viernes, 24 de julio de 2026

Una respuesta a la “campaña” contra Argentina (editorial del 25.7.26 en No estoy solo)

 

No sabemos exactamente cuándo empezó, pero sin duda alcanzó su pico tras la exhibición de la bandera de las Malvinas. Lo podemos llamar “campaña contra Argentina”, aunque, al menos hasta hoy, no existan indicios, tan solo sospechas, de que se hubiera tratado de una estrategia orquestada por determinados intereses. Aun cuando estos existiesen, a priori me abrazo a la opción de un montón de prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, algunos con muchos seguidores y reputación, más otros tales disponiendo de sus prestigiosos medios para darles espacio a escribas igualmente prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, los cuales, a su vez, son replicados por el algoritmo en su búsqueda de generar conversación.

No hay tiempo ni sentido para exponer ni responder a todos, de modo que intentaré un resumen: el periodista Ishaan Tharoor publicó, en la progresista The New Yorker, que ya no lloraría por Argentina porque, según él, somos el establishment; fuimos favorecidos por los árbitros; carecemos de hinchas que desarrollan el “nacionalismo alegre” (SIC) como el de los noruegos que reman y los japoneses que limpian;  poseemos simpatizantes que respondieron con insultos racistas las provocaciones de un muchacho influencer cuyo único mérito es reaccionar y poner cara de pelotudo frente a su cámara, y por tener a un periodista como Eduardo Feinmann que insultó a los mexicanos (sí, eso salió publicado en The New Yorker). El autor es columnista de Foreign Affairs pero sus análisis parecen simplemente proyectar los problemas y las presuntas soluciones del primer mundo como si tuvieran validez universal. No hace falta, porque se ha respondido largamente, explicar por qué Argentina no es un país donde haya un racismo estructural (aunque le duela a Samuel Jackson, ciudadano de un país que tuvo una guerra civil para sostener la esclavitud, que hasta hace unas décadas avalaba legalmente una política de apartheid contra los negros, y que un par de años atrás le mostró al mundo que Black Lives Matter). Lo cuentan los propios extranjeros que viven en Argentina y se puede entender leyendo un poquito de historia: Argentina tendrá un sinfín de problemas, pero es ejemplo de integración con oleadas de migrantes que llegaron, de repente, con idiomas, costumbres y religiones diversas.

Lo mismo con la insólita pregunta que ya había lanzado The Washington Post cuatro años atrás preocupados por la ausencia de negros en el primer equipo argentino. El progresismo nos pone un contador de negros al tiempo que hace un batido entre un Sarmiento analizado extemporáneamente y el mito de Hitler en Argentina, para ver segregación donde solo hubo una milagrosa integración. Podrían haberlo entendido fácil si hubieran echado un vistazo al hecho de que Argentina no recibió tantos negros como otros países sudamericanos por su estructura productiva, sumado a que, los que había, o bien murieron en batallas o por enfermedad (incluso estoy tentado a afirmar que si murieron así no fue por negros sino por pobres. En otras palabras, hubo allí más clasismo que racismo). Los que sobrevivieron se mezclaron.

Nuestra historia no es un camino de rosas, pero quienes salen a señalar con el dedo deberían avergonzarse de la propia. Es más, si Francia (por citar solo un caso) tiene tantos negros en su equipo es, justamente, porque fueron y siguen siendo colonialistas, no por un afán integrador. Los migrantes que llegaron y llegan a Argentina obtienen su ciudadanía porque fuimos y somos un país abierto y no porque lavemos la culpa pretérita de haber colonizado y esclavizado pueblos enteros al tiempo que condenamos a guetos a sus descendientes. Aunque eso sí: reconozcamos que esos países derivan ingentes sumas de dinero a recordarnos que el racismo está muy mal y que no hay que decir la palabra “negro”. Y sí, claro, el nuestro no es un nacionalismo alegre como le gusta al autor, ese nacionalismo funcional al globalismo que reduce las identidades al plato de comida típico para consumo de turistas. Le pedimos disculpas pues, parafraseando a Silvio Rodríguez, el nuestro es un nacionalismo candidato a la omisión por no ser globable; un nacionalismo que tiene la osadía de recordarle al mundo que las Malvinas son argentinas.    

En otra revista progre, The Nation, Dave Zirin nos dice que “el mundial es política por otros medios”, y que apoya a España porque es de izquierda ya que “[El] estilo de juego refleja de manera bastante directa a los líderes de ambos países, y esto importa porque, como señalamos anteriormente, el líder del país que se proclame vencedor también recibirá un impulso político”.

