viernes, 21 de agosto de 2026

Murió la verdad. Murieron los hechos. Murió la verosimilitud (publicado el 23.8.26 en www.disidentia.com)

 

Durante 18 años, Jean-Claude Romand hizo creer a su familia y amigos que era médico e investigador de la OMS en Ginebra. La realidad era bastante diferente: había abandonado los estudios de medicina, no tenía trabajo y pasabas sus días vagando, en coches, plazas, tomando café, leyendo el diario. Se sostenía estafando con dinero a amigos y familiares a los que convencía de realizar supuestas provechosas inversiones. Diversas circunstancias hicieron que su gran mentira estuviera a punto de descubrirse y allí tomó una decisión estremecedora: asesinó a su mujer, sus dos hijos y sus padres. Luego intentó suicidarse incendiando la casa, pero en este caso falló y llegó a ser rescatado. Con esta historia, Emmanuel Carrére creó su famoso libro El adversario. 

Jason Arday se suicidó el 14 de agosto. En este caso, afortunadamente, no atentó contra su familia, pero es de suponer que no pudo soportar el escarnio público que lo atravesaba tras conocerse flagrantes mentiras sobre las cuales había construido una vida profesional y pública.

Arday era un profesor de Cambridge que era presentado por las autoridades como el académico negro más joven en alcanzar el estatus de profesor en aquella casa de estudios. Pero su arribo a Cambridge fue el corolario de un largo proceso que comenzó con apariciones en medios de comunicación siempre como ejemplo de resiliencia y superación. Sin ir más lejos, fue seleccionado para portar la antorcha olímpica en Londres 2012 porque su ejemplo era inspirador y son incontables sus participaciones en entrevistas en la BBC, por ejemplo. Es que la historia de Arday era de película: afirmó ser diagnosticado con autismo a los tres años, no poder hablar hasta los 12 y haber aprendido a leer y escribir a los 18 años. Además, se presentaba como un eximio atleta que llegó a correr 30 maratones en 35 días, nueve de ellas, con una pierna fracturada, siempre con afán benéfico por el cual habría conseguido recolectar cinco millones de libras. Arday era el emblema perfecto para el discurso hegemónico progresista y, su llegada a Cambridge, la coronación y una forma de expiación cultural: el negro neurodivergente que se supera y se realiza en esta tierra que brinda oportunidades iguales a todos, más allá del color de piel. Un presente ficticio para enterrar una historia de colonialismo y discriminación real.   

Además de la poco creíble lista de padecimientos ya enumerados, Arday afirmó haber participado de un programa de TV de los años 60 cuando él nació en 1984; haber sido profesor invitado en universidades de Escocia, Estados Unidos y Sudáfrica, además de profesor honorario en Durham University, cargos que fueron desmentidos por las respectivas casas de estudio. Aparentemente también sería falsa la obtención de un master en psicodynamic counselling, como así también habrían sido inventadas supuestas amenazas contra él y su familia (la colocación de cabezas de cerdo en la puerta de sus padres, amenazas racistas, un stalker y otros episodios que The Free Press investigó sin conseguir evidencia policial o documental que lo avalen).  

Sin embargo, claro está, semejante inverosímil historia llamó la atención, especialmente en el ámbito académico, y empezaron a circular rumores de plagio además de dudas acerca de los cargos y logros expuestos en su currículum. En lo que se puede reconstruir, en 2025, el periodista Jack Grove, de Times Higher Education, investigó acusaciones de plagio, pero su investigación no llegó a publicarse tras la intervención de los abogados de Arday. En este caso, el niño prodigio, encarnación de la bondad en el mundo, actuó con toda la fuerza de la ley para censurar la investigación que avanzaba en su contra. Asimismo, en julio de 2026, el académico Nathan Cofnas hizo públicas nuevas acusaciones de plagio. Los antecedentes de este académico, señalado como supuesto confeso antisemita, rápidamente sirvieron para que Arday y quienes lo defendían instalaran la idea de una persecución racista, pero abrieron la puerta para que algunas de esas acusaciones fueran investigadas y ampliadas posteriormente por The Times. Allí el caso explotó y desencadenó los hechos: Cambridge se vio obligada a anunciar una nueva investigación sobre Arday y su trayectoria académica, él renuncia a su cargo, y, algunos días después, se mata.

Comencé comparando el caso de Romand con el de Arday, justamente porque resultaban incomparables. En el primer ejemplo, alguien puede sostener una mentira así durante 18 años en un mundo sin redes y viviendo una vida anónima donde su universo es el universo de su familia y amigos. Es insólito que hubiera podido sostener una mentira tanto tiempo, pero es verosímil y, de hecho, logró hacerlo. Pero el caso de Arday es distinto: cualquiera que leyese sus historias se daría cuenta rápidamente de que es un fabulador, con el agravante de que estas historias eran públicas, tanto como sus antecedentes profesionales, etc. Arday mentía y la mentira estaba expuesta todo el tiempo. Es más: la fábula debía ser evaluada por instituciones que poseen los más altos estándares. Y sin embargo… la farsa continuó.  

