viernes, 11 de septiembre de 2026

El regreso del Wokismo: ¿Marketing, revancha o arrepentimiento? (12.9.26)


 

En una entrevista con ABC News algunas semanas atrás, la referente del progresismo de izquierda de New York, y aspirante a presidente 2028, Alexandra Ocasio-Cortéz, cita a un aliado político y afirma “Woke 1 was crazy”, lo que podría traducirse como “La primera etapa del wokismo fue una locura”. Aunque luego pareció circunscribirse a una retórica del wokismo en el contexto de la pandemia que evidentemente debía ser abandonada, la declaración sorprendió por, al menos, dos cosas. En primer lugar, porque establece una periodización: si hubo un Woke 1 es porque hay, o habrá, al menos, un Woke 2; en segundo lugar, porque tenuemente pareciera haber algún principio de revisión de lo que hasta hace poco parecía una lista de mandamientos incontrovertibles.  

Dejando de lado que afirmar que algo fue “crazy” supone una ambigüedad indigna de un legislador (podría haber dicho que fue una mierda y hubiera ganado en claridad y precisión), podemos recoger el guante y preguntarnos, primeramente, sobre las características de esta presunta segunda etapa.

Es difícil sintetizar las políticas Woke que hegemonizaron el espacio público y las instituciones la última década pero una lista de las más controvertidas seguramente debería incluir la reducción del financiamiento y las funciones de la policía (en su versión más radical su directa abolición, Abolish The Police), desplazando recursos hacia servicios sociales; las políticas de identidad racial conocidas como DEI (Diversity, Equity and Inclusion), que se tradujeron en cuotas o preferencias raciales, affirmative action, en universidades, por ejemplo, bajo el presupuesto de la existencia de un racismo estructural. Sumemos aquí las discusiones alrededor de la ideología de género: uso de pronombres elegidos y obligación de reconocimiento so pena de castigo legal, reconocimiento institucional de las identidades trans, apertura a la transición en menores incluyendo tratamientos hormonales, bloqueadores y cirugías de carácter irreversible, intento de imposición de mujeres trans en espacios reservados para sexo femenino (pensemos en los conflictos acerca del uso de los baños, o de las mujeres trans en el deporte femenino) y todo aquello que rodeó a un intento de transformar el lenguaje de arriba hacia abajo siendo la principal referencia el autodenominado “lenguaje inclusivo” o lenguaje no sexista. A su vez, emparentado con la idea de un discurso público que ya no debía garantizar la libertad de expresión sino proteger la sensibilidad de individuos pertenecientes a minorías, con la obsesión por hallar violencias y microviolencias en cada interacción humana, apareció el “lenguaje de odio” que rápidamente se transformó en una herramienta de censura y autocensura.

A esto podría agregarse que la revisión a nivel educativo fue solo un aspecto más de un avance más general a nivel cultural, detrás de la teoría critica de la raza y los discursos decolonialistas que comenzaron una verdadera “cacería” revisionista sobre autores, obras y monumentos que no encajaban en la nueva moralidad. No faltaron incluso quienes adjudican el cambio climático a la injusticia racial o algo por el estilo, y, quizás la más renombrada, la peligrosísima cultura de la cancelación, verdaderos tribunales paralelos inquisitoriales que apuntaron a la destrucción civil de las personas, aun cuando en algunos casos se tratara de acusaciones no judicializables y aun cuando, en aquellos casos que sí lo eran, muchas veces la justicia afirmase lo contrario. Por último, existen hoy grandes debates acerca de cómo, bajo la suposición de un también estructural patriarcado heteronormativo, el wokismo habría penetrado en el ámbito jurídico para poner todo patas para arriba gracias a un discurso punitivista, la puesta entre paréntesis de la presunción de inocencia, la inversión de la carga de la prueba y, con ello, la alteración del pilar fundamental de la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, sean varones, mujeres, blancos, negros, heterosexuales u homosexuales. La lista, por cierto, puede continuar casi hasta el infinito porque el wokismo tuvo, desde el comienzo, una pretensión refundacional de actuar en cada uno de los aspectos de nuestra vida tanto pública como privada.

 

¿Cómo sería entonces el Woke 2 que abandonaría o reemplazaría estas “locuras” o, al menos, algunas de éstas? La primera respuesta sería la más obvia aunque no por eso menos cierta: es harto evidente que esta nueva izquierda ha reemplazado la agenda tradicional de los trabajadores por la agenda de las minorías. Las razones de este cambio supondrían un desarrollo extenso, pero está claro que se trata de una reconversión de la izquierda luego de la Caída del Muro tras la demostración de que era necesario aggiornar conceptos y acciones a la nueva reconfiguración del trabajo y del mundo.

Tras ese abandono, ocurrió lo más natural: la clase obrera hoy vota mayoritariamente a la derecha y no lo hace por ser manipulada o por idiota sino porque la izquierda ya no la representa. Esta semana, sin ir más lejos, circularon informes que hablan de que un 60% de los trabajadores de Sajonia-Anhalt votaron a la ultraderecha (que obtuvo un 44% de los votos). No se trata, por cierto, de un fenómeno aislado.

