico que porta un extraño traje metalizado coronado, precisamente, con un tacho de basura en su cabeza. Parece un sketch de los Monty Python o el argumento de una serie distópica, pero es real y acaba de ocurrir esta semana: el renunciado diputado en cuestión es nada más y nada menos que Nigel Farage, el líder popular que muchos señalan como el hacedor del BREXIT; el lugar es la pequeña ciudad de Clacton, y CCTB es la invención de Jon Harvey, el humorista que una vez más incursiona en política con su personaje. La novedad es que esta vez las encuestas más serias llegaron a darle, en los días previos a la elección, hasta un 20% de la intención de voto.

CCTB ha lanzado un manifiesto con 20 propuestas en el que se combinan desde las más delirantes a algunas bastante más serias. Entre ellas:

Impulsaré la economía, el prestigio y la fama de la región; reduciré tus impuestos y aumentaré los de todos los demás; las tarifas de autobús tendrán un tope de £1,99, y los helados 99 Flake no costarán más de 99 peniques; los diputados que renuncien a mitad de mandato tendrán prohibido presentarse a la elección parcial resultante; me comprometo a construir al menos una vivienda asequible; los juegos de máquinas de arcade en los que hay que agarrar objetos serán hechos más justos, para que los jugadores realmente tengan posibilidades de ganar; un impuesto extraordinario sobre las novelas policiales de ambiente acogedor escritas (o «escritas») por celebridades; los baches serán rellenados utilizando copias del manifiesto del Partido Laborista de 2024; el Parlamento será trasladado a mi nueva sede en un contenedor de basura en Weeley, mientras el Palacio de Westminster es restaurado, y [promoveré] un referéndum sobre si Plutón debería recuperar su condición de planeta.

A propósito de series distópicas, lo primero que se viene a la mente ante un hecho como este es el ya mítico capítulo de la segunda temporada de Black Mirror: The Waldo Moment

Allí el protagonista es Jamie Salter, un comediante fracasado que trabaja dando voz y movimiento a Waldo, un oso azul animado generado por computadora. Waldo aparece en un programa satírico de televisión y se dedica a entrevistar a políticos, básicamente ridiculizándolos y haciéndolos quedar en evidencia. El quiebre se produce cuando el productor tiene la ocurrencia de instalar una presunta candidatura de Waldo aunque más no sea como forma de publicidad. Sin embargo, la gran sorpresa es que Waldo comienza a recibir el apoyo ciudadano en tanto encarnaría el hartazgo y la antipolítica radical. En lugar de votar en blanco o poner una feta de jamón en el sobre, ¿por qué no votar a un oso azul o un guerrero intergaláctico con un tacho de basura en la cabeza?

Waldo se burla de la política; acusa a los políticos de farsantes, los ridiculiza y elude el lenguaje del debate público tradicional, es decir, juega todas las cartas del cinismo clásico y del outsider, rasgos que hemos visto muy presente en líderes que, por izquierda o por derecha han encontrado eco entre los ciudadanos gracias a su prédica antisistema.   

Aun cuando, con el desarrollo de la trama, quien le daba voz a Waldo se arrepiente, el episodio muestra cómo su criatura acaba autonomizada y cómo su rol es fácilmente reemplazable. Jamie era solo un engranaje y Waldo el antisistema funcional al sistema. 

Llegados a este punto, resulta obvio conectar a Waldo con CCTB pero más interesante es notar que es Farage y ese tipo de liderazgos quienes se parecen demasiado a Waldo y a CCTB. Esto es lo que en una red social se graficaría con el meme de los hombres araña que son iguales y se señalan el uno al otro como presuntos impostores. Decir “yo no soy un político” o afirmar enfrentar al establishment choca aquí con quien, desde el ridículo, señala que ahora el líder populista es el político, que el líder populista es (también) el establishment. Si Farage se hizo popular desafiando a Westminster, a las élites, los partidos tradicionales y las instituciones, ahora le sale un outsider más outsider todavía para recordarle que él también es “el poder” o que, en todo caso, en esta elección él es “la casta” y el que ha provocado esta elección adrede para tapar, con apoyo popular, una presunta prebenda en forma de regalo de 5 millones de libras de parte de un inversor en criptomonedas. 

Luego hay otra lectura posible: frente al candidato tradicional que tiene, por lo pronto, un rostro humano, una identidad partidaria, un programa, una biografía y un discurso, CCTB es el candidato puro significante vacío en el que el ciudadano de a pie puede encarnar todas sus broncas, todo lo que quiere y merece ser tirado a la basura. En CCTB proyectamos nuestra indignación, lo mismo que suele suceder con los candidatos populistas que reciben apoyo por su presunta autenticidad o simplemente por no formar parte de la casta política como si ello, por sí mismo, supusiera ya una virtud.  

