lunes, 2 de noviembre de 2026

Un ejército de boludos (editorial del 31.10.26 en No estoy solo)

 

Determinismo tecnológico, el verdadero “elijo creer”: Lula dio vuelta la elección por el canal de Whatsapp creado por su “general”, André Janones, quien logró reunir casi 11 millones de seguidores que replicaban sus órdenes para burlar el boicot de las grandes tecnológicas. “El Exército do Lula”, unas milicias virtuales, le dan la reelección al mítico líder y ya tenemos la explicación simple que nos hacía falta. Que florezcan los ejércitos peronistas ahora, impulsan algunos entusiasmados; vamos a jugarle a la derecha mala con sus propias armas, teclean otros. Entre militantes y analistas de poco vuelo, ya tenemos nuestro ejército, aunque en este caso, no sea más que un ejército de boludos.  

Por cierto, una primera contradicción: la referencia a la tecnología en el marco de una elección suele venir de parte de los perdedores porque es la excusa más confortable. Decir que falló la comunicación es la mejor manera de no admitir que quizás lo que falló es el candidato, la propuesta, y/o que la ideología que sostenés ya no representa a nadie. La novedad aquí es que la referencia a la tecnología la enarbolen orgullosos los ganadores porque, justamente, deja a un lado lo más importante que, supuestamente, debería poseer una alternativa política: un candidato, una propuesta y una ideología que los sustente. Los que dicen defender la política festejan un canal de Whatsapp, es decir, el triunfo de la comunicación sobre la política, incluso sin comprender que esa variable puede haber jugado algún rol, pero ha estado lejos de ser determinante. Y hay algo también preocupante: más allá de la retórica militarista de la militancia, aun cuando el Exército do Lula se presente como ejemplo de organización, parece casi una reivindicación de la manipulación y/o, peor aún, de un régimen vertical donde el militante es un idiota acrítico que orgullosamente acepta cualquier directiva de un jefe de campaña.  

Y hablando de detalles incómodos: ¿vieron que Janones habla como un pastor evangelista, esos que fueron demonizados por “votar a la derecha”? Es que, efectivamente, Janones pertenece a la Iglesia Evangelista. Y un punto más sobre Janones: comparando las elecciones legislativas 2022 con las de 2026, él, como candidato a diputado federal en Minas Gerais, perdió dos tercios de los votos. ¿Será que Janones no creó un Exército do Janones o que la clave estuvo en quién era la figura detrás de la cual se encuadraba el ejército? Lo curioso es que probablemente el propio Lula y las autoridades del PT estén confundiendo el diagnóstico, al menos algo de eso parece seguirse tras escuchar el discurso del triunfo, donde el presidente reelecto hizo mucho hincapié en las redes sociales y la regulación de las mismas, etc., como si fuera una revelación (hasta hace poco, Lula se jactaba de no usar celular, y recién después de perder la primera vuelta grabó por primera vez un spot con el teléfono en formato vertical. Es, claramente, un candidato analógico y, puede ser que, por ello mismo, se deslumbre demasiado fácil con las mieles de la tecnología).

A propósito, a Lula, una suerte de mito viviente de la política brasileña, no hay que presentarlo y ha demostrado en siete elecciones su fortaleza, ganando y perdiendo, pero convengamos que tenía logros para mostrar más allá de su historia legendaria: aunque sin ser un boom, la economía venía bien creciendo todos los años, el desempleo alcanzó mínimos históricos, aumentó el empleo formal, el salario real subió 17% en cuatro años; la pobreza está en mínimos históricos, etc. Hay también problemas, claro: el déficit fiscal alto del 9,5% por pago de deudas es un lastre, muchos brasileños afirman que esos buenos números no les llegan, etc. Pero algo para mostrar había. Por supuesto que eso ya existía cuando se perdió en primera vuelta, pero convengamos que había con qué hacer una campaña.

¿Y qué tal fue esa campaña virtual en números? Encontré un informe de Camilo Alejandro López que demuestra una estrategia digital enormemente agresiva de parte del PT tras la derrota en primera vuelta: 119,4 millones de interacciones de Janones en sus redes, solo en el balotaje, contra 73,5 M de Bolsonaro en toda la campaña, por ejemplo; o el hecho de que, en el balotaje, Lula multiplicara por 3,3 los posts que nombraban a Flavio cuando en la primera vuelta solía ignorarlo. También es cierto que la militancia digital activó las cuentas de Lula que en primera vuelta posteaba mucho, pero estaba por debajo de la de Bolsonaro; y que en las últimas 72 horas se dio un fenómeno curioso: el canal de Lula ganó 1,23M de suscriptores mientras que el de Bolsonaro solo 20 mil. Es como si al final de la recta, el coche de Bolsonaro se hubiera quedado sin nafta, quizás por exceso de confianza… No lo sabemos.

