Determinismo tecnológico, el
verdadero “elijo creer”: Lula dio vuelta la elección por el canal de Whatsapp
creado por su “general”, André Janones, quien logró reunir casi 11 millones de
seguidores que replicaban sus órdenes para burlar el boicot de las grandes
tecnológicas. “El Exército do Lula”, unas milicias virtuales, le dan la
reelección al mítico líder y ya tenemos la explicación simple que nos hacía
falta. Que florezcan los ejércitos peronistas ahora, impulsan algunos
entusiasmados; vamos a jugarle a la derecha mala con sus propias armas, teclean
otros. Entre militantes y analistas de poco vuelo, ya tenemos nuestro ejército,
aunque en este caso, no sea más que un ejército de boludos.
Por cierto, una primera
contradicción: la referencia a la tecnología en el marco de una elección suele venir
de parte de los perdedores porque es la excusa más confortable. Decir que falló
la comunicación es la mejor manera de no admitir que quizás lo que falló es el
candidato, la propuesta, y/o que la ideología que sostenés ya no representa a
nadie. La novedad aquí es que la referencia a la tecnología la enarbolen
orgullosos los ganadores porque, justamente, deja a un lado lo más importante
que, supuestamente, debería poseer una alternativa política: un candidato, una
propuesta y una ideología que los sustente. Los que dicen defender la política
festejan un canal de Whatsapp, es decir, el triunfo de la comunicación sobre la
política, incluso sin comprender que esa variable puede haber jugado algún rol,
pero ha estado lejos de ser determinante. Y hay algo también preocupante: más
allá de la retórica militarista de la militancia, aun cuando el Exército do
Lula se presente como ejemplo de organización, parece casi una reivindicación
de la manipulación y/o, peor aún, de un régimen vertical donde el militante es
un idiota acrítico que orgullosamente acepta cualquier directiva de un jefe de
campaña.
Y hablando de detalles incómodos:
¿vieron que Janones habla como un pastor evangelista, esos que fueron
demonizados por “votar a la derecha”? Es que, efectivamente, Janones pertenece
a la Iglesia Evangelista. Y un punto más sobre Janones: comparando las
elecciones legislativas 2022 con las de 2026, él, como candidato a diputado
federal en Minas Gerais, perdió dos tercios de los votos. ¿Será que Janones no
creó un Exército do Janones o que la clave estuvo en quién era la figura detrás
de la cual se encuadraba el ejército? Lo curioso es que probablemente el propio
Lula y las autoridades del PT estén confundiendo el diagnóstico, al menos algo
de eso parece seguirse tras escuchar el discurso del triunfo, donde el
presidente reelecto hizo mucho hincapié en las redes sociales y la regulación
de las mismas, etc., como si fuera una revelación (hasta hace poco, Lula se
jactaba de no usar celular, y recién después de perder la primera vuelta grabó
por primera vez un spot con el teléfono en formato vertical. Es, claramente, un
candidato analógico y, puede ser que, por ello mismo, se deslumbre demasiado
fácil con las mieles de la tecnología).
A propósito, a Lula, una suerte
de mito viviente de la política brasileña, no hay que presentarlo y ha demostrado
en siete elecciones su fortaleza, ganando y perdiendo, pero convengamos que
tenía logros para mostrar más allá de su historia legendaria: aunque sin ser un
boom, la economía venía bien creciendo todos los años, el desempleo alcanzó mínimos
históricos, aumentó el empleo formal, el salario real subió 17% en cuatro años;
la pobreza está en mínimos históricos, etc. Hay también problemas, claro: el déficit
fiscal alto del 9,5% por pago de deudas es un lastre, muchos brasileños afirman
que esos buenos números no les llegan, etc. Pero algo para mostrar había. Por
supuesto que eso ya existía cuando se perdió en primera vuelta, pero
convengamos que había con qué hacer una campaña.
¿Y qué tal fue esa campaña
virtual en números? Encontré un informe de Camilo Alejandro López que demuestra
una estrategia digital enormemente agresiva de parte del PT tras la derrota en
primera vuelta: 119,4 millones de interacciones de Janones en sus redes, solo
en el balotaje, contra 73,5 M de Bolsonaro en toda la campaña, por ejemplo; o
el hecho de que, en el balotaje, Lula multiplicara por 3,3 los posts que
nombraban a Flavio cuando en la primera vuelta solía ignorarlo. También es
cierto que la militancia digital activó las cuentas de Lula que en primera vuelta
posteaba mucho, pero estaba por debajo de la de Bolsonaro; y que en las últimas
72 horas se dio un fenómeno curioso: el canal de Lula ganó 1,23M de suscriptores
mientras que el de Bolsonaro solo 20 mil. Es como si al final de la recta, el
coche de Bolsonaro se hubiera quedado sin nafta, quizás por exceso de
confianza… No lo sabemos.