El resultado de la elección puede resultar anecdótico, especialmente porque se trata de un distrito pequeño, pero al tiempo de cerrar estas líneas, CCTB estaba superando las expectativas y obtenía un increíble 26,7% de los votos, ubicándose detrás de Farage quien había alcanzado un 62,8%. Si agregamos a esto que solo hubo una participación de alrededor del 44%, notamos que el desprestigio de la política es total pero, sobre todo, nos ayuda a imaginarnos qué es lo que podría venir el día después del fracaso del discurso antiestablishment. En otras palabras, ya se ha comprobado que existe una gran recepción para prédicas antisistema, especialmente cuando crece la insatisfacción contra el modelo de reglas tal como se construyó en Occidente después de la segunda guerra mundial. Pero si lo otro del discurso anticasta no es el regreso de la casta sino una nueva capa todavía más radical que logra diferenciarse de los que hasta ahora parecían outsiders radicales, el futuro nos deparará cada vez más casos como el de CCTB.

Miremos a nuestro alrededor: lo que era imposible 5 o 10 años atrás en el mundo hoy ya no lo es; los candidatos que eran objeto de burla ayer, son los que gobiernan hoy. Sería una apuesta muy arriesgada jugar un pleno a que, después del outsider, llegará el momento de la cordura.  

 

viernes, 7 de agosto de 2026

Sagasti, Moyano, CFK: tu representante también es la casta (editorial del 8.8.26 en No estoy solo)

 

Durante la última semana ocurrieron tres episodios distintos que muestran un fenómeno político profundo: el discurso anticasta dejó de ser patrimonio del mileísmo y empezó a operar también entre los propios votantes opositores.

El primer caso es el de la senadora por Mendoza, Anabel Fernández Sagasti. En lo personal, creo que su pedido era sensato: estaba en riesgo la vida de su bebé y parecía razonable el pedido de excepcionalidad. También era atendible quienes le espetaron que debió haber previsto esta situación, que primero la patria, que podría haber renunciado…, etc. Con todo, sigo creyendo que la senadora tenía ahí una razón de peso. Si el pedido era razonable: ¿por qué la reacción en su contra de parte de los propios militantes? Si dejamos de lado las rencillas personales y las intencionalidades, hubo gente que genuinamente salió con fuerza a criticarla. Mi hipótesis es que mucha gente vio en esa acción y en su argumentación (me discriminan por mujer, por embarazada, por vivir lejos de Capital) la búsqueda de un privilegio y la Argentina es un país con un imaginario profundamente igualitario que, además, vive una enorme crisis de representatividad. De ahí la sobrerreacción también, por cierto, más que razonable y atendible.

Seguramente algún tarado la habrá atacado por no poder controlar su misoginia, pero reducir la crítica a estos exabruptos es un error: se la atacó porque muchos militantes observaron que otras mujeres embarazadas no tienen los privilegios que tiene la senadora. El razonamiento del ciudadano y militante de a pie sería más o menos así: “tenés razón, pero andá a la mierda. Resolvelo como lo tengo que resolver yo porque si no lo hago me echan del trabajo en negro que tengo por el 10% de lo que vos ganás: porque cobrás 8000 dólares, cobrás extra por vivir en el interior, tenés asesores, vas a cobrar cuando pidas licencia porque laburás en blanco… ¿y cuando están por vender el país estás ausente y la vas de víctima por ser mujer embarazada del interior?”

Es cierto que, seguramente, en este caso puntual, puede haber habido una devolución de gentilezas contra el sector camporista que F. Sagasti representa. Ese pase de factura también es atendible porque La Cámpora heredó el discurso sacrificial de los 70 sin asumir poner el cuerpo como lo pusieron los guerrilleros. Entonces es natural que alguien piense: ustedes, los que hacen su perfo y  señalan con el dedo desde el pedestal derramando toda su moralina sacrificial para una causa donde los que siempre se benefician son ustedes mismos y que ha servido para perseguir, cancelar y “depurar” a todo aquel que no diga sí a lo que indica a la conducción, ¿son los que ahora vienen a pedir clemencia? Probablemente la indignación fue mayor porque en el discurso de F. Sagasti y en el de otros dirigentes que salieron a apoyarla, se vieron iguales cuotas de arrogancia y victimismo. En este sentido, se puede aplicar una máxima que se suele esgrimir contra el feminismo y que es una paráfrasis del histórico dirigente radical “Chacho” Jaroslavsky: atacan como empoderadas pero se defienden como víctimas.