Para el editorialista, entonces, España debía vencer para que triunfe el socialismo que se expresa en el juego de su selección por sobre el anarcocapitalismo de la selección argentina. Ustedes se ríen y está bien que sea así porque debería dar risa. Pero no es una columna de humor. Se supone que este muchacho debe creer en lo que dice y que la revista considera que se trata de un argumento publicable. Zirin debe ser un estratega político porque afirma que un eventual triunfo de Argentina habría fortalecido a Milei. No tenía que esforzarse mucho ni recurrir a libros de historia para darse cuenta que nuestra última estrella en campeonatos mundiales fue lograda en diciembre de 2022, durante el gobierno de Alberto Fernández, meses antes de que éste ni siquiera pudiera presentarse a una reelección y que su gobierno perdiera contra Milei, un candidato contra el cual era imposible perder. Los analistas políticos que proyectan sus odios y sus amores a través del fútbol, son la estupidez por otros medios.

Bhaskar Sunkara, fundador de Jacobin, emblemática revista de izquierda, opinó sobre la bandera expuesta tras el partido con Inglaterra. Siendo de izquierda, podría haber aprovechado para hacer un alegato contra el imperialismo. Sin embargo, escribió en su cuenta de Twitter: “Esta fue la bandera de una dictadura militar que asesinó a miles de izquierdistas e intentó salvar su régimen colapsante mediante el irredentismo chauvinista”.

Cuando alguien le recordó que se trata de una reivindicación anterior que, en todo caso, la dictadura se apropió, en lugar de aceptar el error, respondió:

“Es anterior a la junta, obviamente, pero sigue siendo una disputa irredentista con raíces en dos reivindicaciones coloniales enfrentadas. Al no haber una población indígena ocupada, no es un caso claro de liberación nacional. ¿Por qué no dejar que los isleños se ocupen de sus ovejas y se casen con sus primos, y concentrar la lucha en los capitalistas, en lugar de asumir que primero necesitamos una etapa de renovado nacionalismo de izquierdas?”

De modo que no hay colonialismo (¡o hay dos colonialismos enfrentados!) y una reivindicación nacional deviene un nacionalismo que olvida la lucha contra el capital. Suscribirse a Jacobin cuesta 28.000 pesos desde Argentina. Yo invertiría ese dinero en la lucha contra el capitalismo a través de la ingesta de un buen asado (antes de que el fundador de Jacobin nos acuse también de “especistas”).

Para finalizar el listado, Yanis Varoufakis, faro moral de la izquierda progre europea escribió en su cuenta de Twitter: “La maravillosa cohesión del equipo prevaleció sobre el deslumbrante individualismo… Junto con ella, triunfó el multiculturalismo funcional y saludable. El fútbol logró, aunque por poco, sobrevivir a la feroz comercialización y los trucos empresariales que casi matan su espíritu. Una lección para reflexionar en todos los demás ámbitos de la actividad humana”.

Varoufakis habrá creído que el Dibu Martínez era Milei y que Ferrán Torres era Pedro Sánchez. Más allá de la broma, sorprende cómo un tipo con lecturas varias es capaz de un razonamiento tan lineal y, sobre todo, tan estúpido. Recibió, como correspondía, un sinfín de comentarios: desde quienes lo invitaban a leer sus propios libros hasta un usuario en particular que destacó la idea del “multiculturalismo funcional y saludable” contrastándola con la foto de Lamine Yamal entregándole la copa a Felipe VI. Lo hizo para preguntarse, seguidamente, si la imagen de un moro entregándole la copa al rey blanco podría encuadrarse en este tipo de multiculturalismo que tanto deleita los ojos del autor de Tecnofeudalismo. Por cierto, estamos hablando de quien fuera ministro de economía griego durante un período en el que su gobierno no desactivó las instalaciones existentes en islas del Mar Egeo para frenar la inmigración y que fueron denunciadas por organizaciones de derechos humanos. Pensar que la palabra Hipocresía proviene del teatro griego…

¿Por qué Argentina pasó de ser la niña mimada con Messi como abanderado en 2022 a villano racista y/o bárbaro en 2026? Probablemente, una colección de factores. En primer lugar, el alineamiento del gobierno de Milei con Trump y Netanyahu puso a todo el progresismo biempensante que abrazó la causa palestina en contra. Tienen todo el derecho a oponerse a la política exterior de un país, de hecho, muchos argentinos nos oponemos a la política exterior de sus países también, pero lo que no se puede permitir es confundir la decisión de un gobierno con la identidad de un pueblo. Porque ni todos los ingleses son Thatcher, ni todos los argentinos somos Milei. Es más, incluso muchos seguidores de Milei apoyan sus políticas económicas, pero no necesariamente este alineamiento geopolítico que arrastra a todo un país por lo que parece ser una decisión personal del presidente vinculada a una conversión religiosa. ¿Significa esto que Milei tiene la culpa de la campaña contra Argentina? Sí y no. Lo sería si se tratara de críticas estrictamente políticas a decisiones gubernamentales. Sin embargo, no parece ser el caso. En otras palabras, mucha gente enojada con el apoyo de Milei a Israel está hablando de la moralidad y la identidad de los argentinos. Como si hace tres años, cuando con otro gobierno estábamos alineados a los BRICS, los argentinos hubiésemos sido diferentes. Por cierto, ¿en el 2022 jugábamos como equipo privilegiando el todo por sobre el individuo porque éramos peronistas y en 2026 no, señor Varoufakis? Era el mismo equipo, el mismo entrenador y teníamos a la misma estrella.

