En una entrevista con ABC News algunas semanas atrás, la referente del
progresismo de izquierda de New York, y aspirante a presidente 2028, Alexandra
Ocasio-Cortéz, cita a un aliado político y afirma “Woke 1 was crazy”, lo que
podría traducirse como “La primera etapa del wokismo fue una locura”. Aunque
luego pareció circunscribirse a una retórica del wokismo en el contexto de la
pandemia que evidentemente debía ser abandonada, la declaración sorprendió por,
al menos, dos cosas. En primer lugar, porque establece una periodización: si
hubo un Woke 1 es porque hay, o habrá, al menos, un Woke 2; en segundo lugar,
porque tenuemente pareciera haber algún principio de revisión de lo que hasta
hace poco parecía una lista de mandamientos incontrovertibles.
Dejando de lado que afirmar que algo fue “crazy” supone una ambigüedad
indigna de un legislador (podría haber dicho que fue una mierda y hubiera
ganado en claridad y precisión), podemos recoger el guante y preguntarnos,
primeramente, sobre las características de esta presunta segunda etapa.
Es difícil sintetizar las políticas Woke que hegemonizaron el espacio
público y las instituciones la última década pero una lista de las más
controvertidas seguramente debería incluir la reducción del financiamiento
y las funciones de la policía (en su versión más radical su directa abolición, Abolish The Police), desplazando
recursos hacia servicios sociales; las políticas
de identidad racial conocidas como DEI (Diversity, Equity and
Inclusion), que se tradujeron en cuotas o preferencias raciales, affirmative
action, en universidades, por ejemplo, bajo el presupuesto de la existencia
de un racismo estructural. Sumemos aquí
las discusiones alrededor de la ideología de género: uso de pronombres elegidos
y obligación de reconocimiento so pena de castigo legal, reconocimiento
institucional de las identidades trans, apertura a la transición en menores
incluyendo tratamientos hormonales, bloqueadores y cirugías de carácter
irreversible, intento de imposición de mujeres trans en espacios reservados
para sexo femenino (pensemos en los conflictos acerca del uso de los baños, o
de las mujeres trans en el deporte femenino) y todo aquello que rodeó a un
intento de transformar el lenguaje de arriba hacia abajo siendo la principal
referencia el autodenominado “lenguaje inclusivo” o lenguaje no sexista. A su
vez, emparentado con la idea de un discurso público que ya no debía garantizar
la libertad de expresión sino proteger la sensibilidad de individuos
pertenecientes a minorías, con la obsesión por hallar violencias y
microviolencias en cada interacción humana, apareció el “lenguaje de odio” que
rápidamente se transformó en una herramienta de censura y autocensura.
A esto podría agregarse que la revisión a nivel
educativo fue solo un aspecto más de un avance más general a nivel cultural,
detrás de la teoría critica de la raza y los discursos decolonialistas que
comenzaron una verdadera “cacería” revisionista sobre autores, obras y
monumentos que no encajaban en la nueva moralidad. No faltaron incluso quienes adjudican
el cambio climático a la injusticia racial o algo por el estilo, y, quizás la
más renombrada, la peligrosísima cultura de la cancelación, verdaderos
tribunales paralelos inquisitoriales que apuntaron a la destrucción civil de
las personas, aun cuando en algunos casos se tratara de acusaciones no
judicializables y aun cuando, en aquellos casos que sí lo eran, muchas veces la
justicia afirmase lo contrario. Por último, existen hoy grandes debates acerca
de cómo, bajo la suposición de un también estructural patriarcado
heteronormativo, el wokismo habría penetrado en el ámbito jurídico para poner
todo patas para arriba gracias a un discurso punitivista, la puesta entre
paréntesis de la presunción de inocencia, la inversión de la carga de la prueba
y, con ello, la alteración del pilar fundamental de la igualdad ante la ley de
todos los ciudadanos, sean varones, mujeres, blancos, negros, heterosexuales u
homosexuales. La lista, por cierto, puede continuar casi hasta el infinito
porque el wokismo tuvo, desde el comienzo, una pretensión refundacional de
actuar en cada uno de los aspectos de nuestra vida tanto pública como privada.
¿Cómo sería entonces el Woke 2 que abandonaría o reemplazaría estas
“locuras” o, al menos, algunas de éstas? La primera respuesta sería la más
obvia aunque no por eso menos cierta: es harto evidente que esta nueva
izquierda ha reemplazado la agenda tradicional de los trabajadores por la
agenda de las minorías. Las razones de este cambio supondrían un desarrollo
extenso, pero está claro que se trata de una reconversión de la izquierda luego
de la Caída del Muro tras la demostración de que era necesario aggiornar
conceptos y acciones a la nueva reconfiguración del trabajo y del mundo.
Tras ese abandono, ocurrió lo más natural: la clase obrera hoy vota mayoritariamente
a la derecha y no lo hace por ser manipulada o por idiota sino porque la
izquierda ya no la representa. Esta semana, sin ir más lejos, circularon
informes que hablan de que un 60% de los trabajadores de Sajonia-Anhalt votaron
a la ultraderecha (que obtuvo un 44% de los votos). No se trata, por cierto, de
un fenómeno aislado.