Pero esto no es todo: el debate de los últimos días quedó en el aire cuando los propios senadores peronistas, incluyendo a los de La Cámpora votaron en contra de darle el voto a la senadora mendocina. El argumento es que esto marcaría un antecedente que favorecería al oficialismo en el futuro y la forma en que la militancia procámpora quedó pedaleando en el aire después de acusar de misóginos y traidores promileístas a todos los que criticaron a F. Sagasti, fue para alquilar balcones. Pero no es para celebrar porque son este tipo de giros pragmáticos de la política los que quiebran el vínculo con el representante. Se dirá que la política es pragmatismo y realpolitik, y eso es cierto. Pero los que dicen eso son los mismos dirigentes que venden épica principista mientras acuerdan carguitos y contratos. 

Llegados a este punto, volvemos a nuestra hipótesis: lo que parece estar en claro es que no solo el votante mileísta abrazó el discurso anticasta. También lo ha hecho el votante opositor y esto ha sucedido por múltiples razones ya harto expuestas: el fracaso de los últimos gobiernos, el shock de la pandemia, la precarización del trabajo, el vivir siempre un poquito peor… Nada que no se sepamos.

Veamos ahora el caso de Facundo Moyano: tiene todo el derecho a tomar la merca que quiera junto a su pareja, amante, acompañante, etc., como si fuera el lobo de Wall Street. Eso no es lo que molesta. Lo que jode es que siendo sindicalista, exdiputado nacional, poseedor de un apellido con mucho peso y responsabilidad entre los trabajadores en un momento en el que sus representados se cagan de hambre, nos enteremos que todas estas cosas que pertenecen a su vida privada, se realizan en un piso de la Avenida Libertador, supuestamente de su propiedad. Y ningún trabajador es capaz de acceder a un piso en Libertador, salvo para trabajos de plomería o alcanzar el servicio del champagne a la puerta.  

Facundo siempre fue de gustos caros y parecen agradarle más los DJ que los bombos, pero algo del orden del pudor y la decencia es necesario. Ser y parecer. Hacer sin mostrar. Por respeto a quienes dice representar, al menos.  

¿Desde qué lugar los sindicalistas que viven en Avenida Libertador pueden alcanzar un mínimo de legitimidad para decir “no a la reforma laboral”? ¿Desde qué lugar esos tipos pretenden representar a los precarizados y pedir su voto? ¿Acaso ustedes creen que el discurso antisindical abrazado por buena parte de los sectores populares es un ejercicio de manipulación hipnótica impulsado por una campaña en redes sociales?  

Por último, ese mismo desgaste entre representantes y representados también puede observarse en la relación entre Cristina Fernández de Kirchner y una parte de su propio electorado. La magnitud de los dirigentes es incomparable pero el fenómeno es el mismo aun cuando sus seguidores y quien escribe estas líneas considera que la causa que la mantiene presa y proscripta está llena de irregularidades. Pero de ahí a suponer que hay que ir a votar por “Cristina libre” hay un salto, un nuevo sacrificio que exige una dirigencia que ya no interpela porque la gente observa, desde hace muchos años, que esa misma dirigencia no da respuesta. Entonces, el argumento “liberando a Cristina vas a vivir mejor” no es un argumento que se vea con tanta claridad porque con Cristina libre, en los últimos años, no vivimos mejor. Más bien, podría decirse que muchos de sus errores explican la actualidad. No toda, claro. Pero sí una buena parte. En este sentido, los ataques contra Kicillof y la maniobra judicial en la ONU que, más allá de su efectividad en lo que respecta a su situación procesal, tiene como finalidad política retener la centralidad y joder la candidatura del gobernador de la Provincia y de cualquier otro osado, suma un poroto más a la bronca. Llegado el caso, el convencido votará igual, pero está harto de que lo tomen por idiota y de que encima lo psicopateen con moralina y culpa. Una Cristina libre seria un acto de justicia, pero de ninguna manera garantiza que la gente viva mejor. ¿Con qué motivación se acerca ese votante a la urna si en ningún momento le hablaron de cómo mejorarle la vida?

Ha sido muy interesante el poder de síntesis observado en redes durante estos días. Citaré dos posteos, uno textual y el otro de memoria para cerrar. El primero, del usuario futuro.devaluado en Instagram afirmaba “opinan como troskos, viven como menemistas, gestionan como ONG, se visten como Calle 13, flashean ricoterismo. Vivir solo casta [SIC] vida”.