Mi sospecha es que esto es posible porque no solo ya han muerto la verdad y los hechos: también ha muerto ya la verosimilitud. En otras palabras, ya sabemos que en esta era donde el lenguaje crea realidad y hablar de verdad es fascista, los hechos son los que indican el algoritmo y los que confirman prejuicios. Pero la defensa cerrada e insólita que el mundo woke está haciendo de Arday demuestra que también la verosimilitud y la sensatez se han sacrificado en aras de la ideología. La realidad no podía arruinar una bella historia, incluso cuando se tratara de una mentira.    

Así, no solo durante el proceso circunscribieron todo a un ataque de la derecha racista, sino que, tras la muerte, hablan de una confabulación desde los medios de comunicación contra Arday, una víctima sensible que no pudo soportar el acoso. El delirio llega a tal extremo que a la movilización pública en Trafalgar Square para honrar su memoria, se le puede agregar una petición en Change.org titulada: “Proposal for Arday’s Law: a limit to articles published on one person within a timeframe.”

La propuesta pide acción legislativa para limitar el número de artículos periodísticos que pueden publicarse sobre una misma persona dentro de un período determinado. El argumento es que una concentración excesiva de cobertura puede producir una presión pública desproporcionada y daños personales. Si pensamos que se trata de una iniciativa marginal de usuarios con tiempo libre adoradores de un fascismo progresista en nombre del bien, deberíamos indicar que el 18 de agosto hubo una declaración de apoyo a la propuesta publicada en la página oficial de Amnesty International UK, firmada conjuntamente por sus redes de Disabled People's Human Rights, Student Action, Anti-Racism, Feminist y Queer Rights.

El número mágico que anda circulando es el expresado por Diane Abbott quien indica que entre el 24 de julio y el 14 de agosto se publicaron 249 artículos sobre Arday en 15 grandes medios británicos, y que 188 aparecieron durante los nueve días posteriores a su renuncia, entre el 5 y el 14 de agosto.

Hace tiempo que el progresismo, embanderado en su supuesta lucha contra los lenguajes de odio, coquetea con la censura contra todo aquel discurso que señale a los propios, pero no deja de ser curioso que sea ese mismo progresismo el que exija un límite al acoso y a la cacería sobre una persona. La razón es que ha sido el propio progresismo, y no la derecha, el impulsor de la cultura de la cancelación y de la muerte civil de personas bajo la lógica del ataque en forma de enjambre mediático-cibernético. Y, sí, claro, esa dinámica es la que ha provocado innumerable cantidad de suicidios a pesar de que en muchos casos se trataba de acusaciones falsas.

Pero, a favor de Arday: ¿cómo alguien no va a fantasear con plagiar y mentir sobre un número delirante de proezas si, desde la derecha se habla de hechos alternativos y, desde la izquierda, se ha instalado que la realidad y la identidad de las personas depende del lenguaje y la percepción. Dicho de otro modo, si podemos crear cosas con palabras, si puedo ser algo solamente por decir que lo soy, ¿por qué no voy a ser doctor sin haber hecho una tesis? ¿Por qué no voy a correr nueve maratones con la pierna quebrada?

Es más, si la meritocracia ya no existe y solo hay cupos identitarios, ¿qué sentido tiene llenar un CV con logros profesionales? A nadie le importa el doctorado de Arday: él estaba ahí por no ser “hegemónico”, y por haber dicho que hacía caridad, que fue diagnosticado con autismo, que tuvo dificultades para hablar, leer y escribir, etc. Los CV devienen así listas de padecimientos y no de logros. De las tesis, los libros, etc., nos interesa solo la identificación del tesista. Los concursos ya no evalúan conocimientos sino biografías. El varón blanco heterosexual es malo; todo lo otro es bueno, está en la verdad y nunca miente. Por eso no se puede admitir la mentira de Arday: porque identitariamente le está vedado la mentira, en este caso, por ser negro, pero lo mismo le hubiera ocurrido si perteneciera a otra “minoría”. Las minorías no mienten. Por eso es tan importante calificar como tal.    

Y ahora un párrafo para las instituciones. Claro que la responsabilidad es de Arday, pero aquí hubo todo un sistema que le dio lugar, que lo encumbró a pesar del delirio que presentaba, que lo protegió y que va a hacer de él un mártir para no dar el brazo a torcer, para no desnudar que todo este gran delirio colectivo es responsabilidad de las instituciones, las encargadas, por definición de dotar de racionalidad al orden social. Locos, mentirosos, psicópatas han existido siempre, pero las instituciones tenían los anticuerpos para detectarlos y ubicarlos donde merecen. Ahora hay un sistema que los protege, los encumbra y, por ello mismo, los incentiva porque, con el apoyo institucional, también obtienen legitimidad social. Si la mentira no tiene costo social ni jurídico y hasta puede llevar a la persona en cuestión a gozar del beneficio del reconocimiento social, estamos ante un escenario demasiado tentador para determinado tipo de personalidades y enormemente dañino si de lo que se trata es de construir un universo común con la justicia, la igualdad y la paz social como pilares.

Si ni siquiera lo verosímil puede formar parte de una discusión común y funcionar como base de acuerdo para el debate entre polos, episodios como este confirmarán una y otra vez el avance demencial del relativismo posmoderno que ya se había cargado la verdad y luego había secuestrado a los hechos para someterlos al arbitrario terreno de la pura interpretación y el lenguaje creador. Cada evento será un disparador de los marcos que representan a los polos y cada uno jugará su batallita en la guerra cultural donde todos quieren convencer, pero nadie acepta poder ser convencido.   



 

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