No sabemos exactamente cuándo empezó, pero sin duda alcanzó su pico tras la
exhibición de la bandera de las Malvinas. Lo podemos llamar “campaña contra
Argentina”, aunque, al menos hasta hoy, no existan indicios, tan solo
sospechas, de que se hubiera tratado de una estrategia orquestada por
determinados intereses. Aun cuando estos existiesen, a priori me abrazo a la
opción de un montón de prejuiciosos, ignorantes e idiotas útiles, algunos con
muchos seguidores y reputación, más otros tales disponiendo de sus prestigiosos
medios para darles espacio a escribas igualmente prejuiciosos, ignorantes e
idiotas útiles, los cuales, a su vez, son replicados por el algoritmo en su
búsqueda de generar conversación.
No hay tiempo ni sentido para exponer ni responder a todos, de modo que
intentaré un resumen: el periodista Ishaan Tharoor publicó, en la progresista The New Yorker, que ya no lloraría por
Argentina porque, según él, somos el establishment; fuimos favorecidos por los
árbitros; carecemos de hinchas que desarrollan el “nacionalismo alegre” (SIC)
como el de los noruegos que reman y los japoneses que limpian; poseemos simpatizantes que respondieron con
insultos racistas las provocaciones de un muchacho influencer cuyo único mérito
es reaccionar y poner cara de pelotudo frente a su cámara, y por tener a un
periodista como Eduardo Feinmann que insultó a los mexicanos (sí, eso salió
publicado en The New Yorker). El
autor es columnista de Foreign Affairs
pero sus análisis parecen simplemente proyectar los problemas y las presuntas
soluciones del primer mundo como si tuvieran validez universal. No hace falta,
porque se ha respondido largamente, explicar por qué Argentina no es un país
donde haya un racismo estructural (aunque le duela a Samuel Jackson, ciudadano
de un país que tuvo una guerra civil para sostener la esclavitud, que hasta
hace unas décadas avalaba legalmente una política de apartheid contra los
negros, y que un par de años atrás le mostró al mundo que Black Lives Matter). Lo cuentan los propios extranjeros que viven
en Argentina y se puede entender leyendo un poquito de historia: Argentina
tendrá un sinfín de problemas, pero es ejemplo de integración con oleadas de
migrantes que llegaron, de repente, con idiomas, costumbres y religiones
diversas.
Lo mismo con la insólita pregunta que ya había lanzado The Washington Post cuatro años atrás preocupados por la ausencia
de negros en el primer equipo argentino. El progresismo nos pone un contador de
negros al tiempo que hace un batido entre un Sarmiento analizado
extemporáneamente y el mito de Hitler en Argentina, para ver segregación donde
solo hubo una milagrosa integración. Podrían haberlo entendido fácil si
hubieran echado un vistazo al hecho de que Argentina no recibió tantos negros
como otros países sudamericanos por su estructura productiva, sumado a que, los
que había, o bien murieron en batallas o por enfermedad (incluso estoy tentado
a afirmar que si murieron así no fue por negros sino por pobres. En otras
palabras, hubo allí más clasismo que racismo). Los que sobrevivieron se
mezclaron.
Nuestra historia no es un camino de rosas, pero quienes salen a señalar con
el dedo deberían avergonzarse de la propia. Es más, si Francia (por citar solo
un caso) tiene tantos negros en su equipo es, justamente, porque fueron y
siguen siendo colonialistas, no por un afán integrador. Los migrantes que
llegaron y llegan a Argentina obtienen su ciudadanía porque fuimos y somos un
país abierto y no porque lavemos la culpa pretérita de haber colonizado y
esclavizado pueblos enteros al tiempo que condenamos a guetos a sus
descendientes. Aunque eso sí: reconozcamos que esos países derivan ingentes
sumas de dinero a recordarnos que el racismo está muy mal y que no hay que
decir la palabra “negro”. Y sí, claro, el nuestro no es un nacionalismo alegre
como le gusta al autor, ese nacionalismo funcional al globalismo que reduce las
identidades al plato de comida típico para consumo de turistas. Le pedimos
disculpas pues, parafraseando a Silvio Rodríguez, el nuestro es un nacionalismo
candidato a la omisión por no ser globable; un nacionalismo que tiene la osadía
de recordarle al mundo que las Malvinas son argentinas.
En otra revista progre, The Nation,
Dave Zirin nos dice que “el mundial es política por otros medios”, y que apoya
a España porque es de izquierda ya que “[El] estilo de juego refleja de manera
bastante directa a los líderes de ambos países, y esto importa porque, como
señalamos anteriormente, el líder del país que se proclame vencedor también
recibirá un impulso político”.