De modo que, por supuesto, existió
un decisión comunicacional que, aunque imposible de medir, quizás haya rendido
algún fruto, pero lo cierto es que hacer énfasis solamente en la organización vertical
de un canal de whatsapp para explicar la remontada, pasa por alto cómo ha
jugado la transferencia del voto, la movilización de nuevos actores, (guiados,
en muchos casos, por campañas del miedo o por simple rechazo al adversario), el
juego de las alianzas, el hecho de que haber elegido a META como “el enemigo”
haya creado una épica entre los militantes, etc. Agreguemos a esto, sin que
juguemos el rol hipócrita del republicanismo que se tapa la nariz, la cantidad
de medidas populistas y oportunistas orientadas directamente a ganar la
elección que impulsó Lula. Probablemente todas en la dirección correcta pero
curiosamente llevadas adelante a semanas de la elección (reducción de la
jornada laboral, transporte gratis, aumento en planes sociales, prohibición de
las apuestas online, etc. No quedó una por hacer y no está mal, pero también
hay que reconocerlo). De aquí que uno sospeche que un video de Lula hecho con
IA aplastando a Bolsonaro o haciendo goles a lo Mbappé quizás haya tenido menos
incidencia que el miedo a Bolsonaro y un montón de beneficios sociales y
económicos impulsados en las últimas semanas. La gente es boluda pero no tanto,
o no todo el tiempo.
Es cierto que, más allá de la
miopía en los análisis, una mirada lineal puede haber conectado la imponente
cifra de 11 millones de soldados virtuales con el hecho de que Lula pasó de
casi 54 millones de votos en la primera vuelta a algo más de 64 millones en la
segunda, es decir, casi 11 millones. Pero creo que no hace falta perder líneas
para explicar por qué establecer una relación de causalidad por la coincidencia
azarosa de esos números, es un sinsentido. Como se supo desde el principio de
la campaña para el balotaje, la clave estaba en que Lula pudiera movilizar a
los que no fueron a votar o a los que no se habían inclinado por ningún
candidato. Y así fue: estudios calculan que entre los que no votaron en primera
vuelta, pero sí se presentaron a la segunda, Lula triplicó o cuadruplicó los
votos de Bolsonaro; que entre los que habían votado en blanco, un 78% fue hacia
Lula, y que, entre los nulos, un 58% fue para el candidato del PT.
Para finalizar, mencionemos
algunos elementos que deberían también resultar incómodos para los análisis progresistas
del milagro lulista porque al fin de cuentas estamos hablando siempre de lo
mismo, esto es, el exceso de sesgo en los análisis: como venimos echándole la
culpa a las redes de la derrota de los candidatos que nos gustan, ahora hacemos
lo mismo, aun cuando eso vaya en detrimento de todo lo que sostuvimos hasta
ahora.
En este caso referimos a quienes
advierten, con razón, que, en general, la izquierda en el mundo no entiende el
carácter disruptivo y rebelde de la comunicación de la derecha. Efectivamente,
frente a la agresividad y la simplificación, la izquierda no puede salir de su
burbuja universitaria e intenta explicarlo todo con su moralina biempensante y
su arrogancia, en un mundo donde no hay tiempo y los mensajes son más directos.
Es una caricatura y una exageración, porque la izquierda también simplifica y
agrede, si no, basta con ver cómo han impuesto sus dogmas minoritarios. Pero
podría decirse que algo de eso hay y que la remontada de Lula demostraría que,
a la derecha, nuevamente, hay que jugarle con sus propias armas, es decir,
supuestamente, apuntar al terreno de la emocionalidad, al juego del fango, las
fake news, el inundar de información y desinformación para controlar la agenda,
etc., es decir, todo lo que se criticó de la derecha desde un pedestal de
moralidad cada vez que la izquierda perdía las elecciones. El Exército do Lula
sería así, paradójicamente, un ejemplo de eficacia comunicacional, pero al
precio de una pérdida de la superioridad moral e intelectual que la izquierda
pretende ostentar.
Y una última cosa: no todo es lo
mismo, es decir, no se pueden tomar las causas contra expresidentes en un mismo
paquete para decir que si estás en contra de la condena de CFK, tenés que estar
en contra de la condena de Bolsonaro y así sucesivamente por la sencilla razón
de que las causas son distintas y porque ello llevaría o bien a ser funcional a
la impunidad de la política (todos son perseguidos políticos) o bien a la
mirada ingenua de que todos son culpables y que no hay sistemas judiciales que
persigan por razones políticas a presidentes y candidatos. Como muchas veces lo
hemos dicho aquí, yo soy de los que cree que, salvo casos harto evidentes, todo
ciudadano debería poder presentarse a una elección porque el costo que trae
para la democracia la sospecha de que hay ciudadanos con amplia representación
que son perseguidos por la justicia, es muy alto. Dicho esto, y asumiendo
también que lo que sufrió Lula fue, desde mi punto de vista, una persecución
política, el hecho de que el día después de la elección, la justicia brasileña
avance contra el candidato que obtuvo el 48% de los votos, es vergonzoso. Es el
“se nota mucho” que los sectores populares identificarían como “Lawfare” en
caso de que el objeto de la persecución hubiese sido el candidato que nos
gusta.
Esto significa que, aunque no
toda causa es la misma, el Lawfare no puede ser una categoría selectiva, de la
misma manera que no debería serlo la acusación de populismo cuando el populista
es el candidato de nuestra preferencia. Se dirá que la derecha se preocupa
menos por la coherencia y es capaz de hacer un escándalo cuando el kirchnerismo
hablaba de Clarín para callar o llamar a “entender sus formas” cuando el
presidente menciona con nombre propio a periodistas y amenaza con mandarlos a
la hoguera. Eso es cierto. Pero aquí escribimos para pensar y para poder seguir
mirándonos al espejo con algo de dignidad. Quizás valga todo para ganar la
elección, pero al momento de analizar, todavía nos podemos dar el lujo de tratar
de entender y de intentar ser un poco mejores.
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