De modo que, por supuesto, existió un decisión comunicacional que, aunque imposible de medir, quizás haya rendido algún fruto, pero lo cierto es que hacer énfasis solamente en la organización vertical de un canal de whatsapp para explicar la remontada, pasa por alto cómo ha jugado la transferencia del voto, la movilización de nuevos actores, (guiados, en muchos casos, por campañas del miedo o por simple rechazo al adversario), el juego de las alianzas, el hecho de que haber elegido a META como “el enemigo” haya creado una épica entre los militantes, etc. Agreguemos a esto, sin que juguemos el rol hipócrita del republicanismo que se tapa la nariz, la cantidad de medidas populistas y oportunistas orientadas directamente a ganar la elección que impulsó Lula. Probablemente todas en la dirección correcta pero curiosamente llevadas adelante a semanas de la elección (reducción de la jornada laboral, transporte gratis, aumento en planes sociales, prohibición de las apuestas online, etc. No quedó una por hacer y no está mal, pero también hay que reconocerlo). De aquí que uno sospeche que un video de Lula hecho con IA aplastando a Bolsonaro o haciendo goles a lo Mbappé quizás haya tenido menos incidencia que el miedo a Bolsonaro y un montón de beneficios sociales y económicos impulsados en las últimas semanas. La gente es boluda pero no tanto, o no todo el tiempo.

Es cierto que, más allá de la miopía en los análisis, una mirada lineal puede haber conectado la imponente cifra de 11 millones de soldados virtuales con el hecho de que Lula pasó de casi 54 millones de votos en la primera vuelta a algo más de 64 millones en la segunda, es decir, casi 11 millones. Pero creo que no hace falta perder líneas para explicar por qué establecer una relación de causalidad por la coincidencia azarosa de esos números, es un sinsentido. Como se supo desde el principio de la campaña para el balotaje, la clave estaba en que Lula pudiera movilizar a los que no fueron a votar o a los que no se habían inclinado por ningún candidato. Y así fue: estudios calculan que entre los que no votaron en primera vuelta, pero sí se presentaron a la segunda, Lula triplicó o cuadruplicó los votos de Bolsonaro; que entre los que habían votado en blanco, un 78% fue hacia Lula, y que, entre los nulos, un 58% fue para el candidato del PT.

Para finalizar, mencionemos algunos elementos que deberían también resultar incómodos para los análisis progresistas del milagro lulista porque al fin de cuentas estamos hablando siempre de lo mismo, esto es, el exceso de sesgo en los análisis: como venimos echándole la culpa a las redes de la derrota de los candidatos que nos gustan, ahora hacemos lo mismo, aun cuando eso vaya en detrimento de todo lo que sostuvimos hasta ahora.

En este caso referimos a quienes advierten, con razón, que, en general, la izquierda en el mundo no entiende el carácter disruptivo y rebelde de la comunicación de la derecha. Efectivamente, frente a la agresividad y la simplificación, la izquierda no puede salir de su burbuja universitaria e intenta explicarlo todo con su moralina biempensante y su arrogancia, en un mundo donde no hay tiempo y los mensajes son más directos. Es una caricatura y una exageración, porque la izquierda también simplifica y agrede, si no, basta con ver cómo han impuesto sus dogmas minoritarios. Pero podría decirse que algo de eso hay y que la remontada de Lula demostraría que, a la derecha, nuevamente, hay que jugarle con sus propias armas, es decir, supuestamente, apuntar al terreno de la emocionalidad, al juego del fango, las fake news, el inundar de información y desinformación para controlar la agenda, etc., es decir, todo lo que se criticó de la derecha desde un pedestal de moralidad cada vez que la izquierda perdía las elecciones. El Exército do Lula sería así, paradójicamente, un ejemplo de eficacia comunicacional, pero al precio de una pérdida de la superioridad moral e intelectual que la izquierda pretende ostentar.

Y una última cosa: no todo es lo mismo, es decir, no se pueden tomar las causas contra expresidentes en un mismo paquete para decir que si estás en contra de la condena de CFK, tenés que estar en contra de la condena de Bolsonaro y así sucesivamente por la sencilla razón de que las causas son distintas y porque ello llevaría o bien a ser funcional a la impunidad de la política (todos son perseguidos políticos) o bien a la mirada ingenua de que todos son culpables y que no hay sistemas judiciales que persigan por razones políticas a presidentes y candidatos. Como muchas veces lo hemos dicho aquí, yo soy de los que cree que, salvo casos harto evidentes, todo ciudadano debería poder presentarse a una elección porque el costo que trae para la democracia la sospecha de que hay ciudadanos con amplia representación que son perseguidos por la justicia, es muy alto. Dicho esto, y asumiendo también que lo que sufrió Lula fue, desde mi punto de vista, una persecución política, el hecho de que el día después de la elección, la justicia brasileña avance contra el candidato que obtuvo el 48% de los votos, es vergonzoso. Es el “se nota mucho” que los sectores populares identificarían como “Lawfare” en caso de que el objeto de la persecución hubiese sido el candidato que nos gusta.

Esto significa que, aunque no toda causa es la misma, el Lawfare no puede ser una categoría selectiva, de la misma manera que no debería serlo la acusación de populismo cuando el populista es el candidato de nuestra preferencia. Se dirá que la derecha se preocupa menos por la coherencia y es capaz de hacer un escándalo cuando el kirchnerismo hablaba de Clarín para callar o llamar a “entender sus formas” cuando el presidente menciona con nombre propio a periodistas y amenaza con mandarlos a la hoguera. Eso es cierto. Pero aquí escribimos para pensar y para poder seguir mirándonos al espejo con algo de dignidad. Quizás valga todo para ganar la elección, pero al momento de analizar, todavía nos podemos dar el lujo de tratar de entender y de intentar ser un poco mejores.