Conceptualmente no hay una contradicción esencial entre defender agenda de minorías y derechos de los trabajadores. ¿o sí? ¿Acaso las grandes marcas, las grandes compañías, los grandes medios que representan el capital concentrado apoyarían una agenda Woke 2 con eje en los trabajadores como lo hicieron con la agenda Woke 1? ¿Será que para el gran capital es más cómodo defender que la igualdad es derecho a autopercibirse el género antes que derecho a tener salarios dignos? En otras palabras, ¿podríamos sospechar que la agenda Woke 1 era todo ganancia para esas empresas porque les lavaba la cara ubicándolos del lado correcto sin sacrificar sus ganancias? Es más, ha habido sendos informes que mostraron cómo muchas de las grandes marcas elevaron las ventas cuando abrazaron esa agenda y acomodaron sus productos a la misma. Al menos así funcionó hasta que la moda fue desapareciendo y las mayorías empezaron a reaccionar y a votar cualquier cosa que se les opusiera. Comparar publicidades de grandes marcas donde cinco años atrás se observaban mujeres negras con sobrepeso y actitud desafiante, con el retorno de modelos flacas caucásicas y sugerentes, es todo un símbolo.  Entonces, conceptualmente parecería no haber contradicción pero en la práctica sí la hubo porque más allá del dogmatismo de carácter religioso y fascistoide que el movimiento Woke adoptó, lo cierto es que ya son varios los arrepentidos desde adentro que vienen advirtiendo la necesidad de retomar la vieja agenda de la izquierda. Que no lo hayan hecho, parece, entonces, no ser una casualidad.  

Naturalmente ha habido voces que advirtieron que no se trataba de un genuino arrepentimiento sino de una suerte de rebranding, un lavado de cara que busca rédito electoral porque admite el rechazo pero nunca el error. Cambiar la táctica, ocultar el monstruo, dejar entrever que “quizás nos pasamos 3 pueblos” para volver y pasarse 10 aunque siempre en la misma dirección porque, si el pueblo no apoya, el equivocado es el pueblo. ¿O acaso vamos a permitir que la realidad desafíe nuestra ideología? Que se joda la realidad y cambie.

Creo que esta hipótesis no debe descartarse. Los comentarios que circulan de los referentes más radicales, lejos de revisar excesos y principios, (porque no nos equivoquemos: los desastres no fueron productos solo de los excesos sino también del corazón y de los principios del wokismo), mezclan una sed de revancha, un retorno radicalizado y vengativo, con una explicación todoterreno: perdimos porque la derecha es mala y manipula a idiotas y gente de mierda que un día se hizo fascista. La situación es muy curiosa porque gente que siempre fue progresista hoy es considerada fascista, y se la acusa de haberse corrido a la derecha. Y, sin embargo, están en el mismo lugar: es el progresismo el que se ha corrido hasta posiciones indefendibles, ni siquiera hacia la izquierda, sino mas bien hacia un lugar alejado de toda realidad donde solo se beneficia una secta de esclarecidos con kioskos y subsidios legitimados por el canon de la corrección política.

Dicho esto, quiero introducir dos elementos más. Supongamos que efectivamente, el “Woke 1 was crazy” supone un arrepentimiento. ¿Qué ocurre con las personas que fueron damnificadas por estas políticas y qué costo pagarán aquellas que conscientemente se beneficiaron de ellas? Ni siquiera hablamos de cuestiones económicas aun cuando merecerían ser tomadas en cuenta. Pero dejemos de lado ese asunto: los que iniciaron este delirio, ¿tendrán el derecho a determinar en qué momento se clausura el proceso y a olvidar el daño? ¿Aceptarán esos mismos responsables que la versión más caricaturesca y radical de la derecha en las últimas décadas sobrevino por el wokismo, es decir, por el énfasis en políticas identitarias minoritarias que abandonaron las agendas materiales de las mayorías para discutir si debemos hablar con la E o si una mujer trans puede entrar a un baño de mujeres? Esta supuesta evolución ideológica/arrepentimiento, incluso si no fuera oportunismo, ¿conlleva una amnesia política? ¿Se van a presentar a elecciones sin más, con una sonrisa adolescente, afirmando “sí, it was crazy”?  

Segunda y última cuestión a propósito de “Una pregunta para los ex-Woke: ¿de qué se arrepienten exactamente?”, un artículo de Carlos Lozada publicado en Infobae, original de The New York Times.

 

En tanto, el título es lo suficientemente descriptivo, solo citaré algunos pasajes:

 

“Si ahora pueden descartarlo todo con tanta ligereza (…) ¿cuánto de eso creían realmente en aquel entonces? ¿Cuánto era convicción, cuánto era pose, cuánto era pensamiento grupal, cuánto era miedo?

Si lo creías, abandonarlo ahora requiere algo más que una sonrisa avergonzada. Si no lo creías y, sin embargo, lo proclamabas con tanta pasión, con tanta pretensión de claridad moral, con tanto desdén por las perspectivas contrarias, entonces lo mínimo que puedes hacer ahora es reconocer esa disonancia. Debes explicar el cambio, no solo justificarlo.

Algunos escritores y pensadores han admitido que apoyaron ciertas verdades progresistas —o no las cuestionaron— porque se sentían intimidados por su público o porque temían por sus carreras. Espero que la clase política también muestre un mínimo de responsabilidad intelectual.”

El tiempo dirá si se trata de un arrepentimiento genuino o una simple estrategia de marketing para un retorno virulento. Clarificar esto es urgente porque en el vértigo de la insatisfacción democrática, que alterna por insatisfecha más que por republicana, el péndulo puede volver rápidamente a la izquierda progresista, incluso en su cara más radical. Ya sabemos cómo funciona el mundo: nadie se hará cargo y todo seguirá sin más. Los que se beneficiaron callarán su vergüenza a costo cero, los damnificados rumiarán su impotencia. Quizás, lo único que estamos a tiro de desear es que, si se vuelven a presentar, al menos tengan la dignidad de pedir disculpas.      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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