Para el editorialista, entonces, España debía vencer para que triunfe el
socialismo que se expresa en el juego de su selección por sobre el
anarcocapitalismo de la selección argentina. Ustedes se ríen y está bien que sea
así porque debería dar risa. Pero no es una columna de humor. Se supone que
este muchacho debe creer en lo que dice y que la revista considera que se trata
de un argumento publicable. Zirin debe ser un estratega político porque afirma
que un eventual triunfo de Argentina habría fortalecido a Milei. No tenía que
esforzarse mucho ni recurrir a libros de historia para darse cuenta que nuestra
última estrella en campeonatos mundiales fue lograda en diciembre de 2022,
durante el gobierno de Alberto Fernández, meses antes de que éste ni siquiera
pudiera presentarse a una reelección y que su gobierno perdiera contra Milei,
un candidato contra el cual era imposible perder. Los analistas políticos que
proyectan sus odios y sus amores a través del fútbol, son la estupidez por
otros medios.
Bhaskar Sunkara, fundador de Jacobin, emblemática revista de izquierda,
opinó sobre la bandera expuesta tras el partido con Inglaterra. Siendo de
izquierda, podría haber aprovechado para hacer un alegato contra el
imperialismo. Sin embargo, escribió en su cuenta de Twitter: “Esta fue la bandera de una dictadura
militar que asesinó a miles de izquierdistas e intentó salvar su régimen
colapsante mediante el irredentismo chauvinista”.
Cuando alguien le recordó que se trata de una reivindicación anterior que,
en todo caso, la dictadura se apropió, en lugar de aceptar el error, respondió:
“Es anterior a la junta, obviamente, pero sigue siendo una disputa
irredentista con raíces en dos reivindicaciones coloniales enfrentadas. Al no
haber una población indígena ocupada, no es un caso claro de liberación
nacional. ¿Por qué no dejar que los isleños se ocupen de sus ovejas y se casen
con sus primos, y concentrar la lucha en los capitalistas, en lugar de asumir
que primero necesitamos una etapa de renovado nacionalismo de izquierdas?”
De modo que no hay colonialismo (¡o hay dos colonialismos enfrentados!) y
una reivindicación nacional deviene un nacionalismo que olvida la lucha contra
el capital. Suscribirse a Jacobin cuesta 28.000 pesos desde Argentina. Yo
invertiría ese dinero en la lucha contra el capitalismo a través de la ingesta
de un buen asado (antes de que el fundador de Jacobin nos acuse también de
“especistas”).
Para finalizar el listado, Yanis Varoufakis, faro moral de la izquierda
progre europea escribió en su cuenta de Twitter: “La maravillosa cohesión del
equipo prevaleció sobre el deslumbrante individualismo… Junto con ella, triunfó
el multiculturalismo funcional y saludable. El fútbol logró, aunque por poco,
sobrevivir a la feroz comercialización y los trucos empresariales que casi
matan su espíritu. Una lección para reflexionar en todos los demás ámbitos de
la actividad humana”.
Varoufakis habrá creído que el Dibu Martínez era Milei y que Ferrán Torres
era Pedro Sánchez. Más allá de la broma, sorprende cómo un tipo con lecturas
varias es capaz de un razonamiento tan lineal y, sobre todo, tan estúpido.
Recibió, como correspondía, un sinfín de comentarios: desde quienes lo
invitaban a leer sus propios libros hasta un usuario en particular que destacó
la idea del “multiculturalismo funcional y saludable” contrastándola con la
foto de Lamine Yamal entregándole la copa a Felipe VI. Lo hizo para
preguntarse, seguidamente, si la imagen de un moro entregándole la copa al rey
blanco podría encuadrarse en este tipo de multiculturalismo que tanto deleita
los ojos del autor de Tecnofeudalismo.
Por cierto, estamos hablando de quien fuera ministro de economía griego durante
un período en el que su gobierno no desactivó las instalaciones existentes en
islas del Mar Egeo para frenar la inmigración y que fueron denunciadas por
organizaciones de derechos humanos. Pensar que la palabra Hipocresía proviene del teatro griego…
¿Por qué Argentina pasó de ser la niña mimada con Messi como abanderado en
2022 a villano racista y/o bárbaro en 2026? Probablemente, una colección de
factores. En primer lugar, el alineamiento del gobierno de Milei con Trump y
Netanyahu puso a todo el progresismo biempensante que abrazó la causa palestina
en contra. Tienen todo el derecho a oponerse a la política exterior de un país,
de hecho, muchos argentinos nos oponemos a la política exterior de sus países
también, pero lo que no se puede permitir es confundir la decisión de un
gobierno con la identidad de un pueblo. Porque ni todos los ingleses son
Thatcher, ni todos los argentinos somos Milei. Es más, incluso muchos
seguidores de Milei apoyan sus políticas económicas, pero no necesariamente
este alineamiento geopolítico que arrastra a todo un país por lo que parece ser
una decisión personal del presidente vinculada a una conversión religiosa.
¿Significa esto que Milei tiene la culpa de la campaña contra Argentina? Sí y
no. Lo sería si se tratara de críticas estrictamente políticas a decisiones
gubernamentales. Sin embargo, no parece ser el caso. En otras palabras, mucha
gente enojada con el apoyo de Milei a Israel está hablando de la moralidad y la
identidad de los argentinos. Como si hace tres años, cuando con otro gobierno
estábamos alineados a los BRICS, los argentinos hubiésemos sido diferentes. Por
cierto, ¿en el 2022 jugábamos como equipo privilegiando el todo por sobre el
individuo porque éramos peronistas y en 2026 no, señor Varoufakis? Era el mismo
equipo, el mismo entrenador y teníamos a la misma estrella.