El segundo, rezaba algo así como: “Todavía creen que es contra una embarazada y no contra un esquema de representatividad privilegiado, agotado y continuamente derrotista”. Es un buen resumen y agrega otro elemento que vale la pena mencionar antes del cierre: el votante opositor está harto del posibilismo, está harto de que su propia dirigencia sea Juan Domingo Perdón, harto del albertofernadismo y del oficialismo opositor de quienes lo avalaron. No comenten más; no expliquen más; no señalen más; no se hagan más las víctimas de “la nenecha”: cambien las cosas, ganen las elecciones y arriesguen algo. No nos exhiban más su circo de impotencia. Y si no pueden hacerlo, consíganse un trabajo honesto como el resto de los ciudadanos. Sus malas decisiones y sus prebendas perjudican a sus votantes, aquellos a los que les piden más y más sacrificios por causas que cada vez son más personales. Y sus vidas personales son tan importantes como las de cualquier otro, al menos en este país donde todavía queremos seguir considerándonos iguales.

jueves, 30 de julio de 2026

Javier Milei: ¿El showman que ya cansó? (editorial del 1.8.26 en No estoy solo)

 

En un sketch del ya mítico programa de humor absurdo, Todo por 2 pesos, Diego Capusotto representaba una suerte de comediante que, con diversas estrategias intentaba hacer reír a una audiencia que, poco a poco, iba enardeciéndose. El resultado siempre era el mismo: pasados unos segundos, el nivel de la actuación era tan pobre que empezaba a recibir huevazos, tomatazos y todo tipo de agresiones. El sketch se presentaba como “Peter Conchas, El showman que ya cansó”, y siempre viene a mi mente cuando alguien que sobresale por algún tipo de performance abusa de ella hasta perder la potencia inicial. Tomando en cuenta los últimos exabruptos de Milei en Brasil, ¿es, nuestro presidente, un showman que ya cansó?

Alguien dirá que es una característica de su personalidad y una fiel representación de la estética y los tipos de liderazgos de las nuevas derechas. Incluso podría agregarse que ha sido también por ese tipo acciones, y no a pesar de ellas, que logró posicionarse como candidato y luego triunfar en las elecciones. A todo esto respondería afirmativamente. La pregunta, en todo caso, es si aquello que circunstancialmente lo llevó a la victoria y a sostener un apoyo considerable de parte de la ciudadanía, es también aquello que podría horadarlo. Si este fuese el caso, la historia reciente estaría brindando jugosos ejemplos para comprender que lo que sirve para ganar, no necesariamente sirve para gobernar (Frente de Todos); y que lo que sirve para ganar y, en parte, para gobernar, quizás no alcance para reelegir.

Esta semana, leía distintas notas que se hacían eco de un fenómeno que, a priori, parece contradictorio, pero puede que, en el fondo, no lo sea. Un creciente emprendedurismo de las clases bajas que ya no esperan nada del Estado (particularmente creciente entre mujeres) y una encuesta donde jóvenes de sectores bajos afirmaban mayoritariamente ser capaces de resignar salario y tiempo a cambio de un empleo en blanco. Aun tomando estos datos con pinzas, pues a primera vista parecerían contradecir cierta tendencia mundial, lo cierto es que mostrarían que el hecho de que alguien rechace al Estado como proveedor no significa que rechace la estabilidad como valor. En otras palabras, los más vulnerables se han hartado del clientelismo (en el mismo sentido que lo plantea Milei), pero eso no significa que celebren la precarización y la intemperie (como Milei parece proponerles en nombre de la libertad). La diferencia entre ser emprendedores porque quieren o porque es lo único que pueden, se torna aquí difusa.

Extrapolado al ámbito político, no estamos descubriendo nada, entonces, si afirmamos que, aun en estos tiempos de excesos de estímulos, precarización y déficit de atención, se sigue buscando estabilidad. En este punto, la lectura que haga el gobierno es clave para su futuro. Analicemos el porqué. 

En Milei, formas y contenido iban de la mano y conformaban un combo eficaz para la denuncia: la casta es formal, adusta y seria; y en lo que tiene que ver con los resultados, distintos gobiernos empobrecieron cada vez más a los argentinos, supuestamente, utilizando las mismas recetas. Pues entonces, sacudamos lo dado desde las formas (insultos, exabruptos, extravagancias) y también desde el contenido (propuestas radicales desde lo económico con reivindicación de figuras, en su mayoría, menores y marginales).

Algo similar se observa en casi todos los líderes de las nuevas derechas: el combo “forma más contenido radical” ha demostrado ser efectivo en las urnas. Sin embargo, les comentaba, la lectura del gobierno de Milei es clave en este sentido, especialmente porque, sospecho, pueden estar haciendo el diagnóstico equivocado. En otras palabras, detrás de las formas estridentes y un contenido, por momentos, delirante e impracticable, incluso por los ortodoxos, hay buenas razones para suponer que el apoyo al gobierno de Milei se debe, sobre todo, a la estabilización de la inflación. Todavía es alta (de hecho, está más alta que en el último gobierno de Cristina) pero, al menos, parece controlada. Eso da un mínimo de previsibilidad tal como sucede en los países normales. Esa estabilidad, subestimada por las últimas versiones del peronismo, es muy importante, lo cual es una obviedad, pero es necesario resaltarlo, no sea cosa que se le siga olvidando a los líderes de la oposición que nunca hablan de ello (por cierto, ¿alguien sabe cuál es el plan de CFK y Kicillof para bajar la inflación? Y ya que tanto insisten con instalar a Bregman, probablemente, para minar a Kicillof, ¿alguien conoce el plan de la candidata trotskista para llevar la inflación a un dígito anual?  