Que este alineamiento puede ser una de las razones lo confirma que las principales usinas de odio contra Argentina provinieron de los demócratas americanos, del progrerío europeo y de Medio Oriente. A propósito, ¿el director técnico de Egipto creerá que recibir tres goles en 12 minutos es un acto de racismo? Se me debe haber pasado por alto pero no he leído muchos intelectuales de izquierda advertir sobre la banalización de esta bandera. ¿Será porque el técnico defiende la causa palestina? Es decir, ¿callaron por afinidad ideológica?  Y ya que estamos: ¿por qué nadie opinó sobre las mañas y el juego sucio de Suiza cuando un jugador le hizo una doble plancha a Nico González sin ver siquiera la tarjeta amarilla, o cuando Breel Embolo, su delantero, fingió groseramente una falta para hacer amonestar a un jugador argentino? ¿Será porque perdieron y porque la figurita a vencer era el campeón? ¿Será porque los podían acusar de racistas si denunciaban que un jugador negro había hecho trampa tal como se vio en todo el mundo?  

Sea cual fuera la razón de estos ataques contra la Argentina, lo interesante del caso es que, proviniendo en buena medida de las usinas progresistas, la disputa deportiva y las diferencias políticas se transformaron en morales. Es un clásico del progresismo así que no hay que sorprenderse, si bien los argentinos vemos también esa moralidad del “somos mejores que ellos” en los discursos presidenciales.

No alcanzó con decir “queremos ganarles porque son los actuales campeones”, lo cual hubiera sido más que razonable pues todos queremos ganarle al “poderoso”. Tampoco servía dar una disputa política, extrapolando lo que pasaba en la cancha a ese terreno donde el debate es en condiciones de igualdad. No, hacía falta establecer una diferencia moral. Por eso los argentinos fuimos “los que compramos la copa”, “los de malos modales”, “los pobres indios que no tienen para comer”, “los racistas”, “los negros de mierda”, “los politizadores”, “los arrogantes”, y a veces todo eso junto y contradictoriamente. Es Patti Smith, otra de las referentes progres, posteando una foto trucada de Lamine Yamal con una bandera palestina y agregando que habían “ganado los buenos” (por cierto, qué buen poder de síntesis tuvo una usuaria que le respondió “lo progre no te quita lo yanqui”).

A propósito, y para culminar con las referencias que circularon en las redes sociales, cito de memoria a otro usuario que escribió cuán curioso era que los mismos que empezaron tildándonos de racistas, terminaron festejando que “ganó la civilización”.

Pero no quisiera finalizar sin hacer algunas preguntas: los mismos progres que advierten que los discursos de odio se traducen en acciones concretas, ¿se están haciendo cargo de la cantidad de argentinos que viven en el exterior y que están denunciando malos tratos y agresiones como nunca antes existió? ¿O será que solo el odio de la derecha es performativo? Por último, ¿los intelectuales de izquierda que adoran a Carl Schmitt no recuerdan lo que este autor advierte acerca de reemplazar la política con la moral? En otras palabras, ¿no están al tanto de que si se moraliza la disputa amigo-enemigo y uno de los bandos afirma representar al bien y a la humanidad, al otro solo le queda el lugar de lo no humano, lo monstruoso, lo digno de ser exterminado? Si hacen tantos papers hablando de eso cuando Occidente invade países en nombre de los DDHH, ¿por qué hacen lo mismo que denuncian?

Para finalizar, un comentario para la progresía local que ahora se da cuenta que sus ídolos progre eran etnocentristas y sectarios, y que solo nos darán un lugar si decidimos agachar la cabeza y firmar el compromiso de víctimas esenciales y eternas. Quizás la indignación del progrerío local corresponda a que se acaba de ver en el espejo y no sabe para dónde salir. Les molesta ser acusados de racistas, pero son ellos los que importaron una agenda divisoria de la sociedad y unas categorías que no representan la realidad argentina. Lo hicieron para sus kioskos, sus papers y encontrar un sentido en la vida, todas razones más que respetables, pero de las cuales hay que responsabilizarse. Porque si una de las razones de estos ataques es el posicionamiento de Milei, también es cierto que, en buena medida, Milei “existe por ustedes” y puede que siga existiendo por las mismas razones.

En lo personal no me considero un nacionalista pero viene a cuento recordar el texto de Borges que repasábamos la semana pasada: “Nuestro pobre individualismo”. Allí, el autor de El Aleph afirmaba que el creciente nacionalismo/colectivismo generaría una reacción inversa y acabaría creando una sociedad más individualista. Puede que este ataque furibundo que no ha sido ni deportivo ni político, sino moral, acabe, al menos por un rato, en el retorno de un nacionalismo que hasta hace pocas semanas parecía marginal y larvado.           

 

 

 

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