Que este alineamiento puede ser una de las razones lo confirma que las
principales usinas de odio contra Argentina provinieron de los demócratas
americanos, del progrerío europeo y de Medio Oriente. A propósito, ¿el director
técnico de Egipto creerá que recibir tres goles en 12 minutos es un acto de
racismo? Se me debe haber pasado por alto pero no he leído muchos intelectuales
de izquierda advertir sobre la banalización de esta bandera. ¿Será porque el
técnico defiende la causa palestina? Es decir, ¿callaron por afinidad
ideológica? Y ya que estamos: ¿por qué
nadie opinó sobre las mañas y el juego sucio de Suiza cuando un jugador le hizo
una doble plancha a Nico González sin ver siquiera la tarjeta amarilla, o
cuando Breel Embolo, su delantero, fingió groseramente una falta para hacer
amonestar a un jugador argentino? ¿Será porque perdieron y porque la figurita a
vencer era el campeón? ¿Será porque los podían acusar de racistas si
denunciaban que un jugador negro había hecho trampa tal como se vio en todo el
mundo?
Sea cual fuera la razón de estos ataques contra la Argentina, lo
interesante del caso es que, proviniendo en buena medida de las usinas
progresistas, la disputa deportiva y las diferencias políticas se transformaron
en morales. Es un clásico del progresismo así que no hay que sorprenderse, si
bien los argentinos vemos también esa moralidad del “somos mejores que ellos”
en los discursos presidenciales.
No alcanzó con decir “queremos ganarles porque son los actuales campeones”,
lo cual hubiera sido más que razonable pues todos queremos ganarle al
“poderoso”. Tampoco servía dar una disputa política, extrapolando lo que pasaba
en la cancha a ese terreno donde el debate es en condiciones de igualdad. No,
hacía falta establecer una diferencia moral. Por eso los argentinos fuimos “los
que compramos la copa”, “los de malos modales”, “los pobres indios que no
tienen para comer”, “los racistas”, “los negros de mierda”, “los
politizadores”, “los arrogantes”, y a veces todo eso junto y
contradictoriamente. Es Patti Smith, otra de las referentes progres, posteando
una foto trucada de Lamine Yamal con una bandera palestina y agregando que
habían “ganado los buenos” (por cierto, qué buen poder de síntesis tuvo una
usuaria que le respondió “lo progre no te quita lo yanqui”).
A propósito, y para culminar con las referencias que circularon en las
redes sociales, cito de memoria a otro usuario que escribió cuán curioso era que
los mismos que empezaron tildándonos de racistas, terminaron festejando que “ganó
la civilización”.
Pero no quisiera finalizar sin hacer algunas preguntas: los mismos progres
que advierten que los discursos de odio se traducen en acciones concretas, ¿se
están haciendo cargo de la cantidad de argentinos que viven en el exterior y
que están denunciando malos tratos y agresiones como nunca antes existió? ¿O
será que solo el odio de la derecha es performativo? Por último, ¿los
intelectuales de izquierda que adoran a Carl Schmitt no recuerdan lo que este
autor advierte acerca de reemplazar la política con la moral? En otras
palabras, ¿no están al tanto de que si se moraliza la disputa amigo-enemigo y
uno de los bandos afirma representar al bien y a la humanidad, al otro solo le
queda el lugar de lo no humano, lo monstruoso, lo digno de ser exterminado? Si
hacen tantos papers hablando de eso cuando Occidente invade países en nombre de
los DDHH, ¿por qué hacen lo mismo que denuncian?
Para finalizar, un comentario para la progresía local que ahora se da
cuenta que sus ídolos progre eran etnocentristas y sectarios, y que solo nos
darán un lugar si decidimos agachar la cabeza y firmar el compromiso de
víctimas esenciales y eternas. Quizás la indignación del progrerío local corresponda
a que se acaba de ver en el espejo y no sabe para dónde salir. Les molesta ser
acusados de racistas, pero son ellos los que importaron una agenda divisoria de
la sociedad y unas categorías que no representan la realidad argentina. Lo
hicieron para sus kioskos, sus papers y encontrar un sentido en la vida, todas
razones más que respetables, pero de las cuales hay que responsabilizarse.
Porque si una de las razones de estos ataques es el posicionamiento de Milei,
también es cierto que, en buena medida, Milei “existe por ustedes” y puede que
siga existiendo por las mismas razones.
En lo personal no me considero un nacionalista pero viene a cuento recordar
el texto de Borges que repasábamos la semana pasada: “Nuestro pobre
individualismo”. Allí, el autor de El
Aleph afirmaba que el creciente nacionalismo/colectivismo generaría una
reacción inversa y acabaría creando una sociedad más individualista. Puede que
este ataque furibundo que no ha sido ni deportivo ni político, sino moral,
acabe, al menos por un rato, en el retorno de un nacionalismo que hasta hace
pocas semanas parecía marginal y larvado.
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