Si la hipótesis es correcta, y lo que principalmente se valora de Milei es la estabilidad antes que su radicalidad en las formas y en el contenido, el gobierno podría estar equivocando su lectura política. Porque es cierto que, al momento de elegir presidente, la gente compró salto al vacío antes que más de lo mismo, pero de ahí no se sigue que haya comprado un permanente salto al vacío.

Hay bastantes pruebas en este sentido más allá de que el caso argentino tenga sus particularidades. En otras palabras, las sociedades pueden aceptar e incluso celebrar una política de la excepcionalidad, la transgresión y el sobresalto. Son más tolerantes a ello cuando esa dinámica provoca resultados o, como en el caso argentino, cuando, más que los resultados, en un inicio, la figura de Milei encarnó el voto de castigo y revancha contra los privilegiados (que en la guerra de pobres contra pobres fueron más los empleados estatales que los ricos).

Pero, finalizada la época de la revancha o, en todo caso, llevada a un segundo plano en detrimento del bienestar individual, la sociedad está evaluando de manera dispar los resultados del gobierno. Hay mayor estabilidad, pero la economía no arranca, los sueldos no alcanzan, el crecimiento es muy desparejo.

Por otra parte, esto ni siquiera es un problema de Milei en particular, sino lo propio de, al menos, la política contemporánea: el exabrupto en Milei funcionó como señal de autenticidad. En una época donde el único mandato es ser fiel a uno mismo, (Freud ríe desde su tumba en este momento), esa presunta autenticidad generó identificación: este loco está tan loco y enojado como yo. Me representa. Pero la transgresión funciona mientras conserve su capacidad de transgredir. Por eso es tan afectiva para denunciar al poder cuando se está lejos del mismo, pero mucho menos cuando se accede al gobierno. Es que una vez allí, la gente deja de exigir transgresión y pasa a implorar responsabilidad.

Asimismo, me permito repetir la figura del péndulo: Milei captó bien esa predisposición del electorado a reemplazar el “que se vayan todos” por el “que venga cualquiera”, pero las sociedades no van siempre en la misma dirección. De la misma manera, un conato de espíritu anarcocapitalista en los sectores bajos que históricamente apoyaron al peronismo, no necesariamente es una tendencia que haya llegado para quedarse (más bien parece no haber durado ni dos años, si tomamos en cuanta los resultados de 2025). De modo que, es posible que la respuesta a Milei sea una radicalidad opuesta pero quizás puede ser una exigencia de moderación lo cual es, también, un opuesto a la radicalidad.

La provocación permanente necesita ser renovada constantemente. Paradójicamente, Milei parece preso de una inflación de exabruptos que devalúa cada una de sus provocaciones. Volviendo por un momento a la TV, es como ese capítulo de los Simpsons donde Bart se hace famoso por una frase idiota “(Yo no fui”) y luego todo el mundo le exige “Di lo tuyo” y “Haz tu gracia”. Algo de eso se vio en su presentación en Brasil: le pusieron la canción de La Renga, él saltaba y arengaba y la gente abajo apenas si lo filmaba con su celular; algo así sucede aquí cuando estamos esperando que haga su gracia de voz de Alf al grito de ¡Viva La libertad, carajo!

Es imposible augurar si Milei será reelecto. Los números lo muestran como un candidato competitivo mientras la oposición navega en su indecisión. Pero lo que puede generar identificación y cierta legitimidad es mucho más eficaz como excepción que como régimen. Ninguna sociedad puede vivir en el sobresalto permanente ni lo desea. En determinadas circunstancias puede apoyar ese orden de cosas, pero luego exige otra cosa.

No creo que Milei gane o pierda porque insulte a Lula o haga alguna payasada. En todo caso, su reelección corre riesgo si su dogmatismo y sus características de personalidad no le hacen ver que las sociedades cambian velozmente y que las exigencias y las necesidades nunca son las mismas. Es lo que le pasaba a Peter Conchas, el único que no se había dado cuenta que su show podía cansar; el único que no se había dado cuenta que su show, quizás, ya ni siquiera era necesario.   

 

viernes, 24 de julio de 2026

Una respuesta a la “campaña” contra Argentina (editorial del 25.7.26 en No estoy solo)

 

No sabemos exactamente cuándo empezó, pero sin duda alcanzó su pico tras la exhibición de la bandera de las Malvinas. Lo podemos llamar “campaña contra Argentina”, aunque, al menos hasta hoy, no existan indicios, tan solo sospechas, de que se hubiera tratado de una estrategia orquestada por determinados intereses. Aun cuando estos existiesen, a priori me abrazo a la opción de un montón de prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, algunos con muchos seguidores y reputación, más otros tales disponiendo de sus prestigiosos medios para darles espacio a escribas igualmente prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, los cuales, a su vez, son replicados por el algoritmo en su búsqueda de generar conversación.