Conceptualmente no hay una contradicción esencial entre defender agenda de
minorías y derechos de los trabajadores. ¿o sí? ¿Acaso las grandes marcas, las
grandes compañías, los grandes medios que representan el capital concentrado
apoyarían una agenda Woke 2 con eje en los trabajadores como lo hicieron con la
agenda Woke 1? ¿Será que para el gran capital es más cómodo defender que la
igualdad es derecho a autopercibirse el género antes que derecho a tener
salarios dignos? En otras palabras, ¿podríamos sospechar que la agenda Woke 1
era todo ganancia para esas empresas porque les lavaba la cara ubicándolos del
lado correcto sin sacrificar sus ganancias? Es más, ha habido sendos informes
que mostraron cómo muchas de las grandes marcas elevaron las ventas cuando
abrazaron esa agenda y acomodaron sus productos a la misma. Al menos así
funcionó hasta que la moda fue desapareciendo y las mayorías empezaron a
reaccionar y a votar cualquier cosa que se les opusiera. Comparar publicidades
de grandes marcas donde cinco años atrás se observaban mujeres negras con
sobrepeso y actitud desafiante, con el retorno de modelos flacas caucásicas y
sugerentes, es todo un símbolo. Entonces,
conceptualmente parecería no haber contradicción pero en la práctica sí la hubo
porque más allá del dogmatismo de carácter religioso y fascistoide que el
movimiento Woke adoptó, lo cierto es que ya son varios los arrepentidos desde
adentro que vienen advirtiendo la necesidad de retomar la vieja agenda de la
izquierda. Que no lo hayan hecho, parece, entonces, no ser una casualidad.
Naturalmente ha habido voces que advirtieron que no se trataba de un
genuino arrepentimiento sino de una suerte de rebranding, un lavado de cara que
busca rédito electoral porque admite el rechazo pero nunca el error. Cambiar la
táctica, ocultar el monstruo, dejar entrever que “quizás nos pasamos 3 pueblos”
para volver y pasarse 10 aunque siempre en la misma dirección porque, si el
pueblo no apoya, el equivocado es el pueblo. ¿O acaso vamos a permitir que la
realidad desafíe nuestra ideología? Que se joda la realidad y cambie.
Creo que esta hipótesis no debe descartarse. Los comentarios que circulan
de los referentes más radicales, lejos de revisar excesos y principios, (porque
no nos equivoquemos: los desastres no fueron productos solo de los excesos sino
también del corazón y de los principios del wokismo), mezclan una sed de
revancha, un retorno radicalizado y vengativo, con una explicación todoterreno:
perdimos porque la derecha es mala y manipula a idiotas y gente de mierda que
un día se hizo fascista. La situación es muy curiosa porque gente que siempre
fue progresista hoy es considerada fascista, y se la acusa de haberse corrido a
la derecha. Y, sin embargo, están en el mismo lugar: es el progresismo el que
se ha corrido hasta posiciones indefendibles, ni siquiera hacia la izquierda,
sino mas bien hacia un lugar alejado de toda realidad donde solo se beneficia
una secta de esclarecidos con kioskos y subsidios legitimados por el canon de
la corrección política.
Dicho esto, quiero introducir dos elementos más. Supongamos que
efectivamente, el “Woke 1 was crazy” supone un arrepentimiento. ¿Qué ocurre con
las personas que fueron damnificadas por estas políticas y qué costo pagarán
aquellas que conscientemente se beneficiaron de ellas? Ni siquiera hablamos de
cuestiones económicas aun cuando merecerían ser tomadas en cuenta. Pero dejemos
de lado ese asunto: los que iniciaron este delirio, ¿tendrán el derecho a
determinar en qué momento se clausura el proceso y a olvidar el daño?
¿Aceptarán esos mismos responsables que la versión más caricaturesca y radical
de la derecha en las últimas décadas sobrevino por el wokismo, es decir, por el
énfasis en políticas identitarias minoritarias que abandonaron las agendas
materiales de las mayorías para discutir si debemos hablar con la E o si una
mujer trans puede entrar a un baño de mujeres? Esta supuesta evolución
ideológica/arrepentimiento, incluso si no fuera oportunismo, ¿conlleva una
amnesia política? ¿Se van a presentar a elecciones sin más, con una sonrisa
adolescente, afirmando “sí, it was crazy”?
Segunda y última cuestión a propósito de “Una pregunta para los ex-Woke: ¿de qué se arrepienten
exactamente?”, un artículo de Carlos Lozada publicado en Infobae, original de The New
York Times.
En tanto, el título
es lo suficientemente descriptivo, solo citaré algunos pasajes:
“Si ahora pueden descartarlo todo con tanta ligereza (…) ¿cuánto
de eso creían realmente en aquel entonces? ¿Cuánto era convicción, cuánto era
pose, cuánto era pensamiento grupal, cuánto era miedo?
Si lo creías, abandonarlo ahora requiere
algo más que una sonrisa avergonzada. Si no lo creías y, sin embargo, lo
proclamabas con tanta pasión, con tanta pretensión de claridad moral, con tanto
desdén por las perspectivas contrarias, entonces lo mínimo que puedes hacer
ahora es reconocer esa disonancia. Debes explicar el cambio, no solo
justificarlo.
Algunos escritores y pensadores han
admitido que apoyaron ciertas verdades progresistas —o no las cuestionaron—
porque se sentían intimidados por su público o porque temían por sus carreras.
Espero que la clase política
también muestre un mínimo de responsabilidad intelectual.”
El tiempo dirá si se trata de un
arrepentimiento genuino o una simple estrategia de marketing para un retorno
virulento. Clarificar esto es urgente porque en el vértigo de la insatisfacción
democrática, que alterna por insatisfecha más que por republicana, el péndulo
puede volver rápidamente a la izquierda progresista, incluso en su cara más
radical. Ya sabemos cómo funciona el mundo: nadie se hará cargo y todo seguirá
sin más. Los que se beneficiaron callarán su vergüenza a costo cero, los
damnificados rumiarán su impotencia. Quizás, lo único que estamos a tiro de
desear es que, si se vuelven a presentar, al menos tengan la dignidad de pedir
disculpas.
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