No hay tiempo ni sentido para exponer ni responder a todos, de modo que intentaré un resumen: el periodista Ishaan Tharoor publicó, en la progresista The New Yorker, que ya no lloraría por Argentina porque, según él, somos el establishment; fuimos favorecidos por los árbitros; carecemos de hinchas que desarrollan el “nacionalismo alegre” (SIC) como el de los noruegos que reman y los japoneses que limpian;  poseemos simpatizantes que respondieron con insultos racistas las provocaciones de un muchacho influencer cuyo único mérito es reaccionar y poner cara de pelotudo frente a su cámara, y por tener a un periodista como Eduardo Feinmann que insultó a los mexicanos (sí, eso salió publicado en The New Yorker). El autor es columnista de Foreign Affairs pero sus análisis parecen simplemente proyectar los problemas y las presuntas soluciones del primer mundo como si tuvieran validez universal. No hace falta, porque se ha respondido largamente, explicar por qué Argentina no es un país donde haya un racismo estructural (aunque le duela a Samuel Jackson, ciudadano de un país que tuvo una guerra civil para sostener la esclavitud, que hasta hace unas décadas avalaba legalmente una política de apartheid contra los negros, y que un par de años atrás le mostró al mundo que Black Lives Matter). Lo cuentan los propios extranjeros que viven en Argentina y se puede entender leyendo un poquito de historia: Argentina tendrá un sinfín de problemas, pero es ejemplo de integración con oleadas de migrantes que llegaron, de repente, con idiomas, costumbres y religiones diversas.

Lo mismo con la insólita pregunta que ya había lanzado The Washington Post cuatro años atrás preocupados por la ausencia de negros en el primer equipo argentino. El progresismo nos pone un contador de negros al tiempo que hace un batido entre un Sarmiento analizado extemporáneamente y el mito de Hitler en Argentina, para ver segregación donde solo hubo una milagrosa integración. Podrían haberlo entendido fácil si hubieran echado un vistazo al hecho de que Argentina no recibió tantos negros como otros países sudamericanos por su estructura productiva, sumado a que, los que había, o bien murieron en batallas o por enfermedad (incluso estoy tentado a afirmar que si murieron así no fue por negros sino por pobres. En otras palabras, hubo allí más clasismo que racismo). Los que sobrevivieron se mezclaron.

Nuestra historia no es un camino de rosas, pero quienes salen a señalar con el dedo deberían avergonzarse de la propia. Es más, si Francia (por citar solo un caso) tiene tantos negros en su equipo es, justamente, porque fueron y siguen siendo colonialistas, no por un afán integrador. Los migrantes que llegaron y llegan a Argentina obtienen su ciudadanía porque fuimos y somos un país abierto y no porque lavemos la culpa pretérita de haber colonizado y esclavizado pueblos enteros al tiempo que condenamos a guetos a sus descendientes. Aunque eso sí: reconozcamos que esos países derivan ingentes sumas de dinero a recordarnos que el racismo está muy mal y que no hay que decir la palabra “negro”. Y sí, claro, el nuestro no es un nacionalismo alegre como le gusta al autor, ese nacionalismo funcional al globalismo que reduce las identidades al plato de comida típico para consumo de turistas. Le pedimos disculpas pues, parafraseando a Silvio Rodríguez, el nuestro es un nacionalismo candidato a la omisión por no ser globable; un nacionalismo que tiene la osadía de recordarle al mundo que las Malvinas son argentinas.    

En otra revista progre, The Nation, Dave Zirin nos dice que “el mundial es política por otros medios”, y que apoya a España porque es de izquierda ya que “[El] estilo de juego refleja de manera bastante directa a los líderes de ambos países, y esto importa porque, como señalamos anteriormente, el líder del país que se proclame vencedor también recibirá un impulso político”.

Para el editorialista, entonces, España debía vencer para que triunfe el socialismo que se expresa en el juego de su selección por sobre el anarcocapitalismo de la selección argentina. Ustedes se ríen y está bien que sea así porque debería dar risa. Pero no es una columna de humor. Se supone que este muchacho debe creer en lo que dice y que la revista considera que se trata de un argumento publicable. Zirin debe ser un estratega político porque afirma que un eventual triunfo de Argentina habría fortalecido a Milei. No tenía que esforzarse mucho ni recurrir a libros de historia para darse cuenta que nuestra última estrella en campeonatos mundiales fue lograda en diciembre de 2022, durante el gobierno de Alberto Fernández, meses antes de que éste ni siquiera pudiera presentarse a una reelección y que su gobierno perdiera contra Milei, un candidato contra el cual era imposible perder. Los analistas políticos que proyectan sus odios y sus amores a través del fútbol, son la estupidez por otros medios.

Bhaskar Sunkara, fundador de Jacobin, emblemática revista de izquierda, opinó sobre la bandera expuesta tras el partido con Inglaterra. Siendo de izquierda, podría haber aprovechado para hacer un alegato contra el imperialismo. Sin embargo, escribió en su cuenta de Twitter: “Esta fue la bandera de una dictadura militar que asesinó a miles de izquierdistas e intentó salvar su régimen colapsante mediante el irredentismo chauvinista”.

Cuando alguien le recordó que se trata de una reivindicación anterior que, en todo caso, la dictadura se apropió, en lugar de aceptar el error, respondió:

“Es anterior a la junta, obviamente, pero sigue siendo una disputa irredentista con raíces en dos reivindicaciones coloniales enfrentadas. Al no haber una población indígena ocupada, no es un caso claro de liberación nacional. ¿Por qué no dejar que los isleños se ocupen de sus ovejas y se casen con sus primos, y concentrar la lucha en los capitalistas, en lugar de asumir que primero necesitamos una etapa de renovado nacionalismo de izquierdas?”

De modo que no hay colonialismo (¡o hay dos colonialismos enfrentados!) y una reivindicación nacional deviene un nacionalismo que olvida la lucha contra el capital. Suscribirse a Jacobin cuesta 28.000 pesos desde Argentina. Yo invertiría ese dinero en la lucha contra el capitalismo a través de la ingesta de un buen asado (antes de que el fundador de Jacobin nos acuse también de “especistas”).

Para finalizar el listado, Yanis Varoufakis, faro moral de la izquierda progre europea escribió en su cuenta de Twitter: “La maravillosa cohesión del equipo prevaleció sobre el deslumbrante individualismo… Junto con ella, triunfó el multiculturalismo funcional y saludable. El fútbol logró, aunque por poco, sobrevivir a la feroz comercialización y los trucos empresariales que casi matan su espíritu. Una lección para reflexionar en todos los demás ámbitos de la actividad humana”.

Varoufakis habrá creído que el Dibu Martínez era Milei y que Ferrán Torres era Pedro Sánchez. Más allá de la broma, sorprende cómo un tipo con lecturas varias es capaz de un razonamiento tan lineal y, sobre todo, tan estúpido. Recibió, como correspondía, un sinfín de comentarios: desde quienes lo invitaban a leer sus propios libros hasta un usuario en particular que destacó la idea del “multiculturalismo funcional y saludable” contrastándola con la foto de Lamine Yamal entregándole la copa a Felipe VI. Lo hizo para preguntarse, seguidamente, si la imagen de un moro entregándole la copa al rey blanco podría encuadrarse en este tipo de multiculturalismo que tanto deleita los ojos del autor de Tecnofeudalismo. Por cierto, estamos hablando de quien fuera ministro de economía griego durante un período en el que su gobierno no desactivó las instalaciones existentes en islas del Mar Egeo para frenar la inmigración y que fueron denunciadas por organizaciones de derechos humanos. Pensar que la palabra Hipocresía proviene del teatro griego…

¿Por qué Argentina pasó de ser la niña mimada con Messi como abanderado en 2022 a villano racista y/o bárbaro en 2026? Probablemente, una colección de factores. En primer lugar, el alineamiento del gobierno de Milei con Trump y Netanyahu puso a todo el progresismo biempensante que abrazó la causa palestina en contra. Tienen todo el derecho a oponerse a la política exterior de un país, de hecho, muchos argentinos nos oponemos a la política exterior de sus países también, pero lo que no se puede permitir es confundir la decisión de un gobierno con la identidad de un pueblo. Porque ni todos los ingleses son Thatcher, ni todos los argentinos somos Milei. Es más, incluso muchos seguidores de Milei apoyan sus políticas económicas, pero no necesariamente este alineamiento geopolítico que arrastra a todo un país por lo que parece ser una decisión personal del presidente vinculada a una conversión religiosa. ¿Significa esto que Milei tiene la culpa de la campaña contra Argentina? Sí y no. Lo sería si se tratara de críticas estrictamente políticas a decisiones gubernamentales. Sin embargo, no parece ser el caso. En otras palabras, mucha gente enojada con el apoyo de Milei a Israel está hablando de la moralidad y la identidad de los argentinos. Como si hace tres años, cuando con otro gobierno estábamos alineados a los BRICS, los argentinos hubiésemos sido diferentes. Por cierto, ¿en el 2022 jugábamos como equipo privilegiando el todo por sobre el individuo porque éramos peronistas y en 2026 no, señor Varoufakis? Era el mismo equipo, el mismo entrenador y teníamos a la misma estrella.

Que este alineamiento puede ser una de las razones lo confirma que las principales usinas de odio contra Argentina provinieron de los demócratas americanos, del progrerío europeo y de Medio Oriente. A propósito, ¿el director técnico de Egipto creerá que recibir tres goles en 12 minutos es un acto de racismo? Se me debe haber pasado por alto pero no he leído muchos intelectuales de izquierda advertir sobre la banalización de esta bandera. ¿Será porque el técnico defiende la causa palestina? Es decir, ¿callaron por afinidad ideológica?  Y ya que estamos: ¿por qué nadie opinó sobre las mañas y el juego sucio de Suiza cuando un jugador le hizo una doble plancha a Nico González sin ver siquiera la tarjeta amarilla, o cuando Breel Embolo, su delantero, fingió groseramente una falta para hacer amonestar a un jugador argentino? ¿Será porque perdieron y porque la figurita a vencer era el campeón? ¿Será porque los podían acusar de racistas si denunciaban que un jugador negro había hecho trampa tal como se vio en todo el mundo?  

Sea cual fuera la razón de estos ataques contra la Argentina, lo interesante del caso es que, proviniendo en buena medida de las usinas progresistas, la disputa deportiva y las diferencias políticas se transformaron en morales. Es un clásico del progresismo así que no hay que sorprenderse, si bien los argentinos vemos también esa moralidad del “somos mejores que ellos” en los discursos presidenciales.

No alcanzó con decir “queremos ganarles porque son los actuales campeones”, lo cual hubiera sido más que razonable pues todos queremos ganarle al “poderoso”. Tampoco servía dar una disputa política, extrapolando lo que pasaba en la cancha a ese terreno donde el debate es en condiciones de igualdad. No, hacía falta establecer una diferencia moral. Por eso los argentinos fuimos “los que compramos la copa”, “los de malos modales”, “los pobres indios que no tienen para comer”, “los racistas”, “los negros de mierda”, “los politizadores”, “los arrogantes”, y a veces todo eso junto y contradictoriamente. Es Patti Smith, otra de las referentes progres, posteando una foto trucada de Lamine Yamal con una bandera palestina y agregando que habían “ganado los buenos” (por cierto, qué buen poder de síntesis tuvo una usuaria que le respondió “lo progre no te quita lo yanqui”).

A propósito, y para culminar con las referencias que circularon en las redes sociales, cito de memoria a otro usuario que escribió cuán curioso era que los mismos que empezaron tildándonos de racistas, terminaron festejando que “ganó la civilización”.

Pero no quisiera finalizar sin hacer algunas preguntas: los mismos progres que advierten que los discursos de odio se traducen en acciones concretas, ¿se están haciendo cargo de la cantidad de argentinos que viven en el exterior y que están denunciando malos tratos y agresiones como nunca antes existió? ¿O será que solo el odio de la derecha es performativo? Por último, ¿los intelectuales de izquierda que adoran a Carl Schmitt no recuerdan lo que este autor advierte acerca de reemplazar la política con la moral? En otras palabras, ¿no están al tanto de que si se moraliza la disputa amigo-enemigo y uno de los bandos afirma representar al bien y a la humanidad, al otro solo le queda el lugar de lo no humano, lo monstruoso, lo digno de ser exterminado? Si hacen tantos papers hablando de eso cuando Occidente invade países en nombre de los DDHH, ¿por qué hacen lo mismo que denuncian?

Para finalizar, un comentario para la progresía local que ahora se da cuenta que sus ídolos progre eran etnocentristas y sectarios, y que solo nos darán un lugar si decidimos agachar la cabeza y firmar el compromiso de víctimas esenciales y eternas. Quizás la indignación del progrerío local corresponda a que se acaba de ver en el espejo y no sabe para dónde salir. Les molesta ser acusados de racistas, pero son ellos los que importaron una agenda divisoria de la sociedad y unas categorías que no representan la realidad argentina. Lo hicieron para sus kioskos, sus papers y encontrar un sentido en la vida, todas razones más que respetables, pero de las cuales hay que responsabilizarse. Porque si una de las razones de estos ataques es el posicionamiento de Milei, también es cierto que, en buena medida, Milei “existe por ustedes” y puede que siga existiendo por las mismas razones.

En lo personal no me considero un nacionalista pero viene a cuento recordar el texto de Borges que repasábamos la semana pasada: “Nuestro pobre individualismo”. Allí, el autor de El Aleph afirmaba que el creciente nacionalismo/colectivismo generaría una reacción inversa y acabaría creando una sociedad más individualista. Puede que este ataque furibundo que no ha sido ni deportivo ni político, sino moral, acabe, al menos por un rato, en el retorno de un nacionalismo que hasta hace pocas semanas parecía marginal y larvado.